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CAPITULO 1 LA CABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESDE REIMS. Ya en 1974, Jacques Le Goff sefialaba que con la ayuda de las aprecia- ciones de la antropologfa, «la historia de las guerras feudales debe revisarse en el contexto de un estudio global de la guerra privada, de la vendetta»'. Tomemos aqui la Francia del Norte entre 888 y 966 de la mano de dos grandes historiadores de Reims, ¢ intentemos con ellos una relectura «an- tropologizante». Los Annales del canénigo Flodoardo de Reims’ transcurren desde 916 a 966; cada afio resuenan con el entrechocar de las armas. Los grandes sefio- tes, los reyes, incluso los obispos se disputan grandes castillos y ciudades; para ello, movilizan a sus vasallos e intentan atraerse a los de los otros; en estas ocasiones, los campos acaban saqueados habitualmente. El monje ~ Richer de Saint-Rémi de Reims emprende entre 991 y 996 una historia de Ios cien afios anteriores, a partir de 888"; se trata sin duda de un siglo de discordias en el espacio que denomina Galia, Su recorrido se apoya pri- mero en Flodoardo, que amplia con la ayuda de tradiciones orales, y sigue después con Ia historia de su tiempo, salpicada de guerras y de verborrea. Pero al hilo del relato, evoca un Estado (respublica), una ley de majestad Jacques Le Goff, Pour un autre Moyen Age, Paris, 1977, p. 341. ed. espafola, Tiempo, trabajo y cultura en el Occidente medieval: 18 ensayos, Madrid, 1983). > Philippe Lauer (ed.), Les Annales de Flodoard, Paris, 1905 (cit. en adelante Annales). Sobre este autor, vid. Michel Sot, Un historien et son église au X° siécle: Flodoard de Reims, Paris, 1993. La obra mds importante de Flodoardo es, sin duda, su Historia Remensis Eccle- sie, de la que aqui se hard referencia al libro IV, de la Revue du Moyen Age Latin, 41, 1985, pp. 409 ss. (cit. en adelante Historia Remensis), * Richer von Saint-Remi, Historiae (ed, Hartmut Hoffmann), Hannover, 2000 (MGH, SS., XXXVIM), constituye la mejor edicién, con una reproducci6n del manuscrito; pero aqui se empleard, porque lleva acompafiada una traducci6n al francés, la de Robert Latouche, Richer, Histoire de France (888-995), Par's, 1930 (cit. en adelante Richer). Vid. a proposito de este texto, Michel Sot, «Richer de Reims a-t-il écrit une Histoire de France?», en Yves-Marie Bercé y Philippe Contamine (eds.), Histoires de France, historiens de la France. Actes du Colloque International. Reims, 14 et 15 mai 1993, Pacis, 1994, p. 47-58; Jason Glenn, «The Composition of Richer’s Autograph manuscript», Revue d'Histoire des Textes 27, 1997, pp. 151-189; Hartmut Hoffmann, «Die Historien Richers von Saint-Remi», Deutsches Archiv fllr Exjoschung des Mittelalters, 54, 1998, pp. 445-532. 18 DOMINIQUE BARTHELEMY y un «orden ecuestre». Sin embargo, para nuestros historiadores de anta- fio, Richer se limita a frasear y a fabular: exagera el valor de la palabra y del debate social y juridico en la sociedad feudal, pinta como romanos a unos guerreros salvajes. Sin duda, ambos autores se prestan en la actualidad a una relectura apoyada en la antropologfa. No se trata de aplicarles modelos construidos con otro motivo, sino de realizar una lectura mejor. No dejar pasar nada en Flodoardo y tomar a Richer con un poco mis de seriedad. ;Por qué, por ejemplo, no dar crédito por principio a sus afirmaciones sobre los nobles «galos» del siglo x? Resulta evidente que viven en una cultura de la ven- ganza de honor, y sus armas, sus caballos, simbolizan su dominio social, pero el impetu guerrero no constituye su tinica caracteristica. Con toda seguridad «todos los pueblos de la Galia se dejan arrastrar por su ardor nativo, se encuentran por tanto prontos a la querela, y si se les prgvoca, se lanzan al asesinato y se mantienen inmunes a la clemencia». Pero, afiade, «cuando se les habla y se les presenta una buena argumentacién, la acep- tan y la mantienen»#. No se trata por tanto de violencia y pasién, sino mas bien de violencia y raz6n. Algo similar a lo que, sea dicho de paso, Técito ya anotaba sobre los antiguos germanos: «es obligatorio asumir tanto las amistades como las enemistades del padre y de los parientes», de donde el viejo medievalismo extrajo con frecuencia la idea de un gusto germénico inmoderado por Ia venganza, llegado'a la Galia con los francos, y vigoro- so y devastador hasta el siglo xu, Sin embargo, debe prestarse atencién a Jo que sigue, omitido de la cita de Técito nueve veces de cada diez: «por lo demés, estos odios no son permanentes»*; se produce la composicién, y un cierto espiritu pablico. Ni Germania ni Galia produjeron jamas monstruos; ya lo sefialaba san Jer6nimo. Los galos de Richer, que viven en el siglo x, constituyen un grupo sagaz y sabio, y tanto ms cuanto més al norte habitan, Asf, los mas dotados de razén son los belgas —entiéndase los pueblos entre el Sena y el Rin, los mejor conocidos por Richer y a los que él mismo pertenece—. Los celtas de la Francia media, vasallos de los Robertianos, lo son, en con- junto, otro tanto. Como realmente violentos solo quedan los aquitanos, de quienes Richer més ignora... Resulta interesante leerlo al mismo tiempo que Flodoardo; quizas se encuentre en ambos més orden sefiorial que anarquia feudal, segtin una * Richer, 13 (tI, p. 9). *Técito, Germania, 21. vid. también 22. Todo esto no implica, sin embargo, una «germa- nizacién» particular de la sociedad feudal; existe un cierto componente excesivamente mito- légico en todas las propuestas del medievalismo de antafio sobre el atavismo germénico. LA CABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESPE REIMS 19 formula que aprecio desde hace tiempo. ;Debemos, sin embargo, avanzar hasta encontrar en este tiempo un orden piblico en el sentido romano del término, con dominio de la ley escrita y ausencia de opresién sefiorial, como han propuesto Karl Ferdinand Werner® y alguno de sus discfpulos Ya no lo creo. De la lectura de los diplomas y de la reconstruccién de las familias nobles y de log; principados, se deduce una impresion de orden bastante firme, pero su funcién en la historia deriva facilmente hacia la violencia, la optesién y los acuerdos privados. La cuestion de la faida’, es decir la venganza codificada y limitada, como en el caso de los nuer de Evans-Pritchard, permite en mi opinién dar cuenta a la vez de este tipo de violencia y de la relativa sensibilidad de las estructuras politicas. No hace mucho se ha querido discutir la importancia, incluso la exis- tencia del homenaje, del feudo, de todo elemento «feudal» en el mundo postearolingio. Simplemente considero que es necesario reconducirlos, situarlos en el contexto de una sociedad faidal. Flodoardo y Richer, cada uno a su modo, nos proporcionan una buena base en ese sentido. El ca- nénigo lacénico y el monje charlatén difieren lo suficiente el uno del otro para examinarlos por separado COMO HACER LA GUERRA FEUDAL. El tiempo de los castillos Desde 877, con el eclipse de los reyes, el reino de Carlos el Calvo se encontraba en manos de principes regionales, entre los cuales obispos y condes de segunda fila adquieren muy pronto una verdadera autonomia’. Lagucha contra los normandos jamés agoté toda la energia de los gran- des, ni siquiera fue siempre su auténtica prioridad. Ademds, si estos «pi- ratas> paganos se infiltraron en el mundo carolingio e incluso algunos de ellos enraizaron de forma duradera, ;no fue posible precisamente gracias a las grandes discordias entre los francos? Contra ellos se restauraron las murallas de las ciudades y se fortificaron simples aldeas (vici). Pero estas © Michel Parisse ha presentado magistralmente la obra de este historiador en Véronique Sales (coord.}, Les historiens, Paris, 2003, pp. 267-283, “El original francés utiliza con frecuencia la expresién faide/faidal, sin equivalente exacto en castellano; siguiendo lo habitual en otros trabajos, se ha optado por el neologismo faida/ faidal, pese a la escasa correccién académica de la propuesta [N. del T.] 7 Sobte este periodo, vid. especialmente: Janet Nelson, Charles le Chauve, Paris, Aubier, 1994 (1." ed, inglesa, 1992); Jean Dunbanin, France in the making, 843-1180, Oxford, 2000 (1* ed. 1985); y Philippe Contamine (dir.), Le Moyen Age. Le roi, l’Eglise, les grands, le peuple, 481-1514, Paris, 2002 (Histoire de la France politique), pp. 115-170 (contribuciones de Régine Le Jan y de Olivier Guyotjeannin). 20 DOMINIQUE BARTHELEMY defensas sirven igualmente para las guerras internas, al igual que todas las levantadas en los dos siglos posteriores, cada vez més numerosas y perfeccionadas (pero también de tamaiio més reducido) y con frecuencia en lugares nuevos. Los principes regionales, los obispos, todos los con- des regulan sus conflictos, en lo esencial, al margen del arbitraje regio, a través de negociaciones y actos de guerra. Los propios monarcas no son sino protagonistas algo particulares de la confrontacién permanente entre principados que constituyen auténticos sistemas de ciudades fortificadas y castillos; como los dems, tienen bajo ellos una serie de vasallos, més 0 menos préximos y seguros, que controlan para ellos o tienen con su garan- tia toda o parte de una ciudad, de una fortaleza. Se trata pues de peones, algunos de los cuales se mueven cada ao, tanto durante el medio siglo de los Annales de Flodoardo (919-966) como durante los treinta aiios si- guientes, contempordneos de Richer y relatados por él. im Gracias a su precisa concisién, Flodoardo consigue transmitir perfec- tamente a su lector a situacién politica entre 919 y 966, aunque ofrezca su propia versién, desde Reims y clerical, a través de la seleccién y ca- lificacién que propone de los acontecimientos sobresalientes del afio. Se produce primero un juego triangular en el centro del reino, entre Hugo el Grande, el rey Ratil y Herberto de Vermandois; desde 936 y tras el adve- nimiento de Luis IV, los envites norrhandos y la intervencién de Ot6n I introducen otros actores. Estos grandes no cesan de enfrentarse y recon- ciliarse, de presionar unos sobre otros, directa o indirectamente. Se trata de repartirse los condados y los castillos, y, por tanto, de rivalizar por la mejor posicién social. Las operaciones de guerra, cuando existen, son realizadas por tropas de combatientes (milites), los mas eficaces a caballo y bien armados. En ge- neral evitan las auténticas batallas (salvo Soissons en 922) y se enfrentan en escaramuzas y emboscadas. Realizan avances y retrocesos para poner sitio a un castillo importante o para regresar al cabo de dos a ocho sema- nas, Las plazas s6lo se rinden después de negociaciones 0 por Ia traicién de uno de los defensores. Un sitio o una cabalgada suponen sobre todo la ocasi6n para el pillaje de los campesinos de la comarca, especialmente de los del adversario, con la excusa de represalias contra él%. Los historiado- res modernos conocen y describen desde hace tiempo este sistema como guerra feudal. Revisado bajo las sugerencias de la antropologia, constituird para nosotros la faida caballeresca. La antropologia emplea el término faida para diversas sociedades, con © sin clases, y también a propésito de vendettas y de auténticas guerras * Annales, p. 7 (ob persecutionem), p. 49 (ob inimicitias), etc. LA CABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESDE REIMS 21 internas. Propongo aqui distinguir, con este nombre de faida caballeresca,) un tipo de guerra reivindicativa de bienes (y reivindicacién tiene la misma rafz que venganza) y perjudicial para los intereses del otro, con la ayuda de hombres retribuidos con tierras y bienes, distinto del odio mortal que ante todo, venga la sangre con el apoyo, de los parientes, ligados por la sangre, y hace derramara del rival. La venganza de sangre no resulta desconocida en el siglo x, y preci- samente el fin de] imperio carolingio permitié algunas «grandes faidas», perfectamente analizadas por Régine Le Jan’. No es tampoco imposible que una reivindicacién de bienes degenere en odio de sangre: existe un sor- prendente ejemplo en las Historias de Ratil Glaber”. Pero, pese a todo, la venganza de sangre no Hlena ni los Annales de Flodoardo ni las Historias de Richer, porque la rivalidad politica del siglo x s6lo ocasionalmente conduce al homicidio. Entre la gente de la buena sociedad, enfrentada por posicién y tiquezas, se producen capturas mas que muertes, y se entregan rehenes y promesas para conseguir una liberaci6n. Se trata, a cambio, de verdaderas acciones de guerra, cubiertas y enmarcadas por un discurso de la venganza de honor, es decir, de la reivindicacién por cada noble de su derecho, tal y como lo aprecia en su entorno. Estas acciones perjudican, ante todo, a los débiles, a los campesinos del adversario, y en ese sentido esta guerra técnicamente caballeresca no fo es en absoluto en el plano moral. Supone una venganza indirecta, especialmente dirigida a establecer 0 reproducir en la mente la idea de pertenencia de los hombres a sus sefiores. Cada uno de estos, al apoderarse de los campesinos del otro, al atacarle a través de ellos, le rinde el servicio de subrayar hasta qué punto son suyos. EI siglo xi no tendré que inventar la vocacién misma de los caballe- rogsprotectores de los débiles y de la justicia; se trata de un ideal perfec tamente definido en el siglo 1X, pero que experimenta en la prictica, y en cualquier época, toda suerte de perversiones. El caballero de los tiempos de Flodoardo se encuentra al servicio del derecho —del suyo— y prote- ge a ciertos campesinos!! —los suyos—. Si se muestra caballeresco, lo hace con el caballero enemigo, al que le vincula una connivencia apenas ° Régine Le Jan, Famille et pouvoir dans le monde franc (VII'-X" siécle). Essai d'anthropologie sociale, Parts, 1995, pp. 90-94. " Raoul Glaber, Hisfoires, II. 21, trad. Mathieu Amoux, Turnhout, 1996, pp. 132-133. El relaio da la impresidn de una violencia inexorable y descarada, porque condensa en po- cas lineas acontecimientos transcurridos durante varias décadas. Pero después de todo, bien puede existir algo de pasional en algunas venganzas, y que choque al moralista monje Ratil Glaber. "A cambio de tasas, porque les obliga a situarse bajo su proteccién, Toda una violencia simbolica sostiene este sistema. DOMINIQUE BARTHELEMY nv 8 consciente. Le trata con miramientos con vistas a la reconciliacién futura, siempre bastante préxima en la medida en que no se trata tanto de querellas de sangre como de luchas por ventajas materiales y territoriales mas fécil- mente compensables que un asesinato. Y también para ganarse la opinién nobiliaria con un comportamiento honorable, conforme al derecho, cuando menos defendible en un juicio. De este modo espera atraerse a quienes, teniendo vinculos con las dos partes, deben escoger un campo o interpo- nerse como negociadores. Asi pues, los caballeros del siglo x tienen entre ellos algunos hermosos gestos de clemencia y de estima. Resulta necesario precisar todavia que la astucia', los golpes a traicién, los actos de incle- mencia no resultan tampoco extrafios; los caballeros reales s6lo lo son a medias'*. Queda la huella comin a las sociedades de faida, en su diversi- dad: sus miembros respetan numerosos cédigos y normas en el desarrollo mismo de las «enemistades». Por tanto, debe relativizarse aqui layiolen- cia abierta, Pero resulta necesario también destacar, en el enfrentamiento social que se opera y se reproduce con ocasién de las «guerras feudales», una considerable violencia simbélica contra el campesinado. Ideologia, cédigos y practicas de la faida caballeresca : Asi, puede mostrarse como el cronista Flodoardo, por muy sobrio y factual que resulte, participa también de esta violencia simbélica en los pe- quefias explicaciones que ofrece y en algunas de las palabras que emplea. Si se le ha de creer, las acciones de guerra se argumentan y cuentan con objetivos precisos (922, ob persecutionem): expone por ello las razones de los protagonistas, presenta la faida como un acto natural. Los principes no parecen vengarse de todos los dafios que han podido sufrir, sino que esco- gen tan solo reparar ciertas «injusticias» con preferencia sobre otras, para justificar las operaciones técnicamente posibles y estratégicamente titiles. Existe incluso, en un aflo determinado, una especie de vacilacién, como si cada cual tuviese su turno, y ademas fuese tnico: en 954, por ejemplo, | Herberto IT de Vermandois ocupa por sorpresa el castillo de Roucy. Re- eprple oe Venganea- | ayahoad '? Acerca del dolo denunciado como alevosfa, vid. Annales, p. 86 (943), p. 148 (960). '* Existen con todo caballeros vencidos a quienes se quiere deshonrar (Annales, p. 9. 922) a los que se mutila (ibid, p. 57, 933). La queja de traicién provoca el exilio (p. 81), la mutilacién o la muerte. Los gestos caballerescos de perdén al enemigo se realizan a menu- do a peticién del mediador de paz que se convierte en intercesor, o por stiplica del vencido: sin embargo, Flodoardo menciona tantos o mis pactos que stiplicas, como sefial6 Geoflrey Koziol. Begging Pardon and Favour, Ritual and Political Order in Early Medieval France, Ithaca-Londres, 1992, pp. 110-111 LACABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESBE REIMS 23 naldo de Roucy lo recupera de inmediato, mediante la cesion de algunas aldeas a Herberto'*, pero no se siente satisfecho con ello. En revancha se apodera de Montfélix, una fortaleza de Herberto, del mismo modo «fur- tivo». Asediado entonces por su adversario, puede entonces intercambiar mensajes con él para entregarle Montfélix, «sdlo cuando el sitio se levante, y si establece un debate jiidicial sobre los castillos que se habian arrebatado mutuamente»'’, Recupera entonces sus poblaciones y entrega Montfélix. El adverbio mutuo constituye la palabra clave en toda esta cuestién. Flodoardo emplea a menudo el término para indicar la reciprocidad de los golpes a prop6sito de los saqueos «mutuos» entre sefiores"®, lo que supone una forma subrepticia, probablemente inconsciente, de disimular el caréicter indlirec- to de seiiorial: las auténticas victimas resultan ser los campesinos y en el momento de la paz los caballeros se consideran reciprocamente compensados, por concesiones equilibradas, de los dafios efectuados a los dependientes del otro. Por otro lado, el equilibrio no consiste tanto en un fenémeno que se establece precisamente sobre el terreno como en el fruto de un acuerdo convencional fijado en los pleitos. En este sentido, la faida supone una construcci6n ideolégica permanente. Existen por tanto relaciones de enemistad, facilmente transformadas a menudo en alianzas, mas que hgstilidad radical entre protagonistas del mis- mo rango. El diélogo nunca se interrumpe durante demasiado tiempo. Aca- bamos de ver a los dos rivales del afio 954 intercambiar mensajes mientras combatian; no dejaron de emplear a la opinién publica como testigo. Cuando Jas circunstancias lo permiten o su interés lo aconseja, pueden reconciliarse y pasar a las demostraciones de amistad. Antes incluso de este completo giro, se ofrecen soluciones provisionales, mediante numerosas treguas pactadas, coffo sin intercambio de rehenes"”. Mediadores ligados a ambas partes se ponen en marcha o incluso se implican con presiones morales y militares para alcanzar la paz'®. La impresi6n resultante es la de una sociedad que iplina, no de una barbarie que slo la Iglesia se interesaba en 4 Annales, p. 139 (954). "= Ibid. p. 140 (954). "© Ibid, pp. 93 (944), 139 (954). " Trewgae vel indutiae belli (p. 105, 947); vid. entre ottos, pp. 79, 85, 97, 123, 125, 1 isi. " Entre otros, pp. 40 (928), 97 (945), 100 (946), 123 (949), 126 (950), 146 (959), 149 (960), 150 (965), 152 (962). A menudo se trata de la ayuda mediadora de un tercero (p. 123). Este tema ha sido estudiado con profundidad para la Alemania de los Ot6nidas y los Salis: vid. Gerd Althoff, Spieiregein der Politik im Mittelalter: Kommunikation im Frieden und Fede, Darmstadt, 1997, especialmente p. 240, y Hermann Kamp, «Vermittler in den Kon- flikten des hohen Mittelalters», La Giustizia nell’alto Medioevo (secoli IX-XI), Spoleto, 1997 (Settimane di Studio del CISAM, XLVID), pp. 675-710. 2 DOMINIQUE BARTHELEMY combatir. Un lector apresurado podria considerar que Flodoardo presenta a Luis IV de Ultramar y a sus compafieros como nifios grandes demasiado emotivos: acaso no pasan demasiado aprisa de la alegria a la tristeza y viceversa? Pero cuando este monarca y el duque Hugo el Grande montan en c6lera, en 950, el uno contra el otro'’, parece tratarse mas bien de men- sajes destinados a la opinién publica y al rival; en suma, la expresién de una amenaza. En otros términos, no se apresuran a pasar a las acciones de guerra, sino que manifiestan su irritacién para intimidar al adversario mientras presentan sus propias quejas, porque la célera o [a tristeza, como la alegria, cuentan con motivos perfectamente comprensibles. Asi pues, en el horizonte inmediato de los Annales de Flodoardo se apre- cia una verdadera presién social y moral, que tiende a limitar las guerras, a equilibrar sus resultados, a declarar justos y necesarios los compromisos mediante concesiones mutuas entre componentes del mismo munglo. Todo ispo 0 sefior que quiera alcanzar ventaja demasiado aprisa, 1 He la dema: lejos. demasiado fuerte, debilita la_ justicia de su causa y adquiere un néimero creciente de enemigos; de este modo se establece una serie de contrapesos a todo movimiento neto, en un sistema que se ha cali- ficado como viscoso”, una organizaci6n politica relativamente estable. Ni siquiera las numerosas «traicionesy, por las cuales un castillo o una poblacién son entregadas al enemigo, pueden considerarse auténticos sinto- mas de descomposicién social. En primer lugar, la frecuencia de este repro- che tiende a probar que la faida se encuentra regida por leyes no escritas”, es decir, por normas subyacentes, al menos implicitas, cuyas infracciones pueden sefialarse. Numerosos clérigos y caballeros se encuentran vinculados alas dos partes, deseosos de ofrecerse al mejor postor, capaces de excusarse de la infidelidad a uno por Ja fuerza reconocida al derecho del otro. Aun a riesgo de verse acusados de traici6n por el vencedor, tinico delito que per- mite castigar a un caballero con su vida o con sus miembros™. Debe recor- darse que los «castillos» asediados son plazas fuertes bastante amplias con un grupo de caballeros, oppidani, con varios puntos fuertes y en ocasiones una «cjudadela» (arx) o torre (turris), un tltimo reducto; en estas fortifica- " Annales, p. 128. ® Vid. mi ensayo L’an mit et la paix de Dieu, Paris. 1999, p. 215. Annales, pp. 46 (930), 70 (938), 72 (939), 73 (939), 82 (941), 91 (944), 122 (949), 145 (058) Segtin la expresi6n cara a Gerd Althoff, Spielregein der Politik im Mittelalter... Se puede también acusar de traicién a alguien para expulsarlo (Annales, p. 81,941), 0 desenmascarar un proyecto de traicién antes de su cumplimiento, y castigar con Ta muerte 0 el desposeimiento a los «traidores» (p. 84, 942 y p. 148, 960). Flodoardo sc contenta a me- nudo con una mencién lacénica de los condenados a muerte (p. 41, 944 y p. 148, 960, para un tehén hijo del conde), LA CABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESBE REIMS iones plurinucleares no siempre reinan la concordia y el buen entendimien- (40... Sin contar con que numerosas traiciones se producen en lugares que han cambiado recientemente de sefior y agrupan entonces a los opositores —al mismo tiempo que resultan de un sistema de rivalidades superpuestas, en el que las luchas entre los simples oppidani, caballeros de un mismo castillo, o cives, caballeros de una misma plaza fortificada, interfieren con las de los més grandes—. Las ciudades amuralladas y los castillos del siglo x consti- tuyen centros privilegiados del complot y la sospecha entre préximos. Los homenajes La faida caballeresca se presenta por tanto como una auténtica practi- ca social, que reproduce el orden sejiorial postearolingio. ¥ eso es lo que ocultaban tanto las deseripeiones de la «primera edad feudal» de la vieja escuela, hasta Mare Bloch inclusive, como los relatos de la «mutacin feudal del afio mil» escritos 0 amparados por Georges Duby. Queda por observar todos los c6digos y retos de esta faida caballeresca, con sus especificida- des en relacién a otras faidas hist6ricas, como la venganza de sangre de los francos de Gregorio de Tours, y con sus variantes en el tiempo y en el espacio. Stephen White y Patl Hyams han proporcionado recientemente Uitiles aproximaciones*. En resumen, cada fuente nos ofrece su perspectiva particular. Flodoardo describe a su manera, breve y sintética, los hechos esenciales, sin detalles, sin hacer hablar a los protagonistas —a excepcién de Ia queja argumentada del rey Luis TV (una querimonia al estilo del siglo x1) en su encuentro con Hugo el Grande ante el concilio de Ingelheim en 948—. A través de sus Annales, encontramos todo Jo necesario para situar Jos homenajes vasalléticos en su contexto faidal, y alguna informacién més sobre las excomuniones. Ccurre, asf, que un cambio de alianzas*)se traduce en un homenaje de manos, es decir en una recomendacién 0 entrega de uno mismo. Pero Flodoardo no derrocha esfuerzos para describir el gesto 0 recoger las pa- labras del acuerdo: tan solo existen dos expresiones: entregarse, hacerse * Sthepen White, «The Politics of Anger», en Barbara Rosenwein (ed.), Anger’ Past. The Social uses of an Emotion in the Middle Ages, Cornell University Press, Ithaca y Lon- dres, 1998, pp. 127-152. Paul Hyams, «Homage and Fief: 2 Judicious Separation», en Natalie Fryde, Pierre Monnet y Otto Gerhard Oexle (eds.), Die Gebenwart des Feudalismus/Pré- sence du féodatisme et présent de la féodatité! The Presence of Feudalism, Vandenhoeck y Ruprecht, 2001, pp. 13-49. Encierto sentido, el homenaje forma una unidad con latraicién, encuantomediode sefialar en pablico, o en un contexto semiptiblico, su afeccién a uno y su defeccién respecto al otro. 26 DOMINIQUE BARTHELEMY Suyo, y en realidad ni siquiera menciona las manos. Al menos seftala con _ bastante frecuencia el rito vasallatico, en general cuando algunos grandes se entregan al rey, 0 ciertos caballeros al arzobispo Artaldo de Reims. Por el contrario, el vinculo con Ia entrega o Ja garantia de una tierra apenas consta. Sin embargo, aparece puntualmente cuando el duque Guillermo Larga Espada”, 0 el conde Amulfo de Flandes, «reciben» (es decir recu- peran) de un monarca su principado, o cuando fieles recientes ven confir- mado 0 «entregado» un bien: Luis IV de Ultramar entra en Laon en 938, asedia la nueva torre construida pot Herberto de Vermandois, la conquista a duras penas e, inmediatamente después, entrega su custodia a «Eudes, hijo de Herberto, que le habia prestado homenaje muy recientemente»””, El arzobispo Artaldo de Reims, en 948, al registrar la afeccién de caba- Heros locales del partido de Hugo de Vermandois (¢1 anti-arzobispo), «re- cibié a algunos, y les entregé los bienes que habian tenido, y reehaz6 a los demas» —entendamos que les aparta confiscando los bienes de su interés—. Yo dudarfa por tanto en insistir con excesiva firmeza, a_partir_ de este texto, en Ia relacién entre el homenaje_y el feudo o incluso en la existencia de la misma, y en la importancia de ambos en la sociedad del siglo x®. Si Flodoardo habla de ellos como de paso, sin describir el Tito ~ con detalle, ;no serd que lo considera implicito, que se trata para él de | aspectos de la vida social tan naturale como un matrimonio o un apadri- namiento? En manos de Susan Reynolds, la antropologfa se ha convertido | recientemente en un arma de destruccidn, tanto de la feudalidad en cuanto | sistema como del vasallo y del feudo en s{ mismos, y bastarfa posible- mente con reorientar estos tiltimos hacia un marco de sociedad de faida, con sus relaciones de enfrentamiento reversible, con la funcién que aqui encuentran la ”. Todo ello nos presenta un informe mas equilibrado que Ia paz de Dios de Aquitania y del afio 1000, donde fa aplicacién de los decretos resulta peor conocida. Se aprecia claramente el engarce —no me atrevo a decir el desvfo— de la excomunién en el sistema faidal, de connivencia entre ene- migos y propicio a conservar un riguroso orden social para el campesinado. Se trata también de una imagen menos engajiosa, pues no existe aqui una gran presencia de reliquias susceptibles de hacer creer en una movilizacién «popular. Es cierto que el arsenal de medios puesto a disposicién de esta legislacién parece en principio més limitado: no hay aqui juramento ge- neral, ni parroquianos especialmente movilizados, ni relatos de milagrosas venganzas divinas (salvo a propésito de los piratas normandos). *-Y no existe aparentemente venganza posible; el cuerpo fue conducido a Reims, proba- blemente para unos funerales cristianos. © Vid. la Historia Remensis, IV.6, p. 80 a propésita de la de Aledramnus, en tiempos del arzobispo Foulques (883-900): el motivo determinante no era tanto la ley de la Iglesia como la animosidad. * Hacia 900 aparece una formula en Reims mas impresionante que las del siglo IX: ef. Lester Little, Benedictine Maledictions. Liturgical Cursing in Romanesque France, Wthaca- Londres, 1993, p. 37. * Annales, p. 136 (953). “Ibid, p. 25 (924). © Ibid, p. 156 (965). LA CABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESDE REIMS 31 En la provincia de Reims, en tiempos de Flodoardo, la legislacién con- ciliar guarda también un lugar particular al monarca, encargado de repri- mir las predaciones (Trosly, 909), y Luis IV, sin duda por este motivo 0 con ese pretexto, entra en campafia en 938 contra el sefior «bandido» de Montigny-Lengrain; toma el castillo pero le perdona Ia vida, debido a Ia intercesién del arzobispo Artaldo de Reims“, Papel clasico para un prelado cristiano, ;y muy apropiado a la indulgencia de clase que comporta el sis- tema faidal! En cuanto al neocarolingio Luis IV, en su debilidad se apoya en san Remigio y se beneficia de la proteccién especial del papa, que le envia pan bendecido como a su padre y cuyos legados dictan regularmen- te la excomunién para quienes se le oponen‘®; de seguir a Flodoardo, esta se presenta como si tuviera rango de ley mayestatica. En Ingelheim, en junio de 948, el rey pudo exponer todas sus quejas contra Hugo el Gran- de, propuso de paso un combate singular con él* y consiguié que se le dictase un anatema debido mds a su rebelién contra el monarca, su sefior, que por la depredacién de los bienes de iglesias. En Tréveris, dos meses més tarde, la asamblea de clérigos y de laicos contribuirfa con su aplauso a esta sancién’!, ,Pero debe decirse «sancién» o simplemente «amenaza»? Porque se emplea aqui la célera de Dios (como en Trosly en 909) para intimidar a la gente, y se organiza una movilizacién contra el gran duque, para contentarse a continuaciéh con operaciones limitadas y con un per- d6n bastante répido. Parece en suma una amenaza eficaz y una importante presi6n contra un principe que habfa Tegado demasiado lejos: acabé por abandonar Laon, pieza clave de Luis TV de Ultramar en el tablero francés. En este sentido, las excomuniones no resultan «inoperantes»; hay que decir que sirven, en cierta medida y entre otros elementos, en un vasto sistema de gjvalidades reguladas que propondrfa denominar, parafraseando a Pierre Bourdieu, el campo faidal. - En el mundo de Flodoardo, en suma, existe un pensamiento cristiano que limita y orienta las enemistadas. En Richer, vamos a encontrar al mis- mo tiempo un acento més intenso sobre la venganza de honor y otro tipo de excusas para renunciar a ella: las basadas en una idea romanizada del espititu ptblico. * Ibid, p. 68-69. * Ibid, p. 40 (928), 33 (942), “Ibid, p. 112. S' Ibid, p. 118-119. 32 DOMINIQUE BARTHELEMY LAS DESVENTURAS DEL HONOR Richer de Reims, un monje impregnado de caballeria Con Flodoardo, nos encontrébamos en un afio 1000 al estilo de Ratil Gla- ber y Ademar de Chabannes. En el perimetro entre Reims, Laon y Soissons, 5 os transmiti6 la dureza de hambrunas y epidemias, ademds de las incidencias climaticas, y también las guerras entre caballeros castellanos, combinadas \ con pleitos; nos manifesté su gusto por las reliquias milagrosas, aceché los -signos del Cielo y recogié los relatos de visiones. Por contra, Richer, pese a su condicién de monje de Saint-Rémi de Reims en los afios 990, nos aleja, Paraddjicamente, de este afio 1000 de los religiosos. Se apoya en Flodoar- do en los dos primeros de sus Cuatro libros de la Historia®, pero amplia notablemente el relato de los afios 919-954. Sin embargo, no afiade nada de cardcter religioso, sino narraciones de combates épicos, descripeiones de maiquinas de asedio y parrafos sobre el honor, la venganza y la fidelidad, (Nos muestra las ideas y los valores de la caballerfa del afio 1000, pero no el \providencialismo y el moralismo vehemente de Ratil Glaber. En su conti- nuacién hasta 996, no deja de recordar el episcopado de Adalberén de Laon (969-989) con sus aportaciones al tesoro de la catedral y ala reforma de los monjes, ademds del conflicto entre Amnulfo y Gerberto por la sucesi6n, pero todo ello en un ambiente bastante pdco sacro, sin la mas minima de esas «anécdotas milagrosas» que salpicari los libros de Ratil Glaber y Ademar de Chabannes. No seré Richer de Saint-Rémi quien magnifique la entrada de un lobo en una iglesia, o quien trate de anticristo a un mal clérigo, Su interés 7 Por la medicina va en paralelo a una cierta falta de diligencia para recoger relatos de visiones y de milagros (venganzas 0 curaciones) como hacia el propio Flodoardo, pese a su concisién en cuanto al resto, a Richer nos introduce en otras pistas distintas a las de un sobrenatural omnipresente. Su inclinacién parece més bien la de interpretar el siglo x de manera demasiado romanista para nuestro gusto, otorgando a unos feudales reputados savajes una concepcién ciceroniana de la respublica, y enrolandolos a la fuerza en un orden ecuestre, cuando los crefamos tan orgullosos de su independencia. Le gusta describir 0 imaginar los ceremo- niales regios®. Ademés es hijo del caballero Ratil, el vasallo tan valiente como astuto que ayud6 a su seftor el rey Luis TV a conquistar Laén para vengarse de Hugo el Grande™. Con los fragmentos de bravura propios de © Este es el titulo al que propone volver Michel Sot, «Richer de Reims...» * Comentados por Geoffrey Koziol, Begging Pardon... pp. 114-121; seguin este historia- dor, la dignidad regia adquiere por tanto un relieve mayor en tiempos de Richer. * Histoire, 1, pp. 274-281 (1187-91); otra actuacién paterna a favor de la reina Gerber- ga: t. IL, pp. 16-19 (IL8-9), LA CABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESDE REIMS 33 la ret6rica salustiana, Richer alterna descripciones de maquinas de asedio con paginas que huelen a cancidn de gesta. Perturba nuestros esquemas habituales, pero ;c6mo no tomar en serio sus concepciones del honor, que estructuran sus intrigas y pueblan los discursos y los didlogos que recons- truye a su manera? Porque, en tltima instancia, podria Richer imaginar lo que fuera, sin relacién con el mundo al que pertenece tanto como sus héroes? {No conocia mejor que Robert Latouche, su traductor y detrac- tor de 1937, las expectativas de sus lectores? Esto podria sorprendernos, pero es asf, acabamos de observarlo en Flodoardo: las guerras internas, que son el tema principal del libro, como sefiala el prélogo, se desarrollan en buena medida ante la opinién del medio caballeresco y eclesidstico, se efectian también a golpe de argumentos, movilizan tanto la habilidad ret6rica y el sentido de la «comunicacién politica» como el coraje y el talento guerrero. Al igual que otros muchos monjes medievales, y como después de él Suger de Saint-Denis, Richer de Saint-Rémi de Reims se revela bastante ambivalent. Con frecuencia proclama su aversi6n a la discordia, e impu- ta a las guerras civiles todos los males del reino, a partir de lo que deno- minamos la revolucién feudal (877-888). Asi, en 981, a propésito de la enemistad pasajera entre el rey, Lotario y el duque Hugo Capeto, «se en- frentaron no tanto con las armds como con golpes bajos; por esta querella de los principes el orden ptiblico sufrié considerablemente; se produjeron numerosas expoliaciones de bienes y opresiones de los desgraciados, y los malhechores hicieron aumentar las peores calamidades de los menos po- derosos que ellos>™. Por otra parte, esos malhechores no son, quizas, sino pequeiios y medianos vasallos, familias como aquella de la que procede el propio Richer. Su alusi6n al orden piiblico prueba ademas la sensibi- lidad de la época hacia esta nocién. Pero al mismo tiempo, comprende y somete a la aprobacién de su lector las ideas de honor y de venganza que alimentan estas mismas guerras civiles, Que el «mediocre» Haganon haya suplantado en el entorno de Carlos el Simple al muy noble marqués Ro- berto, resulta una ofensa evidente para el honor de este iltimo, de la que no puede guardar sino resentimiento; valora la situacién con sus allegados caute pertractans®, no debe haber violencia sin razones ni célculo. Ven- gar una afrenta, tal es el motivo declarado de diversos ataques relatados por Richer, que no emplea una sola palabra de comentario contra ellos —ni siquiera cuando el ofendido exagera la afrenta, como Hugo el Gran- 5 Ibid, t. II, p. 114 (HIL89), % Ibid, t. IL, p. 40 (1.16); vid. también p. 42 (1.17), p. 154 (11.19), p. 196 (IL43), p. tH, p. 184 (1V.25) 34 DOMINIQUE BARTHELEMY de, 0 cuando lava su honor empleando sobre todo Ia astucia, como Otén el Grande en 9425’—. El honor del que se trata tiene sin duda un cierto sentido moral, pero no consiste tanto en una lealtad de fondo como en la capacidad de respuesta. Un honor de guerreros que, en principio, no tienen miedo a verse envueltos en el riesgo y la confrontacién, dispuestos a mo- rir mds que a servir y sufrir —y, sobre todo, dispuestos a que sus vasallos mueran y sus campesinos sufran, mientras se mantenga su propio rango en la cristiandad 0 el reino— Asi pues, en Richer se encuentra la vida de los valores, antagonistas pero complementarios, de venganza y de paz. Los restituye mucho mejor que el lacénico Flodoardo, y ocupan su lugar pleno en las relaciones entre sefiores y vasallos, en cuanto que suponen tipos de confrontaciones Sai- dales donde la amistad puede trocarse en enfado, especialmente si uno de los dos lados se aproxima a un adversario del otro o favorece p un rival. Nos ofrece campo suficiente para repensar los vinculos vasallaticos sin suprimir el concepto histérico de vasallo. Este lazo revela menos un sen- timiento profundo que una unién publica. Ya no se trata de un asunto de individuos aislados, despegados de su ambiente social. Con sus dificultades ¢ intermitencias, la relacién entre sefior y vasallo depende de una densa red de relaciones y se refiere a todo un conjunto de normas implicitas, en ocasiones divergentes. : Aunque se aprecie la invencién de Richer, los discursos y debates escri- tos en un buen latin que salpican sus Cuatro libros de Historia, adquieren por tanto sentido en un contexto de feudalidad faidal. Pertenecen al mis- mo grupo que los relatos de luchas contra los «piratas» normandos y los «tiranos» francos que en 1900 Philippe Lauer recuperaba al mismo tiem- po de Dudon de Saint-Quentin y de canciones de gesta como Gombord ¢ Isembard, Renaud de Montauban 0 Raoul de Cambrai®. Pero, bajo la influencia del paradigma «tradicionalista» sobre el origen de las canciones de gesta, Lauer ponfa en competicién con el propio Flodoardo, en el plano de la verdad evenemencial, estos poemas que consideraba elaborados tal cual desde el siglo x y transmitidos oralmente a los transcriptores del siglo xl. Asi pues, en este terreno, el trovero supuesto o la tradicién invocada aqui y alld por Richer tienen Ja partida perdida de antemano. Sin embar- go, lo que nos interesa en Richer es la vida de los valores faidales: y esta se prolonga desde el siglo x al xi, cuando los epopeyas son elaboradas y reelaboradas a partir de nicleos acrisoladores de historicidad: un nombre 7 Ibid, t.1, pp. 174-178 (1131-33). * Philippe Lauer, Le régne de Louis IVd’ Outremer, Paris, 1900 (Bibliothéque de Ecole Pratique des Hautes-Etudes, 127), pp. 267-276. LA CABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DES REIMS 35 de rey 0 de conde, el lugar de una batalla. El mismo clima, la misma te- miética, en ocasiones los mismos procedimientos discursivos, pueden asi encontrarse en los despliegues de Richer sobre los combates de 888-954 y en los cantares de gesta. Se trata de cifras agrandadas, hazaiias sobredi- mensionadas, propésitos proclamados en peligro de muerte y en ocasiones realizados, de mantenerse fiel y firme en el derecho. Se trata también de debates entre Ia venganza y la paz, en el marco de un pensamiento socio- juridico demasiado subestimado hasta ahora por los comentaristas moder- nos de Richer, tanto como las canciones de gesta. Tampoco en el libro I Richer resulta un simple interpolador de Flo- doardo. Selecciona los préstamos, y emplea un estilo narrativo propio. Un libro de historia no tiene las mismas dimensiones que unos annales, y posee una verdadera trama novelistica, teje intrigas, construye personajes: reyes, principes, prelados y caballeros «medianos» como Ingon, Haganon, Rail, padre del narrador. Hace surgir un «mundo» socio-politico, en el que podemos entrar sin quedar paralizados por el recelo, siempre que estemos avisados de lo que debe entenderse como Galia u orden ecuestre. Richer impone la idea de una sociedad de rangos y de uma comunidad politica de reino, que contradice con vigor el paradigma modemo de una «primera edad feudal» sin sentido de estado ni otros lazos que el de hombre a hombre; y al mismo tiempo disuade dé que se vea este orden ecuestre como una verdadera institucién y de creer que 1a majestad regia se traduce en juri dicci6n implacable. La realidad postcarolingia que él observa y explica a su manera aparece as{ netamente descolgada de la Antigtiedad romana de donde provienen esas expresiones «pretenciosas», pero el «régimen feu- dal» no puede ser considerado, como en el siglo xix, la antitesis exacta del «tégimen antiguo». Las donaciones en feudo, los homenajes de vasallos, no adquieren su sentido y relieve hasta quedar inscritos en una sociedad politica efectiva. Richer establece el eje de su His‘oria sobre los Neo-ca- rolingios y los Robertianos, rodeados de otros principes, de obispos y de una masa de vasallos grandes y medianos; menciona asi, sobre todo, las donaciones regias y los homenajes a los monarcas. Pero con ocasién de corrupciones de caballeros castellanos, en Montreuil-sur-Mer 0 en Melun- sur-Seine, resulta necesario entrever una «feudalidad de segundo orden». Y podria quizas existir, todavia mas abajo, un tercero, y hasta un cuarto, pero nada permite afirmar que pueda encontrarse lo que falta en los grandes y medianos vasallos: la autoridad mas estrecha de los jefes, tal y como la quiere la mitologia moderna de Ia primera edad feudal”. © Ni siquiera Mare Bloch quedé completamente libre de ella: vid. La société féodale, Paris, 1968 (3." ed.), pp. 318-333 [ed. espaiiola, Madrid, 1987]. 36 DOMINIQUE BARTHELEMY Richer introduce en escena y en el relato situaciones feudales que Flo- doardo ni siquiera contemplaba®. Los desarrolla y discute de tal manera que la impresién de la lectura es completamente distinta, Los Annales de Flodoardo hacian aparecer Ia faida caballeresca como una préctica social Tegular, muy poco mortal entre nobles que se infligfan dafios «mutuos» en {a espalda de los campesinos y se disputaban los castillos como peones de ajedrez. En la Historia de Richer, el saqueo de los campos no queda silenciado del todo: en el libro II lo hace emerger la incorporacién de Flo- doardo®, y en los libros IIT y IV reaparece aqut y alld, Pero en el conjun- to, el interés se concentra, hasta el punto de hacer olvidar todo aquello, en los retos del honor y los riesgos vitales en las Juchas de caballeros. El sufrimiento del siervo tiende a desaparecer de nuestra mente, en provecho de las aventuras de sefiores y vasallos, de sus agravios narcisistas®. Las «disensiones de los Galos» a las que se vincula la Historia se tgansforman esencialmente en querellas de honor y de prelaci6n: en teoria, y en oca- siones en la préctica, se trata de luchas a muerte. Pero tienen mas relacién con la limpieza de manchas morales que con dafios materiales. El interés y el patetismo ganan enormemente, y lo que pierde de historia de los acon- tecimientos se recupera en el plano de los valores. Asi, los Cuatro libros de Historia de Richer constituyen una fuente muy vatiosa sobre la cultura del hoor, con sus proezas, sus venganzas y sus balandronadas. Me propongo aquf analizar algunos de sus episodios, uno por libro. El vinculo vasallético aparece primordialmente como una solidatidad reivindicativa; no es el primer deber del vasallo vengar a su Sefior, sostener sus reclamaciones, aun a riesgo de morir por é1? ““Y hasta un rito de homenaje que se practicarfa colocando las manos, no en tas del sefior, Sino bajo sus pies, pedibusque manus supponunt: t.11, p. 162 (IV.11). Segtin Heinrich Fichte. nau, Lebensordnungen des 10.Jahrhunderts, Studien tiber Denkart und Existenz im einstigen Karolingerreich, 1, Stuttgart, 1984, p. 40, se trataria de una ayuda para montar a caballo. “Asfen tL p. 141 (IL8): los campos de los alrededores fueron despoblados que, pese a todo, resume a Flodoardo (Annales, p.70, afio 938), saquean ¥ hostigan las aldeas del sector. ‘Richer borra también las hambrunas y epidemias, demasiado interesado por diagnosticar las enfermedades de personas de calidad, principes y prelados, “ Richer recupera a Flodoardo a propésito de los estragos del ataque htingaro del aio 937, Pero elimina los relatos de preservaciones milagrosas de cosechas y de cautivos (Annales, pp. 66 4 68), y afiade el oprobio suftido por el rey Luis IV (11.7, —t. I, p. 139—. ® Segtin el ideal recordaclo en 1031 en el concilio de Limoges: Dominique Barthélemy, Lan mil et la paix de Dien... p. 388. LA CABALLERIA DEL SIGLO X. VISTA DESDE REIMS 7 Las devociones legendarias El primer libro nos conduce de 888 a 936, a la etapa de la pirateria normanda —tiempo todavia revuelto cuando Richer escribe, y en el que introduce elementos sin duda legendarios—. Surgido de repente de la penumbra social, un dia de violenta batalla, Ingon brilla por su herofsmo mas que por su obediencia ciega al circulo del rey Eudes, y es tanto como éste el héroe de Io que Philippe Lauer de- nominé la «leyenda odoniana» de Richer de Reims. Los piratas normandos habfan dejado maltrecha la hueste de francos y aquitanos, hasta tal punto que ningiin noble habfa quedado sin herida y todos eludian el glorioso y peligroso encargo de portar el estandarte real. Entonces se levanté Ingon, se ofrecié a realizar ese servicio, se expuso a la muerte, preocupado sin embargo de no ofender al honor de Ios més grandes que 1. Con el acuerdo de los prineipes, por donacién regia, Eudes convirtié entonces en gonfalo- niero (0 porta-ensefias, signifier), a este palafrenero de rango «mediano». Ingon condujo a la hueste a la batalla y los normandos fueron despedaza- dos. El rey solo perdoné 1a vida a su jefe, Catillus, a condicién de recibir el bautismo. Pero la sinceridad de su fe cristiana no resultaba dudosa? Inon Jo maté con su espada ab salir de las aguas bautismales, y por ese hecho, perpetrado en la basilich de Limoges, él mismo meree‘a la muerte. El rey le condené en el mismo campo de batalla, y apenas tuvo tiempo de abrazarse al altar de san Marcial y de reclamar a grandes gritos el derecho de comparecer y explicarse. Su protesta era simple y enérgica: habia actuado por la salvacién per- sonal de su sefior al mismo tiempo que por la salud piblica, pues no le quedaba duda de que Catillus se habrfa vengado duramente en cuanto hubiese sido liberado. Se trataba de una ejecucién preventiva, realizada para beneficio de todos. Si habfa ofendido a la majestad regia, Ingon se declaraba dispuesto a morir; se libraria asi de las heridas recibidas y que mostraba a la vista de todos. Escena emocionante, con los caballeros Ilo- rosos transformados en intercesores, y que evidentemente terminé con la vuelta al favor regio y una donacién del monarca: el castillo de Blois y la viuda del castellano anterior. Hermosa remisién para Ingon, que tuvo el tiempo suficiente para engendrar un hijo antes de sucumbir a sus heridas, diagnosticadas en detalle por Richer. Nos encontramos muy cerea de las leyendas de orfgenes** (aunque los condes de Blois no se remonten a ella) de las casas nobles de los siglos x1 © Vid. mis anotaciones en La mutation de lan mil a-t-elle eu lieu? Servage et chevalerie dans la France des X' et XI siecles, Paris, 1997, pp. 222-228, 38, DOMINIQUE BARTHELEMY Y XII, cuyo primer ancestro surge con frecuencia de improviso, defensor del pais 0 pirata rehabilitado, y conjuga su legitimidad magica con Ja heren- cia noble. Y si nos atrevemos a forzar un poco el anilisis de la situacion, glngon y los normandos no se hallan en una especie de competicién? Un Catillus liberado quizas le hubiese matado y recibido de Eudes el castillo y la esposa, 0 al menos hubiese podido rivalizar con Ingon por el favor del rey... Habrfa por tanto en la defensa de Ingon eso que se denomina una oficializacién de su propio interés privado, en una situacién sin duda ejemplar de la feudalidad faidal. Y su historia ilustra magnificamente Ia ambivalencia de la relaci6n con el sefior, que recompensa y condena. EI final del libro I y todo el libro II (consagrado al reinado de Luis IV, de 936 a 954) siguen los Annales de Flodoardo, escogiendo un poco y «am- plificando» mucho. En un bello excursus, Richer transfigura notablemente la historia de Guillermo Larga Espada, hijo de Rollén, asesinago el 17 de diciembre de 942 en Picquigny por la traicién de Arnulfo de Flandes. El acontecimiento supuso un duro golpe para los contempordneos; se recor- 6 y se compusieron variaciones diversas. Ademés de una cancién triste’S que Richer conocfa, contamos en la generaci6n posterior con las versiones de Dudon de Sant-Quentin y de Ratil Glaber“. Pero Richer es el tinico en hacer de Guillermo un vasallo que defiende con ardor, hasta el punto de morir, el honor mancillado de su sefior el rey Luis de Ultramar. En los Annales de Flodoardo, Guillermo Larga Espada no se muestra especialmente envuelto en la causa de Luis IV. Suftié la excomunién en 939 por haber saqueado las tierras del conde Arnulfo de Flandes, y Luis IV realizé una campana contra él con tanto més celo religioso en cuanto que formaba parte del bando contrario, el de Hugo el Grande y Herberto de Vermandois. Con ellos, el normando se incliné hacia el sajén Otén I, antes de arrepentirse y prestar homenaje al rey en 940. Es evidente que oscila entre las facciones y busca a través de sus homenajes @ monarcas como Carlos (927), Ratil (933) y por tltimo Luis, legitimar y garantizar su expansién hacia el oeste, en detrimento de los bretones. Busca y encuentra su interés a través del sistema faidal y de su viscosidad. Tuvo ocasién de oftecer al soberano una recepcién real en Reims, en 942%, antes de caer ‘© Recogida en Philippe Lauer, Le régne de Louis IV..., pp. 319-323, “ Dudon de Saint-Quentin, De moribus et actis primorum Normaniae ducum, ed. Jules Lair, Caen, 1865 (Memoires de la Société des Antiquaires de Normandie, 23), cap. 111.49 a 1V.10, p. 193-224; Ratil Glaber, Histoires, 11.39 (pp. 214-216), lo convieite en un crimen del conde de Blois, una mancha inicial de este oscuro linaje que castig6 en 1037 la muerte de Eudes Il. Acerca del ducado, David Bates, Normandy before 1066, Londres, 1982. © Annales, p. 84; sobre los ritos de recepcién regia, ef, Richer, Histoire.t. I, p. 132 a4), LA CABALLERIA DEL SIGLO X. VISTA DESDE REIMS 39 victima de la traicién (dolo) de Arnulfo de Flandes, al que le enfrentaba una enemistad de vecindad. Y esta muerte abre una competicién entre Luis IV y Hugo el Grande para recoger las alianzas normandas, en el curso de la cual el rey se bate duramente y conoce los peores momentos de su reinado (la cautividad) El espectacular asesinato hizo de Guillermo un héroe a titulo péstumo: Dudon de Saint-Quentin le presenta incluso como un mértir. Al perpetrar- se en un momento en ef que el «™. Pero en 981 los vasallos de Hugo Capeto le aconsejaron esperar su hora, no porque tuvieran una fidelidad limitada o vacilante, sino porque conside- raron la relacién de fuerzas. Antes de vengarse de Lotario, debfa esforzarse en alejarle de Ot6n. «Si te sublevas contra los dos a la vez, incurrirés en toda suerte de desgracias: serds acosado por las cabalgadas, por multiples emboscadas, incendios y rapifias. Y lo peor serén los numerosos rumores que correrén entre el pueblo pérfido; no se diré que ejercemos una legiti- ‘ma defensa contra nuestros enemigos, sino que nos querellamos contra el rey como rebeldes arrogantes y perjuros®.» La preocupacién por el «qué iran» resulta constante en el fnundo de Ia faida, porque los apoyos mas naturales no son autométicos: es necesario movilizarlos. O més exacta- mente, la infraccién por parte de Hugo Capeto de la norma fundamental de reverencia hacia los superiores constituirfa una buena excusa para todos aquellos que deseasen desvincularse de él o de aquellos que hoy le aconse- jaban. Podrian alegar «que no existe delito alguno ni perjurio en abandonar a us sefiores y levantar la cabeza contra ellos con arrogancia». Y evitar as{ morir por su sefior, apoyados sobre la moderacién misma del sistema feudal, fabricado en el equilibrio entre Ia guerra y la paz, sobre un fondo de conformismo social. Por rico y legitimo que resulte, rodeado de un nimero de vasallos ma- ‘yor que los neocarolingios. Hugo Capeto sigue siendo vulnerable moral y politicamente, debido a una cierta inferioridad de estatus. La idea regia se conserva viva en todas las mentes, no es solo llevada a duras penas por algunos hombres de Iglesia. Existe en el ambiente del afio 1000 una nor ‘ma conformista que desaprueba toda rebelién del vasallo; pero al mismo tiempo esta norma entra en conflicto con la exigencia de que el seftor le © Ibid, 1.11, p. 102 (H11.82). © Ibid, t.1, p. 196 (11.43); se trata de un aftadido de Richer en el bosquejo de Flodoardo. © Ibid, tM, p. 104 (HIL83). 44 DOMINIQUE BARTHELEMY trate como conviene™. De ahi, la doble exageraci6n de ciertas ofensas y de ciertos servicios, y la alternancia de vasallos «ultradevotos» y vasallos sultrarreivindicativos». Quizas haya que morir por aquel a quien se ha pres- tado homenaje de manos, tal como Richer hace decir y repetir a sus per- sonajes, pero siempre y cuando el vasallo heroico sea bien tratado, con las atenciones adecuadas a su rango, por el sefior y su familia, y especialmente si no entrega a otros las recompensas y presentes que considera merecer Por encima de ellos. Richer no se hace eco directo de esta visién «desde abajo», pero sefiala suficientes datos sobre las «traiciones» de caballeros castellanos como para permitimos discernirlas, Siempre puede encontrar se una raz6n, en el cimulo de normas implicitas de la feudalidad fuidal, para cambiar de campo segiin el interés particular. Los feudales conspiran y traicionan con la misma astucia y duplicidad que las canciones de gesta atribuyen al Otro, al Musulmén; véase a Eudes I de Blois yga Foulques Nerra en el cuarto libro de Historia. La maniobra y la traicién Flodoardo resultaba lacénico en materia de castillos liberados al enemi- 0 por uno de los caballeros de la plaza. Su libro IV trata en primer lugar del advenimiento de Hugo Capeto y de las reivindicaciones de Carlos de Lorena; aborda a continuacién las intrigas de Eudes I de Blois, entre 990 y 995. La familia de este conde ascendi6 bajo los robertianos antes de ad- quirir un papel protagonista (por una gestién que Raiil Glaber les repro- cha enérgicamente); se convirtié para ellos, en adelante, en un adversario ¥ un aliado tipicamente «faidal». Cuando en 990 Hugo Capeto necesité refuerzos para combatir a Carlos de Lorena, Eudes I le demand6 de in- mediato Ja transferencia de sus derechos de sefiorio sobre Dreux. Obtuvo su generosidad, «y consiguié sin tardanza el castillo concedido; vinculé Por juramento a los caballeros del castillo (castrenses) y les proporcioné hombres cuya fe hacia él sabia firme». Es tanto como decir que duda de los primeros, y no tardaremos en verle maniobrar con los segundos, con sus auténticos ficles, para desembarazarse de los caballeros de los castillos que ambicionaba. = © Muy presente en el Conventum Hugonis (Aquitania, hacia 1028); vid. Dominique Bar- thélemy, «Autour d'un récit de pactes (Conventum Hugonis): la seigneurie chatelaine et le f€odalisme en France au XI° siécle», en I! Feudalesimo nell’alto Medioevo, Spoleto, 2000 (Settimane di Studio del CISAM. XLVID, p. 447-489; y L’an mil et la paix de Diet... pp. 339-354. “ Histoire, t. I, p. 204 (IV.40) LACABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESDE REIMS a5 En efecto, poco tiempo después puso sus ojos sobre Melun, que el rey Hugo habfa cedido a un hombre «inferior a él», y rival suyo, el conde Bouchard, Eudes se abre a sus hombres de confianza. Reivindica el cas- tillo, que constituye una posici6n estratégica para franquear el Sena. Y, afiade, «no hay motivo para proclamar un delito de perjurio (hacia el rey) porque ya habfa sido poseido por su abuelo y lo encuentra ahora en ma- nos, no del rey, sino de un tercero»'®. No seria posible explicar mejor que el interés se encuentra en primer lugar, y que la justificacién mediante el derecho de reivindicacién viene mds tarde. No se reclaman todos los feu- dos que tericamente podria, en ese mundo de la faida caballeresca, como tampoco se vengan todas las muertes en la faida de los linajes de sangre. Por otra parte, Eudes I de Blois afirma que su fidelidad al rey no se pone en cuestién —no sin cierto aplomo, porque de paso resta cualquier valor a todo derecho del sefior a decidir personalmente sobre el reparto de bie- nes entre sus vasallos—. Uno de los fieles cercanos a Eudes se encontraré con el castellano que tiene Melun por el conde Blanchard, y anudan entre ellos una conjura. Sigue una suerte de didlogo socrético que conduce al castellano a reconocer los derechos de Eudes. En Montreuil-sur-Mer, en 939, intervino un corruptor flamenco més expeditivo"; aqui, se dirfa que el fiel de Eudes ensefia al otro una leccién para que la recite a €ontinuacién. A decir verdad, un velo pudico recubre la manera en que el castillo habia vuelto al rey (para evitar una mentira?), pero se hizo un perjuicio a Eudes al donar Melun a un hombre inferior a él (muy poco inferior, para ser sinceros). «Eso habia complacido al rey, sin duda, pero no sin ofender a Dios, como cuando a la muerte de un padre los huérfanos son privados de patrimonio». Asi pues jla traicién que se praquina aqui resultaria dictada por una especie de ideal caballeresco y seria agradable a Dios! El arte de estos hombres no se limitaria por tanto al mantenimiento de la espada y la lanza; también cultivan una lengua y unos argumentos. Evidentemente, Eudes no tiene nada de huérfano sin recursos, y nuestro volatinero del verbo se lo recuerda finalmente al castellano de Melun. Si consiente en pasarse a Eudes, éste le enriquecer4, tendré varios castillos en lugar de uno. Aumentard, hablando con propiedad, sus hono- res. Si, ciertamente, pero pregunta él, ;y el honor? Como crees que eso puede hacerse sin culpa ni vergiienza? La contradiccién supone un clisico en Ia historia de las aventuras del honor, entre el respeto a Ja ley moral y las infracciones que sufre en vista de un enriquecimiento del que depende la honorabilidad social... Pero el cazatalentos tiene respuesta para todos, * Ibid, tI p. 268 (IV.75). % Vid. la interesante anécdota sobre «el oro o la Have»: t. 1, p. 144 (ILI). 46 DOMINIQUE BARTHELEMY asume la culpa. Y para concluir que ante un rey impotente y sin gloria, no sdlo resulta conveniente preferir a Dios, sino también a Eudes, dotado de una gran baraka. Aqui, como en otras paginas de Richer”, podria hablarse de un Dios que encarna a la ; y esto recuerda en cierto modo a la transfiguraci6n vasallética de uno de esos suministros de rehenes tan frecuentemente invocados por Flodoardo y Richer®. Por otra parte, Foulques «destruirfa el castillo que habfa erigido en el feudo de Eudes» —in eius honore, en una tierra dependiente de él—. Y por ultimo, «él mismo se ofrecia a servirle como vasallo, si con ello no incurria en una ofensa al rey». ¢Por qué una ofensa? ;Porque no podia ser vasallo de dos sefiores? Sin embargo, Foulques considera, inmediatamente después, el empeiiar su fe y su homenaje al hijo de Eudes. Véase como una cldusu- la expresa de un acuerdo con el rey, 0 una medida general de este tiltimo, puede ser invocada para prohibirle el homenaje a su padre. Sin embargo, Foulques podré dar su fe a Eudes mediante juramento, lo que le obligarfa a no sostener contra él la causa de nadie «a excepcién del rey y de sus propios parientes mas queridos, tales como hijo, hermano o sobrinos»””. A decir verdad, parece que frente a todos estos gestos y palabras un poco enfaticos, el conde Eudes hubiese preferido algo mas sélido, es decir la restitucién de Nantes que le habfan arrebatado mediante la traicién. En ocasiones los ritos del vasallaje y del feudo sirven para pagar con prome- sas inttiles. En cualquier caso, el ejército real llega finalmente y Foulques aparta su mascara de humildad... Si ha de creerse el mensaje detEudes a Hugo Capeto, y a juzgar por el comportamiento de Foulques Nerra, entre los sefiores y los vasallos del siglo x y del afio 1000 no queda otra cosa que los gajes de la relacién fai- dal. Rehabilitar e] texto de Richer, utilizar las sugerencias de la antropolo- gfa no supone alejarse tanto de algunas constataciones de la vieja escuela: la debilidad de la autoridad regia, la autonomia de los feudales, grandes, medianos o pequefios. Sin embargo, ayudan a comprender los limites de los estragos, y a entrever una connivencia efectiva entre todos los protago- nistas nobles. Entre ellos s6lo existe una competicién en el tablero de pro- gresos, y ninguno niega la legitimidad social de los otros, y todavfa menos del principio de la realeza. El discurso de Adalberén de Reims a favor del adyenimiento de Hugo Capeto vincula, sin contradicci6n aparente, la idea de interés general y el elogio de la proteccién individualizada del rey”. En este sentido, feudalidad y orden publico no resultan contrarios. En lo relativo a los obispos del tiempo de Flodoardo (Hugo o Artaldo de Rei- ® Porejemplo, Histoire, t. IL p. 300 (IV.94); nos indica que Eudes de Blois entreg6 a Hugo ‘Capewo unos fieles en rehenes; asf pues, servir de rehén supone uno de los grandes deberes del vasallo hacia el sefior, complementario y apenas distinto del de ayudarle en su venganza. Ibid, t.11, p. 294-296 (IV.91). ° Ibid, tI, p. 162 (IV.11), «quem non solum rei publicae, sed et privatarum rerum tu- torem invenietis». LACABALLERIA DEL SIGLO X, VISTA DESDE REIMS 49 ms) 0 de Richer (Amnulfo de Reims, Adalberdn de Laén), ocupan su lugar pleno en esta sociedad que la astucia disputa al coraje, y donde la nobleza no duda en reclamar a Dios la defensa de sus intereses. Invirtiendo una célebre férmula de Guizot, para quien el régimen feudal se parecfa menos 4 la sociedad que a la guerra®, se podrfa sostener, por el contrario, que la guerra feudal se parece menos a la guerra que a la sociedad, mientras Ia sociologia nos conduce a discemir las relaciones de enemistad y de las conveniencias sociales entre adversarios. Ambos historiadores procedentes del Reims del siglo x constituyen por tanto grandes testimonios de esta faida caballeresea; el primero, Flodoardo, nos ayuda a seguir la traza de los pasos de los caballeros (0 de los cascos de sus monturas). El segundo, Richer, muestra ademas la huella de sus sue- fios, a través de los de su padre; y no resulta menos interesante, aunque su imaginacién poética le haga perder de vista a los campesinos. Porque en la misma medida en que los relatos de Richer se acercan a las canciones de gesta, de donde la vieja escuela obtenia su representacién efectiva de las guerras feudales, podemos establecer en qué sentido es necesario corregir esta tiltima; no resultan tan sangrientas como parece, y se encuentran mar- cadas por una colusién entre nobles, seiiores y vasallos, en la opresién de unos campesinos que no siempre eran siervos. En tiltimo término, la vision €pica del siglo x, por falaz qué resulte, guarda en si misma una funcién ideoldgica que ejercer, a favor de los nobles, cuyas virtudes guerreras hace sobreestimar, y también quizas la preocupacién por el derecho y el honor. Los discursos y las leyendas de venganzas directas enmascaran oportuna- mente, en general, la dureza de una préctica de venganza indirecta sobre los campesinos, y la deslealtad de algunos caballeros. Sin embargo, en la misma época de Richer de Saint-Rémi de Reims, la Iglesia de Aquitania desenmascara y rechaza, por principio, la venganza indirecta. Y promulga contra ella una legislacidn de paz de Dios. » Francois Guizot, Essais sur histoire de France, Paris, 1823, p. 362. Propuesta prece- ddida por la idea de que, pese a todo, de ahi puede surgir una sociedad, porque la energia y la dignidad del individuo se mantienen,