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Son tus cartas mi esperanza, Escribeme

Son tus cartas mi esperanza, Escribeme

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Publicado porAlfredoMilano
Esta es una historia fabulada sobre la famosísima canción "Escribeme" de Guillermo García Bustamante. El la escribió estando preso en los años cincuenta y como mi papá también lo estaba en esa época y en ese sitio, los uní en esta historia. Esta canción la han cantado muchos famosos como: Alfredo Sadel, Lucho Gatica, Javier Solis, y un largo etc.
Esta es una historia fabulada sobre la famosísima canción "Escribeme" de Guillermo García Bustamante. El la escribió estando preso en los años cincuenta y como mi papá también lo estaba en esa época y en ese sitio, los uní en esta historia. Esta canción la han cantado muchos famosos como: Alfredo Sadel, Lucho Gatica, Javier Solis, y un largo etc.

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Published by: AlfredoMilano on Mar 01, 2010
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01/19/2013

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Caracas, año 1952 Esa noche, antes de presentarse en su show, Guillermo tenía una melodía.

Sólo había que ponerle letra; él pensaba que se iba a inspirar en el amor que le tenía a Inés, su esposa. Mientras esperaba sentado ante una mesa del local, agarró una servilleta de papel y empezó a escribir los notas musicales de esa idea. Cuando llegó Inés, su esposa, empezó a tararear.... ---- “son tus ojos, mi locura, ---- es tu risa mi esperanza,.... ----- si me tocas con ternura, ----- la alegría me.......tatata..... después terminaré la letra....” Rió y le dió un beso a Inés. Guardó la servilleta en un bolsillo del paltó. Bebieron unos tragos de brandy, conversaron. Llamaron a Guillermo. El show había comenzado. Él corrió alegremente hacia el escenario, esquivando las mesas, acompañado por el aplauso del público. Una luz lo acompañó hasta que llegó al piano blanco que estaba a la izquierda de la orquesta. De frente al público saludó bajando la cabeza, mientras señalaba a su orquesta con la mano izquierda. Cuando la gente dejó de aplaudir, Guillermo giró sobre sus talones y después de un rítmico movimiento de su mano derecha, la orquesta inició una melodía. Mientras él se sentaba frente al piano, salieron los cantantes y el público empezó a llenar la pista de baile. Ese era su trabajo: alegrar las noches de los caraqueños que acudían al club. Terminaba a las cuatro de la mañana. Inés rara vez iba a verlo y, cuando lo hacía, ya a las nueve de la noche estaba en su hogar. Estaba amaneciendo cuando Guillermo llegó a su casa. Vio a unos hombres hablando con Héctor, su amigo y vecino. Éste se disculpó con ellos y llamó a Guillermo aparte. Le contó que unos agentes de la Seguridad Nacional se habían llevado a Inés y que los hombres que veía allí lo estaban esperando a él. Héctor también comentó que ya se había llevado a los hijos de Guillermo a su casa y que no tenía que preocuparse por ellos. Finalmente, Héctor le dijo --- “Creo que te esperan momentos terribles. Ten ánimo”. Guillermo estaba pálido, ya sabía lo que le esperaba. Le dio las gracias a Héctor. Los tipos lo tomaron por los brazos y lo metieron en un Packard negro. Desde Palmita a Monzón hasta la sede de la terrible Seguridad Nacional en el Paraíso, la distancia no era larga. Era irónico pensar que ese sitio siniestro quedara en El Paraíso. Uno de los hombres manejaba y el otro iba detrás con Guillermo. El que iba atrás empezó a hablarle con un acento claramente andino:
--- “Caramba, maestro, ¡en qué problema se me ha metido usted! Dígame, y que hacer papelitos contra mi Presidente.. Eso es grave.... Menos mal para usted que me dieron a mi la comisión de buscarlo y hemos sido respetuosos.... pero mi responsabilidad llega hasta la sede. De ahí en adelante, ¡sabe Dios que pasará!”

Llegaron al feo y funcional edificio. Bajaron en el carro al estacionamiento del sótano. Segundo, que así se llamaba el agente andino, tomó por un brazo a Guillermo y lo llevó hasta la Dirección de Política de la Seguridad Nacional. Lo registraron y vaciaron todos sus bolsillos, luego lo reseñaron y condujeron hasta una pequeña sala fuertemente iluminada. Lo sentaron en la única silla del lugar. Metálica, pintada de gris.

Ahí permaneció un largo rato. Ni siquiera le dieron ganas de orinar; estaba muy asustado. En algún momento, se abrió la puerta y entró un hombre alto, blanco, con bigotes cuidadosamente recortados. Su sola presencia asustaba. Trajo otra silla, igualita a la que tenía Guillermo. Se sentó frente a él, se acomodó lo mejor que pudo y le espetó:
--- “¡Qué bolas tienes tú, y que querer tumbar al Coronel Pérez Jiménez con papelitos! Ya se que eres pianista, músico.... pero, ahora, quiero que cantes. Ya tenemos el multígrafo, los buriles, los esténciles, el papel... y lo más arrecho es que tenemos los panfletos. “Combate”. Así se llama tu periodicucho”.

Se le quedó viendo a los ojos un largo rato para intimidarlo. De pronto, se levantó bruscamente tirando su silla a un lado y gritó:
--- “¡¡ Coño, ¿en qué estabas pensando, pendejo? !!”

Se abrió la puerta y entró un sujeto moreno con pinta de proxeneta: Estaba sin saco y lucía un 38 cañón corto en una sobaquera. También usaba un bigotico. --- “Epa, Loco, no te alteres todavía... Acuérdate lo que te dijo el negro; tranquilízate.
---- “Coño, Barretico, es que los enemigos del presidente me alteran”.

Barretico comenzó a cantar “El Caimán”, haló la silla de Guillermo -con Guillermo y todo- y la arrastró hasta el medio del cuarto. Seguía cantando y bailando dando vueltas alrededor de la silla. Barretico cantaba y bailaba. El Loco Hernández lo seguía, tocando las palmas de las manos.
--- “Oye, Barretico, yo te doy la clave: clap, clap, clap......clap, clap Mira musiquito, yo también se de música “...

y reía Barretico le dijo a Guillermo: --- “Mira, vale, tu deberías contratarme como cantante”... Como a la sexta vuelta, Barretico le lanzó un golpe a Guillermo, tan fuerte que lo tiró de la silla. Se puso a reir y gritó: --- “¡Loco, se cayó el Caimán! Vuélvelo a poner......” Los dos hombres se rieron. Guillermo no pudo contenerse más y se orinó los pantalones. Cinco días más tarde, Guillermo lucía todo amoratado e hinchado. Estaba desnudo y, de tanto desmayarse, se había quedado dormido desde el día anterior. El Loco y Barretico llegaron y se sentaron en las dos únicas sillas del saloncito. Observaron a Guillermo durmiendo en el piso, desnudo y golpeado. El Loco habló:
--- “Caramba, Barretico, el pianista -a pesar de ser flaquito y debilucho- es un hombre arrecho. La verdad es que aguantó como un hombre. Me da vaina seguir golpeándolo... Además, “El Negro” nos dijo que no le jodiéramos las manos y no lo matáramos”.

Barretico agregó, --- “La mujer del negro es artista... que ella es la jefa del Negro”... Los dos se echaron a reir... Luego El Loco dijo:

¡esa es la vaina!. Pa’ mi

--- “Yo creo que este carajo es sólo un recluta que no sabe nada. Por eso aguantó tantos coñazos. Vamos a darle el pase para que vengan los Municipales y se lo lleven al Obispo. Allí que huela mierda por una semana, otros días en la Modelo de Pro Patria, y después lo embarcamos para que vaya a tocarle el piano a los caimanes en Guasina”.

Los dos rieron de la ocurrencia y se fueron.

Año 1957
Cárcel Modelo de Ciudad Bolivar. En la sección de los presos políticos hay mucha actividad. En el inmenso patio central se dispersan los reclusos. Un grupo asiste a clases de idiomas, más allá algunos conversan, otros hacen trabajos manuales. Hay un preso que está tejiendo una hamaca de hilo blanco, muy fina y muy costosa, en un gran marco de madera. Otro preso está cerca, absorto en la lectura de su correspondencia. El que teje, hace una pausa para fumarse un cigarrillo. ---- “Guillermo, ¿cuántas veces has leído esas cartas?” --- “Pánfilo, y ¿cúantas veces has leído las tuyas?” Los dos rieron. Guillermo agregó: --- “Sabes, Pánfilo, yo no recibo cartas de mi esposa, ella está presa en la Cárcel de Mujeres de Los Teques. Mi amigo y hermano, Héctor Monteverde, me manda paquetes y me escribe, y también lo hace Inesita, mi hija. Y esas son las cartas que leo y releo. Antes de caer preso yo había escrito una melodía en una servilleta y quería ponerle letra. Pensaba en Inés, mi señora, la música me vino a la memoria y la he escrito de nuevo; pero ahora quiero ponerle otra letra y dedicársela a mi hija.... sus cartas, su letra de niña. ¡Cómo me gustaría tocarla en un piano!” --- “Guillermo, yo no soy religioso, pero me parece que con los curas se pueden conseguir algunas cosas... Ahora cuando venga Monseñor Bernal, el obispo, habla con él... ¡Quien quita y te consiga un piano!”. --- “Tienes razón, Pánfilo, voy a hablar con Monseñor. Total, no tengo nada que perder.” Un día Domingo del mes de Septiembre del año 1957. Los presos están en el patio. Guillermo ha estado tocando el piano, algunos han cantado, muchos han coreado... Han pasado una tarde feliz. Guillermo se pone de pie, quiere que todos lo oigan: --- “ Muchachos, esta va a ser mi última interpretación en la cárcel de Ciudad Bolivar. Pronto saldré de Venezuela.” Se oye un rumor.... Guillermo continúa: --- “Quiero que oigan la canción que escribí para mi hija Inés, quiero compartirla con ustedes, que también tienen hijos que les escriben. Les advierto que no soy cantante, pero haré todo lo posible para que me oigan. El nombre que le puse a la es canción es: Escríbeme y dice así...” Guillermo se sentó, acercando la silla lo más que pudo al viejo piano. Comenzó a tocar la melodía y cantó:

Son tus cartas mi esperanza mis temores, mi alegría y aunque sean tonterías escríbeme, escríbeme Tu silencio me acongoja me preocupa y predispone y aunque sea con borrones escríbeme, escríbeme Me hacen más falta tus cartas que la misma vida mía lo mejor morir sería si algún día me olvidaras Cuando llegan a mis manos su lectura me conmueve y aunque sean malas nuevas escríbeme, escríbeme. Cuando finalizó, todos los presentes aplaudieron, hasta los guardias. Algunos presos lloraban. Ese día nadie quiso ver la película del domingo, prefirieron acostarse temprano. Un día de ese mismo año, un preso puso la radio a todo volumen, Alfredo Sadel cantaba la canción de Guillermo Castillo Bustamante. Los presos la repetían. Todos sonreían y gritaban vivas a Guillermo. Pánfilo sonreía y seguía tejiendo. En sus recuerdos Guillermo leía las carticas de Inés.

Nota: Esta es una historia fabulada, basada en hechos reales. Guillermo Castillo Bustamante escribió esa bella melodía que estuvo por primera vez de moda en los años cincuenta, en las voces de Alfredo Sadel y Lucho Gatica; siendo Alfredo Sadel quien primero la interpretó en Venezuela, en “El Show de las Doce”, de Victor Saume. Para esa época estos dos valientes hombres, poniendo en riesgo sus vidas, se atrevieron a presentar la canción de un hombre que era enemigo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Guillermo sí estuvo preso en la Seguridad Nacional, en las cárceles de El Obispo, ProPatria, Guasina y, por último, en la Cárcel Modelo de Ciudad Bolívar. Pánfilo también existió. Su trayectoria fue algo parecida, pero empezó en el año 1956. La Seguridad Nacional ocupaba un edificio cercano a la Plaza Morelos. Las demás prisiones fueron las mismas, excepto Guasina que ya había sido eliminada. Pánfilo quedó libre en 1958, después de la caída del General. Su nombre completo era Don Pánfilo Milano Durand, mi papá.

Yo era niño y también le escribí carticas. Esta pequeña historia está dedicado a todos los niños que tienen a sus padres presos por oponerse a la tiranía, y por favor escriban a sus padres que ellos aprecian esas letras.

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