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José Ángel Barrueco

Para esas noches


de insomnio

Colección Zigurat
Para esas noches
de insomnio
José Ángel Barrueco

Para esas noches


de insomnio

Colección Zigurat
Ateneo Obrero de Gijón
dirección de la colección:
David González

diseño de la colección:
Alberto Ámez

maquetación:
Julio Álvarez

Copyright © José Ángel Barrueco 2009


edición: Ateneo Obrero de Gijón
calle Covadonga, 7 (33201 Gijón)
Impresión: Apel

I.S.B.N: xxxxxxxxxxxxx
D.L.: AS-xxxx/09

Impreso en España. Printed in Spain


a mi madre
a los insomnes
a los que sufren
a los que resisten
Para esas noches
de insomnio
Zapatos

En una escena clave de la película Matar a un ruiseñor, basada


en la novela de Harper Lee, el abogado Atticus Finch (un magnífico
Gregory Peck, ganador del Oscar por esta interpretación) explica a su
hija Scout: “Nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no
veas las cosas desde su punto de vista”. Al final de la historia, Scout por
fin entiende ese código y le cuenta al espectador: “Atticus había dicho
una vez que nunca se conoce realmente a un hombre hasta que uno
se ha calzado sus zapatos y caminado con ellos”. Es la lección que ella
aprende para huir de los prejuicios en su racial pueblo sureño.
Si todos nos guiáramos por el código de Atticus, y lo asimilára-
mos en la infancia con la rapidez de Scout, el mundo sería un lugar más
confortable. Ese sistema de valores, consistente en descifrar las razones
del prójimo y situarse dentro de su piel, nos debería servir siempre para
comprender antes que juzgar, para garantizar el respeto de los derechos
humanos. Antes de aplastar a alguien, piensa que tú podrías ser el aplas-
tado. Antes de abusar de otro, ponte en el pellejo de tu víctima. Antes
de repudiar al extranjero, siéntete tú un extranjero. Antes de aplaudir la
ejecución de un hombre, imagina que tú eres ese hombre. No recortes
las libertades, no empujes al desvalido. No eres el dueño del mundo.
Átate otros zapatos. Camina con ellos. Comprende.

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El Marqués

Quienes, como yo, profesamos cierta devoción por aquellos in-


dividuos tocados con el aura de la excentricidad o el estigma de lo es-
trambótico, no podemos dejar de regocijarnos porque esta ciudad, aun
a riesgo de pequeña, convoca en sus barrios algunos personajes dignos
de astracanada y entremés del Siglo de Oro. En las grandes urbes, la
profusión de dichas figuras es menos llamativa pues congrega un sinfín
de ejemplares de esa fauna que parece recién surgida de un catálogo
de variedades, y entre unos y otros consiguen desviar la atención del
populacho. La provincia siempre fue un manantial inagotable de perso-
nas que se apartan, sea por actitud premeditada, sea por inconsciencia
o vestimenta estrafalaria (en el sentido de excesiva y rara, no ridícula),
del común de los ciudadanos calificados como normales. Un lujo para
el aficionado al rito paciente de la observación.
Si tuviera que elegir, no obstante, un personaje fabuloso (por
mítico o legendario) de entre todo el magma ofrecido a la sombra
de las tabernas, no dudaría en escoger para el recuerdo a ese hombre
irrepetible y anacrónico que se hace llamar El Marqués, contador de
historias, hablador vocacional, pregonero de sí mismo y de las pecu-
liaridades de su vida, una suma desigual de locura y desparpajo, de ira
y amabilidad, de fachenda y sentimentalismo, que no puede dejar a
nadie indiferente. Sabedor de que estimula los odios y la admiración
por donde pisa, imán de jóvenes y de locos, El Marqués se ha llegado a
convertir en algo así como un símbolo del exceso, una criatura que deja
atónitos a los extranjeros y hace que las cabezas se vuelvan a su paso de
noble extraviado en un tiempo que no es el suyo. A veces sorprende
rebuscando en sus bolsillos para mostrar una fotografía desleída por
el uso, doblada en varias partes: tras los rostros en sepia se esconde
una narración que ha ido variando ligeramente con los meses (quizá
verdadera, quizá inventada: casi es conveniente que todo permanezca
en el territorio oscuro de la leyenda). En ocasiones, se marca un baile
al son de uno de sus innumerables bastones, o se pone a jugar con el
báculo y una botella de plástico a una variante ruidosa de golf: el hoyo
elegido suele ser un balcón desierto. O se entretiene polemizando con

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camareros, parroquianos, taxistas, indigentes, etc: sus contertulios son
múltiples y diversos. Tiene algo El Marqués de Joe Gould, ese escritor
de boquilla y mendigo por capricho que el brillante periodista Joseph
Mitchell retrató para el New Yorker y cuyas crónicas ha editado re-
cientemente Anagrama en España (léanlo, no tiene desperdicio): tam-
bién Gould despertaba curiosidad y rechazo a partes iguales. Sólo que
nuestro paisano es todavía más peculiar. Es tan amplia su colección de
gorras, sombreros, boinas y chambergos, y tan extenso su vestuario de
influencias de varias culturas que da vértigo. Así, el transeúnte puede
verlo con trazas de trampero, visos de escocés, prendas de la España
castiza y profunda, o aspecto de nobiliario venido a menos; y, en fin,
dueño de una capacidad asombrosa de mutación, un talento para el
disfraz que nada puede envidiar al insigne Mortadelo.
Tiene este hombre algunas cualidades (aunque sólo sea en la in-
dumentaria y lo extenso de su verborrea) que lo asemejan a un moderno
hidalgo quijotesco, enloquecido por aclamación popular y pertrechado
de esos rasgos esperpénticos que supo crear y recrear Valle-Inclán con
su talento inmortal. Quizá en el futuro alguien rescate su historia, como
sucedió con Gould, o se atreva a incluirlo en las páginas de una novela,
porque es un personaje do los haya. Hora es de reivindicarlo.

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El río

Como dice el poeta,


todas las parejas felices son iguales,
son las infelices las que tienen historia.
Charles Baxter

Casi todas las tardes iban al cine. Sobre todo en otoño, cuando
en las calles de aquella ciudad mustia sólo se arrastraban las hojas muer-
tas y los sueños errantes de los pordioseros. En verano era un incordio:
hacía demasiado calor, no estrenaban muchas películas buenas y los dos
se buscaban trabajos temporales para salir adelante.
Aquel lunes acudieron a ver una reposición: La noche del caza-
dor, con Robert Mitchum. Éste interpretaba a un falso predicador. Un
tipo que matrimoniaba con viudas para luego asesinarlas y quedarse con
su dinero. Un perverso ogro con sombrero y levita y el bien y el mal
(love y hate, amor y odio) tatuado en los dedos de sus manos. Ningu-
no de los dos había visto aquella obra, que algunas veces pasaban por
televisión a altas horas de la madrugada.
–Es una suerte que la repongan en cine. Y en copia restaurada.
–Sí, es una suerte. Mi hermano me ha insistido mucho en que
la viéramos.
A ninguno de los dos le entusiasmaba tanto el cine como para
considerarse expertos o cinéfilos, pero en aquella ciudad no había de-
masiado que hacer.
Carlota terminaba de peinarse los cabellos negros cuando Mar-
celo tocó el timbre. Tenían ambos veintitrés años, ninguno estudiaba
ya y vivían en un apartamento de alquiler con exiguo espacio y paredes
con grietas en las esquinas.
–Ni siquiera tenéis un trabajo fijo –solía decir la madre de ella–.
Ha sido una locura iros a vivir juntos. Una locura de juventud.
En verano sacaban suficiente dinero para mantenerse unos me-
ses. Para pagar el alquiler e ir al cine.
–No necesitamos mucho más, Carlota –argumentaba él.

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–No, no lo necesitamos. Aunque no nos vendría mal tener un
coche, como tienen todos nuestros amigos. Poder viajar de vez en
cuando. Se me va a pudrir la piel de no ir a sitios con playa. Y sería
estupendo que, de vez en cuando, te compraras otra camisa.
–Lo sé. No me machaques.
Carlota bajó en el ascensor. Él venía de hacer un recado.
Al verse, se besaron en los labios. Ella se arrebujó en el abrigo.
Llevaba bufanda, un gorro de lana y manoplas. Estaba muy guapa.
–Estás preciosa.
–Gracias.
De vez en cuando Marcelo tenía esos arrebatos. No era sólo el
hecho de que ella apareciera radiante. A menudo, cuando iba a bus-
carla tras un trabajo esporádico en una fábrica o después de repartir
publicidad por los buzones, o cuando ella había acabado su semana de
cajera sustituta, le embargaba el júbilo de contar con un amor aunque
todo fuera cuesta abajo.
Caminaron en dirección a los cines. Vivían muy cerca del barrio
chino, el barrio de las fulanas. Aquella zona estaba en decadencia y las
prostitutas maduras habían envejecido mal, pero en los últimos meses
algún proxeneta se estaba encargando de mejorar el servicio, y Carlota
y Marcelo veían caras nuevas. Caras negras y muslos de chocolate.
Eran de Cuba, de Puerto Rico, de la República Dominicana. Andaban
contoneándose, con mucho meneo de nalgas. Los políticos habían
prometido restaurar las calles del barrio, mejorar las instalaciones de
agua y gas, acondicionar el asfalto. Los proyectos se acumulaban día
tras día, semana tras semana, mes tras mes.
–Tengo ganas de ver la película –dijo él–. Ese Mitchum es un
fenómeno. Un tipo duro de verdad. Dan ganas de ser como él.
–¿Qué quieres decir?
–Ya sabes. Ir con gabardinas y sombreros y fumar constantemen-
te pitillos. Torcer alguna ceja para que los payasos que te encuentras en
los bares no crean que estás bromeando, sino que vas en serio.
–Ya.
–Por cierto, cuando ahorremos no nos vendría mal comprar-
nos un ordenador. Pero ahora no tengo ganas de hablar de eso. Me
gustaría llevarte a una noria. Es decir, si hubiera parque de atracciones
en esta jodida ciudad. Te lo mereces. Antes te compraría un helado,

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