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La Farsa de la Morsa*

Lic. Mª Celeste Gigli Box (UNLP)


Contacto: mcgb_br@yahoo.com.br

En este ensayo narraremos detalladamente la censura decretada por


el gobierno de facto autodenominado Revolución Argentina al
suplemento semanal Tía Vicenta. Por un lado, recorreremos una
minuciosa dedicación en los detalles de la veda (incluyendo el
derrotero de quienes estuvieron relacionados con la publicación). Por
otro lado, expondremos aquello que creemos determinante para la
prohibición. Allí llegaremos luego de narrar los comienzos de la
revista, su auge y la solución de compromiso conocida como María
Belén –emergente devaluado y desnaturalizado de la veda a la
primera revista de humor político argentina. Vale aclarar, que no nos
dedicaremos aquí a la, también inestable, versión televisiva de la
revista, aun cuando podamos hacer breves referencias si
correspondieren, como tampoco a su efímera segunda aparición en la
última dictadura militar, abocada a lo que pregonó como “humor
sanito”.

Por lo enumerado, destacamos que nuestro objetivo principal es


exponer con amplitud aquellos contenidos que, junto a las razones
que sostenemos detonantes para la censura. Esto tiene por objeto
desplazar la creencia convencional que la veda de Tía Vicenta fue sólo
consecuencia del revelar un indiscreto sobrenombre presidencial en
una caricatura. Creemos que hubo un poco más que eso.

Un simple acento puede conservar tu trabajo…


La censura ha perdido a todos aquellos a quienes quiso servir.
François Sagan

Hacia 1945, luego de la renuncia de Perón a la vicepresidencia de la


Nación, la división del gabinete y los tiroteos en Plaza San Martín, se
produce el reclamo de seguidores peronistas llegado el 17 de octubre.
Pero ése no era el único suceso fundacional de la jornada: también
apareció Don Fulgencio –revista que tomaba su nombre de un
personaje de Lino Palacio. Su protagonista –Cicuta– convivía con las
*
Este ensayo es una continuación del editado como La Tía Vicenta y el Censurador (ISSN
1669-6581) en la revista digital Question (Vol. 22, Edición Invierno de 2009) de la Facultad de
Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.
colaboraciones de Rafael Martínez, Juan Carlos Colombres –próximo a
tomar su pseudónimo, Vidal Dávila y Roberto Tálice, entre otros.
Producido el triunfo de Perón en los comicios generales de febrero, el
flamante ejecutivo no se mostró afecto al humor político y por eso fue
imperioso, para un empleado de Tribunales –que pretendía conservar
su trabajo, encontrar un pseudónimo que le permitiera firmar
tranquilo en Don Fulgencio. Recién en 1947, el hijo de Lino Palacio,
sugirió a Colombres que su barba lo asemejaba a Landru, el asesino
de viudas francés. A fin de evitar su despido si lo identificaban
invocando al conocido barba azul, le agrega un acento a la última
letra (1). Y así seguirá firmando su trabajo… con lo que también
podemos certificar que las precauciones no sólo fueron necesarias
con el onganiato, sino que algunas de ellas fueron necesarias desde el
comienzo de su trabajo.

Entrevistado en 1999 (2), Landrú comentó que la única manera de


hacer humor político –y seguir haciéndolo en el tiempo– implica una
fórmula: hacer un chiste sobre alguien, y no ya en contra o a favor de
algo/alguien. Por eso se debe cuidar no aludir a la misma persona
todos los días –ya que hacerlo, asemeja a una “campaña” en contra
de ese personaje. Figura la idea como “desparramar el juego” (así, un
día le tocará a un presidente, otro día a un funcionario, el siguiente a
un opositor, y así sucesivamente –manteniendo un equilibrio). De este
modo, logró quedar fuera de querellas particulares o del desacato
público. Pero, allende esas estrategias tomadas para pervivir –con
una labor que puede herir susceptibilidades, Landrú presenció
situaciones en que fue imperioso evitar ciertos temas, si se quería
continuar con las caricaturas de la actualidad. Tal fue el caso de
Raimundo Calcagno –Calki–, comentarista de cine en Rico Tipo, blanco
de una casualidad (fatalidad) que le costaría su trabajo como
periodista: durante el gobierno de Perón, se refirió al argumento de
una película calificándolo tan falso como una declaración jurada. Ese
mismo día, mientras salía Rico Tipo, el Presidente presentaba una
declaración jurada de bienes…

De cualquier modo, es imperioso saber bien que como los problemas


no empezaron con Onganía, tampoco cesaron con los dos primeros
gobiernos peronistas. Los apuntes autobiográficos de Landrú (3)
comentan que, en el tercer número de Tía Vicenta, escribió el
conocido teorema: el cuadrado de un general es igual a la suma de
los cuadrados de dos coroneles. Al día siguiente lo llamó César
Norega –sobrino de Aramburu, para decirle que unos coroneles se
habían escandalizado y que Aramburu lo invitaba a comer en Olivos.
El humorista percibió al PEN como un hombre circunspecto, que no
reía nunca y que le dijo: “Vea Landrú, ayer vino a verme un grupo de
coroneles de la SIDE, quieren clausurar Tía Vicenta. Yo el teorema ése
ni siquiera lo leí, pero quiero que usted sepa que cuenta con todo mi
apoyo. Y haga todos los chistes que quiera sobre mí y sobre el
gobierno, tiene carta blanca”. La “descompresión” de la situación
permitió la continuidad de su trabajo.
Así, en 1958, comenzó a hacer TV con Tato Bores y los Tururú
Serenaders. Fue exitoso, pero cuando llegó la hora de renovar
contrato para 1959, Raúl Colombo –el censor de entonces, lo llamó
suponiendo que era amigo de Manrique (a quien sólo conocía “de
pasada”, según sus palabras), para decirle: “yo quiero que usted
escriba para el próximo programa de Tato Bores un sketch contra
Frigerio (…) soy antifrigerista y le pido esto porque usted es muy
amigo de Manrique y a mí Manrique me apoya”. La respuesta fue: “Lo
siento, Colombo, pero yo no hago programas a favor ni en contra de
nadie, yo hago programas sobre”. Aquél trató de convencerlo, pero
Landrú mantuvo posición. Colombo pegó un puñetazo en la mesa y
dijo impetuosamente: “Desde hoy, a usted no se le renueva el
contrato en Canal 7, y en los otros canales tampoco va a poder
trabajar”. Estuvo prohibido en la TV hasta después de la caída de
Frondizi. No obstante, con Dringue Farías comenzaron un ciclo en
canal 11, llamado “El Profesor Garrafa”, que duró tres semanas.
Landrú armó un sketch en el que el profesor Garrafa organizaba una
“polla del golpe” (“polla” refería a un juego llamado la “polla del
fútbol”, similar al postrer “P.R.O.D.E.”). Era la época de azules y
colorados, y Farías decía: “procederé a leer: tal día de marzo, golpe
de los bomberos. Otro, de los zorros grises, otro de los cobradores de
gas, otro de los bancarios, otro de los empleados de SEGBA, el 2 de
abril, golpe a la Marina”… unos días después, el mismísimo 2 de abril,
se levantó la Marina. Landrú asegura que fue una coincidencia. En
cualquier caso, fue a buscarlo la policía para llevarlo al Ministerio del
Interior, donde hasta las veinte horas lo interrogaron sobre cómo
sabía que el 2 de abril se iba a levantar la Marina. Por suerte, logró
salvar el programa (por sólo dos emisiones más), pero un coronel de
la SIDE iría a revisar los guiones. Parece que éste no estaba al tanto
que los guiones de cine y TV suelen estar escritos en dos columnas
(en una se describen movimientos de cámara con la acción; y en la
otra los diálogos); y debe haber leído nada más que los diálogos. La
letra no era irritante, pero la acción era una receta de unos caníbales
para cocinar al secretario de Guerra Rattenbach. Así que, el sketch
tenía dos platos fuertes: por un lado, la escenografía; y por otro, los
actores (constituidos por tres miembros de la familia Rodas –
matrimonio de enanos amigos de Farías, como “Guido” y “Rojas” –un
supuesto implicado en el plan golpista). Valiéndose de que ambos
militares eran de muy baja estatura. El remate residía en la apertura
de los planos cortos, mostrando a “Guido” y su mujer, junto a “Rojas”:
al abrirse, se podía comparar la altura de los militares con la de los
granaderos que los acompañaban –la que distaba considerablemente.
El revuelo por este chiste fue enorme. Landrú aseguró en broma que
al coronel de la SIDE debieron haberlo fusilado.

La tía incoherente –que encima opina…


Los ignorantes son muchos, los necios infinitos; y así el que los tuviere a ellos de su
parte, será señor del mundo entero.
Baltasar Gracián

Un allegado familiar a Landrú conocía gente que pretendía sacar una


revista de humor político. Eran tiempos en que un gobierno
democrático se iba abriendo paso, y la revolución cultural se asentaba
con la expansión de las industrias culturales, la modernización del
periodismo, el desarrollo de la incipiente TV, entre otras cosas… El
miércoles 14 de agosto de 1957 logran inaugurar Tía Vicenta
(programada para el martes 13, pero pospuesta una jornada por el
desperfecto en las máquinas impresoras, lo que demuestra la
carencia de supersticiones en su staff), con una tirada nada
despreciable de 50.000 ejemplares, para llegar a los 450.000 cuando
la censura (época en que salía como suplemento de humor dominical
en el diario El Mundo). La publicación violaba de hecho, numerosos
puntos el decreto 4161/56 (por el cual se prohibía elementos de
afirmación ideológica o propaganda peronista), en juegos de palabras
como el conocido aumentativo de buzo, buzón; de coraza, corazón; y
de pera… Perón. Claro que esto pretendía la hilaridad y no era una
aseveración proselitista –sabiendo que Landrú se ubicaba en el
antiperonismo.

En cuanto a su nombre, era producto de la inspiración familiar en una


tía de Landrú, Cora. Quien hablaba de política sin pruritos –aunque no
entendía absolutamente nada de ella, y por eso, los disparates que
decía, los adaptaba a su mentalidad. Según el propio sobrino, era el
modelo de la “señora gorda”… Y, para evitar problemas familiares,
fue mejor evitar nombrarla directamente. Aunque tuvo que reforzar
con otros argumentos para convencer a quienes aportaban el capital
(que no asociaban por nada del mundo a “Tía Vicenta” con un título
para una revista de humor político): Landrú les dijo que aquél tenía
muchos usos. Si aumentaba la cantidad de páginas, podían titular Tía
Vicenta engordó, si salía en colores se podía decir Tía Vicenta se
pinta, y si tenía líos con la censura, se intitularía A Tía Vicenta la
encarcelaron. Claro que, cuando la censura efectivamente asestó, el
titular era por definición inviable: es necesario un número posterior a
la prohibición para poder proclamar que la tía había hablado de más y
fue amordazada…

Su estilo era novedoso: sin secciones fijas y con criterio de redacción


abierta, donde cada número contaría con colaboradores diferentes.
Tanto fue así, que por ella desfilaron: Caloi, Quino, Miguel Brascó,
Fontanarrosa, Sabat, Roberto Maidana como Chacato (todos iniciados
en esta publicación), Copi (quien le dio a Landrú su primer dibujo
cuando sólo tenía dieciséis años), Maria Elena Walsh, Roland Hansen
(el director de Buenos Aires Herald), Conrado Nalé Roxlo, Rogelio
García Lupo, Dalmiro Sáenz como 3,1416 y Oski, entre otros… incluso
el presidente Frondizi colaboró en un número de ella, bajo el
pseudónimo de Juan Domingo Faustino Cangallo, quien negó el
crédito ante Landrú, pero su secretario privado se lo confirmó bajo
línea privada (el artículo era un comentario sobre la reforma
constitucional de 1957). Su espíritu era la espontaneidad, el absurdo,
la falta de ceremonia –en todo sentido. Incluso la invención de
noticias ("se venderá el Congreso en propiedad horizontal", 4/6/62).
Otra característica fue la adaptación de la portada a un tema
escogido (disfrazada de “La Chacra”, de “Pravda” o bien del clásico
norteamericano “Tía Vicenta del Reader's Digest”). Este recurso
también se usaba para parodiar la actualidad: así, para referir a la
crisis económica, utilizó el nombre de Carestía Vicenta (3/4/66).
Cuando el rumor que Perón retornaba al país crecía, se tituló Tía
Vicenta en el Exilio –con una banda que aclaraba: Edición clandestina
(29/4/63). Otra edición tomó el travestismo en todo el suplemento,
llamándose Tío Vicente, y aclarando: ¡Hemos cambiado de sexo!
(23/7/62), en ella se trucaron fotos de los políticos como damas
(Arturo Frondizi fue rebautizado como Artura Frondizi de Poggi, lo
seguían Alfreda Lorenza Palacios, Oscarina Alende y Alvaro Carlota
AIsogaray); Landrú se convirtió en Landrunelle, y un hipotético
secretario de redacción editorializó en contra de la idea del cambio de
género: ¡Ustedes son 1 manga de degenerados! (…) Si hasta nuestro
administrador, hombre al que por su avanzada edad consideraba yo
persona sensata y afín con mis inclinaciones juiciosas y respetables,
se ha trocado en la señorita Ferdinanda Rampolda y anda por ahí
haciéndole caídas de ojos al ascensorista y a los peones de limpieza!).

La filiación intelectual del director con Steinherg lo llevaba a un estilo


sintético y surrealista –muy similar al que se imponía en España con
La Codorniz: la parodia de otras publicaciones, sus números
“bilingües”, la sátira, el hacerse eco de rumores y parodiarlos… Pero
no era algo muy acostumbrado masivamente en ese tiempo: no
obstante, lo que ofrecía en papel, la hizo prosperar y presentar ante el
público una novedad estilística que acabaría por ser aceptada como el
paradigma del humor político argentino. Con Tía Vicenta, el absurdo
que trabajó Landrú por años, llegó a más lectores, al haberse
desplazado al espacio de la política. Es así que los políticos tuvieron
que comenzar a acostumbrarse a ser referidos/asociados con
nombres de animales (Irigoyen con un peludo, Aramburu –idea de
Lino Palacio– con una vaca, a Rogelio Frigerio le asociaban con un
tapir, Illia con una tortuga, Alende con el bisonte, Alzogaray como un
chanchito (4), Onganía con una morsa –aunque ese mote tenía
asidero en el círculo íntimo del militar -de donde provino, y Videla
como una Pantera Rosa). Pero, que esta tendencia comenzara, y
debiese, idealmente, ser tolerada por los políticos de turno, no
significa necesariamente que todos ellos lo hayan hecho.

Este tipo de sucesos, en que la revista y su fundador finalmente


padecen las limitaciones humorísticas y los intereses políticos de los
funcionarios de turno, no están tan aislados si los cotejamos con otros
sucesos acaecidos en el seno de la revista (y que invariablemente
llevan a una reflexión deontológica –una vez más– sobre el trabajo
cotidiano en una publicación gráfica). Veamos: en 1959, Frondizi
decreta el estado de sitio y la policía apresa obreros que procuraban
manifestarse, entre los que se encontraba un periodista de Tía
Vicenta –que concurrió a cubrir el hecho. En esta ocasión, Landrú se
desentiende del episodio, y por ello renuncia un grupo de
colaboradores disconformes –quienes entendían que su actitud
respondía a un trasfondo político. El director les responde desde el
suplemento, diciendo que Tía Vicenta nació libre y salió a la calle
siguiendo una línea de completa prescindencia política, sin aceptar
directivas de nadie, por más comunistas o gorilas que sean [sic] (5).
Pero tal vez el caso que sigue sea más ruidoso. Nos referimos a la
renuncia pública de Oski, quien en carta abierta al director, dice:
mientras todo era una broma no me molestaba que hasta te la
agarraras con la gente decente, pero ahora que te metiste a hablar de
política en serio y ubicado en pro-yanqui y anti-castrista, me repugna
tu actitud. Landrú respondió por medio de un colaborador, afirmando
que Oski nunca leyó Tía Vicenta. Se habría enterado que Tía Vicenta
nunca cambió y que burlarse de los tiranos no hace excepción se
llamen Trujillo, Somoza, Strossner, Franco o Fidel Castro... Pónganse
una mano sobre el corazón que tienen a la izquierda y digan si no da
motivo al chiste que Fidel Castro diga en la ONU que será breve, y
hable cuatro horas y media (6).

En un plano intermedio –entre los choques con funcionarios y los


chispazos internos como los referidos, encontramos aquellas
“sugerencias” (asumidas por los molestos o no), a veces “rumores”
que corren con aparente libertad para ajustar una imagen de un
funcionario, o bien aquéllos pedidos de complacencia directos. El
primero de los exhortos a la modificación de lo editado vino por cargo
del director del matutino en que Tía Vicenta aparecía dominicalmente
–El Mundo, quien había viajado con Frondizi. El ucrista le dijo que
Landrú lo dibujaba con nariz demasiado larga y pidió que no se lo
dibuje. Pero era una verdadera falta prescindir del PEN, sobre todo, si
tocaba que fuese chiste de tapa. Por ello, Landrú lo dibujó de espalda
por casi un año. La sorpresa fue cuando, luego de un tiempo, se
encontró con Frondizi y le comentó sobre le tema. Al Presidente le
pareció un disparate la instigación, ya que él sólo había comentado
que en Tía Vicenta salía con la nariz grande, pero nada más. Por
supuesto, nunca nos enteraremos si fue la vanidad/complejo
presidencial o la pretensión condescendiente [excesiva] de un
comentario pasajero ante director de El Mundo.

El siguiente de los “consejos” para cambiar algo en la revista


aconteció años después, en plena asunción presidencial del Dr. Illia.
Su Vicepresidente Perette, del cual Landrú era conocido, solía ser
dibujado muy bajito según el ojo del propio funcionario. No bien es
elegido segundo en la línea de sucesión presidencial, llamó a la
revista para que se lo dibujase medio centímetro más alto… De aquí
avanzamos una década hacia adelante –concretamente, el primer día
de la última dictadura militar–, Landrú se encontraba ya trabajando en
Clarín. A primera hora de ese 26 de marzo, lo llamó el secretario
general del diario de entonces –Marcos Sitrin–, para decirle que había
sido llamado por el jefe de prensa de la Junta –Carpintero– para que
hiciera un chiste sobre el golpe. Landrú veía imposible hacer un chiste
sobre lo que acontecía: no obstante, cedió y buscó el nombre de los
ministros designados, entre los que estaba uno apellidado Liendo:
resuelve dibujar dos militares, uno de ellos diciéndole al otro "Hasta
ahora nos va Liendo bien". Fue un modo de pasar la situación sólo
para hacerle honor a esa idea que reza mañana será otro día.

Confirmado en Primera Plana:


Tía Vicenta Incomunicada.
Una mediana vida yo poseo, un estilo común y moderado, que no lo note nadie que
lo vea. Francisco De Riojas

Un pelotón de la Guardia de Infantería (PFA) desalojó de la Casa


Rosada al presidente Arturo Íllia, respondiendo al grupo de militares
subversivos a la voluntad popular. El delito que estaban cometiendo
contra lo que era su propia constitución nacional, no era un absceso
de intrepidez desbordada: en lo absoluto. Había sido objeto de una
concienzuda diagramación por parte de las Tres Armas, junto a la
consonancia de amplios sectores civiles. Un caso de ellos fue el de
dos medios como la revista Confirmado de Jacobo Timmerman y el
diario Primera Plana, el que, por obra retórica y pretendidamente
doctrinaria del ahora demócrata Mariano Grondona, promovió el golpe
de estado que barrió con el gobierno democrático. En esos días, la
idea que todo tiempo pasado fue mejor era una certeza cotidiana: los
partidos políticos, los sindicatos, la prensa libre, la actividad
universitaria e intelectual, eran historia; y la patria era un objetivo
más urgente que la libertad de los que la componen. Aunque no todo
fue prohibido, vedado o suspendido: menesteres directos del Poder
Ejecutivo, como la preparación del partido de polo que disfrutaría con
Felipe de Edimburgo –príncipe consorte inglés hospedado en Buenos
Aires, no fueron dejados de lado.

La Revolución Argentina tomaría con santa paciencia el tiempo


necesario para concretar sus fines (de hecho, acorde a su Estatuto, el
Presidente de la Nación no tenía carácter provisional). Claro que en
tal empresa, tampoco permitiría alusiones irrespetuosas a su figura
(el mismo Presidente, luego de la censura de Tía Vicenta, había
exhortado en discurso abierto -30/XII/1966-, a [que] los hombres con
visión de patria, que han dedicado su vida y su esfuerzo a la Nación y
a sus conciudadanos, son merecedores del respeto de país,
cualesquiera fueran las circunstancias en las cuales actuaron y
cualesquiera fuera el resultado de su tarea. Si bien a primera vista
cuesta asociarlo con este tipo de hombres de acción, él se
consideraba incluido en tal categoría de obradores dedicados. Claro
que, considerar las circunstancias y resultados de las actos como
datos menores o prescindibles, puede implicar que la acción pueda
llegar a caer en cualquier rango de calificación (inclusive el delictivo u
objetable en términos morales). En otras palabras, dejar libradas las
circunstancias y el resultado de las tareas de los hombres, bajo el
pretexto de haber dedicado su esfuerzo a la Nación, puede llevar a lo
que podríamos calificar de un relativismo moral nada soslayable… y,
si bien esto parece una disquisición y discusión no procedente en
estas líneas, es preciso comentar que tal vez no esté tan alejada de la
decisión y ejecución de una veda editorial.

Siguiendo las propias palabras del PEN en su discurso abierto –donde


pretendió explicar a la comunidad abierta sus intenciones luego de
usurpar el poder, resulta imposible evitar relacionar los valores
invocados en ese mensaje a los argentinos, al asegurar que los
objetivos fijados se cumplen a un ritmo dado, en libertad y con
justicia. La inconsistencia de conjurar la justicia y libertad con las
suspensiones constitucionales (lo que incluyó la designación de una
nueva CSJ) y la censura, se hace evidente. Y, para completar la
exposición de las contradicciones, pasemos mejor al caso de la
prohibición editorial que nos aúna en estas líneas.

Volviendo a Tía Vicenta, dediquémonos un momento a la fatídica


edición que le constaría su propia existencia. En tapa, una fotografía
de una bota decía “están hechas para caminar”. Se mostraba la
patente de la Revolución Argentina (Registro Nº 832567/66), con
otros titulares como “Las Proclamas Revolucionarias Se Redactan
Así”, “¿Qué se celebra el 29 de junio?”, “El Buey Solo Bien Si Salimei”,
entre otros. El número era el 369 del Año X de La Era de la Morsa. El
precio: 25 Salimeis. Como Director figuraba Landrú y el Subdirector
en esa edición era Nicanor Costa Méndez. El día fue domingo 17 de
julio de 1966. En el dibujo de tapa, dos morsas de imponente bigote
dialogaban. Una le decía a la otra “¡Por Fin Tenemos un Gobierno
como Dios Manda!”. Pero no era todo: dentro de la misma, se
encontraba el Estatuto de la Morsa (escrito por Ignacio Anzoátegui) y
el Diccionario de la Morsa (Cf. Anexo al final). Eso completó la
decisión para la veda editorial, causada por el disgusto del presidente,
quien, “en privilegio de sus rangos” dispuso por medio de un
comunicado de la Secretaría de Prensa (so “distinción entre el juicio
honesto sobre la obra de gobierno, de la irrespetuosidad hacia la
autoridad”).

Según el relato autobiográfico de Landrú, la mañana siguiente de la


aparición, le dicen que el Ministro del Interior quería reunirse con él y
la editorial. El funcionario les explicó que existía un problema “al
Presidente no le gusta Tía Vicenta”, a lo que Landrú responde: “¡Ah!
¡Yo creía que el problema era más grave!, porque si al Presidente no
le gusta ¡que no la compre!”. En una actitud completamente opuesta
a la del humorista, el Ministro respondió: “No… lo que pasa es que no
quiere que aparezca más”. Como solución de compromiso, les sugirió
que se preparaba reemplazarla con un suplemento acerca del
mundial de fútbol, y prometió darles una respuesta definitiva en diez
días. El Mundo accede a sacar la primera edición del suplemento y
cuenta como pasan los diez días prometidos, pero sin respuesta. La
editorial a cargo (Hayes) llama al ministerio, y aquí se le pide un día
más. Recién en ese momento obtienen una respuesta –sólo que junto
con la opinión pública: un decreto comunicaba la prohibición. Esto no
pasó en lo absoluto desapercibido, y de hecho, muchos se
manifestaron por ello, como el pintor Antonio Berni y los escritores
León Benarós, Arturo Jauretche y Marta Lynch. El único diario que
condenó directamente la medida fue el de la comunidad inglesa The
Buenos Aires Herald, diciendo “no habrá lugar para los partidos
políticos, pero debe haber lugar para el humor”. Aunque notas de
protesta aparecieron en la mayoría de los diarios argentinos. La
repercusión internacional fue igualmente considerable –en Estados
Unidos, donde se habían publicado muchas notas sobre el fenómeno
de Tía Vicenta– y hasta en diarios rusos comentaron la arbitraria
prohibición. Claro que, también existieron muestras de apoyo a la
decisión presidencial, como señaló Landrú en la entrevista citada:
comentando la excepción deshonrosa de la revista Confirmado.
Jacobo Timmerman, su director, escribió una nota con el título ‘Tía
Vicenta Insolente’. La explicación de tal posición es, seguramente,
que antes había dirigido Primera Plana, desde donde ya mencionamos
que se orquestó buena parte de la campaña pro-golpe de Estado para
detentar el poder. La revista Confirmado justificó la clausura alegando
que “la autoridad presidencial no podía ser objeto de burla
sistemática con el pretexto de la libertad de prensa”, pero jamás
había emitido comentario alguno cuando los caricaturistas de
distintos medios –incluso en Tía Vicenta– representaban a Illia como
una paloma o una tortuga. El trasfondo de esta nota lo comenta el
mismo Landrú en la fuente mencionada: Hugo Guanini (desaparecido
en la última dictadura militar) fue a visitarlo para una entrevista en
los días posteriores inmediatos al cierre, para que el director se
explayara acerca de lo sucedido. Al día siguiente de esa visita,
vuelven a hablar y Guanini le dice: la nota no corre, porque el director
tiene que mostrar que sos un insolente y que la prohibición está
justificada. Acto seguido, sale la nota de Timermann. Y, como muchos
otros acontecimientos, acarrea también su anécdota –no exenta de
amargura: más de una década después, la Universidad de Columbia
decidió otorgarle el Premio Moors Cabot a Jacobo Timermann (el que
Landrú ya había ganado). Por costumbre, se consulta a los antiguos
galardonados, a lo que el director de Tía Vicenta se opuso. Si bien
aquél acababa de salir de la cárcel, este sostuvo que no se puede
otorgar un premio a la libertad de prensa a alguien que aplaudió el
cierre autoritario de una revista democrática.
No obstante esta mención, Landrú omite hace referencia a otra
revista que justificó la decisión del Franco argentino, como el caso de
Panorama. El 2 de agosto, a dos semanas del cierre, Mariano
Grondona escribía lo siguiente: La libertad de prensa sólo ha de
sobrevivir si se advierten las nuevas condiciones que rodean su
ejercicio. La primera de estas condiciones es que, esta vez, las
instituciones están encarnadas en un hombre. En tiempos normales,
las instituciones residen en la ley, y por lo tanto, los ataques a los
funcionarios, cualquiera sea su jerarquía, no afectan necesariamente
al sistema. En la situación actual, en cambio, el Presidente ‘es’ el
sistema y, por lo tanto, cualquier juicio o suposición que afecte a su
persona lesiona a las instituciones que moran en él. La otra condición
nos indica, que así como en tiempos normales la Constitución es el
sistema y cualquier atentado contra ella resulta, en definitiva,
subversivo, en esta ocasión la revolución es el sistema y, por lo tanto,
oponerse a ella equivale a colocarse ‘fuera’ del marco institucional.

Pero en este clima de posiciones enfrentadas, el gobierno avanza a


hacerse eco de las repercusiones, intentando revisar la medida. En
consonancia con esto, el secretario de prensa del PEN –Blas González,
llamó a Landrú para decirle que le gustaría que se volviese a editar
Tía Vicenta, con la condición de que se disculpase ante Onganía. El
humorista se negó: “Si Onganía está arrepentido, que me invite él a
Casa de Gobierno”.

Por otro lado, creemos dable mencionar ciertos hechos, que suelen
ser asociados a la veda editorial: el primero es el cierre de El Mundo,
como consecuencia de esta censura. Lo que sucedió realmente fue
que los últimos dueños del matutino, de orientación radical, y el golpe
de Onganía los coloca en una oposición directa. Por eso, el gobierno
sostuvo al diario sólo un año más. El cierre se precipitó porque su
banco le reclamó todos los préstamos y la Editorial Haynes acabó por
quebrar. Landrú queda sin trabajo por este hecho, pero seguía
esperanzado con la vuelta de El Mundo –lo que no sucedió. Así que –
según las curiosas vueltas del destino, comenzó a trabajar con Julián
Delgado en un suplemento de Primera Plana.

Aquí nació otra revista: Tío Landrú, una continuación de Tía Vicenta,
pero con más cautela (sabían que Onganía era innombrable). Por eso,
sabiendo que en Capital existía una firma de rematadores llamada
“Onganía y Bonifazzi”, Landrú llamaba “Bonifazzi”. La elipsis, hizo que
mucha gente comenzar a referirse así al presidente, pero igualmente
hubo problemas: Al poco tiempo, llamaron de la SIDE para preguntar
la tirada (a lo que, obviamente, se le contestó un valor menor del
real), y sugirieron que sería mejor si la revista saliese como
suplemento de espectáculos o deportivo. Landrú se negó. Para colmo
de males, la dirección de Primera Plana temía que por la revista de
Landrú cerraran el diario... Después de casi un año de hacerla, se
decide dejar de editarla –de común acuerdo entre Landrú y la
dirección. En consecuencia, Carlos Fontanarrosa le propone trabajar
en Atlántida. Como estaban de moda los trasplantes de órganos,
Landrú escribió un artículo especial en Gente, donde decía que
“donaba su cerebro a Onganía”… ¡Y lo publicaron! Acepta trabajar en
esa revista, comenzando con “Clase A”, una página dirigida a las
costumbres de las clases sociales porteñas.

El segundo, tiene que ver con que el origen del apodo morsa,
relacionándolo con la razón de Landrú para dibujar el bigote
destacado, en alusión a una condición congénita del presidente
(concretamente, lo que se conoce como labio leporino). Esta suerte
de rumor, había corrido antes que Landrú diera una entrevista al
canal 7, y el tema fue abordado una semana después de la
prohibición. Pero en ese momento, el inconsciente de Landrú lo
traicionó. Indignado, contestó: “de ninguna manera (…) lo que pasa,
es que una vez jugando al polo, vino una bocha con tan mala suerte
que le pegó en el labio leporino” [¡!] Desde ya, este video no salió al
aire. Lo certero era que Onganía se dejaba, efectivamente, el bigote
para cubrir una cicatriz de una herida hecha jugando polo), y es fácil
desestimarlo: ¿Cómo una persona con tal característica podría
ingresar al Colegio Militar?

María Belén: la versión debida


“…a menudo son los propios inquisidores los que crean a los herejes. (…) un círculo
imaginado por el demonio, ¡Qué Dios nos proteja!…”
Adso de Melke (en ‘El Nombre de la Rosa’ de Umberto Eco)

Luego del comunicado de la Secretaria de Prensa de la Presidencia de


la Nación, el diario El Mundo decide hacer una exposición de los
hechos, intitulando: Tía Vicenta, ahora se llamará María Belén.
Comienza señalando la causa para la veda, lo que motivó la
indicación al director del diario que suspendiera la aparición,
notificándole que no podrá seguir apareciendo. La editorial de El
Mundo se hizo eco de las repercusiones que tuvo la medida en la
opinión pública –lo que también se prestó a diversas interpretaciones.
Además aclara que, el gobierno revolucionario nunca había ejercido
presión sobre ningún [otro] órgano de prensa que criticara a la
gestión oficial, y el hecho no se relaciona con el derecho de censurar
actos de funcionarios públicos. La medida, según explicaron al diario
funcionarios de la Presidencia, es la imposibilidad de una sistemática
acción disolvente ridiculizando por características físicas a los
gobernantes, so pretexto de la libertad de prensa. A causa de esto, la
nota se hace eco del caso Malcolm Muggeridge (quien debió dejar de
dirigir la revista británica Punch por satirizar a la familia real inglesa,
para después, dejar Londres radicándose en EUA). Por ese caso,
afirma que en Gran Bretaña existe, el derecho de la crítica, pero la
comunidad se defiende si los límites se dilatan para poner en juego la
autoridad y jerarquía soberana. Continua diciendo que, para el
gobierno revolucionario argentino, hubiera sido más sencillo
estrangular a Tía Vicenta (y a El Mundo) no renovándole el crédito
oficial del que dependía el matutino. Sin embargo, vedaron la revista
–aún a coste de una polémica, para establecida manifiestamente que
las críticas no podrán llegar a menoscabar el prestigio institucional del
PEN o la jerarquía del Jefe de Estado. El humor político admite chistes
sobre el Presidente; pero dibujarlo como una morsa, según su
parecer, excede el límite.

Acto seguido comentan cómo comenzó todo: pocas horas después de


que Enrique Martínez Paz asumiera como Ministro del Interior, Carlos
Infante –director de El Mundo, acudió a solicitar ayuda financiera
gubernamental, a cambio de un giro en la tónica política de la
publicación (efectivamente, suena tan mal como se lee). Unos días
después, Infante vuelve al Ministerio para precisar las necesidades
financieras de El Mundo. Pero el domingo siguiente, Tía Vicenta
satirizó al PEN. Martínez Paz llamó al director de El Mundo y exigió
mayor respeto por la investidura presidencial. Infante, coherente con
su estilo, aseguró que, para evitar mayores males, dispondría su no
aparición. El Mundo se limitó a informar que Tía Vicenta no aparecería
el domingo siguiente porque editaría un suplemento acerca del
mundial de fútbol. La actitud oficial se endureció: aparentemente,
Infante procuraba una clausura formal para apelar después al derecho
de la libertad de prensa. En una reunión posterior –con Infante y
Landrú, Martínez Paz expresó que Tía Vicenta debía cambiar su estilo
o dejar de aparecer. Culminó todo con la dimisión de Infante como
director de El Mundo: Juan Carlos Corteza –presidente del directorio
de editorial Haynes asumió el cargo y evitó el enfrentamiento. Horas
después, el comunicado de la Secretaría de Prensa cerraba la
discusión. En la misma nota, el diario comenta que Landrú ya estaba
abocado a una nueva revista dominical -pero descartaban usar Tía
Vicenta en el Exilio, por sus connotaciones políticas- y optaron por
uno despojado de connotaciones como es María Belén. Y, según
instrucciones de la Editorial Haynes, Landrú no pondría reincidir en su
estilo ácido de humor político. Incluso Corteza vetó algunas
caricaturas diarias de tapa en El Mundo: como aquella en que, Tía
Vicenta, deshojaba una margarita, por causa de la actitud oficial
repitiendo ‘me quiere, no me quiere, me quiere…’

La Tapa Que Tapa El Destape.


¡Qué hipocresía! …¡Pintan los ataúdes solo al exterior!
Valeriu Butulescu

El chiste de tapa –signado como la ofensa a la figura presidencial- no


era lo único que Tía Vicenta tenía de cáustico. Antes por el contrario,
las morsitas en él eran casi lo más suave que presentaba el
suplemento. Y son esos otros componentes hilarantes los que
queremos destacar como centrales para la veda arbitraria decidida
contra la primera revista de humor político argentina. ¿Qué era lo que
los hacía tan corrosivo? Pues confrontar lo que algunos medios
gráficos, muchos analistas, y varios sectores interesados en la llegada
al poder de lo que fue luego el onganiato, querían predicar de la
realidad para lograr sus objetivos particulares. Veamos aquí algunos
datos de ese clima de opinión, ello nos permitirá luego encontrar la
resonancia de esos contenidos que pretendemos destacar.

Tomemos para comenzar la presentación que hace de este clima de


opinión el norteamericano Robert Potash (7) quien aclara, con tino, la
deliberada campaña en ciertos medios desalentando a la
administración radical y alentando la necesidad de que los militares
tomaran las riendas. Confirmado instalaba la idea de un golpe
inevitable, en donde la única pregunta relevante sería cuando tendría
lugar la asonada. Primera Plana, en cambio, se dedicaba a exaltar el
liderazgo de Onganía y tituló, el 28 de junio, una suerte de encuesta
popular acerca de quienes querían [o no] el golpe. Esto era nada más
que otro de los actores sociales que se plegaron al armado del golpe
activamente: el autor señala una suerte de grupos no especificados,
pero que se dividían tareas específicas (suministrar a los
conspiradores militares ideas para organizar la estructura de
gobierno; o bien propuestas específicas de política doméstica y
exterior como realizar tácticas obstruccionistas en el Congreso o
promover huelgas sobre servicios públicos); poco menos hacían los
sectores pasivos, que observaban con indiferencia el proceso, sin
denunciarlo o desalentarlo. Pero esta suerte de ‘trabajo hormiga’ –
aunque para nada despreciable-, no era lo único: en un clima de
presiones inflacionarias por sectores, hacía que las exigencias
salariales para paliarlas no se cumplieran como los trabajadores
reclamaban (justamente, por el temor de las autoridades de seguir
alimentando el espiral inflacionario) y acabaran en la huelga –algunos,
en sectores públicos claves, como la recolección de residuos. Tal es
así que muchos líderes sindicales, a finales de 1965, encontraban
necesario reunirse con los que serían los próximos en el poder: los
cargos superiores militares (aunque vale aclarar que las posturas de
los líderes sindicales peronistas a su interior, no era uniforme: José
Alonso no veía mal la toma del poder militar, pero Vandor ansiaba
conservar el camino democrático-electoral). Este último encuentro, no
es un dato menor, ya que los sindicatos con liderazgo peronista no
parecían ser el sector más allegado a los jerarcas militares, acorde el
pasado próximo vivido.

Mientras los contactos militar-civiles se producían con asiduidad en


sectores católicos, conservadores y nacionalistas; Juan Perón también
lo hacía desde España (8). Unas horas antes del golpe de estado,
recibió confirmación de la inminencia de la toma violenta del poder. Y
en su víspera, concedió al enviado de Primera Plana en la península
ibérica –Tomás Eloy Martínez- una entrevista. Por supuesto que los
luctuosos sucesos para la democracia argentina estuvieron en el
centro de ese encuentro. A colación, Perón confesó su entusiasmo por
el golpe, citándole ‘un movimiento simpático’, porque precipitaba esa
necesidad de cortar una situación de corrupción en derredor del
gobierno de Illia (Perón aseguraba que el aún PEN usó el fraude,
trampas, proscripciones, interpretó la política como un juego de
ventajas), como también su errática idea de gestión, queriendo
imponer al país estructuras dignas del siglo XIX, cuando comenzaba el
demo-liberalismo burgués, atomizando partidos. Por eso Onganía
llegaba en la última oportunidad de evitar una guerra civil en la
Argentina… Desde ya, si había habido muchas reuniones previas al 28
de junio en el país con diferentes sectores y filiaciones ideológico-
partidarias, Perón no había sido la excepción en España. Pero ese
apoyo del líder en las palabras que abrieron la entrevista se limitaba a
una frase bastante difícil de precisar políticamente, pero que
claramente daba lugar a la sedición: ‘el que haga bien al país contará
con nuestro apoyo’, y agregaba que, siendo esta la última
oportunidad antes de una guerra civil en la que tendrían ‘que entrar
todos’, se requería de la grandeza de Onganía para entregar el poder
a un ganador legítimo y evitar perpetuarse en el poder. No obstante,
estas expresiones no se traducían en el apoyo de sus partidarios –el
que había restado en su encuentro con emisarios de Onganía. En esa
entrevista le aclaró a Martínez que el peronismo no pactaría con
nadie.

Como vemos, el golpe de estado no sólo era aceptado, sino que


estaba tan asumido en los diferentes actores, que comenzaban a
verlo como una salida más al gobierno de Illía, y en tanto que
asumida, era preciso encontrar un ‘lugar’ político en ese golpe que se
avecinaba… lo que se depositaba en un futuro era una ganancia para
algunos, algo simplemente que había que aceptar para otros, o bien,
avatares del decurso político. En ningún caso un delito.

Pero en había aún una perspectiva más, la de los propios subversivos:


no ya los altos mandos de las Tres Armas, sino lo que sería el núcleo
más interno del gobierno o el onganiato. Allende que muchos podrían
suponer que ese onganiato no era realmente colegiado, sino
integrado por el propio Onganía sin más, cual mandatario cesarista no
sólo de una sociedad, sino de su propio pertenencia militar (estilo
que, tres años más tarde terminaría –con un cordobazo por medio,
desgastando por fuera su autoridad-, por minar también su autoridad
hacia el interior de las Armas, que retiraron su apoyo).

Veamos entonces cómo presentaba Onganía su gesta hacia diciembre


del mismo año del golpe de estado. Para ello, tomaremos su propio
discurso a los argentinos, donde aclara que esa revolución, adjetivada
argentina, no parecía tener plazos y sólo objetivos (9). Esto nos
mostrará el choque que se genera entre lo que Onganía quiso
presentar como Revolución Argentina a la sociedad, versión que
estaba dispuesto a defender. Y sus apoyos anteriores al golpe de
estado, estarían implícitamente obligados a aceptar… pero antes de
seguir especulando, veamos cómo se dictaba lo que de la realidad
debía leerse:

El PEN dejó claro que el desgaste del gobierno de Illia, había llevado a
que un grupo de hombres cumpliese con una tarea con alto sentido
patriótico y desinterés para romper la inercia atávica. Y explicó que el
cambio del 28 de junio no fue sólo una respuesta a una conducción
económica, social y política: va más allá y dice se produjo ante la
clara conciencia de que el sistema de vida político, después de
atravesar décadas de vaivenes y ajetreos, había dado cuanto podía.
Existía una Constitución que no se cumplía (…) la República vivía más
del mito que de la realidad (…) de su democracia que no aplicaba.
Desde ya, cuando Onganía menciona al “sistema político” se refiere
concretamente a la democracia contra la que había atentado. Parece
que hacía tiempo que el sistema no funcionaba y por ende, no era tan
grave derrocarlo –digamos que era hasta más honesto. Pero lo más
interesante es ver la decodificación del PEN acerca de lo que el
pueblo quería, esto es la definición de objetivos nacionales, de los que
aseguró se cumplirían a costa de cualquier esfuerzo. Y no se apelaría
a tibiezas, sino a llamar las ‘cosas por su nombre’. Es realmente difícil
no ver en estas afirmaciones la clara referencia a una versión de la
realidad con decisiones únicas para las variaciones que consideraba
necesarias, lo cual es realmente coherente, ya que el gobierno en
curso asestó al poder para imponer sus objetivos –como en cualquier
otra dictadura, haya sido o no vista con condescendencia por varios
sectores civiles… la tensón aparece cuando pensamos en la
Revolución Argentina como el emergente de lo que el pueblo necesita
y pretende, que por naturaleza no puede(n) ser objetivos uniformes,
ya que es está formado por una pluralidad de grupos con
cosmovisiones y aspiraciones diferentes. Esta contradictio in terminii
se hace evidente cuando en ese discurso afirmó que: La Revolución
Argentina había elegido un proceso para resolver la crisis y alcanzar
las condiciones que nuestro ideal de grandeza nacional exige. Por
supuesto, la elección de un proceso prefijado para objetivos
interpretados no debe pasarse por menores ante la expectativa de la
deseada grandeza argentina. Si bien este ideal era y es deseado por
numerosos miembros de la sociedad, el brillo que conlleva esa gloria,
tal vez ciegue que lo que se está afirmando versa sobre objetivos y
modos únicos. Prefijados. Preponderantes. Y esos objetivos fijados,
Onganía aseguraba cumplirlos a un ritmo dado, en libertad y con
justicia. Unos valores loables, los últimos, pero serían realizables para
el PEN sólo si se cumplen aquéllos únicos objetivos, lo cual no parece
el correlato de la libertad y la justicia (ambas requieren del
reconocimiento de la pluralidad de acciones entre grupos e
individuos). Por ende, esa justicia y libertad no sería aplicable a las
opiniones periodísticas y menos al humor –si este atentare contra
esos objetivos -que por cierto no son enumerados ni explicitados en
detalle. Digamos que están contenidos en una suerte de caja negra
nacional, donde la variable de ajuste será el cómo y no el qué debe
hacerse (como en cualquier dictadura, donde el pueblo es
curiosamente interpretado con idéntica coincidencia los que los
encargados del gobierno opinan). En otras palabras, es una suerte de
gran cheque en blanco al que detenta el poder, algo que dista de
tener asidero en la ‘justicia’ que el presidente citaba y que, de suyo,
no omite que el que posee ese crédito, incurra en todo tipo de
libertades propias o bien, delinca. Como vemos, la gesta de la
Revolución Argentina estaba llena de vacuidades, tan graves como las
que la democracia anterior tenía, acorde la opinión de Onganía y sus
pares con la anuencia de muchos civiles.

Bajo la afirmación que [la] Revolución no dudaría en cambiar el


proceso elegido por otro, si los objetivos que ha impuestos se vieran
amenazados, quedaba explicitada la laxitud de acción del gobierno
central, donde la censura de un suplemento humorístico, si osaba
molestar el camino para el cumplimiento de esos objetivos, no estaría
fuera de lugar ¡Pero lo que Tía Vicenta hacía no era complicar esa
concreción por un chiste de tapa! Afirmarlo, simplemente no tiene
sentido. Una caricatura no se interpone en el camino de hacer a la
Argentina una nación gloriosa… sólo podría ofender al PEN –a costa
de un gran revuelo público si se procedía a la censura. Lo que sí podía
hacer Tía Vicenta, era mofarse de esa necesidad de ‘llamar las cosas
por su nombre’, y de los abnegados y desinteresados patriotas,
presentándoles como golpistas, que utilizaban el poder para objetivos
particulares, sin autoridad a más de la que obtenían imponiéndose, y
con visos de cierta afición profunda por el poder (una de las razones
que inquietaron a los mandos de las FFAA en el ocaso de Onganía en
el poder)… Podríamos sumar la famosa anécdota acerca de la cual el
PEN asistió a la Sociedad Rural en la carroza real que usara miembros
de la casa Borbón en ocasión del Centenario… es un argumento que
serviría para reforzar nuestra postura, pero preferimos dejarlo librado
a una decisión tal vez excesiva del momento, y nada más.

Estas aseveraciones chocan severamente con lo que el Estatuto de la


Morsa presentaba: los valores altísimos que Onganía decía abrazar,
las misiones para las que él decía –con su grupo de pares- ser
encomendado, y esa necesidad que la historia aparentemente rogaba
a gritos, no eran similares a las del cómico estatuto: en él, un
napoleónico líder se enojaría si no lo reconocían como tal, sin contar,
como corolario, que la libertad a la que apelaba en su discurso de
diciembre, no era nada similar a la censura de la propia Tía Vicenta –
que al momento de publicar el estatuto, seguramente no se
imaginaba que sería presa de lo dispuesto en su artículo 4º…

Liberen A Las Morsas


¿Ha quién va a creer usted: a mí o a sus propios ojos?
Groucho Marx.
Las causas concretas de la censura a Tía Vicenta nunca fueron
explicitadas: se mencionó la imposibilidad de la burla sistemática a la
autoridad presidencial con el pretexto de la libertad de prensa, pero
no se especificó a una alegoría, parodia (caricatura, pasaje o guión)
en particular. Pero como el episodio no se repetía en otros medios y
tomó un revuelo en la opinión pública, los funcionarios sólo aclararon
funcionarios de Presidencia a Landrú, que el daño reside en la acción
sistemática disolvente, que ridiculiza al mandatario por sus
características físicas (10). Desde luego, esta aclaración reforzó el
rumor acerca de la condición de Onganía, y quedó en el foco de las
razones, el chiste de tapa que a través del dibujo del sobrenombre
presidencial, destacando el origen de ese mote. Entre los que se
arrogaban conocer las razones específicas –esto es, en los
trascendidos de los empleados de la industria gráfica acorde vagas
justificaciones de funcionarios nacionales, todo hacía suponer que lo
que había realmente colmado la paciencia de Onganía, era,
efectivamente, el par de morsas en el chiste de tapa. Era así directa
la asociación con la presunción de una patología congénita, la que el
PEN ocultaba con su bigote tupido. Pero eso no era todo: además, era
un sobrenombre íntimo. De cualquier modo, esta utilización del
recurso hilarante en la mofa física, flaco favor hacía por la capacidad
creativa hilarante en el autor (y en este caso, también el director de
la revista).

En esta red de supuestas ofensas ‘filtradas’ informalmente por


funcionarios, el comunicado oficial sin alusión a un hecho específico
de la publicación, y la instalación de un presunto sobrenombre ligado
al físico de Onganía, también deja lugar a que pensemos lo que
queremos exponer en estas sumarias líneas: el hecho que las
morsitas de tapa, tal vez no fueron lo más peligroso de la revista y sí
un buen cordero sacrificial para lo que era realmente urticante del
suplemento dominical, y que, estableciéndolo como causal de la
censura, sólo se habría acabado por posar aún más su atención en
él… algo que daba por tierra los argumentos más concienzudos de
varios actores que bregaron por el golpe, como señalamos en el
apartado anterior.

La asimetría de la respuesta de Onganía ante un gag que podría


haber salido en el última página de cualquier matutino, es realmente
llamativa. Sucede que creemos que las dos morsitas eran realmente
útiles como atracciones de tapa, pero además tapaban algo más: tal
vez, la verdadera razón expuesta y que era de todos lados
censurable. No ya porque esta fuese vulgar, o baja en la calidad de su
humor (como parecía serlo un chiste que se valía de características
físicas), sino solo porque agregaba una pizca de ironía a un juicio de
lo que era realmente la Revolución Argentina, pero que ninguno de
sus mentores se atrevería a afirmar y contradecir sus propios
pronósticos públicos (y sus propios intereses personales –tal vez no
del todo explicitados en algunos casos). Nos referimos en concreto a
lo que se presentó como el Estatuto de la Morsa (cfr. anexo final,
transcripto en su totalidad). Si bien era presentado con alusiones
pinnípedas, importaba de ese título lo sustantivo: su categoría de
estatuto. Reglamento ingenioso que sí valía la pena ser tapado por
morsas grandotas y bigotudas en tapa. Es realmente más fácil y
efectivo, censurar una revista por una ofensa rápida y atrevida a la
persona que ostenta la primera magistratura, que hacerlo por un
estatuto que daba por tierra el gran aparataje mediático y civil para
llevar al poder a Onganía y compañía –no olvidemos que, al hacerlo,
exponía al riesgo que los lectores se interesasen especialmente por
ese pasaje del suplemento, y se acabe por difundir un análisis
hilarante pero cáustico de la situación.

A riesgo de ser reiterativos, vale aclarar antes de proseguir, que es


claro que el argumento que comentamos como ‘esperable’ la censura
a causa de la mofa por un chiste que es presentado e interpretado por
el PEN como ofensivo a su condición física como un justificativo de la
censura –hasta ahora, la vulgaridad o la facilidad para encontrar lo
risible a costa del mofado, no es algo perimido, aunque refleja el
mismo desagrado para muchos de los que son destinatarios de ese
gag. Simplemente quisimos mencionar que, en el marco de un
gobierno dictatorial, existe –siendo por supuesto lamentable- una
suerte de acuerdo implícito en el grueso de la opinión pública que
hace ‘esperable’ la intolerancia con el humor político –y más aún, si
se exalta lo que de personal tiene. Repetimos que eso no justifica la
veda, pero la creencia común le da triste asidero, y es reforzada por
un motivo físico personal en la raíz de la broma.

Volviendo al estatuto que traía el contenido del suplemento, algo que


explicitaba, era la falacia que había sido minuciosamente expuesta
por los mentores de la gesta de las tres armas: podríamos sintetizarla
en la necesidad histórica, que obligaba a usurpar el poder bajo el
argumento de la debilidad ejecutiva de Illia, la necesidad de volver a
una Argentina pujante como antaño, un gobierno fuerte para refrenar
las pujas sectoriales que consumían el valor del dinero y sofocar los
primerísimos movimientos de acción violenta que ya aparecían en los
aledaños –y que se esperaba proliferasen en el futuro. Parece que de
todo esto –y algunas cosas más, alimentaban esa necesidad histórica
del onganiato al poder. Pero el Estatuto de la Morsa no acusaba recibo
alguno de estos grandes problemas y la necesidad de legitimar
acciones ilegales primando la importancia de las que eran
expresiones de deseos por parte de varios sectores y que no dudaron
en entregar a las tres armas el crédito para llevarlos a cabo. En el
estatuto citado, presentaba a los sucesos de junio de 1966 como los
de un golpe militar más, tan ilegal como lo habían sido los cuatro
pasados. Era un golpe de frente a todo lo que no sólo los líderes de la
autodenominada Revolución Argentina habían asegurado acerca de la
realidad que los circundaba. Y así atentaba contra la gesta de no sólo
Primera Plana y Confirmado, sino todos y cada uno de los actores que
habían internalizado la ‘necesidad’ supuesta de esta revolución
telúrica como una de las últimas ‘oportunidades históricas’ del país
¿quién se atrevería a llamar al encargado(s) de la gesta necesaria –los
que con hidalguía se arrogaban realizar ese ‘trabajo sucio’- como un
golpe de estado con un bonapartista hecho y derecho a la cabeza?
Sólo la tía insolente, podía hacerlo…. Y lo hizo.

Allende los juicios que podamos hacer de ese chiste vis à vis el rumor
instalado, creemos que la revista dominical contenía un apartado
mucho más sensible para el gobierno, y por ende, pasible de caer en
las garras de su censura. No ya por supuestamente entrometerse en
el físico del PEN, sino por sacar a la luz que, lo que se había disfrazado
de necesidad histórica, se parecía más a un simple y repetido deseo
de tomar el poder en un golpe de estado, para la consecución de los
intereses de los que triunfaran. En el Estatuto de la Morsa, la revista e
mofaba de lo que la usurpación de junio del ’66 tenía: planeado o no,
disfrazado de necesidad histórica para legitimarlo, era tan ilegal como
cualquier golpe de estado, y sus mentores y conductores tan
subversivos como cualquier despojador al poder legal. De ello
podemos recuperar la ventaja que tuvo colocar en el centro de la
motivación para censurar una tapa con una caricatura presentándola
como irrespetuosa; ya que la atención se detendría en las morsitas y
no en ese corrosivo Estatuto.

¿Y qué fue lo que podía ser tan venenoso en ese estatuto? Pues, las
verdades que contenía. Lo que los conspiradores defendían como
necesidad, el estatuto lo presentaba como el gobierno del tótem
morsa, que estaría dispuesto a armarse ante quién no lo reconociere
como tal. Un gobierno donde la libertad a la que apelara en su
discurso del 30 de diciembre de 1966, era en realidad la imposibilidad
de diferir de cualquier medio con la persona misma del PEN; como
que cualquier institución que hiciese el menor llamado de atención,
debería someterse al silenciamiento de aquél, y que los partidos –
vistos no sólo como instituciones espurias disolventes del orden
social, además eran, para el presidente, también pecadores. Sin
mencionar que ese patriotismo que se arrogaba a todos los miembros
de la Revolución Argentina, sacrificando su interés particular en pos
de la sociedad argentina, el estatuto lo refiere como el gobierno
personalista de Onganía, donde las disposiciones acerca de la patria
serían las que su propia consideración e interés dictaren.

En concreto, para censurar Tía Vicenta, había que leer mucho más
que la tapa. Y no detenerse en unas morsitas que sólo adornaban una
revista que tenía algo realmente peligroso: ver cómo la supuesta
gesta patriótica no era lo que Confirmado y Primera Plana
presentaban. El Estatuto de la Morsa parodiaba aquello que -por más
que el poder dictara otra versión de la realidad o desviara la atención
a un par de morsas graciosas-, un grupo de humoristas pudo leer en
los sucesos y sus preliminares: un asesto al poder legal –que lejos
estaba de ser necesario, y menos aún, históricamente. Ellos ya habían
visto y así parodiado que ese ejercicio de la libertad y la justicia del
que Onganía haría gala en su discurso de fines de 1966, en la realidad
se traduciría en decisiones a merced del criterio personal y de su
disposición. El verdadero sacrilegio de Tía Vicenta se encontraba en
decir la verdad, diferente de la que se había construído por un par de
años, señalando la insidiosa elección de presentar al ilegítimo como
tal, riéndose de su manipulación preparada y ejercida por varios para
que Oganía impere, sin olvidar a los que lo llevaron a ese lugar.
Presentaba lo contrario a esa revolución, que se engalanaba con ser
por primera vez argentina. Cuando en realidad era político-sectorial (e
¡incluso partidaria! –muchos de esos sectores tenían fuertes
filiaciones de este tipo) ante los ojos de las tres fuerzas.

Pues entonces ¿Estamos aquí afirmando con soltura que, la censura


de Tía Vicenta está motivada en el Estatuto de la Morsa, y que la
versión sobreentendida acerca de las ofensivas morsitas de tapa es
una mentira? No, en lo absoluto. No lo hacemos porque no podemos.
Y la imposibilidad se deduce de no contar con las fuentes históricas
como para confirmarlo. Pero sí sabemos que el sacrificio de la revista
por culpa del chiste de tapa, es también un presupuesto de los
trascendidos de esos tiempos, y así ha sido reproducido por muchas
fuentes –muy bien documentadas, por cierto- acerca del tema. Es
entonces cuando no dudamos en afirmar que, los argumentos para
señalar la tapa son tan fuertes como nuestra afirmación acerca de
que no sólo en tapa había afirmaciones censurables para los intereses
que sostenían la Revolución Argentina, y que, curiosamente, los que
se encontraban en su interior eran realmente fuertes en contra de
ella. Por que desmitificaban de las intenciones que varios actores
tuvieron para ver en ella una verdadera revolución nacional y la
reducían a lo que realmente fue: una usurpación al poder, imbuida
por diferentes intereses particulares –fuesen estos políticos,
empresarios o incluso ideológico-religiosos. En concreto, queremos
destacar que, al aceptar la creencia de la censura por causa de la
tapa, no se atendió un elemento realmente importante en contra del
golpe de estado –que además, es curiosamente incluido por Landrú
en la autobiografía que aquí utilizamos, junto con los sucesos
inmediatos a la censura y la famosa tapa de las morsas bigotudas. No
sería tan exótico suponer que algún funcionario leyó ese estatuto
urticante, y decidió encontrar una razón más legítima para una
censura –como ver indignante el uso de una condición física para
hacer humor a costa del PEN, dando lugar a ese rumor que Landrú
mismo afirma constarle que no era cierto. Por supuesto, en este caso,
la negatividad recae en mayor medida en el suplemento que hace
humor ‘fácil’ y ofensivo en un gobierno que, bajo las banderas del
‘orden’ no dudaría en cuidar las buenas formas acerca del Primer
Mandatario y era ‘esperable’ (aunque no justificable) que apelara a
una medida drástica, habiendo llegado al poder por causa de las
supuestas dilaciones en que incurría su predecesor. Por todo esto,
realmente deseamos que al ser recuperadas las razones de la censura
a Tía Vicenta, no nos conformemos sólo con lo que la tapa parodiaba,
sino también con lo que el interior cáustico, afirmaba en clave
cómica, pero que encontraba asidero en la realidad –que muchos
sectores y actores más allá de Confirmado y Primera Plana habían
declarado del escenario nacional.

… Dicen que no existe nada más terrible que decirle a alguien que se
siente loco(a), tonto(a), feo(a) o ilegítimo(a) que efectivamente lo es.
La verdad asumida en el fuero interno por lo general se previene
celosamente de desbordarse. Por eso será que no hay nada peor que
cuando se cuela por los poros de esa coraza que debería sostenerla...

Anexo final

El “Estatuto de la Morsa” es parte del contenido de la fatídica edición


encabezada por las dos morsas parlanchinas. Además, contenía el
“Diccionario de la Morsa”, glosario formado por palabras ambiguas y
con cambios ortográficos para lograr un efecto hilarante. Veamos su
contenido:

“Estatuto De La Morsa:

Art. 1º.- Queda establecido en todo el territorio de la República el Día


de la Morsa que se celebrará el día 29 de junio de cada año, con la
participación de los efectivos militares, navales y aeronáuticos de la
Nación. En el supuesto de que se careciere de efectivos suficientes o
se encontraren éstos entregados a funciones específicas, podrá
hacerse uso de cheques.

Art. 2º.- La Morsa es el tótem de los argentinos, y los países que por
cualquier motivo inconfesable, se negaren a reconocerlo como tal o
se hicieren los chanchos rengos serán objeto de nuestras represalias
bélicas y/o financieras.

Art. 3º.- La Morsa inviste las funciones de Jefe del Estado argentino y
comandante en jefe (pero de veras) de las Fuerzas de Tierra, Mar y
Aire.

Art. 4º.- Toda publicación diaria, semanal, mensual, trimestral, anual


o quinquenal que osare poner en duda la legitimidad de sus
atribuciones gubernativas o la límpida trayectoria de su quehacer
ciudadano será inmediatamente sometida a proceso,
encomendándose la denuncia al famoso jurista Doctor Carlos
Aleonada Aramburu, especializado en la materia.

Art. 5º.- Los tres poderes obsoletos que hasta ahora venían
acarreando la ruina del país con los nombre de Poder Ejecutivo, Poder
Legislativo y Poder Judicial recibirán hoy en adelante los nombres de
On, Ga y Nía.

Art. 6º.- Ninguna acta de toma de posesión de cargo alguno en la


órbita de la Administración Nacional tendrá validez sin la firma de
Monseñor Schettini. De la omisión de la misma será criminalmente
responsable el escribano mayor de Gobierno, Dr. Yinyo Garrido,
coleccionista de lapiceras presidenciales.

Art. 7º.- A partir de la fecha de la promulgación del presente Estatuto


la dama que representaba a la República será reemplazada por la
figura de una Morsa con banda, faja y bastón.

Art. 8º.- Queda terminantemente prohibido escribir en adelante la


palabra Morsa con “m” minúscula, oficiándose en tal sentido al
Consejo Nacional de Educación, a la Sociedad Argentina de Escritores
y a otras instituciones similares encargadas de velar por la pureza del
idioma y el respeto debido a las autoridades.

Art. 9º.- Con asistencia de la Morsa, todos los domingos y fiestas de


guardar se realizará en la Plaza de Mayo un emotivo desfile de ex
dirigentes de partidos políticos a los acordes de la conocida marcha
“Yo, pecador” retirándose luego los mismos a sus domicilios con la
satisfacción del deber cumplido.

Art. 10º.- Cualquier diferendo que se promoviere entre gendarmes


nacionales y carabineros chilenos sobre los derechos patagónicos
inherentes a la Morsa argentina será drásticamente resuelto en la
Casa Rosada, sin perjuicio de que el gobierno trasandino ordene el
acostumbrado remojón del busto de Sarmiento en las aguas del
Mapocho. Finiquitado el incidente con el aplastante triunfo de
nuestras armas, el Excmo. Señor Presidente de la Nación dirigirá un
mensaje al pueblo explicando los hechos ocurridos.

Art. 11º.- Queda totalmente abolida toda suerte de votos, incluidos


“Voto a bríos”, “Voto a Chápiro verde”, “Voto por la negativa”, “Votos
sí, botas no” y “Hago votos por su salud”.

Art. 12º.- Cualquier institución que, por una u otra causa,


proporcionare a la Morsa el más mínimo dolor de cabeza será
inmediatamente dada de baja y suprimida de los textos escolares de
lectura.

Art. 13º.- Los comandantes en jefe de las tres armas, constituidos en


Comisión Depuradora de la Carta Magna, procederán a revisar la
misma, proponiendo, dentro de los treinta días, al jefe de Estado la
supresión de aquellas disposiciones que atentaren contra la moral y
las buenas costumbres.

Art. 14º.- A contar del día de la fecha, la Plaza Constitución tomará el


nombre de Plaza Estatuto.

Art. 15º.- De forma.”

“Diccionario de la morsa:

Almorso: Almuerzo en la Casa Rosada.

Morsilla: Alimento presidencial.

El Gran Morso: Juan Carlos Bonaparte.

Morse: Alfabeto para telégrafo inventado por Onganía.

Morsarella: Queso revolucionario.

Morsalini: Jugador de fútbol favorito del gobierno.

Los Idus de Morsa: Illia, Perette y Cía.

Morsela: Vino que se fabrica en Campo de Mayo.

Morsadela: Fiambre que se come en los acuerdos de gabinete.

Morsacicleta: Vehículo presidencial.

Morza-soprano: Voz de mujer, entre soprano y morsa”.

Notas

(1) La elección también tuvo sus curiosidades: quince años después


de firmar como tal, se enteró que el galo fue guillotinado por sus
crímenes el mismo día de su nacimiento –el 19/I/1923–. Incluso, ese
día, el santoral católico era San Canuto –nombre que Colombres padre
quería para su hijo, luego de Hipólito. Pero su madre prevaleció con
“Juan Carlos”, y acabó por convertirlo en tocayo de Onganía.
(2) Entrevista a Juan Carlos Colombres por Ana Da Costa en
noviembre de 1999. Disponible en:
www.bibnal.edu.ar/salavirtual/Entrevistas/landru.htm
[Consultada el 30/XII/2008].

(3) Colombres, Juan Carlos: Landru por Landrú, apuntes para una
autobiografía, Buenos Aires, El Ateneo Editorial, 1993.

(4) Cuando se designa a Alzogaray Ministro de Economía, Landrú


asistió a la conferencia en que aquél aseguraba que en la Argentina,
era preciso comer menos carne de vaca y más de chancho. Eso lo
llevó a bautizarlo “el chanchito”. Luego se refirió así al ingeniero, pero
en tono peyorativo –lo que no fue la idea originaria de Landrú al
bautizarle.

(5) Ulanovsky, Carlos: Paren las rotativas. Historia de los grandes


diarios, revistas y periodistas argentinos. Buenos Aires. Espasa, 1997.

(6) Ibídem.

(7) Potash, Robert: El Ejército y la Política en la Argentina. De la caída


de Frondizi a la restauración peronista. Primera Parte 1962-1966.
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1994.)

(8) Entrevistas a Juan Domingo Perón en Primera Plana (1966).


Fuente: www.elhistoriador.com.ar (ISSN 1851-5843). Disponible
en:
www.elhistoriador.com.ar/entrevistas/p/peron_primera_plana.
php
[Consultado el 10/VIII/2009]

(9) De Privitellio, Luciano y Luis Alberto Romero (comps.): Grandes


Discursos de la Historia Argentina, Editorial Aguilar, Buenos Aires,
2000.)

(10) Colombres, Juan Carlos: op. cit.

Bibliografía
Avellaneda, Andrés: Censura, Autoritarismo y Cultura: Argentina
1960-1983. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1986.

Colombres, Juan Carlos: Landru por Landrú, Apuntes para una


Autobiografía, Buenos Aires, El Ateneo Editorial, 1993
Dell’Acqua, A.: La Caricatura Política. Buenos Aires, Eudeba, 1959.

De Privitellio, Luciano y Luis Alberto Romero (comps.): Grandes


Discursos de la Historia Argentina, Editorial Aguilar, Buenos Aires,
2000.

Matallana, Andrea: Humor y Política. Un Estudio Comparativo de Tres


Publicaciones de Humor Político. Eudeba. Buenos Aires, 1999.

Rivera, Jorge: “Historia del humor gráfico argentino” en Ford, A.;


Rivera J., E. Romano: Medios de Comunicación y Cultura Popular.
Legasa. Buenos Aires, 1985.

Ulanovsky, Carlos: Paren las Rotativas. Historia de los Grandes


Diarios, Revistas y Periodistas Argentinos. Buenos Aires. Espasa,
1997.

Vázquez Lucio, Oscar: Historia del Humor Gráfico y Escrito en la


Argentina. Tomo 2- 1940-1985. Eudeba. Buenos Aires, 1985.

Resumen. En este ensayo narraremos detalladamente la censura


decretada por el gobierno de facto autodenominado Revolución
Argentina, al suplemento semanal Tía Vicenta. Por un lado,
recorreremos una minuciosa dedicación en los detalles de la veda
(incluyendo el derrotero de quienes estuvieron relacionados con la
publicación). Por otro lado, expondremos aquello que creemos
determinante para la prohibición. Allí llegaremos luego de narrar los
comienzos de la revista, su auge y la solución de compromiso
conocida como María Belén –emergente devaluado y desnaturalizado
de la veda a la primera revista de humor político argentina. Por lo
enumerado, destacamos que nuestro objetivo principal es exponer
con amplitud aquellos contenidos que, junto a las razones que
sostenemos detonantes para la censura. Esto tiene por objeto
desplazar la creencia convencional que la veda de Tía Vicenta fue
sólo consecuencia del revelar un indiscreto sobrenombre presidencial
en una caricatura. Creemos que hubo un poco más que eso.

Palabras clave: Censura, Revolución Argentina, Humor Gráfico, Tía


Vicenta.