Este libro contiene algunas escenas sexualmente explícitas y lenguaje

adulto que podría ser considerado ofensivo para algunos lectores y no es
recomendable para menores de edad.

El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos
históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son
ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación
del autor.

©2015, En busca de la Bella Durmiente
©2015, Nut
©2015, Ilustración de portada: Celia Portillo (representada por Ediciones
Babylon)
Colección Amare, nº 19

Todos los derechos reservados.
No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la
obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos.

A todo aquel que a pesar de los obstáculos, encuentra
la voluntad para seguir adelante

El gran chambelán se remangó la túnica de seda hasta las rodillas y echó
a correr por la larga e iluminada galería; sus chinelas enjoyadas producían
un chancleteo poco digno sobre los suelos de mármol, pero de ninguna
manera podía permitirse llegar tarde a su primera gran ceremonia. Llevaba
poco tiempo en el cargo y su nombramiento había sido muy criticado por
cortesanos y caballeros, quienes lo tachaban de ser demasiado joven e
inexperto, y, además, no veían con buenos ojos su condición de extranjero;
si arruinaba la presentación oficial en la corte del tercer príncipe, podía
despedirse de su recién adquirido puesto y tal vez de algún miembro
indispensable de su cuerpo.
Resollando y maldiciendo, se detuvo ante la puerta del Salón del Trono;
su escuálido cuerpo no era apto para ejercicios físicos de aquel calibre. Los
dos enhiestos guardias pertrechados con lanza y loriga que custodiaban la
entrada lo observaron, indolentes, recolocarse el birrete con el que se cubría
la cabeza, alisar las anchas mangas, atusarse su hirsuta perilla de chivo y
acompasar la respiración con un par de profundas inhalaciones.
—¡Vamos, vamos! —los instó agitando la mano en su dirección—. Abrid
de una vez.
El gruñido soñoliento de las recias y altas puertas al desplazarse acalló
el murmullo de voces que bullía en el Salón del Trono, una enorme sala
profusamente iluminada con antorchas y blandones, cubierta por una
fastuosa bóveda de mármol rosáceo. El gran chambelán caminó con premura
por el pasillo central, bajo la atenta y desaprobadora mirada de toda la
elegante corte. Al fondo, sobre el estrado, se hallaba el rey, majestuoso y
entrado en años, de pie junto a la joven reina, recostada esta en el trono
entre mullidos cojines. Los dos príncipes, que apenas contaban tres y
cuatro años, se hallaban sentados en sus pequeños sitiales, a la derecha de
la pareja, exhibiendo unos aburridos semblantes. Una cuna de exageradas
dimensiones, adornada con tules de color marfil, presidía el estrado. A un
lado, en un discreto segundo plano, embutidos en sus pomposos ropajes,
esperaban los tres magos.

El gran chambelán advirtió el rictus adusto en los labios del soberano, la
inclinación de sus tupidas y canosas cejas sobre el puente de la nariz, el tic
nervioso de su pie, que repiqueteaba contra el suelo, y angustiado, aceleró
el paso.
—Mi señor. —Tras salvar los seis escalones del estrado, realizó una
profunda reverencia ante el rey; el birrete estuvo a poco de caer de su cabeza,
pero logró sujetarlo con una mano—. Cuando vos digáis, podemos comenzar.
El soberano miró a los tres compuestos magos y de nuevo a su chambelán.
—Faryan, ¿me equivoco o falta uno? ¿No dicta la tradición que sean
cuatro magos para cuatro dones?
—No os equivocáis, señor —se apresuró a corroborar—. Realmente falta
uno. Pero ha habido un contratiempo de última hora con el cuarto mago. —
Se aproximó al rey y, alzándose con la punta de los pies para ganar un poco
de altura, le susurró en el oído—: Parásitos intestinales.
El soberano torció los labios en un gesto de repugnancia.
—No necesito tanta información —le recriminó—. ¿Y qué se supone que
hacemos ahora? —inquirió, alterado—. Estamos en el séptimo día de su
nacimiento, no podemos aplazar el ceremonial. ¿Va a crecer mi tercer hijo
maldito por no recibir su nombre y sus dones hoy?
—No, no, no —se apresuró a negar el gran chambelán sacudiendo las
manos en el aire—. He logrado solucionarlo, mi señor. Ha resultado difícil
porque los magos de confianza escasean. Además, el nacimiento del príncipe
ha coincidido con importantes celebraciones en los reinos vecinos que
también requieren de la presencia de un buen mago: en la boda del rey Torc,
en la inauguración del castillo de la reina Mavelle...
—Me trae sin cuidado los necios de mis vecinos —le cortó con
brusquedad—. ¿Hay o no hay mago?
—Sí, sí —asintió, servil—. Pero debido al poco tiempo del que he dispuesto
desde que se puso en mi conocimiento la ausencia del mago de los parásitos...
—¡Faryan!
El gran chambelán hizo una nueva genuflexión para ocultar el terror de
sus ojos.
—El cuarto mago llegará en pocos minutos, señor.
—¿Y mientras, qué hacemos? —Abarcó con la mano a la inquieta corte—.
Todos esperan desde hace rato y el banquete está listo para ser servido.
—Querido —llamó la reina, reclinándose hacia delante en el trono y
llevándose a los labios un delicado pañuelo de encaje—. ¿Qué sucede?
—Eso, ¿qué pasa? —inquirió el mayor de los príncipes, bostezando
ruidosamente—. Tengo hambre.
—Podríamos comenzar con la ceremonia —propuso Faryan, cuidadoso—.

Así vamos ganando tiempo.
El rey soltó un hondo suspiro e indicó a la reina, con un gesto de la mano,
que se levantara.
—Empecemos de una maldita vez.
El gran chambelán se giró solemne hacia la concurrencia y tras aclararse
la voz con una afectada tos, alzó, grandilocuente, los brazos.
—Orgullosa y noble corte de Niamh, hoy es un día afortunado, el séptimo
del nacimiento del tercer hijo varón de nuestro amado y respetado rey
Lusiar. Siguiendo las tradiciones que nuestros antepasados nos legaron y
ante vosotros y los dioses, hoy llevamos a cabo el rito sagrado en el que el
joven príncipe recibirá su nombre y sus merecidos dones.
La reina, hermosa y distinguida con su saya de mangas abiertas ricamente
ornamentada, tomó de la cuna al pequeño bebé, envuelto en encajes y
telas bordadas con hilos de oro y plata, y se aproximó al borde del estrado
sosteniéndolo amorosamente entre los brazos.
—Corte de Niamh —la atronadora voz del rey reverberó en la sala—. He
aquí mi descendiente, bendito sean los dioses por otorgarme un tercer hijo
varón, que a partir de hoy será conocido como Devan de la Casa de Idho, hijo
de Lusiar, nieto de Murrogh, tercer príncipe de Niamh, señor de las tierras
bajas de Beltaine. ¡Rendid pleitesía a vuestro nuevo príncipe!
El auditorio, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se aunó en una
multitudinaria reverencia.
—Que los dioses le otorguen una larga vida —demandó el rey.
—¡Que así sea! —proclamó el gran chambelán.
—¡Que así sea! —coreó la corte rompiendo a aplaudir.
Faryan hizo un nervioso gesto hacia los magos y anunció, alzando la voz:
—Los dones van a ser revelados, silencio.
El primer mago, barrigudo y pequeño, avanzó hacia la reina con afectación,
arrastrando tras de sí la cola de una larga capa esmeralda, y se asomó con
teatralidad para ver al pequeño, que tenía la carita arrugada, las manitas
cerradas en sendos puños y los ojos tan apretados que eran dos pequeñas
hendiduras perdidas entre pliegues de sonrosada piel. Halagó con engolada
voz al rey y después al niño, y tras sacar del interior de sus amplias mangas,
exagerando los gestos, una pequeña caja de plata labrada, manchó con su
contenido viscoso y dorado la frente del bebé. El niño estornudó y sacudió
los puños como si quisiera advertir al mago que no lo volviera a hacer.
—Este es el hijo de un hombre sabio —pregonó—. Por lo tanto, merece el
don de la sabiduría. Su inteligencia será envidiada, en sapiencia superará a
los eruditos y de todos los lugares del mundo vendrán a consultar su juicio.
¡Que así sea!

—¡Que así sea! —exclamaron los presentes.
Se retiró a su lugar y el segundo mago, el más joven de los tres, apenas
un veinteañero, ataviado con engañosa austeridad, se adelantó. Su discurso
fue parejo al de su compañero pero mucho más corto. Al concluir, de la nada
hizo aparecer en la palma de su mano una diminuta redoma ambarina, lo
que arrancó exclamaciones de asombro a todos los presentes. Tras mojarse
un dedo con su líquido contenido, ungió la mano izquierda del bebé dejando
un destellante rastro áureo.—Este es el hijo de un hombre gentil, digno
esposo de noble reina, padre amoroso de príncipes —anunció—. Por ello,
es merecedor del don del amor verdadero. Su destino le depara la mano
de una bella, virtuosa e inteligente princesa, que engendrará hijos sanos y
merecedores de su linaje. ¡Que así sea!
Y como la vez anterior, el público repitió sus palabras.
El último mago, de aspecto grave y tocado con un turbante de seda
púrpura, ocupó el lugar del anterior y, sonriendo amablemente a la reina,
comenzó su panegírico sobre el rey y su vástago. Al concluirlo, movió
delicadamente la mano por encima de su cabeza, como si quisiera atrapar
una corriente de aire, y sus dedos dibujaron bruñidos surcos que crearon un
agujero en el espacio del que lloviznó polvo de oro. La audiencia, sobrecogida
y encantada, ahogó un grito de asombro y algunos rompieron a aplaudir.
—Este es el hijo de un formidable guerrero —recitó, mientras espolvoreaba
las doradas partículas sobre la mano derecha del bebé, que ya no se pudo
aguantar más las ganas y rompió a llorar con estridentes gimoteos—. Por
ello es merecedor del don de la fuerza. Será un gran guerrero. Su mano
esgrimirá la espada con justicia y valentía. Su fuerza será la envidia de los
más altos caballeros. ¡Que así sea!
Mientras la corte se unía alegremente a la salmodia, el rey se inclinó hacia
Faryan con brusquedad.
—¿Dónde está el maldito mago que falta? —inquirió entre dientes.
El gran chambelán se encogió tanto que su cuello desapareció.
—Señor, creo que pronto...
Súbitamente, las puertas del Salón del Trono se abrieron de par en par
con tal violencia que mientras algunos presentes enmudecieron, otros
gritaron despavoridos. Dos figuras, como dos sombras, aparecieron en el
umbral. La más alta, de casi dos metros y algo desgarbada, se cubría con un
sobretodo de pieles de lobo negro que le llegaba hasta los pies; una amplia
capucha le cobijaba la cabeza, ocultando sus facciones. La segunda, que se
alzaba apenas unos cinco palmos del suelo, iba ataviada con una capa de
lana y embozada también con una capucha, negra como la noche.
—¡Menos mal! —suspiró Faryan—. Parece que ya está aquí.

Los recién llegados echaron a andar por el pasillo; tras ellos, los guardias
de la puerta, inmóviles como dos armaduras vacías, permanecieron en el
umbral con la vista puesta en un punto infinito. El caminar del más alto,
calzado con unas botas de cuero tachonadas de metal, era lento y vigoroso,
y sus pisadas repercutían contra el mármol pulido; su acompañante se veía
obligado a andar dando saltitos para no quedar atrás. Al paso de ambos,
la concurrencia prorrumpía en ahogados susurros de reconocimiento y
exclamaciones de temor.
—¡Dioses misericordiosos! —balbució el rey Lusiar abriendo mucho los
ojos al verlos avanzar hacia el estrado—. ¿Qué has hecho, Faryan?
—¿Qué he hecho, señor? —inquirió el gran chambelán perplejo, mirando
alternativamente al soberano y a los dos desconocidos, con sus pequeños
ojillos de ratón.
—Dime que no es Daibhidh —rugió el rey con los dientes apretados y en
voz muy baja—. Por los dioses, dime que no has hecho venir a Daibhidh el
Arcano.
Faryan se atusó la perilla tratando de hacer memoria:
—Pues ahora que lo dice, creo que es así como se llama.
El gran chambelán vio cómo la piel tensa y reseca de las mejillas de
su señor perdía completamente el color y la ansiedad se adueñaba de sus
siempre imperturbables ojos grises.
—Señor —Faryan se retorció las manos con preocupación—. ¿He cometido
algún error?
—Has hecho caer la desgracia sobre la Casa de Idho —respondió el rey
Lusiar, irguiéndose con solemne resignación para recibir a las dos figuras.
—Pero... Pero... Pero... —balbució aterrado Faryan.
El mago del turbante púrpura le agarró por el hombro y tiró de él.
—¿Cómo se os ha ocurrido llamar al Arcano? —masculló en su oído—.
¿Es que no sabéis quién es?
—Yo... Yo... No le conozco, no soy de Niamh. —El gran chambelán
temblaba de pies a cabeza—. Ningún mago estaba disponible y su nombre
era el último de una lista confeccionada por mi antecesor. Estaba marcado
con tinta roja y creí que eso le daba importancia sobre los otros.
—Era una advertencia —masculló, clavándole unos huesudos dedos en la
carne—. Daibhidh el Arcano no es como nosotros, no es un mago de fuegos
artificiales, ilusionismo y dones, es un maestro en las Artes Místicas. Es un
auténtico hechicero...
Los pasos dejaron de oírse y solo quedó para llenar el silencio el llanto
malhumorado del bebé. Faryan y el mago miraron hacia los pies del estrado,
y allí vieron detenidas a las dos figuras.

—Uno de los más peligrosos del continente —agregó en un cuchicheo
el del turbante, antes de retroceder subrepticiamente hasta donde sus
compañeros magos esperaban, mudos y amedrentados.
—Lusiar. Lusiar. Lusiar —se oyó decir, con cavernosa voz, al más alto.
Se apartó la capucha, dejando a la vista un curtido y delgado rostro de ojos
negros y punzantes, y una larga y flamígera cabellera—. Cuánto tiempo sin
vernos, viejo amigo.
Para espanto de Faryan, el rey descendió del estrado y forzó una leve
inclinación ante el hombre.
—Daibhidh el Arcano, sé bienvenido —le deseó el soberano, tratando de
no mirarle a los ojos.
—Sé educado, aprendiz —dijo el hechicero, apartando la capucha de su
acompañante—. Estás ante un rey.
Su aprendiz tenía el aspecto de un niño de cinco o seis años, una cabellera
muy corta y negra como el ala de un cuervo, el rostro pálido y anguloso,
los labios infantiles, y unos ojos semejantes a orbes de oro fundido que
dirigió con picardía hacia el rey. Este, al sentirse observado por aquellos iris
inconcebibles, dio un paso atrás.
—Un rey olvidadizo —concluyó Daibhidh, ladeando la cabeza en un gesto
amenazador—. ¿Acaso no te dije hace años, Lusiar, lo que me parecía este
tipo de obsoletas supersticiones? ¿No te dejé claro cómo perjudicabas con
ellas a tus hijos? ¿No te advertí que no atentaras contra mi inteligencia y mi
orgullo, pidiéndome que participara en semejante estupidez?
—Lo lamentó, Arcano. —El rey miró de soslayo a Faryan, que se atragantó
con su propia saliva—. No ha sido una orden mía.
—Bueno —Daibhidh suspiró con artificio—. Ya que estamos aquí, echemos
un vistazo al joven príncipe.
El rey apretó los puños y con un reniego se interpuso entre el hechicero
y el estrado.
—Lusiar, ¿que ocurre? —inquirió Daibhidh con fingida inocencia—. ¿Qué
temes? —Su mirada se endureció y las negras pupilas se convirtieron en dos
ascuas chispeantes—. No acostumbro a dañar criaturas puras como ese
bebé, un alma inmaculada a la que esta infecta humanidad —giró la cabeza
para poder dirigir a la petrificada y sobrecogida audiencia un asqueado
vistazo— aún no ha mancillado. Aprendiz, permite que la reina descanse y
acércame al niño.
La reina dio un pequeño grito y retrocedió alarmada apretando contra
su pecho al bebé, que, sobresaltado, aumentó la potencia de sus lloros.
El aprendiz subió los escalones sin prisa y la mujer acrecentó la distancia
entre ambos colocándose protectora frente a sus otros dos hijos, quienes

observaban toda la escena con la boca abierta y los ojos desorbitados por la
curiosidad. Cuando se detuvo ante la reina, tendió sus delgados brazos hacia
ella sonriéndole con su pequeña boca de niño travieso.
—¡Gu... Gu... Guardias! —gimoteó el gran chambelán después de reunir
todo su escaso valor—. ¡A mí la guardia!
—¡Calla, Faryan! —le ordenó el rey—. Ya has hecho bastante mal por
hoy. —Miró hacia la entrada del salón para confirmar que los guardias
continuaban en su artificial letargo, y volviéndose hacia la reina, le exigió—:
Dale al niño.
Su esposa sacudió la cabeza con tanta fuerza que la toca con la que se
cubría se le torció.
—¡Mujer, obedece! —gritó Lusiar.
La reina rompió a llorar sin comedimiento y, con tembloroso gesto,
depositó al bebé en los brazos del joven aprendiz. Este lo acogió con suma
delicadeza y comenzó a mecerlo para calmar su llanto; en pocos segundos,
los lastimeros sollozos se convirtieron en tranquilos gorgoritos.
—Vamos, aprendiz —protestó blandamente el hechicero—. Tráelo aquí.
No tenemos toda la noche.
El niño bajó del estrado seguido de cerca por la llorosa mujer; el rey la
agarró por un brazo cuando pasó junto a él, obligándola a quedarse a su
lado. El aprendiz se aproximó a Daibhidh y este encorvó la espalda para ver
de cerca al bebé.
—¿Y tú, cómo te llamas? —inquirió. Al cabo de unos segundos se contestó
a sí mismo—: ¡Ah! Ya veo. Devan es un buen nombre, me gusta. ¿Y qué más
tenemos aquí? —Examinó con mirada crítica la frente y las manos del bebé,
donde los dorados rastros eran perfectamente visibles—. Una buena ración
de engañabobos —masculló—. Eso es lo que tenemos aquí.
Alzó la vista hacia los tres magos, tan apretados los unos contra los otros
que casi se mimetizaban con los ricos y coloridos cortinajes que había a sus
espaldas. Los tres hombres sintieron la gélida y afilada mirada del hechicero
sobre ellos y se quedaron sin respiración.
—Sabiduría —dijo Daibhidh alargando las sílabas y posando dos enormes
dedos sobre la frente del pequeño—. Esa es una virtud que sólo se alcanza
con la experiencia que nos da la vida, no es algo que se pueda regalar. —
Trazó un lento movimiento y la mancha dorada desapareció.
La reina, al percatarse de lo que sucedía, lanzó un doliente gemido:
—No, por favor —suplicó, tratando de acercarse—. No le robes sus dones.
El rey la retuvo con fuerza junto a él.
—¡Por favor! ¡Que alguien haga algo! —imploró mirando a su alrededor
con desesperación. Los presentes apartaron la vista o giraron avergonzados

los rostros sin atreverse siquiera a susurrar—. ¿Es que nadie va a hacer nada?
—Calla, mujer —le ordenó el rey en un tono hueco y monocorde—. No
hay más remedio que dejarle hacer, tenemos una corte y otros hijos a los
que proteger.
—Amor verdadero. —Prosiguió Daibhidh. Sus inquietantes ojos se
posaron en Faryan, quien, sobresaltado, no puedo evitar dar un respingo, y
como si sus palabras estuvieran especialmente dirigidas a este, dijo—: Tan
inusual como valioso. Hace afortunado a quien lo encuentra, ¡qué aberración
que se pretenda comerciar con él!
El hechicero sostuvo con ternura el diminuto puño izquierdo del bebé y
con su pulgar frotó la piel, haciendo desaparecer el luminoso estigma.
—¡No, no! —la reina se cubrió el rostro con las manos.
—Señor —El gran chambelán intervino dirigiéndose al hechicero;
tenía tanto miedo que las rodillas se le entrechocaban y las palabras se le
atrancaban en la seca boca—. Os lo suplico, no sigáis, la reina sufre.
—Faryan —Daibhidh pronunció su nombre casi con cariño—. Lo que
hago es por el bien de su hijo, con el tiempo ella me lo agradecerá. —Tomó
la mano derecha del niño—. Fuerza. —Sonrió, como si aquella palabra le
resultara cómica—. La fuerza nos envilece si no la domina un corazón noble.
—De nuevo borró todo rastro de la piel del bebé—. No voy a robar sus falsos
dones —dijo, dirigiendo sus palabras a la reina—. Voy a entregarle uno
realmente útil.
Posó su fuerte mano sobre el corazón del bebé y este se agarró a su dedo
meñique.
—Devan de la Casa de Idho, hijo de Lusiar, nieto de Murrogh, tercer
príncipe de Niamh, señor de las tierras bajas de Beltaine. Si quieres sabiduría,
fuerza y amor, tendrás que conseguirlo por ti mismo. Voluntad es lo que te
entrego. Voluntad para encontrar tu propio camino.
El hechicero se volvió hacia el rey:
—Creo que con esto ha quedado completamente claro, ¿verdad, Lusiar?
—sonrió con crueldad, mostrando una fila de blancos dientes—. No es buena
idea invitarme a palacio.
—Un día... —rugió el rey.
—No hay «un día» en nuestro futuro, Lusiar —negó Daibhidh—. Yo
soy demasiado poderoso y tú tienes mucho que perder. —Hizo una seña al
aprendiz—. Devuelve el bebé a su madre.
—Yo también quiero hacerle un regalo, maestro —dijo el niño en un
cantarín tono.
El hechicero lo miró desde su altura con curiosidad.
—¡Qué presuntuoso! —rio, profiriendo unas carcajadas feroces que

no inmutaron a su aprendiz pero hicieron temblar a la mayoría de los
presentes—. ¿Te crees preparado para ello?
El niño asintió sin perder su traviesa sonrisa.
—Adelante.
El aprendiz posó su mano de pequeños dedos sobre el corazón del bebé y
cerrando los ojos musitó con infantil solemnidad:
—Yo te entrego fe.
Daibhidh torció la boca en un gesto malhumorado.
—¿Fe para creer en los falsos dioses que estos miserables encumbran a
los altares?
El líquido oro de los ojos del niño se agitó como sacudido por un fuerte
oleaje.
—Fe para creer en sí mismo —aclaró.
El hechicero sonrió con satisfacción.
—Parece que no eres tan mal aprendiz, a fin de cuentas. Anda, regresa al
príncipe.
El niño dejó al bebé en los brazos de su llorosa madre, que lo acogió con
desesperación.
—Que tengáis una buena cena —deseó Daibhidh girándose hacia la
enmudecida corte, y antes de volver a cubrirse con la capucha, agregó—:
Cuidado, no os mate la gula.
Y sin que nadie se lo impidiese, abandonó con paso firme el Salón del
Trono seguido de su pequeño pupilo.

Los tres magos no esperaron a la cena. Nada más ver desaparecer al
Arcano tras las puertas del salón, se apresuraron a escapar en dirección
contraria todo lo rápido que sus pies le permitían, por un corredor cuya
entrada estaba situada al otro lado de los cortinajes.
—Dioses, dioses —se lamentaba el más obeso de los tres, que llevaba su
larga capa enrollada en el brazo para no pisarla—. ¿Por qué a mí? ¿Por qué
a mí?
—Por qué a nosotros —puntualizó el del turbante púrpura—. Rara vez
saca la cabeza de su madriguera y ha tenido que ser precisamente hoy.
Maldita suerte la nuestra.
—¿Crees que tomará represalia contra nosotros? —inquirió el más joven.
—¡No hemos hecho nada malo! —exclamó el obeso, que comenzaba a
resoplar y sudar copiosamente por el esfuerzo de la rápida marcha y el peso
de sus ropajes—. Estamos en nuestro derecho, somos legítimos miembros
del gremio de magos. Si nos llaman, acudimos. Si no le gustan las creencias

de los reyes, que se apañe con ellos.
—A esa víbora le trae sin cuidado si tenemos o no derecho —aseguró
el del turbante—. Se cree moralmente superior, más íntegro y respetable
que todos nosotros. Podría haber llegado a gran maestre, los dioses saben
que sus conocimientos en las artes místicas le capacitan para ello y mucho
más, pero acusó al gremio de indignos, de mercachifles, de abusar de la
ingenuidad del pueblo y se marchó amenazando con hacer «su» justicia si
lo creía necesario. Menudo bastardo —siseó—. Se considera por encima solo
porque sabe algunos trucos.
—Creo que lo suyo es algo más que trucos —manifestó el joven.
El del turbante gruñó contrariado, pero ninguno de los tres volvió a
pronunciar palabra hasta que, tras recorrer a la carrera varias galerías,
atrios, escaleras y patios mal iluminados, llegaron a las caballerizas, donde
unos somnolientos mozos de cuadra los recibieron con cara de pocos amigos.
Mientras les preparaban las monturas, se quedaron en mitad del patio, muy
juntos e inmóviles, mirando con temor a su alrededor.
—Deberíamos separarnos —propuso el del turbante—. Que cada uno
vaya por su camino. No creo que tenga interés en seguir nuestra pista, pero
ya sabéis que su humor es cambiante e imprevisible. ¿Recordáis lo que le
hizo a aquel mago estúpido de Pérsiper que embaucó a unos pueblerinos
asegurándoles que podía hablar con sus difuntos?
El obeso contuvo una arcada.
—No hables de eso precisamente ahora —protestó.
—Me contaron cómo castigó a un mago de Ayante por vender un remedio
contra la vejez —murmuró el joven—. ¿De veras puede llegar a ser tan cruel?
—¡Y más aún! —aseveró el obeso—. ¿Acaso no incineró la ciudad de
Onne con todos sus habitantes dentro porque se negaron a dar cobijo a los
refugiados de Javo, cuando estos eran masacrados ante sus murallas por el
ejército del Senescal Itexe?
Los otros dos le miraron, dubitativos.
—Eso es lo que cuenta la gente, ¿no? —se defendió, fastidiado.
—Por quien siento toda esta historia es por sus majestades —declaró
pesaroso el más joven—. Podríamos decírselo.
—¿Decirles qué? —se extrañó el obeso.
—Bueno —se encogió de hombros—. Decidles la verdad. Que lo de los
dones no es más que una vieja tradición sazonada con un poco de ilusionismo
que únicamente sirve...
—Para llenarnos los bolsillos —concluyó con una mueca el del turbante—.
Y de camino, ¿por qué no te atas tú mismo la soga al cuello? Si no lo haces
tú lo harán todos aquellos a los que nosotros, el gremio de magos, llevamos

décadas embaucando. O mejor, serán tus propios colegas quienes acaben
con tu estupidez.
El joven volvió a encogerse de hombros.
—Yo solo pensaba en el bebé —musitó—. El pueblo, la corte, los reyes,
creen en conciencia que un príncipe será desventurado sin sus dones... ¿Qué
le va a pasar? ¿Qué va a ser de él?
—Será un infeliz —vaticinó el obeso.
—¡Bah! —soltó despectivo el del turbante—. Será un príncipe caprichoso,
vago y tirano como lo son todos. Y si no, peor para él.

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