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Luces crepusculares tejen

un triste, sutil y vaporoso


velo que surca tu rostro
por los muchos días vividos
y noches perdidas,
atenuando la luminiscencia
que mengua decrépita,
absorbiendo ilusiones,
difuminando hasta una
completa desaparición
ensoñaciones alimentadas
en una fervorosa y lejana
juventud, diluyéndose en
un inexorable tránsito a
través de caminos y
veredas espinados de
penurias. Envuelta en una
broncínea aureola que
oxida cada uno de los
poros de una piel que se
adivina otrora suave y
tersa, posadas sobre ellas como gotas de rocío. Blanqueado y ralo el
cabello que alguna vez debió ser lustroso. Atrofiadas las ideas que
alguna vez fueron vivaces y atrevidas, que han sucumbido bajo el
pesado manto de la prudencia, que entorpece agilidades y ralentiza
movimientos fruto de los muchos años vividos, de lustros
desperdiciados y décadas transcurridas desde que el cuerpo se
estremeciera de impaciencia por la espera del hombre amado, o
soñando en amores venideros; o añorando la llegada del príncipe que
te rescatara de esa torre de marfil, en la que todos hemos morado
alguna vez, expiando pecados inconfesados.

Juventud que se refleja en el fondo de tu profunda mirada, oculta en


el confusa hojarasca de recuerdos que el tiempo ha alimentado de
ilusiones y desencantos, regado por lluvias de lágrimas derramadas
en incontenibles alegrías, en desgarradores pesares.

En tu rostro aún late el vestigio de belleza en persistente y obstinada


porfía por no desvanecerse en la bruma del olvido.