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NOAM CHOMSKY LA RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES ariel Titulo original: AMERICAN POWER AND THE NEW MANDARINS Pantheon Books, Random House Cubierta: Alberto Corazén Primera edicién: diciembre de 1969 Segunda edicién: diciembre de 1971 © 1969 by Noam Chomsky © 1969 y 1971 de la traduccién castellana para Espafia y América: Ediciones Ariel, S. A. Esplugues de Liobregat (Barcelona) Impreso en Espaiia Depésito legal: B. 39,131 - 1971 1971.-Talleres de Ariol $. A.-Av, J. Antonio, 134.-Esplugues de Llobregat A los valerosos jévenes que se niegan a servir en una guerra criminal INTRODUCCION Han pasado tres afios desde que la intervencidn norteamericana en una guerra civil en el Vietnam se convirtié en una guerra colonial de tipo clasico. Y asi ocurrié por decisién de una administracién americana liberal, Al igual que los primeros pasos para imponer nuestra voluntad en el Vietnam, esta decisién fue adop- tada con el apoyo de importantes figuras politicas, . intelectuales y asesores universitarios, muchos de los cuales se oponen ahora a la guerra porque no creen que la represién americana pueda tener éxito en Viet- nam, y, consiguientemente, por razones pragmaticas, urge que “nos vayamos con la musica” adonde haya mejores perspectivas. Si en Vietnam la resistencia se vi- niera abajo, si la situacién diera un salto atrés y pasara a ser la de Thailandia, Guatemala © Grecia, donde las fuerzas del orden, con nuestra aprobacién y nuestra ayuda, ejercen un regular grado de control, entonces esta oposicién a la guerra de Vietnam también deja- ria de existir; en palabras de uno de esos portavoces, entonces “todos aplaudiriamos la sabiduria y el sentido politico del gobierno americano”. Si nos vemos obli- gados a liquidar esta empresa—de una de las dos 1, Arthur M. Schlesinger Jr., The Bitter Heritage: Vietnam and American Democracy (Boston, Houghton Mifflin Company, 1967), p, 34, 7 maneras posibles —, los idedlogos liberales continuardn urgiendo que organicemos y controlemos un imperio tan amplio como sea peeble de acuerdo con lo que constituye, segin ellos, “nuestro interés nacional” también de acuerdo con los intereses de aquellos elé- mentos que, en otras sociedades, nosotros sefialamos como los cualificados para gobernar. Tal como estén ahora las cosas, parece dificil que Ja resistencia vietnamita se venga bajo. Los Estados Unidos parecen incapaces de reunir la fuerza militar necesaria para aplastar esta resistencia y garantizar la dominacién del ‘gobierno y las instituciones sociales que nosotros hemos decidido que son las ay ans Existe, por tanto, cierta esperanza de que las tropas norteamericanas sean retiradas y se deje que la iz- quierda vietnamita trate de salvar algo del naufragio. El curso de la historia puede verse determinado en muy importante grado por lo que el pueblo de los Estados Unidos haya aprendido de esta catdstrofe. Por tres veces en el transcurso de una sola genera- cion Ja tecnologia norteamericana ha devastado un de- samparado pajs asidtico, En 1945 2llo se hizo con un Sentimiento de rectitud moral que tue, y sigue siendo, casi indiscutido. En Corea surgieron algunos escripu- los. La asombrosa resistencia de los vietnamitas nos ha obligado finalmente a preguntarnos: aqué es lo que estamos haciendo? Existen, al menos, algunos sintomas de un despertar a la horrorosa realidad. La resistencia a la violencia norteamericana y a la militarizacién de nuestra pers sociedad se ha convertido en una fuerza perceptible, ya que no importante. Y existe la espe- ranza de que a la lucha contra el racismo y la explota- cién en el interior pueda unirse la lucha por apartar la pesada bota yanqui del cuello de los oprimidos de todo el mundo. Veinte atios de adoctrinamiento intensivo para la guerra fria y setenta de mito sobre nuestro papel en el terreno internacional hacen dificil afrontar estos pro- blemas de una manera seria. Es preciso eliminar gran cantidad de desecho intelectual. Las presiones ideo- légicas, tan poderosas que su misma existencia se ne- gaba, deben ser examinadas y comprendidas. La bis- queda de alternativas para los individuos, para la sociedad norteamericana y para el orden internacional en su conjunto apenas ha empezado y nadie puede barruntar adénde conducira. Muy posiblemente a nin- guna parte, eliminada por la represién interior o por su “equivalente funcional”, por emplear una expresién cara a la actual administracién: * el dominio de una tecnocracia liberal que servird al orden social existente con Ja creencia de que representa la justicia y la huma- nidad, realizando guerras limitadas en el interior y en el exterior para preservar la estabilidad, y prometiendo ue el futuro serd mejor sdlo si los desposeidos aguar- das con paciencia; una tecnocracia liberal apoyada por una mayoria obediente y apatica, con el espiritu y la consciencia embotados por un empacho de bienes y por alguna versién nueva del viejo sistema de ideas y ereencias. Acaso sea posible eliminar los peores excesos. Acaso pueda encontrarse un camino para al- eanzar un cambio fundamental en la sociedad ame- ricana; un cambio de un tipo que dificilmente puede entreverse hoy. La tragedia de Vietnam y la crisis interna han despertado a muchos. Entre la juventud del pais existe la rebelidn y una nueva actitud de dubitacién; algo muy saludable y esperanzador, en con- junto, que hace una década pocos habrian. llegado a predecir. El apasionado compromiso de los estudiantes en el movimiento de los derechos civiles, en el movi- miento por poner fin a la guerra, en la resistencia, en © La administracién Johnson. (N. del T.) la organizacién de la comunidad, ha modificado ya el ambiente intelectual y moral cuando menos — e universidades. Estos brotes de inquietud y de com os miso dan algun alimento a Ja esperanza de que Hs s€ repetiran los crimenes del pasado reciente. ¥Y una cosa €s segura: nunca podremos olvidar esos erfmenes Precisamente se cumple medio siglo desde que Ran- dolph Bourne, en sus motablemente penetrantes en- ses spat que “la vieja filosofia, el viejo radica- 0... ha legado a un nivel perfectamente definido Y no existe razén alguna para pensar que no puede quedarse ahi, Su florecimiento se muestra en la orga- mizacion tecnica de Ja guerra por un diligente me de jévenes liberales que dirigen su curso eae oF programa oportunista de socialismo de Estado en el interior y una liga de naciones benevolentemente im: perialistas en el exterior”. El liberalismo pra, atico que funcioné cuando intentdbamos conseguir = fun. damento material para la vida americana en que : diera florecer un modo de vida més apidenaie? vela ahora desamparado ara “crear nuevos valores oner en pie un gran ee al que pudieran ee tas naciones”. E'scribia sobre el entusiasmo con I intelectuales liberales aceptaron la guerra, oa as América hubo entrado en ae de su “elevada "conta _ ¥ conviccién de la justicia de su causa”: de su =e tuada sensacién de dominar los acontecimientos” et ___ La guerra ha puesto de manifiesto una intelligentsia mAs joven, formada en la educacién pragmiatica, enormemenie oe Pap ls ees de los acontecimientos, lastimosa- ee preparada para su interpretacién intelectual o para o oo de fines... Han absorbido ae se. fo dei méetodo cientifico aplicado a la admini os Boia oe liberales, finstrados conscientes. Esti data a eligencia creadora para la solucién de los problemas politicos e industriales. Son una fuerza completamente nueva 10 en la vida americana, el producto del giro en los centros de ensefianza de una formacién que destacaba los estudios clasicos a otra que destaca los valores politicos y econémicos. Prdcticamente se podria decir que todos estos elementos se alinean al servicio de Ja técnica guerrera. Parece como si entre la guerra y estos hombres existiera una especial afini- dad. Como si se hubieran estado aguardando mutuamente... Pero lo significativo es que lo que les atrae es el aspecto técnico de la guerra, no su aspecto 2 pole o la interpre- tacién de ella, La formulacién de valores e ideales, la pro- duccién de una reflexién articulada y sugestiva no va en medida alguna de la mano con su competencia técnica... Los discipulos [de Dewey] han aprendido demasiado al pie de la letra la actitud instrumental hacia la vida y, pese a ser enormemente inteligentes y enérgicos, se estan convir- tiendo a si mismos en instrumentos eficientes de la técnica guerrera, aceptando con escasa reflexién sus fines tal como se enuncian desde arriba.? Bourne no esta describiendo la “Nueva Frontera”, a los “nuevos mandarines” de los afios sesenta, sino a los intelectuales liberales y radicales de 1917. Su ensayo se titula “El ocaso de los idolos”. Con la guerra de Vietnam, el ocaso se ha convertido en noche cerrada. En ese mismo ensayo, Bourne habla esperanzado de los “descontentos completes”, con su irritacién con las cosas tal como son, su disgusto por las frustraciones y Ja aridez de la vida americana, su profunda insatisfaccién consigo mismos y con los grupos que se pre- sentan a si mismos como Ilenos de esperanza; a partir de ese talante se pueden forjar valores nuevos. Los descontentos son hombres y mujeres que no pueden admitir la guerra, ni el idealismo reaceionario que Ja ha seguido. Se hallan casi siempre entre los criticos profesionales y estudiosos clasicos que han dejado extinguirse los valores culturales por 2. “Twilight of Idols”, en The World of Randolph Bourne, al culdado de Lillian Schlissel (New York, E. P. Dutton & Co., Inc., 1965), pp. 198-9. i su propia ineptitud personal. Pero estos descontentos no tienen la intencién de ser unos vandalos de la cultura, sdlo por destruir. No son barbaros, sino que busean lo vital y lo auténtico en todas partes.3 Bourne dice €speranzadamente que “un talante mAs escéptico, malicioso, decigarate dy e irénico puede ser realmente el signo de que en la América de ho esta fermentando una vida mas intensa e incitadora... EI descontento puede ser el comienzo de una promesa”, La represién postbélica Io ha hecho todo menos des- truir esta promesa, Hoy, cuando la ideologia de la Guerra fria se est4 viniendo abajo y el poder ame- ricano est4 probando ser incapaz de conseguir el do- minio de Asia, nuevamente Se percibe en e] ambiente el hedor de Ja represién. Si somos capaces de aprender algo de Ja historia encontraremos un modo de evitar la altivez y la divisién que han sido normales en la izquierda y nos uniremos para resistir a esta represién, para materializar la promesa que puede surgir del des- contento, para sustituir “el atractivo de lo marcial en la guerra” y “el atractivo de lo técnico” por “el atrac- tivo de las ideas nuevas y verdaderas, de la especula- cién libre, del vigor artistico, de los estilos culturales, de Ja inteligencia bafiada de sensibilidad y de la sensibj- lidad a Ja que la inteligencia da fibra y modela”. Estas palabras de Bourne no son un programa para la accién, sino una admonicién a buscar un programa asi y a crear, para nosotros mismos y para otros, Ia com: ren- sién que pueda darle vida. Poco se ha avanzado en esa direccién desde que Bourne escribiera tales pala- bras. Dadas las realidutles actuales del poder america- no, el desafio se convierte en una necesidad urgente, desesperada. Los ensayos reunidos aqui son, en su mayoria, muy 3. Ibid., p. 202, 12 criticos acerca del papel desempefiado por los intelectua- les americanos en Ja elaboracién y la instrumentacién eS la politica, en la interpretacién de los acontecimientos be - téricos y en la formulacién de una ideologia del cambio social que en parte lo falsifica y en arte lo a y lo subvierte. Debido a ese tono critico, deseo ie claro desde el principio que si en ellos se insinga . guna nota de buena conciencia por parte mia, es ae d- vertida y, lo que es mas importante, eo. N; ad = que se comprometiera en actividades antibélicas ta tardiamente como en 1965, como hice yo, tiene motivo alguno de orgullo o satisfaccién. Esta oposicién se pro- ducia con diez o quince afios de retraso. He aqui - leceién que deberiamos haber aprendido de la tragedia 2 eee son en su mayoria versiones elabo- radas de conferencias dadas por mi en los iltimos afios. A lo largo de ellos he participado en mds debates, con- ferencias, forums, teach-ins y mitines sobre ee y el imperialismo americano de los que puedo Tecor a Tal vez deberia decir que en estas conferencias y dis- cusiones he experimentado, cada vez mas, una cierta sensacién de falsedad. Esta sensacién no tiene nada que ver con las cuestiones intelectuales. Los factores basicos estén suficientemente claros; la valoracién de Ja situacién es todo lo precisa de que soy capaz. Pero el conjunto es emocional y moralmente falso de una ma- nera inquietante. Se trata de una sensacién que ee nalmente ya habia experimentado con anterioridad, — ejemplo, recuerdo haber lefdo un excelente ae io sobre la politica de Hitler para la Europa oriental, = algunos afios, en un estado de oscura fascinacién. E autor trataba arduamente de ser frio, académico y obje- tivo, de sofocar la tnica respuesta humana posible a un plan para esclavizar y destruir a millones de organismos subhumanos, de modo que los herederos 13 de los valores espirituales de la civilizacién occidental pudieran desarrollar libremente y en paz una forma superior de sociedad. Al dominar esta reaccién humana elemental entramos en una discusién técnica con la in- telligentsia nazi: des técnicamente posible disponer de cuerpos? gCuél es la prueba de que los eslavos son seres inferioresP gDeben ser aplastados o hay que de- volverles a su hogar “natural”, en oriente, de modo que su gran cultura pueda florecer, para beneficio de toda Ja humanidad? és cierto que los judios son un cAncer que mina poco a poco Ia vitalidad del pueblo alem4n? Y otras muchas. Sin darme cuenta, me encontré arras- trado a esa ciénaga de racionalidad insana, inventando argumentos para contraatacar y demoler las construc- ciones de los Bormann y los Rosenberg. Al entrar en Ja arena de la argumentacién y la con- traargumentacién, de la factibilidad técnica y de la tactica, de las citas y las notas a pie de pagina; al aceptar la presuncién de la legitimidad de la discusién sobre ciertas cuestiones, uno ha perdido ya su propia humanidad. Tal es el sentimiento que considero casi imposible sofocar cuando sigo el impulso de construir una acusacién contra la guerra americana en Vietnam. Cualquiera que dedique a esta tarea una fraccién de su mente puede construir una acusacién abrumadora; esto es hoy, seguramente, obvio, Pero, de una manera importante, al hacerlo se degrada a si mismo e insulta desmedidamente a las victimas de nuestra violencia y de nuestra ceguera moral. Tal vez hubo un momento en el que la politica americana en Vietnam era una Cuestién discutible, Pero ese momento ha pasado hace ya mucho, No es mds discutible que la guerra italiana en Abisinia o la eliminacién rusa de la ibertad en Hun- gria. La guerra es simplemente una obscenidad, un acto depravado realizado por hombres débiles y mise- rables, incluyéndonos todos nosotros, que hemos deja- 4 do que siguiera y siguiera con infinita furia y destruc- cién; todos nosotros, que habriamos permanecido en silencio si se hubieran asegurado la estabilidad y el orden. No es agradable emplear estas palabras, pero la sinceridad no permite otra cosa. Las cosas que hemos visto y leido durante estos horribles afios superan lo increfble. Tengo ante mf una foto de la Associated Press, publicada en el New York Times, que lleva la siguiente leyenda: Niftos smv HoGaR: Una muchacha sostiene a su hermanita herida mientras rangers sudvietnamitas avanzan por su aldea. Los nifios han sido rescatados de un hoyo bajo su casa, incen- diada cuando helicépteros U.S.A. disparaban sobre el Viet- cong. La escena est4 tomada en el delta del Mekong, al sudoeste de Saigon. No soy capaz de describir el pathos de esta escena, o la expresién de Ja cara del nifio heride. gCudntos centenares de imA4genes semejantes tenemos que ver antes de que empeeemos a preocuparnos y a actuar? Creo que es la primera vez en la historia que una nacién ha exhibido tan abierta y pablicamente sus pro- pios crimenes de guerra. Tal vez ello muestra lo libre- mente que funcionan nuestras instituciones. Pero gno mostrara acaso lo inmunes que nos hemos hecho para el sufrimiento? Probablemente se trata de esto tiltimo. Al menos asi lo parece cuando observamos eémo ha aumentado en los ultimos meses la oposicién a la guerra. No hay duda de que la causa primaria de esta oposi- cién es que el coste de la guerra es demasiado elevado para nosotros; resulta inaceptable. Es deplorable, pero no por ello menos cierto, que lo que ha modificado la opinién piblica americana y el marco politico inte- rior no son los esfuerzos del “movimiento de la paz —y menos atin las declaraciones de los portavoces 15 politicos —, sino mas bien la resistencia vietnamita, que simplemente no quiere rendirse a la fuerza americana. Y es mas: la actitud “responsable” afirma que la opo- sicién a Ja guerra por razones de coste me fone he dicho, deplorable, sino mas bien admirab le, al con-- cordar con el genio de Ja politica americana. La po- litica americana es una politica de acomodacién. que excluye con éxito las consideraciones morales. eed guientemente resulta muy apropiado — es una demos- tracién adicional de nuestra superior agudeza — que huestras acciones sean guiadas solamente por conside- raciones pragmaticas de coste y utilidad. Can ee tin Luther King fue asesinado, Kenneth Clark , “hay que llorar por este pais”. ¢Lloramos o ore: leer en las columnas editoriales de nuestros gran . periddicos, y en buena parte de la eer ae 4 izquierda, que el discurso de Johnson del 3. de ae de 1968 ha confirmado la salud de nuestro sistema de- mocratico? Con el derrumbamiento de su politica oa namita, con una seria crisis econémica internacion: y con un desorden interior que amenazaba nee : al pais ingobernable, el presidente tuvo un gesto “noble y “magnénimo” — “el ultimo sacrificio para la paz”, en palabras de un senador —: anuncié que no se presen- tarfa a la reeleccién. Y ello prueba la viabilidad de la democracia americana. De acuerdo con estos patrones, era una democracia mas viable todavia la del Japén fascista de finales de los treinta, cuando en circunstan- cias no distintas cayeron mds de una docena de ge binetes, La salud de nuestro sistema hubiera si demostrada por un cambio de politica causado Poe . reconocimiento de que lo que hemos hecho en iet- nam es malo, un acto criminal; de que una victor americana habria sido una tragedia. Nada ne lejos de la conciencia politica norteamericana. Y en la me- 16 dida en que ello sigue siendo cierto, estamos destina- dos a revivir este horror. La razén primaria para la oposicién a la guerra es Su coste para nosotros. Una segunda causa es el senti- miento de que el coste es también demasiado grande para sus victimas, A primera vista, parece que esta reac- cién se halla a un nivel moral mas elevado que la pri- mera, pero también esto es dudoso, Dificilmente pue- de ser eleyado el Principio de que debemos aflojar las garras cuando la victima sangra demasiado. Qué ocu- tre con la oposicién a Ja guerra sobre la base de que no tenemos derecho a estabilizar 0 reestructurar la sociedad vietnamita, ni a realizar los experimentos con “control de los recursos materiales y humanos” que deleitan al “tedrico de la pacificacién”? Esta oposicién es débil, y, en Ja arena politica, virtualmente inexistente. El] es- tudioso pragmitico ¥ responsable de los problemas con- tempordneos no se rebaja a semejante sensibleria, En marzo de 1968 el Boston Globe publicé una serie de cartas de un miembro de los International Voluntary Services (IVS), maestro en una aldea de la montafia, y que era obviamente una persona de gran valor y dedi- cacién. En su mayoria eran cartas agudas y sencillas so- bre la vida en Vietnam. He aqui algunos fragmentos de una de ellas: Cosa curiosa para el Vietnam: estamos creando estas islas Seguras, donde se reinstala a la gente, trasladada a las zonas “pacificadas”, pero la mayoria del pais es una tierra de nadie que estamos convirtiendo répidamente en un desierto por el bombardeo, la desfoliacién, etc... Si los americanos siguen su obra, sera un pais de Playas, mds unas Ppocas islas, de zonas seguras... y el resto serd tierra devastada. Resulta extrafio hacerle eso a un pais cuya mejora de la economia y de Ja politica estin pagando ustedes, Pero ellos dicen que Ja tmica manera de derrotar a las fuerzas guerrilleras Le 2. — cHomsxy es eliminar su fuente de vida (la tierra y la gente), arruinar la tierra y concentrar a Ia gente en zonas que ustedes pueden Pproteger.* Creo que una carta asi nos ensefia bastante sobre la actitud del pafs hoy. Un miembro de los IVS nos ensefia que lo que estamos intentando hacer es “eliminar su fuente de vida (la tierra y la gente)”, y luego se va animada y diligentemente a realizar su tarea, ayudando a restaurar lo que ha sido destruido. Yendo a lo que interesa, varios cientos de miles de ciudadanos del Gran Boston —Ia capital cultural de los Estados Unidos, co- mo gustan de creer — pueden haber lefdo esta carta e irse a realizar sus tareas. sPor qué no? No es mas per- turbadora que docenas de otras cosas que han visto leido. De hecho, resulta dudoso que haya algo de Io que podemos hacer al pueblo de Vietnam (esto es, a los comunistas) que les ocasione algo mAs que un estre- mecimiento momentaneo, Unas semanas antes los ciudadanos de Boston leian en el mismo lugar de la pagina editorial del Globe un articulo del jefe del departamento de ciencias politicas de la Universidad de Harvard en el que describia el roceso de urbanizacién en Vietnam del Sur, interesante Le otic sociolégico que abre todo un campo de po- sibilidades nuevas para la construccién nacional.’ Nos 4. Boston Globe, 13 de marzo de 1968. 5., Samuel P. Huntington, “Why the Viet Cong Attacked the Cities”, Boston Globe, 17 de febrero de 1968. Vid. infra, pp. 108- 109 para algunas citas, El profesor Huntington ha desarrollado desde entonces estas ideas en “The Bases of Accommodation”, Foreign Affairs, vol. 46, n° 4 (julio de 1968), pp. 642-56, Explica que el Vietcong e¢ “una fuerza poderosa que no puede ser desalojada de ‘sus dis- tritos mientras estos distritos sigan existiendo”. Evidentemente, debemos asegurarnos por tanto de que los distritos —la poblacién tural —dejan de existir, Un Himmler o un Streicher nos hubieran dado en seguida tan obvia sclucién. Pero este cientifico social liberal, sin embargo, sugiere otra: que empujemos por la fuerza 18 ahorraba los detalles de “cémo los Estados Unidos es- tan urbanizando el pueblo de Vietnam”, pero otros han descrito este Proceso — por ejemplo, el trabajador de los IVS que se acaba de citar —. La urbanizacién, na- turalmente, es esa “cosa curiosa” que estamos haciendo para el pueblo de Vietnam. Se trata del proceso des- crito en los siguientes términos por Don Luce, quien dimitié de su cargo de director de los IVS a finales de 1967 como protesta contra la politica de los Estados Unidos, después de nueve afios de servicio. Aldeanos menos “afortunados” [los de Jas aldeas “pacifi- cadas”] han sido arrancados de sus hogares tradicionales y situados en campos de refugiados que se apretujan en tomo a las ciudades. Estos frios campos estén compuestos casi enteramente por tmujeres y nifios que se duelen pro- fundamente de haber sido separados de sus tierras de cultivo y de su modo de vida, de los cementerios de sus antepasa- dos e incluso de sus matidos, que generalmente estén con el Vietcong. Por Jo eneral su antigua aldea forma parte de a los campesinos hacia las ciudades (a “urbanizacién”), aplazando hasta después de la guerra los “programas gubernamentales masi- vos” que “serdn necesarios para reasentar a los emigrantes en las zonas rurales o para reconstruir las cindades y promover el empleo urbano en tiempo de paz”, Esta politica puede revelarse como: “I respuesta a las ‘guerras de liberacién nacional”, respuesta con la que nos hemos “tropezado” en Vietnam “distraidamente”’. El profesor Huntington discute la opinién de sir Robert Thompson de que la rebelién de base campesina es inmune “a la explicacién directa de la fuerza mecdnica y convencional”. No es asi: “Ja la luz de los acontecimientos recientes, esta formulacién debe ser modificada seriamente. Porque si la ‘aplicacién directa de la fuerza mecinica y convencional’ tiene lugar a una escala tan masiva que produce una emigracién en masa del campo a la ciudad, los su- Puestos basieos subyacentes a la doctrina maoista de 1d guerra revolueionaria dejan de funcionar, La revolucién rural de inspira- cién maoista se ve minada por la revolucién urbana patrocinada por los norteamericanos”. Resulta un gran alivio tener esta explicacién, procedente de un destacado cientifico politico, de los “supuestos ‘bdsicos” que estén por debajo de la doctrina norteamericana de la guerra contrarreyo- lucionaria. 19 una zona de combate libre. Esto significa que los aviones pueden bombardear en toda esa zona y que todo prisionero ser considerado miembro del Vietcong y muerto. Desgra- ciadamente, muchos de los refugiados regresan a ella para 7 Coget Su atroz © vagar para reunir madera 0 bilago. En Tuy Hoa, se le pidié a uno de los miembros de los IVS que donara sangre en el hospital en el que trabajaba a medio tiempo. Pregunt6 qué habia ocurrido a un anciano que aguar- daba en el hospital. El anciano teplicé amargamente: “Mi hijo y otros cuatro habian ido a cortar lefia. A su regreso un helicéptero americano volé por encima de ellos. Aterro- nizados, echaron a correr, Cuatro han sido heridos y otro ha muerto”.6 En una palabra, urbanizacién es el proceso por el cual se “elimina su fuente de vida (la tierra y la gente), se arruina la tierra y se concentra a la gente en zonas que ustedes pueden proteger”. Esto lo entiende todo el mundo, Pero hay escasamente un murmullo de protesta cuando el jefe del departamento de administracién de nuestra mayor universidad habla del Proceso sociolégico de urbanizacién, de los beneficios que proporciona a los vietnamitas y de las posibilidades que nos da de ganar la guerra. 6. “The Making of a Dove”, The Progressive, 1968, distri- buido por Vietnam Information Project, 100 Maryland Avenue N.E., Washington, D.C. 20002. Este Proyecto est4 formado por un grupo de trabajadores de los IVS que han regresado de Vietnam, los cuales intentan Hamar la atencién del pueblo americano sobre algunos de los hechos que estén ccurriendo en Jas aldeas vietnami- tas. Se trata, en realidad, de los tmicos norteamericanos que tienen una informacién de primera mano importante sobre esta cuestién. Deben ser comparados con los cientificos politicos visi- tantes que parecen creer que las entrevistas con los Pprisioneros cap- turados o con los desertores les dan una amplia explicacién de las actitudes en el Vietnam rural. Vale la pena decir que los trabajadores de los IVS se hallan, como grupo, m4s 6 menos com- prometidos con el esfuerzo americano, y qué incluso, tras dimitir como protesta por lo que han visto, no ponen en duda nuestro derecho a reestructurar Ja sociedad vietnamita segin las lineas que @ nosotros nos parecen apropiadas. Vid. infra, p. 275, 20 Esta actitud tranquila y analitica hacia el problema de cémo ganar la guerra puede ser ilustrada con innu- merables ejemplos de los escritos de analistas politicos responsables. Por tomar uno, véanse unas cuantas ob- servaciones de Joseph Harsch acerca de la tdctica de bombardeo en Vietnam del Norte.? Harsch discute las frustraciones de la politica de bombardeo limitado: Una bomba arrojada en una jungla densa no produce un resultado visible, Incluso si acierta a un camién que trans- porta municiones el piloto raramente tiene la satisfaccién de saber lo que ha conseguido. Un blanco en una gran presa hidroeléctrica es otra cuestién. Se produce una explosién enorme, visible desde todas partes, Se puede yer derrum- barse Ja presa. Se pueden ver las aguas qué se precipitan por la brecha e inundan a su paso enormes zonas de tierra de cultivo y aldeas, E] piloto que acierta en una presa hidroeléctrica regresa con una sensacién de realizacién. Sobre semejantes hazanas se hacen peliculas y se eseriben nove- las... La bomba que cae en Ja presa inundard aldeas, aho- garé a gente, destruird cosechas y_eliminar4 bastante energia eléctrica... Bombardear la presa destruirfa a la gente. Cada presa climinada darfa més razon a la afirmacién de que “el enemigo est4 siendo destruido”, En teorfa, si es posible “destruirlo” lo suficiente, su gobierno estara mas inclinado a sentarse ante la mesa de efeneciee Pese a todas estas ventajas del bombardeo de las presas, Harsch cree aparentemente que es mAs razona- ble bombardear camiones. La razon es que “no hay pruebas de que estos daiios a la oblacién civil de Vietnam del Norte” hayan tenido iL consecuencia de persuadir a su gobierno para iniciar negociaciones. Ade- mis, el efecto de terror de los bombardeos es pequefio en un pais no industrializado. Sugiere, por consiguiente, 7. “Truck Versus Dam”, Christian Science Monitor, 5 de septiembre de 1967. Al lector que crea que se trata de una ironfa s6lo puedo proponerle que lea el articulo entero, 21 no “ir tras los blancos espectaculares que causan dafios militarmente dudosos al pueblo en Vietnam del Norte”, sino mas bien “tras los blancos poco espectaculares que pueden proporcionar algén alivio militar a la infanterja en la batalla en tierra”, y ello a pesar de que esto sea una verglenza para los pilotos, que se frustran sin el sentimiento de realizacién y la ‘satisfaccién que pro- porciona inundar aldeas, ahogar a la gente y destruir las cosechas. Por una coincidencia, el mismo periddico publicd unos dias después el informe de un testigo ocular sobre el bombardeo de diques en Vietnam del Norte. El corresponsal informa: Los diques del fértil delta del rio Rojo — el “plato de arroz” de Vietnam del Norte — han sido objeto tltimamente de crecientes ataques aéreos. E] bombardeo americano parece dirigido no solamente a desmoralizar y atormentar a la poblacién en la regién mds densamente poblada del ais, sino también a destruir Ja cosecha de arroz en las vastas lanuras aluviales, con sus vulnerables espacios abiertos... Aqui, en la regién del delta, cuyos arrozales proporcionan la mayor parte del abastecimiento’ de arroz para 17 millones de norvietnamitas, se han producido ataques casi diarios a los diques a lo largo de los numerosos pequefios afluentes del rio Rojo... El objetivo del bombardeo en el delta parece evidente: impedir la produceién agricola. En los iques no se ven blancos militares. Las més pesadas piezas de arti- leria que hemos visto son los anticuados fusiles de la mi- licia_ campesina. Como punto de referencia histérico, recuérdese que el alto comisario alem4n Seyss-Inquart fue condenado a muerte en Nuremberg por abrir los diques en Ho- 8. Amando Doronila, “Hanoi Food Output Held Target of US, Bombers AP, Christian Science Monitor, 8 de septiembre de 1967. 22, landa en el momento de la invasién aliada.® Puesto que los editores del Christian Science Monitor no han ad- vertido que este informe exigia un comentario editorial, ignoro si consideran el sensato razonamiento de Harsch para bombardear camiones en vez de presas, como se hace ahora, contrapesado por otras consideraciones. Como ilustracién final de Ja insensibilidad de la res- puesta americana a lo que manifiestan los mass-media, consideré una pequefia noticia del New York Times del 18 de marzo de 1968, titulada “Se impide una expo- sicién militar en que se simulaba el ametrallamiento de una choza vietnamita”. E] suelto informa de un intento del “movimiento de la paz” por impedir una exposicién en el Museo de la Ciencia y de la Industria de Chi- cago: Desde hoy, los visitantes ya no podrén subir a un heli- céptero para el disparo simulado de una ametralladora sobre blancos de un diorama de las altiplanicies centrales de] Vietnam. Los blancos eran una choza, dos puentes y un depésito de municiones; cuando se acertaba en el blanco se encendia una luz. Al parecer, era la gran diversién de los nifios hasta que se presentaron esos condenados peaceniks ¢ iniciaron una de sus interminables manifestaciones, Ilegando in- cluso a ocupar la exposicién. Seguin la noticia del Times, “los manifestantes se opusieron especialmente a que se permitiera a los nifios ‘disparar’ sobre la choza, aunque ni en ella ni en parte alguna del diorama apareciera na- die”, lo cual muestra precisamente lo poco razonables que pueden ser los pacifistas. Aunque sea una compen- 9. Vid. el memorAndum de Gabriel Kolko al Tribunal Rus- sell, citado en Liberation, vol. 12 (mayo-junio de 1967), p. 13: Eisenhower consideré este acto innoble como “wma mancha en el honor militar” del jefe alem4n, y le advirtié que él y sus cohortes serian considerados “violadores de las leyes de la guerra que tendrén que afrontar las seguras consecuencias de sus actos”, 23 sacién pequefia por la clausura de esta entretenida ex- posicién, “los visitantes, sin embargo, todavia pueden probar su habilidad en otros lugares de la exposicién, con el disparo simulado de un arma anticarro y de va- rios modelos de fusiles”. ¢Qué decir de un pais en el que un museo cientifico de una gran ciudad puede anunciar una exposicién en la que la gente dispara ametralladoras desde un helicép- tero a chozas vietnamitas, con una luz que se encien- de cuando se da en el blanco? gQué decir de un pais donde pueda ocurrirse siquiera una idea semejante? Hay que Ilorar por ese pais, Este y otros mil ejemplos dan prueba de una dege- neracién moral a una escala tah ae hablar de los “conductes normales” de accién politica y de protesta se convierte en algo hipécrita o carente de sentido. Te- nemos re preguntarnos a nosotros mismos si lo que ne- cesitan los Estados Unidos es el disentimiento o la des- nazificacién. Se trata de una cuestién discutible. La gente razonable puede disentir sobre ella. Pero el he- cho de que Ja cuestién sea siquiera discutible es algo aterrador. A mi me parece que lo necesario es una especie de desnazificacién, Es mds: no hay ninguna fuerza exterior poderosa que pueda llamarnos a capi- tulo; el cambio tiene que producirse desde dentro. He hablado solamente de opresién en el exterior, pero diffcilmente habr4 que subrayar que ésta tiene tam- bién su andlogo doméstico. La reaceién ante el sufri- miento de las minorfas oprimidas en el interior no di- fiere mucho de la brutal apatia ante la miseria que hemos impuesto en todo el mundo. La oposicién a la guerra en Vietnam se basa ampliamente en su coste y en el fracaso del poder americano en el aplastamiento de la resistencia vietnamita. E's lastimoso, pero no por ello menos cierto, que los timidos pasos para dar la li- bertad a los negros americanos han sido emprendidos 24 en su mayorfa por temor. Podemos reconocer estos he- chos y lamentarlos profundamente, pero no quedar pa- ralizados por este reconocimiento. La indignacién, la vergiienza y las confesiones de abrumadora culpabilidad pueden ser una buena terapéutica, pero también pue- den convertirse en una barrera para la accién efectiva, que siempre se puede presentar como infinitamente equefia frente a la enormidad del crimen. Nada mas cil que adoptar una nueva forma de indulgencia con- sigo mismo, tan debilitadora como Ja antigua apatia. El eligro es importante. No es idea nueva que la con- fesién de oulpabilidad puede ser institucionalizada co- mo una técnica para evitar el cumplimiento de lo que se debe hacer. Incluso es posible conseguir un senti- miento de satisfaccién mediante la contemplacién de la naturaleza mala de uno. No menos insidioso es el grito de “revolucién” en un momento en que ni si- quiera existen los gérmenes de nuevas instituciones, 0 a lo sumo la consciencia moral y politica que pudiera conducir a una modificacién basica de la vida social. Si hoy hubiera una “revolucién” en América seria sin duda un impulso hacia alguna variedad del fascismo. Debemos precavernos contra ese tipo de retérica revo- lucionaria que hubiera inducido a Karl Marx a incendiar el Museo Briténico simplemente porque forma parte de una sociedad represiva. Seria criminal pasar por alto los serios defectos e inadecuaciones de nuestras ins- tituciones, o dejar de utilizar el importante grado de libertad de que gozamos muchos de nosotros, dentro de Ja estructura de estas instituciones defectuosas, para modificarlas o incluso sustituirlas por un orden social mejor, Quien preste alguna atencién a la historia no se sorprenderé si quienes mds gritan que quieren aplas- tar y destruir aparecen mAs tarde entre los administra- dores de algtin nuevo sistema de represién. Algin dia terminaré la guerra en Vietnam y, con 25 ella, el renovado impulso que ha dado al autoandlisis a la busqueda de remedios y alternativas. Los que o han opuesto a la guerra simplemente debido a su coste 0 a sus atrocidades desapareceran. Es posible que una derrota americana que no pueda ser disfrazada, o una victoria” que abra camino a una nueva barbarie vaya acompafiada de una seria represion interna que deje escasa energia o voluntad para la tarea de reevaluacién y reconstruccién de la ideologia y la vida social. Pero existen también signos alentadores. Existe la creciente comprensién de que es una ilusién creer que todo mar- chara bien simplemente si se puede hacer entrar en la Casa Blanca a un héroe liberal, y una consciencia cre- ciente de que individuos aislados y que compiten entre Sl raramente pueden enfrentarse solos a instituciones represivas. Se puede, a lo sumo, tolerar a unos pocos como tébanos intelectuales. La masa, incluso bajo la democracia formal, aceptard “los valores que le han sido inculeados, a menudo accidentalmente y a menudo de- liberadamente, por los intereses creados”, valores que tienen més el cardcter de “hdbitos adquiridos incons- cientemente que el de opciones”° En una sociedad competitiva y Fear los individuos no pueden descubrir sus yerdaderos intereses ni actuar para defen- derlos, como tampoco pueden hacerlo cuando los con- troles totalitarios les impiden asociarse libremente. El reconocimiento de estos Ae ha unido a los jévenes en varias formas de resistencia y ha suscitado los poco conocidos pero impresionantes intentos de organizacién comunitaria en muchas partes del pais; aparentemen- te, motiva también a muchos de los portavoces del black power”. Resulta interesante ver cémo las ideas clasicas del socialismo libertario se han abierto camino en Ja ideologia de la “nueva izquierda”. Formulaciones 10, _C. Wright Mills, The Soctol inati Oxford University Press, 1958), pee erat cn hen Fe 26 como las siguientes han pasado a ser casi clichés — pero no por ello falsas o carentes de importancia —; Nues- tro sistema social ha “sacrificado los intereses genera- les de la sociedad humana a los intereses privados de los individuos, y de este modo ha minado sistematicamente una auténtica relacién entre los hombres”, “La demo- eracia, con su lema de igualdad de todos los ciudadanes ante la ley, y el liberalismo, con el suyo de derecho del hombre sobre su propia persona, han naufragado ante las realidades de la economia capitalista”: “El mayor mal de todas las formas del poder consiste pre- cisamente en que siempre trata de introducir la rica diversidad de Ja vida social en moldes definidos y de ajustarla a normas particulares”; Los derechos politicos no se originan en los parlamentos; mas bien les son impuestos a éstos Focde fuera. E incluso su sancién legal no ha sido durante mucho tiempo garantia de su seguridad. No existen por haber sido estipulados Dae mente en un pedazo de papel, sino solamente cuando se han convertido en el habito innato de un pueblo y cuando cual- quier intento de limitarlos ha de tropezar con la resistencia violenta de la poblacién. Donde no oeurre asi, la oposicién parlamentaria o los platénicos llamamientos a la constitueién no suponen ninguna ayuda. Uno se gana el respeto de los demés cuando sabe cémo defender su propia dignidad como ser humano. Y esto no sélo es verdadero en la vida privada: también ha ocurrido siempre lo mismo en la vida publica”. 11, Se trata de citas de Rudolf Rocker, “Anarchism and Anarcho-syndicalism”, en Paul Eltzbacher, ed., Anarchism (London, Freedom Press, 1960), pp. 225-68. Igualmente caracteristico del pensamiento de la “nueva izquierda” es el juicio de Kropotkin citado por Rocker sobre la Rusia bolchevique: “Rusia nos ha mos- trado el modo en que no es posible realizar el socialismo... La idea de los consejos obreros para el control de la vida econémica y politica del pais es, en si misma, de extraordinaria importancia... ero en la medida en que el pais es dominado por la dictadura a un partido, los consejos de obreros y campesinos pierden, natu- ralmente, su importancia. Son degradados al mismo papel pasivo que acostumbraban representar los estamentos en la época de a7 Me parece que el renacimiento del pensamiento anarquista en la “nueva izquierda” y los intentos de ponerlo en practica constituyen el proceso mAs prome- tedor de los ultimos afios y que, si consigue afianzarse, Proporciona una verdadera esperanza de que la actual crisis americana no se convertirA en una catastrofe ame- ricana y mundial. En Ia década de la indiferencia, Albert Einstein des- cribié en cierta ocasién la importancia de la Liga de Resistencia a la Guerra en los siguientes términos: + mediante Ja unién, libera a individuos valerosos y resueltos de la paralizadora sensacién de aislamiento y sole- dad, y de este modo les proporciona apoyo moral en el cumplimiento de lo que consideran su deber, La existencia de una élite moral asi es indispensable para Ja prepara- cién de un cambio Aedeagal en la opinién publica, cambio que, en las actuales circunstancias, es absolutamente también evitar un destino que— segin una anécdota frecuentemente citada —fue esbozado por Einstein en otra ocasién, cuando le preguntaron qué clase de ar- mas podrian utilizarse en una posible tercera guerra mundial, Su respuesta fue que ignoraba qué armas . usarian en la tercera guerra mundial, pero que estaba seguro de que la siguiente se realizaria con garrotes y piedras. necesario si la humanidad ha de sobrevivir12 En estos tiltimos atios, la “élite moral” ha pasado a ser una fuerza considerable entre la Juventud, y busca caminos para unirse y actuar a la vez como fuerza politica y moral. Falta ver si puede convertirse en una tradicién creadora y autosostenida, cuya supervivencia no dependa de acontecimientos exteriores, y si puede unirse con otras fuerzas para conseguir un cambio cons- tructivo. Si ello pudiera ser asi, podriamos enfrentar- nos con Jos problemas que nos atormentan. Podriamos la monarquia absoluta”, Rocker eomenta que “la dictadura del proletariado ebrié paso no a una sociedad socialista, sino al tipo mas primitivo de socialismo de estado buroerdtico y a una Tegresién al absolutisme pelitico, abolido desde hace tiempo en muchos paises por las revoluciones burgucsas”. 12. Discurso en Princeton, New Jersey, 10 de agosto de 1953. Citada por John H. Brunzel en Anti-Politics in America (New York, Alfred A. Knopf, Inc., 1967), p. 166. 28 ey 29 BIBLIOTECA Sea LA RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES?® Hace veinte afios, Dwight Macdonald publicé en Politics una serie de articulos sobre las responsabilida- des de los pueblos y, especificamente, sobre la respon- sabilidad - los intelectuales. Los le{ cuando era es- tudiante de licenciatura, en los afios inmediatamente posteriores a la guerra, y hace unos meses he tenido ocasién de leerlos de nuevo. Me parece que no han perdido nada de su vigor y de su poder de persua- sién. Macdonald se ocupa ae Ja cuestién de los crime- nes de guerra, Plantea la cuestién siguiente: gen qué medida son los pueblos aleman o japonés responsables de las sepsis perpetradas por sus gobiernos? Y, muy justamente, hace que la pregunta se vuelva tam- bién contra nosotros: gen qué medida son los pueblos briténico o norteamericano responsables del horrible terror de los bombardeos sobre Ja poblacién civil, per- feccionados como técnica bélica por las demoeracias occidentales, que culminaron en Hiroshima y Nagasaki, y que sin duda figuran entre los crimenes mas inconfesa- * Este articulo es uma versién revisada de una conferencia dada en Harvard y publicada en Mosaic, en junic de 1966, Apa- recié sustancialmente en su forma actual en la New York Review of Books del 23 de febrero de 1967. La presente versién repro- duce la aparecida en la obra compilada por Theodore Roszak, Dissenting Academy (New York, Pantheon Books, 1968). 33 3. — cHowsey bles de la historia? Para un estudiante, en 1945-1946 — y para todos aquellos cuya conciencia moral y politica se habia formado por Ios horrores de los afios treinta, por la guerra de Etiop{a, las purgas rusas, el “incidente de China”, la guerra eivil espafiola, las atrocidades na- zis, la reaccién occidental frente a estos acontecimientos ¥; én parte, su complicidad con ellos —, estas preguntas tenian una agudeza y un significado particulares, En Io que respecta a la responsabilidad de los inte- lectuales, hay todavia otras preguntas, igualmente in- quietantes. Los intelectuales se hallan en situacién de denunciar las mentiras de los gobiernos, de analizar las acciones segtin sus causas y sus motivos, y, a menudo, segun sus intenciones ocultas. Al menos en el mundo occidental, tienen el poder que se deriva de la libertad politica, del acceso gla informacién y de la libertad de expresion, A esa minoria privilegiada la demoeracia oc- cidental le proporciona el tiempo, los medios y la for- macién que permiten ver la verdad oculta tras el velo de deformacién y desfiguracién, de ideologia e interés de clase a través de los cuales se nos presenta la histo- ria contemporanea. Las responsabilidades de los inte- lectuales, por tanto, son mucho mas profundas que lo que Macdonald denomina la “responsabilidad de los pueblos”, dados los privilegios unicos de que los intelec- tuales gozan, Las cuestiones planteadas por Macdonald son hoy tan pertinentes como lo fueron hace veinte afios, Di- ficilmente podemos evitar preguntarnos en qué medi- da el meee norteamericano ¢s responsable del brutal ataque americano a una poblacién rural en gran medi- da desvalida en Vietnam, una atrocidad mds que afiadir a lo que los asidticos consideran la “era de Vasco de Gama” de la historia universal, ¢En qué pagina encon- tramos nuestro lugar, nosotros que hemos contemplado en silencio y con apatfa cémo esta catdstrofe cobraba 34 forma en los Ultimos doce afiosP Solamente los mas insensibles pueden eludir estas cuestiones. Pienso volver sobre ellas mas adelante, tras unas cuantas observacio- nes dispersas sobre la responsabilidad de los intelec- tuales y sobre como, en la practica, afrontan éstos dicha responsabilidad en la década de los sesenta. : La responsabilidad de los intelectuales consiste en decir la verdad y en denunciar la mentira. Esto, al me- nos, puede parecer lo suficientemente obvio para no necesitar comentarios. Sin embargo, no es asi. Para el intelectual moderno, eso no es del todo evidente. Asi, Martin Heidegger, en una declaracién en favor de Hit- ler en 1933, escribia que “la verdad es la revelacién de lo que hace a un pueblo seguro, claro y fuerte en su accién y en su saber”; solamente se tiene la respon- sabilidad de decir esta clase de “verdad”. Los norteame- ticanos tienden a ir todavia mas lejos. Cuando en no- viembre de 1965 el New York Times pidiéd a Arthur Schlesinger que explicara la contradiccién entre el re- lato que acababa de publicar sobre el incidente de la bahia de Cochinos y el relato que habia dado ala prensa en el momento del ataque, observé simplemente que habia mentido, y unos dias después expresé su agradecimiento al Times por haber eliminado a su vez la informacién sobre la invasién planeada en bene- ficio del “interés nacional”, tal como éste era definido por el grupo de hombres presuntuosos y falaces, re- tratados tan lisonjeramente por Schlesinger en su re- ciente descripci6n de la administracion Kennedy. Que un hombre se considere muy feliz por mentir en bene- ficio de una causa que sabe injusta no tiene especial interés; lo significativo es que estos hechos susciten tan escasa respuesta por parte de la comunidad intelec- tual — por ejemplo, que nadie haya considerado extrafio que se ofrezca una catedra importante de humanidades a un historiador que considera deber suyo convencer al 35 taundo de que la inyasién patrocinada por los ameri- canos de un pais vecino en realidad no es tal, Qué decir de la increible serie de mentiras de nuestro go- bierno y sus portavoces sobre cuestiones tales como las negociaciones en Vietnam? Los hechos son conocidos de todos los que se han Preocupado por conocerlos, La prensa, tanto la extranjera como la nacional, ha pre- sentado una documentacién que permite refutar todas las falsedades que se publican, Pero el poder del apa- rato de propaganda gubernamental es tal que el ciuda- dano que no emprenda una metddica investigacién sobre el tema dificilmente puede esperar comparar las afirmaciones del gobierno con los hechos, 1. Se ha emprendido una investigacién sistemdtica asf, y se ha publicado como “libro Blanco del ciudadano”: F, Schurmann, ¥. D. Scott y R. Zelnik, The polities of Escalation in Vietnam (New York, Faweett World Library, y Boston, Beacon Press, 1966). Para otras pruebas del rechazo norteamericano de iniciativas de las Naciones Unidas para el arreglo diplomdtico, precisamente antes de la importante escalada de febrero de 1965, vid. Mario Rossi, “The US Rebuff to U Thant”, New York Review of Books, 17 de noviembre de 1966. Vid. también Theodore Draper, “How Not To Negotiate”, ibid., 4 de mayo de 1967. Hay més pruebas docu- mentales de intentos del FNL de implantar un gobierno de coali- cién y neutralizar la zona, todo ello rechazado por los Estados Uni- dos y su aliado de Saigén, en Douglas Pike, Viet Gong (Cambridge, Mass., The M.LT. Press, 1966), Al leer esta ultima clase de mate- rial hay que cuidar especialmente de distinguir entre las pruebas paesentadas y las “conclusiones” que se afrma haber extrafdo, por fas razones que se sefialan brevemente mds abajo (vid. nota 83), Es interesante ver las primeras reacciones publicadas, algo in- directas, ante The Politics of Escalation, por parte de quienes de- fienden nuestro derecho a conquistar Viemam del Sur y a instituir gl gobierno que decidamos. Por ejemplo, Robert Scalapino (New York Times Magazine, 11 de diciembre de 1966), afirma que la tesis del libro implica que nuestros ditigentes son “diabélicos”, Puesto que nadie que Piense con la cabeza puede creer esto, la tesis queda refutada, Suponer otra cosa seria delatar “Grrespon- sabilidad”, en un tnico sentido de la Palabra: el que da un matiz irénico al titulo de este capitulo, Prosigue sefialando la presunta debilidad central del Tazonamiento del libro, esto es, que deja de 36 E] engafio y las deformaciones que rodean a la in- vasién norteamericana de Vietnam nos son ya tan fami- Hares que han perdido su capacidad de causar asombro. Por consiguiente, conviene recordar que aunque se al- canzan constantemente nuevos niveles de clnismo, sus claros antecedentes fueron aceptados en el pais con tranquila tolerancia. Es un ejercicio util comparar las declaraciones del gobierno en la época de la invasion de Guatemala en 1954 con las confesiones — mejor se- ria decir las jactancias — de Eisenhower diez afios des- pués, segiin las cuales los aviones norteamericanos fue- ron enviados a “ayudar a los invasores”.? Y tampoco es en momentos de crisis cuando se considera que la du- plicidad es completamente normal. Los “hombres de la Nueva Frontera”, por ejemplo, no se distinguieron espe- cialmente por su preocupacién por la exactitud histérica, ni siquiera cuando tuvieron que fabricar una tapadera propagandistica” para acciones en vias de realizacién. Por ejemplo, Arthur Schlesinger afirma que el bombar- deo de Vietnam del Norte y la escalada masiva del com- promiso militar a principios de 1985 se basaba en un “calculo completamente racional”: “.. mientras el Viet- cong pensara que iba a ganar la guerra, es evidente gue no se sentirfa interesado por un arreglo negociado SEL dato es importante. Si la declaracién hubiera sido hecha seis meses antes, cabria atribuirla a la ignorancia, Pero esta declaracién aparecié después de varios meses de informaciones en primera plana que detallaban as iniciativas estadounidenses, norvietnamitas y soviéticas que precedieron a la escalada de febrero de 1965 y que, de hecho, continuaron durante varios meses después de que hubieran comenzado los bombardeos, después de meses de examen de conciencia por parte de los corresponsales de Washington, que intentaron desespe- 2. New York Times, 14 de octubre de 1965. 8, ibid, 6 de febrero de 1966, 37 radamente encontrar algunas circunstancias atenuantes i la extraordinaria mixtificacién que se habia puesto e manifiesto. (Chalmers Roberts, por ejemplo, escribid con inconsciente ironia que la fecha de finales de fe- brero de 1965 “dificilmente podia parecer en Washing- ton un momento propicio para las negociaciones [pues- to que] Johnson acababa de ordenar precisamente el primer bombardeo de Vietnam del Norte en un esfuerzo por llevar a Hanoi a una mesa de conferencias en que las bazas de ambos bandos para negociar estuvieran més equilibradas”.) 4 En aquel momento la declaracién de Schlesinger era menos un ejemplo de engafio que de desprecio: desprecio por un auditorio del que se po- dia esperar que toleraria en silencio, si no aprobadora- mente, semejante conducta.5 Para volvernos a alguien més cercano a la actual elaboracién ¢ instrumentacién de la politica, conside- remos algunas de las reflexiones de Walt Rostow, el 4. Boston Globe, 19 de noviembre de 1965, 5. En otras ocasiones, Schlesinger muestra una admirable pru- dencia de cientifico. Por ejemplo, en su introduecién a The Politics of Escalation, admite que pueden haber habido “cambios en el interés por las negociaciones” por parte de Hanoi, En lo que respecta a las mentiras de Ia administracién sobre las negociaciones ¥ a sus repetidas acciones para hacerlas fracasar, comenta solamente que los autores pueden haber subestimado las necesidades militares ¥ que los historiadores futuros podraén demostrar que se equivocan. Esta precaucién y este distanciamiento deben ser comparados con la actitud de Schlesinger hacia los nuevos estudios sobre los origenes de la guerra fria: en uma carta a la New York Review of Books (20 de octubre de 1966) observa que es hora de “parar el baile” de los intentos revisionistas por mostrar que la guerra fria puede haber sido consecuencia de algo mas que la mera belige- rancia comunista, Debemos creer, por tanto, que la cuestién rela- tivamente sencilla de los origenes de la guerra fria estA fuera de discusién, mientras que la cuestién mucho m4s compleja de por qué los Estados Unidos se niegan a un arreglo negociado en Viet- nam debe dejarse para los historiadores futuros, Es Util recordar que en ocasiones el propio gobierno de los Estados Unidos es mucho menos desconfiado al explicar por qué se niega a pensar en un arreglo negociado significativo. Coma se admite libremente, esta solucién nos dejaria sin poder alguno para controlar la situacién. Vid. por ejemplo la nota 377. 38 hombre que, segin Schlesinger, aporté una “amplia vi- sién historica” a la direccién de la politica exterior de la administracién Kennedy.* Segiin sus andlisis, la gue- rra de guerrillas en Indochina fue desencadenada por Stalin en 1946," y Hanoi inicié la guerra de guerri- llas contra Vietnam del Sur en 1958 (The View from the Sevenih Floor, pp. 39 y 152). Parecidamente, los estra- tegas comunistas pusieron a prueba el “escudo defen- sivo del mundo libre” en el norte de Azerbeijan y Grecia (donde Stalin “apoyé una importante guerra de guerrillas”, ibid., pp. 36 y 148), siguiendo unos pla- nes cuidadosamente establecidos en 1945. ¥ en Europa central, la Unidn Soviética no estaba “dispuesta a aceptar una solucién que eliminara las peligrosas ten- siones de esta zona porque entrafiaban el peligro de erosionar lentamente el comunismo en Alemania orien- tal” (ibid., p. 156). , Resulta interesante comparar estas observaciones con los andlisis de los estudiosos realmente preocupados por los acontecimientos histéricos. La observacién Te- lativa a que Stalin inicio la primera guerra vietnamita en 1946 ni siquiera merece ser refutada. En cuanto a que Hanoi tomé la iniciativa en 1958, la situacién es mas complicada. Pero incluso las mismas fuentes guber- namentales® conceden que en 1959 Hanoi recibié las i ., A Thousand Days: John F. Renseds i the Waite Howe (Boston, Houghton Midlin: Company, 10) Ratt fe ‘om the Seventh Floor (New York Harper & Row, ‘Bublishers, 196d), po 148, Vousetamsbicn su United States in the World Arena (New York, Harper & Row, Poblishers, 1960), p. 244: “Stalin, explotando el desorden y la de- bilidad del mundo de la posguerra, presiond desde la extendida base que habia conquistado durante la segunda mundial en un esfuerzo por destruir el equilibrio de poder en Eurasia... volviéndose hacia el Este, apoyd a Mao e inflamé a los comunistas norcoreanos € ae " ejemplo, el_articulo del analista de la CLA George Carver, “Tho Faceless Viet Cong”, en Foreign Affaire, vol. 44 (abril de 1966), pp. 847-72. Vid. también la nota 93, 89 primeras informaciones directas de lo que Diem califica- ba su propia guerra argelina,® y que sdlo después de esto hizo planes para aventurarse directamente en la lucha, De hecho, en diciembre de 1958 Hanoi hizo otro de sus muchos intentos —rechazado una vez mas por Saigén y los Estados Unidos — de establecer tela- ciones diplomaticas y comerciales con el gobierno de Saigén sobre la base del mantenimiento del status quo.1® Rostow no da ninguna prueba de que Stalin apoyara las guerrillas griegas: de hecho, aunque la historia’ dis- te mucho de estar clara, parece que a Stalin no le complacia nada el aventurerismo de las guerrillas grie- gas, las cuales, desde su punto de vista, ponian en peli- gro el satisfactorio acuerdo imperialista de posguerra.1 Las observaciones de Rostow sobre Alemania son to- davia mds interesantes, No considera necesario men- 9. Cf. Jean Lacouture, Vietnam: Between Two T: 5 : ‘ruces (Ne Tee Heodom House, 1966), p. 21. El andlisis de la pita ee em fue compartide por los observadores occidentales del mo- mento. Vid., por ejemplo, los comentarios de William Henderson gn la obra compilada por Richard W. Lindholm, Vietnam: The Tush Five Years (East Lansing, Michigan State University Press ). Sefiala “la creciente enajenacién de los intelectuales”, “el ranacimiento de la disidencia armada en el Sur”, el hecho de que la seguridad se ha deteriorado visiblemente en los dos Ultimos afios”, todo como consecuencia de la “brutal dictadura” de Diem. y predice “un r4pido empeoramiento del clima politico en el Viet, ea oS ee en desastres imprevistos”, . id. Bernard Fall, “Vietnam in ig ig Affairs, vol 45 (octubre de 1966), pp. Lis oe fp tien il. talin no le gustaban las tendencias titista feende comunista griego ni la posibilidad de que nade Gee ie una federacién balednica bajo la direccion de Tito, Sin em- argo, puede creerse que Stalin apoyé las guerrillas griegas en gin momento de la rebelién, a pesar de las dificultades, para conseguir pruebas documentales sdlidas. Es innecesario decir ‘que a oe Precisa ningtin estudio elaborado para documentar el papel ta . ico © norteamericano en este conflicto civil, a partir de fina- les ee Vid. D. G. Kousoulas, The Price of Freedom (Syracu- ae 7 peace University Press, 1953), y Revolution and Defeat Coy Berk aor es Press, 1965) para un estudio serio de eae eimientos desde un punto de vista fuertemente anti- 40 cionar, por ejemplo, las notas rusas de marzo y abril de 1952, que proponian Ja reunificacién de Alemania con elecciones supervisadas internacionalmente, con Ja retirada de todas las tropas en el plazo de un aiio, si se garantizaba que no se permitiria a la Alemania reunifi- cada unirse a una alianza militar occidental.!* Y Ros- tow también se olvida momenténeamente de su propia descripcién de la estrategia de las administraciones Truman y Eisenhower: “evitar toda negociacién seria con la Unién Soviética hasta que Occidente pudiera en- frentar a Mosct, como fait accompli, con el rearme alem4n dentro de una estructura europea organizada”,!* y ello, sin duda, desafiando los acuerdos de Potsdam. 12. Para una descripcién detallada yid. James Warburg, Ger- many: Key to Peace (Cambridge, Mass., Cambridge University Press, 1953), pp. 189 y ss. Warburg concluye que, al parecer, “ahora el Kremlin estaba dispuesto a aceptar la creacién de una democracia en el sentido occidental de Ja palabra para toda Ale- mania”, mientras que las potencias occidentales, en’ su respuesta, “admitieron francamente su plan de “garantizar eee ee de Alemania en una comunidad europea puramente defensiva’” (o sea, la NATO). 18, The United States in the World Arena, pp. 344-45. In- cidentalmente, quienes lamentan justamente la represién brutal de las revoluciones alemana y hungara deberian recordar que estos escandalosos acontecimientos hubiesen podido evitarse si los Es- tados Unidos hubieran aceptado considerar las propuestas de neu- tralizacién de la Europa central. Algunas de las recientes decla- raciones de George Kennan dan un comentario interesante a esta cuestién, por ejemplo, en sus observaciones sobre la falsedad, desde el principio, de la suposicién de que la URSS pretendia atacar o intimidar por medio de la fuerza 4 la mitad occidental del con- tinente y que fue contenida por la fuerza norteamericana, asi como sus observaciones sobre la esterilidad y el absurdo general de la exigencia de una retirada unilateral de la Unién Soviética de la Ale- mania oriental, junto con “la inclusién de una Alemania reunifi- cada como componente principal de un sistema defensivo occidental basado en las armas nucleares” (Edward Reed, ed., Peace on Earth [New York, Pocket Books, 1965]). Vale la pena sedalar que las fabulas histéricas como las ejem- plificadas por las observaciones de Rostow se han convertido en una especialidad corriente del Departamento de Estado. Asi, Thomas Mann justifica nuestra intervencién en la Reptblica Domi- nicana como ung respuesta a las acciones del “bloque militar chino- 41 Pero lo més interesante de todo es la teferencia de Rostow a Ir4n. Lo cierto es que hubo un intento ruso de imponer por la fuerza un gobierno Prosoviético al Azerbeijan del Norte, que le garantizara a la Unién Soviética el acceso al petrdéleo irani. Las superiores fuerzas angloamericanas desbarataron este intento en 1946, en el momento en que el imperialismo més pode- toso del mundo consiguid pleno derecho sobre el petré- leo irani con la instalacién de un gobierno pro-occidental. Recordemos Io que ocurrié cuando, durante un breve periodo a principios de los aiios cincuenta, el tinico go- bierno iran{ con algo de base popular hizo probaturas con la curiosa idea de que el petréleo iran{ solamente debia pertenecer a los iranies. Lo interesante, sin em- bargo, es la descripcién del Azerbeijén del Norte como parte del “escudo defensivo del mundo libre”, Ca- rece de sentido, por el momento, comentar la vaciedad le la expresién “mundo libre”. Pero ¢por qué ley de la naturaleza tiene que caer el Iran, con todos sus recur- sos, dentro del dominio occidental? La callada suposi- cién de Rostow resulta muy reveladora de unas actitu- des profundamente arraigadas en la direccién de la politica exterior. Ademés de esta creciente falta de Ppreocupacién por la verdad, en formulaciones recientes encontramos una ingenuidad auténtica o fingida respecto a las acciones norteamericanas que alcanza Proporciones alarmantes, Por ejemplo, Arthur Schlesinger ha caracterizado recien. temente nuestra politica en Vietnam en 1954 como fos veinte y principios de los treinta como si se bellave en “una fase altamente militante y agresiva”. Lo que resulta aterrador de estas fabulas, como cosa distinta de la falsificacién pura y simple, es la posibilidad de que puedan ser sinceras y servir realmente de base para la elaboracién de la politica, 42 “parte de nuestro programa general de buena ae tad internacional”.# A menos que haya que entenc = la como una ironia, esta observacién muestra un cini mo colosal o una incapacidad a una escala que oe todo comentario de comprender los cee ee mentales de la historia pluses eB se te) no se sabe qué decir de la declaracién de te = Schelling ante el Comité de Asuntos . ei Camara de Representantes, el 27 de enero de se la que discutia los dos grandes peligros que ame: ce tian a los Estados Unidos si toda Asia se are comunismo”.15 En primer lugar, esto excluiria a “los Estados Unidos y a lo que Ilamamos pveiae ae dental de una gran parte del mundo, pobre, de colo y potencialmente hostil”. En segundo lugar, “un ae como los Estados Unidos probablemente no po a conservar la confianza en si mismo si precisamente 2 mayor empresa que ha intentado jp a — las bases para una vida préspera y ae a S un gobierno democratico en el mundo subdesarr ee tuviera que ser considerada como un fracaso o — una tentativa irrepetible”. Es increible que Fane sona familiarizada siquiera minimamente con ts 7 “5 tia de la politica exterior norteamericana pueda hac iones semejantes. F pe eae Sestarede a menos ieee te la cuestién desde un punto de vista mas ar eee y situemos esas afirmaciones en el] contexto See mo hipécrita del pasado: de seh Wi see ejemplo, que queria ensefiar el arte de! en a i : a los latinoamericanos y que escribié (en 1902) qui Times, 6 de febrero de 1968. LE Umed Statee Polioy Toward Ast, Declaraciones ante el Subcomité para el Extremo Oriente y el Pacifico att ae tt ee ‘Asuntos Exterlores, C4mara de Representantes (Washington, vernment Printing Office, 1966), p. 89. 43 “nuestro especifico deber” consiste en ensefiar a los pueblos coloniales “el orden y el autodominio, ylang la disciplina y el hdbito del derecho y de la obediencia”. O el moralismo hipécrita de los moisioneros de la década de 1840, que deseribian las horrendas y degradantes guerras del opio como “Ia Consecuencia de un gran designio de la Providencia, para hacer que la perversi- dad de los hombres fuera util para sus misericordiosos propésitos hacia China, al Tomper su barrera de aisla- miento y colocar al imperio en contacto més inmediato con las naciones occidentales y cristianas”. O, por mi- tar al presente, al de A. A, Berle, el cual, comentando Ja intervencién en la Republica Dominicana, tiene ja impertinencia de atribuir los problemas de los paises del Caribe al imperalismo, pero al imperialismo ruso., 16 Como ejemplo final de esta bancarrota de escepti- cismo, consideremos las observaciones de Henry Kissin- ger al concluir su presentacién en un debate televisivo Harvard-Oxford sobre Ja politica americana en Viet- nam. Obseryé, més bien tristemente, que lo que mas le molesta es que los demds pongan en cuestién no ya nuestros juicios, sino nuestros motivos, comentario no- table por parte de alguien cuya ocupacién profesional es el andlisis politico, es decir, el andlisis de las accio- nes de Ios gobiernos en términos de los motivos no ex- presados en la propaganda oficial Y acaso oscuramente percibidos por aquellos que gobiernan. Nadie se senti- ria molesto por un andlisis del comportamiento politico de los rusos, los franceses 0 los tanzanianos que pusiera en tela de juicio sus motivos e interpretara sus acciones » 20 de noviembre de 1966. ectéculo del pre- sidente Kennedy aleceionando a Cheddi Jagan sobre los peligros de entrar én relaciones comerciales “que ecoloquen a un pais en con- diciones de dependencia econédmica”. Se refiere, naturalmente, a los peligros de las relaciones comerciales con la Unidn Soviética. Vid Schlesinger, A Thousand Days, p, 776. 44 en términos de sus intereses a largo plazo, pes bien ocultos bajo la retérica oficial. Pero es dogma de eave los motivos norteamericanos son puros y no se see someterlos a andlisis (vid. nota 1). Aunque no es nada nuevo en la historia intelectual norteamericana — : en Jo que nos atafie, en Ja historia general de la ies logia del imperialismo —, esta inocencia se vuelve ca oui mas odiosa a medida que el poder al que sirve se hace mas dominante en los problemas del mundo y, por con- siguiente, mds capaz de la depravacién sin limites Le los medios de comunicacién de masas nos ofrecen a- riamente. No somos, ni mucho menos, la primera po- tencia de la historia que conjuga los intereses ea les y una gran capacidad tecnolégica con un Lea 0 desprecio por el sufrimiento y la miseria de los es. Sin embargo, la larga tradicién de ingenuidad Z ree conciencia que desfigura nuestra historia inte ae debe ser, caso de ser necesaria, una advertencia para é Tercer Mundo acerca de cémo hay que interpretar nues- tras protestas de sinceridad y de buena intencién. nee Los presupuestos basicos de los hombres e la Nueva Frontera” deberfan ser calibrados cuidadosamen- te por quienes se interesan por la implicacién en a politica de los intelectuales universitarios. Por ejemplo, he citado las objeciones de Arthur Schlesinger a la in- vasion de la bahia de Cochinos, pero esta referencia ha sido imprecisa. Ciertamente, Schlesinger cree que fue una “idea terrible”, pero “no porque la idea de pa- trocinar un intento de los exiliados de derribar el régi- men de Castro le pareciera intolerable 1 Una reaccién asi seria un puro y simple sentimentalismo, impensable en un espiritu realista. La dificultad residia mas bien en que parecia dificil que la empresa pudiera tener éxito. La operacién, en su opinién, estuvo mal planeada, ane desde cualquier otro punto de vista no era objetable. 17. A Thousend Days, p. 252. 45 De manera similar, Schlesinger cita aprobadoramente la “realista” valoracién de Kennedy de la situacién re- sultante del asesinato de Trujillo: “Hay tres posibilida- des en orden de preferencia descendente: un régimen democratico decente, una continuacién del régimen de Trujillo 0 un régimen como el de Castro, Debemos diti- girnos a lo primero, pa en realidad no podemos re- nunciar a lo segundo hasta que estemos seguros de que podemos evitar lo tercero”.18 La razén de que la tercera posibilidad fuera tan intolerable se explica unas pAginas més adelante: “Un éxito comunista en América latina daria un golpe muy duro al poder y a la influencia de los Estados Unidos”. N: aturalmente, nunca podremos es- tar completamente seguros de evitar la tercera posibili- dad; en la practica, por consiguiente, siempre optaremos por la segunda, como estamos haciendo en Brasil yen Ja Argentina, por ejemplo.1? Podemos considerar también las opiniones de Walt Rostow sobre la politica norteamericana en Asia2? La base segin la cual debemos edificar esta politica es que “estamos abiertamente amenazados y nos sentimos amenazados por la China comunista”, Naturalmente, de- mostrar que estamos amenazados no es necesario, y la cuestién apenas si recibe atencién: es suficiente que nos sintamos amenazados. Nuestra politica debe ba- sarse en nuestro legado nacional y en nuestros intereses nacionales. Nuestro legado nacional queda esbozado brevemente en los siguientes términos: “Durante todo el siglo xrx, los americanos podian dedicarse con la con- ciencia tranquila a la difusién de sus principios y de 18. Ibid., p. 769. 19. Aunque esto es demasiado impreciso. Debe recordarse el verdadero cardeter del régimen de Trujillo para apreciar todo el cinismo del andlisis “realista” de Kennedy. 20, Walt W. Rostow y R. W. Hatch, An American Poliey in Asia (New York, Technology Press and Tohn Wiley & Sons, Ine., 1955). 46 su poder en este continente”, haciendo uso de “la mas bien eldstica doctrina Monroe” y, claro esta, Nevando “el interés americano a Alaska y a las islas del Paci- fico... Tanto nuestra insistencia en la rendicién incon- dicional como la idea de ocupacién de posguerra... representaban la formulacién de los intereses de la se- guridad americana en Europa y en Asia”, Esto por lo que respecta a nuestro legado nacional. En lo tocante a nuestros intereses, la cuestién es igualmente simple. Lo fundamental es nuestro “profundo interés en que Jas sociedades del extranjero desarrollen y refuercen los elementos de sus respectivas culturas que elevan Y,pro- tegen la dignidad del individuo frente al Estado . Al mismo tiempo, debemos hacer frente a la “amenaza ideolégica”, esto es, a “la posibilidad de que los comu- nistas chinos puedan demostrar a los asidticos, mediante el progreso de China, que los métodos comunistas son mejores y mas rapidos que los métodes democraticos”. No se dice nada sobre estos pueblos de cultura asidtica para los cuales nuestra “concepcién de Ja relacién apro- piada entre el individuo y el Estado” puede no ser el unico valor importante, sobre unos pueblos que, por ejemplo, pueden estar oe por defender la dig- nidad del individue” frente a la concentracién de capital extranjero o nacional, o frente a las estructuras semi- feudales (como las dictaduras al modo de Trujillo) in- troducidas o mantenidas en el poder por las armas nor- teamericanas. Todo se adorna con alusiones a “nuestros sistemas de valores religioso y ético” y a nuestros | di- fusos y complicados conceptos”, que, para la mentalidad asiatica, resultan “mucho mas dificiles de comprender que el dogma marxista, y que, por tanto, “causan difi- cultades a algunos asidticos” debido a “su misma falta de dogmatismo”. ’ Semejantes aportaciones intelectuales sugieren la ne- cesidad de corregir una observacién que formula de 47 Gaulle, en sus memorias, sobre “la voluntad de poder, disfrazada de idealismo” norteamericana. Por el mo- mento, esta voluntad de poder no est4 tan disfrazada de idealismo como batiaids de fatuidad, Y los intelec- tuales universitarios han aportado una valiosa contribu- cién a esta imagen lamentable. Permitaseme, sin embargo, volver a la guerra de Vietnam y a la respuesta que ha suscitado entre los inte- lectuales norteamericanos. Una caracteristica destacada del reciente debate sobre la politica en el Sudeste asié- tico ha sido la distincién que se traza comimmente en- tre la “critica responsable”, por una parte, y la critica “sentimental”, “emocional” 0 “histérica”, por otra. Pue- de aprenderse mucho de un estudio cui adoso de los términos de esta distincién. Los “criticos histéricos” se caracterizan, al parecer, por su irracional negativa a aceptar un axioma politico fundamental: que los Es- tados Unidos tienen el derecho de extender su poder y su dominio sin limite alguno, en la medida en que sea posible. La critica responsable no discute esta supo- sicion, sino que mas bien argumenta que probablemente no podremos ponerla en practica en un momento y lu gar determinados. Me parece que Irving Kristol, por ejemplo, tiene pre- sente esta clase de distincién en su andlisis de la pro- testa contra la polftica en Vietnam en el Encounter de agosto de 1965. Contrapone los criticos responsables, como Walter Lippmann, el New York Times y el sena- dor Fulbright, al “movimiento teach-in”, “A diferencia de los protestatarios universitarios — afirma —, Lipp- mann no se aventura en suposiciones presuntuosas acer- ca de ‘lo que desea realmente el pueblo vietnamita’ —obviamente, no se preocupa gran cosa por esto —o en exégesis legalistas acerca de si ha habido, y_en qué medida, ‘agresién’ o ‘revolucién’ en Vietnam del Sur. Adopta un punto de vista de realpolitik; incluso est4 vi- 48 siblemente dispuesto a considerar la posibilidad de una guerra nuclear contra China en circunstancias extre- mas”. Todo esto es encomiable y contrasta fayorable- mente, para Kristol, con la chéchara de “ti 0s poco razonables, ideolégicos” del movimiento teach-in, que frecuentemente parecen movides por absurdos tales como un _cansiasapertalina simple z virtuoso”, que lanzan “arengas sobre ‘la estructura de poder "¥ que a veces llegan incluso a caer tan bajo que leen “articu- los y reportajes de Ja prensa extranjera sobre la presen- cia norteamericana en Vietnam”, Y es més: esos tipos asquerosos son casi siempre psicdlogos, matematicos, quimicos o filésofos (de la misma manera que, dicho sea de paso, quienes mAs se destacan en la protesta en la Unidn Soviética son generalmente fisicos, literatos y otros intelectuales alejados del ejercicio del pose en vez de gente con contactos en Washington, OS cuales, naturalmente, comprenden que “si tuvieran una idea nueva y buena sobre Vietnam serian escuchados rdpi- day respetuosamente” en. Washington. : . Aqui no me interesa la cuestién de si la caracteriza- cién que hace Kristol de la protesta y el disentimiento es exacta, sino mds bien los presupuestos que dicha caracterizacién manifiesta respecto de cuestiones como las siguientes: la pureza de intenciones norteamericana, desté fuera de discusién o es irrelevante para ella? Hay que dejar las decisiones a los “expertos” con contactos en Washington 0, dicho de otro modo, aun suponiendo que tengan los principios y los conocimientos necesarios ara tomar la “mejor” decision, lo haran siempre asi? g como cuestién légicamente previa, ges aplicable la “pericia” de los expertos? Esto es: existe un cuerpo de teoria y de informacién relevante, fuera del dominio publico, susceptible de ser aplicado al andlisis de la politica exterior o que demuestre la justeza de las ac- ciones actuales de un modo que los psicéloges, los mate- 49 4, — cHOMSEY maticos, los quimicos y los filésofos son incapaces de comprender? Aunque Kristol no examina estas cuestio- nes Hisotanieaitay sus actitudes Presuponen que les da determinadas ee y esas respuestas son equivo- eadas en todos los casos. La agresividad norteameri- cana, por mucho que se la disfrace de retérica piadosa, es una fuerza dominante en los problemas mundiales y debe ser analizada en términos de sus causas y sus motivos. No existe cuerpo tedrico alguno ni cuerpo de informacién relevante a guno, fuera del alcance de la comprensién del profano, que inmunice a la politica de la critica. En la medida en que el “saber pericial” se aplica a los problemas mundiales, es seguramente adecuado — y para una persona integra muy necesa- tio — poner en cuestién su cardcter y los objetivos a que se aplica. Estos hechos parecen demasiado obvios para que sea necesario discutirlos mas. McGeorge Bundy, en un articulo reciente," aporta un correctivo a la curiosa fe de Kristol en Ja apertura de la administracién a las nuevas ideas sobre Vietnam. Como acertadamente observa Bundy, “en lo principal, la discusién sobre Vietnam gira en torno a la tactica, no en torno a los problemas de fondo”, aunque — afiade — “en los extremos del escenario hay gente agresiva”, En el centro, naturalmente, estén el Presidente (que en su reciente gira por Asia precisamente acaba de “reafirmar magistralmente” nuestro interés por “el progreso de los pueblos del Pacifico”) y sus consejeros, que merecen “el apoyo comprensivo de quienes desean moderacién”. A estos hombres les corresponde el] mérito de que “el bombardeo de Vietnam del Norte haya sido el mds pre- ciso y el més limitado en la guerra moderna”, solici- tud que serd apreciada por los habitantes 0 ex habitan- 21, “End of Either/Ox", Foreign Affairs, vol. 45 (enero de 1967), pp. 189-201, 50 tes de Nam Dinh, Phu Ly y Vinh. También hay que atribuir a ellos lo que informaba Malcolm Browne ya en mayo de 1965: “En el Sur, amplios sectores de la nacién han sido declarados ‘zonas de libre bombardeo’, donde todo lo que se mueve es un blanco legitimo. De- cenas de miles de toneladas de bombas, cohetes, na- palm y bombardeo artillero caen cada semana se estas amplias zonas. Aunque sdlo fuera por las oe de] calculo de probabilidades, se cree que las pérdidas que ocasionan estos raids son elevadas . Afortunadamente para los paises en vias de desarro- Nlo, nos asegura Bundy, “la democracia americana no gusta del imperialismo”, y “en conjunto, las eee americanas de experiencia, comprensi6n, simpatia y sim- ple conocimiento son ahora, con mucho, las més impre- sionantes del mundo”. Ciertamente, “las cuatro quintas partes de la inversién extranjera en todo el mundo son inversiones norteamericanas” y “los planes y las politi- cas mds admiradas... no son mejores que sus vincula- ciones demostrables con el interés norteamericano”, de la misma manera que también es cierto, como leemos en el mismo nimero de Foreign Affairs, que los planes para la accién armada contra Cuba se pusieron en marcha unas semanas eohue de que Mikoyan visitara La Habana, “invadiendo lo que durante tanto tiempo habia sido una esfera de influencia norteamericana”. Desgraciadamente, estos hechos son tomados a menu- do por los intelectuales asidticos poco curtidos como reveladores de un “gusto por el imperialismo”. Por ejemplo, cierto numero de indios ha expresado = fo8 dial exasperacién” porque, dicen, hemos hecho ‘ lo posible para atraer el capital extranjero y crear fa- bricas de fertilizantes, pero los norteamericanos y otras compafifas privadas occidentales saben que estamos = bre un barril de pélvora, de modo que plantean condi- ciones muy duras que nosotros, precisamente, no pode- 51 tos satisfacer”,®? mientras que “Washington... insiste obstinadamente en que los acuerdos se concluyan en el sector privado con empresas privadas”.?* Pero esta reace cién, sin duda, refleja simplemente una vez m4s cémo la mentalidad asiftica es incapaz de comprender los conceptos difusos y complejos” del pensamiento oc- cidental, Puede resultar util estudiar cuidadosamente las ideas nuevas y buenas sobre Vietnam” que estos dias estén obteniendo en Washington una “répida y tespetuosa atencién”. El departamento de publicacio- nes del gobierno de los Estados Unidos es una fuente inagotable de informacién sobre el nivel intelectual y moral de los consejos de los expertos, En sus publica- ciones puede leerse, por ejemplo, el testimonio del profesor David N. Rowe, director de los cursos para licenciados en relaciones internacionales de la Univer- sidad de Yale, ante la Comisién de Asuntos Exteriores de Ia C4mara de Representantes (vid. nota 15). El profesor Rowe propone (p. 266) que los Estados Unidos compren todos los excedentes de trigo canadiense y aus- iraliano, de modo se produzca una muerte por ina- nicion masiva en China. He aqui sus palabras: “Recuer- den que no hablo de esto como si fuera un arma contra el pueblo chino. Sin duda lo serd, pero esto es sola- mente incidental, El arma se dirigirA contra el gobierno, pues la estabilidad interna de ese pais no podré ser mantenida or un gobierno hostil frente a la inanicién general”. E] profesor Rowe no tiene nada del moralis- mo sentimental que podria conducir a comparar esta sugerencia con la Ostpolitik de la Alemania de Hitler, por ejemplo.*4 Tampoco teme el impacto de una politica 22, Christian Science Monitor, 26 de novi 28. Ibid, 5 de diciembre de 1966, dia ak ese + “undue, para conservar la perspectiva, debi due en sus mejores momentos Alfred’ Rosenberg Lebinngs, Mecorast 52 asi sobre otras naciones asidticas, como por ejemplo el Japon. Nos asegura, por su “dilatada experiencia de los asuntos japoneses”, que “los japonesés son sobre todo gente que respeta el poder y la decisién”. Por consiguiente, “no se alarmarin demasiado por una po- Iitica norteamericana en Vietnam que parta de una posicién de fuerza y trate de encontrar una solucién basada en Ja imposicién de nuestra fuerza a la poblacién local a la que nos oponemos”. Lo que inquieta a los ja- poneses es “una politica de indecisién, una polftica de negativa a enfrentarnos con los problemas [en China y en Vietnam] y a cargar con nuestras responsabilidades de un modo positivo”, de un modo como el que se acaba de citar. El convencimiento de que “no estamos dis- puestos a emplear la fuerza que saben que tenemos” podria “alarmar muy intensamente al pueblo japonés y alterar el grado de sus amistosas relaciones con noso- tros”. En realidad, el pleno uso del poder, americano seria particularmente tranquilizador at los japon pues han tenido una demostracién “del tremendo poder en la accién de los Estados Unidos... porque han senti- do nuestra fuerza directamente”. He aqui, seguramen- te, un primer ejemplo del saludable “punto de vista de Realpolitik” que Irving Kristol admira tanto. Sin embargo, cabe preguntar, tpor qué limitarnos a medios tan indirectos _ causar la muerte por hambre? ¢Por qué no bombardear? Sin duda éste es el mensaje implicito en las observaciones formuladas ante esa mis- ma comisién por el reverendo R. J. de Jaegher, direc- tor del Instituto de Estudios del Extremo Oriente de la a treinta millones de eslavos, no de imponer la muerte por hambre a Ja cuarta parte de la especie humana. Incidentalmente, la analogia sefialada aqui es altamente “irresponsable”, en el sentido técnico del neologismo discutido anteriormente. Es decir, se basa sobre el su- puesto de que Jas declaraciones y acciones de los americanos estén. sometidas a los mismos patronés y abiertas a las mismas interpre- taciones que las de cualquiera. 53 Seton Hall University, el cual explica que, al igual que todo el mundo que ‘ha vivido bajo el comunismo, los norvietnamitas “se sentirian plenamente felices de ser bombardeados para ser libres” (p. 345), Sin duda, también ha de haber quien apoye a los comunistas. Pero en realidad se trata de una cuestién de poca importancia, como sefiala el honorable Walter Robertson, secretario de Estado adjunto para Asuntos de Extremo Oriente de 1953 a 1959, en su declaracién ante el mencionado comité. Nos asegura que “el régi- men de Pekin... representa a menos del 3 por ciento de la poblacién” (p. 402). Consideremos, pues, lo afortunados que son Jos di- tigentes comunistas chinos comparados con los dirigen- tes del Vietcong, los cuales, segim Arthur Goldberg, “representan el 0,5 por ciento de la poblacién de Viet- nam del Sur”, esto es, aproximadamente la mitad de los nuevos reclutas sudvietnamitas del Vietcong durante 1965, si hemos de dar crédito a las estadisticas del Pen- tagono.25 Frente a expertos como éstos, los cientificos y filéso- fos de que habla Kristol harian muy bien en seguir trazando sus circulos en la arena. Tras haber zanjado la cuestién de Ia irrelevancia po- litica del movimiento de protesta, Kristol se vuelve a la cuestién de qué lo motiva, o, mds en general, de qué ha empujado “a la izquierda”, tal como él la ve, a los estudiantes y profesores jévenes, en medio de la prosperidad general y con gobiernos liberales, de “Es- tado del Bienestar”. Esto, sefiala, “es un enigma al que 25. New York Times, 6 de febrero de 1966. Y es mds — pro- sigue Goldberg—: los Estados Unidos no estén seguros de que todos éstos sean partidarios voluntarios. No seria la primera mues- fra de la doblez comunista, Hubo otro ejemplo de esa doblez en el afio 1962, cuando, segiin las fuentes gubernamentales de los Estados Unidos, 15.000 guerrilleros sufrieron 30.000 bajas. Vid Arthur Schlesinger, A Thousand Days, p. 982. 54 ningin socidlogo ha dado respuesta”. Puesto que se trata de j6venes acomodados, con un buen futuro por delante, etc., su protesta debe ser irracional, Debe ser la consecuencia del aburrimiento, del exceso de seguri- dad o de algo parecido, Pero a uno se le ocurren otras posibilidades. Puede ser, por ejemplo, que, como personas honradas, los es- tudiantes y los profesores jévenes estén tratando de en- contrar Ia verdad por si mismos en vez de ceder la responsabilidad a los “expertos” del gobierno; y puede ser que reaccionen indignados ante lo que descubren, Kristol no rechaza estas posibilidades. Son simplemente impensables, no merecen atencién. Mas exactamente, es- tas posibilidades son inexpresables; las categorias con que est4n formuladas (honradez, indignacién) simple- mente no existen para el cientifico social de mentalidad dura®. Con esta desautorizacién implicita de los valores intelectuales tradicionales, Kristol refleja unas actitudes ampliamente difundidas en los circulos académicos. No dudo que estas actitudes son en parte consecuencia del desesperado intento de las ciencias sociales y de las ciencias del comportamiento por imitar las caracteristicas superficiales de ciencias que poseen realmente un im- ortante contenido intelectual. Pero tienen también otras fine Todo el mundo puede ser un individuo moral, preocupado por los derechos y los problemas humanos; pero solamente un profesor universitario, un experto formado, puede resolver problemas técnicos con mé- todos “elaborados”. Ergo, solamente los problemas de esta Ultima especie son importantes o auténticos. Los expertos responsables, no ideolégicos, expresardn su pa- tecer sobre cuestiones tacticas; los “tipos ideolégicos” irresponsables “lanzaran arengas” sobre las cuestiones ® Tough-minded. (N. del T.) de principio y se preocuparan por las cuestiones mora- les y los derechos humanos, o sobre los problemas tra- dicionales del hombre y la sociedad, preocupacién para Ja cual “la ciencia social y la ciencia del comportamien- to” no tiene nada que ofrecer, como no sean triviali- dades. Obviamente, estos tipos ideolégicos y emocionales son irracionales, puesto que, siendo gente acomodada y teniendo el poder a su alcance, no deberian preocu- parse por estas cuestiones, A veces esta actitud pseudocientifica alcanza niveles casi patolégicos. Consideremos el fendmeno de Herman Kahn, por ejemplo, Kahn ha sido denunciado como in- moral y alabado por su valor, a la vez. Su libro On Thermonuclear War ha sido descrito, por gente que debe saberlo muy bien, como “sin duda... una de las mayores obras de nuestra época” (Stuart Hughes). La verdad es que se trata seguramente de una de las obras mas vacias de nuestra época, como puede verse si se Je aplican los patrones intelectuales de cualquier dis- ciplina existente, relacionando algunas de sus “bien do- cumentadas conclusiones” con los “estudios objetivos” de que se derivan, y siguiendo la linea del razona- miento, cuando es posible encontrarla. Kahn no propo- ne teorfas, explicaciones ni supuestos de hecho que pue- dan ser probados segtin sus consecuencias, como hacen las ciencias a las que intenta imitar. Simplemente, propo- ne una terminologia y da una fachada de racionalidad. Cuando saca conclusiones polfticas concretas, sélo estan apoyadas en observaciones ex cathedra para las que no se sugiere siquiera una base (p. ej., “El presupuesto de defensa civil probablemente deberia mantenerse algo por debajo de los cinco mil millones de délares anuales” para evitar provocar a los rusos, pero spor qué no cin- cuenta mil millones o cinco ddlares?). Y, es mas, Kahn es consciente de esta vaciedad; en sus momentos mas li- cidos afirma simplemente que “no hay razén para creer 56 que los modelos relativamente complicados son mds en- gafiosos que los modelos y analogias mAs simples usa- dos frecuentemente como ayuda para el razonamiento”. Para quienes tienden hacia el Erase negro, es f&cil jugar al juego del “pensamiento estratégico” a la mane- ra de Kahn y demostrar lo que se quiera. Por ejem- plo, uno de Ios supuestos basicos de Kahn es que “un ataque por sorpresa en que todos los recursos fueran deslinados a blancos civiles seria tan irracional que, salvo en el caso de una increible falta de reflexién o de auténtica locura por parte de los dirigentes soviéticos, es altamente improbable”. Un razonamiento sencillo de- muestra lo contrario. Premisa 1: los dirigentes america- nos piensan segtin las Iineas trazadas por Kahn. Premi- sa 2: Kahn cree preferible ser rojo que ser cadaver. Premisa 3: si los americanos respondieran a un ataque total contra objetivos civiles, entonces todo el mundo se- ria cadaver, Conclusién: Jos americanos no responde- r4n a un ataque total contra objetivos civiles, y por tanto hay que lanzarlo sin demora. Naturalmente, se puede proseguir el razonamiento dando un paso més. Hecho: los rusos no han desencadenado un ataque total contra objetivos civiles. Se sigue que no son racionales. Si no son racionales, no hay “pensamiento estratégico”. Luego... Est4 claro que todo esto es un absurdo; pero un absurdo que solamente difiere del de Kahn en que el razonamiento es de una complicacién algo mayor que la que puede encontrarse en su obra. Lo notable es que gente seria conceda realmente atencién a estos absur- dos, sin duda a causa de su fachada pseudocientifica y pseudorrealista. Un hecho curioso y descorazonador es que el “mo- vimiento contra Ja guerra” se enreda con excesiva fre- cuencia en confusiones parecidas. En otofio de 1965, por ejemplo, se celebré una Confpreiia Hreamacional fs i 4 sobre Perspectivas de Alternativa en Vietnam, que hizo cireular un escrito entre los posibles participantes for- mulando sus puntos de partida. El plan consistfa en crear grupos ae estudio en que estuvieran representa- dos los tres “tipos de tradicién intelectual”: 1) especia- listas en zonas geogrdficas; 2) “teoria social, con espe- cial atencién a las teorias del sistema internacional, del cambio social y del desarrollo, del conflicto y la reso- lucién de conflictos, o de Ja revolucién”; 3) “el andlisis de la politica en términos de los valores humanos fun- damentales, arraigados en las diversas tradiciones teo- légicas, filoséficas y humanistas”. La segunda tradicién intelectual daria “proposiciones generales, derivadas de la teoria social y probadas con datos histéricos, com- parados o experimentales”; la tercera “daria la estruc- tura sobre la cual pudieran plantearse las cuestiones de valor fundamentales, y ser analizadas en términos de las implicaciones morales de las acciones comunitarias”. Se albergaba la esperanza de que “al considerar los problemas [de la politica vietnamita] desde el punto de vista de la moral de todas las grandes religiones y sistemas filosoficos, podriamos encontrar soluciones mas consistentes con los valores humanos fundamentales de lo que ha resultado ser la actual politica norteame- ricana en Vietnam”. En resumen: los expertos en valores (esto es, los portavoces de las grandes religiones y de los grandes sistemas filosdficos) proporcionarian ideas esenciales sobre las perspectivas morales, y los expertos en teoria social proporcionarian proposiciones generales verifi- cadas empiricamente, y “modelos generales de conflic- to”. Por su interrelacién aparecerian nuevas politicas, presumiblemente por la aplicacién de los cAnones del método cientifico. La tmica cuestién discutible, me parece, es si resulta mas ridiculo dirigirse a los expertos en teorfa social para obtener proposiciones generales 58 bien confirmadas o a los especialistas de las grandes religiones 0 sistemas filoséficos para obtener ideas sobre los valores humanos fundamentales. Podrian decirse muchas cosas sobre esta cuestién, pero sin continuar por este camino quisiera simple- mente destacar que, como sin duda resulta obvio, el culto a los expertos es denigrante para quienes lo pro- ponen y ademés fraudulento. Evidentemente, hay que aprender de las ciencias sociales y de las ciencias del comportamiento todo lo que se pueda, y estas materias deben ser investigadas tan seriamente como sea posible. Pero seria muy lamentable y altamente peligroso no juz- gar y aceptar los méritos de estas ciencias por sus reali- zaciones reales, no por las presuntas, En particular, si existe un cuerpo tedrico bien probado y verificado apli- eable a la direccién de los problemas internacionales 0 a la resolucién de los conflictos interiores o internacionales, hay que decir que su existencia es un secreto bien guardado. En el caso de Vietnam, si quienes se consi- deran expertos tienen acceso a ae oa informa- ciones que justifiquen lo que el gobierno americano esta haciendo en ese desgraciado pais, resulta que han sido singularmente incapaces de dar a conocer este hecho, Para cualquiera que esté un poco familiarizado con las ciencias de la sociedad y del comportamiento (o con “las ciencias politicas”), la pretensién de que existen determinadas consideraciones y determinados rincipios que resultan demasiado profundos para que be comprenda el profano es simplemente un absurdo que no vale la pena comentar. Cuando consideramos la responsabilidad de los in- telectuales, nuestra preocupacion bdsica debe ser su papel en la creacién y en el andlisis de la ideologta. Y, de hecho, la contraposicidn de Kristol entre los tipos ideolégicos poco razonables y los expertos responsables est4 formulada en unos términos que nos traen a la 59 memoria inmediatamente el interesante e influyente ensayo de Daniel Bell sobre “el final de la ideologia”,?® un ensayo tan sees por lo que silencia como por su contenido real. Bell presenta y discute el andlisis marxista de la ideologia como mascara del interés de clase, citando en especial la conocida descripcién de Marx de la creencia de la burguesta de que “las condiciones particulares de su emancipacién son las condiciones generales por Jas cuales, tmicamente, se Lee salvar la sociedad moderna y evitar la lucha e clases”. Luego afirma que la época de las ideologias ha finalizado, siendo sustituida, al menos en Occidente, por un acuerdo general de que cada problema ha de ser resuelto en sus propios términos individuales, en el interior de Ja estructura de un Estado del Bienestar en el que, presumiblemente, los more en la direc- cién de las cuestiones ptiblicas tendrén un papel des- tacado. Bell cuida mucho, sin embargo, de precisar el sentido exacto de “ideologia” al afirmar que “las ideo- logias se han agotado”. Se refiere solamente a la ideolo- gia como “la conversién de las ideas en palancas 26. Reproducido en una coleccién de ensayos titulados The End of Ideology: On the Exhaustion of Political Ideas in the. Fif- ties (New York, The Free Press, 1960), pp. 369-75. No pretendo entrar agui en todo el campo de las cuestiones planteadas en la discusién del “final de la ideologia” durante los ultimos doce afios. Resulta dificil ver cémo puede discutir una persona racional muchas de las tesis formuladas, p. ej., que en determinado momento histérico_es apropiada, y acaso también eficaz la “politica de la civilidad”; que quien propugna la accién (o la inaccién, cosa menos frecuente) tiene la responsabilidad de sefialar su coste social; que el fanatismo dogmético y las “religiones seculares” deben ser combatidos (o si es posible ignorados); que las soluciones téenicas a_los problemas deben ser instrumentadas, donde sea posible; que “le dogmatisme idéologique devait disparattre pour que les idées reprisent vie” (Aron), etc. Puesto que a veces se considera que esto expresa una posicién “antimarxista”, vale la pena tener pre- sente que tales sentimicntos no tienen sentido para el marxismo no bolchevique, tal como lo representan, por ejemplo, figuras como Rosa Luxemburg, Pannekoek, Karl Korsch, Arthur Rosenberg y mu- chos: otros. 60 sociales”, a la ideologia como “conjunto de creencias, Henas de pasién, ... [que] ... trata de transformar todo un modo de vida”. Las palabras-clave son “transfor- mar” y “conversién en palancas sociales”. Los inteleo- tuales de Occidente, afirma, han dejado de interesarse por convertir sus ideas en palancas sociales para la transformacién radical de la sociedad; podemos em- prenderla aqui y all4 con nuestro modo de vida, pero seria erréneo tratar de modificarlo de un modo sus- tancial. Con este consenso de los intelectuales, la ideo- logia ha muerto. En el ensayo de Bell hay varios hechos sorpren- dentes. En primer lugar, no sefiala en qué medida este consenso de los intelectuales es interesado. No relaciona su observacién de que, en general, los intelectuales han dejado de sentir interés “en transformar todo el modo de vida” con el hecho de que desempefian un papel cada vez m4s destacado en a funcionamiento del Estado del Bienestar; no relaciona su satisfaccién ‘general por el Estado del Bienestar con el hecho de que, como observa en otro lugar, “América se ha convertido en una sociedad opulenta, que ofrece un lugar... y pres- tigio... a los radicales de antafio”. En segundo lugar, no ofrece ningun razonamiento serio para mostrar que los intelectuales actian “correctamente” o estén “jus- tificados objetivamente” al prestar el consenso a que alude, con su rechazo de la idea de que se debe trans- formar la sociedad. En realidad, aunque Bell es muy severo con la retérica vacia de la “Nueva Izquierda”, parece tener una fe casi utépica en que los expertos téenicos conseguiran solucionar los escasos problemas que todavia quedan; por ejemplo, el hecho de que el trabajo sea tratado como una mercancia y los problemas de la “alienacién”, Me parece del todo evidente que los problemas clasicos tienen mucho que ver con nosotros; se puede 61 incluso afirmar plausiblemente que se han agravado en amplitud e intensidad. Por ejemplo, la paradoja clasica de la miseria en medio de la abundancia es hoy un problema creciente a escala internacional, Mientras que se puede pensar, al menos en principio, como solucionar el problema dentro de las fronteras nacionales, lo im- portante es que transformar la comunidad internacio- nal de manera que se enfrente con la enorme y acaso creciente miseria humana es algo que dificilmente pue- de desarrollarse dentro de la estructura del consenso de los intelectuales descrita por Bell. Asi, puede parecer natural describir el consenso de los intelectuales de Bell en términos algo diferentes a los suyos. Empleando la terminologia de Ja primera parte de su ensayo, podriamos decir que el técnico del Estado del Bienestar encuentra justificacién para su es- pecial y prominente re social en su “ciencia”, y, especificamente, en la pretensién de que la ciencia social puede sostener una tecnologia de las reparaciones sociales a escala interior o internacional. Luego da un paso mis, procediendo, de un modo que nos es fami- liar, a reclamar validez universal para lo que en rea- lidad es um interés de clase: afirma que las condiciones especiales sobre las que se basan sus pretensiones de poder y de autoridad son, en realidad, las condiciones generales por las cuales solamente es posible salvar a la sociedad moderna; que las reparaciones sociales dentro de la estructura de un Estado del Bienestar deben sus- tituir a] compromiso con las “ideologias totales” del pasado, preocupadas por una transformacién de la sociedad. Habiendo llegado a su posicién de poder, habiendo conseguido seguridad y opulencia, ya no nece- sita de ideologia encaminadas al cambio radical. El estudioso-experto sustituye al “intelectual independien- te” que “sentia que se honraban los falsos valores y rechazaba la sociedad”, y que ahora ha perdido su 62 papel politico (es decir, que ahora se honran los valores verdaderos), Presumiblemente, es justo que los expertos técnicos que desean (0 esperan) dirigir la “sociedad post-indus- trial” sean capaces de enfrentarse con los problemas clasicos sin una transformacidn radical de la sociedad. De la misma manera, es presumiblemente cierto que la burguesia acertaba al considerar las condiciones par- ticulares de su emancipacién como las condiciones generales por las cuales solamente se podria salvar la sociedad moderna, En cualquiera de los dos casos, el razonamiento es ordenado, pero el escepticismo esta justificado donde no aparece nada. Dentro de la misma estructura de utopismo gene- ral, Bell lega a plantear la discusién entre los estu- diosos-expertos del Estado del Bienestar y los idedlogos del Tercer Mundo de un modo mas bien curioso. Sefia- la, muy correctamente, que no se discute el comunismo, pues el contenido de esa doctrina ha sido “olvidado desde hace tiempo tanto por sus defensores como por sus enemigos”. Se trata, més bien —dice—, “de una cuestién mds antigua: si pueden desarrollarse nuevas sociedades edificando instituciones democraticas y per- mitiendo que la gente decida —y se sacrifique — volun- tariamente, o si las nuevas élites, ebrias de poder, im- pondr4n métodos totalitarios para transformar sus pai- ses”. La cuestién es interesante; pero sorprende que se la considere “mds antigua”, Sin duda no puede estar dando a entender que Occidente escogié el camino democratico; que en Inglaterra, por ejemplo, durante la revolucién industrial, los campesinos eligieron volun- tariamente abandonar la tierra, acabar con la industria artesana local, y convertirse en un proletariado indus- trial, ni que decidieron voluntariamente, dentro de la estructura de las instituciones democraticas existentes, hacer los sacrificios que se hallan descritos graficamente 63 en Ja literatura clésica de la sociedad industrial del siglo xxx. Se puede discutir la cuestién de si es nece- sario el contro] autoritario para posibilitar la acumu- lacién de capital en los paises subdesarrollados, pero dificilmente se puede sefialar con orgullo el modelo de desarrollo occidental, Tal vez no sorprenda que Walt Rostow se refiera a “procesos [de industrializa- cién] m4s humanos que el que sugieren los valores occidentales”?7 Quienes se preocupan seriamente por los problemas con que se enfrentan los paises atrasados y por el papel que, en principio, pueden desempefiar en su desarrollo y modernizacién las sociedades indus- triales avanzadas, deben tener algo mds de cuidado al interpretar el significado de la experiencia occidental. Volviendo a Ja cuestién, muy apropiada, de si “pue- den desarrollarse nuevas sociedades edificando institu- ciones democrAticas” 0 solamente con métodos totali- tarios, creo que, honradamente, esto nos exige reco- nocer que la pregunta ha de formularse mds a Jos inte- lectuales americanos que a los idedlogos del Tercer Mundo. Los paises atrasados tienen problemas increi- bles, acaso insuperables, y disponen de pocas alterna- tivas; los Estados Unidos tienen una amplia gama de ellas, asi como los recursos econédmicos y tecnolégicos —aunque evidentemente no los recursos intelectuales y morales—para afrontar por lo menos algunos de estos problemas. A un intelectual norteamericano le resulta facil predicar sermones sobre las virtudes de la libertad, pero si se preocupara realmente, por ejemplo, por el totalitarismo chino o por las cargas impuestas al campesinado chino por la industrializacion forzada, entonces tendria que afrontar una tarea infinitamente mas importante e incitante: la tarea de crear, en los Estados Unidos, el clima intelectual y moral, asi como 27, Rostow y Hatch, op. cit., p. 10. 64 las condiciones sociales y econémicas, que permitirian a este pais participar en la modernizacién y el desa- rrollo en consonancia con su riqueza material y su capa- cidad técnica. Unas donaciones masivas de capital a Cuba y a China no conseguirian mitigar el autoritarismo y el terror que tienden a acompaiiar las etapas ini- ciales de la acumulacién de capital, pero es mas facil que tuvieran esta consecuencia que las charlas sobre los valores democraticos. Es posible que incluso sin el “cereo capitalista” en sus variadas manifestaciones, los elementos verdaderamente democraticos de los movi- mientos revolucionarios — en algunos casos los soviets y las comunas, por ejemplo — pudieran ser minados por una élite integrada por los burdcratas y la intelligentsia técnica, pero existe casi la certeza de que el cerco capitalista, que todos los movimientos revolucionarios tienen ahora que afrontar, garantizard este resultado. La leccién, para quienes se preocupan por reforzar los elementos democraticos, espontaneos y populares en las sociedades en desarrollo, est4 muy clara. Las con- ferencias sobre el sistema bipartidista o incluso los valo- res democrAticos realmente importantes que se han rea- lizado parcialmente en Ja sociedad occidental, son monstruosamente irrelevantes frente al esfuerzo nece- sario para elevar el nivel cultural de la sociedad occi- dental hasta el punto de que sea “una palanca social” para el desarrollo econémico y a Ja vez para el desa- trollo de auténticas instituciones democraticas en el Tercer Mundo, y en lo que a esto ultimo respecta, también entre nosotros. Se puede defender seriamente la conclusién de que en realidad hay algo de consenso entre los intelectuales que han Tapas poder e influencia, o que advierten que pueden lograrlos “aceptando la sociedad” tal como es y promoviendo los valores que “se honran” en esta sociedad, Y también es cierto que este consenso es 65 5. — CHOMSKY m4s perceptible entre los estudiosos-expertos que estan sustituyendo a los intelectuales independientes del pasado. En la Universidad, estos estudiosos-expertos construyen una “tecnologia libre de valores” para la solucién de los problemas técnicos que se suscitan en la sociedad contempordnea,2* adoptando una “actitud responsable” hacia estos problemas, en el sentido sefia- lado anteriormente. Este consenso entre los estudiosos- expertos responsables es lo andlogo en el plano interior a la propuesta, en el terreno internacional, de quienes justifican la utilizacién del poder norteamericano en Asia, cualquiera que sea su coste humano, sobre la base de que es necesario contener la “expansién de China” (“expansién” que, a no dudarlo, es por el momento hipotética),?® 0, traduciéndolo al lenguaje del Boletin 28. No es muy importante la medida en que esta “teeno- logia” esta libre de valores, dados los claros compromisos de quienes la aplican. Los problemas de que se ocupa la investigacién son los planteados por el Pentdgono o por las grandes compafilas, y no, por ejernplo, por los revolucionarios del nordeste del Brasil ° pat el SNCC. Tampoco sé de ningin proyecto de investigacién dedicado al problema de eémo unas guerrillas pobremente armadas podrian resistir més eficazmente una tecnologia militar brutal y devastadora, lo cual es seguramente el tipo de problema que in- teresaria al intelectual independiente ahora tan desesperadamente pasado de moda. 29. Dados los incesantes bombardeos de propaganda sobre el “expansionismo chino”, tal vez no esté fuera de lugar un breve comentario, Un ejemplo caracteristico de la propaganda norteame- vicana sobre el tema es Ja afirmacién de Adlai Stevenson, poco antes de su muerte (cf. New York Times Magazine, 13 de marzo de 1966): “Hasta ahora, la nueya ‘dinastia’ comunista ha sido muy agresiva, El Tibet ha sido devorado, la India atacada, y los ma- layos han tenido que combatir doce afios para oponerse a una ‘liberacién nacional” que podian recibir de los briténicos por un camino mAs pacifico. Hoy el aparato de infiltracién y de agresién est4 funcionando ya en el Norte de Thailandia”. En lo que respecta a Malasia, Stevenson probablemente confunde a la poblacién étnicamente china con el gobierno de China. Quienes se preocupan por los acontecimientos reales pueden estar de acuerdo con Harry Miller, en Communist Menace in Malaya (New York, Frederick A. Praeger, Inc., 1954), p. 230, de que “La China comunista continia mostrando escaso interés por los asuntos ma- 66 del Departamento de Estado, sobre la base de que es esencial detener las revoluciones nacionalistas asiaticas, o al menos impedir que se extiendan. La analogia se aclara cuando observamos cuidadosamente cémo se for- mula esta propuesta. Con su habitual Iucidez, Church- ill esboz6 el planteamiento general a su colega del momento, Stalin, en 1943, en Teheran: “...el gobier- no del mundo debe ser confiado a naciones satis- layos, fuera de las fulminaciones habituales por medio de Radio Pekin”). Pueden decirse cosas muy duras sobre el comportamiento chino en lo que el tratado chino-indio de 1954 define como “la regién del Tibet de China”, pero en ello no hay mds prueba de expansionisme que en el comportamiento del gobierno indio res- pecto de las tribus Naga y Mizo. En lo que se refiere al norte de Thailandia, “el separate de infiltracién” puede muy bien estar funcionando, aunque hay pocas razoneés para suponer que sea chino, y séguramente no dejaraé de estar relacionado con el empleo de Thailandia por parte de los norteamericanos como base para sus ataques en Vietnam, La referencia es pura hipocresia. El “ataque a la India” fue el resultado de una disputa fron- teriza que empezé yarios afios antes de que China hubiera termi- nado una carretera desde el Tibet a Sinkiang en una zona tan alejada del control indio que los indios s6lo se enteraron de la operacién por la prensa china. Segin los mapas de la Fuerza Aérea norteamericana, Ja zona disputada se halla en territorio chino. Cf, Alastair Lamb, China Quarterly, n.° 23 (julio-septiem- bre de 1965), pp. 202-7. Segin esta distinguida autoridad, “parece dificil que los chinos hubieran estado poniendo en prdctica algtin plan de dominacién... para tomar el subcontinente indio, cerrado, defendido y superpoblado”, Cree mds bien que los chinos eran inconseientes de que la India reclamaba el territorio por el que pasaba la carretera. Tras la victoria militar china, las tropas chinas se yetiraron en muchas zonas por detrés de la Linea McMahon, una frontera que los ingleses habian intentado imponer a China en 1914, pero que nunca fue reconocida por ésta (ni por la China nacionalista ni por la comunista), por los Estades Unidos ni por ningtin otro gobierno. Resulta sorprendente que una persona que ocupa una posicién de responsabilidad describa todo esto como expansionismo chino. En realidad es absurdo discutir la hipotética agresividad de una China rodeada por los misiles nerteamericanos y una ecreciente red de bases militares apoyadas por una enorme fuerza expedicionaria norteamericana en el sudeste de Asia. Es posible que en el futuro una China poderosa pueda ser expansionista. Podemos especular sobre cuantas posibilidades queramos, pero el hecho fundamental de la politica actual es la agresividad norteamericana. 67 fechas, que no deseen nada para si mismas porque ya lo tengan. Si el gobierno del mundo cayera en manos de naciones hambrientas, siempre estarfa en peligro. Pero ninguno de nosotros tiene razén alguna para de- sear mas. La paz debe ser mantenida por pueblos que vivan a su manera y no sean ambiciosos. Nuestro Ee nos ha colocado por encima de los demas, Somos jombres ricos que habitan en paz en sus moradas”.30 Para una traduccién de la retérica biblica de Church- ill a la jerga de la ciencia social contempordnea, puede recurrirse a la declaraci6n de Charles Wolf, economis- ta de la Rand Corporation, ante el comité del Congreso citado anteriormente: Dudo que los temores de cerco de China vayan a disi- parse, a descender o a aminorar a largo plazo. Pero espero qe Jo que hacemos en el sudeste de Asia contribuya a lesarrollar en el interior del cuerpo politico chino més rea- lismo y la aceptacién de vivir con este temor, en vez de apoyar los movimientos de liberacién, los cuales, confesa- damente, dependen de algo més que del apoyo exterior... la cuestién operacional para Ja politica exterior americana no es si es posible eliminar o aligerar sustancialmente ese temor, sino si es posible enfrentar a China con una estructura de incentivos, penalidades, recompensas y estimulos que la dispongan a vivir con ese temor.22 2 Thomas Schelling precisa todavia mds la cuestién: Es cada vez mayor la experiencia, de Ja cual pueden aprovecharse los chinos, He que aunque los Estados Unidos pueden estar interesados en cercarles, también pueden estar interesados en defender zonas préximas a ellos, esto es, que también pueden estar dispuestos a conducirse pacificamente si ellos hacen lo mismo” 3? 80. W. S. Churchill, The Second World War, vol i the Ring Boston, Houghton Mifflin Company, test). f Sa ae : nited States Policy Tc i Vi 1 ume ‘coward Asia, p. 104, Vid, nota 15, 68 En resumen: estamos dispuestos a habitar en paz en nuestras mds bien amplias moradas. Y, como es natural, nos sentimos molestos por los ruidos indignos que nos Ilegan de Jas habitaciones de los sirvientes. Si, por ejemplo, un movimiento revolucionario de base campesina intenta conseguir la independencia de la dominacién extranjera o derribar las estructuras se- mifeudales apoyadas por potencias extranjeras, o si los chinos se niegan, irracionalmente, a responder adecua- damente ante las medidas de coercién que hemos pre- parado para ellos, si se niegan a ser cercados por el “rico” benigno y amante de Ja paz, que controla los territorios que estén junto a sus fronteras como si los tuviera por derecho natural, entonces, evidentemente, responderiamos a esta beligerancia con Ja fuerza apro- piada. Esta mentalidad es lo que explica la franqueza con que el gobierno de los Estados Unidos y sus apologetas académicos defienden Ja negativa norteamericana a per- mitir un acuerdo negociado en Vietnam a nivel local, un acuerdo basado en la distribucién real de las fuerzas politicas. Incluso los expertos del gobierno admiten libremente que el Frente Nacional de Liberacién es el tinico “partido politico con auténtica base de masas de Vietnam del Sur”;®* que el FNL ha “hecho un 33. Douglas Pike, op. cit., p. 110. Este libro, escrito por un funcionario de asuntos exteriores que trabaja en el Centro de Estudios Internacionales del MIT, compara nuestro bando, que simpatiza con “los trastornos revolucionarios corrientes... en todo el mundo porque reflejan niveles de vida inapropiades 9 gobiernos eorrompidos y opresores”, con quienes apoyan “la guerra de gue- rrillas revolucionaria”, que “se opone a las aspiraciones del pueblo mientras que aparentemente las apoya, y que manipula al individuo mientras le convence de que se gobierna a si mismo”. La guerra de guerrillas revolucionaria es “un producto importado, la revo- Jucién desde fuera” (otros ejemplos, aparte del Vietcong, son “la exportacién por Stalin de Ia revolucién armada en la Haganah, en Palestina, y el Ejéxcito Republicano Irlandés; vid. pp. 32-33). El Vieteong no puede ser un movimiento indigena, pues tiene 89 esfuerzo consciente y masivo por extender la participa- cién politica, aunque fuera manipulada, a nivel local, e implicar asi a la poblacién en una revolucién autd- noma y autosostenida” (p. 374), y que este esfuerzo ha tenido tanto éxito que ningiin grupo politico, “con la posible excepcién de los budistas, se considera con las dimensiones y el poder necesarios para arriesgarse a formar parte de una coalicién, temiendo que, de hacer- lo, serfan devorados” ®. 362), Ademés, conceden que hasta la introduccién de la abrumadora fuerza norte- americana, el FNL habfa insistido en que la lucha “de- bia desarrollarse a nivel politico, y que el empleo del poder militar masivo era ilegitimo en si mismo... El campo de batalla debia ser el espiritu y la fidelidad “un programa de construccién social tan amplio y ambicioso que necesariamente ha de haber sido ideado en Hanoi” (p. 76, pero también pp. 77-79, donde leemos que la “actividad organizativa se habia desplegado intensa y sistemdticamente durante varios afios” antes de que el partido Lao Dong, en Hanoi, Uegara a su decisién de “empezar a construir una organizacién”). En la p- 80 encontramos que “semejante esfuerzo debia haber sido engendrado en el Norte”, aunque en otros lugares podemos enterarnos del des- tacado papel de los Cao Dai (p. 74), “el primer grupo social im- portante que empezé a oponerse activamente al gobierno de Diem” (p. 222), y de la secta Hoa Hao, “otro de los participantes tem- pranos e importantes del FNL” (p. 69). Pike presenta como prueba de la doblez comunista el hecho de que en el sur el partido in- sistia en que era “marxista-leninista”, revelando asi una “afinidad ideolégica, pero no politica”, mientras que en el Norte se presen- taba como una “organizacién marxista-leninista”, revelando asi que se hallaba dentro de la corriente principal del’ movimiento comu- nista mundial” (p. 150). Y asi sucesivamente. También es revelador el desprecio por “Cenicienta y demds cuentos [de quien] todavia eree qué en el mundo habr4 un encantamiento si se pronuncia el conjuro secreto: solidaridad, unién, concordia”; por “la gente engafiada, equivocada” que “convierte el campo en un manico- mio, derribando uno tras otro a los gobiernos de Saigén y cau- sando confusién entre los norteamericanos”; por la “poderosa fuerza del pueblo”, que en su inocencia piensa que “los mansos, final- mente, heredarin Ja tierra”, que “las riquezas serdn suyas en nombre de la justicia y de la virtud”, Puede observarse la tristeza eon que un cientifico foie formado, occidental, puede contemplar este “repugnante y vil espectaculo”. 70 de los vietnamitas del campo, y las armas habian de ser las ideas” (pp. 91-92; cf. también Pp: 93, 99-108, 155 y ss.); y, de manera andloga, se admite que hasta mediados de 1964 la ayuda de Hanoi “estaba en gran parte limitada a dos aspectos: las reglas doctrinales y el personal de direccién” (p. 321). Los documentos captu- rados al FNL comparan la “superioridad militar” del enemigo con su propia “superioridad pole (p. 106), confirmando, pues, plenamente, el analisis de los porta- voces militares norteamericanos, los cuales definen el problema como sigue: “[Tenemos] una fuerza armada considerable pero escaso poder politico, [para] conte- ner a un adversario que tiene una enorme fuerza politi- ca pero s6lo un modesto poder militar” ## Parecidamente, el resultado mds destacado de Ja conferencia de Honoluli en febrero y de la conferencia de Manila en octubre ha sido la aceptacién sincera por parte de altos funcionarios del gobierno de Saigan de ue no podrian “sobrevivir a un “acuerdo pacifico’ que dame en pie la estructura politica del Vietcong incluso aunque fueran dispersadas sus unidades guerrilleras”, de que no pueden “competir politicamente con los co- munistas vietnamitas”.®* Asi, prosigue Mohr, los vietna- mitas solicitan un “programa de pacificacién” que ten ga por “nticleo... la destruccién de la estructura politica clandestina del Vietcong y la creacién de un sistema de control politico gubernamental de hierro sobre la peblacién”. Y el mismo corresponsal, e] 23 de octubre, desde Manila, cita las palabras de un alto funcionario sudvietnamita: “Francamente, no somos lo bastante fuertes como para competir con los comunistas sobre 34, Lacouture, op. cif.. p. 198, El mismo portavoz militar prosigue diciendo amenazadoramente que nos enfrentamos con este mismo problema en Asia, Africa y pete latina, y que debemos tr ‘a él “la respuesta adecuada”. oe: S Gintles Mohr, New York Times, 11 de febrero de 1966; la cursiva es mia. 7 una base puramente politica. Son organizados y disci- plinados, Los nacionalistas no comunistas no lo son; no tenemos grandes partidos politicos bien organizados; ni siquiera tenemos unidad. No podemos dejar que subsis- ta el Vietcong”. Los funcionarios de Washington com- prenden muy bien la situacién. Asi, el secretario de Estado Rusk sefialé que “si el Vietcong llegara a la mesa de conferencias como Participante con pleno dere- cho, venceria; habria vencido, en cierto sentido, en los tismos objetivos que Vietnam del Sur y los Estados Unidos se han comprometido a defender” (28 de ene- ro de 1966). Andlogamente, Max Frangel informaba desde Washington: “El compromiso no ha despertado simpatias aqui porque la administracién hace mucho que ha IMegado ‘a la conclusién de que las fuerzas no comunistas de Vietnam del Sur no podrian sobrevivir mucho tiempo en una coalicién con los comunistas en Saigén. Por ésta razén —y no por un sentido demasiado tigido del protocolo — Washington se ha negado repe- tidamente a tratar con el Vietcong 0 a reconocerlo como fuerza politica independiente”.2¢ En suma, permitiriamos — magn4nimamente — que los representantes del Vietcong asistieran a las negocia- ciones solamente si aceptaran presentarse como agen- tes de una potencia extranjera y perder asf el derecho a participar en un gobierno de coalicién, derecho que han estado reclamando desde hace media docena de aiios. Sabemos muy bien que en una coalicién Tepresenta- tiva los delegados seleccionados por nosotros no dura- rian un solo dia sin el apoyo de las armas norteamerica- nas, Por consiguiente, debemos aumentar la fuerza nor- teamericana y oponernos a unas negociaciones que ten- gan sentido hasta el dia en que un gobierno amigo pueda ejercer un control militar y politico sobre su 36. New York Times, 18 de febrero de 1966, 72 propia poblacién — y ese dia puede no amanecer jamés, pues, como ha sefialado William Bundy, nunca podria- mos estar seguros de la seguridad de un Sudeste asid- tico “del que se retirara realmente la presencia occiden- tal”, Asi, si tuviéramos que “negociar en el sentido de unas soluciones colocadas bajo la etiqueta de la neu- tralizacién”, ello equivaldria a una capitulacién ante los comunistas.2? Segiin este razonamiento, por tanto, Vietnam del Sur debe seguir siendo, permanentemente, una base militar norteamericana. ; Naturalmente, todo esto es razonable en la medida en que aceptemos el axioma politico fundamental de que los Estados Unidos, con su tradicional preocupa- cién por los derechos de los débiles y los oprimidos, y con su comprensién sin igual del modo de desarrollo adecuado para los paises atrasados, debe tener el valor y la perseverancia de imponer su voluntad por la fuer- za hasta que otras naciones estén dispuestas a aceptar estas verdades, 0, simplemente a abandonar toda espe- ranza. Si los intelectuales tienen la responsabilidad de insis- tir sobre la verdad, también tienen la obligacién de contemplar los acontecimientos en su perspectiva hist6- rica. Asi, se debe encomiar la insistencia del secretario de Estado sobre la importancia de las analogias histé- ricas: por ejemplo, la de Munich. Como se demostré en Munich, una nacién poderosa y agresiva, con una con- fianza fandtica en su destino manifiesto, consideraba cada victoria, cada ampliacién de su poder y de su au- toridad, como un preludio para el paso siguiente. Adlai Stevenson formulé muy bien la cuestién al hablar del “viejo, muy viejo método por el cual las potencias ex- pansionistas derriban una puerta tras otra, hasta que, 37. William Bundy, “The United States in Asia”, en Alastair Buchan, ed., China and the Peace of Asia (New York, Frederick A. Praeger, Inc., 1965), pp. 29-30. 73 en la ultima puerta, la resistencia es inevitable y esta- Ila una gran guerra”, Ahi reside el peligro del apaci- guamiento, como los chinos sefialan incesantemente a la Unién Soviética, la cual, afirman, estA jugando a ha- cer el Chamberlain ante el Hitler que somos nosotros en Vietnam. Naturalmente, la agresividad del imperia- lismo liberal no es la de la Alemania nazi, aunque la distincién pueda parecer mas bien académica al cam- pesino vietnamita que est4 siendo quemado o gaseado, Nosotros no deseamos ocupar Asia; deseamos simple- mente, por volver a utilizar palabras de Wolf, “con- tribuir al progreso de los paises asidticos hacia la mo- dernizacién econdmica, como sociedades relativamente ‘abiertas’ y estables, a las cuales nos sea libre y fAcil acceder como pais e individualmente”.38 La formulacién resulta apropiada, La historia reciente muestra que nos es indiferente Ja forma de gobierno de un pais siem- pre que siga siendo una “sociedad abierta”, en el particular sentido que le damos al término, esto es, una sociedad abierta a la penetracién econémica o al conirol politica norteamericanos, Si es necesario llegar al genocidio en Vietnam para conseguir este objetivo, entonces esto ser4 simplemente el precio que tenemos gre pagar en defensa de la libertad y de los derechos el hombre. Sin duda resulta superfluo discutir extensamente los modes en que ayudamos a otros paises a progresar hacia las sociedades abiertas “a las cuales nos sea libre y facil acceder”. En las recientes declaraciones ante el] Congreso que he citado varias veces hay un ejemplo esclarecedor: se trata del testimonio de Willem Holst y Robert Meagher, representantes del Comité Permanen- te para la India del Business Council for International Understanding. Como sefiala Meagher, “Si fuera po- 38. Op. cit., p. 80, 88. United States Policy Toward Asia, pp. 191-201, passim. 74 sible, Ia India probablemente preferiria importar téc- nicos y cuadros en vez de compafiias extranjeras. Esto no es posible; por consiguiente, la India acepta el capi- tal extranjero como un mal necesario”. Naturalmente, “la cuestién de la inversi6n de capital privado en la India... no seria mds que un ejercicio tedrico” si la ayuda extranjera no hubiera creado una base para dicha inversién, y si no fuera porque i la necesida ha impuesto una modificacién a la consideracién del ca- pital privado extranjero por parte de la India”. Ahora, sin embargo, “la actitud de la India hacia la inversion privada extranjera esté experimentando un cambio sus- tancial. De una posicién de resentimiento y de ambi- giiedad probablemente ser4 sustituida por una actitud mds ajustada”. Holst aporta lo que “constituye acaso un caso tipico”, esto es, “el plan segun el cual se propo- nia que a gobierno indio, junto con un consorcio pri- vado estadounidense, habria de aumentar la produccién de fertilizantes en un millén de toneladas ‘anuales, lo cual es precisamente el doble de Ja capacidad actual de las instalaciones en toda la India. El lamentable rechazo de este ambicioso plan puede atribuirse en gran parte al fracaso tanto del gobierno como de la empresa privada en hallar una solucién factible y mutuamente aceptable dentro del marco de los conocidos diez incen- tivos de los negocios”. La dificultad estaba relacionada aqui con el porcentaje equitativo de propiedad. Obvia- mente, “los fertilizantes son desesperadamente necesa- rios en la India”. También obviamente, el consorcio “insistié en conseguir el tipico control de la mayoria en la propiedad que de hecho necesitaba”. Pero el go- bierno indio insistié oficialmente en que tendria la pro- piedad mayoritaria”, y “en una cosa tan complicada, se advirtiéd que el asunto resultaria mal”, Afortunadamente, esta historia particular tiene un fina] feliz. Las observaciones que se acaban de citar 73 fueron hechas en febrero de 1966, y al cabo de pocos meses el gobierno indio se abrié a Ja luz, como leemos en una serie de articulos del New York Times. La criti- ca en el interior de la India de que “el gobierno norte- americano y el Banco Mundial quieren arrogarse el de- recho a determinar Ja estructura dentro de la cual debe funcionar nuestra economia”, enmudecid (24 de abril), y el gobierno indio acepté las condiciones para la reanu- dacién de la ayuda econémiea, o sea, “que Ja India die- ra condiciones més fAciles para la inversién privada ex- tranjera en fabricas de fertilizantes” y que los inverso- tes norteamericanos “tuyieran derechos de direccién im- portantes” (14 de mayo). El proceso se resume en un despacho fechado en Nueva Delhi el 28 de abril, con Jos siguientes términos: Hay sintomas de cambio. El gobierno ha sefialado me- jores condiciones a los inversores privados extranjeros en la industria de los fertilizantes, piensa en dejar el control de varias industrias mds y estd dispuesto a una liberalizacién en la politica de importaciones si consigue suficiente ayuda extranjera... Mucho de lo que estd ocurriendo ahora es consecuencia de Ja fuerte presién de los Estados Unidos y del Banco Internacional para la Reconstruceién y el De- sarrollo, los cuales, durante el ultimo afio, han urgido una liberalizacién sustancial de la economia india y que se dejara més espacio a la empresa privada. La presién de los Esta- dos Unidos, en particular, ha sido muy eficaz aqui porque los Estados Unidos contribuyen con Ja mayor parte del co- mercio exterior necesario para el desarrollo de la India y para mantener en movimiento las ruedas de Ja industria, Llémesele “presiones”, “condiciones” 0 como se quiera, la India no tenia otra opcién que aceptar muchas de las con- diciones que los Estados Unidos, por mediacién del Banco Mundial, le ponen a Ja ayuda, Para la India se trata sim- plemente de que no puede volverse hacia nadie mas. 76 La cabecera del articulo califica este cambio como un “giro del socialismo al pragmatismo” por parte de la India. : ; Ni siquiera esto, sin embargo, era suficiente. Asi, unos meses después leemos en el Christian Science Mo- nitor (6 de diciembre) que los empresarios americanos insisten en “importar todo el equipo y la maquinaria, cuando la India tiene una capacidad probada para hacer frente a algunas de las necesidades. Los empresa- tios han insistido en importar amoniaco liquido, una de las materias primas fundamentales, en vez de utilizar la nafta indigena, de la que se dispone en abundancia. Han impuesto restricciones en los precios, Ja distribu- cién, los beneficios y el control empresarial”. Ya he ci- tado anteriormente ie reaccién india (pp. 51-52). Asi, por procedimientos como éstos ayudamos a la India a desarrollarse en el sentido de una sociedad abierta, de una sociedad que, con palabras de Walt Rostow, comprenda adecuadamente | el nticleo de la ideologia americana”, esto es, “la inviolabilidad del in- dividuo frente al Estado”. Y también asi refutamos la visién simplista de esos asidticos que, por seguir para- fraseando a Rostow, “creen, o creen a medias, que Oc- cidente se ha visto empujado a crear y luego a persistir en. sus posesiones imperiales por el funcionamiento ine- vitable de las economias capitalistas”.*° En realidad, en la India se esta produciendo un gran escndalo postbélico, pues alli los Estados Unidos, apro- vechéndose cinicamente de las actuales desgracias de Ja India, utilizan su poder econémico para hacerla “girar del socialismo al pragmatismo”. : Al perseguir el objetivo de ayudar a otros paises a avanzar hacia su conversidn en sociedades abiertas, sin que por nuestra parte pretendamos una ex 40, An American Policy in Asia, p, 1 torial, no estamos inventando nada nuevo. Hans Mor- genthau ha descrito certeramente nuestra politica tra- dicional hacia China como una politica consistente en favorecer “lo que se puede lamar libertad de compe- tencia para la explotacién de China”! En realidad pocas potencias es aay han albergado ambicio- nes territoriales explicitas, Asi, en 1784 el Parlamento briténico anuncié que “perseguir planes de conquista y expansién del dominio en la India serian medidas re- pugnantes para los deseos, el honor y la politica de esta nacién”. Poco después, la conquista de la India llegaba a su punto culminante. Un siglo mds tarde, la Gran Bretafia proclamaba sus intenciones en Egipto con la consigna: “Intervencién, reforma, retirada”. No es necesario comentar qué partes de esta promesa se cum- plieron durante el medio siglo siguiente. En 1936, en visperas de las hostilidades en la China del Norte, los japoneses formularon sus Principios Fundamentales de la Politica Nacional. Entre ellos figuraban el empleo de medios pacificos y moderados para ampliar su poder, promover el desarrollo econédmico y social, desarraigar la amenaza del comunismo, corregir Ja politica agre- siva de las grandes potencias y asegurarse su posicién como potencia estabilizadora en el este de Asia, Ni siquiera en 1937 tenia el gobierno japonés “ambiciones territoriales en China”. En suma, seguimos un camino muy trillado. Es Util recordar, incidentalmente, que los Estados Unidos estaban aparentemente muy deseosos, todavia en 1939, de negociar un tratado comercial con el Ja- pon y de llegar a un modus vivendi si éste “cambiaba de actitud y de prdctica hacia nuestros derechos e intere- ses en China”, como sefialaba el secretario de Estado Hull. El bombardeo de Chungking y el ataque a Nan- 41. United States Policy Toward Asia, p. 128. 78 kin eran més bien desagradables, a decir verdad, pero lo realmente importante eran nuestros derechos e inte- reses en China, como decian con toda claridad los res- ponsables y nada histéricos hombres del momento. Fue el cierre de la Puerta Abierta por parte del Japén lo que condujo inevitablemente a la guerra del Pacifico, de Ja misma manera que el cierre de la Puerta Abierta por la propia China “comunista” puede conducir muy bien a la préxima y sin duda ultima guerra del Pacifico. Frecuentemente, las formulaciones de los expertos sinceros y entregados permiten captar mejor las acti- tudes intelectuales subyacentes a las ultimas manifes- taciones de salvajismo. Consideremos, por ejemplo, el siguiente comentario del economista Richard Lindholm, en 1959, que expresaba su frustracién por el fracaso del desarrollo econémico en el “Vietnam libre”: “...el uso de Ja ayuda norteamericana est4 determinado por el uso que de sus rentas y de sus ahorros hacen Jos vietnamitas. E] hecho de que una gran parte de las im- portaciones vietnamitas financiadas con la ayuda nor- teamericana sean bienes de consumo o materias primas empleadas directamente para hacer frente a las deman- das de los consumidores es una indicacién de que el pueblo vietnamita desea estos bienes, como ha mostrado con su disposicién a emplear sus piastras para com- prarlos”.#? i En suma, el pueblo vietnamita desea Buicks y acon- dicionadores de aire, en vez de refinerias de azicar © maquinaria para construir carreteras, como Jo ha mostrado su conducta en un mercado libre. Y por mucho que lamentemos su libre eleecién, debemos per- mitir que el pueblo siga su camino. Naturalmente, tam- bién est4n esas bestias de carga de dos piernas con las que uno tropieza en el campo, PSOrs sine ede ex- 4 42 Lindholm, op. cit., p. 322. aes plicar cualquier licenciado en ciencia politica, no for- man parte de la élite modernizadora responsable _y, consiguientemente, tienen sélo un parecido biolégico superficial con la especie humana, En medida no equefia, actitudes como ésta son las que estén detras de la carnicerfa de Vietnam, y tene- mos que enfrentarnos con ellas o nos encontraremos con que nuestro gobierno nos conduce hacia una “solucién final” en Vietnam y en los muchos Vietnam que inevi- tablemente nos aguardan. Permitaseme volver finalmente a Macdonald yala responsabilidad de los intelectuales, Macdonald cita una entrevista con el tesorero de un campo nazi de extermi- nio que estalla en lagrimas cuando le dicen que los rusos le ahorearfan. “Por qué? {Qué he hecho yo?”, pregunta. Y Macdonald concluye: “Solamente quienes estén dis- Puestos a resistirse a la autoridad por si mismos cuan- do ésta contradice intolerablemente su cédigo moral personal, sélo ellos tienen derecho a condenar al tesorero del campo de exterminio”. La pregunta “:Qué he hecho yo?” es la que puede plantearse cada uno de nosotros cuando leemos, diariamente, las nuevas atrocidades de Vietnam, asi como cuando creamos, difundimos o tole- ramos los engafios que serdn utilizados para justificar la préxima defensa de la libertad, 80 LA CULTURA LIBERAL 6. — cHoxsky Y LA OBJETIVIDAD La versién original del presente estudio comprende i ‘tr nes, La segunda, dedicada a discutir el libro The Spanish Republic ad oe lee aye sear eed de ibaa Jackson, no aparece en m, en la que sélo se r i i nee eproducen, por tanto, las secciones LA CULTURA LIBERAL Y¥ LA OBJETIVIDAD * I En un ensayo reciente, Conor Cruise O’Brien habla del proceso de “sumisién contrarrevolucionaria” que viene a amenazar la integridad de los estudiosos en nuestra sociedad contrarrevolucionaria, de la misma manera que la “sumisién revolucionaria”, fendmeno fre- cuentemente sefialado y justamente lamentado, ha mi- nado la integridad de los estudiosos en situaciones revo- lucionarias y posrevolucionarias.! O'Brien sefiala que “en nuestra época, el poder tiene a su servicio a mas intelectuales que en ningiin otro momento de la his- toria, permitiéndoles ser muy discretos acerca de los métodos utilizados”, y apunta también que este fend- meno no es del todo esperanzador, pues nos hemos vuel- to, perceptiblemente, hacia “una sociedad mutilada ® Algunas partes de este ensayo han sido difundidas en forma de una conferencia en la Universidad de Nueva York en marzo de 1968, como parte de las Albert Schwettzer Lecture Series, y_aparecerdn en la obra Power and Consciousness in Society, com- pilada por Conor Cruise O’Brien y publicada por New York Uni- versity Press, Estoy en deuda con Paul Potter, André Schiffrin y William Watson por algunas observaciones que me han ayudado mucho, 1. “Politics and the Morality of Scholarship”, en Max Black, ed., The Morality of Scholarship (Ithaca, N. Y., Cornell University Press, 1967), pp. 59-88. 83 por la corrupcién sistemética de sus intelectuales”. Se- fala que “la comunidad intelectual necesita una vigi- lancia mayor y especifica, y no tanto la elaboracién de principios generales, frente a los crecientes y especificos peligros que amenazan su integridad”. El senador Fulbright ha desarrollado un tema si- milar en un importante y penetrante discurso2 Describe el fracaso de las universidades en la tarea de crear “un contrapeso eficaz al complejo militar-industrial refor- zando el énfasis en los valores tradicionales de nuestra democracia”. En vez de ello, “se han unido a ese blo- que, aumentando enormemente su poder y su influen- cia”. Se refiere especificamente al fracaso’ de los cien- tificos sociales, “que deberfan actuar como criticos responsables e independientes de la politica del Gobier- no’, pero que se han convertido, en cambio, en los agentes de esta politica. “Mientras los jovenes que disienten abogan por la resurreccién del ideal america- NO, sus mayores continuan subvirtiéndolo”. Con “la ren- dicién de Ia independencia, el descuido de la ensefianza y la desfiguracién del saber”, la universidad “no sola- mente esta dejando de hacer frente a sus responsabili- dades ante los estudiantes: esté traicionando Ja confian- za. piiblica”, Cabe discutir sobre la amplitud de esta traicién, pero su existencia, como tendencia amenazadora, difi- cilmente puede ser puesta en duda. El senador Fulb- tight menciona una causa fundamental: el acceso al dinero y a las posiciones de influencia. Pero también es posible mencionar otras: una ideologia altamente re- presiva y casi universalmente compartida, por ejemplo, y la din4mica inherente a la rofesionalizacién, En lo que respecta a lo primero, Fulbright ha citado en otro 2, “The War and Its Effects-II”, Congressional Record, 13 de diciembre de 1967, 84 lugar la observacién de Tocqueville: “No conozco pais alguno donde haya tan ue independencia de espiritu y tan poca libertad de ‘ seusién auténtica como en América”. Ciertamente, existen instituciones libres, pero se ven reducidas por una tradicién de pasividad y de conformismo—y el cinico podria decir que ello es la causa de que sigan existiendo—. El impacto de la profesionalizacién es también muy claro, El = lectual independiente” podia preocuparse por prob le- mas a causa de su interés y su importancia intrinsecos, aunque tal vez tuvieran escasas consecuencias. El pro- fesional, en cambio, tiende a definir sus problemas sO- bre la base de la técnica que ha aprendido a dominar, y experimenta un deseo natural de aplicar su capaci- tacién. Comentando este proceso, el senador Clark cita las observaciones del Dr. Harold Agnew, director de la Divisién de Armamentos de los Laboratorios de. Los Alamos: “La base de la tecnologia avanzada es la inno- vacién, y no hay nada més sofocante para la innova- cién que ver que el producto de uno no se emplea 0 es Giecerenats debido a premisas poco sélidas rela- tivas a Ja opinién publica mundial”,* lo cual, como acer- tadamente comenta Clark, es “una declaracién sorpren- dente y peligrosa”. También en el mismo sentido, en gran parte, los cientfficos del comportamiento, que se consideran en posesién de determinadas técnicas de control y manipulacién, tenderdén a investigar sobre problemas para los cuales puedan ser relevantes su sa- ber y su pericia, definiéndolos como “problemas im- portantes”; no constituira pues una sorpresa que de vez en cuando expresen su desprecio por las bremisas eo s6lidas relativas a la opinion publica mundial” que limi- tan la aplicacién de esa pericia. Asi, entre los ingenieros hay “cultivadores de armas”, que construyen sus bom- 3. Congressional Record, 27 de julio de 1967. bas y proyectiles balisticos, y entre los cientificos del comportamiento encontramos a los técnicos que pla- nean y ponen en practica “experimentos con métodos de control de recursos y de la poblacién” en Vietnam.* Estos diversos factores — el acceso al poder, una ideologia compartida y la especializacién — pueden ser lamentables en si mismos 6 no serlo, pero no puede haber duda alguna de que entran en interaccién en- tre si y plantean una amenaza seria para la integridad de los estudiosos en terrenos que estan pugnando por hallar contenido intelectual y que, por tanto, son parti- cularmente adecuados para que empiece a funcionar en ellos una especie de ley de Gresham. Y¥ es mas: la perversién del estudioso pene una amenaza para la sociedad en general. El peligro es especialmente grande en una sociedad que fomenta la especializacién y se queda pasmada ante la pericia técnica, En estas’ cir. cunstancias, hay grandes posibilidades de abusar del saber y de la técnica—o, por ser més exacto, de la pretension de saber y de la pretensién de técnica —. Al advertir estos peligros, se leen con preocupacién las afirmaciones de ciertos cientifieos sociales, segtin los cuales su disciplina es esencial para la formacién de aquellos a los que laman “los mandarines del futu- ro”.® La filosoffa y la literatura todavia “conservan su valor”, como nos informa Ithiel Pool, pero la psicologia, la sociologfa, el andlisis de sistemas y la ciencia politi- ca son lo que proporciona el saber por el cual “los hombres poderosos son humanizados y civilizados”, En 4, William A. Nighswonger, Rural Pacification in Vietnam (Praeger Special Studies: New York, Frederick A. Praeger, Inc., 1967); se trata de un volumen perteneciente a una serie de “mo- nografias de investigacién especializadas en la politica y la econo- mia internacional de los Estados Unidos”, 5. Ithiel de Sola Pool, “The Necessity for Social Scientists Doing Research for Governments”, Background, vol. 10 (agosto de 1966), p. 111. 86 no pequefia medida, la guerra de Vietnam ha sido Pla neada y realizada por estos nuevos mandarines, y ello da prueba del concepto de humanidad y de civiliza- cién que aportan al ejercicio del poder.® AG EI nuevo acceso al poder de la intelligentsia técnica, ges una ilusién o una realidad que va en aumento? Hay quien percibe “la estructura esquelética de una socie- dad nueva” cuya direccién estaré en manos de las “compafiias de investigacién, los laboratorios industria- les, las estaciones experimentales y las universidades ‘i en manos de “los cientificos, los mateméaticos, los eco- nomistas y los ingenieros de la nueva tecnologia de los computadores”; “no solamente Jos mejores talentos, sino posiblemente todo el complejo de prestigio social y po- sicién social, estara enraizado en las comunidades inte- lectuales y cientificas”.? Un examen cuidadoso de la “estructura esquelética” de esta nueva sociedad, si se trata de esto, resulta muy poco tranquilizador. Como sefiala Daniel Bell, “ha sido la guerra, y no la paz, lo que ha causado en gran medida la aceptacién de las modas de la planificacién y la teenocracia en el go- bierno”, y nuestra “socieda movilizada’ actual es una sociedad dirigida hacia el “objetivo social de la ame paracién de la guerra y de Ja preparacién militar”. E relativo optimismo de Bell con respecto a la nueva 80- ciedad proviene de su suposicién de que la universidad es “el lugar donde el conocimiento teorético es elabo- rado, probado y codificado de una manera desinteresa- da”, y de que “las actitudes de movilizacién de la gue- Ways escribe en Fortune que “McNamara, sus ana- ieaeeae eee y sus computadores no solamente contribuyen a Ja efectividad prdctica de la accién de los Estados Unidos sino también a elevar el nivel moral de la politica mediante una ce cién més consciente y selectiva en la definicién de sus objetivos’ (la cursiva es mia). Citado por Andrew Kopkind, “The Future Planners : New Republic, 25 de febrero de 1967, p, 23. Sobran. comentarios, 7. Daniel Bell, “Notes on the Post-Industrial Society: Part I”, The Public Interest, n.° 6, 1967, pp. 24-35. 87 tra fria y la carrera espacial” son una aberracién tem- poral, una reaccién a la agresividad comunista. Frente a esto, puede afirmarse con fuerza que la universidad ha traicionado en un grado importante la confianza pu- blica; que las cuestiones de Ia politica exterior son en gran medida “un reflejo de las fuerzas politicas inter- nas” y de las instituciones econémicas (y no “un jui- cio sobre el interés nacional, que implica decisiones es- tratégicas basadas en cdlculos sobre la fuerza y las in- tenciones del adversario”); que la movilizacién para la Suerra no es una “ironfa” sino un proceso natural, dada nuestra actual organizacién econémica y social; que los tecndlogos que Hegan al poder son ‘los que pue- den prestar algin servicio a las instituciones existen- tes, y que no puede esperarse nada, salvo una catds- trofe, de una centralizacién todavia mayor en la elabo- racion de las decisiones gubernamentales y de una base atin mds reducida de personas que intervienen en esas decisiones. La experiencia de los ultimos afios da muy pocas razones para sentirse optimista ante estos acon- tecimientos, Muy en general, qué razones hay para suponer que aquellos cuya pretensién de hacerse con el poder se basa en el conocimiento y en la técnica sern mejores al ejercerlo que aquellos cuya pretensién se basa en la tiqueza o en su origen aristocrAtico? Por el contrario, puede esperarse que el nuevo mandarin ser4 peligro- samente soberbio, agresivo e incapaz de aceptar el fra- caso, en comparacién con su antecesor, cuyas pretensio- nes de poder no se vefan rebajadas por su sinceridad res- pecto a las limitaciones de sus conocimientos, la insufi- ciencia del trabajo realizado o los errores demostrables.® 8. Algunos de los peligros son sefialados por Richard Goodwin en una resefia de Arms and Influence de Thomas Schelling, en el New Yorker del 17 de febrero de 1968, pp. 127-34. Observa que “Ta objecién mds profunda a esta clase de teorfa estratégica no e5 88 En Ja catdstrofe del Vietnam pueden advertirse todos estos factores. No se trata de generalizar excesivamente, pero ni la historia, ni la psicologia ni la sociologia ze dan ninguna razén especial para esperar confiados e reinado de los nuevos mandarines. 2 En general, cabe esperar que cualquier grupo ae tenga acceso al poder y a la Tiqueza construya so : 3 logia que justifique esta situacién basandose “ : I i estar general. Precisamente por esta razén, pi ‘ Bell de que los intelectuales estén cada vez mis = del centro del poder, o que al menos estén aed 2 a bidos mds plenamente dentro de la estructura e ela- boraci6n de las decisiones, se ve en cierto modo apoya- da por el fenémeno de la sumisién errr ios tia sefialado anteriormente, Esto es: se puede pre a que a medida que el poder se haga mas ate desigualdades de la sociedad se alejaran de anes - el status quo les pareceré menos defectuoso y la con servacién del orden se convertira en algo de — dente importancia. Lo cierto es que los oe = norteamericanos estén consiguiendo cada vez mas e estatuto de una élite doblemente privilegiada: a ae mer lugar, como ciudadanos americanos, con relaci : al resto del mundo; y, en segundo Iugar, por su papel en la sociedad norteamericana, que seguramente a eee fundamental, sea exacta o no la predicci6n de Bell. : n esta situacién, los peligros de la sumisién. pia se cionaria, tanto en el terreno interno como en la ean internacional, est4n claros. Creo que OBrien acie . plenamente al sefialar la necesidad de una ee mayor y especifica” frente a este peligro, del cual, su limitada utilidad, sino su peligro, Puce pede _iiuee 8 oseemos una comprensién de los 4 ient a dominio sobre su curso de los ace ca eae fone a ol i s profunda, creo, es que la pretendida Li “Bona estratégica® puede ser utilizada para iesdig el intento de controlar el curso de los acontecimientos. pees justamente, “casi no ofmos decir nada”, icar i i : ae este ensayo a cierto numero de ejem- H Peers ae oe pein eerent entusidsticamente que los y x icos fundamentales de la r ce en he a resueltos”, y que “este ee a evolucién social d i i t : lemocratica en Occi- ee oe abies a nepolice interior para aa” c 1 que puedan tener ideologias ae bee ene la aecién social”.® oe ae e en el “final de la ideologia”, i : i gia”, incluso algu- Bee eeeniatas informados e ilustrados se ‘intend oe os “ m4s sorprendentes valora- stado de la sociedad american: i . he ee D oe por ejemplo, escribié que “en la ue 2 os masas todos los grupos pueden conseguir aaa Os signos externos del status social y b trar ‘as separaciones visibles”.1° Escribiendo en Come Cena babes de 1964, afirmaba que ya hemos Guido realmente “la sociedad j, itari: s z igualitaria y social- ae ed ee ss indepen dia: tec — a tradicién marxista han estad igiendo Faas p. aut los slbaoe cien afios”. Conviniendo pase elevacion general del nivel de vi juicio de le vida, el juicio d ae ee lparoe mucho mas ajustado ib aia eel = idea ger de que América es un pats mle rico y opulento es en gran a : arte aoe 2 Niguece norteamericana se Pella a vada. érica carga con d : menda para con su poblacién pe SP ares poblacién pobre. Que ha gar esta deuda es algo mds j hae e 1 que un deseo de qui predican hacer el bien. No pagarla implica un pales 9. Seymour M. Lipset, Politi Doubleday & Company, Ine.” iea0s. = 100, 10. “Status Polities and N, ieties” logy (New York, The Free Press, 1060) 0 1 a ees ate aldeas 90 (Garden City, N. ¥5 para el orden social y para la democracia tal como la hemos conocido”.11 Seguramente la pretensién de que todos los grupos pueden entrar facilmente en la econo- mia del consumo de masas y “borrar las separaciones visibles” es una exageracién bastante grande. En los estudios contemporaneos aparecen frecuente- mente valoraciones similares de la sociedad americana, Por mencionar solamente un ejemplo, considérese el andlisis que ofrece Adam Ulam del concepto de capita- lismo de Mars: “No se puede condenar a un observador de aquel tiempo como Marx por su convencimiento de que el fanatismo industrial y el fariseismo eran las ca- racteristicas imborrables del capitalista. Que el capita- lista se harfa m4s humano, que cejaria en su incesante bisqueda de acumulacién y expansién, no eran impre- siones que pudieran preverse facilmente en el clima so- cial inglés de los afios 1840 y 1850”.1? Una vez més, aun ll. “The Necessity and Difficulty of Planning the Future Society”, discurso pronunciado en el American Institute of Planners Conference, Washington, D, C., el 3 de octubre de 1967. Al citar- la el senador Fulbright (op. cit) comenta justamente que “la mi- seria, que es una tragedia en un pais pobre, mancha nuestra so- ciedad opulenta con algo m4s que una tragedia; al ser innecesaria, es también profundamente inmoral”. Compara igualmente “los 904,000 millones de délares que hemos gastado en fuerza militar desde la segunda guerra mundial” con “los 96.000 millones de délares que hemos gastado, procedentes de nuestra presupuesto nacional regular, en educacién, sanidad, viviendas y desarrollo comunitario”. En su Challenge to Ajfluence (New York, Pantheon Books, 1963), Myrdal concluye que “en la sociedad en general hay mayor igualdad de oportunidades hoy que en cualquier momento del pasado. Pero para quienes se hallan en el iltimo peldafio de la escala social hay menos o ninguna” (p. 38). Pone en tela de juicio la suposicién de que “América es todavia la sociedad libre y abierta de la ima- gen de si misma que acaricia y de los ideales afirmados”, y observa que “a medida que sea necesario cada vez menos trabajo del tipo que puede ofrecer la gente que vive en los suburbios rurales y urbanos, ésta se veré cada vez mAs aislada y expuesta al paro y a la explotacién pura y siemple. De los sétanos de la augusta man- sién americana sube mal olor” (p. 49). 12. Adam Ulam, The Unfinished Revolution (New York, Vin- tage Books, 1964), p. 97. 91 aceptando que han tenido lugar cambios importantes _ en la sociedad industrial tespecto del siglo pasado, sigue siendo sorprendente ofr que el capitalista ha cejado en su incesante bisqueda a acumulacién y expansién.18 Observaciones como éstas son un ejemplo del fra- caso del intento de llegar a reflejar la realidad de Ia sociedad contempordnea, reflejo que tal vez no seq perceptible directamente para quienes han conseguido recientemente acceder al poder y a la influencia (0 al menos lo esperan confiadamente), pero que es, a pesar de todo, lo que se podria esperar de la ideologia en desarrollo de una nueva élite privilegiada. Pueden encontrarse varias corrientes gia en un articulo reciente de Zbigniew Brzezinski,14 en el que se resume —me inclino a decir “se paro- dia” — cierto namero de concepciones y actitudes que aparecen en el pensamiento social reciente, Brzezinski ve también que se est4 produciendo un “cambio pro- fundo” en la comunidad intelectual, cuando “el inte- lectual critico, en gran medida de orientacién humanis- ta y ocasionalmente con mentalidad ideolégica, que considera que su papel consiste en amplia medida en formular criticas sociales, esta siendo desplazado rapi- damente por expertos y especialistas, implicados en em- presas gubernamentales especiales, o bien por los inte- lectuales generalizadores-integradores, que se convier- de esta ideolo- 13. En 1965, 20 compafiias de un total de 420.000 consiguie- ron el 38% de los beneficios después de pagar los impuestos, y los beneficios Procedentes de inversiones en e] extranjero fueron’ tres veces superiores a lo que habfan sido 15 ai la General Motors eran superiores al pr desaparecieron por fusién, 14. “America in the Techn {enero de 1968), pp, 16-26, 92, etronie Age”, Encounter, vol, 30 ten en realidad en idedlogos caseros - a sas una integraci Ilan en el pe al asegurar hee oe iones diversas”. Sugiere ql tual general para accione: = gone Bi ientados hacia la organi on, estos “intelectuales orientado: : a i i ede esperarse qi m mentalidad de aplicacién” p ° tathouin preocupaciones mds amplias ee oF el sistema politico, aunque — como sei = ei oe eligro de que “el distanciamiento intelec! al y = eas yasqueda de ale verdad’ Cele ge “t on ment ues ahora los intelectu es lid ¢ ‘ raion” tienen acceso “al poder, al prestigio = z : las comodidades de Ja vida”. fae oe ae aie itocratica, “ de la vida ameri: ritocratica, “que se apodera i a zando las ‘universidades, explotando las ee municacién mds recientes e instrumentan a damente como puede los ee artifi ces - eH efecto civiliz: os”. Puede suponerse que su si revel por ibs grandes progresos lose ens : nueva “era histérica” en la que solament se a tica ha entrado ya, con respecto a los E e1 eae confundieron a los dirigentes politicos ae = las eras pasadas —los problemas de las cs oe la polucién atmosférica, del despilfarro Bey a La cién, de la explotacién y ee oe oe polis” - intel ién de esta “nueva casta de f ] ae se ha convertido en “la sociedad ee = 4 i iente o inconscien 5 demas sociedades, conscien safe eet i imi mos, por ejemplo, sociedades imitadoras”. Lo ve: 108, ao Ati jienci iolégicas, la antroy gia, matemiaticas, las ciencias bi nian a fi i isica, los estudios histéricos, 4 filosofia, el cine, la musica, L d — ediablemente ret de las demas culturas, irrem ia simplemente observan e imitan lo que aoa ical i ia una nueva “su' ricano. Asi, avanzamos hacia 1 Pee i i iales, “fuertemente influida p de dimensiones mundiales, : ee, i i ropio lenguaje la vida americana, con su pi ef del computador electrénico”, con un enorme y cr 93 ciente abismo “psicocultural” rica del resto dal “mundo deste ad f Resulta imposible imaginar Siquiera lo que Brze- zinski piensa ae puede ser un “lenguaje universal del computador electrénico”, 0 qué valores culturales cree que puede crear el nuevo “tecnetrén tecnolégicamente dominante y condicionado”, el cual — opina al parecer Brzezinski — es el “mds auténtico depositario de esa cualidad indefinible a Ja que denominamos lo humano”, Pecliichie puede resultar compensador el intento de esenredar las confusiones ¥ los equfvocos de Brzezin- ski. Lo interesante, mds bien, es el modo en que emplea Su Oscura consciencia de los actuales progresos de la ao de la tecnologia para dar una justificacién f eolégica al papel creciente, en las instituciones clave le elaboracién de decisiones, de individuos con logros Cientificos e intelectuales especiales”, los nuevos ao lectuales orientados hacia la organizacién, con mentali- dad de ne con base en la universidad “el ojo creador del complejo de comunicaciones de masa” i Paralelamente a la suposicién de que en el interior de los Estados Unidos todo va bien en Jo fundamental se halla la creencia, ampliamente articulada, de que los problemas de la sociedad internacional podrian ser so- metidos también a una manipulacién inteligente si no fuera por las maquinaciones ae los comunistas, Un as- Pecto de esta complacencia es la creencia de que la gue- tra frla fue consecuencia enteramente de la agresividad a los rusos (luego, de los chinos). Daniel Bell por ejem- plo, ha descrito los origenes de la guerra fria en los si- guientes terminos: “Cuando los rusos empezaron a po- er en movimiento la guerrilla Stiega, en una zona ie en Teherdn habia sido reconocida tacitamente oe una esfera de influencia britanica, los comunistas ie pezaron a denunciar el] imperialismo angloamericano. Tras el rechazo del Plan Marshall y el golpe comunista 94 en Checoslovaquia en febrero de 1948, la guerra fria llegé al extremo”.1> Esta claro que esto dificilmente puede pasar por una descripcién equilibrada y objeti- va de los origenes de la guerra fria, pero Ja deformacién que refleja es un elemento intrinseco del optimismo de Bell sobre la nueva sociedad, Lee que le permite mantener que nuestra postura de guerra fria es pura- mente una reaccién, y que cuando la beligerancia comu- nista quede dominada la nueva intelligentsia técnica odra volver su atencién a la construccién de una socie- lad mejor. Un elemento emparentado con éste en la ideclogia del intelectual liberal es la firme creencia en la gene- rosidad fundamental de la politica occidental hacia el Tercer Mundo. Adam Ulam nos proporciona nueva- mente un ejemplo tipico: “Los problemas de una so- ciedad internacional que esta experimentando una revo- lucién econdmica e ideolégica parecen desafiar... la ge- nerosidad — dando por supuestos sus errores y sus aciertos — que ha caracterizado la politica de las prin- cipales potencias democraticas de Occidente”.1° Inclu- 15. “Marxian Socialism in the United States”, en Donald D. Egbert y §, Persons, eds., Socialism and American Life (Princeton, N. J., Princeton University Press, 1952), vol. 1, p. 329. 16. Op. cit., p. 5. Menos tipica y mas realista es su creencia de que estos problemas también “parecen desafiar el saber de los cientificos sociales”. Para algunas discusiones generales sobre esta “generosidad”, vid., por ejemplo, David Horowitz, Hemispheres North and South (Baltimore, The Johns Hopkins Press, 1966), y muchos estudios especiales. Los funcionarios publicos norteamerica- nos, en general, no comparten esta fe en nuestra generosidad. Por ejemplo, el secretario de Estado adjunto para asuntos latinoame- ricanos observaba con brusquedad que “el departamento de Estado no esté dispuesto a favorecer grandes eréditos de fondos publicos a pafses que no reciban con agrado nuestro capital privado” (State Department Bulletin, n.° 22, 1950, citado en Frederick Clairmonte, Economic Liberalism and Underdevelopment [Bombay and London, Asia Publishing House, 1960], p. 248). Eugene Black, al prestar declaracién ante el Congreso sobre el Asia Development Bank, sefia- laba que “cuando el Banco concede créditos tenemos ofertas inter- 95 so Hans Morgenthau sucumbe a esta ilusién. Resume una discusién sobre la intervencién con estas observa- ciones: “Hemos intervenido en los asuntos politicos, mi- litares y econémicos de otros paises llegando hasta la exorbitante suma de 100.000 millones de délares, yen la actualidad nos vemos envueltos en una guerra cos- tosa y arriesgada para edificar una nacién en Vietnam del Sur, Solamente los enemigos de los Estados Unidos pueden poner en tela de Juicio la generosidad de estos nacionales, y estoy seguro de que con nuestra capacidad e ingenio en €s€ pais, conseguiremos nuestra parte en los negocios. Ciertamen- buimos”, David Bell declaré que “el Banco desempefiard un papel importante al Ilevar adelante otro aspecto de nuestro propio pro- grama de ayuda: reforzar el Papel del sector privado... Proyectos particulares que puedan atracr el capital privado, ayu- dando a elaborar planes de desarrollo y estimulando las politicas que fomenten la iniciativa privada, y Nevando capital privado a la re- gién”. Aqui no se dice nada sobre la “generosidad que caracteriza nuestra politica”, Igualmente reveladora_es la historia de Programas como la Alianza para el Progreso. Como comenté el senador Gore, este pro- “se ha convertido en gran medida en un subsidio para los negocios americanos y para los exportadores americanos” (Congres. sional Record, 22 de julio de 1966), juicio muy exacto, por lo que arece, Por ejemplo, el programa de préstamos de la AID para érica latina, segim William Rogers, antiguo funcionario de la Alianza para el Progreso (The Twilight Struggle [New York, Ran- dom House, 19671, p. 205), se basa en dos elementos: “un pro- ado equilibrio de pagos, necesario para acrecentar la capacidad de la nacién para imporiar bienes y servicios de los Estados Unidos, y la adopcién de una politica y unos programas que den garantias contra la fuga de capitales Por pagos internacionales o contra el mal uso de los recursos demésticos a causa de un presupuesto inéficaz, de shorros locales reducidos o de la inflacién”, Comentando esta euestién, Robert Smith sefiala que “el ultimo patrén inclufa un au- mento de ingresos mediante impuestos, una reduccién del déficit Presupuestario, la eliminacién de los “subsidios a las actividades pti- blicas que causan distorsiones” y la adopcién de “incentivos estatales para el sector privado de la inversién ¥ el desarrollo” (New Politics, vol. 6 [primavera de 1967], Pp. 49-57). Para algunas observaciones sobre el otro aspecto de nuestro programa de ayuda, el de la ayuda militar, véanse fee articulos de James Petras en la publicacién citada y en el néimero anterior). 96 esfuerzos, sin precedentes en la historia”1* Piénsese lo que se quiera sobre esos 100.000 millones de délares, resulta dificil ver por qué hay que tomarse en serio la pretendida “generosidad” de nuestro esfuerzo por edificar una nacién en Vietnam del Sur, o, al menos, por qué hay que tomarla mds en serio que las afirma- ciones de buena voluntad parecidas de nuestros mu- chos predecesores en empresas semejantes. La genero- sidad nunca ha sido una mercancia escasa entre las po- tencias que tratan de extender su hegemonia, a Un aspecto mas en la ideologia de la nueva élite as- cendente es la preocupacién por el orden, por el man- tenimiento del status quo, que ahora se considera muy favorable y en lo esencial justo. Un ejemplo Se de esta preocupacién es la declaracién sobre Ja politica asidtica de los Estados Unidos de catorce destacados historiadores y cientificos politicos, distribuida recienEe mente por el Freedom House Public Affairs Institute. Estos intelectuales se califican a si mismos de sector moderado de la comunidad académica”, El titulo es apropiado; se hallan a mitad de camino entre las dos va- riedades de extremismo, la que exige que destruyamos todo lo que se interpone en nuestro camino y la que exige que adoptemos los principios de a eee to internacional cuya observancia exigimos a las demas potencias mundiales. E] objetivo de su declaracién es “discutir a aquellos de nosotros que, abrumados ye complejos de culpabilidad, se sienten aliviados al afir- mar o dar por supuesto que siempre nos equivocamos, que nuestros eriticos estén en lo justo, y que solamen- te nos aguarda Ja ruina”. Consideran que nuestra his- 17. “To Intervene of Not to Intervene”, Foreign Affairs, vo- fl 67), pp. 425-36. ater at ere i 4 tos”, pero no difiere se refiere al texto impreso como “fragmen niaterlalmente del documento entero. Sé que desde entonces ha sido firmado por muchos otros éstudiosos. OF 7. — cmomsxy toria en Asia es “notablemente buena”, y ensalzan nuestra probada capacidad para rectificar nuestros erro- res, “nuestra capacidad de Pragmatismo y autoexamen”, y “nuestra saludable evitacién del nacionalismo estre- cho”, capacidades todas ellas que nos distinguen “entre las principales sociedades de la era actual”, Los intelectuales moderados advierten que “para evi- tar una guerra importante en la regién asidtica del Pacifico, es esencial que los Estados Unidos conti- mien disuadiendo, conteniendo y contrapesando el po- der chino”, Es verdad que “China ha mostrado gran prudencia al evitar un enfrentamiento directo con los Estados Unidos 0 la Unién Soviética” desde la guerra de Corea, y que es facil que China “continie susti- tuyendo les actos por palabras mientras se concentra en sus problemas internos”. Sin embargo, no podemos estar seguros de ello y, consiguientemente, debemos proseguir nuestros esfuerzos por domar el dragén, Uno de los problemas mas graves que plantea China es su politica de “fanatismo aislacionista”, lo cual, obviamen- te, constituye una seria amenaza para la paz, Otro peli- gro es la figura terrorifica de Mao Tse-tung, ese romén- tico que se niega a aceptar el “burocratismo esencial para la ordenacién de esa sociedad enormemente com- pleja, extremadamente dificil”. Los intelectuales mode- rados se sienten mucho mAs a sus anchas con la espe- cie familiar del experto técnico, dedicado al “triunfo del burocratismo” Y que evita los esfuerzos rom4nt- cos por minar el aparato de partido y la disciplina que immpone. Por oira parte, los estudiosos moderados proclaman su apoyo a “nuestra posicién bdsica” en Vietnam. Una victoria comunista en Vietnam — afirman — “oscurece- tia gravemente las posibilidades de equilibrio politico en Asia, dafiarfa seriamente nuestro crédito y afecta- ria profundamente a la moral — y la politica ~ de nues- 98 tros aliados asidticos y de los neutrales”. Al hablar de “equilibrio politico”, naturalmente, no se refieren al status quo de 1945-46 o al esbozado por el acuerdo internacional de Ginebra en 1954. No explican por qué el crédito de los Estados Unidos es més importante que el de los elementos indigenas de Vietnam que se han entregado a una guerra de liberacién nacional, Tampoco explican por qué hay que defender la moral de las dictaduras militares de Thailandia y Taiwdn. Simplemente, aluden oscuramente a los peligros de una tezcera guerra mundial, peligros bastante reales y que van en aumento cuando los partidarios del cambio revo- lucionario se enfrentan con una fuerza contrarrevolu- cionaria exterior. En a ee estos peligros pueden ser atenuados enfriando el ardor revolucionario o retirando Ja fuerza contrarrevolucionaria. La segunda alternativa, sin embargo, es impensable, irresponsable. : El supuesto capital del programa de los estudiosos moderados es que no debemos dar 4nimos ‘“a los ele- mentos que defienden la tesis de que Ja violencia es el mejor medio de efectuar el cambio”. Es importante advertir que lo que objetan los estudiosos moderados no es la violencia como tal. Por el contrario, aprueban nuestra violencia en Vietnam, que es — y son bien cons- cientes de ello —enormemente superior a la del ene- migo vietnamita. Para destacar mas esta cuestion, cl tan como nuestro mayor triunfo en el Sudeste asidtico los “cambios draméticos” que se han producido en In- donesia — y el ms dramatico de ellos es la matanza de varios centenares de miles de personas—. Pero esta matanza, al igual que nuestro exterminio de los viet- namitas, no es un empleo de la violencia para conseguir un cambio social, y, por tanto, es legitima, Y es mAs: puede que quienes hayan padecido la matanza sean en gran parte étnicamente chinos y ee sin tierra, y que el “contragolpe”, en realidad, haya restablecido 99 la autoridad tradicional mds firmemente.!® Si es asi, razén de mas para no lamentar este empleo de la vio- lencia, y, de hecho, los éstudiosos moderados se abs- tienen delicadamente de aludir a ello al discutir los cambios dramaticos de Indonesia. Hemos de concluir que cuando estos estudiosos deploran el uso de la vio- lencia para realizar el cambio social, lo que realmente consideran perturbador no es Ja violencia sino el cam- bio social, El cambio social que se aleja de la orien- tacién que trazamos no debe ser permitido. La ame- naza al orden resulta demasiado grande. La importancia de la estabilidad y el orden es tan grande que incluso las reformas del tipo que obtiene la autorizacién norteamericana frecuentemente han de ser aplazadas, subrayan los estudiosos moderados. “En realidad, muchos tipos de reforma aumentan la ines- tabilidad, por deseables y esenciales que puedan ser a largo plazo. Para la gente asediada, no hay suced4- neo alguno de la seguridad”. La alusién a la seguridad, es innecesario decirlo, no hace referencia al bombardeo norteamericano, sino mas bien a las especies malas de cambio politico y social. Las recomendaciones politicas de los estudiosos mo- 19. Vid. las resefias de Coral Bell y B.R. O’G. Anderson en el China Quarterly, n.° 28 (octubre-diciembre de 1966), pp. 140-43, Debe advertirse que la oposicién al cambio social y el apoyo a la violencia contrarrevolucionaria empleada para eliminarlo son rasgos arraigados desde antiguo en la historia cultural americana. Asi, segiin el historiador norteamericano Louis Hartz, “no hay duda de que incluso Ja aparicién de un socialismo suave en 1848, de Ledm Rollin y los talleres nacionales, basté para suseitar un desaliento norteamericano general. En América nadie clamé contra la represiin de la revuelta de junio de los trabajadores de Paris, como tampoco sé protestd contra la represién de los communards en 1871, Aqui hubo violencia, y mucha, pero se empleaba para defender el orden y el derecho, como sefialé un editorialista [en el New York Journal of Commerce)”. (The Nature of Revolution, declaracién ante el Comité. de Relaciones Exteriores del Senado, rene saute de 1968 [Washington, Government Printing Office, 100 derados se basan en su particular inolinacién ideolé- gica, esto es, en que una cierta forma de estabilidad —no la de Vietnam del Norte, o de Corea del Norte, sino la de Thailandia, Taiwdn o las Filipinas —es tan fundamental que debemos estar dispuestos a emplear nuestros medios de violencia sin precedentes para ga- rantizar su mantenimiento, Resulta instructivo observar cémo otros mentores de los nuevos mandarines des- criben el problema del orden y la reforma. Ithiel Pool formula la cuestién central como sigue: En el Congo, en Vietnam, en Ja Reptblica Dominicana, estA claro que el orden depende de que se obligue de un modo u olro a los estratos recientemente movilizados a vol- ver a un cierto pale de pasividad y de derrotismo, de los que les acaba de sacar el proceso de modernizacién. AI menos temporalmente, el mantenimiento del orden exige un descenso de las aspiraciones recientemente surgidas y de los niveles de actividad politica.?° . Esto es lo que “hemos aprendido en los tltimos treinta afios de estudio empirico intensivo de las socie- dades contempordneas”. Pool esta simplemente descri- biendo hechos, no proponiendo una politica. En el es- cenario interno, resulta familiar una versién de los he- chos andloga: los obreros amenazan el orden publico al realizar huelgas por sus reivindicaciones; la impa- ciencia de la comunidad negra amenaza la estabilidad del cuerpo politico, Naturalmente, cabe imaginar otra manera de preservar el orden en todos estos casos: se trata, simplemente, de satisfacer las reivindicaciones, o al menos de eliminar las barreras colocadas por la fuerza, que puede ser latente y disfrazada, en el cami- no de los intentos de satisfacer “las aspiraciones sur- 20. “The Public and the Polity”, en Ithiel de Sola Pool, ed., Contemporary Political Science: Toward Empirical Theory (New York, McGraw-Hill Book Company, 1967), p. 26. 101 gidas recientemente”. Pero esto puede significar que los ricos y los poderosos tendrian que sacrificar cierto grado de sus privilegios, y, consiguientemente, queda excluido como método para el mantenimiento del or- den. Semejantes propuestas encontraran probablemente escasa simpatia por parte de los nuevos mandarines de Pool. Desde la posicién doblemente privilegiada del es- tudioso norteamericano, la trascendente importancia del orden, la estabilidad y la no-violencia (por parte de los oprimidos) parecen completamente evident para los dems, la cuestién no es tan sencilla. Si prestamos aten- cién, escucharemos voces como ésta, de un economista de la India: Es una doblez invocar la “democracia”, el “proceso con- forme a derecho” y la “no violencia” para justificar Ja inac- cién. Pues en estas condiciones esos importantes conceptos se vuelven faltos de sentido dado que, en realidad, justi- fican la inexorable explotacién de Jas masas que lo invade todo; son a la vez una negacién de la democracia y una forma de violencia més siniestra, perpetrada en contra de la abrumadora mayoria mediante formas contractuales.?* Los estudiosos moderados norteamericanos no pa- recen capaces de comprender estas sencillas verdades. Seria equivocado dar la impresién de que la ideo- logia de la intelligentsia liberal se traduce en politica en forma de una lluvia de bombas explosivas y napalm. En realidad, los expertos liberales se han desalentado por la insistencia en la utilizacién de medios militares en Vietnam, y han afirmado de manera coherente que Ja clave de nuestros esfuerzos deberfa ser la reestructu- racién y la ayuda econémica. Consiguientemente, creo que podemos percibir m4s claramente las actitudes que 21, Clairmonte, op. cit., p. 325, 102 cristalizan entre los nuevos mandarines considerando los estudios técnicos sobre la pacificacién: por ejem- plo, la monografia de investigacién de William Nighs- wonger, citada anteriormente (vid. nota 4), El autor, en la actualidad profesor de ciencia politica, fue repre- sentante civil de los Estados Unidos en la Oficina de Desarrollo Internacional (AID) en la provincia de Quang Nam de 1962 a 1964, Tal como ve la situacién, “los enredados problemas de la pacificacién se hallan intrincadamente relacionados con Jos problemas del de- sarrollo politico y precisan— en este momento de la historia — una estrecha implicacién norteamericana”. Ast, los norteamericanos deben dar respuesta a algunas de las “cuestiones fundamentales sobre el valor y la obligacién, cuestiones que trascienden los legalismos fa- ciles de la ‘autodeterminacidn’ y la ‘no intervencién’.” Estos legalismos faciles son de escasa relevancia para un mundo en que Occidente es desafiado por “la ela- borada metodologia y la motivacién cuasi-religiosa de los rebeldes comunistas”. En interés de la democra- cia y la libertad, tenemos el deber de aplicar nues- tro saber téenico para alcanzar los dos objetivos si- guientes: “aislar al enemigo y acabar con su influencia y su dominio sobre la poblacién rural, y ganarnos el apoyo voluntario del eampesino mediante una admi- nistracién Jecal eficaz y mediante programas de mejo- ra rural”. “Un supuesto que esta por debajo de ello es que debemos derrotar a los rebeldes, para salvaguar- de los derechos humanos...”. A pesar de “las nota- bles realizaciones en materia de desarrollo econémico y social” de Rusia _y de China, “el campesino sud- yietnamita merece algo mas”, y debemos proporciondr- selo —como hemos hecho en América latina y las Filipinas — incluso aunque ello exija abandonar los le- galismos faciles del pasado e intervenir con la fuerza militar. 103 Naturalmente, esto no sera facil, E] enemigo tiene ventajas enormes. Por una parte, “como en China, los rebeldes de Vietnam han explotado los principios con- fucianistas de gobierno ético con sus ataques a la co- rrupeién gubernamental y con Ja ejemplar conducta de los comunistas”, y “el Vietcong ha heredado, después de la Conferencia de Ginebra, gran parte del apoyo popu- lar y de las simpatias de que gozara anteriormente el Vietminh en el Sur”. Tras la caida de Diem, las cosas han empeorado mds atin: “... amplias regiones que habian estado bajo el control del gobierno, cayeron bajo la influencia del Vietcong”. A finales de 1964 la pacificacién de la provincia de Quang Nam se habia convertido en “algo completamente imposible”, y lo peor era que “la batalla de Quang Nam fue perdida por el gobierno frente a fuerzas del Vietcong reclutadas €n su mayor parte dentro de Ja provincia”? Hacia 1966, el Vietcong parecia tan bien atrincherado en las zonas rurales que “solamente una campaiia contrainsu- rreccional altamente imaginativa y amplia, con una eje- cucién casi perfecta e importante apoyo militar, podria ser capaz de desalojar un aparato insurgente tan pode- roso y extendido”. Una importante dificultad con la que nos enfrenta- mos son los “progresivos resultados econémicos y so- ciales” que muestran tener los esfuerzos del Vietcong, Un informe de la AID de marzo de 1965 explica el pro- blema. Comparando “nuestras ‘aldeas de vida nueva’ con las aldeas del Vietcong”, el informe hace el comen- tario siguiente: 22, George M. Kahin, en un memoréndum del 13 de abril de 1967, en el Congressional Record, da pruebas recientes que lo confiman, Cita la valoracién del Marine Corps de que en esta provincia, la principal zona de peder de los marines, han sido “ase- guradas” 18 aldeas de un total de 549, 104 Las diferencias fundamentales son que las aldeas del Viet- cong estén bien organizadas, son limpias, se autosostienen econémicamente y poseen un sistema de defensa activa. Por ejemplo, la industria algodonera de una aldea era mayor que ninguna de las que se hab{an visto con anterioridad en Ja provincia de Chuong Thien. Se estén construyendo nue- vos canales y se cultivan pas americanas. E] Vietcong tiene también un programa de reasentamiento para Jas fami- lias mAs jévenes. Estas zonas coinciden precisamente con las areas que se hallan fuera de la esfera de interés planeada del GVN.* A menos que las actividades del USOM/GYN °° muestren una base més cualitativa [sic], hay pocas posibi- lidades de modificar las actuales actitudes del pueblo. Por ejemplo, en una zona situada a solamente cinco kilémetros e la capital de la provincia, la gente rechazaba la asistencia médica ofrecida por los médicos del ARVN.**® No todo esta perdido, sin embargo. Aunque “la fuer- za del Vietcong en el campo ha dado un ‘salto cualitati- vo’ desde su posicién a comienzos de 1962”, hay un factor compensador, consistente simplemente en que “la capacidad militar contrainsurreccional fue transtorma- da por medio de importantes refuerzos de tropas nor- teamericanas”. Esto nos permite opciones completamen- te nuevas. Por ejemplo, podemos instrumentar mas eficazmente algunos de los “experimentos con los mé- todos de control de recursos y de la poblacién” pro- bados ya por la USOM y la Policia Nacional en 1961, aunque con poco éxito. Dadas las nuevas posibilidades de “control de recursos materiales y humanos”, incluso podemos reconquistar a parte de la poblacién, lo cual €s una cuestién seria: “Dado el gran mimero de ciuda- danos sudvietnamitas que en la actualidad estén aliados al Vietcong (por cualquier razén), la recuperacién de * GVN: Gobierno de Vietnam del Sur. *e® USOM: United States Overseas Mission. se ARVN: Ejército de la Republica de Vietnam del Sur. 105 los campesinos pan la causa nacional debe conver- tirse en una de las tareas centrales de la empresa de pacificacién”. Si consiguiéramos instrumentar “el control de los recursos materiales y humanos” podriamos moderar un poco el comportamiento de] ARVN. Asi, segin un informe de la AID de febrero de 1965, “el elevado in- dice de hurto, robo, rapifia y obtencién de viveres gratis en las zonas rurales no ha atraido a la poblacién hacia el ARVN o las Fuerzas Regionales”. Tampoco consi- guié mejorar las cosas el hecho de que muchos civiles presenciaran un caso en que un jefe de compafiia del ejército sudvietnamita maté a un EeSive, lo despan- zurré, “le sacé el corazén y el higado y luego los guisé en un restaurante”, después de lo cual “se los comieron cierto ntimero de soldados”. Actos semejantes ocasio- nan grandes dificultades, especialmente al intentar com- batir a un enemigo tan vil que practica “una conducta comunista ejemplar”, Mas en general, “el éxito de la pacificacién exige que se pacifique a los supervivientes”, y dada “la am- plia magnitud de las fuerzas norteamericanas, coreanas, australianas y vietnamitas indigenas” a veces resulta dificil garantizar esta condicién minima . Hay otros problemas; por ejemplo, “la dificultad de negar alimento al enemigo” en el delta del Mekong; “el hambre de tierra”, que por alguna extrafia raz6n nunca han satisfecho nuestros amigos de Saigon; la corrupcién; los ocasionales bombardeos de aldeas “equivocadas”; la insidiosa “infiltracién del Vietcong en la organizacién militar y civil del gobierno”; el hecho de que cuando reasentamos a campesinos en nuevas aldeas, frecuen- temente dejamos “la zorra dentro del gallinero” debido a métodos policiales inapropiados, ete. Sin embargo, tenemos todavia una buena “teoria de la pacificaci6n”, de tres fases: “la eliminacién del 106 Vietcong por medio de operaciones de busca y destruc- cién; la proteccién y el control de la poblacién y de sus recursos por la policia y las fuerzas militares, y la a y el armamento de los campesinos para efender sus propias comunidades”. Si raramente Jega- mos al tercer estadio, ello es debido a que todavia no hemos aprendido a “compartir el sentido de la urgen- cia de la causa revolucionaria”, o a “alimentar estas actitudes” entre nuestros “asociados vietnamitas”. Asi, nosotros comprendemos que la “verdadera revolucién” es la que estamos practicando, “en contraste con la re- volucién artificialmente estimulada y controlada de Diem y de los comunistas”, pero tropezamos con dificul- tades para comunicar este hecho al campesino vietna- mita o a nuestros “asociados vietnamitas”, Est4 claro jue lo que se necesita es una mejor formacidn para los cionarios norteamericanos, y, naturalmente, una au- téntica entrega nacional a esta humanitaria tarea. Un defecto grave de nuestra sociedad —arguye el cientifico politico —lo constituye nuestra tendencia a evitar “un papel norteamericano activo en el fomento de las instituciones democraticas en el exterior”. El pro- grama de pacificacién de Vietnam representa un intento de hacer frente a nuestra responsabilidad de fomentar las instituciones democraticas en el exterior mediante métodos racionales de control de los recursos materiales y humanos. La negativa a entregarnos a esta tarea po- dria ser descrita como “una politica mas egoista y timi- da que amplia e ilustrada”,?* por emplear la terminolo- gia de otro tiempo. Cuando examinamos la terminologia de las ciencias del comportamiento, se nos revela, en una obra como 23, Albert Shaw, editor de la American Review of Reviews, eomentando en 1893 el fracaso de América en la conquista de eolonias. Citado en Ernest R. May, Imperial Democracy (New York, Harcourt, Brace & World, Inc., 1961), p, 23. 107 la de Ja pacificacién, la mentalidad del funcionario co- lonial, convencido de la benevolencia de su pais de origen y de Ja justeza de su concepcién del orden mun- dial, y persuadido de que comprende los verdaderos intereses de los pueblos atrasados de cuyo bienestar es administrador. De hecho, gran parte del trabajo de los estudiosos de los problemas del Sudeste asidtico re- fleja precisamente esta mentalidad. Como muestra de ello, examinemos el ntimero de agosto de 1967 del Asian Survey, dedicado enteramente a un simposio so- bre Vietnam, en el que cierto mimero de expertos apor- tan sus ideas al éxito de nuestra empresa y a la tarea de hacerla avanzar. EI ensayo introductorio de Samuel Huntington, jefe del departamento de ciencia de la administracién de Harvard, se titula “La Ciencia Social en el Vietnam”. Destaca la necesidad de “desarrollar el estudio cienti- fico y la comprensién de Vietnam” para que tenga éxi- to nuestro “compromiso”, y expresa su opinién de que los articulos del volumen “demuestran que los proble- mas y cuestiones estrechamente relacionados con la po- litica pueden ser presentados y analizados de una ma- nera cientifica y objetiva”. La aportacién de Huntington al “estudio cientifico y a la comprensién de Vietnam” incluye un articulo en el Boston Globe del 17 de febrero de 1968. Describe alli “los tremendos cambios que han tenido lugar en la sociedad vietnamita en los ultimos cinco afios”, y, es- ecificamente, el proceso de urbanizacién. Este proceso ataca directamente la fuerza y el atractivo potencial del Vietcong”. “En la medida en que la abrumadora mayoria del pueblo vivia en el campo, el Vietcong po- dia ganar la guerra haciéndose con el control de esa gente, y estuvo muy cerca de conseguirlo en 1961 y en 1964. Pero la revolucién urbana patrocinada por los norteamericanos ha detenido Ja revolucién rural del 108 Vietcong”. Los refugiados que huyen de las zonas ru- rales no solamente encuentran seguridad sino también “prosperidad y bienestar econédmico”. “Mientras la prosperidad urbana de tiempo de guerra ha salido algo perjudicada, la masa de la gente pobre se ha benefi- ciado de ella”. Las fuentes de la urbanizacién han sido descritas claramente muchas veces, por ejemplo, por este oe voz norteamericano en Vietnam: “El campesinado tie- ne abiertas ante si tres posibilidades. La primera, per- manecer donde est4; la segunda, trasladarse a las zonas controladas por nosotros; la tercera, trasladarse hacia el interior, hacia el Vietcong... Nuestras operacio- nes han sido planeadas de tal modo que hacen impo- sible la primera alternativa, que hacen atractiva la se- gunda, y que reducen a cero la posibilidad de que alguien opte por la tercera”.** Los beneficios que van a parar a los elementos recientemente urbanizados han sido también ampliamente descritos en la prensa; por ejemplo, por James Doyle, del Globe, el 22 de febrero de 1966; Saigén “es una ciudad rica; los propietarios de bares y las chicas de los bailes, las gentes que se dedi- ean al cambio de divisas y al mercado negro, todos ha- cen su fortuna mientras esto dura. Y es también una ciudad pobre, con centenares de miles de refugiados amontonados en barracas de techo de bdlago o de ho- jalata, con mas de dos millones de personas embutidas en 21 millas cuadradas”, O bien Neil Sheehan, en un articulo cldsico y frecuentemente citado (New York Times, 9 de octubre de 1966): Un paseo por Saigon pone de manifiesto otro aspecto de la manera de funcionar del sistema social. Prdcticamente 24, Citado por Robert Guillain en Le Monde, 25 de mayo de 1966; reproducido, en traduccién inglesa, con el titulo de Viet nam, the Dirty War (London, Housmans, 1966). 109 todas las nuevas construcciones son apartamentos de lujo, hoteles y edificios de oficinas financiados por hombres de negocios chinos 0 vietnamitas ricos, con parientes o amistades dentro del régimen. Los edificios se destinan a ser alquilados a los norteamericanos. Los trabajadores de Saigén viven como han vivido siempre, en suburbios pestilentes en las afueras de Ja ciudad, ...Bares y burdeles, millares de jévenes vietnamitas degradandose a si mismas como muchachas para el baile y prostitutas, pandillas de golfos y mendigos, de chicos que venden a sus hermanas mayores, que hacen de carteristas, todas estas cosas se han convertido en carac- teristicas omnipresentes de la vida urbana. Muchas personas han advertido la sorprendente dife- rencia entre el modo en que los periodistas y los estu- diosos visitantes describen lo que ven en Vietnam. Ello no deberia sorprender. Cada uno de ellos se dedica a su oficio. La tarea del reportero consiste en describir lo que tiene ante los ojos; muchos lo han hecho con va- lor e incluso brillantemente. El administrador colonial, por otro lado, se preocupa de justificar lo que ha he- cho y lo que espera hacer, y — si es también un “exper- to” —de construir una tapadera ideolégica apropia- da, de mostrar que somos justos y rectos al obrar co- mo obramos, y disipar las dudas sobre lo demas. El uno ye degradacién moral y suburbios pestilentes; el otro, prosperidad y bienestar, y si el bondadoso Tio Sam ocasionalmente da unos latigazos por error, no hay por qué coger un berrinche. Volviendo a la coleccién de estudios cientificos y objetivos del Asian Survey, el primero, de Kenneth Young, presidente de la Asia Society, describe nuestras dificultades para “transmitir nuestras innovaciones e instituciones a los vietnamitas”, y hace un llamamiento para que los cientificos sociales contribuyan a superar estas dificultades. Cree que los cientificos sociales de- berian estudiar “las complicaciones que efectivamente 110 anulan o alteran lo que los norteamericanos, por me- dio de Ja politica gubernamental o de la accién de los técnicos, desean introducir en el espiritu de los viet- namitas o en la organizacién vietnamita”. El proble- ma, en suma, es un problema de comunicacién, Para este estudioso objetivo, no esta en cuestién nuestro derecho a “transmitir nuestras innovaciones e institu- ciones a los vietnamitas”, por la fuerza si es necesario, o nuestra superior comprensién de las innovaciones ne- cesarias o de las instituciones adecuadas. De la mis- ma manera, lord Cornwallis comprendié la necesidad de “transmitir la institucién” de Ja gran propiedad agra- ria a la India; como podria comprender cualquier per- sona razonable, era la inica forma de organizacién social civilizada, La “objetividad de estudioso” que elogia Hunting- ton queda mas demostrada todavia en la contribucién de Milton Sacks, titulada “Reestructuracién del gobier- no en Vietnam del Sur”. Tal como Sacks ‘ve la situa- cién en Vietnam del Sur hay dos fuerzas, los “nacio- nalistas” y los “comunistas”. Los “comunistas” son el Vietminh y el FNL; entre los nacionalistas, menciona especificamente al VNQDD ° y al Dai Viet (y a los militares). Los “nacionalistas” tienen algunos proble- mas; por ejemplo, “fueron manipulados por los france- ses, por los japoneses, por los comunistas y tltimamente por los norteamericanos”, y también “demasiados gene- rales sudvietnamitas destacados lucharon con los fran- ceses en contra del pueblo vietnamita”.?* Nuestro pro- blema reside en la debilidad de los nacionalistas, aun- que hubo alguna esperanza de solucionarlo durante el 25. Segdn Jonathan Randal (New York Times, 11 de junio de 1967), “solamente un oficial con grado superior niente coronel no sirvié en el ejército francés contra el er guerra francesa de Indochina”. * “VNQDD: Vietnam Quoe Dan Dang. gobierno del general Khanh, “un esfuerzo muy intere- sante porque fue una auténtica coalicién de represen- tantes de todos los grupos politicos importantes de Viet- nam del Sur”. Curiosamente, este gobierno altamente representativo fue incapaz de aceptar ni siquiera de con- siderar “una propuesta para lo que parecia ser un au- téntico gobierno de coalicién” hecha por el Frente Nacional de Liberacién a mediados de 1964.7 Segin Douglas Pike, la propuesta no poe ser considerada seriamente porque ninguno de los grupos “no comu- nistas” de Vietnam del Sur, “con la posible exeepcién de los budistas, se consideraba con las dimensiones y el poder suficientes para arriesgarse a entrar en una diicién, temiendo que el pez grande devorara al chi- co”. Asi, contintia, “un gobierno de coalicién con un FNL fuerte no podia conseguirse en Vietnam del Sur”, y ni siquiera podia realizarlo un gobierno que, como nos informa Sacks, era “una auténtica coalicién” de “todos los grupos politicos importantes de Vietnam del Sur”. En vez de esto, el gobierno nacionalista y sus sucesores continuaron insistiendo en que el FNL mos- trara su sinceridad retirando “sus unidades armadas y sus cuadros politicos del territorio sudvietnamita” (1 de marzo de 1965). Segin Sacks, “el problema actual consiste en idear un arreglo institucional que tienda a contrarrestar Jos factores y las fuerzas que conducen a esa inestabilidad” que azota ahora la vida politica vietnamita. Natural- mente, tal es el problema actual para nosotros. Y Sacks cree que la solucién esta en camino, con la nueva cons- titucién y las préximas (septiembre de 1967) elecciones, las cuales “daran unos portavoces que derivardn su le- gitimidad del mandato popular y que hablardn con auto- 26. Douglas Pike, Viet Cong (Cambridge, Mass., The M.LT. Press, 1966), pp, 361-62, 112 tidad sobre los problemas de la guerra y de la paz en nombre de sus electores”, Aunque estas “elecciones li- bres... todavia tendran que dejar sin representacién a aquellos que estén luchando bajo la bandera del Frente Nacional de Liberacién de Vietnam del Sur y a aquellos a cuyos candidatos no se les permita presentarse a las elecciones”, después de todo debemos comprender que ninguna institucién del mundo real puede ser perfecta. Lo importante, segim Sacks, es que por vez primera desde la caida de Diem habr4 unas elecciones que no ser4n contempladas por el gobierno que se halla en el poder simplemente “como un medio de legitimar el poder que tenia ya, utilizando la maquinaria guber- namental para refrendarse a si mismo”. Dejando de lado esta notable candidez en lo que respecta a las préximas elecciones, lo sorprendente es el supuesto im- licito de que tenemos derecho a continuar nuestros es- erzos por reestructurar el gobierno sudvietnamita en interés de lo que nosotros decidimos que es el nacio- nalismo vietnamita. Precisamente de la misma manera, los oficiales del Ejército de Kuangtung trataron de apoyar el “auténtico nacionalismo manchu” hace treinta y cinco afios. Para comprender mas plenamente lo que implica el juicio de que debemos defender a los “nacionalistas” contra los “comunistas”, podemos yolver una vez mds al interesante estudio de Pike. Los grupos nacionalistas mencionados por Sacks son el VNQDD y el Dai Viet. El primero, tras su virtual destruccién por los franceses, fue hecho revivir por los chinos nacionalistas en 1942. “Se sostuvo por medio del bandidaje. Ejecuté a los traidores con gran publicidad, y sus actos violentos fueron en general planeados cuidadosamente por su valor psicolégico”. De regreso en Vietnam “con las tuerzas de ocupacién chinas tras la segunda guerra mundial”, “tuvo alguna importancia hasta mediados de 113 8. — crousxy 1946, cuando fue purgado por el Vietminh”. “El VNQ DD nunca fue un partido politico de masas en el sentido occidental. En su momento de mayor influen- cia contaba, seguin cdleulos de sus propios dirigentes, menos de 1.500 personas. Y ni siquiera fue nunca es- ecialmente fuerte en el centro y el sur de Vietnam. arecia de estructura formal y no reunié congresos ni asambleas”. En lo que respecta al Dai Viet, “entre sus miembros figuraban destacadas figuras vietnamitas y funcionarios del gobierno que veian en el Japén un modelo apropiado para el Vietnam [se trata del Japén fascista]. La organizacién nunca mostré especial inte- rés por la democracia ni por el pueblo vietnamita. Pro- bablemente jamds pas de los 1.000 miembros y no se consideré como una organizacién con base de masas. Se alejé del liberalismo occidental, aunque su orienta- cién econémica era bAsicamente socialista, en favor del autoritarismo y de la obediencia ciega”. Durante la gue- rra “fue en todo momento fuertemente pro-japonés”. En contraste con estos genuinos nacionalistas, tene- mos al Vietminh, cuya “guerra fue anticolonial, clara- mente nacionalista ¢ interesé a todos los vietnamitas”, y al FNL, que ha considerado a los campesinos vietnami- tas no «simplemente como un pedn en la lucha por el poder sino como un elemento activo en la embestida», que cha mantenido que su lucha con el gobierno de Saigén y los Estados Unidos debe combatirse a nivel politico y que el empleo de un poder militar masivo es ilegitimo en si mismo», hasta que se ha visto obligado por los norteamericanos y el gobierno de Saigon a “em- lear la fuerza en sentido contrario para sobrevivir”. El FNL insistia, tanto en sus documentos internos co- mo en sus proclamaciones ptiblicas, desde sus prime- ros momentos, en que su objetivo debia ser “implan- tar una administracién de coalicién democratica nacio- nal en Vietnam del Sur; conseguir la independencia, las 114 libertades democraticas y el mejoramiento de las condi- ciones de vida del pueblo; salvaguardar la paz, y conse- guir Ja reunificacién nacional sobre la base de la inde- pendencia y de la democracia”. “Fuera del FNL, nun- ca ha existido un auténtico partido politico con base de masas en Vietnam del Sur”. Este ha organizado “a la poblacién rural mediante el instrumento del autogobier- no, y logrado la victoria por medio del arma de la orga- nizacién”, creando una variedad de “asociaciones de li- beracién funcionales” basadas en la “disciplina asociati- va”, con “derecho a la libertad de discusién y al voto secreto en las reuniones de la asociacién”, y engen- drando “un espiritu comunitario, en primer lugar, me- diante el desarrollo de un modelo de pensamiento poli- tico y un comportamiento adecuado para los problemas sociales de la aldea rural vietnamita en medio de un cambio social acentuado, y, en segundo lugar, constru- yendo una base para una accién del grupo que le per- mita al aldeano individual ver que sus propios esfuer- zos tienen significado y consecuencias” (obviamente, se trata de un enemigo habilidoso y traicionero). Esto, na- turalmente, fue anterior al “advenimiento de la ayuda masiva americana y al programa de aldeas estratégicas del gobierno de Saigén”. Con el golpe de mano de los americanos en la guerra, el acento pasé més a la ac- cién militar que a la accién politica y, ultimamente, a la implicacién de Vietnam del Norte y acaso a su control; “a principios de 1965, gran numero de tropas regulares de Vietnam del Norte fue enviado a Vietnam del Sur”. En resumen, quienes se enfrentan son el Dai Viet y el VNQDD, que representan el nacionalismo sudvietna- mita, y el FNL, una fuerza extrafia. Se debe tener bien presente que Sacks sin duda aceptaria como exac- ta la descripcién de los hechos de Pike, pero, como éste, consideraria que no demuestran nada, pues los 115 arbitros tltimos de lo que cuenta como “genuino na- cionalismo vietnamita” somos nosotros. Una interesante contrapartida a la exposicién de Sacks sobre las fuerzas nacionalistas que se oponen al comunismo lo da el cuidadoso andlisis de David Wurfel, publicado en el mismo ntimero del Asian Sur- vey, sobre “La élite politica de Saigén”. Afirma que “el caracter de esta élite no ha cambiado aissendetinenes en los ultimos afios” (esto es, desde 1962), aunque pue- den haberse producido algunas modificaciones: “An- tes, solamente los grandes terratenientes tenian un po- der politico y econémico importante; una corrupcién grandiosa puede haber permitido a otros conseguir esta distincién en los ultimos aiios”. Ademas, “los militares de los gobiernos posteriores a Diem sirvieron a Bao Dai y a los franceses como militares 0 como civi- les”. Bajo los franceses, “quienes se sentian mds a gusto al entrar en la administracién civil eran aquellos cuyas familias ya formaban parte de la élite intelec- tual y burocratica. A principios de la década de los cincuenta vieron en el radicalismo, en la forma del Vietminh, una amenaza para su propia posicién. La actual élite politica es la consecuencia de este proce- so”, Sin embargo — observa — las cosas pueden cam- biar; “los gobiernos sudvietnamitas, y tal vez buena parte del resto de la élite politica, los constituye una élite altamente occidentalizada. Aunque el pueblo sud- vietnamita parece hallarse en una actitud revoluciona- tia, esta élite dificilmente lo es”. FE] FNL constituye una “contra-élite”, menos occidentalizada: de los miem- bros de su Comité Central, “se sabe que solamente tres entre veintisiete han estudiado en Francia”, El problema de Ja “reestructuracién del gobierno” es analizado ulteriormente por Ithiel Pool, siguiendo li- neas paralelas a la aportacién de Sacks a esta serie de “estudios cientificos y objetivos”. Empieza formulando 116 una proposicién general: “No consideraré aqui una am- plia gama de arreglos politicos viables”, es decir, los que implican la inclusién del Vietcong en un gobierno de coalicién, ni siquiera la persistencia del Vietcong co- mo organizacién legal en Vietnam del Sur”. Estos arre- glos “no son aceptables”; esto es, no son aceptables para nosotros. El unico arreglo aceptable es el “impues- to por el GVN a pesar del persistente y enorme poder politico del Vietcong”. Para ello existe, naturalmente, cierta dificultad: “,..el Vietcong es demasiado fuerte para ser simple- mente derrotado o eliminado”. De ello se desprende, por tanto, que debemos ofrecer incentivos a los acti- vistas del Vietcong para que se unan a nuestra empre- sa. Esto no seria demasiado dificil, segtm cree. La di- reccién del Vietcong esta formada bdsicamente por burécratas que van haciendo su trabajo. La toma de consciencia de las discordancias muestra que.esta “direc- cién descontenta”, contiene “el potencial para producir una ruptura total cuando el funcionamiento es demasiado brusco”. Consiguientemente, debemos proporcionarles “una justificacién politica para cambiar de bando”. Se trata de un problema ideolégico. Debemos suscitar un cambio en la “imagen de la realidad” de los cuadros del Vietcong, sustituyendo su “ideologia ingenua”, que ve a los gobernantes de Saigén como “titeres de norteamericanos y defensores de la explotacién, recau- dadores de impuestos, comerciantes, grandes terrate- nientes, policias, y malvados de las aldeas”, por una econcepcién més realista. Podemos hacerlo acentuando el autogobierno de la aldea e impediendo el empleo de las fuerzas militares para recaudar los alquileres, su- gerencia que sin duda seria recibida entusidsticamente en Saigén. La posibilidad de servir de funcionarios de un gobierno central que prosiguiera semejante politica atraeria a los cuadros del Vietcong y resolveria asi M7 nuestro problema, que consiste en excluir de la vida politica a la organizacién que cuenta con los dirigentes politicos reales: Otros autores han expresado una valoracién algo diferente de la calidad humana y la motivacién de estos cuadros. Joseph Buttinger, por ejemplo, compara la incapacidad del régimen de Diem para conseguir apoyo con los éxitos del FNL: “...no puede haber duda de que en Vietnam se han encontrado gentes de- seosas de servir a su pais. E] Vietminh ha sido capaz de enrolarlos por decenas de millares y de conseguir de ellos esfuerzos y sacrificios sobrehumanos en la lu- cha por la independencia”.” Docenas de informes mi- litares dan cuenta del asombroso heroismo y de la entrega de las guerrillas. Sin embargo, a lo largo de la historia los administradores coloniales han tenido siem- pre sus dificultades para comprender o llegar a adver- tir este fenémeno. En el curso del andlisis de nuestro dilema en Viet- nam, Pool explica algunos de los aspectos de nues- tra cultura que nos dificultan una comprensién clara de estas materias. Vivimos en “una cultura culpable en la que existe una tradicién de fe en la igualdad”. Por estas razones nos es dificil comprender la verdadera naturaleza de la redistribucién de la tierra por el Viet- cong, que es fundamentalmente “una operacién de compadrazgo” en la que “los campesinos insatisfechos se unen en una banda para expoliar a sus vecinos” y “luego recompensan a los miembros con mas méritos de la maquinacién”. Esta terminologia recuerda la deseripeién de Franz Borkenau de la “vena de indiferencia moral” de la his- toria de las revoluciones rusas, que permitia atrocida- 27. Vietnam: A Dragon Embattled (New York, Frederick A. Praeger, Inc., 1967), vol. 2, p. 952. Vid. también nota 29. 118 des como la aceptacién de “expropiar”, por medio del robo, la propiedad individual del burgués indivi- dual”.28 Nuestro bando, en contraste con esto, se une a la “tradicién de fe en la igualdad” cuando Ilevamos a cabo la reforma agraria. Por ejemplo, el New York Times del 26 de diciembre de 1967 informa sobre una reciente conferencia de expertos que estudiaban los “éxitos de la reforma agraria de Taiwan”, uno de los éxitos indiscutibles de Ja intervencién norteamericana. “El gobierno ha reembolsado a los antiguos terrate- nientes, en parte (el 30%) con participaciones en cua- tro grandes empresas ptblicas tomadas a los japone- ses. El resto se pagé en forma de titulo de Ja deuda. Muchos oradores destacaron en Ja conferencia la in- demnizacién como la caracteristica mas perspicaz del programa de Taiwan. No sdlo trataba limpiamente a los terratenientes, decian, sino que también dirigia sus energias y su capital hacia la industria”, avanzando asi hacia la “reestructuracién general de la sociedad” en la tinica direccién saludable y humana. En una observacién marginal, Pool sefiala que “en debates publicos de profanos ahora en curso a menu- do se oyen comentarios en el sentido de que el comu- nismo vietnamita, dado que es antichino, seria como el comunismo yugoslayo”. Naturalmente, seria ridiculo de- fender semejante vinculacién causal, y, en realidad, nunca he aide a nadie que la defendiera en “debates publicos de profanos” ni en nada parecido. Lo que en cambio han defendido profanos como Hans Morgen- thau, el general James Gavin y otros es que el comu- nismo vietnamita posiblemente seré titista, en el senti- do de que pugnara por la independencia del dominio chino. Por tanto, rechazan la argumentacién de que 28. World Communism (1939; reimpresién, Ann Arbor, Uni- versity of Michigan, 1962), p. 24. 119 al atacar al comunismo vietnamita en cierto modo es- tamos “conteniendo al comunismo chino”, argumenta- cién implicita, por ejemplo, en la declaracién del “Co- mité de Ciudadanos por la Paz en la Libertad en Vietnam”, en el que Ithiel Pool, Milton Sacks y otros, hablando a “los hombres y mujeres inteligentes, inde- pendientes y responsables, que se han opuesto de ma- nera coherente a que recompensemos a los agresores internacionales, desde Adolf Hitler hasta Mao Tse- tung”, advierten que si “abandonamos Vietnam”, en- tonces “Pekin y Hanoi, engrefdos por el éxito, continua- ran su politica expansionista por medio de otras muchas ‘guerras de liberacién’.” Al tergiversar la refe- rencia a las tendencias titistas, Pool evita la dificultad de explicar de qué manera un Vietnam del Norte anti- chino est4 sirviendo de agente de agresién hitleriano de Pekin; al aludir al “debate publico de profanos” es- pera, creo, disfrazar la endeblez del razonamiento re- curriendo al saber de los expertos. Volviendo nuevamente al simposio sobre Vietnam del Asian Survey, la aportacién mas notable es segura- mente la discusibn de Edward Mitchell de su estudio para la Rand Corporation sobre “el significado de la posesién de Ia tierra en la rebelién vietnamita”. En un estudio de veintiséis provincias, Mitchell ha descubierto una importante correlacién entre “la desigualdad en la posesién de tierras” y “la medida del control guberna- mental [léase norteamericano]”. En pocas palabras: “mayor desigualdad implica mayor control”. “Las pro- vincias parecen ser mas seguras cuando el porcentaje de tierra que es propiedad de quien la trabaja es bajo (y el arrendamiento es elevado); la desigualdad en la distribucién de las haciendas segtin sus dimensiones es amplia; hay grandes haciendas, que antes eran propie- dad de los franceses, y donde no ha tenido lugar redistri- 120 bueién alguna de la tierra”. Para explicar este fend- meno, Mitchell recurre a la historia y a la psicologia del comportamiento. Como sefiala, “en cierto mimero de casos histéricos, ha sido el campesino acomodado quien se ha rebelado, mientras que sus hermanos po- bres apoyaban activamente el orden existente 0 lo acep- taban pasivamente”. La “explicacién conductista” reside “en Ja relativa docilidad de los campesinos mds po- bres y en la firme autoridad de los terratenientes en las zonas mas ‘feudales’,.. el terrateniente puede ejercitar una influencia considerable sobre el comportamiento de su arrendatario y desalentar facilmente un comporta- miento incompatible con sus propios intereses”. En una entrevista con el New York Times (del 15 de octubre), Mitchell afiade una explicacién adicional del hecho de que muchas zonas seguras son las que siguen siendo “de estructura social esencialmente feudal”: cuando se elimina la estructura feudal, “se produce un vacio que resulta ideal para el Vietcong porque tiene una organizacién para llenarlo”. Esta observacién apun- ta una dificultad que siempre ha azotado a los estuer- zos norteamericanos. Como sefiala Joseph Buttinger, el régimen de Diem fue también incapaz de experimen- tar con las “organizaciones constituidas libremente” porque “se habria hecho con ellas el Vietminh”.?° E] informativo estudio de Mitchell apoya un modo de ver la lucha contra los insurrectos que ha expresado 29. Op. cit., vol. 2, p. 856. Como explica Buttinger, “Las elecciones locales habrian proporeionado al Vietminh el control de Ja mayoria de las comunidades rurales. El Vietminh no solamente era popular y tenia el control efectivo de grandes regiones, sino que era el Ginico grupo que tenia gente con capacidad organizativa para explotar cualquier posibilidad de autoexpresién demoeratica que permitiera el régimen”. Afiade que “el FNL fue verdadera- mente el hijo del Vietminh”, y habla del “parecido, 0, mejor, la casi identidad entre el Vietminh y el FNL”. 121 Roger Hilsman, el cual explica que en su opinién la modernizacién “no puede contribuir gran cosa al pro- grama contraguerrillero” porque “desarraiga inevita- blemente los sistemas sociales establecidos [y] produce roturas y tensiones politicas y econdmicas’. Consi- guientemente, opina que Ja popularidad de los gobier- nos, la reforma y la modernizaci6n pueden ser “ingre- dientes importantes”, pero que su papel en la lucha contra los rebeldes “debe ser calibrado preferiblemente en funcién de su contribucién a la seguridad fisica”2* Antes de abandonar este simposio sobre la ciencia social y el Vietnam, deberiamos tomar nota del dis- tanciamiento de los estudiosos que permite no hacer comentarios seguros 0 no extraer conclusiones ciertas. John Bennett, por ejemplo, discute la importante mate- tia de la “movilidad geogrdfica y del empleo”: “Bajo el impulso doble de la mejora de las oportunidades en todas partes y el empeoramiento de la seguridad in- terna, la gente est4 dispuesta a moverse en una me- dida hasta ahora increfble”. No hay mas comentarios sobre esta “disposicién”, que ofrece unas posibilidades nuevas tan interesantes de reestructuracién de la socie- dad vietnamita. John Donnell discute los éxitos poco corrientes de la pacificacién en la provincia de Binh Dinh, particularmente en las zonas controladas por los coreanos, los cuales “han tendido a dirigir su propio escenario con sus propios métodos y a veces no han dejado a los equipos de desarrollo revolucionario en- viados desde Saigén todo el campo libre deseado”, y ue se han mostrado “extremadamente eficaces en la eliminacién de la influencia del FNL”. Una vez més, no se hace comentario alguno sobre estos métodos, de los 30. Roger Hilsman, “Internal War: The New Communist Tactic”, in Franklin Mark Osanka, ed., Modern Guerrilla atid (New York, The Free Press, 1962), p. 460. 122 que Ja prensa informa ampliamente,™! ni tampoco so- bre el significado del hecho de que los coreanos elimi- nen la influencia del FNL de las aldeas vietnamitas y que no dejen a los cuadros del gobierno vietnamita el campo libre deseado. Mitchell no Iega a conclusiones politicas en su es- tudio, pero otros se han ocupado de ello: recuérdense las observaciones de los estudiosos moderados sobre los peligros de la reforma social. Otros estudiosos han Ile- vado el andlisis mucho més lejos. Por ejemplo, Charles Wolf, antiguo economista de la Rand Corporation, 31. Alastair Buchan, director del Instituto de Estudios Estra- tégicos de Londres, describe a los sudcoreanos como “una orga- nizacion asidtica de ‘garrotazo y tente tieso” (“Questions about Viet- nam”, Encounter, vol. 30 [enero de 1968], pp. 3-12). Para las razones del notable éxito de la pacificacién en la pro- vineia de Binh Dinh, vid. Bernard Fall, Last Reflections on a War (Garden City, N-Y., Doubleday & Company, Inc., 1967), p. 159. Se trata de una de “las zonas en las que las operaciones de multi- divisién americano-coreanas han aplastado literalmente la oposi- cién”, con “amplias operaciones de busca y destruccién” y con- tinuado “control militar hermético”, o asi lo parecia, hasta finales de 1967, que terminéd en febrero de 1968 cuando salt6 la tapadera. Un reportaje sobre la provincia de Binh Dinh, la provincia “mode- lo” de la pacificacién, en el New York Times del 20 de febrero, nos cuenta la historia, “Los movimientos del enemigo en diciembre —a los que varios militares calificaron de ‘ablandamiento’ para la ofensiva — tuvieron por consecuencia una oleada de ataques aéreos aliados sobre las aldeas. Centenares de hogares fueron destruidos”; se trata de la tipica respuesta norteamericana. Un funcionario nor- teamericano informa: “Lo que hacia el Vietcong era ocupar las aldeas que hab{amos pacificado precisamente con el objetivo de que los aliados avanzaran sobre ellas y las bombardearan. Por su presencia, las aldeas fueron destruidas”. No hay duda de que nuestros especialistas en guerra psicolégica les explican ahora a los vietnamitas, que parecen tener alguna dificultad para comprender estas sutilezas, que la destruccién de las aldeas es culpa del Viet- cong, En todo easo, continia el informe, “todo el programa de 1968 para la provincia se ha hecho pedazos” y “ahora ha tenido que retroceder 14 0 18 meses”, esto es, ha habido que volver a la época inicial de saturacién con tropas norteamericanas y co- reanas. “Todo se ha ido al sumidero”, decia un melancélico fun- cionario americano. 123 discute la cuestién en un libro reciente? Wolf exa- mina dos “modelos teéricos” para el andlisis de les pro- blemas de la rebelién. El primero es el punto de vista de la escuela contraguerrillera que propugna ganar- se los espiritus y los corazones, que destaca la impor- tancia del apoyo popular. Wolf concede que, indudable- mente, conquistar “el apoyo popular para un gobierno que combate un movimiento insurgente” es “un ob- jetivo deseable”, pero afirma que este objetivo no es apropiado “como modelo conceptual para los progra- mas contraguerrilleros”. E] punto de vista que contra- ie al anterior tiene como “tema unificador” la idea e “influir en la conducta mds que en las actitudes”. Asi, “la confiscacién de viveres, la demolicién de casas o la destruccién de aldeas ocupan un lugar en los esfuerzos contraguerrilleros, pero sdlo si se hacen por una ra- zon poderosa: simplemente, sancionar a quienes han ayudado a los insurgentes... siempre que las fuerzas del gobierno acttian con severidad [es preciso que] esa severidad aparezca inequivocamente como impuesta de- liberadamente en razén de la conducta de Ja poblacién ae contribuye al movimiento insurgente”. Ademés, ebe advertirse que “las politicas que aumenten la ganancia de los campesinos al elevar el precio de los oducts alimenticios, 0 los proyectos para el aumento le la productividad agricola mediante la distribucién de fertilizantes o la ganaderfa pueden ser de un valor negativo durante una rebelién..., puesto que en reali- dad peer facilitar las operaciones de las guerri- las al aumentar la disponibilidad de provisiones que éstas necesitan”. Mas en general; “Al establecer pro- gramas de mejora econémica y social, la cuestién fun- damental consiste en relacionar estos programas con 32. United States Policy and the Third World (Boston, Little, Brown and Company, 1967), cap. 3. 124 el tipo de conducta de la poblacién que el gobierno desea promover”. El principio consiste en recompensar a las aldeas que colaboran y en imponer sanciones para la conducta que el gobierno est tratando de de- salentar. “A un nivel conceptual amplio, la ae preocupacién de los esfuerzos contra la rebelién de- beria ser influir sobre la conducta de la poblacién mas que sobre su fidelidad y sobre sus actitudes”; “la pri- mera consideracién deberia ser si la medida propuesta puede aumentar el coste y las dificultades de las ope- raciones de los rebeldes y contribuir a dislocar su or- ganizacién, en vez de si se atrae con ella la fidelidad y el apoyo popular o si contribuye a un empleo de los recursos mAs productivo, eficaz 0 equitativo”. Otros estudiosos han elaborado mas las ventajas del “punto de vista alternativo” de Wolf, que se preocupa del control de la conducta mds que de la mistica del apoyo popular. Por ejemplo, Morton H. Halperin, del Centro de Asuntos Internacionales de Harvard, escribe que en Vietnam los Estados Unidos “han logrado im- pedir las victorias a gran escala del Vietcong, a despe- cho de los sentimientos del pueblo”. Tenemos asi una demostracién empirica de un principio seguro de la ciencia del comportamiento, como sefiala Halperin: Los acontecimientos de Vietnam también ilustran el hecho de que mucha gente tiende a ser movida no por Iama- mientos abstractos sino m4s bien por su comprension de la linea de conducta que contribuira mas facilmente a su pro- pia seguridad personal y a la satisfaccién de sus deseos eco- némicos, sociales y psicolégicos. Asi, por ejemplo, los bom- bardeos norteamericanos a gran escala en Vietnam del Sur pueden haber suscitado la hostilidad de gran numero de per- sonas, pero al mismo tiempo les han demostrado que el Vietcong no puede garantizar su seguridad como habia po- dido hacerlo antes de los bombardeos, y que la creencia en 125 una inminente victoria del Vietcong puede resultar ser peli- grosamente falsa.33 En suma, que ademas de la “confiscacién de viveres, la demolicién de casas o la destruccién de aldeas”, tam- bién podemos hacer uso eficazmente de 100 libras de explosivos por persona, 12 toneladas por milla cuadra- da, como en Vietnam, como técnica para controlar la conducta, confiando en el principio, confirmado ahora de una vez ee siempre por la experimentacién, de tue la satisfaccidn de los deseos es una motivacién le la conducta humana més importante que los lama- mientos abstractos a la fidelidad. Sin duda se trata de un parecer extremadamente sano. Seria absurdo, por ejemplo, tratar de controlar la conducta de un ratén intentando ganarse su fidelidad en vez de tomar medidas de fuerza. Una ventaja adicional de este punto de vista nue- vo y més cientifico es que “modificar4 las actitudes con que se consideran los esfuerzos contrainsurreccionales en los Estados Unidos” ®* (cuando se trata de los Es- tados Unidos, naturalmente, nos ocupamos de per- sonas de Jas cuales hay que tener en cuenta no sola- mente la conducta, sino Jas actitudes). Nos ayudard a superar uno de los principales defectos del caracter nor- teamericano, la “reaccidn emocional” que nos Ileva a ponernos del lado de los “cruzados del hombre corrien- te” y en contra del “tirano despiadado y explotador” (“sin discutir que puede haber tanto ealided como apariencia en este modelo”). Este sentimentalismo “se interfiere frecuentemente con una valoracién realista de las alternativas, y nos inclina a una rectitud capciosa en 33. Morton H. Halperin, Contemporary Military Strategy (Bos- ton, Little, Brown and Company, 1967), pp. 141-2. Estoy el dead con Herbert P. Bix por llamarme la ateneién sobre esta aportacién a las ciencias sociales. 34, Wolf, op. cit., p. 69, 126 nuestras relaciones con el asediado gobierno al que estamos apoyando ostensiblemente”; podemos superarlo concentréndonos en el control de la conducta y no en Ja modificacién de las actitudes o en la conquista de los espiritus y de los corazones. De ahi que Ja nueva ma- nera de ver la lucha contraguerrillera no solamente debe ser eficaz en la ampliacién del control de los go- biernos aprobados por los americanos, sino que tam- bién puede tener una influencia beneficiosa sobre no- sotros, Acaso de este modo escaparemos a los limites de nuestra “cultura culpable en la que hay una tra- dicién de fe en Ja igualdad”. Es extraordinariamente importante, alegaria Wolf, que desarrollemos una comprensién racional de la rebe- lién, pues “la rebelién es probablemente el tipo mas facil de amenaza politico-militar en el Tercer Mundo, y seguramente uno de los problemas més complicados y desafiadores con que se enfrentan la politica y los programas de los Estados Unidos”. El objetivo princi- pal de la politica exterior norteamericana en el Tercer Mundo debe ser “la negacién del control comunista”, y, especificamente, el 0 a los paises que defienden su “independencia de la dominacién comunista_ exterior ¢ interior”. Este ultimo problema, Ja defensa de la inde- pendencia frente a la dominacién comunista interior, es el problema capital, particularmente en América latina. Debemos contrarrestar la amenaza fomentando el desa- rrollo econémico y la modernizacién (asegurandonos, sin embargo, de evitar los riesgos inherentes a este pro- ceso; cf. Mitchell), junto con “un empleo responsable de la fuerza”. No se plantea la cuestién de la adecuacién del empleo de la dice por nuestra parte en un pais amenazado por la rebelién. La justificacién, si se plan- tea la cuestidn, es inherente al supuesto de que vivi- mos “en un mundo en que la pérdida de la independen- cia nacional es frecuentemente sinénima del control co- 127 munista, y el comunismo se considera implicitamente irreversible”. Asi, siguiendo la légica de Orwell, en rea- lidad estamos defendiendo la independencia nacional cuando intervenimos con la fuerza militar para prote- ger a una élite dominante de la rebelién interior.** Tal vez el aspecto més interesante del trabajo de es- tudiosos como éstos es el modo en que la retérica de la ciencia del comportamiento se emplea para prestar una vaga aureola de respetabilidad. Se puede construir al- guna serie de asociaciones como ésta. La ciencia, tal como la conoce todo el mundo, es responsable, mode- rada, no sentimental, y, de cualquier modo, buena. La ciencia del comportamiento nos dice que podemos preocuparnos sdlo de la conducta y del control de la conducta; ® y es responsable, moderado, no sentimental 35, No viene a cuento una discusién amplia del concepto de Wolf de los problemas internacionales o de sus estudios em- piricos. Por dar unos cuantos ejemplos, da por sentado sin mis que la disposicién de Vietnam del Norte a “hacer pedazos el régimen” del Sur estuvo motivada en parte por “las acentuadas mejoras econémicas y sociales conseguidas por el régimen de Diem entre 1955 y 1960, tremendas por comparacién al estancamiento econémico de Vietnam del Norte” (para los hechos, en vez de la fantasia, sobre el desarrollo comparado, vid. Buttinger, op, cit., vol. 2, pp. 928, 966 y ss.); y también que “el moderado éxito del desarrollo” de la India era parte de la motivacién que habia por debajo de “las acciones agresivas de China en octubre de 1962”. Vid. también la nota 36. En lo que respecta a la solidez de los estudios empiricos de Wolf, tal vez sea suficiente sefialar que su resultado més significativo, la correlacién entre el nivel superior de producto nacional bruto y el nivel superior de demo- eracia politica en América Latina se desprende principalmente de la conelusién (basada en datos de 1950 a 1960) de que el Brasil y la Argentina (junto con México y Chile) figuran en la parte superior de la escala de democracia politica (cf. p. 124). El tono iebaeatio general queda ilustrado, por ejemplo, por una referencia solemne a un experto, el cual explica que para determinar el “valor militar total” de un conjunto de alternativas no basta sumar los valores separados; también hay que tener en cuenta el cdlculo de probabilidades. 36. “Pera en todes los casos la consideracién primaria deberia ser si la tnedida propuesta puede incrementar el coste y las difi- cultades de las operaciones insurgentes y contribuir a trastornar 128 y de cualquier modo bueno controlar la conducta por medio de premios y castigos adecuadamente aplicados. La preocupacién por las simpatias y las actitudes es emocional y acientifica, Como hombres racionales, cre- yentes en la ética cientifica, deberfamos preocupar- nos de manipular la conducta en una direccién de- su organizacién, y no si consigue la fidelidad y el apoyo popular, o si contribuye a una utilizacién de los recursos m4s productiva, eficaz o equitativa” (Wolf, op. cit., p. 69). Debemos comprender que “es posible Wevar a la prdctica programas contraguerrille- ros que tengan éxito entre una poblacién rural pasiva o incluso hostil, y no ya leal al gobierno”. Wolf cita como prueba su creen- cia de que “el crecimiento del Vietcong y del Pathet Lao proba- blemente se ha producido a pesar de la oposicién de una gran mayoria del Seba: tanto en Vietnam como en Laos” (ibid., p. 48). Si ellos pueden hacerlo, nosotros también, En contraste con esto, Robert Scigliano (del grupo asesor para Vietnam de la Universidad del Estado de Michigan) informaba que “utilizando Ja estimacién de los funcionarios norteamericanos en Saigon a finales de 1962, aproximadamente la mitad de los sud- vietnamitas apoyan al FNL” (South Vietnam: Nation Under Stress [Boston, Houghton Mifflin Company, 1963], p. 145). Arthur Dom- men informa (Conflict in Laos: The Politics of Neutralization [New York, Frederick A. Praeger, Inc., 1964] que “el Pathet Lao no necesita de la propaganda para volver a la poblacién rural contra la gente de las ciudades” (p. 107). Tome nota de esto la Misién Americana, con su prodiga ayuda (de la cual se gasta en la agricultura del 0,5 al 1%, cuando ese sector comprende al 96% de la poblacién) que conduce a una corrupcién inmensa, a la proliferacién de lujosas villas y de enormes automéviles en medio de una estridente miseria, y con su constante subversién, primero en apoyo del “neutralista pro-occidental” Phoui Sanani- kone y Iuego del dictador militar Fumi Nosavan. Como sefiala Roger Hilsman, la yerdadera “amenaza” del Pathet Lao era “la expansién del control politico basado en Ja conquista del apoyo cammpesing en las aldeas” (To Move a Nation [Garden City, N.Y., Doubleday & Company, Inc., 1967], p. 112). La falta de apoyo para el Pathet Lao quedé ampliamente demostrada en las elec- ciones de 1958, cuando triunfaron 9 de sus 13 candidatos y Sufanu- vong, la principal figura del Pathet Lao, obtuvo mds votos que cualquier otro candidato del pais. Esta victoria electoral fue lo que suscité los intentos de subversién norteamericanos. Como dice Dommen, “wna vez més los Estados Unidos prestaron su apoyo a los elementos mAs feudales de la sociedad”. Para Charles Wolf, todo esto demuestra que la contraguerrilla, al igual que la guerrilla, puede tener éxito sin necesidad de precev- parse por el apoyo y la participacién popular. 129 9. — CHomsEY seable, y no dejarnos engafiar por ideas misticas so- bre la libertad, las necesidades individuales o la volun- tad popular, Permitaseme aclarar que no estoy criticando las ciencias del comportamiento porque se presten a se- mejante perversién. Me parece que la “induccién del comportamiento” carece de valor por otras razones: confunde seriamente el método de Ja ciencia e impone limitaciones metodoldgicas carentes de sentido al es- tudio del hombre y de la sociedad, pero todo esto es otra cuestién. Sin embargo, se puede preguntar en qué medida la popularidad de este punto de vista se basa en sus éxitos A eanosteadis, y en qué medida se basa su atractivo en la facilidad con que puede ser remodela- do como una nueva ideologia coercitiva con un l4n- guido tono cientifico (de pasada, creo que vale la pena decir que las mismas cuestiones pueden ser plantea- das fuera de la esfera de la politica, especificamente en relacién con la educacién y la terapéutica). El supuesto de que el poder colonial es benevo- lente y Ileva en su corazén los intereses de los na- tivos és tan antiguo como el propio imperialismo. Asi, el liberal Herman Merivale, dando una conferencia en Oxford en 1840, ensalzaba “la politica britanica de ilus- tracién colonial”, “en contraste con la de nuestros ante- cesores”, “que se preocupaban poco del gobierno inter- no de sus colonias y las mantenian sometidas para ob- tener de ellas unas supuestas ventajas comerciales”, mientras que nosotros “les concedemos ventajas comer- ciales y nos imponemos impuestos a nosotros mismos para beneficio suyo, para darles un interés por el que permanecer bajo nuestra supremacia, para que poda- mos tener el placer de gobernarlas”.** Y nuestro propio 37. Citado en Clairmonte, op cit., p, 92. Los antecesores de que habla Merivale son les que aplastaron la industria textil india 130 John Hay, en 1898, destacaba “un compafierismo en la beneficencia” que llevaria la libertad y la civilizacién a Cuba, Hawai y las Filipinas, de la misma manera que la pax britannica habia levado esos beneficios a Ja In- dia, Egipto y Sudafrica.** Pero aunque la benevolencia del imperialismo es un sonsonete familiar, la idea de que la benevolencia es irrelevante, una consideracién impropia y sentimental, es algo nuevo en la retérica imperialista, una aportacién del tipo que se podria esperar de “los nuevos mandarines”, cuya pretensién de poder se basa en el saber y en la técnica. Dando un paso mas, advirtamos lo infecta que re- sulta toda la discusién de la “estructura conceptual” de la contraguerrilla. La idea de que hemos de optar entre el método de “conquistar los espiritus y los cora- zones” y el de modelar la conducta presume que tene- mos el derecho de elegir. Y esto es atribuimos un de- echo que sin duda no concederiamos a ninguna otra potencia del mundo, Sin embargo, la abrumadora mayo- ria de los estudiosos norteamericanos nos lo concede. Por ejemplo, William Henderson, antiguo director eje- cutivo adjunto y especialista para asuntos de Extremo Oriente del Council on Foreign Relations, propone que mediante embargos y tarifas arancelarias que eran muy necesarias. “De no haber sido asi, los telares de Paisley y Manchester se hubieran detenido desde el comienzo, y dificilmente se hubiera Podido ponerlos nueyamente en movimiento, ni siquiera con la energia del vapor. Fueron creados por el sacrificio de los manu- factureros indios’” (Horace Wilson, 1826, citado por Clairmonte, p. 87). He aqui un ejemplo clasico de creacién de desarrollo por medio del imperialismo. Para un estudio detallado de este proceso, vid. André Gunder Frank, Capitalism and Underdevelopment in Latin America (New York, Monthly Review Press, 1967). 38. Vid. Robert E. Osgood, Ideals and Self-Interest in Ame- tica’s Foreign Relations (Chicago, University of Chicago Press, 1953), pp. 72-73. 131 debemos “continuar una diplomacia constructiva, ma- nipuladora” para enfrentarnos a la “subversién interna, particularmente en la forma de guerra de guerrillas o insurreccién instigada por los comunistas”; se trata, como dice, de “agresién interna”, segin la terminologia al uso3® Nuestras “tareas histéricas”, proclama, con- sisten “nada menos que en ayudar con toda nuestra voluntad y constructivamente al proceso de construir una nacién moderna en el Sudeste de Asia, en desviar el curso de una revolucién fundamental hacia canales compatibles con los intereses a largo plazo de los Es- tados Unidos”. Se entiende que la verdadera “construc- cién nacional” es Ja que sigue un camino de desarrollo compatible con nuestros intereses; de ahi que no haya dificultad alguna para proseguir esas tareas histdricas de comin acuerdo. Hay, sin embargo, dos obstdculos reales en el camino de Ja diplomacia manipuladora requerida, El primero consiste en “una gran barrera psicolégica”. Debemos aprender a abandonar el “anti- guo dogma” y a proseguir una “diplomacia nueva”, “francamente intervencionista”, reconociendo que “eso va en contra de todas las convenciones tradicionales del uso diplomatico”. Algunos se preguntardn si “tene- mos moralmente derecho a intervenir en los asuntos propiamente auténomos de los demas”, pero Henderson cree que la amenaza comunista justifica plenamente esta interferencia y nos urge a estar dispuestos a “em- plear nuestras ‘fuerzas especiales’ cuando suene la 39. “Some Reflections on U.S. Policy in Southeast Asia”, en William Henderson, ed., Southeast Asia: Problems of United States Policy (Cambridge, Mass., The MI.T. Press, 1963), pp. 249-63. Esta serie de ensayos fue publicada con el apoyo de la Asia Society debido a “la calidad cientifica de los estudios y a su esclarecedora contribucién a la formacién de la politica de los Estados Unidos en esa zona”. 132 préxima llamada”, sin vacilaciones ni escrtipulos mora- les. La segunda barrera es que “nuestros conocimientos son lamentablemente inadecuados”. Consiguientemen- te, hace un Ilamamiento a la comunidad académica, que lo seguira muy complacientemente, para que pro- porcione “el cuerpo de saber técnico y las generaciones de especialistas”, los conocimientos, los técnicos y los maestros, que nos permitan Nevar adelante mas eficaz- mente esa “diplomacia ingeniosa”. Volviendo a la tendencia liberal, nos encontramos con que Roger Hilsman lanza un mensaje parecido en su estudio sobre la diplomacia de la administracion Kennedy, To Move @ Nation. Nos informa de que el problema que ocasioné més divisiones entre los “libe- rales pragmdticos y obstinados” del equipo de Ken- nedy fue cémo debian enfrentarse los Estados Unidos al problema de “la guerra de guerrillas modernas, tal como la practican les comunistas”. El problema esta en que se trata de una “guerra interna, de una agresién ambigua que evita realizar un ataque directo y abierto violando las fronteras internacionales” (la cursiva es suya). Aparentemente, los liberales pragmiaticos y obs- tinados ni siquiera se dividieron en torno a la cuestién de nuestro derecho a violar las fronteras internaciona- les al reaccionar contra semejante “guerra interna”. Como un primer ejemplo del “tipo de anilisis critico, cientifico” que el nuevo departamento de Estado, revi- talizado y liberal, esté tratando de fomentar, Hilsman cita un estudio encaminado a mostrar cémo los Esta- dos Unidos podian haber actuado mas eficazmente para derribar el gobierno de Mossadek en Iran. Allen Dulles estuvo “fundamentalmente en lo cierto”, segin Hils- man, al estimar que Mossadek habia llegado al poder en Irén (al igual que Arbenz en Guatemala), sin duda por medio “de los procedimientos habituales de gobier- 133 no”, con “la intencién de crear un Estado comunista”, formulacién bastante sorprendente por parte del jefe del servicio de espionaje del departamento de Estado; y Dulles estaba fundamentalmente en lo cierto al urgir que se prestara ayuda desde los Estados Unidos “a los elementos anticomunistas leales” de Iran y de Gua- temala para hacer frente al peligro, incluso aunque “no existiera una invitacién del gobierno que se hallaba en el poder”, obviamente. Hilsman expresa brevemente la opinién liberal al trazar Ja distincién entre la subver- sién en Iran y el desatinado intento de la bahia de Cochinos: “Una cosa es ayudar a los partidarios del Sha en Iran en su lucha contra Mossadek y sus alia- dos comunistas, y otra algo diferente patrocinar la invasi6n de un millar de hombres contra Castro en Cuba, donde no existia una oposicién interna efectiva”. Lo primero fue admirable; Io segundo, condenado al fracaso, era “algo diferente” desde el punto de vista del liberalismo pragmatico. En Vietnam, el intervencionismo liberal no fue di- rigido adecuadamente y la situacién se le escapé de las manos. Podemos aprender mas sobre la naturaleza de esta vision de los problemas internacionales estu- diando un ejemplo que haya tenido més éxito. Thai- landia es un caso adecuads, y la obra cuidadosa y llena de informaciones valiosas de Frank C. Darling, un liberal del equipo de Kennedy que fue analista de la CIA para el Sudeste asidtico y que es ahora jefe del departamento de ciencia politica de la DePauw Uni- versity, nos proporciona una perspectiva util de la ideo- logia liberal americana.4° Los hechos relevantes para esta discusién, tal como los sefiala Darling, son, brevemente, los siguientes. Al 40, Thailand and the United States (Washington, Public Af fairs Press, 1965). 134 final de la segunda guerra mundial el antiguo minis- tro britanico, sir Josiah Crosby, advertia que de no reducirse el poder de las fuerzas armadas tailandesas, “quedaria condenado al fracaso el establecimiento de un gobierno constitucional y seria inevitable el retorno de una dictadura militar”. La politica norteamericana en el periodo de posguerra consistié en apoyar y reforzar a las fuerzas armadas y a la policia, y la prediccién de Crosby quedé confirmada. En el periodo inmediatamente posterior a la guerra se dieron pequefios pasos hacia el gobierno constitu- cional. Sin embargo, una serie de golpes militares Ile- varon a Phibun Songkhram, que durante la guerra ha- bia colaborado con los japoneses, al cargo de primer ministro en 1948, dando al traste con esos esfuerzos ini- ciales. La reaccién norteamericana ante los gobiernos liberales habia sido equivoca y “contemporizadora”. Phibun, en cambio, fue reconocido inmediatamente por los Estados Unidos. ¢Por qué? “En esta zona cada vez mas turbulenta, Thailandia era Ja unica nacién que no tenia una insurreccién comunista dentro de sus fronteras y el imico pais que permanecia relativamente tranquilo y estable. Cuando los Estados Unidos toma- ron en consideracién medidas para contener la agresién comunista en el Sudeste asidtico, la existencia en Thai- landia de un régimen conservador y anticomunista se hizo cada vez ms atractiva, independientemente de su politica interior o de los métodos para conseguir el poder”. Phibun era el hombre adecuado. En agosto de 1949 “declaré que Ja presién extranjera se habia con- vertido en algo ‘alarmante’ y que la actividad comunis- ta interior habia ‘aumentado vigorosamente’.” En 1950, Truman aprobdé un crédito de diez millones de délares para ayuda militar, Sear Los nuevos gobernantes utilizaron la importante ayuda militar norteamericana para convertir el sistema politico en “una forma de autoritarismo mds poderosa y despiadada”, y para crear un amplio sistema de co- rrupcién, nepotismo y lucro que contribuia a conservar la fidelidad de sus seguidores. Al mismo tiempo, “las compafiias norteamericanas llegaron alli comprando grandes cantidades de caucho y estafio... los barcos cargados de materias primas iban ahora directamente a los Estados Unidos en vez de pasar por Hong Kong y Singapur”.‘! Hacia 1958, “los Estados Unidos compra- ban el 90 por ciento del caucho de Thailandia y gran parte del estafio”. Las inversiones norteamericanas, sin embargo, seguian siendo bajas, debido tanto a la inestabilidad politica como a “los problemas ocasiona- dos por la planificacién econémica y por una propie- dad piblica muy extendida”. Para mejorar la situacién, la dictadura de Sarit (vid. infra) introdujo exenciones arancelarias y dio garantias frente a la nacionalizacién i. la competencia por parte de las empresas comercia- les propiedad del gobierno, y, finalmente, prohibid el comercio con China y abolié todos los monopolios, gu- bernamentales o privados, “en un intento de atraer el capital privado extranjero”. La influencia norteamericana presté “apoyo moral y material” a la dictadura de Phibun y “desalenté la oposicién politica”. Reforzé el poder ejecutivo e “incité a los jefes militares a adoptar medidas todavia mas se- veras para eliminar la oposicién local, utilizando la ex- cusa de que toda la actividad contraria al gobierno es- 41. El Banco de América inserté6 un anuncio a toda plana en la edicién del 4 de julio de 1951 del Bangkok Post saludando al reino de Thailandia con las palabras siguientes: “Tanto en Thai- Jandia como en América la democracia ha ido de la mano con la soberania nacionl. Hoy ambas naciones marchan a la cabeza de los esfuerzos mundiales por fomentar y defender el modo de vida democr&tico” [democratic way of life]. 136 tee taba inspirada por los comunistas”, En 1954, Pridi Phanomyong, un intelectual liberal que habia desem- pefiado un importante papel en la caida de la monar- quia absoluta en 1932, que habfa dirigido la resistencia clandestina durante la guerra y que habia sido elegido en 1946 cuando la democracia thai alcanzé “su punto culminante”, aparecié en Ja China comunista; los Es- tados Unidos éstaban apoyando a Phibun “que habia sido un aliado de los japoneses, mientras que Pridi, que habia combatido valerosamente a nuestro lado, es- taba en Pekin colaborando con los comunistas chinos”. Esto constituia una “ironfa”. Es diffeil imaginar qué clase de desarrollo hacia un sistema constitucional y Lee ee podria haber tenido lugar de no ser por Ja subversién apoyada por los americanos. Los liberales, en todo caso, eran ex- tremadamente débiles, en particular a causa de la do- minacién de la economia por parte de las empresas occidentales y chinas vinculadas con Ja corrompida bu- rocracia gubernamental. El grupo del golpe de Estado que habia derribado al gobierno “estaba formado casi enteramente por plebeyos, muchos de los cuales pro- cedian del campesinado o de familias pertenecientes a los estratos inferiores del ejército y la burocracia”, que ahora deseaban su parte en la corrupcién y en el con- trol autoritario. Los “demécratas” de la oposicién eran, en su mayoria, “miembros de la familia real o terrate- nientes conservadores que deseaban defender su paj el en el gobierno y su fortuna personal”. Fueran cuales fuesen las posibilidades que podrian haber existido para el aueaealls de una sociedad mas equitativa, desapa- recieron cuando la presencia norteamericana se hizo dominante. Seguramente cualquier reformador liberal thai podia ser consciente de ello hacia 1950, con la oleada de golpes de Estado, la burla de las elecciones, la tortura y ep asesinato de dirigentes de la resistencia 137 antijaponesa del Thai Libre, y la toma por los militares del sistema politico y de buena parte del sistema co- mercial; los reformadores liberales podian ser conscien- tes de ello particularmente al oir las palabras del em- bajador norteamericano, Stanton, al firmar el nuevo acuerdo de ayuda: “El pueblo americano apoya ple- namente este programa de ayuda a Thailandia por su profundo interés por el pueblo thai, cuya devocién por los ideales de la libertad y la independencia y su apoyo de tedo corazén a las Naciones Unidas le han granjeado la admiracién del pueblo norteamericano”. “Una tendencia notable de este periodo fue la cre- ciente intimidad entre los dirigentes militares thai y los altos mandos militares de los Estados Unidos”, que les ayudaron a conseguir “ayuda extranjera a gran es- cala, que reforzaba asi su poder politico”, El jefe de la misién militar norteamericana, el coronel Charles Sheldon, sefialé que Thailandia estaba “amenazada por la agresién armada de gentes que no creen en Ja demo- cracia, que no creen en la libertad ni en la dignidad del individuo, a diferencia del pueblo de Thailandia y del de mi pafs”. Adlai Stevenson, en 1953, advertia a los dirigentes thai que “su pais era el verdadero obje- tivo del Vietminh”, y expresaba su esperanza de que “apreciarian plenamente esta amenaza”. Entretanto, la ayuda de los Estados Unidos habia construido un poderoso ejército y proporcionado tanques, artilleria y coches blindados ‘a la policia, habia construido una fuerza aérea y suministrado buques de patrulla naval y una escuela de entrenamiento de paracaidistas. La po- licia Ilegé a una de las proporciones més altas del mun- do con relacién al némero de ciudadanos: un Policia por cada 400 individuos, aproximadamente. Mientras tanto, el jefe de Ja policia se apoyaba en “su monopolio del comercio del opio y en sus extendidas empresas comerciales para conseguir los fondos que necesitaba 138 ara construir su aparato politico personal”, mientras que el jefe del ejército “obtenia grandes beneficios de la loteria nacional”. : Posteriomente se descubrié que el jefe de Ja policia habia perpetrado atrocidades indescriptibles; “la exten- sién de las torturas y los asesinatos cometidos por el antiguo jefe de la policia probablemente nunca sera conocida”. Lo que se conoce es lo que quedé al descu- birto después de que Sarit, el jefe del ejército, tomara el poder con un nuevo golpe de Estado en 1957. Sarit “subrayé la necesidad de mantener un gobierno estable y de intensificar la eliminacién de los comunistas loca- les para garantizar la continuacién de Ja confianza y la ayuda norteamericanas”. Los americanos, naturalmente, fueron complacidos, y la reaccién oficial fue muy favo- rable. Cuando Sarit murié en 1963 se descubrié que su fortuna personal alcanzaba los 137 millones de déla- res. Tanto Darling como Roger Hilsman lo consideran un dictador “benevolente”, tal vez porque compren- dié que el comunismo no podia ser contenido sola- mente por medio de detenciones en masa, pelotones de ej pencil o amenazas de castigo brutal, y lanz6 un pro- grama de desarrollo para las regiones del nordeste”, junto con otras varias reformas Suaves, aunque sin abandonar las antiguas maa sin embargo, pues advertia que podian “inculcar a los americanos la nece- sidad de proporcionar mAs ayuda militar y econémica para impedir Ja subversién ‘comunista”. Impuso tam- bién una rigida censura, abolié las organizaciones co- merciales y los sindicatos, y castigé a los sospechosos de “comunismo” sin piedad, ademas, como se ha sefia- lado anteriormente, adopt6 diversas medidas para atraer las inversiones extranjeras. Hacia 1960, “el doce por ciento de la ayuda exte- rior norteamericana a Thailandia desde el comienzo de la guerra fria se habia dedicado al progreso eco- 139 némico y social”, Las consecuencias de la ayuda ame- ricana estaban claras, “E] amplio apoyo material y diplomatico dado por los Estados Unidos a los diri- gentes militares contribuyé a impedir la aparicién de grupor rivales que contrapesaran is tendencia al poder politico absoluto y que hicieran retroceder al Sale basta una forma de gobierno mds moderada” (la cursiva es mia). Durante el afio fiscal de 1963, la administracién Kennedy intent6 conseguir del Congreso 50 millones de délares de ayuda militar para Thailandia, tal vez pata celebrar estos acontecimientos. La administracién Kennedy dio a luz “buenas intenciones y propuestas politicas bien fundamentadas”, pero fuera de esto “no introdujo modificaciones de importancia en la orienta- cién militar de la politica en Thailandia”. Estos extractos dan una clara imagen del impacto americano en Thailandia, tal como surge de la des- eripcién de Darling. Naturalmente, Darling no se siente muy contento de ello. Le molesta que la influencia americana frustrara los pasos hacia la democracia cons- titucional y contribuyera a un gobierno autocratico res- ponsable de unas atrocidades que a veces “rivalizaron con las de los nazis y los comunistas”. También se siente molesto por nuestro fracaso en el intento de conseguir un verdadero contro] (empleando sus pala- bras, “seguridad y estabilidad”) por medio de estas medidas. Asi, cuando Sarit tomé el poder con el golpe de 1957, “los americanos no tenfian la seguridad de que no orientaria el nuevo régimen hacia programas econdmicos y sociales radicales, como habia hecho Cas- tro, por ejemplo, en Cuba. ...Era peligrosa una inver- sién de casi 300 millones de délares en equipo militar y en una base econémica que se ampliaba gradual- mente, los cuales podian ser empleados contra los in- tereses norteamericanos en el Sudeste asidtico si cafan €n manos no amistosas”. Afortunadamente, no se si- 140 guieron estas pavotosas consecuencias, y en lugar de programas econémicos y sociales radicales hubo sim- plemente una continuacién del mismo terror y la misma corrupeién que antes. Sin embargo, el peligro era ver- dadero. f Qué conclusiones obtiene Darling de su descrip- cién? A su modo de ver,* la politica exterior nor- teamericana tiene ante si cuatro grandes alternativas. La primera seria “abolir su programa militar y reti- rar del pais las tropas norteamericanas’. Esto, sin em- bargo, seria “irracional” porque “el respeto por la aciencia y la tolerancia norteamericanas al tratar con los gobiernos no democraticos declinaria” en todo el mundo no comunista; ademas, “se pondria en peligro el progreso econémico y la seguridad de Thailandia”. Para un liberal pragmatico, est4 claro que hay que mantener la confianza en nuestro compromiso con las dictaduras militares como la de Thailandia, segin de hecho estaba implicito en el documento de los estu- diosos moderados discutido anteriormente; sin duda seria desgraciado poner en peligro las perspectivas de ulterior progreso siguiendo las lineas emprendidas de manera tan prometedora bajo la influencia nor- teamericana, y que ahora estén a salvo gracias a la presencia de 40.000 soldados americanos. Una segunda alternativa seria la neutralizacién de Thailandia y de otras naciones del Sudeste de Asia. Esto es también irracional. Por una parte, “la retirada de Ja presencia militar americana no iria emparejada con la eliminacién de ninguna fuerza comunista — pues no hay fuerzas comunistas no indigenas — y consiguientemente con esta estrategia no ganariamos nada, Adem4s, nunca podremos estar seguros de que 42. En un articulo sobre “U.S.-Thai links” en el Christian Science Monitor del 14 de octubre de 1967. 141 “en el futuro no se producir4 una infiltracién de in- surgentes comunistas”. Y, por ultimo, “los dirigentes thai han decidido colaborar con los Estados Unidos”, por razones nada misteriosas. Una tercera alternativa seria emplear nuestro poder en Thailandia para “fomentar reformas econémicas y politicas”. Pero esta alternativa politica “ocasionaria grandes perjuicios a la estrategia americana en Thai- Jandia y en otras naciones no comunistas”. Y es mas: “una amplia interferencia en los asuntos internos de otras naciones, por bien intencionada que sea, es con- traria a las tradiciones americanas”, como demuestra claramente nuestra actividad en Thailandia después de la guerra. Por consiguiente, debemos volvernos hacia la cuarta alternativa y mantener nuestra actual politica. “Esta alternativa es probablemente la més racional y realista. Se puede mejorar la politica militar si se comprende que solamente el poder militar norteamericano es capaz de impedir una agresién abierta a gran escala en el Sudeste asidtico, y el papel adecuado para las fuerzas armadas thai es prepararlas para enfrentarse con una guerra de guerrillas limitada.” 48. Sélo unos pdrrafos mds arriba podemos leer que en el periodo de posguerra “los americanos ampliaron r4pidamente las fuerzas armadas thai de 50.000 a 100.000 hombrés,.. los Esta- dos Unidos incrementaron facilmente Jas fuerzas policiacas, y esto contribuy6 a eliminar a los adversarios del gobierno. El programa de asistencia técnica se orienté ampliamente hacia objetivos mili- tares. Las consecuencias internas de esta politica todavia reforzaron més el poder y el prestigio de los dirigentes militares thai que se habian hecho con el gobierno en 1947, El esfuerzo por avanzar hacia alguna forma de gobierno constitucional quedé detenido, y Jas instituciones democrdticas inauguradas por los dirigentes civiles inmediatamente después de la guerra fueron abolidas. Los partidos politicos fueron eliminados. La prensa, censurada. El poder se concentré cada vez mds en manos de unos cuantos jefes militares”. Todo esto, sin embargo, no constituye una “interferencia en los asuntos internos de otras naciones” ni es “contrario a las tradi- ciones americanas”. 142 Esta exposici6n de la politica norteamericana en Thailandia y las direcciones que deberia adoptar se conforma bastante bien con las lineas generales del libe- ralismo pragmatico tal como Jas traza, entre otros, Hilsman. También sefiala claramente la esperanza que ofrecemos hoy a los paises de las orillas de Asia. Viet- nam puede ser una aberracién. Nuestro impacto en Thailandia, sin embargo, dificilmente se puede atribuir a la politica del descuido. Resulta también esclarecedora la explicacién de Darling, en su libro Thailand and the United States, de cémo, en un periodo anterior, “el concepto occi- dental de gobierno segtin derecho” fue difundido por medio de la influencia norteamericana. “La prueba de que algunos funcionarios estaban consiguiendo com- prender el gobierno segiin derecho queda revelada” por la declaracién de un ministro Thai que sefialaba: “es fundamental para la prosperidad de una nacién que tenga leyes estables, y que los nobles se abstengan de oprimir al pueblo, pues de otro modo ocurriria con éste como con la gallina que en vez de ser mantenida por los huevos que pone, se la mata para comerla”. Igualmente, el gobierno thai, en su comportamiento internacional, ha empezado a comprender la necesidad de observar la regla de derecho: “También se pone de manifiesto un creciente respeto por el derecho en la aceptacién por el gobierno de Thailandia de las desiguales restricciones contenidas en los tratados con las naciones occidentales, pese a la fuerte carga que imponen a las finanzas del reino”. Se dice todo esto sin asomo de ironia. En realidad, los ejemplos ponen completamente en claro lo que significa “el reino del derecho” para las naciones débiles y para los explo- tados de cualquier sociedad. Darling, Hilsman y muchos otros autores que he estado discutiendo representan el ala liberal moderada 143 de los estudiosos sobre asuntos internacionales. Puede resultar itil dar alguna muestra de los demas puntos de vista que ape entre los estudiosos norteame- ricanos. Considérense, por ejemplo, las propuestas de Thomas R. Adam, ee de ciencia politica en la Universidad de Nueva York.*4 Adams empieza esbozando una “solucién ideal” para los problemas norteamericanos en el Pacifico, ha- cia la cual debemos dirigir nuestros esfuerzos. La solu- cién ideal seria que los Estados Unidos fueran recono- cidos como “el protagonista militar responsable de todos los intereses occidentales en esa zona”, con voz predominante en una politica occidenal unificada. La soberania de los Estados Unidos en alguna base terri- torial en esa zona nos proporcionaria “unas condiciones ideales para extender el poder sobre las zonas adya- centes”. Una base asi permitiria la formacién de una organizacion regional, bajo nuestro dominio, que haria posible “la intervencién directa en Corea, Vietnam, Laos y Cambodia” sin la responsabilidad de la inter- vencién unilateral (“frente a la agresién comunista des- carada, lo que constituye un problema no es el hecho de la intervencién, sino mas bien su cardcter unila- teral”). Hay que entender que para la defensa de los in- tereses occidentales, no hay ninguna alternativa razo- nable a la construccién de una base de poder asi en territorios en los que tenemos una soberania directa. No podemos mantener la “vinculacién histérica” entre Asia y Occidente a menos que participemos en los asuntos asiaticos “mediante el ejercicio del poder y de Ia influencia”. Debemos aceptar “el hecho de que estamos comprometidos en una lucha seria por la su- 44, Western Interests in the Pacific Realm (New York, Ran- dom House, 1967). 144 pervivencia cultural que implica la existencia conti- nuada de comunidades orientadas hacia Occidente” en Asia. Es una ilusién creer que podemos retirarnos de Asia y abandonarla a su propia suerte, pues nues- tra propia cultura occidental debe ser entendida como “un movimiento minoritario de corta edad en la eyo- lucién de la civilizacién”, y no puede darse por sen- tado que Asia seguir4 siendo “incapaz de intervenir en nuestros asuntos”. Asi, para defendernos a nosotros mismos, debemos intervenir con fuerza en los asuntos de Asia, Si dejéramos de implantar universalmente “nuestro sistema de empresa industrial”, tendriamos que “defender nuestros privilegios y ganancias por medio de un continuado, embrutecedor y costoso ejer- cicio de nuestra superior fuerza en todos los rincones del globo”. gQué es lo que justifica que intervengamos por la fuerza en los asuntos de Asia? “Una justificacién obvia de la intervencién de los Estados Unidos en:los asuntos asidticos reside en que encabezamos la lucha mundial contra el comunismo. La infiltracién politica y econd- mica comunista en la mayoria de los pueblos del mun- do aparece, para la direccién politica norteamericana, fatal para nuestra seguridad y nuestro progreso; esta actituel es apoyada casi undnimemente a la opinién publica”. Dando un paso mas con esta légica, pronto tendremos la misma “justificacién obvia” para atacar a China con armas nucleares, y acaso también a Fran- cia, como medida preventiva. Otra justificacién es que la defensa de nuestra costa occidental “exige que el Pacifico norte sea controlado como un virtual lago americano”, hecho que “da una base para la intervencién de los Estados Unidos en los conflictos de poder de la zona” para preservar la se- guridad de este mare nostrum. Nuestra “victoria sobre el Japén dejé un vacio de poder en el Sudeste asidtico 145 10, — cHousky y en Extremo Oriente que resultaba tentador para la agresion comunista; consiguientemente, hemos tenido que intervenir alli y emplear nuestro poder militar”, “Las posesiones insulares, como Guam, los territorios de vigilancia estratégica y probablemente Okinawa si- guen siendo indispensables, si no para Ja defensa estricta de nuestras costas, ciertamente si para la posi- cién militar fundamental para nuestra seguridad total y para nuestros objetivos mundiales”.** Aparte de la magnificencia del alcance de esta visién, raramente igua- lada por nuestros antecesores, la terminologia no resulta desconocida. Hay, sin duda, algunas limitaciones que debemos tener en cuenta cuando planeamos nuestra politica de crear una “base operacional” para el ejercicio del oder en Extremo Oriente; en especial, “la eas ie limitarse a los objetivos politicos y sociales sus- ceptibles de ser aceptados 0 que podamos imponer a todos los elementos participantes”. Obviamente, no resultaria pragmatico insistir en politicas que no pode- mos imponer a los elementos que participan en nues- tros nuevos dominios. Estas propuestas se apuntalan con un breve esbozo de las consecuencias del dominio occidental en el pasado, por ejemplo, el “éxito de la India”, donde “el capital empresarial mostré ser un incentive util para un fructifero cambio social en e] subcontinente indio 45. 4Cu4l es entonces la importancia del hecho de que la abrumadora mayoria de los habitantes de Okinawa, incluido el 80% cuyos negocios se verian perjudicados o destruidos por un paso asi, desean que la isla sea devuelta al Japén, segiin las encuestas de Asahi? (vid. Japan Quarterly, vol. 15 [enero-marzo de 1968], pp. 42-52). En lo que respecta a los “territorios de garan- tia estratégica”, dice Adams, no tenemos que ser excesivamente sentimentales: “Una garantia estratégica se basa en el supuesto de que la superior importancia de la defensa nacional y la conservacién del orden mundial pasan por encima de la libertad politica y cultural de los habitantes indigenas”. 146 y en sus alrededores”, proceso cuyos defectos slo pue- den ser atribuidos a la pasividad mostrada por los “sis- temas sociales asidticos tradicionales” en la imitacién de “la ideologia industrial de su tutor colonial”. Para no- sotros es una leccién importante el éxito de la “pax britannica neutral” al imponer el orden, de modo que “el comercio pudo florecer y sus frutos compensaron las libertades desaparecidas”. Adam nos ahorra la observacién de que los desa- gradecidos nativos a veces no aprecian estos siglos de solicitud. Asi, para un miembro del ala izquierda del partido del Congreso de la India, “la historia muestra ae los britanicos, a lo largo de su dominacién sobre a India, no pusieron limites a la brutalidad y al salva- jismo que el hombre es capaz de llevar a la practica. Las depredaciones de Hitler, sus Dachau y sus Bel- sen... palidecen hasta parecer insignificantes ante esta crueldad imperialista...” + Semejante reaccién ante varios siglos de desprendimiento y de tiernos cuidados puede ocasionar cierta sorpresa, hasta que compren- demos que probablemente se trata solamente de una expresién de la enorme culpabilidad sentida por los beneficiarios de estas atenciones. Hace una generacién, otros dirigentes politicos temieron las consecuencias de los éxitos comunistas para la seguridad y el progreso, y, con el apoyo casi 46. H. D. Malaviya, citado en Clairmonte (op. cit., p. 114), el cual cita pruebas importantes en apoyo de la siguiente valora. cién de Jas consecuencias de la dominacién occidental: “la des- truccién sistemAtica de las manufacturas indias, la creacién de los Zemindari [aristocracia terrateniente] y sus excrecencias parasita- vias; los cambios en la estructura agraria; las pérdidas financieras eubiertas por medio de impuestos; el paso rapido de una economia monetaria a otra gobernada por el mecanismo de precios interna- cional, son algunas de las fuerzas sociales e institucionales que Mevaron a una apocalipsis de muerte por hambre a millones de Personnes con poco 0 ningtin beneficio compensador para el ryot el campesino]” (p. 107). Vid. también la nota 37. 147 undnime de la opinién publica, trataron de mejorar el mundo con la intervencién por medio de la fuerza, intentando Ilenar los vacios de poder, creando bases territoriales esenciales para su seguridad total y para sus objetivos mundiales, e imponiendo objetivos poli- ticos y sociales a los elementos participantes. El pro- fesor Adam no tiene nada nuevo que contarnos. II Los ejemplos de sumisién contrarrevolucionaria que he citado hasta aqui han sido sacados en su mayoria de Ia ciencia politica y del estudio de los problemas internacionales, especialmente los asidticos; se trata de aspectos mas bien tristes de los estudios americanos, tomados en conjunto, y se hallan tan estrechamente identificados con los objetivos imperiales norteamerica- nos que diffcilmente puede sorprender e] descubri- miento de ese general abandono de las normas civi- lizadas, Al iniciar la discusién, sin embargo, me he referido a una cuestién mds genérica. Si es verosimil que la ideologia servira en general como una mascara pea el interés egoista, entonces resulta presumible que los intelectuales, al interpretar la historia o formular la polftica, tenderin a adoptar una posicién elitista, condenande los movimientos populares y la participa- cién de las masas en la elaboracién de decisiones, y mas bien destacaran la necesidad de que éstas sean supervisadas por quienes poseen el saber y los cono- cimientos necesarios (asi lo afirman) para dirigir la sociedad y controlar el cambio social. Esto no es en modo alguno algo nuevo. Hace un siglo, un elemento importante de la critica anarquista al marxismo era la prediccién siguiente, tal como Ja formulaba Bakunin: 148 _— Segim la teorfa de Marx, el pueblo no solamente no debe destruir [el Estado] sino que debe reforzarlo y ponerlo a la completa disposicién de sus benefactores, guardianes y maestros: los dirigentes del partido comunista, 0 sea el sefior Marx y sus amigos, los cuales procederdn a liberar [a la humanidad] a su manera. Centralizaran las riendas del go- biero en una mano fuerte, pues el pueblo ignorante nece- sita una tutela enormemente firme; implantaran una banca estatal “mica, que concentre en sus manos toda la produc- cién comercial, industrial, agricola e incluso cientifica, y luego dividirén a las masas en dos ejércitos — agricola e indus- trial — bajo el mando directo de los ingenieros del Estado, que constituiran un nuevo estamento cientifico-politico pri- vilegiado.47 47, Citado en Paul Avrich, The Russian Anarchists (Prince- ton, NJ. Princeton University Press, 1967), pp. 93-94. Anton Pannekoek, el cientifico holandés y portavoz del comunismo liber- tario, ha dado una reformulacién reciente de esta opinién en su obra Workers Councils (Melbourne, 1950), pp. 36-37: “No es la primera vez que una clase dominante trata de expli- car y perpetuar asi su dominio como la consecuencia de una dife- tencia innata entre dos clases de personas, unas destinadas por naturaleza a gobernar y otras a ser gobernadas. La aristocracia terrateniente de las pasadas centurias defendié su posicién privi- legiada alegando proceder de una raza de conquistadores mas noble que habia sometido a la raza inferior de la gente comun. Los grandes capitalistas explican su lugar privilegiado afirmando tener una inteligencia que otras personas no poseen. De la misma manera, en la actualidad, especialmente los intelectuales se con- sideran a si mismos los gobernantes legitimos de mafiana, y afir- man su superioridad espiritual. Forman la clase rdpidamente cre- ciente de los funcionarios con formacién umiversitaria y de las profesiones liberales, especializadas en el trabajo intelectual, en el estudio Hbreseo y cientifico, y por tanto se consideran como los mds dotados intelectualmente. De ahi que estén destinados a ser los dirigentes de la produccién, mientras que la masa no dotada ejecutara el trabajo manual, para el cual no necesita poseer in- teligencia. No son defensores del capitis no seré el capital, sino el intelecto, quien dirigir4 el trabajo. Y ello tanto mds cuanto que ahora la sociedad posee una estructura tan complicada, basada en una ciencia tan abstracta y dificil, que sdlo la superior agudeza intelectual es capaz de abarcarla, comprenderla y manipularla. Si las masas trabajadoras, por su falta de vision, dejaran de reco- nocer esta necesidad de una direccién intelectual superior, si in- tentaran estipidamente tomar la direccién en sus propias manos, Ja consecuencia inevitable seria la ruina y el caos.” 149 No puede menos que sorprender el paralelismo entre esta prediccién y la de Daniel Bell citada anterior- mente, la prediccién de que en Ja nueva sociedad post-industrial “no solamente los mejores talentos sino posiblemente todo el complejo de prestigio social y de status social residira en las comunidades intelec- tuales y cientificas”.‘® Prosiguiendo este paralelismo por un momento, puede preguntarse si la critica de izquierda al elitismo leninista puede ser aplicada, en condiciones muy diferentes, a la ideologia liberal de la élite intelectual que aspira a un papel dominante en la mintscula direccién del Estado del Bienestar. Rosa Luxemburg, en 1918, afirmé que el elitismo bolchevique conduciria a un tipo de sociedad en la que solamente Ia burocracia seguiria siendo un ele- mento activo en la vida social, aunque ahora se tratara de una “burocracia roja” de ese socialismo estatal que Bakunin habia descrito mucho antes como “la més vil y terrible mentira creada en nuestro siglo”? Una revolucién social auténtica exige “la transformacién es- piritual de las masas degradadas por siglos de dominio burgués de clase”; © “solamente extirpando los habi- tos de obediencia y de servilismo hasta la Ultima raiz puede conseguir la clase obrera la comprensién de una forma nueva de disciplina, de una autodisciplina 48. Vid. nota 7. Albert Parry ha sugerido que existen im- portantes parecidos entre la apariciém de una élite cientifica en la Unién Soviética y en los Estados Unidos, en su creciente papel en la elaboracién de decisiones, citando en apoyo suyo Ja tesis de Bell. Vid. el New York Times del 27 de marzo de 1966, en la erénica sobre la Midwest Slavic Conference. 49. Carta a Herzen y Ogareff, citada en Daniel Guérin, Jeunesse du socialisme libertaire (Paris, Libraire Marcel Riviére, 1959), p. 119. 50. Rosa Luxemburg, Le Revolucién Rusa, trad. Bertram D. Wolfe (Ann Arbor, University of Michigan Press, 1961), p. 71. 150 que proceda del consentimiento libre”. Escribiendo en 1904, Rosa Luxemburg predecia que las ideas orga- nizativas de Lenin “esclavizarian un movimiento obre- ro joven a una élite intelectual sedienta de poder... y lo convertirfan en un autémata manipulado por un Comité Central”? Veia en la elitista doctrina bolche- vique de 1918 un menosprecio de la accién creadora de las masas, accién espontanea y que se corrige a si mis- ma, lo unico que, segin ella, podra resolver los milla- res de problemas de la reconstruccién social y producir la transformacién espiritual que constituye la esencia de una verdadera revolucién social. Cuando la prac- tica bolchevique cristalizé en un dogma, el temor a la iniciativa popular y a la accién espontdnea de las ma- sas, sin la direccién y el control de la vanguardia ade- cuadamente designada, se convirti6 en un elemento dominante de la ideologia llamada “comunista”. Me he referido a la critica clasica de izquierda del papel social de los intelectuales, sean marxistas u otros, en la sociedad moderna, y a las reservas de Rosa Lu- xemburg frente al bolchevismo. Los sociélogos occi- dentales han subrayado repetidamente la relevancia de este andlisis para comprender los acontecimientos de la Unién Soviética,™ y lo han hecho muy justamente. 51. R. Luxemburg, citada por Guérin, Jeunesse du socia- lisme libertaive (Paris, Libraire Marcel Riviére, 1959), pp. 106-7. 52. R. Luxemburg, Leninismo o marxismo, op. cit., p. 102. 58. Vid. por ejemplo la referencia _a Machajski en Harold D. Lasswell, The World Revolution of Our Time: A Framework for Basie Policy Research (Hoover Institute Studies; Stanford, Calif., Stanford University Press, 1951); reimpreso con adiciones en Harold D. Lasswell_y Daniel Lerner, eds., World Revolutionary Elites: Studies in Coercitive Ideological Movements (Cambridge, Mass., The M.1.T. Press, 1965), pp. 29-96. Daniel Bell ha discu- tido muy extensamente la erftica de Machajski del socialismo como ideologia de un nuevo sistema de explotacién en el que predo- minaran los “trabajadores intelectuales”, en un ensayo que da mucha informacién, que trata directamente con cierto ntimero de 151 Los mismos socidlogos describen “la revolucién mun- dial de la época” en los siguientes términos: “La prin- cipal transformacién es la decadencia [del poder] de los negocios (y de las formaciones sociales anteriores) el acceso al poder efectivo de intelectuales y semi- intelectuales”.** La critica de “ultraizquierda” veia en estos acontecimientos un nuevo ataque a la libertad humana y un sistema de explotacién mas eficaz. El sociélogo occidental ve en el acceso de los intelectua- les al poder efectivo la esperanza de una sociedad mds humana y que funcione mds suavemente, en la que los problemas puedan ser resueltos por medio de una “tecnologia de las reparaciones”. gCual es Ja vision mds penetrante? Al menos muchas cosas estan claras: hay muchas tendencias peligrosas en la ideologia de la intelligentsia del Estado del Bienestar, la cual pretende poseer la técnica y los conocimientos necesarios para dirigir nuestra “sociedad post-industrial” y organizar una sociedad internacional dominada por la superpo- tencia norteamericana. Muchos de estes peligros se ponen de manifiesto, a un nivel puramente ideoldgico, en el estudio de la sumisién contrarrevolucionaria de los estudiosos. El peligro existe tanto en la medida en que la pretensién de saber es real cuanto en la medida en que es fraudulenta. En la medida en que existe la técnica de direccién y control, y puede ser empleada para consolidar la autoridad de quienes la utilizan y para reducir la experimentacién espontinea y libre con nuevas formas sociales, de la misma manera pue- de limitar las posibilidades de reconstruccién de la sociedad en interés de quienes son hoy, en mayor o cuestiones mencionadas aqui: “Two Roads from Marx: ‘The Themes of Alienation and Exploitation, and Worker's Control in Socialist Thought’, en The End of Ideology, pp. 335-68. 54, Lasswell, op. cit., p. 85. En este aspecto el prondstico de Lasswell se parece al de Bell en los ensayos citados ante- riormente. 152 menor medida, los desposeidos. Donde las técnicas fracasan, tienen que ser complementadas por todos los métodos de coercién que proporciona la tecnologia moderna para preservar el orden y la estabilidad. Para dar un vistazo a lo que queda todavia por hacer, consideremos textos recientes de McGeorge Bundy, apuntes de las clases dictadas recientemente en Harvard.** Bundy propugna que se concentre mas po- der en la rama ejecutiva del gobierno, que ahora “es peligrosamente débil con relacién a sus tareas actuales”. Al parecer no necesita argumentar que ese poderoso ejecutivo actuar4 con justicia y con prudencia. Como ejemplo del dirigente ejecutivo superior que es preciso atraer al gobierno y que debe recibir todavia mayor poder, Bundy cita a Robert McNamara. Nada podia revelar m4s claramente los peligros inherentes a la “nueva sociedad” que el papel desempefiado por el Pentégono de McNamara en los ultimos seis afios. Sin duda, McNamara ha conseguido hacer muy eficazmente lo que no habia que hacer. Sin duda ha mostrado un do- minio incomparable de la logistica de la coercién y la represién, junto con la m4s asombrosa incapacidad para comprender los factores politicos y humanos. La eficacia del Pent4gono no es menos notable que sus cabriolas.5¢ Cuando el saber fracasa, siempre que- dan més tropas de reserva. Cuando los “experimentos 55. Resumido en el Christian Science Monitor del 15 de marzo de 1968. No he visto el texto y consiguientemente no puedo juzgar sobre la precisién del informe. 56. Por mencionar precisamente el ejemplo més reciente: el 22 de enero de 1968, McNamara presté declaracién ante el Comité de Servicios Armados del Senado, diciendo que “bay pruebas abru- madoras de que a principios de 1966 las fuerzas comunistas lo cales y las guerrillas padecieron un importante desgaste. Como consecuencia de ello, ha habido un descenso en la eficacia y Ja moral en el combate...”. La ofensiva del Tet fue desencadenada un mes después de prestada esta declaracién. Vid. I. F, Stone’s Weekly, del 19 de febrero de 1968, para un comentario que viens muy al punto, 153 en el control de Jos recursos materiales y humanos” se SOBRE LOS ANTECEDENTES vienen abajo y el “desarrollo reyolucionario” se em- DE LA GUERRA DEL PACIFICO bota y se detiene, simplemente recurrimos mas abier- tamente a las tacticas de la Gestapo, escasamente disi- muladas tras la fachada de Ja “pacificacién”.°™ Cuando EL PACIFISMO REVOLUCIONARIO las ciudades norteamericanas se tebelen, podremos es- perar lo mismo. La técnica de la “guerra limitada” se DE A. J. MUSTE traduce limpiamente en un sistema de represién interna, mucho més humano —se nos explicaré en seguida — que hacer una matanza con quienes no estén dispuestos a aguardar en espera de la inevitable victoria de la guerra contra la pobreza. ¢Cémo es posible que un intelectual liberal esté tan convencido de las virtudes de un sistema lee que impone, cada cuatro afios, un nuevo periodo de dicta- dura? La respuesta parece demasiado obvia, 57. Se ha difundido ampliamente la realidad que hay por debajo de la retérica, Una descripeién particularmente reveladora es la que da Katsuichi Honda, un periodista del Asahi Shimbun, en Vietnam. A Voice from the Villages, 1967, que puede obtenerse del Comité para la Publicacién Inglesa de “Vietnam. A Voice from the Villages”, c/o Mrs, Reiko Ishida, 2-13-7, Nishikata, Bunkyo-Ku, Toldo. 154 SOBRE LOS ANTECEDENTES DE LA GUERRA DEL PACIFICO EL PACIFISMO REVOLUCIONARIO DE A. J. MUSTE * COMENTARIO INICLAL Puede parecer que el titulo y el subtitulo de este ensayo no guardan relacién alguna; de ahi. que acaso sean ttiles unas palabras de aclaracién, El ensayo fue escrito para un ntimero conmemorativo de Libera- tion, que, como sefialaba su director, reunfa “una serie de articulos que versan sobre algunos de los problemas con que A. J. Muste luch6é”. Creo que el pacifismo revo- Jucionario de Muste fue, y sigue siendo, una doctrina profundamente importante, tanto por su anidlisis poli- tico como por la conviccién moral que expresa. Las cireunstancias de la guerra antifascista le sometieron a la mds dura de las pruebas. ¢Logré sobrevivir a ella? Cuando empecé a trabajar en el presente articulo no estaba Gaiplemmn cate seguro. Me sentia muy indeciso sobre la cuesti6n. Habia, sin embargo, varios puntos que me parecian completamente claros. La reaccién ® Este ensayo aparecié por vez primera en Liberation, vol. 12 (septiembre-octubre de 1967). Estoy en deuda con Herbert Bix, Louis Kampf, André Schiffrin y John Viertel por sus observaciones, que me han sido utiles al revisarlo para darle su forma actual. 157 americana a la agresividad japonesa fue, en notable medida, muy hipdcrita. Y, lo que es peor, hay pareci- dos muy sorprendentes, muy angustiosos, entre Jas aventuras japonesas y las nuestras — tanto por su ca- rActer como por el modo de racionalizarlas—, con la diferencia fundamental de que el recurso del Japén al interés nacional, que no carecia enteramente de valor, se convierte en algo simplemente ridiculo cuan- do se transforma en una justificacién para las conquis- tas norteamericanas en Asia. Este ensayo se refiere a todas estas cuestiones: al pacifismo revolucionario de Muste y a su interpreta- cién con relacién a Ja segunda guerra mundial; a los antecedentes de las aventuras imperiales japonesas; a Ja reaccién y a la responsabilidad de Occidente, y, por implicacién, a la relevancia de estas cuestiones para los problemas del imperialismo contemporéneo en Asia. Sin duda el articulo seria mds coherente si me hubiera limitado a uno o a dos de estos temas. Y también estoy seguro de que seria més claro si propusiera una “linea politica” determinada. Tras explorar estos temas, no puedo sugerir mds que Jas observaciones explora- torias del final. En un crucial ensayo escrito hace cuarenta afios,’ A. J. Muste expuso el concepto de no violencia revo- lucionaria que habria de ser el principio rector de una existencia extraordinaria, “En un mundo construido sobre la violencia, se tiene que ser revolucionario antes de que se pueda ser pacifista”. “Hay en nosotros una cierta indolencia, un eee de no ser conturbados, que nos induce a pensar que cuando las cosas estén tran- quilas todo va bien. Tendemos subconscientemente a conceder la preferencia a la ‘paz social’, aunque se 1. “Pacifism and Class War”, The Essays of A. J. Muste, ed. por Nat Hentoff (Indianapolis, The Bobbs-Merrill Co., Inc., 1967), pp. 179-85. 158 trate sélo de una paz aparente, porque entonces nues- tras vidas y lo que poseemos parecen estar a salvo. En realidad, los seres humanos prestan su consenso con demasiada facilidad en malas condiciones; se rebelan demasiado poco y demasiado raramente. No tiene nada de noble el consenso a una vida de sujeccién o la mera sumisién a una fuerza superior”. Muste insistia en que los pacifistas “expresan nuestro pensamiento concentrado”. Su tarea principal consiste en “denun- ciar la violencia en que se basa el sistema actual, y todo el mal — material y espiritual — que éste implica para las masas de hombres de todo el mundo... En la medida en que no nos enfrentamos honesta y ade- cuadamente con este noventa por ciento de nuestro problema, hay algo de ridiculo, y tal vez de hipécrita, en nuestra preocupacién por el diez por ciento de vio- lencia empleado por los rebeldes contra la opresién”. Estas ideas nunca han sido tan tr4gicamente ciertas en la historia americana como ahora. La misién del pacifista revolucionario se formula muy ampliamente en el ultimo parrafo del ensayo: Quienes puedan decidirse a renunciar a la riqueza, a la poscicn social y al poder, maldiciendo un sistema social asado en Ja violencia y que estimula la rapacidad indivi- dual, y a identificarse de una manera real con Ja lucha de las masas hacia la luz, puede contribuir en cierta medida — mis, sin duda, con su vida que con palabras — a des- cubrir un camino mejor, una técnica de progreso social menos eruda, brutal, costosa y Jenta que Ja recorrida ya por la humanidad. Es un notable tributo para A. J, Muste que la obra de su vida pueda ser calibrada por patrones como éstos. Sus ensayos son invariablemente profundos y su- gestivos; su vida, sin embargo, es una inspiracién que dificilmente tiene parangén en Ja América del siglo xx. 159 Muste crefa, como Gandhi, que “las leyes y practicas injustas sobreviven tinicamente porque los hombres las obedecen y se conforman a ellas. Lo hacen por temor. Hay cosas que temen mAs que la persistencia del mal”. Muste ha enriquecido medio siglo de historia ame- Ticana con un compromiso personal a estas sencillas verdades, Sus esfuerzos empezaron en una época en que “los hombres crefan poder conseguir un ole humano Mejor, un mundo sin clases y sin guerras, una sociedad socialista si se quiere”; en una época en que el mo- vimiento obrero podia ser descrito como “esa notable combinacién de poder de las masas, idealismo profé- tico y esperanza utépica”. Y sus esfuerzos continuaron, entre la desilusién general de la guerra, la depresién y la histeria antirradical, hasta los dias en que los sociélogos americanos pudieron proclamar que “nadie deja de comprender que la sociedad igualitaria y social- mente miévil, que los “intelectuales independientes’ vinculados con Ja tradicién marxista han estado exi- giendo durante los ultimos cien afios, ha surgido final- mente en la forma de nuestra pesada y burocratica sociedad de masas, la cual, a su vez, se ha tragado a los herejes”.? Muste, finalmente, no “tragado” toda- via, persistié en su negativa a convertirse en uno de los “hombres déciles y obedientes” que son el terror de nuestra época, hasta el momento en que nuestra “sociedad igualitaria y socialmente mévil” ‘se enfrenta con la rebelién virtual de las profundidades inferiores; en que los jévenes se enfrentan diariamente con las cuestiones eee en Nuremberg, cuando su pats se dedica a imponer la “estabilidad” del cementerio y de Ja aldea intimidada, y cuando la comprensién a que nadie escapa es que hay algo drdsticamente malo en la sociedad americana. 2. Daniel Bell, en “Ideology - A Debate”, Commentary, vol. 38 (octubre de 1964), p. 72. 160 En uno de sus ultimos ensayos publicados, Muste se describe a si mismo como un “unilateral contumaz, por razones tanto politicas como morales”.* En parte basa su posicién en un compromiso moral absoluto que cabe aceptar o rechazar, pero que no puede ser discutido con provecho. En parte, la defiende por razo- hes que no me parecen muy convincentes, por el prin- cipio psicolégico de que “la amistad engendra amistad y la bondad suscita bondad”; de ahi su llamamiento a “la humanidad esencial del enemigo”.4 Es muy dificil conservar la fe en Ja “humanidad esencial” de los SS, o del comisario, o del racista cegado por el odio y el temor, o por lo que fuere, victima insensata de una vida de adoctrinamiento anticomunista. Cuando el enemigo es un técnico lejano que programa raids de B-52 o la “pacificacién”, no existe la posibilidad de una confrontacién humana y la base psicolégica para la tActica no violenta, sea cual fuere, simplemente se evapora. Una sociedad que es capaz de producir con- ceptos como “no americano” y “peacenik” — capaz de convertir “peace” (paz) en un término despectivo — ha avyanzado mucho trecho hacia la inmunizacién del individuo contra todo Ilamamiento humano. La socie- dad americana ha alcanzado el estadio de la inmersién casi total en Ja ideologia, El compromiso se ha des- vanecido de la consciencia — qué otra cosa puede creer una persona de Tectas miras? —. Los americanos son simplemente “pragmaticos”, y deben conducir a los demas a ese feliz estado. Asi, un funcionario de la Oficina de Desarrollo Internacional puede escribir, sin asomo de ironia, que nuestro objetivo es conducir a las naciones “de la confianza doctrinaria en la empresa 3. “The Movement To Stop the WareineVictnam”, Essays, pp. 503-13, S DET SS 4. Essays, pp. 180, 287. PS 11, — cuomsxy estatal a un apoyo pragmatico a la iniciativa privada”,® y un titular del New York Times puede calificar la capitulacién india ante las exigencias norteamericanas sobre las condiciones de las inversiones extranjeras en la India de “giro del socialismo al pragmatismo” (vid. supra, p. 76). Con este estrechamiento del 4mbito de lo pensable se Iega a la incapacidad de comprender cémo los débiles y desposeidos pueden oponerse a que manipulemos benévolamente sus vidas, y a la incapa- cidad para reaccionar de un modo humano frente a la miseria que imponemos. La tunica manera util de valorar el programa del unilateral pacifismo revolucionario es considerar lo que implica en circunstancias histéricas coneretas. Como prescripcién para los Estados Unidos, mediada la dé- cada de los sesenta, el pacifismo revolucionario resulta demasiado facil de defender. No tiene especial mérito ser mds razonable que un lundtico; correspondiente- mente, casi cualquier politica es mas racional que la que acepta el peligro reiterado de guerra nuclear, y, con ello, una sdlida garantia de guerra nuclear a largo plazo —un “largo plazo” que dificilmente serd muy largo, dados los riesgos que quienes hacen la politica estan dispuestos a aceptar—. Asi, en la crisis cubana de los proyectiles, Kennedy estaba dispuesto (segtin las memorias de Sorensen) a aceptar una probabilidad de 1/3 a 1/2 de guerra nuclear para dejar sentado que sdlo los Estados Unidos tienen derecho a mantener proyectiles en las proximidades de un enemigo poten- cial.® gQuién sabe qué “probabilidades” concede ahora 5. Congressional Record, 9 de mayo de 1967, 6, Las probabilidades carecen de sentido con respecto a la situacién objetiva, pero no con respecto a las mentalidades de quienes las emplean como una orientacién para la accién. Si algo resulta mds aterrador que la conducta de los politicos autocuali- ficados de “pragmaticos” y “fuertes de espiritu” de la administra- cién Kennedy en esta crisis, es la actitud que ha perdurado, mucho 162 Ja CIA a los Rostow y los Wheeler, que intentan salvar algo de su fracaso en Vietnam bombardeando junto a la frontera de China? Adem4s, no se necesita una inteligencia politica fuera de lo comin para urgir una desescalada mundial a la gran potencia que, segun cualquier patrén objetivo, es la mds agresiva del mundo, si se mide por el numero de gobiernos mantenidos por la fuerza o derribados con intrigas, por sus tropas y bases en territorio extranjero y por su disposicién a emplear la mds pavorosa “mdquina de matar de la historia para imponer su propia concepcién del orden mundial, Seria mas ilustrativo considerar el programa del acifismo revolucionario en el contexto de hace una écada, cuando el gangsterismo internacional estaba més ampliamente repartide, con Jos ingleses compro- metidos en una represién asesina en Kenia, los fran- ceses luchando en la Ultima de sus sucias guerras colo- niales y la Unidn Soviética consolidando su imperio de la Europa oriental con brutalidad y engafio. Pero Ja situacién internacional de diciembre de 1941 es la que proporciona la mds severa prueba para la doctrina de Muste. Puede aprenderse mucho del estudio de los acontecimientos que condujeron a un ataque armado, por parte de un imperialismo competidor, a las pose- siones americanas y a las fuerzas que las defendian, y més todavia de una consideracién de las distintas reacciones frente a estos acontecimientos # sus conse- cuencias. Si el pacifismo revolucionario de Muste es defendible como programa politico general, entonces debe ser defendible también en estas circunstancias extremas. Al defender que lo era, Muste se aislé a si después del enfriamiento de la crisis, de que fue “el mejor mo- mento” de Kennedy, en el que demostré su habilidad en el “juego de dados nuclear” (cf. el historiador Thomas Bailey, New York Times Magazine de 6 de noviembre de 1965), 163 mismo no solamente de toda base de masas, sino también de todos los intelectuales americanos salvo una franja marginal. En 194], Muste veia la guerra como: un conflicto entre dos grupos de potencias por la supervi- vencia y la dominacién. Un conjunto de potencias, que com- vende a Inglaterra y los Estados Unidos, y acaso a la Francia libre”, controla aproximadamente el 70% de los recursos de la tierra y un territorio de 48 millones de kilémetros cuadrados. ial sea quo imperialista en beneficio suyo fue conseguido mediante una serie de guerras, incluyendo la tiltima. Todo lo que dicen ahora esas potencias és que se las deje en paz, y si es asi estfn dispuestas a hacer su domi- nio suave pero firme... En el otro lado se halla un grupo de potencias, como Alemania, Italia, Hungria y el Japon, que controlan aproximadamente el 15% de los recursos de la tierra y un millén y medio de kilémetros cuadrados de te- rritorio, igualmente decididas a alterar la situacién en favor suyo, a imponer su concepcién del “orden”, y armadas hasta los dientes para ello, incluso aunque esto signifique sumir al mundo entero en Ja guerra.? Muste prevefa que una victoria aliada produciria un “nuevo imperio americano” que incorporaria a una Gran Bretafia tributaria de él; “seremos la siguiente nacién en intentar la dominacién mundial, 0, en otras palabras, en hacer aquello por cuyo intento conde- namos a Hitler”. En el desordenado mundo de la pos- guerra se nos dira — predecia — que “nuestra segu- ridad reside en convertirnos en ‘inexpugnables’. Pero eso... significa ser capaces de decidir mediante el pre- dominio militar cualquier problema internacional que pueda suscitarse, lo cual nos colocarfa en la posicién en que Hitler intenta colocar a Alemania”. Fn un en- sayo posterior formula la siguiente obseryacién: “Des- 7, “Where Are We Going?”, Essays, pp, 234-60, 164 pués de una guerra, el problema lo constituye el ven- cedor. Cree que acaba de demostrar que la guerra y la violencia compensan. ,Quién le dard ahora una leccién?” # La prediccién de que los Estados Unidos saldrian de Ja guerra como Ja potencia mundial dominante era simple realismo politico; prever que actuaria conse- cuentemente con ello no era menos realista, Esta tra- gedia podia ser evitada, sefialaba Muste, mediante un intento serio de reconciliacién pacifica, sin tratar de imputar los crimenes de guerra solamente a una nacién, garantizando a todos los pueblos un acceso equitativo a los mercados y a las materias primas, pro- curando la reduccién de armamentos, una reeuperacién econémica masiva y dando pasos hacia una federacién internacional. Para el idedlogo americano de 1941 se- mejante recomendacién parecia tan carente de sentido como hoy la de apoyar la revolucién opular. Yen aquel momento los acontecimientos y la politica es- taban tomando una orientacién muy diferente. Puesto que no se intentdé siquiera nada de esta especie, sdlo se puede especular acerca del posible resultado de semejante orientacién. La agudeza de la previsién de Muste requiere desgraciadamente pocos comentarios. Ademds, puede hacerse una defensa acep- table de su analisis de la situacién existente entonces, cuestién cuyo interés excede el estrictamente acadé- mico dados los acontecimientos de Asia desde aquella época. Como he sefialado ya, el punto de vista expresado por Muste era algo mas bien aislado. Para ver lo poco que ha cambiado el ambiente intelectual basta con- siderar el extenso debate sobre la decisién de arrojar 8. “Crisis in the World and in the Peace Movement”, Essays, pp. 465-78. 165 la bomba atémica. Lo debatido ha sido la cuestién de si ello constituyé el ultimo acto de la segunda guerra mundial o la primera fase de la diplomacia americana de posguerra; o si estaba justificado como medio para acabar la guerra rdpidamente. Sélo raramente se ha suscitado la cuestién de si habia alguna justificacién para una victoria americana en la guerra del Pacifico, y este problema, cuando finalmente ha sido afrontado, a sido planteado en el contexto de la guerra fria —esto es: ¢fue prudente eliminar un contrapeso al creciente poder chino, pronto a convertirse en un poder ‘comunista”?P E] historiador Louis Morton expresa probablemente una opinién muy caracteristicamente americana: _ A finales de verano y en otofio de 1945 el pueblo ame- ricano tenia toda clase de razones para estar contento. Ale- mania y Japén habian sido derrotados y las tropas nor- teamericanas, victoriosas en todas partes, regresarian pronto. Un mal sin Bienes habfa sido vencido mediante el mayor le despliegue de fuerzas reunido jamas en defensa de la liber- tad humana...® 9. “The Cold War and American Scholarship”, i L, Loewenheim, ed., The Historian and the Diplomat nee York, Harper & Row, Publishers, 1967), pp. 123-69. Morton prosigue el desarrollo de la opinién convencional de que la Union Soviética solamente merece condena por “oscurecer las esperanzas para el futuro”, mediante “el desafio sutil de la subversién politica y Ja penetracién econémica” (impensable para Occidente, naturalmen- te), y por su apoyo a la revolucién, como en Grecia, “violando Jos acuerdos aliados del tiempe de guerra que hab{fan situado a Grecia en la esfera de intereses occidentales*. En lo que respecta a esto ultimo, no discute las considerables prucbas que indican, por el contrario, que Stalin se opuso a la rebelién griega y se atuvo al acuerdo Churchill-Stalin que dividié Europa en esferas de influen- cia. Tampoco | menciona la declaracién de Truman inmediatamente después de Nagasaki, segin la cual Bulgaria y Rumania, los dos paises atribuidos predominantemente a Ja influencia rusa en el acuerdo Churchill-Stalin, “no deben ser esferas de influencia de ninguna otra potencia”. Tampoco hay referencia alguna al papel americano, salvo uno en el que es calificado de “contencién”. En 168 Resulta notable que semejante actitud pudiera ser tan suavemente expresada y tan facilmente aceptada. Cierto es que en agosto de 1945 el pueblo americano “tenia toda clase de razones para estar contento”: a Ja vista estaba el pais japonés, devastado por el bom- bardeo convencional en el que habian sido aplastados decenas de millares de civiles, por no hablar de la horrible accién de las dos bombas atémicas (la segunda fue, por lo que parece, el més abominable experimento de la historia); o Jas noticias de un gratuito acto de barbarie final, trivial en el contexto de lo que preci- samente se acababa de producir, el raid de un millar de aeroplanos lanzado después de que hubiera sido anunciada la rendicién japonesa pero, técnicamente, antes de que hubiera sido recibida oficialmente.!° Al una resefia del Political Science Quarterly, vol. 82 (diciembre de 1967), Arthur Schlesinger describe el ensayo de Morton como “una inteligente explicacién del papel de la historia y de los historia- dores en la era de la guerra fria”, que “defrauda a quienes espe- raban un exposé de los Studies on the Left sobre las corrupciones supuestamente perpetradas en la redaccién de Ja historia americana a ee la decisién de oponerse a la agresién comunista después de 1945”, 10. Vid. Wesley F. Craven y James L. Cate, eds., The Army Air Forces in World War II (Chicago, University of Chicago Press, 1958), vol. 5, pp. 732-33. Ariold deseaba un final tan fuerte como fuera posible, espe- rando que la USASTAF pudiera golpear la zona de Tokio con una misién de 1.000 aviones: la Vigésima Fuerza Aérea habia en- viado 853 B-29 y 79 cazas el 1 de agosto, y Arnold creia que se podia redondear el ntimero recurriendo a la Octava Fuerza Aérea de Doolittle. Spaatz todavia deseaba arrojar Ja tercera bomba atémica sobre Tokio, pues pensaba que la defendida ciudad constituia un mal blanco para el bombardeo convencional; en vez de esto, propuso dividir sus fuerzag entre seis blancos. Arnold disculpé la desgraciada confusién sobre la Undécima y, aceptan- do la correccién de Spaatz, le dio a entender que sus dérdenes habian sido “coordinadas con mis superiores hasta arriba de tedo”. La teleconferencia finalizé con un ferviente “gracias a Dios” de Spaatz... De las Marianas salieron 449 B-29 para un golpe a la luz del dia el 14, y esa noche, mientras en Washington y Guam los al- tos mandos abogaban por una cancelacién de ultima hora, fueron aerotransportados 372 més. Siete aviones enviados en misién es- 167 Secretario de Ja Guerra, Stimson, le parecia “aterrador que no se produjeran protestas por los bombardeos que estamos realizando contra el Japon, que conducen a pérdidas humanas tan extraordinariamente graves”; advertia que “hay algo malo en un pais en el que nadie pone en cuestién eso”, gQué habr4 que decir entonces de un pais que, veinte afios después, es toda- via incapaz de afrontar la cuestién de los crimenes de guerra? No se trata, naturalmente, de que la cuestién de los crimenes de guerra haya pasado de moda, Ni siquiera hoy queda completada una gira por Alemania sin un Suspiro y un retorcerse las manos nituales sobre la nega- tiva del pueblo aleman a enfrentarse con los pecados de la era nazi o sobre los libros de texto germanos, que Becial de bombardeo por el 509° Grupo clevaron a 828 el ntimero le B-29, y con ellos fueron despachados 186 cazas de escolta. La _ USASTAF aprob6 el objetivo de Amold con un total de 1.014 aeroplanos. No hubo pérdidas, y antes de que regresara el Ultimo B-29 el Presidente Truman anuncié la rendicién ineondi- sional del Japén, Para la reaccién de una victima, vid. Makoto Qda, “The Mean- ing of ‘Meaningless Death”. Tenbo, enero de 1965, traducido en el Journal of Social and Political Ideas in Japan, vol. 4 (agosto de 1966), pp. 75-84, Durante Ia tarde del 14 de agosto de 1945 murieron millares de personas durante un prolongado e intenso bombardea aéreo de un arsenal en Osaka, Yo fui testigo de la tragedia, Vi docenas de cadaveres, stbditos ficles consumidos literalmente al servicio de un gobierno que ya habia decidido aceptar la exigencia de rendi- ein incondicional de la Declaracién de Potsdam. La tnica refugios. Encontramos los caddveres y las octavillas que habian lanzado los bombarderos norteamericanos tras la destruccién, Las Gctavillas proclamaban en japonés: “Voestre Zobiemo se ha ren. dido. [La guerra ha terminado!”. 168 oco, un grupo de intelectuales liberales Sab eee : daba sus impresiones de un viaje por on occidental en el ‘Atlantic Monthly i ae = - j i tién de inguno dejé de suseitar la cues' = ae sort ‘ino de ellos comentaba que “por div ae que fueran nuestros temperamentos o wale ae oe oliticos, éramos claramente un grupo al que oe ecic nuestras coe Neca eS i la salud politica... a ae ae Sa Hvid: ue estébamos en s olvidado, ni podiamos olvidar, q > esta : a ais que habia sido capaz de concebir e seen tay el nazismo”. El mismo comentarista se mostra . impresionado por la “dignidad y fortaleza con qu: los jévenes alemanes “Hevan una carga ee moral sin paralelo en Ja historia: fne ay ee ienci ién anterior, - Ja consciencia de que la generacié : temente sus propios padres, EE a poe atrocidades de la historia de la Roane is Gee i ameri i ferviente apologeta de la guerra coe : “106 ede un ser humano eg an sane cee d su padre ha sido un acuerdo’ con el hecho de que su p: h ? in asesino desalmado, o el falas un = as = eke oe + argue f Imado?” Algunos “se sintieron irritados pi ; salmado i eee i bia sido arreglado, concentracién [Dachau] hal a ado, ¢ Re (gAcaso el “embellecimiento” de Hiroshima o de Los Alamos, por tomar oy eine a eee = i i sta’ ebe deci no — suscita la misma respue: ) - ieron a Vietnam; pero ni favor que unos pocos aludieron : - uiaratse planted la cuestion — ni tan . Halon cartarla— de Ja conducta ee en te guerra mundial, o la “carga eoaonst 7 me rae los cuya “generacién ; eg leadas dos bombas atémi- nducta cuando fueron emple , ae oe contra un enemigo derrotado y virtualmente inde ae liberarnos del conformismo y de la ceguera 169 moral que se han convertido en un escandalo nacional, parece buena idea leer de vez en cuando las mesu- radas reacciones de los conservadores asiAticos ante al- gunas de estas hazafias nuestras. Consideremos, por ejemplo, las palabras del juez indio Radhabinod Pal, la voz asidtica més destacada en el Tribunal de Tokio que juzgé los crimenes de guerra japoneses. En su cuidadosamente argumentada (y ampliamente ignora- da) opinién disidente de la decisién del tribunal, for- mulaba las siguientes observaciones: Al Kaiser Guillermo II se le atribuye una carta dirigida al emperador austriaco Francisco José, en los dias iniciales de Ja primera guerra mundial, en la que se expresaba como sigue: “Mi alma se siente atormentada, pero todo debe ser incendiado y destruido; hay que matar a Fetes y mujeres, a ancianos y nifios, y no debe dejarse en pie un drbol ni una casa. Con estos métodos de terrorismo, que solamente pueden afectar a un pueblo tan degenerado como el francés, Se ganara la guerra en dos meses, mientras que si admito consideraciones humanitarias se prolongar4 durante afios. A pesar de mi repugnancia, me he visto obligado consi- uientemente a optar por el primer sistema”, Esto mostraba su despiadada Politica, y esta politica de asesinato indiscriminado para acortar la guerra fue conside- rada un crimen. En la guerra del Pacifico sometida a nuestra consideracién, si algo se aproxima a lo sefialado en la anterior carta del emperador alemdn es Ja decisién de las potencias aliadas de emplear la bomba atémica, Las generaciones futuras juzgaran esta terrible decisién, La historia dird si es irracional y solamente sentimental un estallido del senti- miento popular contra el empleo de semejante arma, y si ha pasado a ser legitimo conseguir la victoria por medio de tan indiscriminada matanza, destruyendo la voluntad de toda una nacién para seguir combatiendo, No es necesario que nos detengamos a considerar aqui si es cierto o no que “la bomba atémica nos obliga a un examen més profundo de la naturaleza de Ja guerra y de los medios Teens para la consecucién de o jetivos militares”. Para mis pro- 170 i i decir que si la destruccién indiseri- ae te a es aiepiedudes de los civiles mene senda ilegitima en la guerra, enlaces = of ever a Paci isid lear la bomba at eee oa las directivas a noe aleman durante la primera guerra mundial y de cs tn en = nazis durante la segunda. Nada semejante puede atri al actual acusado.* Cuando nos lamentamos de la sonal ene estamos exigiendo de los ee un ee ES i i i ; no, sin i desprecio hacia si mismos; al igo bueno, d 1 a nosotros la cuestién es infinitamente mas a No se trata de despreciarnos a nosotros mismos por los pecados del pasado. Al igual que ae e moi emarlo y aplastarlo todo, oe Sauna 4s rApidamente, y actuamos de la guerra te e mAs rapil » Soe icci o a diferencia del cuerdo con esta conviceién. Per oa nuestro espiritu no se siente atormentado. le He arreglamos con relativa tranquilidad, Ge sen sel ie continuamos escribiendo, hoy, nuevos capi iw ude le historia con la sangre de los inocentes y los arados. : ‘ : Volviendo al pacifismo radical de Muste enol. 20 texto de 1941, rogers que su primer Be B tee “de i crimenes era no tratar “de imputar los ue i nda, que se adop mente a una nacién”. La segunda, medidas para garantizar a todos los pashli eo eee terias primas. a los mercados y a las ma’ : mediata del sues ae a ae _ ge i ilitares 5 cimiento, por parte de jos muhtar i habia Tegado el momento del anos pi mung ae i i laban las materias pr! otencias occidentales control rias t que dependia su existencia, y el beg reurate de ellas estaba siendo detenido como represalia por su LL. Radhabinod Pal, International Military Tribunal for the Far East (Calcutta, Sanyal and Co., 1953), pp. 620-21, 171 expansi6n en el continente y su vineulacién a Alemania e Italia en el Pacto Tripartito. E] Japén se enfren- taba a una ofensiva diploméatica americana encaminada a convertirlo “de un imperio expansionista hostil, con &ran orgullo de su destino y abcd ambiciosos para su futuro, en una nacién de comerciantes resignada y pacifica, subarrendada a los Estados Unidos para cola- borar en Ia lucha de América contra Hitler”; 12 eso fue Precisamente lo conseguido con la guerra, si sustitui- mos a “Hitler” por “la conjura comunista internacio- nal”, Para comprender més profundamente el compro- miso en que se hallaban los Japoneses, para valorar Ja peote de que el Japén representaba las fuerzas le “un mal sin precedentes” alineadas frente a la “causa de la libertad humana” encabezada por los americanos, y para apreciar la sustancia de la alter- nativa pacifista radical de Muste €S Necesario exami- nar con algun cuidado los origenes del imperalismo japonés. El Japén habia sido abierto a la influencia occi- dental por la amenaza de emplear la fuerza contra él a mediados del siglo xrx, emprendiendo entonces un esfuerzo de modernizacién con éxito notable. Una nueva plutocracia sustituyé Ja antigua estructura feu- dal adoptando las formas del gobierno parlamentario, La participacién de las masas en el desarrollo de la estructura politica fue minima; resulta dudoso ue se produjera una elevacién en los niveles de vida del cam- pesinado y de los trabajadores urbanos durante el perfodo de transicién de una sociedad medieval a una sociedad capitalista moderna. E] Japén se unid a las demés potencias imperialistas en Ia explotacién del oriente de Asia y se hizo con Formosa, Corea y partes 12. Paul Schroeder, The Axis Alliance and Japanese-American Relations (Ithaca, N, Y., Comell University Press, 1958), p. 87, 172 del sur de Manchuria. En resumen: a finales de od afios veinte el Japén era lo que o Ja tear i acii tica moderna se denomina una “democr: itententls desempefiar el papel normal de una gran otencia. E ‘ ane 2 Habia un augurio de ae i ia de las fuerzas armadas del p i. eae doble” que se derivaba de ello habria de tener a breve plazo See eo rea an guerra europea de I ze Ja ae Fs pponiniied de extender sus sions e = ai en China, y proporciond ae ae — a j si renacel la industria japonesa en expansién. i cunietetiele ane fue un duro golpe para oS y la diplomacia de posguerra intenté en vano const = un sistema internacional SS bre eee ee oe 6 lado de las demds po as b fe el papel secun- ialistas. El Japén acepté de wena 2 ne a i asignaba y consintié, a lo largo de afios veinte, en ser un socio a buen oer lub imperialista. La Conferencia de ; i qoniciong Tenens que las fuerzas ue - tades Unidos, on Japén Sa ee e S cién de 5-5-3, aceptan 0 port Leen “jgualdad de seguridad” en vez del obj j 5 i “igualdad de armamentos”. Como comenta — der, “el argumento americano era que el Jap _ us Estado rodeado por todas cebeeriee Seas oS i i allaba en wu ricos y rivales peligrosos, se et 1 superior para la defensa, mie q I eta ete dos oceanos y sin un solo Sosa poderoso en ‘dos continentes, tenia um contorno natu: 7 13 ral inferior para la defensa”.* ok Los acuerdos de la Conferenota-fé r ington vol- 13, Ibid., p. 7. vieron a ser negociados en el Tratado Naval - dres de 1930, en el que participaron el Japon, . ae Bretaiia y los Estados Unidos. Esta cuestién se diseute detalladamente en un estudio de James Crowley. En las negociaciones que condujeron a este tratado, el se- cretario de Estado Stimson destacé “los problemas poco corrientes planteados 7 la necesidad de los Estados Unidos de defender os Iineas costeras y las ‘grandes concesiones’ que habia hecho el gobierno norteamerica- no en la época de Ia Conferencia de Washington”, Crowley sefiala que “todo a lo largo de la década de Jos veinte el Japén se atuvo escrupulosamente a los terminos de Jos tratados de la Conferencia de Wash- ington”. Lo que se discutia en las negociaciones si- guientes era si el Japén podria mantener su objetivo principal: “la euromaele sobre la flota americana en apes préximas al Japén”. El Tratado de Londres, en etecto, exigid que el Japén abandonara este objetivo El Tratado de Londres “no convirtié a Inglaterra en una potencia naval de segunda clase ni puso en peligro la seguridad de los Estados Unidos o de sus pose- siones insulares en el Pacifico”, pero comprometio “el principio de la hegemonfa naval japonesa en las pro- pe Te es : n el Japén, Ja oposicién interna al tratado er: algo muy serio. Condujo al reforzamiento del plead de los militares, los cuales advertian, con raz6n, que la direccién de los civiles estaba poniendo sorante en peligro la seguridad Japonesa, El tratado también provocé el primer caso de “la serie de violentos ata- ques a los dirigentes del Japon Jegalmente designados que caracterizaria Ja historia politica de ese pais du rante la década de los treinta”, cuando el bataen an 14, Japan’s Quest for Autonomy: National Security and Fo- reign Policy, 1930-1988 (Princeton, Princeton University Press, 1966), cap. 1 : 174 nistro Hamaguchi, responsable del tratado, fue muerto por un “joven patriota” en 1930. Una consecuencia inmediata de] tratado fue la adopcién, por parte del partido de la oposicién, de una plataforma que insistia en “el mantenimiento de la posicién privilegiada del Japon en Manchuria y en una politica exterior que preseindiera de la necesidad de la colaboracién con las naciones angloamericanas en defensa de los inte- reses continentales del Japén o en los acuerdos sobre el armamento naval’. En resumen: parece claro que la negativa de los Estados Unidos a acceder a Ja hege- monia del Japén en sus propias aguas (mientras insis- tian, naturalmente, en mantener su propia hegemonia en el Atldntico occidental y el Pacifico oriental) fue una de las causas importantes que contribuyeron a la crisis que pronto habria de estallar. En los afios siguientes los japoneses empezaron a advertir, muy justamente, que habian sido engafiados de una manera muy general en los acuerdos diplom4- ticos de penne de los afios veinte, los cuales “expre- saban la idea de que el Lejano Oriente es esencialmen- te un lugar para las actividades comerciales y financieras de los pueblos occidentales, y... subrayaban la impor- tancia de colocar en un pie de igualdad a las potencias signatarias, ignorando asi que era deseable establecer relaciones especiales entre determinados paises, espe- cialmente entre el Japon y China”.° Un delegado a la conferencia del Instituto de Relaciones del Pacifico (IPR) de 1925 expresé una visién de la situacién tipi- camente japonesa: “Precisamente cuando [el Japon] se estaba mostrando realmente h4bil en la partida de 15. Masamichi Royama, Foreign Policy of Japan: 1914-1939 (Tokyo, Japanese Council, Institute of Pacific Relations, 1941), p. &. Frosigue afirmando que fue la inexperiencia japonesa lo que condujo a la pasividad y la aceptacién del intente americano, con el apoyo britdnico, de conseguir la hegemonia en el Pacifico, con- secuencia obvia de la “igualdad” entre desiguales. 175 caza, las demés potencias, muchas de | s S las cuales habf. conseguido todo lo que querian de ctitlegater model Tepentinamente tuvieron un exceso de virtud y dijeron que la ieee sere terminado”.1® Una década des- pues, un delegado a | i Soles a ‘a conferencia del IPR de 1936 Los japoneses advertian que los i ban con parcialidad al alee see ena ae og la “paz”, Todo lo que piensan de la maquinaria ae Bune tea ee coleivs €8 que se trata simplemente 2 i a mantener esa clase de eee Tos ee estan en contra de ella. Esto es ee ne que el Japén se negaria a Participar en la seguridad a ectiva os pu Hera inventarse un mecanismo que permi- fete = cambio pacifico”... El Japon tiene un legitimo €seo de expansién, Cudles son los medios por los cuales uién es é . e dades [oe ae en Proporcionar amplias posibili- Tia ©; i e foe xpansion pueda realizarse paci- Hasta mediados los afios veinte los ja 0 en general, la potencia imperialista aus as bee zaba con el Kuomintang en su intento de unificar China. En 1927 Chiang Kai-chek dijo que la polftica japonesa diferfa de la actitud “opresora” de la Gran Bretafia y los Estados Unidos, y Eugene Ch’en, que entonces era un alto funcionario del Kuomintang, an 16. Citado en R. J. C. Butow, Tos i War (Psinccton, N. J., Princetan Uaverity ren nae oe Pacitis, 1805 Goretand YK: L. Mitchell, edit’, Probliwes oF the ic, (Chicago, University of Chicago Press, 1936) p. 195 176 trastaba la no participacién del Japén en el bombardeo imperialista de Nankin con “la crueldad imherente a la civilizacién occidental”; ello “mostraba la amistad del Japén hacia China”. El objetivo de la diplomacia japo- nesa consistia en reforzar a los elementos anticomu- nistas del Kuomintang y, en apoyar, al mismo tiempo, al sefior de la guerra Chang Tso-lin en una Manchuria cuando menos semiindependiente. En aquella epoca esto no parecia completamente carente de sentido, aun- que la posicién juridica del Japén era imsegura y esta politica conducia a un conflicto inevitable con el nacio- nalismo chino. Segin una autoridad: Desde 1927, Manchuria se podia identificar politicamente con China solamente en la medida en que su sefior de la erra, Chang Tso-lin, era también el comandante en jefe e Ja coalicién anti-Kuomintang que controlaba Pekin. Pero la base econémica y militar de Chang en las tres provincias orientales era completamente distinta de China, y en el asado él habia proclamado ocasionalmente Ja independencia y Manchuria.18 En la medida en que esta valoracién es exacta, la diplomacia japonesa no carecia de realismo al encami- narse a impedir que el creciente movimiento naciona- lista de China dominara Manchuria, y reprimir al mis- mo tiempo las ambiciones del sefior de la guerra de Manchuria de hacerse con toda China, Este siguid siendo, esencialmente, el objetivo de los gobiernos civi- les japoneses incluso tras a “incidente de Manchuria” de 1931-1932. Hacia 1931, estaba quedando del todo claro que la diplomacia relativamente conciliadora de los afios veinte era incapaz de garantizar los “derechos e inte- reses” considerados esenciales para el desarrollo con- 18. Irlye Akira, After Imperialism (Cambridge, Mass., Har- vard University Press, 1965), p. 160. 177 12. — cHowsxy tinuado del Japén. Las consecuencias de la gran de- presién fueron inmediatas y severas (vid. infra). El Tratado de Londres no habia proporcionado seguridad al Japén frente a las demds potencias imperialistas. Manchuria seguia siendo independiente del Kuomin- tang, pero aumentaban las presiones nacionalistas chinas en favor de la unificacién. Al mismo tiempo, la Unién Soviética habfa acrecentado de manera im- portante su potencia militar en la frontera de Man- churia, hecho que no podia dejar de preocupar a los militares japoneses. El Japén hab{a realizado una im- portante inversién en el Ferrocarril del Sur de Man- churia y, acertada o e uivocadamente, consideraba a Manchuria como una fuente potencial extraordinaria- mente importante de materias primas desesperadamen- te necesarias. Gran numero de japoneses,!® asi como millares de campesinos coreanos incitados por el Japén, se habian asentado en Manchuria, irritando al nacio- nalismo chino y, simultineamente, aumentando el com- promiso del Ejército de Kwang-tung en Manchuria de “preservar el orden”. El futuro del Ferrocarril del Sur de Manchuria —y, con él, el de las inversiones vincu- ladas al ferrocarril y el de los residentes e inmigrantes japoneses y coreanos — era muy dudoso a medida que aumentaban las presiones chinas tanto en el interior de Manchuria como en Ia China nacionalista, “Técni- camente, segiin un protocolo de 1905, China no podia construir lineas férreas paralelas al Ferrocarril del Sur 19. Segtin William L. Neumann, America Encounters Japan (Baltimore, The Johns Hopkins Press, 1963), p. 188, “mds de 200.000. japoneses vivian a lo Jargo del Ferrocarril del Sur de Manchuria y en la concesién de Kwang-tung”. Los e4loulos japo- meses para Manchuria en su conjunto son muy superiores. Yasaka Takagi calculé aproximadamente en un millén el numero de japone- sés que vivian en Manchuria (“World Peace Machinery and the Asia Monroe Doctrine”, Pacific Affairs, vol, 5 [noviembre de 1932], p- 941-53; reimpreso en Toward International Understanding ‘Tokyo, Kenkyusha, 1954]). 178 anchuria 0 cualesquiera otras que pudieran poner - ee el trafico Cupra alo deg de er ero China, naturalmente, se sentia muy poco inclina aa hacer honor a este compromiso y los intentos japoneses de mantener discusiones sobre Ja construccién ferro- viaria resultaron frustrados, pues el Kuomintang pro- seguia su politica de tratar de incorporar Manchuria a China y de eliminar la influencia jay onesa, sin duda con el apoyo de la mayoria de la poblacién mancht. Se produjo cierto nimero de incidentes violentos bas- tante serios en los que estuvieron implicados colonos coreanos y soldados japoneses. Durante el verano de 1931 fue ‘asesinado un oficial japonés. Y en Shanghai se inicié un boicot a las mercancias japonesas. En estas condiciones, en el interior del Japén se intensificd el debate acerca de si su futuro estaba en “la direccién politica de un carer de potencias del oriente de Asia” garantizado por Ia fuerza militar, o en continuar insistiendo mediante “las nuevas reglas de la diplomacia establecidas por Jas ahitas potencias oc- cidentales”.*1 La cuestién quedé resuelta en septiem- bre de 1931, cuando los oficiales del Ejército de Kwang- tung provocaron un choque con las fuerzas chinas (el “incidente de Mukden”) y procedieron a hacerse con el control total de Manchuria. China, de modo no ines- perado, se negd a negociar ig ofertas eae tiendo en que “la evacuacién es un reqi pale la eenciation directa”. El Ejército de Kwang- tung, ejercitando el derecho de legitima defensa’ contra los “bandidos” chinos, implanté su control por la fuerza, y, en agosto de 1932, el gobierno pat bajo fuertes presiones militares y populares, reconocié a Manchuria como el nuevo estado “independiente 20. Crowley, op. cit. p. 103. 21, Ibid., p. 110. 22, Ibid. p. 140. de Manchukio, gobernado por el anterior emperador manchi, Pu Yi. Como comenté Walter Lippmann, el procedimiento de implantar “gobiernos locales chinos dependientes del Japén” era “algo familiar”, nada diferente de los precedentes americanos “en Nicaragua, Haiti y otros lugares” 23 Los acontecimientos de Manchuria trascendieron a Ja propia China y al propio Japén y fueron la causa de una crisis internacional. El boicot de Shanghai y un choque entre tropas chinas e infantes de marina japoneses cerca del sector japonés de la concesién in- ternacional condujo a un bombardeo aéreo de repre- salia por parte de los japoneses. “Este uso indiscrimi- nado del poder aéreo contra un pequeiio contingente de soldados chinos dispersos entre una apretada pobla- cién civil engendré un profundo sentimiento de horror e indignacién en Inglaterra y los Estados Unidos”. 24 En Japén, el incidente de Shanghai se vefa mds bien de otra manera. E] embajador del Japén en China en aquella época, Mamoru Shigemitsu, escribe en sus me- morias #5 que él fue el autor de la peticién de que el 23. Citado en ibid., p. 154. 24, Ibid. p. 160. Los progresos de la civilizacién quedan indicados por la reaccién a la destruccién americana de las ciu- dades del delta del Mekong a Principios de febrero de 1968; por ejemplo, la destruccién de Ben Tre, con millares de bajas eiviles para proteger a 20 soldados norteamericanos (habian sido muen, tos 20 de una guamicién de 40), después de que la ciudad hu- biera sido tomada, virtualmente sin lucha, por las fuerzas del FNL. 25. Japan and Her Destiny, ed. F.'S. G. Piggott (New York. E. P. Dutton & Co., Ine, 1958). Shigemitsu describe el incidente de Manchuria como un aspecto, en realidad, de un golpe frustrado cuyo aspecto doméstico fracasé. Desde este punto de vista, “Man- ehuria era una regién lejana perteneciente a China y colonizada Bor ella”, “un pais poblado de manera dispersa y atrasado en las fronteras de China”, Hacia 1930, la “diplomacia revolucionaria” de China estaba tratando de anular y destruir los tratados desigua- les, ineluides los intexeses japoneses, que databan de hacia tiempo. En un momento en que la tnica solucién a los roblemas mundia- les fra el libre comercio, Europa estaba velviendo a una economia autarquica cerrada y bloqueaba el comercio entre el Japén y las 180 gobierno enviara tropas a Shanghai “para salvar de la aniquilaci6n a los residentes japoneses . Segiin este punto de vista, los treinta mil residentes japoneses y las propiedades japonesas en Shanghai se hallaban la merced del ejército chino, con sus tendencias mas ien izquierdistas. Ademés, los “comunistas chinos estaban desencadenando huelgas en las fabricas de propiedad japonesa. Por todas estas razones, Shigemitsu sentia justificada su peticién de tropas, las cuales consiguie- ron desalojar a las fuerzas chinas del distrito de Shanghai y restaurar la ley y el orden”, eae familiar”, como Eee observé justamente, y a que no faltan paralelos hoy. : : En lo que respecta al Japén, el impacto de los acontecimientos de 1931-1932 fue muy serio. Segun el destacado cientifico politico japonés Masao Maru- yama, “la energfa del fascismo radical acumulada en el periodo de preparacion estalld entonces con toda su concentracién bajo Ja presién combinada del panico doméstico y de crisis internacionales como el incidente de Manchuria, el de Shanghai y la retirada japonesa de i i ; la Sociedad de osestones coloniales de las potencias europeas; ocieda Naciones seguia la politica de mantener el mundo fnmévil, en interé imperiali ido. El Hjército de x interés del imperialismo estableci fi ey il lo que consideraba los int actué unilateralmente, pare proteger Ic i ides a legitimos del Japon en Manchuria. Los pa: Pp Setenca da Manchuko estuvieron deerme: en pe ee 4 aza de un cerco comunista final (por los comunis' y la Unién Soviética), y en parte fueron un intento de “responder a movimiento mundial en favor de la economia Spas el cual exigia que los japoneses trataran “de conseguir la autesul nen 1 Este modo de ver la situacién, sobre el que volveré mas adelante, fa de realismo. a u 26. Shigemitsu sin embargo, no ecops a incidents, de hai impia j embajador nor- Shanghai tan limpiamente como, por ejemplo, el feanieticchoven la Reniblice Dominicana, W. Tapley Bennett, o el enviado presidencial John Bartlow Martin, veintitrés afios después, en circunstancias parecidas. Shigemitsu fue gravemente herido por un terrorista (defensor de Ia independencia coreana) y le fue ampu- tada una pierna. 181 la Sociedad de Naciones”.27 Ademés, “la cuestién de la violacién de los derechos del mando supremo”, plan- teada cuando la direccién civil habfa desoido a los dirigentes militares y de hecho capitulado ante Occi- dente en la Conferencia Naval de Londres, fue “un gran estimulo para el movimiento fascista” (p. 81). En 1932, una serie de asesinatos de importantes figuras politicas (incluyendo al Puimer ministro, Inukai) con- tribuyd atin més a la decadencia del poder civil y al reforzamiento del poder de los militares, La reaccién internacional frente a estos aconteci- mientos fue ambigua. La Sociedad de Naciones envié una misién observadora, la Comisién Lytton, a inves- tigar Ja situacién en Manchuria. Su informe rechazaba la posicién japonesa de que podia ser establecido el anchukiio como Estado independiente e insistia ya- gamente en la soberania china, por Jo cual el Japén se retiré de la Sociedad de Naciones. Los Estades Uni- dos también se encontraron algo aislados diplomati- camente, pues la dura posicién antijaponesa ai optada por el Secretario de Estado, Stimson, recibié escaso apoyo por parte de las demés potencias occidentales. En un cuidadoso andlisis de punto de vista de la Comisién Lytton, del gobierno de Inukai y de las auto- ridades cenirales del ejército, Sadako Ogata demuestra que existfa una importante zona de acuerdo: «las autoridades centrales del ejército... insistian en Ja creacién de un nuevo régimen local con autoridad para negociar la solucién de los problemas manchies, pero bajo la soberanfa formal del gobiemo nacional chino, un sees 27. Thought and Behaviour in Modern Japanese Politics, ed. Ivan Morris (New York, Oxford University Press, 1963), p. 30. Maruyama afiade: “mientras no hay duda de que el incidente de Manchuria actué como un claro estimulo para el fascismo Japonés, debe subrayarse que el movimiento fascista no fue algo que se despertara repentinamente después de 1931”, 182 eral icional, Este era el acuerdo que el mundo en gen eee aceptar. Pero la Comisién Lytton Deopase la constitucién de un régimen especial para Ja administraci i ttonomfa pero bajo la Manchuria, dotado de amplia au : a eos china. Finalmente, cuando el Estado ae Man- ‘hele proclamé su independencia, a gobiemo eee ras ‘ bstuvo del reconocimiento formal y consigu! x 6 de evitar una colisién frontal con las demas ones las cuales, por aquel entonces, is jet ee Jape ina d imi ambios doctrina del no reconocimiento de los cam ce ncaslonadys ion militar japonesa en Manchuria. La Oe on ee le Manchuria fue realizada, Pore or qj Ejército de Kwang-tung, desafiando Jp opostelty el Tobiaae y de los dirigentes militares centrales. El informe de la Comisién Lytton reconocia algunas de las complicaciones de la situacién, y sefialaba la con- clusién siguiente: No se trata de un caso en el que un pais ha declerdg la guerra a otro sin agotar previamente las pos! L ee conciliacién previstas en Convencién de 01 ae ad de Naciones. Tampoco se trata Snplemene de un oe ae violacién de las fronteras de ne pera sree mas ino, pues en Manchuria fee ae ae Sones un exacto paralelo en otras partes del mundo. El informe llegaba a sefialar que Ja disputa se pe suscitado en un territorio sobre el que pane ina como Japén “pretenden tener derechos pe ooh solamente algunos de los cuales se hallan c¢! aoe definidos por el derecho internacional; en un we as io que, pese a ser juridicamente parte ae e : China, tiene un cardcter lo suficientemente a a para llevar a cabo negociaciones directas con el Japén 28. Sadako Ogata, Defiance in Manchuria: The Making of Japanese Foreign Policy, 1931-1932 (Berkeley, University of Ca- lfornia Press, 1964), p. 178. 183 sobre las materias que se hallan en las raices de este conflicto” 2° _ Es problema abierto el de si una diplomacia ame- ricana mas conciliadora, que hubiera tomado en con- sideracién algunos de los problemas reales con que se enfrentaba el Japén, habria podido ayudar al gobierno de los civiles (apoyado por las autoridades centrales del ejército) a prevalecer sobre la iniciativa independiente del Ejército de Kwang-tung, el cual consiguié final- mente inducir al gobierno japonés a reconocer el fait accompli de un Manchukto que era mas una marioneta Serra de Kwang-tung que del Japén propiamente icho, En todo caso, el éxito del Ejército de Kwang-tung al imponer su concepcién del estatuto de Manchuria colocé al Japon y a los Estados Unidos en una situa- cién de enfrentamiento. Fl Japén recurrié a una “di- plomacia independiente” y a la fuerza para conseguir sus objetivos. Réyama describe como sigue la posicién del Japén a mediados de los treinta. El objetivo del Japon no es conquistar China 0 realizar a sus expensas conquistas territoriales, sino crear conjuntamente con China y Man- chukto un orden nuevo que incluya a los tres estados in- dependientes. Segim este programa, el Asia oriental ha de convertirse en una vasta regién capaz de autosostenerse, donde el Japén podrd conseguir la seguridad econdmica y la inmunidad de Boicots comerciales como los que ha estado experimentando a manos de las potencias occidentales.* _Esta politica estaba en conflicto con el nacionalismo chino y con la insistencia a largo plazo de los Estados Unidos en la politica de Puerta Abierta en China. 29. Citado en Pal, op. cit., p. 195. je a, OF; Gite Be LEI2 Martyama califes a Royama (op. ci.) tino de los principales cientifices polfti j datacda lisence ads Gee nk 184 Desde 1928 existia una creciente divergencia entre la politica de los gobiernos civiles japoneses, que tra- taban de jugar al juego de la politica internacional de acuerdo con las reglas establecidas por las potencias imperialistas dominantes, y el Ejército de Kwang-tung, que consideraba estas reglas desiguales para el Japén y que también se sentia insatisfecho por la injusticia interior de la sociedad japonesa. La iniciativa indepen- diente del Ejército de Kwang-tung se debié en gran parte a los oficiales jévenes de origen petit-bourgeois, que también se sentian representantes de los soldados, predominantemente de origen campesino. “La cuestién de Manchuria constituye una expresién externa del movimiento de reforma radical que estuvo inspirado originalmente por Kita y Okawa”,5* los cuales habfan desarrollado la idea de que el Japén representaba un “proletariado internacional”, con una misién emanci- adora de las masas asidticas, y al que se oponian las desigualdades obvias del capitalismo moderno. La ley fundamental propuesta para Manchukto en 1932 protegia al pueblo to “la usura, las ganancias exce- sivas y cualquier otra presién econémica_injusta”. Como ‘sefiala Ogata? la ley fundamental “mostraba un intento de prevenir las formas modernas de injus- ticia. econémica causadas por el capitalismo”. En el mismo Japén este programa result6 atractivo para los socialdemécratas, que condenaban “a los sefiores de la guerra chinos y a los egojstas capitalistas japoneses por las dificultades [en Manchuria]”, y que exigian “1a creacion de un sistema socialista en Manchuria, que beneficiaria ‘tanto a los chinos como a los japoneses que viven en Manchuria’”.®* 31. Ogata, op. cit., p. 132. 32. Ibid., p. 124, CE, también p. 185. 83. Crowley, op. cit., p. 138, Debe afiadirse que entre las complejas raices del fascismo en el Japén figuré una preocupacién 185 Ogata cita abundantes pruebas para apoyar la con- clusién de que el Ejército de Kwang-tung nunca traté de implantar el dominio japonés, sino que se propuso mas bien dejar “wn amplio poder discrecional a los érganos locales de autogobierno chinos, sin tratar de modificar la vida del pueblo de Manchuria ni de im- poner la asimilacién oe la cultura japonesa” (p. 182). Aparentemente, el programa de autonomia estuvo in- fluido por —y traté de incorporar — algunos impulsos indigenas chinos hacia la autonomia. “En el periodo inmediatamente anterior a la cuestién de Manchuria, un grupo de chinos dirigidos por Chang Ku traté también de crear una Manchuria auténoma basada en la colaboracién de los seis grupos étnicos principales (japoneses, chinos, rusos, mongoles, coreanos y man- chies) para proteger la zona de las intromisiones chi- nas, japonesas y sovicticas” (p. 40), Los dérganos de gobierno implantados por el Ejército de Kwang-tung fueron dirigidos por chinos destacados con el apoyo japonés. Se inicié la reorganizacién de los érganos administrativos de autogobierno locales utilizando los érganos de autogobierno tradicionales... Yu Chung-han, un anciano politico destacado del Gobierno de Mukden, ... fue... convertido en jefe del Gabinete de Orientacién del Autogobiemo el 10 de noviem- bre. Yu habfa sido el dirigente del grupo de civiles de Manchuria que, en contraste con los sefiores de la guerra, habia sostenido el principio de absoluto hokyo anmin (fron- teras seguras y vida pacifica). Semin él, Ia proteccién y la _prosperidad de las provincias del Nordeste tenia prio- tidad sobre todo, incluyendo las relaciones con la China pro- piamente dicha. Mediante la reforma fiscal, la mejora del sistema salarial de los funcionarios del gobierno y Ja abo- licién de un costoso ejército, el pueblo de Manchuria habria grande por el sufrimiento de los campesinos pobres, especialmente tras el golpe de la gran depresién. Vid. Maruyama, op. cit., pp. 44 45, para algunas citas y comentarios reveladores. 186 a de gozar de los beneficios del trabajo pacifico, mientras que Ja defensa habria de ser confiada a su mas poderoso vecino, el Japén [pp. 118-19]. En general, el Ejército de Kwang-tung consideraba a los treinta millones de habitantes de Manchuria — la mitad de los cuales habian inmigrado desde el comien- zo de los esfuerzos de desarrollo japoneses un cuarto de siglo antes— como “masas dolientes que hab{an sido sacrificadas al mal gobierno de los sefiores de la guerra y a Ja rapacidad de unos funcionarios inmo- rales, que no conseguian los beneficios de Ja civiliza- cién pese a la abundancia de Ja regién en recursos naturales”.*+ Ademas, el Ejército consideraba Manchu- ria como “la fortaleza contra el avance de Rusia por el sur, que se hace cada vez mds amenazador a me- dida que va resultando més visible la influencia sovié- tica sobre la revolucién china”.?® Al igual que muchos civiles japoneses, advertia que “bajo la direccién de Chiang Kai-chek y con el apoyo de las potencias de- moeraticas occidentales que deseaban mantener a China en el estado de una semicolonia, a salvo del progreso de los japoneses en el continente, China se estaba convirtiendo r4pidamente en un pais fascista- militar” 9° y no tenia derecho a dominar Manchuria. Por emplear la terminologia de que gusta el secretario de Estado Rusk, no estaba dispuesto a sacrificar al pueblo de Manchuria a sus més poderosos o mejor organizados vecinos, e inicié serios esfuerzos para ga- narse los espiritus y los corazones del push y para apoyar a los dirigentes chinos responsables que habian 34, Ogata, op. cit., p. 45, parafraseando el informe de una investigacién del Ejército de Kwang-tung. 5. Ibid., p. 42. 86. Royama, op. cif, p. 11. 187 estado trabajando en favor de la independencia de Manchuria? En realidad, puede argiiirse que “si no hubiera sido or la intervencién occidental, que reforz a China, os mongoles y los tibetanos habrian recuperado sim- plemente su propia soberania nacional tras la caida del imperio manchu” en 1911, como deseaban los habi- tantes de Manchuria. Con bastante estimulo occidental, el gobierno nacionalista habia abandonado la exigen- cia original de unién con igualdad de chinos, man- chues, mongoles, musulmanes y tibetanos, y adoptado Ja posicién de que China debfa gobernar las posesiones eriféricas, Occidente presumia que China estaria bajo ‘a influencia y la direccién occidentales; “al confirmar a China la zona mds amplia posible aumentaba la es- fera de la futura inversién y explotacién occidental” °° (y eso afiade una nota de ironfa a los frecuentes la- mentos occidentales sobre el “expansionismo chino”). Desde este punto de vista, la independencia de Man- churia podia ser racionalizada facilmente como un paso hacia Ja emancipacién de los pueblos del este de Asia de Ja dominacién occidental, Seguramente la implantacién de la hegemonfa japo- nesa sobre Manchuria —y posteriormente también sobre el nordeste de China — estuvo motivada por el deseo de asegurar los derechos e intereses japoneses. 87. Las comparaciones son dificiles, pero parece que los japo- neses tuvieron bastante ms éxito al crear un gobierno titere efec- tivo en Manchuria del que han tenido nunca los Estados Unidos en Vietnam; de la misma manera los alemanes tuvieron mas éxito en atraer para sus fines a las fuerzas nacionalistas en la Francia ocupada y de Vichy que los Estados Unidos en Vietnam. Sobre Ia insurrecciém que se desarroll6 en Manchuria y sobre los esfuerzos japoneses por eliminarla, vid. infra, pp. 195-201 38. Citas y pardfrasis de Owen Lattimore, “China and the Barbarians”, en Joseph Barnes, ed., Empire in the East (Garden City, Ree York, Doubleday, Doran & Company, Inc., 1934), pps G86. 188 Un profesor liberal de historia americana, Yasaka Taka- gi, observaba que el apoyo general a los militares japo- neses en 1931 era parecido a la psicologia del Destino Manifiesto subyacente a la expansién americana en Flo- rida, Texas, California, Cuba y Hawai? Describia la regién de Manchuria, infestada de bandidos y contro- lada por los sefiores de la guerra, sometida entonces al choque entre el expansionista nacionalismo chino y el imperialismo japonés, como algo parecido a la situacién en el Caribe cuando Jos Estados Unidos jus- tificaron su politica en esa zona. Preguntaba por qué podia existir una doctrina Monroe para América y una politica de Puerta Abierta para Asia, y proponia una conferencia internacional para resolver los principales problemas de esta ultima regién, sefialando, sin em- bargo, que pocos norteamericanos “mantendrian si- quiera por un momento la idea de dejar que una con- ferencia internacional definiera la doctrina Monroe y examinara las relaciones con México”. Sefialaba muy acertadamente que “el mecanismo de la paz del mundo es en si mismo, ante todo, creacién de las razas domi- nantes de la tierra, de quienes son los principales bene- ficiarios del mantenimiento del status quo”. Pese a todo, parece que pocos japoneses estaban dispuestos a justificar el incidente de Manchuria y los acontecimientos subsiguientes por razones “pragmati- cas” de interés propio. Destacaban mis bien el elevado carActer moral de la intervencién, los beneficios que reportarfa a las masas dolientes (cuando el terrorismo hubiera sido eliminado) y la intencién de crear un “pa- raiso terrenal” en el Estado independiente de Man- chukio (y posteriormente también en China), defen- dido de los ataques comunistas por el poder del Japén. Maruyama observa que “lo que consiguieron con su 39. Op. eit, Vid, nota 19. 189 moralizacién nuestros dirigentes de la época de la guerra no fue simplemente engafiar al pueblo japonés o del mundo: ante todo, se engayiaron a si mismos” 4° Para ilustrar esta afirmacién cita las observaciones del embajador norteamericano, Joseph Grew, sobre el “au- toengafio y la falta de realismo” de los estratos su- periores de la sociedad japonesa: --Dudo que haya un solo japonés entre un centenar que crea realmente que han roto a Pacto Kellogg, el Tratado de Jas Nueve Potencias y la Convencién de la Sociedad de Naciones. Un numero relativamente pequefio de hombres que piensan es capaz de enfrentarse francamente con estos hechos; un japonés me decia: “Si, hemos quebrantado todos esos acuerdos; hemos realizado una guerra abierta; los ar- gumentos de la “defensa propia’ y de la ‘autodeterminacién para Manchuria’ estén podridos, pero necesitdbamos Man- churia, y €sa es la cuestién”. Sin embargo, estos hombres son una minoria. La gran mayoria de los japoneses son asombrosamente capaces de engafiarse realmente a si mis- mos. No se trata necesariamente de que los japoneses crucen los dedos cuando suscriben un compromiso. Significa sim- plemente que cuando éste resulte ir en contra de sus propios intereses, tal como ellos los entienden, lo interpretaran de manera apropiada para ellos, y, de acuerdo con sus propias luces y con su manera de pensar, se consideraran perfec- tamente honrados al hacerlo asi... Una mentalidad asi es mucho mas dificil de tratar que una mentalidad que, por desvergonzada que sea, sabe que hace algo injusto. 40. Op. cit., p. 95. 41. Ademés, también habla quien se oponfa a los compro- misos 0 concesiones sobre la base de que entonces seria imposible enfrentarse a la mirada de espiritus muertos en la guerra” (Gene- tal Matsui, 1941, citado por Maruyama, op. cit., p. 113). Resulta penoso considerar la cuestién de cudntos hombres han muerto a lo Targo de la historia para que otros no hayan muerto en vano. Otro factor crucial, segtin Maruyama (p. 124), era “la opinién de los ancianos ayudantes cerea del Emperador, que habian optado por la guerra en el exterior con preferencia a la lucha de clases 190 Al Iegar a este punto se viene abajo la analogia con el comportamiento norteamericano habitual en Asia; hay m4s de un americano por cada centenar que comprende que hemos violado realmente nuestros compromisos, y no sélo los de Ginebra, sino también —y esto es mds importante — los de la Carta de las Naciones Unidas, Sin embargo, la observacién general sigue siendo muy valida en las modificadas circuns- tancias de hoy. Es muy dificil tratar con la mentalidad que reinterpreta los compromisos de manera adecuada para sus intereses, y puede muy bien ser absolutamente honrada —en un curioso sentido de la palabra— al hacerlo asi. Al lado de quienes justificaron la intervencién en Manchuria por razones pragmaticas de interés egoista, de quienes hablaron de una nueva doctrina Monroe “para mantener la paz del este de Asia”, y de los que fantasearon sobre un “para{so terrenal”, se alzaron también voces disidentes que pusieron en tela de juicio la politica japonesa de una manera més fundamental. A medida que los militares ampliaban su poder, los disidentes fueron atacados — verbal y fisicamente — por su traicién al Japén. En 1936, por ejemplo, las imprentas de los principales periédicos de Tokio fueron asaltadas y el capitén Nonaka, que dirigié la opera- cién, hizo colocar un Manifiesto del Virtuoso Ejército de Renovacidn “que identificaba a los grupos mas res- ponsables de la traicién a la politica nacional” — los oliticos mds ancianos, los magnates financieros, los Taatigtes de la corte y algunas facciones del ejér- cito — proclamando: Han violado las prerrogativas de los derechos del em- perador al mando supremo, entre otras ocasiones con la en el interior, y que temian menos perder la guerra que correr el Peltor de la revolucién”, lo qual es también un modelo de con- ucta familiar, 191 conclusién del Tratado Naval de Londres y la destitucién del inspector general de Educacién Militar. Ademds, han conspirado secretamente para engafiar al mando supremo en el incidente de marzo, y se han unido a profesores des- leales en lugares rebeldes. He aqui solamente unos pocos de los mds notables ejemplos de sus villanias...** Resulta dificil imaginar algo parecido en los Esta- dos Unidos de hoy. Dificil, pero no imposible. Consi- dérese, por ejemplo, la columna de William H. Strin- ger en la pagina editorial del Christian Science Monitor del 7 de febrero de 1968, en la que exige que se pon- ga fin “a ese modo de pensar violento, desencantado y anarquico que causa dificultades al gobierno y se afiade a Jas ya pesadas cargas de Washington”. El péarrafo final explica por qué deben cesar “las criticas y los maullidos del establishment pseudointelectual”: Ciertamente, este momento de cruciales decisiones es un momento en que hay que apoyar al gobierno — al presidente y al Congreso—con nuestras oraciones. Si, para ver que ninguna niebla de falsa doctrina o torcida educacién puede erturbar el orden constitucional que da impulso y razén le ser a nuestro pais. Y para efirmar y recordarnos a no- sotros mismos que nuestros dirigentes han recibido de lo alto Iq ttilizacién de sus siempre presentes inteligencia y sabiduria, de modo que verdaderamente pueden percibir y seguir “caminos desconocidos por las aves de presa” (Job, 28) [a cursiva es mia]. Se tendrfa que buscar con bastante diligencia en la literatura del totalitarismo para encontrar una formu- lacién semejante. Un oscuro oficial japonés condena a los profesores desleales y a otros traidores que han transgredido las prerrogativas imperiales; un escritor de uno de nuestros mas distinguidos y “responsables” 42. Crowley, op. cit., p, 245. 192 ee denuncia a los ae de falsa octrina y torcida educacién que se niegan a admitir que nuestros dirigentes gozan de la inspiracién divina. Hay, ciertamente, importantes diferencias entre las dos situaciones; asi, el capitan Nonaka destrufa las maqui- nas de imprimir, mientras que su equivalente contem- poraneo es destacado por la prensa responsable ame- ricana. Como Toynbee habia sefialado con anterioridad, los intereses econédmicos [del Japon] en Manchuria no eran algo superfiuo, sino necesidades vitales de su vida interna- cional... La posicién internacional del Japén — con la China nacionalista, la Rusia soviética y los pueblos de habla in- glesa del Pacifico conscientes de su estirpe haciendo presién sobre él—de repente se habia vuelto nuevamente precaria. Estos intereses especiales habian sido reconocidos repetidamente por los Estados Unidos. Tanto China como el Japén consideraban el Acuerdo Root-Takahira de 1908 como una indicacién de “la aquiescencia ame- ricana a la posicién del segundo en Manchuria”.** El! secretario de Estado Bryan, en 1915, dijo que “los Es- tados Unidos han reconocido francamente que la proxi- midad territorial crea relaciones especiales entre el Japén y estos distritos” (Chantung, el sur de Manchuria y_ el este de Mongolia), y las Notas Lansing-Ishii de 1917 sefialaron que “la proximidad territorial crea re- 43. Survey of International Affairs (London, Oxford Univer- sity Press, 1926), p. 386; citado en Takagi, op. cit. 44, A. W. Griswold, The Far Eastern Policy of the United States (New York, Harcourt, Brace & Company, 1938; edicién paperback, New Haven, Conn., Yale University Press, 1962), p. 180. La erudicién norteamericana en general esti de acuerdo - en que estos pactos reconocieron la “posicién especial” de los japoneses en la region de Manchuria-Mongolia. Vid., por ejemplo, Robert A. Scalapino en Willard L. Thorp, ed., The United States and the Far East (New York, Columbia University Press, 1956), p. 30. 193 13. — cuomsKy laciones especiales entre los paises, y, consiguientemen- te, el gobierno de los Estados Unidos reconoce que Japén tiene intereses especiales en China, particular- mente en la parte en que sus posesiones son conti- guas”.*® De hecho, los Estados Unidos consideraron al Kuomintang durante varios afios come un rebelde con- tra el gobierno legitimo de China, e incluso después de la matanza de comunistas realizada por Chiang Kai- chek en 1927 mostraron escasas simpatias por los na- cionalistas. Todavia en 1930 el embajador americano en China no vefa diferencia alguna entre el Kuomintang y los sefiores de la guerra rebeldes de Pekin, y escri- bid que no podia “ver esperanza alguna en ninguno de los dirigentes autodesignados que se extienden por el Ue 2 la cabeza de extrafias bandas de tropas arma- as”. Al mismo tiempo, los Estados Unidos insistjan en conservar sus derechos especiales, incluido el derecho de extraterritorialidad, el cual excluia a los ciudadanos americanos de las leyes chinas. En 1928 habia en Chi- na mas de 5.200 infantes de marina norteamericanos que oes estos derechos (el ejército japonés en Manchuria en esa época era aproximadamente de 10.000 soldados).4* Las demas potencias imperialistas todavia insistlan ms en la proteccién de sus derechos, y_persistieron en sus actitudes antinacionalistas durante el incidente de Manchuria. Afios mds tarde, cuando los japoneses habfan em- 45. En las dos citas de William C. Johnstone, en The United States and Japan's New Order (New York, Oxford University Press, 1941), pp. 124, 126, Las Notas Lansing-Ishii, sin embargo, conte- nian un protocolo secreto que de hecho anulaba esta concesién, Gitado en Iniye, op. cit. p. 271. AT. Se trata de una fuerza tan amplia_como la mantenida or los Estados Unidos en el Vietnam en 1962. A finales de 1937 los japoneses tenfan 160.000 soldados en China. En estos tiempos se tlende a olvidar cudles fueron las dimensiones de la agresién fascista hace una generacién, 194 pezado a emplear la fuerza para afianzar su posicién en China, todavia conservaban el apoyo de la comuni- dad financiera norteamericana (en la medida en que ésta no se sentia amenazada por dichas acciones). En 1928 los cénsules norteamericanos apoyaron el envio de tropas japonesas; uno de ellos informé que su llega- da “habfa producido una sensacién de alivio... incluso entre los chinos, especialmente los de la clase pudien- te’48 La comunidad financiera siguié siendo relativa- mente pro-japonesa incluso después de las acciones ja- ponesas en Manchuria y Shanghai en 1931-1932; en general, se advertia que los japoneses estaban librando la batalla de todos los extranjeros contra los chinos que deseaban destruir los derechos y privilegios extran- jeros... que si la capacidad organizadora de los japone- ses se desataba en China, eso podia ser bueno para to- dos”.#® El] embajador Grew, el 20 de noviembre de 1937, escribié en su diario que el Memorandum Mac- Murray, puesto en circulacién precisamente por uno de los principales portavoces norteamericanos para cues- tiones de Extremo Oriente, “serviria para liberar a muchos de nuestros compatriotas de la teoria gene- ralmente aceptada de que el Japén ha sido un matén y China la victima pisoteada”.®* Corrientemente la ac- titud americana continuaba siendo la expresada por el embajador Nelson Johnson, el cual argiiia que el inte- rés americano nos dictaba no ser prochinos ni pro- japoneses, sino m4s bien “atender inicamente a los... efectos de los acontecimientos de Oriente... sobre los intereses futuros de Norteamérica”, esto es, “el he- cho de que la gran poblacién de Asia ofrece una va- 48, Ee, op. cit., p. 218, an 49, Johnstone, op, cif., p. . 50. Grads en Dorothy Borg, The United States and the Far Eastern Crisis of 1933-1938 (Cambridge, Mass., Harvard Univer- sity Press, 1964), p. 590. 195 liosa salida para los productos de nuestras industrias, y ae a medida que éstas se desarrollen, estaremos cada vez més interesados en encontrarles salidas”,"! Es igualmente caracteristica su explicacién de la actitud que deberiamos adoptar “hacia esos pueblos orientales de cuyo futuro nos estamos conyirtiendo en Tesponsa- bles”. Lo que hacemos de ellos pretende ser “caracte- risticamente el producto del Healiasic americano”; “continuaremos estando interesados [en su futuro] co- mo un padre ha de interesarse por la carrera de su hijo mucho después de que éste ha abandonado el ho- gar familiar”.®? En realidad le preocupaba que el natu- tal altruismo americano predominara demasiado en el trato a nuestros pupilos asidticos, y confiaba mds bien en que el “nuevo periodo de las relaciones internaciona- les americanas” estaria “caracterizado por el lado prac- tico y adquisitivo de la vida americana mas que por su lado altruista e idealista”, Todavia en 1939 el embajador Grew, hablando en Tokio, decia que las objeciones norteamericanas al or- den nuevo se basaban en el hecho de que éste impli- caba “privar a los americanos de sus derechos en Chi. na, establecidos desde hace tiempo”, e imponer “un sis- 51. Ibid., p. 42. 52. Los oficiales del ejército japonés en China expresaron la misma _Preceupacitn, El general Matsui, al partir para ocupar el cargo de comandante en jefe de las fuerzas expedicionarias japo- nesas en Shangai en 1937, declaré: “No voy al frente a combatir @ un enemigo, sino con el estado de Animo de quien trata de apaciguar a su hermano”, Ante el tribunal de Tokio, definis su misién con las palabras siguientes: “La lucha entre el Japén y ja China fue siempre una lucha entre hermanos dentro de la ‘fami- Ha asistica’,.. Durante todos estos afios he crefdo que debemos considerar esta lucha como un método para hacer que los chinos hhagan examen de conciencia. No lo hacemos porque les odiemos, sino, por el contrario, porque les queremos demasiado, Ocurre lo mismo que en una familia, cuando un hermano Mayor ha hecho todo Io posible para corregir el mal comportamiento de su hermano menor y tiene que castigarle para conseguir que se comporte digna- mente”, Citado por Maruyama, op. cit. p. 95. 196 a de economia cerrada”. Los criticos sefialaron que Ese se decia nada sobre la independencia de China, y que de sus observaciones podia esprenderse muy bien que “si los japoneses se abstenian de emprender ae nes que violaran los derechos americanos, los Esta e Unidos no se opondrian a la ocupacién continuada e China”° En otofio de 1939 el secretario de Estado, Hull, se negé a negociar un nuevo tratado comercial con el Japén y a llegar a un modus vivendi a menos que el Japén modifique totalmente su actitud y Nee cién respecto de nuestros derechos e intereses en : na”.>4 Si se hubiera satisfecho esta condicién, por lo que parece, la situacién habria sido muy diferente. La depresién de 1929 sefialé el derrumbamiento fi- nal del intento de los civiles japoneses de vivir se- gun las reglas establecidas por las ee occidenta- les, Precisamente en el momento de _ golpe de la depre- sién, el nuevo gabinete Hamaguchi adopté el patrén oro en un intento de vincular mas estrechamente la eco- nomia japonesa a la de Occidente, dejando de inde fos intentos anteriores de una “co-prosperidad unilateral chino-japonesa. Consecuencia inmediata de ello fue = drdstico descenso de las exportaciones epanesss m 1931 el Japén fue sustituido por los Estados Unidos en su puesto de principal exportador a China. oa taciones japonesas a los Estados Unidos también des- cendieron acentuadamente, en parte como consecuen- cia del arancel Smoot-Hawley de junio de 1930 & en parte debido al dramatico descenso del precio de la seda® Para un pafs industrializado como el Japén, 2 te . cit, p. 290, f ff oa ee Trancis C, Jones, Japan’s New Order is teat Asia (New York, Oxford University Press, 1954), p. 156, de The Memoirs of Cordell Hull (New York, The Macmillan Company, , 725-26. ar vo ee op. cit, pp. 260 y¥ ss., pp. 278 y ss., para la discusién de estos acontecimientos, 197 carente casi de abastecimiento doméstico de materias primas, el descenso del comercio mundial fue un desas- tre sin paliativos, E] diplomatico japonés Mamoru Shi- gemitsu describe sucintamente la crisis: mal fue dificultado por un trato discriminatorio antinatural... En cierto sentido, ef estallido de Manchuria fue el resultado de la cerrada economia internacional subsiguiente a la pri- wera guerra mundial. Por debajo de él estaba la sensacién de ue era el tmico modo de evitar el estrangulamiento economico,56 El infame Yosuke Matsuoka sefiald en 1931 que “nos sentimos asfixiados cuando observamos las situa- ciones interior y exterior. Lo que buscamos es el mi- nimo vital de los seres humanos. En otras palabras: estamos tratando de vivir. Estamos buscando un espa- cio que nos permita respirar”.5™ Diez atios mds tarde describiria al Japén como “prisionero de la necesidad de encontrar medios de autoabastecimiento y autosu- ficiencia en el Gran Oriente asidtico”. Y pregunta: 56. _Shigemitsu, op. cit. p. 208 (vid. nota 25). La ley de inmigracién racista norteamericana de 1994 habia sido un golpe Particularmente amargo para los japoneses. Ademds se levantaban barreras contra la inmigracién en anadé, América latina, Austra- i decir que log esfuerzos japo- Ieclen er nsettar un artieulo sobre la igualdad racisl en Le Teso- luciones de la Sociedad de Naciones que afirmaban el “principio de la igualdad de las Naciones” y “el trato justo _a sus nacio- nales” habfan sido bloqueados por la Gran Bretafia, Woodrow que entonces presidia, dispuso que no fuera introducido ‘dada la serie de objeciones de algunos de nosotros” (Pe Pp. 317 y ss.). Solamente la Gran Bretafia y los Estados Unidos Neumann, op. cit., pp. 153- 57. Citado en Ogata, op. cit. p, 35, 198 i Unidos, que domi- “3Pueden decir acaso los Estados ft feel hemisferio occidental y se estan eae ih el Atlantico y el Pacifico, nue ah idea es y iciones del Japén son algo malo! . ae ‘ fae seanerateas occidentales de los ee treinta Heishor todavia peor una situacién into. Ls ble, como se sefialaba regularmente en las ge del Instituto de Relaciones del Pacifico (IPR). a = oi me de la conferencia de ae de cuales lee ae fialaba que “el gobierno indio, en un ; ae qi propia industria eens eS i i ibiti impo fa aduanera casi prohibitiva a la i : Sie. de algodén, cuyas consecuencias, sense fe se dejaron sentir de forma especial entre los ee : clantes japoneses, cuyos mercac ps aay oe : ee o estado creciendo r4pidamente”. El : ion i i 4pido crecimiento, tiene una una nacion industria. en Tapl zl i : is i ductos minerales]... y s necesidad especial de... [pro a a ii TO, acero, pel enfrenta con una seria escasez de aierro, ac ae i bi tos minerales industriales leo, y cierto némero de produc' Lele ae control doméstico, mientras oe oe ee see if imiento en estafio ; la mayoria del abastecimient c ae ; : e todo el mun. solamente de la zona del Pacifico sino d ae accidente histérico, do, se halla en gran parte, por un ae j trol de la Gran Bretaiia y de los 2 ue eo rune ocurria, naturalmente, con el ae al petréleo. En 1932, las exportaciones japonesas - saacatvetares de algodén ee = eee i indio, m: las de Ja Gran Bretafia. El] ee i = : s manufacturas de anteriormente, era de un 75 % para la: ie ueyad bas m japonesas y de un 25% para las nicas. peel de Ottawa de 1932 bloqueé efectivamente i itu, op. cit., p. 221. Be eee Pere ew Le Hollimal, eds, Problems of the ¥ 5 Posten 1933 (Chicago, University of Chicago Press. 1934), p, 60. Ibid., p. 10. 199 o areeiatele japonés con la Commonwealth, incluida Ja a oe sefialaba el informe de la conferencia del a ‘awa ha asestado un golpe al liberalismo ja ico, esenci a = oo ete cerrado; la politica de autosufi- co ee de la misma época iba en la nm. unico recurso que le ioe tratar de imitar esta oe a aoe oe iba muy bien cuando el Britannia ro ee ecmnds la industria de 20cada al paro, incapaz de h: pmges raed Japonesa. La politics de snare L para una economia capitali Spehe pee no se podia permitir que eae e oe m econémica norteamericana. Asi, en oc ey, aa el Japén se vio obligado a aceptar un tos do algodén dose Bl Jager e he gigs de produ: g el Japén a las Filipin: i ue las importaciones ameri fae ee g > 1 icanas permanecian lib oe Parecidamente, los acuerdos comendal ae : revisados en 1934, estaban encaminados a oe . poupelenGia pense en los productos tex- oe ae le electrico, las bombillas y el celofén,61 ae om erencia del IPR de 1936 prosigue con esta ria. Escribiendo sobre “el comercio y la rivalidad pie entre los Estados Unidos y el Japén”, Wil ¥ om 7 oceatd sefiala que el eedeatin ame if = ee ©" Comercio con las Filipinas “puede distribucién jlimi 1 aah eee haberme Hamado la mene S A Boration, es diffe! saber si ha qido ssetgeres, de la Rand, Cor. tiéa all nvestieador. Los eoumeritns motv®, P&P! poner en cues Poe s0n particularm . ‘Orme mensual sobre |. i i formacién, Gobiemo de Manchukdio, ee oe pp. 189 y 5s,). Se omite el indice’ . 208 del Servicio de In- 19. it de muertes, Ge Pu Manchukto y en parte por la policia. “Gracias al éxi- to de estas actividades [encaminadas a conseguir el apoyo de las masas], los grupos de insurrectos se ba- lian ahora en una situacién extremadamente precaria y parece avistarse la consecucién de la paz”. Los “ban- didos nativos” y las “tropas rebeldes de los ejércitos locales” habian sido absorbidos durante este periodo or el partido comunista chino y, hacia 1938, se ha- Data “bajo la hegemon{a comunista operando con la consigna: ‘Oponerse al Manchukto y resistir al Ja- pon”, siendo dirigidos polfticamente desde China. El objetivo de los insurrectos era “echar a perder los esfuerzos de pacificacién del gobierno”, ganarse Ja con- fianza del publico y confundir a la opinién publica “oponiéndose al Manchukio y al Japén y abogando en favor del comunismo. Sus esfuerzos consiguicron que las masas se extraviaran en diversas materias y difi- cultaron de modo apreciable el desarrollo de los recur- sos naturales y el mejoramiento del nivel de vida del ueblo”, Por medio de una combinacion de activida- les de pacificacién y de propaganda, sus esfuerzos es- taban siendo contrarrestados, y—continta el infor- me — se preservaba “la economia y la cultura de la nacién”, E] informe subraya la acentuada repugnancia de las sutoridades por el empleo de medidas de fuerza: El empleo de Ja fuerza militar contra los insurrectos es el principal medio de conseguir la paz y el orden, pues reduce directamente su niimero. Pero este método sélo debe ser empleado como ultimo recurso, pues no es compatible con nuestra filosofia nacional, que consiste en la realizacién del camino regio (wangtao). E] medio mas apropiado para un gobierno justo consiste en liberar a las masas de las viejas nociones implantadas por un largo perfodo de domi- nio explotador por parte de camarillas militares y de habitos feudales, y disipar las ilusiones creadas por la ideologia 209 14, — cnomsEy deberfa dar i a los insurrectos u ; Sus caus c ma oportunidad ad. dif cudadines. fata ele at de converting en bass : + caste azon de j : cién a la rendicién tenga tanta Co cperacien de induc- Un problema contimado 1 “fond versal en Manchuria de oi lee ae ne - & z ee aioe = comunidad Coreana, anterior. 1 mesa, fue conquistad: i “ach He intijay ‘onquistada mediante - Less (medbante ot por medio de ], : ee el patriotismo del eee ¥ del ejem- eran los unicos defensores auté y,, 2 Convencian reses. Cuando era nécesario, las Suerrillas sembraban el terror entre los elementos indecisos Como una advertencia Para los dems, Una i : complicada red i nesas, de asociacio; ines, oto, log sens Sa » mes campesinas, etc., ] ba ss nécesarios sumini. His de eee! ae ou istros ie un servicio de imate ee s asentados en zonas demasiado distantes cr 79. Informe de ] i ili (Lee, op. cit, p. 1a), cH" Militar Asesora, Manchukiio, 1937 210 ser protegidos por las autoridades del Manchukto y los japo- neses se veian obligados a satisfacer las exigencias de las guerrillas incluso aunque no tuvieran el menor deseo de contribuir a la causa de los insurrectos [Lee, p. 25]. La respuesta obvia para este problema era un siste- ma de “aldeas colectivas”. Hacia finales de 1937, la Jefatura de la Policia anunciaba que habian sido or- ganizadas més de 10.000 aldeas que albergaban a 5.500.000 personas. Las aldeas colectivas, informa Lee, fueron creadas bastante despiadadamente. Se ordenaba a las familias que abandonaran sus hogares campesinos con escasa 9 ninguna consideracién, incluso aun- que las aldeas colectivas no estuvieran terminadas. Algunos campesinos fueron obligados a pare recisamente antes de la _siembra, haciéndoles imposible plantar nada ese ajfio, mientras que a otros se les ordené partir precisamente antes de Ja cosecha. Parece que fueron destruidas muchas granjas por tropas dedicadas a operaciones de limpieza antes de que se hubieran hecho preparativos para el reasentamiento de los campesinos. La unica preocupacién de los militares era acabar con las fuentes de sinctecintent de las guerrillas y con los contactos entre éstas y los campesinos [pp. 26 y ss.]. No es preciso dar mds detalles, pues éstos resulta- ran familiares a cualquiera que haya leido la prensa americana desde 1962. E] programa de aldeas colectivas era un éxito com- pleto, aunque era preciso impedir me los insurrectos “asaltaran las aldeas colectivas, débilmente protegidas, y... robaran alimentos y grano”, e impedir la infil- tracion. Segiin un informe de 1939, muchos de los resi- dentes de las aldeas colectivas continuaban “simpati- zande con el comunismo y planeaban secretamente unirse a los insurrectos”, mientras que los comunistas seguian explotando habilmente los agravios de los cam- pesinos (Lee, pp. 33 y sig.). El vicegobernador Itagaki 211 formulé sucint pi ee ee el problema: “No tememos la Ceres ae Pero estamos preocupados por- oo os s de los campesinos se puede one ‘ateria! para la propaganda. No tememos que petréleo” (p. 34), Los japoneses sigui i : ©S siguieron cierto niimero d ieee are ae control de la peed See meee = € los residentes y la expedicién idencia, interro atorio d i cumentados, etc.80 Emplearon aiabige el mea acl ista i a ae ae ee Ye vivian desahogadamente o e innovaciones” san \ i > ¥, por ta a iu oe clase acomoeatis ‘pcal” ae Ts 0 joven y capaz”, “ed, 3 ati educad wxiliar a los administradores’ locales ‘a través dou Pp. 55 y ss.). En com; i } zt comparacién con los esfu Bees a Pacificacién, Parece que los fecandeae } ae ict ‘sito considerable — si ty que dar credit me i. itaauaher nee €n parte, al parecer, Porque el te obligado a garantizar Ja Persistencia del SOR Pas Gal See, A. Ni ersién modema de ‘ : : Stans ones ural Pacification in Hs ae vid. William 81, P, ork, Frederick A. Praeger, aeger Special + Para la discusién, vid, Pp: 123 'y ae ine., 1967), 212 antiguo orden semifeudal y se inquietaba menos por los derechos de propiedad. El informe indica que hacia 1940 las guerrillas comunistas habian sido virtualmente exterminadas en Manchuria. Un informe secreto del servicio de informacién del gobierno de Manchuktio de abril de 1939 describe los resultados de la pacificacién en la provincia de Tungh- wa en encendidos términos: Puede decirse que el impacto econémico y espiritual de las actividades de reconstruccién en Jos ciudadanos de la provincia ha sido muy animador. Hemos observado un aumento de las 4reas dedicadas al cultivo como consecuen- cia de la recuperacién de las tierras abandonadas; un aumen- to de la produccién agricola debido a las mejoras en las simientes; un aumento en los ingresos en efectivo de los campesinos como resultado de las meforas en las facilidades del mercado; progresos notables entre los comerciantes e in- dustriales ayudados por créditos gubernamentales, y la con- secucién del apoyo del publico por medio del tratamiento médico y le distribucién de medicamentos.*? Un informe secreto de noviembre de 1939 describe la situacién en una provincia donde el “desarrollo revo- lucionario” no habia tenido todavia tanto éxito y seguian operando los insurrectos: ...de modo muy atroz, estos insurrectos se dedican al pillaje de los bienes, hiriendo y matando a hombres y ani- males. También realizan sistemdticamente operaciones de adoctrinamiento comunista en diversas aldeas. A consecuen- 82. Lee, op. cit., p. 305. Esos informes ilustran un fenédmeno sefalado por Maruyama, en su anélisis de la “teorla y psicologia del ultranacionalismo”: “Los actos de benevolencia y las atroci- dades podian coexistir, y quienes las perpetraban no eran cons- cientes de la contradiccién. Aqui se manifiesta el fendmeno de que la moralidad se funde sutilmente con el poder (op. cit., p. 11). Una vez mas, al lector no le serA dificil encontrar ejemplos con- tempordneos. 213 cia de ello, much i os aldean an si ee ! os estén siendo d i f a pede de los Imsurréctos y empiezan 2 paiee ee eb Pasi amente 0 politicamente. Todo ello viene ae fae 82 que evan ya las fuerzas de pacificacién.s8 ; Sin embargo, Si an p. para “cre: 20, se haef I: ar la confianza b. anes 0. y. destruir las fuerzas Jusurgentes, para Proporcionar alivio a los aflisidos” igidos” y, en ss de edificacién sddlbanl drew dee ie ae Ee ae en el Japén, fuera Ja que fues So due i: ada al ptblico sobre estas culestionta ees ea lamentaron Jos excesos del CAaCit m, aunqu o i que puede i q los mas razonables continuaron dita a las guerrillas comuni stas, dencia del coste, los ie Poet a meses debian’ continuar em- dor Itagaki describié i Tibié el dil frentaban en términos conmovedores: 53. Lee, op. elt, pp. 207 y ss, 214 Hay que imponer la construccién de las aldeas defen- sivas, con légrimas. Damos pequefios subsidios y drdenes severas [a los campesinos], diciéndoles que se pededen ala localidad designada en tal y cual fecha, y que se les da esta orden por ultima vez. Pero resulta demasiado miserable [vigilar] a los campesinos mientras destruyen sus ancestrales hogares y [ver] a nifitos inocentes envueltos en harapos y sonriendo en las carretas que se levan Ios bienes del hogar. Hace pocos dias, una muchacha de dieciséis o diecisiete afios me hizo Iorar viniendo a mi despacho en el gobiemo del distrito y postrandose de rodillas para suplicarme que salvara su casa. Decia: “{Verdaderamente tenemos que des- truir nuestra casa, consejero?” Habia caminado largo trecho hasta Ja ciudad, pensando: “Si hablo con el consejero se podra hacer algo”. Al observar la espalda huesuda de Ja muchacha, conducida afuera suavemente por el chico del gabinete, cerré los ojos y me dije: “Iras al infierno”. La fatiga de los funcionarios de policia japoneses en el frente, que tienen que dirigir por si mismos i operacién coercitiva, supera todo lo imaginable. En mis giras de inspeccién del frente me han dicho muchas veces: “No puedo continuar con este miserable trabajo. Quiero renunciar y volver a casa”. Estas palabras, pronunciadas [cuando nos sentdbamos] en torno a un candil bebiendo kaoliang (ginebra), sonaban coma si alguien escupiera sangre. En cada caso teniamos que conso- lar y dar dnimos diciendo que se trataba de Ja ultima colina qué era necesario conquistar. El programa fue aplicado hasta el final sin piedad, inhumanamente, sin sentimientos; como si estuviéramos montando a caballo. Como resultado, en el dis- trito han sido construidas mds de 100 aldeas de defensa. Han sido construidas con sangre, sudor y lagrimas.®* Parece que en Manchuria el problema de los te- rroristas y de los bandidos comunistas fue solucionado hacia 1940, En la propia China la pacificacién continud 84. Informe Secreto del Servicio de Informacién del Gobier- no de Manchukio, abril de 1939, titulado: “Actividades de paci- ficacién en la zona de los bandidos comunistas (Reflexiones perso- nales”) (Lee, op. cit, pp. 217 y as.). 215 os uot la fem del Pacifico, e s estuerzos brevem Gaus : ente en u: i €.° En la China del Norte y conteal cine ie sc ’ po- s ataques guerrilleros ¥ tuvieron que Chalmers Johnson le S Y propiedades en J, See ue es guerrillas... mhletins ey x la Chi os ea ahs politica de creacién de las tiaras a de Paz Modelo... [consistente] en expuleat 4 «el Ejército japonés meee je S$ probé sus operaci “Chi oe i ioe Paola )en Soochow. en Ta China cern arpa flutsun” (“aldea de defensa del ris ea ee oo de Chantung, en China del eres 0 Ia aldea la base De eae sae pods ae ‘Orma administrati A concentrando todo el esfuerzo niiliter, patie y r, » €Co- ; luego ci aie A ando esta y ds seguridad oe cs eas a cd y ad nae ao fara oda Ja provincia Y, eventualmente, todo el pane ovine), 85. “Civilian Loyalties” Garkong Gu oyalties”, en Wilson CG, Valli: Corsten geemments (San Francisco, Chandler atiaate » Shizuo Maruyama, “ i : vama, “The i (ee Development Pogue tg uy 5 re de 1967), pp. 297-363; Bene i is > ecialis 216 ore Sin embargo, la injerencia extranjera hizo impo- sible realizar este programa. Con un poder mucho mayor para apoyar sus esfuerzos y un enemigo mucho més pequefio y débil, los cientificos politicos america- nos no fueron poco razonables al esperar un éxito mayor. ‘Asi se produjeron los acontecimientos durante la te- rrible década de los treinta. El Japén, buscando de- sesperadamente aliados, se unié a Alemania e Italia en el Pacto Tripartito en un momento en que Alemania parecfa invencible. Al expirar el tratado comercial ame- ricano-japonés en enero de 1940, el Japén se volvié ha- cia “otros canales comerciales”, esto es, hacia planes para la ocupacién de la Indochina francesa y de las Indias Orientales holandesas, y hacia la consecucién de la “independencia” para las Filipinas. La expiracién del tratado fue el punto de inflexi6n que condujo a muchos moderados a apoyar a las potencias del Eje.*7 En julio de 1940, los Estados Unidos dictaron un embargo sobre el combustible de aviacién, que el Ja- pén no podia obtener de ninguna otra fuente, y, en en problemas del sureste asidtico y editorialista del Asahi Shimbun, sefala el parecido con los anteriores esfuerzos japoneses, pero advierte que las perspectivas del programa norteamericano son sombrias por cierto numero de razones y, entre ellas, Ja siguiente: “las heridas infligidas a la Naturaleza, tan despiadadamente des- truida para esto, son demasiado brutales de ver. Las bellas pra- deras, las verdes bosques y las ricas cosechas han sido quemadas por los lanzallamas, las bombas de napalm y los agentes de defo- liacién quimieos, La tierra ha sido excavada y removida. La tierra estropeada, no lozana ya, ha perdido su poder de atraccién sobre la gente y de despertar en los corazones el amor por su patria chica y por su regiéo”. Hay, advierte, pocas posibilidades de que el desarrollo reyolucionario pueda tener éxito “cuando la Natura- leza ha sido convertida en tierra calcinada y han sido destruidos el modo de vida y las tradiciones nacidas de una estirpe”. 87. Lu, op. cit., p. 67. 88. C£. Nobutaka Ike, ed., Japan’s Decision for War: Records of the 1941 Policy Conferences (Stanford, Calif., Stanford University Press, 1967), p. 11. 217 Septiembre, u: oe in embargo total sobre Ja chatarra. Entre- se incrementaba la ayud ¢ ‘a ameri i septiembre se firmé el Pacts Ty ri copies. oa lio, El 26, ¢] Japé 5 pon anuncid publi me tropas: al sur de In ne a one a a ee ordené que @iddnn seat Ndos japoneses en Jos Estados Unidos 98 El on un embargo » “Se le negé al sarios que se hallaban fuera de su cee nece- L : a débil esperanza que quedaba ahora de evitar la 89. Lu da (op. cit, yn este orden Ja sucesié seas Sadie ae eee nee, tity p. 108) My le 1 oro ae Sali t Bees copes a hacia a cn aes x el anuncio al Ministerio de 480° 12 tansmision do la ofmentia del 26, suntos Exteri, . | ta oferta de Ry que en ese moment, wxteriores japonés son loosevelt lobras iptométicas, “'""* Wedaba algin espacio para Ieee . Schroeder, i me afirmé que los Estade. (22,2: 53: Cita al i de aplastar Coupee ate se hallaban ennen Miles, el cual Japonés”, a eéstructu a ituacion Congelacion de Gimitante Stark, cl cual predomi? el imperio ouee o#) probablemente conducirla directs gPm°, (la mente a la 218 acontecimientos orden de con- aes habia sido interceptado, El | guerra, residfa en las conversaciones Hull-Nomura, que proseguian desde febrero. La naturaleza de estas con- versaciones ha sido objeto de discusidn, Pal sefiala que la posicién americana se endurecié de manera aprecia- ble en el curso de las conversaciones con respecto a to- das las cuestiones de importancia.*! Los Estados Uni- dos insistian en hacer de la alianza del Eje una situa- cién importante, aunque el Japén la minimizé continua- damente. Schroeder afirma que el mévil norteamericano consistia en parte en “vender al pueblo americana la guerra anticipada con el Japén”, pues aquél podia no “estar de acuerdo en que un ataque a territorio no ame- ticano—a Thailandia, Malasia, Singapur o las Indias Orientales holandesas — constituia un ataque a los Es- tados Unidos”.*? También puede ser que el motivo en- cubierto fuera justificar la préxima implicacién de Nor- teamérica en la guerra europea. En todo caso, hacia el mes de noviembre los términos americanos eran tales que el Japén habria tenido que abandonar totalmente su intento de asegurarse “intereses especiales” como los poveides por los Estados Unidos y Gran Bretafia en as zonas que estaban bajo su dominio, al igual que su alianza con las potencias del Eje, convirtiéndose en un mero “subarrendatario” en el sistema mundial ame- ricano que estaba surgiendo. El Japén opt6é por la gue- tra, tal como sabemos hoy, sin esperar una victoria so- bre los Estados Unidos pero confiande que “los ame- ricanos, enfrentados con una victoria alemana en Eu- ropa y cansados de la guerra en el Pacifico, aceptarian una paz negociada en la que se reconoceria al Japon como la potencia dominante en el este de Asia”. El 7 de noviembre de 1941, el Japén ofrecié acep- tar “el principio de relaciones comerciales indiscrimi- 91. Op. cit, p. 545. 92, Op. cit. pp. 100 y ss. 93, Ike, op, cit., Introduccién. 219 Bs en el Pacifico, incl a Hees ce dia de la infamia” ro tinal sefiala claram, c 4 3 ente lo fa si oe decenios e] problema central, Eee ae re en que en sus planes de “copros eridad” = 2 iormente, de un “orden nuevo” se s ula, si a Plemente, del precedente creado por la Gran ee lador el estudio de la respuesta americ. tensién. Hull afirmé estar ae ana a esta pre- rendido. Segiin su punto ens plicidad de espiri ae oie Bs [los generales jones Poe aye ee Estados Unidos, por una parte, afir- by ae ction del hemisferio occidental con la doc- oe me ys Bee otra, tratan de impedir que los peer at a direccin en Asia”, y le pregunté ts oe ee el gobierno jeponés no inculea Gana Findamantgpoe nee mas correcta de esta Los estudiosos americano: i ees mae ae s también se sintieron mo- Ww, Willoughby, en un de- 94. 20 i p. 170, © %F sbi de. 1940; eitado por Schroeder op. cit 95. Memoirs of Cordell Huil, vol. 2, p. 1039. 220 luyendo China, si est inci. era adoptado Por todo el mundo”, ieee que este requisito era completamente impensa- del mi mismo modo en sus dominios. Pocos dias tallado andlisis, concluye que no puede hacerse compa- racién alguna entre la doctrina Monroe y los planes del Japén."* Los Estados Unidos — afirma — nunca han re- cutrido a la doctrina Monroe para exigir “ventajas co- merciales especiales y otros privilegios econémicos en Jos demds Estados americanos”. Por el contrario, “han ejercido sus poderes de intervencién militar o de admi- nistracién financiera en beneficio de los paises afecta- dos o de los que tienen justas reclamaciones financie- ras contra ellos”. Cita arrobadoramente la discusién de G. H. Blakeslee, en Foreign Affairs,?* que caracteriza la principal diferencia entre las posiciones americana y japonesa del modo siguiente: Los Estados Unidos son un vasto territorio, con una gran peplaaa, que se halla frente a una docena de repiblicas el Caribe, cada una de las cuales tiene un territorio y una poblacién relativamente pequeiios. E] Japén, por su parte, és un pais con un territorio y una poblacién relativamente Pequente frente al enorme territorio y la gran poblacién e China. Consiguientemente, una actitud que, adoptada por los Estados Unidos respecto de los Estados del Caribe Bee natural, no lo es si la adopta el Japdén respecto de China. Esta contribucién a la historia de Ja apologia del imperialismo tiene al menos el mérito de la originali- dad. Que yo sepa, nadie habia afirmado anteriormente que los intentos de una nacién de dominar a otra son apropiados en la medida en que la victima es mas pe- quefia y débil que Ja potencia que trata de subyugarla. Sin embargo, la agudeza de esta argumentacién acaso queda superada por la siguiente explicacién de Bla- keslee del error fundamental de la analogia japonesa: | Japan’s Case Examined (Baltimore, The Johns Hopkins 96. Press, 1940), pp. 128 y ss. 97. “The Japanese Monroe Doctrinets-ForetEnnaffairs, vol. 11 oe Gulio de 1933), pp. 671-678. Los Estados Unidos no precisan emplear Ja fuerza mi- litar para inducir a las republicas del Caribe a permitir que el capital americano realice inversiones provechosas. Las puertas estan abiertas de par en par voluntariamente. La buena voluntad norteamericana para someterse a la voluntad popular en el Caribe, en realidad, quedé ilustrada finamente en ctofio de 1933, unos meses des- ue de que apareciera el articulo de Blakeslee, cuan- lo Ramén Grau San Martin Ilegé al poder en Cuba con un programa que interrumpid lo que Sumner Wel- les describia como el intento de asegurar “un monopo- lio practico del mercado cubano para las importaciones americanas”. Como sefialaba Welles, este gobierno era “altamente perjudicial para nuestros intereses... no es posible que bajo este gobiemo se refuercen nuestros intereses comerciales y de la exportacién”. Consiguien- temente, Roosevelt se negé a reconocer el gobierno de Grau, y Welles inicié sus intrigas (que él mismo reco- nocié que eran “andémalas”) con Batista, el cual, a su juicio, era “el unico individuo en la Cuba de hoy que representa la autoridad,., Este... ha conseguido el apo- yo de la abrumadora mayoria de los intereses comer- ciales y financieros en Cuba que buscan proteccién” (Welles a Hull, 4 de octubre de 1933). El gobierno de Grau cayé en seguida, con la consecuencia de que “se consery6 la estructura de clase social y econémica ante- rior a 1930, y el importante lugar ocupado por las em- presas eeseniess en la economia cubana no se vio afectado en lo fundamental” * Pero la inadecuacién basica de Ja analog{a japonesa, como sefiala Blakeslee, reside en Ja diferencia de inten- ciones. Los Estados Unidos 98. Bryce Wood, The Making of the Good Neighbor Policy (New York, Columbia University Press, 1962), p. 109. 222 pretenden ayudar a los atrasados paises del Caribe a crear y mantener condiciones de estabilidad y prosperidad. Los Estados Unides no desean aduefiarse de territorio, directa o indirectamente, 0 tomar en sus manos el control politico o econdémico. Y cuando les ha parecido necesario intervenir en algtin pais sacudido por Ja revolucién, han efectuado la reorganizacién necesaria y luego se han retirado. Lo que el Japén no comparte es esta benevolencia de intencién. Consiguientemente, su invocacién a la practica norteamericana anterior carece por completo de valor, La cuestién se formula simplemente en un es- tudio reciente de la politica exterior norteamericana de la posguerra, muy critico de sus orientaciones recien- tes: “... el imperio americano ha Ilegado a existir por casualidad y ha sido mantenido por un sentido de bue- na voluntad”... “Estamos embarcados en una aoece de imperialismo del bienestar, de construccién de un imperio para nobles fines y no por motives tan bajos como el beneficio y la influencia”... “No hemos explo- tado nuestro imperio”. “... gacaso no hemos sido gene- rosos con nuestros clientes y aliados, envidndoles enor- mes cantidades de dinero e incluso sacrificando las vi- das de nuestros propios soldados en beneficio suyo? Naturalmente que lo hemos hecho”.* En comparacién con esta larga historia de buena voluntad, la agresién japonesa es desenmascarada como ese “mal sin precedentes” que merecié plenamente la bomba atémica. 99. Ronald Steel, Pax Americana (New York, The Viking Press, 1967). Como observa Steel, esta generosidad es el precio que debemos pagar para disfrutar de nuestro papel imperial. Compé- reso con Las observactones de H. Merivale, cltadas en la p. 120 supra, Tal vez los capitulos introductorios del libro, del que se ha tomado casi al azar estas observaciones, son una parodia, en cuyo caso sirven como un testimonio—y no como una prueba — del penetrante autoengaiio de nuestra altamente conformista e ideo- légicamente comprometida sociedad. En los estudios americanos so- bre el papel internacional de los Estados Unidos a menudo resulta dificil discernir la ironia del sentimentalismo. 223 Obviamente, este examen no puede agotar estas cuestiones. Pero creo que puede servir para situar en su contexto las alternativas politicas que se abrian ante los Estados Unidos en 1941 y en los afios anteriores. La opinién predominante americana sigue sosteniendo que la tmica respuesta apropiada fue la que se adopté en- tonces. En contraste, los “realistas” de la especie de Grew y Kennan adoptan la posicién expresada por Schroeder, el cual habla en contra del error de basar la politica en “el énfasis por hacer justicia mas que en hacer lo conveniente”. La posicién “moralista” de Hull, de que “la politica demasiado dura y demasiado rigida con el Japén”, no se basaba, en opinién de Schroe- der, en un “designio siniestro o en una intencién bé- lica, sino en una adhesién sincera y sin compromisos a los principios morales y a las doctrinas liberales”. Fl punto de vista “realista’ de acomodacién acariciado por Grew no habria sido inmoral, afirma. “Habria cons- tituido solamente el reconocimiento de que el gobierno norteamericano no se hallaba entonces en situacién de imponer sus principios, reservando plena libertad de accién para Norteamérica en algin momento posterior ms favorable”. Schroeder no se pregunta si en realidad est4bamos “desvirtuando la justicia”, sino que afirma sélo que estébamos equivocados, que éramos demasiado moralistas al obrar de esa manera; no pone en cuestién los principios que seguian los Estados Uni- dos, sino solamente nuestra insistencia en atenernos a ellos en un momento inadecuado. En contraste con las alternativas del “realismo” y del “moralismo”, el pacifismo revolucionario de Muste me parece eminentemente realista y altamente moral. Ademas, aunque aceptdramos la pretensién de que los Estados Unidos actuaron simplemente en legitima de- 100. Schroeder, op cit., pp. 203 y ss. 224 fensa, los acontecimientos posteriores de Asia han con- firmado ampliamente, horriblemente, la premisa basica de Muste: que “los medios que uno emplea se incorpo- ran inevitablemente a sus fines y, si son malos, cae 1s anularlos”. Puede discutirse si la posicién de Muste ue en realidad la mas realista y la mas moral en aque- Ila época, pero creo que no cabe duda de que su ale- jamiento de Ja consciencia americana fue una gran tra- gedia. La falta de una critica radical del tipo de la que Muste y algunos mas trataron de desarrollar fue uno de los factores que contribuyeron a la atrocidad de Hiro- shima y Nagasaki, de la misma manera que la debili- dad e ineficacia de semejante critica hoy conduciré sin duda a nuevos e inimaginables horrores. 15. — cHoMSEY LA LOGICA DE LA RETIRADA LA LOGICA DE LA RETIRADA * Los problemas internacionales pueden ser complejos, tratarse de intereses irreconciliables, que pretenden to- dos ser legitimos, y de principios tities nin- guno de los cuales ee ser abandonado a la ligera. La actual crisis de Oriente Medio es un ejemplo carac- teristico y penoso. La injerencia norteamericana en los problemas del Vietnam es una de las raras excepciones a esta regla general. El hecho, lisa y llanamente, es que no hay interés leg{timo ni principio alguno que justifi- que el empleo de Ja fuerza militar americana en Viet- nam, Desde 1954 ha habido en Vietnam un problema fun- damental: si la incertidumbre y el conflicto dejados sin resolver en Ginebra pueden ser resueltos a nivel local, por las fuerzas indigenas, o se elevarian al plano inter- nacional y los resolverian la intromisién de las gran- des potencias. Entre éstas, solamente los Estados Uni- dos fee insistido en Ja segunda alternativa. Parece cla- ro que, si los Estados Unidos persisten en ella, la cues- tién, o bien ser4 resuelta unilateralmente mediante el ejercicio del poder americano, como hizo la Alemania *® Parte de este ensayo fue publicado en forma de editorial en Ramparts, vol. 5 (septiembre de 1967). Escrito originariamente en julio de 1967, fue ampliade para cubrir los acontecimientos ocu- rridos hasta enero de 1968. El post-scriptum y algunas notas a pie de pAgina datan del mes de abril del mismo afio, 229 nazi en Polonia o la Unidn Soviética en Hungrfa, o bien desembocara en un conflicto entre grandes potencias, de consecuencias inimaginables. Tal es la situacién con la que se ha enfrentado Howard Zinn en un Nicido y apremiante estudio que propugna, muy simplemente, que los Estados Unidos acepten el principio adoptado por las otras grandes potencias en Ginebra en 1954 y acepten devolver el Vietnam a los vietnamitas.! “En Vietnam, la diaria ma- tanza de personas inocentes es tan terrible que el cese de nuestra actividad militar — los bombardeos, el in- eendio y el cafioneo de aldeas, las operaciones de bus- cee y destruccién —ha dejado de ser una cuestién iscutible o negociable y ha pasado a ser materia de accién urgente y unilateral”, Y, por nuestra parte, la Unica accién que puede mitigar la tortura, lo tnico que puede conjurar la catdstrofe todavia mayer que con- siste en aguardar, es retirar la fuerza militar que carga con la responsabilidad fundamental. Felizmente, pues- to que ésta es la tnica politica que podemos instrumen- tar con éxito, existe una alternativa factible a la devas- tacién del Vietnam o a un conflicto global. La propuesta de que los Estados Unidos se retiren ser denigrada como “extremista”. Para quienes gustan de autocalificarse de “responsables” o “realistas”, la reti- rada es politicamente imposible y el andlisis de la si- tuacién en Vietnam sobre el que se basa la propuesta es desesperadamente ingenuo. En Jo relativo a la cuestién de Ja politica interior, Zinn afirma que “los Iamados ‘realistas’, que nos inci- tan a hablar en voz baja y persuadir de este modo al Presidente, acttian en contra de la realidad, pues lo cierto es que el Presidente responde més a su propio i, Howard Zinn, Vietnam: The Logie of Withdrawal. (Boston, Beacon Press, 1967), 230 interés que a la argumentacién racional... Si un nimero suficiente de personas se pronuncia en favor de la reti- rada, ésta puede convertirse en algo polfticamente fac- tible”, Solamente una combinacién de factores puede acabar con la guerra; de ahi que “todo ciudadano debe arrojar a la balanza todo su peso moral, la totalidad de su razonamiento”. En realidad el gobierno no es mono- Iitico. A medida que entre la bruma de ficciones y en- gafios vayan apareciendo las realidades politicas y mi- litares del Vietnam, la deseabilidad, la desesperada urgencia de Ja retirada americana podré, andlogamente, hacerse visible, al menos para algunos. Considérese, por ejemplo, la reaccién del senador Young ante las noticias de que las fuerzas sudvietmamitas son inca- paces de hacer lo que en realidad se reduce a un tra- bajo de policia, de modo que el ejército americano debe tomar a su cargo la llamada “pacificacién”. Si las fuerzas sudvietnamitas del primer ministro Ky son tan inapropiadas en ntimero, inteligencia y adiestramiento que no pueden hacerse cargo enteramente del programa de acificacién en Jas aldeas, ...entonces hace mucho que ha legado el momento de que los americanos, en vez de tratar de adiestrar, adoctrinar y pacificar un pueblo extrafio, nos retiremos a nuestras bases de la costa y eventualmente del Vietnam? Esta reaccién sigue como un eco a la del senador Symington tras una reciente gira por Asia: Si los sudvietnamitas no pueden conseguir Ja pacificacién, earece de sentido continuar derrochando nuestras vidas y nuestro dinero en este pais para proteger a un gobierno que no puede consolidar ni controlar lo que Je despojan sus ropios ciudadanos y los norvietnamitas. Si los Estados Uni- Tes deciden convertirse en un factor importante en este pro- 2. Congressional Record, 12 de junio de 1967. 231 grama de pacificacién [como se han convertid lo desde en- reel, asi como en el desarrollo de la guerra [como se ‘ablan convertida mucho antes], eso solamente puede con- vertitse en una guerra ampliada de los blancos contra los asidticos en el continente de Asia.? Las observaciones de Symington son sin duda exac- tas, y, si la historia pasada sirve algo de guia, pronto seran olvidadas, a medida que los americanos Se acos- tumbren a la nueva realidad, Después de todo, no hace mucho que un conocido especialista en problemas asiaticos, con estrechas vinculaciones en el Departa- mento de Estado, Hegé a Ja conclusién siguiente en un analisis de las cuestiones del sureste asiatico: Es impensable que los Estados Unidos entren en acci directamente en el pais, que tomen a su cargo la peers de la guena contra el Vietcong y que traten de construir y hacer funcionar un gobierno para Saigén y el campo. Aparte de otras dificultades, eso proporcionaria una prueba convincente para la acusacién comunista de *‘maperialisme” dirigida diariamente contra nuestro gobierno, Para los Es- tados Unidos, realizar una guerra a gran escala contra el norte tendrfa el mismo resultado.4 Observemos que esa valoracién est4 fechada en febrero de 1965; recordemos que la “prueba conyin- cente a la_acusacién comunista de imperialismo” no tardé mucho en Ilegar. Y hoy hay muy buenas razones para suponer que nos encontraremos en “una guerra ampliada de Ios blancos contra los asidticos en el continente de Asia”. Lejos de ser ingenuo, el andlisis de la situacién que conduce a exigir la retirada —no una retirada 3. Citado en I. F. Stone’s Weeki i tad . Stone’s Weekly, 3 de abril de 1967. Curting William Johnstone, “United States Policy in Southera Asta” ‘urrent History, vol. 46 (febrero de 1965), pp. 65-70. : 232 eventual, sino la retirada inmediata— me parece com- pletamente realista; y las dimensiones de la tragedia vietnamita son tan terribles que, sean cuales fueren las perspectivas de éxito, el ciudadano responsable no debe ahorrar esfuerzo alguno para crear el clima poli- tico, el fondo de discernimiento y comprensién, en que esta exigencia pueda convertirse en algo poderoso. La urgencia de Ia cuestién dificilmente puede ser exa- gerada. No parece inverosimil que la administracién Johnson esté dispuesta a enfrentarse a las elecciones de 1968 con una guerra imposible de ganar entre las manos. Consiguientemente, las perspectivas que tene- mos son una fuerte escalada y, acaso, un enfrentamien- to forzado con China. Es mas: el rapido desarrollo del arma nuclear china y de su capacidad en proyec- tiles seguramente les sugerir4 a los planificadores del Pentagono la necesidad de actuar ahora, antes de que los chines se hallen en situacién de retener como rehén a un ejército americano en las orillas dé Asia. Con esta perspectiva, los intentos de predecir lo que puede ocurrir a continuacién son tan irracionales como nues- tra misma politica vietnamita. Zinn hace un andlisis conciso, pero convincente del cardcter politico y moral de la guerra, de la reaccién internacional, de las justificaciones aducidas para per- sistir en esa linea de conducta medio regida por prin- cipios y medio lundtica en que ahora estamos tan pesadamente embarcados. Sus tesis generales me pa- recen completamente acertadas. Los ena son tan graves que quisiera ir mucho mas alld de los limites de una resefia e indicar algunas de las direcciones en que puede extenderse y elaborarse m&s su discusién. ¢Cuél es la situacién con que se enfrentan quienes dirigen la politica americana a mediados de 1967? La empresa militar americana de la “pacificacién” es una prueba de que ha fracasado, hasta el momento, el esfuer- 233 zo por imponer una solucién politica media. fuerza a una poblacién mal dees Su oe significado lo indica brevemente un anénimo funciona- no norteamericano en Saig6n, que comenta: “Hemos estado jugando al juego de caerles simpaticos a los asiaticos durante diez afios, y ha sido un fracaso. No podemos permitimnos ese lujo por mds tiempo”,5 EL jefe norteamericano de las operaciones civiles en las pro- vincias situadas més al norte atribuye el fracaso de los “equipos de desarrollo revolucionario” a la “abru- madora corrupcién” de la vida oficial vietnamita, a su incapacidad para comprender que “hasta que no se tenga satisfec! 0 al campesinado no habr4 lugar para la sociedad opulenta del gobierno de Vietnam”? El mismo informe del Times prosigue dando un ejemplo dramatico de los resultados de esta corrupcién, Co- menta el ataque con éxito de una fuerza guerrillera ala capital de provincia de Quang Tri el 6 de abril, Y prosigue: “Unos dias después, en una serie de acon- tecimientos de los que no se informé ampliamente en aquel momento, [las guerrillas] avanzaron practica- mente sin ser molestadas hasta Hué, mientras el ejér- cito y la policfa nacional escapaban”, avontecimiento notable cuya importancia queda apuntada por el hecho de que fue ocultado al pueblo americano en aquel momento y todavia no ha sido discutido francamente, En el mismo Saigén, hay claros indicios de la mis- ma desmoralizacién o de las amplias implicaciones en las actividades guerrilleras. Por ejemplo, el 13 de febrero de 1967, el cuartel general de Westmoreland en el centro de Saigén, fue sometido a un ataque de morteros. Como sefiala el New York Times con bas- tante reticencia, este ataque “plantea la cuestién del 5. New York Times, 13 de mayo d 6. Ibid, 24 de mayo de 1967, OT 234 apoyo popular al gobierno sudvietnamita en Saigén... A los observadores les parecia dificil ge los morteros de 81 mm y las granadas hubieran sido transportados hasta la casa, se hubiera abierto el tejado e instalado el arma sin que nadie lo advirtiera en el Eanlede residencial, Hasta que las granadas fueron dispara- das... nadie llamé a la policia”. Los informes actuales confirman, una vez mds, que “todos los programas para conseguir el apoyo del cam- po para el gobierno sudvietnamita han fracasado hasta ahora, en opinién de muchos observadores. En la ae- tualidad, el 80% del campesinado... se halla bajo la influencia del Vietcong, ya que no pee su control directo”.” La misma terminologia del informe permite enetrar un poco en las razones de este persistente Pee todavia est4 por demostrar que los americanos acierten en su indiscutida presuposicién de que los campesinos del Vietnam son objetos, incapaces de expresarse politicamente, de apoyar o de ser “contro- lados” por uno u otro bando. El informe continua: “Si los mismos sudvietnamitas son incapaces de con- seguir apoyo para su gobierno entre su propio pueblo, es dificil que los ‘gigantes blancos extranjeros’ Jo con- sigan para ellos”. Pero es precisamente a esto a lo que nos vemos reducidos ahora con el golpe de mano mi- litar. Y podemos estar plenamente seguros de que este ultimo paso conduciré a nuevos y gloriosos in- formes de éxitos, antes de la cruda revelacién siguiente. El gobierno de Saigén se hace pocas ilusiones en cuanto a su legitimidad y estatuto. Los funcionarios de Saigén han declarado repetidamente que no podrian sobrevivir en una arena politica abierta y que, con- siguientemente, los norteamericanos deben destruir no solamente las unidades militares del Vietcong, sino 7. Christian Science Monitor, 26 de mayo de 1967. también su estructura politica y administrativa, me- diante artificios como 4 programa de “pacificacién”. Una clara y directa expresién de este andlisis aparece en una entrevista con “uno de los generales impor- tantes de la junta, un hombre eonsiderado por los funcionarios de los Estados Unidos como el mds vicia- do politicamente del grupo”, entrevista que George M, Kahin incluye en un memorandum a un grupo de senadores.® El general describe la situacién en los si- Guientes términos: Para derrotar a los comunistas debemos vencerles politica y militarmente. Pero nosotros somos muy débiles politicamen- te y carecemos del fuerte apoyo politico de la poblacién con que cuenta el FNL. Asi, aunque Be derrotemos militarmente, pueden llegar al poder debido a su superior fuerza politica. Ahora disponemos (gracias al apoyo de nuestros aliados) de un fuerte aparato militar. Pero carecemos del instrumento politico que pueda hacer frente a los comunistas en el sur. Ahora debemos empezar a crear un instrumento politico asi, proceso que puede exigir una generacién. Carece de realismo hablar de un alto el fuego ee después de que hayamos aumentado nuestra fuerza politica hasta el punto de poder competir con éxito con los comunistas. Prosigue diciendo que hay que extender la guerra al Vietnam del Norte, elevando a un millén de hom- bres las tropas norteamericanas, y luego, probable- mente, también a China. Finalmente, afirma que “pue- de ser necesario Tlegar a un tercera guerra mundial para garantizar que el poder comunista ha sido com- pletamente eliminado en Vietnam”, previsién nada irrealista si los Estados Unidos continiian insistiendo en que hay que evitar a sus protegidos una derrota que consideran segura en el caso de que se permi- tiera que la lucha pasara al terreno politico, donde 5. Congressional Record, 13 de abril de 1967, $5054.7. 236 les falta “el fuerte apoyo politico de la poblacién con que cuenta el FNL”. j ae Parece que los dirigentes budistas comparten e andlisis. En el memordndum aludido, Kahin cita a un portavoz budista, obyiamente no identificado, quien sefiala que el actual régimen de Saigon, dependicn's ara su subsistencia del apoyo americano, no puede fe nada para “ganar” Ja guerra. Los budistas soli- citan de los Estados Unidos que aparten la ta adera hermética que contiene la expresién politica y la acti- vidad politica, de modo que pueda formarse un 80° bierno que pueda llegar a un acuerdo politico con of Frente Nacional de Liberacién. A pesar de la insul- tante eliminacién de la actividad politica budista, los budistas todavia parecen confiar, como han hecho cs rante afios, en que podran funcionar de manera efec- tiva en cooperacién con el FNL. La reciente “declara- ~ cién politica” publicada por Ja Asociacién Budista Vietnamita de Ultramar destaca esta cuestion: (al igual que el libro patético y conmovedor de Thich ae Hanh, Vietnam: Lotus in a Sea of Fire), y, de hecho, formula un programa para el Vietnam del Sur que no difiere demasiado del programa del FNL. 4 Las autoridades americanas han sefialado repeti- damente que comparten esta valoracién sobre el et bierno de Saigén y su base popular. Tanto el actual secretario de Estado adjunto para Asuntos de Extremo Oriente como su antecesor han expresado su rena de que la neutralizacién del Vietnam del Sur oa cirfa a un golpe de mano comumista, y es cosa amplia- mente admitida que la fuerza expedicionaria norteame- ticana fue nironueida para detener lo que esencial- mente era una derrota politica. En su revelador estudio sobre el Vietcong, Douglas Pike, un funcionario ame- zicano del Departamento del Exterior, concluye, dando abundantes pruebas, que la victoria del FNL en la 237 ahora ya muy olvidada guerra civil fue esencialmente una victoria politica y organizativa, conseguida me- diante la edificacién de un movimiento de masas. El FNL, sefiala, es el tmico “partido politico con una auténtica base de masas de Vietnam del Sur”. A su pete solamente los budistas — cuya organizacién po- ftica fue aplastada en la primavera de 1966— podian esperar con realismo formar parte de una coalicién con él, El general Richard Stilwell, en aquel momento segundo jefe del teatro de operaciones del Sudeste Asidtico, informé al senador Young que estdbamos reprimiendo “una insurreccién”, e incluso el general Westmoreland, el cual afirma ahora no haber visto sefiales de insurreccién, admitié al senador Young que la mayoria de los hombres del Vietcong que luchaban en el Delta del Mekong habian nacido y se habian criado allf,° indicando asi que desconocia él significado de la palabra “insurreccién”, La base del éxito de Ja insurreccién no es muy oscura. Denis Warner, tan anticomunista como todos los reporteros que han trabajado en el Sudeste Asi4- tico, sefial6 hace afios que “en centenares de aldeas de todo el sudeste de Asia los tmicos que acttian desde Ja raiz para elevar el nivel de vida del pueblo son los comunistas”.1° Y los ameticanos han contribui- do poderosamente a los éxitos de la Agit-Prop comu- nista, por ejemplo, con su politica de bombardeo terro- rista, Fuentes americanas indican que en 1965, primer afio de bombardeo americano en el Sur, el recluta- miento local para el Vietcong se triplic6.1 El jefe de 9. Ibid, 3 de mayo de 1967. 10. Denis Warmer, The Last Confucian (New York, The Mac- millan Company, 1963), p. 312, ji. Vid. Roger Hilsman, To Move a Nation (Garden City, New York, Doubleday & Company, Inc., 1967), p. 529. El senador Fulbright, utilizando cifras ofciales del Pentégono, conclufa que 238 la oficina de Saigén del Asahi Shimbun concluye: “Lo cierto es que la escalada y la extensién de la guerra, aunque sus resultados puedan ser Tenors para el gobierno de Saigén, sélo sirven para elevar todavia mas la oposicién a la guerra entre la coe en general”; y afiade que “el nimero de préfugos y deser- tores entre los jévenes sudvietnamitas es un signo del fracaso de la guerra, en conjunto, en el intento de conseguir el apoyo de la juventud, la cual tiende a considerarla como una guerra americana”? Y la si- tuacién sélo puede empeorar. Las autoridades de Sai- g6én sefialan que ahora existen casi dos millones de refugiados, victimas del bombardeo norteamericano 0 del reasentamiento forzado. Un informe de la Asso- ciated Press desde Saig6n da la negra previsién si- guiente: E] alto mando de los Estados Unidos, preocupado du- rante dos afios en dar caza a las tropas regulares nordviet- namitas, ahora se ocupa més de los valles y tierras bajas poblados donde el enemigo tiene una poderosa influencia politica y donde consigue su sustento. Se espera oblenet répidas ganancias mediante el reasentamiento forzado de a zonas crénicamente comunistas, seguido de operaciones de reventamiento de tierras que nieguen a Jas tropas enemigas todo alimento, albergue y apoyo material. Los valles de as mesetas centrales estan siendo vaciados de todo ser viviente; las gentes que rodean Jas zonas de guerra comunista en el an sido trasladadas. Recientemente, algunos observa- dores americanos en el delta del Mekong dicen que el ejér- cito vietnamita, odiado y temido durante mucho tiempo, se 5? i bia_reclutado_a 160.000 personas durante 196! (the Taek dou Vietnam, Report on the U.S. Senate Bee of March 1966 [San Diego, Calif., Greenleaf Classics, Inc., ie sl. p. 320). El testigo, general Maxwell Taylor, no puso en duda esta, conclusion. Las cifras, para 1964 son de 45.000 personas. 12. Akioka Ieshige, “Youth and Nationalism in Asia: Soe Vietnam”, Japan Quarterly, vol. 14 (enero-marzo de 1967), pp. 38- 39, 239 considera ahora como una amenaza menor para el campo que log americanos.18 Pueden citarse docenas de informes como éste. Quienes propugnan la retirada estén proponiendo sim- plemente que eliminemos esta amenaza, lo tinico que podemos hacer. Dificilmente puede Sorprender que el campesinado se nlegue a apoyar a una asamblea constituyente que dio 3 votos sobre un total de 117 para la tnica medida de reforma agraria presentada; tampoco que los habi- tantes de Saigén sientan el menor entusiasmo Por un gobierno tan increfblemente corrompido que el mi- nistro de Industria _en el gabinete ae Ky parece ser el principal proveedor de medicamentos para el Viet- cong —naturalmente, después de haber recibido un tercio de millén de délares de comisién de los proveedo- res americanos y de Alemania occidental,14 Tampoco es oscura Ja raz6n por la cual el gobierno americano con- tinia empleando su fuerza militar para imponer el pue- blo del Vietnam el régimen de los elementos més co- trompidos y reaccionarios de la sociedad vietnamita, Se trata, simplemente, de que no hay nadie mds que quie- ta hacerlo y oponerse al abrumador deseo popular de paz y, sin duda, de neutralidad. El gobierno de los Estados Unidos indicé en cierta ocasién que no aban- donaria Vietnam si se lo pidiera “un gobierno izquier- dista, o incluso neutralista que, en opinién de los Estados Unidos, no reflejara los verdaderos sentimien- tos del pueblo sudvietnamita o de los dirigentes mi- litares”."® Ademés, procurard que no surja ningtin go- a nian Stoned Monitor, 24 de abril de 1967. ss . Carl > i a 36 qe nee ea una columna de difusién nacional + “Alto funcionario” de ‘Washington, explicando una deel raciin en este sentido del embajador Lod sees tide eae ee embajador Lodge, New York Times, 240 bierno asi y que no se expresen publicamente opiniones semejantes. Asi, en los ultimos meses, los informes de Vietnam del Sur indican que una vez mds ha sido frustrado un intento budista por crear una organiza- cién politica legal y han sido detenidos sus dirigentes (Memorandum Kahin, citado anteriormente, nota 8). Jean Raffaelli, el umico corresponsal occidental que ha permanecido en Vietnam del Norte, ha sefialado que, independientemente de toda cuestién politica, hay un elemento humano de grandeza en la resistencia de los vietnamitas frente al asalto desencadenado contra ellos por la tecnologia mas avanzada de la tierra. En Le Monde se citan las siguientes palabras de un médico norvietnamita “de fama internacional”: «los americanos lo han demolido todo. Todo Jo que habfamos edificado desde 1954 esti en ruinas: hospitales, escuelas, fabricas, viviendas nuevas. Ya no nos queda nada que perder, salvo Ja independencia y la libertad: Pero créan- me que para defenderlas estamos dispuestos a soportarlo todo. En el Vietnam del Sur, el ataque americano ha sido mucho mds severo, y falta la informacién directa de lds victimas. Pero unas cuantas estadisticas nos cuentan la historia bastante bien. Segiin fuentes ame- ricanas, el Vietcong es “capaz de alistar unos 7.000 reclutas al mes”.1° Recientemente, un amplio desplie- gue propagandistico ha proclamado entusidsticamente que en marzo de 1967 ha habido 5.557 desertores del Vietcong, casi el doble que en los meses anteriores. Solamente el lector cuidadoso advertiria que 630 de estos “desertores” eran calificados como personal mi- litar y 301 como cuadros politicos; el resto eran cam- pesinos, que probablemente se habfan entregado para 16. John Oakes, New York Times, 3 de abril de 1967. 241 16. — ¢nowsay poder comer.!? Siete mil nuevos reclutas y 630 deser- tores: estas cifras indican grAficamente por qué medios ha de ganarse la guerra americana en Vietnam, La descripcién anterior se basa en informes de prin- cipios de 1967. Al volverla a leer en enero de 1968 apenas necesito subrayar lo poco que ha cambiado la situaci6n. El salvaje golpear a los vietnamitas continua sin pausa; sus dimensiones son vinicas en Ja historia de la guerra, Sabemos que solamente el bombardeo aéreo pasa de las 100 libras de explosiyos por persona y que aleanza las cinco toneladas de explosivos por kilémetro cuadrado, distribuidos casi equitativamente entre el Vietnam del Norte y el Vietnam del Sur. Centenares de miles de hect4reas han sido sometidas a la defolia- cién, cuyas consecuencias ultimas nadie conoce. En Vietnam del Sur los refugiados se cuentan por millones, ¢Por qué han abandonado sus hogares? “...la raz6n de que la gente se vea obligada a abandonar sus aldeas y sus hogares es que, en muchos casos, practicamente todas las viviendas han sido quemadas hasta los ci- mientos por las fuerzas americanas. Sin embargo, la gente todavia trata de aferrarse a su destrozada tierra y s6lo es posible alejarles mediante la coercién...” 18 Los hombres de letras americanos — los que han se- guide el documentado relato de horror de Ben Suc, por ejemplo — pueden proporcionar detalles por si mis. mos." Numerosos informes de testigos presenciales han 17. New York Times, 6 de abril de 1967. 18. Shizuo Maruyama, “The Other War in Vietnam: The Revo- lutionary Development Program”, Japan Quarterly, vol. 14 (julio septiembre de 1967), pp. 297-308. 19. Las resefias de The Village of Ben Suc de Jonathan Schell bles. John Dillin, en el Christian Science Monitor del 2 de di- ciembre de 1967, considera el libro “lamentablemente incompleto” Porque no extraeé “conclusiones sobre el valor de estos esfuerzos americanos masivos y costosos”, Interpreta que el libro da “una 249 desmentido Ia cinica pretensién de que nuestros obje- tives en Vietnam del Norte son puramente militares, blancos de “acero y hormigén”. El principal editoria- lista del Asahi Shimbun escribe: “Di un paseo yo mismo e inspeccioné los restos bombardeados de es- cuelas, hospitales, iglesias, templos, plazas de mercado ligera erftica del papel de los americanos y sudvietnamitas”, conclu- sién que no puede menos que sorprender a quien lo haya lefdo hasta que comprende que Dillin no tiene nada que objetar a “la evacuacién y destruccién total de cuatro aldeas controladas por el Vietcong, incluida Ben Sue”, una “floreciente aldea” de campesinos “saludables y relativamente présperos”. John Mecklin (New York Times Book Review, 29 de octubre de 1967) comprende al menos que el lector experimentar4 facil- mente “un violento desagrado a medida que se empieza a pro- fundizar en la enormidad del cuadro de Schell”, y Mega a admitir que “buena parte de la acusacién de Schell... esta justificada y es exacta y abrumadora”, Pero considera el libro muy parcial, por ejemplo, porque no menciona “las monstruosas dificultades que asolan el esfuerzo de los Estados Unidos”, y especificamente la falta de autoridad sobre el régimen de Saigén (hecho que, eviden- temente, no es relevante en esta operacién puramente americana, realizada sin informar a los vietnamitas), y “la deplorable breve- dad del periodo de servicio... de los americanos en Vietnam, que les hace imposible conseguir el tipo de experiencia tan tremenda- mente necesaria en situaciones como Ja de Ben Suc”. Cree, a pesar de todo, que el libro “debe ser leido en el Pentdgono... por sus notables indicaciones de zonas criticas donde los Estados Unidos podrian hacer un mejor trabajo en Vietnam”, presumiblemente rea- lizando operaciones parecidas mAs eficazmente que ésta. Estas reacciones muestran un eichmannismo rastrero, que en realidad puede licar también la limitada reaccién que siguié al informe eaaial del New York Times sobre la operacién de Ben Suc el 11 de enero de 1967. La pacificacién de Ben Suc habia sido un fracase completo, de modo que, segin el coronel ameri- eano que estaba a cargo de ella, “la tinica solucién militar o politica para este lugar” era el reasentamiento forzado. Naturalmente, algu- nos de los aldeanos no lo veian con mucho agrado. “Imagino que habr& un montén de Mantos y lamentaciones—decia el coronel—, pero hardin lo que se les diga”. Naturalmente, algunos no quisieron hacer Io que se les decia, “41 aldeanos no lo hicieron, Durante el dia fueron apresados y muertos”. gLa conclusién? “El gobierno Pronto no necesitara ganarse los espiritus y los corazones de Ben Suc. No habrA Ben Suc”, Resulta dificil determinar qué es m4s escandaloso, si los acon- tecimientos mismos o la callada respuesta. Mecklin, incidentalmente, es el autor de algunos de los més 243 y_ otros servicios publicos pacfficos”.2° Lee Lockwood, Harrison Salisbury, David Schoenbrun y otros Jo han detallado para quienes deseen conocerlo. Ya no se niega que el bombardeo contra las Personas constituye una parte importante de los bombardeos, La situacién politica sigue como antes. Han sido convocadas elecciones para legitimar el régimen exis- asombrosos comentarios sobre el Vietnam. En una resefia para el New York Times Book Review del 4 de Sunio de 1967 atribuye a Thich Nhat Hanh la estipida propuesta de que “los americanos ¥ los comunistas... se retiren y permitan que los vietnamitas arre- en las cosas”. Como joven funcionario de la Misién de los Es- tados Unidos en Saigén de 1962 a 1964, cabe pensar que podria haber advertido que los militantes de] Vietcong son vietnamitas, especialmente dado que los funcionarios estadounidenses en Saigén estimaban a finales de 1962 que “aproximadamente la mitad de los sudvietnamitas apoyan al FNL” (Robert Scigliano, South Vietnam: Nation under Stress [Boston, Houghton Mifflin Company, 1963], p. 145). En su Mission in Torment (Garden City, N. Y., Doubleday & Company, Inc., 1965), Mecklin describe al campesing vietnamit, como un hombre cuyo “vocabulario se limita a unos centenares de Palabras”, cuya “facultad de razonar... se desarrolla sélo poco mas alld del nivel de un nifio americana de seis afios”, cuya “mente no estd disciplinada y por consiguiente se atrofia” (p. 76); extra- fiamente, sin embargo, la tdctica politica y militar del Vietcong, empleando técnicas que estaban “muy habilmente arraigadas en la vida y el cardcter del campesino vietnamita”, “confundié no sola- mente a la Misién de los Estados Unidos sino también a los aristo- erdticos dirigentes del régimen de Diem” (pp. 78-79). Sus fuer- zas “fueron desarrolladas hasta un grado sorprendentemente ela- borado... con fAbricas de armas en Ja jungla, redes de tadio, hos- Pitales clandestinos, prensas para imprimir Propaganda..., opera- dores del Vietcong que filmaban Ia accién’ de Jas emboscadas (p. 79); a las fuerzas gubernamentales les parecia que los vietcong tenian “dos metros y medio de estatura”. Y asi sucesivamente. fiadas vid. Maleolm Browne, The New Face of War (Indianapolis, The Bobbs-Merrill Co., Inc., 1963). 20. Kyozo Mori, “The Logic and Psychology of North Viet- nam”, Japan Quarterly, vol. 14 Gulio-septiembre de 1967), pp. 286- 296. Segin Bernard Fall, habla “desamparados tefugiadas” que hnfan, en su mayoria, del “bombardeo aéreo y artillero”, “lo cual explica el 5% de la poblacién que, segin se dice, ha pasado a estar bajo el control del gobierno” en 1966. Vid. sus Last Re- flections on a War (Garden City, N. Y., Doubleday & Company, Tnc., 1967), p. 157. Estos son los medics por los que aumentamos nuestro “control” sobre la Poblacién de Vietnam del Sur. 244 tente, al menos a ojos del piiblico norteamericano. i garantizar el resultado apropiado, el timico “candi cate de la paz” declarado, Au Truong Thanh, fue elimi- nado de la candidatura, al igual que el candidato que mas facilmente podia constituir una amenaza en cd urnas, el general Minh (previamente habia sido expul- sado del pais). Los “comunistas” y neutralistas” es- taban each oa por la ley electoral. En las elecciones senatoriales, las candidaturas vinculadas con los budis- tas de Tri Quang fueron eliminadas como pecans: listas”, y a la candidatura de los sindicatos le ocurrit lo mismo porque “a un candidato le faltaba la ce ficacién de su estatuto legal”.24 Como se esperaba, los candidatos son en general un grupo pele oe urbano”, incluyendo unos pocos aldeanos; el » le ellos aproximadamente viven en Saigon o en fe a vincia circundante de Gia Dinh”.” Las complica ys maniobras utilizadas para decidir quién Bang as elecciones senatoriales son indescriptibles. Aunque cierto numero de cientificos politicos nee se declararon satisfechos (recordando la deseri cién de Dean Rusk de las elecciones provinciales e mayo de 1965, como “elecciones libres... segtin nuestros pa- trones”), el comité especial de la Asamblea ish yente sudvietnamita recomendé su ery ay decision fue anulada por el pleno de la fant lea = una yotacién de 58 a 43, bajo la vigilancia de ipo - cia, y con el jefe de Ja policia nacional, en oan, y su guardia personal armada situados ostensib lemente en la galeria. Phan Khae Suu, el terrateniente conser- vador que presidia la Asamblea, se negé a anunciar juli 7. . R.W. Apple, New York Times, 22 de julio de 196’ 23 Gir e tae Monitor, 8 de julio de 1967. re 28. Vid. la historia detallada en el Christian Science os or del 20 de septiembre de 1967 para un intento de ordenacién de lo deurrido entre bastidores. 245 el resultado diciendo: “Soy absolutamente incapaz de aceptar el veredicto”.24 Poco después de las elecciones, Truong Dinh Dzu, que sorprendié a todo el mundo al abogar en favor de la paz y que quedé segundo en el escrutinio, fue detenido. También lo fue Au Truong Thanh, “por 79 hombres armados en traje de combate” capitaneados por el general Loan? Entre las acusaciones figuraba haber solicitado un visado de salida para los Estados Unidos. “Le resulta dificil explicar por qué quiere irse al extranjero”, dijo el gene- ral Loan. Tras permanecer detenido dieciocho dias, se Je dejé sometido a arresto domiciliario, en el que con. tinua, al parecer, aunque es dificil obtener informa- cién. El 3 de noviembre, el gobierno de Saigén liberé por una amnistia a 6.270 presos, incluyendo a 4.390 “sospechosos del Vietcong”, muchos de ellos campe- Sinos, y a 1.190 “detenidos politicos”, “personas que han estado detenidas, generalmente sin juicio, durante periodos de hasta tres afios”. Un alto funcionario dijo: “Es seguro que s6lo una pequefia fraccién del total fue liberada el miércoles”. FE] gobierno se niega a dar mas informacién. Por otra parte, ahora est4 bastante claro ue el gobierno, en los meses transcurridos desde las eleccio- nes, ha caido en una pardlisis casi total: su timica accién visible es su intenso esfuerzo por bloquear el intento de alistar a los jévenes vietnamitas de dieciocho y diecinueve ayios para luchar en Ja guerra americana. Tran Van Do, el ministro de Asuntos Exteriores, expli- ca que “no podemos organizar pol{ticamente el Viet- 24. Para un cuidadoso andlisis de las elecciones, realizado por un experto americano en cuestiones del Sudeste Asidtico, especia- lizado en problemas de politica electoral, vid, Dr. David Wurfel Reports on Vietnam, Methodist Division of Peace and World Order, g00) Marviend Ave. N. E.; Washington, D. C., 21 doe septiembre le z 25. New York Times, 23 de septiembre de 1967. 246 nam del Sur, ...de modo que podemos aceptar al _ como partido politico... la integracion del frente sce sl camino politico a emprender por Vietnam del Sur’ i ‘z delta del Mekong, que alberga al 40% de la pob! acion (y hasta ahora, sin soldados norvietnamitas), soe sien- do una plaza fuerte del Vietcong. Al preguntarse le Por qué, el presidente Thieu declara: “La principal razon de que el Vietcong permanezca tan fuertemente atrin- cherado en el delta del Mekong es que alli la gente to- davia cree que hay poca diferencia entre los ch pie a los que Hamaba colonialistas, y los americanos, a . que llama imperialistas”.** El congresista Reid sefiala otra razén al apuntar que “el 70% de los campesinos arrendatarios de las tierras bajas y del delta del Mekong pagan sus rentas a terratenientes absentistas que viven en Saigén”; ** el intento de los congresses Reid y Moss para cu el gobierno ceda un detallado estudio del General Accounting Office sobre las me- didas agrarias en Vietnam del Sur no ha tenido éxito hasta ahora2? el ae de Tran Van Do es confirmado por Hanson Baldwin, el cual informa de que “los funcio- narios americanos en Vietnam..., casi unanimemente, consideran con alarma la perspectiva de inminentes negociaciones” porque la inclusién del FNL en una coalicién seria “el beso de la muerte”.2° Esta actitud hacia el arreglo negociado se pone de manifiesto de continuo en la diplomacia americana, que seiiala cons- tantemente condiciones nuevas y mas extremas cada vez que se presenta una posibilidad de negociaciones, 5 istian Science Monitor, 21 de diciembre de 1967. a Ge New Republic, 6 de enero de 1968, p. 29, de una entrevista con Henry Brandon del London Sunday Times. 28. New York Times, 18 de diciembre de 1967. h a 29. Vid, el Christian Science Monitor del 18 de diciembre de 1967 les abundantes. 30. Neus York Times, 28 de diciembre de 1967, 2A7 como en el intercambio aa Minh de febrero a. ay eapeopas, como condicién para las negociacio- a ca eae nos abstendriamos de “aumentar” a eres en Vietnam del Sur después de que am del Norte hubiera detenido toda infiltracton (nosotros, naturalmente, quedarfamos en libertad de continuar i miento e ces operaciones de abasteci- are a FaciOn , para nuestras mucho mayores expedicionarias, incluso después de que Viet- nam del Norte desistier: : a totalmente de ellas). E pons ie portavoces del gobierno oe a co presado muy claramente sobre las perspectivas de negociaciones. Por ejemph ae Ce ee lo, el general Maxwell Taylor, Johnson y Ho Parece dificil que Saigén i prendidos Hereitdn Pee piel mae quienes colaboran con nosotros en Visto del i: ee me ea débil como hoy, ger ‘Onirmando el resumen de opini i Cee ee Baldwin, Hedrick Sith ingeay. Asal 2 que “las recientes elecciones no han lo- ae ucir una base politica organizada para el is : ¥ que, en opinién de quienes dirigen la polf i A los Estados Unidos, “al tégimen de Saigén ie ae apoyo popular y la cohesién suficientes ara ‘ €n una prueba politica con el Frente” #?"T a6 31. Congressional Rec. aL 2 | Record, £4 de agosto di 2065 2. New York Times, 8 de diciembre de 199? Ooo 248 el presidente elecciones, aunque pueden haber apaciguado temporal- mente a la opinién piblica norteamericana, han cam- biado poco o nada la situacién en Vietnam del Sur. Un informe interno de la Embajada de los Estados Uni- dos? en Saigén relata Ja melancolfa de los funciona- trios norteamericanos ante el “extraiio alejamiento de la realidad con respecto al papel de los Estados Unidos en Vietnam” que se produce en el =paeblo sudvietna- mita”, como prueba, por ejemplo, la declaracién de un grupo de ciudadanos de mediana edad de que la nueva ley de movilizacién ha sido promulgada “por mandato de los americanos, cuya verdadera intencién es exterminar a tantos vietnamitas como puedan”, o la pregunta de un legislador: “gPor qué ebe alistarse a nuestros jévenes para servir los intereses de los Esta- dos Unidos?” El talante que predomina entre los intelectuales saigoneses es resumido por un profesor retirado que se halla “algo a la derecha en el abanico de los intelec- tuales de Saigén”2* El problema, sefiala, es que “en este punto, los tmicos intelectuales de cardcter que se han comprometido estén en el otro bando”. Ho Chi Minh conserva su popularidad porque “ha Ienado el vacio que separaba al Vietnam del mundo moder- no”. “Todo el mundo conoce y admira a Ho”. La mica esperanza, segun el profesor, es que los Estados Unidos abandonen toda ficcién y nombren un nuevo “gober- nador o procénsul para Vietnam”. . En lo relativo a la situacién militar, el senador Mansfield, uno de los miembros del Senado mejor in- formados en cuestiones del Sudeste asidtico, tras los recientes informes en Washington del general West- moreland, concluia que “poco o nada se advierte en e] modelo de operaciones de combate que indique un 33. Ibid., 6 de diciembre de 1967. 84, Christian Science Monitor, 10 de encro de 1987. 248 debilitamiento de 1 1 a capacidad del Vi 2 le ipacidad del Vi, i oo + Mansfield cree qe ee ate ie a fuerza dominante en Vietnam del § os “apenas S : CS — a delta del Mebane ee oO. Es el Frente, i, ae Pope factor a tener en cuenta en videanae Pham oo re, = que se exilié bajo el régimen de ae — algunos, “el unico que ha seguido la tr Ma am Cong Tac” es el mayor Nguyen Th ah Loe a re - pasé al Vietcong con sus tropa, C ee oe goes entre esta zona cabdet a asl On se caracteri 4 i ee fuerte een ee ragerac ee .,.'0 fay comentario més rey ‘ elad i cién en las zonas de Vietnam del Sar abd s g x Riegle, qu “bi aici que fue hecho ptblico en septiembre del mismo Rutherford Poa i t ts habia sido d “ “ ., urant ih anteriores “el principal supervisor de ee ae a 35. New York Ti neo ee ~imes, 21 de noviembre di fitstlan Science Monitor, 24 de noviembre ce “1967 87. Vid. el Congressiona, or : are 1 Record del 18 de septiembre di le 250 , H12030-8, Para un resumen, econémico, lo que se denomina ‘la otra guerra’ de Viet- nam”, y precisamente acababa de ser nombrado direc- tor de la Oficina de Desarrollo Internacional. Seguin su testimonio, tal como lo refiere el congresista Riegle, “el programa anual de los Estados Unidos de importa- cién de bienes de Vietnam es en realidad un rescate politico pagado a los poderosos intereses comerciales sudvietnamitas para afianzar la estabilidad politica en Vietnam del Sur y garantizar que se continuar4 apo- yando la guerra”. Poats estuyo de acuerdo con Ja su- maria declaracién del congresista Riegle de que “si retiraramos nuestro programa de Ja Oficina de Desa- rrollo Internacional... el gobierno facilmente se ven- dria abajo y prdcticamente la guerra terminarfa”, y que “si la guerra se realizara de un modo que exigiera mayores sacrificios econémicos a determinados elemen- tos vietnamitas, es tan grande la inestabilidad politica que el pais podria estallar por si mismo”. La situacién es tal que “si no fuera por nuestra provisién de im- portaciones comerciales no habria ninguna accién mili- tar por parte de las fuerzas militares vietnamitas”, debido a Ja “inflacién, al quebrantamiento y a la pér- dida de moral” resultante. También se muestra de acuerdo en que “hay ciertamente un importante ele- mento de verdad” en el juicio del congresista Riegle de que, sin el “rescate”, los intereses comerciales de Viet- ram del Sur “arrojarian a sus simpatizantes a la calle y derribarian al gobierno” (aunque considera que este juicio es “severo”). El congresista Riegle concluye que “si no podemos establecer alguna clase de equilibrio entre la autosuficiencia... y una dependencia creciente, nunca podremos salir de esta situacién. Nos queda- remos empantanados alli para siempre”. Afiade que “todas las pruebas amontonadas tanto en el aspecto militar como en el aspecto no militar” muestran una dependencia creciente. Segin Poats, “eso es ciertamen- 251 le un peligro, y, en algunos casos, una clara conclu- sién”. De ello’ se Seguiria, por Consiguiente, si esta evaluacién es correcta, que “nos quedaremos empan- tanados allf para siempre”. Cabe Comparar este testimonio con un informe del ministro residente francés de 1897: “Los inicos colabo- radores son intrigantes, desacreditados 0 ignorantes, [los franceses] hemos equipado a ve tinciones, Jas cuales Se convierten en mentos para saquear sin escriipulos el pats... Despreciados, no poseen Ja cultura espiritual ni Ja fibra moral que les ubiera permitido comprender y realizar su misién,$8 a los cuales nosotros ces con elevadas dis- Sus manos en instru- Aparte de su sabor retérico, éste podria ser el tes- timonio de Rutherford Poats hoy. El testimonio de Poats no puede Sorprender a quienes hayan prestado de anteriores funciona. tios norteamericanos en Saigén, En 1959, uno de estos funcionarios 8® comentaba que “ efectivamente como el nuev ‘0 ~duefio del Vietnam libre”. El testimonio de Poats muestra simplemente Jo 88. El residente Muselier al residente superior, diciembre de 1897, citade en Vietnam: Fundamental Problems (Viemamese Stu- ee 12; Hanoi, Foreign Languages Publishing House, 1966), p. 35, 39. Lawrence Morrison, Jefe del Departamento de Industria ¥ Minerfa, U.S.0.M., Saigén, 1955-1957, en Richard W. Lindholm, ed., Vietnam: The Hirst Fite Years (East Lansing, Michigan State University Press, 1959), p. 215, 252 me han cambiado las cosas. Pueden ee Fach : ejemplos adicionales sobre el see aoe ae at : palaheracicnictis El conjunto S : a oe rda con viveza otros episodios de la oe a élontaltamos por ejemplo, la situacion ae ; a digits el periodo de la core a ee a i iseria mas pr d Tiga todavia satinbeelenteds Leas la ocupacién nor- Se cei tee Lydon, el corresponsal del mene Globe nibs aoa aT al general spree? ples meats 1 Vietnam, concluia una serie de apie a a d relataba sus impresiones con a ci eee To “That Thien, el director del Viena Cat ia rado por el régimen de Saigén cuani 2 He ten ortale que ponia en cuestién la a es as ‘cbs ol miembro de la Asamblea aoe hens habie sido asesinado por el Vietcong. =o roe que él considera la (mica “victoria” ameri Pp Ss ili te al otro bando a meno: N ible derrotar militarmen| ae oe deliquen a ello 30 0 40 afios. Useren. puedes eet ae en matando durante toda una eeu oleae “iemamitas — in simplemente a todos los vietnam as ae ae eae cecisentndcs los indios en America —y ya ni guerra. ir esta de- Lydon comenta: “Esta agonia, por 2 ae So ae sesperacién total, de quienes me han P ee ate namitas mds patriotas y sensibles, ee eee armas americanas sobre su pais, es fa ae capital”. destacada que he traido de esa tortur See Comparten esta agonia los obser —— de la tragedia del Vietnam, incluso lo: ‘: , ae je le David Halberstam, ae Ne Vee ee Pata as ser: por dESE: 1968, de 1967. En mayo de i Te ar Thien Se eee “minietro ‘de informacion en Saigé ‘on Tha 253 fundamental, apoyan la intervencién militar americana. Bernard Fall, por ejemplo, advertia en uno de sus articulos que “es el Vietnam mismo, como entidad cultural e histérica, lo que est4 amenazado de extin- cién”, a medida que “el campo muere literalmente bajo los golpes de la mayor mAquina militar desenca- denada sobre una zona de estas dimensiones” .#? Resulta aterrador hasta lo indecible que permitamos que esto continie. Cuando se intenta ver lo que hay por debajo de los informes oficiales del gobierno, lo que aparece es un cuadro asi. Naturalmente, no es el cuadro que el gobierno trata de presentar, ni tampoco el que con- sigue ofrecer en general, dado el enorme aparato de 42, Last Reflections on a War, pp. 33, 47. La analogia de Ton That Thien con la guerra india halaga el espiritu militar nor- teamericano, al parecer. En los cuarteles generales del almirante Felt en Honolultii habia, colocado ante la sala de mandos, un cartel con las érdenes permanentes de las tropas de asalto de Rogers en las guerras francesa y de la India. Al prestar declaracién ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, el general Maxwell Taylor describia nuestro problema en Vietnam como un proble- ma de “seguridad” fundamentalmente: “...he dicho a menudo que es muy dificil plantar maiz fuera de la empalizada con los indios merodeando por los alrededores. Para conseguir un buen progreso tenemos que alejar a los indios en muchas provincias” (The Truth about Vietnam, p. 267). Vid. también Anthony Harrigan, A Guide to the War in Vietnam (Boulder, Cole., Panther Publica- tions, 1966), para uma visidn de la guerra que probablemente es representativa de un importante sector de la opinién americana. Senala que las tropas americanas estén “recobrando un espiritu que caracterizé a las tropas de los EE. UU. al conquistar un continente a las turbulentas tribus indias”, pues hacen una guerra en la que “un americano no puede distinguir a un vietcong de un ‘amigo”’, en la que “la sonriente cara del campesino que trabaja con sus bueyes cerca del aeropuerto puede ocultar un vietcong que planea arrojar una granada al avién de uno”, en la que los budistas de Tri Quang se han convertido “en un instrumento en manos de los enemigos del pueblo de Vietnam del Sur”, en la que “la agitacién sobre los gases nos recuerda una vez mds que proteger a un pue- blo contra la agresién comunista es casi sicmpre una tarea ingrata”, ete. 254 propaganda que tiene a su disposicién. Honra a la prensa americana que todavia proporcione una infor- macién a partir de la cual quien quiera emplear tiempo y esfuerzo puede llegar a comprender algo de lo que est4 ocurriendo en Vietnam. Pero debemos reconocer que por valioso que esto sea, tiene pocas consecuen- cias sobre el estado de la democracia americana, pues la posibilidad de realizar el andlisis necesario para se- parar los hechos de la propaganda queda limitada a unos cuantos privilegiados. A la luz de fo que hemos visto en los ultimos tres afios, resulta dificil indignarse por cuestiones como la ambigiiedad o la doblez de la posicién del gobierno americano en los acuerdos de Ginebra, o por las nume- rosas violaciones del derecho interno e internacional que han acompafiado a nuestra intervencién en los asuntos internos del Vietnam. Sin embargo, estas cues- tiones, y en particular la reaccién cuando se han hecha demasiado claras para poder pasarlas por alto, son muy reveladoras para quien se preocupe por la guerra ame- ricana en Vietnam y sus implicaciones para el futuro. En otro tiempo resultaba completamente normal de- nunciar a Jos “comunistas” por su desprecio por el derecho internacional y los tratados internacionales. Ahora, sin embargo, muchos americanos tienden a bur- larse de estas cuestiones como cosa irrelevante 0 ca- rente de realidad. Repentinamente, la Constitucién y el sistema de tratados en los que nos hemos compro- metido —y en particular la Carta de las Naciones Unidas — se han convertido en algo “pasado de moda”, en algo inadecuado para las complicaciones de la his- toria actual, que exigen un ejecutivo poderoso, libre para reaccionar utilizando una fuerza militar abru- madora frente a “emergencias” y “ataques” reales o supuestos, como el pretendido ataque en el golfo de Tonkin. En Ja potencia mundial dominante, esta indi- 255 ferencia por las formalidades debe ocasionar una preo- cupacién muy grande. Randolph Bourne nos previno en cierta ocasién contra los intelectuales que “nos dicen que nuestra guerra es una guerra sin mancha y se realiza con pleno éxito para el bien”; podemos alarmarnos todavia més cuando nos dicen (no tanto con palabras, sin duda, pero si por la politica que propugnan) que nuestro interés nacional exige que hagamos pedazos la delicada fabrica del derecho internacional y olvidemos las obligaciones de nuestros tratados y los procesos constitucionales. Dando por supuestas las inadecuaciones y la frecuente injusticia del derecho internacional y de las institu- ciones creadas para darle sustancia, todavia hay mucho de verdad en Ja conclusién de la Comisién de Juristas sobre la politica americana en Vietnam: “...Ja tragedia de Vietnam revela que las reglas del derecho, cuando son violadas de manera tan flagrante, encuentran el modo de reafirmar la apacible sabidurfa que estd por debajo de su creacién. Si se hubiera cumplido el de- recho internacional, tanto el Vietnam como el pueblo americano se habrian ahorrado lo que el secretario general U Thant ha descrito como “una de Jas guerras mas barbaras de la historia”.*8 EI desprecio por el derecho y por los tratados queda ilustrado acentuadamente por nuestra conducta res- pecto a los acuerdos de Ginebra de 1954. Se ha habla- do mucho de que, en sentido técnico, no nos obligamos claramente a respetar esos acuerdos. La historia, sin embargo, no debe ser olvidada re aquéllos a quienes incumbe devolvyer cierto grado de honestidad a nues- tro comportamiento internacional, En Ginebra, los Estados Unidos se comprometieron explicitamente, por 43. Richard A. Falk y otros, Vietnam and International Law (Flanders, N. J., O’Hare Books, 1967), p. 85. 256 mediacién de! sefior Bedell Smith, a respetar el acuer- do franco-vietnamita de cese de las hostilidades, asi como los articulos 1 a 12 de la Declaracién Final de la Conferencia (en cambio fue cuidadosamente omitido el articulo 13, que disponia consultas “para garantizar que los acuerdos... son respetados”, omisién intere- sante, a la luz de los intentos posteriores de conseguir un arreglo negociado). La Declaracién Final sefiala que “la linea de separacién militar es provisional, y no debe interpretarse en modo alguno como consti- tutiva de una fronteras politica o territorial”, y dispone unas elecciones bajo control internacional como parte de un arreglo polftico basado en “los principios de la independencia, unidad e integridad territorial” para todo el Vietnam. Aparentemente, los Estados Unidos no tenian la intencién de cumplir su compromiso de Ginebra, hecho admitido con notable franqueza. Por ejemplo, el honorable Kenneth T. Young, director para Asuntos del Sudeste Asidtico del Departamento de Es- tado de 1954 a 1958, escribe que en 1954 “nuestro unico objetivo era un Vietnam del Sur independiente, con un gobierno fuerte que respondiera a las aspira- ciones nacionalistas de la poblacién”.“* Asi, nuestro 44, “United States Policy and Vietnamese Political Viability”, 1954-1967, Asian Survey, vol. 7 (agosto de 1967), pp. 507-14. Anade la oscura observacién de que si este Vietnam del Sur inde- pendiente fuera viable, fuerte, popular, culto y eficaz, “entonces las repercusiones extranjeras y diplomiticas de la existencia de dos Vietnam de facto serian mas faciles de manejar, especialmente re- gulando las relaciones entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur en consultas y elecciones futuras, que en Washington pensamos en iniciar en determinado momento, tal vez en 1956 0 poco después posiblemente, Pero los acuerdos de Ginebra que aceptamos mante- ner no decian nada sobre “dos Vietnam de facto”, ni sobre un “Vietnam del Sur independiente” como “Estado fuerte y viable”. Obviamente, es absurdo hablar de un Estado independiente via- ble limitado por uma linea de demareacién provisional que “no debe interpretarse en modo alguno como constitutiva de una fron- tera politica o territorial’. Resulta interesante, de paso, que Young pueda resumir el esiuerzo americano por “fomentar la viabilidad 257 17, — cuousey rar MMM TT Se ee TI EL VON em oe rr a objetivo era violar nuestro compromiso de Ginebra. Este objetivo formaba parte de nuestro programa general de “tratar de salyaguardar Vietnam del Sur como parte de la ‘contencién’ de Ia totalidad o Ja ma- yoria del Asia no comunista”, “de ayudar a los viet- namitas a crear la estabilidad, la seguridad y la pros- eridad al sur del paralelo 17”, asi como de “disuadir a agresién y la subversi6n desde el Norte”, todo ello en violacién de nuestro compromiso de Ginebra en favor de un Vietnam unificado, con elecciones super- visadas en 1956. Como es obvio, dificilmente se podia suponer que “Vietnam del Norte”, antes de las elec- ciones acordadas para 1956, organizaria “la agresién y la subversién”, y, como habrian de probar los acon- politica” en Vietnam desde 1954 a 1967 sin mencionar lo_que pasé con esas clecciones que “pensamos en iniciar... en 1956 0 poco después posiblemente™. Richard Falk ha comentado la hipocresfa de la acusacién de que Vietnam del Norte desafi6é el orden mundial con su “agresin indirecta’’ a Vietnam del Sur en los afios sesenta, sefialando que “En Vietnam, el establecimiento por Saigén de una frontera politica en el paralelo diecisiete, més que el posterior intento de eliminarla, fue lo que representé el desafio por Ja fuerza al orden mundial’, juesto que “el arreglo politico de Ginebra de 1954 contenia una iérmula para la eliminacién (y no para el mantenimiento) de la di- yisi6n” (“International Law and the United States Role in Viet- nam”, Yale Law Journal, vol. 76 [mayo de 1967], p. 1.118). Pare- cidamente, el esfuerzo de los Estados Unidos por crear la fuerza militar del régimen de Saigén que le permiticra aplastar la oposi- cién interior e instituir una “inflexible dictadura” que quienes apoyaban el esfuerzo americano habrian de deplorar més tarde, era una clara violacién de nuestro compromiso de Ginebra de no em- plear la fuerza o la amenaza de la fuerza para alterar los acuer- dos. El secretario de Estado Dulles era tan c4ndido como Kenneth Young sobre nuestra intencién de no tener en cuenta los acuerdos de Ginebra, al anunciar nuestra intencién de construir “los Estados auténticamente independientes de Cambodia, Laos y Vietmam del Sur” (Department of State Bulletin, 2 de agosto de 1954, citado en el libro de George M. Kahin y John W. Lewis, The United States and Vietnam [New York, The Dial Press, 1967], p. 61). Incidentalmente, es notable que nuestra proclamada insatis. faccién por los acuerdes y la anunciada intencién de no observar- los se cite hoy como algo que nos libera de Ja obligacién de hacer- les honor, como si ello eliminara la responsabilidad de violarlos. 258 tecimientos, en esos afios no ocurrié nada que siquiera remotamente pudiera ser calificado de agresién y sub- version, a pesar de la represién de Diem y de su nega- tiva (con nuestro apoyo) a emprender las consultas de 1955, previstas por los acuerdos de Ginebra. E] secretario de Estado Dulles, hay que recordarlo, iba mucho més lejos atm en sus objetivos, como cuando aconsejé al embajador francés, antes de la conferencia, que “sobre todo, hay que conservar los deltas del rio Rojo y del Mekong como bases desde las cuales un contrataque pueda recuperar lo que se le deje al Viet- minh en la mesa de conferencias”.*® Resultarfa inte- resante, aunque probablemente imposible, seguir los caminos por los cuales los Estados Unidos y su aliado de Saigén actuaron segin esta idea. Bernard Fall pre- tende, aunque no cita pruebas, que “constantemente, desde 1956” pequefios grupos de saboteadores habian sido lanzados en paracaidas o se habian infiltrado en Vietnam del Norte, aunque “el indice de bajas es muy elevado y los éxitos, si es que hay alguno, son pocos y muy distanciados”.** Richard Goodwin fecha esos 45. Citado en R. Scigliano, op. cit., Bs 196, de la obra de Philippe Devillers y Jean Lacouture, La fin d’une guerre: Indochine, 1954 (Paris, Editions du Seuil, 1960). 46, “Vietnam: the Agonizing Reappraisal”, Current History, vol. 48 (febrero de 1965), pp. 95-102, En su The Two Vietnams, rey. ed. (New York, Frederick A. Praeger, Inc., 1964), Fall afirma (p. 403) que “la infltracién de grupos guerrilleros” en el Norte “ha sido intentada repetidas veces en los tltimos anos y ha trope- gado con un fracaso desmoralizador... Las pérdidas actuales se estiman en el 85% del total del personal dedicado a estas opera- clones”. ¥ esto a pesar del “aire de masiva tranquilidad” que observé él mismo en una visita a Vietnam del Norte en otofio de 1962, cuando estas operaciones iban en aumento: “...no habia guardias en torres de vigilancia ni patrullas aéreas. La policia de Hanoi ni siquiera llevaba pistola” (Saturday Evening Post, 24 de noviembre de 1962, pp. 18-21), Cf, las recientes descripciones de testigos oculares de David Schoenbrun y otros, sefialando el mismo fenémeno, que Fall caracteriza como “una de las cosas mds im- presionantes de Vietnam del Norte”. 259 intentos a partir de 1958.47 Recuérdese que incluso segin la propaganda americana, “no hubo una ame- naza seria [en Vietnam del Sur] hasta 1959-60, cuando Vietnam del Norte puso en marcha un esfuerzo siste- matico por conseguir el control de Vietnam del Sur mediante la fuerza”.‘® De hecho, el gobierno norteame- ricano pretende que la infiltracién de cuadros sudviet- namitas adiestrados empezé solamente en 1959; incluso hasta el momento anterior a la entrada americana en la guerra, a principios de 1965, los informes de pri- sioneros y desertores del Vietcong revelan “muchas guerrillas nativas sudvietnamitas ignorantes de que el Vietnam del Norte desempefie papel alguno en la gue- rra, salvo como un aliado valioso”.“ Un estudio com- 47, Richard Goodwin, Triumph of Tragedy (New York, Vin- tage Books, 1966), p. 26. Hay muchos otros informes seme- jantes. Por mencionar uno reciente, Louis Heren escribe en el London Times del 20 de abril de 1968, desde Washington, que la CIA “de hecho desplegé saboteadores por el Norte desde 1959. Fueron lanzados en paracaidas o dispersados por Ja costa en Jan- chas de patrulla, y el vicepresidente Ky dirigié el transporte aéreo de la Fuerza Aérea de Vietnam del Sur en 1962 y 1963. Se sabe que tuvo a su cargo los lanzamientos en paracaidas. Los agentes eran sudviemamitas y habian sido adiestrados por la GIA en campos de fuerzas especiales, sobre todo por el 77 Grupo de Fuerzas Espe- ciales. Los hombres-rana fueron entrenados en Da Nang. Aparte de destruir puentes y otros puntos vulnerables, se esperaba que organizasen la guerra de guerrillas, especialmente en las zonas ecatélicas. Ambas operacionés fueron un fracaso total; en 1963 fue admitido un 95% de bajas, pero en cambio florecié el comercio de opio”. El informe de Heren prosigue discutiendo la posible relacién entre estas operaciones y el comercio de opio y los informes que investiga el subcomité del Senado segtin los cuales el mariscal Ky fue séparado de la operacién por su participacién en el contra- bando de opio. 48. Dean Rusk, 5 de diciembre de 1966, citado en Theodore Draper, Abuse of Power (New York, The Viking Press, Inc., 1967), p. 45. Es dificil exagerar el cardcter sobrecogedor del material reunido por Draper, en particular respecto de las tomas de po- sicién de Dean Rusk. 49. New York Times, 7 de junio de 1965. Estadisticas para la CBS de noviembre de 1968 y febrero de 1967 sefialan que incluso “entre los sudvietnamitas mds acentuadamente anticomu- nistas... sometides fundamentalmente a la propaganda gubernamen- 260 parado de los éxitos de los comandos sudvietnamitas en Vietnam del Norte y de los cuadros sudvietnami- tas adiestrados en el Norte y enviados a Vietnam del Sur en los afios sesenta podria proporcionar un intere- sante comentario a algunas de las extrafias ideas sobre Ja “guerra de guerrillas revolucionaria” que aparecieron en la propaganda americana de esa época. Incidentalmente, resulta curioso que hoy solamente los Estados Unidos y los “comunistas” insistan en que Vietnam de] Sur es una entidad independiente y dife- renciada. Las autoridades de Saigén mantienen, en el articulo 1 de Ja nueva constitucién, que “Vietnam [no tal, todavia parece haber un rechazo de la idea americana de que la guerra es una consecuencia de la ‘agresién del Norte” (Ri- chard Falk, “International Law and United States Role in Viet- nam”, p. 1.102 n.). Los resultados se reeogen en el Times del 22 de marzo de 1967. Incluso en esta parcial muestra de la opinién sudvietnamita, el 83% estaba en favor (y el 5% en contra) de la reunificaci6n con el Norte acabada la guerra, y se preferian las negociaciones a la extensién de las operaciones al Norte en una relacién de 4 a 1, La encuesta entre prisioneros del Vietcong citada anteriormen- te mostraba que “pocos de elles se consideraban comunistas o po- dian dar una definicién del comunismo”, y confirmaba el juicio de muchos observadores de que “el Vietcong funciona mucho més por la persuasién y el adoctrinamiento que por el autoritarismo de los ejércitos tradicionales”. Se ha subrayado a menudo, incluso por quienes estin comprometidos con el esfuerzo norteéamericano en Viet- nam, que “seria un serio error considerar que el poder comunista en Vietnam del Sur se basa predominantemente en el terrorismo o en la fuerza militar, o siquiera en la indiferencia de un campesinado ignorante” (Seigliano, op. cit., p. 158). Salvo en el Departamento de Estado, se est4 casi undnimemente de acuerdo en que “el hecho histérice es que la fuerza, en la lucha por el Sur, fue empleada por vez primera por el régimen de Diem, no por los comunistas”, en que estos Ultimos han sido, a pesar de todo, mucho mds mode- rados, en que aunque “la orientacién y Ja ayuda desde el Norte” pueden haber sido un factor importante en el “sorprendente éxito” del FNL, “no hubiera ido muy lejos sin el apoyo popular”, y en que “la guerra empezé como una guerra civil en el Sur’, mucho antes de que empezara la supuesta infiltracién (Joseph Buttinger, Vietnam: A Dragon Embattled [New York, Frederick A. Praeger, Inc., 1967], vol. 2, pp. 976 y ss., 981-82). El estudio de Buttinger es muy interesante no solamente por su cuidadoso y amplio and- 261 Vietnam del Sur] es una republica independiente, uni- ficada e indivisible territorialmente”, cuyos gobernan- tes pretenden ser ellos; el articulo 107 de la constitu- cién especifica que el articulo 1 no puede ser enmen- dado, De ahi, en su opinién, que si Ho Chi Minh Ilegara a enviar todo su ejército a Vietnam del Sur no seria responsable de “agresién”, sino solamente de insurreccién y de subversién. Hay, sin embargo, algo mucho més peligroso que la falsedad y el cinismo del gobierno norteamericano con respecto a sus compromisos internacionales y al derecho interior e internacional; se trata, simplemente, de Ja tolerancia, incluso por parte de la opinién culta norteamericana, hacia la idea de que tenemos perfecto derecho a intervenir en los asuntos internos del Viet- nam, a decidir qué elementos de la sociedad vietna- mita son los “legitimos” y a dirigir el desarrollo de las instituciones politicas y sociales escogidas por no- sotros en ese desgraciado pais, Es vergonzoso, pero innegable, que en los Estados Unidos la agitaci6n en torno a la guerra no habria pasado de ser un mur- mullo si hubiéramos tenido éxito en nuestro intento lisis sino también porque ha sido, durante muchos afios, un fuerte partidario del régimen de Diem y de que los americanos se vieran complicados en apoyo suyo. Explica, por ejemplo, por qué Diem fue incapaz de avanzar hacia estructuras democrticas y represen- tativas: “Las elecciones locales hubieran dado al Vietminh el con- trol de muchas comunidades rurales. El Vietminh no solamente era popular y tenia el control politico efectivo de grandes regiones, sino que era el tinico que tenia a gente con la preparacién orga- nizativa necesaria para explotar todas las oportunidades de ex- presién democratica que encendiera el régimen”. Asi, “las organiza- ciones constituidas libremente hubieran sido dominadas en seguida por el Vietminh” (p, 856); afiade que “el FNL era verdaderamente una criatura del Vietminh”, y habla de “la similaridad, o, mejor dicho, Ia casi identidad entre el Vietminh y el FNL”. Analiza también los enormes progresos econémicos del Norte (cf. pp. 928, 966 y ss.), y sefiala que en el Norte la represién de los disidentes ha sido mucho menos severa que en el Sur, en gran parte — segan cree — porque la disidencia era menog peligrosa (ef. pp. 964 y ss.). 262 de “reforzar la policia y las fuerzas de seguridad, asi como las demas instituciones que concurren en un moderno Estado policia” en Vietnam del Sur." Ya ni siquiera sorprende leer la recomendacién de un corres- ponsal conocido y muy liberal de que “los Estados Unidos deben enviar [a Vietnam] a Ja mejor gente que tienen, para una reorientacién politica y comercial apreciable”, de modo que no se deje terreno al FNL.® Como sefiala, nuestros vietnamitas “estén jugando un juego de poder, localmente y en Saigén, por sus pro- ios privilegios e intereses especiales”, y casi no sienten otra cosa que desprecio por los aldeanos”. Consiguien- temente, nosotros debemos encontrar un modo de que el campesinado les apoye a ellos. Imaginense eémo reaccionaria Saville Davis al leer una recomendacién asi en la Pravda. El y sus lectores, sin embargo, dan por supuesto que los Estados Unidos tienen derecho a llevar a cabo una “reorientacién politica” (por no hablar del derecho a emplear la fuerza militar) en cual- quier parte del mundo. : Los revolucionarios vietnamitas pueden conseguir o no liberar a su pais de la dominacién norteamericana, pero ya han conseguido hacer afiicos la complacencia americana con respecto a nuestro papel en el terreno internacional. El poder americano es tan grande que ninguna fuerza exterior puede pedirnos cuentas: de 50. Objetivo de “buena parte del esfuerzo americano en Viet- nam”, segtin Scigliano, que sirvié en el Grupo Asesor de la_Uni- versidad del Estado de Michigan en el Vietnam (op. cit., 1963, p. 197). En contraste con ello “se han dedicado muy pocas ener- gias o recursos americanos a objetivos politicos, en comparacién con los objetives econémicos y militares’. Su detallada critica de las cifras de ayuda muestra que Ja ayuda militar predominé de for- ma abrumadora, incluso en el “desarrollo econémico y social” y que incluso la verdadera ayuda econémica estuvo ampliamente dirigida a los relativamente ricos. Vid. pp. 135 y ss., para um resumen de a Saville Davis, Christian Science Monitor, 21 de octubre de 1967. 263 ahi Ia abrumadora urgencia del esfuerzo por superar los efectos de una generacién de adoctrinamiento y una larga historia de autoadulacién. Capitularemos simplemente ante la tragedia del Vietnam si no explo- tamos esta oportunidad para liberarnos del asfixiante nudo de ideologia y de la tradicién de conformismo que convierten en una burla los valores que preten- lemos defender. El primer paso para conseguir la salud politica debe ser un autoexamen intensivo, una denuncia no solamente de Io ne hacemos y de lo que represen- tamos en el mundo de hoy, sino también de las acti- tudes que desfiguran y pintan con falsos colores la imagen que nos hacemos de nuestro comportamiento. internacional. Una expresién notable de estas actitudes eee en un articulo merecidamente famoso de Neil Sheehan, escrito al regresar después de tres afios como corresponsal de guerra en Vietnam.’? A partir de sus observaciones directas, llega a la conclusién de que “en razon de su propia estrategia y de sus fines poli- ticos, los Estados Unidos estan... protegiendo una es- tructura social vietnamita no comunista que no puede defenderse a si misma y que acaso no merece ser defendida”. “El idealismo y la entrega son en gran parte prerrogativas del enemigo”; “en Vietnam, sola- mente los comunistas representan la revolucién y el cambio social”, y, “a pesar de su brutalidad y su doblez, siguen siendo los tmicos vietnamitas capaces de unir a millones de compatriotas suyos para soportar sacrificios y penalidades en nombre de la nacién, y el unico grupo que no depende para su supervivencia de las bayonetas extranjeras”. En nuestro bando figu- ran los militares y “los mandarines procedentes de familias de comerciantes y terratenientes”, que habian 52. “Not a Dove, But No Lo: Hawk” Magazine, 9 do octubre de 19660 | NS» New York Times 264 colaborado con los franceses de Ja misma manera que ahora colaboran con nosotros. Sefiala que el sistema social existente defiende los privilegios y que “muchos jévenes vietnamitas de origen campesino se unen al Vietcong porque los comunistas... les ofrecen la mejor esperanza de evitar una vida en el peldafio inferior de la escala donde nacieron, abajo de todo”. Describe las nuevas construcciones de Saigén, todas las cuales son prdcticamente “apartamentos lujosos, hoteles y edi- ficios de oficinas, financiados por hombres de negocios chinos o por vietnamitas opulentos con parientes o vinculaciones con el régimen... destinados a ser alqui- lados a los americanos”, mientras “los trabajadores de Saigén viven, como han vivido siempre, en barrios pobres malolientes en los arrabales de la ciudad”. Pero éstos son los afortunados; afortunados en comparacién con el millén y pico de refugiados, la mayoria de los cuales han abandonado sus hogares “porque ya no podian soportar mas las bombas y los obuses ame- ticanos y sudvietnamitas”, o los cientos de miles de muertos y heridos, en gran parte victimas del “extraor- dinario poder de fuego de] armamento americano’, dirigido a menudo contra campesinos desamparados por cinicos oficiales sudvietnamitas.54 Sheehan describe 53. Sobre los militares, Jonathan Randal seiala en el New York Times del 11 de junio de 1967 que “solamente un oficial con grado superior al de teniente coronel no sirvié en el ejército fran- eés contra el Vietminh en la guerra de los franceses en Indochi- na”. Acaso por esta razén, en parte el efército de Vietnam del Sur tiene tan poco interés en Ja guerra, mientras que “el Vietcong puede coger a un recluta renuente y convertirlo en un tigre en seis meses” (segim wn consejero militar americano), y explica un poco los indices de deserciones que Randal cita para los batallones de élite en 1966: 22% para las fuerzas armadas en general, 31% para las tropas de asalto, 33% para la infanteria de marina y 45% para los batallones aerotransportados. 54, Vid. Halberstam, op. cit., para algunas indicaciones so- bre las corrupciones de los que denomina “nuestros vietnamitas”. Su cinismo ha escandalizado continuamente a los periodistas nortea- 265 la estrategia americana, consistente en “crear una mA- quina de matar,.. y luego dirigir esta mAquina contra el enemigo con Ja esperanza de que matando durante los suficientes afios se conseguir4 forzar su derrumba- miento por agotamiento y desesperacién”; * e] enemigo es, en su mayoria, la poblacién rural de Vietnam del Sur. Sheehan concluye esta descripcién como sigue: “A pesar de estos temores, no veo que podamos hacer otra cosa que continuar Ja guerra”; sin embargo, no mericanos. Malcolm Browne, por ejemplo, informa que hay oficiales vietnamitas que han ordenado “borrar del mapa” algunas aldeas por la aviacién norteamericana para cubrir casos de estafa (cp. cit., p. 210), 55. Kahin, op. cit. (vid. nota 8) informa que el euadro médico del hospital de Hué consideraba que “casi el $0% de las bajas de ja guerra habfan sido ocasionadas por el bombardeo aéreo y arti- Nero norteamericano y sudvietnamita”, y de que un americano que trabajaba en el hospital de Quangnai “consideraba que el 70% aproximadamente de las bajas civiles en la guerra habian sido eausadas por el bombardeo aéreo y artillero de los americanos, sudcoreanos y sudvietnamitas”. Adviértase que estas estimaciones se refleren a zonas que se hallan mds 0 menos bajo el control nor- teamericano, donde la victimas podian esperar Ilegar a los hospitales. Lo asombroso es que el ntimero mfs importante de bajas en esas zonas haya sido causado por las fuerzas norteamericanas y aliadas. Incluso en el hospital de Saigén vio Kahin muchas victimas del napalm, nifios en su mayorfa; los estudiantes de medicina le infor- maron de que “la politica gubernamental consiste en dispersar tanto como sea posibie a las victimas del napalm que Ilegan a los hospitales, de modo que los visitantes no Heguen a la conclusién de que se producen tantas”. Las reacciones norteamericanas ante descubrimientos como és- tos son a menudo sorprendentes, Por ejemplo, el senador Proxmire inserté en el Congressional Record (26 de mayo de 1965, $11799- 801) un reportaje en el que se cubren las faltas de la politica de la administracién publicado por Thomas Ross en el Chicago Sun-Times del 23 de mayo de 1965, para mostrar que los auténticos expertos apoyan al gobierno. Y, efectivamente, Ross apoya al gobierno. Pero también sefiala que “el Vietcong ha logrado un elevado grado de inmunidad” y que Ja estrategia militar se ha visto obligada a pasar, por consiguiente, de la contraguerrilla a la guerra clasica, Sin em. bargo, observa, “es todavia demasiado pronto para decir si las armas més complicadas y las tropas de infanteria convencionales pueden tener éxito donde la contraguerrilla ha fracasado, De hecho, hay 266 puede dejar de preguntarse “si los Estados Unidos 0 cualquier otra nacién tienen derecho a infligir este sufrimiento y esta degradacién a otro pueblo para sus propios fines”. La raz6n para hacerlo es que cualquier otra politica “puede minar toda nuestra posicién en el Sudeste de Asia”. 2 s Mucha gente ha comentado la divergencia entre el contenido de este articulo y las conclusiones expresadas por Sheehan. Pero hay un punto mu importante al que se ha dedicado escasa atencién. Sheehan empieza su descripcién diciendo que cuando Iegé al Vietnam crefa en lo que mi pafs estaba haciendo en Vietnam. Ge ayuda econémica y militar y unos cuantos cabanas le pilotas y consejeros militares, los Estados Unidos estal aD. ayudando a los vietmamitas no comunistas a construir un Estado nacional independiente y viable a, a derrotar a una errilla comunista insurgente que pretendia someterlos a una aa tirania. Sheehan est desilusionado debido solamente a las devastadoras consecuencias para el Vietnam y su pue- blo a que ha conducido este intento. Pero todavia no pone en duda que tengamos Ballas derecho a em- Jear la fuerza militar para determinar la estructura hes la sociedad sudvietnamita y para derrotar un mo- vimiento insurreccional que, segun hemos decidido, les someterfa “a una dura tirana”. No hay ningun agresor en la historia que no haya dado a sus acciones una “justificacién” asi, y muchos han dado, precisamen- te, justificaciones como ésta. El supuesto de que tene- el de un creciente resentimiento popular contra la se ee del napalm, Jo cual no puede resultar sorpren- dente si uno ha visto una sala de hospital Tena de mujeres y ane Ilenos de sangre, quemados de pies a cabeza”. Mientras Boe ye senador Proxmire esperan el resultado de la prueba, Sites jeearan a sus propias conclusiones, incluso antes de que aparezca el inevita- ble estudio de la Rand Corporation. 267 mos derecho a imponer a los vietnamitas nuestra vo- luntad (naturalmente, en el mejor interés de ellos) es casi indiscutido. Por esto no cabe hacerse grandes es- ae sobre las ene de orientar a la opinién beral americana de un modo fundamental sobre las cuestiones centrales de la guerra y de la paz, de la libertad y de la autodeterminacién nacional. Pocos discuten el supuesto de que tenemos derecho a decidir qué elementos de la sociedad sudviemamita son los legitimos, 0 a emplear la fuerza para imponer las instituciones sociales y politicas que nosotros, en nuestra sabiduria y benevolencia, hemos elegido para Vietnam del Sur, en la medida en que este intento no es demasiado costoso para convertitse en algo que no merece Ja ee E] abanico de la opinién “respon- sable” ya desde quienes proclaman abiertamente que tenemos ese derecho hasta quienes formulan nuestros objetivos de un modo que lo da por supuesto. En lo que respecta a estos ultimos, considérese el informe final al Congreso del secretario de Defensa, McNama- ra, cuya opinién es probablemente tan sana como cual- quier otra que se pueda escuchar en Washington en estos tiempos. Estamos combatiendo en Vietnam —dice— “para defender el principio de que no se debe promover el cambio politico por medio de la vio- lencia y la fuerza militar dirigida desde el exterior”. Sin embargo, segim esta opinién, es perfectamente le- gitimo emplear “la violencia y la fuerza militar diri- gida desde el exterior” para garantizar Ja estabilidad politica, es decir, cuando son los Estados Unidos quie- nes las aera En realidad, McNamara va mucho més lejos. Incluso tenemos derecho a emplear nuestra fuerza militar para llevar a cabo un cambio politico y social. Asi, el programa de pacificacién, que se halla bajo el control militar norteamericano, “supone nada menos que la restructuracién de la sociedad vietnamita”, pero, 268 en su opinidn, se trata de algo legitimo; en realidad, es un programa digno de encomio.®® Asi, el principio por el que combatimos no es el principio de la no in- tervencién por medio de la fuerza militar en los asuntos de otras naciones, sino mAs bien el principio de que los Estados Unidos, y solamente ellos, pueden intervenir en los asuntos internos de otros paises para garantizar la estabilidad politica e incluso para restructurar su socie- dad. El secretario McNamara, naturalmente, es cons- ciente de que el papel de Vietnam del Norte en la “violencia dirigida desde el exterior’ ha sido siem- pre, y sigue siéndolo, mucho més débil que el nues- tro; su departamento es el que ha dado mas pruebas sobre esta cuestién. Pero la injerencia del Vietnam del Norte se ha producido en apoyo de un tipo de cambio social que nosotros definimos como ilegitimo, mientras que la nuestra apoya la estabilidad (u, oca- sionalmente, la restructuracién), a la que hemos con- siderado como la mas apropiada. Por decirlo en pocas palabras: estamos combatiendo en Vietnam para afir- 56, En el New York Times del 2 de febrero de 1968 apare- cen extractos de esta declaracién secreta, El Vietcong estard con- tento de enterarse, por esta declaracién, de que no “buscamos la rendicién de las fuerzas del Vietcong: nos contentarilamos con que abandonaran las armas y ocuparan su lugar como pacificos ciuda- danos de Vietnam del Sur, o se. trasladaran al Norte si lo desean”. Presumiblemente, la distincién entre “rendicién” y “abandonar las amas” se explica en la parte censurada de la declaracién. La observacién recuerda la de otra importante paloma, Ar thur Goldberg, que expuso nuestra posicién ante las Naciones Uni- das, en lo que se describié ampliamente come una declaracién “conciliadora”, del modo siguiente: “No deben ser mantenidas fuer- zas militares, personal armado o bases en Vietnam del Norte o del Sur, salvo las que se hallen bajo el control de los respectivos go- biernos” (New York Times, 22 de septiembre de 1967). En otras palabras: el Vietcong no necesita rendirse; solamente pedimos que deje de existir como fuerza militar. Y cuando el gobierno que he- mos instituido implante su control militar total no tendremos ya ningiin interés en mantener nuestro ejército en Vietnam. El alto mando alemdn podria haber explicitado sus objetivos en Francia precisamente en los mismos términos. 269