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Hoy temprano salí a caminar

Como es sábado, no debo trabajar y no tengo la premura del tiempo


Mientras caminaba se me ocurrió una idea que a veces ha rondado por mi
cabeza: ¡quiero ver a Dios!, dicen que está en el cielo ¿no?
He viajado en avión varias veces, por el trabajo, y siempre que viajo en
avión me gusta sentarme en el asiento que da a la ventana, es bonito ver la
tierra desde arriba, ver lo inmenso que es el territorio y lo pequeño que se
ve todo desde ahí, a veces he imaginado que en ese “cielo” vive Dios y lo
he buscado pero nunca lo he podido encontrar.
Hoy nuevamente quise encontrarlo.
Entonces comencé a mirar el cielo, tan blanco, tan blanco
Quise descubrir a Dios,
¡quizá recién se está levantando! – pensé
En medio de este ejercicio de mirar el “cielo”, se me cruzaron las ramitas de
un pequeño árbol que crecía al costado del camino
¡Estas hojas no me dejan ver a Dios! – pensé - mientras apartaba las hojas
del camino.
Eran unas hojas muy bonitas, tan simétricas, tan verdes.
Seguí mirando al cielo y levanté mis brazos, se supone que estaba haciendo
algunos ejercicios con los brazos, y comencé a jugar con mis dedos, con los
brazos hacia arriba
Entonces sentí como si estuviera en una gran cuna, me sentí como un bebé,
sentí como si alguien muy grande, un gigante, inclinaba su cabeza para
mirarme. Fue algo curioso, me dio ganas de juguetear con su barba, parecía
de algodón. Percibía hacia mi una mirada de gran cariño, un amor tan
grande que venía desde aquella persona que yo imaginaba ver.
Entonces pensé: Si Dios está en el “cielo”, quizá no me ve porque soy muy
pequeña. Comencé a agitar uno a uno mis brazos, como si tratara de llamar
la atención a alguien que me miraba desde lo alto.
- Hacer eso no era algo razonable. Si cuando he viajado en avión es
imposible ver a una persona desde la altura en la que se vuela, cómo será
posible que Dios me vea, a pesar de mis efusivos saludos no creo que Dios
desde el “cielo” que yo veía me viera.
Ya iba terminando la caminata. Levanté mis brazos hacia el cielo, y mis
manos chocaron con las ramas de un árbol. Como había garuado en la
noche, muchas gotitas de agua cayeron sobre mi cabeza, sentí como si una
persona jugara conmigo a echarnos agua.
Mientras me secaba la cara con la mano, mire al cielo y muchas gotitas
caían sobre mi rostro. Gotitas que se confundían con mis lágrimas de alegría
pues a pesar que durante esta caminata tenía toda la intención de descubrir
al Dios que creemos que está en el “cielo” que vemos, sentí que Dios
estaba más cerca de mi que lo que podía imaginar.
¿Haz buscado a Dios en el cielo? Es un bonito juego, inténtalo y puede que
lo encuentres como yo lo encontré el día de hoy, mirando el “cielo” que
vemos todos los días, mirándolo quizá con ojos diferentes.

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