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Colección Continente/Contenido

DIRIGIDA POR LA DRA. MERCEDES VELO

JOYCE MCDOUGALL

Teatros del cuerpo

POR LA DRA. MERCEDES VELO JOYCE MCDOUGALL Teatros del cuerpo . . JULIANYEBENES, S.A. ARGENSOLA, 2

.

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JULIANYEBENES, S.A.

ARGENSOLA, 2

28004 MADRID

ESPAÑA

Título original en francés: THÉÁTRES DU CORPS.

Editions

Gallimard , París, 1989.

Traducción: Ana Domínguez Pabón.

-~

·-

Derechos exclusivos de edición en español para todos los países de ha-

bla castellana y su área idiomática y propiedad de la traducción . Ni la to- talidad, ni parte de este libro pueden reproducirse o transmitirse por nin- gún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, graba- ción magnética o cualquier otro almacenamiento de información y sistema

de recuperación,

sin permiso escrito de Julián Yébenes , S. A .

.

©

Julián Yébenes , S. A. Colección Continente/Contenido . Dirigida por la Dra. Mercedes Velo.

I.S.B.N.: 84-404-9855-1. Depósito Legal: M-24178-1991. Impreso por: Gráficas Clarión, S. A. Valentín Llaguno , 14.

A Sidney, con amor

La joule de ceux quin 'ont pas vécu assez Ce n 'est pas une pleureuse qu 'il leur faut, e 'est un devin. Il leur faut un .CEdipe qui leur explique leur propre énigme dont ils

n 'ont pas le sens

Il faut entendre

des mots qui ne furent jamais dits, qui resterent au fond des coeurs (fouillez le votre, ils y sont); il faut /aire parler les

silences de l 'histoire. 1

Jules Michelet (Journal, 30 janvier 1842)

A éstos no les hace falta

llorar, necesitan un adivino. Necesitan un Edipo que les explique su propio enigma del que

1 Para aquéllos de la humanidad que no han vivido lo suficiente

Necesitan oír las palabras que no han sido dichas jamás, que

quedarán en el fondo de los corazones (buscad las vuestras, ellas están ahí); se hace hablar a

los enigmas de la historia.

ellos no tienen conocimiento

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II.

III.

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VIII.

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ÍNDICE

Introducción : El psicosoma y el viaje analítico

11

Mater

23

La matríz del psicosoma

41

De la privación psíquica

61

Las parejas psicosomáticas

81

Del sueño y de la muerte

93

Afectos: dispersión y desafectación

105

La desafectación en acción

123

Las razones del corazón

139

El dolor sin lágrimas

149

Uncuerpoparados

159

Los frutos de Madre

181

191

9

INTRODUCCIÓN EL PSICOSOMA Y EL VIAJE PSICOANALÍTICO Teatros del cuerpo: ¿por qué este título? Mientras

INTRODUCCIÓN

EL PSICOSOMA Y EL VIAJE PSICOANALÍTICO

Teatros del cuerpo: ¿por qué este título? Mientras estaba escribiendo Teatros de la mente (1982) 1 me fui dando cuenta gradualmente, como suele suceder cuando se escribe, de que otro libro empezaba a tomar forma a partir del que me tenía ocupada. Al escoger el teatro como metáfora de la realidad psíquica, quizás seguía yo los pasos de Anna O. quien, a mitad de siglo, durante su terapia con Breuer, llamaba a sus " libres asociaciones" su "teatro privado". Para el analista, se trata de un teatro ue sus analizados consienten en com artir é d e <;_lebe representar diferentes papeles . Pero, al contrario que Breuer, a quien le asustaba el papel que le obligó a representar Anna O ., el analista intenta observar atentamente su propio teatro interior e inter- pretarlo lo mejor posible antes de interpretar el de sus pacientes. No puedo decir que haya conseguido siempre realizar esta tarea como lo hubiera deseado ; tanto más cuanto que el primer desafío con el que me enfrenté fue el de intentar comprender el significado subyacente de los complejos guiones psíquicos que son las desvia- ciones sexuales (McDougall, 1964). Estas creaciones psíquicas me parecían ajenas, y tuve que dejarme guiar por mis analizados en todos los meandros de su historia psicosexual, hasta la prehistoria donde las

1 N.

del T.: En el original francé s Th éii tre s du J e, Paós , Gallimard, 198 2.

11

12

INTRODUCCIÓN

alabrassonmenosim ortantes uelas rce cionesolfativas, táctiles, visuales y auditivas, para entender por fin el vínculo entre sufri- miento, angustia y placer. Fue al intentar escribir lo que creí haber comprendido sobre el significado oculto de las desviaciones sexuales y las homosexualidades, cuando me di cuenta de que la creación de "obras de teatro interior" inscrita en la primera infancia, con efectos duraderos sobre la sexualidad adulta, se extendía también a las ma- nifestaciones neuróticas y psicosomáticas. Habíaobservado igualmente en pacientes que no eran ni neuróticos ni psicóticos ni desviados se- xuales, otra manifestación huidiza que llamé "pseudonormalidad". Esto me condujo a publicaren 1978Alegatopor una cierta anormali- dad. Más tarde, al empezar a escribir Teatros de la mente, me esforcé en definir las diferentes escenas en las cuales el "yo" (Je) re resenta us dramas , así como los guiones los e s a que constituyen el repertorio psíquico. Tras haber descrito el teatro "neurótico", y luego los teatros "psicótico", "transicional" y "narci- sista"' me encontré frente a otro que llamé provisionalmente "el psicosoma en la escena psicoanalítica". Este teatro resultó ser un tema demasiado amplio para incluirlo en mis Teatros de la mente, ya que amenazaba con invadir el libro entero. Es evidente que Teatros del cuerpo se me presentó como título mucho antes de comenzar a

escribir este libro. Espero poder proporcionar actualmente una visión más extensa de estos "teatros somáticos" que surgen en la escena analítica, cen- trándome en la comprensión y la exploración de fenómenos psi- cosomáticos aunque, por supuesto, desde un punto de vista únicamente psicoanalítico. Creí al principio que, en los estados psicosomáticos, el cuerpo reaccionaba ante una amenaza psicológica como si ésta fuera de orden fisiológico, como si existiera una aguda escisión entre psique y soma, y que aquello se debía, en gran medida, a la ~ción de los ~ec.tiY.us de mis pacientes frente a casi toda situación que-

·' . En cierto

modo, el telón se encontraba herméticamente cerrado sobre la escena psíquica: ningún sonido llegaba a oídos de los que se encontraban fuera, y sin embargo se representaba un drama en la escena interior de aquél cuya vida misma estaba amenazada. Recuerdo un paciente alcohólico que siguió durante algunos años un trabajo psicoa~alíticodifícil, pero que aparentemente fue un éxito.

udiera mov· iz

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INTRODUCCIÓN

13

Al término de su tratamiento se dedicó al arte, y se convirtió en un creador de fama internacional. Luego, años más tarde, volvió a ver a su analista para anunciarle que estaba muriéndose de un cáncer de gar- ganta cuyos síntomas anteriores no se habían manifestado en los teatros de su "yo". El escenario había quedado vacío, las palabras habían per- manecido ahogadas, lo que impidió oír aviso alguno. De haber podido percibir aquel drama silencioso, quizás hubiera sido posible salvarle la vida. Todos nosotros hemos tenido conocimiento de estos dramas ocul- tos que se desarrollan en los teatros del "yo" de nuestros pacientes. De hecho, estos dra~as tienen lugar a menudo en un clima vago y angustioso, no únicamente en nuestros analizados, sino también en nuestros colegas, nuestros amigos o nuestra familia.

Así pues, en este libro nos ocuparemos de los sujetos que reac- cionan al desamparo psicológico mediante manifestaciones psicosomáti- cas, pero también del ruru<n.cialp tjcasamático,o.Ia-paFte.psicosomática de t in . Todos tenemos tendencia a somatizar cu Ciertas

circunstancias intetoas

ex.tem.a.s¿ n

nosotros sobre asan nuestros

~odas sicoló icos habituales de resistencia. También sucede a menudo que ciertos fenómenos psicosomáticos, al igual que ciertas tendencias recurrentes a caer físicamente enfermo, desaparezcan como un impre- visto efecto secundario del tratamiento psicoanalítico, y en ocasiones

sin una investigación específica del significado subyacente de tales en- fermedades en la economía psíquica. Dicho esto, es evidente que en principio los analistas no aceptan pacientes para una curapsicoanalítica basándose únicamente en proble- mas psicosomáticos. Aunque éstos puedan reflejarun sufrimiento psi- cológico, no constituyen necesariamente una indicación de análisis. Quienes emprenden la aventura sicoanalít·ca son a uéllos delimitar los continentes desconocidos, los terrae incognitae ~ mente. Los individuos que se embarcan en una expedición de este tipo lo hacen con la es eranza de ue sus d.escubrimientos les p e.rmita

sacar rovecho de la aventura de la vida y

Y'las contrariedades que todo individuo, inevitablemente, conoce. Como en todos los viajes es preciso, antes de partir, establecer un plan

y discutirlo con los compañeros de viaje. Y de igual forma, es impor- tante decidir si la cura psicoanalítica puede aceptar de forma adecuada un desafío terapéutico. ¡Pues a menudo se levan anclas para un viaje que no es el apropiado!

terapéutico. ¡Pues a menudo se levan anclas para un viaje que no es el apropiado! afron.tar

afron.tar

mejorJas

toa:nenlas.

14

ELINICIODEL VIAJE

INTRODUCCIÓN

Escuchemos al Sr. Z. quien, desde hace más tiempo de lo que quiere recordar, sufre un insomnio tenaz cuya causa médica no puede

ser hallada, Un psicoanalista tradicional diría que este insomnio sig- nifica que el enfermo, aunque agotado, tiene miedo a dormirse, miedo

a

los sueños que pudiera tener, miedo a perder su control sobre el día

y

el mundo exterior. Este analista tendería a pensar además que la in-

vestigación psicoanalítica puede revelar las razones ocultas de estos

miedos. Un psiquiatra tradicional, por su parte, prescribiría un somnífero

eficaz que garantizara al Sr. Z. cinco o seis horas de sueño reparador

y el sentimiento de poder afrontar la jornada al despertar. De acuerdo

con su carácter, el Sr. Z. podría decir al analista: "No me interesa la causa de mi insomnio. Todo lo que deseo es librarme de él". O decir

al psiquiatra: "No quiero estar drogado toda mi vida para poder dormir, pero sí quiero saber por qué no puedo conciliar el sueño como todo el mundo." Es evidente que el Sr. Z. se arriesga, si la verdadera naturaleza de su búsqueda no es comprendida, a encontrarse comprometido en un tratamiento que, más adelante, quizás años después, puedacuestionár

lamentar. En los guiones creados por el Sr. Z. nos enfrentamos con dos tipos de demanda de ayuda. Tanto al psiquiatra a quien se consulta y que cura con medicamentos como al psicoanalista cuyo instrumento de trabajo es el método analítico, s~ les requiere que descubran, si es posible, lo ue el aciente busca dentro de sí mismo. El psiquiatra espera que el tratamiento cuidados~ nteprescritOPermita estabi- lizar los síntomas del paciente, mientras que el psicoanalista espera que la profundización en el conocimiento de sí mismo reduzca en el analizado la tendencia a la re etición al desencad a ie ~ntomas,y le conduzca a vías más creativas donde investir la en~gfu psí uica. Puesto que todo analista reconoce que el psicoanálisis no es el tratamiento obligado para todos los trastornos psicológicos (y a mayor razón para las perturbaciones psicosomáticas), el tema de la elección merece una esmerada atención desde la primera entrevista con un potencial analizado.

o

desde la primera entrevista con un potencial analizado. o lNTRODUCCIÓN . ¿QUÉ ES UNApEMANDA DE AYUDA

lNTRODUCCIÓN .

¿QUÉ ES UNApEMANDA DE AYUDA "PSICOANALÍTICA"?

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¿Cómo evalúa el analista unademandadeayuda?En la medida en que es preciso, desde las entrevistas preliminares, emitirunjuicio sobre la demanda de ayuda del futuro paciente, es importante determinar exactamente qué debe ser escuchado. Aunque reconozco que en este tema las respuestas difieren según los analistas, formularé mi propio punto de vista sobre esta compleja cuestión. ¿Qué quiero saber? ¿Cómo debo proceder para obtener la información que necesito?¿ Y qué es preciso escuchar para apreciar la naturaleza de la demanda de análisis? La forma de abordar la cuestión será la misma, ya tenga el deman- dante trastornos psicosomáticos, síntomas neuróticos, psicóticos o caracteriales, o problemas de adicción. Los síntomas dicen poca cosa sobre las posibilidades de ayudar.al candidato al análisis mediante una u otra ·forma de terapia psicoanalítica. Todo analista ha tenido la experiencia de aceptar en análisis a alguien que parecía (según las teorías en curso y según su propiaexperienciaclín.ica) aparentamente "accesible" a la aventura psicoanalítica, para descubrir uno o dos años más tarde que el paciente está aún en la misma fase que se encontraba en las entrevistas preliminares. A mi entender, para apoyar un alegato aceptable de ayuda psicológica es reciso cum lir varios im erativos cate óricos. ¡Y estos imperativos no siempre resultan evidentes en la entrevista preliminar! Les pasaremos revista brevemente.

1. Percepción del sufrimiento psíquico

Parece obvio que aquél que demanda ayuda psicoanalítica está su- friendo desde el punto de vista psicológico. ¿Por qué sino iría al psicoanalista? Y sin embargo esta condición no siem re s~ ump . Consideremos algunos ejemplos que se presentan con frecuencia. Hay gente que pidta1.yJJdapara contentara 110 tercero. Por ejemplo el cónyuge o el/la amante puede declarar que él o ella no quiere continuar la relación a menos que el otro "haga algo" para resolver sus problemas . O quizás el médico de la familia aconseje un psicoanálisis, 1 como es frecuente en el caso de algunos sujetos que sufren enferme- dades comúnmente consideradas de origen psicosomático. No obstan- te, numerosos pacientes que presentan trastornos psicosomáticos son

INTRODUCCIÓN

16

totalme ·entes de cualquier tipo de @lor me 1, y suelen negar todo vínculo potencial entre el sufrimiento físico y el desam- paro psicológico. Llevar a este individuo al psicoanálisis puede resultar no solamente inútil, sino también peligroso. Cuando un paciente persiste con firmeza en hablar únicamente de su sufrimiento físico, y no muestraconsciencia algunade sufrimiento psicológico, es posible que se haya equivacado de puerta.

andidJili>s a una formación psico-·

analítica, de quienes se requiere emprender previamente un análisis personal:Se concibe fácilmente que el análisis personal sea una expe- rienciaesencial para quien se destina a practicar el psicoanálisis o una terapia de inspiración psicoanalítica. Pero, en mi opinión, esta exigen- cia pedagógica no constituye por sí sola razón suficiente para em- prenderunanálisis. Sin duda, es comprensible que el futuro psicoana- lista añada al deseo de conocer sus problemas psicológicos personales la esperanza de lograr, gracias a esta experiencia psicoanalítica, no solamente comprender y ayudar mejor a los demás, sino también protegerles impidiéndoles contaminarse con sus propios problemas y

Otro ejemplo es el de los

sus propias fragilidades. Lo mismo sucede con l!Q.Ué

centros de desintoxicación (alcohólicos u otros) para emprender un tratamiento psicoanalítico.En ninguno de estos casos se trata de una búsqueda auténticamente psidoanalítica. Es esencial, en suma, que todo candidato al análisis, sea cual fuere el motivo que le incite a emprenderlo, desee un análisis por símismo. Los sujetos que no tienen ningún reconocimiento de sufrimiento psi- cológico no son verdaderamente candidatos al análisis, aunque los demás les demuestren con insistencia que necesitan una ayuda te- rapéutica. ¡No todos aquéllos que "necesitan" un análisis son nece- sariamente analizables! · gÚJl individuo e n cuales fueren sus . síntomas, está en cond\Eiones de obtener beneficios del psicoanálisis o de la sicot~pia,si o acepta plepamente ue es de su propio deseo_ del ue se trat , cuando emprende esta aventura tan difícil como fas- cinante. De esta forma, lo que exigimos en prioridad a los futuros analizados es reconocer que están angustiados o deprimidos, de- cepcionados o perplejos, que presentan síntomas cuyo significado no pueden descubrir; o que han hallado en sí mismos una tendencia a la repetición sin fin de las mismas experiencias desgraciadas. Personalmente, no aceptaría en psicoterapia o en cura psiCo- analítica a aquellos sujetos que demandan un análisis únicamente

s gue envían los tribunales o los

INTRODUCCIÓN

. 17

porque así lo exigen los tribunales o un instituto de formación

que

1co, su je . e o su cónyuge se lo ha aconsejado. Com rometer a

alguien e~ unaave~tura ~erapéutica orestas únicas razones uivale

de un sistema de defensa ru;dado en la

ren~gac10~ ue ~e.resultarimpo · erar. Cuando un potencial pacientepide ay~daante todo porque hace sufrir a un tercero, 0 porque

los _<lemas le ~x1gen dar este paso, es muy posible que necesitemos vanas entrevistas para determinar si el individuo en cuestión está verdaderamente buscando un conocimiento profundo de sí mismo. y esto nos lleva a la segunda imperiosa condición.

su m_e ' d'

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2. La búsqueda del conocimiento de sí mismo

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, El hecho ~e que; en el primer encuentro con el analizado potencial,

este no me~d1g~epildoras, o no se encuentre allí por instigación de un tercero, no 1mph_ca necesariamente que crea que su sufrimiento emana

de factores lo~ahzadosdentro de sí mismo y que él desconoce. Muchos

a sociedad, a su

s1tuac10n fam1har, su raza, su religión, su herencia 0 su sexo, Y. a

hacer~es _espons~bles d~ ~us problemas. Ni que decir tiene que Ja expenencia del ps1coanáhs1s no modificará estos datos fundamentales.

uede ha er-contribuicw a la

constituc10n de sus problemas, si el individuo en cuestión no desea

Aunq_ue ~~da uno de estos factores

d_e los_ ~ue p1~~n una terapia tj.enden

ulpar a

º.rqué

saberIZ continúa viviendo estos factores inalterables de un modo

~raur:i~tico,que resta toda _c~eatividad su vida, es que s_e niega * 1m hc~tamente 1 responsab1hdad de la d!íección de su propia yjda un buen ejemplo de ello es el sufrimiento de la Sra. O. en el capítulo VI). ~l deseo ?e acced~r a u~a mayor lucidez para descubrir el signifi- cado inconsciente de s1tuac10nes difíciles de vivir o de síntomas incom- prensibles implica aceptar el hecho de que a fin de cuentas las causas de estos sí_nto_mas psicológicos residen en el fondo de uno mismo. Este ~onc~~tomd1ca que el futuro analizado, el analizado venidero, acepta 1mphc1tamente el concepto de un"yo" inconsciente.

3.¡§ s tolerable la situación psicoanalítica?

Entre los numerosos individuos que, a causa de su sufrimiento buscan ayuda en el psicoanálisis, algunos son incapaces de utilizar l~

1

1

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INTRODUCCIÓN

situación psicoanalítica. Esta situación (o ~ncuadre)donde se i a analizado "decirlo todo", y al mismo ti.emp " ne hacer.nad "es para algunos muy difícil de soportar. Cuando parece improbable que un paciente ued ortartanto rigor y obtener así beneficio de esta ex- periencia, corresponde al analistaEecidir qué forma de tratamie~es la más apropiada: psicoterapia, terapia de grupo, psicodrama o trata- miento psiquiátrico. Incluso cuando juzgamos que un paciente (narci- sista, infantil, impulsivo, perverso, gravemente dependiente de la droga, apartado de lo real, etc.) es sin embargo capaz de soportar los aspectos dolorosos de la relación analítica, debemos también pregun- tamos si nosotros queremos embarcamos en la aventura psicoanalítica con él. ¿Estamos dispuestos a aguantar la tensión que tal relación parece deber crear en los dos participantes, y afrontar el potencial fracaso que resulta a menudo de tan complejos problemas? No se puede negar que a veces el viaje es desagradable, cuando se desea· ayudar a ciertos pacientes a acceder a una forma de ser más creativa.

4. ¿Se puede depender de otro sin miedo?

El último factor a tener en cuenta es el de saber si el paciente está dispuesto a recibir ayuda. La mayoría de los candidatos al análisis consideran que el analista es en cierto modo omnisciente, que ya sabe todo lo que el paciente no sabe de sí mismo. Otros, por el contrario, muestran una cierta ªrrogam:i5 (normalmente debida al miedo) que permite pensar que los conocimientos que no han realizado de sí mismos pudieran, más que ayudarles, heri en el- lano nar.cisista, o incluso todo ca iio p qui e d temei y pueden entonces reaccionar de forma negativa frente a la terapia. Esta vulnerabil~ · ~arcisist~terror pueden originar una ex er·encia analítica inter-

~~ie.

De hecho~oda etición de ser liberado de síntomas sicológ_icos es

~unaparadoja, en la medida en que

s 'ntomas re resentanintento

y se crearon como soluciones para un dolor

infantiles de autocurªQi

mental intolerable. Consecuentemente, existe una potente fuerza in- terna ue.teme rición de los sínt esar de- ri-

Esto tendrá como efecto una sólida resis-

mientos que ésto c_cau.srui

tencia a proceso analítico. De esta forma, si nos basamos únicamente en los síntomas, tene- mos pocas certezas en cuanto al resultado del viaje analítico. Muchos

ón

INTRODUCCIÓN

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de los pretendidos "buenos neuróticos" pueden resultar desesperada- mente inanalizables, mientras que más de un paciente narcisista frágil, borderline o polisomatizador, es capaz de lanzarse a una experiencia psicoanalítica excitante, creativa y gratificante.

os

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es más "difícile "_¡1.quéllos

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v.arte de res ·onsabilidad en la creación de ~qs síntomas _g_,que no pueden recibir ayuda a causa de su fragilidad narcisistª, pueden suscitar dolorosos sentimientos contratransferenciales, en la medida en que parecen contrainvestir el trabajo analítico o no hacer progresos

a primera vista. Su estado puede incluso empeorar aparentemente: son más desgraciados, más coléricos, están más desesperados que antes de comenzar su viaje analítico. Por razones que ellos mismos ignoran, les aterroriza el riesgo de un cambio psíquico gu hargo, buscan desean. Puesto que los síntomas psicológicos de este tipo son técnicas de supervivencia psíquica es comprensible que el sujeto mismo lleve a cabo una encarnizada lucha por no abandonar su tabla de salvación, si no tiene confianza en su capacidad para soportar el cambio en el terreno psíquico, o si está convencido e que todo cambio será para peor.

¿UN PRONÓSTICO PARA LASENFERMEDADESPSICOSOMÁTICAS?

1

i

l

Las afecciones psicosomáticas graves, así como las fragilidades psicosomáticas que virtualmente afectan a cualquiera, se consideran con frecuencia un terreno dudoso para la investigación psicoanalítica. Se corre el riesgo, cuando éstas se hacen patentes a lo largo de un análisis, de que el analista las desdeñe como material potencial de interpretación. Durante mis primeros años de práctica psicoanalítica, prestaba poca atención a las incursiones del cuerpo en el proceso, pero más tarde me llamó la atención el velo de silencio que cubre el desamparo psicosomático hasta que resulta ya imposible negarlo. Aquel "silencio" se me hizo comprensible cuando empecé a per- catarme de que los orígenes de tales fenómenos tienen sus raíces muy amenudo en la primera infancia. Basándome en aquella época en mis observaciones, empecé a pensar que, a causa de la rotunda escisión entre la psique y el soma, mis pacientes somatizadores~opercibían sus emociones en situaciones m-

20

INTRODUCCIÓN

iustiosa!: las ideas asociadas a todo afecto conflicti YQ i m.r.ortante no se reprimían, como en las neurosis, sino que se borraban inme.:_ ·

diatamente

llamó en 1918 ,VÚ weffun -repqdio- en relación con los estados psicóticos). El estudio de los trabajos especializados sobre las manifes- taciones psicosomáticas de la primera infancia me hizo comprender que en ocasiones mis pacientes adultos funcionaban psíquicamente como niños pequeños que, al no poder utilizar las palabras como vehículo del pensamiento, no podían reaceionar más que psi- cosomáticamente a una emoción dolorosa. Aunque las madres pien- sen con ayuda de un código de lenguaje (y la mayoría de las madres hablan constantemente a su bebé), las estructuras psíquicas más antiguas del niño pequeño se articulan alrededor de significantes no verbales, donde las funciones corporales y las zonas erógenas desem- peñan un papel primordial. No nos extraña que un bebé brutalmente separado de la madre durante un período prolongado, o sometido a un shock, .reaccione con un hiperfuncionamiento gástrico o con una colitis. Cuando un adulto, en circunstancias psíquicas similares, cae también somáticamente enfermo, es tentador concluir que nos encon- tramos frente a un modo arcaico de funcionamiento mental que no se sirve del lenguaje. Llegué a comprender, además, que en la medida en que el niño vive intensas experiencias somáticas en los primeros meses de su vida, es decir mucho antes de tener una representación clara de su imagen corporal, no puede experimentar su cuerpo o el de su madre más que como unidad indivisible. Aunque el bebé busque intercam- bios con la madre y desarrolle precozmente sus propias formas de relación con el entorno (como lo demuestran los trabajos de Stem, 1985), no realiza una distinción bien definida entre él y el objeto. Cuando un adulto representa inconscientemente sus límites cor- porales como mal definidos o no separados de los demás, las experi- encias afectivas con otra persona importante para él (o a veces con cualquiera que consiga movilizar por casualidad la memoria del cuerpo de u_n trauma psíquico antiguo) pueden provocar una ex- plosión psicosomática, como si, en tales circunstancias, no existiera más que un cuerpo parados. Los ejemplos clínicos proporcionados a lo largo de este libro clarifican esta noción, al igual que el trabajo con mis pacientes clarificó mi propio viaje psicoanalítico hasta llegar a una comprensión más profunda de los misterios cuerpo-psique.

el cam o de conocí

(el mecanismo que Freud

1

INTRODUCCIÓN

21

Antes de concluir esta introducción a los múltiples teatros del cuerpo que se revelan en la escena psicoanalítica, consideremos una última perspectiva contratransferencial. Las manifestaciones de los fenómenos psicosomáticos nos toman la mayoría de las veces por sorpresa, en la medida en que nuestros pacientes omiten a menudo mencionarlas . Cuando éstas forman parte de las asociaciones analíti- cas del paciente, tienden a revelar la ausencia total o parcial de vínculos verbales con las fantasías subyacentes, como se encuentran en los síntomas neuróticos o en la parte neurótica de la estructura psíquica de cualquier paciente. Además, pueden transcurrir años antes de que se creen estos vínculos verbales. Ésta es la razón por la que ciertos analistas tienen tendencia a recibir con desagrado las quejas somáticas. El hecho de que el significado de la aparición de los fenómenos psicosomáticos escape a menudo al analista se considera a veces como una afrenta narcisista, y puede llevar a ciertos analistas a pensar que los problemas psicosomáticos deberían tratarse en otra parte, y que nuestros esfuerzos deberían limitarse a lo que es psicológico y puede ser verbalizado. A estas actitudes contratransferenciales se añade la impresión creada por las publicaciones consagradas a la búsqueda psicosomática, que subrayan la ausencia de afecto, la falta de capacidad imaginativa

y la dificultad de la comunicación verbal. Es sabido que, desde su

n~cir~iento, el psicoanálisis, siguiendo las huellas de Freud, ha pri- vilegiado el papel del lenguaje en la estructuración de la psique y en la cura psicoanalítica. Pero existen otras vías de comunicación además del lenguaje. Al tratar de percibir ciertos pensamientos, ciertas fan- tasías o situaciones conflictivas capaces de crear sentimientos fuertes

(de dolor o de sobreexcitación) un paciente puede, por ejemplo, desen- cadenar una explosión somática en lugar de dar a luz un pensamiento, una fantasía o un sueño (un elocuente ejemplo es la explosión psi- cosomática de Christophe en el capítulo III, y luego su transformación en sueños y en fantasías susceptibles de verbalizarse). Porestas diversas razones, y por miedo a asistir a un recrudecimiento de la enfermedad en los pacientes propensos a somatizaciones graves,

es comprensible que ciertos analistas no acojan con entusiasmo a estos

sujetos. Sin embargo, si se han tomado las precauciones precedente- mente expuestas, no hay razón alguna para que un paciente conocido por su vulnerabilidad en el plano psicosomático y un terapeuta benevo-

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INTRODUCCIÓN

lente y atento al psicosoma no puedan emprender juntos el viaje psicoanalítico, aun cuando este viaje nunca carezca de riesgos. In- cluso cuando el psicosoma amenaza con explotar o con escabullirse del trabajo analítico, la gratificación psicológica que, tanto para el analista como para el analizado, reside en la otorgación de sentido, puede impulsar cambios considerables, como espero demostrar en esta obra.

1

MATER

Tenía cinco años cuando descubó que el cuerpo tiene su propio lenguaje. Desde mi más tierna infancia solíamos ir dos veces al año a pasar las vacaciones a casa de los abuelos paternos, los Carring- ton, que tenían una granja en la Isla del Sur de Nueva Zelanda, a varios cientos de kilómetros de Dunedin, donde vivíamos nosotros. Criaban vacas, ovejas, cerdos, y también gallinas y caballos, pero estaban particularmente orgullosos de sus vacas de raza "Jersey", que todos los años obtenían algún premio en la feria agrícola de la región. Mi abuela, una mujer menuda, pionera, era el vivo retrato de la Reina Victoria. Tanto sus cinco hijos y su única hija como su esposo la llamaban siempre "Mater". Reinaba sobre "Pater", el pintor soñador que era su marido, sobre eJ tío Cedric , el benjamín de la casa, y sobre los numerosos mozos de la granja, como un coronel del ejército. Yo odiaba a Mater. No me permitía mirar mis libros de estam- pas. Cuando intentaba pintar y dibujar como Pater, me tomaba el pelo. Me ordenaba salir fuera, para lo que ella llamaba "llenarme los pulmones de un buen chorro de aire fresco", porque yo tenía "el aire paliducho de una niña de ciudad". Mis sentimientos hostiles hacia ella se fortalecían sin duda por el hecho de que mi madre, en su propio santuario que era nuestra casa de Dunedin, se burlaba de

23

24

MATER

Mater evocando airadamente el aprecio que en secreto le profesa- ban mi padre, su hermana y sus cinco hermanos . Pero yo sabía también que mi madre temía a esa pequeña emperatriz y que, para compensar el hecho de ser la "extranjera" traída desde Inglaterra por mi padre, se esforzaba lo indecible en aparentar la imagen de una perfecta nuera. Mi madre hubiera deseado que yo, hija de un padre neocelandés de tercera generación, estuviese también a la

altura de las circunstancias, que pareciese una niña modelo . Pero

desgraciadamente, todas las vacaciones, se me presentaba al cabo de cuarenta y ocho horas una terrible urticaria, fenómeno éste que no se producía en ningún otro lugar y que duraba el mismo tiempo

que nuestra estancia en la granja. Después de dos o tres años, la familia Carrington decidió de común acuerdo que mi urticaria era debida a la leche excesivamente cremosa de las vacas de Jersey, que tanto me gustaba. Esta teoría familiar no se tambaleaba en modo alguno por el hecho de que la misma ieche, en otro lugar, no me provocara esas vergonzosas "pupitas" en la cara. Exasperada por tener que exhibir una vez más a esa hija imperfecta ante la mirada reprobadora de Mater, mi madre me dijo, la noche anterior a nuestro viaje por Navidad:

"Escúchame bien, estamos todos hartos de tus pupitas. Así que no vas a beber ni una sola gota de leche de la granja". Mi respuesta fue inmediata: "¡No es la leche lo que me da granos, es Mater!" Esta réplica, producto de la inocente sabiduría de mis cinco años, entró de inmediato a formar parte de la leyenda familiar. Curiosamente, los acontecimientos posteriores confirmarían mi teoría infantil según la cual era mi abuela quien me daba alergia. La urticaria siguió apareciendo, bebiera o no la leche de Jersey. Más tarde, cuando tuve más o menos ocho años, mi tío Cedric, que hasta entonces había ocultado celosamente que le hacía la corte a una muchacha de la región, la presentó, sin avisar, en los siguientes términos: "¡Ésta es Edith! Nos casamos a fin de mes ." A partir de entonces, se declaró entre Mater y su nueva hija política una guerra fría cuyo resultado fue el traslado de mis abuelos a la ciudad de Napier (¡para mí en el otro extremo del mundo!) en la Isla del Norte

de Nueva Zelanda. Allí les acogió el tío Earnest, último hijo soltero

a quien Mater podía imponer su voluntad. Por nuestra parte,

seguimos pasando las vacaciones en la granja pero, sin Mater ysin Pater, ya nada fue como antes; ¡incluido el hecho de que no volví

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1

MATER

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a tener urticaria! Ya podía beber la leche cremosa de las vacas del tío Cedric hasta hartarme. Han pasado varias décadas desde en- tonces, y nunca más he vuelto a padecer alergias de ningún tipo. A esto hay que añadir que a raíz de su partida de la granja fue Mater quien entró en la escena psicosomática. Si hoy en día tuviese que encontrar una explicación a la enfermedad que se abatió sobre ella , diría que fue debida a la ira , al despecho y al sentimiento de traición que le provocó el anuncio de la boda relámpago del tío Cedric . Una vez en Napier, y por el resto de su larga vida, Mater

padeció una angina de pecho

clavado un puñal en el corazón. Durante los treinta años siguientes toda la familia estuvo preocupada, temiendo su muerte día tras día. Recuerdo haber pensado que Dios la estaba castigando por su carácter despótico. Aunque también debí sentirme culpable por lo que le sucedía, porque rezaba a Dios constantemente para que la mantuviera con vida. A pesar de que aparentemente mi plegaria fue escuchada, a los quince años declaré sin rodeos y para conster- nación de toda la familia que me había vuelto atea y que en lo sucesiv~ velarí~ por la educación de mi hermana pequeña para converllrla a mis nuevas convicciones. Creo ahora que transferí sobre Dios los sentimientos ambivalentes que había antes depo- sitado en Mater. Hoy en día, me parece evidente que Mater con su angina pectoris y yo con mi urticaria no teníamos otra elección que la de hacer "hablar" a nuestro cuerpo, en lugar de sentir nuestros dolores respe~tivos,y de elaborar psíquicamente sentimientos de despecho, de miedo, de angustia o de cólera. Evidentemente la ciencia no esperó a las fantasías de una niña sobre el origen de la urticaria y de las patologías cardíacas para dar cuenta de los enigmáticos fenómenos somáticos. Muchos años después iba yo a saber que la investigación sobre el "lenguaje" somático tiene una larga historia. Ya a principios de siglo, William Osler (1910) en un tratado dedi- cado al estudio de la angina de pecho, dibujó un retrato, hoy ya clásico, del enfermo coronario. Osler observaba que estos pacien- tes no eran, como se tenía tendencia a pensar, ni emocionalmente frágiles ni abiertamente neuróticos sino que, muy al contrario, se preocupaban tan poco por sí mismos como por los demás (¡la sombra de Mater invade mi ánimo al leer estas líneas!).

como si su hijo pequeño le hubiese

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UNA ODISEA TEÓRICA

MATER

Esta pequeña anécdota psicosomática de mi infancia no debe dar a entender que fuera yo más sensible que otros, al principio de

mi carrera de psicoanalista, a las manifestaciones somáticas cuando

éstas aparecen en la escena analítica, ni que me preocupara espe- cialmente la relación cuerpo-psique. Había aceptado por aquel entonces la postura implícita de Freud quien, aun sabiendo que existen a menudo causas psíquicas ocultas para la enfermedad orgánica, decidió sin embargo mantener ésta última fuera del campo de la investigación y del tratamiento psicoanalítico. Tanto esta separación como la concentración sobre el sistema representativo del lenguaje pueden sorprendernos. En efecto, Freud fundó toda su teoría del aparato psíquico sobre unas bases biológi- cas; insistió siempre en el hecho de que el ser humano funciona

como una unidad cuerpo-mente. Y lo que es más, aseguró que todo proceso psíquico se construye a partir del modelo de un proceso biológico. Pero a pesar de esta fascinación por la interconexión entre psique y soma, Freud opinaba que el ámbito de acción del psicoanálisis abarcaba únicamente los síntomas y las funciones

psicológicas. En los años cincuenta, época en la que comenzó mi formación analítica, y hasta 1962, año de la publicación de L 'Investigation psychosomatique (David, Fain, Marty, De M' Uzan) escuché, como

la

mayoría de mis colegas, el relato de las enfermedades psíquicas

de

mis pacientes como hubiera podido escuchar cualquier otra aso-

ciación, es decir, como parte integrante de una cadena inconsciente

de pensamientos, y como soporte de otras preocupaciones precons-

cientes e inconscientes: fantasías de castración, intentos de seduc- ción hacia el analista, etc. (hoy podría decir que confundía los

mensajes originados por la imagen del cuerpo con los procedentes de la percepción del soma) . Si bien me preguntaba el por qué de su aparición en el discurso asociativo, prestaba sin embargo poca atención a la comunicación virtual, de orden no-verbal, cuyo signo externo puede ser la enfermedad somática. No pensé (como tam- poco lo hubiera hecho de haberme hablado un analizado, por ejemplo, de una serie de accidentes de coche): "¿Por qué su~e~e esto en este preciso momento? ¿Qué significa? ¿Cuál es el mensaJe cifrado que se me está enviando?" Me interesé por primera vez por 1

MATER

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este mecanismo durante el análisis de un paciente aquejado de úlceras gástricas y que, invariablemente, sufría una crisis la se- mana anterior a mis vacaciones. Me sorprendí entonces a mí misma pensando, como una madre cuando su hijo se resfría: "Ya me ha vuelto a coger una úlcera". Pero mi interés científico hacia la economía psíquica que sub- tendía el"sí mismo somático" se nutrió sobre todo de un campo de observación clínica mucho más amplio, que abarcaba todo lo que tiende a escapar al proceso psicoanalítico. Me refiero a esos dolo- rosos sentimientos que jamás aparecen en el discurso asociativo de la sesión, que en lugar de ello se descargan en un acto fuera del

análisis -y

los cuales, evidentemente, nunca llegaba yo a conocer.

De no haber puesto toda mi atención hubieran escapado senci- llamente tanto a mi comprensión como, naturalmente, a la de mis analizados. A decir verdad, comprendí que no se descarga en la acción más que cuando la sobrecarga afectiva y el dolor mental sobrepasan la capacidad de absorción de las defensas habituales. En vez de contener nuestras emociones y reflexionar sobre ellas para encontrarles una respuesta adecuada, tenemos todos tenden- cia a hacer algo en su lugar: comer demasiado, beber demasiado, fumar demasiado, pelearnos con la pareja, destrozar el' coche coger una gripe. Estas diferentes "expresiones-actuadas" cuya meta es dispersar el afecto lo más rápidamente posible, son a menudo el origen de interminables curas analíticas. Al reflexionar sobre ello, los "actos" más incomprensibles me parecieron los fenómenos psicosomáticos. Me planteé entonces la cuestión, por lo demás compleja, de la distinción entre expresiones psicosomáticas y expresiones histéricas. ("Estados psícoscimáti- cos, neurosis de angustia e histeria", McDougall, 1982). ¡Como si no fuera ya bastante difícil manejar el concepto de histeria por sí solo, cada vez que el cuerpo y sus funciones entraban en los discursos de mis pacientes! Sentí entonces la necesidad de "nom- brar" los síntomas para percibir mejor su significado inconsciente potencial, con el objeto de distinguir entre la imagen corporal y el funcionamiento somático, ya que la primera tenía relación con la imaginación, y el segundo con la realidad del cuerpo. Mi primer intento de desentrañar estas cuestiones dio lugar a un artículo titulado "Le psychosoma et la psychanalyse" ( 1974). Más adelante volveré sobre este tema.

o

MATER

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LA CONVERSIÓN HISTÉRICA Y SUS CONFUSIONES

MATER

En aquella época retomé los Estudios sobre la histeria porque sentía la necesidad de un nuevo enfoque teórico sobre las manifes- taciones clínicas de las perturbaciones corporales. En mis pacien- tes, como en tantos otros, destacaban síntomas dignos de Frau Emmy von N. y de Frau Cacilie M. No siempre podían éstos atribuirse a un cuerpo imaginario, portador de un significado pura- mente simbólico, aunque sí ofrecían una dimensión histérica evi- dente. Como es sabido, el síntoma histérico clásico se manifiesta por una disfunción corporal cuando una de las partes del cuerpo, un órgano sensorial por ejemplo, se convierte en el soporte de un significado simbólico inconsciente. Dicha parte puede convertirse en el equivalente inconsciente del órgano sexual, y dejar de fun- cionar normalmente cuando una inhibición masiva afecta a la sexualidad adulta. Pero el tema se complicaba al entrar en juego perturbaciones físicas como el estreñimiento, la dispepsia, el insomnio, la esterili- dad psicógena, la impotencia sexual o la frigidez. Entonces asistía a tJna especie de "salto" de la mente en el cuerpo que resultaba ser de naturaleza muy diferente a la "histeria de defensa". Al principio, Freud (1894-1895) recurrió al concepto de "histeria de retención" para describir lo que diferencia tales perturbaciones de las conver- siones simbólicas "puras". Más adelante asimiló sin embargo la histeria de retención a las demás histerias, apoyándose en meca- nismos fundamentales que le parecieron comunes a ambas. Por mi parte, llegué a la conclusión de que los síntomas de "retención"' mediante los cuales la psique utiliza al cuerpo para traducir las inhibiciones de las pulsiones del Ello (todas ellas rela- cionadas con las funciones somáticas) eran por su estructura de- cididamente más "psicosomáticos" que las somatizaciones por conversión, y no tenían el mismo sentido que éstas (McDougall, 1974). En relación a estas dos formas de manifestación histérica, me planteé la siguiente pregunta: "¿Es acaso posible que la pausa implícita en la inhibición (tanto psíquica como física) señale una diferencia importante relacionada con el principio de realidad y la mentalización del conflicto?" En un primer momento, me pregunté si esta misma distinción podía aplicarse igualmente a las diferentes formas de fenómenos

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amp~i~mente reconocidos como psicosomáticos. Las expresiones som~t~cas como_la úlcera gástrica y la rectocolitis hemorrágica

mamfte~ta~ el hiperfuncionamiento y la descarga directa fruto de acontec1m1~ntos cargados de afecto pero no elaborados psíqui- camente, mientras que manifestaciones como el asma o la tetania se sitúan en el polo opuesto de la retención. No obstante, y en el marco de mi propia experiencia clínica obse_r:é ~ue los analizados poco afectados por lo que se llama l~ alex1tlmta y el pensamiento operatorio perdieron sus síntomas re- lativ_amen~e pront_o en el transcurso de un largo análisis (trastornos respiratonos de tipo asmático, úlceras gástricas ciertos casos de rectocolitis ~emorrágica).Estaban dotados, se~úncreo, de una fuerte capacidad de "metaforización" de su conflicto, ya fuere del lado de la "descarga" o de la "retención". Es preciso considerar sin ~mbarg~ muchos otros factores, como por ejemplo el significado inconsciente de la manifestación somática en términos de eco- nom,ía libidin~l-~rcaica (un b~en ejemplo lo constituye la muy tardta desapanc10n de las alergias de Georgette, citada en el último capítulo de este libro: sus síntomas representaban un vínculo extre- 'To1ªd~~ente primitivo con la madre, revestido tardíamente de un s1~mficado edípico donde la atracción prohibida hacia el padre era evidente). Las somatizaciones antes mencionadas, cuyo significado simbólico puro puede ponerse en duda (impotencia sexual, insomnio, etc.) re- sultan ser a menudo el signo externo de los deseos libidinales prohi?idos, ~l ~iempo qu~ ~irven de defensa contra las pulsiones agresivas y sadicas preedipicas, e incluso contra fantasías arcaicas basadas m~s e~ el miedo a perder una identidad subjetiva que en una angustia ligada a las pulsiones y a la identidad sexual. No obstante, la psique utiliza el cuerpo continuamente. La tarea del anal!sta consis~epor tanto en distinguir las fantasías reprimidas de aquellas que aun d~ben ser construidas, puesto que no han llegado ª,entrar en el código del lenguaje, antes de poder decidir si un s_mtoma co~respo~de a una problemática caracterizada por angus- tias neuróticas o si responde a angustias psicóticas. !ornemos por ejemplo el caso corriente del paciente aquejado d~ impotenci~ s~xual siempre que desea hacer el amor, y cuyo discurso a~ociativ~ permite comprender que toda mujer deseada repr~sentamconscientemente a su madre . La mujer se convierte in- mediatamente en un objeto de deseo prohibido y los hombres se

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MATER

perciben como castradores potenciales. Es fácil comprender que un guión interno como éste convierte en necesaria la creación del síntoma, y que el analizado, por decirlo de algún modo, se castra a sí mismo, preventivamente. Resulta también evidente que una construcción sintomática de este tipo puede equipararse a una solución histérica por conflictos neuróticos fálico-edípicos. Consideremos ahora otro analizado aquejado del mismo síntoma de impotencia, cuyas fantasías revelan un miedo inconsciente a perder el sentido de sus límites corporales. Si osara penetrar a una mujer sería a riesgo de desaparecer en ella, incluso de volverse idéntico a ella, perdiendo por tanto no únicamente su identidad sexual sino también su identidad como sujeto. Con tales fantasías, abandonamos el ámbito de la angustia neurótica para entrar de lleno en el terreno de los temores psicóticos. Bajo una óptica que ya expuse anteriormente ("Reflexiones sobre el afecto", McDougall, 1982a), estas perturbaciones pueden considerarse más "psicosomáti- cas" que "histéricas". En otras palabras, la psicosomatosis se aproxima mucho a la psicosis en lo referente a las angustias y a la aparición de éstas. Quizás pueda incluso hablarse, por analogía con las "neurosis actuales" de Freud, de psicosis "actual". A pesar de la notable diferencia entre el individuo que funciona con un pen- samiento psicótico y aquél que "somatiza" sus angustias, encontra- mos en ambos la misma confusión inconsciente en cuanto a la re- presentación del cuerpo como continente, los mismos temores en cuanto a sus límites y su impermeabilidad y, a partir de fantasías de fusión corporal, un terror idéntico tanto a perder el derecho a la identidad separada como a tener pensamientos y emociones per- sonales. La comparación entre estas dos organizaciones no se limita a la fuerza dinámica de las fantasías primitivas, sino que además, en algunos casos, revela una similitud en lo referente a los medios económicos movilizados para defenderse de estos terrores arcaicos (McDougall, op. cit.). A pesar de todo, es preciso señalar que estos miedos primitivos dejan huellas psíquicas en todo individuo, que están relacionadas con los deseos y los temores de todo infans (volveremos sobre el tema en el capítulo siguiente). Estas fantasías, asociadas a las angustias infraverbales propias de la relación madre-lactante, pueden considerarse el prototipo de lo que devienen las angustias de castración originadas en la crisis edípica. Como es sabido, estas últimas se asocian a las representaciones verbales y corresponden

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MATER

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a una imagen corporal de límites consolidados e impermeables. En el mejor de los casos, la nostalgia de la fusión primordial así como el temor a la supervivencia psíquica que esta fantasía provoca se resuelven en gran medida en la fase fálico-edípica, porque se inviste al padre del papel hegemónico de protector contra este deseo primitivo. Por consiguiente, los temores primarios se re- sorben y transfieren su fuerza a las angustias más elaboradas del complejo de Edipo. Cuando la angustia psicótica domina el cuadro clínico no nos encontramos ya frente a una problemática histérica en el sentido clásico del término, aunque los analizados que aquí nos interesan (aquejados de síntomas a medio camino entre la neurosis y la somatización) no sean en modo alguno psicóticos. Quizás debamos preguntarnos si muchas organizaciones neuróticas, histéricas y obsesivas no están construidas, en el fondo, a partir de un núcleo psicótico.

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'

De la misma manera, tampoco podrían compararse estas expre- siones somáticas intermediarias entre la neurosis, la psicosis y la psicosomatosis, a las enfermedades psicosomáticas que se han des- crito bajo el término de "Chicago Seven'; (el asma bronquial, la úlcera gástrica, la artritis reumatoide, la rectocolitis hemorrágica, las neurodermatosis, la tirotoxicosis, la hipertensión esencial), que fueron estudiadas en principio por Franz Alexander ( 1950), y luego por Alexander, French y Pollock (1968) en Chicago. Estas ma- nifestaciones se consideraban carentes de significado simbólico. Las ~nvestigacionesde Alexander le llevaron sobre todo a concep- tuahzar organizaciones específicas de la personalidad correspon- dientes a una u otra expresión psicosomática. Actualmente estas concepciones se ponen en duda, lo que no ha impedido definir, en investigaciones más recientes sobre las enfermedades cardíacas un tipo de personalidad llamado "tipo A" (Friedman, ·1959; Rosen~ man, 1975).

LA PSIQUE Y LA ENFERMEDAD PSICOSOMÁTICA

En las afecciones psicosomáticas, el daño físico es real, y su descripción durante un análisis no revela a primera vista un con- flicto neurótico o psicótico. El "sentido" es de orden presimbólico e interfiere en la representación de palabra. Tratemos en este punto

C.é:t1c.Qi

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MATER

de llevar a cabo una comparación con la manera en que los psicóti- cos tratan el lenguaje. El pensamiento del psicótico puede con- cebirse como una "inflación delirante" del uso de la palabra, cuya meta es llenar espacios de vacío aterrador (Montgrain, 1987), mientras que los procesos de pensamiento de las somatizaciones intentan vaciar la palabra de su significado afectivo (McDougall, 1982a). En los estados psicosomáticos es el cuerpo quien se com- porta de forma "delirante"; ya sea "superfuncionando", ya sea inhibiendo funciones somáticas normales, y esto de un modo insen- sato en el plano fisiológico. El cuerpo se vuelve loco. El hecho de que las organizaciones psicóticas y psicosomáticas sean al mismo tiempo similares y muy diferentes me inquietó durante años, sin que pudiera encontrar una solución teórica adecuada. A medida que indagaba en las expresiones somáticas de mis analizados, llegué a la conclusión de que, desde el punto de vista psicoanalítico, no debieran limitarse los fenómenos psicosomáti- cos a las enfermedades del soma, y que debieran incluir teóricamente, teniendo en cuenta la economía psíquica, todo lo referente al cuerpo real (a diferencia del cuerpo imaginario de la conversión histérica), incluidas sus funciones autónomas . Llegué así a consi- derar ligado a los fenómenos psicosomáticos todo atentado a la salud o a la integridad física donde intervinieran los factores psi- cológicos. Aquí incluí, por ejemplo, las predisposiciones a los accidentes corporales y las brechas en el escudo inmunitario de un

in~estigación industrial, por no

mencionar más que ésta, demuestra que los seres humanos son más propensos a caer enfermos y a ser víctimas de accidentes cuando e:>tán ansiosos, deprimidos o cansados, que cuando la vida y el futuro les sonríen. La adicción, a mi entender, también está re- lacionada con esto. Efectivamente, puede ser considerada como un intento "psicosomático" de acabar con el dolor mental, recu- rriendo a sustancias exteriores que tranquilizan la mente, y pro- visionalmente suprimen el conflicto psíquico. El inconveniente de esta solución es que debe repetirse indefinidamente.

- " sujeto (McDougall, 1978) ~--La

EL CUERPO COMO JUGUETE DE LA MENTE

Aunque la angustia sea la fuente principal de todos nuestros síntomas, sigue abierta la cuestión de la "elección" del síntoma,

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MATER

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como intento de autocuración. Ante el conflicto mismo, este indi- viduo creará una neurosis, y aquel otro desarrollará una perversión sexual, un delirio o una enfermedad psicosomática. En la práctica, sólo con posterioridad se puede determinar por qué cierto sujeto resolvió su problema de identidad sexual forzándose a ser eyacula- dor precoz u obligándose a un ritual compulsivo de lavado de manos. Frente al mismo problema, otro sujeto conservará una actividad sexual asociándola a una conducta fetichista o sado- masoquista. Finalmente, un tercer individuo más afectado se sumirá en un delirio que someta su sexualidad a los extraterrestres o a la influencia de alguna máquina, cuando no "la emprenda" con su propio cuerpo (sin síntoma sexual manifiesto) en forma de úlcera péptica, de alergias cutáneas, de asma o de tetania. El análisis podrá reconstruir la historia de estos conflictos libidinales y narci- sistas, pero no predecir las condiciones de su producción (la desaparición de los síntomas psicosomáticos en el caso de Isaac, relatada en Teatros de la mente (McDougall, 1982a) donde los con- flictos no elaborados psíquicamente fueron puestos en palabras por primera vez, es demostrativa en este sentido). La cuestión de la causalidad se complica con la necesidad deJ distinguir entre las causas de la actualización del síntoma (como la excitación sexual) y su origen en las primeras transacciones entre madre y lactante, y el efecto de éstas sobre la organización y la estructuración precoz de la psique. En lo referente a las afecciones psicosomáticas, parece probable que ciertos modos de funciona- miento mental adquiridos en los primeros meses de vida puedan predisponer a eclosiones psicosomáticas antes que a soluciones neuróticas, psicóticas o perversas. A decir verdad, mi interés por la causalidad psíquica en su relación con las pulsiones libidinales precoces no me llevó inme- diatamente a interrogarme sobre las produccionespsicosomáticas. Al contrario,_no llegué a éstas más que muy tardíamente. En un primer momento, fue en la perversión donde descubrí, más allá de los conflictos edípicos evidentes, sus orígenes más precoces (McDou- gall, 1964, 1978, 1982). Necesité algún tiempo para postular la existencia de una sexualidad aún más primitiva, dotada de aspectos sádicos y fusionales, que quizás fuera el origen de regresiones psicosomáticas que pueden considerarse defensas contra vivencias mortíferas. En este universo, donde se esfuma la indistinción entre uno mismo y el otro, no existe más que un cuerpo para dos. Aun a

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riesgo de provocar una confusión terminológica, vine a hablar de "histeria arcaica" para calificar estos síntomas psicosomáticos. Digamos, para diferenciarlos, que la histeria neurótica se cons- truye a partir de vínculos verbales, mientras que ésta que describo bajo el término de histeria arcaica trata de preservar no ya el sexo o la sexualidad del sujeto, sino su cuerpo entero, su vida, y que se construye a partir de vínculos somatopsíquicos preverbales.

EL PSICOSOMA EN LA ESCENA PSICOANALÍTICA

Con los años fui prestando más atención al modo en que fun- cionaban algunos de mis analizados que, además de los problemas psicológicos, sufrían alergias cutáneas, afecciones cardíacas, respi- ratorias o ginecológicas, cuya aparición y desaparición parecían estrechamente ligadas a perturbaciones afectivas. Empecé en- tonces a leer las obras y los artículos de analistas-psicosomatólo- gos por ver si me ayudaban a comprender mejor a mis propios pacientes. La experiencia clínica me había enseñado que todos los analizados (¡y también los analistas!) somatizan un día u otro, y además las eclosiones somáticas coinciden la mayoría de las veces con acontecimientos que sobrepasan su capacidad de tolerancia habitual. Pero aquéllos que reaccionan a casi toda situación mo- vilizante de emociones fuertes (ira, angustias de separación) con fenómenos psicosomáticos atraían especialmente mi atención. Por otro lado, es notable que estas enfermedades hayan estado siempre presentes, pero que sólo hablaran de ellas en raras ocasiones, por creerlas carentes de significado psicológico. Aún me sorprendió más darme cuenta de que aquellos pacien- tes, de alguna manera, preservaban inconscientemente esta ca- pacidad para caer enfermos como si les permitiera una "salida", como si necesitaran, en períodos de crisis, palpar sus límites corporales y asegurarse así un mínimo de existencia separada de cualquier otro objeto significativo.

LA INVESTIGACIÓN PSICOSOMÁTICA

Antes de considerar un acercamiento específicamente psico- analítico en relación con la teoría de causalidad psíquica, conviene

1

MATER

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echar un vistazo a los trabajos procedentes de los centros psi- cosomáticos. Éstos han enriquecido considerablemente la com- prensión de las eclosiones psicosomáticas en la cura psicoanalítica. Algunos psicosomatólogos de orientación psicoanalítica han venido publicando desde hace veinte años los resultados de una in- vestigación llevada a cabo a partir de centenares de entrevistas con pacientes de centros especializados. En un primer momento, sus in- vestigaciones permitieron la creación de dos importantes concep- tos, así como el esbozo de una "personalidad psicosomática". El

operatorio 1 se refiere a una forma

primer concepto, el pensamiento

de relación con los demás y con uno mismo, y a un modo de pen-

samiento y de expresión. Este modo de pensamiento, de alguna manera "deslibidinizado" y pragmático en extremo, fue descrito por los psicoanalistas de la Sociedad Psicoanalítica de París (Marty, De M'Uzan y David, 1963; Marty y De M'Uzan, 1963). A estos trabajos vino a añadirse el importante concepto de neurosis de

comportamiento (Marty, 1976, 1980).

·- Tuve la fortuna de oír las grabaciones de las entrevistas y de

asistir a algunos seminarios organizados por estos colegas. Más tarde, estuve presente en las ponencias clínicas de Michel Fain (1971, 1974) y comencé a escuchar con otra actitud a mis anali-

zados, a reconocer aquellos extraños discursos que habían llamado

mi

atención en el pasado y de los que había hablado bajo otro punto

de

vista ("El

anti analizado en psicoanálisis", McDougall, 1982).

Entonces me vino a la memoria una de mis primeras pacientes en análisis. En la entrevista preliminar que tuve con Dorothée, ob- servé que se refería con mucha facilidad a su salud física cuando evocaba su infancia: "En mi infancia tu ve.asma, pero me desapare- ció cuando me fui de casa para casarme. Me vuelve siempre que voy a pasar las vacaciones con mi madre. Los síntomas empiezan

en cuanto salgo de mi casa, y se van haciendo más violentos a

medida que me acerco a la ciudad de mi madre." Le pedí entonces

que me hablara de su madre. Dorothée me respondió en estos

términos: "Bueno, pues es más bien grande, bastante fuerte, bas-

tante guapa, siempre está ocupada en mil pequeñas tareas

ya no es tan activa como antes

Aquellas palabras suscitaron en mí una extraña impresión y pensé:

"Me .describe a su madre desde el exterior, como lo haría un extraño." Cuando más adelante intenté que hablara de sus senti- mientos hacia su madre, desde su interior, se mostró confusa, como

En fin,

;"

Ahora tiene reuma, sabe usted

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MATER

si hubiera estado lejos de su propia realidad psíquica. "No com- prendo exactamente lo que quiere usted decir", me respondió tras un momento de silencio. Fue con posterioridad cuando pude re- conocer lo que mis colegas habían descrito bajo el término de pensamiento "operatorio". Era como si Dorothée no hubiera tenido acceso a las representaciones de palabra que pudieran expresar los sentimientos ambivalentes hacia su madre, que ella escondía; por el contrario, su cuerpo sí "reconocía" lo que Dorothée sentía hacia ella. ¿Puede hablarse en este caso, entonces, de representación de cosa inconsciente? Es una pregunta que aún me planteo. Algunos años más tarde, las publicaciones de la Escuela de París inspiraron la investigación de los psicosomatólogos de Bos- ton que crearon el concepto de~ (Sifneos, 1973, 1974, 1975; Nemiah y Sifneos, 1970a, 1970b, 1978). Este término de origen griego (a= sin; lexis =palabra-; thymos =corazón o afecto)

quiere designar el hecho de que .el sy~ .i::_ªx:_ei;5:a.de palabras.pa.ta

nombrar sus estados af~, o bien (si puede nombrarlos) el

qu~ no llegue a disting;¡¡~-~-;;os de Q! [ 9;; ·.-Ñc»se-ríá-ci¡laZ,

h~cho de

por e]~mplo:·de distinguir la angustia de la depresión, el miedo de la irritación, la excitación del cansancio, la ira del hambre, etcétera. Las observaciones de los psicosomatólogos sobre el pensa- miento operatorio y la alexitimia me parecieron sin duda acertadas. Pero había comprobado, al menos en mis propios pacientes, que estos fenómenos cumplían ante todo una función defensiva, re-

montándonos a una fase del de§

sujeto y el objeto aún no es ~~e y pue_g~_ CJ~.~r.Jl,P~Stia. Esta regresión explicaba, en mi opinión, el hecho de que los mensajes enviados por el cuerpo a la psique, o viceversa, se inscribieran psíquicamente, como en la primera infancia, sin representaciones de palabra. El infans, antes de la palabra, es necesariamente "alexi- tímico" (McDougall, 1982, cap.VII). Esto me llevó a hablar de "afecto repudiado", arriesgándome una vez más, como en el caso de la histeria arcaica, a una confusión terminológica. Es evidente 0:~ 11e que para aquél que posee el don de la palabra, la forclusión o el repudio de la psique de una idea insoportable se realiza, como dice Freud, sobre la representación de palabra, es decir sobre pensa- mientos que no pueden recibir su quantum de afecto. Por ello intenté añadir a los destinos del afecto inaccesible al consciente que Freud describió, un cuarto destino donde el afecto estaría

ª-.rr_ollo

donde la distinción entre el

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·• .

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MATER

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congelado y la representación verbal que lo connota pulverizada, como si nunca hubiera tenido acceso al sujeto. Como ya he dicho, a mi interés por los modos de pensamiento y de relación "desafectivizados" se añadía mi deseo de comprender lo que aparentemente escapaba al proceso psicoanalítico. Algunos de mis analizados se negaban a reconocer sus dolores psíquicos, ya fueran causados por afectos penosos o excitantes. Demostraban una capacidad poco común para expulsar de su discurso analítico algunas experiencias cargadas de afecto, que por consiguiente encontraban su expresión fuera del análisis, en cierto modo fuera de la psique. Estas experi~ncias que se descargaban en la acción, o sobre el entorno, no se hacían accesibles a la palabra más que mediante una preocupación contratransferencial. Esto hacía que fuera más difícil establecer la relación entre la experiencia afectiva repudiada y las manifestaciones somáticas. Por otra parte, estos analizados se quejaban a menudo de un sentimiento de vacío, de una ausen.cia de contacto con los demás, o encontraban que su vida carecía de sentido. Se necesitaron largos años de análisis con ciertos pacientes para comprender que era en situaciones de estrés cuando se revelaban alexitímicos u operatorios. Aquello me llevó a pensar que estas reacciones eran otras tantas medidas draconianas para combatir dolores mentales no elaborados o angustias psicóticas. Al intentar conceptualizar estos fenómenos, me alejaba necesariamente de la postura de los psicosomatólogos que exponían conceptos de causali- dad muy diferentes, en términos de desorganización progresiva o de falla neuroanatómica (de ahí el pesimismo que rodeaba el posible tratamiento psicoanalítico de los grandes somatizadores). Estos fenómenos, observables en los centros psicosomáticos espe- cializados, no se aplicaban a aquellos de mis propios analizados aquejados de una grave regresión somática. Evidentemente, se trata de dos poblaciones diferentes: aquéllos que acuden a un psicoanalista lo hacen en función de su sufrimiento psíquico, mientras que aquéllos que acuden a un psicosomatólogo por prescripción médica pueden ser totalmente inconscientes de sus problemas psicológicos y de ahí no aptos a una intervención de tipo psicoterapéutico. Es probable incluso que las defensas masivas contra el reconocimiento del conflicto mental sean necesarias para

su

de mis colegas psicosomatólogos) todo intento de reconstruir estas

equilibrio psíquico . En mi opinión

(compartida por la mayoría

38

MATER

defensas sin el consentimiento y la cooperación del paciente puede resultar peligroso, ya que puede aumentar sus problemas somáticos y psíquicos. Por eso es importante detectar, desde las primeras

entrevistas

tizadores graves.

' la existencia de una dimens10n neurótica en los soma-

-~- ·---- --~ --- ·------~· · -·-- .

EL CORAZÓN DEL PROBLEMA

Esta reflexión me remite de nuevo a la patología cardíaca y a los conceptos de causalidad y de personalidad de "tipo A", propuestas por los investigadores americanos. Tim, a quien conoceremos en el capítulo VIII de este libro, sufrió un infarto de miocardio durante su análisis. Manifestaba una estructura psíquica que, a primera vista, se parecía curiosamente al retrato clínico pintado por los psi- cosomatólogos. Sin embargo, aquel acontecimiento trágico y traumático nos permitió, a Tim y a mí, realizar algunos descubri- mie~toscruciales. Su funcionamiento mental, aunque conforme en algunos aspectos a las hipótesis de los psicosomatólogos, revelaba no obstante factores dinámicos inconscientes que contribuían a este tipo de funcionamiento. Además de una economía psíquica caracterizada por un modo de funcionamiento operatorio y alexi- tímico, descubrimos una capa de traumatismos precoces que re- mitían a su primera infancia y a la relación primordial con su madre. Las investigaciones actuales (Brazelton, 1982; Stern, 1985; Debray, 1988) ponen de relieve la importancia de las pr~s interacciones madre-lactante, y eíhecho de que cada bebé envía constantemente señales a la madre ue indican sus preferencias y sus aversiones. Cuando a madre está libre de barreras internas, sabe "escuchar" las comunicaciones precoces del lactante. Pero puede suceder que una madre, presa de desamparo o angustia interior, no sea capaz de observar e interpretar las sonrisas, los gestos y las quejas de su hijo, y que por el contrario le coaccione, por la imposición de sus propios deseos y necesidades, creando en el lactante un sentimiento constante de frustración y de rabia impo- tente. Una experiencia de este tipo puede empujar al bebé a cons- truir, con los medios a su disposición, modos radicales de pro- tección contra las crisis afectivas y contra el agotamiento resul- tante. Es típico el retrato que hacen muchos de estos pacientes de

Es típico el retrato que hacen muchos de estos pacientes de 1 MATER 39 su madre.

1

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su madre. Otro fenómeno, ligado sin duda a las defensas primitivas

contra la emotividad, es el recuerdo de una precocidad notable en

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la adquisición de la autonomía (caminar, utilización del lenguaje, hmpieza). Las investigaciones de Piera Aulagnier ( 1975, 1984) en el terreno de la psicosis y de su génesis específica lo tienen igualmente en cuenta . La relación primitiva entre la madre y el niño nos revela la misma "violencia de la interpretación" . Pero es posible que la "elección" entre la psicosis y la psicosomatosis se deba, en cierta medida, a la constelación familiar y al pa_pel

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SOLUCIÓN NEURÓTICA, SOLUCIÓN PSICOSOMÁTICA

En cierta época me sorprendió la aparente "normalidad" de algunos de mis analizados somatizadores. Llegué a ver poste- riormente una oposición entre manifestaciones neuróticas y sínto- mas somáticos, y consideré que estas manifestaciones revestían una función de protección contra las explosiones psicosomáticas. Las investigaciones pioneras de George Engel (quien expuso en 1962 que los fenómenos psicosomáticos pueden evitarse cuando una organización neurótica sirve como "escudo" contra la soma- tización) estimularon mi propia reflexión. Supuse entonces que se podía asistir en el adulto a "regresiones psicosomáticas" parecidas a las que se observan en los niños pequeños psicosomáticamente perturbados. El actuar adictivo es otro ejemplo de esto. A medida que empecé a observar detalladamente el discurso de mis analizados somatizadores y la relación transferencia! que establecían conmigo, me sorprendió otra dimensión. Había ya descrito un cierto tipo de pacientes que parecían no presentar dolor neurótico y que mostraban toda la apariencia de normalidad:

una especie de pseudonormá-lidac:L"Les"ífaffié "ii6rmópatas"; observé al mismo tiempo-·que-mañífestaban todas lasCfaraéterísticas de lo qu~llamó el ''falso self". Me parecía que este falso self debía servir, como indica Winnicott, para proteger al "verdadero self" que de otro modo no hubiera quizás sobrevivido (McDou- gall, 1978). Pero necesité muchos años para poder conceptualizar mejor este modo de funcionamiento mental puesto que, por una parte, no todos los normópatas somatizaban y, por otra parte, aquéllos que sufrían enfermedades psicosomáticas habían podido

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MATER

en muy raras ocasiones establecer un vínculo de causalidad entre sus enfermedades y la aparición en su vida de acontecimientos perturbadores. Fue en aquel punto cuando las investigaciones de mis colegas psicosomatólogos me resultaron esclarecedoras. Pude entonces reconstruir paso a paso cómo estos analizados expulsaban fuera de la psique algunos traumas, y esto de un modo que difería notable- mente del modo de funcionamiento neurótico. No existía en ellos

ninguna huella de aquelhts señales de a_~gusti~que permiten a la psique prepararse para hacer frente a la situación problemática. Es lo mismo que decir que aquellas fuentes potenciales de angustia no habían sido simbolizadas, como es el caso de las organizaciones neuróticas, puesto que no habían sufrido ni renegación (déni,

désaveu)

el discurso asociativó, - oaiiaole Ü-na 'tonalidad desafeciivizada o aTien-ánte, y"moviliziñte de reacciones contratransferenciales por mi parte. No encontré mejor metáfora que ésta: el discurso de mis pacientes me hacía pensar en una canción de la que sólo hubiera oído la música, y las palabras permanecieran inaudibles. Unas palabras por decirlo de algún mo<fo c!~~~Í~º-ti_vjz_¡u!ll.1(McDougall, 1981, y el capítulo VI de la presente obra). Pude observar que aquella forma de confiscar un acontecimiento cargado. de de- masiado afecto sin darle salidas psicológicas estaba presente igualmente en pacientes que, sin ser grandes somatizadores, rea- lizaban aquí o allá descompensaciones pasajeras, o sufrían trastor- nos en cierto modo psicosomáticos (como el insomnio o l~ impo-

ni represión. Este modo de funcionamiento repe~utía ~?

tencia sexual). En los siguientes capítulos volveré sobre las premisas que acabo de esbozar, e intentaré ilustrarlas con ejemplos clínicos. No olvidemos, sin embargo, que este trabajo sobre los misteriosos saltos de la psique en el cuerpo no es más que uno de los eslabones de una investigación que aún prosigo, y cuyas lagunas intento colmar.

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LA MATRIZ DEL PSICOSOMA

LOS ORÍGENES DEL INDIVIDUO

¿Cómo adquiere el lactante el sentimiento de una identidad sub- jetiva?¿Cómo se convierte cada uno de nosotros en una "persona" diferente a las demás personas, esto es, en un "individuo" (del latín individuum: "unidad indivisible")? Puede decirse que la vida psíquica comienza con una experiencia de fusión que conduce a la fantasía " de que sólo existe un cuerpo y una psique para dos personas, y que éstas constituyen una unidad indivisible. El bebé, aunque es ya un ser separado, con aptitudes innatas cuyos potenciales aún no se han realizado, no es consciente de esto. Para el niño muy pequeño, él y su madre constituyen una única y misma persona. Mamá no es todavía un "objeto" distinto para el lactante pero, al mismo tiempo, ella es algo mucho más amplio que cualquier otro ser humano. Es · un entorno total, una "madre-universo" y el bebé no es sino una pequeña parcela de esta unidad inmensa y apasionante. Profundamente enterrada en el fondo de cada uno de nosotros, existe la nostalgia de un regreso a esta fusión ilusoria, el deseo de convertirse de nuevo en una parte de aquella madre-universo om- nipotente de la primera infancia, sin ninguna frustración, ninguna responsabilidad y ningún deseo. Pero, en un universo así, no existe

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4 2 LAMATRÍZDELPSICOSOMA identidad individual. Podría incluso decirse que la realización de este deseo equivale

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LAMATRÍZDELPSICOSOMA

identidad individual. Podría incluso decirse que la realización de este deseo equivale a la pérdida de la identidad personal, a la muerte

psíquica.

La fantasía del "cuerpo-único", primordial en todo ser humano, tiene, naturalmente, un prototipo biológico que nace en la vida in- trauterina, cuando el cuerpo-madre debe atender verdaderamente a las necesidades vitales de dos seres. La prolongación imaginaria de esta experiencia no sólo va a desempeñar un papel fundamental en la vida psíquica del recién nacido, sino que también regirá su funcionamiento somatopsíquico. Todo lo que amenace con destruir la ilusión de indistinción ·entre el prop10 cuerpo y e cuerpo materno impulsará al bebé a una búsqueda desesperada por recuperar el paraíso perdido intrauterino. Del mismo modo, el llanto del bebé y sus señales de desamparo incitan a la madre a responder intuitiva- mente a este requerimiento urgente, consolando al lactante y re- creando la ilusión del Uno: para conseguirlo utiliza su calor, el ritmo,-la proximidad protectora de su cuerpo y la música de su voz. Con su capacidad para mantener esta ilusión, la madre otorga al bebé la posibilidad de integrar una imagen interna esencial del entorno materno, que le tranquiliza o simplemente le permite

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abandonarse apaciblemente

al sueño .

Pero existe también en el bebé una necesidad importante de se- paración . En función de sus propios conflictos inconscientes, l~ madre puede entorpecer el avance del niño hacia su diferenciación . Si contraría por ejemplo la necesidad del bebé de renunciar a su presencia física para entrar en el mundo del sueño, puede desen- cadenar uno de los trastornos psicosomáticos más graves de la primera infancia: el bebé que sufre insomnio y sólo consigue dormir entre los brazos de su madre. Cuando la relación madre-hijo es "suficientemente buena" ("good- enough" según la terminología de Winnicott), a partir de la matriz somatopsíquica original se desarrollará una diferenciación progre- siva en la estructuración psíquica del niño pequeño entre su propio cuerpo y esta primera representación del mundo exterior que es el cuerpo materno, el "pecho-universo". Paralelamente, lo psíquico irá distinguiéndose poco a poco, en la mente del niño , de lo

somático. Esta lenta "desomatización" de la psique se acompaña a partir de entonces de una doble búsqueda psíquica: fusionarse completamente con la "madre-universo" y al mismo tiempo diferenciarse com-

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pletamente de ella. Los bebés intentan por todos los medios de los que disponen, especialmente en períodos de sufrimiento físico o psicológico, recrear la ilusión de la unicidad corporal y mental con el pecho-universo mágico pero, en otros momentos, lucharán con igual energía para diferenciar su cuerpo y su sí mismo naciente del

cuerpo y del mismo de la madre. S¡ ; o:, ·,_:,. s~p<Ñ<>Li~- \.,J,;11

Mientras los deseos inconscientes de la madre no le lleven a contrarrestar esta tendencia universal a la fusión y a la diferencia- ción, cada bebé, utilizando los diferentes procesos psicológicos de

la internalización de que dispone la psique (incorporación, in-

troyección e identificación), construye primero una imagen del

entorno materno y luego una representación mental de la madre misma como figura tranquilizante y acogedora, capaz de calmar las tormentas afectivas del bebé y de modificar su sufrimiento sin contrariar su constante deseo a acceder a la autonomía somática y . psíquica. Esto pondrá los cimientos de una identificación ulterior ·en el mundo interno del bebé, con una imago atenta y reconfor~ tante, beneficiando la constitución de su propio Yo.

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LOS ORÍGENES DEL UNIVERSO SIMBÓLICO

Es en este punto del desarrollo del niño pequeño cuando éste comienza a inventar "security-blankets" (que en la mente del lac- tante encarnan la esencia misma de las funciones protectoras y tranquilizantes de la madre). Estos "objetos pretranlli;.ionales" (Gaddini, 1971, 1975, 1976) son frecuentemente una prenda de vestir de la madre, o un pequeño trozo de tela impregnado de su olor y asociado a la naturaleza táctil y al calor de su cuerpo. Más adelante, estos objetos fuertemente investidos que permiten al bebé dormir con la ilusión de la presencia materna se reemplazan, si todo se desarrolla con normalidad, por sustitutos maternos más sofisti- cados, corno osos de peluche o rituales especialmente encaminados al mismo fin (la ruptura de este proceso será ilustrada en varios

capítulos) .

Éste es también el momento en que, el lenguaje comienza a sustituir los modos más primitivos de comunicación corporal y cuando el niño es capaz de concebir y pronunciar palabra "mamá", creando así la posibilidad de evocar su calor y la pro- tección que ésta garantiza únicamente mediante esta palabra, sin

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tener obligatoriamente necesidad de su presencia reconfortante. Esta representación mental de la madre como persona que puede ser nombrada y evocada es esencial para la estructuración de la psique, y a fin de cuentas, permitirá al niño asegurar por sí mismo las funciones maternas introyectadas, siempre que la palabra "mamá" represente realmente un sentimiento reconfortante y tranquilizante '_de consuelo y seguridad. Vemos así que a medida que disminuyen el contacto corporal y las formas gestuales de comunicación con la madre, van siendo reemplazados por el lenguaje, por la comunicación simbólica. El lactante se convierteen un nifio dotado de palabra. A partir de esta

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fase, se reprime el deseo contradictorio de ser él mismo sin dejar de ser parte indisoluble del otro, y se compensa la nostalgia con la doble ilusión de poseer una identidad separada y firme, y conservar

al mismo tiempo un acceso virtual a la unidad original e inefable. Todo fracaso en este proceso fundamental comprometerá la ca-

pacidad del niño para integrarse y reconocer como propios su cuerpo, sus pensamientos y sus afectos. Este libro se propone estudiar las diversas consecuencias de tales fracasos en la edad adulta. Subrayemos, en primer lugar, que el deseo de deshacerse de estas identificaciones para acceder a la plena posesión de sí mismo,

y la búsqueda arcaica que representa el deseo de fundirse en la

madre-universo, persisten en el fondo de la psique humana, y no implican necesariamente un destino patológico. Dejarse arrastrar física y psíquicamente hacia este ombligo contribuye, entre otras cosas, a la realización de dos experiencias esenciales, ambas psi- cosomáticas por excelencia: la satisfacción del~eñoy el ori Correlativamente, estas dos experiencias pueden verse perturbadas en caso de que el miedo a la madre mortífera, aquélla que conduce

a la pérdida irrevocable de sí mismo, triunfe sobre aquélla que es el

soporte imaginario de la unión erótica y mística.

UN .CUERPO, UN SEXO, UNA PSIQUE PARA DOS

Durante muchos años intenté "oír" en mi trabajo analítico esta muda petición de unión fusional en un sólo cuerpo, sobre todo cuando va asociada al terror a perder el sentimiento del sí mismo corporal e individual. Traté igualmente de representar sus prolon- gaciones fantasmáticas: un cuerpo para dos, un sexo para dos, una

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psique para dos, e incluso una única vida para dos. Tanto la conceptualización de estos modos primitivos de funcionamiento mental como la red de defen sas constituida desde la primera infan - cia para enfrentarse al peligro que les es inherente, presentan ciertos escollos teóricos, aunque sólo fuera porque un modelo de funcionamiento del aparato psíquico basado únicamente en el sig- nificado, no basta para comprender el modo en que se organiza la vida psíquica en sus comienzos, desde la fase no verbal (el bebé , el infans) hasta la fase verbal (el niño). De la misma forma , estos modelos no consiguen explicar el modo en que la psique y el soma se diferencian progresivamente, aun permaneciendo ligados para siempre. Mi primera experiencia de la concepción de la fantasía de una psique para dos se sitúa en la época en que trabajé con niños psicóticos (McDougall y Lebovici, 1961) y se extendió poste- riormente a un trabajo clínico con analizados que sufrían diferentes fragilidades narcisistas. Aquellos pacientes me comunicaron su dificultad para distinguir entre su mente y la mía, dificultad que repercutía también en su percepción del mundo exterior. A menudo estos analizados estaban convencidos de que sus fantasías sobre mis pensamientos eran certezas absolutas. Planteaban también con frecuencia la exigencia implícita de ser comprendidos sin tener que recurrir al lenguaje, exigencia legítima en el lactante pero que puede crear malentendidos portadores de estrés en el marco de las relaciones entré adultos. Más adelante, con pacientes homosexuales y neosexuale~·(McDou- gall, 1978, 1982, 1986) pude reconocer la fuerza del sentimiento inconsciente de que sólo existe un sexo para dos. Estas elecciones sexuales desviadas intentaban crear una protección no solamente contra terrores inconscientes frente a una sexualidad adulta (es decir, todo lo que se incluye bajo el concepto psicoanalítico de "angustia de castración") sino también contra la pérdida de la i~ent~dad _sex~al,e incluso de la identidad subjetiva. La apropia- l

c16n 1magmana del sexo de la pareja revela invariablemente la re- L cuperación fantasmática de su propia integridad sexual, que sofoca j

la ang~sti_a.de castraci~n~que tranq~il~zaal sujeto contra el miedo,

más pnm1t1vo, de la perdida de los hm1tes corporales o del sentido de la integridad personal.

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LAMATRÍZDELPSICOSOMA

En cuanto a la fantasía de un cuerpo para dos, pude vislumbrar la importancia de este modo de relación con los otros, que se me impuso a traves de mis intentos, de años diría, por comprender el impacto económico y dinámico de fenómenos psicosomáticos repe- titivos, a lo largo del análisis de algunos de mis pacientes. Conseguí formular la paradójica problemática de aquellos analizados en los siguientes términos: la fantasía fundamental es que el amor lleva a la muerte y que solamente la ausencia de toda libido garantiza la supervivencia psíquica; y por tanto el sujeto busca, mediante un trabajo de desafectación (ver capítulo VI), proteger su super- vivencia mental, ya que teme perder no solamente las barreras psíquicas contra la implosión provocada por los otros, sino también la pérdida de sus propios límites corporales. Se hace entonces ne- cesario mantener una barrera desvitalizada frente a la investidura narcisista de su propio cuerpo y de su propia psique. A su vez, esto puede aumentar la vulnerabilidad psicosomática hasta un grado alarmante, y convertirse así en una amenaza contra la vida misma. El extracto clínico expuesto en los capítulos VIII y IX ilustra este modo de organización psíquica, pero propone una concepción del estado de desafectación diferente al descrito en los trabajos y las in- vestigaciones sobre psicosomática. La zona de insensibilidad interior que tiende a infiltrar la reali- dad psíquica de estos pacientes conduce con frecuencia a la incuria física y a la insensibilidad al sufrimiento, a la ausencia de emociones (o incluso de excitación y de placer) hasta tal grado que se produce una resomatización regresiva de la experiencia afectiva rechazada, que puede acarrear, entre otras cosas , ~l desmor.o.n.amient_g_Q~J~ barreras inmunitarias. Conviene sin embargo subrayar que muchos de los pacientes que presentan todos los signos de alexitimia y de pensamiento operato- rio no caen somáticamente enfermos y que otros tantos, que sufren ciertas afecciones psicosomáticas graves, no presentan la coraza operatoria y alexitímica que caracteriza a los pacientes psicosomáti- cos más estudiados en el marco de la investigación y en los servicios de psicosomática. He hallado, por el contrario, en la práctica, cierto número de pacientes aquejados de enfermedades auténticamente psicosomáticas, y que luchaban intensamente con- tra sus experiencias afectivas y su realidad psíquica. Estos anali- zados son frecuentemente polisomatizadores desde su más tierna infancia. No se trata aquí de histeria clásica. Muy a menudo, se 1

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incluyen bajo el rubro de "histéricos" a sujetos que sufren las secuelas de una carencia afectiva precoz, y cuyos gritos de desam- pa~o ~ratan de llamar la atención más sobre el peligro de muerte ps1qmca que sobre el de castración fálico-edípica; a lo sumo se puede plantear la hipótesis de una "histeria arcaica". Por eso no encontramos aquí aquellas soluciones de compromiso frente a los

problem~s se_x,uales.y ~~ípicospropios de la neurosis, sino más bien una erot1zac10n pnm1t1va .que implica al cuerpo entero, que se of~ece como lugar.de co~fhct?. Esta organización pretende consti- -) tmr una ~pa~tencia de 1dent1dad subjetiva y proteger contra la ,

muerte ps1qu1ca. Con fre~uencia la "zona muerta" de desesperación que existe en estos anal.izado~ está enmascarada por una dependencia adictiva a pers~n~s mvest1das narcisistamente, y consideradas como partes de s1 mismos . Toda perturbación en la relación con estos "objetos de~self" puede sumir al paciente en una angustia extrema, acom-

psicosomátic 0 s. En

l~ ~1tuac10n anahtica tales fenómenos tienden a resurgir como reac- c10n a toda separación del analista, ofreciendo así la posibilidad de po,:ier en ~al~~ras, por primera vez en la vivencia del paciente, las sena~es pnm1t1va~ no ve~balesrelegadas por la psique y expresadas me~iante el func10nam1ento somático. De esta forma, represen- tac10?es no reconocidas cargadas de afecto, de terror 0 de rabia co~stttuye?frecuentemente elementos de precipitación de fenómenos

ps1cosomat1cos.

.Tambié~ e~ ~recis? reconocer que , para cualquier niño, el ca- mmo de la md1v1d~~-c1.§_n (que, completamente integrada, funciona ·

J!.1'.!Spsicosomáti-

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hem~o ~s evidente ~ue buena parte de la identidad de un individuo estara hgada pa~a s1e.mpre a lo que este individuo represente para otro, porqu,e ~a 1dent1dad subjetiva, como demostró Lichtenstein (1961), esta siempre determinada por dos dimensiones: "lo que s me parece" Y "lo que es diferente a

Lo~ ser~sque han contado para un niño desde su nacimiento sus expe~1e~c~aspsíquicas y físicas, e incluso su cuerpo, se viven d~sde e~ pnnc1p10 .com? pertenecientes al mundo exterior. Pero sigue siendo un misteno cómo lo que pertenecía primitivamente a ese ~un~o exterior se convierte en una parte integrada del mundo mtenor, para formar representaciones psíquicas estables. El hecho

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LAMATRÍZ DELPSICOSOMA

de no llegar a comprenderlo no debería impedirnos buscar respues- tas a las preguntas que plantea este complejo acontecimiento psíquico que es la i~t~n~~~~~c_ión.Acuden a mi mente las siguientes pregun-

tas: - ¿Cómo consigue un niño pequeño adquirir una representación de su propio cuerpo y tomar consciencia de que este cuerpo es

r únicamente suyo? ¿Y cuáles son las consecuencias cuando esta

! apropiación psíquica no se efectúa verdaderamente?

- ¿Cómo se convierte la identidad sexual en una representac10n

\ psíquica segura, y qué es lo que permite adquirir la convicción de

.

,

\ que nuestro aparato genital es también una posesión perso~alY

! única, convicción afianzada por la certeza de que no es, por ejem-

plo, propiedad de los padres?

- ¿y la psique, en todo esto? ¿Cómo consigue comprender el

niño que su mente es la cueva del tesoro de la que es único propietario, disfrutando con pleno derecho de los pensamientos, los sentimientos y los secretos íntimos que contiene? Desde Freud, disponemos de modelos tópicos y económicos de la organización edípica, en su vertiente fálico-genital, que no cesan de enriquecerse en sus aplicaciones clínicas y teóricas. Hemos ad- quirido , en lo que va de siglo, una mayor comprensión de los conflictos y los tropiezos en aquellas fases de organización ·y de estructuración mental que pueden crear neurosis y perversiones. También hemos recopilado numerosos datos sobre el esquema corporal y el sentimiento de la identidad sexual, tal como _se invisten en las organizaciones neuróticas, perversas y caractena- les. Éstas son otros tantos intentos de autocuración del niño en lucha con sus conflictos y con el dolor psíquico resultante. Con ayuda de los modelos psicoanalíticos de los que disponemos, somos capaces de demostrar claramente el modo de emergenc~ade estas organizaciones, como reacción a lo que los padres han dicho -o no han dicho- al niño. A partir de aquí, podemos describir cómo el niño que sigue viviendo en el individuo adulto ha tratado, durante su infancia, de interpretar los mensajes incoherentes revelados por

los deseos y los miedos inconscientes de sus padres. Pero nuestros conocimientos son mucho menores en lo referente a la estructuración precoz de estas representaciones, las infraestruc- turas preedípicas que se perfilan, por ejemplo, tras las organi- zaciones psicóticas y psicosomáticas. Por consiguiente también sabemos menos cosas sobre las fragilidades psicóticas y psicosomáti-

LAMATRíz DEL PSICOSOMA

49

cas q~e exi~ten en todo ser_h~mano. Aunque Winnicott, Bion y otros rnvestigadores postklemianos hayan realizado avances clíni- cos y teóricos de inmenso valor, en cuanto a los fundamentos ar~aic~s de la ps_ique, en gran medida la metapsicología de la psicosis y de la psicosomatosi~ aún está por formular. Pero de algo podemos estar seguros: las mamfestaciones psicóticas y psicosomáti- c~s, como l~s neurosis, lo s trastornos de carácter y las perver- s10nes, son mtentos de autocuración. Estas construcciones son otras tantas ilustraciones del trabajo psíquico de un niño pequeño sometido a un sufrimiento mental, causado por factores situados mucho más allá de su capacidad de control. Recordemos que la primera realidad exterior de un bebé está ~ons~ituida por el_inconsciente de la madre, en la medida en que este impone la calidad de su presencia y el modo de relación con el lactante (y que el inconsciente de la madre está estructurado en ~ran ~arte por sus propios padres y sus propias experiencias 10fant1les). Otro factor casi tan fundamental como el anterior es la relación de la madre con el padre del bebé, la calidad de gratifica- ción de sus relaciones amorosas de adulto, y el grado de investidura real y simbólica del padre a los ojos de la madre. Esto nos lleva a considerar que el universo presifI!bólico y preverbal pudiera ser una clav~ para la comprensión de los potenciales psicóticos y psi- cosomáticos del ser humano. Ahora bien, estas organizaciones psíquicas exigen de nosotros modelos de fun~ionamiento que remiten al modo en que se cons- t~uye,n_uestra vida mental en sus principios, en un universo pre- s1mbohco, cuando es la madre quien asume en primera instancia la función de aparato de pensar de su hijo. Sabemos cuán ávidos están los niñ~~ pequeños de descubrir y controlar los orígenes del placer, Y ~a~bien sabemos de la avidez de sus intentos para escapar al su- fr~miento. Un lactante aprende muy pronto los gestos y los movi- m_ientos que le acercan a su madre, y los que no obtienen respuesta o mcluso provocan el rechazo. Las investigaciones de estos últimos

~ños so~re l~ rela~ión madre-hi~o han permitido descubrir que las

comumcaciones entre el bebe y la madre pueden interrumpirse pronto en la relación, a causa quizás de la especial sensibilidad de cierto~ niños pequeños, pero también a causa de la mayor o menor c~pacidad de la madre para comprender e interpretar las nece- sidades de su hijo y los primitivos modos de comunicación de estas necesidades. A veces es incluso posible que la madre, a causa de

so

LAMATRÍZDELPSICOSOMA

sus propios problemas internos, pueda imponer excesivamente sus propias ideas sobre lo que quiere que su hijo sienta o ~obresus n~­ cesidades, en lugar de tratar de interpretar los mensajes del bebe. De la misma manera, ciertos acontecimientos externos catastróficos, como la muerte súbita de un objeto importante en el mundo de la madre o del padre, conflictos socio-económicos, o acontecimientos como la guerra o el holocausto desempeñan evidentemente un papel pernicioso. Muchas cosas dependen de la presen~ia y de la capacidad de los padres para contener y elaborar su propio de~am­ paro traumático y el de sus hijos, y en lo referente a la.s mamfes- taciones psicóticas y psicosomáticas en el adulto es posible hallar, durante el análisis, mecanismos de defensa arcaicos al alcance de todos los niños, puesto que la parte infantil primitiva está "encap- sulada" dentro de la personalidad adulta, pero siempre presta a ocupar la escena psíquica cuando las circunstancias provocan un estrés excesivo.

A PROPÓSITO DE LA ORGANIZACIÓN PRECOZ DE LA PSIQUE

Numerosos investigadores psicoanalistas han formulado con- ceptos para definir la organización primera de la psique a partí~del nacimiento, e incluso para describir sus orígenes desde el penodo prenatal. Todos ellos intentan conceptualizar las form~s en que el bebé reacciona frente a las experiencias y a los objetos de su entorno, y el modo en que acaba por apropiarse psíquicamente de su cuerpo, su identidad sexual y su mente. Evocadoras metáforas caracterizan diferentes aspectos de·los procesos psíquicos, como los trabajos de W. Bion sobre "las transformaciones de los elemen- tos beta en funcionamiento alfa" (1962, 1963), la "falta de ser" de J. Lacan (1966), el concepto de Melanie Klein (1935) de las posiciones "esquizo-paranoide" y "depresiva", la fase de "sim- biosis" y de "separación-individuación" de M. Mahler, el concepto de D. Winnicott de "espacio transicional" y de la existencia de un "verdadero self" (1935), el concepto de H. Kohut (1971, 1977) de "objeto-sel!", la teoría de D. Stern (1985) de la "conciencia" preverbal y el sentido de un self naciente o un "núcleo-sel!", la "jerarquización de las funciones" de P. Marty (1980), la "censura precoz" de D. Braunschwieg y M. Fain (1975) , y finalmente el

LAMATRÍZDELPSICOSOMA.

SI

importante concepto de P. Aulagnier (1974, 1980, 1984) de "picto- grama" y lo que ésta describió de la compleja relación entre el "proceso original" y los procesos primario y secundario.

Mi propia reflexión se vio considerablemente enriquecida por la

lectura o los intercambios amistosos que pude mantener con todos estos autores . Las cuestiones teóricas que quisiera profundizar aquí

se me fueron imponiendo a lo largo de los años, en ocasión de impasses en largos análisis cuyos procesos de desarrollo se vieron entorpecidos por "huidas" somáticas, acaecidas en substitución de fantasías arcaicas de cariz a veces psicótico. Se trataba a fin de cuentas de la problemática de la alteridad en tanto en cuanto el cuerpo del sujeto se distinguía poco o nada del cuerpo del otro.

LA ROCA DE LA ALTERIDAD O LA MITAD FALTANTE DE UN SER

La realidad psíquica de cada uno debe, como ya se ha dicho,

combinarse durante toda la vida con el deseo primitivo de regresar

al estado de fusión con la madre-universo; esto es , en otras pala-

deseo de no-deseo : la afanasis . Como es sabido, la

lucha contra este deseo, y el duelo que ésta impone, se compensan con la adquisición de la subjetividad. Lo que supone que el niño ha podido investir, libidinal y narcisistamente, las heridas fundamen- tales e inevitables que son las experiencias de separación y de re- conocimiento de las diferencias sexuales y existenciales . Éstas se convertirán en los centros alrededor de los cuales se articulen el sentido del Yo y el de la identidad individual , y serán celosamente protegidas.

Siempre que la separación y la diferencia no se experimenten como adquisiciones psíquicas subsecuentes a la acepción de la alteridad y, más tarde, de la monosexualidad, serán temidas como pérdidas, duelos que amenazan la imagen del sí mismo. Entonces se mantendrá la ilusión de una unión fusiona! con la imagen-madre arcaica de la primera infancia. La mayoría de los autores antes citados estarían de acuerdo también en afirmar que para acceder a un sentido del sí mismo sólidamente amarrado, el lactante necesita establecer una relación con una madre que desempeñe de modo adecuado su papel de escudo protector contra potentes estímulos venidos del exterior,

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que sea capaz de descodificar las comunicaciones de su hijo con ella y de comprender su necesidad recurrente de estimulación y de quietud. La representación psíquica de la madre tal como se dibuja len- tamente para el niño pequeño está íntimamente ligada a la ca- pacidad materna de modificar el sufrimiento físico o psicológico del lactante. Un bebé que tiene hambre, que está mojado, que ha

sido herido, que tiene miedo o que está enfadado no puede en forma alguna influir en estos estados, salvo en fugitivos momentos de satisfacción alucinatoria. A medida que se va llevando a cabo la lenta introyección del entorno materno, el lactante empieza a di- ferenciar entre él y su madre, y a recurrir a ella con toda confianza, para que le aporte consuelo y alivie su sufrimiento físico o mental. Pero si la madre, especialmente cuando el bebé sufre, no consigue, por razones inconscientes, protegerlo de una sobreestimulación traumática, o bien le expone a una su bestimulación también traumática, puede conducir a una incapacidad para distinguir entre la represen- tación del sí mismo y la representación del otro, y crear, por consiguiente, una representación corporal arcaica donde los con- tornos del cuerpo, la investidura de zonas erógenas y la distinción entre el cuerpo materno y el del niño permanezcan confusos. Al discutir los problemas de la proyección ligada a la inca- pacidad para mantener este escudo protector, Freud, en "Más allá del principio de placer" ( 1920), afirma lo siguiente: "Hacia afuera hay" (en el aparato psíquico) "una protección antiestímulo, y las magnitudes de excitación accionarán sólo en escala reducida; hacia

"Esta constelación determina

dentro, aquella es imposible" (

netamente dos cosas: la primera, la prevalencia de las sensaciones de placer y displacer (indicio de procesos que ocurren en el interior del aparato) sobre todos los estímulos externos; la segunda, cierta orientación de la conducta respecto de las excitaciones internas que produzcan una multiplicación de displacer demasiado grande. En efecto, se tenderá a tratarlas como si no obrasen desde adentro, sino

)

desde afuera, a fin de poder aplicarles el medio defensivo de la protección antiestímulo" (op. cit. pp. 28-29). Podemos así com- prender el modo en que ciertos pacientes psicosomáticos que hayan

podido estar expuestos a traumatismos continuos en la primera

infancia (de forma que los estímulos externos se vuelven tan sumamente potentes que rompen el escudo protector) tienden a atribuir sus problemas a circunstancias externas, en la m·edida en

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que ciertos estados emocionales primitivos no han podido realizar una elaboración mental de naturaleza simbólica o verbal. Así, no todo el mundo vive separación y diferencia como adqui- siciones psíquicas que enriquecen y dan sentido a la vida pulsional. Pueden temerse, por el contrario, como a realidades que dis- minuyen al sujeto o le vacían de lo que le parece vital para sobrevivir. La lucha contra la división primordial que es el origen de un in-dividuo puede dar lugar a compromisos muy variados : la sexualización del conflicto, la construcción de modelos de perso- nalidad narcisista o borderline , soluciones adictivas como la de- pendencia de la droga o de los medicamentos, el alcoholismo, la bulimia, etc. , o una profunda fisura entre la psique y el soma. Existen dos tipos de solución: la primera lleva a una patología autista donde el cuerpo y su funcionamiento somático permanecen intactos mientras que la mente se cierra al mundo exterior; la segunda mantiene intacta la relación con la realidad exterior, pero arriesgándose a ver el soma reaccionar y funcionar de un modo que podríamos llamar "autista", apartado de los mensajes afectivos de la psique en términos de representaciones verbales, reducido a representaciones de cosa muy fuertes y por consiguiente, a una expresión no verbal. Por esta causa, y más adelante en la vida, en lugar de reconocer a nivel del pensamiento verbal el dolor psíquico y el conflicto mental que emanan de una fuente de estrés interno o externo (y poderlos de este modo evacuar mediante formas de expresión psíquica como los sueños, la ensoñación, la meditación u otros modos de actividad mental capaces de aliviar o reducir Ja tensión) dolor y conflicto pueden desembocar en soluciones psicóticas de tipo alucinatorio o descargarse en manifestaciones psicosomáticas como en la primera infancia. En la práctica psicoanalítica, nos enfrentamos a menudo a dramas somáticos que son los signos de inaccesibles, es decir de inexpresables, dramas psicológicos. Sin embargo, estos signos son portadores de un mensaje para la psique,

aunque a primera vista parezcan escapar a la representación. Pero el cuerpo, al igual que la mente -no lo olvidemos- está sometido a su propio modo de repetición-compulsión. ¿Cómo oír estos signos? ¿Cómo descodificarlos para hacerlos simbólicos? ¿Y cómo, a fin de cuentas, esperamos poder hacerlos simbólicos y de ahí comuni- cables mediante el lenguaje?

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LAMATRÍZDELPSICOSOMA

Existe otra complicación en el análisis de los grandes somati- zadores. Observaremos tarde o temprano que rehúsan con ve~ hemenciaindagar los factores psíquicos que alimentan la vulnera- bilidad psicosomática. Luchan, como nuestros pacientes neuróti- cos o psicóticos, con una determinación de la que ellos mismos no son conscientes, para proteger sus creaciones somáticas. Sería incluso temerario incitar a ciertos pacientes a examinar estos factores mentales, cuando la resistencia que oponen es demasiado fuerte o cuando el deseo de profundizar en sus causas está to- talmente ausente. No obstante, cuando la estructura del paciente se presta a ello, el encuadre analítico, como la relación con el analista, se presenta como un lugar seguro, al abrigo del cual puede sin peligro expresar sus fantasías primitivas disfrazadas y los guiones profundamente arcaicos de su teatro psíquico interno. En tales circunstancias favorables podemos darnos cuenta de que las manifestaciones psicosomáticas se sitúan en el marco de una historia que es posible reconstituir, o de una mitología que aún está por construir. A continuación expondré un breve resumen de mis reflexiones anteriores sobre estos temas, en la medida en que ilustran la evolu- ción de mi visión actual en cuanto a los fenómenos psicosomáticos en el proceso psicoanalítico.

~

TRAYECTORIA DE UNA REFLEXIÓN SOBRE LA SOMATIZACIÓN

En los anteriores escritos (McDougall, 1978, 1982) traté de aislar los elementos que se hallan con más frecuencia en pacientes que presentaban una clara tendencia a la somatización. Sobre la base de estas observaciones, propuse las siguientes ideas:

1. Es posible hallar el "eslabón faltante" entre los estados histéri- cos y psicosomáticos en la concepción articulada por Freud (1898, 1914, 1916, 1917) de las "neurosis actuales".

Este "eslabón faltante" está estrechamente ligado a la me-

tapsicología del afecto. Freud (1915a, 19 lSb) indicó tres "transfor- maciones" posibles del afecto inaccesible al consciente: conver- sión histérica, neurosis obsesiva, neurosis actual. Me pareció plau-

¡ sible añadir una cuarta eventualidad donde, siguiendo el repudio

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psíquico de ciertas representaciones mentales, un afecto puede ser

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ahogado en su expresión, sin ninguna compensación por la pérdida de la experiencia y de la representación del acontecimiento al cual estaba ligada. Lo que significa que este rechazo fuera de la psique no se compensa por la formación de síntomas neuróticos o por la recuperación de fantasías y de percepciones rechazadas de la psique en forma de ideas delirantes (es lo que Freud describió, por ejemplo, en el caso Schreber; 1911 ). En esta eventualidad podemos plantear que la psique se encuentra en un estado de privación.

3. La mayoría de los analizados con tendencia a somatizar sus

conflictos psíquicos han alcanzado al parecer una fase normal de organización edípica, y están igualmente en condiciones de llevar adecuadamente una vida sexual y social de adulto. Sin embargo, el proceso analítico tiende a demostrar, salvo algunas excepciones, que a esta estructura edípica se ha incorporado una organización mucho más primitiva, donde la imago paterna aparece deteriorada o está incluso totalmente ausente, tanto del mundo simbólico de la madre como del niño. Este último parece creer que el sexo y la presencia del padre no han desempeñado más que un papel ínfimo en la vida de la madre, y este padre se presenta a menudo como un

ser al que está prohibido amar o que no es digno de estima. Así, el sexo y la presencia paternas parecen haber desempeñado un papel estructurante mínimo en la organización psíquica del niño.

4. Por consiguiente, la imagen de la madre interna se vuelve ex-

tremadamente peligrosa. Cuando no existe fantasía del pene paterno que desempeñe un papel libidinal y narcisista complementario en la vida de la madre, la representación mental del sexo de ésta (que ella trasmite a su hijo) se convierte en la de un vacío ilimitado. Desde ese momento, el niño corre el riesgo d~ proyectar sobre este telón de fondo, sobre este vacío, todas las expresiones de su megalomanía infantil, sin encontrar ningún obstáculo. La fantasía del espacio interno materno regresa así en su imaginario bajo

aspectos pavorosos y mortíferos, sin dejar de ser constantemente atrayente.

5. Otra consecuencia de esta estructuración fantasmática es que

el pene del padre, desprendido de su papel fálico simbólico, se escinde: por una parte existe un pene idealizado, más allá de la capacidad ~el niño para desearlo o para identificarse con él, y por otra parte, un pene que es un objeto parcial destructor y persecuto- '

rio omnipotente.

6. La imago materna y las fantasías articuladas alrededor del

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cuerpo de la madre también son heterogéneas, y se escinden igualmente en dos: una representación idealizada que ofrece la eterna promesa de una inefable felicidad, coexiste con un objeto

parcial que lleva la amenaza de la muerte psíquica e incluso física.

7. Esta constelación familiar introyectiva, desequilibrada y an-

siógena refleja los conflictos inconscientes y las contradicciones existentes en los mismos padres. En este clima, el niño destinado a la vulnerabilidad psicosomática trae muy a menudo a la escena psi- coanalítica recuerdos de precoz autonomía ligada a una objeti- vación prematura de los primeros objetos. Cuando, por ejemplo, la madre no se ha introyectado en el universo psíquico de su bebé como un "universo", fusionada por tanto con el hijo, dando lugar a un estado interno pleno de funciones reconfortantes y protectoras, sino que cuando por el contrario se alcanza demasiado de-prisa el status de objeto total y separado (Ogden, 1987), esta imagen mental se carga de cualidades omnipotentes e ideales inaccesibles, acom- pañándose por la instalación de un modo de autonomía demasiado precoz que convierte al niño y al adolescente futuro en víctimas de sentimientos de total inadecuación. El niño pequeño siente la ne- cesidad vital de mantener la ilusión de formar uno con su madre durante un período muy largo, lo que hace que la unidad bebé- madre se diferencie gradualmente en una madre y un niño. Es esta fusión ilusoria la que permite que los niños pequeños duerman, digieran y eliminen la comida; en otras palabras, que funcionen somáticamente sin problemas, aun estando convencidos de que la

madre-universo se encargará de todo. P. Marty también señala la representación de la madre ideal y peligrosa a la que me he referido, por un procedimiento clínico di- ferente. EnL 'ordre psychosomatique (1980), y al hablar de sujetos alérgicos, Marty observa que "una representación de la madre ideal )crea un desfase (entre su representación de ellos mismos y de la madre) que se traduce por un conflicto interno desgarrador y desorganizador". De acuerdo con mi propia experiencia de ana- lista, las observaciones de Marty sobre los pacientes alérgicos se aplican a la mayoría de los polisomatizadores, y se refieren a conflictos extremadamente precoces. 8. Esto nos lleva de nuevo al inconsciente de la madre y a lo que representa para ella el niño en cuestión. Otra consecuencia de la perturbación de la comunicación madre-lactante es una ruptura en la cadena de los fenómenos transicionales normales en la infancia,

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tal como los ha descrito Winnicott (1951). Este espacio transi- cional potencial empieza a construirse durante el primer año de vida, permitiendo crear al niño pequeño, lentamente, un espacio

psíquico personal; es decir que el bebé comienza a internalizar las primeras huellas de funciones maternas con las cuales puede iden- tificarse durante breves momentos, hasta alcanzar la fase de madu- ración donde accede a la "capacidad para estar a solas en presencia de su madre" (Winnicott, l 960). En la primera fase, la relación que Winnicott presenta como "preocupación materna primaria", y que es el signo clásico de la relación entre la madre y el recién nacido, una parte de la madre está también fusionada con el lactante, lo que hace que en cierta forma ella comparta la misma ilusión de ser una parte de la unidad madre-hijo. Esto permite a su vez al niño vivir la relación del mismo modo. Sin embargo, ciertas madres viven a sus hijos como pequeños cuerpos extraños, diferentes a ella. Estos niños se sienten abandonados y presentan a menudo reacciones psi- cosomáticas precoces. Por el contrario, otras madres no pueden, por su parte, resignarse a abandonar la relaciónfusional, prepa- rando así y exponiéndose a una situación propicia a problemas de tipo alérgico y a serios trastornos del sueño y del comportamiento alimentario. En cada uno de estos casos, el niño pequeño corre el riesgo de establecer muy difícilmente el sentimiento vitalmente necesario de una identidad separada. Si la madre no llega a crear para su bebé la ilusión de que la realidad exterior y la realidad interior son una misma y única cosa, si no es cap.az de entender, alternativamente, los deseo de fusión, de diferenciación y de indi- viduación de su hijo, corre el riesgo de confrontarlo a las condi- ciones que, más adelante, pueden llevarle a la psicosis o a la psicosomatosis. Esto impide entonces que el niño se adueñe psíqui- camente de su cuerpo, sus emociones y su capacidad de pensar o de relacionar pensamientos y sentimientos.

10. Inevitablemente, el inconsciente de la madre, tal como se

refleja en la representación mental del niño, emerge lentamente durante el tratamiento psicoanalítico del adulto. Las prohibiciones prematuras -prohibición de gestos, de movimientos y de la expre- sión espontánea de estados emocionales- pueden ser captadas muy pronto por el niño pequeño, antes incluso de la adquisición del lenguaje, y se presentan como un importante obstáculo en el trabajo analítico. Aulagnier (1980, 1984) ha subrayado la importancia de la prohibición de pensar en los psicóticos y la compara con el

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"doble-pensamiento" (double-think) descrito en la visión aterra- dora de George Orwell. Los únicos pensamientos autorizados son los de la madre, lo que hace que a fin de cuentas el niño deba inventar su propia visión del mundo para escapar al terror de encontrarse preso en la mente de su madre. En aquéllos que no son en modo alguno psicóticos, pero que padecen enfermedades psi- cosomáticas, he podido observar que ciertos pensamientos carga- dos de afectos intolerables para la madre se convierten en su hijo en pensamientos totalmente prohibidos o cargados de repudio . De la misma forma, ciertas zonas corporales y ciertas funciones fisiológicas no deben representarse, o bien deben vaciarse de todo placer (es decir que queda prohibido investirlas libidinal y narcisis- tamente) a causa del modo en que han sido investidas por la madre:

un paciente que sufría úlceras gástricas y diversas afecciones neu- rodermatológicas "descubrió" a lo largo de su análisis que "por primera vez en su vida poseía un ano y las funciones que le son propias" (McDougall, 1978). La renegación de una u otra parte del cuerpo o de una u otra función, como el repudio de pensamientos cargados de afecto, constituye un intento del niño pequeño para impedir la ruptura del

indisoluble vínculo madre-bebé. Asimismo, surge la fantasía de que la madre del niño será hecha añicos o dejará de existir si no se mantiene esta identificación primaria. También aquí la imagen de la madre es doble: la de una figura omnipotente y omnipresente, y la de una mujer frágil y fácilmente dañable Cuando persiste la representación de una fusión entre los cuer- pos respectivos del niño y de la madre, esto conduce a una renega- ción casi total de la importancia de los demás o, por el contrario, a un estado de pánico ante toda evidencia del estado de separación y de la alteridad. La identificación con una madre cariñosa y solícita está ausente, lo que da origen a menudo a la convicción de que un individuo no es responsable del bienestar de su cuerpo. La fantasía de no ser verdaderamente dueño de su propio cuerpo o, lo que es lo mismo, la fantasía inconsciente de que su cuerpo está bajo el control de otro, desempeña un papel importante. Así, tienden a surgir expresiones somáticas en lugar de terrores o deseos psicóti- cos no reconocidos. Este fracaso en el proceso fundamental del desarrollo del indi- viduo comprometerá inevitablemente la capacidad del niño pequeño para integrar y reconocer como propiedades personales no so-

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LAMATRÍZ DEL PSICOSOMA

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lam.ente su cuerp~ y sus zonas erógenas sino también su mente, es d~cir.sus pensamientos y sus sentimientos . Cuando una elabora- ción .rnadecuada y la descarga de la tensión psicológica en un trab~Jº.º una acción psíquica se unen a la incapacidad de ocuparse de_si mismo, o?s~rvamos que estos pacientes tienden a ignorar las senales de sufnmiento del cuerpo y no consiguen oír las señales de de~amparo de la mente. En tales casos, la escisión resultante entre psique y soma puede tener consecuencias catastróficas Pierre Marty, hablando de lo que él llama la "caden~evolutiva alérgica", formuló la hipótesis de las "fijaciones de orden sensorio- motor cuya natu~al~za conocemos mal. Éstas, instituyendo posi- blemente un sentimi~nto_particular, atípico del propio cuerpo, van a p~rturbar la organización habitual de las representaciones su- cesivas del espacio y el tiempo. Estas perturbaciones serán a su vez respon~a~les e.n parte del cortocircuito, aquí considerable, que se produ.c1ra a ~1vel de c~ertos sectores del preconsciente y que reducHá ampliamente, si no la hace imposible, la organización de

un Yo clásico".

. Volv~remos a encontrar algunas de estas características en las

1l~strac~ones psicoanalíticas que voy a utilizar para aclarar mis af1rmac1ones, i::on la esperanza de que mi reflexión esclarezca por

) cuya naturaleza conoce,mos

mal". Otro objetivo de esta obra es estudiar el significado inconsciente de los .síntomas psicosomáticos, y examinar en qué medida éstos est~nl~g.adosa las vicisitudes inherentes al hecho de convertirse en un individuo~ a los. fracasos en los procesos de internalización que construyen la identidad subjetiva. He planteado preguntas teóricas que se tra~a~án más adelante, tras haber meditado sobre aquellas cu~as.anahticas q~e parecen fracasar porque el conflicto y el dolor psiqmco, que hubieran debido verbalizarse, se expresaron en gran medida a través de descargas somáticas. .Desde el punto de vista de la teoría clínica, se plantea una pnmer~ _pregunta: .¿cuál es la relación entre los fenómenos psi- cosomaticos y la srntomatología de la neurosis y de la psicosis? ¿P.uede hablar.se, como lo he hecho, de una histeria arcaica, y de la p~icosomatosis como de una psicosis actual? Frente a las forma- c10nes neuróticas y psicóticas, ¿podemos considerar, cuando exis- ten P?cos signos de síntomas de recuperación de lo que se ha excluido del consciente, que se puede descargar verdaderamente la

poco que sea, estas "fijaciones (

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psique de alguna experiencia que antaño hubiera formado pa~t~de ella, dejando así al cuerpo expuesto a l~ n_e~esidad de descodificar de transformar en actos señales pnm1t1vas,_ no·verba:es, pro- ~enientesde la psique? La cuestión de la privación potencial cons- tituirá la parte principal del próximo capítulo.

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DE LA PRIVACIÓN PSÍQUICA

Este capítulo se propone explorar, por una parte, la relación entre el fracaso de la función del soñar y los fenómenos psicosomáticos, y por otra parte su eventual conexión con la relación precoz entre madre e hijo. Para ilustrar mis palabras, tomaré un fragmento del análisis de un paciente que, por otra parte, no era un somatizador grave. Se trata de un hombre de cuarenta años en quien no podían encontrarse rastros de identificación con ningún objeto maternizante en su interior, y que a mi entender (McDougall, 1978, 1982) podía portanto considerarse sus- ceptible de desarrollar accidentes psicóticos o psicosomáticos. Universitario, muy apegado a su mujer y a sus dos hijos, Christophe llevaba una vida que, vista desde fuera, evidenciaba un éxito tanto profesional como personal. Había seguido ya diez años de provechoso análisis con un famoso analista. Pero las cosas volvían a irle mal, y deseaba continuar el análisis con una mujer. Todos sus recuerdos, igual que sus síntomas, hacían pensar que la relación con su madre había estado muy perturbada. Hijo único, Chris- tophe había escuchado durante toda su vida que su nacimiento no fue deseado, y que fue Ja única razón por la que sus padres se vieron obligados a casarse. De pequeño siempre tenía miedo a "perderse" y se pegaba a su madre "para encontrar sus límites". Recordaba espe- cialmente su "terror a perderse" cuando su madre se encerraba con

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DELA PRIVACIÓN PSÍQUICA

pestillo en el tocador, cuya puerta él golpeaba con los puños hasta que

ella salía.

, De acuerdo con la opinión de su madre, se le considero, durante l~s doce primeros años de su vida, un niño casi retrasado; ha sta que su tio, que le quería mucho, declaró que, tras su forma de s~surrar y de esconderse de los demás, se ocultaba un niño muy intehgente . A los doce años, una primo-infección le llevó al ho~~ital,donde a p_esar de todo se desarrolló bien tanto psíquica como flSlcamente. Chn stophe opinaba que aquel año separado de sus p.adres fue muy saludable para él: se convirtió en un niño activo y despierto.

.

LA DEMANDA DE ANÁLISIS

Tras nuestro primer encuentro, observé que Christophe me h~bía referido, amén de las circunstancias biográficas que acabo de citar,

diversos

análisis. Comenzó hablando de sus diez años de anahs1s con el Dr. X. C.: "Fue un análisis típicamente lacaniano . El Dr. X. ~uarda,ba un silencio total mientras escuchaba lo que yo pensaba que el quena q.ue dijese. Esto me llevó a realizaruna investig~ciónprofunda sobre el sig-

sufrimientos que motivaban su actual de~e? ~e reanudar el

nificante en su

benéfico en el terreno profesional, porque he de deci~q~e~n~esde mi análisis había fracasado en todo." Y añadió, con un ai.re m~m~t-amente triste: "Todo mi análisis fue un trabajo de cabeza. Sigo smtte~dome mal dentro de mi ser, e incluso dentro de mi cuerpo . Como s1 no lo

como si no me habitara."

relación conmigo y con m1 nombre . ~quellofue mu~

habitara

o quizás

.

y con m1 nombre . ~quello fue mu~ habitara o quizás . Tanto en su vida

Tanto en su vida personal como en su vida profesional, Ch~1s.tophe

, y "perplejo" en cuanto a las deci~i~n~sque tomar. As1.~ueera

dependiente" de su mujer, de sus J~ic~os,de su apr?bac1on.~desap:o,, bación. El tema de la pérdida volvia sm cesar. Chnstophe se perd1~ en sus propios pensamientos, en sus papeles, en sus proyecto.s. P~r?ia también sus objetos personales (durante su análisi~ ~~nmigo man desapareciendo regularmente, y a veces de formadef1mt1va, su carnet

se sentia , ;,. ma d ecua

do" y "confuso" frente a sus problemas cotidianos, "

mu~

de identidad, su cartera, su máquina de fotos ~_sus ~laves;aquellos acting resultaban naturalmente ricos en sigmf1cac10nes). Durante aquella primera entrevista, Christophe relató estos hechos con una voz triste y apagada, como un hombre que ha perdido la esperanza de poder disfrutar algún día de la vida.

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DELA PRIVA C IÓN PSÍQUICA

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Además, se sentía responsable de la pérdida reciente de una amiga que se había suicidado. Esta mujer, una antigua conocida, era su vecina. Iba a visitarlos a menudo, aél y a su e sposa, porque estaba muy preocupada por la relación con su propio marido y sus tres hijos. Se dirigía sobre todo a Christophe porque él era para ella un "maestro" y por tanto en posesión de un saber especial. Él, como buen vecino, la escuchaba largamente, intentando concienzudamente comprenderla y calmarla. Se había tomado incluso la molestia de hablar de ella a un amigo psiquiatra que declaró que "seguramente sufría una psicosis". Poco antes de las vacaciones, esta mujer acudió a casa de Christo- phe y su esposa, en un estado de evidente desamparo. La noche anterior había tenido una terrible pesadilla, y gritaba que presentía un desastre. Había soñado en efecto que cocía a su tercer hijo "hasta que sólo quedó su pequeño corazón aún palpitante" . En el sueño corría hacia Christo- phe, con el corazoncito en la mano, para que él reviviera al niño. Christophe recordaba el malestar que sintió durante el relato de este sueño, y la distancia que estableció inmediatamente frente a la mujer. Le explicó entonces que su esposa y él se disponían a pasar fuera las vacaciones de Navidad y que lamentaba no tener más tiempo para hablar con ella aquel día. A su regreso de las vacaciones se enteraron de la muerte de la vecina que, según les dijeron, se había rociado de gasolina antes de quemarse vi va. Aunque no pudiera reprocharse nada, Christophe se sentía culpable y se preguntaba si aquella muerte atroz no estaba relacionada en cierto modo con el efecto que le produjo el sueño, y la reacción defensiva que había experimentado entonces. Estaba casi convencido de que aquella solución fatal e imprevista hubiera podido evitarse de haber escuchado mejor la pesadilla de la mujer y de haber podido dedicarle algunas palabras tranquilizadoras. Todo esto, en efecto, no había hecho más que reforzar su sentimiento

de nulidad. Era un "mal amigo" . En cuanto a su "sí mismo somático", Christophe sólo había men- cionado de pasada dos síntomas con matices psicosomáticos. El primero

era una colonopatía para la que no se había descubierto ninguna causa orgánica; este fenómeno, por lo demás, sólo ocurría en raras ocasiones, y le preocupaba poco. El segundo, en cambio, le hacía sufrir desde hacía muchos años. Le sucedía por épocas no conciliar el sueño durante muchas horas, mientras que otras veces era la angustia lo que le

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DELAPRIVACIÓNPSÍQUICA

despertaba, sin poder recordar el más mínimo sueño. Tomaba somníferos con regularidad. Mi primera impresión fue que Christophe mostraba poco insight en lo referente a sus estados depresivos que, por momentos, rayaban en la despersonalización. No sólo parecía no comprender su tristeza, sino también prestar poca atención a su relación primitiva con aquella madre de la que me dibujó tan cruel retrato. Me pregunté si la trágica muerte de su vecina no venía a confirmar fantasías ya antiguas, pero sólo tenía vagas suposiciones sobre el significado inconsciente del incidente. El hecho de que esta significación fuera tan oscura para Christophe favoreció quizás, durante el análisis, una violenta ex- plosión psicosomática, que comprendí parcialmente a la luz de la elaboración que siguió. No es mi intención resumir este análisis que duró varios años (y donde los elementos psicosomáticos no eran el ~je central); sólo pretendo ilustrar un funcionamiento mental que, en mi opinión, se instala precozmente cuando la relación madre-hijo no ha permitido la elaboración interna de una madre protectora. La imagen de la madre se escinde entonces en dos partes: la primera es una imagen idealizada, omnipotente e inaccesible, una madre imaginaria capaz de conjurar todo sufrimiento y de satisfacer todo deseo (y que por esto se convierte en una imagen persecutoria, ya que el niño no llegarájamás a merecer ni a alcanzar por sí mismo tan grandioso ideal). La otra imagen es la de una madre rechazante, incluso mortífera, madre interna con la que el niño, una vez adulto, se identificará : y a causa de esto se convertirá en una madre persecutoria para sí mismo.

Cuando, además, el padre desempeña un papel sin relieve en el

mundo interno del sujeto, y se representa únicamente como alguien indiferente al bienestar de su hijo, tales pacientes se convierten en "padres terribles" para sí mismos y tienden, durante toda su vida, a buscar en los demás (o en sustancias adictivas) la solución a su desamparo y la reparación de su indecible sentimiento de herida. Todos estos factores contribuyen a alterar su sentimiento de identidad y les hacen vivir momentos donde la distinción entre ellos mismos y los demás se vuelve borrosa. Este estado psíquico favorece la persistencia de angustias de tipo psicótico (no reconocidas conscientemente) en torno a su integridad corporal y psíquica, y pueden eventualmente exacerbar, entre otras cosas, su vulnerabilidad psicosomática.

DE LA PRIVACIÓN PSÍQU!Ci'.

EL SOMA SE HACE OÍR

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Antes de estudiar de cerca una repentina somatización que ocurrió

durante el análisis de Christophe, quisiera recordar brevemente el acontecimiento somático que mencionó Christophe en nuestro primer encuentro: la súbita eclosión de una tuberculosis pulmonar a los doce años; muchos recuerdos y asociaciones le vinieron a la mente al evocar aquella los doce años; muchos recuerdos y asociaciones le vinieron a la mente al evocar aquella época. Nos pareció que, entre ellos, ciertos acontecimientos angustiosos contribuyeron, muy probablemente, al hecho de que Chris- tophe enfermara en aquel preciso momento. Habiendo sido siempre, según sus propias palabras, un niño triste y reservado, una tendencia relacionada, en su opinión, con el miedo a no ser amado por su madre, Christophe había investido a su padre del papel esencial: ser el soporte de una imagen narcisista no demasiado deficiente de sí mismo. Pero, poco antes del descubrimiento de su primo-infección, su padre había sufrido no solamente un revés pro- fesional sino también un grave accidente físico. Christophe recordaba la visión de la sangre y el terror a que su padre muriera. Me parece muy probable que aquel episodio dramático, que ocurrió además en el momento de su pubertad, pudiera acentuar la gravedad de la angustia

y de la depresión de Christophe, favoreciendo así su vulnerabilidad a

la infección.

El siguiente fragmento de análisis ha sido extraído de las notas que tomé durante dos sesiones consecutivas, en el transcurso del quinto año de nuestro trabajo en común. Redacté estas notas, como suelo hacerlo, durante la primera sesión tras una larga separación.

Christophe : "Las vacaciones han ido mal por culpa de un barco

y la mayoría de las veces, ni siquiera

poner en marcha. Y encima pasé una noche horrible de la que guardo un recuerdo candente. Sólo dormí una hora, porque me desperté brus-

camente con una monstruosa hinchazón en el vientre. Tuve una diarrea impresionante, y gases que me duraron toda la noche, algo espectacu- lar. Un dolor atroz. No había comido nada especial. Conseguícontrolar

el dolor con medicamentos, pero a pesar de eso no pude dormir el resto

de la noche. Y la diarrea continuó desde entonces. Verdaderamente no comprendo lo que me pasó aquella noche." Desde hace años he aprendido a escuchar los relatos somáticos en una sesión, no solamente como parte de una cadena de asociaciones, sino también como una comunicación infraverbal con un significado dinámico y económico propio; de alguna manera, un sueño fallido.entonces. Verdaderamente no comprendo lo que me pasó aquella noche." Desde hace años he aprendido a

nuevo que no logré

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DELA PRIVACIÓN PSÍQUICA

Efectivamente, suelo enfocar este tipo de comunicación casi como si escuchara comunicaciones de sueños, buscando por ejemplo la huella

de restos diurnos, o representaciones sobrecargadas de afecto y aptas

a ser repudiadas del consciente. Pregunté a Christophe si recordaba lo que había sucedido el día anterior a aquella brutal eclosión . C.: "Pues bien, sí, estu ve luchando con el barco durante todo el día,

era imposible ponerlo en marcha. Al cabo de dos horas mi mujer me dijo: 'Lo que necesitamos es un hombre que nos ayude'. ¡Ahora que lo pienso, no hay nada mejor para castrarle a uno completamente! Pero en aquel momento estuve de acuerdo con ella. Además volvió a comentar

su

esa idea. Es demasiado

J.M.: "Se diría que no 'digirió' usted bien las observaciones de su mujer.¿ Cree usted que su cuerpo estaba expresando en lugar de usted

sentimientos y pensamientos relacionados con los acontecimientos del día?"

aquella

explosión de monstruosas hinchazones

Pensé, sin decírselo , que si su interpretación era correcta, su es- cenificación somática parecía más un aborto que un nacimiento. Me pregunté igualmente, al volver a pensar en las anteriores asociaciones de Christophe, si su interpretación de su enfermedad somática expre- saba una envidia consciente de la capacidad de la mujer para engen- drar. Si mi hipótesis era correcta, es posible que las manifestaciones somáticas desvelen igualmente un deseo de expulsar tales ideas, lo que

daría a este incidente somático un matiz histérico.

no es el momento

deseo de tener un tercer hijo. Y siempre me siento amenazado por "

. C.: "Quizás estaba gestando un hijo, en lugar de ella

fue como un parto."

EL HIJO NO DESEADO

En la siguiente sesión, Christophe contó un sueño. C.: "He tenido una pesadilla terrible. Tenía entre las manos a un recién nacido y lo ensartaba para asarlo. Vigilé atentamente la cocción sin el menor rastro de inquietud o de culpa, y después empecé a saborearlo. Me comí primero la mano, y ofrecí el brazo a otra persona, quizás mi mujer. Luego reparé por primera vez en el pequeño muñón

y empecé a angustiarme. En el sueño me decía: 'Has cometido un crimen; está prohibido devorar a los niños. Cuando sea mayor quedará

. completamente atrofiado. ¡Le he desgraciado para toda la vida!'

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Entonc~s me invadió el horror de mi crimen, y un pánico tal que me desperte;, Estaba empapado en sudor y no pude dormir en toda la noche

La sim~litu~y al mismo tiempo la diferencia entre aquella pesadilla y la pesad11 la sm sueño de la noche de vacaciones, de la que me había hablado Christophe en la sesión anterior, llamó mi atención. Pero no la de Christophe. Sus primeras asociaciones le llevaban directamente a su vecina psicótica, al recuerdo del sueño que el la le había contado donde cocía a su hijo menor, y luego su suicidio .

. He aquí _mis propias asociaciones al escuchare! sueño y sus evoca- c10nes: Chnstophe había recordado recientemente la ambivalencia que expresaba aquella mujer hacia su tercer hijo, así como su propio malestar al escuchar el sueño de ella; las asociaciones que le hicieron recor~ara esta mujer y asu sueño (que seguía intentando comprender) le habian llevado, algunas semanas antes, a preguntarse si el "corazon- cito que aún latía" no era también el corazón de niño de ella. Lo mismo

sucedía sin duda con el "brazo del niño devorado" del sueño de

C~ristophe,qu_e iba a hacerle un "atrofiado de por vida". ¿No era él mismo el atrofiado que no había sabido amar a su madre, ni poner en marcha un barco para ganar la estima de su mujer? ¿Acaso ofrecer su braz~(¿~nregalo de ~astración?)a su madre o a su esposa, era para él una tecmca de superv1vencia?

lo que aquí se apuntaba era una

fantasía aún más primitiva, según la cual su propia avidez podía ser la causa de sus desgracias.La escena del sueño nos muestra a Christophe- el-caníbal, devorando a los bebés de los demás. ¿Quizás tomaba el lugar.~e ~a ?1adre, proyectando en ella su propio amor oral peligroso? Era hijo un:co, n? des~adoy, a causa de esto, podía temer la llegada de otro, que s1 hubiera sido deseado, y que sí mereciera el amor de su ?1adr~.¿Hacía desaparecer fastasmáticamente de este modo (como lo 1magman a menudo los niños pequeños) a los hijos que pudiera tener la rhadre? ¿Acaso no me había dicho una vez que se sentía "deso- llado" en su relación con su madre, de tanto como ella le parecía fuera

Pero,

bajo mi punto de vista,

des~alcance y carente de ternura? ¿Podía desembarazarse pues de los bebes no deseados devorándolos, quemándolos o cociéndolos? Visi- blemente, el sueño de su vecina cociendo a su tercer hijo había causado en Christophe una impresión fuerte y duradera; acaso el relato del sueño había tenido un-efecto tan traumático como la noticia de su muerte por fuego. No era de asombrar que no llegara a comprender aquel sueño, ¡ni a olvidarlo! Christophe se vivía a sí mismo, en aquel

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DELAPRIVACIÓNPSÍQUICA

asunto, como una "mala madre". Empecé a pensar que se identificaba no solamente con el niño atrofiado sino también con la madre aterra-

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En resumen, el texto del sueño podría entenderse así: "Mua, las madres asan a sus hijos y luego los devoran" . Mientras que el tema de su explosión psicosomática se enunciaría de esta forma: "Mi_ra có~? las madres quieren abortar a sus hijos". ¿Hasta qué pu~tose identi;1- caba Christophe con una madre asesina? Algunos suenos y fantasias agresivas anteriores, referentes al vientre de la m~jery al embar;izo, me hicieron tener presente esta posible interpretacion; por lo de~as,la actual resistencia de Christophe a complacer el deseo de su mujer de tener un tercer hijo iba en este mismo sentido. Me limité a decirle: "No todos los hijos son deseados." Esta observación tuvo el efecto de crear un vínculo en la mente d_e Christophe, por primera vez en aquella sesión, -~onla insis~entepeti- ción de su mujer de tener otro hijo, deseo, me diJO, que habia vuelto a

expresar nuevamente la noche a~terior. c.: "No consigo soportar la idea de que he podido sonar aquello. Sólo pensarlo me pone enfermo." En efecto, me dije, tales pensamientos, excluidos del consciente,

contribuyeron quizás a ponerlo físicamente enfermo durante la~vaca-

al no poder ser contenidos en un sueño o hacerse acce,s1b~esal

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ciones

pensamiento consciente pór otros caminos. ¿Acaso no me habi~d1c~o, además, que guardaba un recuerdo "candente" de aquella ex~en~ncia? Pero esta metáfora no había abierto en él ninguna puerta_psiqu~ca,n? más que la metáfora contenida en mi discurs? cuando mtervme di- ciendo que no había "digerido" bien las reflex10nes de su esposa. Quisiera proponer la siguiente hipótesis: las fantasías aterradoras que no encuentran salida por el lado de los sueños se bloquean po~no tener la psique acceso a las palabras que podrían expresarla~,precisa-

! mente porque están asociadas a experiencias precoces ocurridas antes de la adquisición de la palabra. Las p.alabras q~~podrí~nh~cerlas decibles en la vida cotidiana y en las ses10nes anahticas estan pnvadas de su verdadera impregnación afectiva, y de valor simbólico. Cua~do las palabras cumplen su función simbólica, resultan ser extraordma- rios continentes para representaciones de ideas fuertemente cargadas de afecto (lo que Andr·é Green llamó Le discours vivant, 1973). Cu_a~do el sujeto dispone de ellas libremente, las palabras pueden permi~ula descarga de un modo no devastador en el funcionamiento somático o

de un modo no devastador en el funcionamiento somático o en el actuar. 1 DELAPRIVACIÓNPSÍQUJCÁ 69

en el actuar.

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C.: "¡Me encuentro tan psicótico como esa mujer! Ahora com-

prendo por qué se suicidó. Me odio

que tuve." J.M.: "En este momento hay dos personas que hablan en usted: una es el adulto que se llama a sí mismo psicótico, y la otra es la que ha

no puedo soportar aquel sueño

tenido el sueño; se trata de la fantasía de un niño muy pequeño aterrorizado por la idea de que otros niños puedan venir a quitarle el

sitio, y hacer de él un atrofiado. La insistencia de su esposa en tener un tercer hijo le amenaza tanto, quizás, como si este deseo lo hubiera

anunciado

su madre . ¡Hay que devorar a los niños para hacerlos

desaparecer! El que no tolera el sueño es el adulto que hay en usted, que no quiere escuchar al niño desesperado, ni reconocer que quizás tenga

el monstruoso deseo de matar esta parte-bebé."

; C.: "¡El hijo no deseado! ¡Desde luego que no lo quiero!" J.M.: "¿Entonces es usted la madre-asesina?" C.: "¡Eso es! Ese soy yo. Me porté mal con mi vecina. ¡Como ella, soy una madre incapaz y asesina!" Me pareció entonces oportuno recordar a Christophe que en la sesión anterior me había contado una pelea con su esposa, pelea seguida por una noche de insomnio y por una diarrea "monstruosa"; mientras que esta vez había tenido un sueño, también seguido por una noche de insomnio. Como si existiera aquí una correspondencia entre las dos situaciones. Por supuesto, la elaboración de estas nociones se prosiguió, gracias a otras asociaciones, durante muchos meses. Aquel trabajo posibilitó un viraje decisivo en el análisis de Christophe, permitiéndole, entre otras cosas, entender mejor su relación con su sí mismo niño, cuyos mensajes de desamparo siempre había tratado de asfixiar. Esto nos dio igualmente la posibilidad de explorar su profunda ambivalencia hacia la mujer y descubrir deseos homosexuales renegados.

PRIVACIÓN PSÍQUICA Y EXPRESIÓN SOMÁTICA

Quisiera ahora intentar delimitar los procesos que intervienen en

este tipo de somatizaciones puntuales. Me viene.a la mente una primera pregunta: ¿puede privarse verdaderamente a la psique de lo que una vez le perteneció? Lo reprimido, lo renegado, lo proyectado, lo repu-

diado pueden hacer desaparecer del consciente experiencias psíquicas

; vividas. Pero no por ello la psique queda "privada" de algo que en un

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DELA PRIVACIÓN PSÍQUICA

primer momento formó parte de ella, algo que pudo ser represent~do mentalmente, aunque más adelante este contenido ya no sea accesible ala consciencia. En cambio puede resurgir en circun stancias propicias :

ya se desliza en la vida onírica y en los sueños diurnos , ya en nue~tras inhibiciones, en nuestros síntomas, en nuestras actividades sublima- das. Estos acontecimientos psíquicos nos revelan que la psique nunca

pierde verdaderamente los pensamientos,

sensaciones, los traumatismos y los placeres que una vez conocio, aun cuando estas experiencias sean inaccesibles a toda consciencia. Todos ignoramos, la mayoría de las veces, gran parte ~e lo que sucede en nuestra realidad psíquica y en nuestros teatros mternos; como lo evidencian aquellos descubrimientos que nos desvelan, en el transcurso de un análisis y a menudo por primera vez, el sentido oculto de los sueños y de los síntomas. En ocasiones nos dejan perplejos, porque se nos antojan tan ilógicos, tan gratuitos, como nuestros sueños. Como declaraba Freud en "Construcciones en el análisis" (1937):

las percepcion~~· las

.[el trabajo analítico] muestra vastas coincidencias con el ~el ar- queólogo que exhuma unos hogares o unos monu~entosdest:u~dosY

sepultados (

dispone de más material auxiliar, porque su empeño se dirige a algo todavía vivo, no a un objeto destruido." El hecho de que Ja psique funcione, tanto en su dinamismo ~o~o.en su economía, de un modo del que no somos conscientes, no sigmfica que el material vivo e intacto sea aceptado, o siquiera reco~ocido~orno posible, por la mayoría de los individuos. Pocos adultos siguen siendo conscientes de sus deseos infantiles, porque éstos están impregnados de pregenitalidad y de deseos incestuosos con metas homosexuales Y heterosexuales; como tampoco son conscientes de su hostilidad, de su mortificación narcisista megalómana, de las intenciones envidiosas Y asesinas que el niño escondido en el adulto ha abrigado, y aún abriga, hacia aquéllos que más ha amado. Estas pulsiones primitivas disponen en efecto de un poder de investidura bastante amplio. Idealmente, nuestras metas narcisistas, agresivas y libidinales encuentran una expresión adecuada en nuestras relaciones sexuales y amo~o~as, en nuestra vida social y profesional, así como en nuestras actividades llamadas sublimadas. Y por esQ lo conflictivo, lo prohibido Y lo imposible permanecen, la mayor parte del tiempo, fuera del cons-

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sólo que el analista trabaja en mejores condic10nes,

ciente, reprimidos. Por el contrario, cuando estos deseos conflictivos no se compensan parcialmente, o cuando sus vías de investidura se encuentran de pronto

DE LA PRIVACIÓN PSÍQUICA

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bloqueadas, esta falta de integración o esta apertura bajo la presión de las pulsiones primitivas hacen que resurjan angustias narcisistas y deseos prohibidos con sus afectos reprimidos. Esta reaparición siempre es virtual, y puede dar lugar, como es sabido, a síntomas neuróticos y psicóticos que permiten a veces al sujeto seguir con su vida normal, pero a un precio exorbitante. Este fenómeno confirma, una vez más, que Ja psique, en Jo que tiene de inconsciente , nunca queda verdadera- mente amputada de una parte de sí mi s ma. El síntoma neurótico y Ja eclosión psicótica representan, ambos, una compensación por lo que ha sido reprimido del consciente.

RESTOS DIURNOS

A pesar del equilibrio establecido para mantener la homeostasia psíquica, todo el mundo encuentra en su vida cotidiana circunstancias, incluso simples percepciones capaces de movilizar representaciones conflictivas o dolorosas. Éstas tomarán la forma de pensamientos, fantasías o sensaciones inquietantes, que invaden Ja mente. Basta ver un cartel en la calle o un relámpago en el cielo, escuchar el sonido de un trueno, una conversación, a veces una sola palabra insólita, para que vuelvan a la superficie representaciones psíquicas amenazantes, dolo- rosas o sobreexcitantes. Sin embargo, sabemos que el ser humano reprime de inmediato, regularmente, este tipo de representaciones, sin lo cual el equilibrio de la vida psíquica se vería constantemente comprometido. Podría por ejemplo ser objeto de vivencias alucinato- rias (lo que ocurre cuando se dan brutales descompensaciones psicóti- cas o cuando un individuo se encuentra bajo la influencia de ciertas drogas). Pero la mayoría de las veces estas experiencias y las fantasías que engendran, una vez reprimidas, se convierten en el decorado de la vida onírica o en el ombligo de creaciones artísticas e intelectuales. Sea cual fuere su destino, insisto en este punto : existe compensación para con lo que ha sido rechazado del consciente. Sucede, por el contrario, que bajo el impacto del mundo exterior, con su desfile de percepciones invasoras, de traumas físicos o psíquicos, o bajo el impacto de acontecimientos'que el sujeto vive traumáticamente (nacimientos, muertes, matrimonios, separaciones, pérdidas narcisis- tas) ciertas experiencias psíquicas se excluyan no solamente del cons- ciente, sino también de la cadena de representaciones. Un aconte- cimiento de este tipo puede quedar no .compensado. Los diversos

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DELAPRIVACIÓNPSÍQlnCA

modos de recuperación, en forma de compensación sintomática o de reinvestidura en la vida imaginaria, social o amorosa, no funcionan .En otras palabras: bajo la presión del mundo pulsional interno, las frustra- ciones libidinales objetales o narcisistas, o ciertos impulsos primitivos como la rabia, la envidia destructiva y la agresividad continua, pueden no desembocaren una representación mental, lo que al mismo tiempo les impide toda salida en forma de producción de síntomas neuróticos o delirantes.

LASPALABRASYLASCOSAS

Cuando para una representación rechazada del consciente no existe posibilidad de recuperación en forma de síntoma o de sublimación se puede hablar, posiblemente, de privación psíquica. La psique, en este estado, intentará colmar el vacío así creado. Para lograrlo tendrá que limitarse a emplear mensajes primitivos, señales de orden soma- topsíquico, como en la primera infancia. El infans no es capaz de utilizar el pensamiento verbal y, cuando falta la función materna de paraexcitación, debe encontrar otro modo de enfrentarse a las tormen- tas afectivas o a los estados de excitación y de dolor inelaborables. Observamos entonces que de lo que verdaderamente carece la psique es de palabras, o más exactamente de lo que Freud llamó la represen- tación de palabra (1915b). En su lugar, la psique sólo dispone de representación de cosa. De esta última noción Freud observa que "consiste en una catexis, si no de imágenes mnémicas directas de la cosa, por lo menos de huellas mnémicas más alejadas, derivadas de aquéllas". Laplanche y Pontalis (1967) en su comentario de esta definición observan que "la representación se distingue aquí clara- mente de la huella mnémica: aquélla reinviste, reaviva ésta, que no es en sí misma más que la inscripción del acontecimiento". Más adelante, los autores del Diccionario observan que Freud (en "Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños", 1917) mostró que en la esquizofrenia las representaciones de palabras son tratadas como representaciones de cosas. Espero haber podido mostrar, con ayuda del fragmento del análisis de Christophe, que en la regresión psicosomática se produce un fenómeno psíquico similar a lo que sucede en la psicosis. Las palabras, vaciadas de su contenido afectivo, pierden su valor simbólico y se

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tratan como cosas; la experiencia psíquica que debieran contener (es decir, las representaciones de palabra y el afecto que les está ligado) es eyectada fuera de la psique, en lugar de ser reprimida para alimentar el capital psíquico del que se sirve la psique para fabricar síntomas psicológicos; éstos servirán eventualmente para preservar el cuerpo de la explosión somática. Cuando, por el contrario , la psique dispone únicamente de las palabras escindidas de la representación de cosa para rendir cuenta de acontecimientos que además han perdido su valencia afectiva, despojados por tanto, según los términos de Bion (1967) de su "índice de verdad", nos encontramos ante lo que podríamos llamar registros psíquicos primitivos : no queda más que el registro de la representación de cosa. Su evocación no puede hacerse sin riesgo de descarga corporal. Es entonces cuando la vulnerabilidad psicosomática puede agudi- zarse súbitamente. Cuando el soma en disfunción logra expresarse en el discurso psicoanalítico, ¿cómo debe oírlo el analista?

EL SÍNTOMA PSICOSOMÁTICO ENLAESCENAPSICOANALÍTICA

Hay que considerar en primer lugar lo siguiente: la recuperación de un modo de reacción infantil es producto de un cortocircuito en el lenguaje y en los procesos secundarios. Naturalmente, estas vías regre- sivas están al alcance de todos durante toda la vida, pero no pueden

comprenderse como una simple regresión. Otra forma de teorizar este proceso nos la proporciona el concepto bioniano de los "elementos beta". Dichos elementos pueden tener destinos variados, como los "objetos extraños" descritos por Bion, bajo las condiciones que con- sidero en este capítulo, que pueden igualmente expresarse mediante somatizaciones, tomando así una vía regresiva, pero donde faltará la alucinación. El mensaje primitivo proveniente de la psique repercutirá en el funcionamiento somático del sujeto, siguiendo las huellas con- tenidas en la memoria de la que está dotado el funcionamiento automático del cuerpo. Todos somos capaces, en aquellos momentos en que fracasan nuestras defensas habituales ante el desamparo psíquico, de "somatizar" nuestro dolor mental.

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¿PUEDE HABLARSE DE UNA HISTERIA "ARCAICA"?

Los analistas tienen numerosas ocasiones de observar, en el transcurso de un largo análisis, este tipo de acontecimientos puntuales, y es pertinente estudiar bajo esta perspectiva las eclosiones somáticas en aquellos sujetos que no suelen utilizar la somatización como modo de defensa predominante. Mi propia experiencia clínica me ha enseñado que la "desorganización psicosomática" descrita por Pierre Marty (1980) puede producirse también esporádicamente-e incluso constan- temente- en sujetos que no son ni histéricos clásicos ni "operatorios" desafectivizados. Las fantasías y las emociones primitivas que subtien- den ciertas eclosiones psicosomáticas justificarían aquí la noción de histeria arcaica. La histeria clásica, como es sabido, depende sobre todo de vínculos verbales, y trata de compensar ciertas angustias referentes al derecho del adulto a las gratificaciones sexuales y narci- sistas. Los síntomas que crea la psique en estas circunstancias están destinados a reemplazar los deseos libidinales y narcisistas sentidos como prohibidos (o a castigarlos). El nivel de conflicto que intento poner de manifiesto aquí a través del término de histeria arcaica es el conflicto sobre el derecho a existir, más que el derecho a las satisfac- ciones libidinales normales de una vida adulta. Las angustias están entonces ligadas al temor de perder la identidad subjetiva, o incluso la vida. Los objetivos libidinales del lactante pueden concebirse como un movimiento perpetuo entre el deseo de fusionarse con el cuerpo materno y su contrario, el deseo de independencia total (sin dejar de formar parte del universo materno). A menos que el consciente materno esté poblado de miedos y de deseos que hagan a la madre incapaz de interpretar los estados afectivos de su bebé y de modificar consecuen- temente su sufrimiento psíquico y físico, la madre permitirá al lactante, en los momentos de desamparo, mantener la ilusión de formar uno con ella. Cuando el inconsciente materno obstaculiza la escucha de las ne- cesidades del bebé, el niño pequeño se ve frenado en su intento de construir, lentamente, en su interior, la representación de un entorno maternizante que proteja y que consuele. También se le negará for- zosamente la posibilidad de identificarse un día con esta "madre interna"; esta falta de imagen protectora interior persistirá hasta la edad adulta y durante toda su vida. Como lo demuestran Fain, Kreisler y Soulé, en su extraordinario trabajo L 'Enfant et son Corps (1974), la

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perturbación que da origen al insomnio infantil que puede poner la vida en peligro es una de las manifestaciones clásicas de este tipo de falta en los primeros meses de vida (corno eviden c ia el fragmento de análisis de Sophie en el capítulo V).

EL "LENGUAJE" DEL CUERPO

La disfunción psicosomática como respuesta a todo tipo de conflic- tos puede concebirse como un síntoma donde la psique busca (como en la histeria neurótica clásica), con medios primitivos e infraverbales, enviar mensajes que serán interpretados somáticamente. Así, en esta- dos psicosomáticos, un órgano o una función corporal, en modo alguno perturbados por razones orgánicas, puede actuar como si debiera res- ponder psíquicamente a una situación conflictiva que se considera biológicamente peligrosa. El cuerpo de un individuo puede, por ejem- plo, comportarse como si buscara desembarazarse de una sustancia tóxica sin haber estado expuesto a ningún tipo de veneno (larectocoli- tis hemorrágica es un buen ejemplo: es el intestino vaciándose sin re- tención). En otros casos, lo que se inhibe es la función respiratoria (en el asma bronquial, el sujeto es a menudo incapaz de expulsar el aire de los pulmones). ¿Por qué razón sigue vaciándose el intestino en ausen- cia de toda patología orgánica? ¿Por qué razón un sujeto retiene el aliento, deja casi de respirar, en ausencia de toda justificación física? Este tipo de fenómenos somáticos son mensajes enviados por la psique cuando ésta se ve en peligro por el resurgimiento de aconte- cimientos dolorosos, culpabilizantes o amenazantes, pero cuya repre- sentación es inmediatamente expulsada del consciente. Es como si éstos se asimilaran a sustancias tóxicas contra las cuales el cuerpo debe reaccionar. Paradójicamente, aunque tales reacciones puedan poner en peligro la vida del individuo, en principio están destinadas aproteger al sujeto de un daño psíquico. De este modo, en tanto en cuanto forman parte del cuadro de la histeria arcaica, estos fenómenos, aunque dotados de un sentido psicológico, pertenecen a un orden presimbólico y son una respuesta somatopsíquica que da la psique en sus esfuerzos por prevenirse contra angustias que serían quizás psicóticas si alcan- zaran la consciencia. En los casos que aquí nos ocupan, faltan las com- pensaciones, tanto neuróticas como psicóticas, a lo que ha sido bru- talmente expulsado del consciente. Las experiencias ansiógenas,

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DELAPRIVACIÓNPSÍQUICA

movilizadas un instante, no han podido dar origen a una representación mental verbal. Es decir, a una representación del orden de lo pensable.

ELPSICOSOMA YLOS SUEÑOS

Volvamos a la conceptualización de los procesos empleados en las dos experiencias de pesadillas de Christophe. Formularé la hipótesis siguiente: los acontecimientos del día que precedieron a las perturba- ciones gástricas masivas, seguidas por una noche de insomnio, movi- lizaron fantasías, extremadamente primitivas, de desamparo, de rabia y de sadismo oral totalmente ignoradas por Christophe, y que le hun- dieron. Propondría la idea de que su cuerpo reaccionó como si hubiera sido envenenado, porque carecía del conocimiento de los terrores sin nombre y de las fantasías arcaicas que apenas empezaban a poder

verbalizarse. Estos temas de horror se asemejan más a las fantasías y a las angustias propias de la psicosis que a los temores típicos de la neurosis. En el caso de Christophe, el repudio de ciertas representaciones impor- tantes, y la asfixia de los afectos que les estaban asociadas, no fueron ni recuperados por el delirio ni compensados de ninguna otra forma. En su lugar, se produjo una ruptura radical entre soma y psique, de manera

i que los mensajes amenazantes (de castración, de pérdida de la propia estima y del sentimiento de identidad, frente al material primitivo que pudiera surgir) no se trasmitieron por los eslabones simbólicos del pensamiento verbal, por representaciones de palabra. En vez de ello, se registraron únicamente representaciones inconscientes de cosa que, una vez solicitadas, proporcionaban respuestas somáticas directas, como sucede con todo niño pequeño, para quien el propio cuerpo y sus mensajes se representan como una "cosa" perteneciente al mundo exterior. La persistencia en la edad adulta de este modo de funciona- miento se ve favorecida, en mi opinión, por el tipo de relación madre- bebé que he intentado describir. Los problemas inconscientes de la madre de Christophe parecen haberla obstaculizado en su función de mantener para su lactante un espacio protegido en cuyo interior éste pudiera desarrollar un modo de organización psíquica más evolu- cionado que le permitiera hacer frente a los estados de desamparo y a las crisis emocionales de la primera infancia, como a los de la edad adulta. Dicho de otro modo, no se dio una relación good enough entre

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madre e hijo (lo que significa en inglés una relación "adecuada sin más").

LAFUNCIÓNDELOSSUEÑOSYDELINSOMNIO

En lo que se refiere al grave insomnio de Christophe, creo que las investigaciones de Lewin (1946, 1948) sobre la función de los sueños pueden semos útiles. Este último pensó en efecto que los sueños eran semejantes a la proyección de una película sobre "la pantalla del sueño" Yque aquella pantalla era una imagen introyectada del "seno materno" (yo diría más bien que esta pantalla fundamental es una representación del entorno matemizante, tranquilizadora imagen de fondo, necesaria a todo niño para poderdonnir sin miedo). Apoyándonos en la teoría de Lewin, podemos planteamos la siguiente pregunta: ¿qué puede suceder cuando esta primera representación de la función materna, esta "pantalla en blanco'', ha sido vivida como inestable o

faltante? Es probable que el sujeto dude en recurrir a ella sin angustia, creyéndola demasiado frágil, y por tanto incapaz de expresar conflic- tos inconscientes muy cargados de emociones. Así, la descarga normal de los conflictos inconscientes fuertemente investidos no se producirá a través de los sueños o los ensueños.

. En.cuanto a Christophe, puede creerse que fue por haber podido

mvestlr el encuadre analítico por lo que se permitió tener y vivir su pesadilla aterradora. ¡Puede también pensarse que en mi ausencia por motivo de las vacaciones, me equiparó a las madres-asesinas de su mundo interior! Sobre este particular, puedo añadir que he observado en otros pacientes insomnes una representación semejante de la madre interna ausente, abandonadora, imprevisible. Esta imagen se transfiere inde- fectiblemente sobre el analista, de tal forma que cada cambio en el ent~rno del analista puede hacer resurgir síntomas de este tipo. He P?d1do observar notables regresiones en estos analizados frágiles, por ejemplo con motivo de una mudanza. Estos pacientes adquirieron a menudo una autonomía precoz que les hace parecerse a los "bebés sabios" descritos por Ferenczi . Al no poder confiar en nadie, se plantean como una obligación el ocuparse de su propia seguridad física y psíquica, como si nadie más pudiera ser realmente fiable. Dicho de otro modo, comprendieron demasiado pronto en la vida que deberían ser sus propios padres. Los insomnes

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DE LA PRIY ACIÓN PSÍQUICA

deben velar constantemente sobre su ser-lactante, para asegurarse que están fuera de peligro. Es su modo de mitigar una angustia de separa- ción que les podría asaltar súbitamente. Volviendo a Christophe, su constante angustia sobre la separación

y la pérdida, asociada a los trastornos del sueño, permite pensar que su madre no pudo asegurar la función materna fundamental, que consiste en mantener en toda circunstancia una pantalla protectora contra los estímulos desbordantes que asaltan al niño tanto de sde dentro como desde fuera. Los somníferos, de los que abusaba, debían desempeñar

el papel de un objeto transicional, porque le faltaba este objeto interno que le hubiera asegurado el sueño. Como observó Winnicott ( 1961 ), la repetición de experiencias de fallos en el mantenimiento de la función "paraexcitación" de la madre contribuye ampliamente a la creación de un "falso self ". En Christophe, esto tomó la forma no de una autonomía exacerbada sino de su contrario, a saber, de una falsa "debilidad mental" que cedió en la adolescencia. Más adelante, creó defensas caracteriales que le daban igualmente el aspecto de un niño en peligro

e incapaz de protegerse en Ja vida. Estas defensas servían sin duda para prevenir la aparición de angustias arcaicas, con su quantum de afecto depresivo y de rabia infantil impregnada de sadismo oral, así como para mantener en el inconsciente una imagen persecutoria de su madre . En un libro anterior (Teatros de la mente, 1982, capítulo VII:

"Reflexiones sobre el afecto") insistí sobre la idea de que los afectos son los vínculos más privilegiados entre la psique y el soma. El afecto, al ser un concepto límite (como el de la pulsión) se encuentra a medio camino entre lo somático y lo psíquico. Ya conocemos las dudas de Freud en cuanto al concepto del afecto, que trató en un primer momento distinguiendo entre representante-representativo (de palabra o de cosa),

y lo que pudo llamar la "representación-afecto". Es probable que este "representativo" se integrara, más adelante, al concepto de "represen- tante psíquico" (Laplanche y Pontalis, 1967). Este "representante-afecto" también es susceptible de mantenerse fuera de la consciencia. Me planteé entonces la siguiente pregunta:

¿por dónde pasa el afecto que es rechazado (con la representación asociada) del consciente? Freud aporta una respuesta parcial a esta pregunta de los destinos del afecto inaccesible. Descubre tres: su conversión en síntomas histéricos; su desplazamiento sobre represen- taciones de calidad diferente (como sucede en la neurosis obsesiva); y, finalmente, su transformación directa en angustia, asimilándose este último destino al concepto freudiano de neurosis actual, que incluía la

DE LA PRIYACIÓN PSÍQUIC~

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neuro s is de angustia, la neurastenia y Ja hipocondría (estas últimas, como puede observarse, se describen casi por completo en términos de desequilibrio somático y pueden por tanto constituir el eslabón faltan te entre l~sestados histéricos y los estados psicosomáticos, tal y como plante~ ~n Teatros ~e la mente (1982 , capítulo V: "Estados psi- cosomat1cos, neurosis de angustia e histeria " ). ~lo~tre.s destinos del afecto descrito s por Freud, me pareció que se podia anadir un cuarto, cuyo mecanismo él concibió de hecho en el caso Schreber. Se trata del repudio, que consiste en el rechazo, no solam_en.te de la represe~tación'.sino también del afecto intolerable que le esta vmculado . El SUJeto qmere hacer como si esta representación n~ncahubiera tenido acceso a sí mismo . En su intento de regresar, ésta solo alcanza a encontrar una salida en la realidad externa, en el delirio psicótico, o por intermediario del otro, que se convierte en portador de lo que el sujeto rehúsa reconocer en sí mismo. Pienso aquí en el mecanismo de identificación proyectiva descrito por Melanie Klein. Por mi parte, me gustaría proponer otro desenlace a este cuarto destino que he mencionado más arriba. Tiene una relación más directa con el afecto que se descubre "sofocado" al no haber podido expresarse mediante síntomas neuróticos, P.Sicóticos o caracteriales. El afecto se presenta como congelado en su capacidad para ser representado. El peligro reside en que se realice entonces una ruptura entre psique y soma, que iría acompañada de otra ruptura, esta vez entre los procesos primarios y los procesos secundarios. Estas rupturas de vínculos se descubren del mismo modo entre el consciente y el inconsciente, como si el preconsciente se viera obstaculizado en su funcionamiento. Solamente el análisis permitirá a ciertos analizados descubrir-tal fue el caso de Christophe- que no estaba prohibido ni era peligroso funcionarpsíquicamente, y que era posible enfrentarse a situaciones cargadas de afecto. La pérdida de la función onírica, por no hablar de otras, impide descargar la tensión por la satisfacción alucinatoria. La psique se ve entonces forzada a emitir, regresi vamente, señales somatopsíquicas, infraverbales y arcaicas, para salvar al Yo de una muerte psíquica. De esta forma se corre el riesgo de que las descargas tomen el camino más corto, el más cercano a lo fisiológico. ¡La psique evacua sus tensiones sin palabras! Los sueños permiten al sujeto delirar y alucinar saludablemente. El ensueño también. Es una libertad que, una vez adquirida, contribuye

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DELA PRIVACIÓN PSÍQUICA

sin duda a impedir que el psicosoma reaccione con respuestas "deliran- tes" que no obedecen a ninguna necesidad fisiológica. En cuanto a Christophe, fueran o no acertadas mis interpretaciones (quizás otras interpretaciones hubieran tenido el mismo efecto), se confirmen o se invaliden con el tiempo mis hipótesis teóricas, una cosa fue patente: sus colitis cesaron. A medida que se fue volviendo más tolerante frente asu mismo-niño salvaje, se comportó como un padre mejor con aquel niño primitivo que hasta el momento había tomado siempre la delantera en la escena de su vida psíquica. Paralelamente dejó de identificarse con una madre rechazante y mortífera y se autorizó a tener sueños que cumplían mejor su función. Al mismo tiempo, su insomnio disminuyó. Poco a poco se curó de ser un "bebé quemado", se sintió menos perdido en la vida y comenzó a esperar con agrado aquel tercer hijo que quería su mujer, sin temer perder su sitio.

LAS

PAREJAS

¿UNA VIDA PARA DOS?

IV

PSICOSOMÁTICAS

Este capítulo no pretende ser más que un esbozo de cierto tipo de relación madre-hijo que parece íntimamente ligada a una grave somatización. Mi encuentro con las dos pacientes que evocaré a continuación tuvo lugar durante un período relativamente breve. Ambas estaban aquejadas de la misma grave enfermedad y, en ambos casos, el recrudecimiento de la enfermedad parecía ligado a la relación que cada una de ellas mantenía con su único hijo. Veremos que las fichas clínicas mostraban en aquellas madres desamparadas el mismo rechazo inicial a considerar que una dimensión psicológica pudiera ser la base de su enfermedad. Las entrevistas permiten entrever la dificultad (y quizás el error) que entraña el hecho de encaminar a estos pacientes hacia la psicoterapia. Aquellos dos encuentros me produjeron una impresión duradera, y suscitaron en mi mente un cierto número de hipótesis de trabajo que tuvieron que esperar a una experiencia clínica más avanzada para obtener cierto grado de confirmación. La señora A. vino a verme bajo los insistentes consejos de un gastroenterólogo. El médico, que yo no conocía, había leído algunos de mis escritos sobre los fenómenos psicosomáticos en la situación

81

82

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

analítica. En la carta que me remitió me informaba de que, durante los tres años precedentes, la señora A. había sido víctima de dos graves crisis de rectocolitis hemorrágica, de las cuales la segi:_nda requirió una intervención quirúrgica. Delgada y elegante, la senora A. se sentó formalmente con las piernas cruzadas, y el rostro impregnado de gran dignidad y serenidad. Nuestro diálogo se desarrolló más o menos como sigue:

Señora A.: "Mi médico me ha dicho que era conveniente venir a verla, ya que es usted psicoanalista."

"¿Habría usted acudido a un psicoanalista si su médico

J.M. :

no hubiera insistido?"

Sra. A.: "Pues

¡no! Tengo la mente más sana que la mayoría

de la gente que conozco . Pero mi médico me ha dicho que la rectocolitis hemorrágica tiene un origen psicológico." J.M.: "¿Y qué opina usted? ¿Cree usted tener problemas psicoló-

. Sra. A.: "Lo cierto es que tengo gran confianza en m1 cirujano. Pero, tal como me ha explicado, la segunda crisis hubiera podido

costarme la vida . Y sin embargo no

llego a comprender cuáles son

gicos?"

.

.

embargo no llego a comprender cuáles son gicos?" . . exactamente mis problemas." Renunciando a mi

exactamente mis problemas." Renunciando a mi enfoque inicial, la invité a hablarme de sus

crisis y de las circunstancias de su aparición. Sra. A.: "La primera fue hace tres años. Me encontraba agotada

por el excesivo trabajo que requería poner en marcha mi nueva

empresa. No tenía ni un minuto para mí misma . Pero me gusta

mi

trabajo. Para mí no es una fuente de problemas."

Silencio. J.M.: "¿Hubo entonces otros acontecimientos importantes aparte

de

su nueva empresa?"

 

Sra. A.: "Pues

fue

justo después de que mi hija se fuera de

casa para proseguir sus estudios en París." J.M.: "¿Cómo le afectó a usted su marcha?" Sra. A.: "¡Estaba tan entusiasmada por continuar sus estudios después del doctorado! Mi hija es el centro mismo de mi vida. Hasta que se fue de casa, ella era mi vida." J.M.: "¿Debió usted sentir mucho su partida?" Sra. A.: "¡Oh, no! ¡Nunca la hubiera impedido marcharse!" Sintiendo la reticencia de la señora A. a seguir por este camino, a causa del ligero error de comprensión de mi pregunta (ya que había respondido como si la hubiera preguntado : "¿No tuvo usted

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

83

ganas de impedírselo?"), intenté crear una atmósfera reconfortante

donde pudiera sentirse segura para explorar sus sentimientos frente

a la idea de perder "el centro de su vida"; ¡quizás después de todo había sentido que se le arrebataba la vida misma! J.M.: "Es totalmente comprensible que deseara usted que su hija prosiguiera sus estudios, pero ¿a pesar de todo debió sentirse algo triste después de su marcha?" Sra. A.: "Es normal que los niños prosigan sus estudios." No queriendo inmiscuirme en lo que tenía tintes de ser un dolor inexpresable, pedí entonces a la señora A. que me hablara de la segunda crisis de rectocolitis durante la cual "estuvo a punto de perder la vida" (la pregunta que me planteaba era: "Había tenido la impresión de perder más aún a su hija?").

¡Ah, sí! Mi empresa

evolucionaba rápidamente, volviéndose cada vez más compleja, y

comprendí que necesitaba ayuda. No podía arreglármelas sola." J.M.: "¿Sucedió alguna otra cosa importante durante aquella época?"

Sra. A. : "¿La segunda crisis? Veamos

Sra.

A . :

"Veamos

Sí, fue justo después de la boda de m1

hija." J.M.: "¿Cómo sintió usted aquello?" Sra. A .: "Naturalmente me gustó. Después de

todo, los hijos

deben crecer y casarse. Cuando se casaron, ella sólo conocía a su futuro marido desde hacía unas semanas, pero aparentemente había encontrado al hombre que necesitaba." J.M. : "¿Le gusta a usted su marido?" Sra. A.: "Bueno, apenas le conozco. Es yugoslavo. Viven en Belgrado. Así que ya no la veo." Me dije a mí misma que la hija de la señora A. había sabido poner una considerable distancia entre su madre y ella, y me

pregunté si aquella exigencia inconsciente que su madre le imponía

al decir que ella era "su vida" le había resultado difícil de soportar.

Indiqué solamente que su hija era a pesar de todo" un personaje

muy importante en su

vida . Ella proclamó que lo consideraba

normal, en la medida en que las madres están siempre muy unidas a sus hijos; prosiguió diciendo que ella había soportado durante veinticinco años un matrimonio desgraciado por la única razón de que no quería apenar a su hija. Nunca había amado verdaderamente a su marido, pero su familia jamás hubiera admitido que se divorciara.

84

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

Aunque era un gran trabajador, su marido ganaba menos dinero que ella. Además bebía mucho y había mostrado siempre más interés por sus amigos varones que por su vida en familia. La señora A. describió sin dudarlo los aspectos irritantes de su vida conyugal; en cambio parecía totalmente incapaz de elaborar sus emociones sobre la relación con su hija, sobre la decisión de proseguir sus estudios en París o su repentino matrimonio dos años más tarde. Apartó toda referencia a sentimientos personales refe- rentes a aquellas dos marchas sucesivas, seguida cada una de una grave crisis de rectocolitis hemorrágica que estuvieron a punto de costarle la vida. Me pareció que no hacía ninguna relación entre su enfermedad y la separación de su hija y, en aquel contexto, se refería únicamente a su trabajo, que devoraba todo su tiempo. Podía deducirse entonces que no disponía de tiempo para preocuparse de ninguna otra cosa, como si no reservara espacio para posibles sentimientos de tristeza o de ira hacia aquella hija por quien, a pesar de todo, era consciente de haber sacrificado veinticinco años de su vida de mujer. Le dije -como ya me había dicho ella- que, aunque empleara sus días en trabajar duramente, el matrimonio de su hija y su traslado a un país lejano le habían enfrentado a la pérdida de alguien que le era muy querido, tanto más cuanto que se sentía privada de una relación amorosa con su marido. Añadí que esto podía constituir una situación dolorosa en el plano emocional. Me miró con fijeza como intentando comprender el significado de lo que le estaba diciendo y luego añadió, como si se tratara de una vergonzosa confesión, que sentía la necesidad de ser amada y deseada. Aquella declaración fue seguida por un largo silencio. Sra. A.: "¿Me permite comentarle un asunto personal muy im- portante?" J.M.: "¡Naturalmente!" Sra. A.: "Pues bien, necesito ayuda en mi trabajo. He abierto ya dos sucursales, y he aquí que aparece un hombre que solicita ser mi asistente. Es muy joven, pero sumamente entusiasta e inteligente. Estoy empezando a considerar el tomarle como socio." Con mucha dificultad me dijo entonces que se había enamorado locamente de ella. Y ella de él. Por primera vez en su vida vivía una relación pasional con un hombre. Estuvo tentada de dejar a su marido, con quien no había tenido más que sinsabores, para ir a vivir con su joven amante. ¿Estaba mal por su parte tener tales pensamientos? Le dije que yo no era quien para pronunciarme sobre

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

85

aquello, Yle pregunté por qué sentía tal necesidad de la aprobación de los demás. Sra. A.: "Me gustaría marcharme. Sé que a mi marido no le importa.ría. Pero esta decisión está absolutamente descartada. No puedo irme". J.M.: "¿Puede usted decirme algo más?"

"¡Me da tanto miedo lo que pueda pensar mi hija!" "¿En qué atañe esta decisión a su hija?" "A ninguna hija le gusta que su madre se divorcie

'

"Quizás no sea esa la cuestión. Su hija es adulta. ·Cree

¿no es

Sra. A.:

J.M.:

Sra. A.:

J.M.:

así?"

usted que las decisiones que conciernen a su vida personal ~eben

ponerse en manos de su hija?"

S~a. A.: "Pues

nunca había visto la cuestión bajo ese punto

de vista. ¿Qué sentirían la mayoría de las madres?"

J.M.:

"¿Quizás tengamos que hacer una distinción entre usted

como mujer y usted como madre?"

~ra. A.

(en un to_no de asombro): "Sí, ya veo lo que quiere

Esto no tiene absolutamente nada que ver con mi hija es así?" Silencio.

Ahora pienso que es una idea

estúpida, pero tengo que decírsela. El médico me ha informado, en efecto, de que la rectocolitis es una enfermedad psicosomática. Y temo que mi relación con este hombre pueda provocar una nueva crisis."

J.M.: "¿Como si se tratara de un castigo?" Sra: A.: "¡Precisamente! Y es la principal razón por la que he vemdo a verla. Pero empiezo a ver las cosas de forma diferente. ¡Pensaba que estaba siendo desleal con mi hija, que la estaba robando algo!" l.J:l,.: "¿Com_~ si no ?udiera usted amar a ese hombre y amar tambien a su hija al mismo tiempo?"

·no

'"

Sra. A.: "Aún hay otra cosa

es. Una idea totalmente ridícula, ¿no cree?"

J.M.: "Las ideas que sentimos fuertemente no son nunca 'to- talmente ridículas'. Aunque sean erróneas, tienen a pesar de todo

un sentido más profundo." Ahora ~u.e había podido verbalizar su fantasía de querer que su rectocohtis fuera una forma de castigo a sus deseos sexuales,

Sra. A .: "Sí, eso

86

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

fui capaz de mostrarle que ella creía, en algún lugar dentro de sí misma, que no tenía derecho al placer en sus relaciones amorosas. Lo admitió y declaró que esta nueva relación era uno de los mayores descubrimientos de su vida. Durante su infancia y su adolescencia, nunc~había comprendido que aquello era algo que había que confiar ardientemente en alcanzar o bien creía que, si el amor y el placer

sexual existían, no eran para ella. La señora A. estuvo entonces en condiciones de hablarme poco

a poco de un vínculo muy fuerte que la unía a su propia madre. Hizo de ella un retrato muy idealizado en el cual ciertos elementos que subra-yaban sentimientos extremadamente negativos parecían escapar totalmente a su consciencia. Me pareció evidente que había investido a su hija de numerosos rasgos de carácter que de hecho pertenecían a su madre, y que le atribuía igualmente ~n papel materno. El hecho de que su hija hubiera sido concebida poco después de que ella abandonara la casa paterna sirvió quizás para enmascarar lo que a mí se me antojó una incapacidad muy acusada para separarse de su madre, quizás incluso para reconocer que ella

y su madre no eran más que una sola persona fusionada. Cuando se rompió bruscamente la imagen mental que ella alimentaba de

la pareja que constituía con su hija, fue como si la imagen inco~sciente

de sí misma sufriera un desgarro. Incapaz de soportar o mcluso de permitirse reconocer los sentimientos así suscitados, se lanzó desesperadamente a una actividad incesante, desencadenando al mismo tiempo la terrible hemorragia que casi le costó la vida. Pero su mente no sabía nada de todo esto. Sólo su cuerpo gritó su de- sesperación. Hablamos un poco más de lo que me había contado sobre la relación con su madre y con su hija como substituto materno, y de su tendencia hasta entonces inconsciente a considerarlas respon- sables de su vida de adulta y de su bienestar, como si aún fuera una niña pequeña. Sra. A.: "Me ha ayudado usted a ver las cosas con claridad P or primera vez. Creo poder asumir mis propias elecciones en mi vida de mujer. ¡Después de todo ya no soy u_na Prosiguió diciendo que ahora estaba convencida de no necesit~r una psicoterapia. Pensé que efectivamente sería capaz de prosegmr por sí sola una reflexión sobre los aspectos neuróticos de sus re- laciones. Subsistían sin embargo ciertas angustias mucho más graves

·-

,,,

sin embargo ciertas angustias mucho más graves ·- ,,, LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS 8 7 que se

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

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que se perfilaban tras su enfermedad psicosomática; y que eran precisamente las que no quería seguir explorando más a fondo. Aquellos problemas se apoyaban casi con certeza en numerosos terrores primitivos, ligados a emociones causadas por la rabia y el miedo a ser abandonada, de las que no era consciente. Además, en cierto modo, aquéllas eran las razones por las que su cirujano quiso que consultase a un psicoanalista. Él no estaba al corriente de sus problemas neuróticos sobre el derecho a tomar por sí misma las decisiones relativas a su vida amorosa, y que para ella eran la única razón, como acababa de admitir, por la que aceptó venir

a verme.

Como la señora A. parecía firmemente convencida de no necesitar psicoterapia, y no veía interés en una segunda entrevista, pensé que debía respetar su decisión. Después de todo, quizás fuera ella la más indicada para saberlo. Supuse que había construido sólidas defensas contra fantasías de fragmentación corporal y mental, y que

se impedía a sí misma tomar consciencia de otros estados emocio-

nales primitivos. Me pareció pues que podía ser peligroso alterar

sus estructuras sin su consentimiento explícito. Temí por otra parte que en caso de ruptura con su amante hubiese un peligro: el de hacer resurgir inconscientemente las angustias primitivas origi- nalmente ligadas a la separación de su madre, de igual modo que

se reactivaron estas angustias en el momento de la separación de

su hija. Le pedí únicamente que recordara que algunas relaciones im- portantes despertaban seguramente en ella sentimientos mucho más intensos y mucho más violentos de lo que creía. Le aconsejé, en el caso en que surgieran tensiones o dificultades entre ella y su amante, que intentara reflexionar sobre lo que sentía en lugar de simplemente precipitarse a una actividad incesante para encontrar remedio a un dolor mental. No debía dejar a su cuerpo "todo el trabajo de sentir y de pensar". "Si esto se produjera, dijo, y después de todo sucede a veces que las parejas rompan, me pondré en contacto con usted." Un año después me escribió para decirme que se encontraba en excelente salud y que sus asuntos personales y profesionales progresaban satisfactoriamente. Durante casi veinte años, la señora A. había conseguido per- manecer totalmente inconsciente de las excesivas demandas que exigía de su hija para completar su propio sentimiento de ser, para ayudarse a sentirse en el mundo y para sentir que su vida valía

88

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

la pena ser vivida. Seguía siendo inconsciente de su rabia y de su desesperación cuando su hija adulta, prosiguiendo su vida de

adulta, -estudios superiores y matrimonio- abandonó a su madre y a su propio desgraciado matrimonio. Podría decirse que la señora A. había hecho un trabajo de duelo "psicosomático", como con- secuencia de la inmensa pérdida que había padecido. Sangrando

mentalmente, había encontrado sin .embargo otro ser capaz de

sus heridas, pero había tenido que ver la muerte muy de cerca antes de hallar aquella solución. El hecho de que fuera capaz de descubrir su "necesidad de amor" y también de cuestionar la frustrante relación conyugal que había tenido, proporcionaba alentadores indicios en cuanto al mantenimiento del contacto con su realidad psíquica. Pero mostraba muy poca curiosidad para ir más allá en el conocimiento de su Yo interno, resistiéndose sin duda de este modo a lo que temía descubrir. Veamos ahora la historia de una segunda "pareja psicosomática" que pondrá de manifiesto otros aspectos de dependencia madre- hijo ligados a fenómenos psicosomáticos. En el siguiente caso, en- contraremos trágicamente ilustrado el profundo impacto que la fantasía de identidad fusiona! puede tener sobre cada uno de los miembros de la pareja. Por consejo de un colega, la señora B . me telefoneó para decirme que necesitaba urgentemente entrevistarse con alguien para hablar de su hijo. Insistió afirmando que el problema era tan sumamente complicado que no podía decirme nada más por teléfono . Señora B.: "Toda mi vida he estado preocupada por Bobby . Era muy inteligente, pero demasiado nervioso . No me hacía a la idea de enviarle a un campamento de vacaciones, como a los otros niños. Ahora, naturalmente, hace lo que le da la gana." ¡Para mi sorpresa, me enteré de que Bobby tenía veintiocho años! Cuando la señora B. abandonó los Estados Unidos para seguir a su marido que había obtenido un puesto en París, Bobby ya tenía diez años. Nunca fue feliz en Francia, y hablaba constantemente de su voluntad de regresar a su país natal cuando fuera mayor. Sra. B.: "Siempre le ayudé en su trabajo escolar y 'obtuvimos' excelentes resultados. Pero tenía trastornos de sueño y no le gustaba estar con otros niños. Engordó mucho. Sus amigos se burlaban de él y le llamaban 'Fatty' ."

curar

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTJCAS

89

Le pregunté a la señora B. por qué era ella, y no Bobby, quien había venido a verme. Respondió a mi pregunta enlazando inme- diatamente con algo que le concernía a ella.

Sra.

B.: " No di sfruto de

buena salud, y he de tener cuidado.

He padecido durante casi toda mi vida una rectocolitis hemorrágica

las preocupaciones . Viene y se va, pero

en general puedo controlar la enfermedad con medicamentos . A los veintiún años, Bobby encontró un empleo muy interesante en

los Estados Unidos. Poco después de que se fuera tuve la crisis

de rectocoliti s más terrible que he tenido nunca . Lo s

creyeron que me moría, y se pusieron en contacto con mi hijo. Regresó inmediatamente y, ¡como por milagro!, la hemorragia se detuvo dos días después." Tras una breve pausa sonrió y añadió:

médicos

crónica. Y agravada por

"No volvió a marcharse nunca más."

La señora B. me desveló finalmente la razón de su visita. Se había enterado recientemente por un amigo de que su hijo se drogaba con heroína. Su trabajo en un medio artístico "le dejaba demasiada libertad", en opinión de su madre. Se ponía furioso cuando ella intentaba saber cómo le iba, y recientemente había tenido "una crisis de rabia sin razón alguna", porque ella le había pedido noticias suyas a la mu-chacha que vivía con él. Añadió, como si se tratara de otro síntoma, que la joven pareja tenía un hijo de un año. Cuando le dije a la señora B. que no se podía hacer nada por su hijo si él mismo no veía ninguna razón para venir a consultarme, pareció terriblemente alterada. Aquello me hizo preguntarle si quería hablar de su p:opia angustia, y del sentí-miento de que no podía ejercer ningún control sobre él y sobre lo que hacía. No pareció dispuesta

a explorar esta cuestión. Con la impresión de que la señora B. había

dicho todo lo que quería decirme, continué explicándole que nuestras relaciones con los hijos tienen rasgos de similitud con nuestras relaciones con los padres, con la esperanza de que me dijera algo

de su propia problemática. Me contó entonces que su madre había fallecido poco tiempo antes de su propio matrimonio, y añadió que era una mujer maravillosa que siempre encontraba la solución a cualquier problema que pudiera presentarse (me pregunté si había venido a verme con la esperanza de que yo fuera como su madre

a ese respecto). Le proporcioné la dirección de un centro de atención

a heroinómanos, y los nom~res de varios espacialistas, para el ca-

90

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTICAS

so en que consiguiera convencer a su hijo de que pidiera ayuda, así como una dirección donde podría conocer a otras madres con problemas similares.

_ Mi colega me informó más adelante de que la senora ~: no había seguido las indicaciones que le di para ayudar a su h1JO, y que tampoco había hecho nada para recibir ayuda e~~a misma. Aunque la señora B. se preocupara mucho por su h1JO,. no me extrañó. Bobby, en cierta forma, era su "síntoma", pero era mcapaz de ver la relación con su hijo bajo aquella luz, y de tomar las medidas pertinentes para que Bobby pudiera curarse. Por el contrario, ejerció todo tipo de presiones para que Bobby volviera a vivir con ella. Dos años más tarde supe con tristeza que Bobby se había suicidado, pero que la señora B. estaba bien. La compañera de Bobby había acudido a ella para obtener ayuda financiera \~ue en su situación podía proporcionarle), pero la señora B. le d1JO que

se buscara un trabajo, y tomó totalmente a su cargo al hijo de Bobby.

A pesar de no haber conocido a Bob_by, y de hab~r ~~nocido sól~

muy brevemente a su madre, la noticia de aquel su1c~d10 m~ a~e~t? profundamente, y me hizo recordar con extrema claridad ~1 ?1f1cil

B. La secuencia de Jo s acontec1m1entos

ofrecía Ja imagen de un destino ineludible, como si entre Bobby

y su madre no pudiera haber más que una vida para dos. La señora B . y Ja señora A. se sintieron "desgarradas" cuando su único hijo se convirtió en adulto, y en ambos casos dejó la familia para irse a vivir a un país lejano. El tipo de relación que mantenían

con sus hijos me era familiar, a causa de mi trabajo con pacientes gravemente afectados psicosomáticamente. En un texto anterior ~ice referencia a este tipo de vínculos, como el "de la madre abisal

y del hijo-tapón" (McDougall, 1982a, capítulo IV). Aquel estudio

de un caso clínico seguía la aventura psicoanalítica del "hijo-tapón"

entrevista con la señora

puesto que era él, y no la madre, quien sufría enfermedade~ psicosomáticas. En tales relaciones fusionales es probable que m la madre ni el hijo hayan podido apropiarse totalmente de su cuerpo en el plano psíquico, no más que en el de su Yo individual, Y consecuentemente ambos se ven potencialmente amenazados por trastornos psicológicos o psicosomáticos. Puesto que no tuve ocasión de conocer a los hijos adultos de la señora A. y de la señora B ., no puedo saber cuáles eran sus sentimientos hacia este vínculo materno tan sumamente estrecho, ni en qué medida aquello había podido llevar a la hija de la señora

LAS PAREJAS PSICOSOMÁTÍCAS

91

A. a refugiarse en el matrimonio y a vivir lejos de su familia, y

en qué medida también este vínculo había contribuido a empujar

al hijo

capítulo tendremos ocasión de seguir el periplo analítico, también mortífero, de una paciente adulta cuya madre (vista a través de los ojos de su hija) evidenciaba de diversas formas la misma

de la señora B. a la muerte . Sin embargo, en el próximo

investidura materna que la descrita por la señora A. y por la señora

B. respecto a sus hijos.

Quizás sea un factor importante el hecho de que, en estos tres casos, cada una de las madres afirmara que nunca había querido tener más de un hijo, como si este hijo estuviera destinado a cumplir una función única para ella: la de colmar una profunda laguna en el sentimiento de identidad subjetiva de la madre . Este problema implica factores conexos que afectan a tres generaciones.

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V

DEL SUEÑO Y DE LA MUERTE

Es natural que una madre considere a su hijo recién nacido como una prolongación narcisista de sí misma, y que mantenga con él una relación fusiona!. Esto le permite interpretar a su manera los estados de desamparo de su hijo y decidir por lo tanto lo que éste siente o necesita. Del mismo modo, las madres intentan intuitivamente proteger a sus bebés del impacto de factores de entorno demasiado dolorosos. Pero hay madres (como la señora A. y la señora B., que acabo de mencionar) que, por razones inconscientes, continúan viviendo a sus hijos, mucho más allá de la infancia, como una parte de sí mismas . Si hay poco "espacio" psíquico potencial entre madre e hijo (como puede ser el caso cuando la madre siente la necesidad angustiosa de controlar los pensamientos, las emociones y las fantasías de su progenie) entonces el niño, que ha estado falto de espacio vital durante toda la infancia, puede tener alguna dificultad para organizar su propia realidad psíquica, para protegerse de las situaciones que le amenazan, para consolarse en momentos de dolor psíquico, es decir, para desempeñar por sí mismo las funciones maternizantes. Estas deficiencias en la comunicación entre bebé y madre se mani- fiestan a menudo desde los primeros meses de vida. Invariablemente, el lactante expresa los conflictos psíquicos de un modo psicosomático, cuyo signo más precoz es la alteración de una de las funciones fi-

93

94

DEL SUEÑO Y DE LA MUERTE

siológicas fundamentales, como la respiración, la digestión, la evacua- ción o el sueño. Los trastornos psicosomáticos del bebé pueden afectar

a una u otra de estas funciones vitales. pero aquí me limitaré a

considerar los trastornos del sueño en el niño pequeño. En esta elección han influido varios factores: el insomnio infantil es un fenómeno común, el ciclo sueño-estado de vigilia es un indicador sutil de las primeras fase s del desarrollo del Yo. En la capacidad del niño para dormirse y mantenerse dormido, podemos localizar el prototipo más antiguo de actividad psíquica. Y finalmente, esta capacidad propor- ciona una ilustración esclarecedora del funcionamiento psíquico del niño pequeño, y los estudiosos del tema la consideran el modelo de toda

la patología psicosomática precoz (Fain, Kreisler, Soulé, 1974).

El insomnio infantil, cuando es lo bastante grave como para com- prometer el pronóstico vital, se manifiesta generalmente durante las primeras semanas de vida; los bebés en cuestión sólo duermen entre tres y cuatro horas, en un ciclo de veinticuatro. Muchos de estos niños pequeños presentan también descargas motrices de tipo autodestructivo, durante las cuales se hieren físicamente. La capacidad de dormir, incluso la de soñar, no pueden reducirse a un ni ve! de funcionamiento puramente neurobiológico. Aun cuando, durante las primeras semanas de vida, el sueño y el despertar están íntimamente iigados a ciertas

necesidades biológicas (a saber, que el hambre despierta al bebé y que

la satisfacción de esta necesidad provoca el sueño), el acto de dormirse

-y en especial el de mantenerse dormido-, debe sin embargo investirse

libidinalmente, para que el bebé pueda alcanzar en un futuro no solamente la salud física, sino también la salud mental. El adorme- cimiento y el sueño mismo deben vivirse como actividades que aportan

al

bebé un sentimiento interno de bienestar. Si, por el contrario, el bebé

vi

ve el hecho de dormirse como un estado de abandono angustioso, los

trastornos del sueño constituirán un riesgo potencial. Fain (1971, 1974) describe dos esquemas de sueño infantil. En el primero de estos esquemas, el niño experimenta un sentimiento de satisfacción y de fusión con la madre, y esto mismo le lleva a un estado libidinal de paz interior que después de Freud podemos llamar el narcisismo primario. El segundo modelo de sueño está precedido por un episodio de frustración, de desamparo y de tensión dolorosa, durante el cual el niño se duerme como por agotamiento. El segundo tipo no es más que un sueño puramente fisiológico, mientras que el primero está profundamente impregnado de elementos libidinales y

narcisistas.

DELSUEÑOYDELAMUER'J;p

95

La~investigaciones de Freud sobre la psicología de los sueños le con?UJeron a postular que, cuando nos dormimos, una parte de la libido re~usa_regresara aquel estado desprovisto de sueños del narcisismo pnman~.Es~aparte pone en movimiento el proceso alucinatorio que es la esencia mISma del soñar. Su función, según la teoría freudiana es ocuparse de las necesidades fru stradas y de los deseos excitant~s 0 aterr_adore~que, de otra forma, perturbarían al durmiente. A causa de I~ ex1stenc1 _a, _desde el nacimiento, de condiciones neurobiológicas que n gen la ac_t1v1dad a~ucinatoria(e incluso antes del nacimiento, puesto qu~es pos~bl~local_1zar los ciclos REM en el feto) puede suponerse que el msommo 1~fantilgrave es el signo de que el bebé no es capaz de

efe~tu_ar ~a :et1rada del mundo libidinal

y narcisista, acto para el cual

esta b~olog1camenteprogramado. Si el pediatra descarta problemas orgánicos y condiciones de entorno perturbadoras, es muy probable que se trate de un caso patológico de relación padres-hijo. En este contexto podemos preguntarnos por qué ciertos niños peque_ños parecen incapaces de internalizar el papel de la madre como guardiana del sueño. Al contrario, estos bebés inquietos buscan sin desc~~soen el mundo exterior la fuente de satisfacción libidinal y narc1s,1sta _qu~debiera prevalecer en su mundo psíquico interno . La

energ1a ps1qu1caexpresadaen la actividad ,1;h1rt1

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bú_squ:d~ de objeto tiene un efecto desorganizador, tanto en el nivel p~1colog1cocomo somá_tico del desarrollo, con consecuencias poten- cialmente mortales . El ciclo del lloriqueo incesante, de Ja inquietud, de los cabezazos, sólo se rompe cuando la madre vuelve a coger al bebé en brazos para acunarlo. Las investigaciones de Fain, Kreisler y Soulé demuestran que estas madres manifiestan dos modos distintos de :elaci~ncon su bebé: por una parte, tenemos las madres que parecen mves~1ral bebé de un interés narcisista desbordante, lo que conduce a una h1perestimulación constante; por otra parte, tenemos las madres

que

~rov~caen este una frustrac10n considerable. Cierto número de madres mclu1das en_tr: los sujetos estudiados practicaban una especie de constante va1ven entre es tas dos posiciones, lo que sumía al bebe en un estado de evidente confusión.

expres~n un interés p~r,el beb~ claramente

insuficiente, lo que

A partir de las investigaciones realizadas sobre los trastornos del su~ñoen_la primera infancia, podríamos concluir que es la calidad de la mvest1dura narcisista de la madre lo que determina la calidad del sueño de su bebé. Cuando la internalización del universo casi fusiona! madre-hijo se desmorona, el bebé no es capaz de ligar libidinalmente

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sus necesidades fisiológicas en el plano interno, y en consecuencia éstas no funcionan normalmente. Para resumir, el bebé que solamente puede dormirse cuando su madre le acuna no ha sido capaz de construir una imagen interna de la madre que en circunstancias normales le permitiría conciliar el sueño después de mamar. Pero esto requiere no sólo que la madre posea un mundo interno que le permita funcionar de un modo narcisista con su bebé durante el período de lactancia, sino también que quiera que su bebé prescinda de ella durante cierto número de horas; esto implica una madre que concede importancia a otros aspectos de su vida de adulto, su vida sexual, sus intereses profesionales y familiares así como su vida social. Si el bebé está destinado a ser-únicamente el objeto de gratificaciones libidinales y narcisistas de la madre, no sólo existe un grave riesgo de problemas precoces, sino que ya podemos prever un desmoronamiento, en una fase ulterior de maduración, de los fenómenos transicionales descritos por Winnicott. Esto a su vez predispondrá al futuro adulto a crear lo que he llamado objetos transicionales patológi- cos u "objetos transitorios" (McDougall, 1982a). Éstos pueden asumir el aspecto de sustancias o de dependencias relacionales adictivas, así como comportamientos sexuales adictivos. Los modelos adictivos están destinados a reducir el sufrimiento mental y los conflictos psíquicos, y en esta medida son necesarios para representar el papel de la madre en la infancia del individuo. Las adicciones son también intentos mágicos para llenar el vacío del mundo interior donde falta una representación intemalizada de una instancia materna reconfortante, Y para restaurar, aun brevemente, el ide_al diádico primitivo donde cesa todaexcitación afectiva. Una economía psíquica adictiva está a veces ligada a una disfunción psicosomática, en la medida en que las dos tendencias tienen orígenes similares. El siguiente relato, fragmento del análisis de una paciente cuyos síntomas incluían, además de un insom- nio persistente (desde la primera infancia hasta entonces), crisis de eczema y un principio de alcoholismo desde la adolescencia, podría servir para ilustrar algunas de las consecuencias a largo plazo de esta falta precoz de internalización de la instancia materna protectora.

ENTREVISTAS PRELIMINARES

Sophie, psiquiatra de veintiséis años, tiene un puesto importante para su edad. Presenta una demanda de ayuda urgente por depresión Y

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alcoholismo cada vez más grave. Sus problemas con el alcohol se remontan al principio de su adolescencia: robaba whisky en casa de sus padres y bebía de buena gana un vaso cuando se sentía tensa o febril. Se ha consagrado a los enfermos a los que trata dentro de un marco hospitalario, pero teme que su tensión y su compulsión a beber acaben por afectar la calidad de su trabajo. Ha tenido ya dos graves accidentes de coche cuando conducía en estado de ebriedad. También intenta descubrir la razón de sus fracasos en las relaciones amorosas. Exclusivamente homosexual, no tiene ningún deseo de con- vertirse en heterosexual, pero sueña con poder construir una relación más estable con una amante. Piensa que "exige demasiado" ocupar el tiempo de sus amantes, que siempre está queriendo "recrear" o "reparar lo que les faltó en la infancia" pero también a veces "intenta humillar- las" por razones que no comprende. En lo referente al aspecto sexual de sus relaciones, afirma que para ella siempre ha contado únicamente el placer de su pareja; pero ella misma no soporta ningún tipo de caricia. La presencia de una amante por la noche tiene para ella una enorme importancia, en la medida en que no puede dormir si está sola. Esto nos llevó a hablar de su insomnio. Recordaba que toda su vida había tenido dificultades para adormecerse y que, una vez dormida, se despertaba muchas veces con sentimientos de terror, pero sin recuerdo alguno de sus sueños . Sus padres recordaban a menudo sus insomnios cuando era un bebé . "Según mi madre, le era imposible soltarme, ponerme en la cuna. Me ponía a chillar inmediatamente. Dice que no dormía prácticamente nunca, salvo cuando me acunaba." Sus padres se quedaron con la impresión de que, durante los seis meses siguientes a su nacimiento, ellos tampoco durmieron prácticamente nunca: So- phie lloraba, se arañaba o se movía agitadamente en !a cuna. De&pués de aquel período, la intensidad del insomnio disminuyó. Sophie em- pezó a dormir más normalmente, aunque su sueño siguió siendo muy ligero. También tuvo asma infantil y algunas alergias alimentarias, pero aquellos trastornos desaparecieron hacia los diez años. Estas reminiscencias llevaron a Sophie a hablar de sus padres. Es hija única de un padre italiano de clase obrera y de una madre francesa pro- veniente de un medio burgués. Ambos tuvieron una rígida educación católica. Su padre en particular era muy severo para todo lo re- lacionado con la sexualidad (más tarde llegué a saber que solía contar con orgullo cómo había regañado en público a su hermana de diecisiete _ años porque ella y un chico iban cogidos de la mano) . "Comprendí muy pronto que, para mi padre, todas las mujeres encamaban el mal." Con

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los años, su padre puso en pie un negocio muy lucrativo. "~s muy

generoso. Siempre está ofreciéndome dinero, pero tengo la impresió~

de que intenta comprar mi cariño(

madre, como si ella estuviera bajo mi responsabilidad. Cuando se iba de viaje tenía la costumbre de decir: 'Cuida de tu madre . Ahora er~s ~l hombre de la familia'. Acabé por estar harta del modo en que ella ex1gia constantemente mi presencia, y me quejé a mi padre . Finalmente, me dio dinero para comprar el apartamento donde vivo, ¡pero pienso

devolvérselo en su totalidad!" La madre de Sophie no desaprovechaba una ocasión para declarar que la familia de su padre era muy inferior a la suya. Su padr~ Y su madre hacían constantes comentarios despectivos sobre las relac10nes sexuales y sobre el amor, así como sobre el destino de las mujeres. "Parecían desear que yo llevara una vida donde no hubiera lugar para el sexo. Cuando decidí decirles que era homosexual, mi padre expresó su desprecio, pero mi madre aceptó la noticia con tranquilidad." - Sophie describió a su madre como una mujer que se preocupaba excesivamente por el modo en que su hija se alimentaba, se lavaba o se vestía. Durante toda su infancia y su adolescencia fue sometida a frecuentes lavativas, y se le suministraron toda clase de medicamentos, por oscuras razones. Su madre hablaba siempre ~e la dificultad ~e educar a los hijos. Antes del nacimiento de Soph1e, su madre habia estado embarazada de unos gemelos que nacieron muertos. "Después de mi nacimiento juró ~o volver a tener otro hijo" (más adelante resultó que Sophie estaba convencida de que había nacido con ~n sexo que ~o era el suyo propio y que, además, alimentaba la fantasia de que debia

. Al término de nuestra segunda entrevista, cuando le pregunte s1 tenía algo más que decirme, me informó de que había sufrido eczema durante los diez últimos años, pero que no pensaba que fuera algo lo bastante importante como para tenerlo en cuenta. La primer~crisis sobrevino después de su primera relación sexual con una mu Je~.,L~ reticencia con que me hablaba me impidió examinar en profundidad aquel hecho, aunque debo admitir que me hubiera gustado saber más sobre ello, porque había tenido otra paciente, también homosexual, que tuvo la primera crisis de eczema ·después de una aventura amorosa. Esto me llevó a formular diversas hipótesis que ya he descrito en otra parte (McDougall, 1982a, capítulo I).

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A partir de estas entrevistas preliminares, concluí que los padres de Sophie sufrían ambos de un considerable desamparo interno y de angustia neurótica, y que su madre luchaba sin duda también contra angustias psicóticas, ligadas a las funciones corporales, y que proyectaba sobre su hija. Estuvieran o no fundadas estas hipótesis, lo cierto es que era de ese modo como Sophie vivía las imágenes internas de sus padres. Consecuentemente, y a pesar de la irritación que le inspiraban por su constante intrusión en su vida y por todas sus exigencias, Sophie pasaba gran parte de su vida "reparándoles" a su manera. No so- lamente era un atento médico de cabecera para ellos y para otros miembros de la familia, sino que además, por vías inconscientes, como supe más tarde, sus elecciones profesionales y su preferencia sexual eran también una respuesta a lo que creía que esperaban de ella. Su inteligencia y su profundo desamparo me hicieron aceptarla en análisis, aunque era bastante pesimista en cuanto a los eventuales resultados terapéuticos, en función de sus terrores que me parecían

muy arcaicos, pero enmascarados por su sintomatología manifiesta. El análisis comenzó algunos meses después, a razón de cuatro sesiones por semana, y duró seis años. Hacia el final del primer año, Sophie se decidió a hablar de su primera crisis de eczema. Tuvo su primera experiencia sexual, en la adolescencia, con una profesora del colegio, una mujer a quien admiraba mucho. Al día siguiente, advirtió que su mano derecha y su brazo estaban cubiertos por una erupción masiva, roja·e irritante. Esa misma semana el médico de cabecera diagnosticó un eczema. Después de aquello, tuvo erupciones varias veces en la mano derecha, pero no pudo nunca relacionarlas con una experiencia concreta, como la de la primera crisis. Naturalmente, Sophie interpretó aquella erupción como un castigo somático a su culpa sexual. Sin duda, ésta era una interpretación plausible. Pero, a medida que el análisis fue progresando, no solamente descubrimos que, cuando el eczema de Sophie era especialmente grave, el acceso coincidía con la puesta en acto de deseos incestuosos prohibidos (donde sus amantes representaban el papel de la madre tan deseada en la infancia y que la tenía eternamente en brazos) sino que también nos dimos cuenta de que estas crisis surgían en relación con una rabia hasta entonces insospechada y una ira destructiva contra sus amantes. Tras estas manifestaciones puntuales conseguimos comprender que Sophie buscaba en sus parejas la imagen idealizada de su madre, mientras que su odio a su madre, igualmente fuerte, había sido apartado y negado.

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Cuando Sophie sentía que yo era incapaz de aportarle la paz interior

y la certeza de tener legítimo derecho a vivir y a amar que tan desesperadamente nece sitaba, su ira se focalizaba en la relación analítica. Aquellas manifestaciones transferenciales nos llevaron a reconstruir su origen hasta recuerdos dolorosos de la relación de Sophiecon su madre. Habiendo mantenido siempre una imagen altamente idealizada de su abnegada madre, añadió una segunda representación fundada en la convicción de que su madre quería ejercer "un control

físico y mental absoluto sobre ella". Un día, mientras evocaba el profundo interés que le merecía el estudio de las lenguas extranjeras,

dijo: "A mi madre sólo le interesan las lenguas muertas