TEMPUS

–Poesía–

Hernán Vargascarreño

Ediciones Exilio
Bogotá – Zapatoca – Santa Marta

Tempus

Hernán Vargascarreño

Tempus

Bogotá – Zapatoca – Santa Marta
2014

Tempus
© Hernán Vargascarreño
ISBN: 978-958-58388-1-9
Ediciones Exilio:
poetasalexilio@gmail.com
Teléfonos: 284 08 58 y 315-746 27 60
Centro Histórico La Candelaria - Bogotá
Primera edición: junio de 2014
Tiraje: mil ejemplares
Portada: moneda de Antínoo
Diseño de portada:
Luz Mery Avendaño
Impresión:
Editorial Gente Nueva
Tel: 3202188, Bogotá D.C.
Impreso en Colombia / Printed in Colombia
Los poemas de la presente edición pueden ser reproducidos
por cualquier medio siempre y cuando se pida su respectivo permiso al autor a quien pueden contactar en el correo
poetasalexilio@gmail.com

Emperador Adriano

LA DICHA
 

Lo humano me satisface,
pues allí encuentro todo,
hasta lo eterno.
Marguerite Yourcenar

Elementalidad
Acuden las sombras
que velan tu cuerpo,
el calmo misterio que erige
vibrantes templos de niebla.
Entras al sereno sueño de un dios
y te cobija inefable su misma fiebre,
la misma floración que arrulla
y levita sobre las formas deseadas.
Puedes ofrendar en mis dominios
sin ofender mis dudas,
en la mansedad de las aguas, serenarte.
Los dos nos sabemos peregrinos,
débiles criaturas que el universo borrará.
Oh tú, que oficias
el húmedo deseo de los labios,
indaga al alma de la noche: ¿me aman?
No escucharás respuesta más que
los cánticos del viento en su oración.
La verdad, fluye elemental como el tiempo:
silencioso escultor del olvido
que devolverá nuestras pavesas al Vacío.

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Sirio
Antínoo, tendidos en la hierba
observemos a Sirio
y amemos el hechizo
de su lejanía,
la belleza de su brillo
en nuestros ojos de asombro,
la certeza de que no hay distancias
más crueles que las del alma;
 
resplandezcamos con su luz
sin indagarle nada
–jamás se nos revelaría el enigma
que nos ha reunido en esta vida–

Observemos a Sirio esta noche,
en ardoroso silencio…
así escucharemos la voz
que ningún secreto nos niega.

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Defensa de Narciso
Antínoo, sin querer
oí tus razones a favor de Narciso
cuando compartías con tus amigos;
no imaginaba con qué ardor
aprecias los nenúfares
al vislumbrar en su lánguida belleza
el espíritu del Elegido.
Yo también, desde siempre,
he venerado su inocencia
al invocarlo en esta breve oración:
 
“Inclinado
más que ante su Belleza,
Narciso
buscaba en el espejo de las aguas
el níveo nenúfar
que presentía su corazón.”
 

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Junto a los lotos
–Antínoo,
los enigmas que se cruzan
para provocar un encuentro
también los desconoce el destino;
creer que hay un Ser que todo lo domina
es solo cuestión de fe.
En tanto que la vida no cese
el amor seguirá extraviado
en su noche celeste,
buscándose en la ruta del Tiempo.
Ah el Tiempo… ese laberinto esquivo
a nuestra razón
que nos brinda como única salida
la claridad de la muerte.
 
–Adriano,
tal vez mi juventud
no me permita comprender muchas cosas,
pero ahora creo haber entendido
lo que me platicaste una noche
acerca de la Felicidad…
 
¡Mira cómo esa pareja de lotos dormidos
describen lo que es la Belleza!

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En torno a Horacio
–Adriano, ahora que los tañedores descansan
y liras, cítaras y caramillos
parecieran soñar la música,
prosigue hablándome sobre el Tiempo.
 
–Caro Antínoo, ven, recuéstate a mi lado:
El Tiempo es solo una ilusión perenne.
Por ejemplo, ahora mientras escuchas,
mientras hablo, muere un enigma,
crece una caricia, nace una monstruosidad.
Ser feliz, en este instante,
es más sustancial que medir las horas.
Nosotros somos el tiempo, Antínoo,
esta leve brisa de abril que apenas nos acaricia.
 
A propósito, nuestro poeta Horacio
nos legó algo valioso sobre el tema:
 
“Para destruir la ansiedad de la espera
–el tiempo ya escapa por entre estas palabras–
gocemos. Róbate el minuto.
No deposites la más mínima fe
en el instante que viene.”
 

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Sí. Gocemos. Robémonos el instante.
Como nosotros, el tiempo también es un viajero,
solo que él lo hace a perpetuidad
y su Sueño nos inmola para ofrendarnos
el alivio del olvido.
 
El tiempo, el mismo que ha depositado en mis manos
este Imperio para que yo batalle contra el mundo,
o la serena floración de tus labios
para que me doblegue ante los misterios del amor.
¿Quién puede enfrentarse al tiempo, Antínoo,
quién asirle siquiera
una guedeja de sus oscuros cabellos?
Es él quien enceguece con obsequios veleidosos,
permite gozar de efímeros palacios,
vapulea a su antojo
y luego nos arroja a sus vastas oquedades.
 
Si nos balanceamos en su juego,
acariciamos sus días y lunamos sus noches,
si nos dejamos arrullar por sus ocasos
y tratamos de no entender, solo así, Antínoo,
sucumbiremos esplendentes
al espectro de su vana apariencia.
 
No temas más, lirio de los dioses,
fragancia de la tarde,

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hace mucho que el tiempo y sus secuaces
han fraguado nuestro olvido,
y mientras ese instante demore su llegada,
el devenir esculpe, abundante y lento,
la dicha entre nosotros.
Gocemos. Robémonos el instante.
 

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Honda
Envidias
la libertad del pájaro que pasa
y por un momento quisieras transmutar
tu figura
tus miserias
tus ilusiones
en ese frágil destello de la tarde,
olvidando que el pájaro cumple
con sus inagotables oficios:
 
provisiones
migraciones
nidadas
 
y están además sus constantes peligros:
la simple honda
de un chicuelo, por ejemplo.
 
Envidias
la libertad del pájaro
que por un momento arroba tu esencia.
Mira un poco más alto:
 
¿Ves cómo la gran honda que es el Universo
nos apunta desde siempre ?
 

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Soledades
Me purifico en tu cuerpo.
Asisto en su leve temblor a
ungidas formas de la belleza:
misterios, honduras que arden
en el deseo y sucumben
en la humedad de los labios.
 
Leves somos,
abatibles pájaros
al azote de la ventisca.
Al oficiar la vida
tallamos la muerte y
a su silencio nos entregamos.
 
¿Qué ritual podría cantar
este temor de entregarnos
libres, ansiados, dolorosos ?

Callamos…
bajo la noche que nos ilumina
ya nada se resiste a las sombras:
puro asombro, abismo y soledad
en el abrazo de dos soledades.
 

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El instante
Antínoo, apresta tu oído
para las Ideas del poema,
para su Música leve.
El instante suele ser eso:
destello, brevísima ofrenda.
Has de percibirlo,
aprehenderlo y traducirlo
entre las líneas del poema.
Con exquisita calma vendrá luego
el laborioso oficio de quien pule
en su intimidad una piedra preciosa.
No olvides ni postergues
los sagrados ritos de las oraciones.
Celosos como son, los dioses acogerán
con primor tus ofrendas más puras.
Y de nuevo le otorgarán a tu Palabra
-mañana, en otros instantes similareslas Riendas,
la Belleza al viento
y la Fuerza
que la Poesía tanto nos solicita.
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Guerreros
Quiso la dicha que me blandiera
en el arco fuerte de tus brazos
bajo la tibieza que deshace agonías
y redime fuegos entre las sombras;
¡Ah libador de densas cejas negras!
tú posees el secreto de dar dolor
sin dolor, y sabes bien cómo ahuyentar
los recuerdos cuando estorban;
¿qué dios zozobró en tus sueños?
¿qué fauno se ovilla dentro de ti?
 
Advierte la tarde y verás los árboles iniciando su
destierro sin retorno; las bestezuelas, inocentes,
moribundas, abrevando en el olvido; y aquellos hombres
y aquellas mujeres que miran sin mirar pero aniquilan
con sus pupilas; una tenue palabra de tu aliento
detendría esta alucinación que pretende devorarnos.
Vamos, espiga tus brazos, tu leve sonrisa, empuña esa
luz que guardas bajo tu camisa y con tu andar animal
despliega el almizcle que amansa las esfinges.
 
Son las seis de la tarde pero eso
es solo una ilusión del tiempo; un
polvillo de oro está cerniendo sobre

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este puerto; el mar recaba tus pies
y acepta tus lunares
como sencillas ofrendas;
los vastos elementos de tu carne y
de tu palabra me redimen y auscultan
el espasmo y el ardor con que la tarde
se alimenta.
 
–Cuando estoy entre tu cuerpo quisiera que mi pulso
fuese solo una ilusión; pero tú estás ahí, tatuándome
con tu calor, doblegándome con tus formas y con esas
extrañas lágrimas que mana tu piel. ¿Quién osaría
ahora callar el aliento de las caricias?–
 
Abandona ya la guerra.
Apresta tus armas invisibles.
Desata los nudos del Dolor.
El mundo espera acezante
y a lo lejos
alguien aún entona
la rapsodia de la Vida.
 
La noche enerva sus criaturas y tú sigues batallando,
batallando solo contra el horror, oteando mi lecho
mientras me destrozo y me desangro entre los sueños.
Es el justo y liviano momento para que el olvido entre y
rumie su lento oficio.
 
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Que al clarear no me falte tu mirada
que no me falten tus garras
ni el ardor de tus dos únicas armas:
el abrazo amigo y el corazón desnudo.
¿Qué recogeré de mis despojos
cuando emerja de los sueños?
En ellos he vislumbrado la única
palabra que podría salvarme, pero la
he destruido por horror a la salvación.
 
Sigo creyendo en tu delirio y en el
cuerpo mío que tus manos llenan.
 
¡Ah libador de febriles encantos¡
guárdate bien de los malos dioses,
de sus máscaras,
de sus bestias doradas,
que todos ellos siempre los han preferido
inocentes como el lirio,
elementales como tú.
 

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Homérica
Evocar tus antepasados griegos, Antínoo,
sin solazarnos en el hontanar de la poesía,
sería como ignorar los designios de los dioses.
Por eso hoy te he hablado profusamente
/de Homero,
dios y mortal en la Palabra,
pueblo hecho canto en un espíritu
para exaltar la gloria y el dolor de sus héroes.
Así pues, para terminar esta velada de plenilunio,
mientras tú pulsas la lira con tus amigos
y el vino sosiega la plenitud de los cuerpos,
te cantaré un diálogo que compuse
en mis días de juventud,
en el que Patroclo y su amigo Aquiles,
tremolantes sobre la playa,
se celebran mutuamente bajo la noche troyana,
ungen en vino sus viriles cuerpos acanelados
y presagian sus mutuas fatalidades
días antes del encuentro con la Parca:

–Aquiles, pronto heredarás mi sombra,
soberbio astro de mi noche;
en tus manos vivirá mi huella
que servirá de refugio a los desposeídos;

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cuando cantes tu desdicha
entenderás este aroma que brota de mis palabras.
 
Un imperio se levanta de una piedra,
los dioses exhiben sus látigos pecaminosos,
muchos guerreros mueren
con mi nombre entre sus labios
bajo las estrellas que observan desde su vértigo.
Basta una mirada para el hilo de la vida
y un gesto para la huella de la muerte.
Cae una lluvia de brillantísimos venablos
dentro de mi corazón;
a los pies la sangre dibuja el cielo,
y tú eres el cielo y la pradera,
extraviado y diminuto en tu propia guerra.
Guarda tu lágrima para el sacrificio,
ordena tus cabellos, unge tus miembros
y deléitate en el vino que prolonga la agonía,
ya se acerca Casandra con sus manos llenas.
Cuando la tarde oculte su herida
ella te entregará mi muerte
con el perfume de los heliotropos.
 
–Patroclo, no temo a nadie más que a mí mismo,
mi brazo ha conocido la furia de los hombres;
tú te dejas amar con mis ojos de fuego
mientras te refugias en la patria de mi pecho.

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Conozco la sed de los condenados,
la balanza que permite la vida
en su horrible oscilación.
 
Pronto la playa quedará sola
delirando con el aliento de la guerra,
y seré entonces el adivino que mira al cielo
y no prefigura nada. Y para qué las libaciones.
Nada doblegará la brisa
cuando la muerte acaricie tu lomo;
tú también eres mi sangre,
pequeño dios destronado,
recibo las palabras que vas creando para mí.
 
Impasible el olvido decapita las últimas estatuas,
los dioses vuelven a esgrimir sus mortíferas sonrisas.
Nada cambiará tu destino, Patroclo,
la Parca te acariciará con el temible bronce de Héctor
y muchas generaciones conocerán mi dolor;
que bajen ya las tempestades
a instaurar su inagotable reino.
Moriremos bajo los designios de la luna;
el fuego de nuestra pira
orientará a los marinos extraviados,
y yo, infortunado, también escucharé a Casandra
cuando su vaticinio cierre para siempre
mis ojos blanquísimos de fuego.
 
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Lección de historia
La historia
tal vez dirá un día
que yo, el Emperador Adriano,
no pudo gobernar en su corazón:
ese reino donde campeó el amor
a sus anchas, inmisericorde,
bajo el doloroso nombre de Antínoo.
 
Y no habrá error
al afirmarse tal hecho.
 
Solo ese territorio tan íntimo,
tan engañoso y diminuto,
tan cruel en su vastedad,
logra doblegar solitario
-desarmado y desnudoaquel supuesto y débil poder
que en vano ostenta
la vanidad de los hombres.
 

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En torno a la levedad
Adriano, he aquí mi lección sobre el Tiempo,
que he titulado Levedad, tal como lo soñé.
No olvides tu benevolencia, amantísimo,
con este tu aprendiz de asombros trajeado:

Dejarse estar por el golpe del viento
intentando ser esa lejana voz de los pájaros;
apenas al pestañear, percibir la soledad
como la mano y el pulido roce sueñan
la madera del sillón;
avisarle a la nada -si aún pasasobre su terquedad,
mientras nos visitan esos rostros
que para siempre nos han abandonado.
 
La hoja que se mueve,
el grito inaudible de la sangre,
las horas que no suenan pero que avasallan;
el día pensando en su noche,
la noche devenida en cuerpo amado.
 
De algún lugar salta algo extraño
para que el mundo conserve sus tremores,
y aquí en el pecho, en el breve suspiro,

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esa cercanía con la muerte
que mal demoramos.
 
La ilusión de tu mano sobre la mía
–más bella aún que la evidencia de tu piel–
el claro sabor del silencio,
todo lo que es y no es,
cada latido de las bestezuelas,
la helada agonía de las estrellas
mientras el tiempo busca y hunde sus raíces
en la tosca levedad que nos asiste.
 

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Hernán Vargascarreño

Destino
Antínoo, de sueños nos han tejido:
allí el perfil, un sesgo incierto,
unos gestos, cierto humor
y esa tu manera de mirar.
Ya está tu destino.
A la medida te han hecho.
No a tu medida.
Ahora, a soñar.
Lentamente tejes
tus sombras futuras
–tu otra sombraque también soñará
que pasar es vivir.
-Asunto del tiempo,
no de nosotrosMoldeas otro cuerpo
que dices amar -¡y amas!vacías tu amargo en él,
predices tu reino íntimo,
tu gloria tuya,

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y a veces hasta vibras
bullendo ese icor que te impulsa.
Vano intento así la idea de los dioses
nos ayude.
Llamados al Vacío,
nada nos pertenece.
Ni la Luz ni la Noche.
Ni este beso.
Tejemos sueños
de sueños soñados.
Y lo sabemos.

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Dos cuerpos
Dos cuerpos que se anudan,
que esplenden extraviados de un pasado
todo silencio, todo música perpetua,
ha tiempo en sus raíces ya buscaban
la pura savia que la tierra estila
para jaspear de sangre y de blancura
los pétalos que se abren asombrados.
Dos cuerpos que se vencen
esculpidos por los dioses
como purísima ofrenda de hibiscos,
atónitos se asilan en su noche universal
entre lentas y tímidas caricias.
Dos cuerpos que todo dan y nada piden
porque pedir no existe en las alturas,
gravitan ahora con la sola angustia,
con el tremor del rayo presentido,
con el frágil deseo a cuestas
y el único secreto del llamado
de saberse amados tras la entrega.

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EL ORÁCULO

Solo podrán entenderme algunos pocos
que se apasionan por el destino humano.
 
Marguerite Yourcenar
 

Presagios
Desde el alba estás inquieto.
Ciertas formas de las nubes te presagian laberintos.
Oscuros sonidos escinden la mañana solo para ti.
Tomas un descanso, sacas tu puñal de plata ornado
de serpientes, tajas el fruto venido del valle del Nilo,
paladeas, y en su pulpa afloran los labios de Antínoo,
quien hoy regresará de caza después de tres días
de ausencia con los bravos de la guardia.
 
La siesta, pasado el mediodía,
trae otros presagios con sus sueños.
Nada claro aún, gritos de pájaros presentidos,
vagas impresiones plateadas de brisa.
 
Oteas el viento a la distancia
mientras sellas documentos que mañana
emprenderán su destino a Roma:
grandes decisiones para las almas que gobiernas,
nada precioso para tu propia alma.
También los vapores de la cera te anuncian algo,
pero hoy no te ha sido dado descifrar.
 
Cae la media tarde y esperas la salida del véspero,
solo, en medio de un gran séquito hecho de silencios,

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de miradas que semejan vidrios a punto de romperse.
De repente, te anima el lejano bullicio de la jauría
que anuncia el regreso de la Belleza.
Será una fiesta sus relatos de caza
y la noche estilará otra vez su piel bitinia.
 
Pero más allá de la Dicha
las sombras afilan sus puñales,
esplenden su vocación
bajo la lactescencia de la media luna,
verifican su corte divino para el elegido.
 
Será entonces el Dolor, Adriano,
el instante en que un hibisco de fuego
anidará en tu pecho por el resto de tus días.
 
Y nada puedes contra ese instante.
Ni aun el fasto de tu Imperio que domina el mundo.
Y nada puedo.
Vanas son estas palabras y mis pupilas
aturdidas hoy de horribles transparencias.
 
Que se preparen tus entrañas.

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Oráculo
Consultado el porvenir,
la pitonisa ha quedado perpleja;
teme al Emperador
y no se atreve a revelar
lo que el Destino trama para Él.
 
-¡Vamos, mujer!
Me sé poderoso y prudente
como amado y mortal,
y todo lo puedo perder
con un solo gesto de los dioses.
Habla. No temas al Emperador.
Quien está ante ti no es más que un hombre.
 
-Mi señor: breves veo vuestros días;
muchos, los días tristes.
Una vez hechas estas libaciones,
id a casa y sacrificad a los dioses
vuestro animal más tierno y más amado.
Su vida sacrificada, prolongará la vuestra.
Tal vez los dioses os escuchen.
 
Antínoo, que silencioso observaba los ritos,
comprendió, bajó los ojos y lloró;

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una punzada cruzó su corazón
al saberse lo más amado para el Emperador.
Pero guardó absoluto silencio,
pues Él, nunca, jamás se lo permitiría.
La terrible decisión oscureció su espíritu
aferrándose a su voluntad.
La leyenda que nos sigue vulnerando,
entonó así su cántico más triste.
 

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Hernán Vargascarreño

EL SACRIFICIO

 
Obedeció la orden del cielo
 
Marguerite Yourcenar
 

Sol negro
Primero inventó un río;
luego un navío sin nombre;
después se nombró capitán.
 
Ahora
no sabes dónde estás.
Olvidaste
si aún eres niño,
o ya un hombre,
o un terrible sol negro.
 
 

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Cadáver
El guerrero
quedó solo
ante una logia de cadáveres;
terminó la guerra
y ahora delira
entre innumerables cuerpos
hermosos, destrozados.
 
¿Quién es más cadáver ahora?
 
 

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Desolación
Guerrero extraviado
dentro de mi memoria,
¿ves algo
en mi campo de batalla?
 
Estoy indefenso,
desolado,
abatido bajo este sol negro.
¡Ayúdame a liberarme de mí!
 
 

Tempus

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Presencia
Regreso al sitio
donde Antínoo
se liberó de la vida.
El agua canta sus salmodias
ahora mucho más tristes para mí.
Un grito mudo de un dios terrible
se aferra al instante
que separa la vida de la muerte.
 
Es la tonada
que trasciende con la sinfonía
de las aguas.
 
¿Quién osaría ahora
callar esta música que serpentea
entre el perfume de los jazmines?
El joven muerto
sigue cantando entre los vivos.
Ssshhh…
¿Lo escuchan?
 

Tempus

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Guerrero
El guerrero
ha perdido el camino
a casa;
 
Los dioses del amor,
silenciosos, apenas una brisa,
condolidos lo contemplan.
 
Mas a su alrededor
solo precisa vislumbrar
un asombrado desierto;
lo más importante
lo ignora:
 
Ni el camino
ni la patria
existen ya.
Ni siquiera él.
 

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EL DOLOR
 
 

Todo se venía abajo; todo pareció
apagarse. Derrumbarse el Zeus Olímpico,
el Amo del Todo, el Salvador del Mundo,
y solo quedó un hombre de cabellos grises
en el puente de una barca.
 
Marguerite Yourcenar
 

Camino
Caléndulas y jacintos
me señalan el camino
a la estancia abandonada.
 
Tímidas nubes
tamizan haces de sol
allí donde nos amamos.
 
¿Dónde mis pies?
¿Dónde mi corazón?
 
Me quiero de nuevo todo
para correr a tus viñedos.
 

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Poesía
Gracias Poesía,
por desbrozar de malas sombras
mis tantos caminos transitados
y permitirme la voz de los vientos
para nombrar y exaltar tus dones;
por haberme fraguado en barro
un corazón de hombre: bitácora
de dichas y tristezas terrenales.
Todo cuanto recibo del universo
en ti lo confío, Poesía, por saberte
mi religión y mi coraza.
Si poco te he podido ofrendar,
te regocijo en el fulgor de la lluvia
y te celebro entre tus árboles,
en los gritos de tus pájaros,
en toda luz y en los sueños
que tus días y tus noches
me prodigan.
Confieso que siempre te presentí
en mis solas soledades y amé
tu piel en el dulce misterio

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de los cuerpos que abracé
y que me abrasaron.
A tu manto me acojo
y tu nombre invoco, Poesía:
que tu música serene mis saudades,
alivie el colosal fardo del tiempo y
acalle tanto falso canto de sirenas.
Protégeme de mi propio olvido
y no sueltes nunca mi mano.
Loada sea tu esencia.

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Hernán Vargascarreño

Paisaje
En las mañanas,
apenas clareando,
sabiéndome Emperador y mortal,
me postro ante el Universo
para tornarme inocente
ante el vuelo de las aves,
los olores de las yerbas,
la gravedad de las montañas…

Contemplo
el pasar de las nubes
–esas formas secretas de los dioses–
y en vano intento
escapar de la cruel inocencia
del rostro bienamado,
de la luz de una tarde
que sumía su Belleza.
Así la memoria:
flujo y reflujo,
asombro del tiempo
que erige ingentes murallas
bajo su vacío.
 

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Mármol
Al igual
que tus recuerdos,
el blanco mármol de mi rostro
transluce en su tiempo detenido
los besos que encendieron
el sol negro.
 
Nadie podrá extinguir
el fuego de nuestros cuerpos
en la memoria.
 
Soy amado y amo:
Eternamente lo sabré.
 

Tempus

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Bendición
Con la esperanza
de hallar alivio
a su secreta angustia,
amantes solitarios vendrán
a pronunciar mi nombre
ante esta gruta de aguas redentoras.
Prometo, por el Amor y nada más,
nunca perturbarlos
con alguna respuesta mía;
mi tumba será espejo del silencio.
 
Ninguna voz
–solo el agua en su oración–
anegará tu alma;
así te podrás llevar como ofrenda mía
la bendición de Antínoo en tu corazón.
 

Tempus

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Amantes
Esa melodía
que talla el tiempo
con su sabia lentitud
de olas nocturnas…
Ese poema
que se esculpió entre dos cuerpos
y que siempre estuvo latente
bordeando labios
o preservando una mirada…
Esta clara sensación de agonía
ante el eco de una voz consumiéndose,
y la fatal circunstancia
que los separa y que los une
tornándolos en dioses extraviados,
tal vez sea la verdadera,
la infalible,
la secreta salvación de los amantes
ante las invisibles ruinas del tiempo.
 

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Estancia
La casa inunda
con sus enormes estancias.
En los patios, la lluvia
abandona sus huellas somnolientas.
Sin temores los gatos entran
y cazan pájaros
que montes y vientos prodigan.
Escucho mis pisadas de animal
cuando la luna invade corredores.
Advierto tus roces entre el jardín
cortando tus hierbas favoritas.
 
Así el olvido,
que sin afanes extiende sus raíces.
Un encuentro presentimos.
Los dos lo sabemos.
Cualquier instante podría tropezarnos.
Pero, qué ha sucedido con el tiempo
dónde estamos
dónde estás
quién de los dos partió primero.
 

Tempus

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Oración a un dios desconocido
Donde quiera que seas o no seas
en este universo que ilimita
y sueña el pensamiento.
Allí donde brote una flor translúcida
íntegramente ignota a nuestros sentidos.
Tras el confín de los fines, si hay un fin.
En una piedra incandescente amasada
de sustancias que no calcinen nuestras manos.
Dentro de un ser de absoluta belleza indefinible
capaz de ennoblecerlo todo con su única presencia.
En un dolor que no respira en nuestra vida.
Sobre un viento extraño que agite y se revele
a otros árboles presentidos, tan frescos tan vívidos
como aquellos que desde la infancia reverdecen.
En el grito de un pájaro que traspasa noche
detrás de un mundo que no vemos… pero que
existe tan real como esta mano que acaricia el vacío.

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Allí donde el sueño de los sueños tenga su morada
y nadie sepa quién es… pero sea soplo de la Dicha,
habrá un dios desconocido esperando nuestros votos.
Me acojo a tu sabia Inexistencia, oh Dios de los Vacíos,
a tu posible Sustancia e Insustancia de la Nada
en medio del relámpago que atraviesa al Corazón.

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Hernán Vargascarreño

Reino
Del ayer
todo ha perdido su esencia verdadera;
mientras mi Gran Imperio se fortalece,
pequeñas caléndulas oran
ante el estanque que te liberó de la vida.
A lo lejos, el espectro
de una bandada de golondrinas
huye hacia el sur;
las imponentes sombras de la ciudad blanca
que he ordenado erigir a tu nombre,
crecen tan rápido como mi nostalgia.
Aquí, en el centro de mi dolor,
ya nada cabe
más que la certeza de la soledad.
Solo tu rostro,
latente en cada luz que me asalta,
erige con las formas del amor
el verdadero Reino dentro de mi alma.
 

Tempus

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Para escribir un poema
Observar la levedad de un pájaro
sobre una rama en flor; desgajarla
–sin siquiera atreverse a desgajarla–
y con esa ilusión
convocar ciertas palabras
con su invisibilidad hacia el azur.
Un vino sobre la mesa, servido
para nadie, convoca los espíritus.
La fragua de la rama en flor,
su memoria de cantos de pájaros,
la imagen del vino ofrendado
sumados al más secreto talismán
de tus posesiones, hará que las
palabras se asomen a curiosear.
Lo demás es cuestión de orden,
belleza y salutación de dioses.
Como lo que no existe,
el poema se posará
en el vado del silencio
solo un brevísimo instante:
Criatura de alas transparentes.
Preciosidad que huye de las jaulas.
Tempus

81

Ilusión de frágil destello
que tiembla en el aire
justo al momento
de su invisible vuelo.
Adriano,
te queda ahora media vida
para llevarlo a las palabras.

82

Hernán Vargascarreño

Súplica
No te ocultes en tu propia oscuridad
abdicando a tus mórbidos deseos:
a cada palabra la atormenta su íntimo badajo.
No me destierres de tus fortalezas
porque es menester un vigía en tus almenas:
toda batalla precisa su víctima falseada en héroe.
No te desnudes si no te atreves a fulgir
en las turbias aguas del lenguaje:
solo el lento oficio de la poesía
transparenta las palabras.
No me ignores para cuando hayas vencido
a la torpe esfinge de tu propia sombra:
la mucha luz también es oscuridad.
Que no nos nieguen, Oh Divinos,
el escozor de la palabra,
el fardo del pasado a reventar de fantasmas,
la verdad que todos llaman pura
pero arrastra su mácula invisible,
y esta última-aparente-mortecina luz
que pendiendo nos mantiene
ensartados al garfio de la Vida.
Tempus

83

Oficio
Oh dioses de la Miseria
y hacedores del olvido,
ahora que de toda Dicha
me habéis despojado,
acepto mi condena
y os entrego mi pena:
 
Este cadáver vivo,
vuestras alas ya desnudas,
la mínima luz del viento.
 
Y del tallar
instante tras instante
este vivir sin ser vivido:
 
Las horrorosas esquirlas
que va acumulando el tiempo
ante mi vano oficio
con los escultores del olvido.
 

Tempus

85

Rapsodia
Antínoo, iluminarías
el corazón de la noche
si a mi casa pudieras tornar
y sobre mi pecho dormitaras.
 
Al instante de mirarnos a los ojos
el amor mediaría sus temores:
dos gamos temblorosos que se huelen
una vez lejos el peligro de la muerte.
 
En lo más íntimo de nuestro dolor
los deseos urdirían sus almizcles secretos
así como el árbol se extasía ante la belleza
del animal que se lame bajo su sombra.
 
Si venciera mis miedos
y me sumergiese en tus aguas
habitaríamos de nuevo la Dicha,
portaríamos su luz,
esta casa sería el Universo
y no la calma que abate
con su lentitud de finísimos venablos;
esta tarde sería la Presencia,
no la oración ni la rapsodia que te anhela.
 
Tempus

87

Si venciera mis miedos…
Pero mira, encantador de días y de noches,
hasta dónde me ha doblegado el tiempo
sin atreverme a cruzar
el umbral que nos separa.
Si venciera…
 

88

Hernán Vargascarreño

Parajes
He vuelto a ese paraje del río
donde estuvimos leyendo
y amando cuanto nos rodeaba.
He tocado las enormes piedras
y la belleza de su silencio.
Otras hojas se pudren ahora
pero los árboles son los mismos.
Otro es el día bajo el mismo peso de los dioses
evocando los recuerdos de una tarde de julio
al respirar la tentación de los heliotropos
y caer con la languidez de las lianas.
Entre mis manos escucho el diálogo
del agua que huye llena de misterios.
Miro cómo la luz y sus sombras
acarician el espectro de tu voz lejana.
Oigo el idioma del paisaje
en cada latido que me asalta.
Avanzo
me abandono
muero
en la densa lentitud del río
que bulle y fluye en la memoria
con la misma agonía
que nos apaga el Tiempo.

Tempus

89

 

Forasteros
La noche universal desata sus cúpulas,
sus voces, sus criaturas;
postrimerías de algún recuerdo ya vejado
por el suave deslizarse de los siglos.
Si detrás el tiempo levanta su memoria
es solo para bien reconocernos
con sus ojos despoblados.
 
En tanto, forasteros,
preparamos de nuevo el equipaje,
apuntamos a un paisaje a las distancias
y emprendemos el largo viaje a otros brazos,
a nuevas soledades:
los mismos corazones abrasados.
 
Y amamos,
tan obstinado es el aliento de la vida
que volvemos a caer en sus delicias.
No importa que otras bestias, navíos o carruajes
-cantos de pájaros que nos van abandonandonos conduzcan a nuevas oquedades. No lo son.
Nos engañamos.
 
Y permanecemos solos.
Forasteros de nuestra propia sombra
Tempus

91

perseguimos dichas imposibles
ignorantes de que esa pócima de amargo
que delira viajera en nuestra sangre,
jamás traspasará frontera alguna
ni rozará lejanos astros
más allá del mínimo universo de su cuerpo.

92

Hernán Vargascarreño

Pátina
He llegado a los sesenta y dos años;
los más, los he pasado en cualquier región
de mi vasto Imperio de ochenta millones de almas;
los menos, aquí en mi lujoso lecho
abrasado por la enfermedad y el dolor de la Belleza.
Guerras tuve que ofrecer contra mi voluntad.
Pacificaciones y Tratados de Paz,
muchos para mi gusto.
Templos, bibliotecas y mercados,
acueductos, academias y suntuosas ciudades
he ordenado erigir para mis súbditos,
para que la incertidumbre de morar la vida
palie en algo la certeza de vivir la muerte.
Por mis muchas obras, esfuerzos y justezas,
me llaman Príncipe de la Paz,
Emperador de los Espíritus,
Umbría de la Dicha.
De Antínoo, todos conocen y veneran su coraje
al haber ofrendado su vida para prolongar la mía.
Y aunque mi pueblo me ama en extremo,
sé que algunos –por tal juventud vertida en mi honor–
me envidiarán y ferozmente me odiarán en secreto
aún después de mi muerte.
Qué importa todo, Antínoo,

Tempus

93

ahora que el tiempo sueña olvidando
su tenebrosa pátina sobre el espejo de mi vida.
Qué importa nada, carísimo lector,
cuando se ha morado en el Amor
y el Destino al igual te ofrenda, íntimamente,
tu máxima gloria…y tu postrera derrota,
dentro adentro de tu alma.
 

94

Hernán Vargascarreño

Tempus
El Tiempo ha logrado doblegar
este cuerpo enfermo y envejecido.
Batalló siempre mi alma entre
los más exquisitos placeres;
gloriosas esencias me prodigó el amor,
encuentros con la más absoluta Belleza.
Y muy a menudo se debatió mi espíritu
con el suicidio, ese vino
con que siempre me sedujo la Poesía.
Por alcanzar la belleza pude resistirlo todo
–con mínimas fuerzas y copiosas lágrimas–
todo pude resistirlo, menos el horror
que siempre tuve de mí mismo.
Ahora que la muerte
me ofrece sus livianas vestiduras,
me incomoda más este otro que me habita:
el mismo que duda al entregar su espíritu
por horror ante la más absoluta soledad.
 

Tempus

95

Último fuego
El último fuego de la noche
se está extinguiendo:
es la muerte que llega.
 
Acógela, poeta,
así como hiciste tuyas
las miradas y la voz
que por momentos te hicieron feliz,
o los cuerpos en que te deleitaste
en la Belleza.
Llévate el implacable recuerdo,
el sabor del beso que diste sagradamente,
el dolor de los que no pudiste recibir
y solo en sueños se te revelaron.
 
Levanta el alma y entra glorioso
al reino donde acaba toda lucha,
allí donde el rostro amado
será tu eterna memoria.
Goza íntegro ese precioso instante
justo antes de entregar tu espíritu a los dioses.
Nada te despertará.
Nunca más.
 

Tempus

97

Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y
compañera de mi cuerpo, descenderás a esos
parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde
habrás de renunciar a los juegos de antaño.
Todavía un instante miremos juntos las
riberas familiares, los objetos que sin duda
no volveremos a ver… Tratemos de entrar en
la muerte con los ojos abiertos…
 
Marguerite Yourcenar
 

Contenido
LA DICHA
Elementalidad
9
Sirio 11
Defensa de Narciso
13
Junto a los lotos
15
En torno a Horacio
17
Honda 21
Soledades 23
El instante
25
Guerreros 27
Homérica 31
Lección de historia
35
En torno a la levedad
37
Destino 39
Dos cuerpos
41
EL ORÁCULO
Presagios 45
Oráculo 47
EL SACRIFICIO
Sol negro
51
Cadáver 53
Desolación 55
Tempus

101

Presencia 57
Guerrero 59
EL DOLOR
Camino 63
Poesía 65
Paisaje 67
Mármol 69
Bendición 71
Amantes 73
Estancia 75
Oración a un dios desconocido
77
Reino 79
Para escribir un poema
81
Súplica 83
Oficio
85
Rapsodia 87
Parajes 89
Forasteros 91
Pátina 93
Tempus 95
Último fuego
97

102

Hernán Vargascarreño

Difícil hablar con las sombras, de
Clemencia Tariffa
¿Quién mora en estas oscuridades?,
bilingüe, de Emily Dickinson
Antología Músicas lejanas, de
Ela Cuavas, en revista Exilio # 22
Antología El odiado, de Harold
Alvarado Tenorio, en Revista Exilio #21
Relación del perdido, de
Roberto Núñez Pérez
Mientras el tiempo sea nuestro,
antología de Winston Morales
Chavarro, Nelson Romero Guzmán,
Lilia Gutiérrez Riveros, Andrés BergerKiss y Hernán Vargascarreño
Almenas del tiempo, bilingüe, de
Edgar Lee Masters
Las formas del silencio, de
Mauricio Cappelli
De carne y sueños, de Fernando Núñez

Es este breve libro una aproximación a la ética y
estética de uno de los grandes hombres de la
humanidad, el Emperador Adriano, quien vivió entre
los años 76 y 138, y de quien la historia nos dice que
adelantó una reforma del Imperio Romano
favoreciendo la industria, las artes y las letras.
Legendario se ha hecho su encuentro con el joven
griego Antínoo, quien se convirtió en su favorito, y
quien, según la leyenda, sacrificó su vida para que los
dioses alargaran la de su Emperador.
Tempus constituye también un homenaje a la novela
Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar,
lectura de la que parte el autor de este poemario en el
que el diálogo pausado se va dando a tres voces:
Adriano, Antínoo y el poeta, diálogo íntimo y sereno
pleno de reflexiones en torno al tiempo, el amor y la
muerte.

Hernán Vargascarreño

Otros títulos de Ediciones Exilio

TEMPUS
–Poesía–

Fotografía: Eugenia Sánchez Nieto

Hernán Vargascarreño

Jader Rivera Monje

En el lenguaje de las burbujas, de
Gustavo Arrieta
Piedra a piedra, de
Hernán Vargascarreño

Hernán Vargascarreño

(Zapatoca, Colombia, 1960). Poeta,
traductor y editor. Docente de literatura egresado de la Universidad
Industrial de Santander. Autor de
los libros: País íntimo, Piedra a
piedra, Almenas del tiempo (Edición
bilingüe de Edgar Lee Masters),
¿Quién mora en estas oscuridades? (Edición bilingüe de Emily
Dickinson) y la antología El viaje,
publicada por la UIS. Dirige el sello
editorial y la revista de poesía Exilio.

Antesala, de Ruth Moreno
Lianas, de Monique Facuseh
Paisaje con relámpago, de
Jader Rivera Monje
Pasión articulada, de Teobaldo Noriega
Cuartel, de Clemencia Tariffa
Del color de la errancia, de
Nora Carbonell

EdicionesExilio

TEMPUS

ISBN 978-958-58388-1-9

Ediciones Exilio
Bogotá – Zapatoca – Santa Marta
9 789585 838819

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