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Un Yanki en La Corte Del Rey Arturo - Mark Twain

Un Yanki en La Corte Del Rey Arturo - Mark Twain

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"Un Yanki en La Corte Del Rey Arturo" (1889)

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Mark Twain (http://es.wikipedia.org/wiki/Mark_Twain)

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"Un Yanki en La Corte Del Rey Arturo" (1889)

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Bueno,dejétodoarregladoehicequemandaranalhom-
bre de regreso a su hogar. Sentía un gran deseo de poner al
verdugo en el potro de tortura, no porque se tratase de un
funcionario que llevara a cabo su tarea con desgana y con
negligencia —porque no se podría negar que cumplía sus
funciones cabalmente—, sino para hacerle pagar las bruta-
les bofetadas y las vejaciones que había hecho sufrir a la
joven. Los curas me lo contaron, y se veían fervorosamente
encendidos con la idea de que el verdugo fuese castigado.
De vez en cuando aparecían algunos desagradables expo-
nentesdeestaclase.Merefieroaepisodiosquedemostraban
que no todos los curas eran farsantes, egoístas y avaricio-
sos, y que muchos, incluso la mayoría, de aquellos que se
encontraban mezclados con la gente común eran hombres
sinceros y de buen corazón, dedicados a aliviar las penurias
y sufrimientos humanos. Bueno, el hecho de que existiesen

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estas excepciones era algo inevitable, así que rara vez le da-
ba vueltas al asunto y, cuando por casualidad lo hacía, las
vueltas que le daba no eran muy numerosas. Nunca me he
distinguido por preocuparme demasiado por cosas que no
tienen solución. Pero, de todos modos, no me gustaba el
asunto, pues era justamente el tipo de cosas que sirven para
mantener conforme a la gente con una Iglesia oficial. Todos
debemos tener una religión, sobra decirlo, pero mi idea era
despedazarla en cuarenta y tres sectas diferentes, para que
se vigilasen entre sí, como ocurría en Estados Unidos en
mis tiempos. La concentración de poder en una maquinaria
política es nociva, y una Iglesia oficial no es más que una
maquinaria política. Para ello fue inventada; para ello ha
sido cuidada, acunada y preservada. Es un obstáculo para
la libertad humana, y tiene las mismas ventajas que si se
encontrara dividida y dispersa. Lo que estoy afirmando no
es una ley, no forma parte de un evangelio; no, es sólo una
opinión..., mi opinión, y yo soy solamente un hombre, un
individuo, así que mi opinión no tenía más valor que la del
papa..., ytampoco menos.

Enfin,nopodíaponeralverdugoenelpotrodetorturas,
y tampoco podía pasar por alto las justas protestas de los
curas. El hombre debía ser castigado de un modo u otro, así
que lo destituí de su cargo y lo nombré director de la banda
de música, de la nueva banda que iba a ser formada. Me
suplicó que no lo castigase de ese modo, diciendo que no
sabíatocar,unaexcusaplausible,peroinsuficiente;nohabía
en el país un solo músico que supiera tocar.

La reina montó en cólera cuando se enteró a la mañana

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siguiente de que no podría disponer de la vida de Hugo
ni de sus propiedades. Le expliqué que debía soportar esa
cruz, que aunque la ley y la costumbre le conferían todo el
derecho sobre la vida y la hacienda del hombre, existían en
este caso circunstancias atenuantes, y por ello le había con-
cedido el perdón en nombre del rey Arturo. El venado de
marras estaba asolando los campos de Hugo, y él lo había
matado en un arrebato de pasión, y no para obtener ganan-
cia, y luego lo había cargado hasta el bosque real, con la
esperanza de que esta acción hiciera imposible que diesen
con el culpable. ¡Maldita sea!, no conseguía hacerla ver que
un arrebato de pasión es una circunstancia atenuante en el
asesinato de un venado, o de una persona, así que me di
por vencido, yla dejé que se desahogara. Había pensado
que podría hacérselo entender recordándole que su propio
arrebato de pasión cambiaba la gravedad del crimen en el
caso del paje.

—¡Crimen!—exclamó—.¡Perocómoosatrevéisahablar
así! ¡Crimen! ¡Diantre! ¡Hombre, si voy a pagar por él!

Ah; de nada servía utilizar argumentos con esa mujer.
El aprendizaje de una persona... lo es todo. Una persona es
su aprendizaje. Hablamos de la naturaleza humana; es un
disparate. No existe la naturaleza. Lo que llamamos con ese
nombreengañosonoesmásqueherenciayaprendizaje.No
tenemos opiniones ni pensamientos propios; nos han sido
transmitidos, inculcados. Todo lo que existe de original en
nosotros y, por lo tanto, de honroso o de deshonroso, puede
ser recubierto y escondido en el ojo de una aguja de batista;
el resto proviene de los átomos que hemos heredado de una

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procesión de antepasados que se remonta mil millones de
años hasta la primera pareja, o el primer saltamontes, o el
primermono,apartirdelcualhaidoevolucionandonuestra
raza humana, tan tediosa, ostentosa e improductivamente.
En cuanto a mí, lo que yo pienso de esta triste y fatigosa
peregrinación, de este patético recorrido a la deriva entre
dos eternidades, es que hay que estar atento y vivir con
humildad una vida pura, elevada e intachable, ypreservar
eseátomomicroscópicoenmiinterior,queverdaderamente
soy yo, el resto bien puede irse al cuerno, y quedarse allí.

No;malditasea;teníaunainteligencianormal,teníasufi-
ciente materia gris, pero su aprendizaje la había convertido
en un asno..., quiero decir, desde un punto de vista que
tardaría varios siglos en aparecer. Matar al paje no era un
crimen, era su derecho, y en su derecho se apoyaba, con
todatranquilidad,inconscientedehabercometidoundelito.
Ella era el resultado de varias generaciones educadas en la
creencia incuestionada e inexpugnable de que la ley que le
permitía asesinar a un súbdito cuando así se le antojase era
una ley perfectamente adecuada y justa.

Bueno, al César lo que es del César y a Satanás lo que es
de Satanás. Una de sus acciones merecía ser elogiada, y yo
intentaba encontrar un elogio apropiado, pero las palabras
se me atrancaban en la garganta. Tenía derecho a matar al
paje, pero de ninguna manera estaba obligada a pagar por
él.Otrapersonahubiesetenidoquehacerlo,peroellano.La
reina sabía de sobra que realizaba una acción magnánima
al pagar por aquel chico, y que en toda justicia yo debería
reconocerlo con un comentario favorable, pero no me era

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posible..., mis labios se negaban. No podía apartar de mi
imaginación la figura de la anciana y desdichada abuela
con el corazón desgarrado, y la de aquel gentil y atractivo
muchacho tirado en el suelo, muerto, los adornos y encajes
de seda manchados por su propia sangre. ¡Cómo podría
pagar por él! ¡Y a quién podría pagarle! Sabía muybien que
esta mujer, con un aprendizaje como el que había recibido,
merecía un elogio por lo que se proponía hacer, incluso
merecía adulación y, sin embargo, yo, con un aprendizaje
como el mío, era incapaz de hacerlo. Me limité a repetir
un cumplido que había escuchado en boca de alguien, a
propósito de alguna otra cosa, y lo más triste es que a final
de cuentas resultaba ser cierto.

—Madame: vuestra gente os adorará por esto.

Muy cierto, pero me propuse que si vivía lo suficiente la
mandaría ahorcar por este crimen. Algunas de las leyes en
este país eran pésimas, realmente pésimas. Un amo podía
matar a su esclavo por cualquier nimiedad: por un simple
rencor, por una sospecha o para divertirse... y, como ya he-
mos visto, quien ostentaba una corona podía proceder del
mismo modo con uno de sus esclavos, es decir, con cual-
quiera de sus súbditos. Una persona de alcurnia podía ma-
tar a un plebeyo, y pagar por él con dinero en efectivo o con
productos de su huerta. Un noble podía matar a otro noble
sin incurrir en ningún gasto, al menos la ley no lo estipu-
laba, aunque se esperaba una compensación en especies.
Cualquier persona podía matar a otra persona, excepto el
plebeyoyelesclavo,quenoteníanningúnprivilegio.Siellos
mataban, entonces se trataba de un asesinato, y la ley no es-

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taba dispuesta a permitir los asesinatos. Despachaba en un
periqueteaquienseatrevieraahacerlo,juntoconsufamilia,
si el muerto era alguien que pertenecía a las altas clases or-
namentales. Si un plebeyo causaba a un noble un rasguño
desafortunado, que no lo dejaba herido de muerte, que ni
siquiera lo dejaba herido, era castigado de todos modos con
una muerte desafortunada: lo condenaban a ser arrastrado
por cuatro caballos, que lo dejarían reducido a un guiñapo
decarneyhuesos,enpresenciadeunamultituddeespecta-
dores que se partirían de risa haciendo chistes, y algunos
de los comentarios de los asistentes más dilectos eran tan
groseros y tan impropios de ser impresos como cualquiera
de los que publicó el gentil Casanova en su capítulo sobre
eldescuartizamientodeunpobreydesgarbadoenemigode
Luis XV

Yaestababastantehartodeaquelsitiorepugnanteyque-
ría marcharme, pero no podía hacerlo; había un asunto que
me seguía martilleando la conciencia, impidiéndome que
consiguieraolvidarlo.Simefueseconcedidohacerdenuevo
alhombre,nolodotaríadeconciencia.Esunadelascaracte-
rísticas más desagradables en el ser humano, y aunque cier-
tamente hace muchas cosas buenas, no se puede decir que a
fin de cuentas logre compensar las desventajas. Sería prefe-
riblehacermenoscosasbuenasypodervivirconmáscomo-
didad. De cualquier manera, se trata sólo de mi opinión, y
yonosoymásqueunindividuo.Esposiblequeotrosindivi-
duos, con menos experiencia que yo, piensen de manera di-
ferente.Ytienenperfectoderechoasupuntodevista.Yosólo
sostengolosiguiente:heestadoobservandoamiconciencia

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durante muchos años, y estoy convencido de que me ha
causado más problemas y molestias que cualquiera de las
otraspropiedadesconlasquenací.Supongoquealprincipio
ledabamuchovalor,yaqueledamosvaloratodoloquenos
pertenece, y, sin embargo, ¡qué tonto he sido al pensarlo así!
Si contemplamos la cuestión desde otro ángulo nos damos
cuenta de lo absurdo que resulta. Si me encontrase atado a
un yunque, ¿le concedería valor? Por supuesto que no. Y,
no obstante, si lo piensas bien, te das cuenta de que real-
mente no hay ninguna diferencia entre una conciencia y un
yunque...enloqueserefierealacomodidad.Loheobserva-
dounmillardeveces.Yaunyunquelopuedesdeshacercon
ácidos cuando ya no lo soportas más; pero no hay ningún
modo de deshacerse de una conciencia para siempre. Por lo
menos, yo no conozco ninguno.

Había algo que quería hacer antes de marcharme, pero
setratabadealgodesagradableynomeresolvíaafrontarlo.
Puesbien,estuvedándolevueltasalasuntotodalamañana.
Se lo habría podido mencionar al anciano rey, pero ¿de qué
hubiese servido? Si él no era más que un volcán extinguido.
En sus tiempos había estado en actividad pero su fuego se
había apagado hacía ya mucho, y ahora se hallaba reducido
a un majestuoso cúmulo de cenizas. Era gentil, ytendría la
suficiente amabilidad para escucharme, pero de nada servi-
ría. El tal rey era poca cosa, no era nada; quien detentaba
todo el poder era la reina. Y ella sí que era un Vesubio. Es
posible que por hacerte un favor consintiera en dejar ca-
lentarse a una bandada de gorriones, pero aprovechando
la oportunidad bien podía perder los estribos y quemar la

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ciudad entera. Empero, trataba de animarme pensando que
cuandoesperaslopeorconfrecuenciasucedealgoque,bien
mirado, no es tan malo.

Así, pues, hice acopio de todo mi coraje y presenté mi
caso ante su Alteza real. Le dije que en Camelot y en los
castillos vecinos habíamos puesto en libertad a unos cuan-
tos presos y que con su permiso me gustaría examinar su
colección,susurtidodechucherías,esdecir,suscautivos.En
un principio se negó, como yo había anticipado. Finalmen-
te, consintió, cosa que también había anticipado, aunque
no pensé que lo hiciera tan pronto. Sentí un alivio inmen-
so. Mandó que llamasen a su escolta y trajesen antorchas,
y comenzamos el descenso hacia las mazmorras. Se encon-
traban debajo de los cimientos del castillo y eran, en su
mayoría, pequeñas celdas excavadas en la roca viva. Algu-
nas no tenían ni una rendija que dejara pasar la luz. En una
de ellas había una mujer agazapada cubierta por andrajos
malolientes. No decía una palabra ni respondía a nuestras
preguntas, pero una o dos veces miró hacia nosotros, por
entre una maraña de pelo enredado, como si quisiera saber
qué era aquello que venía a interrumpir con sonidos y con
luces el pesado e incomprensible sueño al cual se hallaba
reducida su vida. Luego se sentó, inclinada, con sus dedos
recubiertos de lodo descuidadamente entrelazados sobre el
regazo,ynodiomásseñalesdevida.Aqueldesdichadocon-
junto de huesos era aparentemente una mujer de mediana
edad,perosóloaparentemente;llevabanueveañosencerra-
da allí y tenía dieciocho cuando entró. Pertenecía a la clase
delosplebeyos,yhabíasidoencarceladaensunochedebo-

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das por orden de sir Breuse Sance Pité, un señor feudal de
lavecindaddequiensupadreeravasallo,yaquienlajoven
había rehusado lo que ha recibido el nombre de le droit du
seigneur1

;más aún, había respondido con violencia a la vio-
lenciayhabíaderramadounasgotasdelasacrosantasangre
del noble. En ese punto había interferido el joven esposo,
juzgando que se encontraba en peligro la vida de la novia,
lanzando a sir Breuse en medio del salón donde se encon-
traban los humildes y temblorosos invitados y dejando al
caballero tendido en el suelo atónito ante tan extraño proce-
der, e implacablemente enfurecido con el novio y la novia.
Como las mazmorras de sir Breuse se encontraban repletas,
había pedido a la reina que confinara a sus dos criminales,
y se encontraba desde entonces allí, en aquella Bastilla de
la reina... Para ser más exactos, antes de que se cumpliera
una hora de haber cometido el crimen ya estaban encerra-
dos. Nunca se habían visto a partir de entonces. Así que allí
estaban encerrados como sapos en una misma roca, inmer-
sos durante nueve años en aquella profunda oscuridad, a
menos de veinte metros de distancia y sin saber si vivía el
otro. Los primeros años era la única pregunta que hacían,
con lágrimas en los ojos y con voces suplicantes, que con el
paso del tiempo hubiesen podido conmover una piedra, tal
vez, pero los corazones no son de piedra: «¿Está vivo él?».
«¿Estávivaella?»Peronuncahabíanrecibidorespuesta,yal
final habían dejado de hacer esa pregunta, o cualquier otra.
Después de enterarme de todo esto quise ver al hombre.
Tenía treinta y cuatro años, pero aparentaba sesenta. Esta-

1

Término francés para designar el derecho de pernada medieval.

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ba sentado sobre un bloque cuadrado de piedra, la cabeza
gacha, los codos apoyados en las rodillas, el pelo largo dis-
persosobrelacara,musitandoparasusadentros.Levantóel
mentónynoscontemplólentamente,conunamiradatorpe,
apagada, parpadeando por la molestia que le causaba la
antorcha, y luego dejó caer la cabeza, siguió murmurando y
se olvidó de nosotros. Había algunos testigos mudos, pero
patéticamente reveladores: viejas cicatrices en sus muñecas
y tobillos y, sujeta a la piedra donde se sentaba, una cadena
con manillas y grilletes... abandonada en el suelo y con una
gruesa costra de moho. Cuando un prisionero ha perdido el
espíritu, las cadenas dejan de ser necesarias.

No podía sacar al hombre de su estado de mutismo, así
que propuse que lo lleváramos en presencia de ella, de la
novia que había sido para él lo más bello del mundo, quien
antaño había aparecido a sus ojos como rosas, perlas y rocío
hecho carne, en presencia del ser que para él había sido una
obra portentosa, la obra maestra de la naturaleza: un par de
ojossinigual,unavozincomparableyunafrescura,unagra-
cia juvenil y ondulante y una belleza que debía pertenecer a
lascriaturasdelossueños.Penséqueconlasolavisióndela
amada su sangre estancada se echaría a correr incontenible,
y que al tenerla enfrente...

Perofueunaverdaderadecepción.Sesentaronjuntosen
el suelo, examinándose los rostros con expresión de tenue
asombro, con una especie de débil curiosidad animal, y en
seguida se olvidaron de la presencia del otro, sus miradas
perdieron vivacidad y de nuevo se extraviaron en aquella
lejana tierra de sueños ysombras de la cual nada sabemos.

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Hice que los sacaran de allí y los mandaran con sus ami-
gos. A la reina no le hizo ninguna gracia mi decisión. Y
no porque tuviese un interés personal en el asunto, sino
porque le parecía una falta de respeto con sir Breuse Sance
Pité. Sin embargo, le aseguré que si al noble le parecía una
acción intolerable, yo me las ingeniaría para que sí pudiese
tolerarlo.

Hicesacardeaquellaratoneraacuarentaysieteprisione-
ros y dejé a uno solo: un lord que había matado a otro lord
que tenía algún parentesco con la reina. El otro noble había
preparado una emboscada para darle muerte, pero éste lo
había sorprendido en el acto y lo había degollado. Empero,
no era ésta la razón por la cual decidí dejarlo en cautiverio,
sino porque había destruido intencionada y alevosamente
el único pozo público que existía en una de sus miserables
aldeas. La reina se proponía castigarlo con la muerte por
asesinaraunparientesuyo,peronoloquisepermitir.Matar
a un asesino no es un crimen. Pero le dije que, en cambio,
estaría dispuesto a que lo hiciese ahorcar por destruir el
pozo y, al final, cuando vio que no tenía otra opción, aceptó
el arreglo.

¡Atiza! ¡Por qué delitos más baladíes estaban encerrados
allí la mayoría de los cuarenta y siete hombres y mujeres!
Peoraún:algunosnoseencontrabanallíporningunaofensa
en particular, sino para satisfacer el rencor de alguien, y no
sólo el de la reina ni mucho menos, sino también el de sus
amigos. El crimen del prisionero más reciente consistía en
un comentario que había hecho. Se le había ocurrido decir
que los hombres eran más o menos iguales y que, dejando

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deladolasropas,unhombrevalíatantocomootro,yafirmó
creerquesisedesnudabaalanaciónenterayseenviabaaun
forastero a pasearse entre la multitud no podría distinguir
al rey de un curandero, ni a un duque del recepcionista
de un hotel. Aparentemente, aquí había un hombre cuyo
cerebro no había sido reducido a una masa inútil por un
aprendizaje idiotizante. Lo puse en libertad y lo envié a la
Fábrica de Hombres.

Algunasdelasceldascavadasenlarocavivaseencontra-
banjustamentedetrásdelacaradelprecipicio,yencadauna
deestasceldaselcautivohabíaabiertounadiminutarendija
hacialaluzdeldía,quelepermitíarecibirlabendicióndeal-
gúndelgadorayodesol.Elcasodeunodeestosdesventura-
dos era particularmente duro. Oteando por la rendija de su
sombría ratonera en la roca alcanzaba a vislumbrar su pro-
pio hogar allá abajo, en el valle, en la distancia. Y durante
veintidós años la había estado mirando desde su agujero,
con el corazón contrito y ansioso. De noche veía las luces y
dedíaveíafigurasqueentrabanysalían...sumujerysushi-
jos,almenosalgunosdeellos,sinduda,aunquedesdeaque-
lla distancia no conseguía identificarlos. En el transcurso de
los años observó que allí se celebraban festejos y trató de
regocijarse,preguntándosesisetratabadeunabodaosiera
otroelmotivodelfestejo.Yobservóquesecelebrabanfune-
rales, y cada vez sentía una terrible congoja en el corazón.
Distinguía la forma de los féretros, pero no podía determi-
nar su tamaño, y entonces era incapaz de saber si llevaban
a enterrar a su mujer o alguno de los hijos. Veía cómo el
cortejo, encabezado por los curas, se ponía en marcha y se

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alejabasolemnemente,llevándoseelsecreto.Enelmomento
deserencarceladohabíatenidoqueabandonarasumujery
acincohijos,yenunperíododediecinueveañoshabíavisto
partir cinco entierros, y como todos ellos habían revestido
un cierto grado de pompa, no podía tratarse en ningún caso
de un sirviente. De modo que había perdido a cinco de sus
tesoros y de todos ellos sólo le quedaba ahora uno..., uno
que era infinita, indescriptiblemente precioso..., ¿pero cuál
de ellos? Esa era la pregunta que lo torturaba día y noche,
dormido y despierto. Bueno, cuando te encuentras en un
calabozo,elteneruninterés,cualquieraquesea,yrecibirun
rayo de luz, aunque sea minúsculo, son un gran apoyo para
el cuerpo y te permiten preservar el intelecto. Este hombre
todavía estabaen condiciones bastantebuenas. Cuando ter-
minó de contarme su angustiosa historia, me encontraba en
el mismo estado de ánimo en que os encontraríais vosotros,
si poseéis una curiosidad humana normal, es decir, estaba
tan ardientemente anhelante como él por saber cuál de los
miembrosdelafamiliahabíasobrevivido.Asíqueyomismo
lo acompañé a casa y su inesperado regreso provocó tifones
yciclonesdealegríafrenética,ycataratasdelágrimasfelices,
y, ¡zambomba!, encontramos a la joven matrona de otrora
conloscabellosgrisesymuycercayadelmediosiglo,yalos
niños de antes convertidos en hombres y mujeres, algunos
de ellos casados y con familia propia..., ¡porque no había
muerto una sola persona de su clan! Imaginad el diabólico
ingeniodelareina:sentíaunespecialodioporesteprisione-
ro y entonces se había inventado todos aquellos entierros
para atribular su corazón. Pero el golpe de ingenio más

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sublime en toda su argucia consistía en hacer parecer que
quedabavivounsolomiembrodelafamilia,demaneraque
elpobrehombreseconsumieratratandodeadivinardecuál
se trataba.

Si no hubiese sido por mí jamás habría salido de las
mazmorras. El hada Morgana lo odiaba de todo corazón, y
nuncaenlavidasehubiesesentidoablandadaporsucaso.Y,
sinembargo,sucrimenhabíasidoproductodeundescuido
másquedeunaaccióndepravadaeintencionada.Elhombre
habíadichoenunaocasiónquelareinaerapelirroja.Bueno,
lo era en efecto, pero no era ésta una manera de decirlo.
Cuando las personas pelirrojas se encuentran por encima
de un cierto estrato social, su cabello es castaño encendido.

¿Qué os parece esto? ¡Entre los cuarenta y siete cautivos
figurabancincocuyosnombres,delitosyfechasdereclusión
sehabíanolvidado!Unamujerycuatrohombres,todosellos
con el cuerpo encorvado, el rostro surcado por profundas
arrugas, patriarcas de mentes exhaustas. Ellos mismos se
habían olvidado de los detalles hacía mucho tiempo; de
cualquier forma sólo tenían vagas teorías al respecto, nada
definitivo y ninguna historia que contaran dos veces del
mismo modo. Una sucesión de sacerdotes se habían ocupa-
do durante años de rezar con los cautivos diariamente y de
recordarlesqueDiosloshabíaconfinadoallíporalgúnsabio
designioydeenseñarlesqueloqueDiosamabaenlasperso-
nasderangosinferioreseralapaciencia,lahumildadylasu-
misión ante la opresión, pero incluso estos sacerdotes sólo
contaban algunas tradiciones sobre estas pobres y ancianas
ruinas humanas. Y lo que contaban no aclaraba mucho de

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todos modos, pues sólo se referían al número de años que
habían permanecido en prisión, y nada decían sobre los
nombres o los delitos..., pero incluso con dichas tradiciones
lo único que se podía probar era que ninguno de los cinco
había visto la luz del sol en treinta y cinco años. El número
deañosporencimadeestacifraquehabíaduradotalpriva-
ción era algo que no se podía adivinar. El rey y la reina no
sabían nada acerca de estas infelices criaturas, exceptuando
el hecho de que habían sido heredados con el trono, al igual
que otros bienes, reliquias y posesiones. La transmisión de
estos seres humanos no había sido acompañada con las his-
torias correspondientes, así que los nuevos dueños no les
habían asignado ningún valor y no habían sentido el menor
interés por ellos.

—Entonces —le pregunté a la reina—, ¿por qué remota
razón no los habéis liberado?

La pregunta la dejó estupefacta. No sabía por qué no
lo había hecho; sencillamente era algo que nunca se le ha-
bía ocurrido pensar. Así que, sin saberlo, la reina estaba
anticipandolahistoriaverídicadelosprisionerosdelcastillo
de If. Ahora me parecía patente que para la reina, teniendo
en cuenta su aprendizaje, estos prisioneros heredados eran
sencillamente una posesión, nada más y nada menos. Pues
bien, cuando heredamos algo no se nos ocurre deshacernos
de ello, aunque no le concedamos ningún valor.

Cuando saqué el cortejo de murciélagos humanos hasta
el mundo exterior y el fulgor del sol vespertino —tras ven-
darles caritativamente los ojos, que ya habían perdido por
completo la costumbre a la luz—, constituían un verdadero

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U A

ylúgubreespectáculo.Esqueletos,espantapájaros,duendes,
patéticos adefesios del primero al último, los hijos más legí-
timos que podrían producir la Monarquía por la Gracia de
Dios y la Iglesia oficial. Murmuré distraídamente:
—¡Ojalá pudiese fotografiarlos!
Conoceréis ese tipo de personas que jamás admiten que
no saben el significado de una nueva y altisonante palabra.
Cuantomásignorantes sean,mayoreslacertezadequelas-
timosamentepretenderánquenohasdichoalgoqueexcede
su comprensión. La reina pertenecía a ese tipo de gente y
continuamente estaba incurriendo en los errores más estú-
pidos a causa de ello. Vaciló un instante, y en seguida su
rostro se iluminó con un brillo de comprensión repentina y
me dijo que ella podía encargarse de hacerlo.
Medijeamímismo:«¿Ella?¿Peroquépuedesaberacerca
de la fotografía?». Pero no era obviamente el momento más
apropiadoparadetenerseapensary cuandomedilavuelta
vi que se acercaba al cortejo blandiendo un hacha.
Bueno, ciertamente se trataba de un personaje curioso la
tal hada Morgana. En mis tiempos tuve ocasión de conocer
a muchas mujeres y de las especies más diversas, pero la
reina las superaba a todas en lo que a variedad se refiere. Y
qué característico de ella resultaba este episodio. No tenía
más idea de la que podía tener un caballo acerca de cómo
fotografiar un cortejo; pero, al encontrarse con ese escollo,
resultaba muy propio de ella intentar hacerlo con un hacha.

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