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enigmas misteriosos

e inexplicables
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2
LA BÚSQUEDA NAZI
DEL SANTO
GRIAL
La visita de Himmler
a Montserrat
CRISTÓBAL COLÓN
Y EL MISTERIO
LOS ENIGMAS
DE LOS OLMECAS
EXCLUSIVA
LA GRAN PIRÁMIDE
INVERTIDA DE TOLEDO
La nueva novela de
Marcus Polvoranca
La nueva novela La nueva novela
de de
Misterio, emoción e intriga Misterio, emoción e intriga
en un Toledo mágico, en un Toledo mágico,
enigmático y apasionante, enigmático y apasionante,
de la mano del inigualable de la mano del inigualable
padre Ventura padre Ventura
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Director:
MARCUS POLVORANCA
Diseño y maquetación:
ÁNGEL
FERNÁNDEZ ARANDA
Edita:
ENIGMAS MISTERIOSOS
E INEXPLICABLES
enigmasmisteriososeinexplicables.com
marcuspolvoranca@yahoo.es
©Enigmas Misteriosos e Inexplicables,
2014
EDITORIAL
Hay enigmas eternos, inmutables,
que llevan con nosotros desde el
principio de los tiempos resistién-
dose a a abandonarnos. Son parte
de nuestra cultura, y casi también de
nuestra naturaleza, como impresos
en nuestro ADN y forjados al mismo
tiempo que hemos ido creciendo a
través de la evolución. Esos enig-
mas, que lejos de derrumbarse con
la razón y el avance de la ciencia si-
guen creciendo y adaptándose a
nuestra cambiante mentalidad son
siempre los más inspiradores, y es
curioso observar cómo han seducido
a locos y cuerdos de todos los tiem-
pos, y cómo, también, son capaces
de seguir a nuestro lado, invisibles y
silenciosos, sin que nos demos
cuenta. ¿Quién no ha sentido alguna
vez que su vida es una búsqueda?
¿Quién no ha intuido o anhelado la
aparición de algún talismán sagrado,
que le dé poder y le permita recorrer
con mayor fortuna esta carretera tor-
tuosa y llena de curvas que es la
vida? Para algunos, será el dinero.
Para otros (más afortunados) la sa-
biduría y el desentrañamiento de los
secretos del mundo. Para ellos es
esta modesta revista. También la
nueva novela del escritor M. Polvo-
ranca, cuyas primeras páginas trae-
mos en este número en exclusiva.
Sumario
4 LA BÚSQUEDA NAZI DEL GRIAL EN ESPAÑA
10 LOS ENIGMAS DE LOS OLMECAS
16 CRISTÓBAL COLÓN Y EL MISTERIO
22 LA GRAN PIRÁMIDE INVERTIDA DE TOLEDO
UNA NOVELA QUE NO PODRÁS
QUITARTE DE LA CABEZA...
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MARCUS POLVORANCA
MARCUS POLVORANCA
Julia b. y la leyenda de la isla perdida Julia b. y la leyenda de la isla perdida
en mitad de la noche en mitad de la noche
(primera parte) (primera parte)
DISPONIBLE
EN PAPEL Y FORMATO
DIGITAL
De todos es sabido el interés de los nazis por el
esoterismo. Es algo así como su ADN, el poso
“cultural” de su ideología, el punto de arranque
de las barbaridades que luego cometerían. Sus lí-
deres, antes que otra cosa –y en mayor o menor
medida– fueron fanáticos de las ciencias ocultas,
frikis de la magia y las pseudociencias que se po-
pularizaron en Occidente desde finales del siglo
XIX, y que con su llegada al poder se institucio-
nalizaron y pasaron a formar parte del régimen
de terror que acabó con el exterminio de millo-
nes de personas.
Esto es algo conocido, decimos, pero lo que no
todo el mundo sabe es hasta qué punto llegaron
con esa «afición». Cómo empeñaron gran parte
de su tiempo en desenterrar reliquias que creían
dotadas de poderes sobrenaturales, y cómo esa
búsqueda, esa especie de juego de rol les llevó
hasta la España de Franco, cuando todavía ésta
creía en el Reich y en su victoria sobre los alia-
dos…
LA VISITA DE HIMMLER A ESPAÑA
Himmler era algo así como el mago de la jerarquía na-
«...una luz sagrada iluminó el Grial...»
RICHARD WAGNER, Parsifal
LA BÚSQUEDA NAZI DEL GRIAL EN ESPAÑA
Página anterior: Heinrich Himmler vi-
sitó España en octubre de 1940, apro-
vechando la reunión entre Hitler y
Franco en Hendaya, que tenía que en-
cargarse de preparar.
5
nazi. El más débil, el más fanático, y el
más entusiasmado por el ocultismo.
En sus delirios creía ser la reencarna-
ción del rey Federico II de Prusia, y se
ocupó de que las SS, la guardia de élite
del nazismo, estuviera adornada por
los mismos elementos que las órdenes
militares medievales.
En octubre de 1940, su viaje a España
para preparar el posterior encuentro
que mantendrían el Führer y Franco
le sirve también para «rastrear» el país
y los mayores centros de atención eso-
téricos de éste. Así, acompañado de fa-
langistas deseosos de agradar sus
deseos de encontrar rastros de la raza
aria que justifiquen sus creencias, visita
El Escorial, en Madrid, el Museo del
Prado, el Arqueológico, la ciudad de
Toledo, y la que quizá se convierta en
su más célebre visita: la que realiza al
Monasterio de Montserrat, en Barce-
lona, donde los estudiosos de la Ahne-
nerbe –el instituto de estudios arios
creado por Himmler– sitúan la reli-
quia más preciada: el santo Grial.
HIMMLER EN MONTSERRAT
La leyenda del Grial hunde sus raíces
en lo más profundo de la cultura eu-
ropea, y se materializa en la obra del
poeta Chretien de Troyes y sus conti-
nuadores Robert de Boron y Wolfram
Von Eschenbach, hasta llegar a Ri-
chard Wagner y su Parsifal. Mezcla –
o quizá reconcilia– los ciclos artúricos
–celtas y puramente europeos– con las
corrientes semitas y el cristianismo, y
llena cualquier espíritu impresionable
de la épica de cualquier búsqueda ele-
vada. Los investigadores contratados
por los nazis centraban sus miradas en
la zona situada entre Cataluña y el sur
de Francia, amplia región Mediterrá-
nea donde habían prosperado en la
Edad Media los cátaros, quizá últimos
conservadores del Grial. Sin detener-
nos en ellos –se ha escrito mucho en
los últimos tiempos, y probablemente
lo más fructífero ha sido El amor en
Occidente, de Denis de Rougemont–
, diremos que su abadía, y la mágica
cumbre que la protege, parecía el lugar
más propicio para albergar la reliquia
de las reliquias, la fuente misma de la
vida eterna. Así lo consignaba el Viro-
lai, canto místico del catalán Cinto
Verdaguer, al referirse a cierta «mística
fuente del agua de la vida…»
Himmler llegó al monasterio el 23 de
octubre de 1940. Sus intenciones no
6
Miembros de la Ahnenerbe recorrieron el
mundo en busca de las huellas de la raza aria,
así como de las reliquias sagradas de la tradi-
ción esotérica...
eran ningún secreto, y dicen los testi-
gos que preguntó abiertamente por la
reliquia. También por Parsifal, ha-
blando de él como un personaje histó-
rico y real que hubiera andado por allí
tal y como Wagner relata en su célebre
ópera. Hay quien asegura, en un tono
exagerado y siguiendo esta misma
línea, que el Reichführer bajó de la
montaña deteniéndose en todos lados
tratando de hallar el Grial desespera-
damente. No lo creemos. No, pero sí
que lo hizo enojado por la negativa de
los frailes a que pudiera visitar los sub-
terráneos del recinto, tal y como que-
ría. ¿De verdad esperaba hallar allí la
reliquia, o quizá sólo se dejó llevar por
el entusiasmo que le habían comuni-
cado sus expertos, que llevaban años
trabajando esa línea de investigación?
Que sepamos, Himmler no pudo dar
con la sagrada copa. Al día siguiente
regresaba a Alemania con las manos
vacías, y no sólo por no haber hallado
el Grial
EL MISTERIOSO ROBO DE LA CARTERA DE
HIMMLER
La Historia no ha logrado explicar este
hecho totalmente fuera de lugar. Para
despejar dudas, diremos que Himmler
era en aquel año, 1940, uno de los
hombres más poderosos del mo-
mento. Su cartera, una cartera de piel
llena de documentos que había dejado
en el hotel Ritz, lugar en el que se alo-
jaba en la ciudad condal, desaparece-
ría mientras se encontraba asistiendo
a una corrida de toros…
Las preguntas surgen, de repente, y
ninguna de ellas tiene aún hoy res-
puesta. La primera, ¿quién lo hizo?, se
ha atajado tradicionalmente de dos
maneras un tanto apresuradas. Hay
7
El mágico enclave de Montserrat cautivó
enseguida la imaginación de los fanáticos
nazis...
8
quien considera que el robo fue per-
petrado por simples ladrones, lo cual
parece totalmente inverosímil. Hay,
también, quien atribuye la fechoría al
servicio secreto británico, y esto, aun-
que de más enjundia, no evita que se
siga especulando. También se atribuye
el robo a un complot anarquista, pero,
¿qué mejor elemento para un thriller
histórico y de suspense, teniendo en
cuenta la relevancia esotérica de aque-
lla visita? Quién sabe si aquello cam-
bió el rumbo de la historia. Quién
sabe si no fue un elemento más de esa
guerra mágica que libraron aliados y
nazis mientras seguían produciéndose
los combates…
LA VISITA DE HIMMLER A TOLEDO
Si bien la visita a Montserrat es algo
muy bien documentado y que cuenta
con el testimonio de personas que es-
tuvieron allí, y que intercambiaron pa-
labras con el Reichführer, no lo es
menos que la visita a Toledo –que
también se produjo, aunque se men-
cione menos– está llena de un oscu-
rantismo propio de la ciudad Imperial,
la más mágica de todas.
Toledo también aparece en el Parsifal
de Wagner. El alemán no es el único
que ha caído en el embeleso de esta
ciudad milenaria, y así aparece en mu-
chas otras obras, siempre vinculada a
lo oculto y lo esotérico. Himmler,
como buen aficionado al género, no
quiso perder la oportunidad de reco-
rrer sus calles y pasear por entre sus
monumentos, si bien no ha trascen-
dido nada de lo que realmente hizo.
Él, por supuesto, debía conocer la vin-
culación de Toledo con el Grial, y su
relación con otra reliquia sagrada uni-
versal, la Mesa de Salomón, de la que
ya hemos hablado anteriormente. Es
curioso que no trascendiera nada de
su periplo por la ciudad. ¿Quizá fue
ahí, en Toledo, donde logró por fin
cumplir la misión secreta que para mu-
chos vino a hacer a todos estos lugares
mágicos? ¿Bajaría al subterráneo,
donde dicen que aún se guardan los
verdaderos secretos que hacen tan
grande a esta ciudad?
Quizá la respuesta esté todavía ahí.
Quizá –y eso, egoístamente, nos con-
gratula, por amantes de este tipo de
historias– sea éste uno de los mayores
flecos que aún quedan por cortar en
esta apasionante leyenda…
9
Toledo, la mágica y esotérica Toledo,
era una visita obligada para el “mago
negro” del ocultismo nazi...
La cultura olmeca es considerada por muchos
investigadores como el origen de las grandes ci-
vilizaciones de Mesoamérica. Hay indicios de la
existencia de este pueblo de en torno al año
1.200 a. C. –casi nada–, siempre en torno al sur
del actual Méjico, entre la península del Yucatán
y el océano Pacífico.
Su origen, misterioso como pocos, es, desde el
hallazgo de los primeros restos arqueológicos,
uno de los mayores enigmas del pasado ameri-
cano, ya de por sí complicado y difícil de expli-
car.
Pero son las gigantescas cabezas con rasgos feli-
nos –a decir de algunos– y negroides –a decir
de la mayoría– las que más controversia han
provocado, por las teorías que pueden despren-
derse actuando como niños, esto es, dejándonos
llevar por el sentido común más que por lo co-
múnmente aceptado.
GIGANTESCAS CABEZAS DE PIEDRA
Como en la isla de Pascua, nos encontramos en
la cultura olmeca un gusto por la talla de grandes
desde su emplazamiento original.
«Ya no es necesario decir que los olmecas son enigmáticos o misteriosos. Sin embargo,
queda por resolver un misterio fundamental: ¿Quiénes fueron los olmecas, y de dónde
provenían?»
MATTHEW STIRLING, Early History of the Olmec Problem
LOS ENIGMAS DE LOS OLMECAS
Página anterior:
Cabeza colosal de la cultura olmeca,
cuyos rasgos africanos traen de cabeza
desde hace décadas a los expertos. 11
Como ocurre con los moáis, se sabe
que los constructores no disponían de
herramientas de hierro u otros meta-
les, y tuvieron que realizar las tallas –
se supone–, con instrumentos de
piedra. Es difícil imaginar una factura
tan correcta como la que presentan los
colosos olmecas, empleando única-
mente herramientas tan sencillas. El
trabajo, dicen los expertos, debería ser
costoso y complicado. Las estatuas
están muy bien hechas; son todas dife-
rentes, con rasgos diferenciados y
muy, muy expresivos. Componen,
junto a otras de menor tamaño una co-
lección que delata a un pueblo muy
sensible y, desde luego, con mucha ha-
bilidad y mucho tiempo libre.
Luego está el problema del transporte
al que aludíamos antes. Las estatuas
fueron encontradas en un terreno pan-
tanoso en el que es difícil hallar rocas
tan enormes. Según los investigadores,
los olmecas trajeron hasta allí las rocas
procedentes de otros lugares. Cómo lo
hicieron, sigue siendo un misterio. No
se han encontrado en la zona vestigios
arqueológicos que den alguna explica-
ción razonable. Ninguna herramienta,
ningún vestigio del sistema de trans-
porte empleado. Hay quien habla de
raíles hechos con troncos; de trans-
porte por agua, a través de balsas.
La respuesta sigue en el aire, igual que
en la isla de Pascua.
Poco más que lo que sugieren los ros-
tros que representan las estatuas. Eso
y algunas curiosidades más, como el
hallazgo de varias estatuillas de ma-
dera, hueso y jade, junto a cuerpos de
bebés no natos o recién nacidos, que
según algunos supondrían la primera
evidencia de sacrificios humanos en el
continente americano. ¿La evidencia,
12
Emplazamiento de la cultura olmeca, en
pleno centro de América Central.
también, de que aquél pueblo miste-
rioso es el que da origen a otras gran-
des civilizaciones del continente?
La arqueología tiene aún mucho tra-
bajo por delante…
ÁFRICA Y LOS OLMECAS
En 1976, un profesor de historia nor-
teamericano, de origen guayanés, el
profesor Ivan Van Sertima, saltaba a la
popularidad gracias a su libro They
Come Before Columbus (Vinieron
antes que Colón), en el que defendía
la presencia africana en el Nuevo Con-
tinente, mucho antes de la conquista
española. Se apoyaba no sólo en los
rasgos apreciables en las figuras olme-
cas, sino también en coincidencias que
pueden comprobarse entre culturas de
ambos lados del Atlántico, semejanzas
en, por ejemplo, distintos lenguajes, o
documentos históricos, como pueden
ser los relativos a una flota de un rey
africano (de Mali, concretamente; el
rey Abubakari II), que en el s. XIV
envió una flota a cruzar el océano, y
consiguió mantener algunas colonias
en la zona del Caribe, de cuyo rastro
dan testimonio algunos restos arqueo-
lógicos y presencia clara en el lenguaje
de los pueblos que Colón encontró en
13
Hay constancia
documental
de importantes
viajes por mar
organizados por
los reyes de Mali
en la Edad Media.
la zona.
No fue, desde luego –todavía hoy no
lo es– una teoría demasiado admitida
por los académicos.
Las pruebas en contra también son
muchas, principalmente la que alega la
inexistencia en el ADN de los pueblos
nativos americanos de conexiones con
ADN africano. Es un inconveniente
importante, por supuesto, pero no si
recordamos que, al menos en lo que
respecta a los Olmecas, no hay ningún
resto humano que pueda analizarse y,
por tanto…
Y SI NO ERAN AFRICANOS…
Como ocurre con los mayas, o los az-
tecas, las incógnitas históricas ponen a
prueba no sólo la imaginación de his-
toriadores rigurosos, como Van Ser-
tima, sino también otros que
pretenden ir más allá, y desafiar a la
razón de una manera –reconozcá-
moslo al menos– grata y divertida.
Hablamos, claro está, de las teorías en
torno a extraterrestres que visitaron la
tierra en el pasado.
Es –lo he dicho muchas veces–, la po-
esía más grande de nuestro tiempo,
una broma tan encantadora que me-
rece la pena conocerla un poco más.
Todo arranca con Von Daniken. Es
él, junto a otros de su época, los que
empiezan a hablar de estas «paleovisi-
tas extraterrestres» como las llaman al-
gunos. Dioses / alienígenas, que
habrían traído la civilización al mundo.
Annunakis, reptilianos… ya saben.
Con los olmecas, la cosa parece fácil.
Una cultura misteriosa, de un arte
críptico, sugerente, y posibles contac-
tos con los Egipcios…
Para Sitchin, o Childress –defensores
más populares de estas ideas–, la cosa
en torno a los Olmecas está bastante
clara.
Culturas teocéntricas, siempre con la
cabeza mirando al Universo –como
los egipcios, o los sumerios, con los
que comparten ese halo de «cultura
madre»–, se pasaron la vida esperando
el regreso de esos dioses. Y más datos:
pirámides imposibles, monumentos
de piedra gigantescos, cabezas alarga-
das, quizá al uso de aquellos seres de
otros mundos que les habían dado la
vida…
Un batiburrillo de datos que enseña al-
gunas cosas. Entre ellas, que hay algo
en el pasado que une a pueblos muy
alejados entre sí, y en teoría sin cone-
xiones probadas académicamente; y
que hay tanto por saber, tanto por des-
cubrir en nuestro pasado, que se le
hace a uno la boca agua al pensar la de
libros que habrá que escribir aún y la
de buenas horas que pasaremos leyén-
dolos…
15
Página anterior:figurilla olmeca realizada en jade,
representando al dios Jaguar, uno de los más re-
levantes en esta cultura.
Vista de Toledo desde el Paseo
de la Rosa, a pocos metros del
puente de Alcántara.
A veces, con mucho menos que esto es suficiente
como para poner patas arriba toda la Historia.
Pocas veces habrán contado los ufólogos, los afi-
cionados al misterio, con una prueba tan revela-
dora, tan desinteresada, como la que brinda el
Almirante en su diario. Una simple percepción,
en mitad de una jornada aparentemente anodina,
que deja a las claras que algo extraño ocurrió.
Algo que merecía, al menos, una nota.
Y no era 1492 un año en el que la cultura popu-
lar, o Roswell, hubieran contaminado la mente
de nadie. Una luz, en mitad de la noche, que cae
del cielo como un «ramo de fuego», sumergién-
dose en el mar.
Cabe preguntarse qué pudo ser aquello, e imagi-
namos que los escépticos tendrán mil y una ex-
plicaciones, todas razonables, perfectas y
aburridas.
La vida de Colón no lo fue. Aburrida, decimos.
Al menos, los que nos ha quedado. Que es muy
poco, de veras.
A VUELTAS CON SU ORIGEN
Italianos, portugueses, catalanes, gallegos, mallor-
Sábado, 15 de septiembre de 1492
Navegó aquel día con su noche 27 leguas su camino al Oueste y algunas más. Y en esta
noche al principio de ella vieron caer del cielo un maravilloso ramo de fuego en el mar,
lejos de ellos cuatro o cinco leguas…
CRISTÓBAL COLÓN, Diario de a bordo
CRISTÓBAL COLÓN Y EL MISTERIO
Página anterior:
Retrato de Cristóbal Colón, posiblemente
uno de los más enigmáticos personajes de
todos los tiempos... 17
quines, y hasta toledanos, han querido
que Colón hubiera nacido en sus tie-
rras, se hubiera criado entre sus ante-
pasados. Todos tienen pruebas, y
todos parecen contradecirse en cuanto
parece que su teoría es irrefutable.
Todos, sin excepción, pecan de nacio-
nalismo, ese absurdo sentimiento que
se alimenta de las cosas que hacen
otros, fundamentalmente si son bue-
nas.
Y es el extraño origen del Almirante
lo que primero intriga al ponerse uno
a rascar en el descubrimiento.
¿Por qué no habla en ninguno de sus
escritos –muchos, tras su gesta– del
lugar en el que nació? ¿Por qué llena
estos textos de enigmas, de frases equí-
vocas que más parecen tener la inten-
ción de confundir, que de aclarar
nada?
¿TEMPLARIO?
Pocos como él han logrado ser más
conocidos manteniendo en secreto
tantas cosas.
Abundan quienes le tachan de templa-
rio. Sí, perteneciente a esa orden mo-
nástica que tanto ha dado que hablar
en los últimos años, y que desapareció
totalmente –al menos de manera ofi-
cial–, en 1312.
El lector ha leído bien.
En 1312, una bula papal acaba con
estos caballeros mitad monjes, mitad
guerreros, que durante varios siglos ha-
bían sido los amos de Europa.
¿Y entonces –se preguntará el lector–
, qué es eso de que Colón pudo haber
pertenecido a la Orden?
Para los que aún no están lo suficien-
temente sorprendidos, decir que hay
quien mantiene que la Orden no des-
apareció jamás. Que los que no fueron
ajusticiados, o pasados a cuchillos por
las autoridades, bien pudieron haber
huido fuera de Europa hacia algún
lugar lejano, donde seguir desarro-
llando sus actividades.
No nos detendremos mucho en este
asunto –sobre el cual hay abundante
bibliografía, precisamente en algunos
de los libros que se enumeran al final
del capítulo–, pero sí algunos datos im-
prescindibles para conocer esta rami-
ficación de las leyendas de Colón.
Para empezar, determinados autores
apuntan al puerto de La Rochelle, en
la costa atlántica francesa, de donde,
se presupone por determinados docu-
mentos, partió, justo antes del proceso
contra los templarios, una enorme
flota de barcos de la Orden con un
rumbo algo enigmático.
Entrando en la pura especulación –de-
bemos confesar–, sin demasiadas
pruebas, se habla de América. Allí, en
el continente “desconocido” para el
hombre medieval, los templarios ha-
brían mantenido una serie de colonias
de las que habrían obtenido, sin ir más
lejos, la plata que haría posible el re-
nacimiento del gótico medieval; aque-
lla profusión sin par de construcciones
que aún se alzan al cielo, como agujas
negras punteando los cielos, y que son
las catedrales.
Colón habría sido, según estas teorías,
uno de los descendientes de aquellos
monjes emigrados. Habría regresado
a Europa –su acento era extraño, de-
18
A la derecha: Colón llegando a América,
según Dióscoro Puebla (1831-1901).
enta la llegada de Colón a América.
cían algunos de sus contemporáneos–
con la misión de “vender” el descubri
miento de América a alguno de los
reyes del viejo continente, no se sabe
muy bien por qué. De ahí, entre mu-
chas otras cosas, su conocimiento de
que al otro lado del Atlántico había
algo importante. O su secretismo. O –
y esto es clave–, la multitud de leyen-
das nativas americanas acerca de
hombres barbudos, llegados del Este,
que se repite también entre los poline-
sios…
LOS BARBUDOS DE AMÉRICA
Tipos barbudos, sí, y rubios. Con tú-
nicas blancas, que huyen en cuanto
son descubiertos por los primeros
conquistadores. Porque no sólo exis-
tían en la mitología, sino que sobre
ellos parece haber habido algunos tes-
timonios. Y restos arqueológicos. No
olvidemos que a lo largo y ancho de
América existen multitud de hallazgos
de objetos medievales que no han sido
suficientemente explicados. ¿Templa-
rios? ¿Vikingos? ¿Podría tener algo
que ver todo eso con esas extrañas
luces que acompañaron a las carabelas
durante la épica travesía a lo ancho del
Atlántico? ¿Y si es así, cómo? ¿Está
relacionado aquello con el misterioso
pasado del continente? Es posible, y
entonces…
El enigma de América se confunde
con el de Colón, uno de los hombres
más importantes y enigmáticos de la
Historia; quizá el único que tiene la
clave para resolver el gran misterio de
este mundo…
20
El puerto de La Rochelle, en Francia,
según algunos, el lugar desde el que partie-
ron hacia América los últimos templarios...
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ADELANTO DE LA NUEVA NOVELA DE
MARCUS POLVORANCA, PROTAGONIZADA POR EL PADRE VENTURA
LA GRAN PIRÁMIDE INVERTIDA DE TOLEDO
Página anterior: Puerta del Sol de
Toledo, uno de los lugares que
aparecen reflejados en la novela.
Arriba: Portada de La gran pirá-
mide invertida de Toledo.
23
EN LA TERTULIA DEL CAFÉ «EL ESPAÑOL»
La oscuridad se había echado sobre las calles
de Toledo hacía ya unas cuantas horas. La
niebla cubría el casco antiguo como en las le-
yendas de fantasmas y aparecidos, y el silen-
cio era un silencio de siglos, inquietante y
misterioso, interrumpido de vez en cuando
por el sonido de pasos sobre los adoquines
mojados, o por alguna conversación lejana,
y como clandestina, que le daba a la ciudad
ese carácter de iglesia, o de cementerio, que
cabe imaginar que ha debido de tener siem-
pre. Sólo en torno a la plaza de Zocodover
seguía habiendo aún algo de vida. Los cafés,
las tabernas, dejaban entrever actividad tras
los cristales empañados que daban a los so-
portales, y la luz cálida de sus bombillas re-
fulgía dentro, entremezclada con el humo
denso de puros, pipas y cigarrillos, y el mur-
mullo de cánticos, y conversaciones, vibrando
todas juntas a la vez.
Era el año 1924, y entonces, como ahora, se
hablaba alto, apasionadamente, con voces
crispadas y puñetazos sobre la mesa para re-
forzar los argumentos. Daba igual cuál
fuera el tema en cuestión. Los tejema-
nejes de la política, el asunto de Ma-
rruecos, el mundo de los toros, la
Iglesia… Todo era susceptible de ge-
nerar unos instantes de tensión, o de
acaloramiento. Incluso la Historia, o
la Arqueología –los temas que solían
reunir cada miércoles a los miembros
de la tertulia del café El español–, ha-
cían que los nervios se disparasen de
vez en cuando, y una charla amable, y
distendida, terminara degenerando en
una controvertida polémica…
–Pues yo les digo, señores, que Colón
era de Toledo.
–¿Colón? ¿El que descubrió Amé-
rica?
–El mismo.
–¡Pero padre, qué barbaridad!
–¡Sí, menudo disparate!
–¿Y de dónde saca usted eso…?
No era la primera vez, ni mucho
menos, que el padre Ventura se des-
marcaba con una afirmación de ese
tipo. Aquel personajillo menudo, de
sotana negra hasta los tobillos, pelo
muy corto, de punta, y ojos encendi-
dos de un iluminado, pertenecía a esa
clase de sujetos que, con tal de evitar
el anonimato, están dispuestos a hacer
o decir lo que sea. No era de extrañar,
pues, que no parecieran afectarle de-
masiado las exclamaciones y protestas
que comenzaron a sucederse a partir
de entonces. Como si la cosa no fuera
con él, se limitó a echarse tranquila-
mente hacia atrás, sobre el respaldo de
la silla, y, copita de chinchón en mano,
escrutar con interés las reacciones del
joven perplejo, de aspecto desubicado,
que aquél día había acudido con él a
la tertulia.
–¡Pero no te asustes, muchacho, que
esto no es nada…!
–¿No?
–¡Qué va…! Piensa que hay veces que
hasta se levantan para pegarme, o para
lanzarme alguna fiera dentellada…
El joven, que se llamaba Ramón, era
un estudiante de Barcelona que había
conocido al padre Ventura un par de
horas atrás, en la pensión en que
ambos se alojaban. Su naturaleza tí-
mida, y algo reservada, le había con-
vertido en presa fácil de un tipo que,
como aquel esperpéntico sacerdote,
acostumbraba a pegarse como una
lapa a quien le hacía un poco de caso;
sobre todo si, como en aquella oca-
sión, se cometía el error de confesarle
cierto interés por el Arte, o las cosas
antiguas…
–De momento, señores, van a permi-
tirme que guarde silencio. La investi-
gación sigue en curso, y ya saben cómo
soy yo para estas cosas.
–¡Pero padre…! ¡No sea así, hombre!
–¡Sí! ¡Denos algún dato más, alguna
pista!
Por suerte, no hubo que esperar de-
masiado para que dejara de hacerse de
rogar, y accediera a satisfacer aquellas
muestras de curiosidad tan insistentes,
y un tanto sospechosas, que no deja-
ron de atosigarle mientras tanto. Tras
lanzar una mirada cómplice al mucha-
cho –que seguía sin comprender
nada–, se levantó de la silla, y co-
menzó a reclamar silencio.
–Está bien, está bien… –dijo, agitando
las manos con un gesto teatral, y muy
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amanerado–. Sólo les diré una cosa,
señores –añadió, mientras el barullo se
iba apagando lentamente a su alrede-
dor–. La clave del asunto, por muy ex-
traño que parezca, se encuentra en un
poema…
–¿En un poema? –se oyó preguntar a
alguien.
–Sí, en un poema –confirmó el sacer-
dote–. Del Romancero Viejo, para ser
más exactos. Pero ya sí que lo dejo
ahí…
Los murmullos volvieron a brotar con
renovada exaltación, pero él se desen-
tendió de ellos dejándose caer de
nuevo sobre la silla y cruzándose de
brazos, con indiferencia. Los que esta-
ban más cerca siguieron insistiéndole,
pero él se mantuvo firme.
–No puedo, de verdad, créanme.
–Pero, ¿por qué, Ventura? Aquí hay
confianza…
El sacerdote se apresuró a explicar que
uno, en tiempos como aquéllos, no
podía ya fiarse de nadie.
–¿O no recuerdan lo que pasó hace
años? –empezó a decir–. El mérito se
lo llevaron otros, y eso que yo había
hecho todo el trabajo… No pienso
dejar que eso vuelva a ocurrir, desde
luego que no… y mucho menos ahora,
que empiezo a tener ciertos apoyos y
en breve podría anunciarles una im-
portantísima noticia.
–¿Habla de un nuevo libro, padre?
–¿Piensa publicar de nuevo?
–Ah… –respondió él, con falsa modes-
tia–. Todavía no hay nada firmado, así
que… No debemos hacernos ilusio-
nes. Lo primero de todo es terminar
la investigación, y para eso quedan aún
varios meses, quizá un año…
Un anciano que estaba sentado algo
apartado de él comenzó a manifestar
una enorme alegría en cuanto le repi-
tieron, al oído y en voz alta, lo que aca-
baba de insinuar el sacerdote.
Emocionado, se echó hacia adelante
para tenderle su mano temblorosa y
darle así la enhorabuena.
–Muchas gracias, don Augusto –le res-
pondió Ventura.
–Es hora de que se vaya reconociendo
su trabajo –sentenció el anciano, con
su voz débil y apagada.
Casi al mismo tiempo, comenzaron a
escucharse unos cuchicheos y risitas
demasiado sospechosas, que prove-
nían del otro lado de la mesa.
–¡Un libro, dice…!
–Será un folletito de ésos que publica
de vez en cuando, apoquinando de su
bolsillo…
Todas las miradas se dirigieron enton-
ces hacia un grupo de sujetos de me-
diana edad que estaban sentados en
torno a un tipo estirado, de aspecto
más que desagradable –bigotillo fino,
labios carnosos, dientes amarillos y
muy separados– que no pareció mo-
lesto por la atención suscitada.
–Yo quería hacerle una pregunta,
padre –dijo, dirigiéndose a Ventura
mientras aprovechaba para sacar del
interior de su chaqueta una pitillera de
plata reluciente, y tomar de ella un ci-
garrillo.
–Dígame, Andrade –respondió Ventura.
–Dice usted que Colón nació en To-
ledo, ¿no es así?
–Correcto –respondió Ventura.
El tipo se llevó el cigarrillo a la boca;
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guardó la pitillera y agarró una cajita
de cerillas que le quedaba delante,
sobre la mesa.
–¿Y sabe si pasó aquí parte de su in-
fancia? –preguntó, mientras prendía
fuego al pitillo y apartaba con la mano
el humo de la primera calada.
–Hasta donde yo sé –respondió Ven-
tura–, así es. Tengo pruebas de que el
Almirante siempre tuvo a esta ciudad
en buena estima, aunque sin nom-
brarla nunca directamente…
–¿Y dónde cree usted, si puede sa-
berse, que pudo aprender a navegar?
–¿Dónde? –repitió Ventura, tratando
de ganar tiempo.
–Sí, padre. Me gustaría que nos acla-
rase si tiene alguna teoría al respecto.
Como dice usted que Colón nació
aquí, en nuestra ciudad, quisiera saber
dónde cree que pudo aprender las
artes de la navegación… ¿Fue, quizá,
en el Tajo? –añadió, con una sonrisa
malévola asomándole al rostro–. Igual
en una de esas barcas de remos que se
usan para cruzar el río, de una orilla a
otra…
Uno de los que estaban junto a él no
pudo resistir más, y estalló en una car-
cajada al oír aquello último. A su ac-
ceso de hilaridad le siguieron otros, y
en poco tiempo toda la mesa reía ya
de forma desenfrenada. Tan sólo el
anciano –que miraba a su alrededor
totalmente desubicado, sin compren-
der nada–, se mantenía todavía al margen.
–¡Igual conoció a los Pinzones en Ta-
lavera de la Reina –se oyó exclamar a
alguien, entre hipos incontrolables–, y
los tres juntos se fueron remando
hasta América…!
Ventura trató de disimular al princi-
pio, pero no por mucho tiempo. Tras
comprobar que aquello, lejos de apa-
garse, iba en aumento, apuró de un
trago la copita de chinchón y, levantán-
dose, se fue directo hacia una percha
próxima en la que había dejado su
abrigo.
–¿Se marcha, don Ventura? –le pre-
guntó el anciano, extrañado al verle
abandonar la mesa tan precipitada-
mente.
–Sí, don Augusto, se me hace tarde –
respondió el cura, tomando su abrigo
y tendiéndole el suyo al muchacho,
que se dio cuenta en ese momento de
lo que ocurría.
Las carcajadas comenzaron a extin-
guirse entonces poco a poco.
–¿No se habrá enfadado, verdad? –
preguntó uno de los contertulios, diri-
giéndose al sacerdote.
–No, no, por favor –se apresuró a
negar el cura, mientras procedía a abo-
tonarse el abrigo hasta el cuello.
–Sí que se ha enfadado –replicó otro
de aquellos caballeros, levantándose
de su asiento para intentar apaciguarle.
–Sí, yo creo que sí –añadió uno más,
haciendo lo mismo.
–No, de verdad –insistió el cura–. Es
sólo que mi compañero de pensión –
dijo, señalando al muchacho– quería
conocer un poco más la ciudad y…
Ramón, ya de pie, se había puesto su
gorra sobre la cabeza, y trataba de en-
fundar los brazos en las mangas de su
abrigo. Hizo como si no escuchara
nada.
–¿Pero ahora, de noche, con el frío
que está haciendo –se escandalizó el
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anciano–, van a ponerse a hacer tu-
rismo?
–Bueno… –dijo don Ventura, tratando
de justificarse–. Ya sabe que a estas
horas es cuando la ciudad muestra su
cara más interesante…
Las miradas se dirigieron entonces al
chico que, a tenor de aquellas pala-
bras, se limitó a encogerse de hombros
y a dar a entender, con una expresión
simpática, que estaba a merced del
cura.
–Vaya un cicerone que te has ido a
buscar –le dijo uno de aquellos hom-
bres, acercándosele al oído y golpeán-
dole amistosamente en un hombro.
–Sí –dijo otro, guiñándole un ojo–,
todo un personaje...
El sacerdote escuchó con agrado aque-
llos comentarios afectuosos, pero
mantuvo su decisión de marcharse.
–Bueno, amigos –dijo, despidiéndose
de todos ellos con el brazo en alto–, la
semana que viene seguiremos char-
lando, si ustedes quieren…
–Claro, padre. Será un placer.
–Pues hasta la semana que viene, en-
tonces.
–Adiós, Ventura.
–Adiós…
APARICIÓN ENTRE LA NIEBLA
Franquearon la puerta del café y salie-
ron a la calle. La noche invernal caía
implacable sobre Zocodover, cubierta
en aquel momento por una neblina
fría y húmeda que flotaba suspendida
sobre los adoquines.
–Bueno –comentó Ventura, dirigién-
dose al muchacho con los ánimos re-
novados–, ¿dónde deseas que vaya-
mos?
Ramón sintió la tentación de ser sin-
cero y confesar que lo que más le ape-
tecía era regresar a la pensión y poner
los pies ante la estufa, pero no se atre-
vió ni a insinuarlo. Tenía muy pre-
sente lo que acababa de ocurrir en la
tertulia y, ante el miedo de volver a ha-
cerle daño a aquel pobre hombre, de-
cidió dejar que fuera él quien
decidiera.
–No sé –dijo–. Lo que usted quiera…
El cura no dudó en tomarle la palabra.
–Muy bien –dijo, poniéndose en mar-
cha–. ¡Caminemos entonces!
Abandonaron el abrigo de los sopor-
tales y se adentraron, a paso ligero, por
la calle del Comercio. Ventura iba por
delante, elevando la voz mientras ejer-
cía de guía, para que el chico no tu-
viera problemas a la hora de
escucharle.
–Toledo es quizá la ciudad más anti-
gua de Europa, ¿sabes? Su origen se
remonta al pasado más remoto; hay
quien dice que al mítico Hércules, el
héroe griego, que la habría fundado
mientras buscaba por tierras de Es-
paña el jardín de las Hespérides, aquél
del que debía robar aquellas manzanas
doradas…
Recorrieron de este modo una larga
sucesión de calles oscuras y desiertas,
acompañados por el ruido hueco de
sus apresurados pasos, y el soniquete
monótono de la cháchara del cura. La
erudición de aquél, un tanto alocada y
sospechosa, dejó de interesar ense-
guida a Ramón, poco amante de esa
fantasía de encantamientos, almas en
27
pena, y romances que acaban siempre
de forma trágica y violenta.
–¡Aprovéchate de mí, chico! –insistía
el sacerdote, ante la pasividad del mu-
chacho–. ¡Tienes contigo a uno de los
mayores expertos en esta ciudad…!
En poco tiempo, sin apenas haberse
detenido en ningún lugar, alcanzaron
la plaza del Ayuntamiento y se vieron
situados ante la catedral.
–¡He aquí la joya de la ciudad! –ex-
clamó Ventura, abriéndose de brazos
para abarcar el grandioso edificio–. ¡Y
casi diría que de España!
Ramón contempló aquella magnificen-
cia con cierta desgana, preparándose
para lo que se le venía encima.
–¡Mira qué maravilla! –repetía el sacer-
dote–. ¡Qué metáfora de nuestro país!
¿No crees? Imperfecta, ecléctica, in-
acabada… Encajonada en la estrechez
mora de estas callejuelas… Podría pa-
sarme horas, ¡créeme!, hablándote de
ella…
El frío, que había desaparecido tras la
caminata, volvió a adueñarse ense-
guida del cuerpo de Ramón. El chico
empezó a sentir cómo se le clavaba en
los huesos, y trató de paliarlo desespe-
radamente, como se le fue ocurriendo.
Primero, frotándose las manos y ver-
tiendo su aliento cálido sobre las pal-
mas ahuecadas, y después –apremiado
por un incómodo temblor que hacía
que le castañetearan los dientes–, co-
menzó a pisotear el suelo con la base
de sus zapatos, sin que aquello pare-
ciera tampoco surtir demasiado efecto.
–Parece que hace un poco de frío, ¿no?
–comentó, presa de la desesperación.
Ventura le miró fijamente, molesto
por aquella interrupción que no com-
prendía. Justo a punto de reanudar su
perorata, un ruido de pasos que aden-
traban en la plaza le hizo desviar la
atención hacia otro lado.
–¿Don Ventura? –dijo una voz ronca,
de hombre adulto, que atravesaba el
velo de niebla desde la calle Cisneros,
por uno de los flancos de la catedral.
–¿Sí? –respondió el sacerdote.
–¡Soy yo, Marcial! –respondió la voz.
Ramón y el sacerdote comenzaron a
distinguir entonces el perfil delgado y
fibroso de un tipo ataviado con ropas
anchas de campesino, que se les apro-
ximaba lentamente, aunque con reso-
lución, ligeramente inclinado por el
peso de un bulto que llevaba a la altura
del costado.
–Muy buenas –dijo el tipo, plantán-
dose ante ellos.
–¿Qué tal, Marcial? –le respondió el
cura–. ¿Cómo tú por aquí, y a estas
horas?
–He estado en el café, buscándole –
explicó el hombre–. Me han dicho
que se había marchado de allí hacía
poco.
–Sí –respondió el cura–. Quería ense-
ñarle la ciudad a mi nuevo compañero
de pensión.
El hombre miró al muchacho de
arriba a abajo, más por cortesía que
por interés, y se dirigió de nuevo al sa-
cerdote.
–¿Podemos hablar en algún sitio a
solas, padre? –dijo.
–Claro, Marcial –respondió el cura–.
¿Qué es lo que pasa?
El hombre señaló disimuladamente el
bulto que llevaba encima.
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–Quería enseñarle algo… –dijo.
El cura asintió, mirando aquel objeto
con aire pensativo.
–Podemos ir a la pensión, si te parece
bien –le sugirió.
–Me parece muy bien, padre –respon-
dió el campesino.
El cura se volvió entonces hacia
Ramón, que les escuchaba muy
atento, sin decir nada.
–Siempre y cuando a ti no te importe,
muchacho –le dijo muy serio–. Esto
interrumpe nuestro recorrido turís-
tico…
–Por mí no hay ningún problema,
padre.
–¡Pues marchemos entonces! –resol-
vió Ventura.
Y los tres se encaminaron, con pasos
decididos, hacia la pensión.
CARA A CARA CON EL MISTERIO
La pensión estaba ubicada en un edi-
ficio estrecho de viviendas, situado
hacia la mitad de la empinada calle del
Cristo de la Luz. Don Ventura llevaba
viviendo en ella muchos años, y era allí
como uno más de la familia.
Abrió el portal con su propia llave, e
hizo que sus invitados le siguieran
hasta su habitación, situada al final de
un largo pasillo localizado en la pri-
mera planta.
La luz del candil reveló, al abrir la
puerta, un cuarto pequeño, con balcón
a la calle, atestado de objetos antiguos,
y polvorientos, y montones de libros
por todas partes.
–Bien –dijo, cerrando la puerta tras
asegurarse de que Ramón entraba con
ellos–, ya estamos aquí, Marcial. ¿Vas
a querer contarnos, por fin, qué es eso
que llevas encima?
Marcial se había precipitado a deposi-
tar el pesado bulto sobre la cama del
sacerdote.
–Verá –dijo, quitándose la boina y se-
ñalando con un movimiento de cejas
hacia Ramón–, es que quisiera hablar
con usted a solas, padre…
El muchacho, que en ese momento
curioseaba entre los libros alineados
en una pequeña balda que colgaba de
la pared, se dio la vuelta al compren-
der que estaban hablando de él.
–Yo –dijo, dirigiéndose a don Ven-
tura–, me marcho, ¿eh? No tengo nin-
gún problema…
–¡Nada de eso! –se apresuró a recha-
zar el sacerdote–. Tú te quedas, mu-
chacho–.Y después, dirigiéndose a
Marcial–: No tienes que preocuparte
por él, es de confianza…
–Como quiera –respondió el campe-
sino–. Yo, como usted me dijo que era
imprescindible actuar con sigilo en
estos casos, sin que nadie se enterase…
–¿Pero a qué tanto misterio, Marcial?
¿Se puede saber qué es lo que te traes
entre manos?
–Verá –respondió el hombre–. Le
contaré...
CONTINUARÁ...
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