Está en la página 1de 10

Capítulo 1,

Tomé un libro entre mis manos y me subí al maldito coche de mis recientes padres. Destino
Letonia.

El viaje sería largo, tras seis días en barco y doce horas en autobús, lo mejor vendría ahora.
Encerrado en el mismo coche con ellos dos y su otra hija adoptiva, o hermana, como me
obligaban a decir ante desconocidos. Al menos, con ella tenía algunos rasgos comunes que nos
permitían hacernos pasar por una familia normal, pero no lo éramos. Sólo éramos los pedazos
que quedaban de otras familias que se unieron para formar una nueva, o familia de reciclaje,
como yo solía apodarla.

No recuerdo nada de mi infancia, al menos nada que signifique algo. Mi primera memoria data
de la época en la que aún era un sujeto “adoptable”, pues cuando crecí pasé a ser un niño de
acogida. El día de mi dieciséis cumpleaños, en el que empecé a formar parte de esta familia
reciclada, me adoptaron y todos me decían que debía darle las gracias a Dios por haber sido
recogido en el seno de una familia a mi edad. Hoy tengo dieciocho años y, a todos los efectos
legales, aún les pertenezco.

-Edrick, cierra el libro cariño. Ya estamos llegando.- Me dijo Sarah con su candente voz.

Chasqué la lengua en el paladar de la boca e ignoré sus palabras.

-¡Vaya, es increíble!- Comentó mi hermana a voz en grito.

Se incorporó en el asiento de un golpe brusco, consiguiendo tirarme el libro al suelo. Era muy
efusiva para tener tan sólo un año menos que yo, si al menos fuera pequeña tendría alguna escusa
para ser tan irritante.

-Dalia, ¿Te morirías por tener más cuidado?- Le pregunté intentando ser educado.

No quería que mis padres pensasen que las horas que pasé en el psicólogo habían sido en vano,
más que nada, porque esas horas me las pasaba leyendo en la calle, quedándome con un dinero
contante y sonante.

Adam salió del coche con su mano derecha ejerciendo de visera para admirar la casa desde el
aparcamiento. Imitándole, salimos el resto, aunque yo fui el último, como siempre.

Ante nosotros se alzaba una casa de tres pisos, cuya fachada estaba recubierta en madera. Su
tejado era negro y contaba con corredores y porche, como le gustaba a Sarah.

-Es perfecta.- Dijo ella sonriente mientras se abrazaba a Adam.

A nuestro alrededor tan sólo había bosque, a excepción de la sinuosa carretera que llegaba hasta
nuestro hogar.

-¿No estamos un poco alejados de toda civilización?- Pregunté sin mucho ánimo.

-No.- Contestó Adam seguro de sí mismo. -Es justo lo que necesitamos.

1
Tomaron unas cajas del maletero, dándome a mí la más pesada, para adentrarnos en nuestra
nueva casa. Reconozco que no estaba mal, pero para mí no era nada nuevo. A pesar de haber
estado botando de un hogar de acogida a otro, siempre había sido recogido en familias bien
situadas económicamente.

-Sube a tu cuarto hijo, te gustará.- Me dijo Sarah con su repetitivo tono de voz.

Era agobiante, siempre hablaba de forma tranquila, amable y cariñosa. Me repateaba.

Subí las escaleras, seguido de mi hermana. Desde ahí se distinguía cual era la habitación que nos
correspondía, la mía era verde, como en nuestra antigua casa, y la suya violeta.

-Ciao plebeyo.- Me dijo intentando ofenderme.

-Lía, por última vez, para llamar plebeyo a alguien tienes que ser de sangre azul y dudo que tú lo
seas.- Contesté con media sonrisa.

Ella me lanzó un beso y cerró la puerta de su cuarto de golpe. Dalia era irritante, pero también
era la única razón por la que yo no me había vuelto loco del todo.

Posé la pesada caja, llena de libros, en el suelo de parquet. Mis ojos pasaron de las paredes
verdes a la gran cama con colcha a cuadros azules y verdes, de ahí a mi nuevo ordenador y,
finalmente, se centraron en el gran ventanal que abría paso a un balcón.

No dudé en salir y evadirme con las vistas.

Vivir en medio del bosque Letón tiene sus ventajas, nada podría perturbarme. Además tenía una
panorámica envidiable del cielo, podría perderme en las estrellas con mi telescopio siempre que
quisiera.

-¡Eh chaval!- La voz de Adam me llamaba desde el jardín trasero, al cual daba mi balcón. -Baja
quiero enseñarte algo.

Como sólo me encontraba en el primer piso no dudé en saltar desde allí al suelo, siempre se me
habían dado muy bien esas cosas. Aterricé en cuclillas sobre el jardín, sin hacerme un rasguño ni
provocarme daños musculares.

-No hagas eso… - Me regañó como si le aborreciese hacerlo.

-¿Por qué? ¿Te recuerda a la época en la que os odiaba? Quiero decir, más aún.- Pregunté
intentando provocar. Ninguno de los dos me gustaba en exceso y ellos lo sabían.

Adam miró el tatuaje de mi antebrazo.

Me lo había hecho en una escapada de fin de semana. Acababa de discutir con ellos acerca de mi
mal humor y de mi insoportable carácter y, para solucionar el problema, decidí desaparecer. En
esos días me tatué la frase que había dotado de sentido mi vida. Si se deshicieron de mí cuando
sólo era un niño, ¿qué razón había para mi existencia? El tiempo me demostró que no había
ninguna. Me tatué “To Be Or Not To Be” para no volver a olvidarlo.

2
-Sígueme.- Me dijo haciéndome un gesto con su cabeza.

Caminé tras él hasta llegar al garaje, anexo a un lateral de la casa. La puerta se abrió cuando
Adam dijo “abrir” a un pequeño aparato que tenía entre las manos. La cochera era muy grande,
tenía todo lo necesario para el mantenimiento del coche y constaba de cuatro plazas, dos de las
cuales estaban vacías.

Una estaba ocupada por el coche en el que nos había traído y la otra por un Jaguar negro, de
segunda mano, que se veía increíble.

Adam me lanzó unas llaves que tomé del aire con un rápido gesto.

-¿Un soborno?- Pregunté con media sonrisa.

-Un medio de transporte, puesto que el autobús del instituto no pasa por aquí.- Contestó
acercándose a la puerta del copiloto. -¿Quieres probarlo?

No lo dudé un segundo. Me senté sobre aquel asiento de cuero que parecía estar acariciándome,
toqué el volante para percibir su tacto mientras me salía otra sonrisa. Adam me miró complacido
por el efecto de su regalo, en cuanto encendí el motor consiguió lo que pretendía, sobornarme.

Aceleré el coche en punto muerto dentro del garaje, comprobando la capacidad que prometía
tener. A continuación, salí con prudencia para abandonar la casa, tomé las curvas con atención
hasta que me vi preparado para acelerar el ritmo. En menos de diez minutos estábamos en el
pueblo, donde había que respetar unas normas de velocidad que sobrepasé en cincuenta
kilómetros por hora. Cinco minutos más y estábamos en una autopista prácticamente vacía.

Las carreteras de Kurzeme, tan curvas hasta por las autopistas, no tenían nada que ver con las de
Pennsylvania.

-Lía se va a morir de envidia.- Comenté mis pensamientos en voz alta.

-Tú hermana tiene diecisiete años, en Europa no se puede conducir hasta los dieciocho. Tendrá
que soportarlo.

Sus palabras me hacían bien, no necesitaba sentirme superior a Dalia, pero ser el único en algo
me gustaba y Adam lo sabía, se aprovechaba de las debilidades de mi carácter.

-¿Qué te parece Letonia?- Adam miraba por la ventanilla concentrado.

-Es muy diferente de Pennsylvania.- Contesté.

-¿Mejor o peor?

-Diferente.

No era ningún secreto que yo aborrecía este cambio. Me había pasado los últimos meses
completamente frustrado, intentando buscar una salida, al igual que Fausto intentaba,
inútilmente, encontrar la manera de no terminar en el infierno. Mis padres eran, para mí, la
personificación de todo mal y, como Fausto, terminé siendo devorado por las llamas.

3
-Siento haberos apartado de todos vuestros amigos, pero será un cambio para mejor.

Adam quería entablar una conversación sobre los sentimientos, pero el Jaguar no era un soborno
suficiente para que yo cediese ante algo así.

-No te preocupes. Nunca he tenido buenos amigos, creo que el problema está en mi forma de ser.

-Para nada hijo. Tienes un carácter de lo más agradable.

Ambos nos echamos a reír.

-Pero Dalia si tenía muchas amigas.- Dijo algo dolido.

-Hará otras nuevas. Dalia sabe manejar muy bien las situaciones sociales.

-Lo sé, eso me deja más tranquilo- Comentó- Si realmente fuerais hermanos pensaría que Dalia
se llevo todas las habilidades sociales con ella.

-Tendría que conformarme con haberme llevado toda la inteligencia de la familia.- Dije con
soltura, provocando su risa de nuevo.

Me desvié por la salida que me indicó para dar la vuelta de regreso a Talsi, nuestro lugar de
residencia. Realmente era un lugar precioso, llamativo por su tranquilidad, el color verde de sus
prados en contraste con los coloristas edificios, aunque no sólo destacaba por esto, la amabilidad
de su gente lo hacía un lugar de lo más acogedor.

-Aparca aquí.- Me dijo señalándome un sitio libre en Talsi City. El centro neurálgico del lugar.

Obedecí sin reticencias, pues observé que el coche de Sarah estaba aparcado muy cerca. Habría
bajado con Dalia a hacer algunas compras, parando a tomar algo en la cafetería en la que nos
esperaban.

-¿Qué tal el paseo?- Preguntó Sarah tras un fugaz beso en los labios de su amado.

-Genial.- Contesté mientras lancé las llaves al aire y las volví a tomar en mi mano.

Era una forma de demostrar mi superioridad ante Dalia, sólo para tomarle el pelo.

-Querido hermano, deberías saber que todo poder acarrea una gran responsabilidad.- Me dijo con
una sonrisa retorcida, similar a las mías. Una sonrisa a medias significaba muchas más cosas que
una sonrisa. -Yo no tengo edad para conducir por lo que tendrás que ser mi chófer.- Dijo con
chulería.

-Sí, claro. Cuenta con ello.- Contesté de manera sarcástica.

La camarera llegó hasta nosotros con una pequeña libreta en sus manos. En ese momento me
percaté de lo diferentes que eran las chicas en este lado del planeta, la mayoría de cabello rubio
muy claro, un gran número eran pelirrojas anaranjadas y otras, las menos, de pelo oscuro o
castaño, pero siempre muy lacio. Todas tenían la piel muy pálida, pero con cierto rubor en los

4
carrillos que les daba un toque de inocencia. Esta chica pertenecía al último grupo, de cabellos
oscuros con tonos rojos que destellaban bajo los rayos de la luz de Agosto.

-¿Qué os apetece tomar?- Preguntó con un perfecto inglés.

No debía tener más edad que mi hermana y dominaba varios idiomas. Tenía entendido que los
letones hablaban letón, lituano e inglés, me había informado bien antes de intentar aprender el
idioma; sabía que tendríamos un profesor particular durante el mes anterior a las clases, pero
quería estar preparado.

-Café y un trozo de tarta de queso.- Dije chapurreando el idioma de mi nueva nación.

-Perfecto.- Me contestó ella con una sonrisa.

-Yo quiero lo mismo. No. Mejor que la tarta sea de chocolate y en lugar de café un batido de
vainilla.- Mi hermana siempre tenía que enrevesarlo todo lo más posible.

-Muy bien.- contestó la camarera tachando la anotación anterior.

-Para mí, lo mismo que mi hija.- Dijo Sarah señalando a su predilecta.

-Yo no quiero nada, gracias.- Se adelantó Adam.

-¿Nada? Pero si a penas has probado la comida…- Le dijo su esposa comenzando una serie de
palabras en tono pueril que me negué a soportar.

Me levanté de la mesa para acudir a la máquina expendedora de tabaco en un intento de no morir


de asco, pero esta no funcionaba.

-Perdona.- Dije acercándome al mostrador.

Pero la camarera estaba entretenida con una joven que se encontraba sentada en la barra de la
cafetería, tomando un trozo de tarta de fresas. Debo reconocer que me quedé prendado con
aquella imagen, la joven poseía un cabello dorado, lleno de bucles armoniosos que enmarcaban
su dulce rostro.

Me paré a escuchar su risa antes de interrumpirlas.

-Perdona, la maquina no funciona.

-Es porque siempre está apagada, si quieres utilizarla debes avisar al personal.- Me dijo
amablemente.

La ley antitabaco era una parte de la política que me había saltado.

La muchacha se encaminó hacia el interior de la cafetería, tras una puerta que ponía privado,
para regresar con un mando a distancia.

-Aquí no se puede fumar, tendrás que salir fuera- Me dijo con una sonrisa que contrarrestaba la
seriedad de la prohibición.

5
-¿Sabes que cada vez que enciendes uno de esos acortas un minuto tu vida?- Me comentó la
chica que estaba sentada en la barra.

-¿De veras? Jamás me lo habían dicho.- Contesté despóticamente.

No deseaba ser grosero con ella, no era mi intención molestar a nadie, pero llevaba muy mal los
consejos sobre mí vida. Nunca se me había dado bien obedecer a nadie además de a mí mismo.

Escuché el pitido que salía de la máquina y me giré para echar unas monedas. Apreté el botón
mientras escuchaba las risas de las dos chicas a mi espalda y salí del local tomando un cigarro de
la caja.

Desde donde me encontraba pude perder la mirada en el gran lago que había ante mí, el puente
que lo cruzaba llegaba al bosque donde se perdía la civilización y empezaba mi hogar. La vista
era incomparable. Aspiré fuertemente, dejando que la nicotina penetrase en mis pulmones
mientras me imaginaba perdido en el bosque.

Escuché el tintineo del móvil de viento de la puerta de la cafetería, seguido de unos ligeros
pasos.

-Bienvenido al pueblo forastero. Espero que te guste tu nuevo instituto.- Me dijo la chica de
bucles dorados.

Ahora pude ver su rostro en primer plano, cuyos ojos de color miel me miraban con intensidad.
Su pequeña nariz estaba arrugada por la sonrisa que iluminaba su rostro junto a sus anaranjadas
pecas. Por un momento, creí que me había quedado sin habla.

-¿Cómo sabes qué voy a…?- Dije con toda la serenidad que mis emociones me permitían.

-Tú hermana nos contó que acabáis de mudaros, es una chica muy simpática.- Contestó
señalando al interior de la cafetería.

Dalia se encontraba en la barra, tomando los platos con las tartas en sus manos, ayudando a la
camarera.

-Todo lo contrario a ti.- Añadió quedándose muy agusto con su comentario.

-Escucha, no quería ser grosero contigo. No tengo nada en tu contra es que… Bueno no hay
escusa para ello, ni siquiera creo que exista una manera de definir lo que me ocurre. Digamos
que, simplemente, soy así.

Intenté justificarme. Si este iba a ser mi nuevo hogar no tenía sentido crearme enemigos en el
primer día de estancia. Los conflictos y las relaciones humanas me interesaban por igual,
absolutamente nada.

-No te preocupes. Cada persona es un mundo.- Contestó ella.

Un monovolumen rojo paró en doble fila frente a la cafetería. La chica de rizos dorados tomó la
mochila que tenía apoyada en el suelo para irse corriendo hacia él.

6
No me dijo nada, pero desde la ventanilla del coche me dedicó la sonrisa más preciosa que jamás
había visto.

Me planteé la duda de si volvería a verla algún día, parecía irse de viaje, tal vez por el mismo
tiempo indefinido que yo me mudaría aquí. Me sorprendí a mi mismo descubriendo que, este
insignificante detalle, me importaba un mínimo.

Unos días más tarde, me desperté con el sonido de unos cacharros de cocina chocando contra
otros, supuse que Sarah estaría intentando cocinar de nuevo.

Que dios nos asista. Pensé para mí, recordando las comidas de los últimos diez días.

Llevábamos aquí casi medio mes, alimentándonos gracias a la comida para llevar. Sarah nos
vetó la entrada en la cocina a Dalia y a mí, sin dejarnos siquiera preparar unos huevos que no
oliesen a hoguera.

Bajé las escaleras una vez me había duchado, cruzando los dedos para no ser visto por la
directora de orquesta de potas y sartenes.

-Edrick, cariño ven aquí.- Me dijo con su aguda voz.

Caminé hasta estar justo delante de ella mientras freía bacon y huevos con un ridículo delantal.

-¿A dónde ibas?

-Pretendía bajar al pueblo, necesito comprar tabaco.

Y tomar un café que no sepa a barro, se me olvidó añadir.

-¿No vas a desayunar?

-Esta mañana no tengo hambre.

Intenté ser lo más amable posible, pero mi tono de voz me delataba.

Sarah soltó la paleta de cocinar sobre la vitrocerámica y comenzó a hiperventilar, apoyando sus
brazos sobre el mármol de la cocina.

Debería estar acostumbrado a estos cambios de humor repentinos, pero siempre me pillaba
desprevenido.

-No sirvo para esto, no hago nada bien…- Dijo con la voz entrecortada.

En ese momento Adam entró en la cocina con el ceño fruncido, como si ya supiera lo que estaba
ocurriendo allí.

-Eh, Sarah ¿qué va mal?- Le preguntó con la voz muy calmada, ayudándole a incorporarse.

-No puedo con esto Adam- Contestó ella.

7
-¿Qué has hecho?- Me recriminó mi querido padre.

-¿Por qué tengo que haber hecho algo?- Contesté desafiante.

No lo soportaba. No soportaba que me acusasen siempre de los males de la familia. Si no me


quería, que no me hubieran adoptado sin conocerme, con dieciséis años ya era un sujeto bastante
maduro como para que intentasen cambiar mi conducta de algún modo.

-No ha sido él. Soy yo. No puedo cocinar, no puedo ser una buena madre…

Sarah rompió a llorar y Adam me hizo un gesto para que desapareciese de allí.

Al salir de la cocina me encontré a Dalia sin saber cómo actuar.

-¿Te vienes al pueblo?- Le pregunté apiadándome de ella.

No me gustaba estar mucho tiempo con ellos y tampoco me gustaba que Dalia lo hiciera. Sarah
era una mujer débil, rota, y eso le afectaba.

Dalia tomó una chaqueta ligera del perchero y desaparecimos de allí. En cuanto nos subimos al
coche mi hermana emitió un suspiro de agobio, deseaba escapar de esa nebulosa depresiva tanto
como yo. No fue mucho tiempo, pero al menos habíamos despejado la mente, vivir
constantemente en un ambiente depresivo es demasiado hasta para mí.

Ese día fue tedioso, el siguiente también y así sucesivamente. Lo único que merecía la pena de
este lugar eran las preciosas vistas del cielo, por las noches salía al jardín trasero con mi
telescopio para observar el universo con mucha más precisión que en mi antiguo hogar. No sé
por qué razón me ocurría, pero siempre que me perdía en el universo me sentía sumamente
afortunado de formar parte de él, de ser una insignificante parte de él.

-Esta noche me voy- Me dijo Adam apareciendo a mi espalda por sorpresa.

Me entregó una taza de café de las dos que llevaba en las manos. Parecía una pequeña ofrenda en
señal de algo que aún desconocía.

-Necesito que estés pendiente de Sarah.

-¿Por qué no te la llevas contigo?- Contesté devolviendo mi mirada al espacio.

-Mis excursiones por la naturaleza no son seguras, ya lo sabes.

Adam solía salir de vez en cuando, viajar por tiempo limitado a excursiones o salidas de pesca
con unos amigos que no conocíamos. Se negaba a presentarlos a la familia, pues para él, su vida
no familiar era exclusivamente suya, ni siquiera Sarah podía formar parte de ello. Aunque dudo
que ella quisiera formar parte. Así como Adam era intrépido y aventurero, Sarah era una mujer
de carácter débil y miedoso.

-Lo está pasando mal. Me gustaría que pasases más tiempo con ella- Comentó.

-Tal vez conmigo cerca intente suicidarse de nuevo.

8
-Eso no ha tenido gracia.

-No pretendía ser gracioso.

Realmente no lo pretendía, simplemente quería dejar las cosas claras.

-No tienes ni idea de lo duro que es perder a un hijo Edrick. Si le duele la mitad de lo que a mí
me ha dolido todo esto...- Comentó afectado. -Sarah es muy sensible.

-Está bien...

No dije nada más, pero le escuché marcharsese. El ronroneo de un motor me indicó que ya se
alejaba de la casa, dejándome a mí como único responsable del comportamiento de su querida
esposa.

Recogí mis cosas y me encaminé hacia mi cuarto, pero, mientras subía las escaleras, sentí una
presencia tras de mí que consiguió alterarme. Cuando me giré comprobé que Sarah se encontraba
junto a la puerta de la casa, con una maleta en la mano.

-Si piensas acompañar a Adam debes saber que se fue hace horas.

-Lo sé.- Me dijo muy seria. -Pensaba irme sola.

Dejé mi telescopio apoyado en el suelo y caminé hacia ella incrédulo. Nunca creí que Sarah
tuviera la necesidad de alejarse de nosotros. Tomó un cigarrillo y lo encendió con las manos
temblorosas, cerró la puerta y se dirigió hacia el gran salón para sentarse en el banco del piano.

-¿Vas a huir de la vida que has elegido?- Le pregunté.

Ella sonrió amargamente mientras una lágrima se escapaba de sus ojos.

-Supongo que hice la elección equivocada. Creí que no necesitaba hijos, que podría sobrellevar
la incapacidad de Adam y adoptar, pero no es así.- Dijo sin atreverse a mirarme a los ojos.

Sentí una especie de revoltura de estómago cuando volvió a sonreír. Me dolía el hecho de que
quisiera abandonar a esta familia de reciclaje, tal vez era la envidia lo que me hacía sentir así,
pero me resultaba un ser débil y repulsivo.

-Adam te quiere.- Dije en un vago intento de mantener mi palabra.

-No tanto como os quiere a vosotros.- Contestó con tono amargado. -Y yo no lo soporto más.
No quiero esta vida para mí. Debo irme ahora, antes de que sea tarde...

Se levantó a toda prisa, nerviosa, caminando de nuevo hacia la puerta.

-¿Tarde para qué?- Pregunté siguiendo sus pasos.

-Para crear mi propia familia.

Ni siquiera me miró a los ojos antes de irse. Se subió en el taxi que la esperaba en la puerta y se
marchó sin decir adiós.

9
A la mañana siguiente, unos pequeños brazos agitaban mi cuerpo con dificultad, aunque con la
suficiente fuerza como para despertarme.

-Edrick, Sarah se ha ido.- Dalia tenía los ojos llenos de lágrimas y sostenía una nota en su mano
derecha.

-Él ya lo sabe, ¿verdad?- Me preguntó Adam desde la puerta de mi cuarto. –Supongo que en el
fondo, hasta yo mismo lo sabía.

Se sentó en la silla del escritorio y puso sus manos sobre la cabeza, estaba afectado sin
aparentarlo más que en sus gestos, aunque parecía de lo más sereno.

-Está bien, esto… Seguiremos adelante, aquí.- Dijo en voz alta.

-Yo no pensaba irme a ninguna parte. Sois mi familia.

Las palabras de Dalia le hicieron levantar la vista del suelo. Mi hermana se levantó para tomar la
mano de Adam y este se abrazó a su cuerpo con fuerza, temeroso de perder a sus hijos de igual
manera.

Me levanté aún en contra de mi razón y me acerqué a ellos.

-Te aseguro que yo tampoco tengo un sitio mejor al que ir.- Dije con una sonrisa.

Los dos se echaron a reír, a pesar de lo ocurrido.

En ese momento presentí que algo estaba a punto de comenzar. Me sentí como si toda mi vida
hubiese estado esperando para echar una carrera y, justo ahora, escuchase el pistoletazo de
salida.

10

Intereses relacionados