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¿Dónde está la guarida del lobo?

Rafael Alfonso Gómez

Concluye un año más e inicia otro y a propósito de la cruda generada por la embriaguez

consumista de diciembre, y las recientes noticias que llenan los medios de masivos, me

sumo en esta sencilla reflexión.

Uno, que creció estudiando la teoría de la evolución, tiende a pensar que la sociedad

camina inevitablemente hacia formas cada vez más civilizadas de dirimir controversias y

diferencias, máxime cuando estas son conceptuales, como por ejemplo: cuando se

considera formado un ser humano.

Sin embargo, hoy por hoy, podemos ver en vivo, vía satélite, la experiencia

aterradora de aquellos países que viven bajo la tiranía de un estado eclesiástico, cuando sus

políticos forman parte activa de una iglesia y se dicen propietarios de la voz de Dios. Las

ideas religiosas están aparejadas a una cuota de poder que determina sus alcances y su

impacto determina el resto de la sociedad. Lo sagrado es un valor relativo tasado por la

capacidad de movilizar recursos económicos y políticos a su favor, por eso basta que la alta

jerarquía de la iglesia católica se preocupe por el alma de un espermatozoide para volver a

llamar peligrosamente a las puertas del oscurantismo.

Nadie debería cuestionar el derecho de la iglesia católica, ni de cualquier otro culto,

a fijar postura respecto a temas espinosos de la vida nacional tales como el aborto o el

matrimonio entre homosexuales. Las libertades de culto y de expresión son pilares

fundamentales de nuestro bochornosamente imperfecto pero afortunadamente laico estado

de derecho. La puerca tuerce el rabo cuando el vocero de la arquidiócesis de México, desde


un púlpito, amenaza con llamar a su grey a votar en contra de un partido político (el PRD)

por dar cabida y respuesta en la asamblea del DF al debate y a las reformas que inciden

directamente en los temas antes mencionados. Con esta declaración la iglesia católica (una

potencia extranjera con sede en el vaticano) hace votos por intervenir activamente en la

conformación del estado mexicano, bajo el argumento de que “por encima de la ley de los

hombres está la ley de dios”. Una declaración “desafortunada”, pues argumentos

semejantes, con resultados catastróficos, se han escuchado en voz de Al Qaeda y de Bush,

del Ayatolá, del régimen Talibán o el Tribunal del Santo Oficio. Estas condiciones me

remiten a los tiempos en que la iglesia arengaba a los naturales en contra del gobierno

“ateo”, dando como resultado la cruenta y absurda guerra cristera. El problema esencial es

no saber distinguir los espacios que el cordero ya dos mil años antes había delimitado

contundentemente: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Cristiano

mandamiento que Juárez y sus amigos hicieron suyo con las leyes de reforma.

Veo a cada congregación religiosa como una gran familia en la cual todos sus

miembros (así lo manifiestan) son hermanos. Si al interior de cada una de estas familias se

practican dogmas de fe particulares, adelante; es decir, si los católicos están en contra del

aborto o la homosexualidad, bastante harán si evitan en sí mismos esas prácticas,

comenzando por los miembros de su clero. Me parece bien que un pastor apacigüe a sus

ovejas, tanto como me parece mal que insista en apaciguar a las ovejas del vecino. Un ser

humano que ha renunciado por propia voluntad a los derechos reproductivos y sexuales

¿qué competencia puede tener para opinar sobre dichos asuntos en los que la primera línea

es el cuerpo humano y su naturaleza?


Las expresiones desgarradas de la alta jerarquía católica son una intromisión en la

vida de la sociedad tan insultante como si la abuelita de la vecina pretendiera meterse a mi

recámara para supervisar si uso o no un condón y que posiciones sexuales apetezco

practicar previa aprobación.

El alto clero, protagonista de escándalos sexuales de antología, se comporta como

una suerte de hombre/ bestia que se transforma secretamente en las noches de luna llena,

sin darse cuenta de que poco a poco se convierte en lo que teme: un lobo que mata y

dispersa a sus propias ovejas, que muestra el músculo influenciando y trasformando las

legislaciones locales que regresan décadas atrás en la historia para llegar a la penalización

total del aborto.

Preocupadísimos por preservar la vida habrá que preguntarse cuanto abonan esas

condenas de las prácticas sexuales humanas a la muerte de cientos (o miles) de hermanas

católicas que fallecerán a causa de las secuelas de procedimientos abortivos clandestinos.

P.D: ¿Qué tal un pronunciamiento semejante contra los partidos políticos cuyos miembros

practiquen la explotación sexual infantil?