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EL BARCO José Luis Olaizola La flaca y el gordo llustraciones de Jess Gaban TM eh oy acne Ee cpetoc enc eee ema AE EOE CUAL MAS IMPORTANTE: LA GORDURA ceo a emt area JOSE LUIS OLAIZOLA NACIO EX SAN ‘SEBASTIAN. ES LCENCIADO EN OGRE: ‘OHO, ACTUALMMENTE SEOEDICAALALITE- RATURA. HA OBTENIDO IMPORTANTES oerror— GGALARDONES,ENTRE FLAS 1 PREMIO PLANET DE 1688, EDICIONES 9M HA PU. LIcADO TAMBIEN SUS OBRAS CUCHO. (Q¥E consic4N0 EL PREMIO EL BARCO [DE VAPOREN 1962, EN FRANCIAEN 8, ELGRANO PRIKOFL ACADEMIEDES LEC. THURS) BBINNA YSU MUNDO. Joge Lule Ol APARTIR DE 7 ANOS 16° EDICION sii | 20695 Miareo ctstneco ere sn: dino te ocho afios que un dia se encontré con que tenia tres problemas, a cual més in- quietante. El primero de todos fue que su madre decidié que estaba muy gordo y que tenia que adelgazar. Pero para ser exactos, la que estaba muy gorda era ella, que fue la que dijo: —iEsto no puede ser! En esta casa no se piensa mds que en comer. Asi estamos los tres tan gordos. Se referia también al padre de Mateo, que estaba grueso, si, aunque menos que la madre. —O sea —determiné—, que se acabé Jo de comer garbanzos, judfas y lentejas. Al principio, a Mateo le parecié una buena idea porque no le gustaban de- masiado los cocidos. Lo malo fue cuando su madre se empefié en que sélo podian comer verduras 0 pescados muy sosos. que no sabian a nada. 0, con suerte, al- guin filete muy delgadito a la plancha —iPero, mama —protesté desesperado Mateo—. si a mi no me importa estar gordo! —iPero a mi si! —replicé la madre, que era muy enérgica. —iPues entonces adelgaza tii! —le contesté a su vez Mateo, que era bastante descarado. A la madre le hizo gracia la salida y le aclaré en plan carifioso: —Quiero decir que a mi si me importa que estés gordo. 0 es que de mayor quie- res ser como tu padre? —iClaro que quiero ser como papa! —le contesté Mateo. que se sentia muy 8 orgulloso de su padre, pues era nada menos que capitan del cuerpo de boin- beros, —2Tan gordo? —le insistié ella. La verdad es que era un asunto que a Mateo le trafa sin cuidado. Cierto que en el colegio algunos le Hamaban la gorda Chamero 0 King Kong Chamero, pero no le importaba demasiado. Cierto, también. que corrfa un poco menos que los otros chicos cuando jugaban al fiitbol; pero en cambio le respetaban bastante, pues a nada que les diera un empujoncillo los ti raba al suelo. Este problema, que parecia una tonte- ria, cada vex se hizo mas grave. Y raro era el dia en que a la madre no se le ocu- rria prohibirles un nuevo alimento por- que engordaba. Tenia muchas amigas, también gordas, que siempre estaban dando consejos sobre lo que no se podia comer. Horrible. EL SEGUNDO PROBLEMA también se presenté de repente. Los Chamero vivian en un barrio a las afueras de la ciudad, en el que habia edificios de pisos pero también pequefos chalés. Y a uno de es- tos tiltimos se vino a vivir un seftor ma- yor. misterioso. duefio de un perro gigan- tesco que ladraba como enloquecido cada vez que Chamero pasaba por su calle. No le quedaba mas remedio que pasar por alli para ir al colegio. Y a Mateo. con todo lo forzudo que era, los perros le da- ban terror. Mejor dicho. le aterraban casi todos los animales. En eso habia salido a su madre, que si veia una lagartija daba unos alaridos que porian los pelos de punta al mas tempiado. El padre, que. como buen i -mbero. era muy valiente, le razonaba a su hijo: —Pero zcémo te puede dar miedo una lagartija que no tiene ni el tamafio de un dedo tuyo? :Qué te va a hacer semejante insignificancia de animal? 10 —Y entonces zpor qué les tiene miedo mama? —le objetaba Mateo. —Mira, hijo —le explicaba el padre, que era muy pactfico—, tu madre tiene muchas virtudes, pero es un poco nervio- sa, Y cuando se le disparan los nervio: Ta madre, muy comprensiva, le daba Ja raz6n al padre y admitia que era rid culo tener miedo a los animales... excep- to a los perros. Y se ponia a contar his- torias de perros que habjan.mordido ihasta a sus duefios! —iPero, mujer —se enfadaba el pa- dre—, eso sera un caso entre un millén! Aunque no digo que no haya casos de perros que se vuelvan locos. Pero eso es Jo excepcional. . De poco consuelo le sirvi6 esa explica- cién a Mateo, porque llegé a la conclu- sién de que el perro del vecino era, sin duda, una de esas excepciones. Silo de no comer iba mal, lo del perro. peor todavia. El animal cada dia se mos- traba ms furioso. En cuanto le veia se 12 ponia a ladrarle. con los ojos inyectados en sangre y mostrando unos colmillos amenazadores. Golpeaba con su enorme cabeza contra una alambrada del jardin. y ésta se iba doblando poco a poco. A Mateo le parecia que cualquier dia la romperia y podria abalanzarse sobre él. Aunque le daba vergiienza reconocer el panico que le inspiraba aquel animal, decidié hablar con su madre y contarle lo que pasaba, Mama, tendrias que hablar con su duetio, iporque mira que como se escape La madre estaba haciendo un guiso de Duerros con vinagre, que le habia dicho una amiga que no engordaba ni un gra- mo, y le contesté distraida: —No creo que se escape. Mateo no entendia nada de la vida. Su made estaba preocupadisima porque pe- saba unos kilos de mas y, en cambio. no le importaba que a su hijo le atacara un perro salvaje. 13 A TANTO LLEGO LA COSA que decidio comentarselo a Antonio Ramirez, su me- jor amigo y companero de clase. Este se Jo tomé muy en serio y le dijo: —No me extrafia que estés preocupa- do. Hay perros que son capaces de matar a.un nifio. 7 Y como era muy decidido. ese mismo dia, en clase de Conocimiento del Medio. le pregunté al profesor: —Oiga. profe, Chamero dice que cerca de su casa vive un perro que esta loco. 2Es verdad que un perro puede volverse loco? Antes de que el profesor pudiera con- testar, algunos alumnos se pusieron a opinar. Los que tenian perros y estaban encarifiados con ellos dijeron que eso era imposible. pues el perro es el mejor amigo del hombre. Pero otros no estaban de acuerdo y contaron casos de perros terri- bles, que mordian a cualquiera que se les ra por delante Me yams por partes —dijo el profesor 14 Poniendo orden en la clase—; con los pe- rros hay que tener cuidado. Un perro que esté bien enseriado no tiene por qué crear problemas. Pero, a veces. los dueitos se aburten de ellos. los abandonan o no les dan de comer. y entonces los animales tienen que matar para alimentarse. Tam- bién hay duefios que los educan para que sean muy fieros y los defiendan, y ésos pueden acabar siendo peligrosos, —Pero —insistié Antonio Ramirez— aunque sea un perro bien cuidado, zpue- de volverse loco? Es muy dificil, pero no imposible —concluyé el profesor. Con lo cual Mateo qued6 tan preocu- pado como antes. Mejor dicho. un poco mas, porque Jacinta, también vecina y muy amiga, le dijo al terminar la clase: —Ya sé de qué perro hablas. Es un saucer negro, Mi tia dice que por las no- ches se escapa a perseguir gatos. —:Para comérselos? —pregunté Ma- 15 teo, sin poder disimular un temblor en la voz. —Supongo —contesté la chica. —Pues si se escapa de noche, también se podra escapar de dia — razon Mateo. —Supongo —volvié a repetir Jacinta con la tranquilidad que le daba el vivic bastante lejos de tan fiero animal. —iParece que no sabes decir otra cosa! —se enfadé Mateo, viendo lo poco que les preocupaba su suerte. Pero Antonio Ramirez, que era muy reflexivo, le aconse}6: —Tii lo que tienes que hacer es con- seguir un buen palo y amenazarlo con él. Fijate en los circos: los domadores, con una varilla de hierro. pueden hasta con Jos leones. Basta que se la ensefien y los animales retroceden. ‘A Mateo le gusté la idea y decidié po- nerla en practica. Pero ese mismo dia se le presenté el tercer problema. ‘A PRIMERA HORA DE LA TARDE api recié el director en la clase con una nif 16 de la mano. El director, que era un seior muy serio y bastante callado, en esta ocasion se mostraba muy dulce con la nitia, haciéndose el simpatico. Algo poco corriente. —A ver, chicos y chicas. aqui viene una nueva alumna. Quiero que me la cuidéis muy bien. En el colegio estaba claro que los que cuidaban de los nifios eran los profesores. Por eso les extraiié que el director les pi- diera que cuidaran de aquella nifta tan rara, Resultaba rara porque, aunque no ~hacia frio, Hevaba un anorak bastante grueso y la cabeza se la cubria con un gorro. —Vamos a ver dénde sentamos a Ana Echeverria, porque quiero que sepais que esta preciosidad se llama Ana Echeverria —continué el director. Aquel comentario los asombré més atin, porque la nia de preciosidad tenia poco. Quiz lo fuera, pero no se podia sa- ber pues, entre el gorro y que mantenia 7 la cabeza inclinada, apenas si se le veia la punta de la nariz, Y lo poco que se veia mostraba un color muy palido, sin nin- gin atractivo El director, sin soltar a la nifia de la mano, eché una ojeada la clase, buscan- do un buen sitio para su protegida, y su mirada se detuvo en Mateo Chamero. Vaya! —exclamé con alegre sorpre- sa—. Tenemos un sitio libre junto a Cha- mero, gran muchacho. Bfectivamente. los pupitres eran de dos plazas y, a causa de su gordura. Mateo ocupaba uno él solo. —ila, ja, ja! —rid el director, que se- guia simpético a mas no poder—. Ana estara muy bien junto a Chamero, que como todos los gordos, es pacifico y bue- na persona Mateo no salia de su pasmo, ya que como no era de los mejores alumnos del colegio. el director no tenia muchas oportunidades de decirle cosas agrada- bles. Por eso puso cara de extratieza. y el 18 director, un poco apurado, le dijo en tono de disculpa: a —Oye, mo te importard que te haya . llamado gordo? uae —A mi no —le contesté el chico a... la que le importa es a mi madre. - —iCémo dices? —se extraiio el direc- tor. ‘ z sine t —Que a mi madre si le importa el que yo esté gordo. Bueno —aclaré— , y tam- bien el estar gorda ella. ~ Al director, con lo contento que esta- ba, le dio un ataque de risa, esta vez de verdad, y a sus risas se unieron las de to- dos los dea clase,,A Mateo no le impor- 16, potqué le gustaban mucho las bromas y el que la gente se riera. LO MALO FUE CUANDO LLEGO A CASA por la tarde. Se encontré esti madre he- cha una faria. 20 —Pero icémo se te ocurre andar di- ciendo por ahi que estoy gorda? De momento Mateo no cayé en la cuenta, hasta que se acordé de lo ocurri- do en clase. —Sélo lo he dicho en el colegio —le explicé a modo de disculpa. —2¥ te parece poco? —se encresp6 ella—. :No ves que como conozco a todas las madres, sus hijas ya les han ido con el cuento? Eso era verdad, porque el barrio no era muy grande y se conocian casi todos los vecinos. Pero como Mateo no tenia mu- cho miedo a su madre, le replicé: qué tiene de malo el estar gordo? El director me ha felicitado hoy por estar gordo y ha dicho que los gordos somos mejor gente. —iPues dile al director que no se meta donde no le aman! —fue la furiosa res- puesta de la madre. —Bueno —le dijo Mateo muy tranqui- lo—, mafiana se lo diré. 21 La madre le prohibié con otro grito que lo hiciera. Y, mientras tanto, el padre se partia de risa, Con lo cual Mateo con- firm6. una vez més, que la gente mayor era muy complicada. Lo que Je parecia bien al director, le parecia fatal a la ma- dre, y lo que a ésta le hacia sufrir, a su padre le hacia reir. Un lio. Lo bueno que tenia su madre es que pronto se le pasaba el enfado. Por eso. cuando estaban cenando los tres. ella pregunt6 ya en otro tono: —2Y por qué habéis tenido que hablar en clase de mi gordura: —Es que ha legado una niha muy rara, jésa si que esté delgada, mamé, a th te encantaria!, y la han sentado en mi pupitre. ‘Ala madre se le cambié la cara y. con aire preocupado, le pregunte: —2Se apellida Echeverria? —Si, dla conoces? —se extrait Mateo. —Conocemos a sus padres —y anadié. dirigiéndose @ su marido—: Ya sabes 2 quién La hija de Pedro y Juana. Po- brecilla. Ha estado muy enferma. Mas de un afo en un hospital. —Pues yo creo que sigue enferma —les explicé Mateo—., En la cabeza lleva siempre un gorro y el anorak no se lo quita ni en clase. —Ya —dijo la madre—. Es que tiene una enfermedad de la sangre muy mala. Debe cuidarse mucho. No le conviene co- ger catarros, ni ninguna infeccién. Para ella seria peligroso, El padre asentia a cuanto decia la ma- dre, también con aire grave, y para con- cluir recomendé a su hijo: —Ya la puedes cuidar. 23 A Mateo te parecia muy bien que to- dos confiaran en él para cuidar de aque- lla nia, pero no se le ocurria cémo, De buenas a primeras, quien necesité ayuda y cuidados fue él, por culpa del condenado perro. Siguiendo los consejos de Antonio Ramirez, consiguié hacerse con un palo tan largo que podia pasar por una lanza. Se imaginé que era un ca- ballero medieval, y aquella mafiana salié de su casa galopando, lanza en ristre, c mino del colegio. Ramirez le habia dicho que en cuanto el perro viera el palo, se asustaria y se largaria con el rabo entre las pierna 24 in ningun caso —le advirtio su buen amigo— le pierdas la cara al ani- mal. No vaya a pensar que le tienes miedo —Pero es que se lo tengo —le confess humilde Mateo. —Ya. Pero que no se dé cuenta. Si ex hecesario, le amenazas.con el palo. Asi lo hizo, Al llegar frente a la temida casa. se irguié como supuso que haria un caballero medieval en semejante situa- cién. mostrandole al animal el palo-lan- za. Lo Unico que consiguié fue que el pe- ‘ro se pustera a ladrar con mas furia que nunca. Asi que Mateo, con gran decision, volvié a amenazarlo con la vara. Fue visto y no visto. El perro. con sor- prendente agilidad, dio un salto y sacan- do su enorme cabeza por encima de la valla, trincd el palo con los dientes. A continuacién lo hizo crujir entre sus mandibulas, como si fuera turn de guirlache, Mateo. del susto. perdié el equilibrio y 25 cayé de espaldas. Intenté levantarse para echar a correr, esta vez como un caballo de verdad, pero volvié a caer y se hizo una herida de regular tamafio en la ro- dilla derecha. En tan lastimoso estado lle- 6 al colegio y lo primero que hizo fue increpar a su amigo: —Conque un palo, geh? Y le conto lo sucedido. Pero, cosa cu- riosa, no le prestaron demasiada aten- cidn porque Jacinta, su vecina y amiga, acababa de hacer un descubrimiento asombroso: la nifia nueva no se quitaba el gorro nunca porque estaba calva. —2Calva? {Qué asco! —fue lo primero que se le ocurrié decir a Mateo. —Asco... Por qué? iPobrecilla! —la defendié Jacinta. Antonio Ramirez, tan sesudo como siempre, les explicé: s que tiene una enfermedad de la sangre, y a todos los que la padecen les tienen que dar rayos y unas medicinas que hacen que se les caiga el pelo. 26 —Pero des vuelve a salir? —se inte- res6 Jacinta. bueno, eso si no se mueren antes. Mateo se qued6 horrorizado. Encima de los problemas que tenia, ahora debia compartir el pupitre con una nifa que se podia morir en cualquier momento. LO DE COMPARTIR EL PUPITRE resulté bastante complicado. Entre lo gordo que estaba Mateo y el anorak de la nifta, re- leno de plumas, apenas si cabian los dos. Mateo se sent6 lo mas apartado posible. porque le entré la preocupacion de que aquella terrible enfermedad pudiera ser contagiosa. Hasta se lo comenté a Ra- mirez, que dictaminé: —No creo; si fuera contagiosa no la dejarian venir al colegio. Pero, por si acaso, Mateo se paso todo el dia sentado en la esquina del banco. La nifia parecia muy callada, con la cabeza 28 gacha. excepto cuando hablaban los pro- sores. Entonces se quedaba con la boca abierta, mirandolos muy fijo, como ad- mirada de todo lo que decian. Los profe- sores le hacian mas caso que a los otros nitios y. a veces, le preguntaban: :Lo entiendes, Ana, guapa? Y si la nia negaba con la cabeza, se lo volvian a explicar. Si lo entendia, se imitaba a asentir con la cabeza, como si no supiera hablar. A Mateo no se le ocu- ria cémo podia ayudar a una nifia que no hablaba. Menos mal que la rodilla le dolia tanto que hasta se olvidaba de su vecina de mesa. Segiin avanzaba el dia le molestaba més, y como la herida le sangraba de vez en cuando, decidié cubrirsela con el pa- iuelo, Y en ese momento pudo compro- bar que Ana Echeverria no era muda. —Oye —e dijo la nia en un susurro de voz—, si te pones ese paftuelo tan su- se te infectard la herida. Mateo miré el pariuelo, que a él le pa~ 29 reofa que estaba bastante limpi gunté muy fino a la chica: ZT crees que esta suci¢ —Asqueroso —musité Ana. Mateo se qued6 cortado ante la salida de aquella mosquita muerta. Ella, sin més comentarios, abrié una cartera cast més grande que ella, toda lena de libros y cuadernos, muy bien ordenados, y le dio un pafuelo de tela fina, recién plan- chado. Ademés, olia muy bien. —Pero te lo voy a manchar de sangre —fue lo tnico que se le ocurrié decir a Chamero. La niia se limitd a encogerse de hom- bros, y asi fue como comenzé la extraita relacién entre la flaca y el gordo. PRONTO SE DIO CUENTA MATEO de que aquella nifia con aire de despistada se enteraba de todo. Hasta de su proble- ma con el perro. El sdlo lo comentaba 3 con Antonio Ramirez y con Jacinta. Y fue a esta ultima a quien se le ocurrié una idea casi peor que la del palo. —Esta claro le dijo Jacinta— que ese perro la ha tomado contigo. Lo mejor es que pases por el chalé lo mas deprisa po- sible. Por qué no vas en bici a todo gas Como Mateo confiaba mucho en sus amigos. le hizo caso. ‘A la mafana siguiente monté en su ici de carreras, tom6 impulso y... cuan= do el animal vio aparecer la bicicleta, se puso como loco. Se lanz6 con tal furia contra la alambrada que Mateo no dud6 que, en esta ocasién, la destrozaba. Con- secuencia: tanta prisa se quiso dar en es- capar que fue a parar al suelo, hacién- dose otra herida, esta vez en la rodilla iz- quierda, Lloré de rabia y de dolor y entro en el colegio sin querer hablar con nadie. Ana Echeverria le eché una mirada de las su- yas, de niha modosita. y se limité a pre- guntarle: 32 —2Qué pasa? 2Es que ti te caes todos los dias? Y sin més explicaciones, le alargé otro pafuelo tan limpio y fragante como el del dia anterior. De enfadado que estaba ni le dio las gracias. Al rato le volvié a preguntar la nifia: —2Cémo se Hama ese perro que te la- dra tanto y te da miedo? —2Y quién te ha dicho a ti que me da miedo? —pregunté a su vez Mateo de malos modos. ‘Ana se encogié de hombros, en un gesto muy suyo, sin contestarle. —Y, ademas, si me da miedo, 2qué? —le increp6 Mateo desafiante—. :Es que a tino te dan miedo los perros locos? La nifia se lo pens6 y contesté en un susurro: —A mi lo tinico que me da miedo es ir al hospital, Sin habla se qued6 Mateo ante una noticia tan triste. Sinti6 una cosa por 33 dentro”y no le quedé mas remedio que preguntarle: —2Y por qué te da tanto miedo? —Me ponen inyecciones. —Pues a mi una vez me pusieron una y no me dolié —le dijo Mateo para con- solarla. —2Dénde te la pusieron? —se interes6 la ni —Aqui —le contesté Mateo sefalén- dose una nalga. —£n el culo no duelen nada le acla- 6 la nifiia—; ni en el brazo tampoco. De ésas me ponen muchas. Lo malo es una que me ponen en un hueso de aqui. Y se sefialé la columna vertebral. Ma- teo penso que aquél era un sitio horrible para poner inyecciones. —Jo, qué faena —fue lo tinico que se Ie ocurrié decir. ¥ aiiadié como para dar- le Animos—: Pero ya no estas en el hos- pital. —No —admitid la nifta—. pero tengo 34 que volver todos los miércoles para esa inyeccion. Hasta que legue el verano. ‘A Mateo no se le ocurria decir nada més sobre un asunto tan desagradable. y fue la niita quien volvié a preguntar: —Pero zcémo se llama el perro ese? Si a un perro le llamas por su nombre es mas facil hacerse amigo suyo. ‘Aunque Mateo se flaba ya poco de los consejos de sus compatieros, fingié que le parecia una buena idea y dijo que se en- teraria del nombre de aquella fiera. Lo hizo para que la nifia no siguiera pensan- do en cosas tristes. Dasspe ese aia. comenss para Mateo una época muy rara. Por“una parte le gustaba estar con la nia nueva porque contaba cosas muy interesantes: pero. a la vez, le daba miedo sentarse junto a al- guien que podia morirse de un dia para otro. Sobre todo los miércoles se sentia an- gustiado. Cuando Ana volvia, hacia me- dia mafana, Mateo la miraba con mu- cha atencién para ver si habia lorado. A veces le preguntaba: —e ha dolido mucho? —Un poco, pero luego mama me ha 3H invitado a tomar tortitas con nata, que es lo unico que me gusta. —iQué suerte tienes! le decia Mateo, en parte para animarla y en parte de co- razén—. A mi, en cambio. no me dejan tomar dulce. Dice mama que estoy muy gordo. Apenas me dejan comer y siempre estoy con hambre. Una desgracia. —Pues yo nunca tengo hambre —le replicé la nifta— y siempre me estan obli- gando a comer. Eso si que es desgracia. EI que-ambos fueran desgraciados, aunque justo por lo contrario, los uni6 mucho. A’partir de ese dia Ana Echeverria, a la hora del recreo, se sacaba de su rha- ravillosa cartera un bollo con crema y se lo daba a Mateo. Bl chaval estaba encan- tado con aquella moda, hasta que se en- teré Jacinta. —iSeras cerdo! —le increpé bastante Ana! —iPero si es que ella no la quiere! 37 Nunca tiene hambre —se disculpé Cha- mero. —iPues aunque no tenga hambre, tie- ne que comer! 2No ves que si no come, nunca se pondré buena? Mate se qued6 desolado porque echo la cuenta y llevaba quince dias comién- dose el bollo de la nia. Sélo de pensar que, por su culpa, pudiera pasarle algo malo, se le quité el apetito. Aquella mi ma tarde, muy enfadado, le dijo a Ana: —iYa te estas comiendo el bollo y sin dejar una miga! A la nifa se le lenaron los ojos de lagrimas, pero comenz6 a comer, muy despacio. Se le hacia una bola en la boca, como sino pudiera tragar. Por su parte a Mateo se le puso un nudo en la gar- ganta, porque se dio cuenta de que era mucho peor no tener hambre que tener demasiada, como él. Al dia siguiente, Ana no fue al colegio y Mateo estuvo muy inquieto, hasta que Jacinta le explic 38 —No ha venido porque hace mucho frio, y Ana no se puede acatarrar. ‘Asi se pasaron tres dias, y al cuarto, que lucié un sol muy hermoso, aparecié de nuevo Ana y ocurrieron dos cosas sor- prendentes. La primera fue que a la hora del re- creo, Ana, con una sonrisa misteriosa abrié su superordenada cartera y sacé dos bollos de crema. —Uno para cada uno —le Mateo alargandole el suyo. —iNi hablar! —dijo éste, temiendo que se enterara Jacinta y le volviera a renir —No seas chorras —le replicé la nifia. que, cosa curiosa, a veces era bastante mal hablada—. :No ves que en mi casa me dan toda la comida que quiero? Si no puedo con un bollo, écémo voy a comer- me dos? ‘A Mateo le result6 tan razonable aque- lo —y tan apetitoso el bollo rebosante de crema— que le dijo en tono de persona mayor formo a 40 —Bueno. Me lo como si me juras que ta te comes el tuyo. —Vale —admitié la otra. Y desde aquella tarde se sentaban uno entrente del otro, cada uno con su bollo. Por su gusto Mateo se hubiera zampa- do el suyo de un par de bocados, pero Jo deglutia lentamente, como su amiga. Y si ésta se ponia melindrosa, Chamero Ja amenazaba con no comérselo tampo- co él —Menudo chollo que has encontrado —le dijo Jacinta cuando se enteré del tra- jin que se traian con los bollos. —Te advierto —le replicaba Mateo— que yo me lo como para que se lo tome ella también. —jiValiente cara que tienes! —se reia Jacinta. SEGUNDA SORPRESA: Ana le pidié que le explicara las lecciones de los dias que 41 habia faltado a clase: pero como Mateo era un estudiante regular. se acordaba poco y mal. Entonces la sorprendida fue la nifa: —Si ti no faltas nunca a clase, no comprendo como sabes tan poco. Debes de ser muy burro. Aunque Mateo ya se iba acostumbran- do a las salidas de su amiga, en esta oca- sidn se picé y le replicé: —No es que sea burro, es que no me interesa el colegio. —:Que no te gusta el colegio? —Ie pre- gumts la nifia em el colmo de la sorpre- sa—. A mi, lo que més del mundo. —Claro, porque vienes poco —se le ocurrié decir a Chamero. —A ver si te crees que es por mi gusto Ae solté la nifia. Y lo dijo en un tono tan sentido que el chaval se sintié a disgusto. A partir de ese dia, si Ana faltaba a clase Ma- teo procuraba estar muy atento a lo que a2 decian los profesores, para quedar bien con ella. A‘TODO ESTO, Ana seguia empenada en que Mateo se enterase del nombre del te- mible perro. Pero no hubo forma: su due- fo era un anciano misterioso. y no lo co- nocia casi nadie. —iQué pena! —se lamentaba Ana—. Silo llamaras por su nombre, seguro que dejaba de ladrarte. Ana se volvia loca por los animales. Sobre todo por los perros y los gatos. Pero hasta una lagartija que saliera al sol en el patio del colegio le interesaba. Lo malo era que no le dejaban tener ani- males, ni tan siquiera acercarse a ellos, porque le podian contagiar enfermeda- des. —Mi padre me ha prometido —le ex- plicé a Mateo— que cuando me ponga 4B buena me va a regalar un perro. O sea. que lo estoy deseando. Lo decia de manera que parecia que estaba deseando ponerse. buena sélo para poder tener un perro. En cambio, él no tendria uno ni por todo el oro del mundo, Fue el primer aiio que Mateo se dio cuenta de que habia llegado la primave- ra, El estaba atento a la legada del ve- rano. porque les daban las vacaciones y se iban a la playa. Por lo demas, le traia sin cuidado que lloviera 0 hiciera frio, que fuera invierno u oto’io. Pero aquel afto, hacia mediados del mes de mayo, aparecié un dia Ana Eche- verria sin su famoso anorak, Llevaba un vestido que, segtin todas las nifias, era precioso y le favorecia mucho. También el gorro era distinto, de una tela menos gruesa y de tamaio més reducido. Por la parte de la frente le asomaban. algunos mechones muy finos, como sf et pelo le « empezara a crecer de nuevo. Ese dia Ma- teo se dio cuenta de que Ana era rubia y 44 de que podia tener razin el director cuando dijo que era una preciosidad. —Lo odio —le comenté a Mateo, un poco ruborizada por las cosas que le de- cian sus compaiieras sobre lo guapa que estaba. —2Qué es lo que odias? —HI anorak. Estoy horrible con él —luego se qued6 pensativa y continué con aire ensofador—. La primavera es fantastica. 2A ti te gusta? —No esta mal. Depende —le contest6 Mateo, por decir algo. Entonces Ana le comenz6 a explicar la cantidad de cosas que pasaban en. pri- mavera relacionadas con pajaros, arboles y flores, y que a ella le parecian maravi- llosas. A Mateo le dio vergiienza confe- sarle que ni Se habia fijado. ys —Cuarido estaba, en el hospital, en una habitacién muy pequéfia que daba'a una calle oscura, s6lo sofiaba con la pri- mavera. Ademés, el médico me habia di- cho que si comia bien y me tomaba las 46 medicinas, en primavera podria ir al co- legio y jugar al aire libre. —gTan mal se estaba en el hospital? —se interesé Mateo, admirado de las emociones de la nifia. —Bueno... —se lo pens6, se le iluminé la cara y siguié—: Pero mi médico es fe- nomenal, Yo de mayor también voy a ser médico. Ah, si? Pero entonces te tendras que pasar la vida en un hospital. —No me importa; ser médico es lo me- jor del mundo. —Pero para ser médico tendris que es- tudiar mucho. —No me importa tener que estudiar. Lo cual era cierto. Ana en clase escu- chaba con la boca abierta a los profesores y se enteraba de todo lo que decian, —YO NO ME EXPLICO cémo os levais tan bien con lo distintos que sois —le co- ment6 un dia Antonio Ramirez, 47 —Si —admitié Mateo—; Ana es un poco rara. Fijate que lo que mas le gusta es el colegio, los animales. las flores. y co- sas asi. No seras tii el raro? —le replicé Ja- cinta, que siempre salia en defensa de ‘Ana Echeverria. —Lo que pasa —concluyé Antonio Ramirez, tan reflexive como de costum- bre— es que después de pasarse un aito encerrada en un hospital. todo lo de fue- ra le parece maravilloso. Hasta el colegio. LA PRIMAVERA LLEGO para todos y, de modo especial, para la madre de Mateo Chamero, que comprobs que habia adel- gazado iquince kilos! La verdad es que estaba mucho mas delgada, daba la impresién de mas joven” y mas guapa, y no cabia en si de satis- facci6n. 48 —Esto hay que celebrarlo —decidié el dia en el que la bascula le dio tan buena noticia. Luego miré de reojo a su marido y a su hijo, y les dijo—: Aungue vosotros cémo os las arreglais, porque ha- béis adelgazado mucho menos que yo. Mateo y su padre pusieron cara de des- pistados, para que no les descubriera el secreto. Porque a causa de la mania de la madre, Mateo habia descubierto lo agradable que era tener un secreto con su padre. Los dias de colegio, gracias a los bollos que le suministraba Ana, Mateo lograba enganar el hambre. Pero los no s bados y domingos no le quedaba mas remedio que hacer trampas a la hora de la me- rienda, Su madre le solia dar un té con un par de galletas medio secas. y él, a capaba con su paga a Ja pasteleria del barrio. Y una tarde de domingo se encontré a su padre en la misma operacién, toman- 49 dose un pasteln de nata de los mas grandes. Mateo se quedé con la boca abierta y su padre se puso rojo hasta las orejas. Luego, a los dos les entré la risa. —O sea, que ti también... le dijo Mateo encantado de pillar a su padre en falta, —Bueno, sélo los domingos. Claro, porque entre semana te forra- ris en tu oficina, —iNifio! —le reprendié el capitan de los bomberos—. Mas respeto a tu padre. Pero a continuacién le invité a otro pastelon y se juramentaron no decir nada a la madre. —Y sin abusar, zeh? —le advirtio el padre—. Porque tu madre tiene razén. Comemos demasiado y nos conviene adelgazar. Desde aquel dia se traian sus cuchi- cheos entre ellos. Y en alguna ocasién —por ejemplo, cuando la madre se em- pefiaba en que cenaran sélo acelgas— el 50 padre le alargaba, disimuladamente, una tableta de chocolate u otra chucheria por el estilo, A pesar de todo, también adelgazaron, y por eso la madre decidi6 que tenian que celebrarlo. =] Gran idea! —dijo el padre—. Po- demos celebrarlo comiéndonos una pae- la en un buen restaurante. —iNi hablar de comidas que engor- dan! —replicé la madre—. Con lo que nos ha costado adelgazar. Estoy dispuesta a haceros un buen regalo con mis aho- ros. A ver qué es lo que queréis cada uno. Mateo se lo pens6, lo comenté con sus amigos. y fue Antonio Ramirez quien le tienda de campa Porque aquella primavera se habia 53 puesto de moda en el colegio hacer ca- batias. La ventaja de aquel barrio, a las afueras de la ciudad, era que tenia mu- chos arboles y algunos campos sin edifi- caciones. Fra un sitio muy bueno para hacer cabafias con palos. telas y carto- nes. —Pero una tienda de campaiia —in- sistié Ramirez— es mucho mejor. Hasta podemos dormir una noche dentro. Y en verano podemos hacer excursiones con ella. Ta crees que te la comprarin? SE LA COMPRARON. La madre comenté que resultaba un poco cara, pero que la ocasion lo merecia. Aquel mismo sabado, con ayuda de Ramirez, Mateo la monté en un bosque- cillo proximo al colegio, y ambos se que- daron extasiados. Ramirez se habia trai- do un camping-gas y se frieron unas sal- chichas que les supleron mejor que 54 nunca. Para colmo de dichas comenz6 a lover, y asi pudieron comprobar lo bien que se estaba a su resguardo, Se dieron cuenta de las grandes posi bilidades que ofrecia una tienda asf. Pen- saron hacer un cobertizo con palos, que les serviria de garaje para las bicicletas. —fsto puede acabar siendo mejor que una casa —concluyeron ambos—. Y, ademas. nuestra, sin padres que nos den la lata. Cuando al dia siguiente, lunes, se en- teré Jacinta, lo primero que les dijo fue: iMenudos cerdos, no me habéis avi- sado! —Sélo era una prueba —se disculpé Mateo—. El sibado que viene la vamos a montar en serio, con garaje y todo. Y a organizar una supermerendol: ‘Ana les escuchaba con gran fijeza, sin perderse ripio de Jo que decian. Mateo, en plan generoso, informo: —T también cabes, es muy grande la tienda. Si quieres puedes venir. :Te ape- tece? —Lo que mas del mundo, pero no me dejaran, Como ya sabian que a Ana no le de- jaban jugar a nada que le hiciera sudar y pudiera acatarrarse, se quedaron un poco mustios. —iVenga! —le animé Jacinta—: en la cabaiia no tienes por qué sudar. Ademas. ya no hace Irfo. —Si fuera después de junio... —mur- mur Ana nostilgica —:Qué pasa después de junio? —pre- gunto Mateo. Después de junio pasarian cosas ma- ravillosas. Le darian de alta y ya no ten- dria que volver al hospital para la odiosa inyeccién de los miércoles. —Serd fenomenal —le dijeron los otros tres casi a la ver, —Ademiés. ya te esta saliendo el pelo, zverdad? —aiadié Mateo para animarla. 56 —S.. Un poco —admitié la nifia po- nigndose colorada. —2A que eres rubia? —insistié Mateo. La nifa asintio con la cabeza. Y como sile dicza vergiienza, se metid el sombre- ro hasta las cejas, —Pues si ti no vas, yo tampoco voy —afirmd Jacinta. Por ‘o que los otros decidieron que ha- bfa que ir a ver a los padres de Ana. para pedirles permiso. LA MADRE DIJO QUE NO y el padre que si, Hasta se legaron a enfadar delante de los tres amigos. —La nifia no se va a pasar todo el dia metida en casa porque a nosotros nos dé miedo todo —le dijo el padre a la madre. —iMira. Pedro, que si se acatarra 0 le pasa algo! —se laments ella. ‘or qué se va a acatarrar? Ya no 's en invierno. El tiempo es bueno le razoné é—. Ademas, seguro que es- tos amigos cuidaran de Ana, {Verdad? Los tres asintieron, y Jacinta, que era la mas decidida, hablé por los tres: —Que esté sdlo un rato, y si vemos que hace malo o Ilueve la traemos a casa La madre terminé por acceder. pero con muchas condiciones. Entre otras, que tenia que hacer muy buen dia. que no se podia quitar los zapatos, ni el som- brero, etcétera. etcétera. El padre los acompaiié hasta la puerta y al despedirlos les dijo: —Lo importante es que Ana se lo pase bien —y cuando ya estaban en la calle, afiadié—; Oye, no sabéis lo que os agra- dezco que os preocupéis por mi hija. Sois ‘unos tios estupendos Los chavales no supieron qué decir. porque no estaban acostumbrados a que los padres se emocionaran por semejante tonteria. Y mucho menos a que les die- ran las gracias. 59 LOS PREPARATIVOS DEL FESTEJO del sibado los tuvo muy entretenidos toda la semana. Ana Echeverria no sabia hablar de otra cosa. No se cansaba de preguntar sobre lo que harian o dejarian de hacer. Si la tienda la montarian al sol o a la sombra. Si habria algim rio cerca. Cues- tiones que a Mateo le parecfan poco in- teresantes. en comparacién con la super- merendola que iban a organizar. Asi que le dijo a Ana en plan mandén: —Si vienes es con la condicion de que te comas toda la merienda. Nada de em- pezar con tus tonterias. 2Esta claro? —Clarisimo, jefe. Lo prometo —le con- testo Ana, al tiempo que le daba un beso en la oreja. Mateo se quedé de una pieza, porque entre ellos no habia esa costumbre. Co- menté con los otros dos las rarezas de ‘Ana, y Jacinta, como siempre, la defen- dio: —Es que esté loca de contento. Ten en cuenta que es la primera vez, en dos 60 afos, que va a hacer algo distinto de ir al colegio o al hospital. De todos modos —aiiadi—, tit no la beses, no vaya a ser que le contagies algo. Esto lo dijo porque Mateo era bastante despreocupado para lo dé lavarse. —Descuida —le contesté él despecti- vo—: yo sélo beso a mi madre cuando no me queda mas remedio. Lo cual no era cierto pues Mateo era bastante carifioso, y poco rencoroso, por- gue si bien habia amenazado a Jacinta con no dejarla entrar éf su cabafia si se ponfa tonta, pronto se le olvid6. Es mas, aquella noche se duché sin que le obli- gara su madre. no fuera a ser que Jacinta tuviera raz6n en lo de los contagios por falta de-higiene. El viernes amanecié cubierto de negros nubarrones, y Ana lego al colegio de- mudada, Lo primero que le dijo a Mateo fue: —Reza para que manana haga bueno. 61 —Pero apara eso se puede rezar? —se extraiié el chaval. —Bn mi casa rezamos por todo. Bueno —aclaré la nifia—. desde que estoy mala, —Pues entonces yo prefiero rezar para que te creaca el pelo muy deprisa —fue Ja salida de Mateo, como para correspon- der al beso de la oreja. ‘A Ana le dio una risa muy simpética y Mateo-se-aparté de ella, no fuera a dar- le un beso en la otra oreja. Puestos a rezar, Mateo decidio rezar también para que el dichoso perro desa- pareciese de su vista. Porque ese mismo viernes, cuando Mateo llego a su casa. por poco se desmaya. En la puerta habia un senor con pinta de extranjero hablan- do con su madre. Era el dueno del perro iy estaba buscndolo! El animal habfa de- saparecido. Sus relactones con ef animal no ha- bian mejorado nada durante los meses transcurridos. Mateo procuraba pasar por delante del chalé maldito tan silen- 62 cioso como un piel roja, casi arrastrin- dose por el suelo, Y el dia que conseguia que el perro no advirtiera su presencia, se sentia feliz. de la hazane Pero si el perro se daba cuenta de la maniobra, resultaba cien veces peor. Se ponia hecho un energiimeno y sus ladri- dos taladraban el timpano del nino. A tanto llegaba la cosa que, en mas de una sién, a prudencial distancia, Mateo le tiraba piedras. Y una vez que le acerté con un cantazo, e| animal lanzé un au- llido sobrecogedor. pero desaparecié de su vista. —Yo creo —Ie explicaba el extranjero a su madre— que me lo habran robado. Es un perro de raza, muy bueno. Y les pidié permiso para poner un ci tel en el farol que habia enfrente de la casa de los Chamero. El cartel decia ast SE BUSCA PERRO-DE RAZA. ATIENDE POR ‘ZOSKA. SE GRATIFICARA. 63 «iA buenas horas me entero del nom- bre del bicho esel», pensd Mateo. Y se puso a rezar para que, efectivamente, se lo hubieran robado al pobre sefior y no volviera a aparecer por et barrio. Pero al poco le entré una gran preo- cupacion. ¢Y si el perro se habia escapa- do y andaba suelto por ahi? Recordé que el profesor de Conocimiento del Medio les habia explicado que los animales tenfan muy buena memoria, sobre todo para vengarse de los que:les-habian hecho al- guna faena, Habia contado la historia de un elefante que destruy6 un poblado in- digena desde el que le habian lanzado una flecha treinta aos antes. 2¥ st el condenado Zoskase acordaba del eantazo que le habia atizado y se ha- bia escapado para vengarse de él? Ante tan horrible idea, redobl6 los rezos. Excasoes que el sbado amanecié un dia espléndido. Sin una nube en el hori- zonte, el aire calmo y la temperatura muy suave, Todo tan agradable que Ma- teo se olvidé de cualquier cosa que no fuera montar la tienda. Desde por la manana, Ramirez y él se afanaron en prepararlo todo con gran es- mero. Junto a Ja tienda levantaron un sombrajo para las bicicletas: de sus casas se trajeron sillas plegables, de las que usaban en la playa, y una sombrilla. por si acaso. Y. por supuesto, el camping-gas de Ramirez, més una sartén para hacer 65 perritos calientes y un cazo para guisar chocolate Trabajaron un montén. y de vez en cuando le preguntaba Mateo a su amigo: ‘Tai crees que le gustara a Ana? {Gustarle? —se admiraba el otro—. Le volverd loca. Asi fue. Después de comer aparecié ‘Ana de la mano de su padre, El sefior se asomé al interior de la tienda y no pudo reprimir un silbido de admiracién —0s lo vais a pasar bomba —se limité a decir. Dio un beso a su hija y se marché sin hacerle recomendaciones sobre cémo se tenia que portar, Anduvo unos pocos metros, se volvis y le dijo a su hija: —iQue te diviertas mucho! Y Ana le tird un beso con la punta de los dedos. —E3 cursi la tia, zno? —le comenté Mateo por lo bajo a su amigo. —iJo, macho —le replicé Ramirez—, tui qué sabes de esas cosas! 66 Al poco Hlegé Jacinta, que primero se admir6 de la tienda y. a continuacién, tanto o més, de lo elegante que iba Ana. Jugaron a todo lo imaginable. siempre gue no fuera de correr o sudar, y se lo pasaron de locura. Ana estaba tan feliz que se vio claro que los otros tres no ha- cian mas que discurrir cosas que le gus- taran. Por darle gusto hasta se pasaron més de una hora observando unas hor- migas que trasladaban pajitas de un lado a otro. ‘Ana se quedaba embobada mirando los arboles. de hojas muy verdes. 0 las amapolas que nacian en el ribazo. y a media tarde dijo como si fuera a orar de la emocién: —Pero 20s habéis fijado qué bien huele tod —De maravilla —respondieron Jacinta y Ramirez, por seguirle la corriente. En cambio. Mateo replicé: —Pues mejor va a oler cuando friamos las salchichas —10ué tio! —le reproché Jacinta: ha- ciéndose la fina—. No piensas mas que en comer. —Pues yo también tengo hambre. La que dijo esto fue Ana Echeverria. y a los viros tres les dio un ataque de ale- aria, pues desde que la conocian sélo le habian oido decir lo contrario. Se pusieron a cocinar como posesos. y cuando estaban en lo mejor, friendo sal- chichas y preparando el chocolate. suce- did lo inesperado: unos ladridos que pa- recian distantes. Distantes para los de- mas, pero no para Mateo, que los conocia de sobra. —iEl perro! —exclame al tiempo que le daba un vuelco el coraz6n. —Qué perro? :Qué perro? —pregun- taron los otros, que se habian olvidado de tos problemas de Mateo. Los otros le siguieron y pudieron ver a un gigantesco animal que corria enlo- 68 quecido hacia ellos. La culpa de lo que sucedié a continuacién la tuvo Jacinta. Después dijo que le habia parecido ver es- puma en su boca y que por eso habia gri- tado: —iEsta rabioso! El caso es que echaron a correr y no pararon hasta la cercana puerta del co- legio. Y alli, jadeantes, se dieron cuenta de que se habian escapado todos... menos Ana. iAna a merced de un perro rabioso que sélo con que la mirase le contagiaria la rabia! A igual velocidad retorné Mateo a la cabaiia, justo en el momento que el ani- mal se aproximaba a la nifia. Bsta per- manecia muy quieta, con una silla en la mano, como para protegerse. Y a Mateo lo Gnico que se le ocurrié fue ponerse a cuatro patas y corresponder con toda la faria que pudo a los ladridos del perro. Esto lo habja leido una vez. en un te- beo, que lo aconsejaba como remedio 70 para asustar a los perros. Mateo habia pensado que aquello era una chorrada y nunca se le habia ocurrido ponerlo en practica, Pero en aquella situacién extre- ma decidié intentarlo. De momento consiguié que el perro, sorprendido, dejase de ladrar. Dentro del terror que sentia Mateo, eso le animé, y redobl6 sus ladridos. El animal hasta re- trocedié un par de pasos. pero pronto cambié de opinién y se aproximé a Ma- teo, A éste, del miedo. se le secé la gar- ganta y no pudo seguir ladrando. - Se hizo el silencio, que a Mateo le pa recié que duraba siglos, y, a conti cidn, el perro le olfate6 de arriba abajo, le chupé un zapato y se lanzé... sobre las salchichas que acababa de freir Ramire: a MATEO SE ENDEREZO, toms a Ana de la mano. y muy despacito se fueron hacia el colegio. Al principio la nifia estaba 72 temblorosa, aunque luego dijo que era de la emocion, pues nunca le habian pasado tantas cosas en un dia. Desde el colegio lamaron por teléfono a casa de Chame- ro, y al poco aparecié el duetio de Zoska. que seguia relamiéndose con las salchi- chas. Result6 ser un sefior francés, que no cabia en si de la alegria por recuperar a su perro. El francés era un caballero fi- nisimo, que les pidié muchas disculpas. Ademis. les explicé que Zoska era solo un cachorro de pocos meses y por es0 le gustaba jugar. —A mi me parece un poco grande para ser un cachorro —le dijo Mateo. que seguia mirando con recelo al animal. Aungue el duefo lo tenia sujeto con una correa al cuello . cachorro —insistié el settor— Luego, més grandes todavia. tambien ladran mas? —se espan- 16 Mateo. —iJa. ja. ja! —se rié el seitor—. No. 73 no. ahora ladra mas. Por jugar. Luego. de mayor. ladra menos. Volvid a disculparse y les explicé que la culpa de que ladrara tanto era suya. Por tenerlo todo el dia encerrado. Y por esa misma razén se habia escapado. —Desde mariana, todos los dias lo sa- caré a pasear. —O sea —le dijo Jacinta a Mateo cuando se despidié el francés—. que eres un miedica. No te da vergiienza tener miedo de un cachorro? Y la que salt6 fue Ana Echeverria: —De miedica nada, que todos creia- mos que era un perro rabioso y fue él quien se le enfrent6. ‘A Mateo le parecié muy bien que su amiga ie defendiera, y como no le ape- tecia discutir con Jacinta, dijo: —Dejaos de lios. Mariana repetimos. Y, ademas de la sartén, nos vamos a traer tun aparato que sirve para hacer tortitas con nata. Y repitieron de todo. Hasta de aven- 74 tura con Zoska, que volvié a aparecer al olor de las salchichas. Pero esta ver. venti acompafiado de su dueito, que les dio una sorpresa’ —Tomad. La gratificacién. Diez mil pe- setas. Los chavales pensaban que les estaba tomando el pelo y el francés les tuvo que explicar: —Yo puse un cartel diciendo: «Se gra- tificard». Vosotros lo habéis encontrado. El dinero es vuestro. —Oiga, zno seré demasiado? —pre- gunté Antonio Ramirez. —No. Este perro es muy caro. Vale lo menos cien mil pesetas. Yo os doy el diez por ciento. Es lo justo. —Vale —admitio Ramirez. y. dirigién- dose a sus amigos, pregunté—: :Vosotros creéis que nos llegaré para comprarnos otra tienda de campana? Y comenzaron a hacer planes sobre la cantidad de cosas que podrian hacer si tuvieran dos tiendas de campaia. 75 ZOSKA SEGU[A LADRANDOLE a Mateo cuando éste pasaba por el chalé. pero era de alegria. porque el chico en vez de pie- dras le alargaba trocitos de salchicha 0 de carne. —iQué suerte tienes de que un perro tan precioso sea amigo tuyo! — le dijo un dia Ana Echeverria. —Cuando llegue junio y te pongas buena del todo —le animé Mateo—. ta también podras jugar con él. Y sin pedirle permiso le quit6 el gorro. porque el pelo rubio con mechas casta- fias le llegaba ya hasta las orejas. 76