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UN CUENTO DE NAVIDAD

Capítulo V

Me fui a la habitación completamente


abatido por el fracaso de mis primeras
pesquisas. No había encontrado más que
hostilidad, en vez de avanzar en buena senda
que me condujera al personaje que en definitiva
era la única razón que me había llevado hasta
Beauboi sólo había conseguido oir historias
extrañas, de hombres que vienen a poner en
marcha obras, o de niños malditos. Al menos
ese día lo podía dar por perdido. Enfrascado en
mis pensamientos andaba cuando alguien
golpeó a la puerta con precaución, como quien
llama con los nudillos de manera imperceptible,
para que nadie más denote la llamada. Era la
sirvienta que me había acompañado a la alcoba
a mi llegada. Se introdujo en mi aposento sin
esperar a que la invitara, pero no sin antes
escrutar con recelo el pasillo de un lado y luego
del otro para cerciorarse de nadie la había visto
llegar. Cruzó el dedo índice, de la mano que
tenía libre, pues la otra sostenía un candelabro
con una vela de llama trémola, sobre sus labios
invitándome a mentener silencio.
– No quiero que nadie sepa que estoy
hablando con usted – dijo en voz bajao,
acrecentando mi sorpresa.
– ¿Es malo en particular hablar conmigo?
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–La
gente del
pueblo no
ve con
buenos
ojos a los
forasteros
y menos
a
aquellos
que vienen haciendo preguntas sobre las cosas
que nos inquietas, que tiene atemorizada a
gran parte de la aldea.
– ¿Atemorizada…?
– El conde ha amenazado con matar a
los recién nacidos para que sus gemelos sean
declarados como los nuevos mecías – dijo en un
todo que iba adquiriendo un tono cada vez más
enigmático.
– ¿Nuevos mecías? Ahora si que no
entiendo nada.
– El padre Damián, nuestro párroco
presagió el nacimiento de un nuevo mecía que
traería la paz entre los hombres buenos, nos
alejaría a los malos hábito y nos redimiría de
todos los pecados y faltas. Y ese nacimiento se
produciría por estas fechas, sin saber con
exactitud el día. Por ello, para que nadie
pusiese en cuestión que su hijo era el elegido,
el conde había decidido que acabaría con los
demás recién nacidos. No dijo de que manera
acabaría con ellos, pero sospechamos que
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dándoles muerte. Aunque no había contado con
el hecho que tener gemelos y ahora andan
decidiendo a cual de ellos venerar y a cual
denostar.

›› En un principio el cura se mostró resuelto


en buscar alguna señal que indicase con
certeza cual de ellos era el enviado y
encontraron una inequívoca señal en el
omóplato izquierdo de uno de los bebés. Era un
lunar con forma de estrella. Para nadie cabía la
menor duda, ese era el elegido. Hasta que una
de la amas llamó tímidamente la atención de
los concurrentes. El otro bebé presentaba una
señal exacta a la de su hermano aunque en el
omóplato derecho.
›› Los dos hermanos tenían sendas señales,
las dudas, vacilaciones e irresoluciones
continuan nadie sabe cual de los dos es el
mecía.
›› De la capital han llegado tres emisarios,
gente distinguidas según se comenta, con
diversos presentes para los recién nacidos pero
nadie se atreve a inclinarse hacia uno u otro,
por aquello de no tomar partido por el camino
erróneo de lo que tendrían que arrepentirse en
un futuro.
›› El conde anda siempre iracundo, gritando
a todos, maldiciendo su suerte, me lo ha dicho
mi prima Margarita que trabaja en el servicio de
palacio.

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– Entonces, tenéis dos mecías en vez de
uno. Tanto mejor – dije sin disimular mi tono
irónico fruto de mi escepticismo.
– No debería usted mofarse de estas
cosas – me reprendió mi informadora.
– Disculpa, es que ando un tanto confuso
por aquello que me ha traido hasta aquí y aún
no he podido averiguar nada, aunque me
parece interesante lo que me cuentas – mentí
con descaro aunque no se apercibió de ello.
– Pues de ello he venido hasta aquí, para
hablarle a usted precisamente de eso. El
hombre en cuestión que usted busca partió
hará un par de días hacia el bosque. Y nadie lo
ha visto regresar desde entonces.
– ¿El bosque? ¿Me dirás como puedo
llegar hasta el bosque? – pregunté con
entusiasmo renovado.
– No es buena idea la de entrar en el
bosque y menos sólo. Allí vive todo tipo de
criaturas. Yo nunca he estado, ni siquiera cerca
de él. Pero dicen que de noche se llena de
extraños cantos, de voces que parecen nacer
del fondo de una garganta que implora y se
lamenta. Me da escalofrío sólo de pensar en ello
– dijo mientras se estremecía y sus pechos se
agitaron con gelatinoso movimiento.
– ¿Me dirás quien puede acompañarme
al bosque? – pregunté impaciente.
– Nadie lo hará – dijo antes de salir de la
habitación.

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Continuará…

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