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VAMPIRE BABY

María Pizarro Gallardo

C O LEC C I Ó  D E  A R R A TI V A
D EL I E S P A BLO  ER U D A
IES Pablo Neruda
Las llaves de la literatura 2010
Castilleja de la Cuesta (Sevilla)
VAMPIRE
BABY

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Fue la noche más fría de todo el año, o por lo menos esa
fue mi impresión. Yo salía con mis padres y mi hermana a dar un paseo
típico de Navidad; ver los adornos, los belenes, cenar fuera… Aquella
noche la recuerdo con cariño, pero había algo extraño en toda aquella aura
de felicidad, yo no sabía ni qué ni cómo, pero algo extraño había en el
ambiente. Realmente era para estar contentos, alrededor de esa fecha iba a
nacer un nuevo miembro en nuestra familia, sin duda, era una época
idónea.
Iba a ser niña y su nombre sería Diana. Repentinamente, llamaron a
mi madre al teléfono móvil:
-¿Diga? , ¿Quién es?- dijo mi madre con voz preocupada.
-Soy Blanca, te llamo para decirte que voy hacia el hospital con mi
marido. He roto aguas.- explicó mi tía.
-Aguanta y no te pongas nerviosa, en seguida vamos para allá.- le
contestó mi madre tranquilizándola y a la vez muy emocionada.

En ese mismo instante estábamos en la Gran Plaza de Sevilla, nos


dirigíamos hacia el coche lo más rápido que podíamos y directamente, sin
que mi madre diera más explicaciones que “la tita Blanca está de parto”,
fuimos al hospital. Cuando llegamos allí, mi tío Carlos estaba en la sala de
espera:
-Carlos, ¿dónde está Blanca?- preguntó mi madre.
-Ya la han llevado a la sala de partos, todavía está dilatando.
-¡Menos mal, hemos llegado a tiempo!- dijo mi madre con cierto
tono de alivio en la voz.

Nos llevamos esperando más de tres horas con mi tío, hasta que por
fin una enfermera nos dio la noticia, el parto había transcurrido con
normalidad, la niña y la madre estaban perfectamente. Fue una verdadera
alegría y todos con gran curiosidad fuimos con paso ligero hacia la
habitación 482. Abrimos la puerta y cuando entramos todos fueron a
felicitar a la radiante mamá y a ver su retoño, todos excepto yo. Me quedé
pasmada en la entrada sin poder mover ni un solo músculo del cuerpo, mi
mente se quedó en blanco y me dio la impresión de que mis ojos daban
vueltas sin control como desorbitados en sus cuencas. Al poco tiempo esas
extrañas sensaciones, desaparecieron. Entonces me acerqué despacio por
miedo a que volvieran a aparecer, le di la enhorabuena a mi tía Blanca y
me aproximé a ver a la niña. Yo no quería decir lo que en esos momentos
pensaba sobre la “cosa” que había en la cuna, que se llamaba Diana y era
mi prima. Tenía la piel muy pálida, casi transparente, su pelo era rubio
como el oro y sus ojos eran totalmente cristalinos. Parecía tan delicada y
frágil que hasta un soplo de viento podía romperla. En aquel momento, la
niña me miró de reojo con una mirada escalofriante, me asusté aún más
porque normalmente los recién nacidos tienen los ojos cerrados. Nadie lo
percibió, pero entonces ¿por qué me miró a mí y nadie se dio cuenta?
Eran las doce y media de la mañana del sábado, habían transcurrido
tres semanas desde que nació mi prima, y yo estaba acurrucada en mi cama
con la manta cubriéndome la cabeza. Hacía frío y no tenía ganas de
levantarme, así que decidí volver a dormir. Justo cuando iba a conseguirlo,
mi hermana irrumpió en mi habitación como un torbellino descontrolado y
gritó:
-¡Levántate, vamos a ir a visitar a la tía Blanca! Mamá le ha
comprado un regalo y se lo vamos a llevar- vociferó desde la puerta.
Me tapé los oídos con la almohada, ahora más que nunca, odiaba
que me despertaran bruscamente.
Cuando llegamos a su casa, mi tía estaba sentada en el sofá dándole
el biberón a Diana. Nos saludó con una sonrisa y nos invitó a sentarnos.
Mi madre empezó a charlar con Blanca y yo me quedé observando a la
niña. Le pedí permiso a mi tía para cogerla, resultó extraño porque su piel
era muy fría. De repente, me tocó la cara y como si fuese una visión, pude
verla durmiendo en mis brazos. Esa niña definitivamente tenía un serio
problema. Asustada e intimidada, le quité la mano de mi cara, pero ella me
acarició de nuevo y me volvió a ocurrir lo mismo, pero con otra imagen

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diferente. Se la devolví a mi tía rápidamente y la puso en el carrito. La
llevé al patio y empezó a incorporarse, sin yo poder hacer nada, se
abalanzó sobre un gorrión que se había posado en una rama de un árbol.
Me quedé estupefacta y tragué saliva con cierta dificultad. Cuando volvió
al carro gateando a la velocidad de la luz, tenía toda la boca ensangrentada
y le habían salido unos colmillos muy afilados, en ese momento con una
tierna sonrisa dijo “pipi rico”. Yo no sabía por qué en ese instante, no me
había desmayado o algo por el estilo. ¡Una niña de tres semanas de vida
que había hablado y le había chupado la sangre a un gorrión! ¡No me lo
podía creer! Con mucho cuidado le limpié rápidamente la boca para que
nadie se percatara de lo sucedido y decidí no decirle nada a nadie sobre
este asunto, aunque consideré que debería insinuárselo a su madre ¿o no?
¿Le diría que su hija era una vampira asesina de gorriones y que le habían
salido dos enormes colmillos? No, no lo creo. Estaba aterrorizada.
Volvimos a mi casa y yo tenía que reflexionar seriamente sobre lo
que había visto. Me encerré en mi cuarto toda la tarde. Y pensé, ¿cómo era
posible que mi prima hubiera hecho tal cosa a tan corta edad? los vampiros
no existían o eso pensaba yo antes. No estaba segura si mi prima era un
chupasangre, una mutante o simplemente me había obsesionado
demasiado con mi afición a las historias vampíricas como Crepúsculo y
eran alucinaciones mías, probablemente sería el fenómeno fan. Decidí
comprobarlo por mí misma. Así que a la semana siguiente, volví a visitar a
mi prima y esta vez, cuando llegué estaba dormida. Enseguida se despertó
y extendió los brazos hacia a mí, creo que fue una señal, quería que la
cogiera. Seguí mi intuición y le dije a mi tía que me la llevaba a dar una
vuelta. Tuve una nueva sensación al cogerla, cuando mi piel tocó la suya,
me ocurrió lo mismo que la primera vez que la acaricié. Me vino una
imagen a mi mente, ella estaba “cazando” un animalillo y yo esperando
junto al carro. Así que, suponiendo que ella estaba sedienta de sangre, la
saqué a la calle en dirección al parque. ¡Ya está! ¡Eso era! La niña tenía el
don de manipular a su antojo la mente de las personas a las que tocaba.
Miré bien alrededor por si había alguien y como suponía, la niña cazó un
par de palomas y un ratoncito. Volvió como un rayo al carro y pensé que
era mejor apagar sus ansias de sangre humana con la de los animales, antes

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de que hiciera daño a una persona. Cuando terminó de “comer” la llevé de
vuelta a su casa y me fui yo a la mía.
Pasaba el tiempo y yo seguía ayudando a mi prima para que no le
ocurriese nada raro y pudiera saciar su sed, aunque no sé por qué, solo
mostraba su lado vampírico cuando estaba conmigo. Crecía y cada vez
cazaba animalillos más grandes cuando la llevaba al parque. Yo no quería
ni pensar a qué le chuparía la sangre si seguía cazando a este ritmo. Pero
tenía que hacer algo al respecto para esconder su secreto.
Después de tres años en esta misma situación, mi familia y yo
fuimos a celebrar el cumpleaños de Diana a casa de mis tíos, menos mal,
que hasta ese momento nadie excepto yo, sabía de su pequeño problema.
Cuando llegamos, Blanca y Carlos nos dieron la noticia de que serían de
nuevo padres, esta vez de un niño, que se llamaría Víctor. Todos los
felicitamos, pero yo no estaba tan contenta como cabía esperar, Diana
podía hacerle daño al bebé, aunque si ella había salido vampiro, el
próximo niño podía salir como el Doctor Octopus, o incluso mutante…
Esto era una familia de locos.
El dieciséis de noviembre de dos mil diez, mi tía Blanca, tras
nueve meses de gestación, acudió al hospital junto con mi tío, para dar a
luz a mi segundo primo. Yo iba con mis padres y mi hermana a
acompañarlos. Tras dos horas de espera, la enfermera nos avisó que ya
podíamos pasar a ver al bebé. Después de haber conocido a mi prima y
saber de lo que era capaz, estaba preparada para todo lo que se me viniera
encima. Cuando llegué, me llevé una verdadera sorpresa porque el niño se
parecía un montón a Diana, su piel era pálida, tenía los ojos cristalinos, sin
embargo, su pelo era negro como el azabache. Sin duda, daba más miedo
que su hermana, porque el contraste entre su piel y su cabello era muy
llamativo. Todavía me acuerdo el día en que nació mi prima, el día en
que esas sensaciones tan extrañas se apoderaban de mí por primera y
última vez. En ese minuto de reflexión, Víctor me tocó la mano que yo
tenía apoyada en la cuna. La aparté rápidamente, y sin ni siquiera poder
retirarla cinco centímetros de la cuna, me la agarró con una fuerza
increíble, impresionante en un bebé de pocas horas. Por todo mi cuerpo
recorrió una descarga eléctrica que hizo estremecer hasta lo más profundo

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de mi alma. Aparté su mano de un tirón y vi cómo cuando lo cogió mi
madre en brazos no ocurría nada, era simplemente un bebé recién nacido.
¿Era posible que solo me afectaran a mí los dones de los vampiros? En ese
instante, un fugaz pensamiento recorrió mi mente, existía una remota
posibilidad de que Víctor fuera… ¿vampiro?

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