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Guión Corto LA CELESTINA

Guión Corto LA CELESTINA

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Guión adaptado a partir de la obra de Fernando de Rojas "la Celestina" elaborado para realizar un corto. El corto se puede ver aquí: http://blip.tv/celestina-films/la-celestina-3829068
Guión adaptado a partir de la obra de Fernando de Rojas "la Celestina" elaborado para realizar un corto. El corto se puede ver aquí: http://blip.tv/celestina-films/la-celestina-3829068

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03/15/2015

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GUIÓN

(Aparece un libro, con el título original de la obra, que se abre lentamente) VOZ EN OFF: La naturaleza, madre de todo, no ha engendrado nada que no esté en permanente lucha y contienda, escribió el gran sabio Petrarca. Y no será está obra quién escape a la norma, pues son ya muchos quienes han peleado con ella; los pequeños rompen sus páginas, los niños no la saben leer bien, y muchos otros se conformarán en roer el esqueleto de la historia, sin apreciar los muchos consejos que contiene, y los que, ocultos entre pasajes filosóficos y otros graciosos, pueden ser de utilidad a quien sepa aceptarlos. Otros, simplemente, le darán un uso menos noble en sustitución de otro papel de finalidad menos decorosa. ESCENA I: (Se hace un zoom al interior del libro, y la primera página se convierte en el plano de un huerto) (Plano: general del huerto. Entra volando un halcón, que se para en el suelo, y desaparece fuera del plano, que se centra en Melibea. Melibea, distraída, lee un libro. Entra Calisto.) (Plano de la cara de Calisto, quién queda hechizado por la belleza de Melibea) CALISTO: Alabado sea Dios MELIBEA: (dejando aparte el libro) ¿Por qué decís eso, noble caballero? CALISTO: Porque al ver vuestra hermosura, el Señor me llena con su calor y su espíritu, que lucha por escapar de mi cuerpo. Pero si me otorgáis el don de saber vuestro nombre, creo que podré apaciguarlo. MELIBEA: Melibea es mi nombre, y tal vez no sea éste el único don que os entregue, caballero (sonríe) CALISTO: (alborotado)¡La madre que me…! quiero decir… ¡Oh, dichosas mis orejas que han escuchado tan gran palabra! No soy digno de ese gran don, pero lo aceptaré de buen grado (se acerca a ella) MELIBEA: (furiosa, lo aparta) ¡Aléjate de mí, lascivo! No puedo tolerar que tus sucios pensamientos echen a perder mi virtud. ¡Lárgate de aquí ahora mismo, o llamaré a mis sirvientes, y esparcirán por el suelo la sangre que tan mal repartida tienes! CALISTO: (alejándose) ¡Oh, fortuna, por que sois tan cruel con tu desgraciado sirviente! ¡Ahora me iré, pero dejando en este sagrado lugar mi alma y mi voluntad! MELIBEA: ¡Largo! ESCENA II: (Plano: la habitación de Calisto. Calisto, en la cama, se lamenta por el mal de amores que sufre. Sempronio, junto a él, sentado en una silla, afina el laúd ) CALISTO: (mirando al techo) Deja que te hable de ella, Sempronio. Sus cabellos son como el oro, fino y delicado, cómo tejido por ángeles (Plano: Sempronio gesticula, burlón, ante el discurso de su amo)

Sus ojos son como dos esmeraldas, verdes y rasgados, las pestañas largas, la nariz menuda, los labios, finos y delicados, su piel blanca y perfecta, y su cuerpo, ¡Oh, qué cuerpo! De figura esbelta, pechos redondos y pequeños, y no quiero imaginarme lo que ocultan sus hermosas ropas. SEMPRONIO: (Mientras afina el laúd) Complicado es el mal que padecéis, pero no creáis que sois el único. Más de uno ya ha caído en la trampa de esas engañosas criaturas a las que llaman mujeres. CALISTO: (enfadado)¿Mujer? ¿De qué hablas, desgraciado? Melibea no es una mujer. Es dios, ¿me oyes? ¡Dios! SEMPRONIO (aparte): De nada sirve hacerlo razonar. Mi amo está loco CALISTO: ¿Que hablas, traidor? SEMPRONIO: Digo que no hay mejor remedio contra el mal de amores que un buen romance. CALISTO: Tus intentos son en vano; mi mal no tiene remedio. Pero toca de todos modos. SEMPRONIO (tañendo el laúd, se aclara la garganta) En un campo de fresas Con olor a compresas En un bosque de pinos Con olor a chuminos Vivía el conde rino Con cien metros de pepino Tenía cien doncellas Putas, todas ellas Cincue nta las follaba Y cincuenta las dejaba - Conde Rino, Conde Rino, hoy no, que tengo la regla - Con regla o sin regla, te la meto por delante, y te la saco por detrás. y así vivió el Conde Rino saltando de pino en pino y aguantándose el pepino CALISTO: bello romance es, sin duda, pero no consigue aplacar la pena que me corroe SEMPRONIO: Creo que tengo la solución a tu problema, mi señor CALISTO: (incorporándose) ¡Pues dila, bellaco! Dila si no quieres verme muerto SEMPRONIO: hace tiempo que conozco a una vieja barbuda que se llama Celestina. Es hechicera, astuta y experta en toda clase de maldades. Creo que son más de cinco mil los virgos que se han hecho y deshecho en esta ciudad bajo su influencia. Sería capaz de provocar a una dura peña, y hacerla arder de lujuria.

CALISTO: ¿Podría hablar con ella? SEMPRONIO: Si eso es lo que deseáis, iré a buscarla. Mientras tanto, arreglaos para recibirla, pues del tiempo que hace que no os limpiáis, recordáis por el olor a nuestra reina Isabel. (sale Sempronio de la sala) (Plano: Calisto , de pie en su habitación, llama a Pármeno para que le ayude a vestirse) CALISTO: Pármeno, holgazán, ven aquí y ayúdame a vestirme. (Entra Pármeno) PÁRMENO: ¿Esperáis visita, mi señor? CALISTO: No te hagas el loco, ruin, pues de sobras sé que escuchabas tras la puerta lo que yo hablaba con Sempronio. PÁRMENO: Me ofendéis con vuestra acusación, mi señor. Sucia estaba la puerta, y tan solo cumplía con mi obligación de limpiarla. De todos modos, creo que debería advertiros sobre esa Celestina, pues yo estuve varios años a su servicio, y sé bien cuáles son sus artes. (Mientras Pármeno habla, aparece un plano de celestina zurciendo un virgo. Llega Sempronio, habla con ella, y después se van juntos, dejando a la joven a medio coser ) PÁRMENO: No son pocos sus oficios. Era costurera, hacía perfumes, era maestra de fabricar afeites y de reparar virgos, alcahueta y a ratos hechicera. Aunque el primero era la tapadera de los otros, ya que las doncellas acudían a su casa, según decía, para aprender a bordar, y allí las encomendaba a frailes, estudiantes, despenseros, y todo el que lo requería. No deberíais fiaros de esa puta vieja. CALISTO: (enfadado) No hables así de quien me traerá la salvación. PÁRMENO: No os alborotéis, pues para ella eso es un halago. Si va entre cien mujeres y alguien grita: ¡puta vieja!, ella se girará sonriente. Por la calle, los perros se le encaran y le ladran: ¡Puta vieja!. ¡Puta vieja! Le dicen los pájaros al cantar. Incluso los martillos de los herreros repican con ésta palabras si pasa entre ellos. (suenan golpes en la puerta) CALISTO: Debe de ser Sempronio, acompañado de la noble señora. Pármeno, no sirves ni para abrir puertas, ¡corre a recibirlos! (Plano: En la entrada de casa de Calisto. Entra Sempronio acompañado de Celestina, y Calisto se arrodilla ante ella, y le besa la mano con devoción) CALISTO: Oh, noble señora, mi humilde casa no es digna de recibir a vuestra majestad. Si por agradaros fuera, con mis propias manos derribaría éste corral (Plano: Celestina se hurga el oído) para construir un palacio digno de quien me va a traer tantas alegrías y gozos.

CELESTINA: Mi señor Calisto. Como veo que vuestro mal es grande, y os priva de vuestra razón, cumpliré veloz con mi cometido para llevaros junto a vuestra amada Marina SEMPRONIO: (Al oído de Celestina): Melibea. CELESTINA: Eso, Melibea. Ya no sufráis más, pues os tengo en gran estima, y resolveré éste asunto en menos que se rompe un voto de castidad. Pero temo no poder hacerlo, si no cuento con suficientes medios, pues soy vieja y pobre, y me veo en la más absoluta miseria. ¡Oh, que pobre soy!¡Que miserable! CALISTO: (levantándose) Oh, mi señora, no creáis que os ofrezco solo halagos, en lugar de un regalo. Buscaré un presente digno de vuestra noble cuna, y vuestra virtud. (Calisto se va un momento. Celestina se esconde objetos entre las faldas. Calisto regresa) CALISTO: Aquí tenéis, cien monedas de oro en pago por vuestro servicio. Ahora id, madre, con Melibea, pues mi esperanza y mi felicidad dependen de ello. (Celestina mira sonriente la bolsa de dinero ante sus ojos) ESCENA : III (Plano: puerta de casa de Calisto. Celestina y Sempronio salen, y hablan en voz baja ) SEMPRONIO: ¿Qué te ha dado? CELESTINA: Cien monedas SEMPRONIO: Y más que nos dará si sabemos tratarlo. Pero temo que el torpe de Pármeno eche a rodar todo nuestro plan CELESTINA: Tranquilo, tú déjamelo a mí, que yo haré de él uno de los nuestros. Hace tiempo que va tras Areúsa, la prima de tu Elicia. Si se la consigo, vendrá manso a comer de mi mano SEMPRONIO: Espero que así sea, pues temo que no podamos sacarle a mi amo todo el provecho que deseamos con él en nuestra contra CELESTINA: Déjale esto a la vieja Celestina, que los mozos, por muy leales que sean, no dejan de ser mozos. Y ahora vamos para mi casa, que Elicia preguntaba por ti. SEMPRONIO: No me lo digas dos veces. Ardo en deseos de verla ESCENA IV: (Plano: casa de Melibea. Melibea borda y su madre le habla) ALISA: Y me dice la Jacinta: “Pues no pienso aceptar una oferta como ésta. Yo vi el sayo antes que vos, y por tanto, tengo derecho sobre él” Y le digo yo: “Id con el diablo, vieja judía, que si el mes pasado hubierais visto este mismo sayo, pero fuera del tiempo de rebajas, otro gallo hubiera cantado. Como se nota quien viste bien porque puede, y quien porque quiere aparentar” (Entra Lucrecia, andando rápidamente, y se acerca a su señora) LUCRECIA: Mi señora, está aquí la vieja Celestina, que quiere hablar con vos ALISA: ¿Celestina? Algo vendrá a pedirme. Dile que suba.

(Se va Lucrecia. Entra Celestina, aparentando andares de vieja, y modales delicados) CELESTINA: señora, la gracia de Dios esté contigo y con tu noble hija. Mis enfermedades me han impedido visitaros, pero bien sabe Dios cuánto afecto os tengo… ALISA: (interrumpiéndola) también sabe Dios que no dais un paso sin que ello os aporte beneficio, así que id al grano CELESTINA: Oh, señora, me ofendéis con vuestras acusaciones, pero sí que es cierto que he sabido que necesitabais hilado, y aquí lo traigo (enseña una madeja de hilo) ALISA: Mi hija Melibea os atenderá, pues yo tengo que ir a atender un asunto urgente. (para sí): No vaya a ser que esa condenada de Jacinta llegue antes que yo (Alisa abandona la habitación) CELESTINA: (mirando a Melibea)¡Ay, hija mía, que Dios te guarde esas manos jóvenes y delicadas por muchos años! Mira si no las mías, arrugadas y llenas de manchas. Oh, que cruel vejez, Oh, quien fuera de nuevo joven para gozar de los placeres. MELIBEA: (dejando el telar aparte) Veo que seguís tan alegre como siempre, madre. Mandaré a mi criada para que os pague, y podréis volver a casa, pues seguramente, aún no habréis comido. CELESTINA: Temo que tendré que esperar un tiempo más, pues primero debo confesarte la verdadera causa de mi venida. MELIBEA: decidme en que puedo ayudaros, y lo haré. CELESTINA: ¿Ayudarme a mí? Oh, que amable y hermosa eres, pero no es para mí para quien necesito tu caridad, sino para un caballero que está sufriendo lo insufrible, que de tan afectado como está por su dolor, no come ni duerme. MELIBEA: Decidme quien es, y si tan grande es su mal, haré todo lo que pueda por ayudarle. CELESTINA: su nombre es Calisto MELIBEA: (enfadada) ¿Calisto? No pronuncies el nombre de ese loco saltaparedes en mi presencia. ¿Así que por eso vienes, no, vieja barbuda desvergonzada? Oh, maldito el día en que te recibo, para ser tentada por tus lujuriosas proposiciones. Para curar el mal que dices que padece no tengo yo nada que pueda darle, que no se lo pueda dar un baño con agua fría. CELESTINA: Tranquilizaos, mi señora, pues no me habéis dejado acabar. No es el que pensáis el mal que padece mi amo. Hace días que lo aqueja un fuerte dolor de muelas, y ha oído que vos sabéis una oración a san Patrás contra dicho dolor, además de que poseéis un cordón que ha tocado todas las reliquias que hay en Roma. Por eso, y no por otra cosa, he venido a vuestra casa. MELIBEA: (tranquilizándose): Si eso es lo que querías, ¿Por qué no has empezado diciéndome eso? Tantas malas palabras he oído sobre tus artes, que no se si creer que tan solo vienes buscando una oración CELESTINA: A por eso vengo, y no a por otra cosa.

MELIBEA: Pues si es así, (levantándose) aquí tienes el cordón (se desabrocha el cordón, y se lo da), pero a por la oración deberás volver mañana, pues ya es tarde, y todavía debo escribirla. CELESTINA: vendré con gusto, pero ahora debo marchar junto a mi señor, para tratar de aliviar su mal. MELIBEA: Por favor, id rápido junto a él y aliviadlo. (La voz de Melibea se agita de emoción) Y traedme noticias sobre tan noble y desdichado caballero. Pues si mi condición de doncella no me lo impidiera, yo misma iría junto a él para sanarlo. CELESTINA: (sonriendo para sí) así lo haré mi señora. Quedad con Dios. (Celestina sale lentamente de la habitación) ESCENA V: (Plano: puerta de casa de Calisto. Llega Celestina, y Sempronio la estaba esperando) SEMPRONIO: ¿Qué nuevas traes de nuestro negocio? CELESTINA: ¿Acaso eres tu el que me pagas? Los detalles del negocio los guardo para tu amo. (suben a casa de Calisto) CALISTO: Oh, mi buena madre, ¿Qué nuevas me traes de la casa de aquella a quien tanto amo? CELESTINA: Ay, Calisto, mi señor. Poco ha faltado para que estas pobres y sucias ropas me impidieran llegar hasta mi destino, pero al final he llegado, a pesar de que también mis pies estaban torturados por mis gamuzas sin suela. SEMPRONIO: (aparte, a Pármeno) ¡pero será interesada, la vieja!¡Pues no viene lamentándose, para despertar la compasión de nuestro amo. PÁRMENO. (aparte) Y el loco de nuestro señor le seguirá el juego, ya verás. CALISTO: ¿Qué has averiguado, madre? Ardo en deseos de saberlo. CELESTINA: Ay, hijo, hace mucho que lo poco y mal que como me han hecho estragos en el oído y la vista, pero he logrado hablar con Melibea. CALISTO: Oh, bendita suerte la tuya, que has gozado de la compañía de tan elevado ser. SEMPRONIO: (aparte) Fíjate en cómo desvaría, Pármeno, y dime si nuestro amo no está loco. CALISTO: Calla, desgraciado. Dejad de murmurar a mis espaldas. (A Celestina): ¿Qué hablaste con ella, madre. CELESTINA: me llamó barbuda, bruja, alcahueta y mil cosas más en cuanto mencioné tu nombre, y estuvo a punto de despedirme sin más miramientos. Pero conseguí convencerla de que el mal que sufrías era un dolor de muelas, y accedió mansa a mis peticiones. CALISTO: (Impaciente) ¿Qué conseguiste, madre, cuáles eran tus peticiones? CELESTINA: Conseguí el cordón que ciñe su cuerpo, y la promesa de una oración a san Patrás, que debo recoger mañana. CALISTO: Oh, madre, os ruego que me dejéis ver tan alto tesoro CELESTINA: ¿No deberíais, antes, agradecerme mis servicios? PÁRMENO: (Aparte) ¡Pero será avariciosa!

CALISTO: Pármeno, calla tu sucia boca, y corre a decirle al sastre que haga una falda y un manto del mejor paño flamenco que encuentre SEMPRONIO: (Aparte enfadado) ¡Un manto! Difícilmente vamos a poder hacer parte de eso. CELESTINA: Aquí tenéis, mi señor, el cordón (le entrega el cordón. Calisto lo coge con ansia, y lo huele) CALISTO: Oh, que afortunado soy de poder contemplar tan bello objeto. Oh, que noble cintura has ceñido, (se aleja poco a poco, sin dejar de mirar el cordón) que dulce cuerpo has ocultado, que escondidos lugares has conocido, que hermosos secretos has contemplado. (A Pármeno, sin dejar de mirar el cordón): Pármeno, acompaña a la madre a su casa, que yo voy a estar ocupado durante un largo tiempo. (Calisto sale de la escena) ESCENA VI: (Plano: Celestina y Pármeno en la puerta de casa de Areúsa, de noche) CELESTINA: Ay, Pármeno, yo que te tenía por un hijo, y tu me lo pagas conspirando con tu amo contra tu pobre madre y tu fiel amigo Sempronio PÁRMENO: ¿Sempronio? Pero si es un bellaco, y un saltarribazos. No sé en qué me conviene estar en paz con él CELESTINA: Él te tiene en gran estima. Además, es amigo de Elicia, quien a su vez es prima de Areúsa. Te conviene ser su amigo. PÁRMENO: (emocionado): de Areúsa? CELESTINA: de Areúsa PÁRMENO: ¿La hija de Eliso? CELESTINA: La hija de Eliso PÁRMENO: ¿Es verdad? CELESTINA: Es verdad. Y es verdad también que ésta es su casa. Ahora subamos en silencio, no sea que nos oigan los vecinos (suben. Areúsa está en la cama) AREÚSA: ¿Quien es, a estas horas de la noche? CELESTINA: Soy yo, Celestina la que no te trae otra cosa que bienes AREÚSA: (Incorporándose) Madre, que hacéis aquí a éstas horas? Ya me estaba acostando. Espera, que iré a vestirme. CELESTINA (acercándose) No, no, tranquila, tu quédate debajo de las sábanas, que desde allí hablaremos. AREÚSA: (se mete bajo las sábanas) Pues la verdad es que lo necesito, pues hoy me he sentido mal todo el día. CELESTINA: ¡Ay, cómo huele toda la ropa al moverte! Siempre me ha gustado tu limpieza, y tus vestidos, y todo lo que haces. ¡Qué fresca y lozana estás!¡Y qué sábanas, qué colchas, y qué almohadas!¡Qué blancura! Déjame mirarte toda a mis anchas, que disfruto sólo de verte. AREÚSA: ¡Quieta, madre, no me toques, que me haces cosquillas y me haces reír, y la risa me da más dolor! CELESTINA: ¿Qué dolor, mis amores?

AREÚSA: Hace cuatro horas que me duele la matriz. Se me ha subido a los pechos, y me va a matar. CELESTINA: A ver, deja que te palpe, que algo sé yo de éste mal. AREÚSA. Me duele más arriba, sobre el estómago. CELESTINA: ¡Dios te bendiga!¡Y qué gorda y fresca estás!¡Qué pechos!¡Que hermosa!¡Quien fuera hombre y pudiera gozar de semejante vista! AREÚSA: No me hables de hombres, y dame algún remedio para mi mal. CELESTINA: Para devolver la matriz a su lugar hay un remedio que es mejor que cualquier medicina. AREÚSA: ¿Y cuál es ese, madre? CELESTINA: No se si decírtelo, pues te me haces tan santa… AREÚSA: ¿Me ves sufrir, y no mitigáis mi dolor? (primer plano de la cara de Celestina, que sonríe con malicia y complicidad) (Plano: Pármeno espera en la puerta de la habitación) CELESTINA: Pármeno, hijo, entra. (Pármeno entra en el cuarto. Primer plano de la cara de Pármeno, muy sorprendido) PÁRMENO: La madre que me….(va corriendo hacia ella, desabrochándose los pantalones) ESCENA VII (Plano: Pármeno y Areúsa en la cama. Pármeno se despierta y se levanta) AREÚSA: ¿Qué hacéis levantado? PÁRMENO: Ya ha amanecido, y mi señor me debe estar esperando AREÚSA: Quédate aquí, y sigamos hablando de mi dolor PÁRMENO: Disculpadme, mi señora, si no es suficiente con lo que hemos hablado ya, pero mi deber me requiere (Pármeno se va) (Plano: puerta de casa de Celestina. Sempronio aguarda en la puerta. Llega Pármeno, abrochándose los pantalones) SEMPRONIO: ¿De dónde vienes, amigo, o mejor dicho, que estabas haciendo? Te veo muy acalorado. PÁRMENO: Sempronio, en momentos cómo este es en los que uno goza de un compadre a quien contarle sus aventuras. SEMPRONIO: Tu y yo lo somos, ¿O es que tanto tiempo al servicio del mismo amo no han creado en nosotros lazos de amistad? PÁRMENO: Ahora veo con claridad que sí. Y puesto que somos amigos, creo que puedo contarte los pormenores de mi encuentro de anoche con Areúsa, a quien he citado en ésta casa para comer. SEMPRONIO: Ay, mozuelo, mozuelo. (le pone una mano en el hombro) ¡Por fin descubres los placeres del bello sexo! Si ya lo decía Aristóteles: “Más vale conejo en mano, que ciento pagando”. Por eso mismo también cité yo aquí a mi Elicia, y he dejado a nuestro amo en misa, seguramente expiando los pecados cometidos con el cordón de Melibea, y también he dejado su despensa algo más vacía qué de costumbre (le muestra el saco que lleva)

PÁRMENO: Gran noticia es esa. Entremos pues, con esta gente que realmente nos aprecia y nos hace el bien. (Entran en casa de Celestina y la vieja sale a recibirlos) CELESTINA: ¡Oh, mira quién está aquí! ¡Pasad, pasad, queridos hijos! ¡Elicia, Areúsa, bajad, bobas, que me violan! ELICIA: (entrando en la sala, con Areúsa)¡A buenas horas llegan! Mi prima lleva aquí esperando tres horas. Seguro que ha sido el perezoso de Sempronio, que se retrasa porque no quiere verme. SEMPRONIO: Calla, calla, mi amor, y sentémonos a comer, sin enojo. ELICIA: Eso, para comer si que te das prisa, sobre todo si está la mesa ya puesta. SEMPRONIO: (Dándole la bolsa a Pármeno) Pármeno, dale a la madre los obsequios que le hemos traído., que yo voy a sentarme a la mesa con esta señorita.(salen del plano Sempronio y Elicia) (Plano: todos alrededor de la mesa. Entra Celestina con una bandeja) CELESTINA: eso, eso, sentaos en orden, cada uno con su pareja, que yo me sentaré junto al vino, que en las noches de invierno no hay mejor calentador de cama. SEMPRONIO: A todos nos gusta el vino, madre Celestina. Acércalo, acércalo, y brindaremos por los amores del loco de Calisto con la hermosa y gentil Melibea. ELICIA: (se levanta de la mesa y le lanza agua a la cara de Sempronio, enfadada) ¿Gentil? ¿Melibea? ¡Melibea será gentil cuando tengamos veinte dedos en las manos! ¡Conozco mozos de cuadras que son más gentiles que ella! Yo también os parecería gentil si me echara encima la paleta de un pintor, cómo hace ella. ¡Si cogierais un puerco y le pusierais todos los adornos que trae Melibea, el cerdo también os parecería gentil! AREÚSA: Pues tu no la has visto como yo, prima. Si te la tropiezas en ayunas, no puedes comer en todo el día de puro asco. Y para ser doncella, tiene unas tetas como calabazas, igual que si hubiera parido tres veces. Y seguro que tiene el vientre tan flojo como una vieja de cincuenta años. SEMPRONIO: Pero Melibea es noble, como Calisto. No es de extrañar que la ame. ELICIA: (todavía levantada)¿tengo que comer con este desgraciado, que ha defendido en mis narices que esa zorra de Melibea es más gentil que yo? AREÚSA: Elicia, hermana, ven a comer y olvídate de estos locos. ELICIA: Iré porque tu me lo pides. SEMPRONIO: (ríe) AREÚSA: ¿De qué te ríes, desgraciado? ¡Mal cáncer te devore la boca! CELESTINA: No le contestes, hijo, o no terminaremos en todo el día. Terminemos de comer, y luego id a hacer lo que todos estáis deseando. Gozad de vuestra fresca mocead antes de que sea tarde y os arrepintáis, que yo disfruto sólo con miraros, en compañía de mi amigo el vino. (Sempronio indica a Elicia hacia la puerta, y salen de la habitación. Areúsa y Pármeno hacen lo mismo. Se oyen ruidos y risas) CELESTINA: Eso, besaos y abrazaos, putillos. ¡Y cómo os reís!¡Venga, a disfrutar, loquillos traviesos! LUCRECIA: ¡Celestina! ¿Hay alguien en casa?

CELESTINA: O el oído me engaña, o esa es Lucrecia. Que entre, y que disfrute de lo nuestro, que por estar de criada, no puede disfrutar de su juventud. (Elicia y Areúsa vuelven al plano y se sientan junto a Celestina.) AREÚSA: tienes razón, madre. Para las criadas no hay placer, y menos con las amas que ahora se llevan. ¿Cómo fregaste esa sartén, guarra? ¿Adónde vas, tiñosa? (Entra Lucrecia. Las dos prostitutas van hacia ella, y la agarran por detrás, pero ella se escapa, y va hacia Celestina) CELESTINA: ¡Lucrecia! Vaya sorpresa. Entra, hija, entra, no hagas caso a esas locas. ¿Qué es lo que desas? (Pármeno y Sempronio salen de la sala. Antes de salir, le hacen gestos obscenos a Lucrecia) LUCRECIA:(acalorada) Ma… Madre Celestina. Mi ama me envía a folla… a buscaros para que la jo… la ayudéis pues está goza… sufriendo de amor por Calisto. (se gira, de golpe, hacia Celestina) Sí, eso es. CELESTINA: (Para sí) Ya sabía yo que mis palabras harían mella en la inocente Melibea. Le veo buen futuro a éste asunto. Alégrate, vieja Celestina, pues sacarás más de éste pleito que de quince virgos que renovaras. ESCENA VIII (Plano: en casa de Melibea, ésta habla consigo misma, lamentándose de la tardanza de Celestina) MELIBEA: ¿Por qué tardará tanto Celestina? ¿No hubiera sido mejor acceder ayer a la petición de la madre? ¿No será ya tarde para mí? ¡Oh, género femenino, incomprendido y frágil!¿Por qué no pueden las mujeres revelar su ardiente amor, cómo los varones? (entra Celestina) MELIBEA: (yendo hacia ella) ¡Bienvenida seas, vieja sabia y honrada, pues ahora soy yo quién necesita de tu ayuda! CELESTINA: Habla, hija, ¿Cuál es el mal que te atormenta? MELIBEA: Unas serpientes me muerden el corazón. CELESTINA: (Para sí) El corazón y lo que yo te diré, es lo que te muerden.(a Melibea) Tranquila, hija mía, pues tengo el remedio para el mal que sufres. (Plano: Melibea de frente. Celestina se acerca por detrás, y le habla) MELIBEA: dímelo, por favor, pues este mal no me deja vivir CELESTINA: Tranquila, hija mí. Primero hay que saber dónde está ése dolor, y por qué se ocasionó MELIBEA: Me duele el corazón, en la parte izquierda del pecho. Y lo sufro desde que viniste a pedirme el corazón para aquél caballero CELESTINA: Creo, hija mía, que ya sé cual es el nombre de vuestro remedio. MELIBEA: ¿Cuál? CELESTINA: No me atrevo a decirlo MELIBEA: Di, no temas CELESTINA: Calisto MELIBEA: Pero es imposible que pueda llegar hasta él

CELESTINA: Nada es imposible, si se quiere hacer MELIBEA: ¿Cómo? CELESTINA: Por entre las puertas de tu casa MELIBEA: ¿Cuándo? CELESTINA: Ésta misma noche. MELIBEA: Di a que hora CELESTINA: A las doce MELIBEA: Pues ve, leal amiga, y tráeme a aquél que me hace sufrir. ESCENA IX: (Plano: Calisto en el interior de una iglesia. Se le acerca Sempronio) SEMPRONIO: (susurrando) señor, lleváis aquí desde mediodía, y ya ha anochecido. Vuestra estancia va a dar de hablar, y dirán que el cura te está haciendo lo que a los monaguillos desprevenidos. Salgamos, y busquemos a Celestina, que creo que os trae buenas nuevas. (Salen de la iglesia. En la calle está Celestina. Calisto se arrodilla ante ella) CALISTO: Oh, joya del mundo, socorro de mis pasiones, ¿Qué noticias me traes, que te veo tan alegre? CELESTINA: buenas son las noticias que te traigo, mi señor, y muy buenas las palabras que traigo de Melibea para vos. CALISTO: ¿Tan buenas son? CELESTINA: Realmente buenas. Melibea te ama y desea verte. He acordado con ella que os veréis esta noche, en la puerta de su casa. CALISTO: Oh, Señor, que iluminas con tu luz a éste humilde siervo. No soy digno de tan elevado honor. ¿es cierto esto que me dices? CELESTINA: Cierto cómo que estoy yo aquí CALISTO: Oh, madre Celestina. Cuánto bien me habéis traído. Olvídate del manto, y la falda, y ten ésta cadenilla para tu noble cuello ( se quita la cadena, y se la da). SEMPRONIO: (Aparte, a Pármeno) Cadenilla, la llama, el desgraciado. ¡Con lo que cuesta esa cadena como yo durante cinco años! PÁRMENO: (Aparte) Difícilmente vamos a poder repartirnos la cadena, a no ser que nos repartamos los eslabones. CALISTO: Callad, desgraciados, y no oscurezcáis mi dicha con vuestras traiciones. Contadme, madre, vuestro encuentro con mi señora. SEMPRONIO: (Aparte) Creo, amigo Pármeno que ésta noche no vamos a poder ir de nuevo a casa de Celestina. Nos espera una velada interminable. ESCENA X: (Plano: exterior de la casa de Melibea. Llegan Pármeno, Sempronio y Calisto. Calisto va hacia la puerta, y sus criados se quedan de guardia.) SEMPRONIO: Allá va nuestro amo, y nos deja a nosotros aquí plantados. No sé tu, amigo Pármeno, pero yo, al más mínimo ruido, tomo las de Villadiego. PÁRMENO: Tu lo has dicho, compañero. No pienso jugarme la piel por el loco de nuestro amo. (Calisto pega el oído a la puerta, y llama)

CALISTO: Mi señora, ¿estáis ahí? MELIBEA. ( a Lucrecia): es él. (a Calisto) Estoy aquí, mi señor. CALISTO: El dulce sonido de vuestra voz me certifica que sois mi señora Melibea. Oh, dichosos mis oídos que escuchan tan dulce melodía. MELIBEA: La osadía de tus palabras y las de tu sierva Celestina me han llevado a hablaros, pero os advierto que de mí no conseguiréis nada más de lo que os mostré en el huerto, pues si os diera más, peligraría mi virtud. CALISTO: ¡Ay, desdichado Calisto, cómo te han burlado tus sirvientes! Oh, engañosa Celestina, ¿Por qué engañaste a mi corazón falseando la palabra de esta señora? Mi corazón había alcanzado la gloria, y ahora está de nuevo en el barro MELIBEA: No, mi señor, no os lamentéis, y tomado por buenas las palabras de la anciana. Mucho tiempo he sufrido por estar junto a vos. CALISTO: Oh. Mi bella y dulce Melibea. No soy digno de serviros. SEMPRONIO: (A Pármeno) : Y yo que creía que mi señor no podía desvariar más, y ahora lo veo hablando de amores con una puerta. MELIBEA: Ordena y dispón de mi persona como quieras. Maldigo esta puerta, que impide nuestro gozo CALISTO: No permitiré que un madero impida nuestros gozos. ¡Ahora mismo llamo a mis criados y la echarán abajo! PÁRMENO: ¿Oyes a nuestro amo? Quiere venir a buscarnos para echar la puerta abajo SEMPRONIO: Calla y escucha MELIBEA: ¿Quieres perderme, amor mío? Si descubren la puerta rota, echarás a perder mi virtud. Y esos mozos? ¿Cuántos traes? CALISTO: Dos, solamente, pero tan bravos que pondrían en fuga a diez hombres SEMPRONIO: ¡En mala hora vinimos, Pármeno! Aquí nos pilla el amanecer, si nuestro amo tarda tanto PÁRMENO: Calla, Sempronio, que creo que oigo pasos MELIBEA: Me alegra saber que vienes tan bien acompañado, mi señor SEMPRONIO: Tienes razón. ¡Echa a correr! (salen de la escena, corriendo) (Plano: un muro. Pármeno y Sempronio llegan huyendo) SEMPRONIO: (alcanzándolo) Eh, Pármeno, vuelve, desgraciado, que es la gente del alguacil que viene por la otra calle. PÁRMENO: Asegúrate. En mi vida recuerdo haber pasado tan gran temor. SEMPRONIO: Regresemos, pues. (plano: puerta) CALISTO: … y vuestros ojos son como piedras preciosas, y vuestra nobleza es mayor que la de los reyes de Roma, y vuestro pelo… ¿estáis ahí, mi señora? MELIBEA: (despertándose) Si, mi señor, os escucho sin perder detalle. (se oyen pasos en la calle) CALISTO: ¿Qué es eso que oigo? ¿Pasos que se acercan? Mucho me temo, mi señora, que debo irme, pero más por miedo a dañar vuestra honra que por temor a resultar dañado. MELIBEA: Volved, mi señor, mañana a esta hora, pero entrad por el huerto.

CALISTO. Así lo haré. (Se reúne con Sempronio y Pármeno) CALISTO: ¿Quién viene? SEMPRONIO: Corramos, señor, pues es la gente del alguacil, que vienen con antorchas, y os podrían reconocer. (Se marchan) ESCENA XII: (Plano: Pármeno y Sempronio caminan por la calle, de camino a casa de Celestina) SEMPRONIO: Con nuestro amo doliéndose de amores en su cuarto, nosotros ya podemos dedicarnos a nuestros asuntos. PÁRMENO: ¿No es un poco tarde ya para ir a buscar a las señoras? SEMPRONIO: ¡Pármeno, tu siempre pensando en lo mismo! Los negocios que nos incumben son otros. Una vez concluido el encuentro de Calisto con Melibea, y viendo que nosotros seguimos sin recibir nada como pago por nuestro esfuerzo, debemos exigirle nuestra parte a esa vieja de Celestina (Llegan a casa de Celestina. Tocan a la puerta) CELESTINA: (dentro) ¿Quién llama a éstas horas? SEMPRONIO: Somos Pármeno y Sempronio, tus hijos. CELESTINA (Abre la puerta)¡Oh, locos traviesos! Entrad, entrad. (Pármeno y Sempronio entran) ¿Cómo venís a estas horas? ¿Le pasa algo a Calisto? PÁRMENO: Nuestro amo está feliz cual lombriz, después de su encuentro con Melibea. SEMPRONIO: Pero lo que no está tan feliz es su hacienda. Creo que deberíamos comenzar a hablar de repartir lo conseguido. ¿Donde está esa cadena? CELESTINA: Espero que no hables de la cadena de Calisto, pues se la di a Elicia , y la muy tonta la ha perdido. SEMPRONIO: (Acercándose a ella, enfadado)¡A otro galgo con esa liebre, que yo soy perro viejo! Conmigo déjate de bromas, y danos las dos partes de lo que recibiste de Calisto. PÁRMENO: O si no quiere darnos las dos partes, nos quedamos con todo. CELESTINA: ¡Elicia! ¡Elicia!¡Levántate de la cama, y dame el manto, que como hay Dios que me voy a la justicia bramando como una loca!¿Qué amenazas son estas en mi propia casa? ¡Qué bravos atacáis a una vieja indefensa!¡Si hubiera un hombre en casa, no os atreveríais! SEMPRONIO: (desenfunda la espada)¡Oh, vieja avara! ¡Garganta muerta de sed por dinero! ¿No te basta con la tercera parte de lo ganado? CELESTINA: ¿Qué tercera parte? ¡Marchaos ahora mismo de mi casa si no queréis que de voces y acudan los vecinos! SEMPRONIO: Da voces todo lo que quieras, que o cumples lo prometido, o se acaban hoy tus días. ELICIA: (Aparece por la puerta, y se asusta con la escena) ¿Qué son esas voces? ¡Guarda esa espada, por Dios!¡Pármeno, sujétalo, que la mata! CELESTINA: (a la ventana) ¡Justicia! ¡Justicia, señores vecinos, que me matan en mi casa estos rufianes!

SEMPRONIO: ¿Rufianes? Espera, doña hechicera, que yo te mandaré al infierno con cartas de recomendación. (Le da una estocada) CELESTINA: ¡Ay, que me mata!¡Ay! ¡Ay! ¡Confesión, Confesión! PÁRMENO: Remátala, a ver si calla de una vez. CELESTINA: ¡Confesión! SEMPRONIO: (enfunda la espada) Huye, Pármeno, que acude mucha gente VOCES EN LA CALLE: ¿Quién anda ahí? ¡Bellacos! ¡Hijos de puta! PÁRMENO: Salta por ésta ventana, Sempronio, y corre cuanto puedas. Yo te ayudo. (le ayuda a saltar la ventana. Por la calle pasa el aguacil y más gente) PÁRMENO: (Asomado a la ventana) Miren, miren, por allí escapa ¡síganlo! (Elicia cae de rodillas, ante el cuerpo ensangrentado de Celestina, y llora sobre ella) ESCENA XIII: (Plano: Un patíbulo. Un pregonero lee un papel) PREGONERO: Por el crimen de asesinato, ésta ciudad condena a Pármeno y a Sempronio a la pena de muerte. Teniendo en cuenta su condición de hidalgos, serán decapitados públicamente. (Dos hombres acercan a Sempronio y Pármeno a los troncos, y les colocan la cabeza sobre ellos. Luego le quitan el saco que les cubre el rostro. Mientras, el otro verdugo afila el hacha. El verdugo se acerca con el hacha y la alza. La cámara hace un barrido hacia arriba. Se oye el ruido de la cabeza de Sempronio al caer sobre el cesto, y los aplausos de la multitud) (Plano: Calisto en la cama. Se oyen voces dando gritos a lo lejos) SOSÍA: ¡Mi señor!¡Despertad, mi señor Calisto!¡Oh, que desgracia tan grande!(entra en la habitación)¡Mi señor! CALISTO: Para, animal, de pegar gritos, que alarmarás a los vecinos. Dime, ¿cuál es esa desgracia? SOSÍA: Pármeno y Sempronio, mi señor. Han sido ejecutados en la plaza ésta misma mañana, por la muerte de una tal Celestina. CALISTO: ¡Tristanico! (el otro criado aparece por la puerta) ¿Es verdad lo que dice éste desquiciado? TRISTÁN: Me temo que sí, mi señor. (Calisto se sienta en la cama, abatido) CALISTO: ¡Oh, mis leales criados! ¿Dónde iré ahora sin ellos? ¿Quién me acompañará esta noche a casa de Melibea? ¡Oh, triste Fortuna, ¿Por qué me arrebatas de un solo golpe a mi madre Celestina, y a mis fieles servidores? (se oculta la cara con las manos) ESCENA XIV: (Plano: las manos de Elicia ocultan su rostro, afligido por el dolor) AREÚSA: (mirándola) ¿es eso cierto? ELICIA. (sollozando) Me temo que sí, hermana. Celestina, a quién yo tenía por madre. Aquella que me protegía y por la que yo era conocida en toda la ciudad. Y Sempronio, mi amante, que no me hacía falta un marido.

AREÚSA: Ay, calla, que muero yo también. ¡Pármeno, mi amor, qué poco duró nuestra pasión! Pero yo sufriré con más diligencia que tu, hermana. ELICIA: ¿Cómo puedes soportar tan pesado dolor? Aunque más duro aún se me hace que no puedo reclamar venganza por sus muertes, pues los culpables están enterrados con ellos. AREÚSA: (Alza la mirada) Si que podemos reclamar venganza, contra aquellos que causaron tanto dolor y sufrimiento: El loco de Calisto y ése estiércol de Melibea, que con sus amores nos traen tantas desgracias. Si supiera dónde se encuentran cada noche, yo misma iría para tomar venganza. Por el momento, quédate conmigo, y sufre aquí tu dolor. ESCENA XV: (Plano: En el huerto, Melibea se lamenta junto con Lucrecia de la tardanza de Calisto) MELIBEA: Cuando pienso en todas las cosas que pueden pasarle de su casa a aquí… ¿Qué crees que le impide llegar, Lucrecia? LUCRECIA: No temáis, que estará al llegar MELIBEA: Oigo ruidos. Tal vez sea él. CALISTO: Aquí estoy, mi señora. (se acerca, y le coge las manos) MELIBEA: (Calisto se coloca tras ella) Señor mío, me confié en tus manos por no perderte, pero no me pierdas por tan breve deleite. No pidas ni tomes lo que después no puedas devolver. CALISTO: Mi señora, he vivido toda mi vida para gozar de un bien así. No me pidáis ahora que renuncie a él, pues no haré tal cobardía. Mi vida entera nada en el fuego de mi deseo de ti. Dejadme, por favor, acercarme a descansar a vuestro dulce puerto. MELIBEA: Por mi vida, que tu lengua hable lo que quiera, pero que tus manos no hagan lo que no pueden. (la cámara se acerca a las caras de Calisto y Melibea). Aparta allí, Lucrecia, pues no quiero que nadie sea testigo de mi error. (Calisto la gira hacia él y la besa. La cámara hace un barrido hacia arriba.) CALISTO: Melibea… MELIBEA: Calisto… ESCENA XVI: (Plano: Pleberio y Alisa hablan sobre la inocencia de su hija.) PLEBERIO: Alisa, amor, el tiempo se nos va de las manos, y yo, como padre, me veo en obligación de concertar un matrimonio para nuestra hija, a fin de que no se vea sola, si algún día nosotros faltamos. ALISA: Y no Olvidéis, mi señor, que es la mejor forma de evitar habladurías, pues nuestra hija, otra cosa no será, pero casta y virgen, desde luego sí. PLEBERIO: Cierto. Pero me gustaría comentar con ella la idea de su matrimonio. Que ella también tenga voz en este asunto. ALISA: ¡Bah! ¿Qué sabrá nuestra hija de hombres? ¿Qué sabe ella, que es pura e inocente, del ayuntamiento entre hombres y mujeres? ¿Piensas que su virginidad inocente le puede despertar el deseo de algo de lo que nunca ha oído hablar? Ella

aceptará por bueno el marido que le pongamos. Sé bien cómo he criado a nuestra hija. PLEBERIO: En esto he de reconocer, mi señora, que tenéis razón. ESCENA XVII: (Plano: Centurio se limpia con un puñal la suciedad de entre los dientes) AREÚSA: ¿Hay alguien en casa? CENTURIO: (Levantándose): ¿Quién demonios se atreve a entrar sin llamar? AREÚSA: Soy yo, Areúsa. CENTURIO: ¡Pero si es mi bella y gentil señora! AREÚSA: No me vengas, con esas, Centurio, que nos conocemos. Vengo muy ofendida por el rechazo que me hiciste del favor que te pedí el otro día. CENTURIO: Señora, me mandabas ir a una milla de aquí. Si quieres que mate a alguien, o que me bata en duelo con diez hombre, solo tienes que decírmelo, pero no me pidas cosas que no puedo hacer. AREÚSA: Pues a eso es a lo que he venido. Tienes que matar, esta misma noche a un desgraciado que se llama Calisto. CENTURIO: ¿Calisto? Sé quien és, y estoy al tanto de lo que hace, y dónde lo hace. Pero esta noche no puedo hacerlo. Estoy comprometido con otro asunto. AREÚSA: Sí, emborracharte e ir de putas. ¡Como si no te conociera! O me ayudas en esto, o no me vuelves a ver el pelo! CENTURIO: Tranquila, mi señora, que yo mataré a ese Calisto para que no te cause más problemas. ¿Qué tipo de muerte prefieres? Porque tengo un repertorio de setecientas setenta y siete clases de muertes ELICIA: ¡Prima, por Dios, que éste animal no se encargue del asunto, o escandalizará a toda la ciudad! AREÚSA: No seamos lastimeras, prima, que él sabe muy bien lo que hace. Que lo mate cómo le apetezca. Y que llore Melibea como tú has llorado. Centurio, que Calisto no escape sin recibir un castigo por su maldad. CENTURIO: Así será. (Elicia y Areúsa salen) CENTURIO: ¡Para matar gente estoy yo esta noche! Ya sé. Mandaré a Traso el sordo, y algún compañero suyo, y que se encarguen ellos. ESCENA XVIII: (Plano: el muro del huerto de Melibea. Llegan Sosia y Tristán con una escalera, y Calisto trepa.) (Plano: Melibea espera en el huerto a Calisto, que llega, y la abraza) MELIBEA: No seáis impaciente, mi señor. CALISTO: Callad, mi señora, pues vengo lleno de amor. Dios sabe todas las crueles horas que me he pasado esperando éste momento. (juntos, salen del plano) LUCRECIA: (se oye a Calisto y Melibea gimiendo) ¡Y dale! Ya están otra vez, y yo mientras tanto, aquí, mirando. Oh, señor, si alguno de esos criados meapiedras y

descalzaburros supiera venir aquí y hacerme una mujer… ¿Por qué tengo que soportar tan cruel destino? Vaya, parece que ya paran. (Plano: Calisto encima de Melibea, tumbados sobre la yerba) CALISTO: Mi señora, junto a vos mis males desaparecen, y el mundo parece uno mucho más nuevo y dulce. SOSÍA. (Afuera, en la calle): Bellacos, cabrones. Largaos, si no queréis salir mal parados. Tristán, ayúdame. ( se oye ruido de espadas chocando) CALISTO: ¿Que son esas voces? Señora, temo que debo irme, no sea que vayan a matar al desgraciado de Sosía, que está solo con un pajecico TRISTÁN: (afuera) Caguen Dios, ¿es que en esta ciudad no se puede dormir en paz? (Calisto se levanta, y Melibea queda sola) (Plano: en lo alto del muro, Calisto ve cómo huyen los rufianes.) TRISTÁN: Tranquilo, señor. No bajes, que ya se han ido. Por ahí vuelve Sosía. (Calisto se cae de lo alto de la escalera Plano: Primer plano de la cara de Calisto. Calisto cayendo, desaparece del plano.) CALISTO: Oh, válgame san Bartolomé. ¡Muerto soy! ¡Confesión! TRISTÁN: ¡Ay, mi madre!¡Sosía, ven, que el desgraciado de nuestro amo se ha caído de la escalera (Sosía se acerca corriendo) SOSÍA: ¡Señor! Está más muerto que un carnaval sin vino. Oh, señor, ¿por qué eres tan cruel con tus siervos? MELIBEA: (Al otro lado del muro): ¿Qué ha pasado? ¿Qué es lo que oigo? SOSÍA: Mi señora, Calisto ha muerto despeñado. Tristán, recoge los sesos del suelo, y vuélvelos a meter en la cabeza de nuestro amo. MELIBEA: ¿Qué es lo que oigo? ¿Qué áspero suceso ha ocurrido? Mátame, Lucrecia, o hundiré con alaridos la casa de mi padre. ¡ya no es tiempo de que siga viviendo! ¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo aprecié tan poco la dicha que tuve entre mis manos? ¡Ay ingratos mortales! ¡Solo reconocéis vuestros bienes cuando los perdéis! ESCENA XIX: (Plano: Melibea, en la cama, se lamenta de su mal. Entra Pleberio) PLEBERIO: ¿Qué mal es éste que te consume, hija mía? MELIBEA: ¡Uno que no tiene remedio! PLEBERIO: Dime, cual es ese mal, y yo le encontraré un remedio. Ya sea con hierbas, piedras, palabras o entrañas de animales, te lo traeré, pero no me atormentes más, y dime lo que sientes. MELIBEA: Señor, subamos a la azotea, y allí mitigaremos mi dolor. PLEBERIO: bajaré a buscar algún instrumento. (sale de la habitación) (Plano: Pleberio sale al exterior, y ve a su hija en la zotea) PLEBERIO: hija mía, ¿Qué haces ahí arriba? ¿Quieres que suba? MELIBEA: Padre, no intentes subir, o estorbarás lo que quiero decirte y hacer. Ha llegado la hora de que cese mi sufrimiento. Por fin podré descansar. PLEBERIO: Hija mía, ¿De qué hablas?

MELIBEA: Hace tiempo que me encuentro cada noche con un noble caballero llamado Calisto. Hace mucho que le entregué mi virtud, y me arrojé a sus dulces brazos. Pero ahora ese caballero yace muerto. ¿No sería gran crueldad que él muriera despeñado, y yo siguiera con vida? Me está llamando desde la muerte. ¡Calisto, mi amor, espérame, que ya voy. Perdóname, Padre, por traerte la desgracia y la tristeza, pero debo ir con él. Dios queda contigo y con mi vieja madre. A Él ofrezco mi alma. Padre, pon en lugar seguro este cuerpo, que allá baja. ESCENA XX: (Plano: Melibea, tendida en la cama, cubierta con una sábana. Pleberio, junto a ella, con la cabeza agachada. Entra Alisa, y se lanza sobre el cuerpo de su hija muerta.) ALISA: Oh, señor, ¿Por qué me atormentáis de este modo? Llevadme a mí, en su lugar. PLEBERIO: (se levanta) Ayúdame, mujer mía, a llorar nuestro llagado final. ¡Oh, hija, mía, que cruel es que yo te sobreviva! ¡Oh, duro corazón de padre, como te quiebras de dolor ante la pérdida de tu amada heredera! ¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí heredades? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos? ¡Oh, tierra dura, ¿Dónde hallará amparo mi desconsolada vejez? ¡Oh, amor, loco amor! ¡Con qué facilidad te deshaces de los que te sirven! ¡Oh, mundo cruel! ¿Por qué me engendraste? Si yo no hubiera nacido, Melibea tampoco, y si ella no hubiera nacido, no habría amado, y si no hubiera amado, no tendría yo éste desconsolado final. ¿Por qué, hija mía, me dejas lleno de pena, triste y solo, en este valle de lágrimas? FIN

Guión: David Gil

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