CAPITULO I

¡Oh, gran LILI, despierta y libérate
de tu maldición; tu resurgir será
nuestra venganza!
Abrí los ojos y otra vez estaba en
aquella morada tétrica y oscura, la
cual sería mi hogar durante al
menos cinco años, adornada con un
sinfín de cables y pantallas en
donde tan solo unas letras con
fondo negro alumbraban la penumbra del cuarto, en donde sólo podía
leer infinitos algoritmos de ordenadores los cuales no entendía; y un
sudor en las paredes, un sudor cuya
procedencia me era desconocida.
La humedad hizo que mi cuerpo
temblara de un frío afilado, provocándome una enfermedad desconocida. Por las noches mis músculos
inexistentes se dormían en un dolor
inaguantable, sin embargo nunca
morí, pero nunca mejoré. Un
hombre,
sordo,
encapuchado,
corpulento y fétido era guiado por
una forma encogida, que figuraba
un humano oscuro y más tenebroso
que mi misma imagen que era aún
desconocida para mi. Colgaban un
cuerpo ensangrentado y moribundo
pero aún caliente, a veces era un
cuerpo enfermo del cual podía
llegar a oler cómo aquellas infecciones carcomían su interior, o aveces
una existencia a punto de llegar a su
final por la avanzada edad. Lo
dejaban a mi merced, fuera de la las
rejas que separaban mi mundo de
tres paredes, un mundo diminuto
frente
a
lo
desconocido.
No entendía el porque mi apetito
incontrolable nacía frente a estos
hediondos vestigios de lo que una
vez fue vida, sin embargo, allí yacía
mi no-vida, mi no-ser; una ROM de
personalidad digital como un espejismo en mi, encarnada en la
muerte; junto a los restos de lo que
para mi era un igual, restos absorbidos por una bestia llena de cables y

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circuitos que desconocía su propia
existencia, que no recordaba en qué
momento llegó allí, un animal devorador al que sólo le venían breves
imágenes en una antigua vida llena
de luz y felicidad que era corrompida poco a poco por una cólera
insondable. Simplemente existía
para rellenar un hueco de espacio
en una oscura red de servidores en
el infinito del mar de la información.
Aún viene a mi mente el primer día
que desperte en esa cárcel de lo
desconocido, siendo aún joven me
vi confinado en aquella celda donde
padecí dolores inmensurables que
me hicieron retorcerme en mi
mismo, mi voz pasó de la de un
joven, al grito de una bestia que
rugía desde el abismo, veía como
tras el transcurso de las horas mis
manos se deformaban, mis uñas se
caían y la pústulas nacían en mi
piel hasta finalmente quedar
cubierto en una horrenda capa
plástica sin vida, tocaba mi
cara que pasó de tener el
tacto de un hombre a la
de una serpiente, dura y
fría,
deforme
por
golpes que nunca me
dieron y las transformaciones que me
hicieron, el dolor me
encogía posando mi
cabeza entre mis
rodillas, encogiéndome entre mis manos,
notaba como si un
animal
peludo
las
rozara, era el cabello que
caía por ellas dejando mi
cráneo deforme nacer. Caí

en la locura, durante semanas no
distinguía la realidad del sueño,
llegué a pensar que todo aquello era
una simple pesadilla y que en
cualquier momento despertaría,
pero; ¿Despertar dónde? No había
sitio donde despertar, no recordaba
nada anterior a aquello, así que me
daba igual si era una pesadilla o no,
para mi era la cruel realidad.
Intenté llevar la noción del tiempo,
pero en aquel antro de la locura
oscuro, que se iluminaba solo por
un sistemas de ordenadores,
eventualmente fui perdiendo la
noción de este.

Excretaba en mi celda o eso creía
pero sin alimentos la podredumbre
era sólo psicológica, haciendo que
el hedor imaginario que desprendía
mi cuerpo fuese más nauseabundo,
hedor que yo no sentía, pero veía
reflejado en el repudio en aquel
anciano vestido con una túnica
blanca hasta el cuello, que venía a
visitarme sin decirme palabra
alguna. Inventaron un sistema para
poder tirarme agua y que evacuase
por las rejillas que había debajo
mio. Pasaba lo que a mi me parecía;
una eternidad, desnudo en una
esquina de esa celda sin darme
cuenta que para mi ya ni la oscuridad
existía.
Cada cierto tiempo envenenaban
alguno de los cuerpos que me daban
para alimentarme provocándome
letargos que me hacían dormir, experimentaban conmigo, abrían mi
cuerpo provocándome profundas heridas para examinarme, me introducían actualizaciones,
biochips,
nuevos sistemas para
romper el Hielo de los
cortafuegos cada vez
más nuevos de las
macrocorporaciones,
las hacían hackear
con mi ciberneurismo complejo y mal
herido me arrojaban
nuevamente a mi
celda, mi maldición
me curaba poco a
poco, en un proceso
doloroso y lento, ya no
era un hombre, era una
m á q u i n a .

Uno de estos días creí morir, me
desperté en medio de una operación a la luz de unos focos oxidados, atado de manos y pies, el
matasanos que me estaba abriendo, se asustó y gritó -Dormirlo,
¡rápido!- el neandertal que tenía de
ayudante cogió una maza que tenía
cerca y me rompió el cráneo con
ella, perdí el conocimiento después
de dar un grito ahogado de insufrible dolor, desperté, estaba otra vez
en mi jaula, pero al llevar mis manos
a la cabeza para notar la herida note
mis sesos en mis manos, latiendo
lleno de placas metálicas y circuitos
insensibles, me habían rebanado el
cráneo para quitarme la parte rota,
el cráneo nunca volvió a reponerse
y mis sesos crearon una corteza
alrededor dura como un cartílago
que protegía lo poco y nada que me
quedaba de conciencia humana.
Perdí la cordura en poco tiempo, era
una bestia enjaulada y mis pensamientos cada vez más oscuros
combatían en una lucha encarnizada
contra lo poco de humano que vivía
en mi, una batalla perdida, ya no
existía un amanecer ni un atardecer,
todo había desaparecido, mi lengua
se había atrofiado y mi instinto más
animal predominaba la mayor parte
del “día” en rugidos de un ruido
caótico que se podían escuchar hasta
en la superficie, un reclamo de
libertad que nunca llegó, un grito
ahogado por una horripilante figura
demonizada de un ser que se le fue
negada la oportunidad de existir a los
ojos de un Dios benevolente, apartado en los confines del mundo poco a
poco comencé a perder la noción de
mi propia existencia.

M.

Alxes.

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