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Los movimientos sociales, el capitalismo y el conflicto político contemporáneo

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En la caracterización del fenómeno del conflicto político que se da en los últimos
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fin del siglo XX provocó en la estructura social. En este sentido hay dos aspectos
importantes que se relacionan con la instauración de modelos neoliberales en la región
de América Latina, en general.
En la caracterización del fenómeno del conflicto político que se da en los últimos
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Los movimientos sociales, el capitalismo y el conflicto político contemporáneo1

Nicolás Mazzella2 1. Las transformaciones estructurales en América Latina como impacto del neoliberalismo En la caracterización del fenómeno del conflicto político que se da en los últimos tiempos en América Latina no se pude dejar de observar el impacto que el capitalismo de fin del siglo XX provocó en la estructura social. En este sentido hay dos aspectos importantes que se relacionan con la instauración de modelos neoliberales en la región de América Latina, en general. En primer lugar, se da la desarticulación del modelo societal-económico estadocéntrico bienestarista. Este modelo, que dominó la escena desde los años ‘40, tuvo sus implicancias en lo económico y en lo que tiene que ver con las relaciones sociales. En lo económico, con la implantación del neoliberalismo, el Estado dejó de ser el proveedor principal de servicios sociales, dejando ese lugar a la asignación por medio del mercado. El mercado tiene otra lógica de asignación de los recursos, a diferencia del Estado. En el mercado priman la competencia descarnada en pos de maximizar ganancias “a cualquier precio”. Las consecuencias de ello son que, como en el mercado la competencia es entre actores desiguales, los que parten con ventaja terminan ganando más aún con respecto de los que parten en desventaja. Los desaventajados resultan ser la gran mayoría de la población, los asalariados, “los que tienen que trabajar para vivir” según Antunes (Antunes, 2001). Esto provoca una gran “polarización social” (Samir Amin, 2001), haciendo que para América Latina, el resultado de ello se pueda ver en datos del PNUD, analizados por Jorge Hintze, que busca establecer los niveles de pobreza y desigualdad socioeconómica en América Latina, actualmente. Según Hintze, el veinte por ciento de los habitantes más ricos de nuestra región tienen un ingreso casi 18 veces (17,8) superior al del veinte por ciento de
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Este trabajo se he realizado en colaboración con el proyecto de investigación titulado "Producción de sentidos en jóvenes de Viedma - Patagones y nuevas formas de subjetivación política" que se desarrolla en el Centro Universitario de Viedma - Universidad Nacional del Comahue. Presentado en las Primeras Jornadas Debates Actuales de la Teoría Política Contemporánea, Bs. As. 2010 2 Lic. en Cs. Políticas. Docente e investigador, Univ. Nac. del Comahue.

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los ciudadanos más pobres, siendo que en el promedio mundial esta relación es de 6,4 a 1 y, por ejemplo, las regiones que le siguen a América Latina son América del Norte (8,6 a 1) y África (8,2 a 1) (Hintze, 2004). Esto hace que América Latina sea la región más desigual del planeta. Con respecto a todos estos cambios operados en la caída del modelo estadocéntrico, el “mundo del trabajo” también ha sufrido cambios. En efecto, luego del apogeo del modelo “keynesiano-fordista” desde aproximadamente 1940 hasta 1980, donde la principal relación laboral era aquella en la que el “obrero” cumplía una tarea en un determinado tiempo y en un lugar fijo y a cambio se le deba una paga (salario), pasamos a la actualidad en donde ese modelo entra en declive, sobre todo en lo tocante al tiempo en que realiza sus tareas, el cual se flexibiliza, y el lugar dónde las realiza también. También se “flexibiliza” la posibilidad de trabajar a cambio de una paga, lo que significa en realidad que aumentó el desempleo, producto de los cambios estructurales del capitalismo. Pero sin embargo, la esencia del modo de producción capitalista sigue vigente, es decir las relaciones de producción siguen siendo de explotación. La acumulación capitalista sigue y aún se ha exacerbado, solo que reconstituida en nuevas formas. El problema que muchas veces se suscita con la incomprensión de esto tal vez resida en que en la actualidad el circuito de la explotación de la fuerza de trabajo por parte del capital se ha complejizado y ha alcanzado dimensiones internacionales tales que el modelo marxista original puede servir de punto de partida para entender el modelo de explotación capitalista, pero de ninguna manera puede explicar por sí solo el modelo de explotación tan complejo como el que se desarrolla a comienzos del siglo XXI. El nuevo modelo de explotación de la fuerza de trabajo que se da hoy procede, como se dijo, de un quiebre dado a partir de los años ’70, ante el avance del capitalismo sobre el Estado de Bienestar keynesiano, que rompe un “compromiso” entre la clase obrera y el capital (Przeworski, 1988; Nun, 2000), por el cual éste daba ciertos beneficios sociales a aquella a cambio de una “paz social”3, es decir detener el rumbo “revolucionario” inexorable que tenía la clase obrera por esos años4.
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Claus Offe es otro autor que describe bien la crisis del Estado de Bienestar Keynesiano en su libro “Contradicciones en el Estado de Bienestar”, dada, desde lo económico, a partir de la tendencial tasa decreciente de la ganancia capitalista, ya descripta por Marx, 4 El siglo XX, hasta los años ’70, marca un punto de inflexión en los procesos de revoluciones socialistas y anti-imperialistas.

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En términos de conjunto el sistema capitalista hoy ahorra en costos de sueldos de obreros y trabajadores en general, aumentando la desocupación y la subocupación, y dando como resultado también un aumento del trabajo “autónomo”. Esto sin duda deteriora el nivel de vida de, como dice Antunes, la clase-que-vive-del-trabajo (Antunes, 2005). Esta clase social, todavía inmersa en la idea de un mundo “keynesiano-fordistaestadobenefactor”, tiene como primera reacción ante su malestar la protesta desarticulada y muchas veces sólo catártica, impotente también por no comprender los cambios que el sistema capaitalista a operado en los últimos años. Como plantea Vakaloulis, al establecer las características de los movimientos sociales actuales, que hay elementos que son causantes de ello: “La fuerza del economicismo, que se reproduce como una ideología espontánea y que aparece como un límite insuperable del imaginario social; la percepción casi mitológica del poder absoluto de los mercados; el atraso existente en el análisis y comprensión de los fenómenos de la globalización influyen en la posibilidad de que el conflicto social sirva a la formulación de un proyecto” (Vakaloulis, 2000, p. 162). A esto Vakaloulis le agrega la caída de experiencias políticas concretas como fueron los “socialismos reales”, lo cual deja un imaginario social que inconscientemente parece no vislumbrar horizontes políticos viables. Como segundo aspecto importante, relacionado con la instauración de los modelos neoliberales en América Latina, es toda la operación ideológica social que se perpetró en Latinoamérica imponiendo nuevas formas de pensar las relaciones sociales por parte de los mismos sujetos sociales. La referencia es principalmente a que la sociedad empieza a ser imbuida, más que nada por los medios de comunicación, ya desde los años de la debacle del modelo “estado-céntrico” en los años 70s, con un discurso anti-estatista y mercantilista, que resalta la eficiencia del mercado como asignador de recursos frente a un Estado deficitario, cuestión que lleva subliminalmente, y muchas veces explícitamente, a la exaltación del actuar individual y competitivamente (el mercado) en detrimento de la acción colectiva (el Estado)5. Todo esto fue acompañado y apuntalado en variadas ocasiones, por medio de la
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En este caso nos referimos al Estado tal como lo define Ralph Miliband, en cuanto “sistema del Estado”, el cual es “un cierto número de instituciones particulares que ejercen influencias entre sí”, lo cual según este autor significa también no confundir Estado con Gobierno. (Miliband, 1997: p. 50). Más precisamente, la referencia en este caso es la del Estado de Bienestar generador de políticas sociales “universalistas”.

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violencia y el terror (dictaduras militares), de modo que si algo no era creíble “por las buenas” era infundido por medio del “miedo” a la represión violenta, de no aceptar lo establecido. En este punto vale hacer una breve disquisición sobre la caracterización de los movimientos sociales que configuran la protesta social en la región en los últimos tiempos signados por el neoliberalismo. Existe hoy un paradigma6 que caracteriza a los movimientos sociales de protesta mundial como “nuevos”, a diferencia de la idea de confrontación “política” característica de los años del modelo estado-céntrico, anterior a los años ‘70. Esta “vieja” caracterización seguía un modelo que confrontaba básicamente a la clase “obrera” con la clase “burguesa”, a través de sus mediadores clásicos como los sindicatos y los partidos políticos. La idea de este paradigma básicamente reside en que en los tiempos actuales el capitalismo se ha reconfigurado de tal modo que ha dado lugar a que surjan nuevas “confrontaciones” sociales que exceden lo socio-económico, articulado en lo político. Las nuevas confrontaciones se acercan así a lo cultural, incluyendo confrontaciones que abarcan esencialmente las cuestiones de género, de etnicidad (o racial), de religión, y de nacionalidad. La fundamentación que muchas veces recae en este tipo de nuevas confrontaciones conlleva traer la imagen de un mundo “globalizado” y “des-estatalizado”. Este paradigma hace hincapié también en una opresión sufrida por los sectores que protestan, pero tiende precisamente a centrarse en la parte “oprimida”, sin poder caracterizar adecuadamente la parte “opresiva”. Y si lo hacen la tendencia es a particularizarlos en tiempo y lugar, muy acotadamente, perdiendo de vista los mecanismos y fundamentos históricos de las relaciones de dominación, y su estructuración “global”. 2. Las causas de la protesta de los movimientos sociales Todo lo expuesto se nos representa como de suma importancia, en tanto que si los movimientos sociales se “movilizan”, precisamente, y protestan, es porque sienten un malestar que es causado por alguien o por algunos. De lo que se trata es de identificar a esos adversarios de la protesta social, es decir “la parte opresiva”, porque nos podría arrojar luz sobre cuáles son los problemas profundos que tienen los “movilizados”, y también
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Dos autores precursores de él son Alain Touraine y Claus Offe, pero del que se hacen eco varios más en el modo de encarar el tema.

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veríamos que se protesta contra alguien, precisamente, que causa el malestar, y no se protesta “porque sí” nada más. No se puede pensar que miles de personas expongan sus vidas por una diferencia “cultural”, ya que muchas veces (si no siempre) las confrontaciones “culturales” sólo aparecen cuando un pueblo quiere sojuzgar a otro. Por ejemplo, históricamente el aumento de los “atentados terroristas” contra occidente por parte del mundo árabe es directamente proporcional al aumento de la intromisión de occidente en el mundo árabe para extraer petróleo y sostener con este recurso energético su modo de vida y además su ganancia económica. Es decir, al contrario de lo que podría pensar Huntington, no habría un “choque de culturas”, sino una defensa y resistencia de una ante la invasión de otra. Los medios de comunicación (o más bien la “superestructura” ideológica y jurídica, en términos marxistas, más ampliamente hablando), dominados por esos “opresores”, configuran un modo de pensar y una ideología, y un tipo de acción y construcción política, que trasmuta a los movimientos sociales actuales hacia ser reivindicadores de cuestiones culturales, y esto es así para los mismos manifestantes, mujeres y hombres que nutren las protestas. Porque de lo que se trata es de difuminar la idea de la explotación puramente socio-económica, esencia histórica de todo tipo de opresión7. Entonces, si se piensa que las protestas sociales de Latinoamérica están directamente relacionadas con un componente reivindicatorio de aspecto socioeconómico, y no sólo identitario-cultural, la cuestión de la centralidad de la confrontación “cultural” plantea dudas, y también la idea de una “ruptura” en lo que hace a los contenidos de las protestas en la actualidad, o sea sobre la idea de la existencia de un “nuevo formato” de la protesta social, en relación al “viejo” modelo centrado en Política-Estado-SindicatoPartido. Esto precisamente nos lleva a lo político, y nos plantea las cuestiones del poder poniéndonos a discutir sobre “viejos” tópicos tales como el liberalismo, el comunismo, el socialismo, el capitalismo, el poder, el Estado, las relaciones de dominación, etc. De lo que se trata entonces es de indagar cuáles son las relaciones que estas protestas tienen con la temática del poder. Es decir, tratar de ver QUÉ se plantean (cuál es
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Por ejemplo, a través de la historia la muerte de los hombres estuvo signada mayormente por el hambre y las enfermedades que provoca la miseria, y no por la condición de ser “negro o blanco”, “judío o musulmán”, “mujer ú hombre”, o “servio o croata”. Más bien hay una lucha social que atraviesa toda la historia humana y todas las luchas políticas y sociales, y se experimenta en la confrontación de “ricos contra pobres”.

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su problematización que los lleva a la protesta), y PARA QUÉ lo hacen (es decir el fin último de sus acciones). Esto a su vez se relaciona con la cuestión de las metodologías de acción que llevan adelante los movimientos sociales de protesta, en función de si son compatibles, en eficacia, con sus fines. Esto implica preguntarse, tal vez, qué relación tienen y cómo consideran a los partidos políticos, el Estado, las ideologías, el modelo socioeconómico capitalista y las metodologías de acción que pueden llevar adelante cuando reclaman o protestan, de acuerdo a las experiencias similares anteriores. En este sentido resulta interesante la discusión sobre el proyecto político que los distintos movimientos de protesta y organizaciones populares tienen hoy día. Es decir, plantear la cuestión de CONTRA QUIENES y PARA QUÉ se protesta, si es que se puede decir que existe en las protestas populares esta cuestión. Esto es importante poder indagarlo debido a la existencia de una gama diversa de organizaciones y movimientos de protesta, en gran medida desarticulados entre sí, y porque la tendencia de esa diversidad de movimientos de protesta se da, de manera implícita se podría decir, en relación contraria al capitalismo como modelo político de organización y socioeconómico de producción y distribución de los recursos. Es por ello que resulta importante tener en cuenta qué grado de efectividad pueden tener esos movimientos de protesta, de acuerdo a sus objetivos de corto o largo plazo, ya que el capitalismo al que implícitamente cuestionarían se encuentra mucho más desarrollado, extendido y organizado para hacer frente exitosamente a cada una de las protestas o movimientos que lo cuestionan de manera aislada y desarticulada con otros movimientos. En este sentido en los últimos tiempos en nuestra región por ejemplo parecería que los movimientos indigenistas auto-organizados representan más bien una defensa ante el avance del capitalismo en sus etapas neoliberal y global, que como lo expresan Quijano (2000) y Ceceña (1997) es una etapa en la que las relaciones capitalistas se extienden hacia áreas nuevas como la rural y la extracción de recursos naturales. Pero sobre todo, el capitalismo se ha afianzado en el plano ideológico y cultural, con lo que, como dice Quijano, en estos últimos tiempos el Estado-Nación se ha retirado ante el avance neoliberal y ha provocado la reacción de las “nacionalidades indígenas” que estaban latentes en la región, sobre todo en los países en que étnicamente son mayoría, es decir en la zona andina, Centroamérica y México.

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Pero hay que ver si estos movimientos indigenistas se cierran en lo nacional o avanzan en la construcción de una fuerza que se pueda articular con otros movimientos de protesta, teniendo en cuenta unos objetivos y proyectos concretos que tiene que ver con el enfrentamiento y la disputa de poder con el modelo capitalista, que en definitiva es el provocador de sus malestar, sus resistencias y sus protestas. El capitalismo de hoy parece estar imponiéndole a los movimientos de protesta una forma de lucha que transforma la vieja “lucha de clases” donde el obrero industrial se enfrentaba al burgués con la fábrica y la relación laboral como espacio de lucha, en una lucha que agrega a esto la cuestión territorial y cultural, pero dándole mayor preponderancia a esto último. Así, el capitalismo ha ido expandiéndose en busca de “mercados” de consumidores donde ofrecer sus productos y servicios, y no tanto buscando lugares donde explotar a trabajadores, aunque sí lo siga haciendo como en la época colonial de antes del siglo XIX. Pero, como se dijo, la explotación capitalista, en la relación entre el propietario de los medios de producción y el proletario, no obstante, continúa y se ve más consolidada y totalmente expandida en el planeta, y esta relación ya excede la del obrero fabril y se dan en todos los ámbitos (intelectual, servicios, técnicos, campesinos, etc.). 3. La cuestión del Poder Retomando lo expuesto sobre la construcción o no por parte de los movimientos sociales de protesta en Latinoamérica, y el problema del enfrentamiento y la disputa de poder hay un autor de reconocida influencia, sobre todo en la experiencia zapatista de México, que plantea la no centralidad de la disputa por el poder. En efecto, hablamos de John Holloway, autor de planteamientos tales como “cambiar el mundo sin tomar el poder”, y de ideas de “anti-poder”, estando en desacuerdo con la construcción de alternativas de poder. El planteamiento de Holloway sobre el “poder” está centrado en una concepción del mismo no como instrumento sino como capacidad de acción. Este autor no quiere concebir al poder como asemejado al Estado, y éste básicamente es visto como un instrumento de dominación clasista. Holloway prefiere hablar de poder en cuanto capacidad de las personas para “hacer”, es decir para accionar. El problema aquí es que Holloway no avanza en decirnos que QUÉ poder hacer, es decir nos plantea que el poder es poder-hacer, una capacidad, pero sin decirnos que las

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personas son capaces de hacer qué. La solución a esto Holloway la pone en el lema de los zapatistas que “avanzan preguntando”, o sea sin responderse qué hacer: sino preguntando. La respuesta a la pregunta de los zapatistas y Holloway está en la historia. Y no en la historia reciente de la Unión Soviética o la experiencia de Pol Pot en Camboya8, sino en la historia de la explotación del hombre por el hombre y las distintas manifestaciones de los explotados, a veces más organizadas que otras, a veces más eficaces que otras, por revertir esa explotación. En este sentido lo que plantea Holloway, desde el punto de vista teórico, es una propuesta que se acerca a la época pre-marxista, dado que sus planteos negadores del poder como instrumento de dominación social no es considerado en la práctica efectiva de los detentadores del poder actual. Dicha propuesta se asemejaría a un “boicot” masivo contra las relaciones políticas y económicas propias del capitalismo, “boicot que según Holloway se está dando y se dio continuamente en el capitalismo. Pero no parece que ese sólo boicot pueda cambiar las relaciones capitalistas sin un momento político y organizativo entre los “boicoteadores”, es decir sin un momento en el que los sectores que protestan y se movilizan se organicen en función de un proyecto concreto (el PARA QUE de la protesta), el CONTRA QUIENES se protesta (nótese que se dice quiénes y no qué, porque se podría estar de acuerdo en que se protesta contra el capitalismo pero eso no alcanza ya que es un concepto abstracto que lo sustancian los sujetos, seres humanos, que se traducen en nombres, y/o empresas, y/o Estados, etc., que son los quiénes...). Otro asunto político remite a la organización, es decir bajo qué METODOLOGÍA se articulan y coordinan entre sí los movimientos de protesta para accionar concretamente. Y este asunto puede sonar a cierto “disciplinamiento”, autoritario o impositivo para la mirada de Holloway, pero no existe proyecto político que se haya sustentado en el tiempo con la desorganización y la
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Holloway da a entender su marcada diferencia con la lucha por el poder, basándose en los fracasos de las experiencias políticas comunistas, especialmente el stalinismo soviético, como evidencias de que el control del Estado (gobierno) impide una real transformación social, sino que al contrario el poder estatal exacerba las peores relaciones y desarrollos de la humanidad. El problema con esta tesis es considerar como evidencias breves experiencias políticas específicas (el stalinismo, etc) y a la vez conceptualizarlas como realmente populares, desechando todas sus categorías propias (la agrupación política, la organización, la lucha popular, etc.) a partir de sus errores y contradicciones inevitables a todo proceso humano. Después de todo, aunque resulte antipático e hiperrealista decirlo, y estando en contra de todo tipo de muerte humana, no es lo mismo un sistema que elimina en una guerra política 1 o 2 millones de personas, que un sistema que cada año, sin guerra, elimina 35 millones de personas (sólo por hambre, además de enfermedades, desnutrición, etc.) causada por razones intrínsecas a ese propio sistema (el capitalismo), y desde hace ya varias décadas de forma permanente.

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espontaneidad permanente. El propio modelo capitalista es el ejemplo más acabado de ello, dado que contrariamente a ciertas visiones que lo ven como “caótico”, sin embargo, está bien estructurado y organizado por sujetos concretos, que a través de la ideología, la desinformación y la fuerza hacen del mismo un modelo de sociedad mucho más sólido de lo que se pueda pensar (en realidad se puede pensar esto porque el propio modelo capitalista impone que se piense así de él, dándole a su vez entidad “natural” a las relaciones mercantiles, generando la resignación de la sociedad explotada ante la posibilidad de luchar por desplazar del poder a los explotadores, y dejando lugar sólo a la “rebeldía” Hollowayana). Por todo esto, la propuesta hollowayana parece tener un fin de expresión catártica de ciertas disconformidades personales circunstanciales. Algo muy común en estos tiempos de desafección y de apatía política: cuando ante una queja o un problema uno pregunta ¿qué se va a hacer ahora?, muchas veces la respuesta está en la resignación. 4. La finalidad de la protesta Las cuestiones a las que se ha venido haciendo referencia son las que tienen que ver con la cuestión del poder. Es decir, en qué consiste este, para qué sirve, cómo se consigue, cuánto se tiene, cómo es su funcionamiento en las relaciones sociales en general. No es casualidad que AQUELLOS CONTRA LOS QUE SE PROTESTA sean en definitiva empresas capitalistas a las que sólo le interesa la ganancia y el lucro, a costa de la destrucción del medio ambiente. Pero, una vez más se debe plantear que el alcance de la protesta social siempre va teniendo una tendencia a lo coyuntural y a lo no-político. Como reaccionando defensivamente ante los embates del capital. Es en este sentido que la preocupación está dada en que los movimientos sociales de protesta de los últimos tiempos no logran asumirse (ellos mismos) como POLÍTICOS, ni mucho menos plantearse la posibilidad de organizarse políticamente CON EL FIN de la transformación social, a través de la PROPOSICIÓN o el “contra-embate” ante la embestida que hace el capital. Pero hay atisbos de que la protesta social pueda articularse políticamente y en este marco uno de los espacios de ello es el Foro Social Mundial (FSM) que es una incipiente experiencia en pos de dicha construcción, pero habría que ver si su carácter “social” borra o

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deja en un segundo plano lo “político” y termine por convertirlo en un espacio más de catarsis sectorial. 5. Desafíos Así las cosas los movimientos sociales de protesta, en la actual coyuntura mundial tienen dos desafíos que deberán sortear: 1) dado el acelerado proceso de deslegitimación del modelo neoliberal (sólo frenado por el accionar de los países imperialistas), los movimientos sociales de protesta, a través de sus diversas organizaciones, tendrán la tarea de crear el marco “cultural” hegemónico de la protesta anti-capitalista por otro tipo de “globalización”, siendo los articuladores mundiales en ese sentido. Para ello, la difusión “mediática” es de suma importancia, sobre todo en lo que hace al planteo (ante la gran mayoría de las personas que vislumbran un agotamiento del modelo neoliberal, dadas sus consecuencias, sufridas concreta y cotidianamente) de la existencia de nuevos caminos, nuevos pensamientos y nuevas formas de organización, política y socio-económica. 2) Por otro lado, la estrategia política de los movimientos sociales de protesta, a la par de lo antedicho, debe ir acompañada, precisamente, de un fuerte anclaje político, en su accionar, articulando un contenido propositivo ante el capitalismo. En este sentido se debe pensar en la posibilidad de entablar una articulación con las fuerzas y procesos políticos emergentes de la región (Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa, el proceso cubano, etc.) y directamente crear propios. En Bolivia, por ejemplo, se puede hablar de un caso exitoso de un movimiento sindical que logra la hegemonía social y política y accede directamente al control del poder estatal, consumado en la presidencia de Evo Morales. La lucha, en el fondo, es entre “liberalismo” (capitalismo, mercado, “ricos”) y “socialismo” (movimientos de protesta, “pobres”, etc.). Y hablamos de un socialismo “en vías de existir realmente”, y no de uno que haya existido9. Por eso, actualmente, el desafío de los movimientos “socialistas” es que sin una participación activa y permanente no hay posibilidad de sostener una confrontación con los movimientos “liberales” que consiga resultados favorables para sus miembros. Pero como bien menciona Raymond Williams, se pude caer en la tendencia a la creación de una
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En la URSS había “estatismo” y nula participación política de la población, lo cual representa llamativas coincidencias con el modelo “bienestarista” de occidente de los años 1945-75, con la pequeña diferencia de que en este modelo había varios emprendimientos productivos privados, pero nunca mayores en su conjunto a la directriz del Estado.

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“estructura de sentimientos” sociales (Williams, 2001), en tanto el modelo democrático liberal puede recubrir aquellas discusiones que lleven a la raíz de su modelo socioeconómico, para continuar conservándolo, y en este sentido revitaliza una “esperanza” por la vuelta de una época en donde se desenvolvían eficazmente las políticas bienestaristas. Pero termina siendo una “esperanza” que funciona como un ‘freno’ a las demandas de dichas clases, paralizando su acción política. El Estado, en tanto el Estado “liberal”, actualmente se sostiene (y sostiene a los “liberales”) frenando el avance de los “socialistas” con una discursividad que apela a la añoranza de la población (es decir la esperanza, en tanto espera) del modelo keynesiano bienestarista que generó bienestar tiempo atrás10. Pero en la realidad concreta, cotidiana (aquella realidad que pega en el cuerpo y dentro de la cabeza de las personas que forman parte de las clases más empobrecidas), el Estado “liberal” sigue implementando políticas liberales, y sigue manteniendo el modelo de producción capitalista, avalado a través de normas legales, aparatos represores para aquellos que no cumplan esas normas, difusión y enseñanza de valores afines a este modelo (liberal). En fin, avalado por la “superestructura” jurídica, política e ideológica de la que hablaba Marx. Por consiguiente, hay tres tareas que los movimientos “socialistas” deben poder realizar para llevar “bienestar” a sus miembros. Primero, los movimientos ya organizados deben consolidar su permanencia y su accionar mediante la sustentabilidad de su organización, la cual se basa en la permanente y activa participación de sus miembros en pos de un fin común. Deben también poder fomentar la constitución de nuevas organizaciones allí donde poblaciones vean surgir movimientos de protesta, facilitando la organización (no imponiéndola, dado la actual sensibilización por todo aquello que suene autoritario). En segundo lugar, integrarse con otras organizaciones afines, en frentes, coaliciones, redes, foros, etc. que las aglutinen y puedan así auto-apoyarse mutuamente en sus actividades particulares y poder llegar a realizar actividades conjuntas. Aquí es también muy importante la activa participación de los miembros (en este caso las organizaciones) aglutinados, y también lo es la sustentabilidad en el tiempo de la participación. Como tercer punto está lo que tiene que ver con la acción misma y sus fines. Toda actividad o acción de
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Y cabe recordar que ese modelo bienestarista añorado no fue concedido luego de una “espera”, sino que fue consecuencia de la movilización popular desde fines del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, a través de revoluciones, descolonizaciones, protestas, sindicalizaciones, elecciones, en distintos grados, en distintos lugares del mundo.

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un movimiento “socialista” deberá estar directamente ligada a un fin político de consecución de poder. Y la evidencia de que éste fue conseguido será cuando el modo de producción dominante sea aquel que favorezca a la inmensa mayoría de la población hoy empobrecida. Mientras, se estará dentro del proceso de consecución, y dicho proceso no es más que la lucha permanente entre los “socialistas” (socialismo) y los “liberales” (capitalismo), aquellos por cambiar el modo de producción y estos por mantener el actual. Creo que actualmente los movimientos “socialistas” se hallan más aplicados a reconstituir la organización de sus fuerzas en función de los dos primeros puntos descritos, dado que la fuerte avanzada “liberal” que supusieron los últimos 35 años dejaron un escenario de “tierra arrasada” que cuesta remontar, pero la discusión que se plantea hoy es sobre lo considerado en el punto tercero, es decir la conquista de poder. La confusión surge fundamentalmente por lo que fue la experiencia soviética, más precisamente con en el “stalinismo”. Pero este es un camino de discusión que lleva al quietismo de los que lo recorren (ya dijimos más arriba que la pregunta sobre qué hacer lleva a la resignación o como mucho a una fatua rebeldía), porque en todo proceso de lucha social y política es altamente probable que, aún cuando uno lo deteste, haya muerte y dolor, la historia así lo atestigua (por ejemplo las encarnizadas luchas de los “burgueses revolucionarios” de los siglos XVI, XVII y XVIII). Uno de los desafíos políticos es poder minimizar al máximo esa fatalidad, sin perder efectividad emancipadora. Después de todo la muerte y el dolor ya existen en el capitalismo, y en grandísimas proporciones. Por cada minuto del día hay decenas de personas que mueren en el mundo por causas no naturales (hambre, enfermedades curables, asesinatos, ejecuciones, etc.). En definitiva, los movimientos tienen que organizarse participativa y democráticamente hacia adentro y defenderse (con sus actividades) hacia afuera frente a los movimientos “liberales”. Después de todo, la burguesía, por ejemplo, en el siglo XIX siempre actuó democráticamente (hacia adentro, en los parlamentos, etc., entre pares de la misma condición) para decidir sobre la vida y las condiciones de los demás (los de afuera, la mayoría, los más pobres). La historia de la burguesía atestigua que en su lucha con la Nobleza y el poder feudal, siglos atrás, cuando estaban del otro lado de la relación de dominación, sólo pudieron imponer el modo de producción capitalista cuando impulsaron

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sus acciones siendo emanadas del poder político ya conquistado, para hacer legítima y legal su sistema de explotación que los beneficia. Es decir, conquistaron la hegemonía.

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