1

INÉS VÁZQUEZ
(OURENSE, 1972)

LICENCIADA EN CIENCIAS DE
LA INFORMACIÓN (RAMA DE
COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL)
Y MAGÍSTER EN RELACIONES
INTERNACIONALES; TAMBIÉN
HA ESTUDIADO GESTIÓN
CULTURAL Y DIRECCIÓN DE
ENTIDADES ARTÍSTICAS Y
CULTURALES.
FUNDADORA Y ACTUAL
PRESIDENTA DE LA INICIATIVA
CULTURAL LAREIRA POP,
PROYECTO CULTURAL
INDEPENDIENTE ENFOCADO
A LA GESTIÓN Y CREACIÓN DE
ACTIVIDADES ARTÍSTICAS.
LOS RELATOS COMPILADOS
EN ESTE PRIMER LIBRO,
“UNOS CUANTOS”, HAN SIDO
GALARDONADOS EN DIVERSOS
CERTÁMENES LITERARIOS.
ACTUALMENTE, TRABAJA
COMO DIRECTORA DEL
DEPARTAMENTO DE EDUCACIÓN
DE UNA FUNDACIÓN DEL
TERCER SECTOR.

“UNOS CUANTOS”, DE INÉS VÁZQUEZ.
© INÉS VÁZQUEZ
© DEL PRÓLOGO, SU RESPECTIVA AUTORA
PRIMERA EDICIÓN: LAREIRA POP
ISSN DE LA PRIMERA EDICIÓN: 978 84 616 1580 3
SEGUNDA EDICIÓN DIGITAL: EDITORIAL GROENLANDIA
PRÓLOGO: CARMEN CAMBRES
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.
EDITADO DIGITALMENTE POR GROENLANDIA
CON PERMISO DE SU AUTORA.
EDITORIAL GROENLANDIA
PROYECTO CULTURAL SIN ÁNIMO DE LUCRO ESPECIALIZADO
EN PUBLICACIONES DIGITALES
DIRECTORA: ANA PATRICIA MOYA
CORRECCIÓN: CARMEN CAMBRES \ ANA PATRICIA MOYA
MAQUETACIÓN: ANA PATRICIA MOYA
DISEÑO: ALFONSO VILA FRANCÉS (PORTADA Y CONTRAPORTADA,
FOTOGRAFÍAS DE INTERIOR) \ ANA PATRICIA MOYA

DEPÓSITO LEGAL: CO 1401-2014
CÓRDOBA \ OURENSE, 2014

“Camino de Guanajuato
que pasas por tanto pueblo,
no pases por Salamanca
que ahí me hiere el recuerdo,
vete rodeando veredas
no pases porque me muero”.
(Camino de Guanajuato,
José Alfredo Jiménez)

El lector está a punto de emprender
un mágico y emotivo recorrido
entre temas tales como: el deseo, la
infancia, la emigración, el amor, la
nostalgia, la libertad, los sueños…
Una selección de relatos dónde se
mezcla, en perfecta medida, un
intenso realismo con la fantasía.
4

Narraciones donde lo irreal se torna
real.
La presencia de lo sensorial
como parte de la percepción de la
realidad; personajes que asumen lo
mágico / fantástico como parte de
la “normalidad”; todo ello connota
a la obra de las características del
5

denominado “realismo mágico”,
aportando, con ello, ecos al lector
de las obras de García Márquez.
Un libro lleno de sueños, viajes,
emoción, ternura, con algún toque
trágico que la autora hábilmente
sabe desdramatizar captando, dónde
aparentemente es imposible, la
sensibilidad y emotividad.
Mercedes Sosa, José Alfredo Jiménez,
el amor y gratitud de la autora
hacia sus seres queridos, Charles
Baudelaire, Jack Kerouak, Luís
Cernuda, Rita Pavone o el “Camino
de Soria” de Gabinete Galigari, se
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personifican actuando como si de
Cicerones se trataran, mostrándonos
la antesala de cada relato a modo de
onírica presentación.
Inés Vázquez profundiza en la
realidad a través de lo mágico que
hay en ella, no limitándose al mero
juego verbal de lo maravilloso, y de
esta manera, consigue transformar
hechos, en apariencia fantásticos,
en acontecimientos cotidianos y que
envuelven al lector en una dulce
sensación de proximidad.
En “Unos Cuántos” encontraremos
distorsión y ruptura de los planos
7

temporales, juegos con la relatividad
del tiempo (o su no existencia) y la
mágica perpetuidad de su esencia,
Juegos reales….
La autora consigue así una pieza
armoniosa, una danza sin tiempos(o
con todos ellos), protagonizada por
singulares y entrañables personajes
que no dejaran indiferente al lector:
personajes con alma y vida propia,
intensos, evocadores e inolvidables.
8

Tener algo que contar y contarlo con
sensibilidad es la propuesta a la que
Inés Vázquez nos invita en “Unos
Cuantos”.
Carmen Cambres
(Septiembre del 2014).
9

A MI TÍO-ABUELO, JULIO V. GIMENO,
“LOOR A LOS QUE VAN CAMINO DEL OLIMPO”.
EN AGRADECIMIENTO A MI MAESTRO DAISAKU IKEDA,
“SÓLIDO ES EL CASTILLO DE MI CORAZÓN”.
PARA TI, TÚ YA SABES PORQUÉ.

UNOS CUANTOS
I NÉS V ÁZQUEZ

I
DOS HORAS
Y MEDIA

“MERECER LA VIDA ES ERGUIRSE VERTICAL
MÁS ALLÁ DEL MAL, DE LAS CAÍDAS...
¡ES IGUAL QUE DARLE A LA VERDAD
Y A NUESTRA PROPIA LIBERTAD
LA BIENVENIDA!”
(“HONRAR LA VIDA”, MERCEDES SOSA)

EL SOL APENAS ASOMA POR
detrás de la loma y ya se sienten
los primeros calores que un día
más sumirán a la aldea en un sopor
de lagartos ociosos y alacranes al
acecho.
Ramonita se calza sus sandalias de
cuero trenzado y, muy despacio,
avanza entre los colchones de paja
que cubren el suelo. Sale al patio y
saluda a las tres gallinas que aún
tienen ganas de corretear entre los
hierbajos a pesar de la amenaza
de un sol incendiario.
21

De un cubo de zinc tapado por una
madera, Ramonita extrae medio litro
de agua con la ayuda de su jarrita
de porcelana. Con un dedo, aparta
delicadamente los posos verde musgo
que se le empiezan a acumular en
la superficie. “Eso no es nada”,
piensa.
A la vuelta de la casa, detrás de
un muro de ladrillo y cal, hay un
cuadrito de tierra y unas piedras
donde Ramonita deja sus sandalias
de cuero trenzado mientras se asea.
Colgado de un clavo, un trozo de
espejo le devuelve la imagen de su
pelo, casi azul de puro negro.
22

Se ata rápido su coleta de crin
azabache con un lazo rojo; de un salto,
vuelve a subirse en sus sandalias; de
otro salto, ya está en la improvisada
cocina.
Sus hermanos vagabundean por la
diminuta casa, aún adormilados.
El más pequeño amaneció con un
cachete hinchado y Ramonita no
sabe si fue un mosquito taimado o
un diente que nace.
- Agarra esta cucharita de metal y
apriétala contra tu cara, el frío te
hará bien.

Se ata rápido su coleta de crin
azabache con un lazo rojo; de un salto,
vuelve a subirse en sus sandalias; de
otro salto, ya está en la improvisada
cocina.
Sus hermanos vagabundean por la
diminuta casa, aún adormilados.
El más pequeño amaneció con un
cachete hinchado y Ramonita no
sabe si fue un mosquito taimado o
un diente que nace.
Agarra esta cucharita de metal y
apriétala contra tu cara, el frío te
hará bien.

25

De una botella de vidrio, vierte
agua en un cacito, con cuidado
de no perder el pulso y echarla a
perder. Sobre el comal (1) , el agua
hierve. Poco a poco, el maíz se va
ablandando, transformándose en
un líquido denso, esponjoso y suave
como una nube. Hoy desayunarán
atole (2) y unos tamales de puerco que
tiene guardados desde el domingo.
Mientras los niños dan sorbitos a su
atole hirviendo, Ramonita aprovecha
para hacer sus tareas. Lleva un poco
de retraso.
El maestro le permite entregar sus
26

trabajos más tarde porque sabe que
lo primero es lo primero.
Pero no se vaya usted a tomar
muchas confianzas, que yo no la
puedo estar esperando eternamente.
− No tenga cuidado, maestro, que yo
le cumplo, nomás déme un diíta y ya
verá que le presento las tareas rebién
hechitas.

A Don Nicanor se le rebela la
sangre por dentro cuando ve llegar
a Ramonita, a las doce del día, con
su cola de crin azabache ya medio
deshecha, y sus cachetes ardiendo a
fuego vivo.
27

Anduve en el cañizal, maestro…
ya no se enoje, que hoy sí le traje la
tarea.

Don Nicanor no dice nada. Por un
lado, no entiende a esa niña tozuda
que anda siempre a la carrera y que
más de una vez se le ha dormido en
la clase. Más le valdría quedarse en
su casa, con su recua de hermanos, y
evitarle el espectáculo de ver aparecer
a su papá, cinto en mano, buscándola
como loco. Por otro, admira su tesón,
su ilusión por aprender, su brava
naturaleza inasequible al desaliento
y al panorama desértico de su vida
inmediata. En verdad tiene algo.
28

El resto de alumnos de su clase son,
en su mayoría, varones. Las niñas
aparecen tarde y mal. A los once
años, se retiran definitivamente, y
uno ya sólo las encuentra vendiendo
mangos en el mercado o amasando
tortillas, en el mejor de los casos.
Una mañana, Don Nicanor se
ausentó de la escuela para visitar a
un dentista, y allá, en la otra punta
del pueblo, se topó con Ramonita,
anunciando sus “aguas frescas de a
peso”, a voz en grito, y con cuatro
chamacos agarrados a la falda.
29

− ¡Válgame Ramonita! ¡Que la hacía
yo muerta o casada con millonario,
tanto tiempo que hace que no va por
la escuela!
− Ay, señor maestro, ya no me haga
más chistes y vaya a hablarle a mi
papá. Mire que me prohibió los
estudios y hasta me quemó la libreta
de las matemáticas…
Don Nicanor no acostumbraba a
meterse en asuntos domésticos. La
pobreza es un cabeza de familia con
mucho poder y con más argumentos,
pero, esta vez, los ojos de Ramonita
pedían a gritos un clavo ardiendo al
que engancharse.
30

Y allá que fue Don Nicanor, cruzando
el cañaveral y los maizales, sombrero
en mano, con su camisa remendada
y sus razones.
El padre de Ramonita lo recibió
tranquilo. Le agradeció el paseo y
lo invitó a sentarse. Don Nicanor
se sentía ridículo. Él, que tenía
un puesto de aguas de coco y maní
con el que andaba completándose el
miserable sueldo de maestro delante
de los cines, él, que llevaba una
camisa casi transparente de puro
gastada, que había estudiado en
la Escuela Normal de Magisterio y
que, sin embargo, se atiborraba de
31

tortillas para matar al hambre; él
mismo, el maestro Nicanor, iba con
todo su ejemplo, la venderle las
bondades del estudio a un hombre
viudo con cinco hijos.
Después de un parlamento elemental
de saludos y cumplimientos, el papá
de Ramonita se puso en pie, y le
espetó:
− Sígame, señor maestro.
Don Nicanor se adentró
diminuta casa, apenas un
con un ventanuco estrecho
colchones de paja donde
32

en la
cuarto
y unos
dormía

la familia al completo; un patio al
fondo, con su murito de ladrillo y
cal, una piedra plana con utensilios
de cocina y una banca de madera por
todo mobiliario.
Entre dos limoneros pende una
cuerda donde Ramonita está colgando
alguna ropa que lavó.
De vez en cuando, echa un ojo a su libro
de texto, abierto por una lectu ra que
lee y relee incansablemente: “Otros
personajes ilustres que sobrepasaron
inmensas dificultades”.
Hombre de pocas palabras, el padre
33

de Ramonita se limitó a decir:
− Con una condición: irá cuando
acabe sus obligaciones y regresará
cuando la necesite.
− De acuerdo, con otra condición:
irá todos los días y entre lo uno y lo
otro habrán de pasar al menos tres
horas.
− Dos.
− Dos y media. Y no le pegará…
A Don Nicanor está última frase le
salió sin querer. Según las palabras
abandonaron su boca, ya se estaba
arrepintiendo de meterse donde no
lo llamaban, temeroso de recibir un
34

puñetazo o ser expulsado a patadas.
Pero el papá de Ramonita se limitó a
justificarse:
− Es muy tozuda esta chamaca.
− Y muy capaz. Déjele al menos esa
ventanita por donde respirar.
Ramonita observó la escena, atónita.
Don Nicanor ya se marchaba, pero
llegando a la puerta se despidió en
voz bien alta.
− Hasta mañana, Ramonita.
− Hasta mañana, señor maestro.
35

Desde ese momento, a las lecciones
de Ramonita antecedía cada día
un rosario de preguntas que
tranquilizaban la conciencia del
maestro y lo hacían sentirse a salvo
de todo reproche.
Párese, Ramonita, hágame el
favor, comparta con sus compañeros
qué hizo hoy en la mañana antes de
aparecerse por la escuela. ¿Ya dio de
comer a las gallinas?

Ramonita enhebra una ristra
interminable de tareas completadas,
narradas con la naturalidad de quien
se sabe firmante de un compromiso,
36

de un contrato serio que no queda
otra que cumplir.
− Bueno, ya estuvo… ¿Y aún le
quedaron ganas de leer a Juan
Rulfo?
− Claro, señor maestro.
− Pues déle, alto y claro, Ramonita.
Y Ramona se levanta airosa de
su asiento, y con su cola de crin
azabache bailándole sobre la
dolorida espalda, se sitúa frente a sus
compañeritos, todos varones. Con el
rabillo del ojo observa el esmirriado
reloj de pared y calcula el tiempo,
dos horas y media; sólo entonces,
37

con voz grave y profunda, y el rostro
muy serio, da comienzo a la lectura:
− “Vine a Comala porque me dijeron
que acá vivía mi padre, un tal Pedro
Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo
le prometí que vendría a verlo en
cuanto ella muriera. Le apreté sus
manos en señal de que lo haría,
pues ella estaba por morirse y yo,
en un plan de prometerlo todo…”
38

II
NOGALES

“TÚ SABES QUE YO SOY PAREJO,
YA TE LO DIJE UNA VEZ,
SI YO NO TE CAUSO PENAS,
NO QUIERO QUE ME LAS DES.”
(“ALMA DE ACERO”, JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ)

− ¿Y DICE USTED QUE QUIERE
emociones? Pues véngase conmigo,
que le voy a poner delante un
nudo en la garganta de esos que
le enfrían a uno la entrepierna,
usted ya me entiende… Una de
esas cosas que por mucho que uno
tenga mundo y haya estado aquí y
allá, se le agarra por dentro como
una mala hierba, se le prende el
alma, y ahí sí, ya está usted jodido
de por vida, compañero. ¿Aún
quiere verlo?
47

La boca desdentada de Simón, el
enterrador de Nogales, masticaba las
palabras y las tragaba acompañadas
de dos sorbos de mezcal (3) . Sus ojos
se hacían cada vez más pequeños,
hasta quedar reducidos a dos ranuras
de centavito de plata, brillantes y
falsas.
− Sáquese nomás la espina, y véngase
conmigo, güero (4) . Apenas y si le voy
a cobrar, si acaso, el traguito de
después, y será más por acompañarlo
a usted que por propio vicio, figúrese
lo que le tengo.
Los gruesos dedos se aferraban al
48

mostrador metálico de la cantina,
mientras su cuerpo se balanceaba
hacia delante y hacia atrás, como el
de un muñeco sin centro de gravedad.
Efectuaba el movimiento de forma
intermitente, cual ejercicio de ballet,
para dejarse caer finalmente con el
torso sobre la barra, extendiendo
sus peludos brazos hasta invadir los
territorios vecinos.
− Pinches güeros, son bien codos, y eso
que están forraditos de billetes...
El sombrero de cañizo aterrizó con
sus alas sobre la mugrienta barra,
anegada de pequeños charcos de
49

tequila y cerveza. Los surcos de la
acartonada cara absorbieron rápido
toda humedad mientras su raída
camisa acusó una nueva mancha, un
lamparón deforme e irregular que se
extendía veloz por su pecho.
− Chingada madre, me regué la
camisa, y ya ven, para nada. Total,
ya no hay hombres...
Simón enderezó su retorcida anatomía
y allá fue a sentarse a un rincón,
botella vacía en mano. Primero,
escudriñó el fondo del vidrio,
encajando uno de sus achinados ojos
en el cuello de la botella.
50

Después, comprobando la absoluta
ausencia de posibilidad alguna de
seguir bebiendo, se cerró en banda,
cruzando brazos y piernas, para
apoyar finalmente su cabeza y el
humedecido sombrero contra el
renegrido muro del tugurio.
− Aquí estoy si me buscan. Y si
me buscan, me encuentran… Sentenció.
Durante algo más de una hora,
los ronquidos guturales de Simón
ambientaron el local. Se percibían
de fondo, como una marea algo
brava y persistente, pero alejada y
51

desprovista de peligro.
Los güeros siguieron bebiendo.
Sus maneras, complacientes y algo
imberbes, al igual que sus caras,
se fueron calentando al ritmo que
se vaciaban las botellas. Bolitas
verdes de billete rodaban por la
barra, mientras Soledad se apuraba
a pescarlas con sus largos dedos de
cantinera avezada y discreta: toda
ojos, cero lengua.
La cantina se fue vaciando. En
las mesas del rincón, sólo los
incondicionales del “Amanecer
polveado”, como habían bautizado
52

a aquellos despertares siniestros,
medio desnudos en la cuneta,
rebozados de vómitos y orina, y con
la incertidumbre del honor maltrecho
y la certeza de la bolsa vacía.
Los güeros sabían de esas costumbres
y procuraban cruzar al otro lado
de Nogales en tiempo y modo, no
sin antes culminar la juerga en un
cuartucho de carretera, a escasos
metros de la frontera, donde tres
madres de familia completaban el
salario familiar con servicios a la
carta.
− Only ten dollars, güero, por ser tú,
53

pa’que te regreses a los States bien
contento.
De tanto en tanto, Simón abría un
ojo y sopesaba el punto en el que se
encontraba la noche. Él no entraba
en el paquete; él andaba guardando
muertos y eso le daba derecho a un
extra de desfogue y a un plus de
respeto.
− ¿No ven que ya no quedan hombres?
Nadie tira a Simón a la cuneta, nadie
que quiera bien a los suyos y desee
verlos bien tapaditos, con su tierra
de mantillo todita rastrillada y
extendida y sus f lores bien padres.
54

Y se me termina la noche, y estos
pinches güeros sin interés por el
negocio.
Simón se incorporó con dificultad,
encajándose el sombrero en su
grasienta cabeza.
− Ay, Soledad, ya no seas malita y
dame tantito trago que me duelen los
huesos de andar escondiendo lo que
nadie quiere ver.
Los peludos brazos sobre las caderas
lo hacían ver expectante y algo
provocador. Soledad pidió permiso al
patrón con los ojos antes de servirle
55

más veneno. El patrón accedió, y
señaló al par de güeros con la mitad
del meñique que le quedaba.
− Y a esos también. A ver si se
marchan pronto o me dan el gusto de
empolvarlos de una chingada vez.
Los güeros agradecieron el trago
extra. El más viejo levantó el vaso
para hacer un brindis, pero perdió
el equilibrio, y fue a empotrarse de
bruces contra un viejo barril.
− ¡Viva la Revolución! - Farfulló
entre dientes, y estalló en carcajadas
y toses profundas.
56

Cuando recuperó su lugar en la
barra, miró directamente a los ojos
chinos de Simón.
− Hoy no bien para amor, ¿qué eso
que dices qué tienes? - Con el puño
cerrado, golpeó con fuerza su pecho y
el de su amigo. - En pasado, nosotros
marines. - Y estalló nuevamente en
sonoras risas - Quiero ver lo que tú
tienes.
− Hecho, amigo. - Y Simón se llevó
la mano al sombrero, en señal de
aprobación.
Soledad miró al patrón con ojos de
57

preocupación, pero el patrón se
encogió de hombros, y se limitó a
secar la barra con un trozo de mandil
de cuadros.
− Pendejadas de borrachos. - Masculló.
Simón les abrió la puerta. Afuera, la
noche era negra y espesa como caldo
de fríjol. Algunos perros callejeros
deambulaban por los caminos,
ladrando al aire, espantándose de su
propio eco y de su propia sombra.
− Pinches canes. Nomás tragan.
Donde esté el caballo… Eso sí es un
animal decente y no estas piojeces.58

Y amagó una patada al aire. - Me
caminan derechito, ¿sí? No se me
anden cruzando, que ahora se viene
lo bueno.
− ¿Dónde vamos? - El güero más joven
fumaba un cigarro de marihuana,
largo y mal liado, una especie de
espárrago deforme.
− Pues sí que tienen ustedes vicios,
no manches… - Y torció el gesto,
casi halagado. - Y después, uno es la
basura, la escoria tercermundista…
Pero así es el negocio, chingada
madre, el mundo al revés.
− Mi amigo pregunta dónde vamos.
- La mano rubicunda del güero se
posó firme en el hombro de Simón,
59

deteniendo
instantes.

su

paso

por

unos

− Sáqueme la garra, amigo. - Los
centavitos de plata refulgieron en
la cara de Simón. - ¿No querían
emociones? Ya mero llegamos,
ténganme paciencia.
Por espacio de diez minutos,
caminaron casi a tientas. Simón
abría la comitiva sin rastro alguno
de titubeo. La mano al cinto hacía
suponer que cargaba plomo. El perfil
de algunas casas a medio construir
se recortaba contra el firmamento
en aquellos lugares donde una luna
60

inexistente pugnaba por brillar.
Los güeros caminaban como
autómatas,
tropezando
con
sus propios pies, avanzando a
trompicones entre risas f lojas y
chupadas de cigarro.
Remontada una suave colina, un foco
de luz les cegó bruscamente los ojos,
acostumbrados ya a la oscuridad del
camino. Una explanada de tierra
revuelta, con montículos de arena
y cruces de madera mal clavadas se
extendió ante ellos.
− Bonito paisaje. - Simón torció la
61

cabeza, y les dedicó la mitad de una
sonrisa.
− Viejo loco. - Dijo el güero más joven,
ahogando una risa mientras apuraba
su corneta de marihuana.
− Vénganse para acá, no se me hagan
ahora los muy mirados. Les dije desde
el principio que era cosa potente. Yo
no me la gasto en pendejadas. ¿Son
hombres o no más son ustedes unas
pinches viejas?
− What is this fucking place, man? Los güeros comenzaron a inquietarse.
− Tal cual los entendiera: se están
ustedes preguntando qué carajo
les tengo preparado. La plata por
delante, órale.
62

Los güeros escarbaron en sus
bolsillos en busca de más bolitas de
billete. Sus ojos oteaban el horizonte,
contabilizando un sin fin de abultadas
lomas coronadas de tierra revuelta.
−Más, más, estírense, güeros. Con
esto que me dan no tenemos ni para
empezar. Y ahora caminen, todo
derechito, que yo les indico. Déle
güero, déle, que no se diga que son
marines de comercial.
La pareja de hombres caminaba,
aturdida. La borrachera había
empezado a despejarse al igual que la
mórbida gracia del siniestro paisaje.

Los güeros escarbaron en sus
bolsillos en busca de más bolitas de
billete. Sus ojos oteaban el horizonte,
contabilizando un sin fin de abultadas
lomas coronadas de tierra revuelta.
− Más, más, estírense, güeros. Con
esto que me dan no tenemos ni para
empezar. Y ahora caminen, todo
derechito, que yo les indico. Déle
güero, déle, que no se diga que son
marines de comercial.
La pareja de hombres caminaba,
aturdida. La borrachera había
empezado a despejarse al igual que la
mórbida gracia del siniestro paisaje.
65

Delante de un bulto de tierra, Simón
los detuvo.
− Vénganse para acá. Ustedes que
son hombres civilizados, que viven
allá en su primer mundo, separaditos
sólo por una frontera de alambre
pero bien chingona… Oigan, y qué
manada de cuates que se asaron en
la pinche alambrada, no manches…
Ustedes, que ven el noticiero bien
escandalizados vienen acá, del otro
lado, a gozar sus porquerías…
¡Sííí, no me ponga esos ojos, güero!
- Simón escarbaba el suelo con su
bota puntiaguda. - Ya sé que se fumó
toda esa marranada y que ni modo,
66

son los ojos que tiene… Ustedes
chingan por diez cochinos dólares
con nuestras mujeres, y después les
andan haciendo relajo, regateándoles
a la mera hora de poner la plata sobre
la cama. Y hasta eso ya les parece
poca novedad, pues andan faltos de
emociones dicen… Emociones…
Los güeros retrocedieron unos pasos,
y con las palmas en alto, comenzaron
a musitar.
− Ok, tranquilo, keep the money,
nos vamos, no hay problema.
− Nomás, véanlo: a la mera hora
y no son hombres. Les dije que era
67

cosa fina, yo tengo que hacer mi
discursito, no más para ambientar,
no se acaloren.
Simón había destapado ya medio
agujero de tierra blanda con la bota.
Debajo de su pie se abría un foso,
una especie de cueva arenosa y
húmeda que exhalaba un hediondo
olor. Llevándose lentamente la mano
al cinto, les fue anunciando:
− Y ahora, van a acercarse hasta
acá para cobrarse en emociones sus
pinches billetes.
Los güeros, con el terror escrito
68

en la cara, obedecieron el camino
que les marcaba el revolver a modo
de brújula. Una vez frente al foso,
descubrieron horrorizados cómo
una inmensa torre de cuerpos sin
vida cubría hasta el más pequeño
resquicio; todos güeros, todos
atrapados como conejos a lo largo
de una infinidad de noches sin
luna al otro lado de la alambrada.
−Yo soy hombre de palabra. Ya les dije
que les iba a poner delante un nudo
en la garganta de esos que le enfrían a
uno la entrepierna, ya me entienden…
Una de esas cosas que por mucho
que uno tenga mundo y haya estado
69

aquí y allá, se le agarra por dentro
como una mala hierba para prenderle
el alma… Y ahí sí, ahí ya están
jodidos de por vida, compañeros.
Y Simón disparó su revolver de culata
de madera, con el gesto esforzado por
la dureza del gatillo y la incipiente
artrosis de sus dedos.
Los güeros cayeron, despacio,
desplomándose como muñecos, con
el asombro y la borrachera aún
pintada en sus rostros, incrédulos
ante la ridiculez de su propia muerte.
70

− Pinches güeros, caen como conejos.
La bota de Simón esparció veloz la
tierra, mientras sus deformes manos
ajustaban el sombrero sobre su
grasienta cabeza.
− La neta, ya no hay hombres.
71

III
EL MISMO
OCÉANO

EN HOMENAJE A MI BISABUELA AMPARO,
Y A MIS PADRES,
CON TODO MI AMOR Y GRATITUD.

DORA SE CASÓ MUY JOVEN. SE
enamoró durante una tormenta,
y del mismo modo que arreciaban
los truenos, así le llegó a ella:
fulminador. Los días posteriores
a su conquista los pasó con fiebre.
Mitad por causa del chaparrón,
mitad encendida por la deliciosa
ventana que se acababa de abrir
ante ella, lo cierto es que no volvió
a ver a su amor hasta una semana
después.
79

El día del reencuentro, y aún con dos
manzanas sonrosadas por mejillas
como recuerdo de su convalecencia,
atravesó decidida los tres prados y
las cuatro viñas que la separaban de
su amado y, contra toda costumbre,
fue ella quien lo buscó. Lo encontró
con sombrero de paja y cubierto de
sulfato. Todavía le pareció más guapo
y así se lo hizo saber. Entre perplejo y
extasiado, Álvaro no pudo por menos
que proponerle matrimonio. Tiempo
después confesaría que, más que
amor, lo que sintió en aquel momento
fue un inmenso respeto por aquella
mujer menuda que venía a buscarlo
con la decisión más auténtica que
80

había visto jamás en los ojos de
nadie.
La boda fue de una sencillez
conmovedora. En toda la aldea se
respiraba un aroma mágico, una
brisa suave con olor a lavanda, a
higos maduros y a eucalipto. Álvaro
sucumbió al hechizo de la naturalidad
y sólo cuando besó a la novia frente a
todos, fue verdaderamente consciente
de la profundidad de su amor, tanto
que se asustó. Dora apretó su mano
y la tibieza de su contacto fue como
un bálsamo reparador.
No hubo viaje, pero sí luna de miel.
81

Tres días y tres noches pasaron
enclaustrados en la que fuera la
habitación del párroco en la vieja
rectoral. Las tías de Dora dispusieron
estrictos turnos de atención a los recién
casados y, durante las setenta y dos
horas que duró la noche de bodas,
nunca faltaron elaborados platos
reconstituyentes que “los soldados
del amor” devoraron ansiosos como
quien engulle leña. Dora concibió a
su primer hijo allí mismo.
Los días se sucedían veloces.
Cada despertar los asomaba a un
océano infinito de felicidad, y ellos
se le acercaban tranquilos, con
82

la seguridad de hallar siempre
la necesaria para el día que se
presentaba. Una tarde, mientras Dora
observaba en el espejo del aparador
el ref lejo de su incipiente vientre
abultado por segunda vez, confesó a
Álvaro su antiguo deseo de comprar
una casa. Álvaro guardó silencio.
Sabía muy bien que su mujer no
cambiaría de idea y que, a aquellas
alturas, ya sabría, sin duda, la casa
que quería y el camino a seguir para
lograrlo. Y así fue.
Sin embargo, el camino escogido
por Dora sobrepasó con mucho las
expectativas de su marido.
83

“Vayamos a la Argentina”, le disparó,
y Álvaro vio una vez más aquella
mirada directa y decidida que ya
conocía.
Dora no quiso esperar a que su
segundo hijo naciera. “Será más
fácil cuidarlo dentro que fuera”,
decía. Así que, con no poco esfuerzo,
en menos de dos meses, Álvaro se
presentó ante Dora con dos pasajes
de barco Vigo-Buenos Aires. En la
aldea, quedaría su primer hijo, hasta
que ellos se establecieran y pudieran
hacerlo marchar con la seguridad
de la vida que lo aguardaba. En
las largas noches del invierno de
84

aldea, Dora acariciaba la cabeza
de Eduardo. Será poco tiempo. Sin
embargo, su voz no lograba alcanzar
la entonación decidida y vivaz que
la caracterizaba.
Un primero de diciembre, embarcaron
en el “Monte Sarmiento”, un barco
de pasajeros inmenso que eclipsaba
al sol para todos aquellos que
lo despedían desde el puerto. La
majestuosidad del buque les hizo
olvidar por un momento la verdadera
razón del viaje.
Sin embargo, cuando las amarras
se soltaron y el barco inició su
85

mastodóntico desplazamiento, Dora
sintió en su estómago una angustia
infinita y el miedo feroz de no volver
nunca más a poner los pies en aquella
tierra que la había visto nacer, la
tierra en la que dejaba una casa por
pagar y un hijo por criar.
El viaje duró diecisiete días. Ni uno
solo pasó sin que Álvaro elaborara,
de principio a fin, un plan detallado
de lo que habrían de hacer al
llegar a Buenos Aires. Lo primero
sería contactar con los parientes
de Dora. Ella pasaba horas con la
mirada perdida en el horizonte,
sintiendo por vez primera el peso de
86

una decisión. Después, salía de su
ensimismamiento y acercaba su cara
a la de Álvaro para susurrarle:
− Vamos a ganar tanto dinero que no
sabremos qué hacer con él…
Dora aun siente en su boca el sabor
atrevido de aquellas palabras. Si
asoma la cabeza por la borda y cierra
los ojos, el paréntesis del tiempo se
cierra y las gotas de agua que salpican
su cara la hacen sentir nuevamente
la Dora vivaz que dejó su aldea para
comprar una casa.
Dora regresa a su tierra, treinta y
87

cinco años después.
El vaivén del océano la marea,
como la primera vez. Entonces
estaba embarazada y aquello servía
como explicación para todo. Ahora
fuma. Ahora hace muchas cosas que
entonces no hacía, como recordar.
Recuerda cómo los primeros meses
en Buenos Aires fueron un jarabe
agridulce de miedos y felicidad. El
amor es un potente anestésico, y a
aquel estado de ensimismamiento,
se unió el nacimiento de su segundo
hijo. Trabajaban duro, pero había
donde. Juntaban dinero y hacían
88

planes. Sin embargo, la austeridad
proyectada en los sueños de aldea,
sufría cambios y la vida diaria se
abría paso, imponiéndose con su
ineludible aquí y ahora.
− Hay que vivir. - Álvaro acariciaba
las mejillas de Dora, buscando
enganchar su mirada a la suya para
atarla por un segundo al presente y
frenar su constante proyección de
un mañana en el que, para ella, sólo
existía el verbo volver. Volver, volver,
volver, hacer dinero y volver.
Dora aspira lentamente el aroma
del océano. El mismo olor fresco y
89

ligero que sintió invadir su cuerpo
una tarde de verano en Puerto
Madero, haciéndola ser consciente
por vez primera de que, más allá
del sueño congelado esperándola al
otro lado del Atlántico, la vida se
abría camino sí o sí. Ese día decidió
empezar a vivir con todos los sentidos
a un tiempo.
Quizá fue este cambio el que provocó
que algunas costumbres, tan ajenas a
su natural estilo de vivir, se colaran
en su historia, como invitados
extraños que uno acepta por simple
educación. Dora se culpa de aquel
hecho fortuito, inimaginable y vacío
90

de cualquier sentido que cambió su
vida de forma radical.
Es una película a cámara lenta:
la sabe de memoria, fotograma a
fotograma. Álvaro sale de la casa
después de comer. Ha iniciado la
costumbre de acercarse a un café y
jugar la partida. Los compañeros de
timba son conocidos. Hablan mucho
y apuestan poco, pero a Dora no le
gusta el ambiente que allí se crea.
Discuten, y él le reprocha su obsesión
por estar siempre haciendo algo
de utilidad. “Haz lo que quieras”.
Y él lo hace, y se va. Dos horas
91

más tarde Dora recibe la visita
de unos hombres llorosos y algo
borrachos que le traen el cuerpo
ensangrentado y moribundo de su
marido. Un accidente, una pelea tonta
por unas palabras calientes cruzadas
durante el juego. La mano impulsiva
de un contrincante airado que carga
pistola cuando anda en los muelles y
hoy la llevaba. Un tiro al aire para
impresionar y un destino traicionero
que coloca a Álvaro en mitad de la
nada, de portero del absurdo. Una
Dora que escucha la historia como en
un sueño y sólo acierta a decir “un
hijo en España, otro en los brazos y
uno en el vientre”.
92

Dora pasó cuatro días en cama,
sin hablar con nadie. Antes de
enclaustrarse en su duelo privado,
entregó a su hijo a una pariente
avisándole de su regreso. Que mi
niño juegue y ría como siempre. Su
madre va a llorar por los dos.
La primera noche Dora no derramó
ni una lágrima. Podía en ella el
enfado y la rabia de las posibles
hipótesis salvadoras: “si le hubiera
dicho... si.. si…” . El segundo día
lloró de principio a fin, con hipo, con
lágrimas calientes y gruesas, con el
corazón encogido y la garganta rota.
Lloró hasta el agotamiento, hasta la
93

imposibilidad física de llorar más,
y entonces durmió. Al día siguiente
comió algo y se sentó a pensar.
Cruzó el charco mentalmente varias
veces tratando de ver si en irse o
en quedarse estaba la decisión.
Pensó mucho y se quedó. El cuarto
día, regresó a buscar a su hijo y
ante las palabras de consuelo de los
parientes Dora les disparó: “Ya está.
Si realmente me quieren tanto, les
pido por favor que no lo mencionen
más”.
En aquel encierro breve e intenso,
aprendió a fumar. Tantas cosas que
nunca antes había hecho… Dora
94

sonríe, pensando en su propia
inocencia, en la candidez atrevida
que años atrás la llevó hasta aquel
país desconocido y en el que a
fuerza de trabajo y coraje había
construido una vida. Su propio
restaurante, “Casa Eduardo”, un
logro inimaginable para una mujer
aún joven, extranjera y viuda. Una
mujer sin dinero, sin la “protección”
de un hombre que viniera a poner en
su sitio a todos aquellos que veían
en ella la oportunidad de una cama
fácil a cambio de algún empujón
económico. Sin embargo, Dora se
ganó el respeto y la admiración de los
que la frecuentaban. Entre ellos, sus
95

vecinos de “El Clarín”: periodistas,
linotipistas, fotógrafos… Comensales
entregados a sus dotes culinarias
que cruzaban la calle cada día para
sentarse en las sillas de madera
negra, esperando una vez más la
mágica fusión gastronómica entre las
dos orillas.
De entre todos los recuerdos que
asaltan su mente, dos la conmueven
especialmente. Quizá en este barco
viaje también alguna persona
que haya compartido con ella sus
“jornadas de puertas abiertas”. Una
costumbre que Dora instauró después
de pasar varias Navidades cenando
96

sola con sus dos hijos, escuchando
las gaitas que desde el Centro
Gallego de la Avenida Belgrano
retransmitía la radio. ¿Cuántos más
habría así? Solos, lejos de todo…
Desde que abrió el restaurante,
Dora hizo de la Nochebuena y el
Fin de Año el punto de encuentro
de la emigración. Una embajada
plurinacional y gratuita, sin más
banderas que el afecto y la solidaridad.
La corriente de pensamientos f luye
veloz. Entre risas y lágrimas, le asalta
el recuerdo de la llegada de Eduardo
a Buenos Aires. Dieciocho años de
distancia en los que ni un solo día
97

dejó de temer las consecuencias de
haberlo dejado atrás. Pero él la adora.
Es su sueño anhelado: la mamá Dora
de América, una desconocida que le
envía un billete de avión y lo obliga
a pasar unos días en Madrid para
que vea mundo antes de embarcarse.
Finalmente, Dora decidió darle a su
hijo la oportunidad que ella no le
había pedido a nadie. Desde que él
llegó, la vida se llenó con la ligereza
de una felicidad hecha de cosas
sencillas. Lejos de reprocharle nada,
la colmaba de cariño y atenciones y
98

por verla reír y disfrutar llegaba
a conducir de Buenos Aires a Mar
de la Plata, caída ya la tarde, para
cumplir su deseo de comer pescado
fresco frente al mar. El mar. Ese velo
inmenso que dibuja estelas rizadas
como un zurcido y que es idéntico
y sin embargo diferente en las dos
orillas. ¿Será posible adivinar en
qué punto se inicia el cambio? Pero
antes de pensar una respuesta, Dora
ya sabe que sí. El azul del océano
ha cambiado de pronto, el aroma a
eucalipto le llega en la distancia y
99

frente a ella comienza a formarse
poco a poco, como si emergiera un
oasis, la imagen que lleva grabada en
su retina desde el día que se marchó.
Su tierra natal, dulce y agreste a un
tiempo, ondulada y firme, como el
granito que lleva por dentro y sobre el
que se levanta, como la propia Dora.
100

IV
LIBERTAD

“AU PAYS PERFUMÉ QUE LE SOLEIL CARESSE,
J’AI CORNU, SOUS UN DAIS
D’ARBRES TOUT EMPOURPRÉS
ET DE PALMIERS D’OÙ PLEUT SUR
LES YEUX LA PARSES,
UNE DAME CRÉOLE AUX CHARMES IGNORÉS”.
(“À UNE DAME CRÉOLE; LES FLEURS DU MAL”,
CHARLES BAUDELAIRE)

AQUÍ EN VALCOCHE LLUEVE
siempre. Una lluvia delgada y
pesadísima, una sopa aguada,
sin enjundia. Un aburrimiento
completo, de principio a fin.
Quizá por eso, y por los pocos que
somos, cualquier acontecimiento
novedoso se convierte de inmediato
en un festejo catártico. Así sea
para reír o para llorar, el pueblo
entero, trescientas cincuenta y tres
personas, celebramos las rupturas
de la predecible linealidad con
desmesura barroca y amanerada.
109

Mitad carnaval, mitad aquelarre, nos
entregamos sin reservas a cualquier
regalo de la casualidad, a cualquier
hecho, fortuito o provocado, que
transforme nuestras marmóreas
vidas en un derroche de imprudencia
y frenesí. Por decir algo.
Aquel martes por la mañana el aire
olía distinto. El papel milimetrado
sobre el que se asienta Valcoche
discurre tan derecho por los mismos
surcos que, la más leve variación de
la realidad, despierta en nuestros
abotargados sentidos una sensible
alarma que duerme el resto del
tiempo. “Novedad” , me susurró en
110

la tahona la hija del panadero, una
chica de cara asimétrica y desigual.
“Novedad de las buenas”, y torció
el morro con una agilidad que sólo
otorga el entrenamiento, la espera
esperanzada de que ese momento ha
de llegar.
Llegó de madrugada, en el tren
nocturno verde oliva que cruza
la meseta como un alma en pena,
cobijando en sus compartimentos
una variedad museística de monjas,
militares, prostitutas y algún que
otro funcionario. Llegó, maleta
de todo a cien en mano, vaqueros
nevados y top de lycra celeste. Las
111

uñas infinitas, con perlitas pegadas,
se clavaban en el asa del equipaje.
El código Morse de sus tacones
emitió el mensaje de peligro a los
pocos metros de iniciado el paso.
Novedad. Setenta kilos de pasaporte
cubano y una dirección en la mano.
El único taxi del pueblo supo de su
llegada casi antes que ella misma.
− Ramón, acércate a la estación que
te espera una negra de bandera.
− No jodas, déjate de coñas.
− La estoy viendo con estos ojos. No
hay nadie esperándola, así que vente,
que ésta es público cautivo de ese que
se estudia en el marketing…
112

El café bar de la estación está a punto
de abrir. La mitad de los clientes son
jubilados, expertos en matemáticas
de baraja y dominó, prolongadores de
cafés y chupitos que no llegarán hasta
media mañana para leer el periódico.
Hasta entonces, sólo el cartero y
tres o cuatro chavales que cruzan a
diario la vía para ir al instituto del
pueblo de al lado. Lucas coloca cuatro
donuts sobre una bandeja mientras
cuelga el teléfono y mira a través
del cristal. Los vaqueros nevados se
apoyan sobre una pierna, después
sobre otra; las nalgas redondas se
contonean indecisas, izquierda,
derecha, izquierda, derecha... Lucas
113

observa ensimismado. Lo despierta
el portazo de Ramón que se baja del
taxi, ajustándose el cinturón de sus
pantalones grises de mezclilla.
− ¿Dónde está la negra? - Enciende
un Ducados que aspira con ganas
mientras mira alrededor. - No me
jodas que me has sacado de casa para
nada, con la que cae...
− Está ahí fuera, en el vestí bulo,
desconfiao…
Ramón se asoma a la puerta, y sus
ojos, aun somnolientos, se topan con
dos filas de blanquísimos y sonrientes
dientes.
114

− Hola. Te mandó Manolo, ¿no es
cierto? - La melodía de su acento
cubano es un latigazo eléctrico en
medio de la penumbra.
− Manolo…. No, no, a mí me acaba
de avisar Lucas, el del bar. Soy el
taxista de Valcoche. Ramón, mucho
gusto - Y extiende su mano con
lentitud, calibrando si la imagen que
tiene frente a sí es real, hasta que
finalmente siente su tacto, confiado
y suave, que responde a su iniciativa
con un apretón intenso y persistente,
envolviendo su blanca y peluda mano
con sus largos dedos de chocolate.
115

− Libertad Ramírez. El gusto es mío.
Entonces, ¿qué? ¿Me llevas?
− Pues sí, sí, claro, mujer. Si me dices
dónde vas, faltaría más. - Ramón coge
la maleta y busca a través del cristal
a Lucas, que abrillanta un vaso
sin perder comba mientras observa
con gesto impaciente, invitándolo a
entrar.
− A ver qué quiere éste, dame un
minuto...
Libertad espera. Se pasea despacio
apoyando su peso sobre los talones,
canta bajito, y de vez en cuando,
mira por el cristal. Los hombres
intercambian unas palabras rápidas.
116

Ramón fuma y asiente con media
sonrisa. Pitillo en boca, se dirige a
la puerta frotándose las manos.
−Listo. Vámonos.
Ramón esperó galante a que las dos
piernas nevadas se acomodaran en el
asiento trasero para cerrar la puerta
con un golpe seco y preciso. A grandes
zancadas se dirigió al asiento del
piloto, introduciendo su rechoncho
cuerpo con una agilidad inusual.
−Pues tú me dirás. - mano al volante,
inició la marcha extendiendo el brazo
para alcanzar el papelito.

Ramón fuma y asiente con media
sonrisa. Pitillo en boca, se dirige a
la puerta frotándose las manos.
− Listo. Vámonos.
Ramón esperó galante a que las dos
piernas nevadas se acomodaran en el
asiento trasero para cerrar la puerta
con un golpe seco y preciso. A grandes
zancadas se dirigió al asiento del
piloto, introduciendo su rechoncho
cuerpo con una agilidad inusual.
− Pues tú me dirás. - Mano al volante,
inició la marcha, extendiendo el
brazo para alcanzar el papelito.
119

− Toma, ahí dice algo de Plaza de
España, pero no estoy muy segura.
Lo cierto es que pensé que vendría
Manolo...
− ¿Manolo? ¿Qué Manolo? Aquí
somos pocos, pero Manolos hay unos
cuantos. Déjame ver…
Ramón repasó el arrugado papel y
permaneció callado, tragando saliva,
hasta que finalmente le salió la voz.
− ¿Tú estás segura de que esto es
correcto?
Los ojos de Libertad se abrieron
hasta el infinito, elevando sus
120

pestañas hasta tocar el techo de sus
negras cejas. Ramón observaba por el
retrovisor el pozo oscuro de aquellas
dos linternas que lo enfocaban,
indecisas y algo avergonzadas.
− Yo creo que sí… por lo menos eso
ponía en la página Web. Él sólo me dijo
el apellido, pero me requeterrepitió
que todo el mundo lo conocía y que
no necesitaba saber nada más.
− No me jodas, - farfulló Ramón
entre dientes, frenando el taxi para
dedicarle atención exclusiva. - ¡¿pero
tú conoces a este tío?!
− Pues sí, claro, pero sólo por el
chat… Es Manolo, ya te dije…
121

− Sí, reina, sí. Manolo Fuentes, el
Alcalde…
Ramón abrió la puerta y salió del
taxi. Un pensamiento estrambótico
cruzó su cabeza…
¡La puta qué lo parió! La lluvia
intensificó su ritmo haciendo correr
regueros de agua achocolatada por
los cristales del Ford Mondeo. Ramón
se subió la capucha de su chamarra y
sacó el móvil de su bolsillo. Mientras
marcaba el número, observó perplejo
como el automóvil, medio encalomado
122

sobre una cuneta, desafiaba a la
gravedad con la misma naturalidad
y el mismo desparpajo con el que
Libertad se disponía a alborotar
Valcoche.
− Lucas, soy Ramón… a ver,
aclárame una cosa… dime que es
una puta casualidad, que esta chica
viene preguntando por Lolín y tú no
tienes nada que ver... - Ramón cierra
los ojos y se frota la cabeza. - ¿Y qué
hacemos ahora, pedazo de gilipollas?
Sí, sí, es ella, viene a buscar a
Manolo, al Ayuntamiento, ni más
123

ni menos... eres un tarado, tío, un
enfermo… ¡ni en sueños hubiera creído
que eras capaz de una payasada así!
Libertad salió del taxi. Sus piernas
nevadas se desplazaron a saltitos
sobre los charcos lodosos.
− ¿Con quién hablas? ¿Es Manolo?
Oye, ¿por qué no me llevas de una vez?
− Espera, sólo es un momento, vuelve
al taxi que te vas a mojar...
Libertad regresó al coche con el
humor alterado. En las horas que
duró el vuelo y en las posteriores
y renqueantes horas que tardó el
tren en llegar hasta allí, había
124

imaginado más de cien encuentros
posibles, todos diferentes en colorido
e intensidad. Él la esperaría en la
estación, con la americana cruzada
de la foto que tanto le gustaba y con
la que había empapelado el cabecero
de su destartalada cama en Holguin;
o quizás enviaría un chofer, para
pasearla primero por el pueblo, un
pueblo viejo y mohoso, como un caldo
agrio, tal y como él lo describía.

“Negra, si vienes, tú vas a ser el carbón
dulce que caliente mis noches y yo te
voy a tener en un trono de azúcar”.
Libertad se acuerda de esta frase
porque fue la puntilla, el empujón
definitivo que se llevó en los labios para
125

darse fuerzas y decir adiós al calor,
el cariño y la miseria que la habían
acunado en los últimos treinta años.
Ramón entró en el taxi, cerrando la
puerta con un sonoro portazo.
− ¿Qué pasó? - Apenas se atrevió a
pronunciar Libertad.
− Nada, nada, bueno... una cosilla, a
ver, mira… - Ramón clavó la mirada
en los limpiaparabrisas, deseando no
tener que hacer mayor esfuerzo que
seguirlos con los ojos, enganchándose
a su vaiven rutinario de ida y vuelta,
a su vida, aburrida y predecible.
− Algo pasa, ¡ya dímelo, hombre!
126

Un sollozo ahogó la voz de Libertad
mientras un desfile de posibilidades se
autoeliminaban veloces unas a otras
en la cabeza de Ramón. Finalmente,
sin ningún ocurrente discurso, con
la voz atropellada y un nudo en el
estómago inició una frase absurda
y vacía que resonó ridícula en el
silencio hermético del interior del
taxi.
− Es porque es muy temprano… y
como es el alcalde, pues tú ya sabes
cómo son esas cosas, habrá que
esperar a que amanezca para...
− ¡¡Tú viniste a joderme?? - Estalló
Libertad antes de engancharle la
127

chamarra mojada con sus garras
de perlas, obligándolo a girar su
torso inquieto y algo encogido por el
creciente bochorno.
Sus ojos ref lejaban una obstinación
febril y desesperada. En su frente, la
lucha de la supervivencia por abrirse
paso había marcado unos surcos
horizontales, paralelos y simétricos,
tozudos como su determinación
de salir adelante, como su sueño,
vislumbrado de antemano a través
de una webcam.
− ¡Para, para, suéltame cojones! ¡Si
al final las voy a pagar yo! - Ramón
128

se retorció en el asiento. - A ver, yo
lo siento en el alma, es una putada
muy gorda, gordísima, pero no mía,
sino de este trastornado de Lucas, el
del bar…
Libertad se reclinó en el asiento
trasero. Escuchaba con los ojos
cerrados y las manos crispadas sobre
el asiento de cebra.
− ¿Qué carajo hablaron? - Murmuró
lentamente.
− Yo no sabía nada, te lo juro…
- Ramón se aferró al volante,
enfocando la mirada hacia el infinito
para advertir cómo el día empezaba
129

a ganarle terreno a la noche. - Al
leer tu papel, me dio un vuelco el
corazón. Este tarado de Lucas andaba
siempre con la broma de que le iba a
buscar una novia al alcalde, que le
iba a traer una caribeña para que se
hartara de… ya sabes…
− Sí, de follar, como dicen por acá. Apostilló Libertad, con voz ausente
− Perdona… es un animal…
− ¿Y tú? ¿Cómo estás tan seguro de
que es una broma? Son meses de
hablar por el chat, y hasta un día por
la webcam. Tengo fotos, te las puedo
enseñar, mira... agarra mi maleta..
hasta una carta me escribió…
− Libertad, escucha, Manolo Fuentes,
130

además de alcalde, es mi hermano.
Hazme caso, sé lo que te digo. Mi
hermano es… bueno… ahora se dice
gay…
Libertad no volvió a hablar. Sus
setenta kilos tostados lloraron bajito,
haciéndose un ovillo cada vez más
pequeño mientras Ramón conducía
en círculos, sin saber que hacer.
Cansado de dar vueltas, paró en la
tahona.
La cara de ángulos imposibles lo
atendió autómata.
− ¿Lo de siempre, Ramón? - La hija
131

del panadero envolvió veloz una
barra exigua de pan integral.
− Sí, sí... bueno, no. - Ramón
extendió la mirada por las bandejas
de croissants y medias lunas recién
hechas. - Dame dos de cada.
− ¿Y la dieta? Así no te vas a sacar
novia… mira que se acerca el verano…
- La voz se le secó de forma instantánea
al ver en la puerta unas piernas
nevadas sobre un par de tacones.
− Buenos días. - La melodía de las
palabras la sumieron aun más en el
asombro.
− Buenos días. ¿Desea usted algo? Le espetó.
132

− Viene conmigo. - Aclaró Ramón,
y su mano blanca y peluda buscó el
tacto confiado y suave de los dedos
de chocolate, atrayéndola hacia así.
- ¿Te apetece algo más, cariño? Ramón enfatizó las sí labas como
quien deletrea un himno nuevo que no
conoce y en el que teme perderse.
− No, así está bien, muchas gracias,
amor…
− Pues muy bien. Son seis euros.
- Masticó la seca voz, y el morro,
habituado a esperar el momento
apropiado, se torció puntualmente,
desafiando hasta el límite la asimetría
de sus rasgos repletos de aristas.
133

Libertad respondió a este primer
envite dialéctico de Ramón más por
juego que por comprensión. Él la
llevó a su casa, un caserón revuelto
y agreste en lo alto de un peñasco. Le
preparó un café con leche, le quitó
los tacones y la metió en su cama,
con una ternura que a él mismo le
sorprendió.
Permaneció observándola mientras
dormía. El sol iluminaba su
abundante cabellera negra, una
cascada de carbón brillante que
se extendía sobre la almohada con
una contundencia desconocida para
Ramón.
134

Miró sus manos, largas y esbeltas,
de blancas palmas y suave ébano en
los dedos. Apremiado por un impulso
que justificó como científico, se le
arrimó despacio, para no despertarla,
acercó su blanco cuerpo al calor
de ella y la olió. Primero el cuello,
después los hombros, también la
espalda… una punzada de deseo
lo hizo apartarse, azorado, para
acercarse de nuevo, más sereno, y
respirar profundamente el aroma
envolvente y desconocido que le
infundía ganas de llorar.
135

−Libertad, - le susurró al oído ¿sabes? Si tú quisieras, yo podría
ser Manolo…

Y la cabellera casi azul de puro
negra se giró despacio, somnolienta
y tranquila, posando sus labios
cálidos sobre los de él.
− Entonces, - dijo - si tú quisieras,
yo podría ser tu Libertad.
136

Aquella mañana de martes, el
aire olía distinto. “Novedad”, me
susurró en la tahona la hija del
panadero. “Novedad de las buenas,
señor Alcalde”, y una vez más,
el rostro de ángulos imposibles
se contorsionó hasta el infinito,
evidenciando la certeza de que
aquel momento tenía que llegar.
137

V
UNA FLOR

“BIRDS SINGING
IN THE DARK
- RAINY DAWN”.
(JACK KEROUAC)

CREO QUE ESTA TARDE ME
dejarán en paz. Sí.
Empiezo a saber interpretar el
orden subterráneo que camina
como papel pautado bajo este
caos. No tanto por inteligencia
como por instinto, igual que un
animal cautivo que aprende a
olfatear las pequeñas novedades
de su predecible esclavitud. Si
fuera lista, lista de verdad y no
una buena chica con ocho años de
piano y un diploma de química,
dormiría tranquila, domesticada
por el hábito de comer bien a diario
y andar vestida.
145

Haría prácticamente lo mismo, igual
de rastrero, o quizá incluso más,
pero con uno. Con un marido que,
aunque forzado, podría haber sido
la medida de mi libertad… Pero ya
ves, la joven promesa eligió el amor:
un amor cibernético e inmediato,
repleto de delirantes y apasionadas
propuestas que se cruzaban veloces
con mis fotografías de aspirante a la
“envidia del lugar”.
Te digo que no soy lista porque no
escuché a nadie, y esa, que era mi
máxima en la vida, ha acabado siendo
mi perdición.
146

Aun así, no creas que es todo tan
terrible. Hay días mejores que otros.
Te sorprendería la variedad del origen
de esta especie de ganado polvoriento
en el que nos han convertido. A
pesar de todo, o quizá por todo
ello, muchas de las chicas son
buenas personas, algo desconfiadas
y silenciosas al principio; después,
comprobado que estamos en el mismo
infierno, unas con otras tratamos
de levantarnos el ánimo. Hay veces
que hasta nos reímos y, por unos
minutos, olvidamos nuestra condición
de palomas cautivas, mensajeras de
un alivio rápido y silencioso del que
147

sólo a nosotras nos queda constancia,
como una marca más, en las paredes
de nuestro propio recuerdo.
No hablamos mucho, al menos, no
de nosotras mismas ni de nuestros
miedos y vergüenzas. Y, sin embargo,
yo creí que compartíamos el mismo
horizonte inmediato, el mismo deseo
de emprender el vuelo y desaparecer
de esta casa y de esta vida. Una
tarde, hace ya varias semanas,
el Don, al que así llaman, vino a
buscarnos en una intimidatoria
celda móvil llamada Hummer. Pocas
veces salimos fuera y, en las raras
ocasiones en que así sucede, nuestra
148

excursión se limita a ofrecer nuestros
exclusivos servicios en alguna fiesta
privada. Así que nuestra sorpresa
fue inmensa cuando, por primera
vez, nos encontramos liberadas en
un Centro Comercial.
El Don nos dejó solas, con el único
aviso de que en una hora vendría a
buscarnos, y con el convencimiento
de que allí estaríamos, todas y cada
una, en el mismo lugar, sin falta.
No creerás si te digo que fuimos
muy pocas las que albergamos la
esperanza de intentar algo, dar un
paso, llamar a alguien, pero, ¿a
149

quién? Sin dinero, sin documentos,
sin amigos, sin la posibilidad de
expresar nuestra situación en el
idioma local. Ver pasar veloces los
minutos, agotarse absurdamente la
hora, mi hora, dejar resbalar los
segundos paseando entre escaparates,
sintiendo la humillación de constatar
que el Don confiaba plenamente
en la resistencia de los barrotes
invisibles que nos abrazaban, de
las amarras hechas a la medida de
cada una. La frustración de saberme
prisionera, más allá de cualquier
cadena o atadura física, fue el golpe
más grande de todos los que había
recibido hasta entonces.
150

Una hora después, la furgoneta
regresó, y sin mayor trabajo, el Don
nos fue recolectando, una a una,
como mieses maduras, como ovejas
mansas que caminan por su propio
pie al matadero, conscientes de cuál
ha de ser su lugar.
Durante noches, soñé insistentemente
con esa hora. La reproduje mil veces.
Cada vez tratando de ser más ágil,
más viva, más valiente, sintiendo
el irreal alivio de estar haciendo lo
adecuado, diciéndome a mí misma
que aquello era auténtico y no el
cobarde desperdicio de aquella hora
perdida que me atormentaba.
151

Y cada vez, como un ritual infinito,
me despertaba, empapada en sudor
y llanto, con las manos extendidas
hacia un teléfono imaginario,
tratando de marcar un número que
aun cada noche repito, como una
oración programada, por miedo a
olvidarlo.
No pasó nada. Volvimos pacíficas.
La convulsión interna navegaba por
surcos más profundos. La batalla ya
no se libraba con un enemigo exterior
sino en nuestro propio pecho, en mi
pecho. El descubrimiento en un acto
sencillo de que todo lo que había
o no había de ser dependía de mi
152

propia debilidad para creerlo, para
dejarme vencer, así, sin más, sin ni
siquiera presentar batalla, dando
por hecho el desenlace de las cosas,
escribiendo yo misma mi propia
historia al revés.
Las revelaciones más nítidas de
nuestra vida suelen acontecer en
lugares vulgares, en el transcurso de
situaciones anodinas y cotidianas.
Erróneamente, desechamos esos
destellos de iluminación, no pudiendo
creer que es ahí, en los lodos más
putrefactos, donde anida el germen
de nuestra libertad, el veneno que
ha de curarnos.
153

Y así, envuelta en un manto de
desolación, tocando el fondo de mis
propios límites, decido empezar
a cultivar una f lor. Contra todo
pronóstico, en la más absoluta
intemperie interior, contemplo
cómo mi f lor se abre y crece muy
rápido, casi tanto como la certeza
de que habré de salir de aquí. Un
pequeño milagro de dignidad que
154

se despierta muy dentro y se asoma
de nuevo al mundo, exigiendo su
contrato entre el deseo y la realidad,
impidiendo que la inercia y el miedo
escriban con su indiferencia una vida
de hojas en blanco.
Sí, estoy segura de que a partir de
esta tarde me dejarán en paz.
155

VI
CACAO

“PORQUE EL DESEO
ES PREGUNTA CUYA RESPUESTA
NADIE SABE…”
(“LOS PLACERES PROHIBIDOS”,
LUIS CERNUDA)

DIEZ SEMILLAS DE CACAO
dormitaron muchos años en
el cajón de una cómoda. Un
mamotreto apolillado y marchito
que hibernaba cubierto por un
paño en un rincón del salón.
Mientras Doña Rosa vivió, aquella
sala era un espacio sagrado,
una especie de ermita herética,
repleta de baratijas inservibles,
coloridas y vacuas. El paso del
tiempo, misericorde para con
otros detalles, no había logrado
en cambio conceder la más
mínima prestancia, ni siquiera
163

encanto, a aquel conjunto de muebles,
abigarrados y tiesos, que campaban
altivos en algo más de diez metros
cuadrados.
Doña Rosa fue vigía, celadora y
custodia de un cuarto repleto y un
alma vacía. Y así fue, durante muchos
años, así mismo, hasta que murió.
Su muerte fue como la visita ansiada
que uno espera preparado, dispuesto
a abrirle la puerta, con el ánimo
dispuesto y la camisa planchada.
Mas la visita no llega; las horas
transcurren y el almidón de las
mangas se va desinf lando, la espalda
164

se encorva, y el ánimo decae. Y es
en ese preciso instante, conquistada
ya la esperanza por la inercia del
abandono, cuando suena el timbre
y uno maldice la terquedad de
entendimiento entre el deseo y la
realidad.
Fue un tarde de principios de mayo.
La primavera insistía insolente en
abrirse paso a través de las ventanas.
Una suave brisa soplaba apacible
acunando rítmicamente los visillos
amarillentos; poco a poco, una
nube invisible ascendió silenciosa,
penetrando con sigilo en la sala. Un
aroma intenso se apoderó del espacio
165

y Doña Rosa reconoció al instante
aquella letal esencia llamada cacao
que la transportó veloz, como sólo
los olores saben, a aquella mañana
palpitante y soleada de su juventud.
Úrsula nació con un don: podía
derretir los paladares más duros,
rendir en absoluta entrega los gustos
más elevados, conquistar, en pocas
palabras, el cuerpo y el alma de
todos aquellos que se sentaran a su
mesa. Así fueran hombres o mujeres,
su destreza desconocía límites y
obedecía ciega a los dictados de su
voluntad.
166

Fue así desde el principio. Ajena aún a
los fogones, le bastaba introducir los
dedos en tarros diversos, guiada por
un aparente azar, para crear sabores
nuevos y sugerentes que trascendían
con atrevimiento la suma de las partes
para constituir un todo arrebatador.
Su poder creció a la vez que lo hicieron
sus piernas, y su todavía tierna
adolescencia terminó de madurar al
calor de la certeza de aquel toque
mágico que la hacía peligrosa.
Al menos así lo veía Rosa, hermana
y testigo asombrado de aquel hilo
167

de seda con el que Úrsula ataba a la
mesa y a su voluntad a todos los que
se le acercaban.
Una tarde de primavera, en la que
las horas se deslizaban suaves y
apacibles entre los gruesos muros de
la vieja casa, llegó la visita inquieta
del Capitán Doniz. Atravesó el patio
en apenas tres pasos y se plantó, muy
tieso, frente a las dos muchachas
mientras gorra de plato en mano y
mentón elevado, agitaba su bota de
cuero al aire y preguntaba por el
padre.
168

− No está. - Respondió Rosa, con
timidez.
− Les ruego le den aviso de mi llegada.
Traigo noticias importantes, tal vez
urgentes. Confío en su diligencia.
− Hace usted mal. - Sentenció Úrsula.
- Confiar en nuestra obediencia, y no
en nuestra discreción, nos ofende.
Puede usted hablar libremente.
El estupor del Capitán Doniz se
vio compensado por la sonrisa de
Úrsula, que lo miraba expectante,
conminándolo a hablar o a marcharse.
169

− En el cuartel del regimiento hay
un paquete para él. Puede pasar a
recogerlo desde hoy. Buenos días,
señoritas.
Tras los pasos del capitán, las risas
nerviosas de ambas hermanas se
perdieron por el patio. Rosa no daba
crédito a la osadía de su hermana,
mientras Úrsula se recreaba en su
asombro.
− ¿Pues no decías que te gustaba,
boba? Sólo así volverá.
−¿Y por qué habría de hacerlo? Cuestionó Rosa.
− Porque aquí vamos a darle lo que
no le darán en ningún sitio...
170

El urgente recado no era otra cosa que
un paquete distraído del estraperlo con
productos sencillos y una sorpresa:
medio kilo de chocolate en polvo y
un saquito con semillas de cacao. El
olfato de Úrsula ya se había adelantado
a desvelar el secreto cuando el
padre descubrió satisfecho el tesoro.
De todos los aromas posibles, el del
cacao despertó en las hermanas una
fiebre sensitiva sin precedentes. A
faltas de una madre que les adivinara
la intención con consecuente
adelanto, los instintos adolescentes
f lorecían salvajes, ignorados por un
padre que no alcanzó a distinguir
el momento en el que la fina línea
171

que separaba el juego infantil de
la más sutil provocación había sido
traspasado sin remisión.
El saquito de semillas era de una
tela algo burda, con desgastadas y
gruesas letras impresas en las que
se adivinaba una palabra: Brasil.
Úrsula, sentada en una mecedora
con el pelo suelto y la ropa de
dormir, deslizaba las semillas entre
los dedos, aspirando el aroma que
aquel movimiento generaba tras de
sí. Pensaba en el Capitán Doniz,
mensajero de aquel ef luvio, en su
rigidez y en su compostura, en su
gusto por los momentos solemnes,
172

en el dramatismo innecesario de sus
palabras. Y deseó verlo patas arriba,
sin su guerrera almidonada y sin
sus botas, de rodillas frente a ella,
restregando su cabeza descubierta
contra sus largas piernas, en un afán
prohibido por hallar otro tesoro y
alimentarse de él.
Y fue tan grande el tumulto que
agitó su corazón, que sintió el deseo
irrefrenable de ponerse a cocinar.
Lo quiso para ella, de una forma
febril e inmediata, buscando para
ello el camino conocido, la respuesta
infalible que su don le otorgaba.
173

También pensó en Rosa. Rosa, la
hermana querida, tan distinta y tan
de la misma carne: cara opuesta de
una misma moneda que su padre creía
guardar, como medalla sagrada,
junto al resto de sus pertenencias,
sin advertir que ya había llegado
quien habría de robarle su moneda
y su tranquilidad.
Así pasó Úrsula la noche, tras la
puerta blanca de cristal biselado,
con la lámpara de gas a media mecha
y el pelo negro agitado por eléctricos
movimientos. Hora tras hora acometió
uno a uno innumerables pasos que
su intuición le dictaba. Sus manos se
174

abrían camino a través de un sendero
invisible, ejecutando como autómata
una serie de acciones surgidas desde
lo más profundo de su naturaleza.
Cuando amaneció, el suelo de la
cocina era un manto de canela, y en el
aire de toda la casa reinaba un vapor
espeso y con vida, amargo y dulzón a
un tiempo. Poco después, todo quedó
impecable, hasta la propia Úrsula,
que sumergió su febril cuerpo en un
baño caliente sintiendo el peso de la
noche en blanco. Calmados los ánimos
y controlado el incendió que durante
horas consumió su cuerpo, la nariz
fuera del agua y los brazos f lotando
175

sobre islas de espuma, decidió qué
hacer.
Hallaría la forma de que el Capitán
Doniz se presentara en la casa.
Dispondría todo de tal modo que
Rosa tuviera una oportunidad,
su oportunidad. Pediría a la niña
Eulalia, una criadita de días alternos,
que les sirviera el desayuno. Y los
dejaría solos. Ella se fingiría enferma,
indispuesta de poca importancia, lo
justo para no alarmarlos y permitir
el encuentro.
176

Y Rosa adormecida, sorprendida y
risueña obedeció sin más.
El mantel planchado parecía un
lienzo sobre el que un bodegón
matutino hubiera tomado cuerpo.
La niña Eulalia preparó las tazas
de porcelana china, ligeras y
frívolas, ajenas al escenario de su
actuación. Colocó los panes blancos,
las rosquillas, hasta unos esbeltos y
dorados churros cubiertos de azúcar
de caña y esencia de vainilla.
El patio se embriagó de aquel exceso.
Rosa se miró al espejo y por un
segundo pareció despertar de

Con lucidez de loca, sorteó las
nimiedades que acostumbran a frenar
en cuerdos los avances decididos de lo
cotidiano, y le habló a su hermana.
− Vístete. Ponte guapa, guapísima.
Es hoy o nunca.
Y Rosa, adormecida, sorprendida y
risueña, obedeció sin más.
El mantel planchado parecía un
lienzo sobre el que un bodegón
matutino hubiera tomado cuerpo.
La niña Eulalia preparó las tazas
de porcelana china, ligeras y
179

frívolas, ajenas al escenario de su
actuación. Colocó los panes blancos,
las rosquillas, hasta unos esbeltos y
dorados churros cubiertos de azúcar
de caña y esencia de vainilla.
El patio se embriagó de aquel exceso.
Rosa se miró al espejo y por aquel
letargo de felicidad recetada y
cuestionó a su hermana.
Úrsula le dio a probar media
cucharadita de nata con piloncillo,
suficiente para hacerla sonreír y
callar.
El Capitán Doniz acudió a la llamada.
180

Apareció afeitado, alto y tenso,
como ya era costumbre. Penetró en
el patio buscando al padre, pero
halló un oasis de cacao y clavo,
y se detuvo. La niña Eulalia lo
condujo a la mesa, y la voluntad
del Capitán quedó anulada. Rosa
asomó de pronto tras una columna,
fresca y blanda como un ternero.
No hablaron: permanecieron quietos,
la taza asida, esperando una suerte de
señal oculta que habría de permitirles
iniciar el torneo. Entonces bebieron.
El cálido manto de chocolate espeso
cubrió sus lenguas, sus gargantas,
181

para descender despacio hacia el
interior de sus cuerpos, activando
lugares hasta entonces desconocidos,
rellenando espacios que habían
permanecido a oscuras, abandonados
y sedientos. Rosa cerró los ojos.
Estuvo así un momento, poco o
mucho, lo bastante para sentir por
primera vez su naturaleza femenina
como algo propio y sorprenderse.
Cuando abrió los ojos estaba sola.
La niña Eulalia permanecía absorta,
la mirada ida, la boca abierta y
un brazo en alto que señalaba las
habitaciones del corredor. Rosa
avanzó en un sueño; caminó veloz
182

bajo el pálpito de aquel nuevo corazón
que bombeaba sangre hirviendo. Y
entonces lo supo. Antes de que la
evidencia se mostrara ante ella conoció
el deseo, el manantial candente de la
naturaleza, la urgencia de establecer
los límites del propio cuerpo, de
encontrar fronteras frente a otra piel,
de saberse uno e infinito a un tiempo.
Igual que un escultor despoja la
piedra de toda materia opresiva: así
Úrsula liberó a Rosa de su inocencia
y la encadenó al delirio de desear
aquello que nos es negado.
Con la certeza de que ya no había
183

más que un destino, Rosa se adentró
en el cuarto donde el Capitán Doniz
desbarataba su marcial presencia
entre las sábanas imantadas de su
hermana. Entregado al hechizo del
cuerpo ansiado, no sintió hasta muy
tarde cómo de su costado se escapaba
la vida, en entregas de sangre
continua, caliente, perfumada y
espesa, como chocolate.
No hubo dudas ni intervalos. La
misma muerte que obtuvo el Capitán
alcanzó a la hermana. Entonces Rosa
se concedió un descanso. Reposó su
cuerpo entre ambos amantes, agarró
sus manos y permitió que la sangre
empapara su vestido mientras una
184

corriente desconocida convulsionaba
su cuerpo por primera vez. En un
estertor postrímero, de los dedos
inertes de Úrsula se deslizaron diez
semillas de cacao.
Los visillos se agitan y el aire se
enciende. Es la hora de las horas. Doña
Rosa reconoce el momento esperado
y alcanza a destapar su mueble, a
buscar las cuentas de su particular
rosario, a agarrarlas todas hasta
tenerlas presas. Entonces las huele,
y el aroma de las semillas alumbra
por un instante una luz lejana dentro
de ella. Como un rayo que lo es todo
para ser nada un segundo después.
Así se le va la vida.
185

VII
CONTRATO
DE FELICIDAD

“STO VIVENDO CON TE,
I MIEI PRIMI TORMENTI,
LE MIE PRIME FELICITÀ,
A QUANDO L’HO CONOSCIUTO
PER ME, PER ME PIÙ PACE NON C’E’.”
(“CUORE”, RITA PAVONE)

DIA 1. JUEVES
Próxima estación: Callao. La
multitud se agolpaba en la puerta
de entrada al vagón, y a duras
penas, conseguí salir. El bolso,
la carpeta, el abrigo, tres tuppers
que llevaban dos semanas en la
oficina, un paraguas… Justo ese
día, me dio por llevármelo todo a
casa en un arrebato organizador
que, de cuando en cuando, me
asalta y me allana un poco el
camino. Entrar en FNAC con los
brazos repletos de cosas resulta
incomodísimo, pensé, mientras
193

esperaba impaciente a que la escalera
mecánica llegara a su destino. Un
peldaño antes de poner el pie en tierra
firme, a punto estuve de darme la
vuelta con mi puesto ambulante de
papeles y menaje del hogar y dirigir
mis pasos a mi casa, tres cuartos de
hora más allá. Sin embargo, justo
cuando el viento helado de la salida
del metro amenazaba con hacerme
volar, al tiempo que mi cuerpo se
empeñaba en girar sobre sus pasos
y emprender la marcha atrás, una
mano enganchó hábilmente un folleto
publicitario entre el alambre de mi
paraguas y la correa de mi reloj.
194

¿Sabe usted realmente lo que desea
en la vida?, rezaba el papelito. Y
durante un tiempo indefinido, siglos
o segundos, cual Mary Poppins de
la línea 3, allí me quedé, parada,
ni hacia delante ni hacia atrás,
haciendo un barrido veloz sobre
la historia acumulada de mis
renuncias y próximas veces, de mis
“ya habrá tiempo” y mis “ya veré”.
Nunca comprar una guía de viaje ha
supuesto una revolución personal
mayor. Mientras esperaba en la cola
para pagar, tuve tiempo de que se me
cayera todo al suelo varias veces. Sonó
mi móvil insistentemente mientras
195

abría la cartera y un tupper rodó
sobre la alfombra color chocolate
para ir a chocar contra el stand de
las pilas. En otras circunstancias, la
vergüenza me habría convertido en
Heidi, pero mi revolución ya había
comenzado aun sin yo saberlo. Era
el minuto cero de la nueva Paula.
El camino de regreso a casa, fue
una reunión ejecutiva de primer
nivel conmigo misma. Primero hubo
brainstorming, - tormenta, en este
caso ciclón, de ideas -, y menos
mal que iba agarrada a la barra.
En el trasbordo tocó análisis de la
situación, “debo o no debo”, no
196

necesitaba más matices. Durante tres
paradas, fui sentada, y ahí ya pude
tirar de documentación. Saqué mi
DNI y un papelito requetedoblado con
varios post it pegados. En el primer
documento leí: Paula Ribera Gomar,
nacida en Madrid el 12 de diciembre
del 1966, traducción simultánea:
me caen 42 en unos días… Segundo
documento, un e-mail recibido
hacía algo más de un mes: “Ciao
cara”, comenzaba, y “bacci tanti”,
terminaba, incluyendo un billete de
avión y dos escuetas líneas en las que
mi amigo y primer amor, enterado
como estaba ya de mi divorcio y de
lo largo que se me había hecho el
197

trago, en su habitual generosidad me
invitaba a pasar tres días en Venecia,
“para charlar y ponernos al día: te
vendrá bien salir de Madrid”.
Venecia, ni más ni menos:
robablemente, el lugar más cruel
para sufrir por amor. Riéndome de
mi misma, abrí mi reluciente guía
recién comprada con sus páginas
suaves y olor a nuevo. Página a
página y estación a estación, fueron
desfilando, ante mis ojos, el Puente
Rialto, el Palacio Ducale, la Plaza
de San Marcos, los vaporettos (5) , las
góndolas, el Café Florian…
Los canales y las edificaciones
198

parecían sacadas de un cuento
medieval. Mis dedos acariciaban la
deslizante textura de las fotografías;
mientras, mi mente se autoimponía
el deber de tomar una decisión antes
de llegar a la siguiente estación.
Próxima parada: “Iré, iré” . Está
decidido, pensé, y justo en ese instante
creí oportuno concluir la reunión
conmigo misma con la firma de un
imaginario acuerdo de colaboración
que me auto-defendiera de mi propia
cobardía y otros posibles boicots.
DIA 2 VIERNES
Tres horas pegada al móvil, cuadrando
199

el círculo. Por momentos, a punto de
mandar mí acuerdo bastante lejos.
Mi hija, tengo una hija, pasa este
fin de semana con su padre, pero
el lunes tiene natación y dentista,
así fue la logística se vuelve todo lo
barroca que puede ser una logística:
bolsa para el finde, bolsa para el
cole, bolsa para nadar, bolsa con
el regalito para el cumpleaños de su
amiguita Sara… Felizmente tengo el
metro para pensar en qué meter en
la maleta. Tres días en Venecia… Mes
de diciembre. Sergio me ha llamado
preocupado, sin acabar de creer que
me encontrará allí mañana.
200

− Sí, de verdad, muchas gracias, no
te preocupes. Tardo, pero ya sabes
que después no tengo vuelta atrás…
− Sí, eso es verdad. Bueno, hace
bastante frío y mucha humedad. Ven
cómoda, no traigas sólo taconazos
que te voy hacer andar… ¡Ah! Por
cierto, hay un pequeño cambio de
planes de última hora. Tu avión llega
a Verona. Desde allí, quiero que
cojas el tren hasta Venecia. Tarda
algo más de una hora, pero merece
la pena. Cuando llegues a la estación
de Santa Lucía, me buscas.

− Sí, de verdad, muchas gracias, no
te preocupes. Tardo, pero ya sabes
que después no tengo vuelta atrás…
− Sí, eso es verdad. Bueno, hace
bastante frío y mucha humedad. Ven
cómoda, no traigas sólo taconazos
que te voy hacer andar… ¡Ah! Por
cierto, hay un pequeño cambio de
planes de última hora. Tu avión llega
a Verona. Desde allí, quiero que
cojas el tren hasta Venecia. Tarda
algo más de una hora, pero merece
la pena. Cuando llegues a la estación
de Santa Lucía, me buscas.
203

− Pero... ¿y ese cambio?
− Hazme caso, quiero que veas algo…
¡Ciao!
Sergio siempre dando órdenes.
Escucho su voz y parece que el
tiempo no ha pasado. Me habla con
el mismo tono de siempre. Sólo ha
eliminado algunas expresiones de
su vocabulario y ahora introduce
palabras italianas con frecuencia,
como si al llamarme cara o bella
el sentido de las palabras fuera
menor y estuviera amortiguado por
la preponderancia de su sonoridad.
Sergio lleva casi diez años en Italia,
204

justo desde el día después de mi
boda.
Un abrigo, un paraguas, mis botas,
unos zapatos monos por si acaso,
dos jerseys, nos vaqueros, un vestido
abrigadito pero sexy, que ya es
difícil, un pijama, mi bolsa de aseo
con las cien cremas, ropa interior de
diario… dudo si meteré también un
juego de la categoría “nunca se sabe”,
aun siendo consciente de que en mi
caso, este simple hecho, cual ley
ineludible, anula toda posibilidad.
A la inversa también funciona. Es un
riesgo que hay que correr y del que
205

ya ni me acuerdo…
Tras sobrevolar las quejas de mi jefe
por irme antes un viernes, contestar
infinidad de correos para no dejar
f lecos sueltos y pintarme el ojo a la
velocidad de la luz en el ascensor, por
fin estaba en el aeropuerto. Siempre
me han gustado los aeropuertos. Uno
tiene la sensación de que el mundo
entero está al alcance de la mano.
Todos esos nombres de destinos
lejanos sobre las pantallas - Helsinki,
Dakar, Shanghai… - parecen acercar
otros mundos, a nuestra realidad más
inmediata. Los aviones son puentes
que, más allá de unir países, unen
206

mundos, posibilidades, abren la
puerta a otras vidas, no sabemos si
mejores o peores, pero sí distintas.
Vidas que mientras viajamos,
vivimos con una intensidad inusual,
con una percepción del tiempo que se
estira, se profundiza, se expande…
haciéndonos sentir que, aunque
hayan sido dos días, llevamos allí
mucho más tiempo.
Mientras
divagaba
en
mis
pensamientos, eché mano de
forma, casi autómata, a la guía y
abriéndola por cualquier página
leí: “Se recomienda hacer el primer
acercamiento a la ciudad a través de
207

las rutas turísticas, que están muy
bien señalizadas, y que van desde la
estación de tren hasta la Piazza San
Marco. Estas vías son la de Rialto
o la de la Galleria dell’Academia.
Puesto que el agua es lo que domina
la ciudad, otra buena manera de
recorrer Venecia es en vaporetto,
desde Piazzale Roma, en el este
de la ciudad, hasta la Piazza San
Marco, en el centro, a través del
Canal Grande. El Canal Grande es la
esencia de Venecia, con todo tipo de
embarcaciones, desde los vaporetti y
taxis acuáticos, hasta los traguetti (6)
y, por supuesto, las góndolas.”
208

Bueno, parece buena idea entonces
esto de empezar desde la estación de
tren.
La mitad del viaje la pasé repasando
el estado en el que había dejado a
todos aquellos de los que de un modo
u otro me ocupo, o me preocupo.
Mi hija, mis padres, mi trabajo, mis
plantas… ¡sólo es un fin de semana!
Hace tanto que no salgo sola que
pienso que soy imprescindible y que
el mundo sin mi se desmoronará.
En el taxi del aeropuerto a la estación
de tren, recordé mi última estancia en
209

Verona, con poco más de veinticinco
años. Me reí de mí misma evocando
los papelitos plagados de frases
románticas que pegué con chicle en
la casa de Julieta. Las paredes ya no
dejaban espacio para un alfiler, y aun
así, los devotos del amor acudían a
esta especie de santa de lo profano
que, en mitad del jardín, agarraba
su pecho como si en él estuvieran
guardados todos los secretos del
corazón. Mis papelitos de entonces
tenían un culpable, el mismo que
ahora me esperaba en Venecia.
Según el tren quemaba kilómetros,
algo en mi interior se empezó a
210

revolucionar. Fui varias veces al
baño, sólo por mirarme en el espejo
y comprobar mi estado. Me puse más
corrector de ojeras - bendito invento
- más rimmel, más perfume… hasta
que me di cuenta de que estaba
nerviosa y hasta un poco emocionada
por aquel reencuentro.
En un momento dado, el tren inició
su marcha sobre un puente, rodeado
de agua por todas partes. Nada
excepcional en principio, aunque
curioso. Por megafonía anunciaron
la llegada a Santa Lucía, pero por
ambas ventanillas lo único que se
veía era agua y más agua. ¿Dónde
211

estaba la estación?
Hasta que de forma casi mágica se hizo
la oscuridad, y el tren se encarriló
a través de una bóveda de hierros
entrando en su guarida. Tragué
saliva mientras miraba al vacío en el
refugio de la oscuridad, tratando de
asir un cable de serenidad dentro de
mi. Bajé del tren. Busqué a Sergio.
Lo vi de espaldas, mirando un puesto
de periódicos, con un paraguas negro
en la mano y sus andares caballunos
de piernas largas. El corazón me
palpitaba más de la cuenta a pesar
de querer evitarlo. Me daba bastante
212

vergüenza sentirme así, tan próxima
a la adolescencia, pero peor sería
aún que se notara...
− ¡Bueno, bueno! ¿A quién tenemos
aquí? ¡Qué guapa estás! ¿Qué tal el
viaje?
− Hola, bien, bien... muy bien. - Nos
besamos en las mejillas. - Se me hace
un poco raro estar aquí. - Y traté
de reírme de la forma más natural
posible.
− Sí, ¿verdad? Bueno, y eso que aún
no has visto nada… ¡Ven!
Y agarrándome del brazo, me condujo
213

hasta la puerta de salida, una puerta
enorme, de madera oscura.
− Cierra los ojos, ¡los dos! ¡No los
abras hasta que yo te diga! ¿Eh?
− Síii…
Escuché el crujido del portón al
abrirse, y un golpe de humedad con
olor a mar inundó mi cara.
− Ya, ábrelos.
La impresión me dejó sin habla. Ante
mí, se extendía un escenario propio de
otro tiempo, podría decir que hasta de
otra dimensión. La bruma dominaba
214

el ambiente, dejando entrever un
cuadro mágico compuesto por
fachadas de color sepia, pequeñas
embarcaciones con sus remos clavados
en posición vertical y un vaporetto
que se deslizaba sobre el agua y
que fue a detenerse justo frente a
nosotros.
− Este el Gran Canal. Bonito, ¿eh?
Ven, vamos a subir, este vaporetto
nos lleva a nuestro destino.
− ¿Dónde vamos? - Pregunté,
entusiasmada
− Es una sorpresa, pero bueno, te
adelantaré algo: este es el vaporetto
número uno; con él, iremos hasta
215

Ca’ d’Oro, bajaremos y caminaremos
por la calle que transcurre frente al
embarcadero, hasta Strada Nuova.
Sacó un papelito del bolsillo de su
abrigo, y leyó en alto:
− Desde allí, tenemos que girar a
la derecha y avanzar unos veinte
metros. Antes de Campo Santa Sofia,
girar nuevamente a la izquierda
por Calle Priuli. En el número 4011,
hay un gran portón verde por el
que se accede al jardín del Palazzo
Abadessa, nuestro hotel…
Mientras el vaporetto se abría camino
216

a través de las aguas, yo disfrutaba
maravillada del espectáculo. Me hizo
gracia escuchar a los gondoleros
cantar
canciones
napolitanas
mientras remaban. Había leído que
Venecia, para algunos, resultaba
algo kitsch, una especie de escenario
falso de romanticismo prefabricado
y hasta algo hortera. Sin embargo,
yo no sentía nada de eso, por mucho
que uno insistiera en buscarle las
vueltas, el conjunto era absolutamente
subyugador.
− ¡Me encanta! - Dije. - Es fascinante,
no parece real...
− A veces pienso que desaparece
217

cuando uno la abandona… No existe
ningún lugar igual en el mundo.
Aquí todo es posible, se rompen los
moldes, se sueltan los lastres, se
tocan los sueños, y lo que es mejor,
éstos se concretan si uno los desea
con suficiente intensidad.
Yo miraba su perfil; mientras él
hablaba, en mi cabeza, empecé a
repetir una frase: “Estoy en Venecia
con Sergio, es real, está pasando”. Y
apreté con fuerza el asa de mi maleta,
para tocar algo frío, neutro, algo
objetivo y familiar que me hiciera
recuperar la cabeza. Una cabeza
que andaba ya aligerando su peso,
218

confiando en el acuerdo firmado y
en concreto en la cláusula de “stop
al boicot”.
El Palazzo Abadessa me cortó la
respiración; estaba ubicado en el
corazón de la ciudad, en un entorno
de ensueño que invita a sumergirse
de pleno en la atmósfera veneciana.
− ¿Te gusta?
− ¿Qué si me gusta? Dios mío, ¡¡es
maravilloso!!
Para mi sorpresa, Sergio me cogió de
la mano, y mientras llevaban nuestras
maletas a nuestros dormitorios, me
219

fue explicando algunos detalles del
lugar.
− Se trata de una residencia de época,
catalogada así por la provincia de
Venecia y la Superintendencia de
Bienes Artísticos y Culturales. En
realidad, es un palacio de fines del
siglo XVI; verás que tanto los frescos
de las paredes como los muebles
son auténticos de la época. Así que
no rompas nada, maja. - Se rió. Además: todos los cuadros son de la
escuela de Tintoretto.
− Estoy impresionada, ¿desde cuándo
sabes tanto de arte?
220

− Desde que decidí impresionarte, y
veo que lo estoy logrando. - Se burló,
guasón.
− No seas presuntuoso. - Y le solté
la mano, alejándome para observar
con detenimiento el suelo de mármol,
los altísimos techos de madera y
las ventanas de cristal emplomado
con vistas al canal, desde donde se
divisaba un embarcadero privado.
− ¿Has jugado al mus alguna vez?
- Me gritó desde el otro extremo,
acercándose en una carrera.
− No...
− Bueno, pues investiga entonces el
sentido de “órdago a la grande”. - Dijo
tocando con su dedo índice la punta de
221

mi nariz. - Voy a subir a cambiarme,
¿vienes? Quiero que demos un paseo
y que vayamos después a tomar vino
a una pequeña bodega que conozco.
¡¡Te encantará!!
Mi habitación era inmensa: una
cama con dosel y multitud de cojines.
Preciosas alfombras que hacían de ir
descalza un placer para los sentidos.
Me sentía ligera, ligera y feliz,
aunque, paralelamente, se librara mi
particular y eterna batalla. Éramos
viejos conocidos, nos sabíamos los
defectos y las virtudes de memoria,
habíamos roto, vuelto, roto, vuelto,
más de mil veces desde los trece
222

años. Era de locos, y sin embargo,
quizá, al igual que Venecia, el
poder de estar juntos, el magnetismo
mutuo, era tal que sucumbíamos
periódicamente a ese inf lujo extraño
y a la vez tan familiar. Yo me había
autoprohibido el sufrimiento gratuito
después de mi divorcio. Quería vivir
con todos los sentidos a un tiempo,
sin agotamientos emocionales más
propios de la adolescencia que de un
adulto. Y eso lo incluía a él. Sobre
todo a él.
La tarde pasó veloz, suave y
lánguida, a pesar del frío y la
humedad. Caminamos sin parar
223

visitando Piazza San Marco, con sus
palomas y su monumento estrella: la
Basí lica. Contemplamos en silencio,
como extasiados, el impresionante
y casi indescriptible escenario que
se observa desde el Puente Rialto,
el más famoso de Venecia, junto al
Puente de los Suspiros. Paseamos,
nos reímos, conversamos, pero ni
una palabra sobre mi divorcio ni
una alusión a nuestras vidas fuera
de aquel marco de cuento de hadas.
Más tarde, en una entrañable bodega
con olor y sabor añejo, nos sentamos
en unas graciosas banquitas de
madera y pedimos Rosso Antico. A
224

la tercera copa, y animados por el
calor y el encanto del lugar, nuestra
conversación se hizo más íntima,
nuestros cuerpos se aproximaron,
y mientras Rita Pavone cantaba
“Cuore” en un viejo transistor, nos
besamos casi por inercia, como el
paso lógico siguiente a todo lo que
hasta el momento había acontecido.
No dijimos nada; sólo al cabo de un
rato, Sergio me anunció:
− Quiero que sepas que no ha sido un
accidente: voy a por todas, Paula. Y me guiñó un ojo.
Esa noche apenas pude dormir. A
225

pesar de lo confortable de mi cama
y el ambiente sosegado y dulce que
lo invadía todo, mi corazón estaba
inquieto, dominado a partes iguales
por el deseo, la nostalgia, el miedo
y la prudencia.
− Voy a liarla, otra vez, y bien parda. Pensé, y el acuerdo antiboicot volvió
a mi mente.
DIA 3. SÁBADO
Desayunamos en el Café Florian,
en la Plaza San Marcos; precios
astronómicos aunque, sin duda,
alguna se trataba de una experiencia
única.
226

Apenas podía mirarlo a los ojos;
sin embargo, yo sentía que él me
observaba, atento. La música en
directo añadía un toque teatral al
momento.
− Este Café es el más antiguo de
Europa, y el primero que permitió
la entrada a las mujeres. - Comentó
Sergio para iniciar la conversación.
- Quizá ahora se arrepientan. Bromeó. - Los tres Cafés de esta
Plaza, el Florian, el Quadri y el
Lavena, son cafés del siglo XVIII.
− Son preciosos. Gracias, Sergio, de
verdad, es todo perfecto...
− ¿Te sientes bien? Estás tan
callada…
227

− Sí, estoy bien, quizá algo
abrumada por la belleza del lugar y
por tus atenciones. Es una extraña
sensación: una parte de mí me pide
ser prudente y recordar todo lo
que sé sobre nosotros; otra parte
me hace sentir que f loto, etérea y
relajada, predispuesta a romper con
todas las barreras y las limitaciones.
− Es el efecto de Venecia. Por eso te
pedí que vinieras. ¿Por qué crees que
aquí se celebra uno de los Carnavales
más famosos del mundo? Aquí la carne
vence siempre, aunque no lo quieras.
El deseo juega en casa. La esencia de
los sentimientos sale a f lote y navega
libre por la superficie del Canal.
228

−Sí, eso debe de ser, un hechizo
momentáneo. - me reí algo burlona.
El resto del día transcurrió en
un suspiro. Visitamos la Galleria
dell’Academia, con sus tesoros
pictóricos. Maravillosa la Tempestad
de Giorgione, con sus personajes
insólitos y distintos unos de otros.
Según pasaban las horas, mi deseo
de que el tiempo se alargara crecía
y crecía. Empezaba a disfrutar
verdaderamente de aquella ciudad y
de su mórbido embrujo.
Después de acercarnos hasta el Lido,
sede del mítico Festival de Cine de
Venecia, y visitar también la isla de

− Sí, eso debe de ser, un hechizo
momentáneo. - Me reí algo burlona.
El resto del día transcurrió en
un suspiro. Visitamos la Galleria
dell’Academia, con sus tesoros
pictóricos. Maravillosa la Tempestad
de Giorgione, con sus personajes
insólitos y distintos unos de otros.
Según pasaban las horas, mi deseo
de que el tiempo se alargara crecía
y crecía. Empezaba a disfrutar
verdaderamente de aquella ciudad y
de su mórbido embrujo.
Después de acercarnos hasta el Lido,
sede del mítico Festival de Cine de
Venecia, y visitar también la isla de
231

Murano, cambiamos nuestro plan de
cenar en un concurrido restaurante
por el de guarecernos en una Ostería
típica, con manteles de cuadros,
barricas de vino y deliciosos fiambres.
Un cliente que parecía ser asiduo
de la casa se animó a cantar varias
canciones llenas de entusiasmo y
pasión, contagiando a todos los
demás.
Y así, una vez más, empujados por
una ley invisible y voluntariosa,
entre vasos de vino y salami rosso,
volvimos a besarnos. Despacio,
saboreando el momento, sintiendo a
un tiempo la música, el calor de la
232

chimenea, el aroma a madera de
las barricas y nuestro propio olor,
ese olor tan familiar que ha estado
yendo y viniendo, como las mareas de
Venecia, durante los últimos treinta
años.
− Si no puede ser aquí, ya no será en
ningún sitio. Lo sabes, ¿verdad?
− Me temo que sí.
Esa noche nos sobró una habitación.
DIA 4. DOMINGO
Todo resultaba tan sencillo, tan
natural, que era imposible poner
233

resistencia. Resistencia, ¿por qué?
¿Por el miedo a sufrir, por el miedo
a vivir con tanta intensidad que
todo pareciera después carente de
sentido? ¿Por el temor a perder el
control y dejar nuevamente el corazón
expuesto?
Mi vuelo a Madrid salía temprano,
así que desayunamos y salimos
directamente hacia el aeropuerto.
Sergio me abrazaba, me cogía la
mano, me besaba, consumía nuestros
últimos momentos juntos con una
avidez que yo no le conocía.
− Espero que lo hayas pasado bien. La
234

verdad es que nunca pensé que fuera
a salir tan bien. Temía que salieras
corriendo, hasta nadando. - Se rió.
− Ya no hago esas cosas. - Dije, con
un tono de guasona arrogancia.
− Próximamente, iré a Madrid, y
espero retomar este momento justo
aquí, donde lo hemos dejado.
− Madrid es otra cosa…
− Sí, es verdad, es la ciudad en la que
te conocí y donde empecé a quererte
antes de que llevaras tacones y yo
tuviera barba. Paula, escúchame
bien: prefiero pelear contigo que
seducir a mil mujeres. Recuérdalo.
Y así, con las piernas f lojas como
235

cuando tenía quince años, regresé a
Madrid. Durante el viaje, entregada
a los oráculos de los bombones Bacci
y ojeando una revista, encontré una
fantástica entrevista a una conocida
escritora italiana que celebraba
su noventa cumpleaños: “Sólo me
arrepiento de las cosas que no hice;
no hay felicidad mayor que llegar a
esta edad con la satisfacción de haber
aprovechado cada minuto de la vida,
así hayamos sufrido o disfrutado. Sólo
a eso se le puede llamar vivir”.
236

Y con este pensamiento adoptado
como lema, decidí una vez más
durante mi viaje de regreso en metro
que lo incorporaría, como cláusula
número uno, en mi personal acuerdo
conmigo misma, en mi contrato de
felicidad.
237

VIII
NIÑA
CON TRENZAS

“TODO EL MUNDO SABE
QUE ES DIFÍCIL ENCONTRAR
EN LA VIDA UN LUGAR,
DONDE EL TIEMPO PASA
CADENCIOSO Y SIN PENSAR
Y EL DOLOR ES FUGAZ…”
(“CAMINO SORIA”, GABINETE CALIGARI)

ESCUCHA.
Niña con trenzas,
Voy a enviarte esta carta a través de
un cartero muy viejo y muy sabio.
Viene pocas veces, casi siempre
temprano.
Trae una bolsa de cuerda debajo
del brazo y de ella surgen sobres,
color del hueso, raídos, cansados,
pero sobre todo, contentos.
Son cartas tranquilas que llevan
escritas noticias eternas.
245

Salieron un día, quizá de hace un
siglo, y decidieron girar en sentido
inverso.
Dieron
vueltas
y
vueltas,
aprovecharon el tiempo. Sabían que
su viaje tendría como destino final
el cajón o el fuego.
Tal vez el embozo de una almohada,
si tenían suerte.
Antes de entregarse sin presentar
batalla,
desafiaron
premuras,
anhelos y esperas, llegando por fin a
su destino cuando les pareció certero.
246

Yo confío en ellas porque saben que lo
que llevan dentro es para siempre.
Siempre, siempre… qué palabra tan
rara…
El día que te vi por primera vez,
estabas colgada de un clavito muy fino.
El peso del cristal que te apretaba
contra la pared me hizo temer que te
cayeras. Así que me encaramé a una
silla y te aseguré. Ya está, me dije.
Entonces reparé en tus trenzas y
en tus lunares. Te estuve mirando
fijamente casi una hora. Oscureció y
247

vinieron a buscarme.
En mi larga noche de insomnio, dibujé
hasta el infinito tus ojos, tu boca, la
raíz de tu pelo, tus tiernas mejillas
cuajadas de estrellitas tostadas y
diminutas…
Te amé desde el primer instante,
y hoy puedo decirte que, más que
descubrirte, te reconocí.
Algo en tu pelo, en tus manos blancas
y pequeñas asiendo los pliegues de
tu vestido… todo me resultaba tan
familiar...
248

Casi podía olerte.
Pregunté a todos por ti.
¿Quién es la niña con trenzas de la
fotografía? Una niña que vivió en
esta casa hace mucho tiempo, me
decían. ¿De nuestra familia? No, de
unos dueños antiguos…
Antiguos…
Esa palabra te situaba muy lejos, en
un mundo paralelo e inalcanzable,
obligándome a seguir tu rastro en
cada rincón de la casa.
249

Saber que compartíamos las paredes
de aquel lugar me embriagaba de un
sentimiento nuevo y desconocido. Un
amor en estado puro, sin razones ni
cortejos. Un amor suspendido en el
aire, eterno e incondicional.
En lo más profundo de mi estado de
ensueño, yo te recordaba.
Sabía tus gustos y sentía tus miedos.
Muchas noches traté de protegerte
abrazando tu fotografía contra mi
pecho desesperado.
250

Mi corazón latía con la impaciencia
del adolescente que era. Mi cuerpo se
despertaba anhelante de tu tibieza,
una tibieza atrapada entre el frío del
cristal y el tiempo.
Te amaba.
Una tarde, la felicidad, espléndida
y generosa, llamó a mi puerta. En
un viejo arcón arrinconado en la
bodega, encontré tres fotografías
tuyas y algunas prendas.
El cielo se abrió para mí, y tus
251

múltiples lunares brillaron más que
nunca como estrellas. Arrastrado por
mi delirio, juré que te tendría. Nunca
estuve tan cuerdo como entonces.
Y allí, por fin, entre amarillos velos
de gasa y mi estrenado tesoro, supe
tu nombre.
Marina. Niña de las trenzas.
Caballito de mar, lucero, espuma
rizada de mi inocencia, promesa
eterna, amor por siempre…
Siempre…
252

Fue así que comprendí el verdadero
sentido de esta palabra y decidí
escribirte.
No hay prisa. Mi carta dará mil
vueltas y llegará a tu encuentro en su
sobre color de hueso, raído, cansado
pero también contento.
Llevará entre sus líneas azules el trazo
tranquilo de una noticia eterna.
Te amo.
Hoy y siempre, Marina, niña de las
trenzas.
253

UNOS CUANTOS
I NÉS V ÁZQUEZ , 2014

NOTA DE EDICIÓN I

Algunos de los relatos incluidos en esta
obra de Inés Vázquez han obtenido
diversos premios literarios; en concreto,
“Dos horas” (página 21) y “El mismo
océano” (página 79) fueron galardonados
en el Certámen Internacional de Relatos
Cortos “Filando cuentos de mujer” (el
primero mencionado, finalista de la
VII convocatoria del 2008, y el segundo,
Accésit en el 2007); y “Contrato de
felicidad”(página 193) fue primer
premio del concurso de relatos de viajes
“One Planet Travel” (2009).
259

NOTA DE EDICIÓN II

Todas las fotografías que han sido
utilizadas para el diseño de este libro
digital (cubierta, e incluidas en páginas de
interior) pertenecen al poeta, narrador
y fotógrafo Alfonso Vila Francés.
261

G LOSARIO
(1) COMAL (página 26): Útil recipiente de
cocina, tradicional en México y otros países
centroamericanos; es una superficie de
barro o metal, con forma de disco delgado,
para asar cualquier tipo de alimento.
(2) ATOLE (página 26): Bebida popular de
México y otras zonas de América Central;
está elaborada a base de maíz cocido,
molido, diluido en agua o leche y hervido
hasta darle cierta consistencia.
(3) MEZCAL (página 48): Aguardiente que
se obtiene por fermentación y destilación
de una variedad de agave, pita de tallos
carnosos rodeados de tubérculos.

262

(4) GÜERO (página 48): Mexicanismo para
referirse a personas extranjeras, con rasgos
físicos particulares (de tez pálida, rubios o
pelirrojos), opuestos a los típicos “indios”
o “morenos” del país centroamericano.
(5) VAPORETTO (página 198): Tipo
de embarcación, típica de los canales
de Venecia, utilizada como medio de
transporte público.
(6) TRAGUETTI (página 208): Plural de
traguetto; antiguas góndolas a las que
se les han quitado sus sillones y toda su
decoración, conducidas por dos gondoleros
y que permiten cruzar el Gran Canal.

263

ÍNDICE
PRÓLOGO,

DE

C ARMEN C AMBRES

4

DOS HORAS

21

NOGALES

47

EL MISMO OCÉANO

79

LIBERTAD

109

UNA FLOR

145

CACAO

163

CONTRATO DE FELICIDAD

193

NIÑA CON TRENZAS

245

NOTA DE EDICIÓN I

259

NOTA DE EDICIÓN II

261

GLOSARIO

262

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DESENCAJADOS,
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CHRISTIAN JIMÉNEZ

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