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SOCIEDAD PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL TOMO XVI ENERO - JUNIO - 1956 Ne 49 REVISTA PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL ORGANO DE LA SOCIEDAD PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL e COMISION DE LA REVISTA: Alberto Ulloa Manuel Félix Maurtua Pedro Ugarteche Fernando Schwalb Edwin Letts Enrique Gonzales Dittoni JEFE DE REDACCION: Gonzalo Fernandez Puyé SUMARIO : PAGS, Epwin Lerrs §—Las Reuniones Interamericanas de México . y Ciudad Trujillo en relacién con la Politica Maritima (del Pei a oes eters sinter ske oe Rete neh 3 MANUEL FELIX MaurTua.—EI Grupo Latino-Americano en las Naciones Unidas y algunos problemas Juridicos ... 10 Pepro UGARTECHE y Jose Pareja P. S—Némina de los Mi- nistros de Relaciones Exteriores del Pera y Relacién de Jas Memorias que han presentado a las Cémaras Legisla- tives) 182 te1990 ee te tate ws airtel case eect se 44 Documentos importantes: Tila. Reunion del Consejo Interamericano de Jurisconsul- tos, de México.— Discursos del Representante del Peri, doctor Alberto Ulloa .....-....--.-..+ eeeeeetace 70 Principios de México sobre el Régimen Juridico del Mar 90 Acuerdos Internacionales: Acta Final de la IV Reunién Ordinaria de la Comisién Permanente de la Conferencia sobre Explotacién y Con- servacion de las Riquezas Maritimas del Pacifico Sur .. 106 Sociedad Peruana de Derecho Internacional . 112 Calendario de Sucesos Internacionales .. Se Seite Notas Bibliograficas . Were e Rea yé Legislacién ........- ete) LIMA-PERU 1956 SOCIEDAD PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL TOMO XVI ENERO - JUNIO - 1956 Ne 49 REVISTA PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL ORGANO DE LA SOCIEDAD PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL e COMISION DE LA REVISTA: Alberto Ulloa Manuel Félix Madriue Pedro Ugarteche Femando Schwalb Edwin Letts Enrique Gonzales Dittoni JEFE DE REDACCION: Gonzalo Fernéndez Puyd SUMARIO PAGS. Epwin Lerrs S.—Las Reuniones Interamericanas de México y Ciudad Trujillo en relacién con la Politica Maritima del Pert 4 RS eR 3 MANUEL FELIX Maurtua.—El Grigo. Latino~ Americano en Jas Naciones Unidas y algunos problemas Juridicos ... 10 PEDRO UGARTECHE y Jos— ParzjA P. S.—Némina de los Mi- nistros de Relaciones Exteriores del Pera y Relacion de Jas Memorias que han presentado a las Caémaras Legisia- tivas- 182121956" es urges es es austin Re en Sa aaedanre Bee 4 44 Decumentos importantes: IIIa. Reunién del Consejo Interamericano de Jurisconsul- tos, de México.— Discursos del Representante del Perd, doctor Alberto Ulloa ... 0.6.6.0 .20 eect eee eee eee 70 Principios de México sobre el Régimen Juridico del Mar 90 Acuerdos Internacionales: Acta Final de la IV Reunién Ordinaria de la Comisién Permanente de la Conferencia sobre Explotacién y Con- servacién de las Riquezas Maritimas del Pacifico Sur .. 106 Sociedad Peruana de Derecho Internacional . 112 Calendario de Sucesos Internacionales 114 Notas Bibliograficas . é 117 Legislacién ......... 132 LIMA - PERU 1956 La responsabilidad de las ideas y opiniones sustentadas en los articulos y notas correspon- den exclustvamente a sus atfores. LA COMISION LAS REUNIONES INTERAMERICANAS DE MEXICO Y CIUDAD TRUJILLO EN RELACION CON LA POLITICA MARITIMA DEL PERU En dos reuniones interamericanas en este ano, se ha de- batido la cuestién del régimen juridico de los espacios mari- timos con intervencién de representantes oficiales del Pert. En ellas se ha enfrentado, en discusién internacional colectiva el arcaico principio de las tres millas. a los intereses y derechos de los Estados riberefios. Al publicarse en este mismo ntmero de la Revista la dccumentacién principal de ambas, parece con: veniente acompanarla de este pequefio resumen explicativo sobre sus alcances y resultados. En la primera de ellas, netamente juridica, ia III Reunion del Consejo Interamericano de Jurisconsultos, se evidencio el respaldo ampliamente mayoritario de los Gobiernos y juris- consultos americanos a favor de los justos principios sostenidos por los Estados riberefios. Posteriormente se ha alegado, por al- gunos, que les resultados de la segunda de dichas reuniones, la Conferencia Especializada Interamericana sobre Preservacion de los recursos naturales: Plataforma submarina y aguas del mar, en el que se alcanzé una resoluci6n unanime, netamente politica, disminuyen el claro triunfo obtenido en la primera. Por ello, es necesario marcar claramente el distinto signi- ficado y alcance de los resultados de ambas reuniones y precisar que la Resolucién aprobada en la Conferencia Especializada de Ciudad Trujillo, no altera ni afecta, por su contenido y dispo- siciones, la Resolucién de México sobre régimen juridico del mar. III Reunién del Consejo Interamericano de Jurisconsuitos En el temario de esta reunién figuraba un punto sobre ré- gimen del mar territorial y cuestiones afines. En consecuencia, a todas las Delegaciones estuvieron debidamente instruidas so0- bre este palpitante tema que interesa tanto a las Reptblicas americanas. Desde la sesidn solemne inaugural se evidencié el ambien- te. El Ministro de Relaciones Exteriores de México, se pronun- cié en contra de “la sobrevivencia de antiguas formulas y prin- cipios creados principalmente por paises situados en regiones con problemas distintos, en otras épocas y en vista de condi- ciones ya periclitadas”. Ei debate sobre esta cuestién se inicié con la exposicién de los puntos de vista y tesis de los tres paises firmantes de la Declaracién de Santiago. El doctor Ulloa (en discurso que se publica en este mismo nimero de la Revista) encaré el pro- blema del régimen juridico del mar desde su aspecto genera} y fundamental, o sea desde el punto de vista de la evolucién del Derecho Internacional en continuo desarrollo y progreso, den- tro de la tendencia a satisfacer las necesidades legitimas de las personas, como seres humanos, sobrepasando la limitacién de considerar al Estado como el nico sujeto del Derecho Inter- nacional. En esta evolucién de! Derecho Internacional cuidé de hacer resaltar la afirmacién progresiva de los argumentos que sustentan nuestra tesis, especialmente los de la compen- sacion y la accesion. A continuacién, el Delegado de Chile, doc- tor Cruz Ocampo, precisé la definicidn exacta de los términos y concepto fundamentales que informan el derecho de los Es- tados sobre el mar, principalmente el concepto del ejercicio de la soberania, con la finalidad de destruir los “falsos concep- tos claros” que han venido perturbando el debate de las cues- tiones sobre el mar. El Delegado del Ecuador, Embajador Gon- zalo Escudero, se ocupé de los distintos aspectos que plantea la Declaraci6n de Santiago, avanzando argumentos de solida critica a la posicién contraria, e insistiendo en los aspectos eco- nomicos y sociolégicos del derecho de los Estados costeros y del sentido de la verdadera igualdad que debe existir entre los Estados para aprovechar las riquezas del mar, hoy rota a favor de los Estados con poderosas flotas pesqueras. Es ésta la primera oportunidad que en una conferencia internacional se exponia en piiblico y en forma ordenada la te- sis juridica de los paises del Pacifico Sur, pues las exposiciones de los tres delegados, concertadas en sus lineas generales, se at completaban en la presentacién del cuadro general. Asi la pre- sentacién clara de la posicién juridica causé el debido efecto sobre los jurisconsultos americanos presentes. La defensa de la tesis contraria corrié a cargo de las Dele- gaciones de Estados Unidos y de Cuba, que repetidas veces y en distintas opcrtunidades tuvieron amplia oportunidad de de- fender sus puntos de vista. El jurisconsulto Garcia Amador, de Cuba, miembro de la Comisién de Derecho Internacional de las Naciones Unidas, que ha venido también, estudiando este mis- mo problema, trajo a la reunidn de juristas americanos todas las doctrinas y argumentos que se han hecho valer para sos- tener el mantenimiento de las viejas reglas sobre el mar. Hu- be asi, amplia oportunidad para el estudio y debate de las tesis opuestas. Las delegaciones de los distintos paises americanos cum- plieron con presentar cuidadosamente los puntos de vista de sus Gobiernos. Sus intervenciones, muy pensadas y elaboradas, ponen de manifiesto el meditado estudio que los Gobiernos a- mericanos han dedicado a esta cuestién. La resolucién que aprobé el Consejo de Jurisconsultos fué especialmente denominada “Principios de México sobre régi- men juridico del mar”. Por ella se ha dado un positive e importante paso en la consolidacién de la tesis sostenida por los firmantes de la De- claracién de Sentiago, en un lapso de tiempo relativamente cor- to dentro de la conocida lentitud de los avances y progresos del Derecho Internacional. El érgano juridico del Sistema In- teramericano ha dado todo el respaldo de su alta autoridad a la posicién juridica del Pert. Por mayoria superior a los dos tercios y, con un solo voto en contra, ha decidido reconocer “como expresion de la conciencia juridica del continente y co- mo aplicables por los Estados americanos” principios y normas de Derecho Internacional que respaldan y fortalecen 1a tesis sostenida por el Peri. En efecto, los pérrafos A y C de ia Resolucioén referen- tes al Mar Territorial y a la Conservacién de los Recursos vivos del Mar contienen la expresién y confirmacién de los principios jurfdicos expuestos en la nota dei Ministerio de Relaciones Exteriores de abril de 1955. Asi, Ha quedado reconocido que la pretendida regla de 6 las tres millas “no constituye una norma general de Derecho Internacional” y que, por lo tanto, se justifica su ampliacion. Sobre todo ha quedado reconocido, como lo hemes venido sos- teniendo que “Cada Estado tiene competencia para fijar su mar territorial hasta limites razonables, atendiendo a factores geograficos, geolégicos y biologicos, asi como a las nec2sidades econémicas de su poblacién y a su seguridad y defensa”. Es lo mismo que se expresd con claridad en el Protocolo de adhesion a la Declaracién de Santiago. En cuanto a la conservacién de los recursos vivos del mar, la Resolucién reconoce que el derecho de los Estados ribere- fios no esta restringido unicamente a los casos de imperativa necesidad, que tenga que ser demostrada técnica y cientifica- mente, ni esta sujeto a la negociacién previa con otros Estados, como lo han venido sosteniendo los opositores a nucstra cesis. Segtin la Resolucién de México, el derecho de los Estados ri- berefios a la conservacién de las riquezas de su mer, no tiene otras limitaciones que la de no ser arbitrario, 0 sea que las medidas de conservacién que dicte deberan seguir principios cientificos y técnicos y no discriminar contra extranjeros. Asi se reconoce plenamente el derecho de jos Estados riberefios resultantes de su interés en la conservacién en el mer frente a sus costas. AGn més, se ha obtenido que se reconozca a los Estados riberefios “el derecho a la explotacién exclusiva de las especies vinculadas a la costa, a la vida del pais o a las nece- sidades de la poblacién costera...” El Peri puede sentirse satisfecho de la forma cémo la mayoria de los Estados americanos ha reconocido, en forma ple- na, el derecho que ha venido defendiendo. Conterer.cia Especializada de Ciudad Trujillo. Marzo 1956 Esta Conferencia, por su temario y su origen, comprendia to- dos los aspectos de las cuestiones relacionadas con el mar. Algu- nos Estados insistieron tenazmente en su realizacién, no obstante el corto tiempo trascurrido desde la Resolucion de México que habia decidido sobre los aspectos juridicos, con el manifiesto y confesado propdsito de destruir en esta segunda reunion, por resoluciones de orden cientifico y politico, lo decidido no hacia un mes, que era contrario totalmente a sus puntos de vista. ay Fes Ello creata un ambiente de tensién. En vista de lo cual se convino en que no habria debate general inicial a fin de evi- tar que desde el primer momento se produjera una contraposi- cién formal de puntos de vista y argumentos, cuyos efectos no contribuirian 4 la armonia continental. Se convino asi en iniciar de inmediato e! estudio de los aspectos cientificos y econémicos en las sesiones ptblicas de las Comisiones Primera y Segunda. Al mismo tiempo, los Presidentes de las Delegaciones, en reu- niones privadas en el local de la Cancilleria (que no era en el que se realizaba la Conferencia) estudiarian la preparacién de una resoluciém que expresara los puntos en que existia acuerdo unanime y las 4reas de desacuerdo. La Conferencia ha dejado un saldo favorable en el aspecto de los valiosos estudios que se hicieron conocer sobre las ciencias relacionadas con la explotacién, exploracién y preservac.on de fos recursos vivos del mar. Los trabajos que presentaron las Delegaciones de los tres paises del Pacifico Sur, especialmente los de la Delegacién peruana, han merecido elogios y han ser- vido para hacer conocer el adelanto de la investigacién y de las ciencias maritimas en el Pert. Estos trabajos, que reflejan jos antecedentes y los criterios cientificos y técnicos determi- nantes de nuestra politica y que respaldan nuestra tesis juri- dica, definieron y justificaron plenamente en el ambiente de la Conferencia los intereses y fundamentos cientificos de nues- tra posicion. La Conferencia no adopté sobre los estudios cientificos y técnicos otra resolucién que la de enviarlos para que sean to- mados en cuenta por los organismos técnicos y especializados, y su distribucién entre los Estados. Demas esta decir, que los numerosos trabajos de este orden presentados por una Delega- cién y que tenian por objeto sostener puntos de vista contra- rios a los nuestros, no han Ilenado el objeto que se pretendia con ellos, de destruir las bases cientificas de nuestra tesis. En la Resolucién fundamental de la Conferencia y que se conoce con el nombre de “Resolucién de Ciudad Trujillo”, en lo que respecta a la conservacién de los recursos maritimos, ha quedado fijado, por acuerdo undnime, que la cooperacién inter- nacional es de la mayor conveniencia y que ella puede lograrse mas efectivamente mediante acuerdos entre los Estados direc- = tamente interesados y se reconoce el interés especial del Estado riberefio, pero se sefialé que: “No existe acuerdo entre los Estados representados en esta Conferencia, respecto a la naturaleza y alcance del interés especial del Estado riberefio ni en cuanto a como deben ser tomados en cuenta los factores econémicos y sociales que pudiera invocar dicho Estado y otros Esta- dos interesados, al apreciar las finalidades de los progra- mas de conservacién”. Ademas, para acentuar mas, que las decisiones que se es- taban adoptando en Ciudad Trujillo, no alteran en lo mas mi- nimo lo decidido en otras reuniones anteriores, o la pasicién de los Gobiernos, la parte final de la resolucién aprobada con- tiene lo siguiente: “Por tanto, la Conferencia no se pronuncia respecto a las posiciones de los diversos Estados participantes en ella sobre las materias en que no se ha llegado a un acuerdo”. Esta clara disposicién es prueba irrefutable de que en Ciudad Trujillo se mantuvieron incélumes los principios apro- bados un mes antes en México. Ambas reuniones, analizadas en conjunto, permiten anotar su distinto caracter y poner término asi a las dudas sobre si la segunda alterd o debilito los resultados alcanzados en la pri- mera. Son dos reuniones de caracter y contextura distintas. En México se reunen juristas que llevan la expresi6n de su criterio y de los principios que sostienen sus Gobiernos. Es la cAtedra universitaria que se pronuncia. En Ciudad Trujillo, predomind el ambiente politico. En la primera se proclaman principios y normas de derecho, como expresién de la conciencia juridica del continente. En la segunda se consigna el intento de acuerdo, el propdsito politico de mantener la armonia continental sobre la discusién de problemas. En México, vence la concepcién ju: ridica pura, en Ciudad Trujillo la transaccién realista de ca- ig Oo racter politico, que salvando la solidaridad continental, permite que continte pacificamente la afirmacién de los princicios pro- clamados por nuestros paises. El Decreto de 1947, la Declaracién de Santiago de 1952, fueron recibidas no sélo con criticas externas, sino también in- ternas, Mas que ello, la reclamacién de nuestros derechos fué muy a menudo presentada como exageracién infundada y con- traria al derecho. Los principios proclamados en México, que permanecen inalterados después de Ciudad Trujillo, justifican ante el mundo, la justicia y la raz6n que nos asisten. Lima, mayo de 1956. EDWIN LETTS S. EL GRUPO LATINO-AMERICANO EN LAS NACIONES UNIDAS Y ALGUNOS PROBLEMAS JURIDICOS Cuando ia Conferencia de San Francisco planeaba la es- tructura de ia Organizacién de las Naciones Unidas, se hizo evidente la impertancia de la accién de los grupos de naciones vinculadas por ios factores de la geografia y de la historia. An- tes, durante el ejercicio de la Liga de las Naciones, esta accion no habia alcznzado realizaciones colectivas de importancia. Pero en San Francisco, los Estados que constituyen geografi- camente grupos regionales, libraron batalla para conseguir la definicién de una situacién de hecho que debia derivar hacia el reconocimiento juridico, para hacer de esos grupos, ef.caces elementos en Ja defensa de la paz y seguridad internacionales. Asi resulté que la Conferencia de San Francisco incluy6 en la Carta, el Capitulo VIII, en virtud dei cual quedaban reconocidos los acuerdos regionales cuyos fines y propdsitos fueran compa- tibles con los fines y propdésitos de las Naciones Unidas, Este planteamiento abrié, asi, un campo ilimitado a la cooperacién internacional con fines pacificos y los grupos regionales adqui- rieron relieve, para colaborar desde su plano de grandes unida- das de voluntad, en el magno proceso de organizar la seguridad y la paz internacionales. Parece un hecho evidente, por lo demas, que estas pre- visiones de la Carta de Naciones Unidas representan la eclo- sién de un estado de la conciencia internacional. En efecto, an- tes de que las grandes potencias se decidieran por ei recono- cimiento expreso de las posibilidades de las organizaciones re- gionales, ya ciertos grupos de Estados tenian definida su vincu- lacién politica y juridica en tratados multilaterales. Los Esta- dos americanos, por ejemplo, en la Conferencia de México seer Oe sobre los Problemas de ia Guerra y de la Paz, sentaron las ba- ses de lo que en su momento Ilamaron la “reorganizacion” del sistema, cuyos origenes se remontaban a mucho tiempo atras, La llamada Liga de Estados Arabes, de otro lado, habia tenido su primera manifestacién concreta en el Protocolo de Alexan- dria y hacia 1945 se concretaba en el Pacto de la Liga arabe destinado a “fortalecer las relaciones entre los Estados miem- bros, coordinar sus politicas con objeto de realizar la coopera- cién entre ellos, preservar su independencia y soberania y con- siderar en general Jos negocios y los intereses de los paises Arabes”. Las Bases de Dumbarton Oaks dejaron, sin em- bargo, de lado, este fundamental aspecto de la organizacion in- ternacional, Presionados por la fuerza de intereses inmediatos, los negociadores no miraron retrospectivamente para analizar las circunstancias en las cuales se habian desarrollado esos gru- pos de Estados y cémo podria encontrarse quiza en ellos la célula fundamental de una futura organizacién, Esto explica la batalla que los Estados medianos y pequefios libraron en San Francisco contra el exclusivismo politico de los grandes Estados. Resultado de ello fué la total superacién del antiguo status que caracterizaban las medidas “concesiones” de Versalles en favor de aquellos Estados que constituian grupos vinculados por fa geografia y por la historia. Desde entonces la realizacién de la idea pacifista por la accién de los acuerdos regionales ha madurado mucho mas aceleradamente. Se ha multiplicado la formulacion de princi- pios destinados a regir las actividades de ios grupos regionales. Ciertas “ententes” indefinidas antes de ahora han concluido por convertirse en abierta colaboracién para fines idénticos. En es- tos dias, en las Naciones Unidas, la idea regional campea con todas sus excelencias. La practican los Estados europeos, los indo-asiaticos, los arabes, los americanos, Asi los movimientos de opiniédn se canalizan por esta especie de sistema de distri- bucion de trabajo. Ei regionalismo estimula las aplicaciones del derecho. A partir del movimiento de unidad regional de ciertos grupos de Estados, la formulacién de principios reposa con mas propiedad en la vida misma revelada en las necesidades, que en el balance didactico de los teoricos. Cabe, sin embargo, destacar el caso americano. Después de la Conferencia de San Francisco, el regionalismo americano esq g tee recibe poderoso impulso derivado de su gestién en las Naciones Unidas. El Tratado de Asistencia Reciproca constituye, en su momento, un acto legislativo de trascendencia innegable. Su espiritu cundis y sus dispositivos sirvieron de ejemplo a otros instrumentos internacionales andlogos. La IX Conferencia de Bogota tuvo después una doble virtualidad: coronar una vieja gestion pacifista del panamericanismo de Blaine, realizando, a la vez, los propésitos y principios de las Naciones Unidas. Al- canz6 a reducir a reglas mas o menos fijas, los procedimientos de solucién pacifica de los conflictos internacionales. Y si bien tal documento, por las circunstancias extraordinarias y difici- les en que se gusté, no pudo traducir literalmente todos los avances positivos del derecho internacional en la materia, que- dé, si, como un acto estimulante y ejemplarizador, susceptible de futuros progresos. A su lado, la Carta de la Organizacién de los Estados Americanos si recogié lo que el grupo regional habia ido creando en vastos periodos de tiempo en un tipo de documento de unidad legislativa destinado a regir, también, la unidad del grupo. La importancia de este documento Ilega hasta el punto de contar con una declaracién de los deberes y derechos de los Estados, problema éste que en el campo de la legislacién internacional ha tropezado con insalvables difi- cultades para su formulacién. Y aqui cabe destacar cémo es importante una conducta de medida y de prudencia en la obra de creacién del derecho. Los gobiernos americanos no crearon esa declaracién ni ninguna otra en el calor de los debates de la Asamblea de Bogota. Recogieron simplemente el sedimen- to de un largo proceso de evolucién de las ideas en la con- ciencia juridica. El problema del método adquiere asi toda su importancia; su sentido final 0, mas propiamente, sus objet? vos han de ser los de crear principios susceptibles de aceptacién comin. He alli el espiritu que ha informado las creaciones juridicas americanas. Sin atenerse a los canales de una formu- lacién teérica c rigida, infranqueable e inalterable, los gobier- nos americanos siguieron en sus reuniones diplomaticas y de técnicos del Derecho Internacional las grendes lineas de un método caracterizado por la observancia de etapas en el pro- ceso de evolucién, por la prudencia y el reconocimiento de que toda politica legislativa debe fundarse necesariamente, en ma- teria internacional, en las posibilidades de aplicacidn de las normas. He alli de donde deriva la mayor dosis de autoridad para las creaciones americanas. Ningun otro grupo de Estados ha alcanzado los margenes de practicebilidad revelados en nuestro Continente. En ningGn grupo de Estados los principios asi formulados han tenido una aplicacién tan Util, si se quiere, tar frecuente y ian exitosa. Por cierto que no todo puede re- ducirse a problemas de técnica legislativa. Cuando ésta no tie- ne un respaldo ideolégico, animador o impulsor de! espiritu de las colectividades, por eficientes que sean los movimientos de la ley, conciuyen en el fracaso. En el grupo americano hay, indudab!emente, un espiritu. Puede ser aquel de la “unidad de alma” que proclamaba el Libertador Sim6én Bolivar. Puede ser un resultado de favorables condiciones acumuledas a cada pa- so por la vida misma. Pero lo evidente es que la anaiozia en ciertas posiciones politicas, la actitud ante ciertos problemas, la inclinacion de ciertos procedimientos, métodos e inst-tucio- nes juridicas y politicas van mas alia de toda coincidencia cir- cunstancial. Este movimiento de progresivo desarrollo de las institu- ciones no fue facil, sin embargo, antes de ahora. En cierto mo- mento hisi6rico, parecia dificil vincular en los hechos ias dos porciones de! Continente, la del Norte y !a del Sur, para ha- cerlas coincidir en ciertos puntos de vista politicos. La diso- luci6n de las dificultades ccmenzaren al producirse el cambio de politica de los Estados Unidos respecto de los demas paises americanos. A partir de entonces es posible penser en que una accién coordinada de la totalidad de los Estados americanos era posible para atender a los problemas generales de la se- guridad y la paz. Esta situacién no habia podido ser alcanza- da mediante la aplicacién de mecanismos técnicos o de formu- las juridicas. La soberania de algunos Estados americanos se habia sentido hasta entonces resentida ante la politica de abier- ta proteccién racionalista seguida por los Estados Unidos que se traducia, a su vez, en una velada o desembozada tutela sobre ciertos Estados de América. Indudablemente que para seme- jante cambio debid ejercer decisiva influencia la situacién po- litica de inestabilidad en las relaciones entre las Grandes po- tencias que caracterizo la etapa anterior a la segunda guerra mundial. No era un secreto dificil de descubrir aue el Conti- nente americano soliviantado por la politica de las interven- yg ciones habria podido desempefiar un papel de flanqueo en fa- vor de los agresores. La disolucién de las dificultades anterio- res se revelaba entonces como una politica realista, como una politica conservadora, y de defensa de parte de los EE. UU. de América. Después de inaugurado el nuevo sistema de relaciones es que se pudo exhibir al movimiento americano, como fundado en una concepcién continental de las relaciones politicas. Las asambleas panamericanas adquirieron un nivel de serenidad y de confianza. Los organismos técnicos surgidos del acuerdo pa- ra promover el desarrollo economico y la ayuda técnica pu- dieron funcionar sin el atisbo desconfiado de los pequefiios Es- tados. Las scluciones pacificas del derecho internacional tu- vieron aplicacién frecuente y exitosa cada vez que el distan- ciamiento pudo poner en peligro la paz continental. Estas apli- caciones del derecho se fundaron, por supue:to, en los tratados elaborados en las reuniones interamericanas a través de vastos periodos de tiempo, y aunque muchos de ellos no se haliaban vigentes por la ausencia de la ratificacién constitucional, los principios que sustentaban eran, si, generalmente aceptados. Todo esto ha venido acreditando al movimiento americano co- mo decididamente pacifista. Hace poco el Sub-secretario de Estado sefior Holland lo reconocia ptblicamente con notoria elocuencia. Eii medio de un mundo perturbado por la ame- naza de nuevas conflagraciones, una tibia y reticente acepta- cién de los principios morales de la convivencia, que caracte- riza, en cierto modo, la accién de las Naciones Unidas, no sa- tisface la ansiedad de los gobiernos y la justicia que reclaman las relaciones humanas. La actitud del grupo americano des- taca por eso, por su saludable uniformidad que aunque pre- sent6 a veces ciertos quebrantamientos, eilos no fueron tan po- derosos como para hacer peligrar el concepto de unidad regio- nal. Mas, sobre todo existe una evidente adhesidn, 0, si se quie- re, concepto del respeto que merecen los principios del Dere- cho Internacional, que aunque no es posible que alcancen siem- pre plena aplicacién tedrica, tienen por lo menos el reconoci- miento para subsistir a través de todas las crisis, como la es- peranza en un mundo mejor. ae 5 LA PARTICIPACION DEL GRUPO EN LAS NN. UU. La participacion del grupo latino-americano en las Na- ciones Unidas ka confirmado la posici6n de unidad perseguida a través de les conferencias panamericanas. Aunque en las reuniones continentales no fueron pocas las dificultades que a veces enfrentaron contrapuestos intereses de los gobiernos ame- ricanos, siempre result6 propicia la ocasién para que las fér- mulas de acercamiento y de transaccién las suprimieran. Esta forma de la politica interamericana ha resultado a la postre como una consuetudinaria manera de abordar los problemas contrapuestos. Su presencia en cada caso hizo prevalecer el concepto de unidad regional. En el campo politico predominé decisivamente porque siempre las cuestiones politicas afectaron transitoriamente la posicién de los gobiernos. En el campo ju- ridico las consecuencias fueron igualmente importantes. Bas- taria recordar como cuando se reunié la II Conferencia Pana- mericana de México ciertos problemas politicos amenazaron la serenidad y el éxito de los debates sobre el arbitraje hasta el punto de poder conducir al fracaso de la histérica reunidén. La formula de solucién fue la adopciédn de dos convenciones, una adhiriéndose a los principios ya adoptados en La Haya en 1899 y otra proyectando el interés de los gobiernos americanos hacia el arbitraje amplio y obligatorio. La aprobacién de la Convencién de Derecho Internacional Privado, en 1928, fue posible mediante la formula ecléctica adoptada en el art. 7 que dejaba salvada ja dificultad opuesta, en materia de -esta- tuto personal, entre los Estados que se regian por la ley na- cional y aquellos que aplicaban la ley del domicilio. La Con- vencién de arbitraje de 1929 orillé las dificultades derivadas de la definicién de los problemas politicos, limit4andose a un instrumento internacional destinado a ser aplicado a las cues- tiones juridicas. Por eso se ha pensado que estas y otras limi- taciones voluntarias a la accién politica y juridica de los go- biernos en beneficio de la solidaridad, han ido creando una es- pecie de “seguridad” en toda negociacién en la que se contro- vierten intereses americanos. Esta afirmacién encontraria su prueba en el éxito que siempre coron6 la aplicacién de los pro- cedimientos pacificos de solucién de los conflictos internacio- nales americanos. No ha existido, en efecto, un solo caso en Ha AO el cual, puestos en marcha los procedimientos de solucién pa- cifica, no se haya alcanzado la solucién satisfactoria para las partes en, controversia. El procedimiento de la consulta en es- tos casos o en los de la alta politica interamer.cana, funciono siempre con oportunidad y tedo uso de la lucha armada pudo ser controlado ventajosamente. Semejante posicién colaboracionista en los propésitos fun- damentales de la politica interamericana, tenia que tener su traduccién en el seno de las Naciones Unidas. Alli las nacio- nes americanas han confirmado su posicién de inteligencia re- gional. No ha sido necesario para ello renunciar a ninguna potestad de ia soberania. La reaccién de la soberania siguié dominando y caracterizando el ambito de los intereses especia- les de los Estados. En su aspecto general, toda negociacion se orienta hacia la defensa de la paz continental y general. Por eso, las naciones americanas han podido exhibir en las Nacio- nes Unidas una posicion de unidad. Esta ha hecho posible individualizarlas como una poderosa fuerza de op‘nién, capaz de modificar u orientar, en cierios casos, el curso de importan- tes actos de politica internacional. Sin embargo, el hecho de que las republicas americanas representen en las Naciones Uni- das, por ese concepto de la unidad, un tercio de la opinion colectiva de las Naciones Unidas no ha dado lugar en ningtin caso a posiciones extremas o arbitrarias frente a los actos le- gislativos, las actitudes politicas ni las reivindicaciones. Como regla general, una ponderada conducta latinoamericana ha ca- racterizado el papel de estos paises en los negocios mundiales. En, el campo econémico, como era de esperarse, han luchado por una accion més intensa de las NN. UU. mediante sus or- ganismos técnicos destinados a llevar su ayuda a las areas me- nos desarrolladas o para crear aquellas instituciones a facilitar un uso mas equitativo de la riqueza. La medida de esta con- ducta latinoamericana no se alteré ni en los més algidos de- bates politicos, La posicién americana fue siempre conserva- dora de la paz, aferrada a los propdésitos y principios de la Carta porque ellos no han ido mas alla de los mismos princi- pios y propésitos de la organizacién americana. Asi se destacan las campafias libradas por muchos representantes latinoameri- canos contra el uso abuso del veto en el Consejo de Seguridad, que no sdlo es capaz de detener la accién pacificadora de la — Organizacion, o la accién coactiva para restablecer el equilibrio juridico quebrantado por la agresi6n o quebrantamiento de la paz, sino, inclusive, la creciente universalizacién de jas Nacio- nes Unidas, por el ingreso de nuevos miembros amantes de ‘a paz. La posicién latinoamericana en esta materia se orienté, por eso, a suprimir al veto su alegada condicién de “derecho” para situarlo en el de una ajustada necesidad de las grandes potencias de marchar unanimes frente a los mas graves pro- blemas que comprometen la estabilidad y la paz general. De la misma manera, las representaciones americanas ac- cionaron en defensa de la competencia exclusiva de los Esta- dos, consagrada en el parrafo 7 del art. 2 de la Carta, que su- pone que ningtn Estado puede intervenir en los asuntos in- ternos de otro Estado, problema éste de vieja tradicién ame- ricana cristalizado en una férmula feliz en la Carta de la Or- ganizacion de los Estados Americanos. Accionaron, también, en defsnsa de otros principios como el de la libre determina- cién, que aunque reconocido por la Carta pudo ser desnaiura. lizado, al aplicarse los dispositivos en casos concretos de control o gobierno de territorios dependientes. En fin, para no citar mas ejemplos, las naciones americanas imprimieron extraordi- nario impulso a los trabajos destinados a complementar la De- claracién de los Derechos del Hombre con un pacto ejecutivo que asegure la sanciOn en los casos de violacién de los dere- chos reconocidos. LA REFORMA DE LA CARTA Las deficiencias de la Carta de las Naciones Unidas han hecho surgir en el campo internacional un movimiento orien- tado hacia su reforma. No hay en este movimiento ningtin pe- simismo extemporaneo expresado en circunstancias en que la Organizaci6n Mundial reclama de su confirmacién. Los que creen en la reforma no atacan el sentido conservador de la Organizacién ni su caracter permanente. Los negociadores de la Carta no se pusieron en el caso de abandono por un Estado de las obligac‘ones impuestas por el documento fundamental. Corrigieron con ello un defecto de la antigua Organizacién de Ginebra.que vid surgir de sus entrafas mismas, por esa via, las formulas negativas de su propia disolucién. Pero la posible seis FR: ees reforma de la Carta ésta, si, abierta a la accién de los Estados miembros dentro de ciertas circunstancias y condiciones. Estas son garantias destinadas a impedir que se produzca por mo- vimiento de demagogia internacional tentativas de reforma, sin fundamento o aceptacién en la mayoria, pero que pueden con- mover las bases mismas de la Organizaci6n. La precaucién de la Carta llega hasta el punto de exigir la unanimidad de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad para la reu- nién de una conferencia de reforma o para la promulgaci6n de las enmiendas que se aprobaren. Ciertamente que cuando se elaboré la Carta no se pensé que semejantes previsiones de garantia podrian resultar a la postre, por una oposicion siste- mAtica, vallas insalvables para todo sano proposito de reforma de la Carta. Esta puede resultar, en nuestros dias, de la opo- sicién politica de los bloques internacionales. Pero esta opo- sici6n no sera permanente si se alcanza a modificar las con- diciones en que se desarrollan los problemas politicos. Pode- mos sostener que en ningtin caso los entorpecimientos a los propdsitos de una prudente reforma podran ser detenidos si actia una activa propaganda de los gobiernos dominados por la buena fe en los negocios publicos. La actitud latino-americana en esta materia se vid orien- tada por el imperativo de crear en el ambiente internacional el clima propicio para la reforma de la Carta, de modo que ella ingresara al campo de los problemas pendientes sin estri- dencias ni exageraciones capaces de comprometer sus base mis- mas. Por eso se ha llegado a pensar que mas que una tarea de reforma, podria tratarse de una tarea de “perfeccionamien- to basado en ja experiencia”, como lo declarara el delegado del PerG en el curso de la Octava Asamblea General. Para ac- cionar contra el abuso del veto, por ejemplo, los paises latino- americanos han recordado cémo la impiantacién del veto fué el resultado de un compromiso en virtud del cual las Grandes Potencias asumieron la obligacién de marchar de acuerdo en la solucién de los m4s importantes problemas. Esto explicaria la responsabilidad primordial para el mantenimiento de la paz y su defensa atribuia a las grandes potencias, segin el art. 24 de la Carta. Mas como este supuesto no se ha realizado, o se han adulterade los fundamentos para el ejercicio de la facul- tad de vetar, quienes creen en la necesidad de la reforma, ven ss YO at en el veto un grave peligro para la futura y eficaz aplicacién de la Carta. Esta presuncién es todavia mas intensa si se pien- sa que en cierto campo de ideas se ha sostenido que el veto puede ser ejercitado aun contra la aplicacién de los procedi- mientos de solucién pacifica de los conflictos internacionales. De ser asi, las Naciones Unidas habrian reconocido su abierta incapacidad para la defensa de la paz que es el principal ob- jetivo de su existencia. Pero dada la complejidad de los problemas a enfrentar en toda eventual reforma de la Carta, los que piensan con se- rena responsabilidad en el porvenir de la organizacidn interna- cional, no pueden o no deben precipitar las etapas de perfeccio- namiento juridico. Aqui como en otras actividades de creacién, el problema del método adquiere singular importancia. La re- forma de la Carta reclama un clima de madurez. Esto sdlo sera posible cuando los hechos negativos revelados por las tentativas de aplicacién de la Carta, se hallen pasados en la propia expe- riencia de los organismos internacionales creados por la Carta. Esto es, que la reforma debe venir como una consecuencia de la observacién de sus propias imperfecciones verificadas a cada paso en los casos concretos a particulares. Asi lo han entendi- do los partidarios de la reforma. Y asi quedé resuelto por la VIII Asamblea General de las NN, UU. cuando fue aprobada la resolucién 796 (VIII) en virtud de la cual considerandose que el estudio de la historia de las deliberaciones que condujeron a la redaccién de la Car- ta y el de la practica seguida por los diversos érganos de NN. UU. constituyen los mejores medios para comprender la Carta y facilitar el examen ulterior por la Asamblea General de los propésitos de 1eunir un conferencia general de reforma, se dis- ponia la publicacién de ciertos documentos no conocidos de la conferencia de San Francisco y, sobre todo, de un repertorio de la practica seguida por los érganos de las Naciones Unidas. El punto de partida de esta decision estuvo en una pro- posicién de los Paises Bajos presentada con anterioridad a la VIII Asamblea General de NN. UU. Esta proposicién fué es- pecificamente ceterminada por otra de la Delegacién argentina uno de cuyos parrafos decia: “A fin de eliminar las dificulta- des... el gobierno argentino propone que se faciliten al Secre- tario General ios medios necesarios para preparar y publicar: == 90 — a) Una compilacién sistematica de los documentos de ia Con- ferencia de San Francisco que no hubieran sido publicados has- ta la fecha; b) Un estudio sistematico comprensivo de la his- toria legislativa de la Carta; c) Un indice completo de todos los documentos de la Conferencia de San Francisco; d) Un repertorio de le practica seguida por todos los érganos princi- pales de las Nacienes Unidas sobre determinados tépicos”. Ambas propuestas se fundieron después en una sola que fué petrocinada por las delegaciones de Argentina, Cuba, Nue- va Zelandia y Pakistan, La redaccién sufrid después algunas modificaciones, aunque subsistiéd lo fundamental d= la propues- ta. El considerando segundo de la propuesta colectiva decia: “que el estudio legislativo de la Carta y de ‘as practicas segui das por los varios érganos de Naciones Unidas es uno de los mejores medios para adquirir un pleno conocimiento de la Car- ta y que dicho estudio facilitara cons.derablemente a la Asam- blea General el examen de su decisién .de convocar a una con- ferencia General de reforma...” El debate, por lo demas, exhibid tres tendencias mas o menos definidas: la violenta reaccién de los representantes del grupo soviético contra toda idea de toda reforma de la Carta, Ella se manifesto por directos ataques contra la politica de los EE. UU. a la que atribuian ocultos propdsitos detras de la pro- puesta reforma de la Carta. La otra tendencia que podria ca- lificarse de conservadora, estaba representada por Bélgica, Co- lombia, Franc’a y México que extraia el asunto del campo de aplicacién del art. 109 para colocarlo en el de una labor pu- remente didactice, de propaganda, difusion y comprensién de los dispositivos de la Carta. La tercera tendencia, la de la ma- yoria de ia Comisién Juridica de la Asamblea General, consi- deraba que ui critico previsor aconsejaba realizar desde aho- ta los trabajos preparatorios que reclamaria la reunién de la Conferencia prevista en el art. 109 de la Carta. La Delega- cién del Pert apoyé este criterio. La Delegacién del Pertti sos- tuvo, por eso, que desde que se firmd la Carta existia en la mente de los negociadores la posibilidad de la reforma y que una prueba de ello era la presencia del art. 109. Por ello no resultaba inconsecuencia que estando por vencerse el plazo fi- jado como prueba, se piense ya en las posibles reformas. Sien- do la Carta un tratado multilateral de ejecucién continua no py OE owe habria razén para que las imperfecciones subsistan contrarian- do el propdsito esencial que Ilevo a los gobiernos a suscribirla. La Carta constituye un documento en cuya gestacion hubo, en no poca proporcién, transaccion de posiciones politicas y com- promisos de honor que debian hacer de ella un documento de aplicacion regular. Pero, asimismo, la Carta, desde su nacimien- to llevaba en si misma el germen de ciertas desidencias poli- ticas entre las grandes potencias reveladas desde los origenes mismos de la Conferencia de San Francisco que debian agu- dizarse a la postre hasta cristalizar en una situacién de opo- sicién sistematica de bloques. Tal situacién se ha venido re- yelando amenazadora hasta el punto de comprometer la esta- bilidad de las Naciones Unidas. Los viejos vinculos de la so- lidaridad entre las grandes potencias quedaron rotos desde los primeros dias de San Francisco. Desde entonces las institucio- nes consagradas por la Carta no han podido rendir sus bene- ficios en la proporcién necesaria para servicio de la comuni- dad de los Estados. En cierto momento, todo el mecanismo pacifista de la Organizacion se vid amenazado de paralisis. En tales circunstancias, fue precisamente cuando se anot6 la in- conveniencia de ciertos procedimientos de la Carta o la defi- ciencia de otros que no lIlegaron a perfeccionarse seguramente porque los negociadores de la Carta se vieron urgidos por la necesidad de negociar alrededor de ciertos principios, segun una politica dirigida a salvar la totalidad de la Carta. Considerado lo anterior, la obra de una futura reforma no tiene por qué significar un desmantelamiento de la estructura fundamental de la Carta como organizaci6n encaminada a la defensa de la paz y garantia de la seguridad internacionales. Las NN. UU. deben seguir sirviendo esos propositos por todos los medios puestos a su alcance. Esto es, por la sancién del derecho en los casos en que la paz se quebrante por empresas de dafio ptblico internacional, o se le amenace simplemente, 0, también, creando entre los Estados pacificos, las condiciones de orden econémico, social y cultural que garanticen un tran- quilo desenvoivimiento. Este objetivo de las NN. UU. no po- dria ser alterado sin afectar las bases mismas del orden juri dico requerido por la estabilidad de la comunidad de los Es tados. Pero se ha hecho evidente que ciertas deficiencias de la Carta, se han mostrado m4s intensas por el juego de cierios — 22 — intereses politicos negativos. La Carta quiz4 podria haber sub- sistido inalterable en medio de un equilibrio exprofesamente mantenido, si esos intereses no hubieran jugado papel tan fre- cuente en el mecanismo de accién de las NN. UU. Entonces la idea de una reforma temprana podria haber sido posterga- da. Pero en las NN. UU. se ha reflejado con persistencia pe- ligrosa el desequilibrio de relaciones entre las grandes poten- cias amparado precisamente en las imperfecciones de la Carta y ello va creando una situacién incémoda para la aplicacién del derecho internacional. Ese desequilibrio es responsable que ciertos Estados no asumen con plenitud los deberes que im- pone la convivencia pacifica y el desarme moral que permita suplir cualquier deficiencia del derecho escrito. Frente a tal situacién no queda sino la radical decisién de los Estados pa- cificos de confirmar la norma reguladora, atribuyéndole la cla- ridad necesaria, la autoridad reclamada y la posibilidad de una estricta aplicacién. Toda la eficacia de las NN. UU. esta, en realidad, condicionada al regimen de organizacion, o de cali- dad o de cantidad de los medios para hacer efectiva la vigen- cia de la paz. Segtin sea la direccién que siga este régimen la accién de las NN. UU. sera eficaz, 0, al contrario, irregular verbalista e infecunda. “La lucha por la paz juridica reclama una preparacién sagaz y prudente. El derecho es siempre re- sultado de una lucha constante entre una recta voluntad y una voluntad desvieda que lo ignora.” Es entonces una dinamica enérgica de los medios y de los procedimientos para la defensa del orden juridico lo que separa los sistemas activos “de la deprimente pasividad de las escuelas vinculadas al fatalismo so- cial y juridico.” El Delegado del Peri agregaba cémo cuando se enjuicia en nuestros dias la obra de las Naciones Unidas, no puede dejar de advertirse una cierta dosis de excepticismo. Esto se hace pre- sente, decia, inclusive en los espiritus mejor preparados que conocen las relatividades de la vida internacional. Hay en esto evidentemente una grave injusticia. Las Naciones Unidas cum- plen un papel moderador indiscutible en las relaciones inter- nacionales. Su eccién en el mantenimiento de la paz ha logrado alcanzar margenes desconocidos antes de ahora por ninguna or- ganizacion internacional, Por ejemplo, el régimen de sanciones ha superado las timidas y deficientes medidas de la extinta Li- im Bee gate ga de las Naciones, ¥Y en el campo econémico, social y cultural realiza con eficacia los principios de la cooperacién internacio- nal, ya promoviendo los medios eficaces o patrocinando el avan- ce de los paises menos desarrollados por el sistema de la ayu- da técnica que vitaliza y estimula el desarrollo de la propia ca- pacidad de trabajo y de produccién. Sin embargo, pese a esta obra aun queda mucho por hacer relativamente a su eficacia para la defensa de la paz. Mejor di- cho, lo que queda por hacer reclama mas garantizados y expedi- tivos medios. En algunas oportunidades los Estados miembros se han visto llevados a realizar interpretaciones del articulado de la Carta, para buscar en ellas la accién eficaz y continua. Estas in- terpretaciones presentaron siempre el recurso al llamado “es- piritu de la Carta”. Algunas veces, estas interpretaciones fue- ron consideradas, por algtin sector de opinién, como violaciones de ia Carta, como si la ley, fuera una cosa muerta que no puede ser interpretada para extraer de ella “lo que debid ser” o “lo que quisc que fuera” la voluntad poderosa del legislador. Asi surgio, por ejemplo, la resolucién “Accién Conjunta en favor de la Paz”, como lo fué antes la resolucién, también fundada en una interpretacion, que cred la Asamblea Interina destinada a mantener vigente y continua la vigilancia de las NN. UU. sobre los probiemas internacionales. Parece evidente, por lo demas, que la oposicion a la refor- ma de la Carta se basa en una corriente de opinién dominada exclusivament® por razones politicas. Esta situacién se ha he- cho evidente en el curso de la X Asamblea General de las Na- ciones Unidas, a cuyo plenaric fué remitida la cuestién de la Reforma de la Carta. Alli se reaccioné, especialmente por parte de los paises latino-americanos, contra el exceso del veto que es capaz de mediatizar la eficacia de la Organizacién Mundial. Ya un delegadc habia, — en anterior ocasién, declarado cémo existia la posibilidad de dos unanimidades: la de las Grandes Potencias miembros permanentes del Consejo de Seguridad y la de los miembros no permanentes del mismo, como dog fuer- zas capaces de controlarse reciprocamente. El argumento repre- sentaba un valor aceptable. Pero la experiencia ha venido de- mostrando que la Gnica unanimidad dificil de alcanzar es la de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Los resultados de ¢sa experiencia son notorios. El sistema de vota- eA cién en el Consejo de Seguridad, para ciertas cuestiones impor- tantes, significa un compromiso de honor de los miembros per- manentes para marchar de acuerdo en los mas importantes a- suntos vinculados a la defensa de la paz justificando, asi, el dispositivo contenido en el art. 24 de la Carta. Los pequenos y medianos Estados que aceptaron en San Francisco esa situa- cién que rompia la igualdad juridica, aprobaron, asi, el Hamado veto porque se entendié en su momento que los representantes permanentes dei Consejo de Seguridad harian de él un uso mo- derado, discriminado y justo. Asi habia quedado consagrado, también, que corresponde a la grandes potencias la responsa- bilidad primaria en la defensa de la paz general, conforme al art. 24 de la Carta. Si se detiene alguien en el analisis de la Carta tendra que convenir en que !a defensa de la paz y la seguridad son sus ob- jetivos predominantes, si no exclusivos. Hacia la seguridad y la paz se marcha, segan la Carta por diversos caminos. Pero la seguridad y la paz reclaman que las NN. UU. puedan accionar con eficacia frente al delito de agresién. Si la influencia de otros intereses que no son los de la seguridad y la paz se oponen a ello, entonces las NN. UU. habran perdido toda razon de ser. Es claro que e} ideal seria la supresién de toda controversia so- bre los casos de interpretacién de la Carta. Pero si ella se pro- duce, como ha sucedido, toda obra de reforma est4 llamada a confirmar esas interpretaciones. También es verdad que hay, al lado de estos asuntos, ciertos dispositivos que la experiencia adquirida revela la necesidad de una revisién. Las facultades de la Asamblea General frente a los problemas relativos al man- tenimiento de la paz han sido objeto de ciertas interpretaciones y reservas. La estricta aplicacién del art. 4° relativo al ingreso de nuevos miembros, ha sido ya objeto de una decisién juris- prudencial de la Corte Internacional de Justicia que reclama una confirmacién en la practica. Hay, asimismo, Algido debate, des- graciadamente frecuente, sobre el parrafo 7 del art. 2° de la Carta relativo a los limites de la competencia internacional fren- te a ese fondo respetable de soberania que es la competencia exclusiva. Todos estos casos, por ejemplo, revelan la necesidad de un esclarecimiento. EL PROBLEMA DE LA DEFINICION DE LA LEGISLACION La expeérieticia viene demostrando que la organizacion de la paz hasta nuestros dias es insuficiente. La Liga de las Na- ciones no pudo ir mas alla de una timida legislacién contra la guerra dejando a la libre voluntad de los Estados la adopcién de los medios coercitivos. Las NN. UU. no han ido mas alla en este campo poblado de obstaculos, aunque, es verdad, que su gestién pacificadora ha sido mas intensa y eficaz. Pero las NN. UU. han éctualizado una serie de ideas fundamentales des- tinadas a actuar, como matriz del futuro movimiento legislativo internacional. La Carta, por ejemplo, reconoce que la paz y su conservacion reclama una serie de medidas concurrentes, des- de diverscos augules. La seguridad econémica, de un lado, la garantia de la persona humana, de otro lado, o la organizacién de medios eficaces para que la vida humana se desenvuelva con normalidad, constituyen en nuestros dias puntos basicos destinados a 1eflejarse en la politica internacional de los Es- tados. En el orcen juridico internacional, asimismo, la idea de la sancién del derecho ha recobrado su prestancia como idea di- rectriz. Les juzgamientos de Nuremberg si bien no pudieron alcanzar ia consagraci6n unanime del mundo civilizado, deja- ron una huella profunda en el pensamiento de los hombres de Estado. Fué Ja primera sancion, defectuosa, es verdad, ques cierto “orden juridico” cred para castigar el crimen de la gue- rra. Consecuentemente se ha venido pensando con insistencia en la necesidad de una jurisdiccién penal internacional desti- nada a actuar contra las infracciones de derecho internacional. La Declaracion Internacional de los Derechos del Hombre y su insistente aJusidn en los debates internacionales como funda- mento de una vida democratica y justa en el interior de los Estados, cubrira el aspecto politico-nacional de ese clima ne- cesario que la comunidad reciama para el imperio de la paz. Por eso, ciertas otras ideas, como la definicién de la agresién han cobrado una importancia determinante. En buena cuenta, asistimos a la construccién o elaboracién de las bases funda- mentales de un derecho de la paz posibilista. El problema de la definicion del agresor tiene antece- dentes lejanos cuando la Sociedad de las Naciones ahondaba su preocupaci6n predominantemente juridica para resolver los sas Gt problemas politico-juridicos del momento historico. Se ha con- siderado a esta tendencia como un defecto. Aunque parece cierto que, como punto de partida, como iniciacién de unos de- sarrollos llamados a adquirir revuelo en una etapa posterior de madurez, el cargo carece de toda fuerza. Lo probaria la per- sistencia de los argumeptos esgrimidos entonces contra la gue- rra de agresién, que constituye una “constante” de la politica anterior a las NN. UU. Lo probaria, también, la supérvivencia de los mismos juicios y argumentos en nuestros dias en que las NN. UU. pretenden arribar a una soluci6n definitiva en el problema de la agresién. Por eso se puede sostener que la literatura del Derecho Internacional estA poblada de ensayos tedricos para definir al agresor. Se treta de movimientos de gran interés especulativo y algunas realizaciones del derecho positivo. Los primeros vi- ven dominados por las tendencias politicas. El derecho posi- tivo sélo ha aicenzado a precisar, como en los tratados de Lon- dres de 1933 y algunos tratados anti-bélicos, criterios para con- figurar una evolucién posterior de la figura de la agresion. Los tratados de Londres se vieron mas tarde acogidos en el Tra- tado de Rio de Janeiro de 1947. Como punto de partida se- falaron un progreso cuando una cierta idea de comunidad pa- cifica se impone sobre las iimitaciones de la politica, Y aunque esos tratades fueron después letra muerta porque la guerra desencadenada en 1939 hizo tabla rasa de todo el andamiaje legal contra la guerra de agresién, quedaron como un prece- dente de lo que puede alcanzar el derecho escrito en las cir- cunstancias favorables de la vida internacional. En las NN. UU. el problema de la agresién fue estudiado sucesivamente por una Comisién Especial y por la Asamblea General. Para ese entonces, ya se habia destacado en el deba- te, la posicién soviética decididamente extrema en cuanto al problema de la definicién del agresor, contradicha con relativa eficacia obstruccionista por los Estados Unidos, y la posicién latinc-americana equidistante de ambas posiciones, pero con- currente al fin de alcanzar alguna vez una definicién del agresor. La resolucién 599-(VI) de la Asamblea General de NN. UU. habia dejado establecido que “si bien el delito de agre- sién puede deducirse de las circunstancias propias de cada ca- on OF es so particular, no por ello es menos posible y conveniente con el fin de garantizar la paz y la seguridad internacionales y desarrollar el derecho penal internacional, determinar la agre- sién por sus elementos constitutivos.” La Comisién Especial de NN. UU. estudidé los diversos ti- pos de definicién posibles: la definicién general, la enumera- tiva y la definicién mixta. La primera fué criticada porque no contendria los elementos de! delito; la segunda lo fué porque resultaria incompleta y un agresor eventual podria soslayar las especificaciones de la norma escrita. La definici6n mixta, en concepto de algunos representantes, reuniria los defectos de las dos anteriores. La delegacién de los EE. UU. propuso ia ela- boraci6én de ciertos presupuestos que serian-sometidos a los Or- ganos competentes de las NN. UU. Pero el problema mas difi- cil consistia en el sentido mismo de una definicién. Se dijo que lo mas natural era que tal definici6n fuera la que supone el sen- tido de la Carta de NN. UU. Con esto se sostuvo, de un lado, que en tal sentido la agresi6n se limitaria a ia agresi6n arma- da y de otro lado, que cubria también otras formas de agre- sidn. Los debates derivaron todavia hacia los elementos cons- titutivos de la agresién, la misma que supondria la precisién legislativa de la nocién de agresién armada, de la amenaza de agresién, de la provocacién, de la intencién agresiva, de la agresién indirecta, de la agresion econdmica y otras formas de agresién. Todos estos asuntos no hallaron en la Comision de NN. UU. esclarecimiento debido. Se dijo, por ejemplo, que la definicién de Ila agresiédn en el sentido de la Carta no era otra cosa, como dijimos, que ia definicién del ataque armado y que darle una amplitud mayor, equivaidria a reformar la Car- ta. Con este y otros ensayos terminaron los esfuerzos de la Comisi6n. Evindentemente que un punto importante fué dejar esta- blecide cual seria la consecuencia juridica de una definici6n de la agresién. Se sostuvo, por eso, que tal definicién por medio de una resolucién de la Asamblea General no tendria sino el carActer de una recomendacion. Sin embargo, esta condicién no desmejoraria la evidente influencia moral y po- litica que la definicién tendria sobre la opinién de los Es- tados miembros, sobre todo si ella era aprobada por una gran- mayoria de los Estados que son miembros del Consejo de Se- eee) es guridad. La tesis que atribuia valor relativo a las recomen- daciones de la Asamblea General no era, por tanto y cierta- mente, aceptable del todo. En resumidas cuentas todo el sis- tema de la Carta reposa en el libre consentimiento de los Es- tados. Tal criterio de libre determinacién se contiene, entre otros dispositivos, en los articulos 36, 37, 39 o 40. El art. 43 subordina la cooperacion militar de los Estados contra los ac- tos de agresién o el quebrantamiento de la paz, a la celebra- cion de los acuerdos especiales sometidos, en itima instancia, a la ratificacién constitucional de los parlamentos. La obli- gatoriedad de las medidas de sanci6én internacional quedan, asi, incluidas entre aquellas que los gebiernos pueden ejerci- tar segin su ley y su soberania. Sin embargo, este factor de voluntariedad no suprime o no debe suprimir la posibilidad de que las NN. UU. vigilen el cumplimiento de la paz con plena eficacia. La personalidad juridica de las NN. UU. sur- ge del consensus 0, mejor dicho, de 1a voluntad pacifista ine- quivoca. Sus decisiones, sea bajo la forma de resolucién o de recomendacién estan llamadas a ir creando una jurispru- dencia saludable para canalizar la conducta de los gobiernos. La organizacién internacional no ha llegado a Ja etapa del su- per-estado. Sus construcciones son relativas desde ese pun- to de vista como es tedo aquello que manipula los intereses de los Estados. Si la Asamblea General es un foro, en cierto modo, el Consejo de Seguridad, también lo es porque a él van los gobiernos a exponer sus tesis, la defensa de sus derechos. Ain, mas, si la organizacién internacional aspira a ser eficaz diluyendo cada vez mas, el factor de soberania de los Esta- dos, no queda mejor camino que abrir sendero para que la moralidad politica derive hacia un estado de psicolegia cada vez mas maduro propenso a constructivas elaboraciones juri- dicas. He alli por ahora, el cuadro de las posibilidades d= la asociacién internacional. Este es, por cierto, el espiritu de la Carta de NN. UU. que permitid ia existencia del veio, no como un factor de obstruccionismo o de defensa inorganica, sino como un estimulo para que la unanimidad en las funda- mentales decisiones del Consejo de Seguridad fueran posibles. Por eso se puede decir que los objetivos de la Carta se re- ducen a la paz, cuya finalidad trascendental cubre por entero oun BE coe el porvenir de todas las instituciones internacionales y su cum- plimiento encarna la realizaci6n de los ideales dei derecho. Estas preocupaciones han sido elemento de activo deba- te en el seno ae todos los grupos politicos y técnicos de NN, UU. EI grupo latino-amer.cano io ha tenido ante si no sdlo en esta colaborac.6n que represenia la accién de las NN. UU., sino en sus propias Asambleas regionales donde, con notoria fruicién, pedemos anotar los mejores progresos. Por ejemplo, el delegado del Brasil, sefior Gilberto Amado, propiciaba en el seno de la Comisién de Derecho Internacional, con motivo del debate sobre el proyectado Cédigo de Delitos contra la Paz y Seguridad de la Humanidad, una sugestién interesante. Pre- ccnizaba, respecto de la agresién una definicién general. Se- gun ella, “los siguientes actos son ofensas contra la paz y se- guridad de la humanidad y punibles como crimenes conforme al Derecho Internecioral: a) Empleo o la amenaza del em- pleo de la fuerza armada de un Estado contra otro Estado pa: ra cua'quier propdsito que no sea la legitima defensa o !a eje- cucién de una decisién del érgano competente de ias NN. UU.” Esta formula, —decia el autor—, podria ser usada por ei Con- 2jo de Segurided o por la Asamblea General en Jos casos pre- vistos en la Resoluci6n United Action for Peace “sin restringir la libertad de :uzgamiento del érgano competente de NN. UU.” El representante de Panama doctor Ricardo Alfaro fue autor, también, de una proposicion sobre la materia, En su con- cepto las dificultedes mayores para encontrar una formule aceptable sobre Ja agresién derivaba de que los esfuerzos se habian concentrado sobre la idea de una enunciacién de los diferentes actos constitutivos de la agresién. Preconizaba la elaboracién de una norma general por cuya aplicacién los or- ganos competentes de las NN. UU. pudieran determinar quién habia sido el egresor. El sefior Alfaro criticaba el art. 10 del Protocolo de Ginebra en cuanto constituia una formula mixta. Sin embargo, el porvenir de las férmulas mixtas se senalaba como el m4s cercano a la admisibilidad de los Estados. Lo probaria el hecho de su presencia en los tratados de Londres de 1933 0 en cierto modo, en el Tratado Interamericano de Rio de Janeirc. El mismo sefor Alfaro demostr6 posterior- mente la flexibilidad de su pensamiento al proponer a las NN, UU. un proyecto de esta especie. Su férmula se componia de Sep un concepto general de la agresién seguido de ciertas especifi- caciones concretas de los casos mas comunes de agresion, lo que el propio Alfaro Ilamaba reproduciendo una expresién co- nocida, “los cinco pecados capitales” de toda definicién, a sa- ber: a) Declaracién de guerra; b) invasion de un territorio; c) el ataque armado; d) las formas de bloqueo naval o ierres- tre; e) el apcyo a las bandas armadas que traspasan Jas fron- teras de un Estado. Todas estas circunstancias calificativas son, por cierto, dis- cutibles. Pero deja, por lo menos, si se les toma como simple ejemplo, una huella que puede permitir un juzgamiento. La Delegacion de! Pert sostuvo, por eso, en el seno de las NN. UU. que las circunstancias que determinan la agresién conteni- das en la enurciacion de los casos concretos a que nos referi- mos, debian ser considerados como hechos “minimos” capaces de determinar la accién de los érganos internacionales. Y su- geria, por eso, que cualquier férmula deberia decir que esta- blecida la presuncién de agresion en su aspecto general, cons- tituirian “en todo caso” actos de agresién aquellos actos que con- tienen las enumeraciones de las formulas mixtas. Tal ha sido, por lo menos la intencién de los proyectos latino-americanos desde el proyecto de Cédigo de la Paz presentado por México a la VIL Conferencia de Montevideo, a través de las proposi- ciones presentadas por otros Estados a la Conferencia de la Paz de Buenos Aires en 1936, a la Conferencia de Lima en 1938, los proyectos del Comité de Expertos para la Codificacién del Derecho Internacional y el Tratado de Rio de Janeiro de 1947. En el curso de la IX Asamblea General de NN. UU. se hizo patente el interés latino-americano en el problema de la agre- sién. La Comisién Juridica tuvo ante si diversos proyectos. La Unién Soviética reprodujo el presentado ante la Comisién Especial. Se trataba de una definicién enumerativa que in- cluia los elementos que podriamos llamar ya clasicos y agre- gaba otros destinados a conformar la agresién indirecta, la eco- ndémica y la agresién ideolégica. El proyecto soviético con- tenia, ademas, la enumeracion de una serie de circunstancias que no podrian ser invocadas en ningin caso para justificar una agresién. La Delegacién de China reproducia, asimismo, los prin- cipios conocidos que figuran en la mayor parte de los proyec- tos, pero agregaba “el fomento o apoyo de actividades organi- zadas en otro Estado que tengan por objeto derrocar por me- dio de la violencia las instituciones politicas y sociales de tal Estado”. La Delegecién de Paraguay consideraba que si bien la existencia de ja agresi6n puede deducirse de las circunstancias propias de caca caso particular, era conveniente, también, “de- terminar la agresi6n por sus elementos constitutivos”. Este proyecto introducia una serie de elementos nuevos en, declara- ciones de esta especie: “comete agresion armada el Estado que provoca el quebrantamiento o la alteracién de la paz y la se- guridad internacionales mediante el empleo de sus fuerzas ar- madas dirigidas en perjuicio del territorio, la poblacion, las fuerzas armadas o la soberania y la independencia politica de otro Estado o contra la poblacion, el territorio, 6 las fuerzas armadas de un territorio no e@utdnomo”. Asimismo, se conside- raba agresion la declaratoria de guerra en violacion de los ar- ticulos 1 y 2 de la Carta, y la organizaci6n, la ayuda o la sim- ple tolerancia de bandas armadas. Semejante planteamiento con aspiraciones a constituir una definicién general, salia de los marcos de todo posibilismo. Era, como se vé, una combinacién de todos los elementos co- nocidos, a los cuales se agregaban otros nuevos con notoria con- fusion de técnica. Por eso, la proposicién paraguaya merecidé criticas de cierto sector de la Comision, Legal. La formula del delegado de Panama doctor Alfaro mere- cid, en cambie, acentuada consideraci6én. Aunque contra ella, por su aparente simplicidad, arreciaron los ataques de la de- legacion soviética no pudo desconocerse que tal posicion so- viética constituy6 la Unica valla para un entendimiento o com- promiso. La formula Alfaro era, practicamente, una formula mixta aunque su autor insistiera en el caracter general de la misma. Su concepcidn general era esquemAaticamente acepta- ble: “Es agresion todo uso de la fuerza armada por un Estado contra otro Estado para cualquier propdsito que no sea el ejer- cicio del derecho inminente de legitima defensa individual o colectiva o el cumplimiento de una decisién o recomendaci6n de un 6rgano competente de las NN. UU.” Asi, en este texto laboriosamente elaborado, Alfaro suprimi6 las diversas limita- ciones al uso de las fuerzas que contenia la propuesta original Sa ee presentada a la Comisién de Derecho Internacional, salvaba el principio de la legitima defensa individual o colectiva y per- mitia, a la vez, el libre funcionamiento de la accion colectiva no sdlo por decisién del Consejo de Seguridad sino, también, por recomendacién de la Asamblea General de NN. UU. en los casos de aplicacién de la resolucién United Action for Peace. El proyecto Alfaro, ademas, acepté la iniciativa de la De- legacién del Per de permitir que los organismos internacio- nales pudieran, aplicar con latitud esta definicién declarando otros actos como constitutivos de agresién, pero aue, “en todo caso” se considerarian como tales aquellos enumerativos que, a manera de ejemplos, figuran en la mayor parte de los proyec- tos formulados como el ataque armado, el bloqueo o la accién de las bandas armadas. Por su parte, la proposicién soviética provocd agudas cri- ticas. Desde el punto de vista de la posibilidad de Megar a un acuerdo en el seno de la Comisién Legal, la presencia de tan tos elementos como los contenidos en el proyecto soviético tor- naba dificil la situacién. Los delegados soviéticos insistian con vehemencia, por ejemplo, en el orden de los factores determ*- nantes de una egresiédn. El proyecto decia, que se consideraria agresor al Estado que “primero” cometiera tales y cuales ac- tos, entre otros la declaratoria de guerra. Era claro que esta proposicién asi concebida no era una novedad. Tenia viejos y conocidos antecedentes en muchos otros proyectos que incluian la declaratoria de guerra. Pero los hechos anteriores a la gue- rra mundial parecian aconsejar una politica de revisién cui- dadosa de ciertas realidades puestas de manifiesto por la be- ligerancia. La delegacién soviética establecia que el punto de partida de cualquier criterio para definir al agresor estaba en la “existencia de un conflicto internacional”. Este concepto ac- tual de la posicién de cada parte demandaria que se especifica- ra que cada una de las Partes en el drama de la agresién de- beria ser, por lo menos, parte en el conflicto. Sin embargo, un analisis de ciertos antecedentes conocidos, parecia Ilevar a la conclusién de que son posibles las guerras por sorpresa cuando la agresién recae sobre un Estado que no es parte directa en un conflicto, sea porque esta ligada por Ja existencia de alianzas o porque el Estado victima constituye medio para el fin de con- sumar la agresién sorpresiva sobre otro Estado. En este caso, Bee geois segtin lo demuestra la experiencia, inclusive, la declaretoria de guerra resulta un recurso intitil o no usado. La invasion del Es- iado se realiza sorpresivamente a través del territorio del otro Estado o el territorio de un Estado es sometido preventivamen- te pera evitar que reaccione el favor de la victima sefialada de la agresion a la que eventualmente puede estar ligada por com- promisos contractuales, Todos estos antecedentes fueron objeto de cuidadosa con- sideracién en el grupo latino-americano. Como es de costumbre en estos casos, se celebraron reuniones con objeto de ver si era posible concluir en una tesis de aceptacién comin para ser sos- tenida en la Asamblea. Ei delegado de Panama doctor Alfaro scmet6 su proyecto y lo fundamenté, El grupo latino-americano encontro aceptable, con ciertas reformas, el proyecto Alfaro aun- que la unanimidad no pudo ser alcanzada debido, sobre todo a ja presencia del proyecto paraguayo. Pero alli se hizo recuerdo, por ejemplo, de cémo resultaba incoherente con el estado actual de jas instituciones internacionales una definicién de la agre- sién que incluyera el elemento “declaracion de guerra”, incluido de un lado, su utilidad. Se ha afirmado, de otro lado, su conve- en la proposicién soviética. La Delegacién del Pera recordo, por ejemplo, cémo en ciertos casos, los no agresores, son los que han recurrido a la declaratoria de guerra. Se trataba entonces de la necesidad de cefinir la posicién de los otros Estados. La decla- ratoria de gueira quedaba, asi, como un rezago de formalismo para crear un orden cosas que incluya a todos dentro del régi- men del derecho internacional. Pero, asimismo, la declaratoria de guerra formalizaba, en cierto modo, o legalizaba el uso de la fuerza. Por ejemplo, Foignet decia que “la declaracién de guerra es un acto por el cual un Estado manifiesta su intencién de cesar sus relaciones pacificas con otro Estado y de iniciar con éste la lucha armada”. Partiendo de este concepto, se ha debatido mu- cho después, sobre ia necesidad de la declaratoria. Se ha negado, niencia. El Instituto de Derecho Internacional en su sesion de Gante recomendaba a los Estados “no iniciar les hostilidades sin una advertencia previa e inequivoca”. Esta advertencia po- dria ser una ceclaratoria de guerra pura y simple o un ultima- tum, uno y otrc debidamente notificado al adversario por el Es- tado dispuesto a emprender la guerra. La Convencién de La Haya de 1907 establecia que “las hostilidades no deben comen- 2 gq zar sin una advertencia previa © inequivoca que tendra la forma de una declaracién de guerra motivada o un ultimatum con de- claracién de guerra condicional”. Pero, segin dijimos, tanto du- rante la primera guerra mundial como durante la segunda, las violaciones precisamente por parte de los agresores fueron tantas y tan graves que hoy, ciertamente, el concepto reclama una de- tenida revision. Le que sucedia y sucede hasta ahora es que se ha considerado a la “declaratoria de guerra” como la Hamada a abrir el régimen del “derecho de la guerra” que debe tener con- secuencias juridicas sobre la actitud de los Estados beligerantes y los neutrales y, desde el punto de vista constitucional, la ne- cesidad de regularizar la posicién del Estado en el campo del derecho interno. Pero hoy, ios Estados enirentan un orden juridico interna- cional distinto. Desde el Pacto de Paris de 1928 quedé pianteado que la guerra era ilegal. Después este ideario se repitio en una serie de tratados bilaterales 0 colectivos de renuncia al uso de la fuerza. La propaganda pacifista ha echado cada vez mas de lado la posibilidad de aceptar el uso legal de la fuerza como no sea por el organo de los cuerpos internacionalmente autoriza- dos. “La fuerza no puede ser aplicada — se ha dicho, sino co- mo sancién orgenizada del Derecho”. Los juzgamientos de Nu- remberg llegaron a definir, es verdad que un tanto inconsulta- mente, la ilegalidad y el caracter criminal de la guerra de agre- sion. Pero la Carta de las NN. UU. proscribe toda amenaza 0 uso de la fuerza o acto de agresién o quebrantamiento de la paz. Dentro de este orden, la declaratoria de guerra, de subsistir, lo serA no como un elemento calificativo, sino como un recurso de regularizacién de un estado de emergencia que permita, en me- dio de la violencia fatalmente desencadenada, de la situacién inorganica y anarquica provocada por una agresién armada, la subsistencia de un rezago de piedad en los hombres que luchan, o un estatuto para ciertas relaciones juridicas que no deben ser afectadas por la lucha armada. Como decia un autor, la guerra “es el empleo de medios violentos de destruccién dirigidos a someter al enemigo, pero dentro de limites estrictamente indis- pensables al objeto perseguido y sin olvido de ciertas conside- raciones de humanidad.. .” “ET principio de humanidad condena las violencias initiles y manda que los no combatientes sean protegidos contra los rigores y crueldades de los combatientes. — 35 — Asi se explica, pues, que un Estado pueda recurrir a la declara- toria de guerra como ha sucedido en el pasado. Pero juridica- mente, la nocién de Ja declaratoria de guerra resulta inutil con- signarla dentro del sistema de las NN. UU. que proscribe el uso de la fuerza por accién unilateral. Conviene, en fin, recor- dar cémo ciertos estatutos del derecho internacional se han visto modificados por exigencias de la beligerancia armada, La altima gran guerra, por ejemplo, origind la figura de la “no beligerancia”, como situacién intermedia entre la neutralidad benévola y Ja guerra misma, aunque, en verdad, tal situacion desde el punto de vista de su aplicacién, represento en todo momento una auténtica participacién en las hostilidades. Esta fué la situaci6n de la mayor parte de los Estados americanos identificados con la actitud de los Estados Unidos después de la agresién de Pearl Harbour. La ruptura de las relaciones di- plomaticas con las potencias del Eje fué seguida de una serie de medidas que superaron cualquier concepto juridico de neu- tralidad benévola. Las medidas adoptadas entonces fueron des- de las simples reglas precautorias hasta la abierta participacién en faver de uno de ios beligerantes con procedimientos de ex- propiacion, confiscacién, limitacién de los derechos individuales y otras sanciones. Esta situacién extraordinaria no fué después desautorizada. Practicamente qued6 convalidada por virtud de los tratados de paz celebrados al fin de la guerra, EL PROBLEMA DEL DOMINIO MARITIMO Cuando la Comisién Juridica de las NN. UU. encomendo a la Comisién de Derecho Internacional el estudio del problema del mar, abrid un importante capitulo en sus trabajos. Estaba, ciertamente, en los propésitos de la Comisi6n de Derecho In- ternacional revisar el estatuto juridico del mar dominado por conceptos superados por los avances del derecho y de la téc- nica. Semejante situacién de retraso creaba’ problemas nuevos que no podian hallar la solucion necesaria. De un lado, el pro- greso técnico habia revelado la posibilidad de explotar las ri- quezas situadas en el subsuelo marino. De otro lado, la anar- quia de los principios juridicos respecto de la regulaci6n de la pesca, dejaba librada a la voluntad de los Estados y de los in- dividuos llevar a cabo empresas de pesca masiva capaces de 22536 2 ir al exterminio de las especies. Finalmente, por qué no decirlo, las razones de seguridad militar y naval reclamaban para los Estados la determinacién de zonas mas seguras de pro- teccion. En el primer problema se hallaban o podian hailarse en- vueltos grandes intereses nacionales y posibilidades de explo- tacion en gran escala de hidrocarburos. La experiencia ha de- mostrado después que cuando se ha sefialado la profundidad de 200 brazas como limite posible de la explotacién dei suelo y del subsuelo marino, no se ha trazado una frontera definiti- va a la superacién creciente de la técnica. Por lo menos, asi io ha reconocido la propia Comision de Derecho Internacional que ha elaborado ya un proyecto sobre la plataforma subma- rina y la expiotaci6n de sus recursos. El segundo problema es mas complejo. Esca vinculado al dominio que el Estado ejerce o puede ejercer sobre ios mares adyacentes a sus costas. Las regulaciones interestatales realiza- das hasta la fecha no han podido, por cierto, configurar un cua- dro en el cual figure la aceptacion universal de ciertos princi- pios de prudencia en la explotacién de las riquezas del mar y de aplicacién de informaciones cientificas. Los acuerdos han sido parciales. La libertad de contratacién ha dominado la técnica de esos acuerdas. Sus consecuencias se tradujeron, por eso, en la enerquia. Pero también fueron sus consecuencias, que la pes- ca sin medida y control “arras0” materialmente la riqueza ma- cada alarma de agota- rina en ciertas zonas o produjo justi miento, en otras. Partiendo de esta realidad, ciertos gobiernos, desde hace relativamente poco tiempo a la fecha, iniciaron un movimiento de reaccién en resguardo de su riqueza marina. El ha oscilado entre declaraciones de zonas de conservaci6n, bajo el eufemis- mo de que la autoridad estatal consistiria en la “jurisdicc:6n y control”, hasta la abierta declaracién de soberania que, en resumidas cuentas, viene a ser lo mismo. Este planteamiento actualiz6, por eso una posicién que viene de lejos, pero que sdlo en nuestros dias adquiere caracteres de aguda polémica: la vigencia de principios clasicos, conservadores, restringidos y la de nuevos elementos de autoridad de los Estados sobre el mar para atender a la conservacién de la riqueza marina con eficacia y con, seguridad. He alli, en suma, Ja situacién del pro- ses BY vem plema en estos dias. Su planeamiento, en términcs claros y abiertos al debate internacional, ha conmovido la sensibilidad de los organismos de creacién del derecho. Esto ha sucedido en Europa y en América. Antes de ahora, la Liga de las Naciones habia intentado un movimiento parcial en el mismo sentido aunque sdlo alcanz6 a formulaciones sin autoridad y sin fijeza. Las Naciones Unidas, en cambio, han adentrado en el tema con nuevos brios derivados de la situacién de crisis en que se hallan ciertos Estados contrapuestos por sus planteamientos juridicos. La Comisién de Derecho Internacional viene traba- jando desde hace algtin tiempo con las informaciones guber- namentales y cientificas que le permite su Reglamento. Ha for- mulado ya algunos proyectos que, aunque no son definitivos porque deben ser objeto de revisién y concordancia antes de ser sometidos a la Asamblea General en su XI periodo de se- siones, permite avizorar ya una tendencia en cierto mode con- servador en esa materia. La Comision de Derecho Internacio- nal de las Naciones Unidas habia reconocido desde sus prime- ros estudios sobre el mar que “el derecho vigente no protegia suficientemente a la fauna marina contra el desperdicio o ei exterminio”. y... “que esta situacion constituia en. primer lu- gar un peligro para la conservacion de las existencia mundiales de alimentos”. Este era un hecho incontestable que los gobier- nos habian vernido cbservando impotentes, sin embargo, para sefialarle remedios. Las declaraciones unilaterales producidas después, reaccionaron contra el sistema anarquico de la pesca por extranjeros en ciertas zonas del mundo. La propia Comi- sign de las NN. UU. justificaba estas medidas cuando expre- saba: “...el dejar al Estado riberefio o a los Estados directa- mente interesados desarmados ante la explotacién abusiva y destructiva de los recursos en pescado realizada por pescado- res extranjeros, les induce a tomar medidas unilaterales de defensa a veces contrarias a los principios del derecho vigen- te, ya que daben por resultado la exclusidn total de los nacio- nales de otros paises”. Sin embargo, el criterio de la Comisién de Derecho Internacional, pretendiendo ser equidistante de los extremos en conflicto, ha parecido hasta ahora un tanto afe- rrada a un concepto estrecho de la libertad de los mares. Bas- taria para confirmarlo, examinar el sentido de algunas de las llamadas “declaraciones unilaterales”, cuyo anélisis no parece So 3g haber preocupado debidamente a los técnicos de la Comision de Derecho Internacional. SegGn estas declaraciones, los Es- tados interesados al declarar su autoridad sobre zonas del mar lo han hecho dejando a salvo la libre navegacién. En algunas declaraciones, como la de México, que fue expresa en la sal- vaguarda de la libertad de navegacién, establecié un criterio que podriamos llamar funcional para justificar la proteccién estatal sobre ias riquezas del mar: ...“es indispensable que esa proteccién se haga Ilevando el control y vigilancia hasta los lugares o zonas que la ciencia indique para el desarrollo de los viveros de alta mar, independientemente de la distancia que los separa de la costa...” Las declaraciones de Chile y el Pertti construidas sobre moldes andlogos definen claramente una politica de activa conservacién y defensa de caracter nacional. Ambas declaraciones precisan que la plataforma continental constituye con el continente, una unidad morfolégica y geold- gica, Segtin ésto se trataria sdélo de verificar una situacion de hecho y de derecho que no puede ser contradicha en virtud de la cual, el territorio del Estado se prolonga por debajo de la superficie del mar. Pero —agrega la declaracién peruana—, es necesario cue el Estado proteja, conserve y reglamente el uso de los recursos pesqueros y otras riquezas naturales que se encuentran en las aguas epicontinentales que cubren la pla- taforma submarina y en los mares adyacentes, a fin de que ta- Jes riquezas esenciales para la vida nacional, contintien explo- tandose o se exploten en lo futuro en forma que no cause de- trimento a la economia del pais, ni a su produccién alimenticia”. He alli los dos extremos de la posicién adoptada por los gobiernos que han formulado declaraciones “unilaterales”. El segundo extremo esta orientado a cubrir las deficiencias de la teglamentaciou internacional en materia de proteccion de las riquezas del mar. Este hecho esté por lo demas, reconocido en todos los medios técnicos. La mayor dificultad para alean- zar un estado de garantia de esta proteccién ha residido siem- pre en la resistencia de ciertos Estados a adherirse a las conven- ciones internacionales de proteccién. Por eso, seguramente, es que la Comisién de Derecho Internacional de las Naciones Unidas pretende en su proyecto reconocer cierta validez o per- sistencia a las medidas unilaterales adoptadas por los Estados tiberefios en tento se decidan los conflictos por medio del pro-