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El paganismo en la Alejandría de Hipatia

El paganismo en la Alejandría de Hipatia

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EL PAGANISMO EN LA ALEJANDRÍA DE HIPATIA A mediados del siglo IV en Alejandría la población todavía mostraba reverencia hacia los dioses como

lo demuestra la abundancia de objetos sagrados, de templos ricamente decorados que disponían de todo el personal necesario para asegurar su actividad y su mantenimiento (custodios, sacerdotes, adivinos), templos donde continuaban cumpliéndose las prescripciones rituales según marcaba la tradición: los altares encendidos, los sacrificios puntualmente elevados a los dioses, las estancias perfumadas y las estatuas rituales engalanadas y dispuestas a recibir las suplicas de los devotos; en la ciudad se distinguían tres pueblos distintos: los judíos, los paganos y los cristianos. Pero, a diferencia de judíos y cristianos, los habitantes paganos no estaban organizados en pequeñas unidades de carácter local como las sinagogas 0 las iglesias parroquiales, tampoco exista ninguna jerarquía que articulase la totalidad de la comunidad pagana, ninguna autoridad bajo cuya dirección espiritual estuvieran sometidos todos los paganos. Además, dentro del paganismo no existía una rígida estructura institucional, pues la religiosidad pagana se manifestaba a través de una multiplicidad de expresiones, cultos y sectas. Y como ninguna de estas opciones exigía una adhesión exclusiva, el individuo podía practicar simultáneamente su devoción por distintos cultos. Asimismo hay un elemento fundamental que distingue la práctica pagana del judaísmo y el cristianismo, y es que la religiosidad pagana no constituye un ámbito aislado de las instituciones cívicas y el orden social. De hecho, los cultos paganos ofrecían a las ciudades mitos que explicaban su fundación, justificaban su primacía sobre un territorio, sus perspectivas de expansión, y ofrecían los instrumentos ideológicos necesarios para legitimar las estructuras políticas y la perpetuación de la autoridad que ejerce, sobre el cuerpo social, el grupo privilegiado. En Alejandría los cultos y prácticas rituales paganas se exhibían en todo su esplendor: convivían los dioses griegos, las divinidades orientales y los dioses romanos, a los que hay que añadir otras opciones religiosas minoritarias como los gnósticos, los seguidores del orfismo y de las prácticas herméticas o de la teurgia. Y como sustrato de este paisaje religioso, la propia tradición egipcia modeló a todos estos dioses, permitiendo la incorporación de atributos y rituales específicamente egipcios para obtener como resultado final un único mundo religioso grecoegipcio. Entre los dioses cuya presencia ha quedado atestiguada en la ciudad cabe destacar a Poseidón, divinidad suprema de los mares, cuyo santuario se ubicaba en la zona portuaria, los dioses dinásticos (asimilados al culto imperial) en la zona de los palacios, y los dioses que cuidan de las actividades comerciales en los muelles. Tampoco resulta difícil comprender las razones por las que dichos dioses reciben devoción en el corazón del núcleo urbano. Allí se encuentran los santuarios de las divinidades que la tradición vincula a la fundación de la ciudad: como el santuario del Agatodemo con forma de serpiente que fue muerto accidentalmente cuando se levantó la ciudad. La

iconografía de este dios representado bajo la forma de una serpiente recoge, por un lado, algunos elementos de sustrato egipcio, como un disco solar en la diadema que rodea la corona con la que se adorna la cabeza del reptil; por otro, un proceso sincrético con Serapis. También en el centro urbano se rendía culto a Tyche, la diosa Fortuna, que concedía a la ciudad prosperidad; Isis y Serapis, aunque contaban con santuarios en varios distritos de la ciudad, también disponían de un templo en plena Via Canópica. También en esta zona se localiza un templo dedicado a Cibeles, cuya presencia, un tanto extemporánea, solo se explica por la voluntad del emperador Septimio Severo. En el Gran Puerto y presidiendo el muelle principal destacaba uno de los escenarios del enfrentamiento entre paganos y cristianos, el Cesarión, que albergaba el culto imperial y donde también existía un santuario a Afrodita. Tal y como hemos apuntado, en las proximidades de los dos puertos recibían culto las divinidades más estrechamente ligadas a la navegación y el comercio: Poseidón, en el propio puerto, y en la isla de Faros se encuentra el templo a Isis Faria, protectora de los marineros. Los aspectos económicos y comerciales de la ciudad quedaban bajo la tutela de dioses como Cronos y su correlato egipcio Thot, divinidad que cuidaba del comercio. La presencia en esta zona portuaria de un santuario dedicado a la diosa tracia Bendis no resulta extraña, pues se trata de una divinidad detectada igualmente en otros enclaves marítimos como el Pireo, el puerto ateniense. EI otro gran foco del paganismo, considerado como último reducto de la resistencia pagana en la ciudad, fue el templo de Serapis. La importancia este templo, como santuario pero también como punto de reunión de la elite intelectual pagana, explica la amplia variedad de dependencias que albergaba, pues incluía recintos dedicados a divinidades con las que comparte cielo cultual, como Isis y Anubis, además de salas de conferencias y de estudio y una de las mejores bibliotecas de Alejandría. También hay que destacar otros templos ubicados en zonas periféricas, dedicados a un gran número de divinidades que no tenían tanta importancia cívica como eran los de Anubis, Hathor o Thot. Los dioses no griegos cobran también importancia en otros suburbios en la zona oriental, como en Canopo. Conectado a Alejandría por un canal próximo al Nilo, el distrito albergaba templos dedicados a Isis, Serapis-Osiris y Anubis, que adquirieron fama como centros salutíferos. La sanación, como veremos posteriormente, se obtenía mediante la incubatio, tras pernoctar en el templo y recibir en sueños un mensaje de la divinidad, que debidamente interpretado por el profesional ofrecía la respuesta oportuna para obtener la curación solicitada. Extraído de: MARTÍNEZ MAZA, Clelia. Hipatia. La esfera de los libros. Madrid, 2009. (Pgs. 207-214)

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