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Esta semana cualquier persona que ame la poesía está de luto.

Muchos somos los que


hemos crecido leyendo a Don Mario, y muchos fuimos los que comenzamos a imaginar
nuestras vidas con versos. Cualquiera que haya leído a Benedetti, sabe que no ve el
mundo como el resto de las personas. No soy de los que piensa que la muerte de
Benedetti le ha hecho eterno. Ya lo era. Soy del grupo de los egoístas. De los que siente
que podía haber escrito mucho más, y así haberse hecho mucho más eterno dentro de
mí. Sin embargo no es de Benedetti de quien voy a hablar. Sobretodo, porque acabaría
presionando a todos los que no hayáis absorbido al máximo todo lo que el bueno de
Don Mario nos ha dejado. Voy a hablar de uno de los defectos más grandes del ser
humano. La envidia.
Hace poco, publiqué una noticia acerca de un documental sobre la vida del poeta
Antonio Gamoneda. Tengo que reconocer que lo mucho que he leído de este autor me
parece de una calidad indiscutible, pero para mí eso es insignificante. Como no soy
profeta, y de hipótesis se muere el mundo, si el señor Gamoneda falleciera, dejaría un
legado poético bastante importante, pero no dejaría lo más importante por lo que creo
apareció la poesía. No dejará huella. Lo siento señor Gamoneda, pero ninguno de sus
poemas me ha conmovido.
Toda esta crítica no es gratuita. No me he despertado con un odio irracional hacía el
poeta leones, sencillamente he leído la prensa. Mientras me sumergía en todas las
despedidas a Don Mario por parte de los medios de comunicación, mis ojos se han
clavado en un artículo del diario El Mundo. No hay mucho que recordar del artículo y
no por como estuviera escrito, sino por