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GUIÓN

(Aparece un libro, con el título original de la obra, que se abre lentamente)


VOZ EN OFF: La naturaleza, madre de todo, no ha engendrado nada que no esté en
permanente lucha y contienda, escribió el gran sabio Petrarca. Y no será está obra
quién escape a la norma, pues son ya muchos quienes han peleado con ella; los
pequeños rompen sus páginas, los niños no la saben leer bien, y muchos otros se
conformarán en roer el esqueleto de la historia, sin apreciar los muchos consejos
que contiene, y los que, ocultos entre pasajes filosóficos y otros graciosos, pueden
ser de utilidad a quien sepa aceptarlos. Otros, simplemente, le darán un uso menos
noble en sustitución de otro papel de finalidad menos decorosa.
ESCENA I:
(Se hace un zoom al interior del libro, y la primera página se convierte en el plano de
un huerto)
(Plano: general del huerto. Entra volando un halcón, que se para en el suelo, y
desaparece fuera del plano, que se centra en Melibea. Melibea, distraída, lee un libro.
Entra Calisto.)
(Plano de la cara de Calisto, quién queda hechizado por la belleza de Melibea)
CALISTO: Alabado sea Dios
MELIBEA: (dejando aparte el libro) ¿Por qué decís eso, noble caballero?
CALISTO: Porque al ver vuestra hermosura, el Señor me llena con su calor y su
espíritu, que lucha por escapar de mi cuerpo.
Pero si me otorgáis el don de saber vuestro nombre, creo que podré apaciguarlo.
MELIBEA: Melibea es mi nombre, y tal vez no sea éste el único don que os entregue,
caballero (sonríe)
CALISTO: (alborotado)¡La madre que me…!
quiero decir… ¡Oh, dichosas mis orejas que han escuchado tan gran palabra!
No soy digno de ese gran don, pero lo aceptaré de buen grado (se acerca a ella)
MELIBEA: (furiosa, lo aparta) ¡Aléjate de mí, lascivo!
No puedo tolerar que tus sucios pensamientos echen a perder mi virtud.
¡Lárgate de aquí ahora mismo, o llamaré a mis sirvientes, y esparcirán por el suelo
la sangre que tan mal repartida tienes!
CALISTO: (alejándose) ¡Oh, fortuna, por que sois tan cruel con tu desgraciado
sirviente!
¡Ahora me iré, pero dejando en este sagrado lugar mi alma y mi voluntad!
MELIBEA: ¡Largo!

ESCENA II:
(Plano: la habitación de Calisto. Calisto, en la cama, se lamenta por el mal de amores
que sufre. Sempronio, junto a él, sentado en una silla, afina el laúd )
CALISTO: (mirando al techo) Deja que te hable de ella, Sempronio.
Sus cabellos son como el oro, fino y delicado, cómo tejido por ángeles
(Plano: Sempronio gesticula, burlón, ante el discurso de su amo)
Sus ojos son como dos esmeraldas, verdes y rasgados, las pestañas largas, la nariz
menuda, los labios, finos y delicados, su piel blanca y perfecta, y su cuerpo, ¡Oh,
qué cuerpo! De figura esbelta, pechos redondos y pequeños, y no quiero
imaginarme lo que ocultan sus hermosas ropas.
SEMPRONIO: (Mientras afina el laúd) Complicado es el mal que padecéis, pero no
creáis que sois el único.
Más de uno ya ha caído en la trampa de esas engañosas criaturas a las que llaman
mujeres.
CALISTO: (enfadado)¿Mujer? ¿De qué hablas, desgraciado? Melibea no es una mujer.
Es dios, ¿me oyes? ¡Dios!
SEMPRONIO (aparte): De nada sirve hacerlo razonar. Mi amo está loco
CALISTO: ¿Que hablas, traidor?
SEMPRONIO: Digo que no hay mejor remedio contra el mal de amores que un buen
romance.
CALISTO: Tus intentos son en vano; mi mal no tiene remedio.
Pero toca de todos modos.
SEMPRONIO (tañendo el laúd, se aclara la garganta)
En un campo de fresas
Con olor a compresas
En un bosque de pinos
Con olor a chuminos
Vivía el conde rino
Con cien metros de pepino
Tenía cien doncellas
Putas, todas ellas
Cincue
nta las follaba
Y cincuenta las dejaba
- Conde Rino, Conde Rino,
hoy no, que tengo la regla
- Con regla o sin regla,
te la meto por delante,
y te la saco por detrás.
y así vivió el Conde Rino
saltando de pino en pino
y aguantándose el pepino

CALISTO: bello romance es, sin duda, pero no consigue aplacar la pena que me corroe
SEMPRONIO: Creo que tengo la solución a tu problema, mi señor
CALISTO: (incorporándose) ¡Pues dila, bellaco! Dila si no quieres verme muerto
SEMPRONIO: hace tiempo que conozco a una vieja barbuda que se llama Celestina. Es
hechicera, astuta y experta en toda clase de maldades. Creo que son más de cinco
mil los virgos que se han hecho y deshecho en esta ciudad bajo su influencia.
Sería capaz de provocar a una dura peña, y hacerla arder de lujuria.
CALISTO: ¿Podría hablar con ella?
SEMPRONIO: Si eso es lo que deseáis, iré a buscarla. Mientras tanto, arreglaos para
recibirla, pues del tiempo que hace que no os limpiáis, recordáis por el olor a
nuestra reina Isabel.
(sale Sempronio de la sala)

(Plano: Calisto , de pie en su habitación, llama a Pármeno para que le ayude a


vestirse)

CALISTO: Pármeno, holgazán, ven aquí y ayúdame a vestirme.


(Entra Pármeno)
PÁRMENO: ¿Esperáis visita, mi señor?
CALISTO: No te hagas el loco, ruin, pues de sobras sé que escuchabas tras la puerta lo
que yo hablaba con Sempronio.
PÁRMENO: Me ofendéis con vuestra acusación, mi señor. Sucia estaba la puerta, y tan
solo cumplía con mi obligación de limpiarla. De todos modos, creo que debería
advertiros sobre esa Celestina, pues yo estuve varios años a su servicio, y sé bien
cuáles son sus artes.

(Mientras Pármeno habla, aparece un plano de celestina zurciendo un virgo. Llega


Sempronio, habla con ella, y después se van juntos, dejando a la joven a medio
coser )

PÁRMENO: No son pocos sus oficios. Era costurera, hacía perfumes, era maestra de
fabricar afeites y de reparar virgos, alcahueta y a ratos hechicera. Aunque el
primero era la tapadera de los otros, ya que las doncellas acudían a su casa, según
decía, para aprender a bordar, y allí las encomendaba a frailes, estudiantes,
despenseros, y todo el que lo requería. No deberíais fiaros de esa puta vieja.
CALISTO: (enfadado) No hables así de quien me traerá la salvación.
PÁRMENO: No os alborotéis, pues para ella eso es un halago. Si va entre cien mujeres
y alguien grita: ¡puta vieja!, ella se girará sonriente. Por la calle, los perros se le
encaran y le ladran: ¡Puta vieja!.
¡Puta vieja! Le dicen los pájaros al cantar. Incluso los martillos de los herreros
repican con ésta palabras si pasa entre ellos.
(suenan golpes en la puerta)
CALISTO: Debe de ser Sempronio, acompañado de la noble señora. Pármeno, no sirves
ni para abrir puertas, ¡corre a recibirlos!

(Plano: En la entrada de casa de Calisto. Entra Sempronio acompañado de Celestina,


y Calisto se arrodilla ante ella, y le besa la mano con devoción)
CALISTO: Oh, noble señora, mi humilde casa no es digna de recibir a vuestra majestad.
Si por agradaros fuera, con mis propias manos derribaría éste corral (Plano:
Celestina se hurga el oído) para construir un palacio digno de quien me va a traer
tantas alegrías y gozos.
CELESTINA: Mi señor Calisto. Como veo que vuestro mal es grande, y os priva de
vuestra razón, cumpliré veloz con mi cometido para llevaros junto a vuestra
amada Marina
SEMPRONIO: (Al oído de Celestina): Melibea.
CELESTINA: Eso, Melibea. Ya no sufráis más, pues os tengo en gran estima, y
resolveré éste asunto en menos que se rompe un voto de castidad.
Pero temo no poder hacerlo, si no cuento con suficientes medios, pues soy vieja y
pobre, y me veo en la más absoluta miseria. ¡Oh, que pobre soy!¡Que miserable!
CALISTO: (levantándose) Oh, mi señora, no creáis que os ofrezco solo halagos, en
lugar de un regalo. Buscaré un presente digno de vuestra noble cuna, y vuestra
virtud.
(Calisto se va un momento. Celestina se esconde objetos entre las faldas. Calisto
regresa)
CALISTO: Aquí tenéis, cien monedas de oro en pago por vuestro servicio.
Ahora id, madre, con Melibea, pues mi esperanza y mi felicidad dependen de ello.
(Celestina mira sonriente la bolsa de dinero ante sus ojos)

ESCENA : III

(Plano: puerta de casa de Calisto. Celestina y Sempronio salen, y hablan en voz baja )
SEMPRONIO: ¿Qué te ha dado?
CELESTINA: Cien monedas
SEMPRONIO: Y más que nos dará si sabemos tratarlo. Pero temo que el torpe de
Pármeno eche a rodar todo nuestro plan
CELESTINA: Tranquilo, tú déjamelo a mí, que yo haré de él uno de los nuestros. Hace
tiempo que va tras Areúsa, la prima de tu Elicia.
Si se la consigo, vendrá manso a comer de mi mano
SEMPRONIO: Espero que así sea, pues temo que no podamos sacarle a mi amo todo el
provecho que deseamos con él en nuestra contra
CELESTINA: Déjale esto a la vieja Celestina, que los mozos, por muy leales que sean,
no dejan de ser mozos. Y ahora vamos para mi casa, que Elicia preguntaba por ti.
SEMPRONIO: No me lo digas dos veces. Ardo en deseos de verla

ESCENA IV:
(Plano: casa de Melibea. Melibea borda y su madre le habla)
ALISA: Y me dice la Jacinta: “Pues no pienso aceptar una oferta como ésta. Yo vi el
sayo antes que vos, y por tanto, tengo derecho sobre él” Y le digo yo: “Id con el
diablo, vieja judía, que si el mes pasado hubierais visto este mismo sayo, pero
fuera del tiempo de rebajas, otro gallo hubiera cantado. Como se nota quien viste
bien porque puede, y quien porque quiere aparentar”

(Entra Lucrecia, andando rápidamente, y se acerca a su señora)


LUCRECIA: Mi señora, está aquí la vieja Celestina, que quiere hablar con vos
ALISA: ¿Celestina? Algo vendrá a pedirme. Dile que suba.
(Se va Lucrecia. Entra Celestina, aparentando andares de vieja, y modales delicados)
CELESTINA: señora, la gracia de Dios esté contigo y con tu noble hija. Mis
enfermedades me han impedido visitaros, pero bien sabe Dios cuánto afecto os
tengo…
ALISA: (interrumpiéndola) también sabe Dios que no dais un paso sin que ello os
aporte beneficio, así que id al grano
CELESTINA: Oh, señora, me ofendéis con vuestras acusaciones, pero sí que es cierto
que he sabido que necesitabais hilado, y aquí lo traigo (enseña una madeja de
hilo)
ALISA: Mi hija Melibea os atenderá, pues yo tengo que ir a atender un asunto urgente.
(para sí): No vaya a ser que esa condenada de Jacinta llegue antes que yo
(Alisa abandona la habitación)
CELESTINA: (mirando a Melibea)¡Ay, hija mía, que Dios te guarde esas manos
jóvenes y delicadas por muchos años! Mira si no las mías, arrugadas y llenas de
manchas. Oh, que cruel vejez, Oh, quien fuera de nuevo joven para gozar de los
placeres.
MELIBEA: (dejando el telar aparte) Veo que seguís tan alegre como siempre, madre.
Mandaré a mi criada para que os pague, y podréis volver a casa, pues
seguramente, aún no habréis comido.
CELESTINA: Temo que tendré que esperar un tiempo más, pues primero debo
confesarte la verdadera causa de mi venida.
MELIBEA: decidme en que puedo ayudaros, y lo haré.
CELESTINA: ¿Ayudarme a mí? Oh, que amable y hermosa eres, pero no es para mí
para quien necesito tu caridad, sino para un caballero que está sufriendo lo
insufrible, que de tan afectado como está por su dolor, no come ni duerme.
MELIBEA: Decidme quien es, y si tan grande es su mal, haré todo lo que pueda por
ayudarle.
CELESTINA: su nombre es Calisto
MELIBEA: (enfadada) ¿Calisto? No pronuncies el nombre de ese loco saltaparedes en
mi presencia. ¿Así que por eso vienes, no, vieja barbuda desvergonzada? Oh,
maldito el día en que te recibo, para ser tentada por tus lujuriosas proposiciones.
Para curar el mal que dices que padece no tengo yo nada que pueda darle, que no
se lo pueda dar un baño con agua fría.
CELESTINA: Tranquilizaos, mi señora, pues no me habéis dejado acabar. No es el que
pensáis el mal que padece mi amo. Hace días que lo aqueja un fuerte dolor de
muelas, y ha oído que vos sabéis una oración a san Patrás contra dicho dolor,
además de que poseéis un cordón que ha tocado todas las reliquias que hay en
Roma. Por eso, y no por otra cosa, he venido a vuestra casa.
MELIBEA: (tranquilizándose): Si eso es lo que querías, ¿Por qué no has empezado
diciéndome eso? Tantas malas palabras he oído sobre tus artes, que no se si creer
que tan solo vienes buscando una oración
CELESTINA: A por eso vengo, y no a por otra cosa.
MELIBEA: Pues si es así, (levantándose) aquí tienes el cordón (se desabrocha el
cordón, y se lo da), pero a por la oración deberás volver mañana, pues ya es tarde,
y todavía debo escribirla.
CELESTINA: vendré con gusto, pero ahora debo marchar junto a mi señor, para tratar
de aliviar su mal.
MELIBEA: Por favor, id rápido junto a él y aliviadlo. (La voz de Melibea se agita de
emoción) Y traedme noticias sobre tan noble y desdichado caballero. Pues si mi
condición de doncella no me lo impidiera, yo misma iría junto a él para sanarlo.
CELESTINA: (sonriendo para sí) así lo haré mi señora. Quedad con Dios. (Celestina
sale lentamente de la habitación)

ESCENA V:
(Plano: puerta de casa de Calisto. Llega Celestina, y Sempronio la estaba esperando)
SEMPRONIO: ¿Qué nuevas traes de nuestro negocio?
CELESTINA: ¿Acaso eres tu el que me pagas? Los detalles del negocio los guardo para
tu amo.
(suben a casa de Calisto)
CALISTO: Oh, mi buena madre, ¿Qué nuevas me traes de la casa de aquella a quien
tanto amo?
CELESTINA: Ay, Calisto, mi señor. Poco ha faltado para que estas pobres y sucias
ropas me impidieran llegar hasta mi destino, pero al final he llegado, a pesar de
que también mis pies estaban torturados por mis gamuzas sin suela.
SEMPRONIO: (aparte, a Pármeno) ¡pero será interesada, la vieja!¡Pues no viene
lamentándose, para despertar la compasión de nuestro amo.
PÁRMENO. (aparte) Y el loco de nuestro señor le seguirá el juego, ya verás.
CALISTO: ¿Qué has averiguado, madre? Ardo en deseos de saberlo.
CELESTINA: Ay, hijo, hace mucho que lo poco y mal que como me han hecho
estragos en el oído y la vista, pero he logrado hablar con Melibea.
CALISTO: Oh, bendita suerte la tuya, que has gozado de la compañía de tan elevado
ser.
SEMPRONIO: (aparte) Fíjate en cómo desvaría, Pármeno, y dime si nuestro amo no
está loco.
CALISTO: Calla, desgraciado. Dejad de murmurar a mis espaldas. (A Celestina): ¿Qué
hablaste con ella, madre.
CELESTINA: me llamó barbuda, bruja, alcahueta y mil cosas más en cuanto mencioné
tu nombre, y estuvo a punto de despedirme sin más miramientos. Pero conseguí
convencerla de que el mal que sufrías era un dolor de muelas, y accedió mansa a
mis peticiones.
CALISTO: (Impaciente) ¿Qué conseguiste, madre, cuáles eran tus peticiones?
CELESTINA: Conseguí el cordón que ciñe su cuerpo, y la promesa de una oración a
san Patrás, que debo recoger mañana.
CALISTO: Oh, madre, os ruego que me dejéis ver tan alto tesoro
CELESTINA: ¿No deberíais, antes, agradecerme mis servicios?
PÁRMENO: (Aparte) ¡Pero será avariciosa!
CALISTO: Pármeno, calla tu sucia boca, y corre a decirle al sastre que haga una falda y
un manto del mejor paño flamenco que encuentre
SEMPRONIO: (Aparte enfadado) ¡Un manto! Difícilmente vamos a poder hacer parte
de eso.
CELESTINA: Aquí tenéis, mi señor, el cordón
(le entrega el cordón. Calisto lo coge con ansia, y lo huele)
CALISTO: Oh, que afortunado soy de poder contemplar tan bello objeto. Oh, que noble
cintura has ceñido, (se aleja poco a poco, sin dejar de mirar el cordón) que dulce
cuerpo has ocultado, que escondidos lugares has conocido, que hermosos secretos
has contemplado. (A Pármeno, sin dejar de mirar el cordón): Pármeno, acompaña
a la madre a su casa, que yo voy a estar ocupado durante un largo tiempo. (Calisto
sale de la escena)

ESCENA VI:
(Plano: Celestina y Pármeno en la puerta de casa de Areúsa, de noche)
CELESTINA: Ay, Pármeno, yo que te tenía por un hijo, y tu me lo pagas conspirando
con tu amo contra tu pobre madre y tu fiel amigo Sempronio
PÁRMENO: ¿Sempronio? Pero si es un bellaco, y un saltarribazos. No sé en qué me
conviene estar en paz con él
CELESTINA: Él te tiene en gran estima. Además, es amigo de Elicia, quien a su vez es
prima de Areúsa. Te conviene ser su amigo.
PÁRMENO: (emocionado): de Areúsa?
CELESTINA: de Areúsa
PÁRMENO: ¿La hija de Eliso?
CELESTINA: La hija de Eliso
PÁRMENO: ¿Es verdad?
CELESTINA: Es verdad. Y es verdad también que ésta es su casa. Ahora subamos en
silencio, no sea que nos oigan los vecinos
(suben. Areúsa está en la cama)
AREÚSA: ¿Quien es, a estas horas de la noche?
CELESTINA: Soy yo, Celestina la que no te trae otra cosa que bienes
AREÚSA: (Incorporándose) Madre, que hacéis aquí a éstas horas? Ya me estaba
acostando. Espera, que iré a vestirme.
CELESTINA (acercándose) No, no, tranquila, tu quédate debajo de las sábanas, que
desde allí hablaremos.
AREÚSA: (se mete bajo las sábanas) Pues la verdad es que lo necesito, pues hoy me he
sentido mal todo el día.
CELESTINA: ¡Ay, cómo huele toda la ropa al moverte! Siempre me ha gustado tu
limpieza, y tus vestidos, y todo lo que haces. ¡Qué fresca y lozana estás!¡Y qué
sábanas, qué colchas, y qué almohadas!¡Qué blancura! Déjame mirarte toda a mis
anchas, que disfruto sólo de verte.
AREÚSA: ¡Quieta, madre, no me toques, que me haces cosquillas y me haces reír, y la
risa me da más dolor!
CELESTINA: ¿Qué dolor, mis amores?
AREÚSA: Hace cuatro horas que me duele la matriz. Se me ha subido a los pechos, y
me va a matar.
CELESTINA: A ver, deja que te palpe, que algo sé yo de éste mal.
AREÚSA. Me duele más arriba, sobre el estómago.
CELESTINA: ¡Dios te bendiga!¡Y qué gorda y fresca estás!¡Qué pechos!¡Que
hermosa!¡Quien fuera hombre y pudiera gozar de semejante vista!
AREÚSA: No me hables de hombres, y dame algún remedio para mi mal.
CELESTINA: Para devolver la matriz a su lugar hay un remedio que es mejor que
cualquier medicina.
AREÚSA: ¿Y cuál es ese, madre?
CELESTINA: No se si decírtelo, pues te me haces tan santa…
AREÚSA: ¿Me ves sufrir, y no mitigáis mi dolor?
(primer plano de la cara de Celestina, que sonríe con malicia y complicidad)
(Plano: Pármeno espera en la puerta de la habitación)
CELESTINA: Pármeno, hijo, entra.
(Pármeno entra en el cuarto. Primer plano de la cara de Pármeno, muy sorprendido)
PÁRMENO: La madre que me….(va corriendo hacia ella, desabrochándose los
pantalones)

ESCENA VII
(Plano: Pármeno y Areúsa en la cama. Pármeno se despierta y se levanta)
AREÚSA: ¿Qué hacéis levantado?
PÁRMENO: Ya ha amanecido, y mi señor me debe estar esperando
AREÚSA: Quédate aquí, y sigamos hablando de mi dolor
PÁRMENO: Disculpadme, mi señora, si no es suficiente con lo que hemos hablado ya,
pero mi deber me requiere (Pármeno se va)

(Plano: puerta de casa de Celestina. Sempronio aguarda en la puerta. Llega Pármeno,


abrochándose los pantalones)
SEMPRONIO: ¿De dónde vienes, amigo, o mejor dicho, que estabas haciendo? Te veo
muy acalorado.
PÁRMENO: Sempronio, en momentos cómo este es en los que uno goza de un
compadre a quien contarle sus aventuras.
SEMPRONIO: Tu y yo lo somos, ¿O es que tanto tiempo al servicio del mismo amo no
han creado en nosotros lazos de amistad?
PÁRMENO: Ahora veo con claridad que sí. Y puesto que somos amigos, creo que
puedo contarte los pormenores de mi encuentro de anoche con Areúsa, a quien he
citado en ésta casa para comer.
SEMPRONIO: Ay, mozuelo, mozuelo. (le pone una mano en el hombro) ¡Por fin
descubres los placeres del bello sexo! Si ya lo decía Aristóteles: “Más vale conejo
en mano, que ciento pagando”. Por eso mismo también cité yo aquí a mi Elicia, y
he dejado a nuestro amo en misa, seguramente expiando los pecados cometidos
con el cordón de Melibea, y también he dejado su despensa algo más vacía qué de
costumbre (le muestra el saco que lleva)
PÁRMENO: Gran noticia es esa. Entremos pues, con esta gente que realmente nos
aprecia y nos hace el bien.
(Entran en casa de Celestina y la vieja sale a recibirlos)
CELESTINA: ¡Oh, mira quién está aquí! ¡Pasad, pasad, queridos hijos! ¡Elicia, Areúsa,
bajad, bobas, que me violan!
ELICIA: (entrando en la sala, con Areúsa)¡A buenas horas llegan! Mi prima lleva aquí
esperando tres horas. Seguro que ha sido el perezoso de Sempronio, que se retrasa
porque no quiere verme.
SEMPRONIO: Calla, calla, mi amor, y sentémonos a comer, sin enojo.
ELICIA: Eso, para comer si que te das prisa, sobre todo si está la mesa ya puesta.
SEMPRONIO: (Dándole la bolsa a Pármeno) Pármeno, dale a la madre los obsequios
que le hemos traído., que yo voy a sentarme a la mesa con esta señorita.(salen del
plano Sempronio y Elicia)
(Plano: todos alrededor de la mesa. Entra Celestina con una bandeja)
CELESTINA: eso, eso, sentaos en orden, cada uno con su pareja, que yo me sentaré
junto al vino, que en las noches de invierno no hay mejor calentador de cama.
SEMPRONIO: A todos nos gusta el vino, madre Celestina. Acércalo, acércalo, y
brindaremos por los amores del loco de Calisto con la hermosa y gentil Melibea.
ELICIA: (se levanta de la mesa y le lanza agua a la cara de Sempronio, enfadada)
¿Gentil? ¿Melibea? ¡Melibea será gentil cuando tengamos veinte dedos en las
manos! ¡Conozco mozos de cuadras que son más gentiles que ella! Yo también os
parecería gentil si me echara encima la paleta de un pintor, cómo hace ella. ¡Si
cogierais un puerco y le pusierais todos los adornos que trae Melibea, el cerdo
también os parecería gentil!
AREÚSA: Pues tu no la has visto como yo, prima. Si te la tropiezas en ayunas, no
puedes comer en todo el día de puro asco. Y para ser doncella, tiene unas tetas
como calabazas, igual que si hubiera parido tres veces. Y seguro que tiene el
vientre tan flojo como una vieja de cincuenta años.
SEMPRONIO: Pero Melibea es noble, como Calisto. No es de extrañar que la ame.
ELICIA: (todavía levantada)¿tengo que comer con este desgraciado, que ha defendido
en mis narices que esa zorra de Melibea es más gentil que yo?
AREÚSA: Elicia, hermana, ven a comer y olvídate de estos locos.
ELICIA: Iré porque tu me lo pides.
SEMPRONIO: (ríe)
AREÚSA: ¿De qué te ríes, desgraciado? ¡Mal cáncer te devore la boca!
CELESTINA: No le contestes, hijo, o no terminaremos en todo el día. Terminemos de
comer, y luego id a hacer lo que todos estáis deseando. Gozad de vuestra fresca
mocead antes de que sea tarde y os arrepintáis, que yo disfruto sólo con miraros,
en compañía de mi amigo el vino.
(Sempronio indica a Elicia hacia la puerta, y salen de la habitación. Areúsa y Pármeno
hacen lo mismo. Se oyen ruidos y risas)
CELESTINA: Eso, besaos y abrazaos, putillos. ¡Y cómo os reís!¡Venga, a disfrutar,
loquillos traviesos!
LUCRECIA: ¡Celestina! ¿Hay alguien en casa?
CELESTINA: O el oído me engaña, o esa es Lucrecia. Que entre, y que disfrute de lo
nuestro, que por estar de criada, no puede disfrutar de su juventud.
(Elicia y Areúsa vuelven al plano y se sientan junto a Celestina.)
AREÚSA: tienes razón, madre. Para las criadas no hay placer, y menos con las amas
que ahora se llevan. ¿Cómo fregaste esa sartén, guarra? ¿Adónde vas, tiñosa?
(Entra Lucrecia. Las dos prostitutas van hacia ella, y la agarran por detrás, pero ella
se escapa, y va hacia Celestina)
CELESTINA: ¡Lucrecia! Vaya sorpresa. Entra, hija, entra, no hagas caso a esas locas.
¿Qué es lo que desas?
(Pármeno y Sempronio salen de la sala. Antes de salir, le hacen gestos obscenos a
Lucrecia)
LUCRECIA:(acalorada) Ma… Madre Celestina. Mi ama me envía a folla… a buscaros
para que la jo… la ayudéis pues está goza… sufriendo de amor por Calisto. (se
gira, de golpe, hacia Celestina) Sí, eso es.
CELESTINA: (Para sí) Ya sabía yo que mis palabras harían mella en la inocente
Melibea. Le veo buen futuro a éste asunto. Alégrate, vieja Celestina, pues sacarás
más de éste pleito que de quince virgos que renovaras.

ESCENA VIII
(Plano: en casa de Melibea, ésta habla consigo misma, lamentándose de la tardanza de
Celestina)
MELIBEA: ¿Por qué tardará tanto Celestina? ¿No hubiera sido mejor acceder ayer a la
petición de la madre? ¿No será ya tarde para mí? ¡Oh, género femenino,
incomprendido y frágil!¿Por qué no pueden las mujeres revelar su ardiente amor,
cómo los varones?
(entra Celestina)
MELIBEA: (yendo hacia ella) ¡Bienvenida seas, vieja sabia y honrada, pues ahora soy
yo quién necesita de tu ayuda!
CELESTINA: Habla, hija, ¿Cuál es el mal que te atormenta?
MELIBEA: Unas serpientes me muerden el corazón.
CELESTINA: (Para sí) El corazón y lo que yo te diré, es lo que te muerden.(a Melibea)
Tranquila, hija mía, pues tengo el remedio para el mal que sufres.
(Plano: Melibea de frente. Celestina se acerca por detrás, y le habla)
MELIBEA: dímelo, por favor, pues este mal no me deja vivir
CELESTINA: Tranquila, hija mí. Primero hay que saber dónde está ése dolor, y por qué
se ocasionó
MELIBEA: Me duele el corazón, en la parte izquierda del pecho. Y lo sufro desde que
viniste a pedirme el corazón para aquél caballero
CELESTINA: Creo, hija mía, que ya sé cual es el nombre de vuestro remedio.
MELIBEA: ¿Cuál?
CELESTINA: No me atrevo a decirlo
MELIBEA: Di, no temas
CELESTINA: Calisto
MELIBEA: Pero es imposible que pueda llegar hasta él
CELESTINA: Nada es imposible, si se quiere hacer
MELIBEA: ¿Cómo?
CELESTINA: Por entre las puertas de tu casa
MELIBEA: ¿Cuándo?
CELESTINA: Ésta misma noche.
MELIBEA: Di a que hora
CELESTINA: A las doce
MELIBEA: Pues ve, leal amiga, y tráeme a aquél que me hace sufrir.

ESCENA IX:
(Plano: Calisto en el interior de una iglesia. Se le acerca Sempronio)
SEMPRONIO: (susurrando) señor, lleváis aquí desde mediodía, y ya ha anochecido.
Vuestra estancia va a dar de hablar, y dirán que el cura te está haciendo lo que a
los monaguillos desprevenidos. Salgamos, y busquemos a Celestina, que creo que
os trae buenas nuevas.
(Salen de la iglesia. En la calle está Celestina. Calisto se arrodilla ante ella)
CALISTO: Oh, joya del mundo, socorro de mis pasiones, ¿Qué noticias me traes, que te
veo tan alegre?
CELESTINA: buenas son las noticias que te traigo, mi señor, y muy buenas las palabras
que traigo de Melibea para vos.
CALISTO: ¿Tan buenas son?
CELESTINA: Realmente buenas. Melibea te ama y desea verte. He acordado con ella
que os veréis esta noche, en la puerta de su casa.
CALISTO: Oh, Señor, que iluminas con tu luz a éste humilde siervo. No soy digno de
tan elevado honor. ¿es cierto esto que me dices?
CELESTINA: Cierto cómo que estoy yo aquí
CALISTO: Oh, madre Celestina. Cuánto bien me habéis traído. Olvídate del manto, y la
falda, y ten ésta cadenilla para tu noble cuello ( se quita la cadena, y se la da).
SEMPRONIO: (Aparte, a Pármeno) Cadenilla, la llama, el desgraciado. ¡Con lo que
cuesta esa cadena como yo durante cinco años!
PÁRMENO: (Aparte) Difícilmente vamos a poder repartirnos la cadena, a no ser que
nos repartamos los eslabones.
CALISTO: Callad, desgraciados, y no oscurezcáis mi dicha con vuestras traiciones.
Contadme, madre, vuestro encuentro con mi señora.
SEMPRONIO: (Aparte) Creo, amigo Pármeno que ésta noche no vamos a poder ir de
nuevo a casa de Celestina. Nos espera una velada interminable.
ESCENA X:
(Plano: exterior de la casa de Melibea. Llegan Pármeno, Sempronio y Calisto. Calisto
va hacia la puerta, y sus criados se quedan de guardia.)
SEMPRONIO: Allá va nuestro amo, y nos deja a nosotros aquí plantados. No sé tu,
amigo Pármeno, pero yo, al más mínimo ruido, tomo las de Villadiego.
PÁRMENO: Tu lo has dicho, compañero. No pienso jugarme la piel por el loco de
nuestro amo.
(Calisto pega el oído a la puerta, y llama)
CALISTO: Mi señora, ¿estáis ahí?
MELIBEA. ( a Lucrecia): es él. (a Calisto) Estoy aquí, mi señor.
CALISTO: El dulce sonido de vuestra voz me certifica que sois mi señora Melibea. Oh,
dichosos mis oídos que escuchan tan dulce melodía.
MELIBEA: La osadía de tus palabras y las de tu sierva Celestina me han llevado a
hablaros, pero os advierto que de mí no conseguiréis nada más de lo que os mostré
en el huerto, pues si os diera más, peligraría mi virtud.
CALISTO: ¡Ay, desdichado Calisto, cómo te han burlado tus sirvientes! Oh, engañosa
Celestina, ¿Por qué engañaste a mi corazón falseando la palabra de esta señora?
Mi corazón había alcanzado la gloria, y ahora está de nuevo en el barro
MELIBEA: No, mi señor, no os lamentéis, y tomado por buenas las palabras de la
anciana. Mucho tiempo he sufrido por estar junto a vos.
CALISTO: Oh. Mi bella y dulce Melibea. No soy digno de serviros.
SEMPRONIO: (A Pármeno) : Y yo que creía que mi señor no podía desvariar más, y
ahora lo veo hablando de amores con una puerta.
MELIBEA: Ordena y dispón de mi persona como quieras. Maldigo esta puerta, que
impide nuestro gozo
CALISTO: No permitiré que un madero impida nuestros gozos. ¡Ahora mismo llamo a
mis criados y la echarán abajo!
PÁRMENO: ¿Oyes a nuestro amo? Quiere venir a buscarnos para echar la puerta abajo
SEMPRONIO: Calla y escucha
MELIBEA: ¿Quieres perderme, amor mío? Si descubren la puerta rota, echarás a perder
mi virtud. Y esos mozos? ¿Cuántos traes?
CALISTO: Dos, solamente, pero tan bravos que pondrían en fuga a diez hombres
SEMPRONIO: ¡En mala hora vinimos, Pármeno! Aquí nos pilla el amanecer, si nuestro
amo tarda tanto
PÁRMENO: Calla, Sempronio, que creo que oigo pasos
MELIBEA: Me alegra saber que vienes tan bien acompañado, mi señor
SEMPRONIO: Tienes razón. ¡Echa a correr!
(salen de la escena, corriendo)
(Plano: un muro. Pármeno y Sempronio llegan huyendo)
SEMPRONIO: (alcanzándolo) Eh, Pármeno, vuelve, desgraciado, que es la gente del
alguacil que viene por la otra calle.
PÁRMENO: Asegúrate. En mi vida recuerdo haber pasado tan gran temor.
SEMPRONIO: Regresemos, pues.
(plano: puerta)
CALISTO: … y vuestros ojos son como piedras preciosas, y vuestra nobleza es mayor
que la de los reyes de Roma, y vuestro pelo… ¿estáis ahí, mi señora?
MELIBEA: (despertándose) Si, mi señor, os escucho sin perder detalle.
(se oyen pasos en la calle)
CALISTO: ¿Qué es eso que oigo? ¿Pasos que se acercan? Mucho me temo, mi señora,
que debo irme, pero más por miedo a dañar vuestra honra que por temor a resultar
dañado.
MELIBEA: Volved, mi señor, mañana a esta hora, pero entrad por el huerto.
CALISTO. Así lo haré.
(Se reúne con Sempronio y Pármeno)
CALISTO: ¿Quién viene?
SEMPRONIO: Corramos, señor, pues es la gente del alguacil, que vienen con
antorchas, y os podrían reconocer.
(Se marchan)

ESCENA XII:
(Plano: Pármeno y Sempronio caminan por la calle, de camino a casa de Celestina)
SEMPRONIO: Con nuestro amo doliéndose de amores en su cuarto, nosotros ya
podemos dedicarnos a nuestros asuntos.
PÁRMENO: ¿No es un poco tarde ya para ir a buscar a las señoras?
SEMPRONIO: ¡Pármeno, tu siempre pensando en lo mismo! Los negocios que nos
incumben son otros. Una vez concluido el encuentro de Calisto con Melibea, y
viendo que nosotros seguimos sin recibir nada como pago por nuestro esfuerzo,
debemos exigirle nuestra parte a esa vieja de Celestina
(Llegan a casa de Celestina. Tocan a la puerta)
CELESTINA: (dentro) ¿Quién llama a éstas horas?
SEMPRONIO: Somos Pármeno y Sempronio, tus hijos.
CELESTINA (Abre la puerta)¡Oh, locos traviesos! Entrad, entrad. (Pármeno y
Sempronio entran) ¿Cómo venís a estas horas? ¿Le pasa algo a Calisto?
PÁRMENO: Nuestro amo está feliz cual lombriz, después de su encuentro con Melibea.
SEMPRONIO: Pero lo que no está tan feliz es su hacienda. Creo que deberíamos
comenzar a hablar de repartir lo conseguido. ¿Donde está esa cadena?
CELESTINA: Espero que no hables de la cadena de Calisto, pues se la di a Elicia , y la
muy tonta la ha perdido.
SEMPRONIO: (Acercándose a ella, enfadado)¡A otro galgo con esa liebre, que yo soy
perro viejo! Conmigo déjate de bromas, y danos las dos partes de lo que recibiste
de Calisto.
PÁRMENO: O si no quiere darnos las dos partes, nos quedamos con todo.
CELESTINA: ¡Elicia! ¡Elicia!¡Levántate de la cama, y dame el manto, que como hay
Dios que me voy a la justicia bramando como una loca!¿Qué amenazas son estas
en mi propia casa? ¡Qué bravos atacáis a una vieja indefensa!¡Si hubiera un
hombre en casa, no os atreveríais!
SEMPRONIO: (desenfunda la espada)¡Oh, vieja avara! ¡Garganta muerta de sed por
dinero! ¿No te basta con la tercera parte de lo ganado?
CELESTINA: ¿Qué tercera parte? ¡Marchaos ahora mismo de mi casa si no queréis que
de voces y acudan los vecinos!
SEMPRONIO: Da voces todo lo que quieras, que o cumples lo prometido, o se acaban
hoy tus días.
ELICIA: (Aparece por la puerta, y se asusta con la escena) ¿Qué son esas voces?
¡Guarda esa espada, por Dios!¡Pármeno, sujétalo, que la mata!
CELESTINA: (a la ventana) ¡Justicia! ¡Justicia, señores vecinos, que me matan en mi
casa estos rufianes!
SEMPRONIO: ¿Rufianes? Espera, doña hechicera, que yo te mandaré al infierno con
cartas de recomendación. (Le da una estocada)
CELESTINA: ¡Ay, que me mata!¡Ay! ¡Ay! ¡Confesión, Confesión!
PÁRMENO: Remátala, a ver si calla de una vez.
CELESTINA: ¡Confesión!
SEMPRONIO: (enfunda la espada) Huye, Pármeno, que acude mucha gente
VOCES EN LA CALLE: ¿Quién anda ahí? ¡Bellacos! ¡Hijos de puta!
PÁRMENO: Salta por ésta ventana, Sempronio, y corre cuanto puedas. Yo te ayudo.
(le ayuda a saltar la ventana. Por la calle pasa el aguacil y más gente)
PÁRMENO: (Asomado a la ventana) Miren, miren, por allí escapa ¡síganlo!
(Elicia cae de rodillas, ante el cuerpo ensangrentado de Celestina, y llora sobre ella)

ESCENA XIII:
(Plano: Un patíbulo. Un pregonero lee un papel)
PREGONERO: Por el crimen de asesinato, ésta ciudad condena a Pármeno y a
Sempronio a la pena de muerte. Teniendo en cuenta su condición de hidalgos,
serán decapitados públicamente.
(Dos hombres acercan a Sempronio y Pármeno a los troncos, y les colocan la cabeza
sobre ellos. Luego le quitan el saco que les cubre el rostro. Mientras, el otro
verdugo afila el hacha. El verdugo se acerca con el hacha y la alza. La cámara
hace un barrido hacia arriba. Se oye el ruido de la cabeza de Sempronio al caer
sobre el cesto, y los aplausos de la multitud)
(Plano: Calisto en la cama. Se oyen voces dando gritos a lo lejos)
SOSÍA: ¡Mi señor!¡Despertad, mi señor Calisto!¡Oh, que desgracia tan grande!(entra
en la habitación)¡Mi señor!
CALISTO: Para, animal, de pegar gritos, que alarmarás a los vecinos. Dime, ¿cuál es
esa desgracia?
SOSÍA: Pármeno y Sempronio, mi señor. Han sido ejecutados en la plaza ésta misma
mañana, por la muerte de una tal Celestina.
CALISTO: ¡Tristanico! (el otro criado aparece por la puerta) ¿Es verdad lo que dice
éste desquiciado?
TRISTÁN: Me temo que sí, mi señor.
(Calisto se sienta en la cama, abatido)
CALISTO: ¡Oh, mis leales criados! ¿Dónde iré ahora sin ellos? ¿Quién me acompañará
esta noche a casa de Melibea? ¡Oh, triste Fortuna, ¿Por qué me arrebatas de un
solo golpe a mi madre Celestina, y a mis fieles servidores?
(se oculta la cara con las manos)

ESCENA XIV:
(Plano: las manos de Elicia ocultan su rostro, afligido por el dolor)
AREÚSA: (mirándola) ¿es eso cierto?
ELICIA. (sollozando) Me temo que sí, hermana. Celestina, a quién yo tenía por madre.
Aquella que me protegía y por la que yo era conocida en toda la ciudad. Y
Sempronio, mi amante, que no me hacía falta un marido.
AREÚSA: Ay, calla, que muero yo también. ¡Pármeno, mi amor, qué poco duró nuestra
pasión! Pero yo sufriré con más diligencia que tu, hermana.
ELICIA: ¿Cómo puedes soportar tan pesado dolor? Aunque más duro aún se me hace
que no puedo reclamar venganza por sus muertes, pues los culpables están
enterrados con ellos.
AREÚSA: (Alza la mirada) Si que podemos reclamar venganza, contra aquellos que
causaron tanto dolor y sufrimiento: El loco de Calisto y ése estiércol de Melibea,
que con sus amores nos traen tantas desgracias. Si supiera dónde se encuentran
cada noche, yo misma iría para tomar venganza. Por el momento, quédate
conmigo, y sufre aquí tu dolor.

ESCENA XV:
(Plano: En el huerto, Melibea se lamenta junto con Lucrecia de la tardanza de Calisto)
MELIBEA: Cuando pienso en todas las cosas que pueden pasarle de su casa a aquí…
¿Qué crees que le impide llegar, Lucrecia?
LUCRECIA: No temáis, que estará al llegar
MELIBEA: Oigo ruidos. Tal vez sea él.
CALISTO: Aquí estoy, mi señora. (se acerca, y le coge las manos)
MELIBEA: (Calisto se coloca tras ella) Señor mío, me confié en tus manos por no
perderte, pero no me pierdas por tan breve deleite. No pidas ni tomes lo que
después no puedas devolver.
CALISTO: Mi señora, he vivido toda mi vida para gozar de un bien así. No me pidáis
ahora que renuncie a él, pues no haré tal cobardía. Mi vida entera nada en el fuego
de mi deseo de ti. Dejadme, por favor, acercarme a descansar a vuestro dulce
puerto.
MELIBEA: Por mi vida, que tu lengua hable lo que quiera, pero que tus manos no
hagan lo que no pueden. (la cámara se acerca a las caras de Calisto y Melibea).
Aparta allí, Lucrecia, pues no quiero que nadie sea testigo de mi error. (Calisto la
gira hacia él y la besa. La cámara hace un barrido hacia arriba.)
CALISTO: Melibea…
MELIBEA: Calisto…

ESCENA XVI:
(Plano: Pleberio y Alisa hablan sobre la inocencia de su hija.)
PLEBERIO: Alisa, amor, el tiempo se nos va de las manos, y yo, como padre, me veo
en obligación de concertar un matrimonio para nuestra hija, a fin de que no se vea
sola, si algún día nosotros faltamos.
ALISA: Y no Olvidéis, mi señor, que es la mejor forma de evitar habladurías, pues
nuestra hija, otra cosa no será, pero casta y virgen, desde luego sí.
PLEBERIO: Cierto. Pero me gustaría comentar con ella la idea de su matrimonio. Que
ella también tenga voz en este asunto.
ALISA: ¡Bah! ¿Qué sabrá nuestra hija de hombres? ¿Qué sabe ella, que es pura e
inocente, del ayuntamiento entre hombres y mujeres? ¿Piensas que su virginidad
inocente le puede despertar el deseo de algo de lo que nunca ha oído hablar? Ella
aceptará por bueno el marido que le pongamos. Sé bien cómo he criado a nuestra
hija.
PLEBERIO: En esto he de reconocer, mi señora, que tenéis razón.

ESCENA XVII:
(Plano: Centurio se limpia con un puñal la suciedad de entre los dientes)
AREÚSA: ¿Hay alguien en casa?
CENTURIO: (Levantándose): ¿Quién demonios se atreve a entrar sin llamar?
AREÚSA: Soy yo, Areúsa.
CENTURIO: ¡Pero si es mi bella y gentil señora!
AREÚSA: No me vengas, con esas, Centurio, que nos conocemos. Vengo muy ofendida
por el rechazo que me hiciste del favor que te pedí el otro día.
CENTURIO: Señora, me mandabas ir a una milla de aquí. Si quieres que mate a
alguien, o que me bata en duelo con diez hombre, solo tienes que decírmelo, pero
no me pidas cosas que no puedo hacer.
AREÚSA: Pues a eso es a lo que he venido. Tienes que matar, esta misma noche a un
desgraciado que se llama Calisto.
CENTURIO: ¿Calisto? Sé quien és, y estoy al tanto de lo que hace, y dónde lo hace.
Pero esta noche no puedo hacerlo. Estoy comprometido con otro asunto.
AREÚSA: Sí, emborracharte e ir de putas. ¡Como si no te conociera! O me ayudas en
esto, o no me vuelves a ver el pelo!
CENTURIO: Tranquila, mi señora, que yo mataré a ese Calisto para que no te cause
más problemas. ¿Qué tipo de muerte prefieres? Porque tengo un repertorio de
setecientas setenta y siete clases de muertes
ELICIA: ¡Prima, por Dios, que éste animal no se encargue del asunto, o escandalizará a
toda la ciudad!
AREÚSA: No seamos lastimeras, prima, que él sabe muy bien lo que hace. Que lo mate
cómo le apetezca. Y que llore Melibea como tú has llorado. Centurio, que Calisto
no escape sin recibir un castigo por su maldad.
CENTURIO: Así será.
(Elicia y Areúsa salen)
CENTURIO: ¡Para matar gente estoy yo esta noche! Ya sé. Mandaré a Traso el sordo, y
algún compañero suyo, y que se encarguen ellos.

ESCENA XVIII:
(Plano: el muro del huerto de Melibea. Llegan Sosia y Tristán con una escalera, y
Calisto trepa.)
(Plano: Melibea espera en el huerto a Calisto, que llega, y la abraza)
MELIBEA: No seáis impaciente, mi señor.
CALISTO: Callad, mi señora, pues vengo lleno de amor. Dios sabe todas las crueles
horas que me he pasado esperando éste momento.
(juntos, salen del plano)
LUCRECIA: (se oye a Calisto y Melibea gimiendo) ¡Y dale! Ya están otra vez, y yo
mientras tanto, aquí, mirando. Oh, señor, si alguno de esos criados meapiedras y
descalzaburros supiera venir aquí y hacerme una mujer… ¿Por qué tengo que
soportar tan cruel destino? Vaya, parece que ya paran.
(Plano: Calisto encima de Melibea, tumbados sobre la yerba)
CALISTO: Mi señora, junto a vos mis males desaparecen, y el mundo parece uno
mucho más nuevo y dulce.
SOSÍA. (Afuera, en la calle): Bellacos, cabrones. Largaos, si no queréis salir mal
parados. Tristán, ayúdame. ( se oye ruido de espadas chocando)
CALISTO: ¿Que son esas voces? Señora, temo que debo irme, no sea que vayan a
matar al desgraciado de Sosía, que está solo con un pajecico
TRISTÁN: (afuera) Caguen Dios, ¿es que en esta ciudad no se puede dormir en paz?
(Calisto se levanta, y Melibea queda sola)
(Plano: en lo alto del muro, Calisto ve cómo huyen los rufianes.)
TRISTÁN: Tranquilo, señor. No bajes, que ya se han ido. Por ahí vuelve Sosía.
(Calisto se cae de lo alto de la escalera Plano: Primer plano de la cara de Calisto.
Calisto cayendo, desaparece del plano.)
CALISTO: Oh, válgame san Bartolomé. ¡Muerto soy! ¡Confesión!
TRISTÁN: ¡Ay, mi madre!¡Sosía, ven, que el desgraciado de nuestro amo se ha caído
de la escalera (Sosía se acerca corriendo)
SOSÍA: ¡Señor! Está más muerto que un carnaval sin vino. Oh, señor, ¿por qué eres tan
cruel con tus siervos?
MELIBEA: (Al otro lado del muro): ¿Qué ha pasado? ¿Qué es lo que oigo?
SOSÍA: Mi señora, Calisto ha muerto despeñado. Tristán, recoge los sesos del suelo, y
vuélvelos a meter en la cabeza de nuestro amo.
MELIBEA: ¿Qué es lo que oigo? ¿Qué áspero suceso ha ocurrido? Mátame, Lucrecia, o
hundiré con alaridos la casa de mi padre. ¡ya no es tiempo de que siga viviendo!
¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo aprecié tan poco la dicha que tuve entre
mis manos? ¡Ay ingratos mortales! ¡Solo reconocéis vuestros bienes cuando los
perdéis!

ESCENA XIX:
(Plano: Melibea, en la cama, se lamenta de su mal. Entra Pleberio)
PLEBERIO: ¿Qué mal es éste que te consume, hija mía?
MELIBEA: ¡Uno que no tiene remedio!
PLEBERIO: Dime, cual es ese mal, y yo le encontraré un remedio. Ya sea con hierbas,
piedras, palabras o entrañas de animales, te lo traeré, pero no me atormentes más,
y dime lo que sientes.
MELIBEA: Señor, subamos a la azotea, y allí mitigaremos mi dolor.
PLEBERIO: bajaré a buscar algún instrumento. (sale de la habitación)
(Plano: Pleberio sale al exterior, y ve a su hija en la zotea)
PLEBERIO: hija mía, ¿Qué haces ahí arriba? ¿Quieres que suba?
MELIBEA: Padre, no intentes subir, o estorbarás lo que quiero decirte y hacer. Ha
llegado la hora de que cese mi sufrimiento. Por fin podré descansar.
PLEBERIO: Hija mía, ¿De qué hablas?
MELIBEA: Hace tiempo que me encuentro cada noche con un noble caballero llamado
Calisto. Hace mucho que le entregué mi virtud, y me arrojé a sus dulces brazos.
Pero ahora ese caballero yace muerto. ¿No sería gran crueldad que él muriera
despeñado, y yo siguiera con vida? Me está llamando desde la muerte. ¡Calisto,
mi amor, espérame, que ya voy. Perdóname, Padre, por traerte la desgracia y la
tristeza, pero debo ir con él. Dios queda contigo y con mi vieja madre. A Él
ofrezco mi alma. Padre, pon en lugar seguro este cuerpo, que allá baja.

ESCENA XX:
(Plano: Melibea, tendida en la cama, cubierta con una sábana. Pleberio, junto a ella,
con la cabeza agachada. Entra Alisa, y se lanza sobre el cuerpo de su hija
muerta.)
ALISA: Oh, señor, ¿Por qué me atormentáis de este modo? Llevadme a mí, en su lugar.
PLEBERIO: (se levanta) Ayúdame, mujer mía, a llorar nuestro llagado final. ¡Oh, hija,
mía, que cruel es que yo te sobreviva! ¡Oh, duro corazón de padre, como te
quiebras de dolor ante la pérdida de tu amada heredera! ¿Para quién edifiqué
torres? ¿Para quién adquirí heredades? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién
fabriqué navíos? ¡Oh, tierra dura, ¿Dónde hallará amparo mi desconsolada vejez?
¡Oh, amor, loco amor! ¡Con qué facilidad te deshaces de los que te sirven! ¡Oh,
mundo cruel! ¿Por qué me engendraste? Si yo no hubiera nacido, Melibea
tampoco, y si ella no hubiera nacido, no habría amado, y si no hubiera amado, no
tendría yo éste desconsolado final. ¿Por qué, hija mía, me dejas lleno de pena,
triste y solo, en este valle de lágrimas?

FIN

Guión: David Gil