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ÁNGELES DE CUATRO PATAS

David Rozas Genzor

ÁNGELES DE CUATRO PATAS

David Rozas Genzor

ÁNGELES DE CUATRO PATAS David Rozas Genzor

Primera edición: noviembre, 2014 Título: Ángeles de cuatro patas

© David Rozas Genzor

© Del prólogo Paco Martín

© Diseño y maquetación: James Crawford Publishing contacto: jamescrawfordpublishing@gmail.com

© Canem Ediciones contacto: contacto@canemterapia.com

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de repro- ducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infrac- ción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la pro- piedad intelectual. Todos los demás derechos están reservados.

Las historias que van a leer están basadas en hechos reales.

Se han cambiado los nombres y algunos acontecimientos para preservar las verdaderas identidades de sus protagonistas.

A Mingo y sus hijos, por enseñarnos tanto.

Índice

Una vida de perros. Prólogo de Paco Martín

13

BRISA DE ESPERANZA

21

UN LADRIDO A TIEMPO

57

ANALGÉSICO DE ACCIÓN RÁPIDA

85

GALLITOS

117

MALDITO DUENDE

151

Agradecimientos

181

Programa ideA

188

UnA vidA de Perros Prólogo de Paco Martín, director de canem

Hace tiempo, tras un día intenso precedido por varias semanas de mucho trabajo y frustraciones, nos dirigíamos una alumna en prác- ticas y yo en mi coche hacia nuestros respectivos hogares. Era ya

tarde para leerle el cuento a mi hijo pequeño y para relatarle mis penurias a Marta, mi mujer.

El que escribe defendía ante su alumna la posición de lo injusta

que es la vida de muchas de las personas receptoras de nuestras terapias. Hablábamos de lo duro y lo frustrante que es vivir en este

mundo tan deshumanizado, condicionados a dejar pasar la vida de espaldas a aquellos que más nos necesitan. Al final de dicha conver-

sación, tuve la brillante idea de pronunciar la sentencia que resumía entonces todo mi sentir:

—Es lo que hay, nosotros no podemos cambiar el mundo.

A lo que mi aventajada alumna respondió, exaltada y con un

punto de mala leche:

—¡No me jodas, Paco! Ve y pregúntale a Dani si hoy no hemos cambiado su mundo. Esa fue la última frase de la charla trascendental, sólo continua- da minutos después por un “Hasta mañana, sensei. Descansa y no hagas

más sangre”. Después de aquello, reflexioné. Y no tardé en comprender, con la máxima ilusión, que sí es posible cambiar el mundo; el mundo de Dani, el de Manolo, el de Nahuel, el de Mingo, el de Víctor y el de tantos y tantos otros usuarios de terapias. Más allá del protocolo de trabajo o de los objetivos planteados, nos encontramos con la realidad del día a día; una realidad que acompaña, con una tremenda carga anímica, a cada historia, a cada

vivencia, a cada persona. Y no es posible transmitir estas historias sin hablar de un marido, una mujer, unos hijos, un amigo o familiar que tira del carro o empuja la voluntad de aquellos que se enfren- tan con dificultades añadidas a una vida, en demasiadas ocasiones, complicada para todos. Nuestra vocación nos obligaba a compartir todas estas expe- riencias con más gente. Intentar hacer partícipes no sólo a usuarios, sino también a lectores, amantes o no de los perros, que aún desco- nocen estos diferentes tipos de terapias asistidas. Por ello, y desde un gran respeto hacia la escritura y sus com- plejas entretelas, el paso lógico era sumar a nuestro equipo multidis- ciplinar a alguien capaz de plasmar por escrito algunas de nuestras mejores vivencias, con estilo propio y de una forma especial. da- vid rozas Genzor, escritor de corazón y vocación, quizá sea hoy uno de los miembros más peculiares de nuestra casa, rodeado de terapeutas, educadores, adiestradores profesionales y perros. Se ha ganado su puesto entre nosotros por méritos propios.

Os felicito por haber elegido acompañarnos a través de estos relatos, en esta particular forma de arreglar pequeños mundos; lo- grando, sin duda, arreglar al mismo tiempo el nuestro.

Espero que disfrutéis de la lectura de este libro, al menos tanto como hemos disfrutado colaborando para su elaboración.

Paco Martín Director y adiestrador de Canem

“Ha sido una experiencia impactante leer las historias de este libro, en donde se bucea en las profundidades de la biografía humana, no sólo de los hechos, sino también de todo lo que pasa por dentro del protagonista de cada historia. Algo se hace inolvidable cuando impacta emocionalmente, y este libro impacta. No se trata sólo de contar las técnicas de hacer terapia con perros, que viniendo de Paco puedo decir que demuestran una gran creatividad y empatía, sino hacerlo desde el lado humano. Una de las cosas por las que siempre quiero tener cerca de mi vida a Paco es porque, además de ser un gran adiestrador, un cientí- fico y una persona extraordinariamente creativa, es un sentimental, y detrás de tanta creatividad y electricidad de alto voltaje en la ac- ción late con fuerza un enorme corazón que ha puesto al servicio de los demás y, sobre todo, de la gente que sufre. Y lo original de todo esto es que Paco demuestra que en la Naturaleza no humana y en la intervención no invasiva, hay sana- ción. Existen recursos que, manejados con sabiduría y consciencia, pueden ayudar a las personas. El libro de David Rozas suma, y el lector comprenderá cuando lo lea exactamente todo esto que quiero transmitir”.

isabel salama Falabella Presidenta de Honor de AETANA Especialista en Psicoterapia Asistida con Animales y Naturaleza Madrid.

Francisco Martín, ingeniero «strictu sensum»

Para hablar de Francisco Martín, en adelante Paco, tengo que re- montarme a la primera vez que coincidí con él en 2009, cuando asistí a la ponencia que ofreció en un congreso internacional so- bre terapias asistidas con animales. Corría el minuto uno de su ex- posición y ya pude darme cuenta de que estaba ante un pionero, un emprendedor nato que con su trabajo estaba revolucionando el concepto de vida independiente de las personas con diversidad funcional. Desde entonces he ido siguiendo sus pasos, y cada nue- vo proyecto que ha acometido a lo largo de estos años me ha ido corroborando aquello que descubrí en aquellos días de congreso. Paco no sólo entrena perros de asistencia, no sólo realiza inter- vención terapéutica (eso lo hacemos los mediocres); Paco facilita la vida de las personas a quienes atiende y, lo más importante, es un ingeniero, del latín ingenium, un mago cuya capacidad de engendrar no tiene límites. Ello lo ha ido demostrando en la creación y coor- dinación de los diferentes equipos humanos que colaboran en sus proyectos, distribuidos a lo largo de la geografía de todo el estado español y parte del extranjero. Es capaz de inventar lo inimaginable a la hora de crear las ayudas técnicas que introduce de forma per- sonalizada en cada actuación, con el fin de colaborar en la mejora de la calidad de vida, tanto de las personas a las que atiende como de sus familias. Puedo dar testimonio de la total coherencia existente entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace, pues su trabajo con animales es real; su trabajo con personas con diversidad funcional es real; su discurso (íntegro y comprometido) destila la contundencia del que habla desde la experiencia de lo que ha hecho. Invito al lector a que vaya descubriéndolo a través de las pe-

queñas grandes historias que narra David Rozas, sobre casos en los que Paco y su equipo han aparecido como un Ángel en la vida de aquellas personas que han solicitado su ayuda. Historias de casos anónimos y particulares, de gente real que vive entre nosotros a las que él ha facilitado su existencia, y en el que los animales por un lado y la tecnología por otro han sido combinados con una gran maestría.

Gracias, Paco. Muchas gracias por tu valiosa aportación.

Juan vives vilarroig Escoleta D´hipoterapia “Els aurons-Castelló” castellón.

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BrisA de esPerAnZA

Estoy acojonado. Quedan quince minutos para el comienzo de la grabación y no me siento nada cómodo. Hasta hace un momento, Brisa seguía lloriqueando en el pasillo; me echa de menos. Ahora resoplo y me diluyo en sudor, mientras la chiquita de maquillaje, creo que dijo llamarse María, no deja de darme brochazos por toda la cara. Si no fuera porque el programa está a punto de empezar, haría rato que habría enfilado la silla hacia el pasillo, recogido a mis damas y huido juntos hasta el coche. Pero no puedo. No podría marcharme así y dejarlos tirados. Se lo debo primero a Paco, que con sus gestiones nos ha conseguido unos minutos en el magacín matinal de la televisión autonómica para que cuente mi experiencia con Brisa. Y se lo debo también a Carmen, mi esposa, porque si no hubiera sido por ella —a cabezo- na no la gana nadie— yo no estaría aquí tampoco, aguantando es- toicamente que esta tía me embadurne la cara como si me estuviera maquillando para la noche de Halloween. —Relájate, corazón —me susurra la muchacha, con voz aflau- tada. Se retira un instante hacia atrás, dedicándome la mejor y más brillante de sus sonrisas—. ¿No ves que si sudas tanto no puedo dejarte guapo para la tele? Hay que matar los brillos… Al carajo la tele, pienso al instante. Voy a salir pitando, ya. Pero no, me olvidaba que también se lo debo a Brisa. Sin los brillan- tes resultados del adiestramiento y sin la valía de mi perra, ningún redactor de televisión se hubiera interesado por la historia de un tetrapléjico como yo, y mi perra habría pasado casi desapercibida entre los canes del parque. Aunque, tengo que reconocer, que por cariñosa y pesada no hay ni dios que no se percate de su presencia,

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eso lo puedo asegurar. Resoplo de nuevo, malhumorado, procurando olvidar mis elu- cubraciones. Debo procurar calmarme, sólo es una entrevista en televisión que no va a ver nadie. Me encaro conmigo mismo en el espejo de atrezo que cubre casi toda la pared. Me contemplo durante unos instantes y me sor- prende un ligero cosquilleo en mis sienes. El principio de una mi- graña; siempre me pasa lo mismo cuando estoy nervioso. Genial, lo que me faltaba… Menudo careto. Por mucho que esta tía me embadurne, ahí quedan esas ojeras abultadas y negruzcas, como vainas caducadas,

y

esa piel cenicienta que casi nunca se enrojece. Y ese cabello negro

y

fino tan imposible de domar pese a mi corte de cepillo. Qué decir

de la papada y mi barriga de Don Pimpón —así me bautizó una vez mi sobrino, hace ya algunos veranos, cuando me vio con aquel sombrero de paja mientras paseaba por La Concha—, que este polo horrible que mi mujer me ha regalado para la ocasión todavía acen- túa más. Pero lo que de verdad me irrita no es este aspecto ridículo, sino los nervios que atenazan mis tripas. Temo que en cualquier mo- mento comiencen los gorgoteos y se desate la tormenta. Y ahora no es momento para meterle el turbo a la silla, deben quedar poco más de diez minutos para el comienzo del programa. Si al menos pudiera acariciarle el lomo a Brisa… Sentir la suavidad de su pelaje y el calor de su cuerpo. Eso me relajaría mucho más que los susu- rros melosos de la niña de la brocha. —¿Mi mujer sigue ahí fuera con la perra? —le suelto—. Hace un rato que no escucho a Brisa. —Pues no lo sé, cariño —contesta ella. Me fastidia que me trate como a un crío. Así, tan cerca, su perfume de chuchería casi me corta la respiración. Los nervios comienzan a apoderarse de mí más rápido de lo que temía. —¿Podrías salir un momento a comprobarlo, corazón? —Por

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la cara que pone, creo que se ha percatado de que comienzan a crisparme su vocecilla y esta especie de estucado veneciano que ha emplastado en mi cara. Me siento un poco arrepentido y procuro suavizar el tono—. Es que mi perra se pone muy nerviosa cuando me aparto de ella. Marta, María o como se llame, rezonga y murmura un desga- nado “¡oh, qué cuqui!” antes de girarse hacia la puerta. En ese mo- mento, escucho mi móvil vibrando, cuelga del brazo de mi silla, y no puedo evitar echarle un ojo. Tengo que acordarme de apagarlo antes de entrar. Sobre la pantalla iluminada veo un mensaje de Paco. Dejo una huella de sudor con el dedo cuando voy a leerlo: “Mucha mierda, artista”. Sonrío. Estoy a punto de responderle, cuando una esponjilla aparece ante mis ojos. —No están, chiqui. Han debido hacerles pasar ya al plató. —La voz aflautada de Marta vuelve a torturar mis oídos. Pobre de su novio, si lo tiene—. ¿Damos el último repaso? Mierda… Necesitaba darles un abrazo a mis damas y tranqui- lizar a Brisa antes de enfrentarnos a los focos. A pesar de que ya tiene cuatro años, su dependencia a mí le hace reaccionar como un cachorro malcriado. Espero que Carmen no se despegue de ella. Brisa es muy buena y dócil, pero si tardo más de la cuenta podría comenzar a gimotear y a no estar atenta. ¿Y si ya han comenzado a grabar sin mí? ¿Y si le están haciendo mostrar sus habilidades y ella no está por la labor? —¡Cinco minutos! —grita un hombre que se asoma de manera fugaz por la puerta entreabierta; sólo veo un manchurrón negro. Ahogo un lamento. El camerino es pequeño, hace un calor agobiante con tanta bombilla, y esta tía me pone cada vez más ner- vioso. Acciono el mando de la silla. —Pero… ¿dónde vas, Samuel? Vaya, ahora que le aparto de un manotazo esa esponjilla em- polvada y me dispongo a salir, la muy puñetera me llama por mi nombre. Lástima que ya sea tarde para convencerme.

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Aquella tarde, hace cuatro veranos, tenía la intención de disfrutar

de un paseo agradable junto a la familia por la ronda nueva de mi

Donosti natal. Pero las cosas se torcieron. Las gaviotas blasfema- ban por el calor, graznando en vuelos rasantes cercanos a nosotros mientras paseábamos bajo el Igueldo. Era terriblemente incómodo rodar pegado a la barandilla de plomo ardiente para no interrumpir

las zancadas de los turistas. Las ruedas de la silla se pegaban al pavi-

mento como si discurrieran sobre brea y el sudor marcaba las axilas

de

mi camiseta. Pero eso era lo de menos, lo incómodo era sentir

los

sollozos de Carmen a mi lado. Me hacían estremecer.

De nuevo amenazaba galerna, aunque la mar no trajera ni mu- cho menos en aquel momento vientos tempestuosos ni nubarrones desafiantes. El drama lo estaba viviendo yo en mi familia, soportan-

do

aquel amago de depresión que se había asentado en la mente de

mi

esposa y que mis hijos agrandaban con su insistencia.

—Pobrecico… —pronunciaba Carmen con un hilo de voz. —Piensa en otra cosa, mujer —mascullaba yo, un tanto aver- gonzado. Con aquel ridículo sombrero de paja y mi mujer detenién- dose junto al rompeolas para estallar en llanto, éramos el blanco perfecto de todas las miradas. Hubiera preferido que disimulara un poco, a la gente siempre le gusta especular con el drama ajeno—. Por favor, no montes ningún espectáculo —le rogué en un susurro, a ver si se le pegaba algo—. Enfermó… no pudimos hacer más. Hice ademán de encogerme de hombros en un intento por confortarla, pero sólo conseguí que me diera un tirón en el cuello. Los críos se abrazaron entonces a la cintura de Carmen y ejecuta- ron su protocolo habitual de consuelo. Con las gafas apretadas en la tripa de su madre, Jorge me observaba arrugando el entrecejo, mientras que Alberto, el mayor, se limitaba a bufar cabeceando. —Papá… —Conocía demasiado bien la mirada y el tono tris-

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tón de Jorge. Ya volvían al ataque con la monserga de comprar otro perro. Estaba harto de decirles que no quería ninguno más. Ellos seguían pasándolo mal por la muerte de Truca, pero yo tampoco había superado aún el duelo. Un condenado mosquito de la Leish- maniasis había sentenciado a nuestra primera perra poco antes del verano, y otra vez hacerse con un cachorro, educarlo y adiestrarlo para que me ayudara en mis tareas diarias no entraba de ningún modo en mis planes. Nada podría sustituirla. Casi sería irrespetuoso hacia su memoria: se muere Truca y compramos otro perro. Pues no. Al menos, no a corto o medio plazo. Quizás a uno largo. Muy largo. Con Truca me sentía acompañado, seguro, querido… Era una más de la familia. Su adiestramiento no había concluido como es- perábamos porque sólo dispusimos de una acelerada semana en Madrid para intentar que se familiarizara conmigo. La empresa de adiestramiento que me brindó la primera oportunidad de tener mi perro de asistencia contaba con su sede principal en la capital del país. Y por aquellas fechas tenía a mi padre recién ingresado en el hospital de Zaragoza, con todos los trastornos y preocupaciones que eso supone, por lo que tuve que viajar a toda prisa hasta Madrid para conocer a Truca y volver lo antes posible. El periodo de fa- miliarización e instrucción con el animal duraba dos semanas, pero por la enfermedad de mi padre tuve que reducirlo a una. Aquella experiencia fue sorpresiva y novedosa, pero sobre todo acelerada. Todos mis esfuerzos por conseguir los resultados que debía de haber logrado en el doble de tiempo, unidos a mis nervios incipientes por querer y no poder, sólo consiguieron lo inevitable; que la perra no acabara acoplándose bien a la familia. No se mostra- ba todo lo receptiva y afectiva que pretendíamos, y apenas suponía una ayuda en mis quehaceres. Al menos, su compañía me era indis- pensable desde que Carmen y Jorge salían de casa a primera hora de la mañana, hasta que regresaban por la tarde. Ellos se marchaban

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tranquilos y confiados a cumplir con sus rutinas mientras yo hacía lo que podía con Truca. No resultó ser finalmente tan servicial, atenta y cariñosa que Brisa, ni por asomo, pero sentirla siempre rondando por casa y acompañándome al bar o a los simples reca- dos era mucho más gratificante que pasarme toda la santa mañana pegado al móvil, al televisor o al ordenador como un zombi tecno- lógico, que era como solía pasarme las mañanas. Ya había desistido de tonificar mis piernas en la costosa máquina vibradora que, más que impedir la atrofia de mis músculos, sólo conseguía que mis in- testinos trabajaran más rápido de lo normal. Otro perro… Al cuerno con la pasta del adiestramiento, no quería encariñarme de otro animal. Aun así, no sé cómo me las apa- ñaría después del verano, cuando Jorge empezara el colegio. No lo había concretado todavía con mi mujer, pero todo apuntaba a que tendríamos que contratar a una asistenta, por si me pasaba algo o me caía de la silla y no pudiese pedir ayuda. Porque un centro de día se nos iba del presupuesto, y tampoco me fascinaba malgastar cada mañana en la monotonía de un geriátrico rebosante de vejestorios.

—Papá… —insistía el chico con voz demudada. La rabia y la vergüenza hacían palpitar mis sienes. A un lado, la escenita de marras, con Carmen procurando aplacar sin éxito aque- llos odiosos hipidos, y al otro, a lo largo del paseo, decenas de ros- tros multiétnicos, ávidos de chismorreo, que estiraban sus cuellos para alcanzar a ver más allá de la silla motorizada de Don Pimpón. Aquella tarde de falsa galerna acabé agotando la batería de la silla en un viaje continuo hacia ninguna parte, mientras mi familia quedaba a la deriva frente al rompeolas. Emprendí el regreso en solitario, huyendo de las lágrimas de mi mujer, de las miradas re- probadoras de mis hijos, de los rostros expectantes de los curiosos y del recuerdo de Truca, que también me dolía en el alma. Un bolo gigante, terrible, se adueñó de mi garganta a lo largo

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de toda la distancia que me separaba de la casa de mi hermano, hasta que, unos metros antes de alcanzar el portal, la silla se quedó frita. Escasos minutos después, mi dama y mis pequeños guerreros me sorprendieron por detrás con un abrazo prolongado. Por un instante, creí sentir también las patas de Truca cuando saltaba sobre mí.

—Dinos al menos que te lo pensarás —susurraba Carmen a mi oído—. Sólo prométenos eso ahora, cariño. —Por favor, papá… —insistía Jorge. He de reconocer que me reblandecieron tanto el corazón desde entonces que, sin querer o no, estaban allanando el camino para lo que iba a suceder forzosamente a la vuelta de las vacaciones.

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—Vamos, señor Vázquez. Le estamos esperando. El tipo alto con el que me acabo de topar en el pasillo es el dueño de la voz que anunciaba antes los cinco minutos. Es joven, luce perilla, lleva unos cascos negros con un pinganillo, una cami- seta negra con el careto de Chuck Norris —me chiflan las pelis del barbudo pelirrojo— con la frase: “Puedo estrangularte con el cable de un teléfono inalámbrico”. Suda tanto o más que yo y no tarda ni un segundo en colocarse a mi lado para ayudarme. —Oiga, que puedo yo solo. ¿No ve que tiene motor? —pro- testo. —Ya veo, ya… —rezonga el fan de Norris—. Pero es que el plató está detrás suyo. —Inmediatamente, levanta la mano derecha y señala sonriente con su dedo índice por encima de mi hombro. —Oh, vaya… —Casi me muero de la vergüenza. Tardo unos segundos en comprender el disparate que había estado a punto de hacer por culpa de los nervios, pero enseguida toco el mando de la silla y las ruedas traseras efectúan un giro de 180 grados. —¡Ay, esa perrita! —Marta cabecea desde la puerta del vestua-

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rio, sonriendo de forma estúpida—. Debe valer un potosí. Paso a su lado a toda velocidad, sin dignarme siquiera a mirar- la. Me ahorro la contestación, porque seguramente habría surgido alguna ordinariez de mi boca. “Claro que vale, niñata”. Aprieto los labios y mantengo la vista al frente, con el tipo de negro pisándome casi las ruedas. Apenas serán unos tres metros, pero este pasillo parece estrecharse a cada rodada; las paredes ennegrecidas y resque- brajadas, el suelo como una pista rugosa que frena mi avance por

momentos, la luz que se debilita al final, más allá de esos portalones con ojos de buey. ¿Son esos los lloriqueos de Brisa, o los sonidos chirriantes que atraviesan mi pensamiento son fruto de mi propio miedo? De repente, Chuck choca contra la silla y se lamenta. He frena-

do

sin querer ante la visión que se me presenta por el resquicio de

las

hojas metálicas. —¿Por qué se ha parado? ¡Casi me dejo la rodilla!

Veo un par de enormes cámaras negras de pie, al otro lado; gen- te pasar apresurada con cascos negros con pinganillos; una mesa de cristal rodeada por sofás grises en medio del plató, con personas de ambos sexos sentadas en ellos y charlando animosamente. Pero no hay rastro de Brisa ni de Carmen, y tampoco veo ni un solo espacio para colocarme entre los tertulianos. El corazón me da un vuelco, lo siento trotar con energía bajo mi pecho. No escucho lo que dice Chuck. Avanzo hacia las puertas y alar-

go el brazo tanto como puedo, con las pulsaciones golpeando mis

sienes. Entonces, como si de una fiel guardiana se tratase, la cabeza

de Brisa emerge por la abertura. No sé por qué me sorprende, si

llevo sintiéndola en todo momento. Empujo rápido las puertas y

mi perra puede traspasar el umbral con facilidad, lamerme el brazo

y erguirse sobre sus patas traseras para arrancarme a lametazos el ridículo maquillaje de la cara.

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No sé si Carmen estaría compinchada o no con la vecina, pero el caso fue que acabábamos de regresar de Donosti y ya nos esperaba Pilar en la puerta de nuestra casa con una caja de cartón muy sospe- chosa a sus pies. Al fin habíamos dejado atrás aquellas vacaciones pseudo-apocalípticas con el dichoso tema del perro humeando a to- das horas. Nos encontrábamos recogiendo las maletas de la furgo- neta, cuando la voz de Pilar sonó a nuestra espalda: “Venid, vamos. Mirad lo que os han traído”.

Cuando analicé la llamada de nuestra vecina, ya me imaginé

a qué se refería. Le di la vuelta a la silla y vi a los chicos soltar las bolsas en la acera y correr hacia el jardín. Carmen les siguió inme- diatamente y juntos llegaron al portal, se agacharon junto a la caja y

la vecina, y comenzó así un alzado continuo de mini-bestias peludas

con sus consiguientes carantoñas. Se les caía la baba. Mientras, yo estaba pasmado contemplando la escena desde la calle. No podía

ser verdad. —Vamos, cariño… ¡Ven! ¿A qué esperas? —me reclamó ense- guida Carmen. Malhumorado y mascando la tragedia, dejé en la acera los bol- sas que llevaba en las piernas y entré al jardín. —¡Hala, papaaa! ¡Mira! Antes de detenerme junto a ellos, dos cachorros ya habían ate- rrizado en mi regazo, cortesía de Jorge. He de reconocer que eran preciosos. Se ovillaban de una forma muy graciosa, temblaban, es-

taban tan calentitos… —¡Mira qué guapo es este! Era difícil apartar la vista de la camada, y más cuando tu hijo se empeña en estamparte uno de los cachorros continuamente en la cara. Aquella bolita de pelo blanco y canela despedía un olor mez- cla de leche materna y sus propios orines. No dejaba de lamerme

la mejilla. —¡Para, para! Déjalo en la caja —le ordené rezongando. Me

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moría por tener todos aquellos cachorritos de golden retriever en el regazo, pero se había formado un nudo en mi garganta recordando mis primeros momentos con Truca que me impedía seguir contem-

plándolos. —¡Éste te quiere mucho! —exclamó Alberto lleno de júbilo y llevándomelo a la cara. Levanté el brazo y me lo quité de encima cuando comenzaba a lamerme. Se trataba de una hembra, tenía los ojillos entrecerrados y

se encogía sobre sí misma. Sin poder evitarlo, mis dedos se posaron en su pequeño lomo y acariciaron suavemente su pelaje. Sentí de

pronto su calor entre mis dedos, sus débiles temblores… Tragué sa- liva con fuerza pero no conseguí digerir aquel nudo. En ese preciso instante miré a Carmen y capté, torturado, su expresión de alegría. Tenía los ojos empañados, igual que casi todos los días de aquel supuesto relax en mi tierra. De pronto, reaccioné; me hallé venci- do, engañado, llevado de nuevo a un terreno pantanoso al que me habían empujado sin remedio y del que me iba a ser difícil escapar. —Volved a dejarlos en la caja —les ordené severo, tendiéndole

la cachorrita a Alberto.

—Anda, no seas tan quejica, vecino. Déjales que jueguen un poco con ellos. —Pilar y sus malditas confianzas pueblerinas. La aprecio mucho, pero reconozco que me pilló en mal momento. Tuve que morderme la lengua para no decir alguna inconveniencia de esas que luego siempre me reprocha mi mujer.

—Papá… Nos prometiste que… —Odiaba ese gesto y esa voz.

A pesar de mi reacción, Alberto se resistía en recoger a la perrita. —¿De dónde han salido? —le inquirí a Pilar. Debí poner una

cara horrible, pues tanto ella como Carmen cambiaron sus expre- siones de inmediato. —Son de una amiga, su perra parió hace menos de un mes y no puede hacerse cargo de ellos. —Agachó la cabeza, como avergon- zada, y miró de reojo a Carmen—. Como os vi tan mal después de

lo de Truca, pensé que…

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—¡No! Sin mediar más palabra estiré todo lo que pude el brazo y de- posité al animal en el suelo. Ni siquiera su débil quejido me impidió arrancar de súbito la silla y enfilar hacia la puerta de casa, estar a punto de arrollar a Carmen y Pilar y sacar las llaves de mi bolso con una torpeza y unos tembleques dignos del más puro nerviosismo. —¡Samuel! ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? Ignoré las palabras de mi mujer, incluso conseguí tragarme mi orgullo y alguna réplica de la que más pronto que tarde me acabaría arrepintiendo. Cuando conseguí abrir la puerta, empujarla con las rodillas y pasar al recibidor, les escuché murmurar a mi espalda. Y antes de que pudiera frenar y girarme hacia ellos, las risas de los chicos ya inundaban toda la casa. —¿Dónde le veis la gracia, eh? —mascullé—. ¡Menuda ence- rrona me habéis…! Enmudecí en cuanto me enfrenté de nuevo a ellos y aquella bolita de pelo me hizo dirigir la vista al embaldosado. La muy con- denada, con aquellos andares eléctricos y tambaleantes, se adentra- ba en el recibidor tras de mí, como si me estuviera siguiendo. Jorge disfrutaba del momento y se arrodillaba en el suelo, alentando a la perrita a seguir mi estela. —¡Míralo, míralo, papá! ¿No ves cómo este te quiere mucho? En cuestión de segundos, Jorge la tomó del pescuezo, la cacho- rrita había emitido un gemido apenas perceptible, y acabó de nuevo tendida sobre mis piernas. —¿No ves que es una hembra, campeón? —le corregí—. Anda, límpiate bien las gafas y observa. —Con cuidado separé sus patitas para que Jorge pudiera comprobarlo con sus propios ojos. —¡Anda, pues sí! ¡Menudo fiasco! —Su cara era todo un poe- ma—. Y ahora, ¿qué hacemos? Sólo tenía pensados nombres de chicos. Yo iba a soltar una carcajada, pero entonces Carmen llegó jun- to a nosotros y cogió a la perrita.

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—Jorge, no seas tan pesado, por Dios. Ya has oído a tu padre. Tanto el gesto que mostró como su acción de querer llevarse al cachorro nos dejaron perplejos a ambos. En esos instantes de re- proche, me enfrié de inmediato y pude pensar con algo de lucidez. —Espera, cariño. —¿Qué? —Nos miramos tan sólo un par de segundos, pero nos conocemos tan bien que enseguida captó mi intención. Obtuvo una amplia sonrisa de mi parte por toda respuesta. Al- berto miró a Pilar entusiasmado. Jorge aulló como un loco, no lo veía tan contento desde que le compramos aquel equipo de dibujo. Le arrebató el cachorro a su madre y me lo devolvió dando saltitos de alegría. Carmen no me dejó volver a acariciar a la pequeñaja; se abalanzó de repente sobre mí. Me obsequió con un abrazo inolvi- dable y unas lágrimas en el cuello bien diferentes a las de Donosti. Confieso que en ese momento acabé de romper mi propio muro. No podía seguir impidiendo que mi familia fuera feliz. Nos lo merecíamos los cuatro. Y nuestra nueva inquilina, también. Como es obvio, Brisa no obtuvo su nombre gracias a mi hijo, que sólo tenía preparados nombres masculinos para su futura mas- cota. Yo la bauticé así horas después, cuando comprendí que su llegada traía consigo un soplo de aire fresco a nuestras vidas.

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—¡Je, je! Buena chica. Apenas puedo abrazarla a causa de la limitación de mis bra- zos, pero siento su cuerpo temblar y su corazón acelerado. Está lloriqueando de la emoción. Ha huido nerviosa del trajín del plató, sabedora de que yo no estaba allí sino al otro lado de las puertas. —Vamos, señor Vázquez. Ya deberíamos estar grabando —me apremia Chuck, el cansino. —¡Venga, baja! ¡Brisa, sit! Con lo grande que está y lo pesada que se pone en estos casos,

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