El Recolector

Revelaciones
Yunnuen González

Copyright ©2014 Luz Yunnuen González Sánchez.
Primera Edición: Noviembre 2014.

Editado por Cristina López.

Acerca de la portada.
Imágenes de Stock.XCHNG.


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impreso o electrónico, sin la autorización escrita del titular
de los derechos de propiedad intelectual.




CAPÍTULO 1
Se escuchó una fuerte explosión proveniente de mi lado
derecho.
—¿Cuánto falta? —pregunté a Angélica mientras me
cubría por instinto.
—Solo dos minutos —respondió ella imitando mi
movimiento—. Es imposible pasar por ahí —agregó
levantando ligeramente su mirada para señalarme el camino
a seguir.
Me asomé un poco, dejando el escudo que me ofrecía la
gran roca. Angélica tenía razón, había demasiada artillería
protegiendo la línea enemiga.
—Tendremos que correr.
Angélica rezongó y se puso de pie sin avisarme para
brincar la roca grácilmente. Reí discretamente porque bien
pudo rodearla, pero supongo que su exagerado salto produjo
la adrenalina que iba a necesitar.
Con un profundo suspiro, salí completamente del
escondite y la seguí.
Mi agilidad nata de Recolector fue puesta a prueba en ese
momento. Esquivé la artillería fácilmente. Solo el estruendo
de las bombas, en ocasiones, hacía que me encogiera o
detuviera una milésima de segundo.
Angélica ya me había aventajado varios metros; aun así,
alcancé a ver que se adentró en terreno enemigo sin que éste
la detectara.
Corrí más rápido, quedaba menos de un minuto.
—¡Por aquí, Callie! —gritó Angélica cuando creí perderla
de vista entre los escombros de lo que alguna vez fue una
hermosa ciudad.
Para cuando llegué estaba luchando arduamente con un
soldado argentino que, inexplicablemente, no caía muerto
ante su toque. Supuse que quería divertirse un poco con él


antes de finiquitarlo, pero, considerando donde nos
encontrábamos, no era momento para la diversión.
Miré el reloj, quedaban menos de cinco segundos. La
desesperación me invadió, mientras veía como el soldado se
deshizo de Angélica.
¡Vamos! ¡Vamos!
Volví a mirar mi reloj y ya habían pasado dos segundos
desde la hora de su muerte.
—¡Demonios, Angélica! ¡Deja de jugar! —la amonesté
con un furioso grito. Ahora yo tendría que finiquitar a ese
hombre.
Me abalancé sobre él como una leona sobre su presa,
solo que me esquivó con gran rapidez mientras se burlaba de
nuestros intentos por recolectarlo.
Era un humano astuto.
Tomé mi arma y le disparé para terminar más rápido con
él. Pero, después que la bala se abrió paso por su hombro —
dejándonos escuchar como fracturaba el hueso, y lo hacía
caer sobre los escombros puntiagudos—, se levantó con
pedantería ante mi intento de matarlo.
Gruñí con ira en lo que arrojaba mi inútil arma al suelo.
Tomé impulso y volví a arremeter contra él.
Después de muchos intentos, que parecía leer a la
perfección, logré tocar su pecho. Solo que… ¡no murió!
No entendía por qué no moría, pero no iba a averiguarlo
en ese momento.
Volví a abalanzarme sobre el soldado y, una vez más, dio
batalla. Afortunadamente hubo un punto en el que, tal vez
por cansancio, pude treparme a su espalda, sujeté su cabeza
y di tal tirón que su cuello tronó como la cáscara de una
nuez.
Por fin, cayó muerto… y yo junto a él.
Ambas contemplamos al soldado por algunos segundos.
Ninguna comprendía qué era lo que había sucedido. Por qué
una Segador y una Recolector no pudieron finiquitarlo
usando las técnicas convencionales.


—¿Cómo lo hiciste? —me preguntó Angélica asombrada
en lo que se agachaba para poner al soldado boca arriba y
revisarlo.
—No lo sé.
Angélica volteó hacia todos lados. No sé qué buscaba.
—Recoléctalo de una vez por todas para salir de aquí —
me ordenó—. Después averiguaremos qué demonios pasó.
—Bien.
Me agaché cansada. Me dolía todo el cuerpo después de
tres años de estar recolectando almas en lo que el mundo
conocía como la Primera Guerra Intercontinental
Americana.
Esta era mi última recolección y a partir de este momento
podría regresar a casa... a Londres.
Mi última asignación sería manipular a mi superior para
que olvidara que yo existía.
Posé mi mano extendida sobre el pecho del soldado y
esperé a que su alma abandonara el cuerpo, pero ni eso
quería hacer.
¡Demonios!
Presioné más hasta que sentí como su esternón se hundió
más de lo normal y, por fin, ese humo blanquecino empezó
a salir por la boca del hombre.
No le dije nada; estaba muy cansada para estar dando
recomendaciones a un alma terca.
Me sentí aliviada cuando desapareció.
—Vámonos a casa —sugerí a Angélica con una sonrisa
de oreja a oreja. Había terminado mi tiempo en esta
destrozada ciudad.
Angélica me regresó la sonrisa.
Apenas dimos un paso cuando se volvió a escuchar otra
bomba, solo que esta fue más cerca. Me encogí de hombros
por el susto. En eso sentí como algo se abrió paso en el lado
derecho de mi pecho. Pronto sentí un dolor que parecía
hacer arder todo ese lado.


Me dejé caer al suelo en lo que escuchaba el grito
angustiado de Angélica.
La delgada armadura ceñida, creada con una tela que
aseguraba repeler artillería básica —una promesa cuando
nos los entregaron— y que usábamos como uniforme, no
me había protegido de la última tecnología en armas que
usaba el enemigo.
Me habían disparado en un pulmón.
—Eliot —murmuré por instinto, mientras me retorcía de
dolor.
Angélica me levantó con facilidad y me ayudó a regresar a
nuestro lado, donde se encontraba el cuartel y, seguramente,
un médico.
Durante el camino empecé a toser sangre y el dolor se
había vuelto algo familiar. Me estaba ahogando con mi
propia sangre.
George me había advertido cientos de veces que no me
dejara herir de ―gravedad‖ durante las guerras, y mucho
menos en una tan larga como esta. La exagerada cantidad de
recolecciones que hacíamos en un día, por alguna razón,
agotaban al cuerpo y, por lo tanto, le tomaba más tiempo
recuperarse.
A cada paso que daba me costaba más tomar bocanadas
de aire.
—¡Médico! —gritó Angélica.
Era irónico que necesitara uno ahora, solo para detener la
hemorragia en lo que mi cuerpo se encargaba del resto de la
curación.
No iba a morir, pero era seguro que iba a sufrir mucho.
Salieron un par de soldados de no sé dónde y ayudaron a
Angélica a llevarme al improvisado hospital.
Mi vista empezó a nublarse y veía todo con movimientos
lentos y algo borrosos.
—¡Eliot! —volví a llamarlo entre tosidos. Escuché su voz
tratando de abrirse paso en mi mente.


El doctor me repetía una y otra vez que me tranquilizara,
que solo estaba empeorando la hemorragia.
—¿Audrey? —escuché a un hombre que me llamó por
mi nombre que ahora solo usaba frente a los humanos.
Después de que mi romance con Eliot comenzó,
decidimos quitarnos las máscaras de Protector–Protegida y
llamarnos por nuestros verdaderos nombres.
Busqué a ese hombre que dudaba si era yo entre los que
me rodeaban. Podía ver cada rostro, pero hubo uno que
estaba oscurecido por completo, como si estuviera oculto
por su propio sistema de anonimato.
Por un momento creí que era George, pero no podía ser.
Él estaba a unos cuantos kilómetros de ahí, cumpliendo
también con su rol de Recolector.
—¡Audrey, eres tú! —dijo esa voz masculina al
reconocerme por fin. Su figura avanzó hacia mí.
Me retorcí un poco por el dolor y, al abrir los ojos, vi que
ya estaba lo suficientemente cerca para reconocer su rostro.
Todo mi ser se exaltó por la espera.
—Callie, tienes una llamada —las palabras se marcaron
en los labios de Angélica. Miré a mí alrededor; todos seguían
en su caótica acción.
Estaba confundida porque la voz que había salido de ella
era masculina. Reconocía el tono sedativo y amable, hasta
cierto punto, solo que ahora resultaba demandante.
No le di mayor importancia a ese hecho tan raro y traté
de levantarme para ver mejor a ese hombre que se había
detenido por algo, solo que unas manos me sujetaron y
volvieron a acostar. Sentí de inmediato que una aguja me
pinchó.
—¡Eliot! —grité aterrada en lo que la droga que me
inyectaron intentaba refundirme en la oscuridad.
Desperté con el corazón a punto de escapar por mi boca.
Todo estaba oscuro.


—Callie, tienes una llamada —volvió a recordarme esa
voz. Solo que ahora si supe de donde venía. Era Ian
1
, el
sistema de control automatizado de la casa.
Aún quería analizar la experiencia que viví en esa guerra.
Siempre he dudado si en verdad vi a ese hombre, o solo era
un agregado de mi mente al recuerdo que ya se había
transformado en terror nocturno.
—¿Quién llama? —pregunté a Ian, al mismo tiempo que
trataba de despabilarme de mi extraño sueño.
—George.
—Bien. Responde —le ordené en medio de un bostezo.
—¿Estás bien, nena? —me preguntó la voz que siempre
podía reconocer sobre todas y que provocaba un vuelco en
mi corazón cada vez que la escuchaba.
—Buenos días, cariño. ¿Cómo amaneciste? —pregunté a
George. Mi tono le recordaba que primero debía ser
educado.
—Buenos días —dijo rápido—. ¿Estás bien?
Su preocupación ocasionó que se me escapara una risita.
—Bien… hasta donde sé —respondí su demandante
pregunta en lo que me sentaba. Escuché que George soltó
un suspiro de alivio—. Ian, deja entrar la luz.
La ventana de mi cuarto se hizo transparente tan pronto
como di la orden. La luz de un nuevo día me cegó por
completo. Había sido mala idea dar esa orden.
—¿Nena?
—¿Sí?
—¿En verdad estás bien?
Sonreí. George me conocía a la perfección, no podía
mentirle ni siquiera para tranquilizarlo.
—Realmente no.
—¡Lo sabía! Escuché tu voz llamándome…

1
Intelligent artificial network (Red de inteligencia artificial). Cada
edificación posee uno de estos sistemas que ayuda a sus habitantes en
algunas tareas cotidianas.


—Volví a tener ese sueño —le interrumpí.
—¿Sueño? Callie, eso no es un sueño. ¡Ya es una
pesadilla!
—Ian, imagen —le ordené en lo que me ponía de pie.
Se oyó un bip y la figura de George apareció ante mí.
Todo mi ser se tranquilizó al ver, después de días, esos
chispeantes ojos oscuros que me habían conquistado hacía
décadas. Se formó una sonrisa en su rostro y de inmediato
quise abrazarlo, pero recordé que era un débil fantasma de
su presencia.
—Ian, que me siga la imagen.
Se escuchó otro bip y la imagen de George se movió
conmigo, flotando de forma muy graciosa.
Bajé a la cocina en lo que George me decía que tenía que
hacer algo para solucionar esa pesadilla, consecuencia de mi
estrés post-guerra.
La guerra intercontinental había sido la primera guerra
para mí y tuve la mala suerte de que fuera una muy agresiva,
según George. Desde mi punto de vista, todas las guerras lo
eran.
De pronto, sus palabras se convirtieron en instrucciones
de un profesor sobre lo que tenía que hacer, tanto así que mi
mente simplemente las bloqueó.
—¡Callie! —demandó George mi atención cuando estaba
preparándome una taza de café. Reaccioné como si me
hubiera despertado de otro sueño.
—¡Disculpa, cariño! —le dije en una sonrisa
arrepentida—. Sabes que no quiero analizarla. Solo fue un
mal sueño y punto.
Los gestos de George se tensaron hasta el grado de
decirme que no lo era para él. Sin embargo, tendría que
resignarse a mi indiferencia.
Me acerqué instintivamente a la imagen de George. Le
expresé con la mirada que lo extrañaba mucho. Él llevó su
mano a acariciar mi mejilla al instante, la cual me traspasó
sin hacerme sentir nada.


Cerré los ojos e hice uso de mi gran imaginación. Mi
corazón dio un respingo al recordar sus caricias.
—Veámonos —sugirió con decisión; a lo que yo suspiré
en negación.
—No.
—¡Por favor!
—No —volví a negarme con gesto penitente. Quería
ceder a su petición.
George dio un gemido enfadado.
—Han pasado cinco años nada más. Necesito más
tiempo.
Habían pasado 115 años desde que George Boleyn me
marcó para iniciarme en el duro trabajo de la Recolección de
almas. Por 115 años viví en el cielo; aunque los primero
cincuenta fueron mi purgatorio. Pero, al final, mi
recompensa fue el amor de mi Protector.
Nunca tuve tiempo para probarme a mí misma que podía
vivir fuera de su ala. Había sido una separación difícil, y tuvo
que ser drástica para que ninguno de los dos corriera a los
brazos del otro al menor indicio de añoranza o soledad.
George vivía en la ciudad de San Francisco, mientras que yo
me había quedado en nuestra vieja Londres.
—Callie, estoy cansado de acariciar a un fantasma…
¡Quiero verte! —exclamó enfadado al principio, pero su
exasperación sobresalió al final.
La verdad era que yo también quería verlo. Era seguro
que yo lo extrañaba más que él a mí.
El haberme quedado en Londres solo agravaba la
situación. Había demasiadas cosas y lugares que me
recordaban a George diariamente. Una de ellas era la Torre
de Londres, se había convertido en mi propia tortura al puro
estilo Tudor. Y los humanos tampoco me facilitaban la vida.
Recientemente se había descubierto un cuadro
arrinconado en un atiborrado sótano de un noble. El cuadro
era algo único. Algo que se había convertido en el
descubrimiento artístico del último siglo.


En el estaban plasmados Mary, Anne y George. ―Los tres
hermanos Boleyn‖, así lo había nombrado la prensa
creativamente. El ―único‖ que había sobrevivido al terror de
Henry VIII.
—Ni siquiera recuerdo haber sido pintado junto a mis
hermanas —me comentó George cuando me llamó para
confirmar el rumor.
Por días, fue toda una celebración su revelación. No
porque estaba Anne ahí, sino porque por fin se conocería el
rostro del mayor de los Boleyn.
George no quiso asistir a la presentación que se llevaría a
cabo en la Galería Nacional. Temía que la gente a nuestro
alrededor lo reconociera al comparar rostros.
Yo asistí.
Estaba muy nerviosa cuando el hombre que descubrió el
cuadro relató la historia ya establecida de George, y de cómo
supieron que se trataba de un cuadro de los Boleyn. El
famoso collar de Anne fue el delator.
Tras que la gente se cansó de admirarlo, tuve una video
llamada con George para que viera con sus propios ojos el
cuadro.
—¿Ese soy yo? —me cuestionó embrollado. Aún
recuerdo los gestos graciosos que hizo cuando lo vio.
—No se parece mucho a ti.
—¡Mejor!
George no lo sabía, pero, a veces, visitaba su cuadro. El
que él poseía siempre estaba resguardado para proteger su
anonimato, y nunca se separaba de su dueño. Iba a
contemplar el nuevo cuadro con la única finalidad de
disfrutar la sensación que me causaba recordar que George
era un Boleyn y que estaba vivo.
Esa sensación se había vuelto mi deliciosa droga.
—¿Callie? —George volvió a sacarme de mis
pensamientos.
—Lo siento, ¿qué me decías?


—¡Demonios, Callie! ¡Deja de jugar! —me amonestó con
falsa exasperación.
—Yo también quiero verte —dije de inmediato.
Me rendí gracias a mi recuerdo de ese cuadro.
Al igual que George, quien estaba cansado de acariciar mi
fantasma, concluí en ese momento que yo también estaba
cansada de contemplar un óleo que apenas se parecía a él.
George sonrió triunfante.
—¿Tienes asignaciones mañana? —me preguntó ansioso
por mi respuesta.
—No.
—Bien. Entonces, saldré en el primer vuelo y te veo
mañana en nuestro santuario.
Mi sonrisa fue la respuesta afirmativa a su plan.
George ya no dijo nada, pero si me contempló
largamente.
Le resistí la mirada lo más que pude. Aun no me
acostumbraba a que él me admirara como si yo fuera un
fabuloso cuadro que le revelaba un secreto cada vez que me
contemplaba.
Al rato, la larga espera me hizo explotar en risitas llenas
de suficiencia cuando esa idea se arraigó en mi cabeza.
—¿Qué es tan gracioso? —me cuestionó un poco
molesto por mi estallido fuera de lugar.
—Estás loquito por mí, ¿verdad? —le dije muy pícara.
George sonrió como si mi descubrimiento hubiera
revelado la verdad y hubiera presionado el botón que
accionaba su timidez. Soltó una risita traviesa y dijo:
—No me dejes plantado mañana, Callie.
La llamada se cortó sin darme la oportunidad de
responderle, o siquiera despedirme.

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