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rar los horarios rígidos: si el niño llora fuera de hora, evi-

dentemente «no puede» ser hambre. ¡El reloj conoce las nece-
sidades del bebé mejor que el propio interesado! Lo que nos
propone es decirle a nuestros hijos: «Sé que si te acuno, te
acaricio, te doy el pecho o el chupete, dejarás de llorar, pero
no pienso hacerlo porque quiero que llores. Siempre te ofre-
ceré estar quieto en brazos, aunque me estés pidiendo otra cosa
distinta. » Me parece absurdamente cruel.
Creo que los niños, como los adultos, lloran para comuni-
carse, para pedir auxilio. Normalmente, cuando estamos solos,
lloramos en silencio o sonreímos en silencio. Lloramos a gri-
tos o reímos a carcajadas cuando estamos acompañados, cuan-
do alguien nos puede oír. Los niños lloran para que haga-
mos algo, no para que los miremos impasibles. Y si nos
sentimos mejor después de llorar no es porque hayamos eli-
minado sustancias tóxicas, sino porque el llanto ha provoca-
do una reacción en los demás, porque nos han consolado y
cuidado5.

FAMILIA, SOCIEDAD LIMITADA

Poner límites a los niños es otra de las modas en puericultu-


ra. Se escriben libros enteros dedicados a esta nueva ciencia69.
Desde luego, los límites se imponen por el bien del niño:

Los límites son medios de ayuda, pilares importantes para limi-


tar el terreno de juego, para que el niño pueda moverse en él de
una forma segura y protegida.

Claro, es importante poner límites a los niños porque si


no, no tendrían límites. ¿Se imagina qué terrible situación?

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Un niño sin límites les sacaría los ojos a todos sus amigos, se
comería 200 caramelos en cinco minutos, se tiraría por el
balcón. Un niño sin límites sería una cosa tan terrible, escalo-
friante, repugnante, que..., que... ¿Cómo es que nunca hemos
visto a uno? ¿Cómo sería un niño sin límites?

Una niña sin límites

Marta está muy a gusto en la cama, pero mamá la ha llama-


do y hay que levantarse. ¿Por qué no podría quedarse media
hora más? ¿O mejor, no ir al cole? Tendría que ser siempre
vacaciones, ir todos los días a la playa o en bicicleta. O mejor
montar a caballo. Si tuviera un caballo, le daría azúcar y
zanahorias y cabalgaría ella sola y descubría nuevos países.
Bueno, sola no, iría con Isabel, que es guay...
Un grito de su madre la saca de su ensoñamiento. Sí, ya
me levanto... Qué lata, tener que lavarse, con lo fría que está
el agua. Y este jabón huele fatal. En casa de Isabel tienen un
jabón que huele muy bien. Este vestido no me gusta nada. Y
las bambas Cosme®, qué vergüenza, todas las niñas de la cla-
se llevan bambas Acme®, pero papá se empeña en que no me
compra otras bambas hasta que se rompan éstas...
Hace tiempo que Marta ha renunciado a pedir más cacao
en la leche, no hay manera de hacer entender a mamá que
tiene que quedar todo negro. ¡Galletas redondas! Las buenas
son las cuadradas. ¿Lavarse los dientes después de desayu-
nar? Pero, mamá, mis amigas sólo se lavan los dientes antes
de acostarse. Bueno, ya va... La pasta de dientes pica, ¿es que
no hay nunca pasta de fresa?
Hay que llevar la mochila con los libros. Hay que caminar
hasta el cole. Mamá no quiere ir en coche porque dice que para

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doscientos metros no saca el coche. Marta se para a ver el esca-
parate de la juguetería, pide el tren eléctrico, «pues se lo pides
a los Reyes» tirón del brazo. Se para a hacer equilibrios en el
bordillo de la acera; tirón del brazo. Le pega una patada a
una piedra; tirón del brazo. Se para a ver a un perro que mea
en la pared; tirón del brazo. Mete el pie en un charco; tirón
y gritos.
El cole es un rollo. No puedes levantarte cuando quieres,
no puedes sentarte al lado de Isabel, no puedes hablar, no
puedes reírte, tienes que mirar a la profesora, tienes que escu-
char a la profesora. Entrega los deberes, abre el libro, saca
un papel, dictado, no te sientes con la espalda torcida, ¿no
ves que tienes que afilar el lápiz?, haced los ejercicios de la
página 30, dibujad una vaca, para mañana las restas de la pági-
na 42. A ver, Marta, dime la tabla del 3... ¿desde cuándo 3
por 6 son 19? A ver, ¿alguien puede decirle a Marta cuántos
son 3 por 6? Dice Isabel que ya no es amiga tuya porque te
ha visto jugando con Sonia. Pues dile a Isabel que es tonta,
que yo juego con quien quiero. A ver estas niñas, ¿qué tienen
que decir tan importante que no puede esperar al final de la
clase? ¿Por qué no lo dicen en alto para que nos enteremos
todos?
¡Otra vez guisantes para comer! Y la tonta de Isabel que
no se quiere sentar conmigo. Mira cómo habla con Ana, sólo
para hacerme rabiar. ¡Puag, pescado!
La vuelta a casa no puede ser más animada. Hay tirones
de brazo frente a la panadería (¡no hay cruasán de chocola-
te!), frente a la juguetería (¡no hay tren eléctrico!), frente a la
tienda de ordenadores (¡no hay juego nuevo!), frente al quios-
co de la prensa (¡no hay chicle!). ¡Marta, ya está bien, de
verdad que hoy me pones de los nervios! (sí, hoy y ayer y
cada día).

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Hay que cambiarse de zapatos antes de jugar. Hay que
hacer los deberes antes de ver la tele. Hay que dejar la tele
ahora mismo, con lo interesante que está, para ir a cenar.
Hay que ayudar a poner la mesa antes de cenar. Hay que lavar-
se las manos antes de poner la mesa. Te he dicho veinte veces
que te laves las manos. ¡Mira qué manos llevas! ¡Oh, no!
¡Guisantes otra vez! Ni que se pusieran de acuerdo. Mamá,
¿hay huevo frito? ¿Quéee? ¿Merluza?
¿Hay natillas de chocolate? Primero tienes que comerte la
fruta. No quiero fruta. La fruta es muy sana. No quiero. Tie-
nes que comerte una pera. No, pera no, ¿no hay plátano?
No, o pera o manzana. No quiero, quiero natillas. Niña, no
le respondas a tu madre. ¡Buaaaah!
—¡Está bien, tómate la natilla y calla!
Paren la imagen. Avisen a la policía. ¿Ven lo que acaba de
pasar? Marta se ha salido con la suya. Le ha bastado con llo-
riquear un poco para hacer pasar a su madre por el aro. Es
la típica niña que SIEMPRE se sale con la suya. Totalmente
malcriada. Y todo porque sus padres no han sabido ponerle
límites. ¡Le dan TODO lo que pide! Esta niña tendrá graves
problemas de conducta:

Los niños que ven satisfechos todos sus deseos suelen sentirse pro-
fundamente tristes, ya que al final nunca tienen suficiente. Los
padres que miman sin límite a sus hijos hacen que cada vez sus
exigencias se mantengan rnás altas. 69

No, no se espante. A Marta no le pasará nada malo por


«haberse salido con la suya». Al contrario, probablemente el
salirse con la suya de vez en cuando, ver que en algunas oca-
siones no son un mero juguete del destino, sino que pueden
hacer algo, desear algo, conseguir algo, influir en los demás,

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