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DILOGO ENTRE GANMEDES Y ZEUS

KOILARDIKOS
- Juntos y al egosta abandono
de nuestra soledad, distantes braman las ovejas al vaco,
en silencio cargo de estas copas
el peso de vuestra incomprensin.
Si en la tiniebla se ha vertido el vino otra vez,
cuntas veces debo corazn preguntar
quin ser mi compaero de juegos?
- Mejor srveme otra copa de vino joven efebo,
que esta noche de caricias veremos Los Andes nuevamente amanecer.
- Macabra parceme su sonrisa,
tanto ms cuando torna contrario mi parecer.
Y es que guardo tantas pualadas en mis riones
de esas grandes manos doble filo.
Oh, son tan libres de tensiones
vuestros elctricos carios!
- Mi hermoso Ganimedes,
a tanta aventura pedregosa nos hemos embarcado,
por estrechos recovecos de nubes y diluvios,
que de las fauces del lobo, los zarpazos del orgulloso guila y
las embestidas del toro, brota un violento aire libertador.
- Y yo? Yo que ingenuamente
me desangro
siento en sus caprichos hondo placer?
Deseo abrir las puertas de este encierro!
pero usted
cuya potencia no tiene lmites
hasta cundo podr someter mi natural anarqua?
Pues prefiero nuestros pechos salados en sangre,
que en mieles mancillar mis negras alas.
Seguir dilatando la verdad
y oprimiendo de m
condenndome a este cuarto oscuro
entre cuatro candados dorados?
Soy un nio Zeus!
tan slo deseo ser

lo que no he sido!
Y brotaron de los ojos de Ganimedes las lgrimas como brotan las flores de la tierra -cidas, como el
viento. Entonces el dios manifest:
- Hondo nos hemos calado en este idilio impulsivo,
tal vez no slo eres t acongojado, pero eres el mozo de mis invitados
el copero en noches de vino. Y habendo nuevos deseos
como demonios que luchan para librarse de mi interior,
tan slo has de tomar lo que brota junto a nuestras garras
O es que temes al violcio averno?
- Perdn? Es que os debo agradeced
que confiis en m
vuestros hondos pensamientos?
Oh, Santa Visceralidad!,
entended, amado, que todos
vuestros truenos son acres.
Lejos de toda repulsin
jams este amor podr vivir!
- Ni morir!
- Por qu rayos quererte?!
Sin embargo, cuando a m
vienen vuestras bocas
y transformaciones,
estremecidos despojamos
de nuestra ropa y plumas,
evocando los flujos
de este alocado amor,
es ah, en estado salvaje,
donde encuentro lo poco que queda de m:
una carcomida piel y un negro silencio
que se vuelve eterno hacia mis adentros...