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Los triduitradues Alicia Yanez Cossio Nustrado por Paola Karolys INFANTIL EL TRIQUITRAQUE gun lejano planeta o quiza de alguna galaxia desconoci- da. Llegan puntualmente a la Tierra, viajan alrededor de la linea equinoccial, y por esa razon aparecen en Quito, aunque también van por el norte del Brasil y recorren Gabén, Uganda, Kenia y algunas islas de Indonesia. I, os triquitraques son seres extraterrestres. Vienen de al- Ruedan y ruedan sin parar. Se pueden trepar a las montanas mas empinadas y a los nevados mas altos. Pueden atravesar los océanos, levantarse por encima de las olas y surcar los rios torrentosos. Nada los detiene. Pueden meterse dentro de las casas, rodar por las alfombras y paredes, subirse a los arboles y transitar por las calles mas congestionadas, sin miedo de ser atropellados. Los triquitraques son seres muy pequefios, negritos y redon- dos. Tienen la superficie rugosa porque alli estan colocadas los cinco continentes comprimidos, ya que se trata de la exacta reproduccién de la esfera terraquea en miniatura. Si alguna vez, al destapar un frasco de pimientas, una de ellas da un salto, empieza a rodar y no se deja atrapar, es seguro, segurisimo, que se trata de un triquitraque. Cuando se tiene la suerte de encontrar uno, hay que encerrar- lo en una cajita hermética y no dejarlo escapar, porque los triquitraques son nada mas y nada menos que la versién mo- derna del genio que salié de la lampara de Aladino, y tienen el poder de conceder todos los deseos. * * * 10 ace mucho tiempo, cuando éramos nifos, viviamos en una casa muy grande y muy vieja. Debajo del tejado habia una buhardilla oscura. Estaba llena de telaranas, de olor a gatos y del tiempo que no vuelve. Era muy peligroso subir a la buhardilla porque la escalera de caracol estaba apolillada y, apenas se ponia un pie en la grada, la escalera se balanceaba como una hamaca. Ni siquiera se po- dia apoyar la mano en la baranda sin que apareciera en el sue- lo un reguero de polvo amarillo que era la sefal evidente de que estaba enteramente apolillada. En esa buhardilla oscura, sin mas luz que la que apenas entra- ba por el hueco de una pequefa claraboya, habia muchos muebles inservibles. Entre tanto cachivache, estaba un estan- te con unos manuscritos antiquisimos. Uno de estos era un le- gado de tapas amarillentas, hecho con el pellejo curtide de algun chive o carnero. Tenia las tapas agujereadas por los tuneles que hacen los jeje- nes y estaba tan maltrecha como la escalera. Lo habian escri- to con cochii a, que era la tinta con que los escritores y los escribanos de los siglos pasados escribian sus libros y legajos. Nos enteramos de que para obtener esa tinta, se machacaba en un mortero de marmol un pufiado de esos bichos color plomo, con seis patas, parecidos a los puerquitos o cochinos -de donde viene el nombre de la tinta- y que viven en los Iu- gares himedos y asoman cuando, por ejemplo, se retira una maceta o se levanta una piedra. Como tampoce se habia inventado la pluma fuente ni el estilé- grafo y peor el esfero, supimos que cuando las gentes de ese 11 entonces, querian escribir una carta o un libro, tenian que corre- tear tras un pavo, un gallo, o mejor si era un ganso, agarraban a uno de ellos y le arrancaban la pluma mas grande de la cola. Con una navaja de barbero muy afilada hacian un corte puntia- gudo en lo que se llama cdlamo y otra cortadura vertical en la punta. Una vez listo, pensaban largo tiempo en lo que iban a escribir antes de meter la pluma en el frasco de cochinillina, ya que no se usaban gomas de borrar. Tampoco era correcto ha- ¢er tachaduras, y luego escribian con esas letras de color café, minusculas y retorcidas como gusanillos. No era nada facil leer esos manuscritos porque la ph, las abre- viaturas y los latines saltaban a diestra y siniestra. Las palabras rarisimas pinchaban los ojos y nos dejaban en babia... pero en ese mismo manuscrito encontramos un cuaderno escrito con lapiz. Tenia por todos lados y hasta en las margenes, unas cuantas anotaciones legibles y en castellano, algunos trazos que parecian mapas, unos dibujos que podian ser de astronomia y muchos nimeros romanos, lo que indicaba que fueron hechos en épocas posteriores a las que se hizo el viejo manuscrito. Como éramos unos nifios adictos a la curiosidad, siempre an- ddbamos en busca de aventuras y, como tratabamos de hacer cosas poco comunes, nos apropiamos del manuscrito y del cuaderno, y nos dedicamos a descifrarlos. Gracias a las notas, que eran legibles, a enormes cosis de paciencia y a una lupa que encontramos, pudimos enterarnos de la existencia de los triquitraques, que tampoco tenian ese nombre, sino mas bien una palabra absolutamente impronun- ciable a thraqntqnthrqnthigq, que no admitia ningtin otro soni- do que el de triquitraque... 12 Al fondo de la buhardilla, al lado derecho, en el sitio mas oscu- ro, habia un bail de cuero negro, con la tapa abombada y las cerraduras mohosas. En el centro de la tapa estaban las inicia- les de N. C. V,, hechas con estoperoles de cabeza dorada. Nos enteramos de que ese bail pertenecié a un tatarabuelo llama- do Natombell Cossio y Velasco. Era seguro que las notas y di- bujos del manuscrito fueron hechos por él. Lo comprobamos al encontrar un listado de palabras raras que tenian relaci6n con las del manuscrito y terminaban con una firma inmensa, llena de arabescos y guaraguas en las que se podia leer: Natombell C. V. Era claro casi seguro- que el bisabuelo se habia intere- sado por el manuscrito y acaso habia logrado descifrarlo. Picados por la novedad del hallazgo, nos dedicamos al rebusque. El mejor hallazgo fue encontrar en la ultima gaveta del arma- rio de mama el daguerrotipo amarillento del tatarabuelo Na- tombell. Aparecia con un bigote enhiesto y una barba larga y puntiaguda sobre la corbata de pajarita negra. Sus facciones eran impenetrables, tanto que no se podia decir si era guapo ° era feo, si era joven o era viejo, si era afable o era serio. Lo Unico que realmente impresionaba -e impresionaba hasta dar- nos miedo- eran sus terribles ojos, que tenian la particularidad de mirarnos de frente, aunque estuviéramos al lado derecho o al lado izquierdo. En el lado posterior, habia escrito una dedicatoria que decia: «Pana mi adenada espesa, Anan y a continuacién aparecia su tre- menda firma, Contaban algunas hazajias de su vida. Decian que fue un viaje- ro incansable, que andaba buscando no sé qué, y comproba- mos que eso era verdad porque en los costados del baul 13 aparecian restos de etiquetas borrosas con nombres de ciuda- des y paises lejanos. También se sabia que fue un poco tarambana porque cuando no estaba de viaje, su ocupacién favorita era el juego de nai- pes, y hasta se comentaba que al verse en bancarrota, llegé a jugar a su propia y adorada esposa. Ella debié ser muy joven y muy bella para el caso, ya que nadie apuesta por una vieja fea. Pero en la ultima partida de tresillo o de cuarenta de su vida, tuvo la mala suerte de perderla. La pobrecita tatarabuela, al saber que habia cambiado de dueno, salié despavorida y fue a refugiarse en la casa del fren- te, que era y sigue siendo todavia el convento de las monjas conceptas. Alli se quedé purgando los malos pasos del esposo hasta que se murid. Nadie, ni siquiera sus hijes la volvieron a ver porque el convente era y continda siendo de clausura. Llegé a ser prio- ra debido a que todas las monjas eran tan rezadoras y tan vie- jas que se habian olvidado hasta de leer y de escribir. Y es tan cierta esta historia que el nombre de Ana Larrea de Cossio figura en los archives del convento como sor Ana de Santa Ana, la mama de la Virgen Maria. Al poco tiempo de la escapada de su esposa, el tatarabuelo se llené de achaques. Tal vez se enfermdé acosado por un tardio remardimiento y por las penas. Cuando supo que se iba a mo- rir, se acosté en su cama, el Unico mueble que conservaba co- mo suyo. Pidié que le trajeran una taza de chocolate caliente. Se fumé el Ultimo cigarro que quedaba en la caja. Se despidi de todos los presentes dandoles la mano. Se atus6 el bigote. 14 Se arregl6 la barba. Bostezé de aburrimiente. Cerrd les ojos y cruzé sus manos sobre el pecho... Justo en el instante de partir al mas alla, recordé algo impor- tante. Traté de incorporarse, pero ya no pudo. Sin embargo, sus Ultimas y entrecortadas palabras fueron: —-De-dejo mi-mi he herencia en el ba-baul de cue-cuero ne-negro El esfuerzo que hizo fue muy grande y no pudo concluir el mensaje. Pero se murié muy tranquilo y muy solemne. Los fa- miliares se vistieron de luto por espacio de tres afios. Cuando. salié el cadaver por la puerta principal, bajo las colgaduras ne- gras y los llantos, los deudos fueron al batil. Los que lo cono- cian tal como fue en vida se acercaron con el miedo de encontrar un duende, un trasgo o un fantasma. Se taparon la nariz para que el antimonio que salia de los tesoros escondi- dos no los mandara a hacerle compafia. Otros que lo conocian menos fueron con la esperanza de en- contrar esterlinas, patacones o algo parecido, pero encontra- ron el bat! vacio, completamente vacio.,. Como era natural, se enojaron. Cerraron el mueble de una patada, lo arrinconaron en la buhardilla y se olvidaron para siempre de él y de su due- fio, aunque siguieron conservando el luto. * * * ra la buhardilla era una tentacién irresistible porque el bat de cuero negro nos atraia como un iman. Lo mas maravilloso que pudimos experimentar en la infancia fue meternos den- tro del bauil, bajar la tapa, acurrucarnos con la cabeza entre las rodillas o acostarnos de lado, cerrar los ojos y empezar a sonar... 15 Habriamos podido quedarnos alli un dia entero, sin ganas de comer ni de beber, sin sentir la incomodidad de las posturas ni el calambre en las piernas, pero no estaba permitido subir a la buhardilla. Nos habian prohibido, y a pesar de eso, cuando no nos veian, subiamos siempre a escondidas. 16 Cada vez que nos metiamos dentro del baul vigilabames por turno, temerosos de que nos sorprendieran. No era facil saber en lo que andabamos porque éramos una caterva de herma- nos que sabia arreglarselas para que algunos estuvieran pre- sentes sin infundir sospechas. Gracias al bat] de cuero negro fuimos felices, muy felices, y aunque temblabamos de miedo en los ultimos escalones que se columpiaban en el vacio, nada ni nadie pudo impedirnos que fuéramos al lugar prohibido. En esa casa vieja sucedieron cosas extrafias para los mayores, pero para nosotros siempre fueron naturales. * * * i hermana Anita nacié adicta al chocolate. Tenia los bolsillos del delantal lleno de esos chocolates redon- dos envueltos en papel dorado que eran come mo- nedas de oro porque tenian sello y cara. Los repartia a pufiados y nunca se agotaban, con solo expresar su deseo de comerlos, aparecian en sus bolsillos. Mama se volvia loca, y cuando la veia con la boca llena le preguntaba: -jQuién, pero quién es el metiche que te atiborra de tanto chocolate? Y ella respondia sin mentir. -Yo no sé. Pablo tenia un gato amarillo con rayas negras en el lomo, pa- recia un tigre y a lo mejor lo era. Lo guardaba en una caja de 17 zapatos debajo de su cama y lo alimentaba con trocitos de car- ne cruda que sacaba a escondidas de la cocina. Cuando alguno de nosotros destapaba la caja, no encontraba nada porque el gato-tigre tenia la virtud de hacerse invisible. Una vez, mama vio que la caja se movia. Creyo que eran rato- nes. Armé un escandalo terrible y grité pidiendo auxilio. Llega- ron con palos y escobas, y cuando abrieron la caja, solo vieron un par de absurdos zapatos amarillos rayados de negro. Se quedé lela y al fin d ~jQué escdndalo de zapatos! Acaso te atreviste a pintarlos? -No, mama —dijo él-, aqui estan, los llevo puestos, y ya estan listos para tirarse a la basura. -Entonces, gde donde salié esta monstruosidad? Y él respondia sin mentir: -Yo no sé. Marcela asomé con un canario de color azul. Era precioso, pe- ro viejo. Sabiamos que no tardaria en morirse. Todos lo que- rian y mimaban. Las personas mayores lo toleraban y hasta cuidaban que no le faltara alpiste y tacitas con agua. Nunca se hab/an imaginado que podia existir un pajaro que no mancha- ra los muebles y cortinas con esas caquitas pegajosas. Cantaba un poco ronco y destemplado solo cuando habia sol, y se volvia gris y alicaido cuando empezaba a llover. Volaba por todas partes. Se paraba encima de los armarios, en el filo de los cuadros, sobre las tapas de las ollas o aterrizaba en la ca- beza del menos pensado. 18 19

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