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© Rafael Martín 2009

Rafael Martín

Luz derramada
(Relato)

Dedicado con cariño a Ana Luna Oscura


Para situar nuestro relato en el tiempo debiéramos remontarnos hasta muchos siglos
atrás. Las civilizaciones aun eran precarias, como una vacilación de esperanza. La humanidad
se debatía entre peligros y acechanzas interminables. La vida no era fácil y la muerte era ley no
discutida, asumida, no un accidente.

Surgieron clanes guerreros con sus odios y treguas, luchas a muerte sin ética ni honor,
la supervivencia medía los actos por instinto. Lentamente despertaba la conciencia del alma.
Chamanes y brujos, talismanes y supersticiones, ritos y ceremonias de iniciación fueron
surgiendo por dondequiera que aquel hombre primitivo formara grupo atendiendo algún tipo
de vinculo.

En ese vasto período de tiempo olvidado en los anales hubo poblados que fueron
prosperando. Las causas de su holgura y bonanza solo son conjeturas: La cercanía de un rio
con pesca cuantiosa, un bosque fructífero, caza abundante, establecerse bien protegido de
ataques imprevistos,…

Dicen las leyendas antiguas que en cierta región de este conocido planeta dos
poblados insignes de aquella época rivalizaban sin pausa. Suponen algunos en las riveras del
Orinoco o del Amazona, otros tantos se decantan por el Nilo, los más atrevidos por entre las
orillas de los ríos Éufrates y Tigris.

Hubo días que atrevieron incursiones tímidas en zonas enemigas, vetadas. Se cuenta
que un mediodía una avanzadilla de jóvenes guerreros atrevió sus pasos en territorio enemigo
más de lo que aconsejaba la incipiente sabiduría de la prudencia. Avanzaban con cuidado,
sabiéndose en terreno hostil. Nadie se les interpuso en el camino. Camuflados entre la maleza
llegan hasta la guarida de la enfrentada tribu. El día palidece. Los ánimos exaltados. Todo
parecía en calma, ausencia total de guerreros invitaba al asalto y el pillaje.

En un arrebato de confianza uno de los más jóvenes, casi un niño, se abalanzó con su
arma en mano hacia el indefenso poblado. El resto del grupo quedó indeciso viendo como el
joven quiso mostrar su valentía en un ataque irresponsable en su primer día como hombre
guerrero. Nadie intuía que el rival regresaba justo por el otro flanco a su refugio.

Cuentan que en lucha encarnizada primó la huida quedando el niño tendido, como
muerto. A pesar de las versiones que han quedado desdibujadas por tantos siglos en algo
coinciden. En cierto momento de una escaramuza endeble quedó un niño mal herido y
moribundo. Tras la huida el invasor hizo balance de heridos y muertos. El primogénito del jefe,
autor de la irresponsable carga, no estaba entre los supervivientes que lograron salir en
retirada.

Al llegar la noche, junto a la hoguera, los que habían repelido aquel ataque imprevisto,
rindieron culto a los fallecidos en una ceremonia con danzas y cantos, mientras, tendidos
sobre el suelo alfombrado de ramajes y verdes hojas los venerados cadáveres quedaban
dispuestos para el gran viaje, tránsito que habría de permitirles la acogida de sus almas por El
Gran Espíritu.

No lejos del ceremonial el joven prisionero había sido atado de manos y pies con
filamentos trenzados con hojas de juncos. Sus labios resecos, su lengua yerta paladeando el
agrio sabor de la derrota y el cautiverio. Los ojos inyectados en sangre. El lívido cuerpo
envuelto en la oscuridad de la noche en un rincón del campamento enemigo. En sus febriles
ensoñaciones el golpeteo acompasado de los timbales y el continuo himno de los hechiceros
tejían una trama de pesadillas y alucinaciones de lo más absurdas e irracionales.

Apenas habían transcurrido unas pocas horas desde que el sol dejara de iluminar
bosques y laderas cercanas. Apenas quedaba unos instantes para que la luna hiciera acto de
presencia en aquella noche tupida de agria derrota y futuro incierto. Apenas unos jirones de
nubes ennegrecidas permitían cierta intimidad a las temblorosas estrellas en la oscuridad de lo
infinito. El silencio, aliado fiel de la hermética noche, quedaba herido por la bulliciosa
ceremonia junto a la hoguera prendida a escasos metros del joven prisionero.

Entre tanta algarada, vocerío y sincopado ritmo subsistía, imperceptible casi, el


movimiento sigiloso de varias mujeres junto al aturdido cautivo. Con esmerado cuidado fueron
limpiadas las heridas de sangre coagulada, de polvo y barro las manos y rostro. Siempre
cautelosas de no desatar sus ligaduras humedecieron sus labios con agua limpia vertida con
sutil prudencia, sin prisa. Peinaron su enmarañado e hirsuto cabello con sus dedos prudentes
y, aunque se tratara de un supuesto enemigo caído en desgracia, la mirada de aquellas
mujeres mostraba preocupación e inquietud comedida por la recuperación de aquel joven
para ellas desconocido.

No tardó en hacer el efecto buscado en el maltrecho prisionero los esmeros y


cuidados. Un amago de querer abrir sus ojos con un leve movimiento de nuca seguido de un
balbuceante resuello auguraba su inminente recuperación. Los ojos de sus cuidadoras se
abrieron permitiendo adivinar en la penumbra un brillo traslúcido, revelador de sus deseos y
esperanzas en el restablecimiento del doliente muchacho. Con un movimiento presto e
instintivo una de las más jóvenes posó su mano en el hombro del prisionero manifestando su
intención preocupante.

Apenas abiertos sus parpados, no sin cierta pereza involuntaria, notó el tacto
amistoso y tranquilizador, cálido en su destemplada piel. Como si se tratara de una mariposa
que, confiada, busca el descanso se dejó hacer. Su mirada intentó penetrar aquella visión
desdibujada. La duda de saberse consciente, despierto o aun sumido en sus pesadillas
recurrentes abrasaba sus pensamientos. Apaciguado quiso aferrar el gesto con su propia
mano y, fue el instante, entonces supo de su fatal condición al notar sus miembros reducidos,
sin posibilidad de movimiento voluntario. Tuvo que resignarse.

Abatido cerró nuevamente su mirada y se encomió de nuevo al sueño reparador. Dos


ojos, dos profundos ojos negros le guiaron desde ese instante en sus espejismos y
alucinaciones. Dos iris candentes taladraban su mundo de quimeras imposibles, una sola
huella tibia y vaga le acompañaba como coraza tejida de palabras tranquilizadoras en su vagar
por los inframundos de su subconsciente. Aunque siempre le persiguieran las más estrafalarias
y aterradoras acechanzas en sus ensoñaciones sentía que iba protegido, siempre acompañado.
Su alma no erraba a solas sino con el amigable calor cerca de su pecho y aquella enigmática
mirada que velaba sus pasos errabundos.
A la mañana siguiente una patina blanquecina cubría el celaje. Los arboles,
humedecidos durante la noche, dejaban sus ramas caer con cierta pereza a la espera de un
aire que les alegrara con ritmos y danzas improvisadas. Cantos y ceremonias habían cesados y
solo el murmullo conocido del bosque en su despertar dejaba un pregón por los aires,
desesperanzando la débil letanía que a lo lejos se arrastraba, buscadora de nuevos horizontes.

El Sol persistía en su intento de romper un resquicio entre aquella bruma inamovible.


El aire, cada vez más denso a pesar de tan tempranas horas, comenzaba a ser asfixiante,
molesto, pegajoso y desinhibido. Lentamente la vida del poblado fue adornándose con los
sonidos habituales: revuelo y quejas de aves domesticadas, ladridos de perros famélicos
pululantes alrededor del rescoldo de la ya extinguida fogata. El trino incesante de los pájaros
dibujaba un fondo para los oídos. El amanecer avanzaba con soltura.

— ¿Cómo te encuentras?

No era un murmullo, tampoco una voz temblorosa ni indecisa. Era dulzura impregnada
de preocupación.

El aire, siempre atento, despertaba. Un bostezo entre la hojarasca dio la bienvenida


con leve soplo triunfante.

— ¡Ah…! ¿Dónde estoy? ¿Quién eres?

— ¡Tranquilo! No te muevas.

Las llagas aun carcomían la piel. Los huesos entumecidos pedían con gritos silenciados
esparcir por el suelo toda su extensión de libertad cohibida.

— ¿Te conozco? Tus ojos acompañaron mi noche desdichada.

— ¿Tienes sed, hambre? Dime.

El mutismo acampó por los labios del indefenso.

—Te he traído agua para tu sed y algo de alimento.

— ¡Desátame!

— ¡No puedo! Déjame incorporarte.

Con aflojo de su pesadumbre señaló estar conforme. Con movimiento no calculado


deslizó ella sus dedos bajo su nuca. Un ardor familiar se posó en la piel, amiga y hermana de la
que aun perduraba en su hombro maltrecho.

— ¿Estas mejor así, más cómodo?

Debiéramos contar que en aquel tiempo el hombre subsistía apenas sin reservas. Su
búsqueda incesante de alimentos era su máxima preocupación. Con la claridad del día
comenzaba su arduo peregrinaje entre arbustos y malezas, buscando con sus rudimentarias
armas la caza de alguna pieza salvaje que abasteciera la prole dejada atrás en sus pesquisas.
Las mujeres protectoras de los más débiles permanecían a la espera.
Los días se fueron sucediendo. La noche intentaba acoplarse al ritmo ágil que le
precedía y, sin misericordia, tuvo la decisión de aumentar sus horas, rapiñando luz y alegría
por doquier.

— ¿Ya no me temes?

—Vuelves a oscuras. ¿Es noche la que me rodea?

—Es la mañana que comienza a tener frio y se retrasa.

—También yo tirito en mi rincón de aire vencido.

— ¿Qué quieres? ¿Qué te falta? También estuve ayer.

—Es mi pulso que desfallece al ver cómo te alejas en la noche.

—Siempre vuelvo al amanecer.

—Amaneceres y ocaso son oscuros cuando te presencio.

—Es Sol se debilita y busca descanso.

—Yo no descanso…

—Debieras…

El olor silvestre impregna cada momento. La libertad merodea a sus anchas por los
alrededores como un guiño irreverente. La oscuridad cada vez es más alargada y molesta,
como un demonio que acecha.

Dos ojos. Oscuros y benevolentes tamizan la larga espera. El Sol es amigo, calienta y
reconforta. Dos ojos pueden convertirse en Luna llena cuando el tedio prospera con la fe del
arrumbado en su adversidad asumida. Negro iris, negro Sol que no calienta. Tímida ventura
que preserva aun con tantos improperios.

— ¡Despierta!

— ¿Eres tú? ¿Mi Luna que va y viene el resto de la noche?

— ¿Tan fría soy?

—Posa tu mano y diré.

— ¿Temes destemplarte?

—Temo el calor que se te ahuyenta tan solo.

—Mi calor es enfurecido durante el día, se consume a tu espera.

—Ni que fueras un Sol abrasante.

—Soy un Sol cautivo.


—No entiendo, cautivo eres, pero…

—Eres mi Luna en esta oscuridad.

— ¿Y eres un Sol?

—Fundido en la espera…

Las palabras, las miradas. El gesto de confianza desligaron los impedimentos. Entonces
despuntaba la mañana con sus consabidos signos.

Por decir y contar nos remontaremos apenas a pocas horas después. Un griterío
alocado apenas dio tiempo para la alarma. El ataque se consumía con rabia, sin clemencia ni
conmiseración posible. Las flechas quedaban ensangrentadas, las lanzas horadaban la piel del
enemigo. Los perros se decantaron con huir con el rabo bajo piernas. Las aves se desplumaban
en un aleteo inservible.

No importa quien fue. Una certera e impetuosa rabia acertó la espalda de la


benevolente Luna que cubría un Sol venerado, cautivo, con el indiscutible acierto de atravesar
con su mortal hazaña dos corazones fundidos a la vez.

Tras el triunfo de la gesta se buscó la ganancia. Después de atar a los atemorizados


supervivientes la búsqueda prosiguió, ya sin prisa, entre los tendidos sin vida.

Un guerreo cercano al jefe fue el que supo de la miseria. Tras tirar con fuerza del arma
ensartada en la mujer supo, al ver la cara del cadáver inerte bajo su cuerpo cobijado…

Dos ojos, dos corazones, ensartados… La luz y la sombra. El Sol y la Luna. El Gran Espíritu.

Eran otros tiempos

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