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Ciencia y Prensa: Escritos Sobre La Infancia Marginal (Buenos Aires 1984-1912)

Ciencia y Prensa: Escritos Sobre La Infancia Marginal (Buenos Aires 1984-1912)

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Tesina de licenciatura de M. Belén Hirose. Analiza los discursos de la ciencia y la prensa sobre la infancia marginal, entre fines del s XIX y principios del s XX en Buenos Aires. Su corpus está formado por los Archivos de Criminología, Psiquiatría y Ciencias Afines, revista dirigida por José Ingenieros, artículos del diario La Prensa.
Tesina de licenciatura de M. Belén Hirose. Analiza los discursos de la ciencia y la prensa sobre la infancia marginal, entre fines del s XIX y principios del s XX en Buenos Aires. Su corpus está formado por los Archivos de Criminología, Psiquiatría y Ciencias Afines, revista dirigida por José Ingenieros, artículos del diario La Prensa.

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Trabajo de Licenciatura en Comunicación

Ciencia y Prensa: escritos sobre la infancia marginal. (Buenos Aires 1894-1912)

Alumna: M. Belén Hirose. Legajo 10073 Mentora: Lila Caimari.

Victoria, junio de 2003

Agradecimientos A mi tutora Lila, por pertenecer a esa clase de profesores que hacen que uno quiera ser alumno por siempre, por el entusiasmo que comparte con todos sus estudiantes, por sus infinitos comentarios. Por su excelencia docente y su calidez humana. ¡Gracias por convencerme de que mi tesis podía extenderse más de las 10 páginas que te presenté la primera vez y por correr a contrareloj para que la pueda presentar a tiempo!
A mi abuela, quien supo ser una niña burguesa del sur de la Buenos Aires del 900, quien me transmitió su gusto por los libros y a quien debo los recuerdos más felices de mi infancia.

A mis padres, que de tanto cultivar plantas uno y clasificar insectos la otra, les salió una mezcla rara de ser alucinado por la luz de bibliotecas y el olor a libro viejo. Por su paciencia y su apoyo incondicional.

A Dagui, quien me inició en la ardua e infinita tarea de tratar de entender al ser humano.

A Agustín, Philipp y Tucu, (en orden de aparición) por acompañarme y (sobretodo) bancarme.

A todos mi infinita gratitud porque nunca voy a poder retribuir lo que tan desinteresadamente me dieron.

También agradezco a la Comunidad de San Andrés, por la beca que me otorgó, permitiendo así que realizara los estudios en esta Institución.

Y a los profesores Alonso, Fernández Bravo, Garramuño y Leiras que en los inicios leyeron mi propuesta y me hicieron excelentes sugerencias.

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Índice
INTRODUCCIÓN 3

1. MARCO ECONÓMICO, POLÍTICO Y SOCIAL

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2. EL NIÑO COMO OBJETO DE ESTUDIO DEL POSITIVISMO iBreve introducción a la criminología positivista

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ii- La delincuencia precoz como objeto de estudio en las investigaciones de los criminólogos positivistas iii- Los informes del Asilo Correccional de Menores Varones 17 28

3. LOS NIÑOS EN LA PRENSA 3.1 Dos infancias 3.2 La crónica policial 3.2.i Menores que comenten delitos 3.2.ii Reporte diario de menores abandonados 3.3 Tematización de la infancia abandonada 3.3.i – ¿Criminales congénitos o niños corrompidos? 3.3.ii – Hoy abandonados, mañana delincuentes 3.3.iii – ¿Y si las familias fallan? 3.2.iv - Separación y trabajo 3.2.v - ¿Qué podemos hacer nosotros? Por amor a la patria y con ayuda de la prensa

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CONCLUSIÓN

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BIBLIOGRAFÍA

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INTRODUCCIÓN

Dicen los historiadores que la Historia tiene tanto de presente como de pasado. En cada mirada hacia atrás subyace, sin duda, una inquietud sobre el presente. No es casual que haya elegido el tema de la infancia marginal en un momento en el que la desnutrición y el hambre que sufren los chicos de nuestro país había cobrado pesada realidad social tras una intensa campaña iniciada desde los medios masivos de comunicación, que denunciaban a diario esta situación. Mi mirada histórica (tal vez con la ilusión de aprender del pasado: de sus errores, de sus aciertos, de sus preguntas, de sus diferencias con el presente) se origina en una serie de inquietudes: ¿Cómo fue, históricamente, entendido el problema de la infancia marginal? ¿Qué soluciones se han propuesto? ¿Quiénes tenían autoridad para darlas? ¿Qué opinaba la gente? Ingenuas preguntas iniciales que contrastarían con la complejidad de las respuestas que fui encontrando. El período 1890-1912 me interesó porque en él se combinaron una serie de fenómenos que lo hacen especialmente adecuado para estudiar la infancia: una sociedad aluvional cuya heterogeneidad se vio impulsada por la inmigración se entretejió con un Estado en expansión, que intenta aplicar políticas de homogeneización orientadas a construir la ‘nacionalidad argentina’. Por ello, la desconfianza que caracterizó la mirada de la clase dirigente hacia los inmigrantes es una referencia ineludible en los estudios historiográficos del período. Sin embargo, la categoría ‘inmigrante’ no es aplicada a los niños, ya sean ellos mismos inmigrantes o hijos de inmigrantes. En las proyecciones de progreso, el niño del presente criado en suelo argentino, se erige como figura central. Esta situación hizo que el abandono creciente de menores y la delincuencia juvenil empezaran a ser objeto de preocupación de todos aquellos involucrados en asegurar el progreso de la futura Nación. El Estado había incorporado a los hombres del positivismo, marco de referencia durante el período, para realizar sus reformas. Los estudios historiográficos existentes sobre la rama

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criminológica del positivismo, señalan el especial interés que los menores despertaban en este grupo (Salvatore 2000, Scarzanella, 1999). Estos trabajos, sin embargo, se limitan a investigar la aplicación de las teorías positivista en las prácticas institucionales. Mi intención es analizar cómo es entendida y explicada la infancia marginal en los escritos que resultan de las investigaciones de la criminología positivista, con el fin de identificar encuentros y diferencias entre sus representaciones y las presentes en la prensa, que empieza a cobrar masividad en estos años. Hasta el momento no ha habido estudios sobre la representación de la infancia marginal en la prensa del período. En general, los textos asumen la penetración del positivismo en todos los discursos (Salvatore 2000, Scarzanella 19991, Ríos y Talak 1999). Sin embargo, luego de analizar el material recopilado, mi hipótesis es que, respecto a los menores, las nociones de la ciencia sólo penetraron en la prensa cuando coincidieron con el sentido común, pero fueron fuertemente resistidas cuando iban en su contra. Por otro lado, encuentro que todos coincidían en referir el marco de la patria cuando se trataba de mejorar la situación de los menores y que, si bien el medio era considerado como determinante de la criminalidad, éste se restringía al ámbito de relaciones personales que establecían los menores en cuestión (en oposición a factores macro de la estructura social y económica). Mi corpus estuvo constituido por investigaciones publicadas en la revista criminológica Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines a partir de 1902 y hasta 1913 y artículos del diario La Nación entre los años 1894 y 19122. El trabajo está organizado en tres capítulos. En el primero presento el problema en su marco económico, político y social. El segundo lo dedico al estudio de los escritos positivistas. Finalmente, en el tercero expongo el análisis sobre la prensa y su relación con la ciencia.

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En su libro, Scarzanella dedica una sección al tratamiento de las causas célebres. Con respecto a la delincuencia juvenil toma el caso del Petiso Orejudo, aunque su análisis se base más en textos jurídicos y criminológicos que en los artículos de diario. 2 El año de inicio –1894 - se debe a que es el primer tomo disponible del período en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional.

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1. MARCO ECONÓMICO, POLÍTICO Y SOCIAL La pacificación del escenario argentino tras el fin de las guerras civiles y el establecimiento de Buenos Aires como capital federal en 1880, consolidó el poder central del Estado. Esto permitió a la elite dirigente trabajar sobre los planos para la construcción de una Nación Argentina Moderna. Este proyecto, como veremos, se vio enfrentado a fuertes contradicciones. Para su modernización Argentina necesitaba mostrarse como una nación soberana e independiente, siguiendo los modelos de las naciones que consideraban las más avanzadas de la civilización occidental. Esto comprendía la plena inserción en el sistema económico mundial, que propiciaría las condiciones para el desarrollo de la economía agroexportadora cuya producción satisfacía la creciente demanda internacional de sus productos exportables. Esta decisión incluía la necesidad de aumentar (y renovar) la mano de obra, objetivo que se concretó facilitando la llegada de un elevado número de inmigrantes. Si bien la inmigración no era un fenómeno absolutamente novedoso la dimensión que cobra a partir de 1880 genera nuevas ansiedades y temores. En el período inmediatamente anterior, por ejemplo en el proyecto de Sarmiento presidente, la inmigración había constituido uno de los pilares fundamentales para propulsar el progreso de la Argentina (Halperín Donghi 1987). La prosperidad económica a partir de 1880 acentuó la llegada de inmigrantes generando un fenómeno de magnitudes sin precedentes locales. Tal fue su impacto que la imagen de “inmigración aluvional” suele utilizarse para ilustrar sus características. Esta situación desató “una desconfianza más general sobre el proceso de integración de los extranjeros … La imagen del inmigrante laborioso y emprendedor, agente decisivo para la transformación de la realidad … era relativizada y adquiría incluso matices negativos” (Bertoni 2001, 22) contando en este clima de opinión al propio Sarmiento. Las posibilidades de una nación se veían amenazadas. Estas peculiaridades del contexto local se cruzaron con la expansión imperialista de otras naciones, conjunción que aceleró el programa de construcción de una nacionalidad argentina. Italia pretendió extender su soberanía a sus poblaciones emigradas, entre las que se encontraba la numerosa comunidad italiana en el Río de la Plata. Esta situación generó un gran debate, no sólo entre los estados argentino e italiano, en que el primero vio su soberanía amenazada por el

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segundo, sino también en la opinión pública que a través de la prensa local daba su opinión al respecto. El gobierno argentino respondió agudizando las medidas para solidificar la nacionalidad. Buena parte de sus esfuerzos estuvo dirigida a convocar a los extranjeros a naturalizarse y lograr que sus hijos, nacidos o no en este suelo, se formaran en la cultura nacional argentina, haciendo propias su lengua, sus costumbres y su historia nacional a través de la educación en las escuelas públicas. Esta iniciativa no fue exclusivamente apuntada a los inmigrantes sino que fue concomitante a una renovación general del sentimiento patriótico que tuvo un gran impulso a través de las escuelas, como veremos más adelante. Las ansiedades que generó la inmigración no sólo se explican desde su no ingreso a la nacionalidad. El sentimiento ambiguo ante este fenómeno también estuvo alimentado por su influencia (participación) en el aumento y en la transformación cualitativa de las clases populares. La capital había experimentado desde 1880 un inusitado crecimiento demográfico. Asentados en la ciudad de Buenos Aires, hacia 1914 la mayoría de sus habitantes eran extranjeros. Ante esta situación, la tradicional sociedad argentina tuvo que “enfrentarse con zonas opacas que el mismo proceso de modernización constituía en la escena argentina, y la figura de las multitudes urbanas resurgía entonces como uno de esos núcleos de penumbra obsesionantes en aquella sociedad en rápida transformación” (Terán 1986, 46). Buenos Aires se enfrentó entonces con los problemas característicos de las ciudades que experimentan crecimientos demográficos inusitados: carencias edilicias y sanitarias; brotes de enfermedades contagiosas como el cólera, la difteria o viruela (que en Buenos Aires tuvieron lugar entre los años 1886 y 1887); abigarramiento pero a su vez atomización de los habitantes. Ante estos cambios abruptos se rebalsaron y desquiciaron las estructuras centrípetas de absorción social, propiciando un marcado crecimiento de la delincuencia urbana, la vagancia y de la cantidad de niños abandonados. Los grupos de niños pobres en las calles empiezan a ser elementos constitutivos del paisaje urbano. En el caso de Buenos Aires, los observadores contemporáneos aprehendieron esta situación con una mezcla de temor y repulsión. Se vieron tentados a ubicar el nicho de estas “patologías” en ese implante masivo de nuevos habitantes. Los inmigrantes fueron señalados como la causa

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de todos los males que aquejaban a la ciudad: fueron conceptualizados como agentes externos que introducían gérmenes, poniendo en peligro la pureza de la raza argentina. Por ejemplo, en el primero de enero de 1888 La prensa publica un artículo en el que se vincula la afluencia extranjera con el cólera que en 1887 había devastado el país. Bertoni (2001, 19) sostiene que “la relación que se estableció con el “flagelo” fue aceptada sin más examen”. De la misma manera, José Ingenieros justifica la restricción del ingreso de inmigrantes conectados con la marginalidad ya que “idiotas, locos, epilépticos, enfermos contagiosos o repugnantes, mendigos profesionales, indigentes, inhábiles al trabajo, prostitutas, traficantes de esclavas blancas, delincuentes, etc. … sólo pueden ser un peligro social por sus enfermedades, sus crímenes o su corrupción” (en Terán 1986, 49). Otras veces, su negatividad se relacionó a su participación intermitente - o completa ausencia - en el mercado laboral en especial cuando el movimiento anarquista se empezó a sentir marcadamente (González 2000; Salvatore 2000; Scarzanella 1999; Ruibal 1990). No siempre se tuvo en cuenta que en realidad ese mercado no aseguraba la estabilidad de los puestos de trabajo, por el contrario “requería sobre todo mano de obra muy móvil... para atender los vaivenes de una demanda en extraordinaria expansión pero a la vez muy fluctuante estacional y cíclicamente. .... Aunque el crecimiento general tendía a expandir el empleo, la incertidumbre en ese plano era moneda corriente para la mayoría de los trabajadores.” (Sábato 1998, 41). Más allá de estas evaluaciones extremas en los momentos de mayor xenofobia, la valoración de los inmigrantes en este período es ambigua, ya que los esfuerzos también estuvieron dirigidos a la integración de los extranjeros3. Lo que sí se puede afirmar y me interesa resaltar, es el cambio de destinatario que sufren las políticas estatales orientadas a la formación de la futura patria. Si en las décadas anteriores, en las proyecciones de Sarmiento y Alberdi, los inmigrantes habían sido pensados como los agentes de progreso, durante este

Eduardo Zimmermann (1994) estudia como estos miedos, en especial en el caso del anarquismo, respondían a amenazas concretas y materiales (bombas, asesinatos). También muestra cómo la legislación para restringir la entrada de inmigrantes y la deportación de inmigrantes no deseados, fue acompañada de otras medidas conciliatorias que intentaban integrar estos nuevos habitantes al proyecto de nación.

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período esa visión se traslada a los niños nacidos en el suelo Argentino e incluso a los niños extranjeros criados en el país. El niño pasa a ser el encargado del porvenir de la nación. “... la estrategia que se plantea desde el Estado es la moralización, y puesto que de lo que se trata es de fomentar el progreso y de preparar el futuro, el niño comienza a ser sujeto del discurso científico y político, a la vez que objeto de observación y de prevención a nivel de las prácticas políticas.” (Ruibal 1990, 84. La cursiva es mía). Al ser el niño identificado con el futuro y dada la maleabilidad de su carácter, se convierte en el principal sujeto de las políticas de planificación. Es importante destacar, además, que en 1904, el 20 % de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires estaban comprendidos en la pirámide etaria entre los seis y quince años (Ciafardo 1994, 8). La escuela, a partir de este momento, se concibe como el lugar indicado para la construcción de la nacionalidad; para lograr este objetivo, sin embargo, los dirigentes necesitaron transformar los patrones de concurrencia a las aulas, ya que “el ritmo de crecimiento de la población contrastaba con el casi estancamiento de la matrícula escolar” (Bertoni, 2001, 45). Por diversos motivos, padres y alumnos carecían de incentivos para ingresar al sistema de escuelas públicas4. Por eso, el gran desafío consistió en aumentar la matrícula, asegurar la regularidad de la asistencia y la finalización de los estudios en las escuelas dependientes del Estado. El Consejo Nacional de Educación trabajó para revertir esta situación, logrando una gran mejoría hacia finales de siglo XIX (Bertoni 2001). La institución escolar, en el período anterior, había sido considerada una necesidad primordial para el progreso, aunque no necesariamente el lugar de enseñanza de la nacionalidad. Así, eran bienvenidas las escuelas dirigidas por las asociaciones extranjeras o los maestros particulares. Esta situación cambia radicalmente cuando la formación de la Nación se pone en primer plano y la escuela se propone como el medio más favorable para construir la
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Las razones eran varias: carencias edilicias, falta de higiene (miedo a las epidemias), mala capacitación de docentes (muchos de ellos eran ayudantes ‘semialfabetos’), prácticas subjetivas de maestros (decidían quién repetía sin criterios claros). Por ello muchos padres no veían un beneficio en mandar a sus hijos a las escuelas públicas. Además, para muchos otros resultaba en un alto costo, no sólo por el material requerido, sino porque perdían la oportunidad de generar ingresos a través del trabajo de los menores. Bertoni (2001) trabaja todo esta situación y la actividad del Consejo Nacional de Educación para revertirla, en detalle, Cap. 2, pgs. 41-77.

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nacionalidad. Este objetivo aparece por primera vez en la ley 1.420 de educación gratuita, laica y obligatoria del año 1884, pero su instrumentación llegaría más tarde. Antes, habría que solucionar otros problemas estructurales para hacer de las escuelas públicas una opción atractiva para padres y alumnos. En 1887 se formularon nuevos planes, acentuándose el carácter nacional de los contenidos. Sin embargo, la falta de matrícula, y la temprana deserción escolar seguían constituyendo graves obstáculos para construir la nacionalidad desde la escuela. El Consejo Nacional de Educación embistió entonces con una intensa campaña que se ocupó de hacer de la escuela una opción atractiva. El énfasis estuvo puesto en garantizar la higiene y en la mejora de la enseñanza a través de dos sistemas de control: uno local – los consejos escolares- y otro de carácter nacional, por medio de inspectores. Como concluye Bertoni:
Con plena convicción, el Consejo Nacional de Educación convirtió a sus escuelas en las mejores, y en su empresa de extensión de la educación pública enfrentó la indiferencia paterna y la competencia de las escuelas de los extranjeros. Confluían sin conflicto el propósito central de capacitar a todos a través de la escuela común, una idea de sociedad nacional incluyente y el propósito, más reciente, de formar la nacionalidad. (Bertoni 2001, 77).

Sin embargo, a pesar de todos estos esfuerzos, el sistema escolar fue exitoso sobretodo en los sectores medios (Ciafardo 1992,24); una creciente cantidad de chicos quedaban marginados5. En parte, porque los incentivos generados por la reforma de la educación no eran suficientes para una gran parte de la población. Los padres preferían que sus hijos ingresaran al mercado laboral una vez adquiridos conocimientos mínimos o sin siquiera pasar por la escuela. Son los menores que Ciafardo (1992) ubica en el estrato más pobre de la sociedad. Por su relación potencial con el mundo del delito, me interesa rescatar su descripción de los niños pobres:
Tienen un temprano ingreso en el mercado laboral especialmente en oficios callejeros; carecen de experiencia escolar o la misma es circunstancial o intermitente; viven en conventillos del centro o en barrios o asentamientos precarios de los suburbios de la ciudad; son captados frecuentemente por las sociedades de beneficencia y asilos en las instituciones que éstas sostienen; son habitualmente perseguidos por la policía en virtud de que transgreden distintas normas legales; son, con frecuencia, expulsados tempranamente del núcleo familiar. (Ciafardo 1992, 9)

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Incluso en 1914, el país contaba con 644 escuelas para 190.000 alumnos. Esa cifra, sin embargo, constituía la mitad de la población en edad escolar. (Ríos; Talak 1999, 141).

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Ante esta situación, la esperanza que los dirigentes habían depositado en la infancia tras la desilusión inmigrante y con el impulso de las escuelas públicas ‘nacionales’, se vio enfrentada a esta creciente masa de niños amenazante, que se presentan como no-niños: no asisten a la escuela, trabajan, tienen vicios de adultos, pasan la mayor parte del tiempo en la calle, tienen relaciones conflictivas con sus familias. Así, los temores presentes que despertaban las clases populares y los inmigrantes (delincuencia, criminalidad, promiscuidad, excesiva fertilidad de extranjeros, anarquismo) oscurecieron el proyectado futuro de luminoso progreso con ciertos peligros: el niño que no cumpliera con las pautas culturales aceptadas, era ubicado en la casilla de futuro delincuente, criminal o agitador social. Las cifras de la época, más allá de su problemática correspondencia con la realidad, muestran la preocupación que esta situación generaba en los dirigentes y la opinión pública. En 1907 la cifra oficial - alarmante - es la de 5000 niños vagabundos (La Nación, 6 de febrero). Tres años más tarde, en 1910, el cálculo se había duplicado: se cuentan ahora unos 10.000 (Lancelotti, en Scarzanella 1999, 63; Ingenieros 1908, 337). Para 1919 la tendencia continúa y el senador Roca calcula en 15.000 los niños abandonados o explotados por sus padres, o víctimas de la criminalidad precoz (en González 2002, 160, 164). Otro indicador de la magnitud de este fenómeno es un álbum que realiza la sociedad de Beneficencia con motivo del Centenario. Allí se presenta una serie de datos sobre los niños bajo su tutela desde 1852. A fin de 1899, por ejemplo, la cantidad de menores asilados sumaba 3.697. Esta cifra desciende a 2.552 en 1903 y asciende a 3.297 en 1909 (González 2000, 161). Estas cifras son tanto más alarmantes en tanto la infancia abandonada se identifica con la delincuencia juvenil. La información respecto a los menores delincuentes se encuentra más dispersa. Para el criminólogo positivista José Ingenieros, ávido generador de estadísticas, los menores de edad formaban “el 30 % de los delincuentes profesionales, que constituyen el grupo de los ‘ladrones conocidos’ ” (en Ingenieros 1908, 338). El 1ro de enero de 1895 se publica en La Nación una reseña sobre el movimiento en la Penitenciaría Nacional. Durante los primeros once meses de 1894, entraron 207 menores, quedando al 30 de noviembre una existencia de 45. En la cárcel correccional de mujeres y niños habían ingresado 272 menores, permaneciendo 96.

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Para 1895 los datos son similares: habían entrado 166 menores, salido 167, quedando una existencia de 42. Existen además, muchos indicios de preocupación por los menores detenidos en la policía, en su mayoría detenciones por pequeñas contravenciones como vagar. Las prisiones convencionales para adultos eran consideradas escuelas de delito, nicho especialmente propicio para que los niños se perfeccionen en el camino del vicio. Esta inquietud aparece recurrentemente en la prensa6. La alternativa que el Estado y otras instituciones privadas o semi-privadas dieron a estos chicos fue el asilo. Estos espacios de reclusión se multiplicaron durante este período: se calcula que llegaron a 40 aquellas destinadas a menores (Ciafardo 1992, 22). A modo de ejemplo podemos observar el recorrido que debían realizar los menores que ingresaban en el aparato manejado por la Sociedad de Beneficencia:
Hasta los dos años de edad los menores ingresaban por la Casa de Expósitos, sin importar el género. De la Casa de los Expósitos eran derivados al Instituto de Mercedes Lasalle y Riglos y permanecían allí de los 2 a los 7 años. Pasada esa edad los niños son divididos por género, división que hasta el momento solo experimentaban los niños débiles, los cuales eran destinados a Mar del Plata (las niñas al Asilo Saturnino Unzué y los niños al Sanatorio Marítimo). Pasado ... los 7 años de edad los niños circulaban hacia el Asilo General San Martín Rodríguez y las niñas a la Casa de Huérfanas Crescencia Boado de Garrigós. De esta manera llegaban los niños al Asilo de Huérfanos a los 10 años y permanecían allí hasta los 18 años .... (González 2000, 145).

El Estado aparece claramente a través de la Institución policial, que crea un espacio alternativo de contención y moralización de la niñez inaugurando bajo su dependencia distintos asilos: “En mayo de 1905 se funda en la sección 19 la Asociación Protectora de Niños Desvalidos, en septiembre se inaugura en la sección 27 el Asilo de Niños, en 1907, bajo la jefatura de Ramón Falcón se inaugura el Asilo Cnel. Fraga, sostenido por acción conjunta de las secciones 20, 30 y 32.” (Ruibal 1990, 87). La práctica de reclusión, si bien anterior al positivismo, tuvo un nuevo impulso al ser legitimada por los conceptos de la escuela de criminología positivista - tema que se tratará en el próximo capítulo. Esta ciencia tuvo un importante desarrollo entre la última década del siglo

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XIX y la primera del XX. En una sociedad fuertemente influida por las verdades científicas, no sólo gozó de prestigio intelectual, sino que sus métodos se incorporaron a la expansión del Estado que impulsaba reformas inspiradas en la ciencia (Caimari, Mimeo A). El cambio de siglo es también de mucha importancia para la prensa. Durante el siglo XIX, la escena argentina había sido dominada por el periodismo político. Éste se caracterizaba por responder a intereses partidarios particulares: los actores políticos más importantes eran los mismos miembros de la prensa, que utilizaban este medio como portavoz de las batallas públicas. La prensa moderna, si bien continúa con afiliaciones políticas especialmente en momentos de elecciones, tiene pretensiones de independencia, objetividad y consigue autonomía financiera a través del cobro de publicidades (Alonso 1997; Caimari 2002). La prensa, inserta en el proceso global de modernización, empieza a ganar masividad y a ser reconocida como el lugar de expresión, formación y debate de los intereses públicos. Dos situaciones favorecieron este escenario: la transformación paulatina de la prensa en una empresa de carácter económico y al aumento de la alfabetización. Un buen índice de esta transformación es el incremento de la tirada de algunos diarios: de los 3 o 4 mil ejemplares de La Tribuna o La Nación Argentina en la década del 60, se pasaron a 18 mil de La Nación y La Prensa en 1887. Para ese año se calcula una producción de un diario cada cuatro habitantes, proporción sólo superada por ciudades muy prósperas en ese aspecto como Nueva York, Londres, o París (Sábato 1998, 62). Por todo esto mi interés también se concentrará en cómo, a través de la ‘gran prensa’ la infancia marginal se constituye en una problemática de interés público. Finalmente, me gustaría resaltar que la comprensión de este período es fundamental no sólo por estar enmarcado en un punto clave de las decisiones políticas y económicas de la Argentina, sino porque en este momento se forjan concepciones alrededor de la criminalidad que se extenderán en el tiempo, como puede observarse a través de leyes o proyectos de ley inmediatamente posteriores. Eduardo J. Bullrich y Roberto Gache, por ejemplo, escriben sus tesis doctorales - Asistencia social de Menores (1919) y La delincuencia precoz (1916) respectivamente - en relación a la problemática del menor. Juntos redactan en 1916 un
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Por ejemplo en La Nación, ver artículos de los días 23/3/95, 24/6/96, 1/2/98. 12

Anteproyecto de Código de Menores (Scarzanella 1999, 59). Entre 1907-1924, distintos proyectos de ley son discutidos, aprobados y modificados en las cámaras legislativas, para regularizar el trabajo de Menores en la vía Pública (Scarzanella 1999, 64-5). Una ley central en esta historia es la 10.903 de Patronato de Menores que en 1919 cristaliza legalmente las prácticas de reclusión llevadas a cabo por distintas instituciones al establecer las causas por las cuales los padres perderían la patria potestad, a saber: “abandono o exposición de los hijos, colocación de los mismos en peligro moral o material, por delincuencia, por tratar a los hijos con excesiva dureza, por ebriedad consuetudinaria o inconducta notoria. En estos casos los menores quedan bajo patronato del Estado nacional o provincial.”. La centralidad que esta cuestión tenía para el Estado se puede observar en un mensaje al Senado del presidente Hipólito Yrigoyen:
El grave problema de la niñez desvalida y abandonada ha preocupado muy seriamente al Poder Ejecutivo ... La gran cantidad de menores abandonados que vagan por las calles de esta Capital, expuestos a todas las contingencias del vicio y de la corrupción, hacía indispensable la adopción de medidas reparadoras, tendientes a evitar estos males con ese fin se ha fundado el Instituto Tutelar de Menores. / El régimen de gobierno y organización es el de un verdadero reformatorio desde la edad de seis años, allí se amparan, protegen y educan los niños varones que la policía recoge de las calles, sin pan y sin hogar. / Para completar su asistencia y cuidado, el Poder Ejecutivo considera vuestra honorabilidad debe sancionar cuanto antes el proyecto de Ley de Patronato que se encuentra a vuestro estudio. (Yrigoyen 1919, en González 2000, 160).

Finalmente, el código penal de 1920, reflejaba temas desarrollados por los criminólogos positivistas durante este período como la pena condicional, la sentencia indeterminada y el tratamiento especial de reincidentes y menores. (Salvatore 2000, 134).

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2. EL NIÑO COMO OBJETO DE ESTUDIO DEL POSITIVISMO
El tema se prestaba a divagaciones líricas en pro de la infancia abandonada, fundada en la opinión subjetiva y en el sentimentalismo que campea en todos los espíritus cuando se trata de los niños. He preferido, sin embargo, apelar a disciplinas positivas, severamente científicas, que me permitieran arribar a constataciones de indiscutible objetividad, únicas que pueden servir de base para inducir conclusiones exactas y útiles. José Ingenieros (1905) “Los niños vendedores de diarios y la delincuencia precoz”

En la primera parte de este capítulo voy a presentar las imágenes de la infancia en general y la infancia marginal tal como aparecían en artículos dedicados a la delincuencia precoz en la revista positivista Archivos de Psiquiatría, Criminología, y Ciencias Afines. En la segunda parte tomo las memorias del Asilo de reforma de menores varones, también publicados en los Archivos ... donde se intentan aplicar los conceptos desprendidos del positivismo. Esta publicación había sido fundada por José Ingenieros y Francisco de Veyga en 19027. De periodicidad mensual, era el órgano de difusión central de la ciencia positivista argentina. Además, contaba con prestigio internacional, se leía en los centros científicos de Europa y América (Salessi 2000, 172) y tenía entre sus colaboradores escritores y médicos argentinos y extranjeros. Contenía luego de los artículos especiales de cada edición, reseñas y comentarios de libros publicados en alemán, inglés, italiano, francés y portugués. Antes de pasar de lleno a los textos sobre la infancia marginal, presentaré un breve resumen sobre los conceptos básicos de la criminología positivista.

i – Breve introducción a la criminología positivista Los pensadores de la Escuela Clásica de fines del siglo XVIII, filósofos como Cesar Beccaría y Jeremy Bentham, estaban interesados en el crimen y el castigo en tanto entidades legales. Al asumir el libre albedrío de las personas, su preocupación se basó en encontrar la

El primer año se llamó Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría, pero desde 1903 y hasta 1913 mantuvo el nombre antes mencionado.

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cuota adecuada de castigo para cada tipo de crimen8. Con el surgimiento de la nueva escuela de criminología hacia fines del siglo XIX, la mirada, antes posada en el crimen, se traslada hacia las particularidades del individuo que comete un delito. Las perspectivas anteriores daban por hecho la responsabilidad del delincuente; en consecuencia se castigaba al criminal dependiendo del tipo de crimen cometido. Con el giro de perspectiva se pasa a examinar las causas que determinan la criminalidad de los delincuentes para poder penarlo. Ahora bien, el aspecto observado dependerá de las tendencias de cada escuela. El nacimiento de la nueva escuela de criminología suele remitirse a la publicación de L’Uomo delinquente, del italiano Cesare Lombroso, en el que se proponía que la existencia del criminal nato. La delincuencia era considerada como el resultado de la determinación de una serie de factores, entre los cuales los biológicos tenían un gran peso. A su vez el grado de criminalidad se veía reflejado en ciertas características morfológicas, como el tamaño de los cráneos o la asimetría de las facciones. Esta hipótesis, a pesar de su rápida difusión9, tuvo instantáneas reacciones adversas, en especial desde la escuela francesa que resaltaba la importancia de los factores sociales, de donde surge el famoso aforismo de Lacassagne “cada sociedad tienen los delincuentes que se merece.” (Leps 1992). José Ingenieros fue uno de los máximos exponentes de esta disciplina en Argentina. Al identificarse con la ciencia criminológica, concuerda con la necesidad de detenerse sobre las causas que llevan a las personas a delinquir. Sin embargo, se diferenciaba de la escuela italiana y la francesa, en tanto propone que estas causas hay buscarlas en la psicopatología del delincuente, definida ésta como el resultado de una compleja combinación de factores biológicos, sociales y psicológicos. En contraposición a la determinación biológica de la criminología italiana, Ingenieros sostenía que la personalidad (determinante de la acción) “es el
A los fines de este trabajo sólo presento una breve introducción de las nociones que luego fueron rebatidas por la nueva escuela de criminología. Dejo de lado todas las innovaciones, como la privación de la libertad, como pena estandarizada, pareció la opción más adecuada para implementar la proporcionalidad de la pena al tipo de delito. Antes las penas eran variadas: torturas, fusilamientos, etc. La noción de que la ‘pena’ puede alcanzarse a través de la privación de la libertad y de que la duración de la misma depende del tipo de crimen, es una innovación introducida por estos pensadores. Durante el período que durara la reclusión, además, los prisioneros deberían regenerarse – a través de la disciplina del trabajo – para luego ser reintegrados a la sociedad.
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resultado de las variaciones de la herencia mediante la educación, es siempre un producto social; está representada por el carácter y se manifiesta por la conducta” (En Terán 1986, 143, la cursiva es mía). Por ello, a partir de su concepción psicopatológica de la etiología del delincuente, los trabajos criminológicos surgidos de su teoría se ocuparon de estudiar la psicología y fisonomía del delincuente, junto a todos los demás factores ambientales y sociales que determinan su accionar delictivo: el clima, la familia, los amigos, la educación, los lugares frecuentados, los hábitos y costumbres, etc., como veremos más adelante a través del estudio que se realiza de los menores vendedores de diarios. Otra característica del positivismo es la conceptualización médica de la delincuencia y el delincuente, que se entienden como enfermedades contagiosas que afectan la integridad moral del cuerpo social10. La criminología positivista de principios de siglo fue heredera de las prácticas y teorías del grupo de médicos higienistas (Ramos Mejía, De Veyga, Wilde) que, en Buenos Aires, habían dominado la escena reformista durante las décadas finales del siglo XIX, especialmente a partir de la epidemia de fiebre amarilla en el año 1871. De hecho, muchos de los criminólogos eran médicos de profesión y se habían formado con ese grupo. Por ello, el discurso de la criminología hace suyas metáforas y métodos provenientes de la medicina que ya estaban instaladas en el imaginario para pensar a la sociedad (Salessi 2000). Así, el programa de Defensa Social propiciado por los criminólogos, consistía en una primera etapa de profilaxis social, seguida de la “reforma reeducativa, readaptación social de los reformados y secuestración definitiva de los inadaptables.” (J. Ingenieros, en Terán 1986, 139).

Leps (1992) muestra cómo esta teoría se levantaba sobre una fuerte base de acuerdos y conceptos preexistentes que propiciaron su surgimiento. 10 Cuerpo social es otro recurso conceptual usado por el positivismo y en estrecha relación con las concepciones médicas aunque es una noción anterior y su uso generalizado proviene de Spencer. En él se supone como real la metáfora que identifica el funcionamiento de la sociedad con el de un organismo vivo. La consecuencia más importante de esta utilización es la negación de los conflictos sociales, la imposibilidad de reconocer la existencia de intereses legítimos, aunque discrepantes, sustentados por las distintas clases (Leps 1992, 53). En un organismo, por el contrario, todas las partes son funcionales a su conservación y cualquier desvío de ese objetivo supremo es considerado patológico. Tomado por la criminología, este modelo facilita aún más la conceptualización del crimen como una enfermedad que afecta al cuerpo social, excluyendo la posibilidad de que sea un (sub)producto consecuente de la estructura a la que pertenece.

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La Defensa Social se fundamentaba en el derecho de la sociedad a defenderse de los impulsos antisociales de ciertos individuos y no en el castigo del criminal, por lo cual la pena se concebía como tratamiento de rehabilitación. Los impulsos antisociales provenían de la manifestación de rasgos atávicos que imposibilitaban la adaptación de algunas personas al medio moderno. Era fundamental librar a la población de ese obstáculo para el progreso; con ese fin se comenzó a evaluar la peligrosidad de los habitantes que, “definida como el estado potencial del impulso antisocial de cada individuo (,) … la misión primordial de la criminología era defender a la sociedad separando, observando y determinando la peligrosidad de la mayor cantidad posible de individuos” (Caimari 2002a, 157). Es decir, definía una temibilidad detectable antes de que se cometiera delito alguno. Si bien el concepto de peligrosidad, por su debilidad predictiva, no triunfa en el ámbito legal como fundamento para la privación de la libertad (Caimari Mimeo A), me propongo mostrar que el concepto de profilaxis (separación de los menores de su medio) se basó en la percepción de los niños abandonados y/o vagabundos como futuros delincuentes. Esto legitimó con verdades científicas la antigua práctica de reclusión de niños abandonados, vagabundos o detenidos por pequeñas contravenciones, ya no simplemente porque necesitaran un techo, sino en función de su peligrosidad y con el doble objetivo de protección (de los menores) y prevención (de la sociedad).

ii – La delincuencia precoz como objeto de estudio en las investigaciones de los criminólogos positivistas. A continuación haré un breve análisis de un trabajo de Víctor Mercante y luego pondré toda nuestra atención en una investigación de José Ingenieros, para ver qué concepciones poseían de la infancia en general y analizar cómo se aplican los conceptos recién referidos a la infancia marginal. Encontré que las representaciones de Mercante e Ingenieros muestran un niño que nace cargado de malos instintos y que el crecimiento es una instancia de mejora. En el caso particular de la infancia marginal, a partir del estudio que realiza Ingenieros de los vendedores de diarios, proponemos que los menores son presentados como no-niños, ya que experimentan

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vivencias propias del mundo adulto. A partir de su investigación Ingenieros opta por la preeminencia de los factores ambientales sobre los congénitos para determinar la conducta de los menores bajo su lupa.

Víctor Mercante, director de la escuela Normal de Mercedes, publica una investigación en sucesivos números de los Archivos ... en los años 1902 y 1905. En ella estudia cinco menores para dilucidar las causas por las cuales cometieron distintos tipos de delito. La cita a continuación es la introducción a dicho trabajo:
Ese pequeño, embellecido con los más simpáticos atributos del corazón humano, mimado como un juguete, de actividad prodigiosa y encantadora, más apto para entretener que para enfadar, irresponsable declarado, aparentemente incapaz de ejercitar con intención los instintos, es, sin embargo, una flora abundante y matizada de crueldades, intrigas, ambiciones, odios, venganzas, depredaciones, mentiras, celos, iras, traiciones, caprichos, grescas, vicios, deseos violentos, impulsiones fulminantes, conciencias instables y veleidosas que en un momento dado, concluyen en el delito purgado por el poético muñeco en la correccional, y que reclama la intervención del juez. (1902, 34, la cursiva es mía)

Mercante, posiblemente por su interés en la comprensión del crimen, enfatiza los aspectos innatamente negativos del niño. Es más, para él en el niño “la germinación delictuosa es mucho más activa y variada que en el adulto” ¿Cómo se explica, entonces, que haya adultos que no son delincuentes? Sus ‘malos’ instintos e impulsiones serían gradualmente corregidos por la misma biología (a través del desarrollo de centros inhibitorios) y ese proceso estaría ayudado por la educación - visión compartida por otros positivistas. En su concepción evolucionista, la historia de la humanidad se repite en la historia individual de cada hombre. Así, en los niños “las tendencias criminosas le son naturales como eran naturales en el hombre primitivo” (35). Y como la humanidad ha evolucionado para bien, así también el niño amenguará sus malos instintos por la acción conjunta de la biogenética y la educación. En otras palabras: el paso del tiempo siempre implica un proceso de mejora, “aún el desequilibrado y el criminal nato, se hace cada vez más bueno”(34). Luego de citar un extracto de esta misma investigación, Ríos y Talak, al referirse a la penetración de estas concepciones en la escuela y en la familia, sostienen que:

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“En armonía con la matriz evolucionista del darwinismo social ... El niño no puede ser librado a sus propias tendencias instintivas, sino que la educación debe encauzar su desarrollo de acuerdo con las normas sociales aceptadas que definen la normalidad. De esta manera, la escuela y la familia se convierten en los espacios centrales a través de los cuales los niños deben circular para lograr su desarrollo pleno de acuerdo con las normas sociales esperables que lo identifican como niño y como adulto.” (1999, 142-3, la cursiva es mía).

Sin embargo, más adelante veremos cómo la imagen del niño que nace con malos instintos es resistida desde diversos sectores cuando se expresan a través de la prensa.

El segundo caso que voy a tomar es el clásico estudio de José Ingenieros “Los niños vendedores de diarios y la delincuencia precoz (Notas sobre una encuesta realizada en 1901)” (Archivos ... 1908, 329-348). Este estudio se realizó a pedido del Círculo de Prensa para determinar la incidencia que la difusión del periodismo realizada por menores tenía en la delincuencia precoz. Para ello, Ingenieros recurrió a la observación directa de canillitas en las administraciones de los diarios (especialmente El tiempo); de canillitas detenidos en el Depósito de contraventores 24 de noviembre; y de delincuentes precoces que habían sido vendedores de diario, en el ‘Cuadro III’ del depósito de contraventores. Allí realizó los cuestionarios con los que confeccionó 500 boletines de observación. Se sirvió, además, de datos del Refugio de Menores y de la Casa Correccional de menores varones, cedidos por sus correspondientes directores. Su interés, entonces, se centró en estudiar la relación entre los niños vendedores de diarios y la criminalidad infantil, instancias que consideraba unidas por un “estrecho parentesco- siendo la vagancia el anillo de unión” y esto se “resalta en cualquier observación, por superficial que sea.” (330). Es notable que establezca esta relación entre ‘vendedores de diario, vagos y delincuentes’ apelando simplemente al sentido común, como muestra su expresión ‘cualquier observación ...’. Más tarde, sin embargo, fortalece su afirmación presentando ciertos datos11: expone que de cada 100 vendedores de diarios que se mantienen en su oficio, 1000 lo han

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No está dentro del alcance de este trabajo dilucidar cuán coincidentes eran estos datos con la realidad. En todo caso, son índices de ansiedades y creencias de la época.

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abandonado para entrar en la vagancia o el delito. En otras palabras, si la cifra de vendedores de diarios en actividad ronda entre los 600/700 niños (335) el número de menores vagos o delincuentes ex canillitas ascendería 6000/7000. En otro apartado vuelve a enfatizar que el 90% de los menores que entran a la venta de diarios terminan siendo vagos que prontamente pasan a la delincuencia (339). Por otro lado, el estudio de los vendedores de diario devenidos delincuentes no es menor para estudiar la criminalidad infantil en general, ya que cuantitativamente “no menos de las dos terceras partes de los menores delincuentes .... han sido vendedores de diarios” y cualitativamente “no presentan diferencias de ningún género con los demás delincuentes precoces que no han sido vendedores de diarios …” (337). Como vimos más arriba, los positivistas buscan la causa de la criminalidad en una compleja red de factores biológicos, sociales y psicológicos. Todo dato era plausible de consideración, y se interrogaba múltiples aspectos de la vida del menor, como se ve reflejado en el cuestionario que Ingenieros realiza a los 500 casos sobre los cuales basó su trabajo:

Generalidades: Nombre y apellido. Edad. Nacionalidad. Tiempo de residencia. Lee y escribe. Grado de escolaridad que ha cursado. Educación General. Hábitos de higiene. Otras ocupaciones. Vestido. Comer. Dormir. ¿Ha estado con mujeres? Onanismo. Pederastía. ¿Considera excesivo su trabajo? Duración del trabajo. Alcoholismo. Antecedentes judiciales. Datos económicos y sociales de la familia: ¿Es ahorrativa, pobre o indigente? Orfandad. Oficios y sueldos de los otros miembros de la familia. Ideas políticas, religiosas o sociales de la familia. Concordancia doméstica ¿El niño vive con su familia? Fisiopatología: ¿Padres enfermos, nerviosos, alcoholistas o delincuentes? ¿Hermanos enfermos? Enfermedades anteriores. Fisionomía. Raza. Estatura en proporción a la edad. Temperamento. Estado de nutrición. Órganos sexuales. Datos psicológicos generales. Funciones intelectuales, volitivas y morales. Pudor. Egoísmo. Vanidad. Gula. Honestidad. Mentira. Envidia. Cólera. Odio. Vagancia. Ideas sobre política y religión, estética, justicia, organización social, patria, militarismo, propiedad, amor. Datos especiales ¿Cuántos años lleva en el oficio? ¿Cuánto gana? ¿Por qué vende diarios? ¿Le agrada el oficio? ¿Por qué no lo cambia? ¿Cuál le gustaría? ¿Cree que sus padres lo explotan? ¿Por qué no se independiza? Observaciones. (330-331).

Estas preguntas - más allá de cargar con claras ansiedades de época sobre las clases populares (alcoholismo, ideas políticas, religiosas, sexualidad, promiscuidad, moralidad) muestran la multiplicidad de ángulos por los que se ingresa al objeto de estudio y el amplio

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rango de factores que se consideraban posibles causas de la criminalidad juvenil. Me interesa resaltar el gran peso que conforman los datos sobre la familia, ya que ésta era pensada como factor principal en la transmisión de defectos congénitos (enfermedades), pero también como espacio de observación de los factores económicos y sociales que forman parte en la determinación del accionar delictivo (sobre el alcance en la consideración de estos factores nos detendremos más adelante). Al mismo tiempo, esta operación autorizaba la intromisión del Estado - a través de los investigadores y con la legitimación que otorgaba la búsqueda de las verdades científicas- en la vida de las familias populares. Dentro del proyecto de construcción del Estado-nacional se les asignó a las familias dos tareas fundamentales: como centros de reproducción, proporcionaban sus hijos a la patria, y como centros de socialización primaria debían transmitir los valores de argentinidad12 que serían reforzados más tarde, al enviar a sus niños a la escuela. Para los dirigentes, el ambiente familiar debía encaminar esta tarea hacia la formación de una disciplina que en el futuro permitiera a esos niños convertirse en ciudadanos competentes y trabajadores productivos y así asegurar el progreso de la nación. Por ello, las clases dirigentes veían con inquietante preocupación que muchas familias (en especial las de las clases populares) fallaban en esta función, razón por la cual se sirvió del dispositivo de la ciencia para observarlas y, en muchos casos, intentar reemplazarlas. En la introducción establecimos la importancia de los positivistas que, además de constituir la ciencia de referencia, fueron cooptados por el Estado como personal cintífico-técnico para la implementación de reformas. El mismo Ingenieros encuadra su estudio en el proyecto de nación considerando que “tantos los niños (ex vendedores de diarios) que se orientan al delito como los pocos que ingresan a las filas de la clase trabajadora, constituyen una masa ignorante, perjudicial al progreso del país” (343, la cursiva es mía).

Mead (1994) muestra cómo la mujer – en el marco de jerarquía patriarcal – es propuesta como la principal responsable de transmitir esos valores al interior del hogar. En el caso de las mujeres de la aristocracia (especialmente a través de su labor de la Sociedad de Beneficencia) su función como madrestransmisoras de valores, no se circunscribía al hogar de sangre, sino que se hacía extensivo a la Naciónfamilia, en la cual los sectores populares eran vistos como menores a los que había que educar.

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Volviendo a la investigación de Ingenieros, una vez reunida la información, separa a los niños vendedores de diario en tres grupos: industriales, adventicios y delincuentes. Los primeros son trabajadores permanentes, los segundos intermitentes y los terceros han renunciado a su antiguo trabajo para dedicarse a la delincuencia. Por la riqueza de las descripciones, citaré a continuación gran parte del trabajo. Dice de los industriales, que los hay entre 6 y 18 años:

La educación general es escasísima, no podrán resistir la más leve comparación con los niños de la peor de las clases de cualquier escuela graduada. Algunos han sido ocupados en otros oficios accesibles a la actividad infantil ... pero han regresado o vuelto a este oficio porque sus padres lo consideran más lucrativo. Un 5% de estos niños viste con decencia e higiene; el 10% viste regular; el 70% mal; el 15% son harapientos. Carecen de nociones higiénicas: ... sólo uno entre 160 tiene la costumbre de lavarse los dientes. Casi todos son masturbadores, algunos son pederastas; la séptima parte a los 10 o 12 años ha tenido relaciones heterosexuales. Por lo general gustan poco de la bebida; muchos fuman pero a disgusto.... Suelen trabajar 3 a 5 horas por la mañana y 2 a 4 horas por la tarde; un total que varía de 5 a 9 horas. / La herencia degenerativa es poco pronunciada en los niños de este grupo; frecuente es el alcoholismo en los padres; en pocos casos hay pequeña delincuencia... estatura escasa en proporción a su edad, la agilidad es mayor que en los niños de igual edad. Sus enfermedades frecuentes son debidas a su mal régimen alimenticio y a la falta de higiene personal. ... / Los caracteres psicológicos de estos niños revelan mucha inferioridad comparados con los niños en general. ... los observadores superficiales podrían confundir con exceso de inteligencia ciertos refinamientos astutos que son generalizados en el gremio y que no son sino contagios mórbidos de los otros dos grupos de vagos y delincuentes constituyendo la puerta de entrada a la criminalidad infantil. ... Su moralidad es escasa; predominan en su espíritu las ideas de egoísmo, crueldad, vanidad y odio, propias de todos los niños; tendencia grandísima a la mentira. ... / Tienen ideas heterogéneas y mal definidas sobre la propiedad y carecen de ideas exactas sobre el amor: uno de ellos es ‘novio’ de su hermana, llevando a cabo sobre ella actos sexuales diversos, principalmente la masturbación recíproca ... / Algunos comprenden que son explotados por sus padres, la mayoría lo ignora. (332-335, la cursiva es mía).

Sin duda estos párrafos constituyen una dura e incómoda descripción de la vida de estos niños. Impresión que se intensifica aún más cuando Ingenieros aclara que “Estos datos son los de una pequeña elite del gremio” (335). Revertido el rol tutelar de los progenitores, se resalta su interés lucrativo y la actividad explotadora en relación a sus hijos; Ingenieros calcula que el ingreso del menor era fundamental para la subsistencia de la familia en sólo 1 de cada 70 niños vendedores (345-6). En lugar de protegerlos, los padres los exponen a los ‘contagios mórbidos’ de los otros dos grupos, es decir, de los vagos y los delincuentes. Ingenieros explica que una vez

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en la calle, sellan amistad con otros menores. Luego de un tiempo se dan cuenta de la explotación paterna de la que son víctimas, tras lo cual abandonan su hogar y pasan al siguiente grupo, los ‘adventicios’ (340). Ellos, que tienen entre 9 y 15 años, son descriptos de la siguiente manera:
-.... masturbación y pederastería más generalizada; frecuente onanismo recíproco y aún el coito bucal recíproco. La tercera parte ha tenido relaciones sexuales. Muchos gustan de la bebida, casi todos fuman. Son muy aficionados al juego. Trabajan una o dos horas por la mañana ... Su ideal sería no trabajar. / Viven separados de sus familias, algunos han sido despedidos de ellas, porque no ganaban tanto como sus padres pretendían; otros se han separado de ellas no pudiendo adaptarse a las exigencias de su explotación, o han preferido la vida vagabunda, exenta de obligaciones, sin que por ella atravesarían rápidamente, rumbo al delito. / En estos niños los caracteres degenerativos son más pronunciados que en los anteriores... / Psicológicamente, son aún más astutos que los anteriores. Inteligencia mediocre... mayor desconfianza, que los hace más antisociales. ... Crueldad mayor: exageración de todos los caracteres malos propios de la psicología del niño .... Varios menores han tenido amoríos rudimentarios: una media docena se jactan de haber violado a menores ...” (336-7).

Es importante rescatar que no todos los adventicios pasaron por la etapa industrial, algunos ingresaron directamente en este grupo. Esta es la fase en la que se vinculan con menores raspas, entran a formar parte de las gavillas de ladrones precoces o sirven de anexos a delincuentes adultos. Experimentan sus primeros contactos con la policía y rápidamente pasan a formar parte del grupo de delincuentes. Los que Ingenieros entrevistó tenían entre 10 y 18 años:
El alcoholismo es mucho más frecuente. Las relaciones heterosexuales son comunes: en muchos casos hay tendencia al proxenetismo ... Los pederastas activos son más numerosos que en el grupo de los adventicios, pero en cambio escasean los pederastas pasivos.... / En sus datos de familia nada hay de particular que los distinga del grupo precedente. / Aquí la herencia degenerativa se encuentra más recargada que en los vagos. En su estática psicología el predomino de la astucia es absoluto. La vanidad delictuosa exageradísima; algunas cualidades antisociales de los delincuentes adultos parecen estar intensificadas en los menores que se encarrilan por la vía siniestra del delito... / El carácter especial de la delincuencia precoz, aquí como en todos los países, es el predominio de las formas astutas sobre las violentas. Su campo de acción predilecto lo forman los atentados contra la propiedad ... / La prisión no es para ellos un correctivo, sino una escuela de perfeccionamiento en el delito ... / Es rara su intervención en delitos de sangre; pero no se crea que tienen altos sentimientos morales que lo alejen de él; es más bien una falta de capacidad para consumarlos ... (336-337)

Varias cosas para rescatar de la caracterización de estos niños. En algunos aspectos parecen pequeños adultos: no van a la escuela, trabajan, pasan la mayor parte de su tiempo en la calle,
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son explotados por sus padres, o directamente viven librados a su propia suerte, su alimentación e higiene son malas, no responden a autoridad alguna, experimentan su sexualidad tempranamente, cometen delitos, son detenidos y condenados, tienen vicios (alcohol, tabaco). Pero no sólo saltean la infancia para experimentar situaciones propias del mundo adulto, además se desvían de los cánones establecidos: la sexualidad no sólo es temprana, sino homosexual, violenta e incluso incestuosa. Por ello en algunos casos no son siquiera comparables con los demás niños. En ellos no se puede depositar el futuro del país, más bien constituyen una fuerza contraria “Una turba de 10.000 vagos – aumentada cada día por los que atraviesan el desfiladero de la venta de diarios – constituye un factor de desorden y de regreso.” (343). Tras este desmoralizador panorama, la solución que Ingenieros propone es la siguiente:
La profilaxia de esa delincuencia precoz debe consistir en una serie de reformas especiales que, combinadas con una inteligente pedagogía científica, modifiquen el ambiente que encamina a los niños al delito al mismo tiempo que encaucen, de una manera útil a la sociedad, las tendencias antisociales debidas en gran parte a la herencia degenerativa. Y el ambiente de los niños vendedores de diarios, que es un puente hacia el delito, debe ser prontamente suprimido, para evitar ese triste desfile de la niñez hacia formas de actividad que le son perjudiciales, a la vez que perjudican a la sociedad entera. (339, la cursiva es mía).

Para empezar, Ingenieros propone la ‘profilaxia de esa delincuencia precoz’; este método, como vimos, respondía a una conceptualización médica de la delincuencia. Así, la separación del menor del medio en el que se desarrollaba evitaría el ‘contagio mórbido’ que el autor describe en el caso de los industriales. Ahora bien, para llevar a cabo la profilaxia de los menores Ingenieros indica, en el primer párrafo, modificar el ambiente que los ha encaminado al mal. Esta modificación implicaría llevar a los menores a otro lado, a un espacio ‘impoluto’ donde se intente regenerarlos y convertirlos en individuos útiles a la sociedad. ¿Qué hacer con el ambiente que los engendró? En el segundo párrafo utiliza la expresión suprimir, pero ¿a qué ambiente se refiere? Más adelante nos aclara:
Y bien: puede afirmarse que la existencia de un ambiente infantil estrechamente vinculado con la vagancia y con la delincuencia precoz, es la

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condición para pervertir a los niños que entran a él, haciendo germinar la más pequeña larva antisocial que pudiera existir en su psiquis, a la vez que ahogando otros sentimientos altamente sociales, capaces de alcanzar gran desarrollo en otro medio. (341-342)

Es decir, la noción de ambiente se circunscribe al espacio cotidiano de los menores, donde enlazan sus amistades con otros, que los contagian de vagancia y delincuencia. Aquí me gustaría retomar el tema de la consideración de los factores ambientales previamente anunciado. La atención puesta sobre los factores del medio no pasaba del nivel micro. En primer lugar, se señala a la familia que explota al niño empujándolo a trabajar, o que lo libra al abandono y la vagancia. En segunda instancia, se apunta al ambiente inmediato de la calle por ser escenario del contacto con otros menores ya corrompidos. Sin embargo, el análisis no logra pasar de este nivel micro; Ingenieros no llega a considerar a la estructura macrosocial (la estructura económica, la pobreza) como posible causa de la ignorancia o desinterés de aquellos padres que no mandan a sus hijos a la escuela, no les inculcan nociones de higiene, ni los proveen de buena alimentación. ¿Cómo explicar esta imposibilidad de cuestionar la estructura económica y social como causa del medio que encamina a los menores hacia el delito? Seguramente la pregunta conduciría a un trabajo independiente. Sin embargo, con los elementos que tenemos hasta acá propongo dos posibles explicaciones. La primera está en relación con es la innovación introducida por los positivistas que consistió en individualizar la comprensión de los factores que llevan a la persona a delinquir y del tratamiento para corregirlo. Sin desestimar los grandes beneficios que trajo este cambio13, la insistencia en el tratamiento personalizado para cada delincuente posiblemente haya velado la opción por ver cómo mejorar las condiciones de las cuales éstos provenían. Es decir, la ciencia de ese momento no tenía conciencia de que son los
investigadores los que construyen el objeto de estudio. En este caso el efecto es reforzado por la unidad material del individuo. Sin embargo, la caracterización de los menores como ‘menores delincuentes, o futuros delincuentes’ según el caso, estaba sin duda resaltando un aspecto particularizado de estas pequeñas personas. El segundo punto no desestimable es la concepción sobre los impulsos

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antisociales (más generalizados en las clases populares) como manifestaciones de características atávicas, creencia basada en el prestigio de las verdades científicas (en este caso propiciada por el darwinismo social). Sus características primitivas estaban selladas por la herencia degenerativa, con lo cual la causa se presenta intrínseca al individuo (olvidando una vez más otros factores estructurales). Sin embargo, esta interpretación se muestra matizada por el eclecticismo de Ingenieros, quien concebía que en muchos casos la herencia podía ser moldeada por la educación. Por ello, sería simplista acusar a Ingenieros de simple miopía o agente de las clases dominantes, ya que su posición no es de simple desprecio por las clases populares - como podrían acusarlo frases de su autoría como “Diez mil vagos, salidos de las filas de los vendedores de diarios, son un peligro para el orden de cualquier ciudad populosa14” (343); también estaba preocupado por cómo esta situación “obstaculiza el progreso general para una mejora progresiva de las clases trabajadoras”15 (345). La época se caracterizó por una ferviente creencia en el progreso de la mano de la ciencia, de la que pocos escapaban. Incluso los anarquistas hacían sus apropiaciones de estas tendencias (Gelli 1992).

Finalmente, si bien la herencia degenerativa es una característica que aparece como diferenciadora de los tres grupos (en el primero son ‘poco pronunciadas’, en el segundo ‘más pronunciados que en los anteriores’, y en el tercero aún ‘más recargada’) al final del texto se realza la preeminencia de los factores exógenos para el caso de los vendedores de diario (lo cual señala, una vez más, el eclecticismo de Ingenieros):
Se deduce la siguiente conclusión, ya indiscutida: individuos que en dadas condiciones sociales jamás serían delincuentes, están condenados a serlo en otras condiciones de medio. Negar esa acción del ambiente sería absurdo. La herencia gravita sobre el individuo, pero la educación ejerce su acción sobre ella, modificándola y Como dijimos, se empiezan a considerar las complejidades involucradas en la perpetración de un delito, sin asumir el libre albedrío de la persona que delinque. 14 Y otros horrores como bendecir al alcoholismo, la viruela y la tuberculosis por los benéficos efectos depuradores que habían acarreado al diezmar a las poblaciones indígenas y africanas de la provincia de Buenos Aires. (!) (Terán 1986, 56). 15 No hay que olvidar el pasado anarquista devenido socialista de Ingenieros. Como diría Lila Caimari, no se lo puede acusar a Ingenieros de ser un hombre de su época.
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adaptándola a las condiciones de vida y desenvolvimiento más compatibles con el medio. ¿Y quién podrá negar que el ambiente que acabamos de fotografiar, en datos y cifras, es el más propicio al desarrollo de la criminalidad precoz? (341-2)

En la última pregunta podemos observar nuevamente cómo el ambiente se circunscribe a lo inmediatamente cercano, dado que en la ‘fotografía presentada’ jamás se habla de las causas de la pobreza sino que se pone a la pobreza como causa. Antes de pasar al próximo apartado, me gustaría enfatizar cómo en el trabajo de Ingenieros - a través del estudio de los vendedores de diario- la infancia marginal (menores que trabaja, vagan y/o vagos que viven en la calle) se propone como el primer paso a la delincuencia juvenil. La niñez abandonada y vaga se convierte en una amenaza para la sociedad en tanto cultivo de delincuentes precoces. El primer paso de la solución indicada por los criminólogos positivistas fue la separación del medio que los había iniciado en el camino del mal. La reclusión en asilos – práctica anterior que en el Río de la Plata data de los tiempo de la colonia16 - parecía funcional para aplicar dicha ‘separación’ (a menos a primera vista17). Así, la práctica de reclusión en asilos practicada por el Estado y las asociaciones privadas, cobró un nuevo impulso gracias a su legitimación por las verdades científicas alcanzadas por los criminólogos positivistas. Posiblemente, la conjunción de esta nueva legitimidad con el aumento de niños abandonados haya impulsado, también, la creación de nuevos asilos que anunciamos en la introducción. La separación de los menores del medio era el primer paso en la agenda positivista: la segunda etapa consistía en la reeducación de los delincuentes regenerables. En el próximo apartado vamos a ver los informes que presentan las personas e instituciones encargadas, en la práctica, de la consecución de este objetivo. Me interesa aclarar que el análisis es sólo discursivo y no intenta documentar si este objetivo era realmente alcanzado.

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La casa de los expósitos, por ejemplo, fue fundada en el año 1779. (Gallo 2002, 33) Hago esta aclaración porque el hacinamiento en los asilos hacía que muchas veces éstos no fueran el lugar más adecuado para la ‘regeneración’.

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ii – Los informes del Asilo Correccional de Menores varones. El objetivo de convertir al delincuente en un hombre útil a la sociedad también es anterior al positivismo y puede remontarse globalmente al Reformismo Ilustrado del siglo XVIII. Para Bentham, por ejemplo las casas de corrección, a través del trabajo, tenían la capacidad de convertir a un delincuente en un hombre “útil a sí mismo, a su familia y a la patria” (en Caimari 2002a, 145). En el Río de la Plata, el pensamiento de la nación fue concomitante al del castigo civilizado. La idea ilustrada que creía en la regeneración del individuo a través de diversas técnicas de reclusión, disciplina y trabajo, organizados por un sistema de premios y castigos, ya estaba instalada durante el siglo XIX y se plasmó en el movimiento penitenciario a partir de la segunda mitad del siglo. En ese lugar es donde se acopla el positivismo inyectando un renovado influjo científico pero también cediendo a lógicas institucionales y tradiciones del proyecto penitenciario (para más detalles sobre estas dos corrientes y el resultado de su conjunción ver Caimari 2002a). Por ello, el discurso ‘positivista’ de reforma estaba ligado a las prácticas de los reformatorios y colonias agrícolas. En los Archivos ... , se publican en los años 1903 y 1904 las memorias del Asilo de Reforma de Menores Varones elevadas al ministerio de justicia, donde asilaban a “los delincuentes precoces, los niños abandonados y los hijos incorregibles”. Los informes patentan el encuentro del positivismo con el Reformismo Ilustrado. Lo primero que hacen los autores, Adolfo Vidal y Benjamín Torres García, director y secretario del asilo, es justificar la institución en su relación al marco legal que la investía de una misión preventiva y de defensa social, según las nociones modernas de la pena. Además enmarca su accionar en un deber a la sociedad:

Y ya era tiempo, digo, porque se debía a la Opinión Pública esta rehabilitación y porque era menester colocar a este Asilo de Reforma en el camino por donde marchan sus congéneres europeos so pena de quedarnos muy atrás en los medios de reprimir la delincuencia precoz. (1903, Sección I)18

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Por un inconveniente en la transcripción de estos escritos, en lugar de especificar las páginas señalaré la sección del artículo en que se encontraban.

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La solución por la que optaban para regenerar a los menores –y que en el informe decían aplicar con relativo éxito19- era “la acción conjunta de la escuela y el taller, es decir de la ilustración y el trabajo” (1903 Sec.II) continuando así la tradición proveniente del Penitenciarismo del siglo XIX. (Un positivista puro hubiera insistido en descubrir las particularidades psicológicas para ver qué tratamiento le tocaba a cada uno.) Ambas prácticas son justificadas en sus poderes regenerativos. La importancia de la educación – sobre la represión - cuando se trata de menores se sostiene en “la verdad científica que informa á dicho postulado” y en su indiscutible influencia “en la lucha contra el vicio y la perversión moral de los desgraciados menores que llegan a esta casa para purgar sus faltas y morijerar sus tendencias delictuosas” (1903, Sec. II) La importancia que se le da al taller, por otro lado, era doble: además de ser considerado un excelente medio para la rehabilitación, libraba al Estado y a la sociedad de un gran peso económico:
Como elemento educativo y moralizador el taller ha concentrado nuestra mayor atención durante el año transcurrido, y gracias a esta asidua vigilancia se ha llegado a obtener de él eficientes resultados bajo el punto de vista de la reforma de lo niños, así como bajo la faz económica. (1903, Sec.V)

Caimari (Mimeo B) y Salvatore (2000) encuentran, de hecho, que en la práctica penitenciaria durante el período posterior, la capacidad de trabajo era usada como índice de adaptabilidad del penado para reintegrarse a la vida social. Por ende, era este índice, y no el tipo de delito cometido, lo que le permitiría beneficiarse de la libertad condicionada20. Sin embargo, a pesar del peso que en las memorias del asilo se da a las descripciones del taller (detallando la cantidad de profesores, los volúmenes producidos y las ganancias obtenidas) y las repetidas veces en que se afirman sus bondades, los autores dan conocimiento
19 Pisciotta (1994) estudia el abismo que existía entre el discurso y la práctica del Reformatorio Elmira en Nueva York, destinado a delincuentes jóvenes, que era por entonces el modelo de este tipo de instituciones. Pisciotta descubre que a pesar de un discurso moderno, de reeducación, la aplicación de castigos corporales seguía existiendo, además de los defectos propios de las instituciones totales, como la resistencia de los individuos al sistema. 20 “Observaciones ... referentes a penados sin pasado profesional estable, conducían directamente a diagnósticos negativos de adaptabilidad (y denegación de la libertad condicional). En cambio, si un jornalero que había cometido un crimen de mayor gravedad (homicidio) podía demostrar que su larga

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de la posición que lo pone en duda. El mismo Ingenieros, director de los Archivos ... , en el trabajo sobre los vendedores de diarios sostiene: “Pero lo grave no es que los niños no aprendan un oficio en esa edad, puesto que no sería conveniente por razones elementales de higiene” (1908, 342). En última instancia, los directores del asilo rescatan su ventaja económica:
Es cierto que el problema del trabajo en las prisiones, principalmente en las destinadas á los niños, no está aún resuelto de un modo uniforme y definitivo, pero es evidente para todos los que siguen esta solución se encaminan más y más a propender que el delincuente sea lo menos gravoso posible a la colectividad durante el tiempo de su reclusión. (1903, Sec.V)

El pensamiento positivista parece penetrar, más bien, en las explicaciones que se tratan de dar sobre los menores delincuentes:
Si se estudia la entidad psicológica de nuestros criminales precoces y nos remontamos al medio social de donde provienen, se llega fatalmente a estas consecuencias: que la primera está caracterizada en la mayoría de los casos por una tendencia a la holgazanería, por la falta de un sentido moral medianamente diseñado, por la ausencia casi completa de las nociones de respeto y de amor, y llena de esas sombras que proyecta la ignorancia y que constituyen el caldo más propicio para la fermentación de gérmenes criminosos y nocivos. La población de nuestra institución, niños criminales, vagabundos y abandonados, física y moralmente, está caracterizada por un espíritu exento de toda cultura, cuando sus inclinaciones no son engendradas por herencia psicopatológicas manifestadas en estigmas morales o físicos de fácil reconocimiento. Y al decir esto diseña también todo un sistema de educación para servir de ataque y preservativo a estas precoces enfermedades del espíritu, tan proficuamente extendidas en la infancia de los hogares humildes de nuestra sociedad, allí donde el pauperismo y el vicio provocan tantas podredumbres morales y engendran tantas corrupciones del sentimiento y del carácter. (1903 Sec.II)

Aunque no con mucha claridad, los directores de asilo tratan de aplicar conceptos provenientes del positivismo (consideraciones psicológicas y ambientales, vicio, perversión moral, la consideración de tendencias delictuosas, estigmas morales y físicos) para describir a los menores que tienen a su cargo. Es interesante ver cuál es el proceso por el cual los niños devienen delincuentes. Estos párrafos parecen sugerir que, si bien la degeneración es orgánica, ésta penetra como un gérmen cuyo desarrollo es propiciado por el medio social. Además, su

historia laboral había desembocado en una posición de relativa estabilidad, ... su diagnóstico de peligrosidad era favorable.” (Caimari Mimeo B)

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influencia no es sólo importante en el cuerpo, sino en entidades menos materiales como la moral, el sentimiento y el carácter. Al igual que Ingenieros, que llegaba a la conclusión de que el medio era, para el caso de los niños delincuentes, el factor más importante en la determinación de accionar delictivo, en el informe de 1904, al comentar la obra de moralización y educación de la escuela, la preferencia por ese tipo de determinación se hace explícita:
..... (la enseñanza en la escuela) ha esparcido eficazmente en el cerebro y en el alma de los niños la ilustración y la moral necesarias para disipar en ellos preconceptos y maldades engendradas, en la mayoría de los casos, más por la ignorancia que por el fatalismo de la herencia. (1904 Sec.IV, la cursiva es mía.)

En general, los discursos de las instituciones que intentaban aplicar las prácticas de reclusión, profesaban una tenaz fe en la regeneración y el valor que prevaleció fue el de la determinación social. En la revista de Policía, por ejemplo, se sostiene que es la “instrucción que puede destruir las tendencias congénitas del niño que le hace comprender claramente la separación del bien y el mal, lo justo de lo injusto” (Revista de Policía, 1988, N°33 en Ruibal 1990, 86). Asimismo, Agustín Álvarez comenta: “por cierto no es necesario cambiar de raza étnica para cambiar de civilización moral.” (González 2000, 138). Los directores estaban cautivados por las posibilidades que prometía la ciencia e impulsaban con entusiasmo el conocimiento psicológico e individual de los menores. Para contar con el beneficio de este tipo de información, en la memoria publicada en el año 1904 peticionan la habilitación de una sección de psicología y atropometría, ya que las observaciones allí realizadas serían de inmediata utilidad para la educación del niño “culpable, imperfecto o anormal.” Al respecto se argumenta:
... creo con todo fundamento que esta parte científica del Establecimiento debe estar localizada en su sección médica, como lo está en todas las Casas de Reforma similares de Inglaterra, Estados Unidos y Francia. En la tarea que nos incumbe, de guiar el desarrollo general del joven asilado, de corregir sus desviaciones y de promover la cultura integral de sus facultades físicas, intelectuales y morales, en esta tarea, decía, tan difícil como noble, los que la desempeñamos podemos palpar diariamente la falta de estas informaciones a que me vengo refiriendo. El educador necesita a cada paso la indicación del médico, del fisiólogo y del psicólogo. Gracias a ese auxilio, y sólo así, puede substituir las observaciones de

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conjunto por las de carácter personal, individual, en que necesita fundarse la acción pedagógica moderna. (1904 Sec. VII).

Como se puede ver, en estos párrafos están presentes la observación individualizada y la práctica de clasificación, típicas del positivismo. También se señalan –como modelos a seguir instituciones del mismo género en Europa y Estados Unidos, referencias que son muy recurrentes durante este período. Desencuentros entre realidad y teoría A pesar del abrazo de los objetivos del reformismo, las técnicas del positivismo y la intención de regeneración de ambas escuelas, en esta memoria las explicaciones científicas y la evocaciones al éxito de la misión, se van intercalando con referencias a los obstáculos que, en la práctica cotidiana, va imponiendo la realidad (falta de recursos monetarios, espacio, incapacidad de profesores y celadores, alta movilidad de menores que no daba tiempo a aplicar el programa de reforma, etc.). Será tal vez por eso que al comenzar el informe se había advertido sobre el “sello inconfundible de la experiencia, tanto o más necesaria que la teoría para el manejo de esta clase de instituciones” (1903 Sec. I).

Retomando los contenidos trabajados, vimos en este capítulo cómo los métodos de observación y conceptos del positivismo eran aplicados en la investigación de la delincuencia de menores. Mercante presenta a un niño que es, por naturaleza, atávico. Nace con toda clase de tendencias al crimen siendo el crecimiento un proceso de mejora por la acción paralela de la biología y la educación. Éstas adaptarían al menor a las particularidades del medio moderno, donde deberá interactuar con la sociedad y otros individuos. Luego pasamos al trabajo de Ingenieros sobre los menores vendedores de diario, de quienes realiza una descripción en términos negativos, presentándolos con características de adulto. Al establecer la cadena de contagio: calle → vagancia → delincuencia, concluye que para el caso de los menores los factores sociales tienen preeminencia sobre los hereditarios. Sin embargo, esta consideración no va más allá del micro espacio donde los vendedores desarrollan su actividad, dejando de lado preguntas más complejas sobre las estructuras social y económica.

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Finalmente, tomamos las memorias del Asilo de Menores Varones, para ver cómo se aplicaban las prácticas positivistas. Vimos que había una fuerte continuidad con la tradición del penitenciarismo (fe en el trabajo y la educación como fuerza regeneradora de todos los individuos) a la cual se acoplaban ciertas premisas del positivismo (sobretodo en el uso de la grilla para entender a los delincuentes menores) y un gran entusiasmo por las beneficios que prometía el conocimiento absoluto proporcionado por la criminología. En ambos casos, el marco del proyecto de un Estado Nación en el camino del progreso se toma como referencia para dar sentido a las acciones en las que estaban involucrados.

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3. LOS NIÑOS EN LA PRENSA

3.1 - Dos infancias
Ni el más abandonado por la suerte puede decir que no ha gozado de la ventura, porque ha sido niño. La Nación 1/1/99, pág. 3 Anterior a su prisión era vendedor de diarios, uno de esos pobres que se forman entre el trabajo y el vicio. Poco a poco se corrompió, hasta que con fecha 28 de febrero de 1894, estuvo preso por haber lesionado a otro vendedor de diarios. En mayo del mismo año era preso por hurto y en 1895 por infractor a la ley de enrolamiento. La Nación 30/1/1897, pág. 5.

El espacio dedicado a los niños en la prensa parece estar polarizado en dos imágenes: en la crónica social el niño es presentado dentro de la tranquilidad y el orden del ámbito familiar; esta representación contrasta con el menor de la calle, frecuente protagonista de la crónica policial y de artículos sobre la infancia abandonada. Esta dicotomía entre un interior seguro y un afuera amenazante es característica de las sociedades burguesas, donde los valores del seno de la familia contrastan con una cruda realidad urbana (Hobsbawn 1998, 54). El niño pasa a ser el centro del hogar y objeto de todo tipo de inversiones: afectivas, económicas, educativas y existenciales, ya que eran vistos como la perpetuación de la familia (Perrot 1989, 152). La historia social occidental moderna, incluye como tema fundamental la construcción de la familia burguesa, que es a su vez inseparable del lugar simbólico y real de la niñez. Es en este espacio burgués donde se definen los límites de la normalidad (Ríos, Talak 1999, 142). Si bien mi interés principal versa sobre la infancia marginal, es importante conocer la figura de la ‘infancia normal’ contra la cual se recorta la imagen del niño de la calle. En la Buenos Aires del cambio de siglo, este tratamiento ‘burgués’ de la infancia se da en algunas familias de clase media y en las de clase alta. Los niños del primer grupo que habitaban el norte de la ciudad, tenían cierto contacto con la calle ya que asistían a escuelas públicas. Pero sus padres programaban las actividades extra-escolares de tal manera que el niño quedara “confinado en la familiar clausura” de su hogar porque “dar una vuelta a la manzana ya parecía cosa arriesgada” (Eduardo González Lazuna y Baldomero Fernández Moreno, respectivamente, sobre sus infancias en Ciafardo 1992, 27-8). Para las niñas esas actividades consistían en juegos
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que reproducían el rol materno o visitas a los hogares de las amistades de sus madres o a de sus propias compañeras de colegio. Para los varones, “se inventarán una variada gama de juegos y actividades caseras que los mantendrán más tiempo dentro del límite del hogar: construcción de canastos, juegos con bloques de madera apilables, experimentos químicos, etc.” (30). En cuanto a los niños de los sectores medios del sur, que también concurrían a la escuela pública, Ciafardo encuentra que tenían un mayor contacto con la calle y las plazas de los barrios donde vivían. Allí jugaban los días de semana y realizaban paseos diurnos los domingos, sin la vigilancia de personas mayores. Por esto el autor sugiere que estos niños copiaban o asimilaban costumbres de los más pobres21. El círculo de los niños aristocráticos está aún más reducido a sus propias familias. Para su educación no recurrían a la escuela pública, sino que preferían institutrices extranjeras y/o maestros particulares, con lo cual tanto el ambiente educativo como el lúdico estaban formados principalmente por hermanos y primos. El contacto con los otros niños se daba con motivo de los paseos, observándolos ‘desde arriba’ posición privilegiada desde el interior de los lujosos carruajes, y desplegando sus ‘juguetes importados’. Para ellos, la calle era sólo el lugar de tránsito. (Ciafardo 1992, pág. 36-40) Acorde a la descripción de Ciafardo, Ríos y Talak (1999) proponen, para Buenos Aires, dos circuitos a los que remiten las referencias a la niñez. Uno de ellos, el normal-burgués, se ubica entre la familia y la escuela. Una familia que cumple con su función moralizadora y con la educación obligatoria exigida por el Estado. Sobre este circuito dicen: “En la articulación de estos dos espacios (familia y escuela) se define lo normal de la niñez a través de una gama de representaciones y de intervenciones que se constituyen en modelo normativo y se entroncan con valoraciones propias de discursos políticos.” (139). El otro circuito es el que constituye el

Dentro de la historia social argentina todavía es escasa la producción bibliográfica sobre la historia cotidiana de los niños. En ese sentido el excelente trabajo de Ciafardo es único. Sin embargo este grupo de clase media, los grupos más populares, hijos de obreros que asistían a la escuela pública pero compartían algunas característica con los niños marginales, queda brevemente descripto. Posiblemente, la causa de esta brevedad haya sido la falta de documentación. (Para los niños marginales Ciafardo se proveyó de los estudios criminológicos y para los de clase media ‘norte’ y clase alta, de las memorias que éstos hubieron escrito cuando adultos.)

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interés central de este trabajo: el de la calle. Como veremos más adelante, este espacio generó otras representaciones e intervenciones sobre la infancia. La crónica social que La Nación presentaba sobre las costumbres en la ciudad de Buenos Aires cubría una gran variedad de tópicos. Se informa sobre los concursos de belleza22, las tendencias en la moda y los peinados. En el apartado Sociedad los padres más afortunados anuncian diariamente las fiestas que organizan en ocasión del cumpleaños de sus hijos e incluso se editorializa sobre la buena costumbre de las niñas que, imitando a sus madres, se reúnen con sus amiguitas a tomar el té, reproduciendo los roles de género tradicionales. Estas imágenes de una infancia feliz, rodeada de risas, juegos y brazos amantes, remiten a una idea del niño romantizada, como se puede observar en el siguiente fragmento de donde extrajimos el primer epígrafe de este apartado:
Pero sea lo que quiera, la vida del hombre más combatido por las tormentas, habrá tenido siempre su parte de poema, la infancia; y el ser más desdichado, el criminal que sube la grada del patíbulo, el loco encerrado en la celda del manicomio, el suicida que ha dejado en medio del camino su cadáver ensangrentado, habrá sido en los primeros años de su vida el embeleso de su casa, el encanto de su madre, el niño tierno y delicado que alegraba su hogar con su risa y sus juegos, y que encontraba dulce reposo en los brazos amantes de su madre o de su nodriza. No hay frente por rugosa que sea, que no haya recibido besos; no hay canas que no hayan sido ensortijados cabellos, ni calva que no haya estado poblada por sedosos rizos, entre los que alguna vez se enredaron dedos amorosos. Ni el más abandonado por la suerte puede decir que no ha gozado de la ventura, porque ha sido niño. (La Nación 1/1/99, pág. 3) 23.

Este párrafo ilustra claramente la idea burguesa de la niñez como una instancia pura, que no da lugar a la tristeza y mucho menos al delito. Éste, en todo caso, resultaba de un proceso de corrupción que sólo se manifestaría en la edad adulta. Esta imagen no sólo es el polo opuesto de lo presentado por los positivistas, donde el niño era descripto por Mercante como poblado de malos instintos; además, contrasta con los relatos de la crónica policial y con editoriales sobre la ‘infancia desamparada’ que, en el mismo diario, desplegaban otra realidad. Esta situación la ejemplifica claramente el epígrafe de este capítulo sobre el menor vendedor de diarios que fue noticia por haber herido mortalmente a su compañero de celda. Pero no era una excepción,
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Ver, por ejemplo, 2/9/1901.

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muchos niños, vedados de aquella niñez ideal, enfrentaban tempranas adversidades, participando incluso de actividades delictivas. En La Nación el Registro Civil publica diariamente los datos referidos a la cantidad de niños nacidos e inscriptos, especificando su género y su legitimidad o falta de ella24. La ilegitimidad no era una simple cuestión episódica. Por el contrario, en la mayoría de los casos implicaba la ausencia de un hombre que pudiera traer el sustento diario, en un mercado de trabajo donde la labor femenina era apenas reconocida y muy mal paga. Ríos y Talak (1999), por su parte, sostienen que al ser el matrimonio tradicional concebido como institución central en el sistema de lugares y de prestigio surge “la figura del hijo natural, ilegítimo, posteriormente abandonado a su suerte” (142). De hecho, la ilegitimidad y el abandono eran invocadas como “causas universalmente reconocidas” de la mortalidad infantil, en palabras de un médico de la Casa de los Expósitos al tratar de explicar el por qué del elevado índice de dicha tasa en la institución. (La Nación 21/1/08, pág. 8). Bajo el rótulo Policía los niños aparecen ora en breves referencias, como pequeños accidentes y peleas callejeras, ora en situaciones que posibilitan una narración más extensa, tal es el caso de delitos perpetrados individualmente o en gavillas. A partir de 1900, también en el apartado Policía nos encontramos con el reporte diario de criaturas abandonadas, hallazgos de pequeños cadáveres e infanticidios. Paralelamente, a veces incluído en la sección ‘Policía’ pero muchas veces en forma de editoriales, avanza una creciente cantidad de artículos que manifiestan preocupación por los menores detenidos en la policía, menores delincuentes, desvalidos, abandonados y vagabundos. A la aparición de estos datos en la prensa me dedicaré detalladamente en lo que queda del trabajo.

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Lamentablemente, sólo aparece el apellito del autor o autora (Kasabal) sin ninguna otra referencia. Es decir, la información se presentaba de la siguiente manera: Se han inscripto ayer: Legítimos: Varones, 3; Mujeres, 4. Ilegítimos: Varones, 2; Mujeres, 1.

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3.2 - La crónica policial En las secciones policiales aparecen noticias de diversa índole: desde pequeños accidentes cotidianos (como un hombre que se clava una espina de bagre, tras lo cual recibe curas en el Hospital Italiano), hasta grandes asesinatos o estafas. Como describe Caimari (2002):
Las secciones “policiales” de la época consistían en series de brevísimas informaciones sobre las grandes y pequeñas calamidades cotidianas de la ciudad. Choques, asesinatos, suicidios, mordeduras de perro, ahogos, golpes de calor, infanticidios, peleas, síncopes, robos de alhajas, cadáveres encontrados, quemaduras, niños abandonados, bicicletas robadas, caballos desbocados de sus carruajes, sujetos destrozados por locomotoras – la sección “policía” era el lugar donde los lectores se enteraban en pocos segundos de una multitud heterogénea de catástrofes cuya lectura alimentaba cotidianamente un imaginario urbano de abigarrada tensión.

En la periodicidad diaria de la crónica policial no había, por lo general, espacio para la reflexión. Por ello, el estilo que utilizaba era la enunciación de grado cero. Es decir, el hablante no dejaba rastros de su persona en el discurso, dando la sensación de una descripción objetiva de los hechos, que se sustentan en su propia realidad. Por eso, siempre que sea posible se presentan datos concretos como la fecha, el lugar, el nombre y apellido de las personas involucradas y se hace una descripción documental de lo sucedido. Me interesa describir en detalle este espacio dentro de la prensa en tanto presenta una infancia ‘inquietantes’, conformada por menores descarriada y abandonados, que se contrapone a la imagen de la sección Sociedad.

3.2.i - Menores que cometen delitos Con respecto a delitos cometidos por menores hay infinidad de ejemplos: aparecen con frecuencia protagonizando peleas callejeras que van desde simples trompones hasta reyertas más violentas con heridas de gravedad - incluso mortales- realizadas con proyectiles diversos (como un menor de 11 años que mata a otro de 3 con un membrillo), armas cortante o de fuego. También se informa sobre pequeños estafadores y ladronzuelos, cada uno con sus respectivos

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‘alias’. Sin embargo, el tema que suele atraer mayor interés es el de la existencia de gavillas25, es decir, redes de menores que, solos o bajo la tutela de algún mayor, se organizan para cometer ‘raterías’. El 12 de abril de 1897, por ejemplo, aparece en La Nación, bajo el título “Avechuchos” un artículo sobre el funcionamiento de una de estas gavillas. Luego de una extensa clasificación sobre los distintos tipos de ‘atorrantes’, apuntala a los menores:
Esta diversidad de tipos, les ha traído la molestia entre otros animalejos, de una bandada de avechuchos – menores rateros – perfectamente adiestrados, que hacen su trabajo de noche, ... La banda ha aparecido recién y parece tener grandes ramificaciones; la policía la conoce – pero nadie es más hábil que un pifete de estos, para eludir la justicia: se escurren como ratas, se hacen invisibles y conocen su código criminal y correccional en la punta de los dedos, como ya lo hemos demostrado más de una vez. ... Allí (en plaza Lavalle) era gran teatro de acción de la gavilla; roban dinero, relojes y ... sombreros. Anoche, la comisaría 5ª logró hacer una razia de avechuchos! ¡Qué familia aquella! ¡qué gritos! ¡qué llanto! ¡qué protestas! ¡qué insultos! Los rateros menores de edad son dañinos porque a sus hábitos de delitos unen el espíritu de travesura infantil que en criaturas de pésima tendencias, se transforma en maldad. ... hasta desafiando a la policía misma. Véase este detalle de precaución de los avechuchos: Ellos tienen su policía para vigilar a los vigilantes. ... Pasaba un sargento a caballo en su recorrida nocturna, sintió movimiento en la plaza, bajó del caballo y corrió a informarse de lo que pasaba. Los pilluelos se desbordaron; no halló a nadie y volvió a tomar el caballo ... Al poner el pie en el estribo, la montura cayó al suelo: ... los menores campanas (que espían la policía) habían cortado la cincha para evitar persecución rápida. Este incidente concluyó por resolver la batida que anoche llenó un calabozo de la comisaría. Hay allí pícaros de fama ya a sus pocos años. Para indicar lo serio que suelen ser estos robos, daremos cuenta de la denuncia hecha ayer a la comisaría 1ª, .... / (un señor) se había quedado dormido entre el paseo de Julio entre Piedad y Cangallo. Cuando despertó le habían sustraído la suma de 270$, ¡un anillo! y dos monedas de oro. Vaya un trabajo el de estas pequeñas ratas. (La Nación 12/4/1887, pág. 5, el subrayado es mío.)

Llama la atención el uso reiterado de metáforas y calificativos que identifican a los niños con el mundo animal: animalejos, bandada de avechuchos, adiestrados, ratas. Más adelante, veremos que esta identificación también es usada para referirse a los niños abandonados; posiblemente detente el carácter de inferioridad con el que se consideraba a las clases populares. Si bien en este caso existe una reacción del autor ante la situación (de asombro, de rechazo), el estancamiento en el hecho mismo, la ausencia de preguntas sobre sus causas, recuerdan la
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En La Nación, ver los artículos de los días 4/4/1897, 31/7/1898, 5/12/1898, 23/12/1898, 22/8/01, 2930/8/01, 11/3/03, todos ellos relatan delitos cometidos por, o detenciones, de menores organizados en gavilla.

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antigua noción de criminalidad, en la que el criminal se mide por el delito cometido; en esta ocasión, ‘las raterías’ cometidas por los menores. Cuando los casos son más resonantes, por su magnitud, monstruosidad o reiteración, la crónica policial se permite denunciar o articular opiniones que van más allá del hecho. El 11 de octubre de 1895, por ejemplo, aparece el caso de la ‘Niña envenenadora’. Esta chica belga, de 11 años, intenta matar con veneno para ratas a toda los miembros de la familia que la tenía como criada y al resto del servicio doméstico. Si bien el caso es subtitulado ‘Perversidad Infantil’ el cronista ¿enternecido por las “facciones agraciadas que sólo indican travesura”, por la certeza de que “sus facciones, la conformación de su cráneo, la salud de todo un organismo parecen indicar al menos experto que no se trata de uno de esos seres desgraciados que la degeneración impulsa al crimen”? decide separar a la niña de toda responsabilidad y explicar su criminalidad en el abandono de la infancia:
En las criaturas, por desgracia, los instintos malos abundan, pero si en la generalidad de los casos ellos no se traducen en hechos, esto se debe a un cúmulo de circunstancias que lo impiden y quizá han faltado en el caso de esta desdichada niña. Quizá, si la fatalidad no hubiera puesto a su alcance una materia venenosa, hubiera salvado la infancia y llegado a la edad de la razón sin cometer crimen alguno y exenta ya a toda tendencia perversamente irracional. Este caso desgraciado debe ser tenido muy en cuenta, pues él indica claramente, … que el abandono casi absoluto en que a veces se deja formar al ser moral de los niños tiene que acarrear las más temibles consecuencias. (La Nación 11/10/1895, pág. 6. La cursiva es mía)

Me interesa este relato por varios motivos. Para empezar, el cronista afirma que en todos los niños ‘los instintos malos abundan’, idea que contrasta con el aura de pureza que rodeaba a la infancia de la crónica social y coincide con la idea positivista sobre el niño del niño con tendencias congénitas al crimen. Esta coincidencia, como veremos más adelante, no se mantiene sino que se rechaza en otros artículos de la prensa. Por otro lado, adelanta una noción que va a instalarse en la prensa más claramente a partir de 1900: que el abandono de la infancia se remata fatalmente en la delincuencia. En esta ocasión, sin embargo, la relación entre abandono y delito es desactivada al ser remplazada por el discurso jurídico: un mes más tarde, el diario publica parte del informe médico-legal que sugiere

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que la niña ‘es una criminal precoz cuyas facultades intelectuales están desarrolladas en grado superior al ordinario y propio de las niñas de sus edad’ y que por ende ‘tiene discernimiento’. (La Nación 26/11/1895, pág. 5). Primero presentada como víctima de una situación indeseable, la niña pasa a una situación en la que puede ser culpada judicialmente (al establecerse que tiene discernimiento, no se puede apelar a la inimputabilidad por minoría de edad).

3.2.ii-Reporte diario de menores abandonados A partir de 1903 el lugar predominante de los párvulos en la crónica policial es ocupado por referencias diarias a los niños abandonados. Éstas, encabezadas por el título ‘Criatura(s) abandonada(s)’ o ‘Abandono de criaturas’ son noticias sorprendentemente breves. Hay dos tipos de abandono: un caso está constituido por los niños dejados principalmente en zaguanes o terrenos baldíos. En los datos se detalla el género del bebé –ya que son criaturas de días o meses- y el sitio donde fue encontrado. A veces se incluye la comisaría que corresponde al lugar y se menciona la iniciación del sumario. Por ejemplo: “En la esquina ...un agente ... encontró ayer, tendida en un umbral, a una niñita recién nacida, envuelta en trapos y papeles. / Fue remitida a la casa de los expósitos.” (La Nación, 23/12/1903, pág. 5) El otro caso paradigmático es el chico entregado a la policía por la persona que, tras haber aceptado criarlo a cambio de una mensualidad, deja de recibir el pago y no conoce el paradero de quien se lo había dejado. Se incluye nombre y apellido de la persona que lo entrega:
El día 23 del mes pasado se presentó en casa de Ana Baldéz, Paraguay 2240, la mujer María L., dejándole a su hijo Juan, de tres meses de edad, para que se encargara de su crianza, prometiendo volver al día siguiente con las ropas del niño y el importe de la mensualidad estipulada. / Como hasta la fecha aquella no se ha presentado, Ana hizo entrega ayer de la criatura en la comisaría 21, la que la envió en el acto a la casa de expósitos. (La Nación, 16/1/03, pág. 5).

También es frecuente encontrarse con el anuncio de ‘Pequeño(s) cadáver(es)’ para hacer referencia al hallazgo de bebés sin vida. Estas noticias son tan breves como las anteriores. En algunos casos, cuando el cadáver presentaba signos de violencia –como marcas en el cuello, signo de que pudo ser muerto intencionalmente- se expone la pregunta sobre la posibilidad de un infanticidio. Pero por lo general el ‘caso’ no se constituye como tal ni tiene repercusión.

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Para tener una idea numérica del abandono, durante los meses de marzo y abril de 1911 se denuncian de esta manera 18 casos de criaturas abandonadas y el hallazgo de 10 ‘pequeños cadáveres’. Mead encuentra que, en 1889 la Casa de los Expósitos recibía hasta 12 y no menos de 2 niños por día a través del torno libre26 (1994, 90). Si además agregamos que dicha institución tenía una mortalidad del 50 % e incluso más para los niños menores de un año, podemos darnos una idea del terrible destino deparado a estos pequeños. En estos anuncios sucintos, la desnudez con que estos datos eran presentados diariamente es estremecedora. Leps (1992), que analiza la crónica criminal en diarios populares de Francia e Inglaterra sostiene que la economía del estilo telegráfico, que presenta un máximo de información en un mínimo de palabras, hace invisible la mediatización del discurso, realzando la significación de los hechos por sí mismos:
‘... by erasing the emiter, this model erases the economical and political factors, the sociocultural praxis, which produces facts, and turn them into news- and this is a typical form of ideological knowledge... To erase the emitter (the social subject engaged in the production of knowledge), is to naturalize cognitive processes, to claim that knowledge somehow derives naturally from the essence of reality.’ (Leps 1992, 103)

Es decir, existe un proceso de selección por el cual algunas partes del continuo llamado “realidad” pasan a ser noticias. Este proceso se borra cuando el hecho se presenta sustentado en su propia realidad, o sea, a través de la enunciación de grado cero. Es así cómo, mediante la economía telegráfica del reporte diario de criaturas abandonadas en la ciudad de Buenos Aires, se vela el proceso que optó por mostrar el abandono y olvidar la coyuntura social y/o económica que yacía entre las causas de esta expulsión sistemática de niños. Incluso se omite la persona que abandona, como se puede observar en los títulos ‘criatura abandonada’ donde el sujeto se encuentra tácito o ‘abandono de criaturas’ donde ni siquiera hay un sujeto. El mecanismo es el mismo en el reporte de delitos cometidos por menores, con la presentación desnuda de los hechos, que parecen sostenerse en su inconfundible materialidad.

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El torno libre era el sistema utilizado para la recepción de las criaturas. Este sistema garantizaba el anonimato de quien dejara a la criatura. A pesar de las negativas de ciertos sectores que creían que la clausura del torno causaría un aumento en los infanticidios, este sistema es finalmente abandonado.

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Recordemos que en el caso del positivismo pasaba algo similar con la consideración de factores ambientales, que no pasaban del nivel micro. De esta manera, ya sea desde la ciencia o desde la prensa, se dificulta el surgimiento de un debate sobre esos factores económicos y/o sociales que llevan a las madres a abandonar a sus hijos. En otras palabras, al presentar el abandono como un hecho absoluto, objetivado por la invisibilidad de su mediación, se saltea la difícil pregunta sobre la incidencia de las decisiones económicas y sociales en el aumento de la infancia marginal, y sobre la (in)capacidad de las instituciones existentes para absorber esta nueva masa de niños. Para contestar a toda esta masa de objetiva realidad presentada en la crónica policial, había otros espacios en la prensa. Desde ellos se reacciona, se lamenta, se opina se explica y, paradójicamente, se formula la pregunta inversa: ¿qué efectos tendrán estos niños abandonados en el futuro económico y moral de la nación? A las maneras en que fue contestada esta pregunta nos dedicaremos en la próxima sección.

3.3 Tematización de la infancia abandonada Durante el período que examiné, no existía un patrón editorial establecido, como existe en la actualidad. A veces, el primer artículo luego de los anuncios clasificados (con los que empezaba y terminaba el diario) era utilizado para opinar sobre la actualidad económica o política del país. En otras ocasiones, también podían presentarse noticias internacionales e incluso, ese mismo espacio era utilizado para describir las últimas tendencias de la moda en París. En este trabajo, llamo tematización o uso el verbo editorializar para referirme a sujetos enunciativos que –a diferencia de la desnudez de la crónica policial- utilizan la prensa como canal para emitir sus opiniones. Estos artículos podían aparecer en ese primer espacio luego de los anincios, o intercalados entre las secciones permanentes. Muchos eran anónimos, otros firmaban con seudónimos, algunos parecen pertenecer al personal estable del diario, otros se reconocen como simples lectores. También se publican informes del personal administrativos del estado (jueces, policía) y legisladores.

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El apartado está organizado en cinco subsecciones. Las primeras cuatro se basan en recortes temáticos que realicé basándome en los conceptos que aparecen cuando se editorializa sobre la infancia marginal (abandonada o delincuente). La última tienen que ver con la exhortación al amor a la patria y el pedido de cooperación a la prensa (para que de publicidad, para que sirva de intermediario) en las reacciones para dar solución a la infancia marginal.
La gestión de la vagancia. Plausible iniciativa. El jefe de policía Dr. Beazley ha dirigido al ministerio del interior una extensa nota sometiendo a su consideración una iniciativa digna por todo concepto de estimulo y de apoyo. Estudiando las proporciones que toma diariamente en Buenos Aires la vagancia, y la acción permanente y nociva que ejerce en las costumbre del pueblo, expresa el Dr. Beazley que la causa del mal se encuentra en el abandono de la infancia, y señala la necesidad de ponerle remedio eliminando este factor de perturbación. Las sociedades privadas no bastan para recoger a los niños abandonados, especialmente los que no son huérfanos. Y debido a esto pululan por las calles millares de menores que desde su primera edad se hallan iniciados, por el medio en que viven, en todas las tenebrosidades de la corrupción y del vicio. De ahí sale la vagancia que tan considerable aporte lleva anualmente a las tablas del delito y a todos los capítulos de la crónica policial. El remedio está, pues, en encontrar un medio eficaz para recoger a los niños abandonados, infundirles hábitos de orden y de trabajo y habilitarlos para ganarse ampliamente la vida con la instrucción práctica de un oficio. A este fin propone el Dr. Beazley ampliar los talleres y maestranzas de la policía, llevando a ellos en carácter de aprendices a los menores abandonados que se recojan por las calles, a fin de fundar la base de los futuros talleres, que comprenderían imprenta, encuadernación, talabartería, herrería, carpintería, etc. La iniciativa no puede ser más acertada, porque promete poner remedio eficaz a la vagancia, que va asumiendo un carácter alarmante, y que exige cada día con más apremio medidas radicales para suprimirla. En este concepto creemos que el ministro no negará la autorización que se solicita para realizar un ensayo llamado, según todas las probabilidades, a tener excelente resultado. (La Nación, 11/2/1899, pág. 6, la cursiva es mía).

He elegido citar este artículo en primer lugar por contener y reflejar las características que aparecen en los artículos sobre la infancia abandonada y/o delincuente: que el menor delincuente lo es luego de pasar por un proceso de corrupción; que el abandono es causa de la futura delincuencia (en este caso cobra la misma forma que la ecuación ingenieriana: infancia abandonada → vagancia → delito); que el estado debe intervenir las familias de estos niños; que hay que separarlos del medio y enseñarles un oficio y, finalmente, que la sociedad es responsable por estos niños y por lo tanto el tema merece la mayor atención –y participación-

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del público, para la cual la prensa se muestra como intermediaria, medio de difusión y factor de presión.

3.3.i- ¿Criminales congénitos o niños corrompidos? Como vimos en los apartados sobre la crónica policial, la prensa presenta una infancia inquietante, con menores que cometen delitos o son abandonados tempranamente. Sin embargo, los enunciadores de los artículos que tematizan la infancia marginal, comparten la imagen burguesa del niño que nace sin tendencias delictuosas. El énfasis está puesto en el ambiente que provoca su corrupción. Los menores, para llegar a ser delincuentes, han pasado antes por un proceso de corrupción. En este punto existe una gran resistencia respecto a la noción criminológica sobre los ‘impulsos antisociales’ congénitos de los menores y del crecimiento como un proceso de mejora (como explicaba Mercante, a través del desarrollo de centros inhibitorios y la acción del medio). Resistencia que es aún más notable en tanto se opone al tratamiento que de los criminales adultos se hacía en los mismos diarios de la misma época. Como descubre Caimari:
En esta narrativa cotidiana de consumo masivo, la lente de la criminología aparece en innumerables descripciones de reos empapadas de términos y categorías de la ciencia, y también en la propuesta periodística de diagnósticos etiológicos. El “sentido común criminológico” que las recorre era, por sobre todas las cosas, lombrosiano. Con su halo de exactitud y fuertes puntos de contacto con la prestigiosa ciencia médica, la antropometría y antropología criminal prestaban a los retratos públicos del delincuente persuasivos efectos de autoridad. (Caimari 2002b)

En el caso de los menores, el tratamiento criminológico de tipo lombrosiano es altamente resistido. Si bien la noción que une características morfológicas está presente como ‘sentido común’ para los adultos, es rechazada cuando los criminales son menores. Sólo en los primeros años del período que abarca este trabajo encontré un intento de aplicar la clasificación lombrosiana a unos hermanos fraticidas, aunque muy ambiguamente. Veamos el dubitativo uso que propone un cronista al describirlos:
“la contemplación y el estudio de la fisionomía de cada uno de ellos, tendría para Lombroso más valor que cuantos sumarios pudieran instruir la justicia. En los cuatro quizá no vacilara en reconocer los signos característicos del criminal, del delincuente nato.

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Nosotros, mucho más humildes y menos profundos, no iremos tan lejos. Nos abstenemos de emitir opinión alguna respecto á lo que puedan o no revelar las facciones de los acusados. Solamente a título de documento, publicamos sus retratos dejando a cada uno la libertad de hacer las observaciones, de sacar las deducciones que mejor le parezcan.

A pesar de lo cual, inmediatamente después se presenta una descripción verbal de las características físicas:
Manuela, diez y siete años de edad, alta, gruesa, de aspecto linfático; sus ojos brillan, pero la luz de la inteligencia está ausente en ellos. José Camisa, quince años de edad, los ojos claros y francos, cierto aire de inocencia o mejor dicho, inconsciencia, que lo haría casi simpático, si la sombra de los muertos no viniera siempre a interponerse entre él y aquel que lo mira. Estas son las impresiones que nos sugiere la contemplación de los retratos ... que hemos corroborado cuando nos hemos hallado en presencia de los acusados. Con todo, son impresiones personales, no pretendemos imponerlas como verdades. (La Nación 13/9/95, pág.6, la cursiva es mía.)

Podría argumentarse que el periodista – a pesar de que en un principio no se haga cargo de ella y luego advierta sobre su subjetividad - propone la relación entre características morfológicas como índices de criminalidad. Sin embargo, resulta una aplicación aislada27 y, repito, muy dubitativa. En La Nación ni siquiera se apela a la grilla lombrosiana para describir a Cayetano Santos Godino28, cuyos crímenes se conocieron en diciembre de 1912 cuando tenía 17 años. Pasó a la historia como Petiso Orejudo por haber cometido una serie de morbosos crímenes causando la muerte a otros menores. La crueldad de sus asesinatos, sumado a su escasa estatura y el gran tamaño de orejas, hubiese sido altamente funcional a la utilización sensacionalista del lombrosianismo. Sin embargo, los cronistas de La Nación no utilizaron esa grilla para describirlo. Se refieren a él como “un ejemplar extraordinario en la fauna criminal”,
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El caso de la niña envenenadora, tratado en el apartado sobre la crónica policial, tiene lugar pocos meses después. En este caso, hubiese sido difícil aplicar la grilla lombrosiana, por los declarados ‘rasgos simpáticos’ de la niña. En otra ocasión, un menor de 16 años fue capturado por herir a un señor. La descripción del menor, parece anunciar un tipo lombrosiano: “es un chino de apariencia débil, de nariz corva y larguísima, de ojos juntos pero muy grandes, castaños, de largas pestañas y profundamente simpáticos. (!) La parte posterior de su cabeza está extrañamente desarrollada y hace un digno pendant con su nariz.” Sin embargo, luego se aclara que había actuado en defensa propia y de su madre quitando toda posibilidad de criminalidad nata. Al final del artículo le dan la palabra “Allí (en la comisaría) he estado un día y una noche. Ahora estoy aquí en el departamento y muy mal lo hubiera pasado entre estos pícaros, si no fuera por el cuidado del alcaide, que es un señor muy bueno que aparta siempre los menores y los atiende” (La Nación 6/3/98, pág. 5) 28 El tratamiento que hacen otros diarios, sin embargo, sí es más lombrosiano (incluyendo a La Prensa)

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“criminal convicto y confeso”, “el muchacho Cayetano”, “feroz criminal”, “el detenido”, “monstruo sanguinario”, “feroz delincuente”, con referencias también a su falta de remordimiento y tranquilidad. (La Nación 5 y 6/12/1912, pág. 14 y 17, respectivamente). Posiblemente, la intensa crueldad de sus crímenes lo hayan ubicado en una situación de alteridad extrema, con lo cual se explican las referencias a su monstruosidad y/o animalidad. Al fin y al cabo, los criminólogos podían considerar a los criminales atávicos, pero humanos al fin. Considerar a este ‘monstruoso criminal’ como humano, iba contra el sentido común. Era preferible tratar el caso de Cayetano Santos Godino, por el bien de la especie, como algo externo a ella. También existe una tensión con la imagen ingenieriana de los niños vendedores de diarios, patente en la gran ambigüedad con la que son presentados los canillitas en la prensa. Observemos el siguiente artículo titulado ‘Risueña y enorme captura de 122 menores detenidos’. A la central de policía había llegado un jugoso dato tras lo cual ‘Los reportes afilaron su lápiz, pues captura semejante no podía responder sino á una de las numerosas gavillas de ladronzuelos que continuamente sorprende la autoridad ...’ :
La verdad es que el número de los presos alcanzaba a 122 pero simplemente por desorden. / Un colega extranjero, ... al cumplir el aniversario de su fundación, había invitado para ayer en Palermo, a un banquete, a los traviesos y siempre alegres vendedores de diarios. / Doscientos traviesos muchachos, risueños, bailando, tirando sus sombreros a los pájaros o a las copas de los árboles (nunca el sombrero propio) ... / La fiesta fue ... de una alegría indescriptible ... / Pero ... no había que vender diarios de la tarde, ... el domingo es para ellos de descanso en su ruda tarea ... / Se diseminaron, ... compraron bebida en almacenes, alquilaron carros ... jugaron y resolvieron hacer entrada triunfante en la ciudad. / Así vinieron en multitud de vehículos de todas formas, cantando, peleando y hasta lastimándose. / Las dos comisarías tuvieron que intervenir ante semejante desorden. / Los más despejados fueron remitidos a las casas de sus padres, á los ebrios se les hizo dormir, a los lesionados se les hizo curar, y a algunos ya seriamente reincidentes por el vicio, se les mandó al depósito de contraventores. / Hoy habrá, pues, diminución en esta bandada bulliciosa, alegre, útil, que puebla nuestras calles a horas dadas, con su alarido de pregón y su carrera precipitada. (La Nación 5/9/1898 pág. 5, la cursiva es mía).

En este caso, la ingesta generalizada de alcohol, las peleas, la reincidencia del delito ocasionada por el vicio, no imposibilita la imagen general romantizada de ‘traviesos muchachos,

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risueños, bailando’, de una ‘bandada bulliciosa, alegre, útil’ que tanto contrasta con la presentación que Ingenieros hace del mismo grupo. Donde sí se encuentran prensa y positivismo, es en la preeminencia de los factores ambientales. Si bien hay un desacuerdo de base - recordemos que Ingenieros también consideraba que había en los niños instintos de maldad que le eran propios - ya sea desarrollando tendencias delictuosas preexistentes o generándolas, el efecto decisivo del medio es coincidente para ambos discursos. Las múltiples voces que hablan a través de la prensa concuerdan - como en el epígrafe sobre el canillita a quien el oficio lo había ‘poco a poco’ corrompido - en que los menores son ‘arrastrados al mal’; ‘iniciados, por el medio en que viven, en todas la tenebrosidades de la corrupción y el vicio’ (La Nación 9/2/1899, pág. 3); que es en el patio o en la calle ‘donde aprenden vicios’ (La Nación 10/1/1907, pág. 3); que ‘van incubando en su alma el odio a la sociedad, el desprecio de sí mismo, el descreimiento de todas las cosas buenas o amables de la vida’ (La Nación 6/2/1907). Incluso, cuando se hace referencia a la existencia de algo relacionado a lo congénito, como en el caso de los instintos, la ignorancia es propuesta como el factor que los va ‘perfeccionando’ (a los instintos), marcándose claramente un proceso de intensificación de lo malo (La Nación 20/7/1901, pág. 5).

3.3.ii- Hoy abandonados, mañana delincuentes ¿Qué situación hace posible que el medio social perpetre la corrupción? La respuesta más común en la prensa es el abandono, ya sea éste material (niños sin padres, que viven a su propia suerte) o moral (niños que tienen padres pero no les proveen la educación moral necesaria). Al propiciar la corrupción, el abandono de hoy es igualado a la delincuencia de mañana. Entre los artículos que tratan el problema de la infancia, esta ecuación prevalece como un acuerdo básico. En el capítulo sobre positivistas, de hecho, vimos cómo en el estudio sobre vendedores de diarios, Ingenieros apelaba al sentido común para justificar esta afirmación, que refuerza luego con datos y breves explicaciones. El arraigamiento de este concepto es tan fuerte que incluso se mantiene en los comentarios inmediatamente posteriores al descubrimiento de los asesinatos de Cayetano Santos Godino (a)

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Petiso Orejudo. En un artículo titulado “Delincuencia Juvenil” que aparece dos días después de su captura y a quien se refiere al finalizar, se expone de la siguiente manera: El aumento inusitado de la delincuencia juvenil, del que son culpables en primer término la imprevisión legislativa y la defectuosa organización de la defensoría de menores debería despertar la actividad y el pensamiento parlamentario. Empero, hoy como ayer, la niñez y la adolescencia que por dolorosas desgracias domésticas llega a carecer del amparo edificante del hogar, por ley fatal e ineludible entra ingresa en las turbas del vagabundaje malsano, que constituye el primer peldaño del estado que conduce a la celda carcelaria. (La Nación 7/12/1912, pág. 11, la cursiva es mía)

La preocupación por los niños vagabundos (en los que muchas veces se incluían a los que trabajaban en la calle) viene unida a advertencias sobre su futura criminalidad. En la prensa del período no resulta difícil encontrarse con comentarios sobre esta masa de niños, ya que la vagancia no era un fenómeno aislado; por el contrario, los niños reunidos en grupo jugando o vagando en las calles, eran un elemento constitutivo del paisaje urbano del cambio de siglo en la ciudad de Buenos Aires. Un cronista, sin disimulada aversión, describe: “El espectáculo que ofrecen, diseminados en nuestras avenidas y paseos públicos, es en verdad repugnante, y el espíritu se contrista en pensar que esos pobres niños abandonados así, en el arroyo, a favor de la ignorancia en que viven, van perfeccionando sus malos instintos y formarán en el futuro la clientela del presidio”. (La Nación 20/7/1901, pág. 5). Movido por la misma situación – y sintiendo la misma repulsión - Miguel Cané, en su papel de legislador, escribe una carta a Bartolomé Mitre (director de La Nación) para reclamar la aprobación de un proyecto de ley - presentado dos años atrás - que reglamentaba el trabajo de menores en la vía pública29. Éste estaba siendo retenido porque los demás legisladores querían incluirlo en una ley general de trabajo, sobre lo cual Cané expresa: “que su discusión y sanción iban a tomar tanto tiempo que, seguramente, antes que esas disposiciones rigieran como ley, los niños vagabundos que yo trataba de corregir y salvar por medio de mi proyecto habrían terminado su existencia en la penitenciaría o en los presidios australes.” (La Nación 1/9/1904,
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La solución que Cané presenta es una excepción al asilo. Él consideraba que reglamentando el trabajo callejero de los menores con una serie de medidas (que sean mayores de 12 años, que tengan una

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pág. 3, la cursiva es mía). Así también en el año 1907, tras el anuncio de 5000 niños vagabundos en el corazón de la capital, un grupo de jóvenes aclama:
En Buenos Aires hay 5000 niños vagabundos; 5000 niños sin casa, sin hogar, sin instrucción, sin nada; 5000 niños que viven en la calle, de la calle y para la calle; 5000 niños sobre cuyas cabezas y destino no vela ninguna madre, ningún preceptor, ninguna autoridad; 5000 niños que podrán ser mañana otros tantos suicidas, otros tantos bandidos; y que van mientras tanto incubando en su alma el odio de la sociedad, el desprecio de sí mismos, el descreimiento de todas las cosas buenas o amables de la vida. / El dato es oficial. El ministerio de instrucción pública lo ha recibido y lo toma en consideración .... Cinco mil niños abandonados en Buenos Aires, es el absurdo. (La Nación 6/2/1907, pág. 7)

Es notable que la caracterización de estos niños se realiza a través de aquello que les falta y aquello que van a ser (y no por lo que son). Al carecer en el presente de casa, hogar, instrucción, madre, preceptor, autoridad, serán mañana suicidas o bandidos, marcándose en el medio un proceso de corrupción, subrayado por el desprecio de la sociedad y de sí mismos. En una serie de tres artículos que Ernesto Nelson escribe para La Nación30 la relación entre infancia abandonada y delincuencia se refuerza con los ‘números de la estadística’. Luego de denunciar las condiciones de hacinamiento y falta de higiene en los conventillos y proponerlos como lugar adecuado para que “fermenten en el niño todos los vicios”, describe:
Alimento, higiene, vestido, vigilancia paterna, todo falta en esos desgraciados hogares. La estadística demuestra, por otra parte, que la criminalidad es siempre mayor en los barrios obreros que en los de gente acomodada: alguien ha calculado que en Buenos Aires se comete un delito por cada 25 personas en los distritos de esta última categoría, mientras la proporción es de uno por cada 15 en los de la primera.” (La Nación 5/4/1911, pág. 6, la cursiva es mía)

En este caso el abandono es material, ya que no se trata de niños a la intemperie sino con familias, hogares obreros. A pesar de ello, les falta todo: los padres no pueden proveerles las condiciones básicas para el desarrollo de sus cualidades. Al no cumplir con la función asignada dentro del proyecto de Nación, se genera un obstáculo para el progreso y se hace ‘necesaria’ la intervención del Estado – a pedido de todos...

educación mímina, certificados de salud, etc. cuyas certificaciones fueran presentadas en la municipalidad tras lo cual se otorgaría un permiso) se evitaría que los niños trabajaran en la calle. (!!) 30 A estos artículos se les da una importancia considerable. Son artículos centrados (en general no se salía del orden de las columnas) cada uno con fotos, que ocupan gran parte de la página en la que son publicados.

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3.3.iii – ¿Y si las familias fallan? ¿Qué responsabilidad era depositada en las familias de los menores marginales? Mucha. Ya fuera por su negligencia, ignorancia, como la base de explotación de los menores, como lugar de transmisión de defectos y contagio de vicios o como expulsora temprana de los niños, en la prensa la familia también es señalada como la principal causa del abandono (que será seguido por la corrupción y enseguida la delincuencia). Recordemos que el hogar tenía una función fundamental en el proyecto de Estado-Nación que consistía en proveer de personas provechosas para no descarriar al país de la senda del progreso. El Estado, entonces, comienza una mayor incursión en la intimidad de las familias, especialmente si fallaban en la crianza de sus hijos. Esta creciente intervención estatal, asimismo, fue acompañada de una ciudadanía que intensifica sus demandas respecto a las tareas que el Estado debía cumplir. No es de sorprender, entonces, que a partir de esta situación, en conjunción con el marcado aumento de menores ‘vagos’ en las calles y de teorías –científicas y populares- que señalaban a sus familias como los principales responsables, se levantaran voces para pedir una mayor injerencia del Estado en las familias de clases populares31. Como se mostró con el trabajo de Ingenieros, la grilla que los positivistas utilizaban para observar a sus objetos de estudio era funcional a la tarea de vigilancia estatal. Además, la equipaba con la autoridad que daban las verdades científicas. La conjunción de estos métodos en el aparato estatal se puede observar en el siguiente artículo publicado en La Nación, escrito por el director de la cárcel de encausados, en el cual se argumenta sobre la conveniencia de los estudios médico-legales (de aproximación positivistas) para los menores procesados, donde justifica la privación de la patria potestad sobre la base de la información obtenida en esos estudios:
El ministro de justicia de Francia, declara como complemento de la ley de 18 de abril de 1898 “De acuerdo con el interés social ... el interés particular del joven procesado exige que, “antes de tomar resolución alguna”, debe la justicia procurar “conocerlo bien”, determinar cuidadosamente las circunstancias en que ha sido Estas demandas, tal como se presentan en La Nación, vienen de las clases medias o altas. Lamentablemente, las personas a las que estaban dirigidas estas políticas no tienen una voz propia. No se puede saber cuál era su apreciación de estas políticas, si percibían o no algún beneficio de ellas, si veían esta intervención como ayuda o la consideraba intromisión, etc.
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arrastrado al mal y buscar, por consecuencia, los medios más propicios para substraerlo, en lo porvenir, al peligro de una recaída.” / En los términos transcriptos está sintetizada la tarea que realiza la oficina de estudios medicolegales de la cárcel de encausados, respecto de los menores. Al practicar el examen de discernimiento, los peritos investigan la vida del menor. / ... una información minuciosa en muchos casos ha obligado a retirar la patria potestad a los padres, impulsores al crimen o al delito de los menores, por su inmoralidad de vida o causas análogas. (La Nación 1/4/1907, pág. 6, la cursiva es mía).

Otra situación para la cual se pide la intervención/ayuda del Estado en la familia es cuando las madres, por diversas razones, no pueden hacerse cargo de sus hijos. El siguiente artículo es interesante porque no se propone la enseñanza de un oficio, posiblemente porque su propuesta estaba dirigida a menores de 6 años. Tal vez parezca obvio que niños tan pequeños no deban aprender un oficio, pero como veremos en la próxima sección, esta salvedad no se realiza en la generalidad de los artículos que proponen soluciones para los niños abandonados. Otro punto que me parece importante destacar es que no se estigmatiza a las madres, sino que se toma en consideración que tienen el apremio de trabajar. También se puede observar el concepto de corrupción que lleva a la delincuencia y el impedimento que los niños sin educación son para el progreso del país:
Cuando el niño nace sin madre, pues, cuando llega a la vida sin techo y sin abrigo, la casa de los Expósitos lo recoge y lo amamanta y lo salva. / Tal la misión del Estado, misión que está en el deber de llenar, y que cumple ... en la convicción de que le incumbe la obligación de tutelar la vida de sus hijos. / Luego pasa a los niños que tienen madre y hogar, pero están destinados a pasar sus horas en el cuarto con otros hermanitos, o en el patio, o en la calle, donde aprenden vicios. Esto debido a la necesidad de la madre de trabajar para obtener los recursos alimenticios diarios. Estos niños sumarán en las estadísticas de analfabetismo, lo que genera un obstáculo al progreso del país, o, lo que es peor, se carcomerán de vicio y terminarán formando fila en la penitenciaría ... Por eso propone que el Estado debe golpear las puertas de estas casas y pedir los niños para llevarlos a una institución que sea la continuación del hogar. En estas instituciones se vestiría y bañaría a los niños .... Serían una “escuela maternal” ... donde se les debería inculcar higiene y si fuera necesario dotarlos de vestimenta. ... / ... la escuela maternal debe enseñar a esos niños de dos a seis años de edad a ser niños de esa edad, educados, correctos, buenos, discretos, aseados pero ignorantes de las ciencias y las artes, como deben ser a los seis años. / Acojamos con amor, con desinterés, hasta con orgullo, á los pobres, á los harapientos, a los desheredados de nuestra tierra dándoles la educación que ha de nivelarlos moralmente, y sin duda habremos dado así un paso valiente que amengüe ó dulcifique las dolorosas o hirientes desigualdades de la vida. (La Nación 10/1/1907, pág.3).

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Más allá de cierto optimismo desmedido por las capacidades de las instituciones para solucionar el problema de la infancia marginal32, este artículo es un canto de buenas intenciones. Su autor (Harmonio) propone la intervención estatal para tratar a estos niños como niños “de su edad” es decir, para que les sean restituidas las características propias de la niñez burguesa. Que puedan contar con la protección característica del interior familiar: limpios, saludables y bien alimentados. Esto, además, se conseguiría sin necesidad de alejarlos permanentemente de sus padres, ya que su propuesta de una “escuela maternal” era para que los chicos no permanezcan solos o descuidados mientras sus madres tuvieran que trabajar. Finalizado el día, los niños regresarían a sus hogares. Ernesto Nelson, en su ya citados artículos, reclama repetidas veces la ‘intervención social’ ya sea a través del Estado o de sociedades como los ‘Club de madres’. De esta manera “la civilización entra en la casa del pobre en forma de un amigo”. La injerencia también se justifica en pos del derecho de los niños a crecer bajo situaciones de igualdad (situación amenazada por la ignorancia de sus padres):
La dificultad es más grande tratándose de niños mayores, por venir éstos, en tales casos, ya contaminados por un largo contacto con la miseria, la ignorancia o el vicio; pero aquí interviene la acción, digamos preventiva, de la sociedad, que substrae al niño desde temprano del ambiente corrompido de ciertos hogares. / Para poder intervenir eficazmente en el hogar en defensa del niño que lo habita, el Estado debe hallarse investido de un poder superior al de la patria potestad. (La Nación 11/7/1911, pág. 5, la cursiva es mía). La historia Universal del delincuente casi nunca deja de iniciarse en un hogar limitado y miserable, donde deja su sello la densa ignorancia cuando no la crueldad y el sórdido interés de quienes debieran ser sus naturales protectores. He aquí, pues, el primer elemento adverso con que tienen que luchar la sociedad en la obra de prevención de la delincuencia. (La Nación, 16/4/1911, pág. 7, la cursiva es mía).

De todas maneras, más allá de los pedidos de algunos ciudadanos o de las intenciones que el Estado tenía de meterse en la vida privada de las clases populares, la verdad es que ni éste ni las instituciones privadas tenían los recursos necesarios para dar solución y reemplazar a los padres de tantos niños abandonados. Como reconoce un cronista:

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La lejanía con la realidad se nota desde la primera oración en la que afirma que la Casa de los Expósitos salva a los chicos abandonados. Más allá de reconocer las adversidades con las cuales la Sociedad de Beneficencia tenía que enfrentarse - presupuesto mínimo, hacinamiento, crecimiento de la cantidad de niños allí depositados- era sabido que en dicha institución había una alta mortalidad infantil

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Desgraciadamente, la policía no puede hacer más de lo que ya ha hecho para mejorar la suerte de los niños vagos. / En la cárcel correccional de menores, en el asilo de mendigos, en el mismo depósito de la calle 24 de Noviembre no habría sitio suficiente para albergar a los centenares de pequeños vagos que podrán ser recogidos. (La Nación 20/7/1901, pág. 5).

Claro que esta limitación material no impedía que se pensara sobre cuál era la mejor forma de, una vez recogidos, ubicar y reeducar a estos niños. En la siguiente sección examinaremos cuáles fueron los métodos que contaron con mayor consenso para realizar esta tarea.

3.3.iv - Separación y trabajo La concepción de proceso facilita la idea de que la situación de los niños marginales es corregible (en el caso de que la corrupción ya esté instalada) y evitable (para aquellos menores en peligro). La solución que en la prensa tenía más consenso consistía en la separación del menor del medio corruptor. En la mayoría de los casos la separación se articulaba en la reclusión en el asilo, aunque otras opiniones preferían las Colonias Agrícolas. Como hemos visto, la separación estaba legitimada por la visión medicalizada del positivismo en tanto evitaba el contacto, y por ende el contagio, con el vicio. Más allá de la elección del método adecuado para consumar la separación, ésta venía casi siempre acompañada de la enseñanza de un oficio. Recordemos que esta opción se paraba sobre una fe inquebrantable en el trabajo como fuerza regeneradora y sobre la maleabilidad del ser humano (fe que también está por detrás del impulso a la educación pública) que provenía de la tradición penalista heredera del Reformismo Ilustrado. Además, la insistencia en el trabajo y en el aprendizaje de un oficio, era altamente funcional a la necesidad de mano de obra para el desarrollo de la economía agroexportadora. Vimos en la introducción cómo la inmigración fue considerada un eslabón fundamental en tanto fuerza de trabajo en la cadena ascendente del progreso. Durante el comienzo de siglo, por otro lado, el anarquismo era una gran amenaza para el orden y la disciplina de las clases obreras. Por eso, el objetivo de enseñar un oficio muchas veces se presentaba como la manera más conveniente para instilar en los menores la disciplina del trabajo.

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En una editorial de La Nación firmada por ‘Spectator’ que se dirige al Sr. director, se hace un comentario sobre una nota anterior que, en el mismo diario, anunciaba la iniciativa policial de dar asilo a los niños abandonados. Sin embargo, el autor considera que esta medida no soluciona el problema, si sólo se materializa en forma de albergue. Él enfatiza la necesidad de rodear al niño “de una atmósfera sana, darle educación y una profesión segura para el día en que sea
devuelto a la sociedad”. Para lograrlo, toma en consideración los ejemplos de otros países y explica cuán adecuado sería optar por esa opción en nuestro país: Existen en otros países instituciones dedicadas a recoger niños abandonados o que han cometido faltas, que los mantienen hasta su mayor edad, los visten, instruyen y le dan una profesión. Aquellas instituciones no cuestan, sin embargo, grandes sacrificios al estado, que lleva las cosas hasta pagar a los menores un módico sueldo que se capitaliza y les es entregado al día que salen al mundo á trabajar, fuertes, sanos y rehabilitados33. / Esas instituciones se llaman en Francia “Colonias Agrícolas” , y aquí donde abunda la tierra, donde la agricultura necesita y necesitará cada día más brazos y trabajadores más idóneos, salta a la vista q su establecimiento sería menos oneroso que allí y que, por consiguiente, nada puede obstar seriamente á su creación. / Toca a nuestros hombres de estado tomar en cuenta la iniciativa para hacer cesar tantos sufrimientos inútiles e inmerecidos y hacer desaparecer una de las principales causas de la criminalidad. (La Nación 9/12/1898, pág. 2).

Las referencias a la necesidad de generar un espacio para enseñar oficios a los menores son muy numerosas. En un artículo que se publica en el año 1896, por ejemplo, se anuncia la redacción del reglamento de la escuela de Artes y Oficios del Patronato de la Infancia. Estaba destinada a varones entre 10 y 14 años, de buena salud, e inmunizados contra la viruela exigencia que parece desmedida si se tiene en cuenta que la escuela estaba destinada a niños abandonados material y moralmente. Sin embargo esta exigencia era fundamental para cumplir con el objetivo de la enseñanza teórico y práctica, para regenerar y convertir a esos “niños desamparados y maltratados, expuestos al vicio y al crimen” en operarios competentes, ciudadanos honestos y útiles a la sociedad y a sí mismos. El 3 de enero de 1895 en la sección Policía aparece bajo el título ‘Necesidad sentida de la cárcel de corrección para menores’ el comentario a un informe jurídico, realizado para determinar el grado de instrucción y condiciones morales de dos menores, de 13 y 16 años que

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formaban parte de una gavilla. En él se incluyen “los extensos peligros a los que están expuestos estos desgraciados niños, mientras se carezca de una bien organizada casa de corrección de menores, donde se los pueda tener alejados del vicio, enseñándoseles a la vez un oficio o arte que los haga hombres útiles a la sociedad” (La Nación 3/1/1895, pág. 5, la cursiva es mía). Si bien es generalizada la opción del trabajo, a veces aparecen voces contrarias. En otro de los artículos de Ernesto Nelson, propone, en lugar de los asilos, el Cottage System. Éste consistía en un matrimonio que se haría cargo de un grupo no muy grande de niños. Para demostrar la superioridad de su opción, primero señala que las estadísticas universales muestran que el niño delincuente es la mayoría de las veces un niño huérfano. Como éste ha sido un producto de la calle o el asilo se plantea si esta institución no debiera reemplazarse; en ella, los niños son víctimas del abandono por las características del (des)cuidado al “por mayor”. Prosigue especificando que la disciplina que forma a un soldado arruina al niño, al proveerlo de una rutina monótona que aplasta su iniciativa y creatividad. Para el autor, nada suplanta el hogar en la educación de un niño y, la lógica escolar no debiera ser suplantada por la de la fábrica.

Hemos visto hasta acá qué se piensa y dice del problema de la infancia marginal. Finalmente, vamos a pasar a la última sección de este trabajo para ver las propuestas concretas que se plantean a través de la prensa y el marco en que se encuadran.

3.3.v - ¿Qué podemos hacer nosotros? Por amor a la patria y con ayuda de la prensa. Al introducir el contexto económico y político, vimos cómo las esperanzas de los dirigentes y constructores de la nación se habían depositado en los niños, sobre los cuales pesaba la responsabilidad del futuro progreso de la patria. Pero este interés no fue exclusivo de la cúpula política ya que la empresa se extiende y es apropiada por distintos sectores de la población, que se suman a participar de la cruzada. En los artículos analizados más arriba notamos cómo son múltiples las voces que se alzan para horrorizarse, lamentarse, opinar y/o proponer soluciones

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Esta práctica de reservar una parte de lo producido, también era aplicada en el Asilo para Varones Menores, según la memoria que tratamos en el capítulo sobre positivismo.

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ante el tema de la infancia marginal. En el caso del Río de la Plata la noción moderna por la cual las sociedades deben ayudar a los más necesitados y no dejarlos a su propia desgracia surge concomitante al proyecto de nación. Por eso, las exhortaciones a ayudar a los más necesitados vienen casi siempre de la mano de apelaciones a sentimientos de patriotismo. En Buenos Aires, además, esta situación es paralela a la aparición de la gran prensa. Este proceso, común a todas las capitales occidentales, ha sido leído por Jürguen Habermas como un índice del desarrollo de la esfera pública burguesa. Esta última es entendida como un espacio donde un grupo de personas privadas, sobre la base de la igualdad y con la autoridad que otorga el argumento racional, deliberan e interactúan discursivamente; funciona, además, como escenario de mediación, diálogo y debate de este grupo con el Estado (en Sábato 1998, 28). Hilda Sábato, al estudiar la cultura política de Buenos Aires durante el período inmediatamente anterior (1862-1880) sostiene que “tomando como punto de partida el concepto de Habermas, ... (la expansión del asociacionismo y la prensa) puede considerarse como síntoma de una esfera pública en construcción.” (Sábato 1998, 21). En esta última parte del trabajo voy a referirme a cómo la infancia marginal se presenta como un tema de importancia pública que debe involucrar a quienes aman el país y cómo la prensa se propone (y es propuesta) como intermediaria del accionar público alrededor de esta problemática.

Los vendedores de diario son nuevamente objeto de preocupación. En este caso, distinguidas damas de Buenos Aires constituyen una comisión para fundar un asilo nocturno para vendedores de diario. Dos de ellas, Mercedes Elortondo de Alvear y María Teresa Quintana de Pearson, se acercaron a la redacción del diario para:
... requerir el apoyo de este diario al pensamiento enunciado. La comisión invoca los pensamientos caritativos y los conceptos de moral y conveniencia pública de las clases acomodadas a fin de que contribuyan con su óbolo a allegar los recursos necesarios a la inmediata realización de la buena obra. Como se ve, la suerte de los Canillitas está en las mejores manos, y es inútil agregar que, por nuestra parte aceptamos la misión que se nos designa y somos desde ahora entre el público y las egregias damas patrocinantes intermediarios a los efectos de la recepción y entrega de fondos. (la Nación, 1/12/1910, pág. 12, la cursiva es mía).

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La casa destinada para ser asilo, entre Santiago del Estero e Independencia, había sido donada por la municipalidad, quien además se comprometió a proveer de carne, pan y leche. Para completar otras necesidades, se apela a la contribución privada. A tal fin se habían dirigido notas circulares a casas de banca, comercio e industria y a las familias más pudientes de la sociedad. Las donaciones podían ser dirigidas a la redacción del diario, desde donde se promete “dar a publicidad inmediata a los donativos”. El cronista, estimulando el accionar público sostiene que las damas: “... cuentan para obtener todo esto, no tan sólo ... con los sentimientos colectivos de piedad cristiana, sino con comunes instintos más egoístas de conservación y mejoramiento social, para llevar a feliz término su empeño.” Como se puede leer, las apelaciones de amor a la patria no excluyen otro tipo de justificaciones: la piedad cristiano o el mismo egoísmo (argumento proveniente del darwinismo social), todo debe resultar en la ayuda para los más necesitados. Así quedan unidas premisas religiosa, científicas y de sentido común. Otra característica que se puede observar en este artículo es la combinación de esfuerzos privados y públicos, que era algo corriente. La Sociedad de Beneficencia, por ejemplo, funcionaba gracias al trabajo gratuito de la mujeres, aunque la mayor parte de sus fondos provenían del erario público. Mead (1994) basa su investigación en la tarea social realizada por esta institución, el Patronato de la Infancia y las Conferencias de las Señoras de San Vicente de Paul y encuentra que las tres poseían algún tipo de alianza con el Estado. Esto muestra que, a pesar de las ideas de intervención estatal expuestas anteriormente, la pregunta ¿quién debe reemplazar a los padres que no cumplen su tarea moralizadora? no tiene aún una respuesta consolidada. Si bien había un acuerdo explícito de que la sociedad debía hacerse cargo de los menos afortunados, no era tan claro si esta responsabilidad recaía principalmente sobre el Estado o en el esfuerzo privado. A veces, la sociedad debe completar el trabajo del estado, humanizándolo. Si el Estado se iba a encargar de recluir a los niños vagabundos y enseñarles un oficio para que el día de mañana sean trabajadores productivos, la sociedad debía encargarse de pensar en esos niños en función de su presente, es decir, en su calidad de niños:

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La hermosa juventud que representamos no puede permanecer indiferente ante ese cuadro. ... Los poderes públicos van a tomar en el caso la debida intervención; pero la iniciativa privada tiene q hacerse sentir simultáneamente. Las funciones del corazón no pueden ser delegadas en el mecanismo del estado, sino por las sociedades que no tienen corazón. El gobierno podrá hacer hombres con esos vagabundos; que el pueblo se acuerde de que son niños esos abandonados. (La Nación 6/2/1907, pág. 7, la cursiva es mía)

En el mismo sentido, el 1ro de diciembre de 1910 se da publicidad a una iniciativa del Club de madres “institución que realiza la más simpática beneficencia, la del afecto, que reparte alegría y saludable optimismo en el espíritu de la infancia pobre.” En este caso, se propone recolectar juguetes para repartir entre “la muchedumbre infantil de los conventillos”. Al invocar la participación del público se explica que los juguetes “son los amigos de los niños, son su sociedad, borran diferencias amargas con los ricos y mejoran el alma infantil desvaneciendo en ella la acritud que esa indiferencia de los pequeños placeres propios de la edad fomenta.” (La Nación 1/12/1910, pág. 13). Una vez más, presenciamos un intento de restituir parte de las particularidades del niño burgués a aquellos que no la tienen: en este caso, la alegría materializada a través de los juguetes. Con respecto al papel intermediario de la prensa en este tipo de empresas, tenemos en esta ocasión una situación anecdótica. Cinco días más tarde se informa que la iniciativa de juntar juguetes no había tenido la respuesta esperada y se incita nuevamente al público a participar. Finalmente, el 11 del mismo mes, con la autosatisfacción de la tarea cumplida, desde La Nación se comunica que la misión había empezado a fructificar. La prensa era también utilizada como medio de presión. En el artículo antes citado de Cané, para pedir por la aprobación de su ley exclama:
Yo he agotado mi influencia amistosa con los miembros de la comisión. Si tu crees que las medidas propuestas en el proyecto cortarán, como pienso, el incalificable abuso de la infancia hecho por los padres, tutores o extraños, que es una vergüenza para nuestra capital, tal vez la propaganda de tu diario consiguiera lo que no ha podido obtener tu afectísimo- Agosto 27 de 1904. (La Nación 1/9/1904, pág. 3, la cursiva es mía)

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Las invocaciones a la patria, aparecen en sucesivas ocasiones, como muestra claramente el informe jurídico que cité para ejemplificar el proceso de corrupción, aparece una exhortación a la conciencia pública alrededor de los menores:
Por nuestra parte tenemos la seguridad de que si todos los que practican el bien y aman el país, pudiesen interrogar a los dos menores encausados y oír de sus labios de niños las repugnancias de su vida, en la iniciativa que se tomase para aliviar esas miserias, vería el sentimiento público objeto útil y noble para los generosos impulsos que, entre nosotros, se malgastan en un perpetuo derroche de caridad. (La Nación 3/1/1895, pág. 5, la cursiva es mía)

De la misma manera, estas apelaciones se hacen presentes en los escritos de Ernesto Nelson, en los que el marco patriótico es enlazado a la metáfora de la paternidad extendida. En el artículo titulado “El arte de ser padres” expone:
... mil padres buenos, cultos y humanos no hacen por eso una “patria” buena, culta y humana, a menos que sobre todo ese pueblo flote como un ideal el sentimiento de la paternidad, expresado en la paternidad de todos los padres por los hijos de todos. Una nación no puede entrar en la plena posesión de sus aparentes cualidades si éstas no resplandecen a la vez en el alma colectiva. ... tal madre no da a su propio hijo todo su gran lección maternal de amor y desinterés, si ella no se siente también madre de todo niño. / Es que el arte de ser padres es un arte de pueblos. (La Nación 16/4/1911, pág. 7)

Es decir, la intervención propuesta se explica en el alma colectiva, que es la nación. Es necesario tutelar a los ‘hijos de la patria’ abandonados, porque esa es la única manera de conseguir que los argentinos constituyan un cuerpo nacional. Los sentimientos y obligaciones tutelares de los padres deben hacerse extensivos a todos los hijos de la patria. Finalmente, me gustaría resaltar algo que aparece con claridad en estos artículos. La relación de ayuda que se plantea entre aquellos que la proveen y quienes la reciben es asimétrica: el grupo encargado de dar ayuda basaba su autoridad en su superioridad moral, económica o intelectual, según el caso. Esta imagen aparece patente en un anuncio de la sección “Varios” donde se unen niños con animales y plantas:
En la última reunión de la comisión directiva de la Sociedad protectora de animales se adoptaron, entre otras, las resoluciones siguientes: / Acordar el diploma de miembro honoraria al director de la escuela número 1 de Torquist, D. Clodomiro L. Villegas, por haber implantado en su escuela la educación humanitaria, consiguiendo que sus alumnos den pruebas de sus sentimientos a favor de los niños menesterosos, de los animales, de los pájaros y de las plantas. (La Nación 8/12/1910, pág. 6, la cursiva es mía).

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A pesar de la relación de asimetría que se plantea, el objetivo era de inclusión. Si bien se definía al otro como distinto, la finalidad de la intervención de las vidas de las clases en peligro, en especial de los menores, consistía en darle forma de manera que pudieran participar de la normalidad burguesa, proporcionarle las condiciones para que, de acuerdo a la definición de los dadores, fuera útil a la sociedad y a sí mismo, en otras palabras, que pudiera participar de un nosotros colectivo, el ‘nosotros argentino’34.

Dado que en este trabajo sólo realicé un análisis de los discursos, queda abierta la pregunta sobre cuánto de este discurso se transformaba en un abuso a las intimidad y de los derechos de las clases populares. Por otro lado, como decía más arriba, es muy difícil realizar un estudio sobre la percepción que los destinatarios tenían de estas políticas, es decir, si les resultaba o no en algún beneficio.

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CONCLUSIÓN Las particularidades del marco político, social y económico de Buenos Aires del cambio de siglo pusieron a la infancia en el centro de las preocupaciones de la elite dirigente. En el proyecto de modernización y construcción de la Nación, el niño fue considerado en razón de su futuro como ciudadano y trabajador de la Nación argentina. En este contexto, la infancia marginal fue objeto de distintas intervenciones, ya que sus funciones de ciudadanía y productividad se verían impedidas por su fatal caída en la delincuencia. Los criminólogos positivistas tuvieron una participación importante en este proyecto de modernización impulsado desde el Estado, aportando teorías y trabajando como personal científico en la implementación de reformas. Esta conjunción entre ciencia y Estado fue interpretada como predominante en los estudios historiográficos del período, y la imagen de la infancia propuesta desde el positivismo se asumió para el resto de los actores sociales. Sin embargo, luego de analizar detalladamente la producción científica de este grupo respecto a la infancia marginal y contrastarla con los consensos sobre el mismo tema que se plasmaron en la prensa durante el mismo período, proponemos que la visión de dicha hegemonía científica debe ser matizada. Como pudimos observar, la imagen del niño con tendencias delictuosas congénitas era contraria al sentido común y por lo tanto, altamente resistida desde la prensa. Esta reserva estaba relacionada con la formación de una sensibilidad burguesa alrededor del concepto de familia, en donde la pureza y la felicidad de la niñez eran figuras centrales. En contraposición, se resalta el proceso de corrupción que atraviesan los niños abandonados o vagos para llegar a ser delincuentes. Este proceso es propiciado por la ignorancia y los vicios que gobiernan el medio en el que viven. Es en la preeminencia de los factores ambientales en la determinación de accionar delictivo donde se encuentran positivismo y prensa. Ya sea actuando para desarrollar instintos existentes o para crearlos allí donde no existían, en ambos discursos la incidencia del medio es crucial para determinar que un menor delinca.

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Por otro lado, tanto la producción de ‘hechos objetivos’ de los criminólogos como de la crónica policial, imposibilitaron la consideración de factores macro (sociales y económicos) en la determinación del accionar delictivo. Esto facilitó que las familias de los menores marginales y el ámbito de la calle (es decir, su entorno inmediato) fueran señalados como los factores ambientales que determinaban la delincuencia. Consecuentemente, la solución planteada fue la intervención de las familias que no cumplieran con la tarea para ellas asignada en el proyecto de Nación: se debía corregir o evitar la corrupción de los menores cuanto antes. La intervención del Estado en las familias de los sectores populares estaba legitimada desde el positivismo, que justificaba la acción en tanto las clases en cuestión se penetrarían en función a su peligrosidad respecto del todo social. Desde la prensa también se empezó a pedir mayor injerencia del Estado en estas familias. Pero era claro que éste no tenía aún los recursos necesarios para lograr un alcance generalizado. Los niños seguía pululando en las calles de Buenos Aires. Por ello, antiguas y nuevas asociaciones privadas se propusieron - y proponían a la prensa como intermediario - para lanzar iniciativas que aliviaran la pesada crianza de los sectores pobres, restituyendo a lo menores las vivencias propias de los “niños de su edad”. La práctica de reclusión fue entendida desde el positivismo como medida de profilaxis para que estos menores evitaran el contagio y pudieran encausar su regeneración. La educación y el trabajo como tratamiento – y de este último su utilidad para costear los gastos institucionales fueron generalmente aplicado en los asilos (a pesar de las dudas que tenían los positivistas sobre los beneficios que el aprendizaje de un oficio podía aportar a los menores). La intención de enseñar la disciplina del trabajo se basaba en la fe en su fuerza regeneradora, tradición proveniente del Reformismo penitenciario, pero también estaba relacionado con la necesidad económica y social de mano de obra disciplinada. Desde la prensa la opción del trabajo era en general aceptada, aunque se proponían otras opciones para los menores, como en el caso de la escuela maternal o el Cottage System.

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Finalmente, a pesar de las diferencias, todos los actores tenían presente el marco de la patria y el progreso de la Nación cuando se disponían a pensar o proponer soluciones para la infancia marginal.

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