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EL SER HUMANO EN LA CAMPANA DE CRISTAL ROJA

Ludwig Wittgesntein

Si se compara con luz blanca el ideal puro espiritual (religioso), los ideales de las diversas
culturas pueden compararse con las luces de colores que surgen cuando la luz pura aparece a
través de cristales de colores. Imagínate un ser humano que desde su nacimiento vive siempre en
una estancia en la que la luz entra sólo a través de cristales rojos. Éste quizá no se pueda
imaginar que haya otra luz que la suya (la roja), considerará la cualidad roja como esencial a
la luz, en cierto sentido no notará en absoluto la rojez de la luz que le rodea. En otras
palabras: considerará su luz como la luz y no como un tipo especial de turbiedad de la única
luz (pues eso es en realidad). Ese ser humano se mueve de acá para allá por su estancia, exa-
mina los objetos, los juzga, etcétera. Pero dado que su espacio no es el espacio, sino sólo una
parte -delimitada por el cristal rojo- del espacio, sólo con que se mueva lo suficiente chocará
inevitablemente con el límite de ese espacio. Entonces pueden suceder varias cosas: uno se dará
cuenta de la limitación, pero no puede romper el cristal y acabará resignándose. Dirá: "¡Así
que mi luz no era realmente la luz! La luz sólo la podemos vislumbrar, y hemos de
contentarnos con la nuestra, enturbiada". Entonces, este ser humano se llenará de humor o
de melancolía, o de ambas cosas alternativamente. Pues el humor + la melancolía son
estados del ser humano resignado. Por eso el ser humano no los conoce antes de que haya
llegado al límite de su espacio, a pesar de que pueda seguir estando alegre + triste (pero alegría
y tristeza no son humor + melancolía). Otro ser humano chocará con la limitación del espacio,
pero no comprende del todo que se trata de la limitación y acepta el asunto como si hubiera
chocado con un cuerpo dentro del espacio. Para éste propiamente no cambia nada, sigue
viviendo como antes.

Finalmente, un tercero dice: tengo que atravesarlo e introducirme en el espacio y la luz.


Rompe el cristal y sale de su limitación a la libertad de lo abierto.

La aplicación: el ser humano en la campana de cristal roja es la humanidad dentro de una


cultura determinada, por ejemplo, dentro de la occidental, que comenzó aproximadamente con
la migración de los pueblos y alcanzó una de sus cumbres -creo que la última- en el siglo XVIII.
La luz es el ideal y la luz turbia el ideal de la cultura. Éste se considerará el ideal mientras la
humanidad no haya llegado todavía al límite de esa cultura. Pero tarde o temprano llegará a
ese límite, pues toda cultura es sólo una parte limitada del espacio.

Con el comienzo del siglo XIX (del espiritual) la humanidad topó con el límite de la cultura
occidental. Y entonces se presenta la acritud: la melancolía + el humor (pues ambos son
acres). Y entonces, claro está, puede decirse: todo ser humano importante de ese tiempo
(del siglo XIX) es o un humorista o un melancólico (o ambas cosas), y con mayor intensidad
cuanto más importante sea; o rompe la limitación y se hace religioso [y entonces también
puede suceder, ciertamente, que uno introduzca la cabeza en lo abierto, pero, deslumhrado por
la luz, retroceda y, con mala conciencia, siga viviendo en la campana de cristal]. Se puede
decir, pues: el ser humano importante siempre tiene que habérselas de algún modo con la
luz (esto le hace importante), si vive en medio de la cultura tiene que habérselas con la luz
coloreada, si llega al límite de la cultura ha de enfrentarse a ella y, entonces, es ese
enfrentamiento, su tipo + intensidad, lo que nos interesa de él, lo que nos conmueve de su
obra.
Más, cuanto más intensamente, menos, cuanto menos intensamente. El talento, por muy
extraordinario que sea, que ha tocado el límite, pero que sólo se conforma con él insulsa +
nebulosamente, ya no nos puede conmover con sus juegos, incluso con los más bellos (que
ahora ya han perdido propiamente lo esencial de la belleza y sólo nos gustan porque nos
recuerdan lo que era bello en un tiempo pasado); excepto allí donde se llega a una
confrontación más profunda. Éste -creo- es el caso de Mendelssohn. La peculiaridad -es
decir, la originalidad-, incluso la más señalada, no es lo que conmueve [si no, Wagner
tendría que conmovernos más que nadie], se trata sólo, por así decirlo, de algo animal. La
confrontación con el espíritu, con la luz, conmueve. Por esta vez, basta.

Este viernes (el 2/10) quiero ir a Viena y te ruego que me hagas saber, dejando un aviso en la
Kriehubergasse, si estáis todavía en Neuwaldegg o en la Alleegasse. Una cosa más: ten la
amabilidad de anunciarme para el sábado por la mañana o por la tarde + domingo.