BUENOS VIENTOS QUE ENCAMINAN

Para este nuevo año, mis deseos de que al llegar a
casa, todos dejemos la chaqueta, vivamos en
camiseta, en mangas de camisa, dentro del hogar.
Detengámonos a conversar con la hermana,
ayudemos a preparar una sopa a mamá, una pasta de
ansias a la tía. Atendamos a la abuela con un pedacito
de té, con un suspiro de cremas. Salgamos afuera. La
lluvia es preciosa, canta el agua que desciende. Huele
a nuevos días. Huele a ultramar, huele a diademas
transitorios. Las veredas caminan sobre nuestros
pasos. Toce, es natural. Pon el adagio de Mozart. Sé
más florero con tu novia, no sólo de instintos ama el
hombre. Los abrazos multiplicados llenan de dicha a
quien los da y los abrazos que no se dan llenan de
ternura al ser cohibido. Pero, en suma, un día de
estos uno aprende instintivamente a querer, a
acariciar como un animal que se duerme en el sofá,
de tanta ternura. El hombre, sus actos, sus andanzas,
regresionan. Qué lindo es darse una oportunidad,
qué extenso es perdonarse amando aunque sea muy
tarde. Controla esa lujuria, que es dañina para perder
ángeles que te guardan del peligro. Besa una vez más.
Canta, sé educado con la dependiente a la que
preguntas su nombre y te responde: “no tengo
nombre”. Es así. Acepta que hay una mujer en tu vida
que te cuida, cerca o lejos, pero está al teléfono en
los momentos más cruciales, y te viste de milagros.
Reflexiona, que nunca es el último día para pensar en
los demás. Aquí en casa hace calor, un calor familiar,
una energía que te viste. Aprecia los paseos. Tu
ajuste de cuentas con el pasado te aliviana los
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sentidos, te vuelve volátil; ahí que los ángeles
existen. Tú eres más que una esfera, pero sin
embargo podrías ser menos que un átomo en tus
uñas. Ve que en lo mágico de las caminatas,
aprisionas un latente estado de la tierra que te
procrea, que te da energía, que te rodea, que te ve,
que te eterniza. No busques a la persona amada en
vano; ama a todas las personas que recuerdas que
una vez te hubieron buscado y no las atendiste. Cree
en los milagros, que con tu pensamiento, sabes, los
realizas. Reflexiona un poco más. Ama a los tuyos y
abraza más a los ajenos. Sal, corre, escribe, viaja,
recita el dictamen de la furia, pero consérvate
perdonado, reconciliado con los fantasmas que
lloran. Volveré como un planeta derritiéndose hasta
esa noche en que te detuviste a meditar los caminos.
Volver es lo familiar. Llover es la consigna. Pianos
abandonados en la esquina. Y el floripondio que
aparece. Ve pasar a una sombra, cree en que se
detuvo a decirte lo correcto que estabas haciendo. La
vida se toca, se palpa, se besa, se abraza, se oculta en
las nimias diferencias que todo lo perdonan. Nunca
digas que no puedes o que ya te dejaron. Nadie deja
a nadie. Ahí está el punto. Nadie, mira, padece de una
conmoción esa noche que llamas noche de los dones.
Los solos viajan en bandadas efervescentes hasta
perpetuarse en el viaje que siempre parte de una
triste despedida. Los días permanecen. La dicha es el
gozo perpetuo. Piensa en eso desde que naciste.
Piensa en todos los que te dañaron, pero imagínalos
perdonados, puros como tu incólume perdón que los
diviniza. No estés en el odio, permanece en la virtud
de la fantasía. Estás vivo. Estás hermoso, como
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alguien que llega a la meta y sucumbe al Nirvana.
Estás ahí, siendo la perfección del vuelo
amaneciendo entre nosotros.
1 de Enero de 2015; 2; 40 p.m.
Jack Farfán Cedrón

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