Juanjo Lamelas

“Mañana, mi buen Dinócrates, te quiero a mi lado porque voy a marcar en el suelo la línea de las murallas, sus puertas y, dentro del recinto, las calles, las plazas, los edificios públicos, templo, gimnasio, teatro e hipódromo…”
Alejandro Magno a su arquitecto después de haber soñado la respuesta del Oráculo del Oasis de Siwa

Los trabajadores, siguiendo sus órdenes, fueron trazando el perímetro con chorros de harina. Una leyenda cuenta que unas aves se la comieron, hecho interpretado como un presagio de que la ciudad alimentaría al mundo civilizado.
Hipólito Escolar Sobrino “Historia de cinco ciudades y un monasterio”

Muchos son los que vuelven por la vereda de los fuegos fatuos, por la de los delirios peregrinos. Se fueron, abiertas las manos, buscando sabiduría, imperios, oropeles; y retornan los más, con las manos vacías de estrellas o, para su desgracia, con ellas repletas de inmundicia; y los menos, los otros, los elegidos, ellos regresan por esa vereda soñada con las palmas rebosantes de hazañas, de gloria, de conocimiento. Cada uno de esos caminantes de la etérea senda de las verdades encontrará su tesoro incierto y con él la recompensa. Este es el libro de esos soñadores con nombre, con vidas arrastrando un carruaje de sueños en un mundo impreciso que muestra una belleza infinita a quienes sepan verla, antes de desmoronarse en el hastío de la ignorancia que todo lo puede. Pero, para fortuna de todos, lo que triunfa al final sobre la ignorancia misma no son los hechos, ni los hombres, ni sus nombres, ni sus vidas; sino lo que los contadores de historias han querido contar para que sea contado.

El Egipto Tolemaico
Historia del Mundo Antiguo. Tomo II Vázquez Hoys, Ana Mª
Sanz y Torres, Madrid 2005

Alejandría (225 a.C) Basado en “Alejandría” Foster, E.M.
Seix Barral. Barcelona, 1984.

I Estaba muerta. En la cara, el rictus de quien vio llegar irremisiblemente el fin. Atónita, perpleja, como labrada en piedra, perenne su faz. El destino de aquella mujer había sido escrito muchos días atrás; sórdidamente deletreado en el idioma de una convicción absurda. Ella no supo, no sabía que había nacido para ese momento y tampoco el por qué ni el para qué la habían condenado. Murió pues con la inocencia tácita del que no ha tenido derecho a juicio; con la amarga incertidumbre de si su entrega involuntaria serviría o no para algo. Su ignominiosa muerte pagaba antiguas deudas de las que ella no era más que un personaje secundario en una tragedia en la no había protagonista que quisiera cargar con la escena final; pero su sacrificio aprovecharía a quienes lo habían propiciado para desencadenar los acontecimientos de una trama urdida por la codicia. Tenía la boca desmesuradamente abierta, enseñando el hueco por el que su alma sobrecogida había huido al abandonarla. Sus ojos plúmbeos estaban hinchados de espanto, pugnando por salirse de las órbitas. Las pupilas dilatadas grabaron el rostro del verdugo. Las mejillas hundidas borraban todo atisbo de la belleza una vez contenida en aquel semblante. Su cuerpo yacía tendido en la cama, lacio, marchito; parcialmente tapado con una sábana de lino. Estaba desnuda; desnuda y fría. Su piel era del color manso de la cera, pero no anunciaba la textura grasienta que a ésta acompaña, sino más bien sequedad causada por las horas que habían pasado; una sequedad contradictoriamente flácida que se escapaba a lo largo de uno de sus brazos, sobresaliendo del lecho; descansando suavemente en el suelo como si a través de aquellas losetas hubiese huido su espíritu para abrazar a la madre tierra. El silencio fúnebre de aquella noche invernal sólo se alteraba por un ulular metódico que provenía del bosque cercano. La impertérrita lechuza, obstinada en su métrica monótona; fue la primera en preconizar que el miserable dios que les roba la hermosura a los difuntos merodeaba por su foresta y había elegido a su víctima propiciatoria. Ella, la joven, la muerta, probablemente no recibiría, a pesar de su sacrificio, la recompensa de la eternidad porque su misión era callada e ignorante, ausente de la fatalidad que da una fe ciega. Llevaría consigo el estigma irremediable de que su cuerpo y su espíritu estarían condenados por no poder pagar el impuesto de la entrada a los cielos. Pero si sus dioses egipcios no la aceptaban, tal vez su involuntaria entrega fuera suficiente para enternecer al anciano Caronte y éste la llevase hacia donde

habita el alma de los buenos; guardando la condena para quienes iban a sacar tajada truncando una vida aún virgen por alcanzar un viejo sueño. Cuando el maestro copista entró en sus aposentos, ya de madrugada, el flotar flameante de las cortinas de gasa, animadas por la brisa que subía del mar, atrajo su atención primera hacia la ventana abierta. Como por un tobogán se deslizó su mirada con la luz lunar que inundaba la habitación. Sus ojos fueron a estrellarse en el cadáver. Se quedó inmóvil. El golpe sordo de los rollos que llevaba en sus manos reverberó insultante contra las encaladas paredes hasta que terminó por retumbar en su cerebro. Se acercó para asegurarse de que sus sentidos no lo engañaban. La expresión de terror inmenso de aquel rostro impregnó todo su ser y, súbitamente recorrido por un escalofrío, se le erizó el vello de todo el cuerpo; como queriendo evitar que el tormento que aquella muchacha había sufrido regresara a la atmósfera del recinto. Su impulso segundo fue correr hacia la puerta para buscar ayuda, pero algo le retuvo y le hizo regresar frente a la joven. Alargó uno de sus brazos y le cerró los párpados escondiendo aquellos ojos para siempre. Luego hizo lo mismo con la boca, la rigidez de la mandíbula se oponía al movimiento. Sintió asco al hacerlo; más cuando el chasquido de los dientes le hizo saber que había sido demasiado brusco; pero observó el recompuesto semblante de la desdichada y se dio cuenta que su hermosura huída había vuelto a él por vez postrera, como para despedirse. La muerte también puede ser bella, fue su pensamiento lúgubre. El joven maestro hizo ademán de recolocar los bucles ensortijados de aquella melena trigueña cuando apreció que las puntas estaban húmedas de sangre. Una sangre tenue que se prolongaba bajo el hombro derecho de la muchacha, dejando una mancha suavemente rosada en las fibras del lino. Cambió de posición para situarse justo detrás de la cabeza y observó con repugnancia que a aquel cuerpo cerúleo le faltaba un trozo de piel del tamaño de una palma. El hecho de que hubiera sido meticulosamente extraído, junto a la falta de sangrado en el cadáver y en las sábanas, le dio a entender que había sido despellejada después de la muerte. ¿Quién sería capaz de ultrajar así un difunto? ¿Qué infausto criminal se atrevería a hacerlo sabiendo que así podía condenarse para siempre? El nerviosismo se apoderó de él y sintió una congoja que le recorrió el cuerpo convertida en un estremecimiento frenético. No era capaz de asimilar lo que estaba pasando. De nada conocía a aquella joven. No podía explicar qué había venido a hacer a sus aposentos y mucho menos porqué la habían asesinado. La sola idea de imaginar la

daga impenitente rasgando aquella delicada piel le produjo vómito. ¿Qué bestia habían creado los dioses, que osaba a profanar un recipiente tan bello? Tal vez lo había hecho un loco para gozar de lo prohibido y luego llevarse un trofeo de su infecto delito. Al fin y al cabo el mundo estaba lleno de locos. Él mismo había conocido unos cuantos y sabía que a la demencia no la detiene ningún sentimiento. Reparó de nuevo en la figura de aquella sombra lunar. No era luna de amor sino de muerte. Especuló sobre lo apetecible debiera haber sido. Sobre cuántos preclaros hombres de aquella ciudad hubieran reposado gustosos a su lado después de deleitarse lascivos con los dones de su juventud. Pero luego lo pensó mejor; cualquiera hubiese podido gozar de aquella desventurada y más tarde, sin remordimientos, devolverla al lodo en el que la había encontrado. Cualquiera, porque los pedazos de carne libidinosa, en aquella inmensa urbe y en aquel agitado tiempo, eran fácilmente accesibles para quien llevase una bolsa generosa. Aquel sentimiento licencioso derivó en lástima pero lo ayudó encontrar la calma y a mensurar sus decisiones inmediatas. Caminó ensayando templanza, hacia el centro del dormitorio y recogió los rollos caídos, depositándolos con esmero, primero en su antebrazo y luego en una mesa de maderas finas que se adosaba al ángulo muerto de una de las paredes. Salió al corredor, sin precipitación alguna y llamó a su sirviente, acompañando su nombre con dos palmadas. Un muchacho pequeño y poco agraciado apareció al final de aquel claustro cuyos muros estaban bondadosamente iluminados por bujías de aceite. El jefe de la policía tardó más de una hora en llegar con dos oficiales. Achaparrado por su propio peso, más parecía un comerciante de vinos de Massalia que el representante de la ley en el distrito noble de la ciudad. El dueño de la casa lo saludó con arrogancia, a pesar de lo comprometido del contexto; seguro de que su posición no era inferior a la del militar. Es más, el recién llegado hizo una torpe reverencia al verle, esforzándose inútilmente por parecer sobrio. La narración de los hechos duró lo que tardaron en caminar desde el pórtico hasta el dormitorio. El marchar cansino del grupo por el corredor era marcado por aquel rechoncho individuo, que asentía con la cabeza a la exposición cada vez más nerviosa del amo. Historias como aquella las escuchaba cada noche; pues cada noche, en una capital de más de cuatrocientas mil almas, aparecía alguna infeliz muerta sobre un diván mugriento, víctima de un borracho lujurioso que seguramente se parecía a él. No podía disimular su fastidio. A aquella hora de la madrugada era el mejor cliente de los burdeles del puerto. Un tarado otra vez le había interrumpido el placer que las meretrices le dispensaban, golosas de unas monedas.

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¡Es que no pueden joderlas como yo y luego dejarlas para otro!, - murmuró mientras hacía girar el pasador. ¿Qué has dicho? – Preguntó el joven con autoridad. Nada, nada, -respondió titubeante el gordinflón, pero al momento, como viéndose humillado por la dignidad del señor de la casa replicó - Es que todo tiene que pasar a estas horas. – Por lo visto ya no era la primera vez que se quedaba a medias. – Y siempre tengo que ser yo el que recoja la mierda de otros. – Se había pasado, se dio cuenta al momento y quiso rectificar. – Perdón, quiero decir… El amo lo interrumpió.

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Ninguna hora es buena para morir. Aquel sujeto grasiento y desagradable hizo intención de arreglar sus comentarios

pero ya no tuvo tiempo. Las luminarias que portaban sus acompañantes irrumpieron sin pudor en la alcoba, ahuyentando la aurora astral. Por el ventanal seguía entrando el viento y el repiqueteo límpido de la lechuza; pero sobre la cama no había nadie. ¡Joder, lo que faltaba! Ahora los muertos se levantan y se largan volando. – Aquello pareció sacarlo del sopor que le producía su consumada borrachera. Ambari tardó unos segundos en superar el desconcierto inicial. Hacía apenas unos momentos que sobre aquel lecho yacía una hermosa joven a la que alguien había quitado la vida y ahora no quedaba el menor rastro de ella ni de ninguna prueba que demostrara lo que había pasado. Recorrió la habitación precipitadamente, se asomó a la ventana. Nada. Aquí no hay nada: Las putas no vuelan. Esas esperan a cobrarse, – balbució con antipatíaSeguro que alguien quiso tomarte el pelo, escriba. – El orondo personaje hizo ademán de marcharse. El copista estaba confundido. No sabía qué hacer, qué decir. Cualquier cosa que pudiera apostillar a aquel comentario malicioso no haría más que cebar al gordo para que tomara bríos y encadenara nuevos improperios. Finalmente determinó sacárselo de encima para poder aclarar sus ideas y terminó por asentir: Seguro, seguro que ha sido eso, una broma – Intentó esbozar una disculpa pero el jefe de la policía ya había decidido a zanjar el asunto, seguramente para volver al burdel del que había salido antes de que se le agotara el saldo. No lo acompañó a la puerta. Se quedó apoyado en el dintel de su alcoba viendo cómo se alejaba con sus dos alguaciles mientras intentaba dar forma a su confusión.

Aquello era un contratiempo serio en sus planes. Faltaban tres días para la partida. Faltaban solamente tres días para el importante viaje que había estado preparando durante los meses anteriores con tanto celo y dedicación. Lo que había sucedido lo importunaba sobremanera, pero no tendría tiempo de esclarecer los hechos, al menos hasta su vuelta. Por eso pidió a su sirviente que guardara silencio sobre lo que había visto y lo conminó a que estuviera atento a cualquier cosa extraña que notara durante su ausencia. Lo mejor de momento, era que aquello no transcendiera. Podía aplazar las respuestas, pero de lo que no podía esconderse era de la crispación angustiosa que aquel macabro pasaje había dejado en su corazón; era como una especie de conmoción sísmica que le hacía temblar todo el cuerpo. Se sentó en la cama y acarició el lugar donde había yacido la joven, prometiendo a la imagen marcada a fuego en su conciencia que haría todo lo posible por procurar justicia a aquel rostro que se había desvanecido en la noche. Halló consuelo pensado que los muertos tienen paciencia eterna esperando a que sean reparados los agravios que sufrieron en vida y con ese lenitivo paradójico atenuó su desasosiego. Poco después, en la calle, no muy lejos de allí, un carro con sus dos bueyes viejos se detuvo en la parte trasera de un enorme edificio de dos plantas. Un hombre menudo, envuelto en una capa raída que rezumaba mugre, se bajó de él y, después de asegurarse de que no era visto, empujó una pesada puerta de madera maciza, desmesuradamente alta, entrando en un patio pequeño. La luz de la luna confería un aspecto fantasmagórico a las plantas que medraban profusamente. Por todas partes, descuidados parterres asilvestrados mostraban que aquel acceso al edificio no era muy utilizado. El hombrecillo cruzó apresuradamente el patio y entró por una puerta lateral que, como la de entrada, se encontraba entreabierta. Después atravesó un largo pasillo y se dirigió al cuarto donde dormían los esclavos. Despertó a uno de ellos y le dio indicaciones para que avisara a su amo. Se quedó en el corredor mascullando el dinero que iba a pedirle. A los pocos minutos, precedido por el mensajero, apareció un anciano alto y delgado, de espesas barbas blancas, enfundado en una túnica color arena, reciamente amarrada en la cintura por un cinturón de cuero. Os traigo otra puta, señor. – El burlesco personaje se dirigió con cierta ironía a aquel viejo. Salieron ambos, amo y carretero, a la portada de la casa. El anciano recibió el lacerante impacto de aquella visión inesperada y casi le traicionan los sentimientos al

reconocer a la muerta. Afortunadamente la noche escondió el azoramiento con el que aquella sorpresa ingrata le sacudió las entrañas a hora tan intempestiva. Se repuso a duras penas del primer instante ominoso y reaccionó con rapidez, entrando en la casa al tiempo que llamaba a sus sirvientes y les daba órdenes precisas. Dos de ellos salieron a la calle y al poco tiempo volvieron a entrar con un fardo alargado que bajaron inmediatamente al sótano. Ésta vale más que los otros. – La voz se estrelló en la nuca del anciano que cerraba el extraño cortejo de aquel bulto. – Ésta vale más- Volvió a dejar flotando en la atmósfera solitaria de aquella madrugada. Al cabo de unos minutos el maestro volvió al pasillo con una bolsa de monedas y la depositó en las huesudas manos del extraño mercader. Ten. Es más de lo acordado. Márchate por donde has venido. Ya te mandaré llamar cuando te necesite. El hombre no abrió la bolsa. Se limitó a tasarla por el peso y, esbozando una mueca de satisfacción, dio media vuelta sin mediar más palabra. Al poco se lo oyó a lo lejos azuzar a los bueyes y el crepitar de las ruedas sobre el empedrado se fue alejando hasta hacerse imperceptible. En la casa, las antorchas que habían iluminado aquel esperpéntico trato, desaparecieron tras el golpe del portalón. El silencio y el frío de principios de invierno volvieron a ser los únicos habitantes de la calle. Por la mañana todo se encontraba dispuesto para la lección de anatomía. La sala de disecciones estaba presidida por un mesado rectangular de mármol exquisitamente blanco. Sobre ella tendido, un cadáver esperaba las manos hábiles del más venerable de los médicos de la Institución. A su alrededor revoloteaba un grupo de estudiantes nerviosos ante el esperado momento de ver, quizás por vez primera, las entrañas de un ser humano. El maestro retiró el tosco sudario que amortajaba aquel bulto y el cuerpo enjuto de un varón de unos treinta años apareció ante los ojos de los aprendices. El decano de los médicos se dirigió a uno de sus discípulos: Eleas: ¿corroboras que está muerto? Un joven de aspecto aniñado se adelantó al resto de los presentes, que circundaban ya la mesa, dispuestos a embebecerse de la docencia que el anciano les dispensaba en dosis más bien pequeñas. El muchacho se inclinó levemente sobre el cadáver para examinarlo a fin de elaborar una respuesta fundamentada. Luego habló con convencimiento:

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Para saberlo se ha de tomar el pulso. No hay latido, ni en el pecho, ni en la yugular, ni en las muñecas. Pero eso no es suficiente…, - arguyó el maestro médico al tiempo que dirigía a su pupilo una mirada cómplice, seguro de que éste no iba a defraudarle. El joven se sintió arropado y continuó exponiendo el procedimiento habitual de

actuación. Si no lo fuera se hará la prueba del hálito. Puesto el nácar ante la boca, el de un vivo dejará vaho sobre la concha. - Tomó tal de una mesita auxiliar y procedió a dar efecto a su aseveración. Bravo, Eleas, veo que no desperdicias tu tiempo aquí – Premió el maestro a su discípulo con esta breve alabanza al tiempo que enlazaba el discurso con la siguiente reflexión a la que quería dirigir el interés de sus pupilos aquella mañana. Y tú, Hipólito de Éfeso, ¿sabrías decirme cuanto tiempo hace que ha muerto? El muchacho más apuesto de aquel grupo se acercó al difunto con cierto temor y le levantó una de sus piernas para valorar la flacidez de sus carnes y la facilidad con que se doblaban las articulaciones. Luego le palpó el vientre. Unas cuatro horas, - afirmó muy seguro de sí mismo. Efectivamente, – remarcó el anciano. ¿Y en que te basas para afirmarlo? – Continuó mientras giraba levemente el torso buscando la connivencia de los demás discípulos. En el estado de la rigidez, en especial del tobillo, que es la última articulación en trabarse. También lo indica la temperatura de su cuerpo. No ha podido pasar más tiempo, pues no hay olor; el fluido de la muerte aún no se aprecia y el cadáver no ha empezado la hinchazón. – Respondió el aventajado estudiante recreándose en la certeza de sus palabras. Excelente, mi querido Hipólito, excelente. – Remarcó el maestro y a continuación comenzó con el verdadero objeto de la lección. Su tono, hasta entonces familiar, se esforzó en parecer grandilocuente pues iba a citar al padre de la medicina. – El gran maestro Hipócrates afirmaba que la enfermedad proviene de un desequilibrio natural concretado en alguno de los humores vitales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra; y por su propia ley es la naturaleza misma del cuerpo la que se encarga de reestablecerlo.

Después de introducir la doctrina en la que se habían educado los médicos de varias generaciones les explicó que en ella había grandes aciertos, pero también enormes errores como el que acababan de oír. En medicina no hay verdades inmutables, esa era la idea que el sabio quería inculcarles a sus oyentes, haciendo hincapié en su necesidad de evolución como característica sustancial de la disciplina. Y gran parte de la nueva medicina griega bebía sus fuentes en las ideas adelantadas de la escuela fundada por su tío, Erasístrato de Cirene, muerto veinticinco años atrás y del que el actual decano había heredado doctrina y nombre. Según afirmaba aquel médico innovador, venerado en Alejandría, las enfermedades no tienen su origen en los desequilibrios de los fluidos, sino que éstos son su consecuencia. La causa primigenia del mal está en las alteraciones de los órganos, esas patologías son las que causan su disfunción y de ella deriva la enfermedad. Al aceptar esa hipótesis era necesario reconocer que la disección de cadáveres o las vivisecciones de animales resultaban ser procedimientos médicos de enorme valor para identificar las dolencias, efectuar diagnósticos y proponer una terapéutica eficaz. “Los refinamientos atenienses no son para los médicos”, aseveró con contundencia, a pesar de reconocer que en la misma Alejandría había también opositores a sus ideas, entre los que citó expresamente a Filino de Cos, discípulo de Serófilo, y a Serapio de Alejandría totalmente contrarios a sus métodos por considerar las disecciones y vivisecciones una pérdida de tiempo; pues en ambos casos se alteraba la esencia natural de la vida y no se podían sacar conclusiones válidas, aparte de creer que ambas eran moralmente repugnantes. Después de dedicar adjetivos poco halagadores a quienes según él con tanta fuerza se oponían al avance de la medicina y tras dejar clara su postura y justificada la lección de anatomía que estaba teniendo lugar, quiso Erasístrato permitir que sus discípulos volvieran a sentirse seguros en la sabiduría de los consagrados y para ello se dirigió a otro de sus pupilos: ¿Qué nos dijo el maestro Hipócrates que deben hacer los médicos? Dímelo tú El muchacho de su izquierda, el que seguía más atento la disertación, respondió como leyendo en un libro sagrado. Ayudar a la naturaleza en su desorden. Lo primero que la terapéutica no aumente el mal del enfermo; lo segundo atajar la causa de la dolencia y lo tercero no querer curar lo que es incurable. – Y añadió, como colofón, una frase Aniceto.

de cosecha propia. – Porque la muerte ha de entrar en los cuerpos en alguna de sus formas para que la ley de la vida se cumpla. El maestro médico cogió al vuelo la sentencia y la usó para seguir sacando provecho. Tenía esa costumbre: la de hablar por boca de sus discípulos más aventajados y aquel joven, en efecto lo era. La muerte has dicho. Y según tú. ¿De qué ha muerto este hombre? El muchacho se acercó al cadáver y durante un par de minutos lo examinó concienzudamente. Luego respondió: Envenenado. ¿En qué te basas para decirlo? Aniceto se atusó, en un gesto reflexivo, la escasa barba con la que estrenaba sus veinte años. Ello aumentó el interés de la concurrencia, manifestado en un silencio respetuoso. En el amoratamiento de los labios, en que el cuerpo no tiene lividez sino sonroseo y en el color rojo que ha delimitado las partes que tocaban el suelo. ¿Dirías que fue un asesinato o un suicidio? – Persistió el anciano en su afán pedagógico. Eso, honorable Erasístrato, es casi imposible saberlo sin examinar las vísceras, especialmente el hígado. – No se le ocurrió más que decir pero notó por los murmullos de los aprendices que se esperaba más de él. Volvió a examinar el cuerpo con detalle, desde la cabeza a los pies y nada. No estaba demacrado por la acción continuada de un tóxico. Aquella muerte parecía haberle sobrevenido de forma repentina, pero sin abrirlo no encontraba respuestas. De pronto reparó en la única parte de aquel hombre que no había explorado: sus manos. El joven de ojos azulados sonrió para sus adentros y se giró hacia los presentes. - Es que ni una cosa ni la otra. Si el veneno hubiera sido el arsénico o el cianuro habría señales claras. Es una posibilidad, pero creo que si las vísceras no presentan signos, puede haberse intoxicado con el humo de un brasero de carbón. ¿Por qué lo sabes? – Preguntó Eleas con cierta perplejidad. Aniceto respiró profundamente antes de responderle. Fijaos en sus manos. – Le levantó la izquierda. – Ésta está completamente limpia. Áspera pero limpia. Sin embargo la otra… - rodeó la mesa y tomó la diestra. - … ésta tiene restos de carbonilla, en la palma y entre las uñas, lo que

puede indicar que antes de morir había encendido un brasero. Las noches son frías, murió de madrugada, no estaba trabajando, parece sano, no presenta signos de violencia. Es la única explicación que encuentro. – Se calló sin estar demasiado convencido de lo que había dicho. Sólo era una hipótesis audaz, pero al menos había salido del paso. Erasístrato no hizo ningún comentario. Se limitó a beber complacido de aquella fuente de sabiduría cuyas aguas reconocía como propias. Al darse cuenta del silencio prolongado de su maestro los demás discípulos murmuraron alabanzas hacia aquel muchacho, sabedores que era el más destacado discípulo de la escuela y que el destino iba a depararle grandes cosas. El médico, considerando que el alumno había recibido ya su dosis de vanidad, varió su magisterio hacia otros derroteros. Decidió llegado el momento de la práctica y se dirigió a una mesita donde reposaba el instrumental quirúrgico. Tomando un escalpelo, regresó frente a al cadáver y procedió a realizar una incisión precisa en la parte lateral del cuello hasta dejar a la vista el nervio vago; luego tomó unas pinzas y lo pellizcó enérgicamente. El finado reaccionó ante tal estímulo con una relajación del diafragma y la caja torácica se movió, lanzando un macabro resoplido. ¡Es el ánima, es el ánima! – Exclamó uno de los estudiantes. Los demás prorrumpieron en una sonora carcajada. Otro de ellos no tardó en corregirlo: El ánima ha tiempo que lo abandonó. Bien es sabido que deja el cuerpo en el mismo instante del fallecimiento. Poco sabía el muchacho que con su aseveración había llegado al terreno de la metafísica, abriendo la puerta a los aspectos filosóficos de la ciencia médica en los que el anciano esperaba que desembocara su lección de anatomía. No hay aquí nada que concierna al espíritu, – se apresuró a añadir el maestro, que los tenía dónde había querido llevarlos. – Sin embargo hoy dedicaremos nuestra charla precisamente a la relación entre mente y cuerpo. – Dijo para recuperar la atención de sus acompañantes. - Como bien sabéis, una de las arduas discusiones que ocupan las mentes de nuestros filósofos más preclaros versa sobre el habitáculo del espíritu en el cuerpo. Conocéis a uno, recién llegado de Corinto, que afirma que el entendimiento y el alma no se alojan en el corazón como defienden los ortodoxos, sino en el cerebro.

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Tal cosa es difícil de creer. – Puntualizó Aniceto. – Basta para refutarla el hecho de que si a un animal se le cercena la cabeza éste sigue animado hasta que su espíritu se escapa cuando el corazón ha dejado de batir. Los demás asintieron con la cabeza la sabia aclaración del joven.

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Pero no hay nada que demuestre que para el movimiento sea precisa el alma, replicó Erasístrato - ¿No es verdad? Más lo será si se demuestra que sin ella éste puede producirse.

Volvió a tomar el escalpelo, realizando esta vez la incisión en uno de los muslos y, requiriendo de nuevo las pinzas que sostenía Eleas, oprimió uno de los nervios que en ella encontró. Inmediatamente el cadáver movió espasmódicamente todo el miembro. En ese momento la admiración de los discípulos llegó a su cenit, cosa que aprovechó el habilidoso orador para mostrar que en él no eran todo cosas aprendidas, sino que también podía ser artífice de sabiduría. Así pues, mi querido Aniceto, yo afirmo que la psikhé no es la que habilita el movimiento, sino que éste nace, reside y muere en el propio cuerpo. El alma no hace sino dirigirlo en sus propios intereses. Si como bien has demostrado, el entendimiento es el responsable de que los movimientos tengan destino y función, debiera ser el corazón el lugar de su morada, pues éste al batir impulsaría por todo el cuerpo la sangre mensajera de su mandato. – Aniceto se sintió arropado con los gestos de aprobación de sus colegas. Esa afirmación, por su linealidad parece la acertada, pero no es así. Y para refutarla baste el ejemplo que tú mismo has propuesto: el del animal descabezado que echa a correr para perplejidad de su matarife. Si se observa con atención su movimiento es loco, inconsciente y ausente de objeto. Aunque el corazón todavía late en sus entrañas no es capaz de dirigir nada. Estoy convencido de que para que haya finalidad el entendimiento ha de ser informado a través de los sentidos y éstos se hayan todos en la cabeza. Así pues la phikhé debiera alojarse en el cerebro de los vivos en estado de consciencia, pues de las disecciones se deriva que todos los sentidos van a parar a él. Por lo tanto puede afirmarse que así como los filósofos intuyen razones metafísicas para el habitáculo del intelecto, también la anatomía encuentra fundamentos que soportan sus elucubraciones.

Tras la erudita exposición, y ante argumentos tan irrefutables, los discípulos parecieron comprender una doble lección. La primera que lo eran y como tales no les estaba reservado hilvanar teorías nuevas y lo segundo que su verdadero afán debía recaer en la asimilación del conocimiento manado de sus maestros. Así lo entendieron todos, y de entre ellos Aniceto, que humildemente reconoció su falta de rigor y de humildad. En la misma hora se había llevado una de cal y una de arena. El anciano se sintió relajado al ver que sus enseñanzas tenían los oyentes adecuados. Ordenó a Hipólito, su discípulo más veterano, que comenzase la disección del cadáver y, saliendo de la sala, se hizo acompañar de Aniceto, para el cual tenía reservados otros menesteres. Cuando la puerta se cerró tras ellos y se encontraron en la soledad del corredor se dirigió a él en estos términos: Haz llamar a Ahmós, el embalsamador. Dile que requiero sus servicios con urgencia. El joven Aniceto se atrevió a preguntar tímidamente: ¿Es por el cadáver de la muchacha? Lo es, - sentenció el maestro con pesadumbre. Esa joven... – Rectificó su primer intento de sincerarse. - Te ruego pongas la máxima discreción en lo que te pido, pues para mí es muy doloroso este trago. – Lo asió del brazo para darle a entender que lo que le estaba pidiendo a ambos comprometía y que la situación era lo suficientemente seria como para no poder permitirse ningún desliz. ¿Quién es la desdichada?, maestro. Erasístrato dudó en contestar pero por fin decidió que el compromiso en que estaba metiendo al discípulo bien merecía un nombre. Se llama Hebe. Es una de las sacerdotisas del Serapeion y la nieta de un amigo muy querido. El muchacho no necesitó más. No podía comprender. Sus portentosas habilidades médicas chocaban de frente con su inocencia para la vida, pues ésta aún no lo había sometido a sus duras pruebas; pero tampoco lo necesitaba, porque lo movía la devoción. Después de realizar una reverencia que incluía el acatamiento de aquella orden se alejó por el pasillo con paso ágil para dar efecto al encargo con la mayor prontitud. Al ver alejarse a aquel joven togado en blanco, de cuerpo esbelto y ademanes elegantes le recordó a otro aprendiz que cuatro décadas atrás también aspiraba a nutrirse de sabiduría. En un corredor muy similar había tomado un día la decisión que más le acercaría a ese conocimiento: la de cruzar el mar, la de dejar su adorada Atenas. Los

atenienses consideraban un sacrilegio la disección de cadáveres. No se toleraba en ellos el más mínimo rasguño, fueran de nobles, plebeyos o esclavos. El cuerpo de un difunto era merecedor de un respeto tal que ni en aras del saber se debía profanar; sin embargo, del otro lado del mar las cosas eran diferentes. La tradición egipcia de preservar el cuerpo daba un acceso casi total a la anatomía humana, y por ella al estudio de las alteraciones de los órganos. Así pues el sueño de cualquier joven griego aspirante a médico pasaba por estudiar en Alejandría, pero tal decisión no era fácil de tomar para un muchacho. Cuando llegó a la populosa urbe ptolemaica halló, para su consuelo, que era tan griega en gobierno y estructura como la propia Atenas, pero en ella se mezclaban las más extraordinarias gentes: helenos, egipcios, hebreos, nubios; y de sus eruditos brotaban las ideas más adelantadas a su tiempo, algunas peregrinas, pero otras dotadas de una solidez racional tan diáfana que se erigían en faro guiador para los filósofos, los escritores, los matemáticos, los astrónomos. Recordaba aquella mañana de invierno en la que su maestro se le acercó, en un corredor como el que le estaba sirviendo de sendero hacia el ayer, y le dijo que no lo veía dotado para la retórica ni para la filosofía; que lo suyo era el arte de la curación. “Y si a la curación quieres acercarte has de averiguar las causas que producen el mal, las cuales únicamente hallarás si irrumpes en su morada, y eso sólo podrás hacerlo en Alejandría”. Ése fue el empujón definitivo que necesitaba. En menos de un mes se halló a sí mismo despidiendo la abrupta costa del Peloponeso y recibiendo los mansos horizontes alejandrinos. Pero a su llegada se encontró con que eran muchos los que como él pugnaban por encontrar su sitio en las academias. ¡Qué fácil lo han tenido estos jóvenes!, pensaba mientras veía desaparecer definitivamente a Aniceto. Para él no había sido tan sencillo. Ni siguiera podía presumir de ser ateniense pues había nacido accidentalmente en una humilde isla del Egeo. Hubo de ganarse reconocimiento antes de aspirar siquiera a solicitar su ingreso; porque no quería hacer valer sus influencias familiares a través de su tío, ya retirado. Y ese reconocimiento vino de la mano de Ahmós el Viejo, el más afamado embalsamador de la ciudad. Con él aprendió el arte milenario de la conservación de los cuerpos, pero también a leer las dolencias en las vísceras, en los fluidos, en los olores y, paradójicamente, la muerte le ayudó a propiciar la vida, en el pleno convencimiento de que los males son causados por la naturaleza y no por ningún artificio espiritual. Recordó el día en que había hecho la prueba de ingreso en la Institución de la cual era ahora el médico decano. En el centro de la gran sala, en presencia de todos los colegas y de los aprendices se hallaba una niña de unos once años que, como consecuencia de una

herida presentaba una infección severa en una pierna. Preguntado por la causa del mal argumentó un desequilibrio en el humor amarillo, lo que producía la degradación del mismo y su acumulación en forma de pus. Argumentando que la naturaleza por sí misma no podría rectificar aquella alteración propuso coadyuvar en la sanación extrayendo el humor degradado a través de sanguijuelas. Un murmullo persistente fue creciendo en intensidad a medida que los partidarios de que la fuente de aquella dolencia era un mal de ojo que alguien había vertido sobre la infortunada o su familia. Intentaban hacer valer su hipótesis de que la enfermedad humana tiene su génesis en la magia. Pero el joven aspirante, haciendo gala de una extraordinaria madurez alzó la voz para lanzar un desafío: si en el plazo de dos días no se hallaba mejoría en la niña con la aplicación del tratamiento, habría de reconocer que el obrar de los sortilegios sería el único medio de curación, renunciaría a su sueño de ingresar en aquella Institución y abandonaría la ciudad para siempre. Sonreía el viejo al traer a la memoria los remedios que había aprendido de los más variopintos personajes que trabajaban al servicio de Ahmós. Gracias a él, Erasístroto, sobrino del gran Erasistroto, el más insigne médico alejandrino; había conseguido entrar de incógnito y por mérito en el Museion: la sagrada casa de la sabiduría; tal como su tío hubiera deseado, y por ende, en la corte del tercer Ptolomeo. Y ahora, cuarenta años después, recurría al hijo del embalsamador, portador del mismo nombre y digno heredero de su oficio.