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ÍNDICE

PÁGINA
2 MALDICIONES
3 SEÑALES DIVINAS
6 LA RUEDA DE LA FORTUNA
8 FANTASMAS
10 LICÁNTROPOS
11 FILOSOFÍA










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MALDICIONES
Aunque los griegos y romanos no eran salvajes en sentido literal, conservaron
durante la Antigüedad toda una serie de creencias que contrastan fuertemente con la
imagen de pueblos eminentemente racionales y prácticos que nos han dejado, por
ejemplo, en sus escritos filosóficos y logros políticos. En realidad, la vida cotidiana de
cualquier antiguo, fuese analfabeto o culto, pobre o rico, bárbaro o civilizado, estaba
plagada de supersticiones y todo tipo de creencias irracionales, entre ellas rituales
religiosos que observaban tanto en privado como en público, tanto a título personal
como oficial. Lee lo que un filósofo tan serio como Platón dice acerca de las
maldiciones en uno de sus diálogos:
Edipo, decimos, cuando lo humillaron lanzó contra sus hijos las maldiciones
que, como todo el mundo cuenta, los dioses escucharon y cumplieron;
Amíntor, enfadado, maldijo a su hijo Fénix, y Teseo a Hipólito y muchos
otros a otros muchos. Es claro que los dioses prestan oídos a esas
maldiciones de los padres contra los hijos.
PLATÓN, Leyes XI, 931 b-c (trad. Francisco Lisi)

¿Por qué podían creer los antiguos que las maldiciones se cumplían? ¿Cuál podía ser la
base de su convicción? Si no sabes la respuesta, lee el siguiente texto:
Incapaz de distinguir claramente entre las palabras y las cosas, el salvaje
normalmente imagina que el vínculo entre un nombre y la persona o cosa
designados por él no es una simple asociación arbitraria e ideal, sino un
nexo real y sustancial que une a ambos de tal forma, que con él se podría
hacer magia sobre un hombre con la misma facilidad que a través de su
pelo, sus uñas o cualquier otra parte material de su persona.
FRAZER, J., The Golden Bough, Herfordshire, 1993, pág. 244

Sin embargo, sería una simplificación afirmar que todos los filósofos y personas
cultas en general aceptaron por igual cualquier tipo de creencia irracional. El mismo
Platón, en el diálogo mencionado (XI, 933 a), después de comentar las diversas formas
de agresión de las que se sirve la gente para hacer daños a sus enemigos, entre ellas el
uso de venenos, dice lo siguiente:
[La otra forma de hacer daño] persuade con trucos, encantamientos y
hechizos, a los unos de que, si se atreven a intentar hacerles daño a los
otros, podrán hacerlo, y a los otros, de que el daño se lo ocasionan sobre
todo los que tienen la capacidad de embrujar. En todas estas cosas, no es
fácil llegar a conocer alguna vez cómo son realmente, ni, si uno llegara a
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hacerlo, podría convencer con facilidad a los demás. Por el contrario, no
vale la pena intentar persuadir a hombres cuyas almas recelan unas de otras
en estos temas, ni recomendarles a ciertas personas que, si alguna vez ven
imágenes moldeadas en cera, ya sea sobra sus puertas, en los cruces de
caminos o sobra las tumbas de sus padres, no den importancia a nada
semejante.
En Egipto se ha encontrado una de estas imágenes. Se trata de una figura
femenina de arcilla del siglo IV d. C., que se muestra arrodillada, atada de pies y manos
y atravesada por trece alfileres: uno en lo alto de la cabeza, uno en cada ojo y cada
oreja, uno en el plexo solar, en la vagina, en el ano, en la palma de cada mano y en la
planta de cada pie. Podríamos pensar que el autor de la estatuilla se había enemistado
con la mujer a la que representaba, pero en la misma vasija que contenía la figura se
encontró una plancha de plomo con un texto escrito en griego, cuya traducción es la
siguiente:
Deposito este hechizo junto a vosotros, dioses de los Infiernos,
Plutón y Core. Os conjuro en este lugar para que ayudéis a este espíritu
Antínoo. Despierta para mí y acude a cada barrio, a cada manzana, a cada
casa, y hechiza a Ptolemaide, parida por Áyade, a Ptolemaide, la hija de
Horígenes, a fin de que no sea jodida ni sodomizada por nadie ni pueda
hacer nada placentero para una compañía masculina excepto para mí,
Serapamón, parido por Area. No la dejes comer, beber, salir ni conciliar el
sueño hasta que venga a mí, y no permitas que sea penetrada por ningún
hombre que no sea yo, Serapamón. Arrástrala de los pelos, de los
intestinos, hasta que deje de ignorarme, hasta que sea mía, obediente a
mí durante toda su vida, amándome, deseándome, diciéndome lo que
tiene en su cabeza. Si haces esto, te dejaré libre.
FARAONE, C. A., Ancient Greek Love Magic, Harvard University Press, 2001, págs. 41-42

SEÑALES DIVINAS
Esta creencia no estuvo limitada a la Antigüedad pagana, sino que continuó viva en
el Cristianismo. SAN SOFRONIO DE JERUSALÉN, autor del siglo VI, nos relata la historia
de un tal Teófilo, que quedó tetrapléjico porque sus enemigos habían invocado al
Diablo. Unos santos se le aparecieron en sueños y le dijeron que navegara con un
pescador hasta un punto preciso donde debía echar las redes. Allí encontraron un cofre
y en su interior una estatuilla de bronce que representaba a Teófilo con sus cuatro
extremidades atravesadas por agujas. Una vez que fueron retiradas, Teófilo quedó
sanado (Milagros de San Ciro y San Juan, PG, 87.3, col. 3541-48).
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1. ¿De dónde interpretó Teófilo que procedía su sueño?

2. ¿Qué importancia crees que les daban a los sueños los griegos y romanos
anteriores a la Era Cristiana? ¿Los consideraban procesos naturales o señales
divinas (omina)? Lee el siguiente texto de Suetonio, biógrafo romano del siglo
II d. C.:
Prodigios evidentes anunciaron a César el asesinato del que iba a ser víctima.
Unos días antes de su muerte, tuvo noticias de que las manadas de caballos
que había consagrado al río Rubicón al atravesarlo y dejado sueltas y sin
guardián, rehusaban obstinadamente el pasto y vertían abundantes lágrimas.
La víspera de los idus de marzo, unas aves de diferentes especies se lanzaron,
desde un bosque cercano, en persecución de un pájaro reyezuelo, que,
llevando una rama de laurel, penetraba en la curia de Pompeyo, y lo
despedazaron allí mismo. Es más, la noche que precedió al día del crimen el
propio César se vio a sí mismo en sueños, unas veces volando por encima de
las nubes, otras estrechando la diestra de Júpiter; por su parte, su mujer
Calpurnia se figuró que se derrumbaba el techo de la casa y que su marido
era asesinado en su brazos; y de improviso las puertas del dormitorio se
abrieron solas.
SUETONIO, Vidas de los doce césares. El divino Julio 81 (trad. R. Mª Agudo Cubas)

¿Se te ocurren otros hechos que los antiguos pudieran interpretar como señales de mal
agüero? Lee estos tres textos, los dos primeros de Apiano, historiador griego del siglo II
d. C., que también se refiere a Julio César, y el tercero de nuevo de Suetonio:
Acontecieron muchos prodigios y signos de origen celeste, y, así,
parece que el dios hizo llover sangre y que las estatuas de los dioses
sudaron; se abatieron rayos sobre muchos templos y una mula parió.
Muchos otros portentos predijeron la destrucción y cambio para siempre
de la forma de gobierno.
APIANO, Guerras civiles 2.36 (trad. Antonio Sancho Royo)

Es costumbre para los magistrados cuando entran en el Senado
consultar los oráculos a su entrada. Aquí, de nuevo, la primera de las
víctimas de César estaba sin corazón, o, según dicen otros, le faltaba la
parte superior de las entrañas. El adivino le dijo que esto era signo de
muerte, pero César le respondió riendo que ya le había ocurrido una cosa
así en Hispania, cuando combatía contra Pompeyo.
Op. cit. 2.116
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Ningún escrúpulo religioso le apartó jamás de algo que hubiera
emprendido ni le sirvió de rémora. Aunque se le había escapado la víctima
en el momento de inmolarla, no aplazó su marcha contra Escipión y Juba.
Es más, cuando al desembarcar dio un resbalón, volviendo el presagio a su
favor, exclamó: “Te tengo, África”.
SUETONIO, Op. cit. 59

1. ¿Qué es la hepatoscopia? ¿Y la oniromancia? ¿Y la ornitomancia?

2. Según los dos últimos textos, ¿qué tres signos de mal agüero se encuentra
César antes de su muerte? ¿Qué actitud mostró César con respecto a dos de
ellos? ¿Crees que las “señales divinas” se prestaban a diversas interpretaciones?
Lee la siguiente historia narrada por Heródoto, historiador griego del siglo V a.
C.:
A los lidios Creso les ordenó que preguntaran a los oráculos de Delfos y
de Anfiarao si debía emprender la guerra contra los persas. “Creso, rey de los
lidios y de otras naciones, persuadido de que estos oráculos son los únicos
veraces que hay en el mundo, os ha hecho donación de dones dignos de
vuestra capacidad adivinatoria y, ahora, os pregunta si debe emprender la
guerra contra los persas y ganarse la alianza de algún pueblo”. Éstas fueron las
preguntas que formularon los delegados, y los dictados de ambos oráculos
coincidieron en advertir a Creso que, si emprendía la guerra contra los persas,
destruiría un gran imperio.
HERÓDOTO, Historia 1.53

Tras enfrentarse a los persas, el ejército lidio es masacrado y Creso envía mensajeros a
Delfos para quejarse del vaticinio dado por el oráculo. Los sacerdotes de Apolo le
responden:
“Creso se queja sin razón, pues Loxias le predijo que, si entraba en guerra con
los persas, pondría fin a un gran imperio. Pero, ante esta respuesta, tenía que
haber enviado a preguntar si se refería a su imperio o al de Ciro.”
Op. cit. 91






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LA RUEDA DE LA FORTUNA

En 1878 se descubrió bajo las cenizas de Pompeya un singular mosaico que
decoraba el triclinio de un edificio. Data del siglo I a. C. y actualmente se exhibe en el
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. La obra está hecha con la técnica llamada
opus vermiculatum: el artista trabaja con teselas, esto es, diminutos cubos de piedra o
vidrio formados artificialmente, ideales para dibujar con precisión las figuras curvas. La
composición tiene forma casi cuadrada (47 x 41 cm). El fondo es de color gris verdoso.
Se trata de una alegoría de origen helenístico.
En el centro hay una calavera humana, dibujada con tres colores fundamentales
en varias gamas: blanco (más intenso en las zonas del hueso frontal y el arco
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supraorbital, para reproducir el brillo), gris y negro (para representar el volumen, la
sombra y las suturas de los huesos del cráneo). La calavera es el símbolo de la muerte.
Justo bajo el mentón de la calavera se ve una mariposa de alas rojas, festoneada
con pintas amarillas y azules. Simboliza el alma: del mismo modo que la mariposa se
libera de la crisálida, el alma, al morir, abandona el cuerpo en que se halla encerrada.
Esta analogía quedó reflejada en la propia lengua, ya que la palabra que designaba en
griego el alma, psyché, pasó a significar también “mariposa”. El arte antiguo abunda en
representaciones del Alma como mariposa. Por ejemplo, en dos relieves romanos del
siglo III después de Cristo, aparece Prometeo creando al hombre mientras Atenea se
dispone a insuflarle el alma en forma de mariposa. Asimismo, Eros o Cupido (el Amor)
suele aparecer atormentando a una mariposa, es decir, al Alma. A veces, ésta es
representada como una muchacha con alas de mariposa.
La mariposa está posada sobre una rueda de seis radios, que simboliza la
Fortuna. Los griegos representaban a la diosa Fortuna (Tyche) a veces con un timón que
aludía al manejo que hacía de los asuntos humanos, a veces con una bola que
recordaba los vaivenes del azar, los giros de la vida. Siguiendo con esta idea, se
empezó a hablar de un “ciclo” o “rueda de la fortuna” (fortunae rota), expresión que
daría lugar a una de las imágenes más populares de la cultura occidental.
Generalmente se cree que la representación gráfica de la rueda de la fortuna no surgió
hasta la Edad Media, pero además del mosaico que nos ocupa conocemos monedas
romanas de la Era Cristiana e incluso un mosaico griego del siglo IV a. C. que muestran
claramente la imagen de la rueda asociada a la Fortuna. La Fortuna es la responsable de
que unos hombres nazcan ricos y otros pobres, y también de que su suerte se trueque
respectivamente en mala o buena a lo largo de sus vidas, haciendo que el que antes se
encontraba arriba más tarde esté abajo, y viceversa.
Encima de la calavera hay un nivel de madera (herramienta empleada por los
constructores para averiguar la igualdad de altura entre dos puntos), y de su vértice
pende una plomada (instrumento compuesto por una pesa cónica de metal que se
sujeta al extremo de una cuerda para que ésta, tensada por la fuerza de la gravedad,
señale la línea vertical). De cada extremo del nivel penden, como en una balanza
perfectamente equilibrada, tres objetos. Del extremo izquierdo cuelga un cetro; en
torno a él, atado con un cordón de oro, un traje púrpura; más arriba, un galón blanco.
Del extremo derecho pende un bastón nudoso; a su alrededor, atado con una cuerda,
un vestido andrajoso de color pardo; en la parte superior, una mochila de cuero. Es
decir, respectivamente, los símbolos de la realeza y de la pobreza.
La Muerte, la gran niveladora, pone fin a las desigualdades que se dan en la vida,
ya que se lleva por igual al rico y al pobre, al poderoso y al esclavo. Como escribió el
poeta latino HORACIO,
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La pálida muerte golpea con el mismo pie las chozas de los pobres y las
torres de los reyes.
Ningún palacio que haya proyectado aguarda al rico con más seguridad
que el final del Orco, que todo lo arrebata. ¿Por qué tratas de extender
aún más tu hacienda? La tierra se abre igual para el pobre y para los hijos
de los reyes; y al astuto Prometeo no lo dejó volver, ganado por su oro, el
servidor del Orco.
El mosaico se ha dado a conocer con el título Memento mori, expresión latina
que significa “Recuerda que morirás”. Esta frase se la decía el esclavo al general que
desfilaba en el triunfo, mientras sujetaba sobre su cabeza una corona de laurel. Con
ella, se le advertía para que sus éxitos no le hicieran creerse un dios. Dado que el
triclinio era el lugar donde los romanos comían, el mosaico que lo decoraba era una
invitación a los comensales para que recordaran los vaivenes de la fortuna y al mismo
tiempo disfrutaran de los placeres de la vida mientras aquélla lo permitiera. Tanto la
literatura como las artes plásticas antiguas ofrecen numerosos ejemplos de esta idea.

FANTASMAS
A juzgar por esta visión, se podría concluir que los antiguos no creían en ninguna
clase de vida más allá de la muerte. ¿Pero era así? Lee el siguiente texto procedente de
una carta escrita por el senador Plinio el Joven a un amigo suyo:
Nuestro tiempo libre nos proporciona la ocasión, a mí de aprender, y a ti
de enseñarme. Así pues, me agradaría muchísimo saber si tú crees que existen
fantasmas y si tienen figura propia y alguna fuerza sobrenatural o si, por el
contrario, no tienen consistencia ni realidad y adquieren una apariencia a partir
de nuestro temor. Yo estoy obligado en principio a creer que ellos existen, por
lo que he oído que le ha sucedido a Curcio Rufo. Cuando todavía era hombre
de poco relieve y casi desconocido, había formado parte del séquito del
procónsul de la provincia de África. Al atardecer de un día en el que paseaba
por el pórtico de su casa, se le apareció una figura de mujer de una altura y de
una hermosura sobrehumana. Ante su temor le anunció que ella era el espíritu
de África y que venía a predecirle el futuro: él regresaría a Roma, donde
desempeñaría importantes cargos públicos, y luego, investido con la suprema
autoridad, volvería a la misma provincia, donde encontraría la muerte. Todas las
predicciones resultaron ciertas. Además, se cuenta que, al llegar a Cartago y
bajar de la nave, la misma figura le salió al encuentro en la orilla. Ciertamente,
habiendo caído enfermo, pronosticaba el futuro por el pasado, y la adversidad
por sus éxitos previos, y abandonó la esperanza de recuperarse, aunque
ninguno de los suyos la había perdido.
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Ahora considera si no es más terrible y no menos asombroso el relato que
te voy a exponer según me lo contaron. Había en Atenas una casa grande y
espaciosa, pero de mala fama y peligrosa para vivir en ella. En medio del silencio
de la noche se oía el sonido del hierro y, si escuchabas más atentamente, el
ruido de cadenas, primero lejos, luego más cerca; después aparecía un espectro,
un anciano extenuado por la delgadez y la suciedad, con una larga barba y
cabellos hirsutos, que llevaba grilletes en las piernas y cadenas en las manos,
que movía al caminar. Por ello los ocupantes pasaban en vela a causa del miedo
unas noches terribles y siniestras; la falta de sueño conducía a la enfermedad y,
al crecer el miedo, a la muerte, pues incluso durante el día, aunque el espectro
se había marchado, su imagen permanecía clavada en sus pupilas y el temor
permanecía más tiempo que las causas de ese temor. Por ello la casa quedó
desierta, condenada a la soledad y abandonada por entero al espectro; sin
embargo, fue puesta en venta, por si alguien que no tuviese conocimiento de tal
maldición quisiese comprarla o alquilarla.
Llegó a Atenas el filósofo Atenodoro, leyó el anuncio y, cuando escuchó el
precio, como la baja cantidad le parecía sospechosa, pregunta y se entera de
toda la verdad, pero a pesar de ello, mejor diría, precisamente por ello, alquila la
casa. Cuando empezó a oscurecer, ordena que le sea preparado un lecho en la
parte delantera de la casa, pide unas tablillas, un estilete y una lámpara, y envía
a sus sirvientes al fondo de la casa; él mismo se concentra por completo –
mente, ojos y manos, en escribir–, para que su mente, al no estar desocupada,
no oyese falsos ruidos, ni se inventase vanos temores. Al principio, como
siempre, el silencio de la noche; después, los golpes sobre hierro y el arrastrar
de cadenas. Él ni levantaba los ojos, ni dejaba de escribir, sino que se
concentraba aún más en el trabajo y en mantener sus oídos sordos. Entonces, el
estruendo continuaba creciendo, se aproximaba y se oía como si ya estuviese en
el umbral, como si ya estuviese dentro de la habitación. Levanta la vista, mira y
reconoce el espectro que le habían descrito. Allí estaba de pie y hacía señas con
un dedo como si le llamase. Atenodoro, por su parte, le hace señas con la mano
de que espere un poco y de nuevo se inclina sobre las tablillas y el estilete; el
espectro mientras tanto hacía resonar sus cadenas por encima de la cabeza
mientras escribía. De nuevo levantó la vista y vio que el espectro hacía el mismo
signo que antes; no se detiene más tiempo, coge la lámpara y le sigue.
Caminaba con paso lento, como si le pesasen las cadenas. Después que salió al
patio de la casa, desvaneciéndose repentinamente abandonó a su
acompañante. Una vez sólo, éste arranca unas hierbas y hojas y las coloca en el
lugar como una señal. Al día siguiente se dirige a los magistrados y les pide que
ordenen realizar una excavación en aquel lugar. Se encontraron unos huesos,
incrustados y mezclados con las cadenas, que el cuerpo putrefacto por la acción
del tiempo y la humedad habían dejado desnudos y consumidos por los
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grilletes; los huesos fueron recogidos y se les dio una sepultura pública. En lo
sucesivo, la casa se vio libre de los Manes, debidamente sepultados.
PLINIO EL JOVEN, Cartas 7.27 (trad. de Julián González Fernández)

LICÁNTROPOS
¿Creían los antiguos en otros tipos de seres tan populares en la actualidad, por
ejemplo, en los hombres lobos?
Lee el siguiente texto extraído de una novela romana:
Cuando yo era todavía un esclavo, vivíamos en la Calle Angosta, en la
actual casa de Gavilla. Quisieron los dioses que allí me enamorara de la mujer
de Terencio, el tabernero. La conocíais: era Melisa la Tarentina, una
preciosidad, una alhaja de mujer. Pero os lo juro, lo que me atraía en ella no
era su físico o una vulgar pasión, sino más bien sus cualidades morales.
Cuando le pedía algo, nunca me dijo que no; si ella ganaba un as, medio era
para mí; yo lo guardaba en su bolsillo, y ella nunca me estafó. Su marido se
encontró con la muerte un buen día en la casa de campo. Yo trabajé de pies y
manos, me desviví por entrevistarme con ella: pues, como suele decirse, la
amistad se demuestra en los momentos de angustia.
Por suerte, mi amo había ido a Capua a liquidar unos enseres inútiles.
Aprovechando la ocasión, convenzo a un huésped que teníamos para que me
acompañara hasta el quinto miliario. Era un soldado valiente como el diablo.
Salimos de noche, al primer canto del gallo; había tal claro de luna que parecía
pleno día. Llegamos a la zona de las tumbas: mi hombre tiró por entre las
estelas funerarias; yo me siento tarareando una melodía y contando dichas
estelas. Luego, volviéndome hacia mi compañero, veo que se había desnudado
y había dejado toda su ropa al borde de la calzada. Sólo me quedaba un leve
aliento en la punta de la nariz; permanecí inmóvil como un muerto. En esto, él
formó un círculo de orina alrededor de su ropa y al instante se convirtió en
lobo. No os creáis que os gasto una broma; yo no diría una mentira por todo
el oro del mundo. Pero, volviendo a mi relato, cuando se hubo transformado
en lobo, empezó a aullar y desapareció en el bosque. Yo, en un principio, me
sentí desorientado; luego me acerqué a recoger sus ropas, pero se habían
petrificado. Si los sustos mataran a la gente, yo ya no estaría con vida. Eché
mano no obstante a mi espada y seguí mi camino dando sablazos a las
sombras hasta que me vi en casa de mi amiga. Mi aspecto, al entrar, era el de
un fantasma; estuve a punto de sufrir un colapso; me caía el sudor por el
entrecejo, mis ojos estaban muertos; me costó trabajo reponerme. Mi querida
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Melisa empezó por sorprenderse de que me hubiera puesto en ruta tan a
deshora; luego añade: “Si hubieras llegado antes, nos hubieras al menos
echado una mano; pues entró en la granja un lobo y desangró todos nuestros
animales como si fuera un carnicero. Sin embargo, no se salió del todo con la
suya, aunque logró escapar; uno de nuestros esclavos le atravesó el cuello de
una lanzada.” Al oír esto, ya no pude seguir cerrando los ojos ante la evidencia;
al clarear el día, salí corriendo a casa de nuestro común patrón Gayo, como un
cantinero desplumado; al llegar al sitio aquel donde se había quedado
petrificada la ropa, me encontré únicamente con sangre y nada más. Cuando
llegué a casa, mi soldado estaba en cama, resollando como un toro; un médico
le estaba vendando el cuello. Comprendí que era un duende y ya no pude en
adelante comer un bocado de pan en su compañía; antes me hubiera dejado
matar. Cada cual piense lo que le plazca sobre este asunto; si es mentira lo que
digo, caiga sobre mí la ira de nuestros Genios Tutelares.
PETRONIO, Satiricón 61-62 (trad. Lisardo Rubio Fernández)

FILOSOFÍA
¿Crees que todos los griegos y romanos aceptaban con facilidad las historias de
licántropos o fantasmas, la creencia en el más allá y en general las creencias religiosas?
¿Dieron algunas personas el salto a la razón?
Lee los siguientes textos de tres filósofos griegos y de un poeta romano:
Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros. Porque
todo bien y todo mal residen en la sensación y la muerte es privación de los
sentidos. Por eso, el recto conocimiento de que la muerte nada es para
nosotros hace dichosa la mortalidad de la vida, no porque añada un tiempo
infinito, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada temible, en efecto,
hay en el vivir para quien ha comprendido que nada terrible hay en el no vivir.
Mientras nosotros existimos, la muerte no está presente y, cuando está
presente, ya no estamos nosotros.
EPICURO, Carta a Meneceo 124-7

No es impío quien suprime los dioses del vulgo, pues no son
prenociones sino falsas suposiciones los juicios de la masa sobre los dioses.
Ibídem 169

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Si la divinidad prestara oídos a las súplicas de los hombres, pronto
todos los hombres hubieran perecido, porque de continuo piden muchos
males los unos contra los otros.
Ídem, Fragmento 361 Usener

Algunos hombres, que desconocen la corruptibilidad de la naturaleza
mortal, pero que son conscientes de que han actuado mal en su vida, sufren
durante toda su vida por su confusión y su temor, porque han fabulado
mentiras acerca del tiempo que se extiende más allá de la muerte.
DEMÓCRITO DE ABDERA, fr. 297 DK

Cerbero y las Furias y la privación de luz y el Tártaro vomitando
horrendas llamas por sus fauces ni existen en sitio alguno ni existir pueden en
verdad.
LUCRECIO, La Naturaleza 3.1011-3

Los mortales creen que los dioses han nacido
y que tienen vestido, voz y figura como ellos.
Pero si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos
o pudieran dibujar con ellas y realizar obras como los hombres,
dibujarían los aspectos de los dioses y harían sus cuerpos,
los caballos semejantes a los caballos, los bueyes a bueyes,
tal como si tuvieran la figura correspondiente a cada uno.

JENÓFANES de Colofón
en CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Misceláneas 5.109-110

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