SIMBOLOGÍA TEMPLARIA

LA TIZONA Y EL CASTILLO
TEMPLARIO DE MONZÓN

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Monográfico

En el maravilloso valle del Cinca medio, sobre un cerro de laderas escarpadas
a 65 km de Huesca, se alza el castillo de origen musulmán de
Monzón (siglo X). Fortaleza templaria durante los siglos XII al XIV, allí
fue cuidado e instruido por los caballeros y por el Maestre de la orden,
Guillén de Monredón, el rey Jaime I durante su infancia; y entre sus
inexpugnables murallas se custodió la Tizona, famosa espada del
Cid Campeador, quien casó a su hija Cristina con uno de los señores de
Monzón, Ramiro Sánchez, cuyo hijo sería el rey de Navarra, García Ramírez...
texto: Álex Guerra Terra
fotos: Maximus Hermes

E

stos son solo algunos
de los famosos episodios de una fortaleza
que, en nuestros días,
sigue dando fe de su esplendor
originario: una mole concebida
para resistir envites en la Edad
Media y desde la que, durante
siglos, se dominó una estratégica y significativa parte de la Corona de Aragón. Los templarios
dominaron las tierras de esta
parte del Reino de Aragón desde
el año 1143 hasta la disolución
de la orden, en 1309. Llegaron
a poseer 28 iglesias, repartidas
por una extensa área geográfica
que incluía un amplio número
de poblaciones.

EL TEMPLE Y LA RECONQUISTA
Los templarios llegaron a la Península Ibérica a los pocos años
de su fundación en Jerusalén.
En concreto, fue el caballero
Hugo de Rigaud quien se encargaría de su introducción en
estas tierras. A comienzos del
siglo XII, los reinos cristianos
estaban en plena expansión
hacia el Sur, en pugna con los
musulmanes, que llevaban ya
siglos en la Península. El Condado de Barcelona, el Reino de
Aragón y Navarra, el Reino de
Castilla y León y el Reino de
Portugal luchaban por ganar territorios a los invasores venidos
del otro lado del Estrecho, en lo
que se llamó la Reconquista.

El ideal del Temple encontró
aquí un terreno abonado, pues
su objetivo coincidía con los
deseos de los soberanos de los
reinos cristianos peninsulares.
A partir del año 1130, en que
el conde de Barcelona, Ramón
Berenguer III, se convertía en
templario y entregaba, al final
de sus días, algunas de sus más
preciadas pertenencias a la orden –ejemplo seguido por otros
nobles que realizaron importantes y abundantes donaciones–, el
patrimonio del Temple fue creciendo de manera vertiginosa.
Los soberanos, a cambio, solicitaron su ayuda en la Reconquista, reclamando caballeros, ballesteros y armas para la guerra
contra el islam.
La llegada de los templarios a
la Península Ibérica (y también
de las otras órdenes, la del Hospital y la del Santo Sepulcro)
tuvo una gran aceptación y sirvió como modelo para la fundación de órdenes militares propias (Orden de Avis en Portugal,
Santiago, Alcántara y Calatrava
en Castilla y León, y Montesa en
la Corona de Aragón). Algunos
soberanos cristianos incluso
profesaron los votos del Temple, como García Ramírez (su
madre, Cristina, era hija del
Cid Campeador) o Sancho VI
de Navarra, motivo por el cual
su disolución y persecución en
el siglo XIV encontró en nues-

Monográfico

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SIMBOLOGÍA TEMPLARIA

tro territorio importantes y poderosos detractores.

LA TIZONA DEL CID CAMPEADOR
El castillo de Monzón, incorporado
a la corona de Aragón en 1089, se
convirtió en uno de los principales
baluartes de la Reconquista aragonesa, y fue entregado al Temple en
1143 por Ramón Berenguer IV.
Los templarios dotaron a la fortaleza de una iglesia, nuevas torres, galerías subterráneas, murallas más
reforzadas, caballerizas, refectorio
y dormitorios, y desde allí ejercieron una poderosa influencia en el
reino. Fueron adquiriendo cada vez
más privilegios y propiedades, y a
principios del siglo XIII se había
convertido ya en una de las principales encomiendas de la orden en
Aragón.
Cuentan las leyendas (ciertas o
no) que el famoso caballero Rodrigo Díaz de Vivar (1048-1099), mejor conocido como el Cid Campeador –cuya vida inspiró el Cantar del

mío Cid, que bebió de los hechos de
los últimos años de su vida–, utilizó en sus gestas dos espadas con
nombres propios: la Colada y la Tizona. Esta última habría permanecido durante años bajo la custodia
de los templarios en el castillo de
Monzón. Actualmente, la espada se
expone en el Museo de Burgos (que
pagó por ella un millón y medio de
euros al marqués de Falces). Sin
embargo, algunos expertos aseguran que se trata de una falsificación
del siglo XV, forjada como espada
ceremonial y no como arma de
combate.
Si bien es muy probable que la
espada que se exhibe en la actualidad en Burgos no sea la auténtica
–tal vez, no una imitación o falsificación, pero sí una forja sobre
los restos de la original–, diversos
historiadores consideran probado
que la espada original del Cid Campeador, la legendaria Tizona, sí fue
realmente custodiada por los templarios en el castillo de Monzón.

DEFENSORES DEL TEMPLE
En la Península
Ibérica, algunos
soberanos
cristianos
profesaron
los votos del
Temple, como
García Ramírez
o Sancho VI
de Navarra,
motivo por el
cual su disolución
y persecución
en el siglo XIV,
promovida

por el rey de
Francia, Felipe
IV, encontró en
nuestro territorio
detractores que
respetaban a
los templarios y
los defendieron
hasta que les
fue imposible
seguir haciéndolo.
En 1312, los
caballeros
templarios de la
Corona de Aragón

fueron absueltos
en el Concilio
de Tarragona,
en el que se
les consideró
inocentes de los
cargos que se
les imputaban;
aunque bien es
cierto que el rey
Jaime II dilataría
el proceso para
poder quedarse
con algunos de
sus bienes.

Algunos soberanos cristianos incluso profesaron los votos del Temple, como García
Ramírez (su madre, Cristina, era hija del Cid Campeador) o Sancho VI de Navarra.
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Monográfico

JAIME I DE ARAGÓN Y EL MONZÓN

De arriba abajo, capilla de San Nicolás, que actualmente acoge el centro de Interpretación sobre
los templarios, sala capitular-refectorio y el castillo de Monzón desde el patio de armas.

El Temple se estableció en Aragón
entre 1128 y 1130. En esos años,
la orden poseía ya algunos bienes,
aunque su presencia no fue especialmente relevante en este territorio hasta que, en 1131, el rey Alfonso I tomó una decisión insólita que
quedó reflejada en su testamento:
sin descendencia directa, legaba
su reino a las órdenes de los templarios, hospitalarios y del Santo
Sepulcro –además de su caballo
personal y sus armas–. Sin embargo, a su muerte, en 1134, los nobles
aragoneses no aceptaron ni acataron la decisión del soberano, proclamando sucesor a su hermano, el
clérigo Ramiro II.
Las órdenes renunciaron a sus
derechos al trono sin oponer resistencia, y fueron compensadas
con abundantes donaciones que
se sucedieron vertiginosamente
desde 1134 hasta finales del siglo
XII, además de quedar eximidas de
impuestos (salvo los derivados del
comercio) y ver ampliadas sus prerrogativas para establecer y fundar
iglesias y recaudar derechos de sepultura en sus templos.
Ya en el siglo siguiente, en 1213,
moría el rey Pedro II en la batalla
de Muret. Su heredero, Jaime I,
de apenas seis años, quedó bajo la
custodia del maestre de la Orden
del Temple en la provincia de Aragón y Cataluña, Guillén de Monredón, en el castillo de Monzón,
donde permanecería hasta los 9
años. A esa edad, los caballeros
decidieron dejarle salir de la cárcel de la encomienda, también llamada Torre de Jaime I por haber
sido su alojamiento durante ese
tiempo. Este hecho le marcaría
para el resto de su vida y serviría
de apoyo a los templarios en momentos difíciles.
En la segunda mitad del siglo XIII,
el Monzón era ya la encomienda
más rica del reino y contaba con
una completa armería, con yelmos,
corazas, espadas y ballestas, cuarenta y ocho cautivos, una cautiva,
ciento ochenta y dos puercos, ciento cuarenta y tres vacas y ochocientas once cabezas de ganado lanar.

Monográfico

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SIMBOLOGÍA TEMPLARIA

EL MÓNZON TEMPLARIO
Cuando la Orden del Temple recibió
el Monzón en 1143, de manos de
Ramón Berenguer IV, dotó a
la fortaleza de una iglesia (la
capilla de San Nicolás, presidida
por un impresionante ábside
poligonal que es también
torreón de defensa), nuevas
torres (como la de Jaime I,
también cárcel), galerías

subterráneas (distribuidas
por todo el castillo para dar
rápida escapatoria en caso de
necesidad), murallas reforzadas,
caballerizas (que a lo largo de
su historia han hecho las veces
de almacén de armas y refugio),
refectorio (una imponente
nave, aunque sobria, cubierta
de cañón apuntado y óculo) y

dormitorios (compuestos de
dos pisos, sótano y un pasadizo
subterráneo con salida al río
Cinca, según la tradición).
Muchas de las galerías
subterráneas o pasadizos
muestran extrañas marcas
de cantero que no aparecen
en el resto del castillo
(principalmente cruces y taus
templarias), como compases o
sextantes, y un Baphomet (una
cruz con un rabo enroscado
que, probablemente, hace
referencia al Diablo o, tal
vez, al símbolo alquímico
de Saturno). Son accesibles
en la actualidad, porque
aunque fueron selladas tras
el abandono del castillo con
piedra local, tejas y argamasa
(en la que pueden observarse
multitud de elementos como
hebillas, objetos de bronce e
incluso huesos humanos de
procedencia desconocida), se
reabrieron en siglos posteriores
cuando el castillo fue empleado
en el curso de diversas
contiendas: el enfrentamiento
castellano-aragonés (siglo
XIV), la guerra independentista
catalana contra Felipe IV
(1640, en que el castillo
se rindió ante el ejército
francocatalán de La Motte, para
ser recuperado un año más
tarde por las tropas castellanas
de Felipe de Silva), e incluso
la Guerra Civil española.
Reformas posteriores le harán
tener su aspecto definitivo, que
podemos observar hoy en día,
aunque siempre conservando
su estilo original, de clásica
huella templaria, entre el
románico y el gótico.

Con apenas seis años, Jaime I quedó bajo la custodia del Maestre de la orden del Temple
en la provincia de Aragón y Cataluña, Guillén de Monredón, en el castillo de Monzón.
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Monográfico

MAGIA Y ESOTERISMO: EL FIN
TEMPLE

DEL

De arriba abajo, dormitorios templarios, la
espada Tizona, guardada en el Museo de
Burgos, y vista exterior del ábside de la
capilla de San Nicolás.

Lamentablemente, la eterna envidia y
la codicia humanas resultaron dañinas para la orden. En 1293, Jaques
de Molay era elegido Maestre del
Temple; un hombre de bastante coraje, pero poco discernimiento y escasa
elocuencia. Por otra parte, las riquezas del Temple, su éxito, su secretismo y su espíritu orgulloso, granjearon a la orden la envidia y la codicia
del rey de Francia, Felipe IV, que se
ensañó cruelmente con ella. La pérdida de Tierra Santa en 1291, dando
fin a la época de las Cruzadas, mermó
la utilidad de los templarios, que comenzaron a ser cuestionados en Europa, donde un gran complot empezó
a ser tramado contra ellos.
En la primavera de 1306 circularon
los primeros rumores sobre terribles
prácticas de magia y esoterismo por
parte de los caballeros, así como extraños ritos iniciáticos para los postulantes, como escupir sobre el crucifijo, realizar prácticas homosexuales y
adorar al Baphomet. Al año siguiente,
en 1307, Felipe IV de Francia iniciaba la encarnizada persecución contra
ellos, acusándolos de orgullo, avaricia y crueldad, además de blasfemia,
sodomía e idolatría.
En apenas una jornada fueron detenidos hasta 20.000 templarios, que no
ofrecieron la menor resistencia. En los
años que siguieron, centenares fueron
quemados en la hoguera. En 1311 se

celebró el concilio de Vienne, en el que
se estableció la disolución oficial de la
Orden del Temple a través de la bula
Vox Clamantis del papa Clemente V. A
los 76 años de edad, en 1314, Jacques
de Molay fue juzgado y ajusticiado.

EL MONZÓN: ÚLTIMO REDUCTO
TEMPLARIO DE ARAGÓN
En España, los caballeros templarios
estaban muy bien vistos y gozaban
del respeto de los soberanos. En Aragón, el rey mostró resistencia a la
hora de suprimir la orden, argumentando que eran fieles al servicio real
y buenos represores de los infieles.
Sin embargo, no pudo actuar contrariamente a la bula papal y se vio
obligado a prohibir a sus súbditos
cualquier defensa y protección de los
templarios, que no tuvieron otra opción que refugiarse en sus fortalezas.
A finales de 1308, solo resistía ya el
Monzón, defendido por el comendador Berenguer de Bellvis y los caballeros Dalmau de Timor, Arnau de
Banyuls y Bernat de Belliusen, entre
otros. Al poco tiempo, los templarios
de la encomienda de Aragón tuvieron
que redistribuirse por los conventos
del Hospital, permaneciendo en sus
antiguos distritos del reino. El castillo
quedó abandonado y prácticamente
arruinado, hasta que el siglo XIV volvió a recuperar su importancia durante el enfrentamiento castellano-aragonés, momento en que se reformaron
sus estructuras defensivas.
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