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La muerte recorre todos los caminos, pero tiene sus preferencias.

Los hospitales, los oscuros callejones, son encrucijadas y son

quehaceres que esa gran trabajadora no desdeña, pero si le dan a elegir

prefiere un sendero que en el bosque se adentra. Huye de la

humanidad, como hacen los hombres, y es en esos parajes solitarios

donde mejor se encuentra. Las mañanas de escarcha, la leve

podredumbre de la hojarasca, la nieve que se intuye en las cimas

cercanas, oh, la breve sinfonía del tapiz otoñal en llamas. Placeres

sencillos que a la muerte conmueven, hasta hacerle creer que no es tan

eficaz y despiadada. Así, alejada de sí misma, no es difícil

vislumbrarla, dotarla de una sombra mortecina y paso fúnebre,

saliendo de la noche hacia la sierra de Guara.

Avanza tranquila, discurriendo más que andando, fluyendo con

el sabio desinterés del que ha estado en todas partes. Casi puedo

imaginar que tararea, camina y tararea, la musiquilla de un anuncio

trivial que acudiría a sus labios, si los tuviera. Casi alegre, casi

melancólica, se siente a un segundo de entender lo que hay que

entender, y casi como cualquiera, en esas circunstancias, se siente por

una vez vinculada al Universo, y no una forastera. Es preciso

comunicar este asombro, piensa, quiere que la reconozcan y que la

quieran.
La muerte poeta, quien lo dijera, y sin perder un instante busca

el material donde expresarse. Claro está que el papel sería un artículo

imposible y miserable, pero cuatro pasos por delante camina el hombre

que va a ayudarle. El pelo blanco asoma bajo el sombrero, lleva un

paso envejecido, una cesta de mimbre, un impermeable. En su mente,

la muerte va tejiendo el poema, que empieza por un rasguño en seda

roja, una mirada que poco a poco se anega, como se anega un huerto

humilde que se riega.

El viejo advierte que de repente el mundo es más borroso, que se

aleja. Ha tomado un desvío inoportuno, está desorientado y le flojean

las manos y las piernas. Sigue avanzando, ya a trompicones, y atrás se

queda un olor de hongos recién cortados, que sale de la cesta. Un tanto

asombrado se recuesta contra un árbol. No hay dolor y sí, es hermoso

el tapiz del otoño, que parece al alcance de la mano ahora que apenas

distingue las formas. Cierra los ojos y espera una señal, ansía recordar

a sus seres queridos, pero en vez de eso contempla un cadáver sereno

entre las hayas, un rumor de perros y de hombres que lo llaman, un

revuelo ansioso de los buitres que lo devoran y esparcen sus ropas al

viento. Después hay silencio y más silencio, y después un joven que lo

encuentra allí tendido, despojos y huesos.

El viejo ya no es el viejo, no recuerda ya sus pasiones ni sus

desgracias, no volverá a ansiar el sabor de las setas a la brasa. Sabe


que está siendo retenido, antes de desvanecerse, que se requiere su

presencia igual que se requiere su cuerpo es aquel rincón escondido.

Sabe que su desgracia es apenas un verso, que precede a otros versos,

que ese hombre herido que encontrará su cadáver, que pasará la noche

al raso bajo la nieve y junto a sus restos, será también asombrado

lector y rima, y sentido, será a la vez emisor, receptor y texto.

Prevé el horror en unos ojos tristes, un frío invernal y un frío

infernal que viajará desde su calavera a los intestinos de ese joven, que

es todos los hombres. Enfrentado a su destino, tendrá la vasta noche

para repasar sus cuentas, para ver que es nada la suma de sus días, para

ser víctima y testigo de esa extraña belleza, que es el comienzo de lo

terrible.

Setero muerto, a punto de morir, siente que la muerte está

contenta, ahora que se sabe un poco más poeta y un poco menos

señora de la limpieza. Un segundo antes de que se cierre esa puerta

tiene una última visión, unas voces que descienden por un camino

nevado; tiembla porrón, tiembla porrón, tiembla tiembla porrón,

vienen cantando. Piensa, setero muerto, que ese estribillo no pega en

esta historia tan seria, y el último aliento de inteligencia se consume en

simple curiosidad y no en trascendencia. Pero el azar y las canciones

chorras son cosas de la vida, y al segundo siguiente ya no le interesan.