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  Traducido por: Óscar Hidalgo Wuest
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Óscar Hidalgo Wuest

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Introducción

La ejecución de Antonio de Arriaga

E l 4 de noviembre de 1780, José Gabriel Condorcanqui Noriega, quien usaba cada vez más el regio nombre inca de Tupac Amaru, había almor-

zado con Antonio de Arriaga en la casa de Carlos Rodríguez, cura de Yanao- ca. Si un productor de Hollywood hubiera solicitado el reparto principal para expresivos individuos que personificaran las relaciones políticas en los Andes coloniales, habría estado encantado con este trío. Tupac Amaru era el kuraka o cacique, la autoridad étnica encargada de recaudar el impuesto per cápita («tributo» fue el eufemismo colonial) y mantener el orden en Yanaoca y otros dos pequeños pueblos, Pampamarca y Tungasuca, aproximadamente 80 kilómetros al sureste de la antigua capital inca del Cuzco. Los incas toda- vía tenían gran influencia en esta área. Los indios quechuahablantes consti- tuían la vasta mayoría de la población y veneraban a sus ancestros, derrotados por los españoles en el siglo XVI, y a aquellos como José Gabriel Tupac Ama- ru, que reivindicaban su linaje de sangre de realeza inca. Bien educado y bilingüe, José Gabriel, a sus 42 años, se movía fácilmente entre los mundos español e indio. De hecho, este era su rol como kuraka. 1 Arriaga era el corregidor, la autoridad española que recaudaba los im- puestos, organizaba el despreciable reclutamiento de mano de obra para las

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enormes minas de Potosí, aproximadamente 1000 kilómetros al sur (hoy Bolivia), y supervisaba los asuntos regionales. Arriaga era un noble, nacido en 1740, en el País Vasco, en el norte de España, cuya familia tenía sólidas conexiones con el Imperio americano de España, pues sus integrantes eran miembros del importantísimo Consejo de Indias en Madrid y mercaderes. 2 Originario de Panamá, el padre Rodríguez era cura de la parroquia de Ya- naoca. Él, junto con otro sacerdote, Antonio López de Sosa, habían sido los primeros maestros de Tupac Amaru. Impresionados por la inteligencia del mozuelo, habían permanecido cercanos a él. La crianza de estos sacerdotes

se había afianzado: José Gabriel se mantuvo devoto e intelectualmente cu- rioso a través de toda su vida. Entonces, como usualmente era el caso, Tupac Amaru, el kuraka, era indígena o mestizo; Arriaga, el corregidor, un español,

y Rodríguez, un criollo, el término usado para las personas descendientes de

europeos nacidos en las Américas. Estas tres autoridades, kuraka, corregidor

y cura, formaban un triunvirato que mantenía el orden a lo largo de los An-

des bajo el régimen español. Otros dos curas, el escribano y el asistente de Arriaga, y numerosos sirvientes también los acompañaban en la comida. La esposa de José Gabriel, Micaela Bastidas, no se había unido a ellos. Arriaga y Tupac Amaru se conocían bien. Arriaga tenía una red de acti- vidades económicas y, como recaudador de impuestos y principal autoridad, disfrutaba de capital y poder, y había incluso prestado dinero a Tupac Ama- ru. Aunque los dos habían discutido previamente sobre el reclutamiento de mano de obra o mita para Potosí, ellos compartían una amigable comida, celebrando el día de san Carlos, día del santo del padre Rodríguez y del rey de España. Después de que Arriaga disfrutara de una breve siesta, Tupac Amaru lo invitaría a pasar la tarde en su casa de Tungasuca. Arriaga insistiría en que debía volver a Tinta, su hogar y el pueblo más grande en el área, a alrededor de 25 kilómetros de Yanaoca, y empezaría el viaje de cuatro horas a pie y caballo sobre varias colinas escarpadas. La inminente llegada del dinero del tributo, el impuesto per cápita indio que llenaba las arcas coloniales, lo motivaría a regresar. Tupac Amaru y unos cuantos mozalbetes acompañarían al corregidor por un corto trayecto y entonces fingirían que regresaban a Tungasuca. En lugar de hacerlo, se apresurarían por delante a un lugar escondido en un pico y sorprenderían a Arriaga y su entorno cuando saltaran a sus pies. Arria- ga huiría a un cañón y se escondería detrás de una apacheta, un santuario

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indígena o lugar sagrado hecho de piedras. Un indio, sin embargo, lo vería, y Tupac Amaru terminaría atándolo. Ellos esperarían varias horas, hasta tarde por la noche, y entonces se llevarían a sus prisioneros encadenados hacia Tungasuca. Recluirían a Arriaga, su escribano Felipe Bermúdez y dos escla- vos negros en una celda en el sótano de la casa de Tupac Amaru. 3 Tupac Amaru obligaría al aturdido Arriaga a escribir cartas a su tesorero en Tinta, en las que le debía requerir dinero y armas con el peculiar pretexto de que estaba planeando una expedición contra piratas en la costa. El propio Tupac Amaru entonces iría a Tinta y usaría la llave de Arriaga para tomar 75 fusiles, 2 esmeriles, algunas escopetas, un cajón de pólvora, balas y cartuchos, los uniformes de una compañía de milicias, mulas, 22.000 pesos procedentes del ramo de tributos, 4 o 5 piñas grandes de plata y muchas libras de oro. 4 Él también escribiría mensajes en nombre de Arriaga a los alcaldes e individuos poderosos, en los que les solicitaría que se reunieran en Tungasuca. Nume- rosas figuras militares y empresarios, tales como los españoles Juan Antonio Figueroa y Bernardo La Madrid, cayeron en la trampa. Los kurakas también recibieron instrucciones de enviar a sus indios; miles se reunieron en Tunga- suca y llegaron a raudales durante días. Los rebeldes apostaron centinelas en el camino al Cuzco para mantener las noticias sobre las autoridades locales fuera de su alcance. Ellos también mantuvieron el paradero de Arriaga en secreto. Las masas congregadas en Tungasuca no sabían que el corregidor estaba prisionero en el sótano de Tupac Amaru y Micaela Bastidas. 5 Cuando Tupac Amaru colocó una pintura de la coronación de espinas en la celda de Arriaga y envió al padre López de Sosa a tomarle confesión, Arriaga supo que estaba en graves problemas. Asombrado por los eventos y consciente de que su vida estaba en peligro, ofreció su fortuna entera a la pa- rroquia de Pampamarca a cambio de su libertad, pero fue en vano. López de Sosa y tres otros clérigos acompañaron al corregidor en su celda el 9 de no- viembre. 6 Tupac Amaru explicó a los reunidos en la cercana llanura que tenía órdenes del poderoso visitador general, José Antonio de Areche, aprobadas

3. Los dos principales recuentos varían en sus detalles. Melchor de Paz publica uno que dice que Arriaga agarró una pistola, mientras que López de Sosa (1771) afirma en testi- monio que trató de escapar por un barranco. Véanse, respectivamente, Paz 1952, vol. 1:

231-236 y AGI, Cuzco, leg. 80.

4. Mendiburu 1890, vol. VIII: 109-110.

5. Colección documental de la independencia del Perú (CDIP) 1971-1976, tomo II, vol. 2: 252-257.

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por la Audiencia de Lima. En los próximos meses, Tupac Amaru frecuen- temente se refirió a las órdenes o la autorización que había recibido de las autoridades de Madrid, entre las que se incluía hasta al rey. Por supuesto, él no las tenía, pero muchos de sus seguidores le creían o, al menos, sentían que Tupac Amaru estaba cumpliendo los deseos del Rey: que si «Su Majes- tad» solo supiera la situación de los Andes, él comprendería. Se propagaron rumores de que Arriaga sería castigado; la asombrada multitud preguntó por qué. Muchos creían que era la voluntad de Dios. 7 El 9 de noviembre, moviéndose a caballo, Tupac Amaru ordenó que europeos, mestizos e indios se alinearan en columnas militares. Él estaba elegantemente vestido:

casaca, pantalones cortos de tercipelo negro, que estaban entonces de

moda, medias de seda, hebillas de oro en las rodillas y en los zapatos, sombrero español de castor, que entonces valían veinticinco pesos, camisa bordada y cha- leco de tizú de oro [sic], de un valor de setenta a ochenta pesos. Usaba el pelo largo y enrizado hasta la cintura. 8

] [

Tupac Amaru repitió estas maniobras el siguiente día, instruyendo a los miles de presentes para que lo sigan a una cercana loma donde una horca ha- bía sido instalada. Algunos de sus seguidores ondeaban una bandera blanca con una cruz roja. 9 Un mestizo leía una proclamación en español y quechua:

«Por el Rey se mandaba que no hubiera alcabala [impuestos sobre la venta], aduana, ni mina de Potosí, y que por dañino se le quitase la vida al corregidor Don Antonio de Arriaga». 10 Un testigo afirmó que Tupac Amaru refería que

en nombre del Rey nuestro señor, se promulgó la sentencia de muerte

[contra el corregidor Arriaga], relatando que esta se hacía por dañino y tirano, que [además] se asolase los obrajes, se quitasen mitas de Potosí, alcabalas, adua- na, repartimiento y que los indios quedesen en libertad y en unión y armonía con los criollos [

] [

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7. Véase AGI, Cuzco, leg. 31; otra copia de esta fuente se encuentra en AGI, Cuzco, leg. 80.

8. Fisher (1966: 30-31) resume las pocas descripciones de su atuendo.

9. AGI, Cuzco, leg. 80, testimonio de doña Ignacia Sotomayor.

10. CDBRETA 1980, vol. I: 504, documento de don Miguel Martínez, cura y vicario de Nuñoa y Santa Rosa.

11. Ibíd., p. 508.

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Otro testigo lo cita como diciendo que él tenía «órdenes superiores» de abolir impuestos y aduanas, expulsar a los corregidores y propietarios de mo- linos textiles y que sus acciones no iban en contra de Dios o del Rey: «era man- dato del superior» que «viviesen los Indios y Españoles hermanablemente». 12 La multitud comprendió que estaba presenciando un evento trascendental. Los indios escuchaban, en su propio idioma, acerca de la abolición del repar- timiento, la mita y la alcabala, y asistían a la condena de la máxima autoridad española en la región. Mestizos y criollos nerviosamente se preguntaban si estos aparentemente bienvenidos cambios podrían conducir a la agitación

y a indios peligrosamente independientes. Los españoles no comprendían plenamente qué estaban viendo, pero temían por sus vidas.

Un pregonero llevó la procesión a la horca, anunciando que se estaban cumpliendo los deseos del rey y repitiendo la promesa de que las aduanas, las alcabalas y la mita serían de aquí en adelante abolidas. Tupac Amaru ordenó

al pregonero hablar en quechua, una lengua nunca usada en eventos oficia-

les o en documentos. 13 Los tres curas acompañaron a Arriaga, rodeados por soldados. Una vez en la horca, los soldados llevaron al personal de Arriaga a su lado y lo forzaron a reemplazar su uniforme militar con el simple, peni- tenciario hábito de la orden franciscana. El esclavo negro de Arriaga, Antonio Oblitas, fue forzado a servir como ejecutor. En el primer intento, cuando tiró para elevar a Arriaga, la cuerda se rompió, y esclavo y amo se desplomaron. Oblitas recibió varias cuerdas para llevar a cabo su tarea y personas cerca- nas a la horca, algunas de ellas aliados de Arriaga, tiraron para estrangularlo. Todos los comentaristas señalan el sepulcral silencio. Un testigo afirma que algunos indios pasaban por el cadáver de Arriaga y se burlaban en quechua:

«Judío, ¿no solías hacer esto?» [¿Judio manachu caita rurahux canqui?]». 14 Como sucedería a lo largo del levantamiento, Micaela tuvo un rol activo. Un recuento mencionaba que ella «excede en espiritu y malicia a su Marido:

ella tuvo la maior inteligencia en el suplicio del correg. Arriaga y en medio de la flaquesa de su sexso, esforsaba las diligencias injustas de aquel omicidio cargando en su misma mantilla las Balas nesesarias para la guardia». 15

12. AGI, Cuzco, leg. 80, testimonio de doña Ignacia Sotomayor.

13. Zudaire 1979: 53.

14. AGI, Cuzco, leg. 80, testimonio de Antonio López de Sosa. La traducción de esta rara frase quechua en la documentación archivística fue una empresa internacional. En Se- villa, Luis Miguel Glave revisó doblemente mi transcripción, y Janett Vengoa, Rosalía Puma Escalante y Zoila Mendoza ofrecieron sus habilidades en quechua.

15. «Informe de un clérigo sobre Tupac Amaru», 1781, Lilly Library, Universidad de India- na. Una cita casi idéntica puede encontrarse en Paz y Guiní 1952, vol. 1: 259-260.

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Las especulaciones sobre por qué Tupac Amaru y Micaela Bastidas ha- bían ejecutado al corregidor Arriaga circularon como una tormenta a través de la multitud ese fatídico 10 de noviembre, y la gente no ha parado de ha- cer preguntas desde ese día. Entonces y hoy, dieron razones que iban desde las personales (un resentimiento) hasta las macropolíticas (el debilitamiento del dominio español). Por supuesto, la biografía de Tupac Amaru es central para la explicación. Él había presenciado las peores formas de la explota- ción española del pueblo indígena y se encontraba cada vez más presionado para cumplir sus deberes como intermediario entre el mundo quechua y el español. El trabajo de Tupac Amaru como mercader y arriero lo llevó por los Andes, mientras que sus batallas legales para recuperar un marquesado (un título nobiliario) lo habían forzado a pasar ocho meses en Lima, la ca- pital del virreinato, en 1777, donde hizo importantes contactos y ganó un profundo conocimiento del Perú. Tuvo el respeto de los indios del Cuzco, razones para detestar al español y la experiencia y el mundo para organizar un levantamiento. En términos más amplios, en 1780 las autoridades coloniales continuaron intensificando las reformas borbónicas, una serie de medidas que incremen- taban los impuestos y las demandas de mano de obra sobre las poblaciones indígenas, al mismo tiempo que reducían su autonomía. Los reformadores españoles buscaban restringir el pacto creado en el siglo XVI que garantiza- ba a los indios ciertos derechos, entre los que se incluían un alto grado de autonomía cultural y política, y el control de la tierra comunal a cambio de subordinación y una lista de impuestos. Ellos incrementaron las demandas de mano de obra y de impuestos, y debatieron acerca de cómo (o si) asimilar a la población nativa y convertir a los indios, una categoría que implicaba inde- pendencia política y cultural, en sujetos españoles. En la práctica, esto signifi- caba que los indios a lo largo del sur de los Andes enfrentaran altos y nuevos impuestos, el renacimiento de viejas y despreciadas prácticas tales como la mita de Potosí y un ataque a sus autoridades étnicas, los kurakas. Las reformas también buscaban reducir el poder de la Iglesia. Las ten- siones entre las autoridades seculares y religiosas se intensificaron en la dé- cada de 1770 y se hicieron visibles por la rebelión. El propio Arriaga había luchado contra los curas en relación con el protocolo y las finanzas. El hecho de que Tupac Amaru hubiera estado involucrado en estos eventos ayuda a explicar la propia rebelión y la simpatía que despertaba en algunos curas. Como era de esperar, varios de estos se oponían a los esfuerzos del gobierno colonial por controlar y gravar sus parroquias. Al mismo tiempo, docenas de curas permanecían en sus parroquias y luchaban contra los rebeldes «detrás

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de las líneas», señalándolos como apóstatas y paganos, y fortaleciendo los ánimos de los realistas. La «Iglesia católica», una expresión que no debería concebirse en singular, proveía seguidores y oponentes. El levantamiento surgió de y puso a la vista estas y otras profundas tensiones en el sur de los Andes del Perú. 16 Para finales de 1780, las fuerzas de Tupac Amaru habían derrotado a los españoles en varios enfrentamientos. Él y sus seguidores entraban a pe-

queños pueblos y aldeas indias para ganar reclutas y provisiones. Buscaban matar a todos los corregidores (la mayoría, sin embargo, huía antes de que los rebeldes llegaran) y aprisionaban a los terratenientes odiados por los in- dios locales. Los rebeldes arrasaban los pequeños molinos textiles presentes

a lo largo del área, que servían como prisiones virtuales para los trabajadores indios, y distribuían sus tejidos entre los conmocionados lugareños. Tupac Amaru y otros líderes hablaban en quechua a las masas indígenas y esparcían rumores de que el kuraka encarnaría el regreso de los incas, pues, como in- dicaba su nombre, lo unía un lazo con uno de los últimos gobernantes incas, Tupac Amaru I (1545-1572). Por cierto, la extendida creencia en el posible retorno de un gobernante inca alimentaba la insurrección. Estos ataques fueron solo el comienzo: el levantamiento rápidamente se propagó a lo largo de los Andes. El Estado colonial colapsó en gran parte del área que se extiende de Cuzco hasta Puno, cerca del lago Titicaca en el sur, mientras que las autoridades no se atrevían a intentar recaudar los impuestos

o hacer cumplir la mita. Con el colindante Alto Perú o Charcas bajo el fuego

de una coalición de sublevaciones frecuentemente alentadas por los llama- dos kataristas y revueltas inspiradas por los eventos alrededor del Cuzco, brotando al norte y al sur, los españoles enfrentaban el más grande desafío militar desde el siglo XVI, con la que se convirtió en la más grande rebelión en la historia colonial. Aunque las autoridades inicialmente subestimaron la insurrección, ellas se dieron cuenta, a finales de 1780, de que su control del Perú y más allá de él estaba en peligro.

La experiencia de la rebelión

La rebelión de Tupac Amaru no es una historia sin contar. Generaciones de historiadores han escrito sobre ella, en un rango que va desde historias épicas

16. Las divisiones en la Iglesia incluían aquellas entre regulares (las órdenes mendicantes, tales como los dominicos y franciscanos) y seculares, así como entre la burocracia epis- copal y los curas de parroquia.