El compromiso de Ediciones Babylon

con las publicaciones electrónicas

Ediciones Babylon apuesta fervientemente por el libro electrónico como
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de papel, lo considera un poderoso vehículo de comunicación y difusión.
Para ello, ofrece libros electrónicos en varios formatos, como Kindle, ePub o
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manera de llegar al lector es por medio de libros electrónicos de calidad,
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forma recíproca. El pirateo indiscriminado de libros electrónicos puede
beneficiar inicialmente al usuario que los descarga, puesto que obtiene un
producto de forma gratuita, pero la editorial, el equipo humano que hay
detrás del libro electrónico en cuestión, ha realizado un trabajo que se
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de la editorial adquiriendo reglamentariamente los libros electrónicos, a
la editorial le resultará inviable lanzar nuevos títulos. Por tanto, el mayor
perjudicado por la piratería de libros electrónicos, es el propio lector.
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El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos
históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son
ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas
existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del
autor.
©2015, Eraide. La canción de la princesa oscura (libro 1)
©2015, Javier Bolado
©2015, Ilustraciones: Javier Bolado
Colección Andarta, nº 3
Ediciones Babylon
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mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los

Dedicado a la memoria de mi padre,
quien me enseñó con su ejemplo que hay
que luchar en la vida hasta el final

PARTE 1
La Canción de la Princesa Oscura

Anoche tuve un sueño.
Vi tinieblas y ceniza cerniéndose sobre un bello campo
de lanzas y flores.
En medio había una niña triste y sola, que lloraba cubierta por un
manto de escamas.
Desconsolada, llamaba una y otra vez por sus nombres a personas
que no conocía, pero que a la vez añoraba.
Un caballero de reluciente armadura pasaba por el campo montado
en un alazán.
Conmovido por la escena, le ofreció la mano y llevarla con él.
La muchacha dejó de llorar y le asió la mano, tiró de ella.
El caballero no lograba zafarse.
Forcejeó con la mano de la niña hasta quedar exhausto.
Entonces cayó al suelo y su caballo se alejó.
La niña le soltó la mano y le dijo que se fuera, mas el noble caballero
no se marchó.
Ella le imploró que se alejara, que no quería que de hambre muriera.
—He perdido mi caballo —respondió—, ya no tengo a dónde ir.
Tal vez muera, pero hasta entonces no tendrás que llamar a nadie
para que te acompañe en el llanto,
pues me quedaré a tu lado.
Desperté entonces en sudores.
Apenada, una lágrima me resbaló por la cara al pensar en aquella
triste historia…
y supe entonces que aquella niña era yo,
y aquellos eran mis recuerdos.
Diario personal de Lady Eraide Sen Ukain
(Circa - 17 Era Común)

Capítulo 1

-Los días en los que el destino se durmió//Año 499 E.C. (Era Común)
El oráculo de Nara. Una enorme y ancestral maquinaria sobre la que se
construyó hace siglos el templo de mismo nombre, enclavado entre altas
cumbres. Recubierta por una bóveda la gran estancia circular parecía pequeña, pese a los diez metros de altura de sus gruesas paredes de piedra, en
comparación con el complejo mecanismo de poleas, ruedas y aros metálicos
unidos por raíles que giraban lenta y pesadamente provocando chirridos y
crujidos que resonaban en la cámara. Una llama se enroscaba en el aire en
el centro de los engranajes, ardiendo en tonos azulados en espiral formando
una esfera casi perfecta; era el corazón de aquel artilugio cuyo origen se perdía a través del tiempo. Los enormes aros metálicos de color dorado tenían
escritas complejas runas que brillaban al paso de los distintos indicadores.
El resto del lugar, en contraste, era de lo más austero. La piedra gris,
que conformaba las paredes y el techo, mostraba vestigios de haber tenido
en el pasado algún relieve o fresco, que habían terminado devorados por
la humedad y el paso del tiempo. Tan solo rompían la rutina de la piedra
doce pequeños tragaluces que iluminaban según la hora del día uno de los
signos zodiacales representados en el suelo y que aún se podían distinguir
con claridad.
Debido a la monotonía de controlar día tras día aquel monumental artilugio, la shaman vigilaba ante sí las secuencias rúnicas de uno de los tres
atriles que, a modo de puesto de control, registraba el más ligero cambio en
la posición de cada uno de los elementos de la máquina. Su piel blanquecina
cual porcelana, cabellos lacios y oscuros, así como rasgos delicados, evidenciaban su pertenencia a la etnia doalfar. Llevaba remangada su amplia túnica blanca con bordados florales en plata, dejando al descubierto parte de
sus brazos, donde llevaba inscritas diversas runas que reaccionaban con la
maquinaria.
Ni siquiera miraba a sus otras dos compañeras, que hacían la misma función en sus correspondientes puestos. El oráculo interpretaba cada una de
las alteraciones del mundo, ininteligibles para cualquiera que no hubiera
estudiado durante años su funcionamiento. Un conocimiento fuera del al-

cance de cualquier mortal.
Sentía cada pequeña variación, oscilaciones en aquella armonía que provenía de las runas, las cuales parecían seguir una partitura escrita por la
mismísima diosa creadora, Alma. Sin una sola pausa desde hacía cinco siglos, aquella melodía inundaba el espíritu de quien se acercaba al oráculo...
Silencio.
Abrió los ojos asustada ante el súbito vacío que sintió en su alma para
comprobar que las runas de su atril se habían quedado congeladas, solo movidas por alguna distorsión, como si algo estuviera interfiriendo en ellas.
El miedo atenazó su corazón al ver cómo la enorme estructura se había detenido y la llama de su interior se desvanecía. Una a una cada runa se fue
desvaneciendo, dejando tras de sí un silencio siniestro. Ella fue consciente
de la gravedad del asunto y, al igual que sus compañeras, miró con temor
e incredulidad aquella maquinaria que se había detenido, engranaje tras
engranaje, como un moribundo exhalando sus últimos alientos. La luz del
mundo que daba calor y confianza a quienes lo habitaban se había apagado.
No acertó a decir nada. De sus labios no surgía palabra alguna, solo un
temblor en su cuerpo que apenas le permitió coordinar sus piernas con tal
de no tropezar mientras subía las escaleras para anunciar tan terrible acontecimiento.
Alma había callado su voz.

En su monótono traqueteo, la locomotora silbó anunciando su paso a
unas cabezas de ganado que pastaban cerca de la vía. El agudo pitido la sacó
de sus ensoñaciones tras incontables horas tratando de leer uno de los libros
que portaba para amenizar el viaje. Hacía tiempo que Eliel no se sentía capaz de concentrarse en la lectura y se limitaba a ir mirando las páginas que,
a buen seguro, tendría que volver a leer con tranquilidad, lejos de aquella
incesante oscilación y desagradable ruido que producía el vagón al deslizar
sus ruedas sobre los carriles de metal.
Su vestido caía sobre su cuerpo esbelto y de suaves curvas, que le otorgaban una belleza delicada cual elaborada figura de porcelana. Sus manos,
finas y suaves, propias de alguien dedicado al estudio, ignoraban cualquier
esfuerzo físico. En contraste con su pelo castaño de reflejos dorados, unos
intensos ojos azules parecían imitar el cielo que observaban a través de la
ventanilla.
Cerró el libro y lo dejó junto a su escueto equipaje, que reposaba sobre el
asiento de enfrente en la cabina de primera clase. Aquel lugar era extraño,
demasiado extraño. Acostumbrada a la vida en la tranquilidad de las montañas o en los valles de la marca de Hannadiel de su lejana infancia, donde el
tiempo se contaba por los colores de las hojas de los árboles, estar embutida

en aquella pequeña cabina de madera y metal, decorada con un austero y
dudoso gusto, le hacía sentirse incómoda. El único detalle que sobresalía
era el escudo imperial en marquetería en cada una de las paredes, un grifo
rampante en armas y corona, además de la leyenda «Compañía de Carriles
y Correos del Este».
Tras desistir de la lectura, lo único que podía hacer era asomarse a la
ventana y observar cómo aquel tren atravesaba las llanuras, salpicadas de
campos de trigo y cebada recién segados en su mayoría ante el inminente
otoño, que se extendían hasta el horizonte, donde unas esponjosas nubes
anunciaban una noche lluviosa. Tan solo alguna pequeña casa rompía momentáneamente aquel monótono paisaje antes de perderse de nuevo ante la
limitada perspectiva que ofrecía la ventana.
Aquel era uno de los ingenios de los comunes, unos enormes carros de
lata tirados por una monstruosa máquina que escupía vapor y humo de sus
entrañas, cual wyverna furiosa que arrastraba su panza sobre unos carriles
de metal que atravesaban la tierra. Era imposible serenarse en el vientre de
aquel monstruo pese a que llevaba casi un día entero allí encerrada.
Tanto tiempo ahí sentada había arrugado el vestido que inútilmente tratase de alisar con la mano. No recordaba ya cuándo se había quitado los
zapatos para tratar de estar más cómoda. La ventana había comenzado a
empañarse con la caída de la tarde, pero el radiador de aceite del compartimiento mantenía una temperatura agradable.
Con sumo cuidado, pasó la manga por la ventanilla para retirar el vaho, y
se percató por la brusca oscilación del tren de que había comenzado a girar
tras cruzar un imponente puente de tirantes de metal que salvaba el caudaloso río Tir, para después seguir bordeando aquel imponente mar de agua
dulce que atravesaba el continente. Su anchura era impresionante, hasta el
punto de no ver la otra orilla en diversas ocasiones. Mientras el sol iba describiendo poco a poco sus últimas horas de recorrido, el caudal se fue ensanchando y ramificando en varios canales. Algunas casas se divisaban en las
islas que formaban, agrupadas en pequeños pueblos alrededor de las fértiles
tierras que regalaba el río o que le eran arrebatadas a la fuerza mediante
diques. Eran los primeros signos de la proximidad a la capital de aquel orgulloso imperio de los que acostumbraban a llamar «comunes» en su tierra.
Los humanos.
Enfrente de ella, el guardaespaldas que le había asignado la escuela de
Coril se mantenía en silencio, con los brazos cruzados sobre una gabardina
parda. El doalfar, de nombre Ohras, tenía un aspecto curtido y no destacaba
por su impecable presencia, pero era un tipo serio y de confianza que había
ayudado a muchos sacerdotes shaman en viajes a zonas peligrosas. Tal vez
la capital imperial no fuera territorio tan hostil como otros en los que habría
estado, pero ella agradecía mucho que le hubieran puesto a su servicio pese

a ser una simple novicia.
Tras una incesante sucesión de puentes sobre canales y casas de ladrillo,
cada vez más apretadas entre sí dejando ya poco espacio a los campos, Eliel
tuvo que agarrarse al marco de la ventanilla para no perder el equilibrio
cuando el trazado por el que circulaba el tren se encontró con diversos cambios de agujas donde se agregaban otras líneas provenientes de distintos
lugares del imperio. Aún asustada por la brusca oscilación del vagón, otra de
aquellas wyvernas de metal pasó en dirección contraria a escasos centímetros. Su corazón latía apresurado por aquel concierto desafinado de metal
chirriante y humo cuando, tras una nueva curva, enfiló por una vía que discurría en paralelo al canal principal del Tir, donde su anchura aumentaba
hasta convertir los barcos mercantes que por allí navegaban en pequeñas
cáscaras de nuez en medio de un océano de agua dulce.
Eliel recuperó la compostura y arrimó la cara al cristal para ver mejor,
dejando que su aliento se empañara más. Varias torres grises y sucias por el
humo se erigían sobre aquel mar dulce, entre las cuales emergían gigantescos muros de metal que delimitaban aquel enorme canal. Detrás no se veía
nada más, como si aquellas puertas señalaran el mismo fin de la tierra. Apenas tuvo tiempo de contemplar aquella visión que le turbaba. Nunca había
visto nada similar, pero el exterior se tornó oscuro al meterse el tren por un
túnel, dejando que los dos quinqués del habitáculo iluminaran el compartimiento. Transcurrió un largo minuto mientras trataba de asimilar aquel
extraño paisaje, tratando de retenerlo en su memoria cual extraño sueño al
despertarse, pero cuando volvió la luz se había esfumado, eclipsado por la
visión de aquella ciudad que era el destino final de su viaje: Tiria.
Volvió a arrimarse más a la ventanilla, hasta el punto de tocar el frío cristal con la punta de su nariz, tratando de discernir si aquel espectáculo era
real. Los muros de metal habían quedado rápidamente atrás, convertidos
en una sucesión de varias compuertas escalonadas que además de controlar
el caudal del río, permitían a los pequeños mercantes remontarlo desde un
gran lago abrazado por muelles y grúas donde los barcos fondeaban para
gestionar su carga.
Las llanuras se habían roto en un fuerte desnivel sobre las laderas de las
colinas que habían sido convertidas en gigantescas terrazas conectadas por
puentes, túneles y canales, creando una malla de calles, avenidas y vías de
ferrocarril en torno a dos núcleos claramente diferenciados; el citado puerto
al sur de la ciudad y el distrito gubernamental, que aún conservaba vestigios
de las antiguas murallas y que se erigía sobre la ciudad con sus imponentes
edificios de piedra, los cuales sobresalían sobre el tapiz de pequeñas casa y
angostos edificios de ladrillo y teja que conformaban un mosaico rojo, ocre y
gris que se extendía más allá del humo espeso de las chimeneas.
—¿Cuánta gente puede vivir allí? —le preguntó a Ohras, incapaz de ha-

cerse la más mínima idea. No distinguía más que calles adoquinadas atestadas de personas que pasaban fugaces al paso del tren. Vivir allí le parecía
sencillamente una locura.
—Se dice que más de cuatro millones —afirmó mirando también por la
ventanilla—. Da igual cuántas veces haya venido a esta ciudad, siempre sobrecoge. La primera vez que la ves siempre te parece claustrofóbica, es normal —le dijo con condescendencia.
—Qué barbaridad... —sentenció saturada ante aquella visión—. ¿Cuántas
veces has tenido que venir a Tiria?
—Sirviendo a tu orden, esta es la quinta —sonrió mostrando algo de sentido del humor—. Espero que sea la última.
Los edificios cada vez eran más altos, con seis, siete, ocho pisos…; resultaba difícil contarlos. Aquella ciudad parecía una bestia convulsa que poco a
poco la iba engullendo.
Eliel volvió a sentarse y guardó el libro en su bolsa de viaje. Parecía que
por fin había llegado a su destino, y en vez de sentirse aliviada por el fin
de tantos días de travesía, estaba ansiosa y abrumada. Bajó la cortina de la
ventanilla para no seguir viendo aquella urbe cuando unos suaves golpes
en la puerta del compartimiento llamaron su atención. Se levantó irritada
para deslizar la cortinilla que cubría el cristal de la puerta. No era el mejor
momento para que vinieran a molestarla.
Un común que vestía el uniforme de la compañía del ferrocarril, consistente en pantalones y chaqueta negros con bordes en azul y una gorra de
plato que portaba bajo el brazo, se pronunció:
—Señores, apenas quedan diez minutos para llegar a Tiria Términi. Vayan preparándose para apearse, por favor. —El joven de pelo oscuro y escalonado le sonreía con aire de falsa cortesía. Esto la irritó aún más, pues a
Eliel dicha sonrisa le parecía propia de alguien que estaba recordando algún
chiste obsceno.
—Muchas gracias… —dijo en tono cortés, sin saber qué más añadir.
—Permítanme ayudarlos con su equipaje. —El empleado entró en el compartimiento sin esperar a que ella le cediera el paso, por lo que tuvo que
retroceder para evitar que se le acercara sin disimular su cara de sorpresa.
Esos modales eran del todo grotescos.
—No hace falta. Como usted ha dicho, aún quedan diez minutos. —Eliel
retrocedió un poco más. Quería evitar cualquier contacto físico con los comunes, aunque iba a ser una tarea imposible en una ciudad repleta de ellos.
Ohras, al ver que el empleado no tenía la menor intención de abandonar
la estancia, se levantó y le agarró por el hombro.
—Lo señorita no permite entrar, común —dijo en un tírico pésimo, muy
alejado del hablado por Eliel, quien, salvo algún pequeño error fonético, lo
dominaba casi a la perfección.

—Tranquilo, sólo quiero ayudar a la señorita a bajar del tren. —La mirada
del chico se ancló en la mano que le apretaba el hombro, pero parecía no
importarle.
—Fuera —ordenó el doalfar tensando el agarre sobre el muchacho—. Diez
minutos —acertó a decir.
—Sí, eso es para Tiria Términi. —Su mirada se tornó maliciosa y dibujó
una amplia sonrisa hasta mostrar los dientes, que Eliel percibió aserrados,
claramente inhumanos—. Pero ella se baja ya.
Sin mediar palabra, giró sobre sí mismo y le agarró del dedo meñique retorciéndoselo de forma antinatural hasta romperlo, acompañado de un desagradable crujido. Antes siquiera de que le diera tiempo al doalfar de sentir
el dolor, un puñetazo en la garganta hundió su nuez, haciéndole tambalearse
hasta desplomarse contra uno de los asientos. Sin aliento pero sin dejarse
amilanar, sacó un machete de debajo de su gabardina que llevaba envainado
adherido al pantalón. Empuñándolo, embistió al muchacho aprovechando
su mayor corpulencia a través del compartimiento hasta empotrarlo contra la ventanilla con un fuerte golpe que hizo temblar el cubículo y tiró varias bolsas de las baldas portaequipajes. Eliel, hecha un ovillo contra el otro
asiento, apenas tuvo tiempo de ver qué había sucedido, pero la certera puñalada del guardaespaldas se había vuelto contra él. Su enemigo sonreía sosteniendo el arma contra el vientre del doalfar, que gemía agonizante, mientras
la sangre de su torso resbalaba entre sus dedos.
Pese a todo, Ohras abrazó al común para retenerlo con su propio cuerpo
herido de muerte y espetó a la novicia:
—¡Vete! ¡Rápido!

Cuál iba a ser el desenlace final de su guardaespaldas, era algo que el terror que recorría el cuerpo de Eliel no estaba dispuesto a permitirle ver, por
lo que, aprovechando que el común estaba inmovilizado, emprendió una
huida desesperada siguiendo la orden que le habían dado.
Mientras corría por el pasillo y se arremangaba, la voz del muchacho resonó por el pasillo:
—Oh, vamos, muñeca —dijo acompañado de una risa desquiciada—. Hoy
no puedo jugar contigo. —Pero cuando torció por el pasillo se encontró con
un destello de luz que le cegó momentáneamente.
Eliel portaba en la mano una singular tiza plateada con la que había dibujado runas mágicas, tal y como le habían enseñado en la escuela de los
shaman, sobre su antebrazo. Eran pocas y hechas con prisas, pero suficientes para que apareciera una pequeña criatura de pelaje blanco y regordeta,
de ojos rasgados y orejas como las de un zorro, que flotaba en el aire y se
abalanzó por sorpresa hacia la cara del común. Nada más tocó su piel, un

intenso frío le congeló parte de la faz, consiguiendo que profiriera un grito
de dolor.
Ella sabía que su modesta criatura no le entretendría mucho tiempo,
pero sería suficiente para alejarse lo más posible camino del siguiente vagón. Avanzó dejando tras de sí el resto de cabinas de primera clase, pero
todas habían sido cerradas por dentro. Ninguno de aquellos comunes que
viajaban en ellas estaban conscientes. De entre las sombras le pareció ver
pequeños seres de oscuridad que con ojos de un azul intenso la observaban.
Profirió un grito al ver como todos aquellos ojos se clavaban en ella. Nadie
podía ayudarla y estaba rodeada.
Avanzó asustada, sin aliento, hasta la puerta que daba paso al siguiente
vagón, movió la manecilla repetidas veces, nerviosa, pero estaba también
atrancada. Al girarse, vio cómo el común se arrancaba la criatura y con sus
propias manos la apretaba hasta hacerla estallar dejando tras de sí tan solo
briznas de luz. El enlace con su espíritu, que había creado para materializar
aquel pequeño ser, se quebró y sintió una dolorosa punzada en el pecho que
la hizo apoyar la espalda contra la puerta para no caer al suelo.
El común tenía la cara abrasada por el intenso frío, pero comenzaba a
regenerarse a una velocidad del todo innatural.
—¡Eso ha dolido, zorra!
Su corazón latía violentamente y le costaba respirar debido al miedo. Dio
repetidos empujones a la puerta para forzarla, tratando de pedir ayuda a
gritos a quienquiera que pudiese escucharla. Fue inútil, y tuvo que desistir
cuando en uno de los empujones, el golpe que dio con el hombro casi se lo
desencaja. Se volvió dispuesta a regresar sobre sus pasos, pero no era una
opción, ya que su perseguidor avanzaba lentamente mientras las sombras
emergían a su alrededor, engullendo la luz del pasillo.
De todo lugar donde hubiese proyectada una sombra comenzaron a surgir unas runas azules, que fueron dándoles forma hasta convertirlas en unas
criaturas encorvadas de aspecto reptiliano y amenazante, que emergían del
suelo hasta alcanzar el metro y medio de altura. Las sinuosas líneas azules
que surcaban sus cuerpos eran la única referencia de sus formas, además de
unas garras y dientes serrados, terriblemente afilados, en unas fauces que
siseaban.
—Lo siento, muñeca. Soy el único que tiene la llave para salir de aquí, así
que sé buena y ven conmigo. Tú decides en cuántos trozos quieres venir —la
siniestra sonrisa volvió a aflorar sus dientes serrados de entre sus labios.
Estaba acorralada. A tan corta distancia las ensangrentadas manos del
muchacho podían llegar a agarrarla, pero no tenía opción. Sujetó la tiza con
la otra mano y trazó tan rápido como pudo las runas, dando varios pasos hacia atrás cuando se dispuso a atraparla. Su espalda chocó con la otra puerta
que daba acceso al exterior, con una placa metálica de alarmante tipografía

roja que avisaba de que no se abriera a no ser que el tren estuviera detenido.
A través de la ventana se podía ver cómo discurría veloz el paisaje.
Se echó hacia un lado viendo que no era capaz de terminar las runas para
invocar a otra criatura, pero trastabilló y se apoyó en la palanca, que cedió
soltando los seguros de la puerta.
Los latidos de su corazón eran tan fuertes que ni tan siquiera percibió el
silbar del aire cuando se coló por la rendija de la puerta, ahora mal asegurada.
Vio que el revisor la agarraba de la manga e instintivamente se apartó hacia atrás de golpe y liberando del todo la puerta, que se abrió súbitamente. El
aire comenzó a impactarle en la cara cuando se quedó totalmente desequilibrada hacia fuera, sujeta solamente por el común. Ya no tenía escapatoria.
Un fuerte golpe, producido por un raíl mal nivelado en la junta entre el
balasto y el suelo de vigas trenzadas al entrar en un puente, los desequilibró,
y al común se le escurrió su manga de entre los dedos. Cayó hacia atrás pese
a que aquel siniestro individuo intentó sujetarla de nuevo. Solo pudo contemplar cómo se alejaba del tren sabiendo que iba a morir en aquella caída.
Por suerte, ninguna de las vigas del puente la golpeó. Todo seguía fluyendo a
cámara lenta y le pareció ver la mueca de decepción del común.

Dos semanas antes
En el sencillo pasillo de madera, Eliel esperaba junto a la puerta del despacho de la directora. Nerviosa, se frotaba la amplia manga de color blanco
salpicada de sopa con la esperanza de disimular las manchas tras el susto
que se había llevado cuando un profesor la llamó en el comedor.
Contrariada, no tenía más remedio que esperar hasta que la puerta se
abriera. Teudenis, el profesor de alto grado que daba clases sobre planos
astrales y que la había conducido hasta allí, le pidió con suma amabilidad
que entrara.
Aunque le hubiera encantado objetar y salir corriendo, entró en aquel
despacho que solo había visitado una vez, cuando ingresó en la escuela; aunque no hacía tanto, le parecía un recuerdo muy borroso. El despacho le pareció extraño y desconocido. ¿Acaso fue en otro en el que la recibieron para su
matrícula? Alrededor de la estancia, a excepción de los enormes ventanales
tras la gran mesa de la estancia, se alzaban librerías de tal altura que permitía una balconada con un segundo piso al que se accedía por una escalerilla.
El único lugar que permanecía despejado mostraba un tapiz enmarcado que
reproducía Las alas de Söra, un antiguo bajorrelieve que representaba mediante símbolos y esquemas el plano astral con la diosa Alma en el centro,
rodeada de los elementos, los zodíacos y un complejo trazado de nombres

y líneas en un idioma desconocido. Varias plantas adornaban las esquinas
de la estancia, luciendo magníficas flores en tonos rosas, violetas, azules y
blancas. Orquídeas, alegrías, begoñas, crisantemos… Algunas especies no se
daban en esa latitud, pero estaban exuberantes y hermosas.
La mujer, ataviada con una rica túnica azul de elaborados bordados en
blanco de hojas y flores, digna de su posición, hizo un ademán con la mano
para que la novicia se acercara. Tímidamente fue adentrándose en esa sala
que olía a flores y pergamino añejo hasta la gran mesa del despacho.
—Adelante —insistió la mujer que la esperaba ante el escritorio.
Eliel, al llegar a su altura, hizo una profunda reverencia y besó el anillo
de la mano izquierda que su superiora le tendió, como mandaba la tradición
ante una shaman que tenía el rango de erudita. Tras ello, sonrió conforme y
bordeó la mesa para tomar asiento en su sillón, invitando a su vez a la novicia a hacer lo mismo.
—Por favor, querida, sentaos —dijo en tono cordial pero autoritario.
El asiento era una sencilla silla de madera que contrastaba con el elaborado sillón de cuero de su superiora. En aquel ambiente era imposible no
sentirse humilde y abrumada.
—¿Qué deseáis, mi señora? —preguntó con la voz apagada, atenazada por
cierta vergüenza al cruzar su mirada con la de ella. La mujer al otro lado de
la mesa poseía una mirada clara y cristalina. Cuando uno se sentía observado por aquellos ojos grises, daba la sensación de que pudiera ver a través del
alma.
—No me andaré por las ramas, ya que esta situación es un poco incómoda
para ti, lo cual es comprensible. —Aguardó unos momentos hasta que asintió—. Has de hacer un viaje para recoger unos libros que necesito.
Eliel se quedó un poco perpleja. Ella solo era una novicia, y hacer algo en
nombre de la directora de la escuela era una enorme responsabilidad. Se le
hizo un nudo en el estómago y por un momento sintió angustia; la sopa que
acababa de ingerir luchaba por volver a ver la luz.
—P-Por supuesto que sí, sería un grandísimo honor para mí. Pero no entiendo, si me permite la pregunta, por qué he de ser yo. No soy quien para ir
en nombre de vos, mi señora —dijo mientras un sudor frío perlaba su frente.
—Es debido a tu padre.
—¿Mi padre? No os entiendo.
—Según tenemos en tu hoja de ingreso, tu padre es un intermediario en
la ruta de la seda en su paso por Hannadiel, por lo que está acostumbrado al
trato con comunes. Así pues, por lo que aquí figura, conoces su idioma. Te
será fácil desenvolverte en un país tan extraño como el Imperio Eidénico.
—Yo… Si me permitís la interrupción, realmente nunca he tratado con
ningún común, salvo alguno de mis sirvientes y en muy contadas ocasiones.
—No sabía adónde quería llegar. Apenas tenía recuerdos de su padre, ya que

sus constantes viajes le llevaban a vivir durante mucho tiempo en los puertos fronterizos, por lo que, obviamente, cuando podía pasar unos días con su
familia no le apetecía hablar del trabajo. Así que sobre los comunes Eliel no
sabía nada, salvo su idioma, y porque la habían obligado.
—Lo siento, querida, mi decisión es inamovible. —Eliel vio como sus objeciones no eran recogidas con agradado por la directora, así que optó por
guardar silencio pese a que no comprendía por qué no enviaba en su lugar a
un verdadero shaman—. Irás a Tiria, la capital imperial, para recoger unos
libros de un prior de la Santa Orden. Es de vital importancia.
—La Santa Orden… —musitó. Los religiosos del Imperio no solían colaborar con los shaman, por lo que sabía. Aquel asunto cada vez la desconcertaba más.
—En efecto, Van Desta, no tienes de qué preocuparte, pues sabrá de tu
llegada y tendrá a bien colaborar. Enviaré a dos guardias para que te escolten y velen por tu seguridad. Deberás pasar lo más desapercibida posible, así que no vestirás con la túnica de shaman. Partirás de inmediato sin
despedirte de nadie. Ya aclararé el tema con el profesorado y excusaré tu
ausencia. No quiero levantar rumores infundados. —La directora le dirigió
una mirada amable—. Por favor, sé que es pedirte mucho, pero también sé
que lo harás bien.
Eliel asintió.
—Como deseéis, mi señora.
—Muy bien, puedes retirarte.
Tras una pronunciada reverencia abandonó el despacho. Teudenis se disponía a acompañarla de vuelta, pero de reojo vio cómo la directora le hacía
señas para que se quedara, por lo que se cerró la puerta tras ella.
Se quedó a solas en el pasillo, en silencio, y dio un largo suspiro. No se
había dado cuenta, pero había estado casi todo el tiempo aguantando la respiración hasta el punto de casi faltarle el aire mientras algunas lágrimas empañaban sus ojos.

Fue abriendo los párpados con lentitud, completamente desorientada. Una fina lluvia empapaba su cara y la obligó a posar la mano sobre los
ojos para poder ver. Se giró torpemente tratando de levantarse sin resbalar
con los adoquines. Las modestas casas de aquel barrio de la parte baja de
la ciudad, cuyo ladrillo y yeso clamaban por una limpieza y reparación, se
agolpaban casi unas encima de otras con una altura de entre cuatro y siete
plantas. Más arriba, muros de piedra, apoyados en vigas y contrafuertes,
alzaban otras terrazas donde más edificios de mejor aspecto pero igual de
amontonados privaban casi por completo al viandante de la visión del cielo,
que vertía sus lágrimas sobre la polucionada ciudad. Las farolas de aceite de

las calles creaban en aquella fría noche un mapa de falsas estrellas sobre la
tierra, mientras las chimeneas de los tejados ocultaban las del cielo.
A un lado, sobre las oscuras y lentas aguas de un canal, la lluvia iba distorsionando aquel perfecto espejo de la urbe. Su cuerpo yacía exhausto, helado
y empapado en la rampa de piedra que daba acceso a un muelle de madera
donde las pequeñas embarcaciones que surcaban los canales amarraban por
la noche.
—Cof, cof... Eh, Froenlind E, Gesunch va sunts? Cof, cof... Mhortya
sunts?
Eliel, que se estaba levantando lentamente, se giró alarmada ante la voz
que había escuchado a su espalda. Un común desaliñado estaba acercándose
hacia ella, tratando de tocarla con una mano sucia y enfundada en un mitón
deshilachado a juego con su raído abrigo. Tenía la cara arrugada y unos ojos
pequeños, que brillaban con un destello azulado producido por la bebida.
Una rizada y blanca barba, que se tornaba amarillenta alrededor de su boca,
le ocultaba casi todo el rostro. Aquel viejo común era asqueroso y notó que
se le revolvía el estómago. Para colmo, tosía de forma espasmódica sobre
ella. Por un momento creyó que iba a vomitar.
Aún tambaleándose, caminó para alejarse de aquel sujeto que la repugnaba tan rápido como pudo. Estaba viva, seguramente porque cayó al canal,
pero su júbilo por su supervivencia quedó ahogado en aquel lugar extraño.
—¿Qué demonios está pasando? ¿Qué lugar es este? —A su alrededor las
casas que colindaban al canal estaban plagadas de pequeñas tiendas que
ofrecían entre mundanal ruido un fuerte aroma a cerveza y pescado frito que
hacía más denso el aire—. Que Alma me proteja.
Pese a la noche, la calle estaba muy concurrida. Cientos de personas, de
toda clase y raza, avanzaban con paso lento, apartándose lo justo para no
pisar a la accidentada y dedicarle una mirada de extrañeza en algunos casos
al fijarse en sus ropajes, que nada tenían que ver con las prendas propias de
los telares industrializados de tonos apagados por allí abundantes. Probablemente ni reparaban en que era una doalfar.
En ese momento un agudo dolor le recorrió el pie. No se había dado cuenta, pero iba descalza y sin querer había pisado un cristal roto de alguna botella que le había hecho un corte bastante profundo. Cayó al suelo de nuevo
sobre un charco que la salpicó de barro. El dolor se volvió más intenso y se
apretó el pie con la mano para calmarlo y detener la hemorragia. Rompió
un jirón del gran pañuelo que envolvía su cintura e improvisó un vendaje
mientras el frío de la noche le calaba en los huesos.
Estaba completamente atemorizada. Sus piernas ya no le respondían y
notaba como poco a poco le abandonaban las fuerzas. Su cuerpo se entumecía y empezó a tiritar, no sabía si de miedo, de frío o de cansancio. Poco importaba. Puede que la caída no la hubiera matado, pero quizás lo hiciera allí

abandonada, bajo un cielo que ni siquiera podía ver, rodeada de extraños, en
una sucia callejuela. No tenía fuerzas ni para llorar.
Se estremeció, pero no fue capaz ni de chillar cuando alguien que se le
había acercado sin que se percatase la sujetó de la muñeca. Era un hombre vestido con un uniforme de color azul grisáceo, parecía de algún tipo de
cuerpo de guardia o militar.
—De baest Günt?
Apenas podía distinguirlo, solo una sonrisa afable y una mirada cálida
que la tranquilizó lo justo para concentrarse en entender el idioma de los
tirenses.
—¿Puedo ayudarla…? Señorita, ¿qué le ha pasado? —Ella no era capaz de
articular palabra—. Soy de la guardia urbana, no se preocupe.
Eliel movió la cabeza en gesto afirmativo justo antes de que sus párpados
cayeran sobre sus agotados ojos. No supo qué más dijo aquel común, puesto
que su mente al fin alcanzó la anhelada inconsciencia.

No te quedes con la intriga y
descubre cómo termina esta obra

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