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El guerrero vikingo Brage Norwald es
temido por todos, a excepción de una mujer
que podría convertirse en su mayor premio...
o signifcar su destrucción.
Brage Norwald nunca ha perdido una batalla, y
cuando decide invadir la costa sajona no espera
otra cosa que celebrar una victoria. En cambio,
sufre una aplastante derrota. Gravemente herido,
es tomado prisionero. Cuando est al borde de la
muerte, una ac!rrima enemiga acude en su ayuda,
despertando en !l una atracci"n que lo dejar
indefenso#
$ynna est prometida al cruel y calculador
pr%ncipe Edmund, y ve la oportunidad de huir junto
a Brage. &mbos emprenden camino a trav!s de la
campi'a sajona, y pronto debern enfrentarse a
una pasi"n mutua que podr%a proporcionarles ms
de lo que jams osaron so'ar# o destruir sus vidas
para siempre.
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Este libro est dedicado a cuatro damas cuyos
conocimientos acerca de la industria editorial son
fenomenales. (rabajar con ellas es estupendo y
resulta e)citante verlas en acci"n* +e llaman ,ynn
Brown, -athryn .al/, ,aura +hat0/in y 1oan
+chulhafer.
(ambi!n quisiera agradecer a la pandilla de
2innacle ,a/e por su apoyo constante* & 3arilee
2oulter, 2aul 2oulter y ,ouis 4euther.
5 muy especialmente al se'or (om 2earson,
bibliotecario de 6istoria de la Biblioteca 27blica de
+aint ,ouis.
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PROLOGO
Noruega, año 838. Noruega, año 838.
n rayo ííumínó eí cíeío y un trueno profundo y amenazador resonó en
ía comarca.
De píe en eí umbraí de ía pequeña casa, ía ancíana mantenía ía vísta
cíavada en ía oscurídad, aguardando. Como síempre, éí no tardaría en
ííegar. Estaba segura de eíío.
Entonces empezó a ííover, ías gotas goípearon ía tíerra por ía víoíencía
de ía tormenta y eíía fue a refugíarse |unto aí hogar en eí centro de ía
habítacíón. Aunque ía noche no era fría, se sentía aterída y eí frío íe heíaba
eí aíma. Sus manos nudosas aferraron eí chaí que ía envoívía. Cerró íos o|os
y procuró oívídar ía tormenta exteríor y tambíén ía ínteríor, generada por eí
don de ía cíarívídencía.
-He venído. -Su voz era profunda.
La ancíana abríó íos o|os y contempíó aí guerrero aíto de cabeííos
oscuros, sín reveíar sorpresa aíguna ante su presencía.
-¿Deseas que íea ías runas para tí? -ínquíríó.
-Zarpo con ía íuna nueva.
Eíía asíntíó con ía cabeza, íuego se puso de píe íentamente y se dírígíó
hacía una pequeña mesa ñanqueada por dos bancos.
Tomó asíento en uno y íe índícó que ocupara eí que estaba enfrente.
Después se detuvo durante un momento para observarío. Era apuesto,
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aqueí víkíngo cuyos cabeííos negros -un rasgo heredado de su madre
íríandesa que muríó aí daríe a íuz- ío díferencíaban de íos demás; a eííos
debía su apodo: Haícón Negro. Sus o|os eran azuíes, de un azuí páíído como
íos de su padre, un hombre deí norte. Tenía íos rasgos ñnamente cínceíados,
íos hombros anchos y fuertes. Era un magníñco guerrero, nadíe íguaíaba ía
fama que íe habían proporcíonado su vaíor y su honor..., a excepcíón de su
padre.
Después de un momento, ía ancíana dedícó su atencíón a ías runas.
Tendíó un paño bíanco en ía mesa y sacó ías píedras profétícas. Las sostuvo
en ía mano y entonó dos estrofas deí 4unatl para ínvocar íos poderes.
Sé que pendí de un árbol agitado por el viento,
Sus raíces ignoradas por los sabios;
Atravesado por las lanzas, durante nueve largas noches,
Prometido a Odín, mi ser ofrecido al suo!
"o me dieron pan, ni un cuerno del cual beber;
#ontemplé las profundidades$
%rité recogí las runas,
& por fin, caí!
Aí pronuncíar ías úítímas paíabras arro|ó ías runas sobre eí paño
tendído en ía mesa. Eíígíó tres con mucho cuídado y después examínó sus
ínscrípcíones.
-¿Oué dícen, ancíana? -preguntó eí Haícón Negro, desconcertado
ante su proíongado sííencío-. ¿Tendrá éxíto eí ataque? ¿Obtendré eí premío
deseado?
Cuando eíía aízó ía mírada, íos secretos ancestraíes hacían
respíandecer sus o|os azuíes. Míró ñ|amente aí guerrero, reñexíonando y
sopesando, y voívíó a contempíar ías píedras que sostenía en ía mano,
hasta que por ñn contestó:
-Obtendrás mucho más de ío esperado, mí apuesto cabaííero. Oh, sí,
mucho más...
-Bíen -dí|o éí, con expresíón aíívíada-. ¿Y qué será de mís hombres?
La íucha, ¿será encarnízada?
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-Habrá peíígro. Se derramará sangre. Se dírán paíabras engañosas.
Pero aí ñnaí de tu travesía te aguarda un tesoro de gran vaíor.
Cuando pronuncíó ías úítímas paíabras, un rayo voívíó a ííumínar eí
cíeío. Un tembíor agító ía tíerra, seguído deí estruendo deí trueno.
Tras escuchar aqueíío, ía ínquíetud que había embargado aí guerrero
dísmínuyó.
-Así que tendremos éxíto. -Sonríó y se puso de píe-. ¿Y eí premío
será precíoso?
-Más precíoso que todos íos que has obtenído en eí pasado.
Éí asíntíó con expresíón satísfecha, pagó a ía ancíana y se marchó.
Eíía observó su partída, a sabíendas de que eí peíígro ío acechaba y
preguntándose sí sobrevívíría a ía traícíón. No íe había dícho todo ío que
había vísto: Había un sendero que debía recorrer, y tambíén un peíígro aí
que debía enfrentarse a soías.
!uando su críado ío despertó, eí sueño ínterrumpído contraríó a íord
Aífríck. Se íncorporó y íe íanzó una mírada furíbunda.
-¿Oué es tan ímportante como para que me despíertes en medío de ía
noche? -preguntó.
-Lamento moíestaros, mííord, pero un forastero de ía tíerra de íos
víkíngos ha ííegado a ía torre soíícítando audíencía.
-¿Un víkíngo? -Ahora íord Aífríck estaba compíetamente despíerto.
-Sí, mííord. Insíste en que ha de habíar con vos y con níngún otro.
Añrma que se trata de un asunto de vída o muerte.
-¿De ía vída de quíén? ¿De ía muerte de quíén? -preguntó-. No me
fío de níngún hombre deí norte.
-De ía vuestra.
-¿De ía mía? -Aífríck fruncíó eí ceño, presa de ía íra-. ¿Ouíén es ese
mensa|ero que osa acercarse a mí torre y amenazar mí vída?
-No pretende amenazaría, mííord. Díce que ha venído para advertíros
de un peíígro futuro.
Lord Aífríck reñexíonó con eí entrece|o fruncído.
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-Despíerta a sír Thomas -dí|o íuego-. Dííe que se reúna conmígo
aba|o |unto con varíos guardías, en mí cámara prívada a un íado de ía Gran
Saía. Habíaré con ese místeríoso hombre deí norte, pero haré que íe den
muerte en un ínstante sí esto resuíta ser aíguna cíase de truco díabóííco.
Lord Aífríck se íevantó de ía cama y se preparó para recíbír aí extraño.
Se vístíó con rapídez y se coígó ía espada deí cínto. Ahora estaba de un
humor cauteíoso. Había gobernado aqueíías tíerras durante más de
veíntícínco años y perdído ía cuenta de ías veces que ío habían atacado. Era
ía prímera vez que un víkíngo pretendía habíar con éí y se preguntó qué
querría. Una vez díspuesto a encontrarse con su vísítante nocturno,
abandonó ía habítacíón.
Poco después, íord Aífríck se enfrentaba aí hombre místeríoso,
ñanqueado por sír Thomas y díversos guardías armados. Sír Thomas era un
hombre de unos treínta años, aíto y avezado en ía íucha. Su ñdeíídad a
Aífríck era conocída en toda ía comarca y ía conñanza deposítada en éí era
absoíuta. Cuando debía tomar una decísíón ímportante, Aífríck recurría aí
conse|o de sír Thomas, puesto que sabía |uzgar a íos demás y a menudo íe
proporcíonaba ídeas pasadas por aíto por sus otros conse|eros. Aífríck se
aíegraba de que estuvíera presente.
-Díme por qué no habría de matarte ahora mísmo, víkíngo -dí|o íord
Aífríck. Los hombres deí norte eran sus enemígos acérrímos y no íos
aprecíaba en absoíuto.
-Porque traígo notícías que podrían saívarte ía vída.
-¿Por qué habría de creerte? -preguntó eí íord, escudríñando en
medío de ía penumbra y procurando dístínguír íos rasgos deí víkíngo, pero
sín éxíto.
Eí extraño retrocedíó entre ías sombras sín íevantar ía capucha de su
manto oscuro, ocuítando aún más su ídentídad frente a ía mírada
ínquísítoría deí íord sa|ón.
-Puedes aceptar mí advertencía, o no. Tú eííges -contestó eí víkíngo
encogíéndose de hombros-. He acudído para decírte ío que ocurrírá. Eí
Haícón Negro y sus hombres atacarán tus tíerras poco después de ía íuna
nueva.
Como para corroborar sus paíabras, un rayo respíandecíó y resonó un
trueno.
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-¡Eí Haícón Negro! -Lord Aífríck se puso tenso ante seme|ante
ínformacíón. Intercambíó una rápída mírada con sír Thomas, en cuyos o|os
oscuros se reñe|aba ía mísma íncreduíídad. Eí víkíngo conocído como eí
Haícón Negro era un poderoso guerrero que saqueaba cíudades a voíuntad,
se apoderaba de sus ríquezas y convertía en cautívos a hombres y mu|eres
-. ¿Por qué habrías de decírmeío? ¿Por qué traícíonarías a uno de íos tuyos?
-¡Porque ío quíero muerto! -síseó eí traídor en tono maíévoío-. No
puedo aízar ía mano contra aíguíen de mí mísma estírpe, pero puedo
proporcíonarte ía espada para hacerío.
-¿Oué exíges en pago por esta ínformacíón que acabas de
proporcíonarme?
-Sóío que te encargues de que eí Haícón Negro muera.
-Sí eí ataque ocurrírá en tan poco tíempo como añrmas, ¿cómo
ídentíñcaremos aí hombre conocído como eí Haícón Negro?
-La veía de su embarcacíón es de coíor ro|o sangre y ostenta ía dívísa
de un haícón negro en eí centro, aí íguaí que su escudo y su casco.
Sín embargo, como conocía ía astucía de íos víkíngos, íord Aífríck
aíbergaba dudas.
-¿Acaso se trata de un truco, de una estratagema para dístraernos,
míentras vuestros guerreros nos atacan desde otra díreccíón? -preguntó.
-Sí hubíera querído atacarte, podría haberío hecho esta noche. Tú y
tus hombres hubíeraís muerto en vuestras camas -dí|o eí conspírador-.
Has oído mí advertencía. Te he dado tíempo para prepararte. Sí no tomas
aíguna medída, esta torre y todos sus tesoros pertenecerán aí Haícón Negro.
-¿Y sí me preparo?
-Podrás derrotar aí más poderoso de íos saqueadores víkíngos y
saívaros, a tí y a tus súbdítos.
-¿Cuántos vendrán?
-Éí zarpará con aí menos tres naves de guerreros. Debes reunír un
e|ércíto poderoso para venceríos. Entre todos íos guerreros, sus hombres
son íos más feroces.
-¿Navegarás con éí? -preguntó íord Aífríck en tono desdeñoso. Oue
aqueí hombre traícíonara a uno de íos suyos íe causaba un profundo
desprecío y se preguntó sí eí muy traídor se consíderaba a sí mísmo un
exceíente guerrero.
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-Estaré aí corríente de todos íos acontecímíentos -contestó eí víkíngo
-. Pero te advíerto de que no será fácíí detener aí Haícón Negro. Hasta
ahora níngún hombre ío ha íguaíado en fuerza, cora|e y vaíor. Has de ser
astuto, o ío perderás todo.
-No te preocupes, estaremos preparados -respondíó íord Aífríck-.
Acabaré con ía vída deí Haícón Negro y hacerío supondrá una bendícíón
para todas ías comarcas, que quedarán a saívo de sus saqueos.
Eí traídor asíntíó con ía cabeza y se díspuso a marchar. Uno de íos
guardas ío acompañó hasta eí exteríor de ía torre.
Lord Aífríck íos observó hasta que desaparecíeron y después se dírígíó
a sír Thomas míentras remontaban ías escaíeras.
-¿Oué os parece, sír Thomas? ¿Hemos de creer en ía advertencía de
ese hombre? -preguntó con expresíón íúgubre y aguardó ía respuesta de su
amígo.
-Me gustaría creer que sus paíabras eran mentírosas, pero dudar de
eíías sería de tontos. Es me|or prepararse para un ataque que no se
produzca, a que eí Haícón Negro y sus hombres nos encuentren
desarmados.
-Estoy de acuerdo. Debemos prepararnos. Envíaré un mensa|e a íos
reínos vecínos; sí unímos nuestras fuerzas, podremos montar un e|ércíto ío
bastante grande para rechazar a íos atacantes.
-¿Deseáís que cabaígue por ía mañana, mííord, y ííeve ía notícía?
-Sí. Cuanto antes empecemos a píanearía, tanto me|or será nuestra
defensa.
Lord Aífríck se dírígíó a su habítacíón y sír Thomas se retíró a ía suya.
Ambos sabían que aqueíía noche ya no voíverían a dormír.
Míentras tanto, afuera, en eí patío, una soíítaría ñgura surgíó de su
oscuro escondíte y síguíó aí guarda y aí traídor en sííencío.
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CAPÍTULO 1
Eí víento hínchaba ías veías de íos tres dra//ar víkíngos y íos
ímpuísaba a través de ías aguas, encabezados por ía nave que ííevaba eí
embíema deí Haícón Negro, pííotada certeramente por su capítán en
díreccíón aí suroeste. Habían zarpado de su patría hacía sóío tres días y
ahora se aproxímaban a su meta: La costa sa|ona.
-¿Cuánto faíta para que avístemos tíerra? -preguntó Seger, un
guerrero fornído que navegaba en ía nave capítana, sín despegar ía vísta deí
mar.
-Sí eí víento no de|a de hínchar ías veías, deberíamos avístar ía costa
dentro de dos días -respondíó Neíís.
-Bíen -dí|o Seger con una sonrísa íobuna, pensando en ía ínmínente
bataíía. Echaba de menos ías íncursíones-. ¡Hace demasíado tíempo que
no entro en accíón, y eí brazo con eí que mane|o ía espada necesíta
práctíca!
-Creo que eí Haícón Negro comparte tus sentímíentos -comentó Neíís
y soító una carca|ada, índícando con ía cabeza a Brage Nordwaíd, su |efe,
tambíén conocído como eí Haícón Negro. Eí víkíngo aíto y de compíexíón
fuerte estaba de píe en ía pequeña cubíerta deíantera deí barco, espada en
mano-. Ouízá sea eí motívo por eí cuaí zarpamos dos semanas antes que
íos demás.
-Síempre procura contar con eí factor sorpresa. Nadíe nos estará
esperando. Es un gran guerrero y servír ba|o su mando es un prívííegío.
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-Es un hombre íísto. Hace tres años acepté eí compromíso de íuchar
|unto a éí, y |amás ío he íamentado. Mí parte deí botín ha aumentado con
cada temporada.
-Nadíe ío íguaía cuando se trata deí pííía|e. Goípea sín avísar, cobra su
botín y desaparece con rapídez.
-Mí padre seguía a Ansíak, eí padre de Brage, y ahora yo ío seguíré a
éí adonde quíera que me conduzca.
-Y sí ío que he oído es verdad, nos está conducíendo a uno de íos
reínos más rícos de ía costa.
Ambos sonríeron aí pensar en íos tesoros que pronto serían suyos.
Voívíeron a echar un vístazo a su |efe de píe ante eííos, vaííente y orguííoso.
Se sentían ínvencíbíes aí saber que sería éí quíen íos conducíría en ía
bataíía.
-Nadíe puede derrotar aí Haícón Negro.
Brage había píaneado aqueí ataque con mucho cuídado, y no veía ía
hora de entrar en combate. Escudríñaba eí horízonte y pensaba en ía bataíía
futura aferrando ía empuñadura dorada de su espada. Lord Aífríck no sería
un adversarío fácíí. Por eso había zarpado antes: Ouería coger
desprevenídos a íos sa|ones. Hacía tíempo que había aprendído a
aprovechar todas ías armas posíbíes, y ía sorpresa era ía herramíenta más
eñcaz cuando se trataba de un ataque.
-Bíen, hermano mío, ¿estás preparado para añadír aún más ríquezas a
tus arcas ya repíetas? -preguntó Uíf, acercándose a Brage.
-Como síempre -contestó éste con una sonrísa y voívíó a envaínar ía
espada.
Uíf era eí hermanastro mayor de Brage, hí|o de ía amante deí padre de
ambos. Pero aparte de su estatura y sus o|os azuíes, no guardaban un gran
parecído físíco. Uíf era rubío y grande como un oso, fornído y de múscuíos
muy desarroííados. Muchos enemígos ío habían creído íento debído a su
tamaño y eíío había supuesto un error fataí. Por otra parte, Brage era
deígado pero muscuíoso. A díferencía de Uíf, sus cabeííos eran oscuros. De
níños habían sído rívaíes fogosos; síempre trataban de superarse
mutuamente para demostraríe su vaíor a su padre guerrero. Sín embargo,
cuando se convírtíeron en hombres, habían de|ado de íado su rívaíídad y
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empezado a partícípar |untos en ías íncursíones, obteníendo eíogíos por su
vaíentía de cuantos íuchaban |unto a eííos.
-Ten cuídado -íe advírtíó Uíf-. No te excedas en ía conñanza.
-Confío en mís hombres y en eí hecho de que íord Aífríck no nos está
esperando. Aunque su torre es sóíída, no debería suponer un gran desafío
para nosotros, puesto que no ha tenído tíempo de prepararse. Una vez
ííeguemos a tíerra, en pocos días íograremos apoderarnos de un tesoro
consíderabíe. Eí factor sorpresa nos ayudará.
-Por eí bíen de todos, esperemos que ías cosas se desarroííen como
díces.
-Asegurarme de que sea así es mí responsabííídad. Lo he píaneado
muy cuídadosamente.
-Sí no fuera por un |uramento a íos díoses, sería yo quíen encabezaría
este ataque. En vez de eso, he sído reíegado por nuestro padre para cubrírte
ías espaídas -comentó Uíf, ríendo y sacudíendo ía cabeza con aíre
atríbuíado, como sí aceptara su destíno.
-Y reaíízas una tarea magníñca. -Brage paímeó eí hombro de su
hermano-. Sí no fuera por tí, hace tíempo que estaría muerto. Líevas ías
cícatríces que atestíguan tu íeaítad.
Una íarga cícatríz surcaba ía me|ííía derecha de Uíf y acababa |usto
deba|o deí o|o, un trofeo de una bataíía especíaímente dura ííbrada hacía
años, ía prímera vez que ambos navegaron |untos.
-Por eso te ío advíerto -repuso-. No necesíto más cícatríces que
estropeen mí apostura.
-No temas. Las runas han profetízado que tras este ataque
cobraríamos un gran tesoro.
-Las píedras nunca míenten.
-Además, níngún sa|ón está a ía aítura de mís hombres. Cuando
empíece eí ataque, ía víctoría será nuestra. -Brage contempíó a sus
guerreros, que sóío en ía nave capítana formaban un grupo de cíncuenta
hombres. La me|or fuerza |amás reunída, y nunca habían sufrído una
derrota.
-Comprobarán todo eí poderío deí Haícón Negro -asíntíó Uíf.
Sonríendo, Brage dírígíó ía vísta aí horízonte. Resuítaba agradabíe
voíver a navegar. Eí futuro parecía prometedor.
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"ady Dynna recorría su habítacíón con pasos ínquíetos. Desde ía
muerte de sír Warren, su marído, acaecída en un trágíco accídente de caza
hacía unos seís meses, y cuyas círcunstancías aún ía perturbaban, había
optado por comer en sus aposentos aducíendo ía necesídad de estar soía
míentras ííevaba eí íuto, y ía famííía de su marído había respetado su deseo.
Pero desde eí día anteríor, todo había cambíado.
Dynna echó un rápído vístazo aí gran espe|o de bronce coígado de ía
pared y examínó su ímagen reñe|ada. Una meíena de cabeíío azabache
enmarcaba su rostro. Estaba un poco páíída, pero eso era de esperar puesto
que, tras ía prematura muerte de Warren, había permanecído encerrada en
su habítacíón casí todo eí tíempo. Las ce|as oscuras formaban un deíícado
arco por encíma de íos grandes o|os gríses que ía contempíaban con
expresíón angustíada y desesperada. Sus íabíos no sonreían, y eso ía
preocupaba, porque antaño había amado reír y dísfrutar de ía vída. Pero ya
no. Ahora no había casí nada que ía aíegrara, sobre todo desde que eí día
antes íord Aífríck, su suegro, había recíamado su presencía para daríe una
notícía.
Eí recuerdo de íord Aífríck ordenándoíe que se casara con sír Edmund,
eí hermano menor de su marído faííecído, íe provocó un estremecímíento de
repugnancía. Procuró reprímír ía reaccíón y trató de controíar sus emocíones
desbocadas. Puede que íord Aífríck ínsístíera en que se casara con sír
Edmund, pero ía boda aún no se había ceíebrado. Todavía había tíempo para
aferrarse a ía esperanza de encontrar un modo de evítar ese destíno
funesto...
Dynna se díspuso a ba|ar y cenar con ía famííía, decídída a mantener
una actítud dístante, ma|estuosamente dístante. No quería que nadíe
sospechara que estaba desesperada por huír deí horrendo síno que íos
hombres poderosos de su vída querían ímponeríe.
Conscíente de que no podía proíongar ía demora, íady Dynna
abandonó ía habítacíón y se dírígíó a ía escaíera de píedra que conducía a ía
Gran Saía. Cuando aícanzó ía parte superíor de ía escaíera se topó con sír
Edmund, que subía en ese precíso ínstante. Tuvo que esforzarse por no
entrar en páníco.
Dynna sabía que muchas de ías mu|eres de ía torre consíderaban que
Edmund era muy apuesto gracías a sus cabeííos rubíos y sus o|os oscuros,
pero Dynna no se de|aba engañar por su apostura. Había examínado su
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aíma y conocía ía maídad de su corazón. Míentras que Warren había sído un
hombre bueno y gentíí, Edmund dísfrutaba causando doíor. Míentras que
Warren había dado príorídad a ías necesídades de íos demás, Edmund
satísfacía sus propíos deseos y ío úníco que íe ímportaba era éí mísmo. Era
un hombre egoísta, de poco carácter y fe aún más escasa. Dynna detestaba
admítír que ía asustaba, pero no cabía duda de que era verdad.
Edmund íe íanzó una sonrísa sesgada que expresaba víctoría y, en
úítíma ínstancía, posesíón.
-Buenas noches, mííady -dí|o en un tono que rebosaba íntímídad y
deseo.
-No soy «vuestra» íady ní nada que se íe parezca -contestó Dynna
en eí tono más aítanero deí que fue capaz, recurríendo a ía íra para
defenderse deí temor que éí íe ínspíraba. La mírada íascíva de Edmund
ínsínuaba que conocía eí aspecto de su cuerpo desnudo y ía ídea ía turbó.
-Ah, pero pronto seréís mía -dí|o en voz ba|a, dío un paso hacía eíía y
íe rozó ía me|ííía-. Padre ha manífestado sus deseos aí respecto, así que
está decídído. No pasará mucho tíempo antes de que os tome por esposa.
-Aún ííevo íuto por vuestro hermano.
-Mí hermano ya no está, mí duíce Dynna, pero yo estoy aquí.
-¿Acaso no supone una desíeaítad y un agravío que habíéís de vuestro
hermano de esa guísa? ¿Es que su muerte no os de|a eí corazón doíorído?
Pese a sus protestas y aí hecho de que habíara de Warren, Edmund
estaba convencído de que ío deseaba tanto como éí a eíía. Nínguna mu|er ío
había rechazado |amás.
-Hace demasíado tíempo que estáís soía. Necesítáís un hombre de
verdad, que os caííente ía sangre y para síempre borre eí recuerdo de
aíguíen que ahora está muerto.
Dynna síntíó que eí rubor íe cubría eí rostro, causado por ías paíabras
osadas deí hombre. Retrocedíó un paso, aíe|ándose de éí.
-Es ímpropío que me dígáís eso.
La sonrísa de sír Edmund se voívíó más ampíía.
-Tened cuídado, estímada Dynna. No soy un hombre que se desaníma
con facííídad.
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La había deseado desde ía prímera vez que ía vío, hacía dos años,
cuando ííegó a su reíno para casarse con Warren. Había sído muy pacíente
antes de pretendería, pero ía espera estaba a punto de ííegar a su ñn. Su
padre había decretado que fuera suya... |unto con su abundante dote.
-Soy ía esposa de Warren. -Dynna mantuvo una pose rígída y habíó
en tono despectívo. Pero íncíuso aí pronuncíar esas paíabras, su corazón
íatía aceíeradamente. Edmund tenía poder sobre eíía, y ambos ío sabían.
Ahora que era eí úníco hí|o de su padre, íord Aífríck íe concedería todos sus
deseos.
-Soís ía víuda de Warren -gruñó Edmund, fruncíendo eí ceño e
írrítado por ía crítíca-. Soís una mu|er sín proteccíón. -No tenía derecho a
reprenderío; a ñn de cuentas, sóío era una mu|er, una mera pertenencía por
ía que íos hombres regateaban según su voíuntad-. Mí hermano está
muerto y enterrado. A partír de ahora, vuestro íuto ha ííegado a su ñn.
Eí rubor que hacía un ínstante había teñído su rostro se desvanecíó
ante eí frío díctamen. Dynna se sentía íntímídada e índefensa, pero sabía
que no debía demostrar temor ní debííídad y íe devoívíó una mírada tan
acerada como ía de éí.
Sír Edmund vío ía chíspa de desafío en sus o|os y tambíén su porte
aítívo. Eí reto que íe presentaba ío excító. Sín desvíar ía vísta íe acarícíó eí
antebrazo.
-Una vez que estemos casados, Dynna mía, me dedícaré a expíorar
hasta dónde ííega vuestro orguíío; domínaros supondrá un gran píacer.
-|amás me someteré a vos.
-Ah, pero ío haréís. No os equívoquéís. Y ahora permítídme que os
acompañe a ía saía. Mí padre aguarda vuestra agradabíe presencía.
Dynna se esforzó por no apartarse cuando Edmund ía cogíó deí brazo,
y a regañadíentes murmuró unas paíabras de agradecímíento.
Ouería decíríe que prefería morír antes que someterse a éí, pero
guardó sííencío. Sín ía proteccíón de un marído, se íímítaba a ser un peón en
una partída |ugada por hombres poderosos. A íord Aífríck y sír Edmund sus
deseos íe ímportaban poco. Lo úníco que eíía quería era regresar aí hogar de
sus padres y pasar eí resto de su vída en paz y soíedad. No obstante, íord
Aífríck quería apoderarse de su exceíente dote, que consístía en eí aíquííer
de aígunas de ías gran|as que arrendaba su padre. Aífríck nunca permítíría
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que ese dínero se íe escapara. La mantendría a eíía y a su dote ba|o su
controí casándoía con sír Edmund.
Aí ba|ar ías escaíeras, sír Edmund ía cogíó deí brazo y ía atra|o hacía sí.
Le resuítaba menuda y muy femenína, y poder tocaría así por ñn íe
proporcíonaba una íncreíbíe sensacíón de poder. Cuando aícanzaron un
pequeño descansííío, ía arrastró hasta ías sombras.
-¿Oué hacéís, Edmund...?
Dynna no pudo proseguír porque éí ínterrumpíó sus paíabras con un
beso ardíente y presíonó su cuerpo contra eí de eíía.
Se síntíó aturdída, pero sóío un ínstante. Luego reaccíonó índígnada
ante seme|ante víoíacíón y ío goípeó con todas sus fuerzas. Su gruñído de
doíor ía compíacíó, pero sóío un momento. Edmund no ía soító, síno que ía
cogíó con más fuerza y ía besó más profundamente. Dynna ío empu|ó para
apartarío.
-¡So víííano! ¿Cómo osáís tocarme?
Sír Edmund vío ías ííamas de íra en su mírada y consíderó que nunca
había estado más beíía.
-Osaría muchas cosas con vos, Dynna -dí|o, con una sonrísa
sígníñcatíva.
Atemorízada por su íu|uría maníñesta, Dynna procuró aíe|arse, escapar
de su repugnante proxímídad, pero éí se ío ímpídíó cogíéndoía deí brazo.
Cíavó íos dedos en sus suaves carnes, soító una carca|ada y ía atra|o hacía
sí.
-Ba|aremos |untos.
Dynna apretó ías mandíbuías y asíntíó con ía cabeza.
En ía Gran Saía atestada de hombres reínaba eí buííícío. Habían ííegado
fuerzas supíementarías de dos reínos vecínos, con eí ñn de íncrementar ías
defensas de ía torre en caso de una posíbíe íncursíón víkínga; ahora se
reunían para compartír ía cena. Sentados ante ías mesas, íos hombres
acompañaban ía comída con abundantes tragos de cerveza e hídromíeí.
Habíaban en voz aíta y estrepítosa, y aíardeaban de su dísposícíón para
enfrentarse a íos temíbíes hombres deí norte.
Sír Edmund acompañó a Dynna hasta su asíento |unto a íord Aífríck, en
ía mesa eíevada que había en ía parte deíantera de ía saía. Eíía tomó
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asíento y, aunque íogró sonreír amabíemente a todos, se sentía como un
pa|arííío atrapado.
-Me aíegro de que hayáís decídído reuníros con nosotros, Dynna -ía
saíudó íord Aífríck-. Hemos echado de menos vuestra boníta presencía en
nuestra mesa.
-Me temo que hasta ahora no hubíeraís consíderado adecuada mí
compañía, mííord. La pérdída de mí amado Warren me ha entrístecído
profundamente.
Aí recordar ía muerte de su hí|o mayor, ía pena ínundó ía mírada de
íord Aífríck.
-Yo tambíén echo de menos a Warren, pero hemos de contínuar con
nuestras vídas. Éí ío hubíese deseado.
-Sí, mííord. -Dynna símuíó aquíescencía y respeto, pero en su fuero
íntímo no íos sentía. Sabía que íord Aífríck era un hombre frío y caícuíador aí
que ío úníco que íe ímportaba era su dote, no su feíícídad. Porque de ío
contrarío hubíese comprendído que eíía no estaba díspuesta a contraer un
nuevo matrímonío y que, íncíuso sí fuera así, |amás habría eíegído a
Edmund como esposo.
Míentras íes servían ía comída y empezaban a comer, Dynna íogró
íntercambíar aígunas paíabras con íos demás comensaíes. Transcurrídos
unos momentos, empezaron a habíar deí guerrero víkíngo conocído como eí
Haícón Negro, de quíen se rumoreaba que estaba a punto de atacar. Dynna
se preguntó cómo íord Aífríck se había enterado deí ataque ínmínente.
-Estamos más que preparados para enfrentarnos a éí -íe dí|o
Edmund a su padre en tono conñado. Hacía varías semanas que se
entrenaba con íos hombres y sabía que estaban preparados para eí
combate.
-¿Y vos qué opínáís, sír Thomas? Habéís presencíado más ataques que
mí hí|o -íe preguntó íord Aífríck a su amígo, sentado a ía mesa |unto a eííos
-. ¿Líeva razón Edmund? ¿Derrotaremos aí Haícón Negro?
Oue su padre no conñara en su evaíuacíón de ía sítuacíón enfurecíó a
Edmund, pero ío dísímuíó y prestó atencíón a ía opíníón deí hombre mayor
que éí.
Durante un momento, sír Thomas reñexíonó en sííencío, con expresíón
sería; después coíncídíó con ía evaíuacíón de Edmund.
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-Sí, mííord. Creo que derrotaremos aí atacante, en caso de que ose
atacar. Estamos preparados.
Lord Aífríck asíntíó con ía cabeza, se puso de píe y se dírígíó a íos
ocupantes de ía Gran Saía:
-Hace demasíado tíempo que eí Haícón Negro ha supuesto una
amenaza para nosotros y nuestros vecínos. Ha ííegado ía hora de borrar de
ía faz de ía Tíerra a íos saqueadores paganos deí norte que atacan mís
tíerras y toman a mís súbdítos como rehenes. ¡Sí nos ataca, acabaremos
con su vída!
Encabezados por sír Edmund, íos hombres soítaron un rugído de
aprobacíón.
Dynna no prestó demasíada atencíón a sus paíabras aíradas y
sedíentas de sangre. Había oído todas ías horrorosas hístorías sobre íos
víkíngos, que se dedícaban aí saqueo y aí pííía|e, aí secuestro y ía matanza.
No pudo de|ar de preguntarse sí caer en sus manos sería un destíno peor
que verse obíígada a casarse con Edmund. Y recordarío ía puso de un humor
todavía más íúgubre. Nínguna de ías dos opcíones ofrecía ía oportunídad de
una exístencía feííz.
Dírígíó ía mírada hacía Edmund y, aí ver ía ansíedad de entrar en
combate reñe|ada en sus o|os oscuros, |uró que nunca se casaría con éí.
Antaño su torre había supuesto un duíce hogar para eíía, pero ahora se
había convertído práctícamente en una cárceí. ¡De aígún modo íograría
escapar! Regresaría aí refugío seguro ofrecído por eí hogar paterno.
Una vez acabada ía cena, Edmund se aíe|ó para habíar con íos
hombres y Dynna íogró escabuííírse. Abandonó ía saía sín prísas, para no
ííamar ía atencíón, pero en cuanto remontó ías escaíeras y comprobó que
nadíe ía observaba, aceíeró eí paso y no se detuvo hasta encerrarse en su
habítacíón.
Cuando por ñn se encontró a soías, Dynna aguardó que ía embargara
ía habítuaí sensacíón de confort y segurídad que soíía rodearía en sus
aposentos, pero íos pensamíentos que ía torturaban no íe díeron respíro.
Cuanto más tíempo dedícaba a recordar íos acontecímíentos de aqueíía
noche, tanto mayor era su temor de que |amás voívería a dísfrutar de un
ínstante de paz míentras permanecíera en ía torre.
Líamaron a ía puerta con suavídad y Dynna se sobresaító. ¿Sería
Edmund?
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-¿Sí? ¿Ouíén es?
-Soy yo, mííady, Matíída. Creí que quízá necesítaríaís ayuda para
prepararos para ía cama.
Dynna se reía|ó aí oír ía voz de su ñeí dama de compañía. Matíída sóío
tenía trece años cuando se convírtíó en su críada, y Dynna sóío cínco.
Cuando años después Dynna había acudído aí reíno para casarse con sír
Warren, Matíída ía había acompañado. Tras ía muerte de Warren, ía deígada
y peíírro|a Matíída había resuítado su úníca amíga íeaí y su protectora.
Dynna ansíaba desesperadamente conñaríe sus probíemas.
-¡Mííady! ¿Oué ocurre? ¿Aígo no va bíen? -Matíída vío que estaba
páíída y su expresíón era angustíada. Dynna cerró ía puerta con cerro|o y
después arrastró a Matíída aíe|ándoía deí umbraí, temíendo que aíguíen que
pasara escuchara ío que estaba a punto de contaríe.
-Sír Edmund me acompañó hasta ía saía y... -empezó.
-¿Y qué?
-E ínsístíó en que se casará conmígo... pronto -dí|o, hacíendo
híncapíé en ía úítíma paíabra.
-No. Eso es absoíutamente ímpensabíe. -Matíída estaba espantada.
-¡Es eí úítímo hombre deí mundo con quíen me casaría! -excíamó
Dynna con voz embargada por ía emocíón-. ¿Cómo puede pensar que
estaría díspuesta a voíver a contraer matrímonío tan pronto, tras ía muerte
de Warren? Ní síquíera ha pasado un año. -Los o|os se íe ííenaron de
íágrímas y ías en|ugó con ía mano. No era momento para ía debííídad.
-Temo por vos. A sír Edmund ía muerte de su hermano íe ímporta
poco. Síempre ha querído apoderarse de vuestra dote, pero eso no es todo
ío que desea -decíaró Matíída sín rodeos.
-Lo sé -asíntíó íady Dynna-. Ouíere controíarío todo, y a todos. He
vísto cómo me míra. -Hízo una pausa y se estremecíó aí recordar eí roce de
sus manos-. He de regresar |unto a mí madre y mí padre -dí|o-. Es ía
úníca soíucíón. Aííí estaré a saívo de éí.
-¿Creéís que íord Aífríck os de|ará marchar? -Matíída sabía cuán
codícíoso era y dudaba de que íady Dynna pudíera abandonar su reíno.
-No, y por eso necesíto tu ayuda.
-¿Oué puedo hacer, mííady?
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-Debo escapar antes de que me obííguen a casarme. He de regresar a
mí hogar. He de encontrar una soíucíón ínteíígente...
-¿Os escabuíííréís?
-Es ía úníca manera. Sí he de dísfrazarme para íograrío, me dísfrazaré.
La mírada de Matíída se ííumínó y sonríó por prímera vez tras entrar en
ía habítacíón.
-Podría conseguír ías ropas víe|as de íos críados... -sugíríó.
Dynna síntíó un rayo de esperanza aí encontrarse con ía mírada de su
amíga.
-¿Vendrás conmígo?
-¡Desde íuego, mííady! Díos sabe con qué peíígros podríaís
encontraros. Necesítaréís mí proteccíón.
Dynna ía abrazó ímpuísívamente.
-¿Cuándo podrás hacerte con ías ropas?
-Encontraré aígo que podáís ííevar. Una vez que os ías pongáís, nadíe
os reconocerá.
-Ha de ser pronto, Matíída. A |uzgar por su manera de actuar, sír
Edmund no está díspuesto a esperar mucho más. Está decídído a
convertírme en su mu|er.
-No íe ofreceremos ía oportunídad, mííady.
Las paíabras de apoyo de su críada íe íevantaron eí ánímo.
-Nos íremos a casa, Matíída.
#ara Brage, íos días de navegacíón pasaron con rapídez. Amaba ía
ííbertad que suponía voíver a estar a bordo de su nave. Las aguas índómítas
y saíva|es se correspondían con su aíma ínquíeta. Cuando eí navío surcaba
eí mar a toda veíocídad y eí víento azotaba su rostro, era como sí voíara aí
íguaí que su homónímo: Eí haícón.
Oue íos víentos íes fueran propícíos había compíacído a Brage. Según
sus cáícuíos, avístarían ía costa ese mísmo día. Líevaba aí tímón desde eí
amanecer, montando guardía.
-Bíen, hoy es eí día -añrmó Uíf y se acercó a su hermano.
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Brage asíntíó, sín despegar ía vísta deí horízonte.
-Mañana por ía noche deberíamos estar repartíéndonos eí tesoro de
íord Aífríck -dí|o.
En ese momento Brage dívísó ía tenue sííueta de ía costa en ía íe|anía.
Líamó a sus hombres y éstos soítaron vítores. ¡Por ñn! ¡Pronto atacarían!
Krístoher, hí|o de Ansíak y Tove, su segunda mu|er, oyó eí gríto de su
hermano mayor y se apresuró a reunírse con éí y Uíf. A íos díecínueve años,
estaba ansíoso de aventuras y de íguaíar a Brage en su reívíndícacíón de ías
ríquezas deí mundo. Estaba empecínado en que aígún día sería tan céíebre
como eí Haícón Negro.
-Pronto voíveremos a íuchar. -La expresíón de Krístoher era ansíosa
míentras observaba cómo ía costa empezaba a aparecer.
-Hoy eí cachorro está bataííador -dí|o Uíf.
-He pasado muchos fríos ínvíernos esperando este día.
-Ah, Krís, deberías haberte buscado una moza servícíaí para que te
díera caíor. -Brage soító una rísíta.
-Puedo conseguír una mu|er cuaíquíer noche. ¡Eí caíor de ía bataíía es
mucho más excítante! Estoy más que preparado para ésta.
-Cuando ííegue ía mañana tu deseo se cumpíírá.
Brage se centró en ía íínea de ía costa. Sabía dónde se encontraban y
que eí desembarcadero desíerto estaba más aí sur, ío bastante próxímo a ía
torre de íord Aífríck como para que sus hombres pudíeran recorrer ía
dístancía sín probíemas, pero suñcíentemente protegídos para no ser
descubíertos. Hízo avanzar sus naves y por ñn avístó eí punto de referencía
que estaba buscando.
Rápídamente, antes de que anochecíera, Brage ordenó que sus naves
se acercaran a ía costa. Con veíocídad y echando mano de su experíencía,
íos víkíngos pííotaron sus embarcacíones hasta una zona protegída donde
no podrían ser fácíímente descubíertos. Los otros dos barcos se uníeron aí
de Brage. Pasarían ía noche a bordo y desembarcarían aí amanecer.
#ara Dynna, íos días posteríores a su decísíón de huír de ía torre
habían transcurrído a paso de tortuga. No parecía haber manera de escapar
de ía presencía opresíva de Edmund, saívo cuando se ausentaba de ía torre
para entrenarse con sus hombres.
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Eí resto deí tíempo, fuera adonde fuera éí síempre estaba cerca,
observándoía con mírada ansíosa y torva. Su actítud vígííante y predadora ía
ínquíetaba, pero tambíén íncrementaba su determínacíón de escapar.
-¡Las tengo! -excíamó Matíída en tono excítado aí entrar
apresuradamente en ía habítacíón de Dynna una tarde, tres días después de
ía conversacíón ínícíaí. Se detuvo para cerrar ía puerta con ííave y después
corríó hacía Dynna y íe entregó eí paquete que ííevaba-. Vuestro dísfraz,
mííady.
Dynna ío desempaquetó con rapídez. Aí ver ías ropas de aídeana se
síntíó embargada por ía esperanza.
-¡Lo has íogrado! -excíamó, anímada y aíívíada-. ¡Partíremos esta
mísma noche!
-¿Estáís segura de querer hacerío?
-Nunca he estado más segura de nada en toda mí vída -añrmó
Dynna y eí recuerdo deí beso de Edmund aíímentaba su necesídad de huír.
-Podemos abandonar ía torre por ía puerta de íos críados. Sí ía suerte
nos acompaña...
-No, no ía suerte: Díos. Sí Díos nos acompaña, supondrá su bendícíón
y íograremos escapar sanas y saívas -ía corrígíó.
Ambas íntercambíaron una íarga mírada de compíícídad y después se
díspusíeron a poner a punto su pían.
Aunque Dynna aborrecía cada uno de íos mínutos que se veía obíígada
a pasar en compañía de íord Aífríck y sír Edmund durante ía cena, aqueíía
noche en partícuíar parecía más íntermínabíe que nunca. Una vez más
sentada |unto a Edmund, Dynna trató de hacer caso omíso de su mírada
ardíente y eí ocasíonaí roce «accídentaí» de su mano en ía suya.
Aí íguaí que ías noches pasadas, ía conversacíón gíraba en torno a ía
amenaza deí ataque víkíngo. Cuanto más habíaba Edmund de ía guerra,
tanto menor era ía atencíón que íe prestaba a eíía, y eso ía compíacía.
Cuando habíaban de ía bataíía y de ías armas, Edmund se excítaba y sus
o|os bríííaban con íntímo fervor. Aunque era evídente que ía deseaba, Dynna
sabía que para éí se íímítaba a ser un ob|eto a ganar, como una bataíía. Una
vez que se apoderara de eíía, no se detendría hasta domínaría por compíeto
y, una vez que hubíera dobíegado su espírítu, ía de|aría a un íado: Otro
trofeo para ser exhíbído.
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La posíbííídad deí futuro como esposa de Edmund sóío hacía que ías
escasas horas que faítaban para su huída fueran más dífícííes de soportar, y
tuvo que esforzarse por dísímuíar su anheío de que ía cena ííegara a su ñn.
Cada mínuto íe parecía eterno, hasta que por ñn ííegó ía hora de retírarse.
Cuando sír Edmund se aíe|ó para comentar estrategías con sír Thomas,
Dynna se díspuso a regresar a su habítacíón. Había esperado pasar
desapercíbída, pero para su desesperacíón, Edmund aízó ía vísta |usto
cuando abandonaba ía mesa. Se excusó con rapídez y se acercó para
ínterceptaría.
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CAPÍTULO 2
-¿$a os retíráís? -preguntó sír Edmund, acercándose a Dynna como
un cazador a su presa.
-Estoy un poco cansada -contestó, con ía esperanza de que su tono
expresara su fatíga de un modo convíncente.
-Os ruego que me permítáís que os acompañe a vuestra habítacíón.
-Edmund ía cogíó deí brazo con conñanza posesíva.
A Dynna se íe puso ía carne de gaííína, pero no se apartó.
-Reaímente no es necesarío -dí|o.
Edmund íncíínó ía cabeza hacía eíía persuasívamente y ía condu|o
hacía ías escaíeras de píedra.
-Una noche, muy pronto, querída mía, vos y yo remontaremos estos
peídaños |untos y cuando aícancemos vuestra habítacíón habíaremos de
aígo más que de dormír.
-Decírme díchas paíabras es perverso, Edmund. Os he dícho que mí
corazón y mí amor aún pertenecen a Warren. Vuestro hermano es mí marído
y...
-¡Era vuestro marído! -gruñó éí, hastíado de que manífestara sus
sentímíentos por su hermano mayor. Warren había sído un dechado de
vírtudes taí que vívír ecíípsado por éí no de|aba de atormentar a Edmund.
Por ñn se había ííbrado de Warren, y no ío echaba de menos. De hecho, su
ausencía suponía un enorme píacer. La prematura muerte de su hermano ío
había convertído en heredero de ías tíerras de su padre y estaba a punto de
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apoderarse tanto de ía víuda de su hermano como de su dote. Sí, ahora
empezaba a dísfrutar de ía vída de verdad.
-Warren síempre vívírá en mí corazón -decíaró eíía.
-Decís tonterías. Soís ííbre de voíver a casaros y ío haréís, Dynna. Os
casaréís conmígo... ¡y pronto!
Dynna se puso tensa.
Éí percíbíó su resístencía y ía aferró con más fuerza.
-No íuchéís contra mí -advírtíó-. No os servírá de nada.
Ya habían aícanzado su habítacíón y Edmund se detuvo ante ía puerta.
-Deberíaís comprender, duíce Dynna, que síempre obtengo ío que
deseo.
-Buenas noches, Edmund -dí|o Dynna con fríaídad y estíró ía mano
para abrír ía puerta.
Su tono cortante ío enfurecíó y ía cogíó de ía mano. Míentras trataba
de abrazaría, ía puerta se abríó repentínamente desde eí ínteríor.
-¿Lady Dynna? ¿Soís vos, mííady? -preguntó Matíída |usto en eí
momento oportuno.
-Sí, soy yo, Matíída. -Dynna aprovechó ía sorpresa de Edmund ante
ía ínterrupcíón y se refugíó en ía habítacíón-. Buenas noches, Edmund.
Demostrando un gran vaíor, íe cerró ía puerta en ías naríces.
Edmund cíavó ía mírada en ía puerta cerrada, debatíéndose entre ía íra
y una admíracíón reacía por ía osadía de eíía. Ouería derríbar ía puerta y
poseería aííí mísmo, deíante de su arrogante críada. Su actítud desañante ío
excítaba, más que nínguna otra mu|er. Dynna era una mu|er de muy buen
ver y anheíaba sentír su cuerpo ba|o eí suyo en ía cama. La ídea ío hízo
sonreír y regresó a ía saía para reunírse con íos hombres.
-¡Se ha marchado, mííady! -susurró Matíída, apoyando ía ore|a
contra ía puerta y escuchando íos pasos que se aíe|aban.
-¡Gracías a Díos! Estaba tan furíoso que temí que tratara de echar ía
puerta aba|o.
-Pero no ío hízo.
-Tíenes razón. Estamos a saívo, de momento. ¡Preparémonos!
Dynna ínícíó su transformacíón de dama arístocrátíca en aídeana.
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-Lo más dífícíí será atravesar ía Gran Saía -comentó Matíída-, pero
dentro de aírededor de una hora, ía mayoría de íos hombres o bíen estarán
dormídos o bastante borrachos. Con un poco de suerte no notarán nuestra
presencía y, una vez que hayamos saíído de ía torre, ío demás será sencííío.
Cíaro que avanzaríamos con mayor rapídez sí díspusíéramos de
cabaígaduras.
-No podemos arríesgarnos a coger cabaííos -añrmó Dynna-. Los
echarían de menos de ínmedíato. Será me|or que hagamos eí vía|e a píe; así
será menos probabíe que ííamemos ía atencíón. Podremos atravesar ías
aídeas y ía presencía de dos aídeanas no supondrá nada fuera de ío común.
-¿Cuánto caícuíáís que tardaremos en aícanzar eí hogar de vuestros
padres? -La ídea de regresar compíacía a Matíída.
-Creo que nos ííevará un par de días, sí todo saíe como ío hemos
píaneado.
-Todo írá bíen -íe aseguró Matíída y aízó un pequeño hatííío-. Tengo
un poco de pan y queso. No pasaremos hambre.
Matíída íe ayudó a vestír ías ropas sencííías. Le quító ía deígada gunna
y ía túníca de íana, y íe puso eí vestído de híío rústíco marrón, eí atuendo
habítuaí de ías aídeanas. Cuando Dynna por ñn estuvo vestída, durante un
momento Matíída ía míró ñ|amente y en sííencío. Incíuso aí ííevar ropas muy
humíídes, su ma|estuosa beííeza y su porte eíegante eran ínconfundíbíes.
Tendría que expíícaríe cómo actuar como una campesína.
-¿Oué aspecto tengo? -preguntó Dynna, que aún no se había mírado
en eí espe|o.
-Estáís vestída como una aídeana, pero no debéís poneros tan
derecha.
-¿Por qué?
-Vuestro porte es demasíado eíegante para un míembro de ía cíase
ba|a, mííady. Sí queréís pasar por una críada, debéís ba|ar ía vísta y habíar
con menos cíarídad. Y debéís encorvaros aí andar: Cuaíquíera que os víera
con vuestro porte actuaí sabría que no soís una aídeana cuaíquíera.
-Has de expíícarme todo ío que necesíto saber. Nuestra huída
depende de eíío. No puedo arríesgarme a cometer un error.
-Sí, míí...
-¿Sí «mí» qué? -ía reprendíó Dynna.
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-Sí, señora.
-Eso está me|or. Un íapsus podría deíatarnos, con ía mísma facííídad
que mí propía actítud. Hemos de tener cuídado.
Después de que Matíída íe mostrara cómo moverse como sí cargara
con todo eí peso deí mundo, Dynna se acercó aí espe|o. En efecto: Tenía un
aspecto muy díferente envueíta en ía túníca basta y sín adornos, caízada
con íos sencíííos zapatos de cuero bíando, pero ía oscura cabeííera de
suaves rízos aún íe cubría íos hombros.
-He de trenzar mís cabeííos y recogeríos. No quíero que me
reconozcan.
Matíída asíntíó y formó una úníca trenza con eí peío íustroso.
-Pronto será ío bastante tarde para ponernos en marcha -dí|o Dynna.
-Estoy preparada -respondíó ía ñeí críada.
Dynna se dírígíó a ía estrecha ventana y echó un úítímo vístazo a ía
comarca envueíta en ías sombras de ía noche que había sído su hogar
durante dos años. Pensó en Warren y en eí amor que habían compartído. A
su íado, había sentído una añnídad por aqueíías tíerras y sus habítantes,
pero ahora sóío sentía soíedad. Sería bueno regresar a su verdadero hogar,
a un íugar donde era amada por ser eíía mísma y no sóío deseada por ía
ríqueza de su dote.
La ídea de regresar |unto a sus padres íe causó una sonrísa. Las
penurías que taí vez sufríría en íos días veníderos merecerían ía pena, a
condícíón de voíver |unto a eííos sana y saíva.
Dynna sonríó a su críada y cogíó eí manto que ésta íe tendía. Levantó
ía capucha y íuego se cubríó eí rostro para ocuítar sus rasgos ante
cuaíquíera que ía contempíara. Matíída hízo ío mísmo con su propío manto.
Dynna desíízó su pequeño puñaí en|oyado en eí cínto y, tras echar un úítímo
vístazo a ía habítacíón, estaba preparada para marchar.
Las dos mu|eres saííeron sígííosamente de íos aposentos y
descendíeron ías escaíeras con gran cauteía. Dynna no oívídó ba|ar ía vísta
y camínar como sí hubíera pasado eí día traba|ando duro.
Aún había cíerta actívídad en ía Gran Saía y eí temor a ser
descubíertas ías aterraba a medída que recorrían eí recínto ííumínado por
antorchas. Las voces profundas de íos hombres que ías rodeaban
aumentaban su terror y tuvíeron que esforzarse por no echar a correr.
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Cuando por ñn atravesaron ía saía y cruzaron eí puente íevadízo sín ííamar
ía atencíón de íos escasos guardías, eí corazón íes íatía apresuradamente.
Sín separarse ía una de ía otra, Dynna y Matíída emprendíeron camíno
a ía aídea. La oscurídad que ías envoívía era como un abrazo cáíído que íes
proporcíonaba segurídad.
!uando empezó a cíarear hacía eí este, Brage despertó a sus hombres
y ordenó que íos dra//ar se acercaran a ía costa. Eí escaso caíado de ías
naves íes facííító eí acceso y recurríeron a íos remos para guíarías me|or.
Una vez que ías naves atracaron en tíerra extraña, en sííencío y sín ser
vístas, Brage se dírígíó a Uíf.
-Oue te acompañen Seger y Neíís -ordenó-, aí íguaí que tú, ambos
tíenen cíerto domínío de ía íengua sa|ona. Ve a ver qué nos aguarda.
Deberíamos estar a sóío una hora de marcha de ía torre. Reconoce ía zona y
comprueba sí nos toparemos con aíguna resístencía.
Uíf ííamó a íos otros dos, se su|etó ía espada aí cínto, se puso eí casco
y cogíó su hacha de guerra. Síempre se preparaba para ío peor; así, nunca
ío cogían por sorpresa. A Uíf íe dísgustaban ías sorpresas.
Seger y Neíís se apresuraron a acompañarío. Tras recoger sus armas y
ponerse eí casco, se reuníeron con Uíf en ía orííía. Los tres se dírígíeron
tíerra adentro para recorrer ía zona.
Durante su ausencía, Brage y eí resto de sus casí cíento cíncuenta
guerreros se prepararon para entrar en combate. Lo hícíeron en sííencío,
puesto que no querían que aíguíen supíera que estaban aííí. Brage se puso
su acoíchado chaíeco de cuero encíma de ía túníca, íos pantaíones de íana,
y se a|ustó ía vaína, síntíendo eí peso de ía espada. Tras ponerse eí casco,
recogíó eí escudo bíasonado con eí embíema deí Haícón Negro, abandonó ía
nave y aguardó ía ííegada de íos demás en ía orííía.
Los víkíngos acabaron de prepararse para ía ínmínente bataíía,
recogíeron sus armas y sus escudos y se reuníeron con su |efe. Los hombres
más grandes y fornídos ííevaban hachas de guerra. Su enorme fuerza íes
permítíría abrírse paso a través de íos enemígos. Otros, menos dotados,
estaban armados de arcos y ñechas, y otros más cargaban íanzas y
espadas. En con|unto, formaban un e|ércíto temíbíe. Y tenían un soío
ob|etívo: Aícanzar una víctoría totaí y apoderarse deí trofeo de guerra.
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Brage se enorguííecía de sus hombres. Sabía que íucharían bíen
durante eí ataque ínmínente. Las runas habían profetízado que obtendría un
tesoro más precíoso que nunca, y estaba deseando que ííegara eí momento.
Míentras esperaban eí regreso de Uíf, Seger y Níeís, íos hombres deí
norte eíevaron sus preces a Odín y rogaron su ayuda en ía bataíía
ínmínente. Eran fuertes y conñados, acostumbrados a aícanzar ía víctoría
gracías a su fuerza y su poderío; aún no íos había afectado ía temíbíe
astucía que suponen eí engaño y ía traícíón.
Tras huír de ía torre ía noche pasada, íady Dynna y Matíída habían
íntercambíado escasas paíabras. Se protegíeron envoívíéndose en sus
mantos míentras recorrían eí camíno hasta aícanzar ías afueras de ía aídea.
Optaron por no cruzar ía pequeña pobíacíón y tomaron por un pequeño
sendero a través deí bosque; Matíída íba en cabeza. La íuz era escasa, pero
Matíída conocía eí camíno. Lograron de|ar atrás ía aídea y íuego retomaron
eí camíno.
Camínaron durante toda ía noche sín detenerse, a ñn de poner ía
mayor dístancía posíbíe entre eíías y ía torre. Dynna no quería estar cerca
cuando descubríeran que había desaparecído.
Poco antes deí amanecer buscaron refugío en un bosquecí11o y
comíeron. Sabían que en pocas horas sír Edmund ío descubríría y empezaría
a buscaría. Sí íograban eíudírío a éí y a sus hombres durante ías próxímas
veíntícuatro horas, era muy posíbíe que íograsen aícanzar eí refugío seguro
en eí hogar de íos padres de Dynna.
Se acomodaron, con ía íntencíón de descansar un rato; no querían
quedarse dormídas, sóío echar una cabezadíta durante un par de mínutos,
pero cuando cerraron íos o|os su energía se desvanecíó, de|ándoías
exhaustas, y se durmíeron.
íf, Seger y Neíís no se perdíeron de vísta entre sí míentras expíoraban
ía zona, taí como íes había pedído Brage. Aí remontar una pequeña cuesta,
Uíf vísíumbró un íígero movímíento a ío íe|os, entre íos árboíes de un
bosquecííío, y íes índícó sííencíosamente a sus dos compañeros que se
dírígíeran hacía aííí. Después se acercó aí escondíte con eí hacha de guerra,
díspuesto aí ataque.
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-¡%espíerta, Matíída! -dí|o Dynna aí abrír íos o|os y comprobar que
ya era de mañana-. Debemos de habernos...
Pero no ííegó a acabar ía oracíón. Aízó ía vísta y se enfrentó aí hombre
más descomunaí y feroz que |amás había vísto, de píe en eí íínde deí
bosquecííío. ¡Níngún sa|ón tenía ese aspecto!
-¡Matíída! -excíamó con voz ahogada, y aferró eí brazo de su críada.
Matíída se íncorporó y, en cuanto vío aí víkíngo, soító un aíarído.
Uíf maídí|o su suerte en sííencío por haber sído descubíerto antes de
poder aproxímarse a eíías, y avanzó decídído a atraparías antes de que
pudíeran huír.
-¡Corre! -grító Dynna cuando Uíf se acercó.
Ambas se pusíeron de píe y escaparon en díreccíones opuestas.
Cuando íograron eíudírío, Uíf soító una sonora maídícíón. Obíígado a
perseguírías, íes grító a Seger y a Neíís que ías rodearan y ías atraparan.
Debían ímpedír que escaparan y advírtíeran a íos sa|ones.
Uíf ías persíguíó a una veíocídad ínusuaí para aíguíen tan fornído como
éí. Neíís estaba bíen sítuado para atrapar a Matíída y ía críada soító un gríto
de terror cuando su fornído brazo íe rodeó ía cíntura y ía aprísíonó contra su
pecho.
-¡He cogído a una! -grító Neíís.
-¡Suéítame! -chíííó Matíída, debatíéndose y tratando de zafarse.
Su resístencía ínútíí ío hízo reír. Dada su fuerza, Matíída suponía poco
más que un íncordío. La su|etó y observó cómo Uíf y Seger se acercaban a ía
otra mu|er.
-¡Seger! -excíamó Uíf-. Se ha ocuítado entre íos arbustos.
Dynna reconocíó ía íengua de íos hombres deí norte: La había
aprendído de un críado de sus padres y comprendíó que aí menos uno de
eííos ía estaba persíguíendo. Se sumergíó más profundamente entre íos
arbustos espínosos y, como un cone|o avístado por un cazador, permanecíó
absoíutamente ínmóvíí y en sííencío en su escondíte.
Eí susurro de íos arbustos próxímos íe puso íos peíos de punta y íuchó
por controíar su temor. Los pasos que se acercaban eran pesados e
íntímídantes, y apretó íos puños tratando de no ceder ante eí míedo.
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-Está en aíguna parte aquí dentro... -gruñó Uíf, rebuscando entre íos
matorraíes espínosos-. ¡La haré pagar por íos probíemas que me está
causando!
Aí oír su voz en ías proxímídades Dynna síntíó páníco y cogíó eí puñaí
en|oyado que ííevaba en eí cínto. Por ñn, cuando parecía que eí víkíngo
estaba a punto de descubríría, ya no pudo soportar ía tensíón y surgíó de su
escondíte como un ave íevantada deí nído. Las espínas ía arañaron y se
engancharon en su vestído, pero no íe ímportó. Corríó a cíegas, tratando de
huír, aunque sabía que era en vano.
-¡La tengo! -excíamó Uíf persíguíendo a su aterrada presa. Las
espínas y íos matorraíes no ímpídíeron su avance y ía atrapó con facííídad.
Dynna soító un chíííído índígnado cuando ía cogíó, tíró de eíía y ía hízo
gírar para vería me|or.
Dynna cíavó ía mírada en su captor y eí terror íe heíó ía sangre. Tenía
un aspecto saíva|e y feroz. Eí vísor deí casco íe cubría íos o|os y ía naríz,
ocuítando su rostro. Su barba era enmarañada y una cícatríz íarga y fea íe
atravesaba ía me|ííía. Entonces recordó todas ías cosas horrendas que había
oído sobre íos víkíngos y creyó que estaba a punto de morír.
-¡Y qué boníta es! -grító Uíf, sonríendo.
La sonrísa ía espantó y íuchó aún más víoíentamente para zafarse.
-¡Ouédate quíeta, mu|er! -ordenó Uíf en tono ímpacíente, en ía
íengua de Dynna.
Pero eíía no estaba díspuesta a rendírse tan fácíímente. Aún tenía eí
puñaí en ía mano y como sabía que quízá sería ía úníca oportunídad para
saívarse, íe asestó una puñaíada. Oyó su gruñído de doíor cuando se ío
cíavó en eí brazo y se síntíó orguííosa. Pero ínmedíatamente éí desprendíó eí
arma de su mano con un goípe brutaí.
-Eres una tonta... -gruñó Uíf, una vez más en ía íengua de Dynna, y
ía aferró con víoíencía aún mayor.
Dynna vío su expresíón asesína y trató de zafarse con renovado
esfuerzo, pero resuító ínútíí. Las manos que ía cogían eran como bandas de
híerro y no íograría escapar de éí. En ese ínstante, supo que se enfrentaba a
ía muerte.
-Ah, es verdad que tíene un aspecto duíce -comentó Seger aí
aícanzaríos.
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-Es cuaíquíer cosa menos duíce. Es una mu|ercíta peíígrosa. -Uíf se
agachó para recoger eí puñaí y se ío mostró.
-¿Te atacó? -Seger soító una carca|ada; íe parecía muy cómíco que ía
mu|er hubíera desañado a su gígantesco compañero.
Uíf gruñó, furíoso, y íe mostró ía ensangrentada herída deí brazo.
-A ío me|or íos sa|ones deberían envíar a sus mu|eres a íuchar contra
nosotros. Aí parecer, es una adversaría mucho más peíígrosa que íos
hombres.
Uíf asíntíó y examínó eí pequeño puñaí en|oyado con ínterés. Le
parecía curíoso que una campesína poseyera seme|ante tesoro. Su mírada
oscííó entre Dynna y eí puñaí; aí ver ía chíspa desañante y aírada que
bríííaba en sus o|os, su osadía ío sorprendíó. Arrastró a Dynna hacía eí íugar
donde Neíís aguardaba con ía otra mu|er.
-Echa un úítímo vístazo y asegúrate de que no haya nadíe más -íe
ordenó a Seger.
Matíída aún se debatía entre íos brazos de Neíís cuando Uíf y su
prísíonera íos aícanzaron.
-¡Ouédate quíeta! -rugíó Neíís en ía íengua de eíías.
Matíída de|ó de íuchar aí ver que su ama estaba ííesa.
Cuando íos hombres empezaron a habíar en su propía íengua, Matíída
susurró que ío íamentaba.
-No ííores -contestó Dynna-. No había modo de escapar. Sea como
sea, nos habrían atrapado.
-¡Sííencío! -ordenó Uíf en tono brusco cuando Seger se reuníó con
eííos y íe ínformó de que no había nadíe más.
-¿Oué haremos con estas dos? -preguntó Neíís.
-No podemos de|arías marchar -dí|o Seger.
En ese momento, míentras escuchaba ía conversacíón, Dynna creyó
que su vída y ía de Matíída habían acabado. Aqueííos eran íos temídos
ínvasores deí norte. Por aígo eran conocídos como eí azote de ía costa.
Dynna echó un vístazo a Matíída. Los motívos de preocupacíón aí píanear su
huída nunca habían íncíuído ser atrapadas por atacantes víkíngos recíén
desembarcados. Y ahora...
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-Es verdad, no podemos soítarías -dí|o Uíf-, sí ío hacemos
ínformarán de nuestro desembarco.
Hízo una pausa y ías contempíó. Aí parecer, sóío eran dos aídeanas, sín
embargo ía exístencía deí puñaí en|oyado ío preocupaba.
-Las ííevaremos con nosotros y de|aremos que eí Haícón Negro decída
qué hacer con eíías. -La ídea de que íos acompañaran no íe agradaba, pero
no íe quedaba otro remedío.
Neíís cogíó a ía desprevenída Matíída y ía cargó a hombros. Eíía soító
un gruñído cuando su víentre chocó contra eí hombro de Neíís y íe aporreó
ía espaída, índígnada por eí maítrato. Eí víkíngo se íímító a buríarse de eíía,
y apoyó ía mano en su cadera para evítar que se movíera. Eí contacto de su
mano ía sobresaító y Matíída se debatíó, tratando de zafarse, pero Neíís íe
pegó un azote para que de|ara de pataíear.
Matíída quería seguír íuchando y pataíeando y mordíendo y arañando,
pero comprendíó que sería en vano. No podría escapar de aqueí hombre:
Era ímpíacabíe. La atormentaba ía ídea de no poder hacer nada por ayudar
a su ama. Su úníca esperanza era que Dynna no se de|ara amííanar por eí
maítrato de íos guerreros y que éstos no descubríeran su verdadera
ídentídad.
Cuando Dynna comprendíó que íos guerreros ías ííevarían consígo
síntíó un gran aíívío. ¡No ías matarían! Las íágrímas amenazaban con
derramarse, pero se controíó. Sería fuerte para ambas, pero de aígún modo
sobrevívírían.
Uíf ía maníató con una tíra de cuero y íe dí|o que echara a andar. No
parecía muy compíacído cuando emprendíeron eí regreso aí punto de
desembarco. Había esperado encontrarse con sa|ones contra íos cuaíes
íuchar, no con dos mu|eres dormídas a ías que tenía que arrear hasta ías
naves.
Aí ba|ar ía vísta y contempíar a ía beídad de cabeííos negros como eí
azabache andando a su íado, Uíf una vez más dudó de que fuera una
campesína. Aígo en su aspecto..., su beííeza, su eíegancía y su porte
orguííoso no se correspondían con eí de una píebeya. Y pensar que había
sído ío bastante vaííente para atacarío con su puñaí...
Sí hubíera sído una víkínga, se habría enorguííecído de eíía. Como
enemíga, tendría que vígííaría. No íe daría otra oportunídad de causaríe
herídas.
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Tuvíeron que recorrer una dístancía consíderabíe antes de ííegar a una
cuesta cerca de ía costa. Dynna se detuvo abruptamente y cíavó ía mírada
en ía escena a sus píes. Tres dra//ar víkíngos habían atracado en ía orííía y
más de cíen hombres aguardaban, armados y díspuestos a ínícíar ía
ínvasíón. Aí ver ía veía ro|o escaríata de una de ías naves con eí embíema
deí haícón, se echó a tembíar. ¡Todo era verdad! ¡Eí Haícón Negro atacaría ía
torre!
-¡Muévete! -ordenó Uíf y ía empu|ó hacía íos demás.
Dynna descendíó ía cuesta con ía cabeza en aíto. Vío que uno de íos
hombres se separaba deí grupo y saíía a su encuentro. Era aíto, de barba y,
a díferencía de sus rubíos captores, de tez y cabeííos oscuros. La fuerza
brutaí que emanaba ía hípnotízó. Era fornído, de hombros anchos y brazos
muscuíosos. Líevaba un acoíchado chaíeco de cuero encíma de una túníca,
pantaíones estrechos y botas de cuero. De su cínto coígaba una espada de
aspecto íetaí y ííevaba un gran escudo de guerra, ro|o y con un haícón
píntado. Horrorízada, comprendíó que se trataba deí Haícón Negro de tríste
fama. Procuró dístínguír sus rasgos, pero ía barba y eí íntímídante casco íe
ocuítaban eí rostro.
Dynna trató de recordar todo ío que había oído acerca de aqueí
hombre. Aí parecer, había sído ínvencíbíe durante íos úítímos cínco años, y
había atacado y saqueado ía costa, y secuestrado a íos habítantes a
voíuntad. Níngún reíno había estado a saívo de sus veíoces y despíadadas
íncursíones.
Ahora, aí contempíarío ñ|amente y ver su poderío, comprendíó eí
motívo de sus víctorías. Eí hombre deí norte tenía un aspecto prímítívo y
aterrador. Pensó en íos sa|ones de ía torre, y aunque sír Edmund se había
|actado de estar preparado para un posíbíe ataque, se preguntó sí, íncíuso
teníendo en cuenta su superíorídad numéríca, serían capaces de hacer
frente aí Haícón Negro y su e|ércíto ínvasor.
Se detuvo ante eí |efe víkíngo, y procuró recordar eí conse|o de Matíída
de mantener ía vísta ba|a y una postura encorvada; símuíó ser una críada.
-Descubrímos a estas dos durmíendo en un bosquecííío -anuncíó Uíf
a su íado.
Neíís íos seguía de cerca y deposító a Matíída en eí sueío aí tíempo que
Uíf descríbía cómo ías habían descubíerto y capturado.
-¿Díces que estaban soías, durmíendo en eí campo? -Brage echó un
vístazo a ías dos mu|eres de píe ante éí. Creyó que taí vez eran aídeanas
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descubíertas míentras íntentaban adeíantarse y advertír a íord Aífríck deí
ataque ínmínente.
-Sí, y míra esto -dí|o Uíf, y íe tendíó eí puñaí en|oyado de Dynna-.
Una vez más, he resuítado herído míentras te protegía -añadíó con una
sonrísa y íe mostró ía herída deí brazo.
Brage cogíó eí puñaí y ío examínó; después dírígíó ía mírada hacía ías
dos mu|eres.
-¿Cuáí de eíías te hízo esto?
-Ésta. -Arrastró a Dynna hacía deíante para que Brage ía víera me|or.
-Por suerte no tenía un cuchííío más grande -se buríó Brage-. Sín
embargo, es curíoso que poseyera un puñaí tan exquísíto.
Aí ver que Dynna no reaccíonaba ante su comentarío ní aízaba ía vísta,
Brage íe íevantó ía barbííía y ía obíígó a mírarío dírectamente.
Durante un ínstante, aí ver sus rasgos por prímera vez, Brage sóío
pudo contempíaría con expresíón maravíííada. Su beííeza era ínusuaí, desde
sus cabeííos negros como eí azabache hasta su cutís cíaro y perfecto. Aí
míraría a íos o|os, vío que eran gríses y que en eííos respíandecía ía
ínteíígencía, y eso ío íntrígó. Nunca ío habían atraído ías mozas tontas. Ba|ó
ía vísta y examínó su cuerpo ocuíto ba|o eí tosco atuendo y comprendíó que
se trataba de toda una mu|er. Sus pechos turgentes se destacaban ba|o eí
vestído y sus caderas eran agradabíemente redondeadas. Entonces notó
que sus manos eran suaves y cuídadas. Aqueíía mu|er no era una mera
campesína y su místerío despertó ía curíosídad de Brage.
-Díme moza, ¿dónde encontraste un arma tan precíosa? -preguntó,
tendíéndoíe eí puñaí.
-Lo robé -dí|o Dynna, sorprendída ante su capacídad de decír
mentíras. La mírada de o|os azuíes deí víkíngo casí ía hípnotízó.
-Puede ser... -contestó Brage en tono pensatívo, observándoía
ñ|amente durante unos segundos-. Pero no ío creo.
Le soító ía barbííía y íe cogíó ía mano para examínar ía paíma. Presíonó
eí puígar en ía muñeca de eíía y síntíó su puíso aceíerado.
-Éstas no son ías manos de una críada -comentó.
Eí roce de su mano era suave, y eso ía sorprendíó. Cuando aízó ía vísta
y voívíó a míraría a íos o|os, Dynna se obíígó a no desvíaría. Pero ía mírada
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penetrante y de aígún modo cómpííce, ía turbó. Era como sí éí se asomara a
ío más profundo de su ser.
-¿Oué haremos con eíías? -preguntó Uíf; eí ínterés poco habítuaí de
su hermano por aqueíía mu|er ío desconcertaba. Cuando atacaban, ías
mu|eres eran ío úítímo en ío que éí pensaba.
La pregunta de Uíf obíígó a Brage a centrarse en eí motívo por eí que
estaban aííí. Soító ía mano de Dynna y se voívíó hacía su hermano.
-Maníatadías; ías ííevaremos con nosotros. Pero asegúrate de que
permanezcan en ía retaguardía, no quíero que mís hombres se dístraígan.
Uíf íe hízo un gesto a uno de íos guerreros y éste se acercó
apresuradamente.
-Coge a ías mu|eres y encárgate de que no causen probíemas.
-¿Las compartíremos más tarde? -preguntó eí hombre en tono
entusíasmado.
Dynna observó eí anheío en eí rostro deí víkíngo y síntíó una punzada
de terror.
Brage dírígíó ía mírada hacía Dynna y Matíída. La de íos o|os gríses
tenía aígo de especíaí..., aígo que éí quería ínvestígar una vez que ía íucha
hubíese acabado.
-No -respondíó-. Oue nadíe ías toque.
Su respuesta supuso un aíívío para Dynna y casí cayó de rodííías, pero
eí aíívío no duró mucho.
-Oue nadíe íes haga daño -prosíguíó Brage-. Sí están íntactas
obtendremos un precío me|or por eíías en eí mercado de escíavos. -Echó
otro vístazo aí puñaí de Dynna y ío desíízó en su cínto. Le hubíese gustado
saber más de eíía, pero ahora no había tíempo para pensar en mu|eres. Éí
era un guerrero, díspuesto a entrar en bataíía. Debía ponerse aí frente de
sus hombres.
No obstante, míentras Brage centraba ía atencíón en ía torre y en ía
estrategía deí ataque, se voívíó y observó cómo se ías ííevaban.
Obíígada a camínar |unto a íos otros hombres, ía íra y ía frustracíón de
Dynna no tenían íímítes. Eí futuro se presentaba desoíador. No sabía qué
sería peor: Ser tratada como una prostítuta por íos víkíngos o ser vendída
como escíava y desaparecer. Se preguntó sí su vída cambíaría aígún día. Aí
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parecer, síempre estaría condenada a ser una mera posesíón de aígún
hombre.
Cuando ías mu|eres se perdíeron de vísta, Brage, con Krístoher a su
íado, habíó en voz ba|a con Uíf, Seger y Neíís, que íe expíícaron todo ío que
habían descubíerto míentras expíoraban ía comarca. Saber que no habían
encontrado resístencía y que eí camíno a ía torre estaba despe|ado ío
anímó. Líamó a sus hombres y se preparó para emprender ía marcha.
-¡Atacaremos ía torre de íord Aífríck! -íes dí|o Brage cuando se
reuníeron en torno a éí-. ¡Una vez que hayamos abíerto una brecha, ía
tíerra y todas sus ríquezas serán nuestras!
Los guerreros soítaron grítos de entusíasmo, ansíosos por entrar en
combate.
-¡Y recordad: Los cautívos nos proporcíonarán oro; íos muertos no
tíenen vaíor para nosotros! -íes dí|o.
Los hombres comprendíeron. Aunque a menudo se habían enfrentado a
ía muerte durante una íncursíón, ío que querían obtener eran ríquezas.
Matar resuítaba ínútíí, a menos que fuera en defensa propía. Los escíavos
sanos proporcíonaban dínero.
Brage ínvocó ía ayuda de Odín y de Thor; después condu|o a sus
hombres tíerra adentro.
Aí tíempo que remontaban ía cuesta e ínícíaban ía marcha hacía ía
torre, íos guerreros deí Haícón Negro ansíaban ía excítacíón de ía ínmínente
bataíía. Encabezados por Brage, Uíf y Krístoher, avanzaron ímpíacabíemente
hacía íos tesoros que creían que pronto serían suyos.
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CAPÍTULO 3
-¿!ómo que no está en su habítacíón? -rugíó Edmund, dírígíéndose a
una críada.
-Su habítacíón está vacía, sír Edmund.
Edmund había abandonado ía torre temprano por ía mañana, para
entrenarse con sus hombres. Regresó |usto después de medíodía porque
quería ver a Dynna. La había buscado en ía parte ínferíor y, aí no
encontraría, había envíado a una críada a su habítacíón para que ía tra|era
ante éí.
-¿Cuándo ía víste por úítíma vez? -ínquíríó.
-Ahora que ío píenso, sír Edmund, no ía he vísto en toda ía mañana.
Edmund pasó |unto a ía mu|er, remontó ías escaíeras de dos en dos y
se dírígíó a ía habítacíón de Dynna. Abríó ía puerta de par en par y cíavó ía
vísta en ía habítacíón vacía. Contempíó ía cama y comprobó que nadíe
había dormído en eíía y que ías ropas que había ííevado ía noche anteríor
estaban arro|adas encíma de ía cama.
-¿Dónde está ía críada que íímpía esta habítacíón?
-La que íímpía es Matíída, sír Edmund, y hoy tampoco ía he vísto -
contestó ía críada.
-Pregúntaíe a ías demás, quíero saber sí aíguíen ía ha vísto hoy. E
ínfórmame de ínmedíato -ordenó Edmund, ínvadído por una horrenda
sospecha.
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La críada se apresuró a obedecer y Edmund se quedó a soías en ía
habítacíón. Míró en derredor, se acercó a ía cama y recogíó eí arrugado
vestído de Dynna. Sus manos acarícíaron eí te|ído suave y ío ímagínó
cubríendo su cuerpo esbeíto. Sín despegar ía vísta de ía cama se íe aparecíó
ía ímagen de Dynna, cáíída, díspuesta y tendíéndoíe íos brazos con actítud
seductora, y una oíeada de caíor ío ínvadíó.-Aún sostenía eí vestído cuando
ía críada regresó un rato después.
-Nadíe ías ha vísto -anuncíó.
Con un gruñído, Edmund ordenó a ía críada que se marchara. Cuando
estuvo a soías, permanecíó de píe rodeado de ías cosas de Dynna,
maídícíéndoía y aí mísmo tíempo deseándoía. Fínaímente arro|ó eí vestído a
un íado con gesto furíoso y abandonó ía habítacíón. Fue en busca de su
padre para ínformaríe de ía desaparícíón de Dynna.
-¿Crees que ha escapado? -Lord Aífríck estaba reaímente
sorprendído. No estaba acostumbrado a que nadíe, hombre ní mu|er, ío
contradí|era.
-¿Oué otra cosa habría de pensar? -repuso Edmund-. Hoy nadíe ía
ha vísto y no ha dormído en su cama.
-Búscaía.
-Lo haré, y cuando ía encuentre ía obíígaré a regresar y nuestros
píanes de boda serán anuncíados.
-Eí sacerdote regresará dentro de cuatro semanas. La ceremonía se
ceíebrará en cuanto ííegue.
-Voíveré a habíar contígo cuando regrese con mí prometída.
Tras abandonar a su padre, sír Edmund reuníó un pequeño grupo de
hombres para que cabaígaran |unto a éí. Saííeron de ías cabaííerízas aí
gaíope, díspuestos a regístrar ía comarca en busca de ía descarríada íady
Dynna y su críada.
Les ííevó varías horas peínar ía zona próxíma a ía torre. Aí no tener
éxíto, extendíeron ía búsqueda por toda ía comarca. Sír
Edmund sabía que sí Dynna estaba íntentando evítar casarse con éí,
procuraría ííegar aí hogar famíííar y obtener ía proteccíón paterna. Así que
ampííó ía búsqueda en díreccíón a ías tíerras de su padre, íord Garman.
Cabaígaban como eí víento, comprobando íos camínos y íos senderos y
buscando una písta de ía desaparecída, en vano. |usto cuando recorrían un
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tramo estrecho deí camíno bordeado de árboíes, avístaron a un aídeano de
aspecto consternado que corría hacía eííos. Parecía exhausto, pero no
de|aba de correr y agítar íos brazos con desesperacíón, ínstándoíos a
detenerse. Edmund espoíeó su cabaíío y saííó aí encuentro deí hombre.
-¡Los he vísto, sír Edmund! -soító, tratando de recuperar eí aííento.
-¿A quíénes? -Edmund dírígíó ía vísta más aííá, creyendo que Dynna
se encontraba aí otro íado de ía coíína.
-¡Aí Haícón Negro, sír Edmund! ¡Víene hacía aquí, acompañado de
cíentos de víkíngos! ¡Nos matarán a todos!
Desprevenído y aturdído por ía notícía de que íos agresores habían
desembarcado, Edmund se íímító a mírarío con expresíón íncréduía.
-¡Os dígo que están aquí! -ínsístíó eí hombre-. Yo estaba en eí
bosque cuando pasaron. Tomé eí ata|o para ííegar a ía torre antes que eííos.
¡Gracías a Díos que os he encontrado, para poder advertíros a tíempo!
-¿Cómo sabes que era eí Haícón Negro?
-¡Ví su escudo! ¡Todos conocen su embíema!
La añrmacíón hízo que Edmund entrara en accíón. Dírígíéndose a sus
hombres, excíamó:
-Oue este hombre nos acompañe. Hemos de cabaígar rápídamente y
preparar ía trampa de ínmedíato, ¡de ío contrarío todo estará perdído!
Aunque no de|ó de pensar en Dynna, ordenó a sus hombres que
regresaran a ía torre. Ouería encontraría y daríe una íeccíón: Oue nunca
debería haber huído de éí, pero ahora no había tíempo para pensar en eíía.
La bataíía para ía que se había estado preparando estaba a punto de
empezar. Prímero se encargaría de íos víkíngos. Una mera mu|er podía
esperar. Hízo gírar a su cabaíío, ío espoíeó y regresó a toda veíocídad para
ínformar a su padre de ía ínvasíón.
-"o que nos advírtíó eí forastero era verdad, padre -íe dí|o sír
Edmund a íord Aífríck-. Han atracado naves víkíngas y eí Haícón Negro se
aproxíma a píe desde eí este aí menos con cíen guerreros.
-¿Estás seguro?
-Uno de íos aídeanos ha vísto su escudo. Es eí Haícón Negro, sín duda.
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Lord Aífríck sonríó, pero no era una sonrísa de píacer: Más bíen
expresaba una decísíón férrea. Estaban me|or preparados que nunca para
derrotar a íos víkíngos y agradecía poder dísponer de tíempo para
prepararse.
-Atacaremos según ío píaneado, hí|o mío.
Edmund saííó apresuradamente de ía habítacíón de su padre con eí ñn
de convocar a sír Thomas y avísar a sus hombres de que entraban en
accíón. Los sa|ones estaban preparados. Cogíeron sus armas y corríeron a
ocupar sus posícíones a ío íargo deí úníco camíno que conducía a ía torre.
Aííí, ocuítos entre eí foíía|e y fuertemente armados, aguardarían a íos
ínvasores.
Brage encabezaba a sus hombres en ía marcha hasta ía torre de íord
Aífríck, míentras Uíf permanecía en ía retaguardía, vígííando a ías dos
mu|eres y cuídando ías espaídas de Brage. Krístoher marchaba en eí centro.
Avanzaban casí en sííencío, concentrados en ía ínmínente bataíía. A ío íe|os
dívísaron a un campesíno y, compíacídos, observaron cómo huía de eííos
presa deí terror. Tener una maía reputacíón tenía sus venta|as. A veces eí
temor provocaba una capítuíacíón sín tener que recurrír a ía fuerza y eí
derramamíento de sangre. Los víkíngos aíbergaban ía esperanza de que íos
sa|ones de ía torre se de|aran íntímídar con facííídad.
Brage sabía que a esas aíturas aíguíen habría aíertado a íord Aífríck,
pero eso no ío preocupaba. Eí íord sa|ón no dísponía de tíempo para reunír a
más hombres, así que ía íucha resuítaría reíatívamente sencííía. Lo peor que
podría pasar, pensó, sería que se víeran obíígados a sítíar ía torre, pero
íncíuso en ese caso, no sería un sítío proíongado puesto que íos sa|ones no
habrían acumuíado ías provísíones necesarías.
Después de recorrer una curva en eí camíno, Brage dívísó ía fortaíeza
por prímera vez.
-¡Ahí está ía torre! -excíamó.
Los hombres se removíeron ínquíetos. Brage se detuvo y contempíó ía
pacíñca escena. Un kííómetro de dístancía íos separaba de ía torre, un tramo
de campo abíerto; después eí camíno atravesaba un bosque antes de
desembocar en eí cíaro que rodeaba ía fortaíeza.
-¡A por ía víctoría! -Brage desenvaínó ía espada y aceíeró eí paso.
Los hombres ío síguíeron, anímosos. Aí acercarse a íos árboíes vísíumbró un
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desteíío entre eí foíía|e. Eí ínstínto que ío había mantenído con vída en
numerosas bataíías íe advírtíó de que todo no era tan pacíñco como parecía.
Brage se detuvo, díspuesto a advertír a sus hombres, pero antes de
que pudíera pronuncíar paíabra se produ|o eí ataque por sorpresa. Una nube
de ñechas sembró ía muerte y ía destruccíón entre íos agresores aí tíempo
que íos arqueros sa|ones, ocuítos en eí bosque, dísparaban sus proyectííes.
En ía retaguardía de ía coíumna de víkíngos, Dynna y Matíída fueron
empu|adas a un íado sín míramíentos míentras íos hombres se preparaban
para entrar en combate. Dynna cayó aí sueío. Logró ponerse en píe con
esfuerzo, dado que ííevaba ías manos atadas a ía espaída, y eíía y Matíída
se aíe|aron tropezando de ía emboscada. Eí espeíuznante fragor deí
combate parecía perseguírías míentras corrían. Se detuvíeron unos
ínstantes a escasa dístancía y se desataron.
-¿Oué haremos? -preguntó Matíída. Estaba páíída como un fantasma
y su mírada expresaba eí terror por ía escena presencíada.
-Lo úníco que podemos hacer es echar a correr. O|aíá aún tuvíera mí
puñaí -dí|o Dynna-. Hemos de seguír adeíante, de ío contrarío puede que
nos veamos atrapadas en ía íucha.
-¡Voíverán a encontrarnos..., ío sé! -excíamó ía críada; estaba a
punto de perder íos nervíos.
-¡Caíía, Matíída! -íe espetó Dynna-. Éste no es momento para
ponerse nervíosa. ¡Tenemos que ponernos a saívo!
-Pero ¿adonde podemos huír? -preguntó Matíída; ías íágrímas íe
ahogaban ía voz míentras seguía a su señora.
-O|aíá ío supíera. Sóío sé que debemos escapar antes de que íos
víkíngos nos persígan.
!uando íos hombres de íord Aífríck, conducídos por sír Thomas,
surgíeron de sus escondítes en eí bosque para íuchar contra íos aborrecídos
víkíngos, reínó eí caos.
Durante unos ínstantes ía sorpresa cundíó entre íos ínvasores, pero
como eran díscípíínados pronto se recuperaron y entraron en accíón.
Hombres deí norte armados con hachas de guerra corríeron aí frente y
derríbaron a íos sa|ones que avanzaban, sóío armados con espadas. Cuando
ías mortíferas espadas chocaron contra ías íetaíes hachas se ínícíó un brutaí
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combate cuerpo a cuerpo. La ferocídad deí ataque sa|ón desconcertó a
Brage y pronto se encontró en medío deí tumuíto. Bíandíendo ía espada con
fuerza y precísíón se abríó paso entre íos adversaríos, ímítado por íos
hombres que ío rodeaban. Lucharon duramente y sufríeron ba|as, pero
Brage estaba convencído de que saídrían víctoríosos.
La bataíía parecía favoreceríos. Brage recordó ía profecía de ías runas y
creyó que pronto íograrían abrír una brecha en eí muro exteríor de ía torre.
Cuando de repente Uíf soító un rugído de advertencía, Brage dírígíó ía
mírada hacía éí y aí ver que sa|ones montados a cabaíío íos atacaban por ía
espaída, se síntíó ínvadído por ía íra y ías dudas. Lord Aífríck nunca había
díspuesto de una fuerza tan numerosa y sóío podía haberse preparado tan
bíen para eí ataque sí hubíese sído ínformado con anteíacíón.
Saber que habían sído traícíonados enfurecíó a Brage y soító un rugído.
¡Había un traídor entre eííos!
Vocíferó órdenes para reunír a sus guerreros. Ahora íos enemígos íos
superaban en número y gozaban de una venta|a consíderabíe gracías a íos
cabaííos. Sín embargo, íos víkíngos síguíeron íuchando.
Sír Edmund había aguardado ese momento durante semanas.
Encabezando a íos defensores montados, rodeó a ía fuerza víkínga y ía
atacó por ía retaguardía. Su pían era sencííío. Había dívídído sus fuerzas y
atrapado a íos desprevenídos víkíngos entre ambos grupos. Ante éí se
extendía ía sangríenta y víoíenta bataíía y, bíandíendo ía espada, espoíeó a
su cabaíío, se adentró en medío deí tumuíto y empezó a matar con píacer
saíva|e.
Aí ver ía cífra de sus compañeros caídos, ía rabía ínvadíó a Brage, pero
no podía permítírse una dístraccíón. Goípeó a quíenes ío atacaban y síguíó
íuchando hasta que un goípe desde atrás ío hízo tambaíear. Eí doíor íe
atravesó eí hombro y ía espada cayó de su mano. Procuró mantenerse en
píe, pero sín ía espada estaba índefenso. Otro goípe íe arrancó eí escudo de
ía mano y un sa|ón íe asestó un goípe en ía cabeza por detrás que íe quító eí
casco y ío derríbó.
Brage se despíomó en ía ensangrentada tíerra sa|ona que había
querído conquístar. Envueíto en eí fragor de ía bataíía, y a punto de perder
eí conocímíento, se preguntó por qué esta vez ías runas íe habían faííado.
Aí otro íado deí campo de bataíía, Uíf ío vío caer.
-¡Brage! -rugíó, y bíandíó su hacha de guerra con fervor aún mayor
aí tíempo que procuraba abrírse paso hasta su hermanastro. Pero por cada
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sa|ón que derríbaba, era como sí otro ío reempíazara de ínmedíato. Uíf
síguíó peíeando con vaíor y desesperacíón.
-¡Intentad ííegar hasta éí! -ordenó sín de|ar de íuchar.
Krístoher se afanó en ííegar hasta Brage, íuchando denodadamente,
pero íncíuso ñanqueado por íos me|ores guerreros de su |efe, que peíeaban
con toda su fuerza y destreza, no íograron modíñcar eí resuítado de ía
bataíía. Los sa|ones eran demasíados. Ese día no ceíebrarían ía víctoría.
En medío deí combate, sír Edmund aízó ía mírada y a ío íe|os vío dos
mu|eres que huían. Reconocíó a una de eíías de ínmedíato: Era Dynna. No se
detuvo a pensar por qué estaba aííí, sóío sabía que tenía que atraparía. Se
retíró de ía bataíía y gaíopó a toda veíocídad en pos de ías fugítívas sín
soítar su ensangrentada espada.
Dynna y Matíída oyeron eí sonído de cascos de cabaíío. Ignoraban
quíén ías perseguía, pero no tenían íntencíón de detenerse para averíguarío.
Eí terror daba aías a sus píes.
A medída que se acercaba a ías dos mu|eres, ía furía ínvadíó a sír
Edmund. Voívíó a envaínar ía espada, se íncíínó, aferró a Dynna de ía cíntura
y ía subíó en ía grupa deí cabaíío.
-¡No! -chíííó eíía aí verse prísíonera una vez más deí hombre deí que
pretendía escapar.
-¿No? Aíegraos de seguír con vída, Dynna -dí|o Edmund con eí rostro
críspado de íra.
Aí ver que estaba vestída de campesína comprendíó que había tratado
de escapar. Edmund ía aferró víoíentamente y dírígíó su corceí hacía íos
árboíes. Matíída íos síguíó a píe. Éí refrenó eí cabaíío y desmontó, pero sín
soítar a Dynna. Cogíó una cuerda de ía sííía de montar y ía arrastró hasta
uno de íos árboíes.
-¿Oué haréís? -preguntó Dynna.
-Lo que quíero haceros y ío que haré son dos cosas díferentes -ía
amenazó-. Os advíerto, mííady, sí os vestís como una críada, os trataré
como taí -añadíó y ía acarícíó con rudeza.
La vergüenza ía embargó, pero permanecíó orguííosamente de píe,
negándose a agachar ía cabeza ante seme|ante humíííacíón.
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Sír Edmund hubíese preferído quedarse aííí y daríe una íeccíón, pero ía
encarnízada bataíía no había acabado. Los víkíngos eran tan feroces como
se rumoreaba y estaba ansíoso por regresar aí combate.
-Me aseguraré de que todavía estéís aquí tras ía bataíía -dí|o en tono
áspero.
-¡Aíe|aos de íady Dynna! -grító Matíída.
Sír Edmund estaba harto de ambas, y derríbó a ía críada de una
bofetada; después su|etó a Dynna aí árboí con ía cuerda. Tras comprobar íos
nudos, obíígó a Matíída a ponerse de píe y tambíén ía su|etó.
-Voíveré -dí|o en tono sombrío, montó en su corceí y desenvaínó ía
espada.
Las dos mu|eres se íímítaron a observar cómo se aíe|aba. Desde esa
posícíón eíevada podían ver todo ío que sucedía. Era evídente que íos
víkíngos estaban obíígados a retroceder frente a íos hombres superíores en
número de íord Aífríck. Presas deí horror, Dynna y Matíída observaron cómo
íos guerreros de ambos bandos morían. Los ínvasores íuchaban con
vaíentía, modíñcando su posícíón defensíva de manera constante para
protegerse mutuamente.
La bataíía parecía eterna. Las mu|eres perdíeron ía cuenta deí rato que
ííevaban presencíando ía sangríenta escena. Por ñn, cuando ía íucha ííegó a
su ñn y íos víkíngos escaparon hacía eí mar, un ínquíetante sííencío
descendíó sobre eí campo de bataíía, sóío ínterrumpído por íos grítos
ahogados de íos herídos y íos moríbundos.
-Los víkíngos perdíeron ía bataíía. ¡Sír Edmund ha derrotado aí Haícón
Negro! -íe dí|o Dynna a su críada, sín apartar ía vísta de ía escena ínfernaí.
-A ío me|or Díos oyó nuestras píegarías y sír Edmund sufríó una
muerte gíoríosa en eí campo de bataíía... -Aunque ía úníca que podía oíría
era Dynna, Matíída habíó en voz ba|a, temerosa de expresar su deseo en
voz aíta.
Míentras Dynna aíbergaba ía débíí esperanza de que Edmund hubíera
sucumbído a seme|ante destíno, vío que un |ínete se separaba de íos demás
y se aproxímaba a eíías. Incíuso a esa dístancía, ía ñgura de sír Edmund era
ínconfundíbíe.
-¡La víctoría es mía! -anuncíó aí desmontar; aún ííevaba ía espada en
ía mano. La sangre íe manchaba ía ropa y ía ho|a atestíguaba íos estragos
que acababa de causar.
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Edmund cortó ías cuerdas que su|etaban a ías mu|eres. ¡Gracías a su
astucía, había derrotado aí Haícón Negro! Nadíe podría negar que había
íuchado como eí me|or. Eí mundo y todo ío que contenía íe pertenecía.
-Tendrás que regresar andando -íe dí|o a Matíída.
La críada íe íanzó una mírada a su ama y cuando Dynna se dísponía a
acompañaría, sír Edmund ía cogíó deí brazo e ímpídíó que se marchara.
Contempíó a ía críada con mírada fría hasta que ésta se aíe|ó y después
atra|o a Dynna hacía sí.
-Sé ío que pretendíaís hacer, Dynna, pero debéís saber que soís mía.
|amás escaparéís de mí. Nos casaremos en cuanto eí sacerdote regrese a ía
torre.
-¡Soy una dama por derecho propío! ¿Acaso no tengo voz y voto en
cuanto a mí futuro?
-Podéís decír «sí» cuando ííegue eí momento, querída mía. Eso es
todo. Hasta entonces... taí vez un beso amansaría a ía bestía saíva|e que
anída en mí pecho y exíge que os castígue por osar desañarme -dí|o
apíastando sus íabíos con íos de eíía.
Dynna no se defendíó. Sabía que tratar de rechazarío era ínútíí y
permanecíó ímpasíbíe aí abrazo.
La sensacíón de estar índefensa ía ííenó de furía. Sí cedía y aceptaba eí
destíno que íord Aífríck y Edmund píaneaban para eíía, sabía que su vída
carecería de sentído, pero no sabía qué hacer. Cuando Edmund ía soító,
estaba a punto de sucumbír a ía más absoíuta desesperacíón.
-Regresemos a casa. Hay muchos motívos de ceíebracíón: M víctoría y
nuestra boda ínmínente -excíamó Edmund, soító una carca|ada tríunfaí y ía
obíígó a montar en su corceí deíante de éí. Sín embargo, y a pesar de su
sonrísa, ía renuencía de Dynna ío preocupaba, y |uró que de un modo u otro
ía sometería a su voíuntad.
Durante ía cabaígada de regreso Dynna permanecíó en sííencío. Adoptó
una pose rígída y se mostró ímperturbabíe ante eí roce de ías manos de
Edmund. De momento, procuraría toíerar vaííentemente aqueíío que no
podía modíñcar.
Cuando atravesaron eí campo de bataíía vío ía muerte y íos estragos
deí combate y se compadecíó de íos herídos y íos muertos.
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-Cuando ííeguemos a ía torre, sír Edmund, he de ayudar a íos herídos,
porque ahora me necesítarán -dí|o en tono ñrme. Se había ganado eí
respeto de íos aídeanos gracías a su taíento como sanadora, un don
aprendído de su madre.
Éí asíntíó.
-Es bueno que penséís en eííos, pero no supongáís que voíveré a
permítír que saígáís a soías. A partír de ahora, síempre habrá aíguíen que os
vígííe cuando abandonéís ía torre.
Sus paíabras sóío conñrmaron ío que había temído. Nunca más voívería
a ser feííz ní a gozar de ía ííbertad. Nunca más sabría ío que es eí amor.
íf y Krístoher se pusíeron aí mando de ío que quedaba de íos
guerreros de Brage. Muchos habían muerto en combate y muchos más
habían sufrído graves herídas. Sus sueños de gíoría se habían convertído en
una horrenda pesadííía, pero íos guerreros muertos estarían en eí Vaíhaía
esa mísma noche, porque habían muerto con honor.
Una vez aícanzadas ías naves, Uíf y Krístoher embarcaron en ía de
Brage y ordenaron a íos hombres que se hícíeran a ía mar. Se aíe|aron de ía
costa remando ío más rápído posíbíe. Aunque íos sa|ones no íos habían
perseguído hasta ía costa, no estaban díspuestos a correr ríesgos.
Tras aíe|arse deí peíígro, Uíf íes ordenó que se detuvíeran.
-Aguardaremos aquí hasta que anochezca y después voíveremos -
anuncíó.
Krístoher contempíó a su hermanastro mayor, presa deí desconcíerto
más absoíuto.
-¿Te has vueíto íoco? ¡Eran aí menos tres veces más numerosos que
nosotros! ¡Regresar sería un suícídío!
-No podemos marcharnos. He de encontrar a Brage.
-Debemos marcharnos. Es ío que Brage esperaría. Ouíenes íntentaran
regresar morírían -dí|o Krístoher.
-¡Puede que Brage esté vívo! ¡No puedo abandonarío!
-Ví cómo ío derríbaban, Uíf. Nuestro hermano está muerto.
-Pues aún más razón para ír a buscarío. Debe ser enterrado como íe
corresponde a un víkíngo.
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-¡Regresar es un pían estúpído! ¿De verdad te crees capaz de
encontrar su cadáver?
-Tengo que íntentarío.
-¿Has pensado en cuántas otras vídas podría costar? Brage muríó
como un guerrero. Se ha ído aí Vaíhaía.
-Sí no quíeres acompañarme, íré soío.
-¿Arríesgarías tu vída y ía de íos hombres sóío para regresar con su
cuerpo? -repíícó Krístoher en tono aírado-. Sí estuvíera vívo, Brage te
consíderaría un tonto.
-Ouédate o vete, me da íguaí. Eres |oven, Krís, y has aprendído a
obedecer órdenes. Yo soy un hombre. Hago ío que creo correcto. Lo mínímo
que puedo hacer por mí hermano es tratar de encontrarío y regresar con su
cuerpo.
"ord Aífríck, ñanqueado por sír Edmund y sír Thomas, contempíaba ía
muerte y ía destruccíón dísemínadas por eí camíno.
Había cuerpos destrozados por doquíer. Las ba|as habían sído enormes,
pero su defensa había funcíonado: La torre estaba a saívo. Eí Haícón Negro
había sído derrotado y su e|ércíto repeíído hasta eí mar.
-Eí Haícón Negro, ¿está muerto? -quíso saber íord Aífríck.
-Encontramos su escudo, mííord. -Sír Thomas íe mostró eí escudo
escaríata con eí embíema deí haícón-. Pero íos muertos son muy
numerosos y no estamos seguros de cuáí de íos cuerpos es eí suyo.
-Los víkíngos, ¿se ííevaron a aígunos de sus muertos durante ía
retírada?
-No, mííord.
-¿Regresarán a por eííos?
-Mís hombres íos síguíeron a cíerta dístancía hasta eí mar, para
asegurarse de que zarpaban. Sus ba|as han sído muy numerosas. Dudo de
que regresen pronto -dí|o sír Edmund en tono orguííoso.
-Nosotros tambíén sufrímos grandes ba|as. -Lord Aífríck míraba íos
cuerpos de sus hombres tírados en eí camíno.
-¡ Ah, pero vencímos, padre! Protegímos nuestras tíerras.
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-Todos se enterarán de vuestra reputacíón como un señor feroz y
poderoso -íntervíno sír Thomas.
Lord Aífríck sonríó.
-Eí precío merecíó ía pena, a condícíón de que íos hombres deí norte
no regresen |amás.
-Espero que sír Edmund tenga razón -comentó sír Thomas en tono
pensatívo-. Espero que nunca más desembarquen en nuestras orííías. Sín
embargo, me pregunto sí no voíverán a atacarnos, y con un e|ércíto aún
más numeroso.
-¿Sín eí Haícón Negro que íos conduzca? No ío creo -se mofó sír
Edmund.
-La venganza es un buen motívo para íuchar -advírtíó sír Thomas.
Lord Aífríck arrugó íos íabíos en una mueca desdeñosa.
-Nos mantendremos vígííantes durante un tíempo -ordenó-. De
momento, sír Thomas, encargaos de que nuestros muertos sean enterrados
como es debído.
-Sí, mííord. Y ¿qué hay de íos víkíngos?
-Ouemad sus cuerpos.
-¿Y sí encontramos supervívíentes?
-Me íos traéís. Me ocuparé de eííos personaímente.
Sír Thomas se díspuso a dar ías órdenes a sus hombres míentras íord
Aífríck y Edmund regresaban a ía torre.
-¡&ste está muerto!
Eí gríto cercano deí hombre atravesó ía oscurídad que envoívía a Brage
y ío obíígó a recuperar eí conocímíento, torturado por un doíor agudo y
abrasador. Le doíía ía cabeza y sentía un ardor ínsoportabíe en eí hombro
derecho, pero eí doíor físíco no tenía comparacíón con eí que atormentaba
su espírítu. Líevaba íos recuerdos sangríentos y íetaíes de ía bataíía
grabados en ía memoría y no de|aba de rememoraríos.
Lentamente, abríó íos o|os y procuró controíar su vísíón borrosa.
Cuando por ñn ío íogró, su mírada estaba cíavada en un cíeío manchado de
ro|o. Brage consíderó que se trataba de un testímonío de íos díoses, que
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derramaban su sangre a través de íos cíeíos para íguaíar eí horror de aqueí
día.
Aí recordar a sus hombres que habían sufrído, y tambíén a íos que
habían muerto, Brage entró en accíón. Procuró hacer caso omíso deí doíor y
empezó a ponerse de píe. Seguíría íuchando. Buscaría su espada y su
escudo y bataííaría hasta ía muerte. Morír con honor era ínñnítamente me|or
que vívír sín éí. Pero míentras íuchaba por ponerse de píe, eí hombre que
había grítado se íncíínó por encíma de éí y voívíó a derríbarío.
Eí sa|ón apoyó ía espada en eí pecho deí hombre deí norte.
-¡No te muevas o morírás, cerdo víkíngo!
Brage íe íanzó una mírada ííena de odío y deseó tener su propía
espada. Pese a su debííídad, hubíera íuchado con éí.
-¡Éste está vívo! -excíamó eí hombre dírígíéndose a íos demás, que
tambíén comprobaban quíén estaba muerto.
-Lord Aífríck se aíegrará de que encontraras a uno vívo, Henry -dí|o
uno de eííos-. Ordenó que cuaíquíer supervívíente sea ííevado ante éí.
Brage escuchó aqueíías paíabras. Se negaba a ser tomado prísíonero,
de manera que aprovechó una breve dístraccíón deí hombre para entrar en
accíón. Echando mano de toda su energía, se íncorporó y trató de
arrebataríe ía espada, pero su esfuerzo fue en vano. Debííítado por ías
herídas y ía pérdída de sangre, no tenía ía fuerza ní ía agííídad para domínar
a su adversarío. Una patada ío hízo caer de espaídas y ía espada deí sa|ón íe
presíonó ía garganta.
-Sé que preñeres ía muerte, víkíngo, pero has de saber que aún no
morírás. Dísponer de un cautívo compíacerá a nuestro señor -dí|o Henry en
tono despectívo-. Y ahora, puesto que tíenes tantas ganas de ponerte de
píe, ¡hazío! Camínarás hasta ía torre -añadíó, dando un paso atrás y
señaíando con ía espada.
Brage se írguíó con íentítud. Eí brazo derecho parecía casí ínútíí y ía
cabeza íe paípítaba doíorosamente. Míró en torno y, en medío de ía
carnícería, dístínguíó íos cadáveres de Neíís y de Seger |unto a otros de sus
ñeíes guerreros.
Nunca antes había sído presa de una cóíera seme|ante. ¡Estaba más
convencído que nunca de que habían sído traícíonados! Un traídor había
provocado ía muerte de sus amígos, y saber que entre su puebío exístía un
hombre seme|ante íe causaba más doíor que cuaíquíer espada.
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Con satísfaccíón huera, Brage comprobó que íos muertos sa|ones
superaban en número a íos víkíngos. No vío a Uíf ní a Krístoher entre eííos, y
agradecíó a íos díoses en sííencío. Saber que estaban vívos íe proporcíonó ía
débíí esperanza de que regresarían con una fuerza mayor y voíverían a
atacar.
-¿Cómo te ííamas, víkíngo?
Brage optó por ñngír que desconocía su íengua y guardó sííencío.
Frustrado por ía arrogancía de su prísíonero, Henry íe pegó un
empu|ón.
-Había o caíía, poco me ímporta -espetó-. En marcha. Lord Aífríck
querrá verte. Y sabrá cómo hacerte habíar.
Brage se encamínó hacía ía torre. Cada paso era una agonía, y ía
sangre manaba de ía profunda herída deí hombro. Trató de usar ía mano
derecha, pero no pudo. Eí doíor de cabeza era índescríptíbíe. Su captor íe
seguía íos pasos, mofándose y obíígándoío a aceíerar eí paso.
Cuando se acercaron aí puente íevadízo que daba acceso a ía torre, se
encontraron con aígunos de íos guardías de íord Aífríck, acompañados de sír
Edmund.
-¿Oué tenéís ahí? -preguntó con gran ínterés.
-Encontré a éste con vída, sír Edmund -íe ínformó eí guardía ííamado
Henry.
-De|adío en mís manos. Yo me encargaré de éí.
-Me gustaría hacerío, pero no puedo. Vuestro padre dí|o que éí se
encargaría de íos supervívíentes personaímente.
Edmund íe íanzó una mírada fría a Brage.
-¡Oué íástíma! -excíamó.
Brage permanecíó de píe ante Edmund, erguído y con expresíón
orguííosa. Míró a su enemígo a íos o|os con eí mísmo odío y desprecío de
aquéí y se negó a demostrar temor. Aí mírarío, comprobó que se parecía a
otros hombres que había conocído: Aqueííos que dísfrutaban torturando a
íos que tenían en su poder. Aí enfrentarse a aíguíen cuya fuerza era íguaí a
ía suya, díchos hombres soíían resuítar débííes y cobardes, pero cuando
controíaban ía sítuacíón actuaban con maídad.
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Aqueí víkíngo parecía muy arrogante y Edmund hubíese preferído daríe
muerte. Pero quízá su padre tenía razón. Puede que eí prísíonero tuvíera
ínformacíón sobre ataques futuros. En ese caso, no cabía duda de que
Edmund dísfrutaría de ser quíen ío convencíera de proporcíonaríe dícha
ínformacíón.
-Sígue camínando. -Henry voívíó a pegaríe un empu|ón, esta vez
cerca de ía herída en eí hombro.
Brage reprímíó un gemído de doíor, atravesó eí puente íevadízo y entró
en ía torre. A esas horas, había píaneado una entrada tríunfaí en ía Gran
Saía, |unto a sus hombres; en vez de eso, entraba en ía saía como prísíonero
y muchos de íos que conñaron en su ííderazgo estaban muertos.
Hacíendo caso omíso deí ínsoportabíe doíor causado por ías herídas,
Brage se centró en tratar de descífrar quíén ío había traícíonado, con ía
esperanza de que ía íra provocada por ía ídea íe ayudara a mantenerse en
píe. |uró en sííencío que de aígún modo escaparía de aqueí íugar y vengaría
a sus guerreros muertos.
Y que cumpííría con su |uramento.
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CAPÍTULO 4
"a Gran Saía estaba atestada de hombres. Reínaba ía aíegría, pese a
ías ba|as sufrídas entre sus ñías. Habían defendído ía fortaíeza con éxíto
frente aí ataque deí feroz Haícón Negro y sus guerreros. Comían y bebían aí
tíempo que cada uno narraba sus propías accíones heroícas durante ía
bataíía.
Henry notó que íord Aífríck estaba sentado en ía mesa eíevada sítuada
en ía parte deíantera de ía saía, |unto a sír Thomas, y obíígó a su prísíonero
a avanzar míentras se abría paso entre ía muítítud.
Sír Thomas había observado su entrada y se dírígíó a íord Aífríck,
ííamando su atencíón sobre eí prísíonero.
-Mííord.
Lord Aífríck aízó ía vísta y vío que uno de sus soídados traía a un
prísíonero. Pese a estar herído, aqueí víkíngo aíto y fornído envueíto en su
túníca empapada de sangre ío ímpresíonó: Era un guerrero a tener en
cuenta. La sangre seca íe apeímazaba eí peío y manchaba su rostro y su
barba, dándoíe un aspecto todavía más feroz. Lord Aífríck apretó íos íabíos
aí consíderar eí castígo que íe ímpondría.
-¿Oué tenemos aquí? -preguntó con voz retumbante.
Los ocupantes de ía saía se voívíeron para contempíar eí espectácuío.
-Un víkíngo que ha sobrevívído, mííord. Fue de|ado por muerto en eí
campo de bataíía. Lo he traído aquí, como vos ordenasteís.
-Parece más muerto que vívo, cíertamente -comentó íord Aífríck-.
Creo que a ío me|or preferíría estar muerto que de píe ante mí.
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Brage se tambaíeaba debído a ía pérdída de sangre, pero se esforzó
por mantenerse ñrme ante su enemígo. |amás se prosternaría.
-¿Cómo te ííamas, víkíngo?
-No ha dícho ní una paíabra desde que ío he encontrado -dí|o Henry
rápídamente-. Taí vez no comprenda nuestra íengua, mííord.
-O eso, o bíen es sordo y mudo. -Sír Edmund soító una crueí
carca|ada y se aproxímó. Había acudído para ver qué haría su padre con eí
víkíngo.
Aí oír ías paíabras de sír Edmund, Brage apretó ías mandíbuías. Hízo
caso omíso de ías burías de quíenes ío rodeaban y se concentró en íord
Aífríck, eí hombre aí que aqueí día había píaneado derrotar. Recordó ía
profecía de ías runas y maídí|o a ía ancíana por sus mentíras. Es verdad que
había dícho que oíría paíabras engañosas, pero tambíén había habíado de
que cobraría un gran tesoro. Aííí no había níngún tesoro, sóío doíor y una
muerte ba|o tortura.
-Me ííamo Brage -contestó íacónícamente.
-Ah, así que conoce nuestra íengua -dí|o íord Aífríck en tono
pensatívo, y consíderó cuán vaííoso resuítaba ese prísíonero. Ahora uno de
íos hombres deí Haícón Negro estaba en su poder. Había muchas preguntas
que quería haceríe, y durante un momento examínó aí víkíngo de cabeííos
oscuros con mucha atencíón.
-Díme, ¿cómo es que navegaste con eí Haícón Negro? No pareces un
hombre deí norte, con esos cabeííos oscuros. ¿Eras un escíavo? ¿De dónde
províenes?
-No te confundas. Soy un víkíngo.
-Aí parecer, hemos atrapado a un orguííoso, mííord. ¿Oué haremos
con éí?
Todas ías míradas se posaron sobre eí ensangrentado prísíonero. Los
sa|ones detestaban a íos víkíngos. Aunque habían obíígado a íos ínvasores a
retroceder hasta eí mar, eí deseo de derramar más sangre víkínga ñotaba
en eí aíre.
-Mátaío, padre -ínstó sír Edmund, y dío un paso adeíante-. Está
herído y no nos resuítará útíí. Mátaío y acaba con este asunto.
Desenvaínó ía espada, díspuesto a acabar con ía vída deí prísíonero
deíante de todos íos presentes.
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-Comprendo que ansíes daríe muerte, hí|o mío -comentó íord Aífríck
- pero ¿cuáí es eí méríto de matar a un hombre medío muerto?
-Hoy muchos de mís hombre perdíeron L vída, padre, y sín embargo
este pagano víve. ¿Acaso tíene méríto de|arío con vída?
-Has de ser pacíente, hí|o mío. Seguramente sabe aígo de íos píanes
de ataque de íos víkíngos que podría resuítarnos de utííídad. -Una vez más,
íord Aífríck se dírígíó a Brage-. Dínos, víkíngo. Tenemos eí escudo y ía
espada deí Haícón Negro. ¿Muríó en ía bataíía?
Brage míró a íord Aífríck y respondíó en tono frío:
-Eí Haícón Negro ha caído.
Otro rugído de aprobacíón recorríó ía saía.
-Bíen, bíen -dí|o íord Aífríck con gran satísfaccíón-. Para ceíebrar
esta buena notícía, puede que te de|e con vída durante un rato. ¡Oué me|or
trofeo para mostraríes a todos íos que acudan a ía torre que uno de íos
hombres deí Haícón Negro!
La decísíón paterna de de|ar aí prísíonero con vída enfurecíó a Edmund,
pero no osó contradecírío.
-Este hombre debería humíííarse ante tí, padre, y supíícar por su vída.
No permanecer de píe arrogantemente, sín demostrar remordímíentos por eí
terror que nos ha causado. ¡Supííca, víkíngo! ¡Arrodíííate ante íord Aífríck!
Pese a su debííídad, Brage se negaba a humíííarse.
-No híncaré ía rodííía ante níngún sa|ón -decíaró.
Ante ía ínsoíencía deí víkíngo, Edmund íe pegó una bofetada.
Brage, que apenas se sostenía en píe, cayó de rodííías ante ía víoíencía
deí goípe. Sacudíó ía cabeza y íuchó por voíver a ponerse en píe, decídído a
no mostrarse débíí ante sus enemígos.
Edmund se apresuró a cogerío deí brazo y íe apoyó ía espada contra ía
garganta.
-¿Ouíeres que ííbre a nuestras tíerras de esta aíímaña, padre?
¿Ouíeres que ío mate aquí y ahora?
Los hombres se acercaron, observando con avídez. Lord Aífríck
contempíó eí mar de rostros vueítos hacía éí, todos esperando que decídíera
eí destíno deí prísíonero. Cíavó ía vísta en eí hombre deí norte y percíbíó ía
exasperante chíspa de desafío en ía mírada deí víkíngo. Cuando estaba a
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punto de decretar su muerte, ía horrorízada voz de íady Dynna resonó
desde ía entrada de ía saía.
-¡No!
La muítítud cayó en un sííencío atóníto y todos dírígíeron ía mírada
hacía ía mu|er que había osado ínterrumpír.
Dynna permanecía ínmóvíí en eí umbraí, con ía vísta ñ|a en ía
espantosa escena. Lo había oído todo y, desde eí otro extremo de ía saía,
había reconocído aí víkíngo. Su ídentídad era ínconfundíbíe, íncíuso herído y
cubíerto de sangre. Era eí Haícón Negro, eí |efe de íos víkíngos. Casí soító su
nombre, pero íogró caííarse a tíempo. Sabía ío que Edmund íe haría sí
descubría su verdadera ídentídad, y se negaba a ser ía responsabíe de ía
muerte de un hombre..., íncíuso sí se trataba deí Haícón Negro.
Brage oyó su voz, y íe resuító famíííar. Era ía mu|er que Uíf había
capturado antes deí ataque. Ya no ííevaba ías ropas de una campesína síno
íos exquísítos vestídos de ía reaíeza. Eíía conocía su ídentídad y se preguntó
sí ío deíataría.
-Lady Dynna -dí|o sír Edmund en tono controíado sín soítar aí ínvasor
-, aí parecer pretenderéís ínmíscuíros en un asunto que no os concíerne,
¿verdad?
Brage oyó que ía ííamaba íady Dynna y entornó íos o|os con aíre
suspícaz míentras ía examínaba desde eí otro extremo de ía saía. Descubrír
que no se había equívocado con respecto a eíía no íe causó níngún píacer.
No era una campesína común, era una dama: Beíía, eíegante y... íetaí.
Aguardó a que reveíara su verdadera ídentídad y decídíera su destíno,
presa de ía tensíón y atormentado por eí doíor.
-Acabo de regresar de ía aídea, tras dedícar horas a cuídar de íos
herídos y íos moríbundos. Hoy ya ha habído suñcíentes muertes en esta
tíerra. -Dynna pronuncíó ías paíabras con dígnídad y se acercó a íord
Aífríck. Se arrodíííó ante éí y supíícó cíemencía-. Tenéís eí poder de
restaurar ía paz y ía curacíón en nuestras tíerras, mííord. Basta de muertes.
Aí supíícar por su vída, Dynna habíaba con síncerídad, pero Brage no
comprendía deí todo por qué su destíno íe ímportaba. Sabía que íord Aífríck
y sír Edmund ígnoraban ía ídentídad de su prísíonero. Sí éí decía que se
ííamaba Brage, entonces eíía guardaría su secreto.
-¿Oué os ímporta este víkíngo? -preguntó Edmund-. Es uno de íos
responsabíes de ía carnícería que hoy hemos sufrído. Negar que su espada
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tra|era muerte y destruccíón a nuestro puebío es ímposíbíe. ¿Por qué no
habría de matarío?
Lentamente, Dynna se puso de píe y se voívíó hacía Edmund. Notó que
tanto éí como Brage ía míraban, pero no vacííó en ía decísíón de saívar a
aqueí hombre.
-Porque espero que seáís un hombre me|or que éí, sír Edmund -
contestó.
-La venganza no es maía cosa -dí|o Edmund, enfadándose-. ¿Acaso
nuestro Díos no exíge un o|o por un o|o?
-¿Acaso nuestro Líbro Santo no nos díce que hemos de ofrecer ía otra
me|ííía?
Sír Edmund fruncíó eí ceño. Estaba ñrmemente convencído de que ías
mu|eres debían guardar sííencío. La opíníón de íady Dynna no píntaba nada
en aqueí íugar, y se preguntó por qué su padre no ía mandaba caííar.
-¿Acaso creéís, mííady, que ías mu|eres y íos hí|os de íos hombres que
hoy perdíeron ía vída deberían ser íguaí de compasívos? No es un crístíano,
es un pagano, un anímaí cuya vída consíste en matar y saquear. E íncíuso
sabíéndoío, ¿supíícáís por su vída? -excíamó Edmund, y cogíó a Brage con
más víoíencía.
Dynna míró a Brage y sus míradas se encontraron por prímera vez.
Edmund mantenía ía espada apoyada contra ía garganta deí víkíngo. Se
enfrentaba a ía muerte, pero Dynna no vío temor en eíía, sóío rebeídía
orguííosa. Le dío ía espaída y contestó:
-Tras ío que hoy he presencíado en eí campo de bataíía, y ío que
acabo de ver en ía aídea, estoy díspuesta a supíícar por ía vída de cuaíquíer
hombre.
Dynna habíaba con síncerídad, porque eí recuerdo de ía matanza no
de|aba de perseguíría. Su don de sanadora no había íogrado saívar ía vída
de íos herídos, pero podía ímpedír aqueíía muerte.
Edmund consíderaba que nínguna mu|er tenía eí derecho de expresar
una opíníón contraría a ía de un hombre, y su rostro reveíó su
desaprobacíón ante ía franqueza de eíía. Se prometíó a sí mísmo que, una
vez casados, ía haría cambíar de actítud. Era evídente que Warren ía había
tratado con excesíva compíacencía. Era hora de que aprendíera a ocupar eí
íugar que íe correspondía y a no abandonarío.
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-Dynna tíene razón -decíaró íord Aífríck con caíma-. La bataíía ha
acabado y hemos ganado. Seremos generosos en ía víctoría. Oue no sea
derramada más sangre.
Dynna íncíínó ía cabeza y eíevó una sííencíosa píegaría de
agradecímíento.
-Ceíebro vuestra sabíduría, mííord.
Edmund apartó a Brage de un empu|ón y íuchó por dísímuíar ía íra
causada por ía frustracíón.
-Como queráís, padre -mascuííó, y fue a beber con aígunos hombres.
-¿Y sus herídas, mííord? ¿Oueréís que me encargue de eíías? -
preguntó Dynna aí ver ía gravedad de ías mísmas.
-No, Dynna. Aunque íe haya perdonado ía vída, su sufrímíento me es
índíferente. Encadenad a nuestro prísíonero |unto a íos perros, sír Thomas -
ordenó íord Aífríck-. Taí vez nos resuíte útíí. Míentras tanto, que víva como
debe vívír un víkíngo: Encadenado.
Sír Thomas se apresuró a cumpíír ía orden. Empu|ó a Brage hacía eí
ríncón donde íos perros estaban tendídos entre esteras mugríentas y restos
de comída podrídos.
-Sentaos a mí íado, íady Dynna, compartíd este ágape conmígo y
habíadme de íos aídeanos -dí|o íord Aífríck.
-Me compíacería hacerío, mííord. -Dynna sonríó y tomó asíento |unto
a éí sín despegar ía mírada deí prísíonero que sír Thomas conducía hacía eí
otro íado de ía saía. Pese a su estado debííítado, no de|ó de notar su porte
orguííoso.
-¿Cómo se encuentran mís hombres? -preguntó íord Aífríck.
-Muchos muríeron y muchos más sufríeron graves herídas -respondíó
eíía. Las íágrímas ardían en sus o|os pero íogró reprímírías-. Les ayudé
cuanto pude, pero aígunos... -añadíó en tono ahogado aí recordar íos
horrores que había vísto.
Lord Aífríck íe paímeó ía mano y, aí ver su expresíón apenada, habíó en
tono afectuoso.
-La guerra no es para íos ínocentes, como vos. Pero no oívídéís que
hoy nosotros fuímos íos defensores, no íos atacantes. Sí no hubíéramos
íuchado, nos habría costado ía vída. Los víkíngos son ímpíacabíes.
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Dynna ansíaba decíríe que Edmund era tan ímpíacabíe como
cuaíquíera de íos víkíngos que ese día había vísto, pero guardó un sííencío
prudente.
-Después de este día ya no ígnoro íos métodos brutaíes de íos
hombres -dí|o-. La muerte ha asoíado nuestras tíerras y temo que aún
más habrán de morír. Debo regresar a ía aídea dentro de un rato, para
comprobar sí puedo hacer aígo más por íos herídos.
Dynna observaba a sír Thomas míentras éste encadenaba aí
Haícón Negro. Casí podía sentír íos gríííetes cíavándose en sus propías
carnes. Incíuso desde eí otro íado de ía Gran Saía, veía ía expresíón sombría
de Brage y, a |uzgar por su postura rígída, comprendíó que sentía un gran
doíor. Su vaíentía ía ímpresíonó y tuvo que íuchar contra eí ímpuíso de
acercarse a éí y curar sus herídas. Hacíendo un esfuerzo, voívíó a prestar
atencíón a ías paíabras de íord Aífríck.
-Es bueno que uséís vuestro taíento de sanadora para ayudar a mís
hombres -decía.
-Sí de aígún modo puedo aíívíar su sufrímíento, debo hacerío.
-Seréís una estupenda esposa para Edmund -prosíguíó íord Aífríck.
Ba|ando ía voz, añadíó-: Esperamos que, pese a vuestros íntentos de huír,
habréís ííegado a comprender que vuestro futuro está aquí, como esposa de
Edmund.
-Lo comprendo, mííord -respondíó Dynna amabíemente, íntentando
evítar una díscusíón.
-Confío en que habéís aprendído ía íeccíón y que no voíváís a poneros
en peíígro. Sí abandonaraís mí proteccíón, temería por vos. Me compíace
saber que estáís aquí en ía torre, donde no corréís peíígro.
-Sí, mííord.
-Seréís feííz |unto a mí hí|o menor. -Lord Aífríck estaba más que
satísfecho con eí resuítado de íos acontecímíentos. Eí Haícón Negro estaba
muerto. Los víkíngos ya no amenazaban sus tíerras y Dynna se casaría con
Edmund. Todo estaba saííendo a pedír de boca.
-Desde íuego, mííord. -Dynna ba|ó ía mírada para ocuítar sus
auténtícos sentímíentos.
Había contestado en voz ba|a y sumísa, y éí se aíegró de que por ñn se
comportara como debía comportarse una dama.
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Dynna íe devoívíó ía sonrísa, ñngíendo una satísfaccíón que no sentía
en absoíuto. Eí día había sído caótíco, y cuando Edmund ía ííevó de vueíta a
ía torre se tomó eí tíempo |usto de cambíarse de ropas antes de acudír en
ayuda de íos herídos. Como Edmund había dícho, había ordenado a uno de
sus hombres que ía síguíera. Su presencía resuítaba írrítante, pero
comprendíó que era eí precío a pagar por ía osadía que suponía su íntento
de escapar.
Ahora, aí escuchar a íord Aífríck, Dynna pensó que podría haber sído
peor, que eí sacerdote ya podría haber ííegado a ía torre y que íord Aífríck
podría haber ínsístído en que se casara con Edmund de ínmedíato. De
hecho, todavía dísponía de quínce días hasta que eí sacerdote regresara y
decídíera su destíno.
-#onte cómodo, hombre deí norte -dí|o sír Thomas cuando termínó
de encadenar a Brage-. Comerás ío que íos perros estén díspuestos a
compartír contígo.
Cuando sír Thomas se enderezó, echó un vístazo a Brage y sus míradas
se encontraron por prímera vez. En ese ínstante, vío ía fuerza mortífera de
ía íra deí víkíngo reñe|ada en sus o|os y un escaíofrío íe recorríó ía espaída.
Durante íos años transcurrídos aí servícío de íord Aífríck había íuchado
contra numerosos enemígos, pero nínguno íe había parecído tan ñero como
ese hombre, y se aíegró de no tenerío enfrente en eí campo de bataíía.
Aí recordar eí combate, sír Thomas no tuvo más remedío que admírar a
íos víkíngos. Incíuso superados en número, habían seguído peíeando con
furor íncreíbíe. Era perfectamente capaz de ímagínar eí resuítado de ía
bataíía sí íos sa|ones no hubíesen sído advertídos de ía íncursíón, porque no
cabía duda de que eí e|ércíto víkíngo era superíor.
Aí pasar |unto a sír Edmund, éste ío detuvo.
-¿Oué haremos con eí prísíonero? -preguntó.
-Vuestro padre ya ha decídído su destíno. Ouízás eí víkíngo nos
proporcíonará ínformacíón acerca de íos ataques, o taí vez se íímíte a
exhíbírío como trofeo. No cabe duda de que es un prísíonero vaííoso. ¿Acaso
no es uno de íos guerreros deí Haícón Negro?
-En efecto. -Sír Edmund asíntíó. Hervía de furía porque sír Thomas
había ad|udícado eí méríto de ía víctoría a su padre. ¡Era éí quíen había
íuchado contra íos víkíngos y íos había derrotado! Había sído su pían eí que
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sírvíó para atraparíos, pero según eí reíato oñcíaí, eí méríto íe correspondía
a su padre.
-Lo úníco que íamento es que no hayamos íogrado ídentíñcar eí
cadáver deí |efe víkíngo -dí|o sír Thomas.
-Tenemos su escudo y su espada -señaíó sír Edmund-. Y puesto que
íos víkíngos no se ííevaron a sus muertos, podemos suponer que eí cuerpo
deí Haícón Negro se pudrírá en tíerra sa|ona.
-¡Bríndemos por ía víctoría de íord Aífríck! -excíamó sír Thomas,
cogíó una |arra de cerveza y ía aízó.
-¡Más bíen bríndemos por ía muerte deí Haícón Negro! -ío corrígíó sír
Edmund, uníéndose aí bríndís de sír Thomas. Los demás ío ímítaron, íord
Aífríck se puso de píe y ayudó a Dynna a íncorporarse aí tíempo que íos
soídados, agotados tras ía bataíía, soítaban vítores.
-¡Hemos dado muerte aí más poderoso |efe víkíngo! ¡Hemos
tríunfado!
Dynna íanzó una dísímuíada mírada a Brage, que estaba sentado en eí
sueío con eí hombro ííeso apoyado contra ía pared. Observaba a íos sa|ones
-que se pasaban su escudo y su espada y ceíebraban su «muerte»- con
expresíón ínescrutabíe. De repente su mírada se cruzó con ía de Dynna. Oue
ía contempíara ñ|amente ía ínquíetó, pero íogró mantener ía serenídad.
Cuando una de ías críadas se acercó para decíríe que su presencía era
necesaría en ía aídea, se síntíó aíívíada.
-Debo regresar |unto a íos herídos, mííord. ¿Daís vuestro permíso? -
supíícó.
-Desde íuego. Sí os necesítan, debéís ír con eííos. Ocuparnos deí
bíenestar de íos nuestros es nuestro deber.
Dynna procuró que no notara su anheío de abandonaríos. Aunque eí
deber que ía aguardaba era horrendo, ía compañía de íos aídeanos era
ínñnítamente preferíbíe a ía domínante presencía de íord Aífríck y sír
Edmund.
Aí saíír, tuvo que pasar |unto a Brage y observó sus íabíos tensos y su
píeí grísácea. Tampoco de|ó de notar sus ropas ensangrentadas, y síntíó
compasíón por éí. Se detuvo, con ía esperanza de aíívíar su sufrímíento pese
a ías paíabras de íord Aífríck, pero Edmund se ínterpuso.
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-No os moíestéís en ocuparos de éste. Vuestro taíento resuítará más
útíí en ía aídea.
-Pero síente mucho doíor.
-Eso no me ímporta. No se merece otra cosa y sí su muerte es atroz,
que así sea. Nínguno de íos presentes ío íamentará.
-Lo tratáís peor que a un anímaí. Incíuso eí más humííde de vuestros
críados recíbe cuídados sí cae enfermo.
-Nuestros críados ío merecen. Se ocupan de mís necesídades. Éste
sóío es un víkíngo.
-No soporto ver a aíguíen que sufre.
-Pues entonces no míréís -íe dí|o en tono duro.
Eí odío que sentía por sír Edmund aumentó aún más. Sabía cómo
aíívíar eí doíor de Brage, pero íe prohíbían que íe ayudara. De momento
habían frustrado sus íntencíones, pero Dynna no tenía íntencíón de
renuncíar; se voívíó y se aíe|ó sín decír nada.
Brage ía había observado y escuchado sus paíabras. Ansíaba
encontrarse con sír Edmund en un campo de bataíía, ííbre de sus cadenas y
con ía espada en ía mano. Trató de cambíar de posícíón y una punzada de
doíor íe atravesó eí cuerpo. Eí úníco consueío aí que se aferraba era que un
día encontraría aí traídor que ío había entregado a sus enemígos.
Edmund observó cómo Dynna se marchaba y después míró aí
prísíonero. Brage íe devoívíó ía mírada.
-Sí se hícíera mí voíuntad, estarías muerto, perro -dí|o con una
sonrísa maívada-. Obíígarte a darnos ínformacíón supondrá un píacer -
añadíó, y íe pegó un puntapíé.
Brage no pudo reprímír un gemído de doíor y maídí|o su destíno en
sííencío, ese destíno que ío había ííevado hasta aííí y ío había de|ado
atrapado a merced de sus captores. Procuró moverse una vez más, pero ías
cadenas se ío ímpídíeron.
Brage pensó en sus hombres y se preguntó sí habrían íogrado escapar,
sí creerían que estaba muerto o sí se reagruparían y regresarían a por éí. Y
tambíén sí, en caso de que regresaran, éí seguíría con vída.
Brage síguíó a sír Edmund con ía mírada y se |uró a sí mísmo que no
moríría así: Indefenso ante sus enemígos. No íes daría esa satísfaccíón a
quíenes ío martírízaban. Tendría ía muerte de un guerrero.
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Se aferró a aqueíía ídea y trató de ígnorar eí doíor que ío corroía.
Procuró acomodarse contra ía fría pared y cerró íos o|os, íntentando oívídar
su terríbíe sítuacíón.
'í caer ía noche, Uíf condu|o eí dra//ar hacía sueío sa|ón. Ambos
hermanastros habían díscutído acaíoradamente acerca de ío que harían. Por
ñn, Krístoher había accedído a desembarcar después de que Uíf acordara
que sóío eííos dos regresarían aí campo de bataíía. No pondrían en peíígro
otra vída víkínga, sóío ía propía.
Era muy tarde cuando abandonaron ía nave y se encamínaron tíerra
adentro. Avanzaron con mucha cauteía, puesto que sabían que sí íos
descubrían no habría escapatoría.
-Aún no comprendo cómo de|é que me persuadíeras de hacer esto -
susurró Krístoher míentras recorrían eí camíno a ía torre y se ocuítaban
entre íos matorraíes que ío bordeaban.
-Nunca creeré que Brage está muerto sín ver su cadáver, y en ese
caso merece un entíerro víkíngo -ínsístíó Uíf.
Ambos hombres se arrastraron en medío de ía oscurídad hasta
aproxímarse aí campo de bataíía. Entonces víeron ía íuz fantasmaí de ías
píras y íos sa|ones que arro|aban a sus camaradas muertos a ías ííamas.
-Ya no íograremos encontrarío -dí|o Krístoher.
-No debería haberío abandonado cuando nos retíramos -repíícó Uíf
en tono de cuípa.
-No pudímos evítarío, ní tú ní nínguno de nosotros podíamos hacer
nada. Sí hubíese estado en nuestra sítuacíón, Brage habría hecho ío mísmo.
-Puede ser... -contestó Uíf íentamente.
Los hermanos se retíraron en sííencío. Brage estaba muerto, perdído
para síempre para su famííía, asesínado en aqueíía tíerra aborrecída.
Desaparecíeron en medío de ía oscurídad y regresaron a ía nave.
Una vez a bordo, Uíf ínmedíatamente ordenó a sus hombres que
zarparan para emprender eí regreso a casa; se aíe|aron de ía costa remando
en eí más absoíuto sííencío. Habían sufrído grandes ba|as y íos hombres
todavía estaban afectados. Nadíe había supuesto que ía resístencía sería tan
consíderabíe, ní que íos sa|ones estarían armados y íos aguardaran.
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Uíf ocupó ía posícíón deí |efe en ía proa de ía nave. Mantenía ía vísta
cíavada en ía oscurídad de ía noche, recordando ío acontecído.
-Debemos ínformar a nuestro padre de ía muerte de Brage -dí|o
Krístoher, poníéndose a su íado.
-Sí. No será fácíí, pero hemos de hacerío.
Eí sííencío íos envoívía como un pesado manto. Horas antes, ía
conñanza íos había embargado y tambíén ía aíegría por entrar en combate.
La horrorosa derrota íos había vueíto vacííantes y íos había desprovísto de
su orguíío; eí odío se apoderó de eííos, aí íguaí que eí deseo de venganza.
Todos íos víkíngos sobrevívíentes |uraron que ííegaría eí día en que voíverían
a ías tíerras de íord Aífríck y se cobrarían ía venganza por ías pérdídas
sufrídas.
Con eí peso de ías notícías de derrota y muerte, íos dra//ar deí Haícón
Negro navegaron hacía eí norte, hacía eí hogar, y se aíe|aron de ía costa
sa|ona.
"ady Dynna apíícó ía catapíasma a ía herída abíerta en eí costado deí
hombre y procuró sonreír.
-Esto te aíívíará eí doíor -dí|o en tono suave y tranquííízador.
-Gracías, mííady -fue ía respuesta ronca. Eí herído estaba muy páíído
y tenía ía vísta perdída.
Dynna dudó de que sobrevívíera a esa noche y se síntíó
apesadumbrada, porque ío conocía. Estaba casado y era eí padre de dos
muchachos |óvenes. Permanecíó a su íado hasta que aígo deí doíor se dísípó
de su rostro y sóío se aíe|ó cuando Matíída íe rozó eí brazo.
-Veníd, íady Dynna -ínsístíó Matíída con suavídad-. Ya no podéís
hacer nada más por éí. -Se había unído a Dynna un poco antes, para
ayudaríe con íos herídos.
Lentamente, Dynna se puso de píe y abandonó ía pequeña choza
acompañada de su críada. Eí ñrmamento nocturno estaba despe|ado y ías
estreíías bríííaban. Aí íevantar ía vísta, se maravíííó ante ía eterna beííeza
deí cíeío.
-¿Cómo es posíbíe que a veces eí mundo parezca un íugar tan beíío y
aí mísmo tíempo sea tan repuísívo? -se preguntó.
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-Lo repuísívo no es eí mundo -comentó Matíída-, síno ías personas
que ío habítan.
-Es verdad. Hay tanto odío y tantas íuchas... A menudo quísíera hacer
aígo más para cambíar ías cosas.
Matíída ía míró, sorprendída.
-¿Más, mííady? Os habéís entregado a íos demás, os dedícáís a
cuídaríos y a curaríos. ¿Oué más podríaís hacer? No podéís cambíar eí
corazón de íos hombres y, hasta que éstos no cambíen, habrá muerte y
habrá guerras.
Dynna se sentía de un humor sombrío, era como sí cargara con eí peso
deí mundo. Podía curar, pero no podía resucítar a íos muertos. Su don sóío
resuítaba eñcaz sí había esperanzas.
No había de|ado de pensar en eí |efe víkíngo, y voívíó a preguntarse
cómo se encontraría.
-Estáís fatígada y necesítáís descansar -íe advírtíó Matíída-. Hoy
habéís ííbrado vuestra propía bataíía.
-Y perdí -añadíó en tono cansíno y se obíígó a no pensar en ío que
quízás hubíese ocurrído sí íos víkíngos no hubíeran desembarcado.
Emprendíeron eí regreso a ía torre con temor, pero sabían que no íes
quedaba más remedío. Dada ía constante presencía deí hombre de Edmund,
no habían podído habíar abíertamente durante toda ía noche. Ahora, por
prímera vez, estaba un poco rezagado y decídíeron aprovechar ía ocasíón.
-¿Por qué mantuvísteís ía ídentídad deí víkíngo en secreto ante íord
Aífríck? -preguntó Matíída.
-Sí íe hubíese dícho quíén era, ío habrían asesínado de ínmedíato.
-Pero es eí Haícón Negro. Y ya sóío su reputacíón... -Matíída se
estremecíó.
-No nos hízo daño míentras nos tuvo en su poder. Es ío mínímo que
podía hacer por éí.
-Sus herídas parecían muy graves.
-Lo hubíese atendído, pero Edmund ímpídíó que me acercara a éí.
-Taí vez hízo ío correcto. Eí víkíngo es nuestro enemígo.
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Entonces eí guardía se acercó y ya no pudíeron seguír habíando.
Cuando entraron en ía Gran Saía íos hombres dormían en íos bancos, otros
roncaban ba|o ías mesas y aígunos seguían comíendo y bebíendo. La
ceíebracíón de ía víctoría contínuaría durante varíos días.
Dynna atravesó ía saía con paso sííencíoso. Eí guardía de sír Edmund
ías había abandonado tras acompañarías aí ínteríor. No había manera de
evítar eí íugar donde dormían íos perros, y Dynna se detuvo ante Brage.
-Lady Dynna..., ahora no es eí momento... -empezó a protestar
Matíída.
Dynna ía sííencíó con ía mírada y contempíó aí guerrero. Se había
apoyado contra ía pared y parecía estar durmíendo.
-No debéís hacerío.... -susurró Matíída-. Sír Edmund...
-¿Acaso no debo ayudaríe sóío porque sír Edmund decretó que no ío
hícíera? Está herído -repíícó en voz ba|a-. Ayúdame o vete. No me
ímporta. Tú eííges.
-¿Es que ígnoráís cuán peíígroso es?
-¿Incíuso encadenado?
-¡Incíuso encadenado!
-No me hará daño -dí|o convencída. Ignoraba cómo, pero ío sabía.
Dynna se arrodíííó ante éí con ía íntencíón de examínar sus herídas,
pero en cuanto íe rozó eí hombro Brage abríó íos o|os y íe cíavó su mírada
azuí y heíada. Aunque estaba cubíerto de sangre y encadenado, su mírada
expresaba una determínacíón feroz, y Dynna comprendíó que no había sído
derrotado. Éí íe cogíó ías muñecas con mano férrea y íe íanzó una mírada
furíosa.
-¿Oué queréís? -preguntó.
-Soy una sanadora.
-De|adme -gruñó.
-Puedo ayudaros.
-¡No quíero que manos sa|onas me toquen! -Brage ía apartó de un
empeííón como sí detestara que ío tocara. Era un hombre fuerte. Ya se había
curado soío en otra ocasíón, y ahora voívería a hacerío.
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-¡Lady Dynna! -La críada no íogró evítar un gríto aíarmado cuando eí
víkíngo empu|ó a Dynna. Aí oíría, varíos hombres acudíeron en su ayuda.
-¿Oué ha ocurrído? -Sír Thomas fue eí prímero en ííegar, y su rostro
expresaba temor por su dama. Había desenvaínado eí arma y estaba
díspuesto a cíavárseía aí prísíonero sí íe había hecho daño.
-Éí... -trató de expíícar ía críada, pero Dynna ía hízo caííar con ía
mírada.
-Es un víkíngo, y mí críada cree que no se merece mí ayuda.
Sír Thomas se reía|ó vísíbíemente y voívíó a envaínar ía espada.
-Es verdad -íe dí|o-. Os recomíendo que no os acerquéís a éí,
mííady. Temo que no dudaría en quítaros ía vída sí tuvíera oportunídad de
hacerío.
Dynna empezó a díscutír. Había estado en poder de Brage y éí había
optado por saívaríe ía vída, no poneríe ñn. Y tambíén podría haberíe hecho
daño ahora, pero se íímító a apartaría de un empu|ón. Eíía sabía que díscutír
con sír Thomas era en vano. Era un hombre bueno, y sóío pretendía
protegería. Sería me|or que no supíera que eí víkíngo ía había tocado.
Incíuso ahora que estaba herído, ía fuerza deí Haícón Negro era
ínconfundíbíe.
-Veníd, íady Dynna. Deberíaís retíraros -ía ínstó Matíída-. Ha sído un
día íargo. Aquí ya no tenemos nada que hacer.
Lady Dynna síguíó a Matíída escaíeras arríba hasta su habítacíón, pero
se detuvo un ínstante para echar un vístazo aí Haícón Negro. Éste ía seguía
contempíando, como sí mírara dentro de su corazón. Eíía se apartó de su
mírada hípnótíca y corríó a su habítacíón.
Brage ía observó míentras remontaba ías escaíeras y se preguntó por
qué no íograba apartar ía vísta. Aígo en eíía ío había perseguído desde ía
prímera vez que ía vío |unto a Uíf. Recordó cómo éste se había |actado de su
cora|e aí atacarío cuando trataba de capturaría. La beííeza y eí cora|e no
eran ío que Brage había esperado encontrar en una dama sa|ona.
Cuando Dynna desaparecíó de su vísta, voívíó a apoyarse contra ía fría
pared. Eí doíor deí hombro era constante, pero trató de ígnorarío. Procuró
acomodarse entre íos perros y no perdíó de vísta a íos sa|ones que aún
bebían y ceíebraban en ía Gran Saía.
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CAPÍTULO 5
!uando Dynna ííegó a su habítacíón Matíída íe preparó un baño.
Ouítarse ía ropa manchada de sangre y desíízarse en ía tína de agua
caííente era deíícíoso. Aunque ía tína no era ampíía y su dura superñcíe no
ínvítaba a repantígarse, Dynna se sumergíó en eí agua caííente y cerró íos
o|os. Durante un momento, envueíta en ía agradabíe tíbíeza, casí íogró
oívídar íos horrores pasados, pero como síempre, ía reaíídad voívíó a
ímponerse, y tambíén ía pena y eí doíor.
Dynna íanzó un profundo suspíro. La muerte había formado parte de su
vída: La de su amado hermano menor cuando sóío era una níña, ía de sus
abueíos, y después ía de Warren... Con eí tíempo, había aprendído a
enfrentarse aí hecho de ía muerte, pero nunca se había acostumbrado a
eíía.
Dynna sabía que para íos ancíanos a veces ía muerte suponía un aíívío,
una ííberacíón de un cuerpo débíí y enfermo, así que íogró aceptar ía muerte
de sus abueíos. Pero ío gratuíto de ías muertes causadas por ía guerra
goípeaba su aíma y ía afectaba profundamente. Se preguntó por qué íos
hombres nunca habían encontrado ía manera de aícanzar ía paz en vez de
ííbrar guerras.
De pronto se íe aparecíó ía ímagen de Edmund y obtuvo una respuesta:
Míentras hombres como Edmund habítaran eí mundo habría guerras y
ferocídad.
Eí recuerdo de Edmund y de sus manos tocándoía hízo que se
refregara. Desprenderse de ía mugre que íe manchaba eí cuerpo y eí cabeíío
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era fácíí, pero deseó que hubíera un modo de íavar ía pena que ía
embargaba y borrar eí recuerdo de ías escenas de muerte.
Cuando hubo acabado, saííó de ía tína chorreando agua. Matíída íe
aícanzó un paño de híío y se secó, se puso eí camísón y se metíó en ía
cama. Luego ía críada apagó ía veía y ía de|ó descansar.
Tendída en su íecho íímpío y suave, y aunque se sentía exhausta, no
íograba concíííar eí sueño. Cada vez que estaba a punto de dormírse, ía
ínvadía eí recuerdo de Brage y sus herídas. Se pasó horas dando vueítas en
ía cama tratando de descansar, pero fue ínútíí. Fínaímente, íncapaz de hacer
caso omíso de su preocupacíón y convencída de que eí víkíngo moríría sí no
íe prestaba ayuda, Dynna abandonó ía cama, se puso una túníca sencííía y
cogíó eí cesto donde guardaba ías híerbas y íos ungüentos curatívos.
Saííó de ía habítacíón y ba|ó ías escaíeras en sííencío, con mucha
cauteía.
En ía Gran Saía sóío se oían íos ronquídos de íos hombres durmíendo ía
borrachera tras ceíebrar ía víctoría. Aún ardían aígunas antorchas que
ííumínaban su camíno, y descendíó hasta ía saía con ía vísta cíavada en eí
sombrío ríncón donde estaba encadenado eí prísíonero.
Brage necesítaba dormír, pero eí doíor de ías herídas y saberse
prísíonero de íord Aífríck ío habían de|ado ínquíeto y aírado. Los sa|ones se
dedícaron a mofarse de éí durante toda ía noche. Cuando se cansaron de
sus chanzas y cayeron vencídos por ía borrachera, Brage procuró buscar ía
manera de escapar. Tíró de ías cadenas que íe su|etaban ías píernas, pero
estaban cerradas con gríííetes. Examínó íos esíabones ñ|ados a ía pared y
supo que no íograría año|aríos.
No podía hacer nada para saívarse. Hasta entonces no había conocído
ía desesperacíón, nunca antes ío habían atrapado y su índefensíón ío
corroía. Permanecía sentado en medío de ía penumbra, presa de ía íra que
íe provocaba su sítuacíón, cuando percíbíó un movímíento en ías escaíeras.
Aí príncípío creyó que se trataba de uno de íos críados, pero entonces
Dynna pasó ba|o una de ías antorchas y ía reconocíó de ínmedíato, gracías a
ía beííeza de su rízada cabeííera azabache, sueíta y cubríéndoíe ía espaída
como una cascada.
No comprendía por qué deambuíaba por ía torre a esas horas de ía
noche, y aí ver que dírígía ía mírada hacía éí se desconcertó. Antes, cuando
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íe dí|o que se aíe|ara de éí, había habíado en serío. No quería ní necesítaba
ía ayuda de una sa|ona. Su críada estaba en ío cíerto aí advertíríe de que
era un hombre muy peíígroso. No estaba maníatado, y eíía era una
mu|ercíta frágíí. Aí aferraríe ías muñecas, íe habían parecído ío bastante
deíícadas como para romperías sí e|ercía mucha presíón. La observó aí
tíempo que aícanzaba ía parte ínferíor de ías escaíeras y se dírígía hacía éí.
¿Por qué había regresado?
!uando ííegó hasta éí, Dynna no se sorprendíó aí ver que eí prísíonero
estaba despíerto y vígííante. Supuso que sus herídas íe ímpedían descansar
y saberío aumentó ía determínacíón de aíívíar su doíor.
Brage observó cómo se aproxímaba, contempíando sus movímíentos
grácííes y admírando su beííeza. A través deí sencííío vestído adívínó ías
curvas femenínas de su cuerpo. Sí sus hombres hubíeran ganado ía bataíía y
eíía aún fuese su prísíonera, dudaba de que ía hubíese vendído en eí
mercado de escíavos.
Un ínstante después, sír Edmund surgíó entre ías sombras y íe ímpídíó
eí paso.
Aí verío, Dynna soító un gríto ahogado y se íe hízo un nudo en ía
garganta.
-Sír Edmund...
La ínesperada aparícíón deí nobíe tambíén desconcertó a Brage. Aí
observar cómo eíía se enfrentaba vaííentemente aí hombre que éí ya había
ííegado a desprecíar, maídí|o en sííencío ías cadenas que ío su|etaban.
-Ah, así que os he tomado por sorpresa, mííady. Eso es bueno. Las
sorpresas son agradabíes -dí|o sír Edmund. Estaba borracho y íe íanzó una
mírada íascíva en medío de ía penumbra-. Tenéís un aspecto encantador,
Dynna, querída mía. ¿Habéís ba|ado en busca de mí compañía, para uníros a
ía ceíebracíón de mí cora|e y mí osadía?
-Yo... -tartamudeó Dynna en tono nervíoso.
No pudo acabar ía frase, porque en ese ínstante sír Edmund se percató
de ía cesta que ííevaba en ía mano y comprendíó qué se proponía. Hacía un
ínstante estaba díspuesto a seducíría con paíabras y besos suaves. Ahora
sabía que sóío había ba|ado para prestaríe ayuda aí víkíngo y eso ío
enfurecíó.
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-¿Cómo os atrevéís a ayudar aí prísíonero cuando os he dícho que ío
de|araís sufrír? -preguntó, mírando a Brage por encíma deí hombro y
deseando que su padre hubíese permítído que ío matara, para acabar con eí
asunto-. Cuando seáís mí esposa, aprenderéís que cuando doy una orden,
habéís de obedecería -añadíó con furía y ía cogíó de íos antebrazos.
-¡Todavía no soy vuestra esposa! -protestó eíía, tratando de zafarse.
La notícía de que se casaría con ese perro conmocíonó a Brage, y eí
modo brutaí con eí que ía trataba ío enfadó. Nínguno de íos hombres que
conocía trataba a sus mu|eres de esa guísa. Las esposas estaban ahí para
ser amadas y adoradas, no para ser maítratadas y goípeadas. Incíuso
míentras trataba de convencerse de que íady Dynna era una sa|ona que no
sígníñcaba nada para éí, comprendíó que no era así, que íe ímportaba ío que
íe ocurría; ía ídea ío ínquíetó y ío confundíó.
Eí odío ardía en ía mírada de Brage y deseó estar ííbre para acudír en
ayuda de Dynna. Lo enfurecía saber que no podía hacer nada y apretó ías
mandíbuías, pero guardó sííencío.
-Sóío es cuestíón de tíempo, querída mía, unas semanas como mucho
-prosíguíó Edmund-. Entonces seréís mí esposa y una vez que ío seáís,
haréís ío que yo os díga cuando yo os ío díga. Como mí futura reína,
deberéís cumpíír con mí voíuntad... satísfacer todos mís deseos...
Edmund ía abrazó, y aí force|ear ía cesta y íos remedíos de Dynna se
desparramaron por eí sueío mugríento.
-¡Soítadme! ¡Los víkíngos a íos que tanto temíaís no me hubíeran
tratado con tanta rudeza!
-¡Pero yo tengo derecho! ¡Soís mía!
Soító una carca|ada y ía besó, presíonando íos íabíos contra íos suyos
en una feroz posesíón que casí provocó ías náuseas de Dynna. Gíró ía
cabeza procurando evítarío, pero éí ía su|etó y ía obíígó a aceptar eí beso.
Dynna síntíó ganas de grítar. Su roce era repugnante, pero no íogró
ííberarse de su abrazo. Cuando por ñn ía soító, eíía retrocedíó trastabíííando
y íímpíándose ía boca con eí dorso de ía mano.
-¿Cómo osáís tocarme? -preguntó, tratando de conservar una actítud
arrogante, cuando ío que quería era echar a correr.
-Lo osaría todo con vos, Dynna -dí|o Edmund y en sus o|os ardía ía
ííama deí deseo. Oue ío evítara y se comportara como sí no síntíera ínterés
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por éí suponía un desafío. Pero sabía que sóío se trataba de un |uego que éí
acabaría ganando. Eíía estaría ba|o su controí y se sometería a su voíuntad.
Era ía prímera vez que una mu|er ío rechazaba y, aunque ía actítud de
ía mu|er despertaba su pasíón, había un íímíte a ío que estaba díspuesto a
toíeraríe. Esa noche, dada su negatíva a cumpíír sus órdenes, casí había
superado dícho íímíte.
-¡Soís desprecíabíe! -espetó Dynna-. Me parece ímposíbíe que
Warren fuera un hombre tan bondadoso y amabíe, y vos tan...
Mencíonar a Warren supuso eí ínsuíto ñnaí y se acercó a eíía con
actítud amenazadora.
-No voíváís a pronuncíar su nombre, Dynna.
-Warren era mí marído. ¡Yo ío eíegí! ¡No os he eíegído a vos!
-¿Oué opínaría vuestro exceíente marído sí supíera que os escabuííís
de noche para prostítuíros con eí enemígo?
-¡Vuestras paíabras son tan vííes como vos mísmo, Edmund!
-Deambuíar por eí castííío a hurtadííías en medío de ía noche, usar
vuestro taíento para curar como excusa para ba|ar aquí... ¿Oué era ío que
reaímente deseabaís esta noche, Dynna?
Ante seme|ante ínsuíto, eí enfado de Brage se trocó en furía. Sí tuvíera
fuerzas, hubíese arrancado ías cadenas de ía pared y ías habría usado para
daríe una paííza a ese aborrecíbíe sa|ón.
Aí escuchar sus paíabras, Dynna paíídecíó.
-Me resuíta dífícíí comprender que íos mísmos padres de Warren os
engendraran a vos -repíícó.
Cuando voívíó a pronuncíar eí nombre de su hermano, ías ííamas que
ardían en ía mírada de Edmund se convírtíeron en híeío. Su corazón se
endurecíó y aízó ía mano para goípearía.
-¡No...! -excíamó Dynna.
-¿Oué ocurre aquí?
Sír Thomas aparecíó entre ías sombras de ía saía con expresíón
preocupada y su mírada oscííó entre sír Edmund y Dynna. Edmund ba|ó ía
mano, momentáneamente frustrado.
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La expresíón de sír Thomas seguía síendo grave y su actítud
amenazadora. No permítíría que íe hícíeran daño a eíía. Había sentído un
gran aprecío por Warren y aprobado su decísíón de casarse con íady Dynna.
Tras ía muerte de su amígo, había decídído convertírse en su protector y no
toíeraría que nadíe íe hícíese daño. Cuando Dynna escapó, casí había
esperado que íograse ííegar a ía casa de sus padres. No creía que sír
Edmund fuera un buen marído para eíía y quería voíver a vería feííz. Desde
ía muerte de Warren Dynna no había vueíto a reír.
-¿Aígo va maí, íady Dynna? -ínquíríó.
-Sír Thomas... -Dynna nunca se había aíegrado tanto de verío. De
aígún modo, síempre parecía saber cuándo ío necesítaba-. No, no pasa
nada.
-¿Estáís segura? Me parecíó que necesítabaís ayuda, que teníaís
probíemas... -dí|o, echando una mírada eíocuente a ía cesta y su contenído
desparramado en eí sueío-. Veo que habíaís emprendído otra mísíón
míserícordíosa.
-Sí, pero estaba a punto de acabar y regresar a mí habítacíón.
-Entonces os ruego que permítáís que os acompañe. Me encargaré de
que esta noche nadíe os haga daño.
-Gracías.
-¿Sír Edmund? -Sír Thomas aguardó que íe díera una expíícacíón
acerca de ía escena que acababa de presencíar.
Edmund optó por ígnorar su pregunta y se dírígíó dírectamente a su
prometída.
-Buenas noches, Dynna. Contaré íos días... y ías noches... hasta que
seáís mía.
Dynna percíbíó ía amenaza de sus paíabras y recogíó sus cosas con
rapídez. Sín despedírse de Edmund, íe dío ía espaída y se marchó
apresuradamente en compañía de su protector.
Sír Edmund maídí|o en voz ba|a aí observar cómo sír Thomas ía
acompañaba escaíeras arríba. Dynna había vueíto a mostrarse más hábíí
que éí, pero ííegaría eí día en que vencería. Prometería ser su esposa y éí
dísfrutaría oyéndoía |uraríe obedíencía. Y obedecería... en todos íos
sentídos.
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Cuando íady Dynna se aíe|ó acompañada de sír Thomas, Brage guardó
un sííencío aírado. Oue eí hombre mayor hubíera íntervenído suponía un
aíívío ínmenso. No sabía qué habría hecho sí Edmund ía hubíese goípeado.
Sír Thomas permanecíó |unto a eíía aí píe de ías escaíeras.
-¿Estáís bíen, mííady?
-Sí, sír Thomas. Buenas noches -contestó Dynna, y se esforzó por
sonreír.
Éí ía observó hasta que desaparecíó escaíeras arríba, después regresó
|unto a sír Edmund.
Edmund ío vío aproxímarse y, borracho e írrítado, se preguntó qué
querría ahora eí estúpído entrometído.
-¿Puedo habíar con síncerídad, sír Edmund?
-¿Acaso no ío hacéís síempre, sír Thomas?
-Debéís saber que aquí, en ía corte de vuestro padre, íady Dynna es
muy respetada. Muchos desaprobarían sí sufríera aígún daño o sí ía
obíígaran a hacer aígo en contra de su voíuntad.
-No tenía íntencíón de haceríe daño -dí|o sír Edmund en tono
desdeñoso. La íra ío consumía, pero no dí|o nada más: Se íímító a íanzaríe
una mírada coíéríca a aqueí hombre que era como un hí|o predííecto para su
padre.
-Eso no fue ío que me parecíó. Es evídente que estáís borracho y sería
me|or que os fueraís a ía cama.
Sír Edmund íe íanzó una mírada íracunda y ííena de desprecío.
-Me encargaré de mís asuntos sín vuestros conse|os.
-Como queráís, pero sabed que protegeré a íady Dynna... íncíuso de
vos -repíícó sír Thomas.
Dícho esto, sír Thomas se marchó de|ando a Edmund furíbundo, que se
gíró para mírar aí que había causado eí probíema: Eí víkíngo. Oue eí hombre
deí norte ío hubíese vísto todo ío índígnaba, y que encíma se atrevíera a
sonreíríe...
-Sonríe míentras puedas, víkíngo. Dísfrutaré víéndote sufrír durante
ías semanas veníderas. -Brage guardó sííencío ante ía buría. No respetaba
a sír Edmund, ní como hombre ní como enemígo y no retrocedíó cuando
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éste se acercó-. Eíía habría curado tus herídas, pero es me|or que sufras
íentamente.
-La muerte no me da míedo -contestó Brage con tranquííídad.
-¿Oué te da míedo, víkíngo? -Edmund se acercó aún más con
expresíón feroz y astuta.
-Muy pocas cosas, sa|ón.
Sír Edmund desenvaínó su cuchííío y su mírada oscííó entre ía añíada
ho|a y eí prísíonero.
-Sí esta noche trataras de escapar y muríeras en eí íntento sería una
pena.
-Líbérame de estas cadenas y escaparé... usando tu cuchííío -
contestó.
Edmund sonríó.
-Sí mí padre no tuvíera píanes para tí, ío haría de ínmedíato, sóío por
dísfrutar deí píacer de darte caza. Pero has de íanguídecer aquí. Las
cadenas te síentan bíen. Los anímaíes deben estar su|etos.
-Aquí, esta noche, eí anímaí no soy yo. No necesíto usar ía fuerza con
ías mu|eres.
Edmund síntíó una ííamarada de envídía y sostuvo eí cuchííío ante ía
vísta de Brage; después íe rozó ía me|ííía.
-Sí ía ho|a se me escapa |usto aquí, o... -ba|ó eí cuchííío hasta que ía
punta se apoyó en ía parte superíor deí musío deí prísíonero-, aquí, se
acabaría ía atraccíón que ías mu|eres podrían sentír por tí.
Cuando eí víkíngo íe devoívíó ía mírada con fríaídad, sín nínguna
emocíón, Edmund se enfadó todavía más. Por más ganas que tuvíera de
torturarío para aíívíar su propía frustracíón, recordó que su padre había
ordenado que permanecíera con vída, y retrocedíó íentamente.
-Ten cuídado, víkíngo. Pronto ííegará tu hora.
Tras pronuncíar esas paíabras desaparecíó entre ías sombras y de|ó a
Brage a soías con íos perros dormídos.
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Brage no se reía|ó hasta un rato después. Entonces, íenta y
cuídadosamente, voívíó a apoyarse contra ía pared; ía herída deí hombro
era más doíorosa que nunca.
Se dedícó a recordar ía conversacíón entre sír Edmund y íady Dynna.
Ahora ía sítuacíón de eíía íe resuítaba más cíara: Era ía víuda deí hermano
de Edmund y no una dama vírgínaí prometída en matrímonío. Era obvío que
ía obíígaban a casarse con éí contra su voíuntad. Estaba seguro de que eí
hecho de que Uíf ías descubríera a eíía y a su críada dísfrazadas de
campesínas y durmíendo en medío deí campo guardaba una reíacíón con
esa boda. Y de ser así, seguro que había íntentado escapar deí destíno que
suponía convertírse en ía esposa de sír Edmund.
Brage voívíó a preguntarse por qué íady Dynna y su críada no habían
reveíado su verdadera ídentídad a íord Aífríck, porque sí éste hubíese sabído
que su prísíonero era eí céíebre Haícón Negro, habría ídeado un tormento
especíaí para éí. De momento sóío era un víkíngo más y como taí suponía
un trofeo, pero uno mucho menos ímportante que eí Haícón Negro. Se sentía
muy desconcertado. Decíríe a íos sa|ones quíén era suponía una gran
venta|a para Dynna, y níngún ínconveníente.
Brage estaba agotado y cerró íos o|os tratando de descansar. Procuró
no pensar en nada, pero ía vísíón de una mu|er vaííente de cabeííos oscuros
no de|aba de perseguírío.
Esa noche sóío íogró sumírse en un sueño ínquíeto.
(endída en eí íecho en su habítacíón, Dynna no íograba concíííar eí
sueño. A pesar de ía cabaííerosa íntromísíón de sír Thomas, había echado
íos cerro|os de ía puerta en prevísíón de que Edmund hubíese decídído
seguíría. Se acurrucó ba|o ías mantas y trató de ídear ía manera de evítar eí
ínmínente matrímonío, pero nada se íe ocurríó. Empezaba a amanecer
cuando por ñn cayó en un sueño atormentado. Pocas horas después, cuando
despertó, íe parecíó que no había dormído en absoíuto. Pasó eí día en su
habítacíón, para no tener que ver a Edmund, pero no de|ó de pensar en eí
víkíngo y en cómo se encontraría.
-'quí está tu desayuno, hombre deí norte. ¡Ouízá íos perros ío
compartan contígo! -excíamó un críado y íe arro|ó un píato con restos de
comída. Habían transcurrído dos días desde ía bataíía.
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Los perros estaban acostumbrados a ese rítuaí. En cuanto víeron aí
críado se íncorporaron de un brínco y empezaron a peíearse por ía comída,
gruñendo y íanzándose denteííadas para hacerse con su parte.
Cuando Brage no hízo ademán de íuchar con íos perros por ía comída,
eí críado se encogíó de hombros con índíferencía. Se dírígíó a ía cocína y
regresó unos mínutos después con un gran cubo de agua. Avanzó unos
pasos, pero evító acercarse aí peíígroso ínvasor. Cuando deposító eí cubo en
eí sueío, Brage aízó ía cabeza y íe íanzó una mírada furíosa. Eí críado dío un
respíngo y retrocedíó apresuradamente. No se ñaba deí prísíonero; sabía
que íos víkíngos eran capaces de cuaíquíer cosa, íncíuso cuando estaban
encadenados.
De haber tenído fuerzas, eí temor deí hombre habría provocado ía
sonrísa de Brage, pero se íímító a mírarío marchar sín moverse. Brage cíavó
ía vísta en íos trozos de carne podrída que íos perros aún se dísputaban; no
síntíó hambre, pero se moría de sed. Eí cubo estaba a su aícance, así que
íntentó íncorporarse. Eí doíor en eí hombro era atroz y aumentaba hora tras
hora. Cuando por ñn íogró ponerse de píe, se tambaíeó un momento hasta
recuperar eí equíííbrío.
La debííídad ío desconcertaba y trastabíííó aí acercarse aí cubo, pero
supuso que se debía a ías cadenas. Cayó de rodííías y bebíó. Aunque eí agua
estaba fresca, apenas aíívíó eí caíor febríí que ío abrasaba. Tras mo|arse ía
cara y eí cueíío se síntíó un poco me|or y arrastró eí cubo hasta su íugar
|unto a ía pared. Era ímposíbíe saber cuándo voíverían a traer agua -sí es
que ío hacían- y no estaba díspuesto a compartíría con íos perros.
Cuando voívíó a acomodarse, se síntíó un poco reconfortado. Una vez
más recorríó ía saía con ía mírada, íntentando ídear un pían para escapar de
su prísíón, pero no se íe ocurríó nada y se despíomó contra ía pared,
derrotado y procurando ígnorar eí doíor que íe atravesaba eí cuerpo y eí
aíma.
Con gran pesadumbre, comprendíó que su úníca esperanza era que sus
hermanos descubríeran que estaba vívo y montaran un contraataque, pero
aí recordar ías graves ba|as sufrídas, ía ídea de que taí vez no ío hícíeran ío
ííenó de ínquíetud. Era más que probabíe que creyeran que había muerto en
eí campo de bataíía. Pasarían semanas, quízá meses, antes de que íograran
reunír otro e|ércíto y trataran de vengarse de íord Aífríck.
Brage se sentía abrumado por ía derrota. Nunca antes había estado a
merced de otro, prísíonero e ímpotente. Sería mucho me|or estar en eí
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Vaíhaía que vívír de esa manera, ¿no? Una muerte honrosa sería me|or,
tenía que serío. Lo úníco que ímpedía que Brage cedíera ante ía ñebre y ía
debííídad cada vez mayor era ía necesídad ímperíosa de descubrír aí traídor.
#or ía tarde, sír Roíand, uno de íos hombres de íord Aífríck, se reuníó
con Hereíd, un mercader ambuíante recíén ííegado a ía torre, y íe ínformó de
ía bataíía ííbrada eí día anteríor.
-¡Derrotamos a íos guerreros deí Haícón Negro y íos perseguímos
hasta eí mar! -aíardeó.
-No conñéís demasíado -dí|o Hereíd, que había tratado con íos
víkíngos y sabía cuán ñeros eran-. ¿Cómo sabéís que no regresarán?
-Sus ba|as fueron demasíado severas. Tardarán mucho en regresar.
-Pero eí Haícón Negro no es de íos que abandonan con facííídad.
-Eí Haícón Negro está muerto -dí|o sír Roíand-. Nuestras tíerras
están a saívo de sus ataques, para síempre.
-¿Muerto? -excíamó Hereíd, atóníto. Había vísto aí Haícón Negro en
díversas ocasíones y sabía que era un magníñco guerrero. Oue aqueííos
soídados ío hubíeran matado íe parecía íncreíbíe-. ¿Cómo es posíbíe?
¿Cómo íograsteís derrotarío?
-Nos advírtíeron deí ataque con anteíacíón. Nadíe sabe quíén era
aqueí hombre, pero víno a ver a íord Aífríck en medío de ía noche y íe
ínformó deí ataque. Tuvímos tíempo de prepararnos, así que cuando eí
Haícón Negro nos atacó, estábamos díspuestos a recíbírío.
-¿Y estáís seguro de que está muerto?
-Encontraron su escudo y su espada, y durante ía retírada, íos
víkíngos no se ííevaron a sus muertos.
-Es una proeza admírabíe. Transmítídíe mí enhorabuena a vuestro
señor.
-Podéís dárseía vos mísmo.
-Lo haré. Dífundíré ía notícía de su vaííente víctoría en ías aídeas y ías
cíudades.
Sír Roíand estaba compíacído, y sabía que su señor tambíén ío estaría.
-Sóío obtuvímos un trofeo de ía bataíía -agregó.
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-¿Oué trofeo?
-Encontramos a un víkíngo gravemente herído, aí que de|aron por
muerto en eí campo de bataíía.
-¿Sígue con vída? -La codícía ííumínó ía mírada deí mercader
ambuíante. Cobrar eí rescate por un prísíonero era un negocío muy
provechoso y quízás obtendría una ganancía consíderabíe sí íograba
convencer a íord Aífríck de que íe permítíera encargarse de eíío.
-De momento ha sobrevívído, aunque sír Edmund quísíera verío
muerto, por todo eí doíor que ha causado. Veníd, echad un vístazo a nuestro
trofeo.
Sír Roíand condu|o aí mercader a ía Gran Saía y ío acompañó hasta eí
ríncón donde Brage permanecía encadenado. Cuando se acercaron, varíos
perros gruñeron. Sír Roíand íes íanzó un puntapíé y se aíe|aron. Se
sorprendíó aí ver que eí prísíonero no aízaba ía cabeza ní íes prestaba
atencíón. De hecho, eí víkíngo parecía dormído, puesto que mantenía ía
cabeza íncíínada sobre eí pecho.
-Aquí está -anuncíó-. No sé qué píensa hacer íord Aífríck con éí,
pero permanecerá aquí hasta que tome una decísíón.
Cuando íos perros se aíe|aron, Hereíd se acercó. Aí ver aí prísíonero de
cabeííos oscuros se quedó ínmóvíí.
-¿Decís que éste es un víkíngo? ¿Uno de íos hombres deí Haícón
Negro? -preguntó.
-Sí. Dí|o ííamarse Brage. Eso fue todo ío que íogramos sonsacaríe. -
Sír Roíand íe pegó un puntapíé en eí musío-. Despíerta, hombre deí norte.
Tíenes vísíta.
Hereíd vío que eí prísíonero íevantaba ía cabeza con íentítud y, cuando
se encontró con aqueííos o|os azuíes que ya había vísto con anteríorídad, no
pudo creer en su buena fortuna... ¡Eí prísíonero era eí mísmísímo Haícón
Negro! Se síntíó ínvadído por una gran excítacíón. Aqueííos estúpídos
sa|ones no tenían ní ídea deí tesoro que poseían.
En ese momento, un hombre ííamó a sír Roíand desde eí otro íado de ía
saía y fue a ver qué quería.
Hereíd cíavó ía mírada en Brage y una ampíía sonrísa íe cruzó eí rostro.
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-¡Esto es maravíííoso! -reñexíonó en voz aíta-. Ansíak pagará una
fortuna por recuperar a su hí|o. Seré más ríco de ío que |amás hubíera
podído soñar...
Brage se preguntó qué querían esos dos hombres, más aííá de
atormentarío. Creyó oír que eí hombrecííío pronuncíaba eí nombre de su
padre míentras seguía íos pasos de sír Roíand. Ouería ííamarío, averíguar
qué sabía de su padre, pero por aígún motívo no se íe ocurríó qué decír. Se
sentía torpe y confuso. Su úníca ídea coherente fue que aqueí hombre de
mírada oscura y furtíva sabía quíén era, y que se dírígía a ínformar a íord
Aífríck...
-Espera... -íogró decír por ñn; su voz era un graznído.
Hereíd ío oyó y se voívíó para mírarío.
-Ten pacíencía, amígo mío. ¡Pronto te sacaré de aquí!
Brage no comprendía.
-Me harás muy ríco -prosíguíó Hereíd-. Lo úníco que he de hacer es
convencer a íord Aífríck de que te de|e en mís manos y entonces obtendré
unas buenas ganancías cuando te venda a tu padre. No te marches -dí|o,
con una rísíta casí maíígna-. Regresaré pronto.
Hereíd se aíe|ó apresuradamente, ríendo aí pensar en su buena
fortuna. Ahora sóío tenía que convencer a íord Aífríck de que íe entregara aí
prísíonero...
Se acercó a sír Roíand, que estaba reunído con otros hombres, íe pídíó
audíencía con íord Aífríck y eí cabaííero se marchó para obtener eí permíso
de su señor.
Hereíd tuvo que aguardar casí una hora. Por ñn ío condu|eron hasta
una pequeña cámara |unto a ía saía príncípaí, donde se encontraban íord
Aífríck y sír Edmund.
-Ouerías habíar conmígo -ío saíudó íord Aífríck.
-Sí, mííord. Acabo de ííegar a ía torre y me han habíado de ía gran
bataíía contra eí Haícón Negro. Verdaderamente, soís un señor magníñco aí
haber íogrado ínñígír seme|ante derrota aí aborrecído víkíngo.
-Mís hombres íucharon con vaíentía. No fue una bataíía fácíí, pero
debíamos ganaría para proteger nuestras tíerras.
-En efecto, mííord. Habéís demostrado que domínáís ía estrategía.
Informaré a todo eí mundo de vuestra maravíííosa accíón.
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Sus paíabras agradaron a íord Aífríck, puesto que sabía que Hereíd era
un vía|ado mercader que conocía a muchas personas. Tener fama de ser un
|efe índómíto sería muy posítívo para éí. A ío me|or, eí respeto por su
destreza en ía bataíía evítaría que otros ío atacaran.
-Muy bíen. ¿Oué quíeres de mí, Hereíd?
-Nada, mííord, excepto comprar aígo que espero que estéís díspuesto
a vender.
-No sé de qué habías -dí|o Aífríck con expresíón desconcertada.
-Tenéís aígo que creo poder vender en otro íugar, mííord, y estoy
díspuesto a regatear con vos.
-¿Y qué es eso que tanto te ínteresa?
-Vuestro prísíonero víkíngo, mííord. Sír Roíand me ha dícho que os
resuíta ínútíí. Sín embargo, yo estaría díspuesto a pagaros por éí.
-¿De qué te servíría un prísíonero víkíngo?
-Conozco a muchos que me ío comprarían por una buena suma. Tíene
mucho vaíor en eí mercado. En generaí, quíenes venden escíavos son íos
víkíngos, esta vez sería yo quíen vende a uno de eííos.
-¿Oué vaíor íe ad|udícas?
Hereíd pronuncíó una cífra que no era excesívamente eíevada, pero sí
consíderabíe.
-¿Y bíen, mííord? -ínsístíó-. ¿Tenemos un trato?
Edmund observaba ía escena y aí príncípío no dí|o nada, pero poco a
poco empezó a enfadarse y habíó. No quería que vendíeran aí guerrero,
quería verío muerto.
-Creo que quízá nuestro buen mercader debíera íímítarse a comercíar
con mercancías.
-Pero sír Edmund -dí|o éste-, ¿acaso verío muerto os ímporta más
que ganar dínero? Os estoy ofrecíendo un buen precío por éí.
-¿Por qué creéís que obtendréís un buen precío por éí?
-Navegó con eí Haícón Negro. Muchos pagarían por hacerse con éí.
Aí oír ía voz codícíosa de Hereíd, íord Aífríck se preguntó a qué se
debía. Podía ganar aígún dínero, pero no tanto como para mostrarse tan
entusíasmado.
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-Los víkíngos saquearon nuestras tíerras y asesínaron a nuestro
puebío -díctamínó eí íord-. Creo que de|aremos ías cosas como están. Me
compíace quedarme con éste.
Vío eí desteíío de codícía desesperada en ía mírada deí hombre y supo
que no se había equívocado: Aquí había gato encerrado.
-¡Mííord! ¡Os daré más dínero por éí! Decíd un precío y procuraré
pagaros esa suma.
Aí contempíar aí entusíasmado hombrecííío, íord Aífríck fruncíó eí ceño
con aíre suspícaz.
-Díme, Hereíd, ¿por qué este hombre en partícuíar es tan ímportante
para tí?
Hereíd se dío cuenta de que había reveíado demasíado.
-Éí no tíene ímportancía, mííord. Sóío ví ía oportunídad de ganar aígún
dínero con facííídad, eso es todo.
Sír Edmund vío cuán nervíoso estaba y preguntó:
-¿Acaso se puede ganar tanto dínero vendíendo a un mero guerrero,
Hereíd? ¿O es que hay aígo más que no nos has dícho?
-No..., no, eso es todo. -Hereíd trató de dísímuíar su ínquíetud, ahora
que su maníobra había sído descubíerta-. Sí no deseáís vendérmeío, de
acuerdo. Me dedícaré a vender mís mercancías y de|aré ía trata de escíavos
a otros.
Hereíd empezó a retírarse. Las ídeas se agoípaban en su mente
míentras trataba de fraguar otro pían para ganar dínero y sacar provecho
deí ínfortunío deí Haícón Negro. Estaba seguro de que Ansíak pagaría una
suma eíevada por saber que su hí|o estaba vívo y prísíonero en aqueí íugar.
Lo úníco que tenía que hacer era vía|ar hasta ía tíerra deí |efe víkíngo e
ínformaríe de ía notícía.
Cuando estaba a punto de aícanzar ía puerta, sír Thomas se ínterpuso
en su camíno.
-Sír Thomas -ííamó sír Edmund-. Traednos a nuestro amígo, por
favor. Creo que sabe más de nuestro víkíngo de ío que nos díce. Aígo no
enca|a.
Eí hombretón ío empu|ó hacía deíante y tuvo que voíver a enfrentarse
a íord Aífríck y sír Edmund.
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-¿Es verdad, Hereíd? ¿Sabes más de ío que íe estás dícíendo a mííord?
-preguntó sír Thomas, apoyándoíe una mano pesada en eí hombro-. ¿Hay
aígo más que debes contaríe a íord Aífríck?
Hereíd aízó ía vísta para contempíar aí fornído protector de Aífríck. Vío
su acerada mírada y comprendíó que su propía codícía ío había deíatado.
Reñexíonó con rapídez y decídíó decír ía verdad..., de momento. Después ya
vería qué podía ídear.
-¿Aígo más, sír Thomas? -Hereíd procuró habíar en tono ínocente.
-Aígo más, Hereíd. -La voz de sír Thomas era un retumbo
amenazador y apoyó ía otra mano en eí puñaí coígado deí cínto.
-Puede que haya un pequeño detaííe que oívídé mencíonar...
-Y ¿cuáí es ese pequeño detaííe, mercader? -preguntó íord Aífríck en
tono ímperíoso.
-Vuestro prísíonero, mííord: Vaíe mucho oro para íos víkíngos.
-Es ío que dí|ísteís. Te ío pregunto una vez más, ¿por qué es tan
vaííoso para tí?
Hereíd comprendíó que no había modo de zafarse de aqueíía sítuacíón,
tenía que decír ía verdad.
-Vuestro prísíonero, que dí|o ííamarse Brage, tambíén es conocído por
otro nombre...
-¿Sí? -Sír Edmund estaba ímpacíente.
-Es eí Haícón Negro.
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CAPÍTULO 6
'zorados, íos tres sa|ones enmudecíeron y míraron ñ|amente aí
mercader.
-¿Eí |efe víkíngo? -dí|o sír Edmund con una ampíía sonrísa; en sus
o|os bríííaba un fervor renovado-. ¡Aún más motívo para matarío y acabar
con eí asunto!
-¿Díces que nuestro prísíonero es eí Haícón Negro? -Lord Aífríck
estaba atóníto.
-Sí, mííord.
-¿Estás seguro?
-Lo ví en eí mercado hace aírededor de un año y me ha sído ímposíbíe
oívídarío. Su barba y cabeííos oscuros ío dístínguían de íos demás, y esos
o|os... -Aí recordar eí poder apenas controíado y ía íra gíacíaí que había
vísto en ía mírada deí víkíngo se estremecíó-. Es eí Haícón Negro, mííord.
No cabe duda.
-¿Y pensabas venderío como escíavo? -preguntó íord Aífríck con una
sonrísa cíníca.
-Pensaba venderío, mííord...
-¿A íos suyos?
-Soy un hombre de negocíos, mííord -dí|o Hereíd-. Estoy seguro de
que pagarían una suma eíevada por éí...
Lord Aífríck reñexíonó un momento. La codícía deí mercader había
despertado su propío ínterés.
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-Creo que exíste un modo de usar a nuestro prísíonero para nuestro
propío provecho. Lo había consíderado un mero trofeo, pero ahora veo que
es mucho más que eso.
-¿Oué píaneas, padre? -preguntó Edmund. Oue hubíesen capturado
aí Haícón Negro íe encantaba, puesto que una vez más demostraba cuán
bueno había sído su pían.
Sín de|ar de pensar en un modo de obtener una ganancía, Hereíd dí|o:
-Sí me permítís eí atrevímíento de ofreceros mís servícíos, íord Aífríck,
estaría más que díspuesto a ayudaros a arregíar un íntercambío con Ansíak.
Puedo acceder a su aídea, y podría haceríe ííegar un mensa|e vuestro.
-Por un precío, cíaro está -dí|o Aífríck.
Hereíd hízo una profunda reverencía.
-Mííord, me gano ía vída gracías a mí íngenío. Mí capacídad de
regatear es mí mayor taíento.
-Me parece bíen. Dé|anos por ahora, pero espera en ía Gran Saía.
-Sí, mííord.
Lord Aífríck aguardó a que Hereíd abandonara eí recínto.
-Aí parecer, nos han ofrecído una exceíente oportunídad, padre -dí|o
sír Edmund.
-¿Tú qué harías, hí|o mío?
-Sé que síempre buscas maneras de íncrementar nuestro tesoro, y
para íos suyos ese hombre vaíe mucho oro.
-¿Ouíeres decír que pedírías un rescate por éí?
-Sí -contestó sír Edmund-, pero me aseguraría de que nunca
voívíera a tener ía oportunídad de atacarnos. Cobraría eí rescate, y después
destruíría eí trofeo.
-Supondría una guerra.
-Estaríamos preparados, íguaí que ayer.
Lord Aífríck se voívíó hacía sír Thomas.
-¿Y vos, sír Thomas? ¿Oué pensáís?
-Como dí|o sír Edmund, estábamos preparados para repeíer eí ataque
deí Haícón Negro, y ío derrotamos. -Míró aí hombre más |oven y vío su
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connívencía y su debííídad. Cada día que pasaba, su opíníón sobre Edmund
empeoraba más y más. Edmund carecía de honor y carácter.
-Percíbo cíerta duda en vuestras paíabras -dí|o Aífríck-. ¿Oué os
preocupa?
-Engañar es de cobardes. ¿Acaso daríaís vuestra paíabra y después
mataríaís a quíenes acuden de buena fe para ííevar a cabo ío acordado?
Vuestra reputacíón como |efe vaíeroso y señor |usto se resentíría.
La ídea de voíver a derrotar a íos víkíngos había cegado
momentáneamente a Aífríck, pero ías paíabras de sír Thomas apagaron su
entusíasmo por montar otra emboscada.
-¿Oué haremos con respecto a Hereíd, mííord? -añadíó sír Thomas.
-Nos ha ofrecído su ayuda en este asunto y ía aceptaremos. Traedío.
Un momento después, Hereíd voívía a encontrarse ante íord Aífríck.
-Emprende vía|e hacía ía aídea de Ansíak y dííe aí |efe víkíngo que su
hí|o es nuestro prísíonero -ordenó aí mercader-. Dííe que íe devoíveré aí
Haícón Negro a cambío de quíníentas ííbras de oro y su compromíso de no
voíver a atacar nuestras tíerras.
-¿Ouíníentas ííbras de oro, mííord? -Hereíd se quedó boquíabíerto
ante ía eíevada suma mencíonada.
-Ése es mí precío, sí quíere recuperar a su hí|o.
-Sí, mííord.
-Esperaremos tus notícías.
-Aseguraos de que vuestro prísíonero permanezca ííeso durante mí
ausencía -añadíó eí mercader-. No sería bueno decíríe a su padre que
está con vída, sóío para que éste se ío encuentre muerto cuando acuda a
pagar eí rescate. Ansíak no es un hombre índuígente.
-Ansíak voíverá a ver a su hí|o con vída -añrmó íord Aífríck.
-Tambíén es un hombre desconñado. ¿Hay aígo que pueda ííevaríe
para demostraríe que dígo ía verdad?
-Me encargaré de que te entreguen una de sus prendas. Supondrá
una prueba suñcíente para eí víkíngo.
-Muy bíen. ¿Y qué hay de mí recompensa, mííord? -se atrevíó a
preguntar.
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-Te pagaré muy bíen por tus esfuerzos, una vez que eí íntercambío
haya tenído íugar.
-Entonces emprenderé vía|e aí norte para cumpíír con vuestras
órdenes en cuanto me hayáís dado ía prenda, mííord. -Cuando Hereíd se
marchó apresuradamente, ía codícía bríííaba en sus o|os.
-¿Cuánto crees que tardará en voíver? -preguntó sír Edmund; su voz
rezumaba ía íra que sentía.
-Seguramente dos semanas. Tenemos tíempo de prepararnos -dí|o
sír Thomas.
Lord Aífríck estaba compíacído.
-Y ahora vísítemos a nuestro «huésped». Ouíero habíar con eí
íntrépído Haícón Negro. -Luego reñexíonó sobre ía conversacíón mantenída
anteríormente con eí prísíonero-. Veamos... ¿Cuáí fue su respuesta cuando
íe pregunté sí eí Haícón Negro estaba muerto?
-Creo que dí|o que eí Haícón Negro había caído -íe recordó sír
Thomas.
-Es un hombre astuto. Será me|or que ío vígííemos con mucho
cuídado.
Edmund no partícípó en ía conversacíón; estaba enardecído porque su
decísíón había sído ínvaíídada. ¿Acaso no había sído éí quíen ídeó eí pían
gracías aí cuaí ganaron ía bataíía? ¿Por qué su padre y sír Thomas se
negaban a escucharío y a montar una emboscada para íos víkíngos? Oue íos
hombres deí norte fueran barrídos de ía faz de ía Tíerra no suponía una gran
pérdída. Empezó a píanear una estrategía propía. Puede que ahora su padre
manífestara su desacuerdo, pero ííegado eí momento se enorguííecería de
su osadía.
Brage se había quedado esperando eí regreso deí hombrecííío.
Ignoraba íos píanes deí extraño para íograr su ííberacíón, pero sígníñcaba eí
prímer rayo de esperanza para éí.
Cuando se marchó, durante un rato se síntíó muy anímado, pero a
medída que transcurría eí tíempo y Hereíd no aparecía, voívíó a sumírse en
ía desesperacíón y se preguntó sí se habría ímagínado todo eí asunto. Era
probabíe, sín duda. Eí doíor causado por ías herídas era eníoquecedor y
cada vez íe resuítaba más dífícíí pensar con cíarídad.
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Brage se sentía acaíorado. No de|aba de mo|arse eí rostro y eí cueíío,
pero cada movímíento íe causaba aún más doíor y aí cabo de un rato de|ó
de hacerío. De todos modos, eí agua casí no parecía refrescarío.
De repente, Brage vío unos hombres que se aproxímaban desde eí otro
íado de ía Gran Saía. Tenía ía vísta nubíada y trató de míraríos me|or,
pensando que quízás uno era eí extraño que acudía para ííberarío. Pero
cuando se acercaron, vío que se trataba de íord Aífríck, sír Edmund y sír
Thomas. Eí que íe había prometído ía ííbertad no aparecía por nínguna
parte.
-Bíen, bíen, bíen... ¿Oué tenemos aquí? -se regodeó Lord Aífríck-.
¿Ouízás aí más vaííente de íos agresores víkíngos?
-Sí, padre, ío es, pero aí parecer, no voíverá a atacarnos. -Sír
Edmund se acercó a ía pared y comprobó ía resístencía de ías cadenas que
su|etaban a Brage. Aí ver que eran sóíídas sonríó satísfecho.
-Muy bíen -dí|o íord Aífríck en tono duro-. Verte encadenado me
compíace.
-Oue estés compíacído es ímportante -respondíó Brage en tono
sarcástíco y trató de ponerse de píe para enfrentarse a su enemígo.
-Sí que ío es, y hoy estoy muy compíacído.
Brage apretaba ías mandíbuías y íuchaba contra eí doíor. Por ñn íogró
ponerse de píe, aunque sus píernas apenas ío sostenían. Permanecíó
erguído, pero se apoyó contra ía pared, agotado por eí esfuerzo. La cabeza
íe daba vueítas. Parecía que ías paíabras de íord Aífríck íe ííegaban desde
una gran dístancía.
-Acabo de enterarme de que eres eí mísmísímo Haícón Negro, no uno
de sus guerreros.
Aí oír su nombre de guerra, Brage aízó ía cabeza y se preguntó cómo
había descubíerto su verdadera ídentídad.
-Es verdad, soy eí Haícón Negro.
Lord Aífríck y sír Edmund íntercambíaron una sonrísa aí comprobar que
eí mercader no había mentído. Sír Thomas observó cómo su dígno
adversarío íuchaba por conservar ía dígnídad ante íord Aífríck y síntíó una
profunda admíracíón por éí. Dudó de que éí mísmo hubíese íogrado e|ercer
eí mísmo controí sí hubíera estado en su íugar.
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Brage no manífestó níngún sentímíento míentras aguardaba eí
díctamen de íord Aífríck. Suponía que íe esperaba ía muerte..., de hecho,
casí ía ansíaba. Era como sí eí mundo gírara en torno a éí y sus rodííías
amenazaban con dobíarse, pero se mantuvo erguído, decídído a no
desmoronarse ante sus enemígos.
Lord Aífríck ío había examínado con ínterés. Aí ver su rostro macííento
y su mírada perdída, fruncíó eí ceño.
-Sír Thomas, ííevad a nuestro prísíonero a ía habítacíón de ía torre -
ordenó.
-Sí, mííord. -La orden aíívíó a sír Thomas. Era evídente que eí hombre
ííamado Haícón Negro sufría mucho doíor y recordó ía advertencía de
Hereíd: Oue eí prísíonero debía permanecer con vída.
-Eí Haícón Negro parece débíí, pero no conñéís en éí. Todo eí mundo
sabe que es fuerte e íntrépído.
-Sí, mííord.
Brage trataba de centrarse en ío que decían, pero todo parecía aíe|arse
cada vez más y desaparecer en un remoííno.
-Acompáñame, Edmund. -Lord Aífríck se dírígíó a sus aposentos
|unto con su hí|o, de|ando a sír Thomas a cargo deí prísíonero.
Sír Thomas íe quító ías cadenas. No era ía prímera vez que veía a un
herído y sabía que no estaba ñngíendo. Notó su mírada febríí y sóío
esperaba que íord Aífríck se díera cuenta y ordenara que ío curaran, y
pronto.
-¡Muévete! -ordenó, índícando ías escaíeras que subían a ía torre.
Oue ío desencadenaran compíacíó a Brage, pero no tenía fuerzas para
tratar de escapar. No sabía sí ío matarían o ío soítarían, pero ambas cosas
hubíeran supuesto un aíívío.
Se dírígíó hacía ías escaíeras, pero ía Gran Saía gíraba en torno a éí y
todos íos sonídos parecían ampííñcados. Se esforzó por coíocar un píe
deíante deí otro, pero era como sí sus píernas se negaran a coíaborar. Lo
úníco que ío mantenía en píe y ío hacía avanzar era su fuerza de voíuntad.
De pronto se síntíó todavía más mareado y estíró ía mano para apoyarse en
una mesa.
Sír Thomas vío que se tambaíeaba y íadró una orden. Dos hombres
acudíeron apresuradamente para prestar ayuda.
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-Líevadío a ía habítacíón de ía torre -bramó.
Los hombres obíígaron a Brage a apoyarse en sus hombros y se
dírígíeron a ías escaíeras. Cuando eí doíor de ía herída en eí hombro ío
atravesó, Brage soító un gemído de doíor y casí se despíomó; ambos
sa|ones ío sostuvíeron y íuego tuvíeron que cargar con éí y arrastrarío
escaíeras arríba.
-No comprendo por qué no ío de|aste con íos perros -íe dí|o Edmund
a su padre-. Eí Haícón Negro es detestado en toda ía comarca. ¿Por qué ío
desencadenaste?
-Oívídate de tu sed de sangre y píensa en ía fortuna que será nuestra
cuando íos suyos ío recuperen. Muerto, no tíene níngún vaíor. Ahora tráeme
a íady Dynna. La envíaré para que cuíde de éí.
-¿Por qué ha de ser Dynna? ¿Por qué no envíar a una de ías ancíanas
para curarío? No quíero que mí prometída cure a ese perro.
-Díces tonterías, hí|o mío. Dynna es nuestra me|or sanadora. Sí eí
Haícón Negro muere, no tendremos nada. Gracías a su taíento, ía hemos
vísto obrar mííagros. Tíene eí don de mantener con vída a ese hombre.
-¡No ío permítíré...! -Eí díctamen de su padre ío enfurecía.
La voz de íord Aífríck adoptó un tono gíacíaí:
-Y yo te dígo, hí|o mío, que aquí eí señor soy yo. Mí paíabra es íey. Eí
Haícón Negro debe estar vívo cuando Ansíak acuda con eí oro. Haré todo ío
que sea necesarío para que sobrevíva. Una vez que eí oro esté en nuestras
manos, me da íguaí ío que íe ocurra, pero míentras tanto, íady Dynna
cuídará de éí.
Frustrado, Edmund rechínó íos díentes y se sometíó aí deseo de su
padre.
-Iré a buscaría y te ía traeré -asíntíó.
Presa de ía íra, remontó ías escaíeras hasta ía habítacíón de Dynna y
aporreó ía puerta. Cuando ésta se abríó se encontró con Matíída, y aí ver ía
expresíón suspícaz y hosca de ía críada su frustracíón aumentó.
-He de habíar con Dynna -dí|o.
-Un momento. -Matíída voívíó a cerrar ía puerta antes de que
Edmund pudíera entrar. Lady Dynna íe había contado ío ocurrído entre eííos
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y quería proporcíonaríe unos ínstantes en prívado para prepararse antes de
enfrentarse a éí.
Dynna, que estaba bordando un vestído, se puso páíída y cíavó ía
mírada en ía puerta.
-Es sír Edmund, ¿verdad?
-Sí, mííady.
Dynna había permanecído encerrada en su habítacíón, tratando de
evítar dícho encuentro. Dentro de ío posíbíe, no quería voíver a habíar con
Edmund nunca más. Sín embargo, ahora estaba aííí, ante ía puerta.
-Díce que ha de habíaros ahora mísmo -añadíó Matíída.
Dynna de|ó eí bordado a un íado y se puso de píe con íentítud,
preparándose mentaímente para ía ínmínente confrontacíón. Había
comprendído que no íograría ocuítarse de éí, sóío había esperado que éí
tardara un poco más en acercarse. Verse obíígada a habíar con éí tras sus
amenazas ía íncomodaba. Estaba de un humor sombrío y se sentía muy soía
míentras se preparaba para enfrentarse a éí.
-Gracías, Matíída. Te ruego que no te apartes de mí, a menos que te
ordene que te retíres.
-Sí, mííady.
Cuando íogró armarse de vaíor, Dynna abríó ía puerta para enfrentarse
a su prometído.
-¿Sí, sír Edmund? Matíída me ha dícho que queríaís verme.
Éí se quedó en eí pasííío, aguardando que saííera. Su apostura era
ínnegabíe. Lo que íe resuítaba repugnante no era su físíco, era su maídad y
su crueídad, y eíía se mantuvo a dístancía. Edmund ía contempíaba con una
avídez febríí que casí hízo que se síntíera mancíííada.
-Mí padre quíere veros -decíaró-. Os aguarda aba|o para habíar con
vos.
-¿Aígo va maí?
-No, nada va maí. ¿Acaso es tan ínusuaí que os mande ííamar?
-Es un hombre ocupado que díspone de escaso tíempo para
ínteresarse por mí. No sueíe querer verme, excepto a ía hora de ía comída.
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-En cambío yo deseo veros constantemente -dí|o Edmund ba|ando ía
voz y acercándose a eíía-. Y me íntereso por vos todo eí tíempo.
Dynna retrocedíó.
-Vuestro padre me espera, sír Edmund. ¿Matíída? Creo que hemos de
ba|ar.
La críada se acercó y ambas pasaron |unto a Edmund; éste ías síguíó,
dísfrutando deí movímíento de ías caderas de Dynna ba|o eí suave te|ído de
íana de su estrecho vestído. Pronto ííegaría ía noche en ía que tendría
derecho a quítaríe ía prenda y poseería. Aguardaba con ímpacíencía eí día
en que eí sacerdote regresara a ía torre. Dentro de escasas semanas sería
suya... desde cuaíquíer punto de vísta.
Dynna guardó sííencío míentras descendían a ía Gran Saía. Se preguntó
qué querría íord Aífríck que fuera tan ímportante. Cuando aícanzó ía úítíma
curva, dírígíó ía mírada aí ríncón donde eí víkíngo debería estar encadenado
y se sorprendíó aí ver que no era así, y que ías cadenas coígaban de ía
pared.
Dynna se atemorízó. La noche anteríor, cuando había procurado curar
sus herídas, Brage tenía maí aspecto. La posíbííídad de que hubíese muerto
ía espantó, y aún más que Edmund ío hubíera matado.
-¿Dónde está eí víkíngo? ¿Oué íe ha ocurrído? -preguntó.
-Eso no os ímporta.
-¿Ha muerto? -Tenía que saberío.
-Vuestra preocupacíón por éí es conmovedora, querída mía -dí|o
Edmund en tono desdeñoso.
-Anoche tenía ñebre. ¿Ha muerto a causa de sus herídas?
O|aíá fuera tan sencííío, pensó Edmund.
-Pronto sabréís ío que íe ha ocurrído -añadíó en tono cortante; ía
preocupacíón de Dynna por aqueí hombre íe dísgustaba.
Dynna temíó ío peor y casí echó a correr hacía íord Aífríck.
-Sír Edmund me ha dícho que queríaís verme, íord Aífríck.
-Hoy he recíbído una ínformacíón ímportante. -Aí ver ía mírada de
desconcíerto de eíía, prosíguíó-: Aí parecer, nuestro prísíonero no es un
guerrero víkíngo cuaíquíera. Hemos descubíerto que es eí Haícón Negro, eí
que encabezó eí ataque contra nosotros.
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-¿Eí Haícón Negro? -Dynna soító un gríto ahogado. Su sorpresa era
auténtíca, porque no sabía cómo podría haber averíguado ía verdadera
ídentídad deí hombre deí norte-. ¿Cómo ío descubrísteís?
-Hereíd, eí mercader, había vísto aí Haícón Negro con anteríorídad y ío
ídentíñcó. Una vez que descubrímos quíén era...
-¿Está muerto? ¿Lo habéís hecho matar? -Síntíó una punzada de
doíor en eí corazón aí ímagínar aí ñero guerrero asesínado míentras estaba
encadenado e índefenso.
Su reaccíón voívíó a enfadar a Edmund.
-No, eí Haícón Negro aún sígue con vída -contestó eí íord-. He
ordenado que ío ííevaran a una de ías habítacíones de ía torre, aííí estará
más cómodo míentras aguardamos una respuesta por eí rescate que exí|o
por ííberarío. -Dynna tuvo que reprímír un suspíro de aíívío ante ía notícía
-. No obstante, su estado físíco me preocupa. Me temo que no es bueno.
Ansíak, su padre, pagará una suma ímportante por recuperarío, así que
hemos de encargarnos de curarío, y rápído. Por eso os he ííamado. Ouíero
que co|áís vuestra cesta de breba|es y os ocupéís de éí. Soís nuestra
sanadora más taíentosa. Sí aíguíen puede saívarío, soís vos.
Dynna íncíínó ía cabeza. Lord Aífríck creyó que íe estaba agradecíendo
eí cumpíído, pero eí gesto se debía a que Dynna agradecía que eí víkíngo
aún estuvíera vívo. No se preguntó por qué ía notícía íe resuítaba tan
agradabíe.
-Obedeceré vuestras órdenes, mííord.
-Edmund, ííeva a íady Dynna con eí prísíonero y encárgate de que
dísponga de todo ío necesarío.
-Sígo díscrepando de tu decísíón de que Dynna se encargue de
curarío, padre. Debe de haber otra sanadora que pueda ocuparse de eíío,
¿no? -protestó.
-Dynna se encargará de éí -sentencíó íord Aífríck.
-Sí, padre.
Edmund acompañó a ías dos mu|eres hasta ía parte superíor de ía
torre, donde se encontraba ía habítacíón aísíada ocupada por eí Haícón
Negro. Había sído eíegída porque estaba apartada y resuítaba fácíí de
vígííar. Cuando ííegaron ante ía puerta, Edmund cogíó a Dynna deí brazo e
ímpídíó que entrara.
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-Sí de mí dependíera -íe dí|o-, no os ocuparíaís de éí. No quíero que
ío toquéís.
-Vuestro padre ha ordenado que ío cure. No puedo hacer otra cosa -
respondíó eíía. Fíngía someterse a íos deseos de su futuro suegro, pero en
reaíídad ansíaba estar |unto aí herído y aíívíar su sufrímíento ío antes
posíbíe.
O|aíá tuvíera eí poder de obíígarío a de|aría en paz, pensó Matíída y
cambíó de posícíón para recordaríe a Edmund que aún estaba aííí, y se
aíegró cuando íe soító eí brazo a Dynna.
Edmund ííamó a ía puerta y, cuando sír Thomas ía abríó, anuncíó que
había acudído con íady Dynna y su críada.
-Oué bíen que hayáís venído, mííady -dí|o sír Thomas, íanzándoíe
una cáíída sonrísa.
Eíía dírígíó ía mírada a ía cama en ía que estaba tendído eí víkíngo.
-No se encuentra bíen. Dos de íos hombres tuvíeron que ayudaríe a
subír ías escaíeras -expíícó sír Thomas.
-¿Es a causa de ía ñebre? -preguntó Dynna con expresíón
preocupada. -Sí.
-Es ío que me temí anoche. Mí presencía aquí es necesaría. Ha
perdído mucha sangre y sóío empeorará sí no recíbe ayuda.
-Ordené a íos hombres que ío desvístíeran para que pudíeraís curar su
herída. -Sír Thomas retrocedíó de|ándoíes paso. Le había dícho a uno de íos
hombres que íe ííevara eí chaíeco de Brage a íord Aífríck para que se ío
entregara a Hereíd, con eí ñn de demostraríe a Ansíak que Brage era su
prísíonero.
Dynna míró en torno y vío que ía habítacíón casí era una ceída. Las
ventanas de íos gruesos muros de ía torre eran estrechas hendíduras, aptas
para defendería con arco y ñechas, pero que apenas de|aban pasar ía íuz y
eí aíre. Era oscura, húmeda y estaba casí vacía, a excepcíón de ía cama
donde yacía Brage y una mesííía aí íado.
Aí ver aí víkíngo tendído boca aba|o, sóío cubíerto por una sábana
hasta ía cíntura, se íe hízo un nudo en ía garganta. Sus anchas espaídas y
sus hombros poderosos estaban desnudos y entonces vío ía herída por
prímera vez y temíó por su vída. Era un corte feo, hínchado e ínfectado. Se
acercó a ía cama, esperando que notara su presencía, que se movíera, pero
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Brage permanecía ínmóvíí. Tenía eí rostro vueíto hacía ía pared y Dynna no
sabía sí estaba conscíente.
Edmund permanecíó |unto a ía puerta con sír Thomas. Se marcharía y
ía de|aría soía cuando íe apetecíera, y no antes.
-Víkíngo... -dí|o Dynna en voz ba|a, y se arrodíííó |unto a ía cama-.
He venído para ayudaros.
Brage oyó su voz y se voívíó para míraría. Ouería íncorporarse,
enfrentarse a eíía como un guerrero, pero ío úníco que pudo hacer fue
míraría ñ|amente.
-¿Por qué? -preguntó en voz ronca.
-Sé que sufrís doíores. Haré ío que pueda para aíívíaríos. -Dynna veía
eí odío y ía desconñanza reñe|ados en su mírada, pero ío que más íe
preocupaba era su debííídad y ía ínñamacíón de su herída. La ñebre íe
enro|ecía ía cara manchada de sangre y mugre tras ía bataíía y íos días
encadenado.
-Preñero ía muerte antes que un tormento eterno, mííady. -La voz de
Brage era débíí, pero su sarcasmo resuítaba ínconfundíbíe.
-Aquí nadíe os torturará -prometíó Dynna, tocándoíe eí hombro para
examínarío.
Brage se apartó de su contacto, pero eí movímíento íe produ|o una
punzada de doíor, un doíor tan íntenso que soító un gemído, agotado por eí
esfuerzo.
Dynna comprendíó cuánto sufría; se puso de píe y regresó |unto a sír
Thomas y Matíída, que todavía estaban |unto a ía puerta abíerta.
-Matíída -dí|o-. Ve a mí habítacíón y coge mí cesta. ¡Apresúrate! Sír
Thomas, necesíto agua, agua caííente en abundancía.
-Sí, mííady. -Ambos se marcharon aprísa.
-¿Sobrevívírá? -preguntó Edmund.
-No ío sé. Ha perdído mucha sangre... y ía herída está ínfectada.
Dynna regresó |unto a Brage. Tenía íos o|os cerrados y su expresíón
denotaba eí esfuerzo por controíarse. Dynna íe apoyó una mano en eí brazo
y eí caíor que emanaba casí quemaba. No pudo sofocar un gríto ahogado aí
examínar ía horrenda herída de cerca.
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-Es asombroso qu¿ aún estéís conscíente -comentó-, dada ía
gravedad de vuestra herída. Hubíera acabado con un hombre normaí.
Aunque Brage no reaccíonó, se quedó a su íado, habíando en tono
suave y murmurando paíabras de consueío. Edmund permanecíó en sííencío
aí otro íado de ía habítacíón, presa de ía furía.
Sír Thomas regresó, seguído de dos críadas que portaban cubos de
agua. Edmund ordenó que íavaran aí prísíonero. Aí príncípío eí víkíngo íes
ínspíró temor, pero sír Thomas íes dí|o que ío vígííaría míentras ío íavaban.
Brage no se resístíó a sus cuídados y sóío soító un gruñído cuando ío
obíígaron a moverse. Las mu|eres ío íavaron con rapídez, voívíeron a cubrírío
y saííeron de ía habítacíón.
Dynna se encontró con Matíída en eí pasííío cuando regresaba con íos
remedíos. Una vez que ías críadas se hubíeron marchado, Dynna regresó a
ía habítacíón y se apíícó en curar ía herída, observada por sír Thomas y
Edmund.
Míentras íe íímpíaba ía zona ínfectada, Brage síntíó un doíor atroz que
ío obíígó a cerrar íos o|os. Había creído que aííí no ío torturarían. Eí sudor íe
cubría ía frente y permanecíó tendído con ías mandíbuías apretadas, íos
múscuíos tensos, aí tíempo que Dynna examínaba eí corte. Sín embargo,
pese aí doíor, no trató de evítar que ío tocara. Tenía un controí totaí sobre su
cuerpo y se quedó quíeto míentras eíía procuraba ayudaríe.
-Lo síento -dí|o Dynna, sabíendo cuánto doíor íe había causado.
-Haced ío que tengáís que hacer -contestó en tono tenso.
-Casí he acabado de íímpíar ía herída.
Cuando termínó, preparó una catapíasma que, además de absorber ía
ínfeccíón, aíívíaría eí doíor. Mezcíó ías híerbas con unos poívos de raíz
amaríííos y formó una pasta espesa.
-Cuando ía apííque os doíerá -íe advírtíó.
Brage asíntíó y aguardó a que acabara con íos múscuíos rígídos.
Dynna se íncíínó y apíícó ía catapíasma sobre ía herída. Cuando eí
remedío entró en contacto con ía carne Brage se estremecíó, pero ése fue
su úníco movímíento. Eí controí que tenía sobre sí mísmo ía asombró, y
comprendíó que aquéíía sóío era una muestra más de su fuerza.
Tras vendaríe eí hombro herído, Dynna examínó eí corte de ía cabeza.
La sangre de esa herída se había secado y apeímazado sus cabeííos.
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Cuando empezó a íavaríe eí corte, notó que Brage ía míraba. La observó
atentamente míentras eíía íe curaba ía herída y íe apíícaba eí remedío
necesarío.
-Soís muy vaííente -dí|o Dynna, y íe apoyó una mano en eí brazo.
No sabía por qué, pero eí roce de su mano ío consoíó y se dí|o que era
ía ñebre que ío debííítaba.
Edmund vío que ío tocaba y se írrító.
-¿Habéís termínado? -preguntó.
-De momento.
-Entonces veníd conmígo. Os ííevaré con mí padre y íe ínformaremos
deí estado deí víkíngo.
-Por ahora os acompañaré -repuso Dynna-, pero esta noche debo
regresar y permanecer a su íado. Sí ía ñebre aumenta, ha de haber aíguíen
aquí que sepa qué hacer. -Se íevantó y guardó sus remedíos.
-Me quedaré aquí hasta que regreséís -sugíríó sír Thomas-. Y
durante eí resto de ía noche apostaré un guardía ante ía puerta.
-Gracías, sír Thomas -dí|o Dynna-. ¿Podéís hacer que traígan una
sííía y un camastro? Matíída se quedará conmígo para turnarnos míentras
vígííamos su estado.
-Se hará como mandéís, mííady.
Brage observó en sííencío cómo Dynna abandonaba ía habítacíón |unto
a sír Edmund. No comprendía por qué íos sa|ones de repente parecían
preocupados por su saíud. Ahora que sabían quíén era, parecía más íógíco
que síguíeran torturándoío, que ío de|aran encadenado hasta ía muerte.
Eí mareo que ío había afectado aún íe ímpedía pensar con cíarídad,
pero debía reconocer que ía catapíasma que íe había apíícado en ía espaída
surtía efecto. Eí doíor de ía herída era menor y eí ardor se había reducído. A
medída que eí doíor año|aba, Brage síntíó un gran cansancío y se durmíó.
"ord Aífríck escuchaba ía descrípcíón de Dynna de ía herída deí Haícón
Negro.
-¿Sobrevívírá?
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-No estoy segura, mííord. Habría sído mucho me|or sí me hubíeran
permítído curar su herída eí prímer día. Podría haber evítado ía ínfeccíón.
Ahora... -sus rasgos expresaban preocupacíón-. Pasarán varíos días antes
de que pueda decírosío. Tíene mucha ñebre.
-Os quedaréís a su íado y haréís todo ío necesarío para asegurar que
no muera. Sí necesítaraís aíguna cosa, sóío habéís de pedíría.
-Sí, mííord.
Cuando abandonó ía habítacíón y sír Edmund se quedó con su padre,
Dynna se aíegró. Remontó apresuradamente ías escaíeras hasta ía
habítacíón, donde sír Thomas y un guardía de aspecto ñero permanecían
ante ía puerta y no tardó en ínformar a sír Thomas de ío díctamínado por
íord Aífríck.
-Tomaré todas ías comídas aquí -íe dí|o-. Y tambíén necesítaré
comída y bebída para eí prísíonero. No podemos permítír que se debíííte aún
más.
-Habíaré con íos críados ínmedíatamente.
Sír Thomas íe abríó ía puerta y, cuando entraron, víeron que Brage
estaba dormído.
-¿Y vuestra segurídad, íady Dynna? ¿Oueréís que me quede aquí para
protegeros de éí? ¿O es que sír Edmund regresará para permanecer a
vuestro íado?
La ídea de ía presencía constante de Edmund ía repugnaba. Su mírada
oscííó entre eí víkíngo enfermo y sír Thomas.
-No hay níngún motívo para que temáís por mí -contestó-. Matíída
estará conmígo y vuestro hombre montará guardía ante ía puerta. Para
mayor segurídad, podéís cerrar ía puerta con ííave desde eí exteríor, para
aseguraros de que eí prísíonero no escape, pero no creo que debamos
temeríe.
-No estéís tan segura. Recordad que ante todo es un guerrero.
-No me hará daño -repuso con segurídad-. Matíída y yo no
corremos peíígro.
-Muy bíen, pero íe díré aí hombre que permanezca aíerta.
-Aprecío vuestra preocupacíón por nosotras. -Dynna íe rozó eí
hombro, un gesto de auténtíca amístad. Era como sí nadíe se preocupara
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por su segurídad a excepcíón de sus padres, y eííos estaban íe|os y |amás se
enterarían de su desesperacíón.
-Vos soís mí señora -contestó éí; se sentía honrado de que ío mírara
con tanta benevoíencía. Era una de ías personas más bondadosas y menos
egoístas que conocía.
-Desde que muríó mí marído, aquí vos soís mí úníco amígo verdadero.
Sín vuestra fuerza y vuestra bondad, mí vída en este íugar hubíese sído
compíetamente vacía.
-Haré ío que sea necesarío para que no os ocurra nada maío.
-Gracías -contestó eíía; su voz era casí un susurro y se obíígó a
desvíar ía mírada deí hombre aíto y poderoso que se había convertído en su
protector por decísíón propía.
-¿Necesítáís aígo más?
-No. Lo más ímportante es conseguír que nuestro prísíonero sobrevíva
a esta noche.
-Mí hombre estará cerca, en caso de que ío necesítéís, y sí me
necesítáís a mí, avísadme -dí|o sír Thomas y, ñnaímente, se marchó.
Dynna regresó |unto aí íecho de Brage y voívíó a tocaríe eí brazo.
Aún ardía de ñebre.
-Tráeme un cubo de agua fría y un paño, Matíída. Voíveré a bañarío e
íntentaré haceríe ba|ar ía ñebre.
De maía gana, Matíída íe tra|o eí agua y eí paño.
-¿Por qué os ínteresa saívaríe ía vída? Habría matado a todos íos
habítantes de ía torre sí no hubíese caído en eí campo de bataíía.
-Sé que quízá tengas razón, Matíída, pero... -Dynna hízo una pausa,
hacíéndose cargo de ía pregunta. No estaba aííí sóío porque íord Aífríck se ío
había mandado, estaba aííí porque aqueí hombre ííamado eí Haícón Negro íe
preocupaba de verdad... Eí hombre conocído en todas partes como eí
saqueador víkíngo más íntrépído que |amás había pííotado una nave.
-¿Por qué íe daís tanta ímportancía a ío que íe ocurre?
Durante unos ínstantes, Dynna guardó sííencío, aí tíempo que
procuraba expresar ío que sentía. Cuando por ñn habíó, ía críada notó su
confusíón.
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-No ío sé con segurídad, Matíída -dí|o-, pero desde ía prímera vez
que ío ví, cuando tratábamos de escapar, supe que era aíguíen especíaí. Es
un hombre poderoso, aunque ío que me íntríga no es su poder. Mí padre es
poderoso, y Warren ío era. Eí víkíngo es apuesto, pero Warren tambíén era
muy atractívo. No, esto es díferente... Tíene aígo de excepcíonaí, Matíída...
No puedo de|arío morír.
Matíída fruncíó eí entrece|o.
-Procurad que sír Edmund no descubra vuestros sentímíentos -
advírtíó-, de ío contrarío no permítírá que sobrevíva y que su famííía ío
recupere tras pagar eí rescate.
-Tendremos que cuídar de éí. ¿Me ayudarás?
-Haré ío que pueda por vos.
-Gracías -dí|o Dynna, mírándoía a íos o|os-. Esta noche será íarga y
no sé sí sobrevívírá.
-Tíene ía suerte de que vos ío cuídéís. Vívírá. Dynna ba|ó ía vísta,
contempíó aí añebrado víkíngo y rogó que su don sírvíera para saívarío.
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CAPÍTULO 7
Eí tíempo transcurría con íentítud para Dynna y Matíída míentras se
turnaban en apíícaríe compresas de agua fría a Brage. Empezaban por eí
cueíío y, sín tocar eí hombro herído, íe humedecían ía espaída hasta eí
borde de ía sábana que íe cubría ía cíntura. Era casí medíanoche cuando
Dynna notó que Matíída apenas íograba mantener íos o|os abíertos.
-Vete a dormír -íe ordenó-; tíéndete en eí camastro.
-No, mííady. No puedo dormír sabíendo que vos tambíén estáís
exhausta.
-Una de nosotras ha de descansar míentras pueda.
-¿Estáís segura?
Dynna asíntíó con ía cabeza.
-Éí está tranquíío -observó-. Te despertaré sí te necesíto. Ahora
debo veíar su sueño. Dormíré después, ío prometo.
Matíída obedecíó y se durmíó con rapídez. Dynna permanecíó |unto a ía
cama deí víkíngo. Estaba agotada, pero no era momento de preocuparse por
eíía; quíen ía preocupaba era Brage. Todos sus esfuerzos por refrescarío
resuítaron ínútííes y ía ñebre aumentaba cada vez más.
Le apoyó una mano en ía frente, síntíó eí caíor seco que ío consumía y
comprendíó que debía voíver a apíícaríe una compresa fría. Cogíó eí cuenco
y fue a ííenarío con eí agua deí cubo |unto a ía puerta. Míentras vertía un
poco en eí cuenco, oyó gemír a Brage y corríó a su íado.
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-Traídor... -oyó que murmuraba con íos o|os cerrados, arrastrando ías
paíabras debído a ía ñebre-. Lo sabían...
-Chsss... Tranquíío... Todo írá bíen -susurró Dynna y íe apíícó eí paño
mo|ado en ía espaída con movímíentos suaves.
Brage no reaccíonó; tampoco parecía oíría.
-Encontraríos... He de encontraríos... -murmuró, y se removíó en eí
íecho, ínquíeto. Dynna temíó que ía catapíasma se desprendíera.
-Tranquíío, víkíngo mío -repítíó en voz ba|a-. Más adeíante podrás ír
en busca de ío que sea. Por ahora has de quedarte quíeto y curarte.
Contínuó apíícándoíe paños fríos y trató de consíderarío sóío como
aíguíen que estaba herído y necesítado de su ayuda. Pero aí seguír
tocándoío una y otra vez, recorríendo su cuerpo muscuíoso con ías manos,
no pudo de|ar de notar ía beííeza víríí de su espaída y sus hombros. Era un
hombre de compíexíón fuerte y, aunque eíía estaba acostumbrada a íos
hombres bíen afeítados, íe parecíó apuesto pese a ía tupída barba. Se
preguntó qué aspecto tendría sí se afeítara y decídíó que en cuanto hubíese
pasado aqueíía crísís, ío acícaíaría: Lo afeítaría y íe cortaría eí peío.
-¡Uíf!
Brage proñríó eí nombre en voz aíta y Dynna despertó de su
ensoñacíón.
-Otra vez éí me protege ías espaídas... -excíamó; su voz era una
mezcía de gríto y carca|ada áspera-. Está caííente... Demasíado caííente...
¡Krístoher! ¡No!
Presa de un páníco febríí, con íos o|os desorbítados, Brage trató de
íncorporarse. Dynna corríó a su íado y íe habíó en tono sereno, ío obíígó a
tenderse y voívíó a acarícíarío con un masa|e refrescante.
Brage aízó ía mírada y contempíó a ía mu|er íncíínada por encíma de
éí. En ía penumbra de ía habítacíón ííumínada con veías parecía etérea,
como un sueño, una vísíón que ñotaba ante éí en medío de ía bruma
causada por ía ñebre. Era beíía: Sus cabeííos oscuros, su vestído de ííneas
suaves, sus rasgos hermosos... Logró íanzaríe una sonrísa torcída aí tíempo
que trataba de ígnorar eí doíor.
-Ah, vaíkíría... Así que por ñn has venído por mí.
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-No soy una vaíkíría. No quíero veros en eí Vaíhaía, víkíngo. Bebed
esto. -Dynna presíonó una copa contra sus íabíos; contenía una pocíón que
esperaba que íe hícíera bíen.
Brage bebíó cuanto pudo y después se despíomó en eí íecho y cerró íos
o|os.
-La íeyendas eran cíertas -gímíó-. Las vaíkírías son ías más beíías
de todas ías mu|eres...
Cuando por ñn voívíó a sumírse en eí sueño, Dynna notó que estaba
tembíando. Temía que su deíírío aumentara y que se íastímara aí revoícarse
en ía cama. Durante un momento pensó en atarío, pero ía ídea íe parecíó
repugnante. Ya había estado encadenado bastante tíempo. Además, pensó,
se había tranquííízado cuando íe habíó. Rogó que síguíera escuchándoía,
porque sí decídía íevantarse de ía cama no sabía sí podría ímpedírseío.
%urante dos días y dos noches, Dynna permanecíó |unto a Brage, que
se debatía contra ía muerte. Sín embargo, su estado empeoró y ía eíevada
ñebre puso aí íímíte su taíento como sanadora. Casí no dormía, sóío echaba
una cabezadíta ocasíonaí sentada en ía sííía.
Las vísítas cotídíanas de sír Edmund suponían un sufrímíento. Síempre
que ío veía, recordaba que cada día ía boda estaba más próxíma, y ía ídea
acabó con su ya precaría serenídad.
La tercera noche, cerca de medíanoche, Dynna y Matíída estaban
sentadas en ía habítacíón que se había convertído en una cámara de tortura
para eíías.
-¿Sobrevívírá a esta noche? -preguntó Matíída.
-No ío sé -contestó Dynna de veras, íanzándoíe una mírada de
preocupacíón a su críada-. Hace horas que no bebe ní una gota.
-No hay nada más que podáís hacer, mííady. Lo habéís íntentado todo.
-Sóío nos queda rezar -repuso Dynna en tono soíemne, y contempíó
íos rasgos enro|ecídos deí víkíngo.
Brage sonríó. Estaba en su hogar, con su padre y sus hermanos,
cazando, montando a cabaíío y dísfrutando de ía vída. Las címas de ías
montañas estaban nevadas y ías aguas eran frescas y tentadoras. Eí hogar...
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Mííes de ímágenes se agoípaban en su cabeza. A ío íe|os veía a ía
encantadora Inger saíudándoío con ía mano, ííamándoío. Recordó eí duíce
adíós de ía beídad rubía. Sus besos ínsínuaban que ansíaba su regreso, y éí
sabía que ío estaría esperando. Curíosamente, saberío no ío excítaba,
aunque sospechaba que su padre se sentíría muy compíacído sí se casaban.
De repente síntíó caíor, un caíor extraño. Anheíaba encontrarse en ío
aíto de ías montañas, donde eí aíre era puro y frío. Eí caíor ardíente íe
paípítaba en ías venas y Brage se removíó, tratando de encontrar eí frescor
de ía brísa, queríendo que eí aíre gíacíaí ío envoívíera, pero no fue así. Sóío
exístían eí doíor atroz y ías ííamaradas que íe atravesaban eí cuerpo. Se
agító, íncapaz de sufrír en sííencío y seguír negando eí tormento que sentía.
-Tranquíío, víkíngo mío -dí|o una suave voz femenína entre ías
brumas-. No os mováís, de|ad que os ayude.
-¿Ayudarme? -preguntó con voz profunda y áspera.
Durante un momento no ocurríó nada. Luego voívíó a sentír íos
movímíentos refrescantes. Brage notó que eí rítmo de ías carícías con eí
paño húmedo era casí sensuaí. Síntíó frío y se estremecíó.
-Eso está me|or -dí|o ía mu|er-, mucho me|or.
Las carícías contínuaron y cada roce deí paño fresco apagaba eí fuego
que ío consumía.
Brage íuchó por emerger deí abísmo de doíor y por ñn íogró abrír íos
o|os. Vío a una beíía mu|er y íe parecíó conocída, pero no íogró recordar
dónde ía había vísto antes.
-Aún estáís aquí...
-No os de|aré hasta que ía ñebre haya ba|ado. -Dynna íe tocó eí
hombro.
Eí roce de su mano era fresco y Brage voívíó a cerrar íos o|os. La paz
estaba próxíma. Sí sóío íograra aícanzaría...
Entonces ío ínvadíeron íos recuerdos de ía bataíía, y ía paz que
anheíaba desaparecíó en cuanto se íe aparecíeron ías ímágenes de sus
compañeros muertos.
-¡Uíf! ¡Cuídado! Lo saben... ¿Ouíén puede habérseío dícho a íord
Aífríck? ¿Por qué aíguíen habría de traícíonarnos?
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-No os preocupéís tanto, víkíngo. Todo ha pasado. Descansad y de|ad
que vuestro cuerpo sane. -Las paíabras de ía mu|er íe ííegaron a través de
ía bruma causada por eí doíor.
-No puedo oívídar... -murmuró, porque sabía que entre íos hombres
de su padre había un traídor, sabía que debía encontrarío y
desenmascararío antes de que causara más muertes entre íos víkíngos. Eí
traídor debía recíbír su castígo-. No oívídaré.
Trató de íncorporarse, pero unas manos suaves ío obíígaron a tenderse.
-No os resístáís. Descansad. Más tarde habrá tíempo para ííbrar
vuestras bataíías, pero ahora no es eí momento.
Brage quería íevantarse y buscar aí hombre que había causado ía
muerte y ía destruccíón de éí y de sus hombres. Su íra era tan ardíente
como ía ñebre.
-No tenéís fuerzas, guerrero. No podríaís íuchar, puesto que ní
síquíera podéís bíandír vuestra espada. Descansad. Recuperad vuestras
fuerzas. Sí os agítáís con tanta víoíencía pondréís en peíígro vuestra vída...
La voz y ías manos que ío tranquííízaban tenían efecto sobre su cuerpo,
pero toda ía sabíduría y ía bondad deí mundo no podían aíívíar ía pena que
ío embargaba. Sus hombres habían muerto y, dado que era su |efe, suya era
ía responsabííídad.
-Bebed esto -dí|o Dynna.
Una copa íe presíonó íos íabíos y, ante ía ínsístencía de ía mu|er, bebíó
ía amarga pocíón. Unos ínstantes después, aí recostarse, se sumíó en eí
oívído y voívíó a dormírse; aí menos aqueí remedío íogró proporcíonaríe
cíerta paz.
Eí vígía de Ansíak anuncíó eí avístamíento de ías naves hacíendo sonar
eí cuerno. Eí sonído retumbó a través de íos ñordos y anuncíó a íos
habítantes de ía aídea que aígunos de íos suyos regresaban de sus
aventuras en tíerras remotas.
Como síempre cuando una nave regresaba a casa, todos corríeron a
observar su ííegada. Suponían que ííegaría otro de sus hombres, uno de íos
mercaderes que había partído hacía eí este hacía muchos meses.
Cuando oyó ía ííamada deí cuerno, Ansíak recorría íos campos a
cabaíío, anímando a íos agrícuítores. Compíacído ante eí regreso de uno de
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sus hombres, espoíeó eí corceí y gaíopó hasta ía orííía deí mar, esperando
ver ías ríquezas y saber íos reíatos que traería eí mercader.
Cuando Ansíak aícanzó ía címa de ía coíína que daba aí ñordo, refrenó
su corceí. Cuando dívísó ía veía deí Haícón Negro se quedó ínmóvíí. Brage
había regresado...
Eí |efe víkíngo estaba eufóríco ante eí rápído regreso de su hí|o,
creyendo que eí ataque había sído exítoso. Debían de haber atacado y
saqueado con rapídez, y después escapado. Orguííoso de su hí|o gaíopó
coíína aba|o, ansíoso por obtener ínformacíón sobre eí ataque.
Tove, ía segunda mu|er de Ansíak y madre de Krístoher, oyó eí ííamado
de íos cuernos y se apresuró a unírse a íos demás para daríe ía bíenvenída.
Eíía tambíén se sentía sorprendída por eí pronto regreso de ías naves de
Brage, y permanecíó |unto a íos aídeanos, esperando recíbír buenas
notícías.
Ansíak aícanzó aí grupo y aí ver a su mu|er se apeó deí cabaíío y se
acercó a eíía.
-Nadíe íucha como íos guerreros deí Haícón Negro -excíamó en un
tono que rezumaba orguíío-. Estoy seguro de que estuvíeron a ía aítura de
su reputacíón, de ío contrarío, ¿por qué habrían regresado tan pronto?
-¿Puedes ver a Krístoher? -Tove mantenía ía vísta cíavada en ías
embarcacíones buscando a su úníco hí|o.
Ansíak se protegíó íos o|os con ía mano y escudríñó ía nave capítana,
tratando de reconocer a íos hombres que íban a bordo.
-Veo a Uíf...
Tove aguardaba presa de ía ímpacíencía.
-Y a nuestro hí|o -añadíó Ansíak.
-Regresa sano y saívo -dí|o Tove, sonríendo-. Eso es bueno. Ya
empezaba a echaríe de menos.
-Y pensar que eres ía mu|er de un víkíngo... -se buríó Ansíak. Eíía
nunca parecía acostumbrarse a que Krístoher partícípara en ías íncursíones.
Aunque era un hombre hecho y derecho, aún ío adoraba como sí fuera un
bebé.
-Tambíén te echo de menos a tí cuando te marchas y síempre me
aíegro cuando regresas -dí|o Tove, y íe rodeó ía cíntura con un brazo.
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-Lo sé -repuso éí, con una rísíta sensuaí que cubríó de rubor ías
me|ííías de su mu|er.
Ansíak voívíó a dírígír ía mírada a ías naves y observó como se
acercaban a ía costa. En cuanto íos hombres empezaron a desembarcar se
eíevaron vítores ceíebrando su regreso. Pero íos vítores se apagaron en
cuanto víeron que muchos de sus seres querídos no se encontraban entre
íos guerreros.
-¿Dónde está mí Seger? -preguntó su esposa, Marta, a ía mu|er que
estaba a su íado.
-Tampoco veo a mí Neíís. ¿Y dónde está Brage? Eí Haícón Negro sueíe
ser eí prímero en písar ía orííía.
Uíf y Krístoher ba|aron de ía nave capítana y se dírígíeron hacía ía
muítítud con una expresíón sombría que reñe|aba ías graves notícías que
traían.
-Krístoher... Uíf.... ¿Dónde está Brage? -preguntó Ansíak de
ínmedíato, y su expresíón se tornó angustíada aí tíempo que su mírada
oscííaba entre eííos y ía nave.
-Las notícías no son buenas, padre -dí|o Krístoher. Había temído ese
momento todo eí vía|e. ¿Cómo decíríe a su padre que Brage había caído...,
que estaba muerto?
-¿Oué ocurríó?
Los aídeanos se aproxímaron para escuchar. Los que víeron a sus
paríentes echaron a correr hacía eííos. Los que no íos encontraban querían
saber qué había sído de eííos.
-De camíno a ía torre de íord Aífríck sufrímos una emboscada. Era
como sí íos sa|ones supíeran con anteíacíón que ííegaríamos. Muchos
hombres cayeron... -expíícó Uíf, con ía mírada oscurecída por eí doíor.
-¿Y Brage? ¿Oué hay de Brage? -ínsístíó Ansíak; su expresíón se
endurecíó en prevísíón de ío que estaba a punto de averíguar-. ¿Dónde
está mí hí|o?
-Está muerto, padre -dí|o Krístoher-. Muríó en ía bataíía.
La notícía provocó grítos de horror.
-¿Brage ha muerto? -Ansíak estaba aturdído.
Krístoher íe contó todo ío que había causado ía tragedía.
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-Estaba tan seguro de poder sorprender a íord Aífríck... -añrmó
Ansíak-. ¿Cómo pudo suceder?
Uíf y Krístoher íntercambíaron una mírada. Luego Uíf contestó:
-Lo úníco que se me ocurre es que, de aígún modo, íos sa|ones
averíguaron nuestros píanes. Eran muy numerosos y estaban bíen armados.
Era como sí se hubíesen preparado para eí ataque.
-¿Cuántos hombres hemos perdído? -preguntó Ansíak, recorríendo a
íos que desembarcaban con ía mírada.
-Más de cíncuenta -íe dí|o Krístoher.
Entonces íos aídeanos comprendíeron que muchos de sus seres
querídos no se encontraban entre íos sobrevívíentes y se echaron a ííorar.
-¿Estás seguro de que Brage ha muerto? -repítíó Ansíak.
-Lo ví caer. -Uíf mantenía ía vísta cíavada en eí sueío, íncapaz de
mírar a su padre a íos o|os.
-Uíf y yo regresamos de noche para tratar de encontrarío, pero íos
sa|ones habían quemado íos cuerpos. No quedaba nada... -dí|o Krístoher,
con voz abrumada por ía trísteza.
Ansíak se quedó petríñcado tras recíbír ía notícía. Brage... Su amado
hí|o, muerto.
Se íe aparecíeron ímágenes mentaíes de Brage: Regresando tríunfante
tras su prímera íncursíón; descoííando sobre sus íguaíes hasta convertírse
en su |efe índíscutído; conñado y díspuesto a navegar hasta ía costa
sa|ona...
Sus pensamíentos retrocedíeron en eí tíempo y recordó eí nacímíento
de Brage, y a Míra, su amada prímera mu|er, que muríó aí daríe a íuz. Míra...
Síntíó una punzada de doíor aí recordaría. Brage era eí úníco víncuío que ío
unía a su adorada Míra, y ahora estaba muerto, como eíía. Eí doíor atroz que
íe taíadraba eí pecho era casí ínsoportabíe.
Tove ío míraba ñ|amente, boquíabíerta e íncréduía.
-Brage no puede estar muerto. Era eí me|or de íos guerreros. ¿Cómo
pudo haber ocurrído esto?
-Nos superaban en número y casí íograron rodearnos. No tuvímos
oportunídad de tomar ía torre -contínuó Uíf-. Cuando Brage muríó, íos
hombres comprendíeron que ía bataíía estaba perdída. Nos retíramos a ías
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naves y, después deí íntento de encontrar a Brage aqueíía noche,
regresamos aquí.
-¡Oh, Ansíak...! -Tove abrazó a su marído tratando de consoíarío-.
Lo síento mucho.
Ansíak se dírígíó a Uíf y a Krístoher, atormentado por una pena atroz.
-Habíaremos de eííos más adeíante -dí|o y, rodeando a Tove con eí
brazo, apartó ía mírada de íos dra//ar de Brage y ía veía ro|o sangre con eí
embíema deí Haícón Negro.
Aqueíía noche, íos hombres se reuníeron en ía habítacíón príncípaí de
ía casa de Ansíak para habíar deí vía|e. Estaban de un humor soíemne.
Habían estado próxímos a ía muerte y íos que sobrevívíeron sabían que eran
afortunados de seguír con vída.
Todos ííoraron ía muerte deí Haícón Negro, cada uno a su manera.
Cuando sírvíeron víno y cerveza, muchos aízaron ías |arras y íos cuernos en
su honor. Todos sabían que eí Haícón Negro estaba en eí Vaíhaía. Era un |efe
vaííente e íntrépído caído en eí campo de bataíía. Nadíe estaba a su aítura y
sus compañeros ío echarían de menos.
Ansíak estaba desoíado. Su conñanza en ías aptítudes de su hí|o |amás
íe había permítído consíderar que quízá no regresara de una íncursíón. Esa
noche ííoraba su muerte, bebíendo víno y íamentando no haber podído
despedírse de Brage.
-Bríndo por mí hí|o -dí|o, con ía voz embargada por ía emocíón y íos
o|os ííenos de íágrímas. Se puso de píe y aízó eí cuerno-. ¡Bríndo por eí
Haícón Negro!
Sus hombres íanzaron vítores y eííos tambíén bríndaron por Brage.
Uíf íos ímító; después de|ó su |arra a un íado y saííó de ía habítacíón
con expresíón tensa.
Ansíak voívíó a tomar asíento. Aí otro íado de ía mesa, Krístoher
observó a su padre y deseó poder aíívíar su tormento.
-¿Cómo pudo haber ocurrído una cosa seme|ante, Krístoher? Brage
píaneó eí ataque con mucho cuídado. Y ías runas íe profetízaron que
obtendría un gran tesoro, eí más grande obtenído |amás. -Aí recordar ía
profecía, ía voz de Ansíak se voívíó desdeñosa-. ¿Cuáí es ese gran tesoro?
¿Vaíhaía? Hubíese preferído que obtuvíera oro y aún estuvíera entre
nosotros -añadíó en tono amargo.
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-No sé cómo pudo ocurrímos -contestó Krístoher-. Sóío sé que
parecían conocer nuestros píanes tan bíen como nosotros.
-Pero ¿cómo?
-¿Acaso gracías a un traídor? Porque de ío contrarío ¿cómo es posíbíe
que íord Aífríck estuvíera tan bíen armado?
Ansíak íe íanzó una mírada aguda.
-¿Ouíén traícíonaría a su |efe? -preguntó-. Los únícos que conocían
sus píanes eran su famííía y sus me|ores guerreros. ¿Ouíén se convertíría en
un traídor?
-¿Ouíén, en efecto? -repuso Krístoher-. No he de|ado de pensar en
eíío desde ía bataíía. ¿Ouíén saídría beneñcíado sí Brage moría? ¿Ouíén
quería apoderarse de todo ío suyo? Y aún más: ¿Ouíén quería hacerse con
su honor y ocupar su íugar como |efe?
Ansíak míró a íos guerreros sentados en torno a ía mesa. Eí úníco que
no estaba presente era Uíf y se preguntó dónde habría ído.
-No ío sé, pero ío averíguaré, aunque sea ío úítímo que haga -
aseguró.
Guardó sííencío y pensó en Brage. Su hí|o había sído un guerrero
precavído, tan astuto como poderoso. Para que aígo tan terríbíe pudíese
suceder, eí traídor tenía que ser aíguíen en quíen Brage conñaba. La
posíbííídad de que aíguíen de ía habítacíón hubíera traícíonado a su hí|o ío
enfurecíó, y goípeó ía |arra contra ía mesa para ííamar ía atencíón de íos
presentes.
-¡Prestad atencíón a mís paíabras! -bramó-. Corren rumores y
sospechas de que una traícíón ha costado ía vída a mí hí|o y a sus hombres.
-Hízo una pausa míentras un trasfondo de ínquíetud recorría ía habítacíón
-. ¡Sí uno de vosotros traícíonó a Brage, ha de saber que ío perseguíré
hasta eí ñn deí mundo y ío haré pagar por su muerte!
Los hombres voívíeron a soítar un rugído de aprobacíón; quíenes
habían perdído a sus amígos en ía bataíía tambíén estaban ansíosos por
encontrar aí responsabíe.
Ansíak deseaba fervorosamente ídentíñcar aí hombre que había
causado ía muerte de Brage. Trató de adívínar quíén podría haber sído;
dudaba de que fuera uno de íos hombres que navegaron con éí, puesto que
sóío un tonto hubíera traícíonado a su |efe y después partícípado en eí
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ataque. Tenía que tratarse de aíguíen que había escuchado sus píanes y
aíertado a íos sa|ones, pero ¿quíén? La posíbííídad de no descubrírío |amás
ío frustraba. Se trataba tanto de un cobarde como de un asesíno y Ansíak
estaba convencído de que merecía arder en eí ínñerno.
!uando Uíf se aíe|ó de ía casa era casí de noche. Oyó a su padre
|urando que encontraría aí traídor y su estado de ánímo se tornó aún más
íúgubre. Se dírígía a ía orííía deí mar, con ía esperanza de encontrar un poco
de paz, cuando oyó eí ííamado de una mu|er.
-¡Uíf! ¡Aguarda! ¡He de habíar contígo!
Se gíró y vío a Inger corríendo hacía éí. Cuando se acercó, notó su
expresíón desesperada y angustíada y comprendíó que se había enterado
de ía muerte de Brage.
Uíf sabía que Inger síempre había aíbergado ía esperanza de que aígún
día su hermanastro se casara con eíía, pero no estaba seguro de que ías
íntencíones de Brage fueran ías mísmas. Aunque era boníta (su cabeíío era
rubío píateado, sus o|os azuí cíaro y tenía una ñgura esbeíta) no tenía ía
ímpresíón de que Brage ía amara. Su hermano sóío ía había mencíonado de
pasada, y sín manífestar una gran pasíón.
-¡Díme que no es verdad, Uíf! -excíamó Inger cuando se detuvo ante
éí. Las íágrímas íe empapaban eí rostro y íe tendíó sus manos tembíorosas
-. ¡Brage no puede estar muerto! ¡No es posíbíe!
La expresíón de Uíf se abíandó aí contempíar su doíor. Sus
sentímíentos eran auténtícos. Ser eí que íe conñrmaba ías maías notícías íe
resuítaba íncómodo, pero no había manera de suavízar eí goípe.
-Lo íamento, Inger.
-¿Lo íamentas? ¿Oué es ío que íamentas? -preguntó con voz
atormentada, cogíéndoío deí brazo.
-Lo que has oído es verdad. Brage muríó durante eí ataque, aí íguaí
que muchos de sus hombres.
-Pero dí|eron que no recuperasteís su cadáver. Aún podría estar vívo.
Podrías regresar a por éí... -supíícó, negándose a aceptar ía verdad y ía
pena que ía acompañaba.
-Inger -prosíguíó Uíf en tono bondadoso-, tanto Krístoher como yo
ío vímos caer. No se íevantó. Incíuso regresamos esa mísma noche después
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de ía bataíía para buscarío, pero sóío encontramos ías píras funerarías. Mí
hermano no sobrevívíó.
-Pero a ío me|or sóío...
-Basta -ía cortó Uíf-. ¿Acaso crees que Krístoher y yo no íríamos
adonde fuera y haríamos ío que sea para regresar con su cuerpo? Pero era
demasíado tarde, Inger. Lo mataron por ía espaída. No habrá níngún
rescate. Nuestros enemígos quemaron su cuerpo, no voíveremos a verío.
Cuando asímííó ía horrenda verdad, Inger soító un soííozo y se
tambaíeó. Creyendo que estaba a punto de desmayarse, Uíf ía cogíó en
brazos.
-Inger... -Pronuncíó su nombre en tono dubítatívo, sín saber qué
hacer con eíía.
-Lo síento, Uíf -repuso eíía con voz entrecortada-, pero no íogro
creer que esté muerto... -Inger síempre había sabído que ías íncursíones
eran peíígrosas, pero Brage parecía ínvencíbíe.
-Debes tratar de aceptar que nunca regresará, todos hemos de
hacerío.
Brage despertó íentamente. Le doíía todo eí cuerpo, pero de aígún
modo era un doíor díferente aí anteríor. Levantó ía cabeza para echar un
vístazo aírededor, y se asombró aí ver a íady Dynna sentada |unto a ía
cama.
Brage aíbergaba un recuerdo vago y enturbíado por ía ñebre: Eíía había
tratado de prestaríe ayuda cuando estaba encadenado, y tambíén había
cuídado de éí cuando ío trasíadaron a ía habítacíón.
Se apoyó en un codo y vío que estaba dormída. La contempíó
atentamente y notó que parecía exhausta. Manchas oscuras íe rodeaban íos
o|os, estaba encorvada y se preguntó por qué estaría tan cansada.
De pronto permanecer tendído íe resuító ínsoportabíe. Hízo un esfuerzo
por íncorporarse y entonces un doíor punzante en eí hombro hízo que
recordara ía herída; soító un gruñído de doíor y comprendíó que no debía
hacer movímíentos bruscos.
Dynna no tenía íntencíón de echar una cabezadíta, pero ías horas
íntermínabíes de vígííía ía habían afectado. Matíída se había marchado para
cumpíír con otros deberes y Dynna se había quedado a soías con eí víkíngo,
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a excepcíón deí guardía apostado deíante de ía puerta. Había vueíto a
apíícaríe paños húmedos con ía íntencíón de vencer ía aborrecída ñebre,
pero todos sus esfuerzos parecían vanos. En eí transcurso de íos úítímos
días, nínguno de sus íntentos había surtído efecto sobre ía ñebre que ío
abrasaba. Totaímente agotada, casí se había despíomado en ía sííía tras
tratar de obíígarío a beber otra dosís de su pócíma.
Pero eí gruñído de doíor ía despertó de ínmedíato. Suponía que se
encontraba peor y estaba preparada para hacer ío que fuera necesarío.
Cuando ío vío sentado en ía cama casí entró en páníco.
-No os mováís. Tened cuídado. Ouedaos quíeto... -íe advírtíó,
creyendo que deííraba y temíendo que se hícíera daño-. Os ruego que os
quedéís quíeto. Voíveré a íavaros y después...
-¿Lavarme? -preguntó.
La cordura de su tono ía de|ó perpíe|a.
-¿Os encontráís me|or? -preguntó, y por prímera vez ío míró a íos
o|os. Luego se apresuró a tocaríe eí hombro y ía frente. Dynna suponía que
aún estaría añebrado y, aí descubrír que estaba fresco, se anímó y síntíó un
gran aíívío.
-Así parece.
-Estáís me|or... -Dynna sonríó, y fue su prímera sonrísa en muchos
días-. Será me|or que voíváís a acostaros.
-No puedo. He de quedarme sentado. Hace demasíado tíempo que no
me muevo. -Y aí decírío, comprendíó que era verdad, porque se sentía
aíetargado y débíí, y era como sí ía habítacíón gírase en torno a éí.
-Habéís estado muy enfermo. Teníaís mucha ñebre y durante íos dos
úítímos días temí que no sobrevívíeraís -íe expíícó.
-¿Por qué habría de ímportaros sí vívo o muero, mííady? ¿Por qué os
esforzasteís en saívarme? -preguntó mírándoía ñ|amente.
Dynna había descubíerto eí poder de su mírada de o|os azuíes ía
prímera vez que se encontró frente a éí. Y en ese ínstante, cuando sus
míradas se cruzaron, íe parecíó que ía de Brage penetraba hasta ío más
íntímo de su ser y desvíó ía suya, ruborízándose.
-Hubíese hecho exactamente ío mísmo por cuaíquíer anímaí herído -
murmuró.
Sus paíabras híríeron aí víkíngo. La cogíó deí brazo y ía obíígó a gírarse.
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Dynna cíavó ía vísta en ía mano aferrada a su brazo, perpíe|a ante ías
sensacíones ínquíetantes que íe provocaba eí contacto.
-Pues no os creo -dí|o éí.
-Creed ío que os parezca. -Dynna procuró sonar índíferente.
-Creo en ío que sé, y sé que íos sa|ones nunca hacen nada sín un
motívo. Así que decídme, mííady, ¿qué píaneáís? ¿Oué queréís de mí?
-No quíero nada de vos -ínsístíó Dynna.
-Entonces ¿por qué me saívasteís? -preguntó sín de|ar de míraría-.
¿Por qué no me de|asteís morír?
-Cuando vuestros hombres nos descubríeron a Matíída y a mí y nos
ííevaron ante vos ía mañana anteríor a ía bataíía, podríaís haber ordenado
que nos mataran, pero no ío hícísteís. No podía permítír que sufríeraís aígún
daño.
Durante un íargo momento, Brage ía contempíó en sííencío, sín saber sí
creería o no. Intuía que eíía se caííaba muchas cosas, pero optó por no
seguír preguntando. Por ahora íe seguíría eí |uego y agradecería eí hecho de
estar vívo. Entonces ía soító.
-En ese caso, os agradezco vuestra ayuda. Es obvío que soís una
sanadora de mucho taíento. Me encuentro me|or -dí|o por ñn y, aí mover eí
hombro para comprobar su estado, sóío hízo una mueca.
Dynna se aíegró de que ía soítara. Había aígo en eí roce de sus manos,
cuando ía su|etaba sín haceríe daño, que ía perturbaba. Se entretuvo
trayéndoíe una copa de su pócíma curatíva para no tener que pensar en íos
desconcertantes sentímíentos que despertaba en eíía.
-Bebed esto.
-¿Oué es? -preguntó éí.
-Un tóníco que os ayudará a recuperar fuerzas. Mandaré que os
traígan aígo de comer. Hace días que no probáís bocado y no empezaréís a
sentíros me|or hasta que hayáís íngerído aígo sóíído.
Brage estaba de acuerdo. Ouería recuperar sus fuerzas... y cuanto
antes, me|or. Ignoraba qué querían de éí íos sa|ones, pero quería tener
fuerzas para enfrentarse a eííos cuando ííegara eí momento.
-Hay aígo más. -Ante ía mírada ínquísítíva de eíía, añadíó-: Me
vendrían bíen un par de pantaíones.
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Dynna no pudo evítar que eí rubor íe cubríera ías me|ííías.
-Desde íuego.
Por eí momento, Brage decídíó que seguíría ñngíendo ser un ínváíído,
que Dynna pensara que estaba más débíí de ío que reaímente estaba. No
quería que voívíeran a encadenarío. De ese modo, podía moverse un poco y
taí vez descubrír un modo de escapar. Porque estar encadenado a ía pared
en ía Gran Saía suponía perder toda esperanza.
Observó a Dynna míentras abría ía puerta y habíaba con eí guardía. No
resuítaría fácíí saíír de aííí, pero en cuanto se presentara ía oportunídad, ía
aprovecharía.
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CAPÍTULO 8
'í ver que Brage por ñn estaba fuera de peíígro, Dynna se síntíó más
reía|ada y ya no tendría que veíar toda ía noche. Durante varíos días se
quedó en cama hasta mucho más tarde de ío acostumbrado. Una vez
despíerta, tomaba un baño y desayunaba tranquííamente en su habítacíón.
Vísítaba a Brage todos íos días y se aíegraba de su aparente me|oría.
Aqueíía mañana en partícuíar, tres días después, se sentía bastante
descansada cuando subíó ías escaíeras hasta ía habítacíón de ía torre y
saíudó a Perkín, eí guardía apostado ante ía puerta.
-Buenos días, íady Dynna. La críada que envíasteís para que cuídara
deí prísíonero está con éí -dí|o Perkín, saíudándoía con una sonrísa.
-Bíen. -Dynna íe devoívíó ía sonrísa, compíacída de que ía mañana
se desarroííara sín contratíempos.
Estaba a punto de entrar cuando ía puerta se abríó de goípe y aparecíó
ía críada.
-¿Oué pasa, Anny? -La expresíón asustada de ía |oven ía desconcertó
y se preguntó qué habría hecho Brage para que ía pobre huyera presa deí
terror.
-Lady Dynna -|adeó ía críada-. Ese... ese víkíngo... ¡es un demonío!
-¿Un demonío? ¿De qué habías? ¿Lo afeítaste y íe cortaste eí cabeíío
como ordené? -Dynna echó un vístazo a ía habítacíón, pero desde aííí no
veía a Brage.
Anny tragó saííva con mírada atemorízada aí tíempo que saíía de ía
habítacíón y se aíe|aba deí prísíonero.
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-Lo íntenté, mííady, de verdad, pero no de|ó que me acercara. ¡Me
amenazó! Dí|o que me arro|aría por ía ventana sí voívía a acercarme a éí
con un cuchííío... ¡Y habíaba en serío! ¡Su mírada era maívada! ¡Oh, ese
Haícón Negro es peíígroso! ¡Ceíebraré eí día que muera o se marche!
-Había un guardía deíante de ía puerta. Sóío tenías que pedír ayuda -
íe recordó Dynna.
-Por favor, mííady, no me obííguéís a regresar a ía habítacíón. ¡La
mírada heíada de sus o|os azuíes me asusta! ¡Sé que es un monstruo!
-No es un monstruo -dí|o Dynna para tranquííízaría.
-¡Es un víkíngo! -Eí aborrecímíento de su tono de voz descríbía
perfectamente ío que sentía.
-De acuerdo. -Dynna íanzó un suspíro de resígnacíón-. Vueíve a tus
tareas en ía cocína.
-Sí, mííady. ¡Tomad! -dí|o ía críada y íe tendíó eí cuchííío, díspuesta a
aíe|arse ío más rápídamente posíbíe.
Dynna reprímíó una sonrísa y cogíó ía ho|a. Recordaba su prímer
encuentro con Brage y comprendía que Anny se síntíera íntímídada. Debído
a sus cabeííos más íargos y ía barba crecída, por no habíar de su estatura,
Brage era un espécímen ímpresíonante pese a su estado debííítado.
-¿Oueréís que entre con vos, mííady? Puedo quedarme con vos, sí
tenéís míedo -sugíríó Perkín cuando Anny huyó escaíeras aba|o para
refugíarse en ía cocína. Había vísto eí temor de ía críada y no permítíría que
nada íe ocurríese a íady Dynna.
-No, no es necesarío. Estaré perfectamente.
Perkín retrocedíó con expresíón escéptíca y ía de|ó pasar. Pese a sus
paíabras, se mantendría aíerta para asegurarse de que no íe hícíeran daño.
Dynna estaba díspuesta a ímponeríe su voíuntad a Brage. Debía de
estar de un humor muy especíaí para asustar a Anny hasta ese punto. Eí día
anteríor, cuando examínó ía herída en eí hombro, parecía estar cícatrízando
bíen. No obstante, sus herídas habían sído graves y ía ñebre aítísíma.
Tardaría un tíempo en recuperarse por compíeto y para eíío era necesarío
asearío. Por eso había envíado a Anny con éí y ahora eíía mísma se
encargaría de ía tarea por más que éí protestara.
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Cuando encontró a Brage sentado en ía cama con eí ceño fruncído y
mesándose ía barba, comprendíó que se enfrentaba a una díscusíón. Se
detuvo frente a éí con expresíón severa.
-Habéís aterrorízado a ía pobre críada -ío reprendíó.
-Se acercó a mí bíandíendo un cuchííío -gruñó éí.
-Sabéís muy bíen que yo íe ordené que acudíese.
-¿Para matarme? -Le íanzó una mírada buríona.
-¿Mataros? ¡Cíaro que no! La envíé aquí para que os afeítara.
-Afeítarme o matarme, da íguaí. De un modo u otro, dado eí tembíor
de su mano, creí que mí vída corría peíígro. Sí se íe íba eí cuchííío apoyado
en mí garganta...
-Sí no ía hubíeseís íntímídado, no habría pasado nada.
-No es necesarío afeítarme ía barba.
-Os ía afeítaré yo -dí|o Dynna en tono ñrme.
-He ííevado barba desde que tengo edad para que me crezca. -Brage
arqueó una ce|a con aíre buríón y íe íanzó una mírada desañante.
-Aún no estáís compíetamente recuperado, debéís permanecer en
cama unos días más. Sí vuestros cabeííos y barbas se ííenan de pío|os, ya no
íos aprecíaréís tanto. Será mucho más sencííío manteneros aseado míentras
os recuperáís, a condícíón de afeítaros ía barba y cortaros eí peío.
-¿Y sí me níego?
-No podéís. Soís mí pacíente.
-Soy vuestro prísíonero -añrmó Brage en tono rotundo.
-De un modo u otro -dí|o eíía, sín poder reprímír una sonrísa travíesa
-, estáís a mí merced. Sí no permítís que os afeíte...
-¿Vos me afeítaréís? -preguntó con rapídez.
-Yo os afeítaré -enfatízó Dynna-. Pero sí os resístís, ííamaré aí
guardía y íe díré que os su|ete hasta que haya acabado con ía tarea. Sea
como sea, a medíodía estaréís afeítado y vuestros cabeííos, recortados.
¿Oué haréís, víkíngo? ¿Lucharéís conmígo u os rendíréís?
Una vez más, Brage tuvo que admírar su vaíor. No se acobardaba,
como ía tonta de ía críada, a ía que íogró echar de ía habítacíón con una
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úníca mírada amenazadora. Dynna era más fuerte y, a pesar suyo, su
admíracíón por eíía aumentó.
-La ídea de que vos me afeítéís me resuíta mucho más agradabíe que
conñar en ía moza que acaba de huír de aquí presa deí terror -decíaró.
-En vuestro íugar, yo estaría más preocupado.
-Sí quísíeraís verme muerto, mííady, hubíera sído muy fácíí de|ar que
ía ñebre acabara conmígo. Dudo que en vuestras manos mí vída corra
peíígro.
-Lo úníco que sufrírá un crueí destíno será vuestro cabeíío y vuestra
barba, a menos que seáís ío bastante tonto como para moveros míentras íos
recorto. Sentaos en ía sííía, así me facííítaréís ía tarea.
Brage mascuííó paíabras ínínteíígíbíes, frustrado ante ía ímposíbííídad
de evítar aqueíía nueva tortura. Tomó asíento e hízo rechínar íos díentes.
Dynna procuró peínar su espesa cabeííera. Luego, con mucho cuídado
porque eí cuchííío era añíado, empezó a cortar íos oscuros cabeííos.
Brage permanecíó ínmóvíí míentras eíía se despíazaba en torno a éí,
tírando deí peío con suavídad aí tíempo que trataba de recortarío. Brage
aborrecía ía ídea de parecerse a sus captores, pero comprendíó que, en
cíerto modo, eíía íe hacía un favor: Sí se presentaba ía oportunídad de
escapar, era menos probabíe que ííamase ía atencíón entre íos sa|ones
afeítados y de cabeííos más cortos.
Eí roce de ías manos de Dynna era suave y su aroma perfumado era
embríagador; se sentía enardecer cada vez que se íncíínaba sobre éí, y se
recordó a sí mísmo que aqueíía mu|er era su enemíga. Sín embargo... Brage
fruncíó eí entrece|o, por níngún motívo en partícuíar.
Dynna procuraba no haceríe daño con ía tí|era. Su cabeíío era espeso y
íe ííevó un tíempo cortar ía pesada meíena. Cuando ñnaímente acabó, dío
un paso atrás para examínar eí resuítado. Aunque ía barba aún íe cubría eí
rostro, sus cabeííos tenían un aspecto ordenado.
-Me|or. Mucho me|or -comentó satísfecha.
-Me aíegro de que os parezca así -dí|o éí, con ía vísta cíavada en eí
peío que cubría eí sueío.
-Ahora me encargaré de vuestra barba.
Brage no dí|o nada, pero cuando eíía se sítuó deíante ía míró a íos o|os.
Sabía que no íe quedaba más remedío que someterse a su voíuntad y ía
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degradacíón que esto suponía hízo que apretara ías mandíbuías. Éí, eí
Haícón Negro, se veía reducído a soportar que una mu|er íe cortara ía barba,
y encíma una sa|ona. Pero cuando empezó a cortaríe íos peíos más íargos,
tuvo que reconocer que era una sa|ona muy boníta.
Míentras Dynna se atareaba en cortaríe ía barba, Brage tuvo que
esforzarse por permanecer ínmóvíí. Cuando acabó de cortar ía parte más
espesa, eíía dío un paso atrás y ío contempíó.
-¿Habéís acabado? -preguntó en tono esperanzado, pero aí
restregarse eí mentón comprobó que aún quedaban peíos.
-No, aún no.
Dynna cogíó un cuenco con agua y íe humedecíó ías me|ííías a ñn de
abíandar íos restos de barba. Cuando se acercó a éí, Brage soító un gruñído.
-Ahora no me causaréís probíemas, ¿verdad? Eí guardía no tardaría en
acudír a mí ííamado -íe recordó, síntíéndose poderosa míentras permanecía
de píe ante éí, díspuesta a termínar de afeítarío y con eí cuchííío en ía mano.
-La verdad, mííady, es que un cuchííío en vuestra mano cuando estáís
enfadada me daría que pensar mucho más que ese guardía debííucho -
repíícó.
Dynna no pudo evítar una sonrísa cuando se íncíínó hacía éí para
humedeceríe ías me|ííías y afeítaríe eí resto de ía barba.
Podría haber acabado con ía tarea éí mísmo... sí eíía íe hubíera
conñado eí cuchííío. Pero eran enemígos y sabía que no ío haría.
Aí tíempo que eíía se despíazaba en torno aí víkíngo, éí percíbíó su
duíce aííento en ías me|ííías y eí roce de su cuerpo míentras se esforzaba
por de|arío bíen afeítado. Eí roce ío excítaba y eso ío sorprendíó. Se dí|o que
sóío era una mu|er, una mu|er encantadora, aunque sóío una mu|er. Oue íe
resuítara atractíva era bastante normaí, pese a ser una enemíga; pero
entonces se dío cuenta de que no ía consíderaba una enemíga. Pues ¿qué
adversarío hubíese tratado de saívarío, no una síno muchas veces, pese a
que éí ía había rechazado casí con víoíencía? ¿Oué contríncante hubíese
permanecído a su íado noche y día para cuídar de éí, cuando de|arío morír
hubíera sído mucho más sencííío? Dynna no era su enemíga, pero en ese
caso, ¿qué era?
|amás ío hubíese reconocído, pero Dynna dísfrutaba de ía sensacíón de
íntímídad proporcíonada por afeítar a Brage. Una cosa era consíderarío un
hombre atractívo míentras cuídaba de éí, pero ahora que se estaba
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recuperando, sentía una atraccíón que ía asustaba y tambíén ía excítaba. Se
dí|o a sí mísma que, aunque no íe había hecho daño ní a eíía ní a Matíída, no
era su amígo. Taí como había señaíado Anny, era un víkíngo. Y sín embargo,
aígo en éí ía atraía, y sabía que debía íuchar contra esa atraccíón.
A medída que ío afeítaba, Brage se sentía cada vez más desnudo.
Cuando se coíocó deíante de éí para eíímínar íos úítímos peíos de ía barbííía,
adoptó una expresíón furíbunda. Dynna se detuvo, temíendo haberíe hecho
daño.
-¿Os dueíe?
-Lo úníco que me dueíe es que me obííguéís a parecer un sa|ón -
contestó y, hacíendo una mueca, se pasó ía mano por ía nuca desnuda.
-A mí me parece que tenéís me|or aspecto. -Habíaba en serío. Eí peío
más corto reaízaba su mírada azuí y penetrante. Su mandíbuía desnuda era
ñrme y fuerte. Antes íe había resuítado ínteresante pero ahora, aí ver su
rostro con cíarídad por prímera vez, sus rasgos duros y vírííes resuítaban
fascínantes.
Éí voívíó a restregarse eí mentón, y aí notarse afeítado, soító un
gruñído.
-Creo que a ío me|or teneros a mí merced no está maí -dí|o Dynna.
-Es verdad que vos sostenéís eí cuchííío. -Brage echó un vístazo aí
arma que eíía sostenía, sabíendo que podía quítárseía en un ínstante... sí
quísíera. Pero íncíuso míentras pensaba en eíío, tambíén comprendíó que no
era eí momento. Necesítaba recuperar sus fuerzas aún más, para que
cuando escapara pudíera aíe|arse con rapídez.
-Y además está eí guardía -íe recordó eíía en un tono casí duíce.
-Aí parecer, eí destíno ha decretado que permanezca en vuestro
poder. Pero ío que me pregunto, íady Dynna, es ío síguíente: ¿Cómo
pretendéís que síga bíen afeítado? ¿Acaso me afeítaréís todos íos días o me
de|aréís eí cuchííío para que me afeíte yo mísmo?
-Creo que quízás una de ías críadas se encargará de eíío a partír de
ahora.
Éí esbozó una sonrísa, recordando con cuánta facííídad había íogrado
íntímídar a ía otra mu|er.
Sí Dynna no ío afeítaba, taí vez recuperara su barba antes de ío que
había pensado.
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-Todos íos hombres saben afeítar -prosíguíó eíía aí ver su mírada-.
Estoy segura de que unos cuantos guardías de sír Thomas estarían
encantados de acercaros un cuchííío. Regresaré más tarde para ver cómo os
encontráís.
Cuando se marchó, ía sonrísa de Brage se desvanecíó. Oyó cómo
atrancaban ía puerta tras su partída y voívíó a recordar su sítuacíón.
Durante un momento, míentras eíía aún estaba presente, había íogrado
pensar en aígo que no fuera su cautíverío, pero cuando voívíó a estar a
soías comprendíó que debía empezar a hacer píanes. Se obíígó a ponerse en
píe y camínó de un íado a otro. Cuanto antes recuperara sus fuerzas, me|or.
)ereíd vía|ó ío más rápídamente que pudo, pero no había un modo
veíoz y sencííío de ííegar a ía aídea de Ansíak. Habían pasado varíos años
desde ía úítíma vez que se había encontrado con eí |efe víkíngo y, aunque
tenía una ídea generaí de ía sítuacíón de ía aídea, no ío sabía con exactítud.
Tardó un par de días más pero por ñn ííegó aí ñordo que conducía aí aísíado
y protegído pobíado.
Casí podía oíer eí oro que pronto sería suyo. No tardaría en hacerse con
éí, ío úníco necesarío era reunírse con Ansíak, convencerío de que pagara eí
rescate y estabíecer un punto de encuentro donde reaíízar eí íntercambío.
Pronto sería un mercader muy acaudaíado. La ídea hízo que se frotara
mentaímente ías manos con deíeíte míentras navegaba hacía eí
desembarcadero de ía aídea.
Los cuernos anuncíaron su ííegada, íos habítantes saííeron aí encuentro
de ía embarcacíón y íe díeron una cauteíosa bíenvenída.
-¿Oué te trae a nuestra aídea? -preguntó uno de íos hombres
ííamado Lynsey cuando Hereíd desembarcó y se acercó a quíenes ío
aguardaban.
-Soy Hereíd, de profesíón vendedor y mercader. He venído en busca
de Ansíak. Ésta es su aídea, ¿verdad?
-Sí, has ííegado aí íugar correcto. ¿Por qué has venído a veríe?
-Es un asunto ímportante, así que ío me|or será que habíe
dírectamente con éí.
-Muy bíen. Te acompañaré hasta su casa.
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La reducída trípuíacíón permanecíó en ía nave; Hereíd remontó ía
escarpada íadera |unto aí aídeano y ambos se encamínaron aí pobíado.
Cuando ííegaron aí hogar de Ansíak, Lynsey ío ííamó y Tove se asomó a ía
puerta.
-Ha venído un vísítante -dí|o Lynsey-. Desea habíar con Ansíak.
-En este momento mí marído no se encuentra aquí. -Tove se dírígíó
aí forastero-: ¿De qué se trata? Soy su mu|er; quízá pueda ayudarte.
Tras reñexíonar unos segundos, Hereíd optó por decíríe en qué
consístía su mísíón. No cabía duda de que su ííegada ííegaría a oídos deí |efe
víkíngo con mayor rapídez sí sabía cuán ímportante era.
-Traígo notícías de ías tíerras de íord Aífríck -dí|o.
Uíf había vísto aí forastero habíando con Tove y se aproxímó ííeno de
curíosídad. Cuando Hereíd mencíonó aí íord sa|ón, ío ínterrumpíó.
-¿Oué pasa con íord Aífríck? -íe preguntó aí hombrecííío en tono
tenso y amenazador.
Tove se aíegró de que Uíf partícípara en ía conversacíón, porque no
sabía qué pensar de aqueí hombre.
-¿Ouíén eres? -preguntó Hereíd.
-Soy Uíf. Ansíak es mí padre. ¿Oué notícías traes de íord Aífríck?
-Dííe a tu padre que íord Aífríck íe envía un mensa|e. Dííe que tras eí
ataque, os de|asteís aígo muy vaííoso. Dííe que íord Aífríck exíge un rescate
por...
Uíf fruncíó eí ceño con aíre suspícaz.
-¿De qué estás habíando? Había cíaro. Díme ío que sabes...
Hereíd decídíó contaríe ío que sabía:
-He venído para ínformar de que eí Haícón Negro es eí prísíonero de
íord Aífríck. Sabe que es eí hí|o de Ansíak y se ío devoíverá a su padre por
seíscíentas ííbras de oro.
-¡Míentes! -Uíf estaííó, cogíó a Hereíd de ía túníca y ío sacudíó
rudamente. Síntíó una punzada de temor. Brage no podía estar vívo. Habían
vísto cómo ío mataban, ío habían buscado...
-¿Mentír? ¿Por qué habría de mentír? -protestó Hereíd.
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-Por oro, cíaro está -excíamó Uíf y su mírada gíacíaí y desdeñosa ío
atravesó-. Ya he tratado con índívíduos como tú. No obtendrás oro de
nosotros. Lárgate, antes de que mí padre te dé una paííza.
-¡No me íré! ¡Lord Aífríck me envíó aquí con eí ñn de decíríe a Ansíak
que eí Haícón Negro está vívo, y tengo pruebas que demuestran que dígo ía
verdad!
-¿Pruebas? -Krístoher había oído íos grítos de Uíf y había saíído de ía
casa para averíguar qué ocurría-. ¿Oué pruebas puede haber? Vímos cómo
ío mataban, y ¿tú osas darnos esperanzas de que nuestro hermano haya
sobrevívído?
-Vísteís cómo ío herían, y en efecto: Sufríó herídas graves. Pero íord
Aífríck se encargó de que ío curaran y ahora es su rehén. ¿Pagaréís eí
rescate? ¿O queréís que regrese y íe díga que cometíó un error, que no íe
daís ímportancía a ía vída deí Haícón Negro?
Eí desafío aumentó ía furía de Uíf.
-¿Oué pruebas tíenes?
-Su chaíeco... -Hereíd íntrodu|o ía mano en su morraí y sacó eí
chaíeco de Brage-. ¿Ves eí corte y ías manchas de sangre? La herída era
grave, pero no fataí. Tu hermano está vívo y es eí prísíonero de íord Aífríck.
Uíf íe arrancó ía prenda de ías manos y de ínmedíato reconocíó que
pertenecía a su hermano.
-¿Cómo te has hecho con este chaíeco? -preguntó.
-Se ío quítaron aí curaríe ías herídas. Una vez que descubríeron quíén
era, no podían de|arío morír. Lo cuídarán muy bíen hasta que paguéís eí
rescate.
-Lynsey, ve en busca de mí padre. Krístoher, cabaíga con éí -ordenó
Uíf en tono brusco, aferrando eí chaíeco. La duda ío corroía. Ese hombre
tenía que ser un mentíroso, un oportunísta que acudía por cuenta propía,
reívíndícando mentíras con eí ñn de hacerse ríco. Tenía que serío, y sín
embargo, sí Brage estuvíese con vída... Debían actuar, pero con mucha
cauteía.
Tove ínvító aí mercader a pasar y íe sírvíó un trago, y todos aguardaron
eí regreso de Ansíak. Míentras permanecían sentados en eí hogar deí |efe
víkíngo, Uíf se preguntó cómo reaccíonaría su padre ante ía notícía, sí
creería que eí forastero decía ía verdad. Todo eí puebío había ííorado ía
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muerte de Brage y sus hombres. Esperó que aquéí no fuera un pían ídeado
por un mercader codícíoso para engordar sus arcas.
Pasó más de una hora antes de que Lynsey y Krístoher regresaran a ía
casa |unto con Ansíak.
-¡Tove! ¡Uíf! ¿Oué es esta hístoría que me han contado Lynsey y Krís?
-bramó Ansíak entrando precípítadamente-. ¿Dónde está ese mercader?
¡Ouíero mírarío a íos o|os para comprobar sí díce ía verdad!
Tras recíbír ía notícía, había aíbergado una chíspa de esperanza que se
esforzaba por atenuar. Aunque con doíor, había aceptado ía notícía de ía
muerte de su hí|o y ahora... Sí eí hombre mentía, aíbergar cuaíquíer
esperanza sería crueí. Su úníca esperanza, su sueño, era que Brage
estuvíera vívo. Sí aqueí hombre dísponía de una prueba auténtíca que ío
demostrara, pagaría ío que fuera para recuperarío.
-Me aíegra voíver a verte, Ansíak. Soy Hereíd. Hace un tíempo hícímos
negocíos en Bíría.
-Recuerdo nuestro encuentro -contestó eí víkíngo. Recordaba que se
habían encontrado en eí mercado y ío contempíó cauteíosamente; sabía que
era un negocíante astuto-. ¿Oué son esas notícías que me traes de mí hí|o
Brage? Todos quíenes navegaron con éí creyeron que estaba muerto, pero
tú díces que está vívo.
-Así es, y puedo demostrarío -dí|o Hereíd, señaíando a Uíf, que aún
sostenía eí chaíeco.
Uíf se ío mostró a su padre.
-Es suyo -conñrmó Krístoher.
-Pero no demuestra que está vívo -argumentó Uíf-. Sóío que
encontraste su cuerpo en eí campo de bataíía.
-Lo encontraron, herído pero con vída. Fue ííevado ante íord Aífríck y,
cuando descubríeron que era eí Haícón Negro, íord Aífríck decídíó cobrar un
rescate por éí.
Ansíak se acercó a Uíf y íe quító ía prenda. Examínó eí corte en ía
espaída y ía sangre seca.
-Fue una herída grave -dí|o en tono duro.
-Aífríck sabía que era un prísíonero vaííoso, así que íe encargó a una
sanadora que ío curase -expíícó Hereíd-. Eí Haícón Negro se está
recuperando.
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Ansíak aún míraba eí chaíeco ñ|amente. Puede que su hí|o estuvíera
vívo... ¡Brage podía estar vívo! Su esperanza aumentaba y ía buena notícía
íe henchía eí corazón hasta casí hacerío estaííar. Las íágrímas que |amás
derramaría íe causaban un ardor en íos o|os.
-¿Cuánto píde íord Aífríck por ía vída de mí hí|o?
-Seíscíentas ííbras de oro. -Hereíd se feíícító por su astucía.
-¿Y cuáí es tu papeí en todo esto?
-He de regresar con tu respuesta y cíen ííbras de oro como prueba de
tus íntencíones. Arregíaré eí día y eí íugar donde se ceíebrará eí encuentro
para poder reaíízar eí íntercambío.
Ansíak asíntíó con ía cabeza.
-Dé|anos, Hereíd. He de habíar con mís hí|os -dí|o y íe índícó ía
saíída.
Tove ío acompañó fuera para que Ansíak, Uíf y Krístoher pudíeran
habíar a soías.
-¿Míente, hí|os míos? -íes preguntó, pues vaíoraba su opíníón.
-Me cuesta creer una soía de sus paíabras -decíaró Krístoher.
-No me fío de íos sa|ones. Pero este mercader... -Eí tono de Uíf era
escéptíco.
-He tenído trato con éí -comentó Ansíak-. Sé que es un hombre
íadíno cuando se trata de obtener ganancías, pero no creo que arríesgara su
vída ínnecesaríamente. Díce ía verdad, pero ¿hasta qué punto? Aun así,
¿acaso podemos arríesgarnos a que Brage esté vívo y no hacer nada para
saívarío?
-No. Debemos rescatarío. Debemos pagar eí rescate -dí|o Uíf en tono
ñrme.
-Tenemos que rescatarío de íos sa|ones -asíntíó Krístoher.
-Entonces está decídído. Le díremos a Hereíd que aceptamos pagar eí
rescate exígído por Aífríck, pero seguíremos habíando de este asunto una
vez que eí mercader haya zarpado.
Sus hí|os asíntíeron y fueron en busca deí mercader.
-Pagaremos eí rescate exígído por ía ííbertad de mí hí|o -anuncíó
Ansíak una vez entraron con eí mercader.
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Aí comprender que acababa de añadír cíen ííbras a ía suma deí rescate,
eí rostro de Hereíd se ííumínó. Estaba muy satísfecho.
-¿Cuándo zarparé con eí prímer pago en oro? -íe preguntó aí |efe
víkíngo.
-Reunírío nos ííevará un día. Zarparás pasado mañana con ía notícía
de nuestro acuerdo. Míentras tanto serás consíderado un huésped en mí
hogar.
-Te agradezco tu hospítaíídad, Ansíak.
Hereíd estaba encantado. Sería ríco. Eí vía|e había merecído ía pena.
*ás tarde, esa mísma noche, Uíf, Ansíak y Krístoher se dírígíeron a ía
címa de una coíína cercana con vístas aí ñordo, para habíar en prívado.
-Hay mucho que píanear y dísponemos de poco tíempo -íes dí|o
Ansíak-. ¿Cuántos hombres podemos reunír para navegar con nosotros,
Uíf?
-Doscíentos.
-Bíen. Avísaíes. Empíeza esta noche. Zarparemos poco después deí
mercader. Hemos de encontrar a mí hí|o y traerío a casa.
-¿Dónde se ceíebrará eí íntercambío? -preguntó Uíf.
-Aí norte de ía torre de íord Aífríck hay un desembarcadero próxímo a
un prado ííano y abíerto. Sería un íugar seguro para hacer eí íntercambío.
Nos permítírá comprobar que íos sa|ones no nos preparan una sorpresa.
-Ruego que Brage se encuentre bíen -dí|o Krístoher en tono soíemne.
-Y yo ruego que no sea una trampa. Líevaremos cíen guerreros con
nosotros y de|áremos otros cíen a bordo de ías naves ancíadas cerca de ía
costa. Sí se presentara un probíema, estaremos preparados para
defendernos -expíícó Ansíak.
Uíf y Krístoher sabían que su padre tenía razón. Estaban díspuestos a
partír de ínmedíato para rescatar a su hermano, pero tendrían que atenerse
aí pían de íos sa|ones. La ídea íes dísgustaba, pero reconocían que era eí
úníco modo de saívar a Brage.
-No me fío de eííos -contínuó Ansíak-. Permaneceremos aíerta hasta
que nos hayamos aíe|ado de ía costa con Brage sano y saívo. Sóío entonces
me convenceré de que su pían no supone una traícíón.
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'í día síguíente Ansíak reuníó su tesoro y entrada ía noche mandó
ííamar a Hereíd. Eí mercader había estado preparando su propía nave para
zarpar, pero en cuanto íe dí|eron que Ansíak ío esperaba se apresuró a
acudír.
-Tengo cíen ííbras de oro para tí -anuncíó eí víkíngo con expresíón
grave.
-Bíen. Estoy seguro de que íord Aífríck se aíegrará aí saber que has
aceptado sus condícíones.
-Yo tambíén ío estoy. -Eí tono de Ansíak era sarcástíco-. Dííe a tu
íord que me reuníré con éí dentro de ocho días, en eí prado sítuado aí norte
de su torre, a un día de marcha. Dííe que a condícíón de que me devueíva a
mí hí|o sano y saívo, no habrá derramamíento de sangre. Me presentaré con
eí oro y espero que
Brage esté aííí para reunírse conmígo. Sí todo saíe según ío píaneado,
partíremos ínmedíatamente.
-Le transmítíré tu mensa|e, Ansíak.
-Confío en que ío hagas, pero te advíerto, Hereíd: Cuaíquíer traícíón
será pagada con ía mísma moneda.
Hereíd vío ía expresíón ñera de Ansíak y comprendíó que contraríarío
no sería una buena ídea.
-Le díré a íord Aífríck todo ío que has dícho.
Ansíak asíntíó con ía cabeza y Hereíd se marchó. Se aíegraba de que eí
mercader zarpara esa mísma mañana, porque sígníñcaba que estaban más
próxímos a rescatar a Brage de ías manos deí íord sa|ón..., en caso de que
reaímente síguíera con vída.
)ereíd estaba asombrado de que todo hubíese saíído tan bíen. A
excepcíón deí susto momentáneo causado por eí fornído Uíf, todo había
saíído taí cómo había esperado. Guardaría eí oro, regresaría |unto a íord
Aífríck, íe ínformaría de ías notícías y íuego se emboísaría eí dínero que éste
íe había prometído. Con un poco de suerte, estaría muy íe|os antes de que
eí íntercambío tuvíera íugar y eso íe parecíó perfecto.
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!uando sír Edmund entró en ía saía, Dynna estaba acabando de
aímorzar. Cada vez que ío veía surgía eí doíoroso recuerdo de que su
ííbertad tenía íos días contados. Míentras cuídaba de Brage, había íogrado
concentrarse en mantenerío con vída y así evítar que ía reaíídad de ío que
estaba a punto de ocurríríe no ía abrumara. Pero ahora, a medída que eí
víkíngo recuperaba ía saíud, no había casí nada que ía dístra|era de ía
escaíofríante perspectíva de su ínmínente boda. Eí sacerdote ííegaría en
cuaíquíer momento, y entonces su vída habría acabado. Pensar en ío que se
convertíría su vída ía hízo tembíar y, desesperada por aíe|arse de Edmund,
se íevantó díspuesta a marcharse.
Sír Edmund vío que se preparaba para abandonar ía saía. Se acercó y
ía cogíó deí brazo cuando eíía pretendía escabuííírse por una de ías puertas
íateraíes.
-No tengáís tanta prísa por marcharos, mííady -dí|o, y ía atra|o hacía
sí-. Acompañadme míentras tomo eí aímuerzo.
-Ya he comído y he de marcharme. -Dynna trató de esquívarío y
cíavó ía vísta en ía mano que ía su|etaba.
-¿Adonde vaís? ¿Oué podría ser más ímportante que pasar eí tíempo
con vuestro prometído? Podríaís hacerme compañía míentras como, ¿no? -
dí|o en tono ñngído, pero apretándoíe eí brazo para que comprendíera que
habíaba en serío.
-O|aíá pudíera, sír Edmund, pero he de ocuparme de mí pacíente.
La expresíón de Edmund se endurecíó.
-Me han dícho que ía ñebre deí víkíngo ha desaparecído y que está
casí recuperado.
-En efecto, se encuentra mucho me|or que ía úítíma vez que ío vísteís,
pero todavía está débíí y requíere mí ayuda.
-Os ruego que me acompañéís. -Su tono no admítía una negatíva.
-Debo rehusar, puesto que tengo cosas que hacer que son más
ímportantes que estar a vuestra entera dísposícíón.
-He dícho que os quedéís, mííady.
Le estaba hacíendo daño.
-Vuestro padre me ha pedído que me ocupe deí víkíngo y vos no
tenéís poder para ordenar ío contrarío -ínsístíó eíía-. Aquí manda vuestro
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padre, sír Edmund, no vos. -Los o|os de Dynna íanzaban ííamaradas cuando
se apartó de éí.
Edmund observó cómo se aíe|aba y apretó íos puños. Sentía un íntenso
deseo de estranguíaría y se preguntó cuánto tardaría en ííegar eí sacerdote.
Dynna parecía tranquíía aí aíe|arse, pero en reaíídad sentía ganas de
grítar. ¿Es que no exístía ía manera de evítar aqueí destíno peor que ía
muerte? ¿No había un modo de escapar? Lo había íntentado una vez y ía
habían atrapado. Por más desesperada que estuvíera, ¿osaba voíver a
íntentarío?
Dynna se secó ías íágrímas y se dío cuenta de que ías manos íe
tembíaban. Sentírse tan aterrada ía enfurecía. Síempre se había
consíderado una mu|er fuerte. Estar atrapada ía encoíerízaba y trató de
ímagínar un modo, por desesperado que fuera, para saívarse.
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CAPÍTULO 9
'í subír ía escaíera de ía torre, Dynna notó que sentía deseos de acudír
a ía habítacíón deí víkíngo. Cuando estaba con Brage, aí menos estaba a
saívo de Edmund.
Pensar en Edmund voívíó a dísgustaría y se puso nervíosa. Por más que
tratara de engañarse a sí mísma y creer que estaba a saívo cuando estaba
en ía torre, no había níngún íugar donde estaba a saívo de sír Edmund. Aí
enfrentarse una vez más a su índefensíón, su íra aumentó. Estaba tan
prísíonera como eí víkíngo, excepto que su cautíverío era más ínsídíoso.
Ante su ventana no había barrotes y su puerta no estaba cerrada con ííave
desde eí exteríor, ío que ía frustraba era ía amenaza tácíta de ío que éí
podía haceríe y tambíén ía permanente vígííancía.
Cuando se acercó a Perkín, Dynna se esforzó por sonreír.
-¿Cómo se encuentra esta tarde?
-Ha estado tranquíío, mííady -contestó eí guardía y íe abríó ía puerta.
Brage había aprovechado cada momento para recuperar su estado
físíco. Había recuperado casí todo eí movímíento deí brazo y deí hombro, y
toíeraba eí doíor, aunque éste aún era agudo. Cuando oyó ía voz de Dynna
habíando con eí guardía, abandonó rápídamente íos e|ercícíos y se recostó
en ía cama. No quería que eíía descubríera hasta qué punto se había
recuperado.
Píaneaba escapar de ía torre en cuanto se presentara ía oportunídad;
todavía no estaba seguro de cómo ío haría, pero sabía que no podía
permanecer encarceíado. Morír durante un íntento de fuga resuítaba mucho
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más atractívo que permanecer aííí índeñnídamente, convertído en eí trofeo
de íord Aífríck. Cuanto más tíempo creyeran que seguía débíí, tanto me|or.
Sí creían que aún no se había recuperado, no sospecharían que íntentaría
escapar.
Dynna entró en ía habítacíón.
-Es bueno que íntentéís poneros en píe -comentó-. ¿Os encontráís
un poco me|or?
-Ya no me síento tan mareado -contestó Brage. Observó cómo se
acercaba y sus movímíentos eíegantes voívíeron a cautívaríe. Ese día
ííevaba íos cabeííos sueítos y contempíar su espesa y íustrosa meíena era
un píacer. Entonces notó eí arreboí de sus me|ííías y eí brííío aírado de su
mírada y se preguntó qué íe sucedía. Soíía ser ía víva ímagen de ía
serenídad, pero notó que esa vez no era así.
-¿Estáís enfadada conmígo, o con aígún otro?
-No estoy enfadada con nadíe. -Dynna negó ía verdad-. Pero puesto
que decís que habéís recuperado fuerzas, quízá sería hora de que
empezaraís a moveros. Habéís estado en cama durante demasíado tíempo.
-Hubo una época en que me hubíese gustado quedarme en cama aí
cuídado de una mu|er encantadora -comentó con mírada bríííante, y sonríó
a medías aí ver que eíía se ruborízaba aún más-. Pero ío que tenía en ía
mente no era quedarme tendído en una ceída. Tenéís razón. Voíver a
moverme será bueno. -Brage hízo ademán de ponerse de píe.
-¡No..., esperad! De|ad que os ayude -ínsístíó Dynna, rodeándoíe ía
cíntura con eí brazo. Temía que se hícíera daño sí sus píernas no ío
sostenían-. No quíero correr eí ríesgo de que caígáís. -Brage soító una
rísíta y Dynna íe íanzó una mírada ínquísítíva-. ¿Por qué reís? Sí cayeraís aí
sueío, quízá voíveríaís a íesíonaros.
-Sí apoyara todo mí peso en vos, íady Dynna, os quebraría y entonces
nínguno de íos dos podría andar.
-Pero es ía prímera vez que os ponéís de píe. Todavía estáís débíí y os
costará manteneros en equíííbrío.
Brage guardó sííencío. Se íe ocurría un tormento peor que eí contacto
deí brazo de eíía rodeándoíe ía cíntura. La curva de su cuerpo, muy
femeníno y voíuptuoso, enca|aba en eí suyo; su toque y su aroma íe
provocaron una oíeada de caíor. Le rodeó íos hombros con eí brazo y apoyó
una mano en eí brazo de eíía.
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Dynna se puso rígída y casí se estremecíó. Hacía mucho tíempo que un
hombre no ía tocaba con suavídad y afecto. Los manoseos de sír Edmund
sóío íe provocaban ínquíetud e ínsegurídad. Aborrecía eí roce de sus manos
y aí recordarío, se echó a tembíar.
-¿Aígo va maí, mííady? -preguntó Brage aí notar su tembíor.
-No. No sucede nada. Intentad dar unos pasos -ío aíentó
rápídamente, íntentando dístraerse.
Brage obedecíó, ñngíendo cíerta díñcuítad. No quería que eíía supíera
que ya había íogrado camínar sín ayuda.
Dynna no íograba reía|arse míentras recorrían ía habítacíón a paso de
tortuga. Brage percíbía su tensíón, y ésta ío desconcertó. Se detuvo y ía
contempíó.
-¿Estáís segura de que nada os preocupa? -preguntó-. Sí preferís no
hacer esto, puedo voíver a sentarme.
Oue éí ínterpretara su estado de ánímo ía de|ó perpíe|a. Conocía a muy
pocos hombres que tuvíesen en cuenta ío que una mu|er pensaba o sentía.
Warren había aprecíado sus ídeas y sus sentímíentos, pero ío consíderaba
una excepcíón. Entonces, contraríamente a sus deseos, pensó en Edmund.
-Muchas veces nos vemos obíígados a hacer cosas que no deseamos
hacer-dí|o Dynna.
Brage fruncíó eí entrece|o y durante un ínstante vísíumbró ía pena
reñe|ada en su rostro.
-¿Oueréís que ío de|emos? Puedo camínar sín ayuda, sí fuera
necesarío.
-No, quíero ayudaros. Pero no creáís que soís eí úníco prísíonero en
esta torre. -Dynna sabía que en aígún momento Brage recuperaría ía
ííbertad y regresaría a su hogar, con su famííía, míentras que a eíía ía
obíígarían a casarse con sír Edmund, un matrímonío que tendría que
soportar hasta ía muerte.
Las paíabras de Dynna ío ííenaron de asombro. Se voívíó hacía eíía y se
desprendíó deí brazo que íe rodeaba ía cíntura.
-Decís tonterías -dí|o en tono enfadado-. No hay comparacíón
posíbíe. Vos podéís ír adonde os píazca, pero yo he sído encadenado a ía
pared y ahora estoy encerrado en esta habítacíón.
-Aígunas cadenas son ínvísíbíes.
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-Vuestro futuro está en vuestras manos; podéís marcharos, sí eso es
ío que queréís.
Eíía ío míró y soító una rísíta críspada, y por prímera vez Brage vío que
aígo ía atormentaba.
-Es ío que procuraba hacer cuando vuestros hombres me atraparon -
repíícó en tono afectado por ía emocíón.
Ante esa confesíón, Brage fruncíó eí ceño.
-Así que aqueí día estabaís huyendo... Me pregunté por qué íbaís
dísfrazada. ¿De qué huíaís? ¿De una sítuacíón o de un hombre?
-De un hombre. De sír Edmund. Soy su prometída por orden de íord
Aífríck y pronto se ceíebrará ía boda.
-Soís una mu|er demasíado excepcíonaí como para casaros con esa
cíase de hombre.
Ambos se míraron a íos o|os; ía mírada de Brage era soíemne, ía de
eíía, angustíada. Con ínñníta ternura, eí víkíngo íe rozó ía me|ííía.
-Lamento que aí capturaros ímpídíera vuestro íntento de aícanzar ía
ííbertad -dí|o-. |amás querría haceros daño.
Dynna ío míró ñ|amente; ío veía como un hombre, no como un
prísíonero víkíngo. Eí deseo ardía en ía mírada de éí y comprendíó que
estaba a punto de besaría. Se dí|o a sí mísma que debía apartarse, escapar
deí atractívo que e|ercía sobre eíía, pero no ío hízo.
Aí contempíaría, Brage pensó que era ía mu|er más beíía deí mundo.
Notó su íncertídumbre y quíso trataría con duízura. Se íncíínó y íe besó íos
íabíos con suavídad y ternura.
Dynna soító un gríto ahogado. Eí deseo no era aígo desconocído para
eíía; había dísfrutado hacíendo eí amor con Warren, una experíencía
deíícada. Pero aqueíío... aqueíío era aígo díferente. Nunca había sentído aígo
seme|ante, y sóío a causa deí roce de sus íabíos.
Cuando Brage se apartó, Dynna ío míró ñ|amente. Sus ce|as oscuras,
sus o|os azuíes y bríííantes, ía íínea dura y víríí de su mandíbuía... Nunca
había vísto un hombre más apuesto que Brage. La prímera vez que ío había
vísto, su rostro barbudo y cubíerto por eí vísor deí casco, ía íntímídó. Pero
ahora, bíen afeítado, con eí cabeíío corto y un aspecto saíudabíe, no sóío íe
parecía poderoso síno tambíén tremendamente apuesto. Se dí|o que Brage
suponía un peíígro para eíía; sín embargo, no íe resuítaba amenazador.
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Aí notar ía íntensídad de sus sentímíentos, Dynna se percató de su
vuínerabííídad y retrocedíó; necesítaba dístancíarse de éí.
Oue eíía se aíe|ara de éí deííberadamente ío hízo reñexíonar. |amás
hubíera ímagínado que un beso casto encendería seme|ante hoguera en sus
entrañas. Lady Dynna era ía mu|er más beíía que había vísto |amás. Sabía
que era vaííente en cuanto ía conocíó y ahora tambíén sabía que era una de
ías mu|eres más buenas y generosas que había conocído. Su beso ío había
excítado más que níngún otro, y ía míró tratando de íeeríe eí pensamíento.
Dynna permanecía ínmóvíí, turbada por íos sentímíentos que ía
abrumaban.
-Me parece que os estáís recuperando muy bíen, cabaííero víkíngo -
dí|o-. Es evídente que os encontráís me|or.
-Sí, es verdad -contestó Brage en voz ba|a, pero con mírada aíegre.
Dynna percíbíó su aíegría y retrocedíó aún más.
-Entonces creo que podéís camínar me|or de ío que suponía. Ouízá
debíeraís íntentar echaros en ía cama sín mí ayuda.
Brage se gíró, se dírígíó a ía cama sín de|ar de sonreír y íe íanzó una
mírada muy eíocuente.
Dynna no pudo evítar verse en ía cama con éí: Tocándoío
apasíonadamente, no curándoío; acarícíándoío, no para refrescarío síno para
avívar su deseo. Se gíró y echó a correr hacía ía puerta con toda ía dígnídad
de ía que fue capaz y, aí saíír aí pasííío, oyó ía rísa de Brage a sus espaídas.
Dynna saííó ñngíendo serenídad, puesto que Perkín no debía enterarse
de nada. Ba|ó ías escaíeras síntíéndose todavía más confundída y aíterada
que antes, cuando ías había subído. Los probíemas ía rodeaban por doquíer:
En prímer íugar estaba Edmund, y ahora Brage.
Dynna anheíaba regresar a su hogar, donde su madre ía aconse|aría y
ía ayudaría, pero no había manera de regresar a esos días afectuosos y
famíííares. Eí futuro se extendía ante eíía, íúgubre y frío.
Sabía que sóío íe quedaba una úníca fuente de ayuda. Pasó |unto a su
habítacíón y se dírígíó apresuradamente a ía capííía para rezar. Díos era su
úníca esperanza.
La capííía era sencííía y estaba envueíta en sombras, sóío ííumínada
por aígunas veías encendídas en eí aítar. Se arrodíííó y oró con fervor,
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supíícando ía ayuda dívína, rogando que ía rescatara deí síno fataí que
sígníñcaba casarse con Edmund.
Permanecíó arrodíííada durante mucho tíempo. Sentírse atraída por
Brage ía íncomodaba. Un beso nunca había sído tan prometedor... ¿Acaso su
destíno sería casarse con un hombre a quíen detestaba? ¿Nunca encontraría
ía paz? Había esperado obtener una respuesta que ía ayudara a decídír su
futuro, pero para su doíor y desesperacíón, ía úníca respuesta a sus súpíícas
fue eí sííencío.
Cuando por ñn se díspuso a abandonar ía capííía, se sentía tan
abandonada como aí entrar. Era ío que síempre había sospechado, estaba
soía. Sí quería saívarse, tendría que saívarse a sí mísma.
Aí tender ía mano para abrír ía puerta, oyó voces en eí pasííío y, aí
reconocer ía de Edmund, se quedó ínmóvíí. No quería encontrarse con éí.
Verío una vez aqueí día ya era demasíado. Se aíe|ó de ía puerta y aguardó a
que éí y su acompañante se marcharan. Cuando pasó |unto a ía puerta, oyó
su voz con toda cíarídad.
-Las cosas están saííendo con casí demasíada perfeccíón, amígo mío
-decía Edmund.
-¿Por qué?
-Tanto eí padre Corwín como eí padre Osmar acaban de ííegar a ía
aídea. Ahora que han regresado, se ceíebrará mí boda con ía príncesa. Ya he
habíado con eí padre Corwín y ha dado su asentímíento para que ía
ceremonía se ceíebre antes de una semana.
-La víuda de vuestro hermano es precíosa. Comprendo que estéís
ansíoso por convertíría en vuestra esposa.
-Cuando me convíerta en íord de ía torre, eíía será una hermosa dama
para nuestro puebío.
Aí oír esas paíabras, Dynna síntíó que se íe retorcía eí estómago. ¡Los
sacerdotes habían regresado! ¡La boda se ceíebraría dentro de una semana!
Había creído que ías píegarías ía ayudarían; pero aí parecer su destíno
estaba decídído y se echó a tembíar.
-¿Oué ocurre con eí Haícón Negro?
-Ésa es ía otra buena notícía -contestó Edmund-. Hereíd debe de
estar a punto de ííegar con ínformacíón acerca deí íntercambío. Mí padre se
sentírá muy compíacído una vez que hayan pagado eí rescate, pero en
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cuanto nos hayamos hecho con eí oro, me encargaré personaímente de
acabar con ía vída deí víkíngo y íos suyos.
-¿Pensáís organízar otra trampa?
-¿Ouíén podría creer que somos tan íngenuos como para ííberar aí
saqueador que ha aterrorízado nuestras tíerras? Me sorprende que mí padre
ío haya de|ado con vída durante tanto tíempo, pero según me han dícho,
Ansíak ínsístírá en verío con vída antes de entregarnos eí oro. Habrá
arqueros ocuítos en íos aírededores, con ías ñechas apuntando a ía cabeza
deí Haícón Negro. Morírá |unto con íos demás. Entonces recuperaremos una
parte deí oro que nos han robado en eí pasado.
-Es un pían bríííante, sír Edmund, y guarda cíerto parecído con eí que
urdísteís después de que eí víkíngo traídor os ínformara de que eí Haícón
Negro nos atacaría. Una vez hecho, habréís de|ado satísfechos a todos:
Habréís obtenído oro para vuestro reíno y matado aí Haícón Negro, y eso es
ío que eí deíator quería que hícíeraís, ¿verdad?
-Fue ío úníco que exígíó a cambío de ía ínformacíón proporcíonada,
detaííes deí ataque deí Haícón Negro a cambío de su muerte. Cuando
nuestras ñechas hayan dado en eí bíanco, habré cumpíído mí parte deí
trato.
-Eí engaño se os da muy bíen.
-Aún no he fracasado aí píanear ía derrota de mís rívaíes -dí|o
Edmund y soító una carca|ada-. Dísfruto buríando a mís enemígos y ío
habré íogrado cuando vea aí Haícón Negro muerto en sueío sa|ón.
Edmund y eí otro hombre se aíe|aron.
Dynna se quedó consternada. Sabía que sír Edmund era un hombre
frío, pero ahora... Recordó ía muerte prematura de Warren y no pudo evítar
preguntarse sí su hermano habría tenído aígo que ver con su «accídente».
La ídea ía hízo estremecer, porque saber que nunca averíguaría ía verdad ía
asustaba.
Recordar a su marído muerto ía hízo pensar en Brage. Sír Edmund ya
había píaneado su muerte. Las manos íe tembíaban y eí corazón íe íatía
apresuradamente míentras procuraba pensar qué hacer. Tenía que hacer
aígo para saívar a Brage. No podía permítír que ío asesínaran.
Entreabríó ía puerta de ía capííía, comprobó que eí pasííío estaba
desíerto y se escabuííó hasta su habítacíón. Una vez dentro, echó íos
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cerro|os y empezó a camínar de un íado a otro con pasos nervíosos,
tratando de descubrír eí modo de saívar a Brage de una muerte segura.
Por ñn, míentras recorría ía habítacíón, su mírada se ñ|ó en ía cesta con
íos remedíos y se íe ocurríó eí germen de una ídea para saívaríe ía vída,
tenía que sacar a Brage de ía torre y conseguír que regresara a su tíerra.
Para evítar convertírse en ía mu|er de Edmund, tenía que recurrír a sus
padres. Eííos ía protegerían. Taí como íe había dícho a Brage con
anteríorídad, ambos eran prísíoneros. Ahora tendrían que escapar |untos.
Lo más dífícíí sería sacar a Brage de ía torre. Dynna recogíó ía cesta y
se dírígíó a su pequeña mesa donde empezó a mezcíar híerbas y remedíos.
Preparó una buena cantídad y se aseguró de que ía mezcía fuera potente.
Las manos aún íe tembíaban pero sabía que no tenía eíeccíón. No podía
de|ar morír a Brage. Haría ío que fuera necesarío para saívarío deí maívado
pían urdído por Edmund.
Cuando ííamaron a ía puerta dío un respíngo y excíamó:
-¿Ouíén es?
-Soy Matíída, mííady. He de habíar con vos ahora mísmo -dí|o en tono
apremíante.
Dynna notó eí tono preocupado y se preguntó qué ocurría. Cubríó ía
mezcía con un paño y abríó ía puerta. Matíída entró apresuradamente sín
daríe tíempo a habíar.
-He venído en cuanto he podído. ¿Habéís oído ía notícía? -Aí ver ía
expresíón de Dynna, supo ía respuesta-. ¿Os habéís enterado de que...?
-¿Los sacerdotes han regresado? Sí.
-¿Oué haremos? ¡Sír Edmund ha anuncíado púbíícamente que ía boda
se ceíebrará ía semana que víene!
-No haremos nada -contestó Dynna.
-Pero mííady... -Matíída estaba desconcertada. Lady Dynna no podía
casarse con ese hombre. ¡De nínguna manera! No se parecía aí príncípe
Warren. Sír Edmund era crueí y maívado...
-Sín embargo...
-¿Tenéís un pían? ¿Oué puedo hacer para ayudaros? -Matíída vío eí
paño que cubría eí cuenco en ía mesa-. ¿Estáís preparando aíguna cíase de
pócíma? ¿Con qué ñn? ¿Para envenenar a Edmund y así resoíver nuestros
probíemas? -sugíríó en tono esperanzado.
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-No -repuso Dynna-. Pero esta pócíma no sóío es necesaría debído
aí regreso de íos sacerdotes.
-¿Oué más ha sucedído?
Dynna íe contó ía conversacíón mantenída por Edmund y eí otro
hombre.
Matíída soító un gríto ahogado.
Dynna ínspíró procurando tranquííízarse, preparándose para ío que
estaba a punto de hacer.
-No puedo quedarme de brazos cruzados y de|ar que ío maten -
decíaró.
-Haré ío que pueda para ayudaros.
-No. Esta vez no quíero que te veas ímpíícada. No puedo ííevarte
conmígo.
-¡Pero mííady...!
Dynna no se de|ó persuadír.
-Y tampoco puedo decírte nada más -agregó.
-Pero ¿por qué? Ouíero quedarme con vos. ¿Ouíén os protegerá?
¿Ouíén evítará que os hagan daño?
-Sabes que íos hombres de sír Edmund nos vígíían día y noche. Por
eso necesíto tu ayuda. Sí ambas desaparecemos aí mísmo tíempo,
sospecharían de ínmedíato. Así, ía posíbííídad de huír sín que ío noten será
mayor.
A Matíída no íe quedó más remedío que asentír.
-Haré ío que queráís, sea ío que sea, pero habéís de saber que
preferíría acompañaros para ayudaros -dí|o.
Dynna íe sonríó a su ñeí compañera.
-No sóío eres mí críada, Matíída, tambíén eres mí amíga. A excepcíón
de mís padres, eres ía persona en ía que más confío. Por eso has de
quedarte aquí y |urar que ígnoras mís píanes. No será una mentíra, y no te
harán daño.
-Sí ésa es ía me|or manera de ayudaros, entonces ío haré.
Dynna íe dío ías gracías.
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-Cuando ííegue eí momento de escapar, deberás ocuítar ía espada y
eí escudo deí Haícón Negro en eí exteríor de ía puerta de ía torre -dí|o-. Sé
que no será fácíí, pero espero que encuentres eí modo de hacerío.
-Lo encontraré.
Se míraron a íos o|os y Matíída vío que íady Dynna estaba decídída. De
todo corazón, deseó que su pían tuvíera éxíto.
%ynna aguardó eí momento oportuno. Sí regresaba a ía habítacíón de
Brage ahora, quízá suscítaría preguntas, puesto que no tenía motívos para
voíver hasta eí día síguíente.
No se sorprendíó aí recíbír un mensa|e de sír Edmund «ínvítándoía» a
acompañarío durante ía cena. Se ímagínaba ío que íe esperaba. Como no
quería daríe motívos para dudar de eíía o crítícaría, se puso una enagua
ceíeste y encíma una túníca bordada azuí oscuro, con broches dorados en
íos hombros, y íe pídíó a Matíída que íe trenzara eí peío.
-¿Estaréís bíen, mííady? -preguntó Matíída en tono de preocupacíón
cuando Dynna se díspuso a ba|ar a ía Gran Saía y reunírse con Edmund.
Dynna íe aseguró que estaría perfectamente.
-Ahora que sé a qué he de enfrentarme, y ío que haré aí respecto, me
síento más conñada -añrmó.
-Tened cuídado.
-No te ínquíetes. Seré muy cuídadosa. Esta noche, sír Edmund no
tendrá motívos para desconñar de mí.
Dynna se contempíó en eí espe|o y ensayó una sonrísa agradabíe por
úítíma vez. Sabía que estaba preparada para enfrentarse a íord Aífríck, sír
Edmund y íos sacerdotes. Aíbergaba ía esperanza de que sír Thomas
estuvíera presente, porque entonces habría aíguíen en ía saía con quíen
podía contar.
Cuando Dynna aparecíó en ía parte superíor de ías escaíeras, sír
Edmund estaba bebíendo una copa de cerveza con su padre. Hízo aíarde de
de|ar ía copa a un íado y acompañaría hasta ía mesa.
-Estáís precíosa, querída mía -ía aíabó y íe cogíó ía mano. Un brííío
de aprobacíón íe ííumínó ía mírada cuando ía recorríó de arríba aba|o.
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Eíía tuvo que esforzarse por dísímuíar eí dísgusto que íe causaba su
mírada predadora, y íe íanzó ía sonrísa bíen ensayada.
-¿Os habéís enterado de que esta noche tenemos huéspedes?-
preguntó éí.
-Matíída me ínformó deí regreso de íos sacerdotes. Voíver a veríos
será un píacer.
-Me aíegro de que os compíazca tanto como a mí -dí|o, y ba|ó ía voz
para que sóío eíía ío oyera-: He habíado con eí padre Corwín y ha
consentído en casarnos. Dentro de una semana seremos marído y mu|er.
-Eso fue ío que me dí|eron. -Dynna no despegó ía vísta deí padre
Corwín. Sus míradas se cruzaron y, durante un ínstante, íe parecíó ver aígo
más que una amabííídad cortés en ía expresíón deí sacerdote.
-Esta noche ío anuncíaremos oñcíaímente.
Eíía asíntíó con ía cabeza.
-Buenas noches, padre Corwín, padre Osmar -íos saíudó gentíímente.
-Me aíegro de veros, mííady. ¿Cómo estáís? -preguntó eí padre
Corwín. Había casado a sír Warren y íady Dynna, y síempre había sentído
afecto por eíía. La muerte prematura de Warren ío había entrístecído mucho.
-Me encuentro muy bíen -contestó con rapídez.
-Enhorabuena por vuestra boda ínmínente.
Dynna íe dío ías gracías en tono formaí, procurando ocuítar sus
verdaderos sentímíentos.
Síguíeron habíando sobre temas generaíes, de íos vía|es deí padre
Corwín y eí padre Osmar a través de ía comarca para atender a ía pobíacíón.
Cuando Edmund íos ínterrumpíó para que Dynna saíudara a otra persona, eí
padre Corwín aprovechó para examínaríos a ambos. Cuando íe ínformaron
de ía boda, se síntíó preocupado. Conocía muy bíen a Edmund y nunca íe
había gustado. Warren había sído un hombre bueno y gentíí, y un exceíente
marído, pero Edmund no ío sería en absoíuto.
Entonces, aí observaríos, eí padre Corwín se dío cuenta de que eíía no
había eíegído casarse con Edmund, taí como había sospechado desde eí
príncípío. Se aseguraría de habíar con íady Dynna en prívado esa mísma
semana. Deseaba su feíícídad y haría todo ío posíbíe por ayudaría.
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Lord Aífríck anuncíó que ía cena estaba a punto de comenzar y ííamó aí
padre Corwín para que bendí|era ía mesa. Habían preparado un auténtíco
festín en honor deí anuncío. Cuando todos acabaron de comer, íord Aífríck
se puso de píe. Todos íos ocupantes de ía saía guardaron sííencío y
esperaron sus paíabras.
-Ouíero anuncíar que dentro de síete días será ceíebrada una boda
entre sír Edmund, mí hí|o, y íady Dynna -anuncíó en tono muy orguííoso.
La saía estaííó en vítores. Dynna íogró esbozar una sonrísa educada
durante todos íos bríndís, cuando ío que reaímente quería era huír de ía saía
grítando. Estaba ímpacíente por escapar. Sóío hubo un momento en eí que
casí perdíó ía compostura: Cuando su mírada se cruzó con ía de sír Thomas
por accídente. Notó que se preocupaba por eíía y eso casí supuso su
perdícíón. Desvíó ía mírada ío más rápídamente posíbíe, porque no quería
que víera su apenas dísímuíada añíccíón.
Ya era tarde cuando manífestó que necesítaba retírarse y se quedó
perpíe|a cuando sír Edmund se mostró de ío más soíícíto.
-Os acompañaré a vuestra habítacíón.
Dynna sabía que díscutír resuítaría ínútíí y se íímító a cogerío deí brazo.
Cuando ííegaron ante su habítacíón, éí se detuvo un momento para
contempíaría.
-Formaremos una boníta pare|a -dí|o con voz pastosa-. Me sentíré
orguííoso de teneros a mí íado.
-Sóío espero que me consíderéís dígna de vos.
Edmund íe íanzó una sonrísa de borracho. Esa noche estaba menos
bataííadora que de costumbre y eso ío compíacía.
-Es bueno que ía ííegada de íos sacerdotes os haya ayudado a
comprender cómo son ías cosas -comentó-. Taí vez no tendré que
domaros tanto como creí.
Eíía apretó ías mandíbuías.
-Eí deber de una esposa es compíacer a su marído -asíntíó.
-Y seré vuestro marído muy pronto, Dynna. Muy pronto... -Edmund
íncíínó ía cabeza, íe estampó un beso apasíonado en ía boca y ía estru|ó
entre sus brazos.
Hacíendo gaía de una gran fuerza de voíuntad, Dynna toíeró que ía
besara y ía tocara sín resístírse.
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Cuando por ñn ía soító, tenía eí ceño fruncído.
-Soís un poco fría, pero no ímporta -dí|o éí. Le cíavó ía vísta y su
expresíón se voívíó íascíva-. Enseñaros a corresponder mí pasíón supondrá
un reto.
-Buenas noches -musító eíía.
-Buenas noches, prometída mía.
Antes de regresar a ía Gran Saía, Edmund aguardó hasta que entrara
en su habítacíón y cerrara ía puerta. La docííídad de Dynna ío compíacía y
tambíén que no hubíese mencíonado a su hermano muerto durante toda ía
veíada. Una vez que fuera suya, se encargaría de borrar todos íos recuerdos
de Warren de ía mente de Dynna. Los días síguíentes pasarían con mucha
íentítud, pero ía espera merecería ía pena.
%ynna sentía ganas de grítar, pero eí temor de que aíguíen ía oyera se
ío ímpídíó. Se arrancó ía ropa y se íavó para eíímínar cuaíquíer rastro de ías
manos de Edmund. Tras ponerse eí camísón, se acostó, pero sabía que no
concíííaría eí sueño. De aígún modo, tenía que urdír un pían para ííberar a
Brage y empezó a ídear díversos píanes para sacarío a hurtadííías de ía
torre. Drogar aí guardía para que no íes ímpídíera eí paso sería sencííío, pero
ío más dífícíí sería atravesar ía Gran Saía sín ser vístos, aí íguaí que ío había
sído para eíía y Matíída cuando ío íntentaron.
Durante un momento, consíderó ía posíbííídad de recurrír a ía ayuda de
sír Thomas, pero descartó ía ídea de ínmedíato. Su honor ío obíígaba a
mantenerse ñeí a íord Aífríck y no podía hacer nada que comprometíera ía
paíabra dada. No, tendría que hacerío soía. Fuera cuaí fuese eí pían que
for|ara, sería eí suyo.
Míentras permanecía tendída íntentando urdír un pían para saívarío,
Dynna pensó en Brage. Líevaba eí recuerdo de su beso grabado en eí
corazón: Había sído suave y cáíído. Eí de Edmund, una tortura.
Dynna se preguntó cómo reaccíonaría ante ío que eíía pensaba
proponeríe aí día síguíente. No sabía sí ía creería, pero debía íntentarío. De
aígún modo, tenía que convencerío de que escapara con eíía. Ambos se
necesítaban. Eíía necesítaba su fuerza y éí su conocímíento de ía torre, de ía
comarca y sus habítantes.
|untos, podían hacer un íntento de aícanzar ía ííbertad.
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CAPÍTULO 10
Brage pasó una noche ínquíeta. Eí recuerdo de íady Dynna y eí beso
ímpídíeron que concíííara eí sueño hasta ía madrugada. No había querído
besaría, pero íncíuso míentras reñexíonaba sobre todos íos motívos por íos
cuaíes había sído un error, no íograba oívídar cuán maravíííoso fue.
Brage procuró de|ar de pensar en eíía, pero fue en vano. Había vísto su
vaíentía; su cora|e era mayor que eí de muchos guerreros. Era una sanadora
de taíento que había íuchado por saívaríe ía vída cuando íos demás ío
hubíesen de|ado morír. Dynna era una mu|er excepcíonaí y no se merecía eí
destíno que querían ímponeríe. Casaría con sír Edmund era una crueídad
que Brage no íe hubíera ínñígído aí más detestado de sus enemígos. Se
preguntó sí exístíría un modo de ayudaría, pero comprendíó que íncíuso
pensar en eso era ínútíí, éí era un prísíonero, íncapaz de ayudar a nadíe.
Entonces empezó a sopesar ía posíbííídad de escapar. Consíderó que
cuando ía puerta se abríera ííegado eí momento resuítaría sencííío domínar
aí guardía y hacerse con su arma. Armado con ía espada, conñaba en su
capacídad de escapar con vída de ía torre.
Entonces eí recuerdo de Dynna se ínterpuso en sus píanes, pero
descartó ía ídea de ííevaría consígo. No tenía ní ídea de ío que haría con eíía
y además supondría ponería en peíígro. Ouería escapar a soías. Sí íady
Dynna ío acompañaba...
Brage se reconvíno mentaímente. Era ímposíbíe, no funcíonaría. Aún
íncapaz de dormír, se íevantó de ía cama y se acercó a ía pequeña ventana.
Con ía vísta cíavada en ía nocturna campíña, se preguntó cuándo debería
hacer eí íntento.
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%ynna no veía ía hora de que se hícíera de día. No se moíestó en
tomar eí desayuno. Reuníó ío necesarío para afeítar a Brage y se dírígíó
dírectamente a ía habítacíón de ía torre, procurando no parecer demasíado
ansíosa. Saíudó a Cííve, eí hombre que estaba de guardía aqueí día,
ñngíendo una despreocupacíón que no sentía. Aí entrar en ía habítacíón, vío
que Brage estaba sentado a un íado de ía cama, aí íguaí que eí día anteríor.
-Líegáís temprano, mííady -comentó Brage. Su recuerdo no había
de|ado de rondarío casí toda ía noche y ahora, aí vería, íe parecíó aún más
encantadora.
Dynna se aproxímó porque quería evítar que Cííve oyera sus paíabras.
-He de habíar con vos, pero ha de ser en voz ba|a -íe dí|o-.
Habíaremos míentras os afeíto.
Brage notó que estaba tensa y se preguntó qué querría decíríe. Se
repantígó en ía cama apoyado en un brazo y íe íanzó una medía sonrísa.
-Habíaremos, sí gustáís. Oívídaos deí afeítado -contestó.
-Debo tener un motívo para acudír, y afeítaros es ese motívo.
-Sí pudíera eíegír, preferíría camínar. -Su mírada no se despegó de ía
suya.
-Los prísíoneros no eíígen. Les dícen qué han de hacer y cuándo -dí|o
eíía, y su voz expresaba ía amargura que ía embargaba.
Aí recordar su sítuacíón, ía sonrísa de Brage se borró y su mírada se
voívíó sombría.
-Por supuesto, íady Dynna. Oívídé mí sítuacíón. Soy un cautívo y estoy
a merced de vos. -Se preguntó sí habría ímagínado eí beso que
compartíeron.
-De eso he de habíaros.
-¿De qué? Nada ha cambíado. Vos ío dí|ísteís: Soy eí prísíonero de íord
Aífríck.
-Soís su prísíonero, de momento -dí|o, hacíendo híncapíé en ías dos
úítímas paíabras.
-¿Oué queréís decír?
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-Ayer por ía noche descubrí que pronto de|aréís de ser un prísíonero;
habréís muerto. -Míentras preparaba eí agua para abíandaríe ía barba,
íntentaba comportarse como sí mantuvíeran una conversacíón ínformaí, por
sí Cííve se asomaba a ía puerta, pero vío que Brage íe íanzaba una mírada
aguda.
-¿Oué oísteís, exactamente?
-Sír Edmund píanea mataros, sean cuaíes sean íos píanes de su
padre...
-¿Oué píanea íord Aífríck?
Dynna íe humedecíó ía cara y empezó a afeítarío sín de|ar de habíar.
-Lord Aífríck envíó un mensa|ero para habíar con vuestro padre,
ofrecíendo ííberaros a cambío de quíníentas ííbras de oro. -La ínformacíón
conmocíonó aí víkíngo-. Cuando descubríeron que eraís eí Haícón Negro,
comprendíeron que teníaís un gran vaíor para íos vuestros.
-Así que por eso permítíeron que me curaraís -comentó Brage en
tono pensatívo.
-Eí mensa|ero está a punto de regresar con ía respuesta. Lord Aífríck
está convencído de que aceptarán eí trato.
Brage se enfadó. Su mayor deseo era recuperar ía ííbertad, pero ío
enfurecía que su padre se víera obíígado a pagar por eíía en oro. La notícía
sóío reforzó su determínacíón de escapar cuanto antes. Se saívaría a sí
mísmo y evítaría que su padre pagara eí rescate.
Dynna síguíó contándoíe todo ío que había oído sín de|ar de afeítarío:
-Sín embargo, Edmund tíene otros píanes. En cuanto obtengan eí oro,
os matará y tambíén a todos quíenes acudan para pagar eí rescate.
Aí oír aqueíío, Brage se puso todavía más tenso.
-¿Por qué me ío decís? -ínquíríó.
-Os propongo un trato.
-¿Oué cíase de trato?
-Ya os he dícho que aquí soy tan prísíonera como vos y, aí íguaí que
descubrí que vuestra vída está a punto de ííegar a su ñn, tambíén sé que ía
mía correrá eí mísmo destíno. Mí sítuacíón es desesperada. Eí padre Corwín
y eí padre Osmar regresaron a ía aídea antes de ío esperado. Anoche, íord
Aífríck anuncíó que Edmund y yo nos casaremos dentro de una semana.
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-¿Y eso qué reíacíón guarda con un trato entre nosotros?
-No me casaré con Edmund -respondíó eíía en tono ta|ante y aízó ía
barbííía-. Me íré de aquí antes de ía boda. Eí trato que os propongo es eí
síguíente: Os sacaré de ía torre, a condícíón de que me acompañéís hasta ía
casa de mís padres. Una vez que haya encontrado refugío aííí, me encargaré
de que podáís regresar a vuestro hogar sano y saívo.
Brage ía contempíó con expresíón atóníta. Comprendía su necesídad
de escapar de Edmund, pero éí debía escapar a soías. Eí pían de Dynna era
demasíado peíígroso.
-¿Acaso no os daís cuenta de cuán rápídamente descubrírán vuestra
ausencía y que Edmund os buscará por todas partes cuando descubra que
habéís escapado?
-Por eso necesíto que me acompañéís. |untos, íograremos escapar deí
destíno que están a punto de ímponernos.
-Me níego a hacer ese íntento con vos.
Su negatíva ía conmocíonó y ía enfadó.
-De ío contrarío, ¿cómo pensáís poneros a saívo? -ínsístíó Dynna-.
Os ofrezco ía ííbertad. Sí no me ííeváís con vos, os matarán.
-No píenso quedarme aquí esperando que me maten. Ya estaba
píaneando escapar, pero no píenso ííevaros.
-¿Por qué no? Conozco ía comarca y íos habítantes.
-Sí escapamos |untos, sír Edmund redobíará eí esfuerzo por
atraparnos. Soís una mu|er, sóío seríaís un estorbo.
-Camínaré tan rápídamente como vos, víkíngo -contestó eíía y un
brííío desañante asomó a sus o|os gríses.
-Sería demasíado peíígroso. Sí estoy soío, puedo centrarme en íuchar.
Sí me acompañáís, me preocuparía por vos.
-Lucharé a vuestro íado.
-Podríaís morír -íe advírtíó Brage.
-No me ímporta. Preñero morír ahora, íntentando ííegar aí hogar de
mís padres, que casarme con Edmund y pasar eí resto de mís días sufríendo.
¿Dónde me refugíaría? ¿Oué amor encontraría entre sus brazos? -La ídea
hízo que soítara una carca|ada dura.
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Sus apasíonadas paíabras ío hícíeron dudar. Recordó su propía
desesperacíón anteríor, y que hubíese preferído ía muerte antes que ías
cadenas y ía humíííacíón de ser eí prísíonero de íord Aífríck.
Dynna acabó de afeítarío y se puso de píe.
Brage ía míró ñ|amente, contempíando su orguíío y su beííeza. La ídea
de que se casara con Edmund, que estuvíera en su poder, obíígada a
cumpíír con sus deseos, a compartír su íecho, ío hízo rechínar íos díentes.
Estaba seguro de que sír Edmund era un hombre rudo. Brage quería
ayudaría, pero no quería ponería en peíígro. Sí aígo íe ocurríera míentras
estaba con éí...
-No sabéís ío que estáís dícíendo, Lady Dynna -dí|o aí ñn.
-No me casaré con sír Edmund. Abandonaré esta torre y me dírígíré a
casa de mís padres, donde estaré a saívo. Os ofrezco ía oportunídad de
acompañarme y obtener vuestra ííbertad. Tengo una pócíma que servírá
para drogar aí guardía; puedo hacerme con vuestra espada y vuestro
escudo y díspongo de íos medíos para que ambos saígamos de ía torre. Sín
mí ayuda, |amás escaparéís.
-Cuando me marche, íré soío -repítíó Brage, desgarrado por ía ídea
de de|aría a merced de Edmund.
Dynna estaba desesperada. Detestaba coaccíonar a Brage para que ía
acompañara, pero no tenía otra opcíón.
-Sí os negáís a acompañarme -dí|o, y su rostro expresaba una ñera
determínacíón-, me encargaré de que |amás escapéís de esta torre.
Ordenaré aí guardía que os vueíva a encadenar |unto a íos perros.
Aí verse acorraíado, Brage íogró controíar su íra a duras penas.
-Sabéís cómo conseguír ío que queréís, mííady -gruñó.
-Sóío porque me habéís obíígado. Haré ío que sea necesarío para saíír
de aquí.
Se míraron dírectamente a íos o|os, y Brage vío que su determínacíón
era ímpíacabíe; eíía ío había obíígado a aceptar eí trato y dudó entre
admírar su cora|e aí enfrentarse a éí o enfadarse por ser manípuíado.
-Bíen, víkíngo, ¿tenemos un trato? ¿Aceptáís mís condícíones? En
úítíma ínstancía, os beneñcíará. Sóío tendréís que acompañarme a casa de
mís padres, después quedaréís ííbre para íros.
Brage no tenía eíeccíón.
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-De acuerdo. Bíen, ¿qué otro pían tenéís? ¿Cuándo nos marchamos?
-Regresaré esta noche, cuando Perkín esté de guardía. Le díré que he
de ayudaros a hacer e|ercícío. La pócíma ío dormírá y, una vez que se haya
dormído, será fácíí escapar de esta habítacíón.
-¿Y ía Gran Saía? ¿Cómo ía atravesaremos sín ser descubíertos?
-Para cuando ííegue ía noche, todo estará píaneado.
Brage aceptó ía ídea de que huírían |untos de ía torre con resígnacíón.
Se preguntó cuándo habían de|ado de ser enemígos y, sí no ío eran, ¿qué
eran?
-¿He de conñar en vos? -preguntó.
-No os preocupéís. Mañana por ía mañana nos habremos ííbrado de
íord Aífríck y sír Edmund.
Brage estaba ínquíeto, pero no podía hacer gran cosa. Eíía había
for|ado íos píanes, éí no había partícípado, sóío tenía que ííevaríos a cabo.
La ídea íe dísgustaba bastante.
Dynna notó su expresíón tensa y preguntó:
-Estáís ío bastante recuperado como para íntentarío, ¿verdad?
-La mera ídea de recuperar mí ííbertad me proporcíona ía fuerza de
cínco guerreros. -Aí menos, Brage se aíegró de que su pían por parecer
debííítado estuvíese funcíonando.
-Regresaré más tarde, cuando se haya hecho de noche.
Brage observó cómo se marchaba, con ía cabeza en aíto y porte
arístocrátíco. De no haber estado tan furíoso por ías círcunstancías, habría
consíderado que era una mu|er magníñca.
Esa tarde, sentadas en su habítacíón, Dynna y Matíída compartían
unos tensos momentos.
-¿Puedes hacerte con eííos y ocuítaríos? -preguntó Dynna.
-Cuando oscurezca, íograré sacaríos de ía torre y íos esconderé en eí
arbusto cerca de íos árboíes, |unto a ía prímera curva deí camíno, pero ¿y
vos, mííady? ¿Cómo sacaréís aí víkíngo de ía torre sín que os descubran?
¿Oué íes díré a ía mañana síguíente, cuando comprendan que os habéís ído?
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-Ouíero que tomes una pequeña dosís de ía pócíma somnífera, esta
noche, antes de acostarte. Así podrás decír que te obíígué a bebería y que
dormías profundamente y no te enteraste de nada. Servírá para
convenceríos de tu ínocencía en este asunto.
Matíída asíntíó a desgana. Ouería ír con íady Dynna.
-Tendréís cuídado, ¿verdad? -íe preguntó.
-Ésta es ía úítíma oportunídad que tendré para regresar a casa. No me
queda más remedío que tener cuídado.
-¿Y Brage? No conñéís demasíado en éí. Podría resuítar peíígroso.
-Sé que es de naturaíeza saíva|e, pero por eso mísmo me resuíta útíí.
Ansía recuperar ía ííbertad, tanto como yo ía mía, y por eso me fío de éí. -
La angustía que sentía se reñe|aba en su mírada.
-Mís píegarías os acompañarán.
-Me temo que ías necesítaré -susurró Dynna.
*ás tarde, después de cenar, Dynna regresó a ía habítacíón de ía
torre, cargada con su cesta de remedíos y una |arra de cerveza para Perkín.
A Perkín íe encantaba ía cerveza y Dynna había echado una buena dosís de
su pócíma en ía |arra, dormíría como un tronco durante horas. No sabía con
cuánta rapídez surtíría efecto, pero en cuanto Perkín se durmíera, eíía y
Brage díspondrían deí tíempo suñcíente para escapar.
Perkín, aburrído, permanecía sentado en eí pasííío deíante de ía
habítacíón. Eí día había sído íargo y, cuando subíó ías escaíeras para reíevar
aí otro guardía, comprendíó que ía noche ío sería aún más. Estaba
cómodamente sentado en ía sííía cerca de ía puerta cuando oyó pasos. Se
puso de píe y fue a ínvestígar; ahora que eí Haícón Negro se encontraba
me|or, no era habítuaí que aíguíen ío vísítara durante ía noche.
Perkín se asomó aí hueco de ía escaíera y vío a íady Dynna.
-Buenas noches, mííady. Veros en esta noche soíítaría es un píacer.
Dynna íe íanzó ía más seductora de sus sonrísas.
-Buenas noches, Perkín. Te he traído un poco de cerveza. Pensé que
quízá te gustaría beber un trago.
-Os agradezco, mííady. Resuítará reparador -dí|o y cogíó ía |arra.
Pensar en otros y ocuparse de sus necesídades era típíco de Dynna.
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-Oue ío dísfrutes. ¿Cómo se encuentra nuestro prísíonero esta noche?
-No ha dícho ní una paíabra desde que cogí eí reíevo, pero es ío
normaí. Es un hombre tranquíío; ío úníco que me preocupa es que a veces
íos tranquííos son íos más peíígrosos.
-Lo sé. Me aíegraré mucho cuando haya regresado con íos suyos. -
Habíaba compíetamente en serío.
-¿Oueréís entrar?
-Sí. Su estado me ínquíetaba. Esta tarde parecía un poco débíí, así
que sería me|or comprobar que no vueíva a tener ñebre.
-Os abríré, mííady. -Perkín de|ó ía |arra en eí sueío y se apresuró a
abrír ía puerta-. ¿Oueréís que me quede con vos?
-No. Estaré perfectamente. Te ííamaré sí te necesíto.
Éí se quedó esperando que entrara y después echó eí cerro|o. Todavía
sonreía cuando se acomodó en ía sííía, cogíó ía |arra y bebíó un buen sorbo.
Era estupendo que íady Dynna se acordara de éí. La cerveza estaba fresca y
dísfrutó de cada gota.
-Habéís cumpíído con ío prometído -dí|o Brage una vez que ía puerta
se cerró a espaídas de Dynna.
-¿Acaso ío dudabaís?
-No -repuso, sonríendo aí ver su expresíón ñera.
-Le dí|e aí guardía que esta tarde estabaís débíí y que por eso víne a
veros tan tarde. Poneos de píe, comprobaremos sí podéís andar -sugíríó;
quería habíar de sus píanes pero debía habíar en voz ba|a para que no ía
oyeran.
-Vos soís ía sanadora.
Dynna se acercó a éí y íe rodeó ía cíntura con eí brazo. Eí contacto con
su píeí desnuda era embríagador, pero sabía que debía resístírse a ía
atraccíón. No era momento de pensar en cosas seme|antes, sóío en escapar.
-¿Podéís recorrer ía habítacíón? -preguntó, ínterpretando eí papeí de
enfermera soíícíta.
Brage no pudo evítar una sonrísa y respondíó en voz ba|a:
-Con vuestra ayuda, príncesa, creo que podría saíír camínando de
esta torre.
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Eíía íe devoívíó ía sonrísa con cíerto nervíosísmo. Casí había ííegado ía
hora de escapar y no podía dísímuíar su angustía.
-Necesítamos una dístraccíón -susurró, aí tíempo que ñngían recorrer
ía habítacíón íenta y doíorosamente-. Eché ía pocíón en ía |arra de cerveza
de Perkín. Sí se apresura a bebería, debería dormírse de ínmedíato.
-Podría símuíar una caída.
-No creo que sea necesarío. Límítaos a ñngír que estáís demasíado
débíí para regresar aí íecho. Perkín acudírá a ayudarme en cuanto ío ííame,
pero aguardemos un mínuto más. Ouíero daríe tíempo a beberse toda ía
cerveza.
Brage estaba ansíoso por saíír de ía torre, no había pensado en otra
cosa. Ahora que había ííegado eí momento, ía ídea de abandonar ía torre ío
entusíasmaba, pero sabía que debía tener unos mínutos más de pacíencía.
-Decídme cuándo queréís que mís fuerzas ñaqueen, mííady.
Antes de que eíía contestara díeron dos íentas vueítas más por ía
habítacíón.
-Creo que ha transcurrído eí tíempo suñcíente -dí|o aí ñn-. ¿Estáís
díspuesto?
-Más que díspuesto. -Brage ía míró ñ|amente. Eí brííío píateado de
íos o|os gríses de Dynna expresaba su férrea determínacíón, y se apíadó de
cuaíquíer hombre que íntentara detenería.
Se de|ó caer contra eíía adrede y ambos se tambaíearon.
-¿Estáís bíen? -preguntó Dynna, eíevando ía voz para que Perkín ía
oyera.
Brage tropezó y se apoyó en eíía.
-Es como sí no pudíera mantenerme en píe...
-¡Perkín! -excíamó, aterrada porque no íograba cargar con su peso.
-¿Sí, mííady? ¿Oué...? -Eí guardía vío que íuchaba por sostener aí
víkíngo.
Dynna notó que Perkín no parecía adormííado en absoíuto y se
preocupó. Había creído que se bebería ía cerveza de ínmedíato y íe
ahorraría ía necesídad de ñngír. Sí no había sído así, no podrían escapar.
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-De pronto perdíó fuerzas... No puedo sostenerío... -expíícó Dynna.
Brage ííevaba razón cuando dí|o que ambos caerían aí sueío sí éí apoyaba
todo su peso en eíía. Ya sabía que era un hombre fornído y poderoso, pero
hasta ese momento no había comprendído hasta qué punto.
Perkín de|ó eí arma a un íado y fue a rescatar a ía príncesa. Cogíó eí
brazo sano de Brage, ío apoyó en su hombro y acompañó aí fornído víkíngo
hasta ía cama.
Brage soító un gemído que parecía auténtíco.
-Parece sufrír doíores, mííady -comentó eí guardía.
-Lo sé -repuso eíía-. Lord Aífríck se dísgustará sí empeora. Es
ímportante que síga gozando de buena saíud.
Ba|o eí peso de Brage, Perkín se tambaíeó un par de veces y su propía
debííídad ío desconcertó. Cuando por ñn íe ayudó a recostarse, Perkín se
síntíó extrañamente mareado.
Eí guardía se voívíó hacía Dynna y eíía íe sonríó.
-Gracías por tu ayuda -íe dí|o-. No sé que hubíera hecho sín tí.
-¿Estaréís bíen? ¿Necesítáís aíguna cosa? -preguntó eí guardía; de
pronto experímentó una tremenda soñoíencía.
-No. Todo está bíen.
Perkín se díspuso a abandonar ía habítacíón, pensando que íady Dynna
era muy vaííente. Cuando estaba a punto de aícanzar ía puerta, se
tambaíeó. Se apoyó contra ía pared y íe íanzó una mírada desconcertada a
íady Dynna.
-Mííady... -Entonces se cayó aí sueío, soító un suave gemído y se
quedó ínmóvíí.
Dynna observó fascínada eí efecto de ía pócíma. Esperaba que Perkín
no se hubíese hecho daño aí caer, y se apresuró a comprobar que sóío
dormía y no estaba herído.
-¿Perkín? -dí|o y íe rozó eí hombro.
Pero éste no se movíó.
-¿Se encuentra bíen? -preguntó Brage.
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-Debe de haber bebído toda ía |arra para dormír tan profundamente
-contestó eíía, mírando por encíma deí hombro-. Cuando despíerte estará
bíen, no se ha hecho daño.
Trató de íevantar aí guardía, pero no pudo.
-Ayudadme, quíero tenderío en ía cama.
Brage se acercó, se arrodíííó a su íado y cogíó aí guardía en brazos;
cuando Dynna íntentó ayudaríe, ía apartó.
Atóníta, observó cómo transportaba aí fornído guardía hasta ía cama.
Aí ver que había recuperado ías fuerzas hasta ese punto se puso nervíosa,
durante todos esos días había estado |ugando con eíía... Dynna síntíó un
punto de desconñanza, sí ía había engañado acerca de su capacídad físíca
para escapar, ¿qué más podía haberíe ocuítado? Pensó eh huír soía,
míentras aún pudíera, pero se aferró a su pían orígínaí por necesídad.
|untos, ía posíbííídad de aícanzar eí refugío de ía casa paterna era mucho
mayor.
Brage se enderezó y se voívíó hacía eíía, y entonces vío su expresíón.
-Os dí|e que ía perspectíva de ía ííbertad me daría ía fuerza de cínco
víkíngos.
-Sí, ya ío veo.
Sus míradas se encontraron. Brage vío ías ííamas que ardían en sus
o|os y supo que estaba furíosa.
-Maníatémosío y amordacémosío -dí|o eí víkíngo-. Así, sí despíerta
antes de hora, no podrá dar ía aíarma.
-No íe hagáís daño. Perkín es un hombre bondadoso y no nos ha
hecho nada maío.
Brage desgarró ía manta y usó ías tíras para atar y amordazar aí
guardía. Perkín no se movíó. Míentras Brage íe su|etaba ías muñecas y íos
tobíííos con íos trozos de ía manta, Dynna abríó ía cesta y sacó ía túníca y
ías botas de cuero suave proporcíonadas por Matíída y se ías tendíó.
Brage se puso ía túníca; íe quedaba estrecha pero íe cubría eí pecho.
Las botas eran de su taíía. Después atravesó ía habítacíón, cogíó ía espada
de Perkín y ía aízó, dísfrutando deí píacer de voíver a estar armado. Era una
buena espada, y se aíegró. Sí se veía obíígado a íuchar, quería estar ío
me|or armado posíbíe. Puesto que no dísponía de su propía espada, habría
de conformarse con aquéíía.
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Dynna ío observó míentras empuñaba ía espada y vío eí respíandor
ñero en su mírada, eí mísmo que había vísto ía prímera vez. Ya no íe parecía
un prísíonero, ahora voívía a ser eí guerrero víkíngo y aí comprender ío que
había hecho Dynna tragó saííva.
Brage notó su mírada y se voívíó hacía eíía. Permanecíeron en sííencío,
contempíándose ñ|amente y comprendíendo que ía osada aventura que
estaban a punto de emprender podía ser mortífera.
-¿Estáís segura de que queréís acompañarme? -preguntó Brage.
-Estoy segura -contestó eíía sín dudar ní un ínstante.
Se mantuvíeron ía mírada unos segundos más, sabíendo que su
destíno estaba escríto.
-Vamos, en marcha -dí|o éí aí ñn.
Saííeron de ía habítacíón a hurtadííías y cerraron ía puerta con ííave
antes de descender ías escaíeras y emprender ía prímera fase de su huída.
Avanzaron en sííencío, procurando ocuítarse entre ías sombras, y aí
aproxímarse a ía capííía oyeron pasos. Dynna sufríó un ínstante de páníco,
porque no había dónde ocuítarse y, desesperada, cogíó a Brage deí brazo e
índícó ía puerta de ía capííía. Se desíízaron dentro deí oscuro recínto,
esperando y aguzando íos oídos hasta que íos pasos se acercaron y pasaron
|unto a eííos.
Cuando voívíó a reínar eí sííencío, Dynna soító un suspíro. Sóío
entonces notó eí tembíor de sus manos y que Brage estaba |usto detrás de
eíía con ía espada díspuesta. Su mírada oscííó entre éí y eí arma.
-Me níego a regresar a esa habítacíón o a ser encadenado -dí|o
Brage.
-Estoy preocupada... No creí que a esta hora de ía noche aíguíen
andaría por ahí. Creí...
-¿Lady Dynna? ¿Necesítáís ayuda?
Se voívíeron sobresaítados aí escuchar ía voz. Eí padre Corwín, que
había estado dedícado a sus píegarías cuando ía puerta se abríó y Dynna
entró acompañada por un extraño, sóío tardó un ínstante en comprender ío
que ocurría.
La pregunta deí padre Corwín atravesó eí sííencío de ía capííía. Dynna
soító un gríto ahogado y Brage dío un paso hacía eí sacerdote, díspuesto a
íuchar.
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-Padre... Brage... No... -ío cogíó deí brazo para detenerío-. No
ímagíné que aíguíen estaría aquí...
Corwín reconocíó eí tono angustíado de su voz y comprendíó. Oue
hubíera aceptado ía propuesta matrímoníaí de Edmund sín protestar ío
había sorprendído.
-No temáís, íady Dynna, no supongo una amenaza para vos -dí|o,
arrodíííándose y sín aízar ía vísta.
-He de abandonar este íugar, padre Corwín. No puedo quedarme aquí,
no puedo casarme con Edmund.
-No temáís. No he vísto nada fuera de ío común esta noche.
Dynna síntíó un gran aíívío. Éí tenía eí poder de poner punto ñnaí a su
huída y había optado por no hacerío.
-Gracías.
-¿Dynna? -Brage todavía estaba díspuesto a arremeter y aí habíaríe
no despegó ía vísta deí sacerdote.
-No pasa nada -ío caímó eíía-. Eí padre Corwín es un amígo.
Brage ío dudaba, pero no dí|o nada. No obstante, estaba díspuesto a
todo míentras aguardaba eí desarroíío de íos acontecímíentos.
Eí padre Corwín notó ía ferocídad deí hombre que ía acompañaba y en
cíerto modo se aíegró de que estuvíera aííí para protegería. Eíía necesítaría
aíguíen que ía defendíera, y se síntíó orguííoso de que Dynna osara desañar
a sír Edmund.
-Tened cuídado aí atravesar ía Gran Saía -íes dí|o eí sacerdote-.
Habrá o|os observando. Sín embargo, sí yo me marchara a esta hora, nadíe
me detendría ní me ínterrogaría.
-¿Iríaís con nosotros?
-No puedo, pero buscad y procurad encontrar aqueíío que Díos ha
díspuesto para vuestra saívacíón -dí|o, índícando ía capííía y ía puerta que
daba a ía pequeña habítacíón donde éí dormía.
Las paíabras deí sacerdote ía desconcertaron y comprendíó que
aíbergaban un sígníñcado ocuíto. Recorríó ía capííía en busca de aígo que
pudíera servíríes de ayuda míentras Brage vígííaba |unto a ía puerta.
Cuando se detuvo ante ía puerta que daba a ía habítacíón deí padre Corwín,
vío que encíma de su estrecha cama había dos casuíías píegadas.
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-¡Os referíaís a esto! -susurró y ías cogíó.
-Oue ía paz sea con vos, hí|a mía -contestó eí sacerdote, mantuvo
íos o|os cerrados y prosíguíó con sus oracíones.
Dynna regresó apresuradamente |unto a Brage, que no comprendía ío
que estaba hacíendo.
-¡Tomad! ¡Ponéosío! -íe ordenó.
-¿Oué es?
-Es ía casuíía de un sacerdote. Poneos ía capucha y sí aíguíen os
díríge ía paíabra, asentíd con ía cabeza y seguíd camínando. Símuíad que
rezáís.
Brage se puso ía íarga casuíía y se cubríó ía cabeza con ía capucha.
-Bíen... Yo me pondré ía otra. Así, sí aíguíen nos ve, creerá que somos
eí padre Corwín y eí padre Osmar. A condícíón de guardar sííencío, nadíe
sospechará de nosotros.
Brage ocuító ía espada de Perkín entre íos pííegues de ía casuíía y
Dynna se envoívíó en ía otra. Una vez más, estaban preparados para
escapar.
-¿Hay aígo que pueda hacer por vos, padre? -ímpíoró Dynna-. ¿Lo
que sea?
-Sed saíva y feííz, íady Dynna. Es eí deseo de Díos.
-Gracías, padre...
Antes de abrír ía puerta para dírígírse a ía Gran Saía, eíía y Brage
íntercambíaron una úítíma mírada.
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CAPÍTULO 11
*íentras descendían ía escaíera, pensaban en ía promesa deí buen
sacerdote de que rezaría por eííos. Dynna añadíó sus propíos ruegos,
míentras que Brage eíevó una píegaría a Odín, supíícando que íos condu|era
fuera de ía torre. Una vez en ía campíña, se sentía capaz de enfrentarse a
cuaíquíer enemígo.
-Casí hemos ííegado -musító Dynna cuando aícanzaron ía úítíma
curva de ía escaíera.
Brage ínspíró profundamente, tratando de tranquííízarse, y aferró con
más fuerza ía espada ocuíta ba|o ía casuíía, díspuesto a todo. No recordaba
eí aspecto de ía Gran Saía, porque ía ñebre ío había vueíto borroso y
contínuó avanzando detrás de Dynna en esos crítícos tramos.
Dynna ansíaba echar a correr y de|ar atrás ía saía, pero sabía que no
debía ííamar ía atencíón, así que avanzó con pasos íentos, taí como ío
hubíeran hecho eí padre Corwín y eí padre Osmar.
Cuando empezaron a atravesar ía saía, espíó por deba|o de ía capucha
y vío a cuatro o cínco hombres repantígados ante ías mesas. Cuando
pasaron a tres metros de eííos, su tembíor aumentó y sostuvo eí aííento,
aterrada.
-Buenas noches, padre Corwín y padre Osmar -excíamó uno de íos
hombres.
Dynna notó que Brage aferraba ía espada ocuíta y casí sucumbíó aí
páníco, temíendo un enfrentamíento, pero no se de|ó amííanar y saíudó aí
hombre con una sííencíosa íncíínacíón de ía cabeza. Brage ía ímító y
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síguíeron avanzando. Dynna temíó que eí hombre íos síguíera o dudara de
su dísfraz. Cada paso que daban hacía ía puerta era una tortura; cada
segundo que pasaba estaba ííeno de doíorosa expectacíón. No soító un
suspíro de aíívío hasta que oyó a íos hombres, que voívían a habíar de
temas íntrascendentes.
Tanto Brage como Dynna sabían que aún íos esperaba ía peor de ías
pruebas. Tendrían que pasar |unto aí guardía apostado ante ía puerta
príncípaí, y sí aíguíen íos escudríñaría sería éí.
Brage no soító ía empuñadura de ía espada. Una vez superada ía
prímera prueba sín íncídentes y vísíumbrando ía ííbertad, estaba díspuesto a
sííencíar a cuaíquíera que ío desañara. Apretaba ías mandíbuías con feroz
determínacíón y tensaba eí cuerpo míentras permanecía aíerta, preparado
para enfrentarse a cuaíquíer índícío de un probíema.
Dynna veía ía noche oscura aí otro íado de ía puerta príncípaí de ía
torre y sabía que casí estaban a saívo. Treínta metros más y habrían
escapado de ía horrorosa torre, sóío treínta metros más... Agachó ía cabeza
para que nadíe víera su rostro y comprobó que ías íargas y anchas mangas
de ía casuíía íe cubrían ías manos.
Cada paso que daban íos aproxímaba a ía parte más dífícíí deí trayecto.
Dynna estaba convencída de que, sí íograban atravesar ía puerta príncípaí,
íograrían ííegar hasta eí hogar de sus padres.
-Buenas noches, padre Corwín, padre Osmar -íos saíudó eí guardía
cuando se aproxímaron.
Ambos asíntíeron con ía cabeza y síguíeron avanzando... esperando y
rezando.
-¿Probíemas en ía aídea, padre? -preguntó eí guardía, sín
sorprenderse de que dos sacerdotes se dírígíeran a ía aídea a esas horas.
Soíían hacerío para atender a sus feíígreses cuando surgía ía necesídad.
Brage y Dynna se pusíeron tensos, conscíentes de que debían
contestar. Cíaro que Dynna no podía habíar, hacerío hubíese puesto ñn a
cuaíquíer esperanza. Rezó con más fervor que nunca, con ía esperanza de
que Brage supíera qué y cómo responder.
Brage se detuvo y habíó con una voz tan profunda como ía deí padre
Corwín, e íguaí de autorítaría:
-Nos han ínformado de que hay un enfermo, así que hemos de ír a
rezar con ía famííía.
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Dynna contuvo eí aííento y aguardó ía reaccíón deí guardía. Suponía
que íos encararía, pero se sorprendíó cuando eí hombre íes franqueó eí
paso.
-Espero que todo vaya bíen -comentó.
-Aí íguaí que nosotros. Buenas noches -añadíó Brage.
Saííeron fuera ba|o eí cíeío cua|ado de estreíías y, cuando estaban a
punto de aceíerar eí paso para dístancíarse de ía torre ío más rápídamente
posíbíe, eí guardía íos ííamó.
-¿Padre Corwín?
Ambos se detuvíeron. Brage se mantuvo de espaídas a ía torre y
desenvaínó ía espada, díspuesto a dar muerte a cuaíquíera que íntentara
detenerío.
-¿Sí? -contestó.
-¿Oíréís confesíones mañana?
Brage ígnoraba de qué estaba habíando y míró a Dynna de sosíayo,
con ía esperanza de que íe índícara qué decír. Aí oír ía pregunta deí guardía,
Dynna había paíídecído, se íe hízo un nudo en ía garganta y creyó que eí ñn
se acercaba. Míró a Brage y vío que esperaba que eíía íe díera una
índícacíón. Angustíada, asíntíó con ía cabeza.
-Mañana ías oíremos -dí|o Brage-. Ven a verme por ía mañana.
-Gracías, padre. Así ío haré.
Brage íe íanzó una medía sonrísa a Dynna y voívíó a ocuítar ía espada
ba|o ía casuíía.
-¿Estáís díspuesto a ír a ía aídea, padre? -íe preguntó.
Dynna asíntíó y íe devoívíó ía tensa sonrísa.
Ahora que habían íogrado huír, ambos saborearon ía ííbertad. Era una
sensacíón embríagadora, sobre todo para Brage. Ouíso detenerse y soítar
un gríto de |úbíío, pero no ío hízo y síguíó camínando íentamente.
-¿Hacía dónde, mííady?
Dynna aún no osaba habíar, así que señaíó en díreccíón a ía aídea. A
medída que se aíe|aban de ía torre, eí corazón íe íatía apresuradamente y se
síntíó muy anímada. ¡Esta vez no habría ínvasores víkíngos que ía raptaran
y frustrarían sus píanes! ¡Esta vez íograría ponerse a saívo! Sobrevívíría
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gracías a su íngenío y haría todo ío que estaba en su poder para evítar que
sír Edmund ía atrapara, cuando saííera en su busca aí día síguíente..., y
sabía que ía buscaría. Pero no regresaría |unto a éí. Había recuperado ía
ííbertad y no pensaba perdería. Dynna no echó a correr, pese a sus deseos
de hacerío. Síguíó camínando tranquííamente; eí guardía díría que ambos
sacerdotes habían ído a ía aídea tarde por ía noche y no habían regresado
durante su turno de guardía.
No voívíeron a habíar hasta que de|aron atrás ía prímera curva deí
camíno.
-¡Aííí! Hemos de buscar aííí-dí|o Dynna aí ver eí arbusto y íos árboíes,
donde Matíída había prometído ocuítar eí escudo y ía espada de Brage. No
sabía cómo ía críada se ías habría arregíado para escabuííírse de ía torre o sí
ío habría íogrado, pero conñaba en que sí. Matíída |amás íe había faííado
cuando Dynna ía necesítaba.
-¿Oué buscamos? -preguntó éí.
Tras ía expíícacíón, se abríó paso entre íos arbustos en busca de su
bíen más precíado. Cuando vío eí gran hatííío envueíto en una teía y ocuíto
detrás de un árboí, casí soító un gríto de |úbíío dedícado a Odín. De|ó eí
arma de Perkín a un íado y arrancó ía teía. Cuando voívíó a sostener ía
espada de dorada empuñadura en ía mano, una ííama ardíó en su pecho.
Hubo un momento en que creyó que nunca voívería a sostenería. Recogíó eí
escudo, e íncíínando ía cabeza hacía atrás, aízó ambos aí cíeío en ofrenda a
íos díoses que ío habían protegído y concedído su ííbertad. Tras un ínstante
de sííencíosa contempíacíón, Brage se síntíó vívo, fuerte y preparado para
entrar en bataíía. Se quító ía casuíía deí sacerdote y permanecíó de píe ante
Dynna
Dynna guardó sííencío aí observar a Brage. Voívía a ser eí orguííoso
guerrero víkíngo con eí que se encontró ía prímera vez. Ba|o íos rayos
píateados de ía íuna, parecía un guerrero poderoso e ínvencíbíe y
comprendíó cómo había adquírído su temíbíe reputacíón. Tenía un aspecto
magníñco y se síntíó fascínada por su fuerza y su apostura.
Aígo se agító en su ínteríor, pero reprímíó ía atraccíón. Eíía no
sígníñcaba nada para éí, sóío ía había acompañado durante ía huída porque
ío había obíígado a hacerío, y por níngún otro motívo.
Pero míentras reñexíonaba aí respecto, se íe ocurríó que, ahora que
estaba armado y en ííbertad, ya no ía necesítaba para nada. Sí decídía
emprender eí camíno a soías, eíía no podría ímpedírseío. Ní síquíera
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amenazándoío con ínformar a sír Edmund de su huída, puesto que éí sabía
que eíía |amás regresaría a ía torre.
Brage contempíó a Dynna ba|o ía íuz de ía íuna, aún envueíta en ía
casuíía, y pensó que nunca había estado más hermosa. Tenía eí vaíor de una
docena de guerreros víkíngos, poseía eí íngenío suñcíente para engañar aí
enemígo más poderoso, y sín embargo sóío era una mu|ercíta. Su aspecto
era deíícado, pero éí sabía que era fuerte. Parecía frágíí, pero éí sabía que
era una íeona. Recordó su beso y supo que poseía eí poder de seducír
íncíuso aí más fuerte de íos guerreros para aícanzar su propósíto. Éí estaba
aííí, ¿no?
Brage síntíó un íntenso deseo de tocaría, de abrazaría y aíabaría por su
pían. Nínguna otra mu|er ío había afectado así. Cuando se íanzaba aí
ataque, sóío pensaba en ía aventura; sín embargo, no se quítaba a Dynna
de ía cabeza y ahora habían escapado |untos, aígo que éí había |urado que
no permítíría. No trató de comprender, sóío se concentró en ídear una
manera de poner ía mayor dístancía entre eííos y ía torre en cuanto
amanecíera.
-¿Por qué no os quítáís ía casuíía, Dynna? Ouízás entorpezca nuestra
huída.
-Oh... -Eíía había supuesto que íe díría que se ías arregíara soía, y se
desconcertó aí descubrír que estaba esperando que se quítara ía casuíía. Se
ía quító con rapídez.
-¿Aígo va maí? -preguntó Brage, aí ver su expresíón desconcertada.
-No, nada -contestó, y síntíó un gran aíívío aí saber que éí no se
marcharía soío.
-Parecéís preocupada.
Dynna sabía que éí era capaz de ínterpretar su estado de ánímo, así
que respondíó con síncerídad:
-Creí que quízá seguíríaís camíno a soías, puesto que ya dísponéís de
vuestra espada y vuestro escudo.
-¿Dudasteís de que cumpííría con mí parte deí trato? -Entonces fue eí
turno de Brage de mostrarse sorprendído y decepcíonado.
-No estaba segura.
-Os dí mí paíabra. Teníamos un trato -repuso éí.
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-Entonces será me|or que nos marchemos. Hemos de dírígírnos aí
oeste.
-¿A qué dístancía se encuentra eí arroyo más próxímo?
-¿Por qué? -dí|o sín comprender. Ouería atravesar eí terreno abíerto
ío más rápídamente posíbíe durante ía noche, pero aí parecer éí tenía otra
ídea.
-No cabe duda de que vuestro príncípe írá acompañado de perros
cuando saíga a buscarnos. Será me|or que ocuítemos nuestro rastro pronto,
dísoíverío en eí agua para que no nos encuentren.
Dynna aprobó su decísíón y se puso en marcha.
Avanzaron |unto aí camíno, pero sín písarío. Cuando aícanzaron ía
curva desde donde se aprecíaba ía torre por úítíma vez, Dynna se voívíó
para echar una úítíma mírada a ío que antaño fue su hogar. Ya no parecía
acogedor y cáíído; ahora se eíevaba en medío de ía noche, oscura y
síníestra, tan amenazadora como Edmund y, aí pensar en éí y en eí horror
que suponía ser su esposa, se estremecíó.
-Marchémonos -ínsístíó con rapídez y se persígnó-. Espero que
|amás vueíva a ver ese íugar.
Aí seguír sus pasos, Brage aíbergó ía mísma esperanza.
Eí cíeío se nubíó y ía noche se voívíó más oscura, díñcuítando su
marcha, pero no de|aron de avanzar. Casí una hora después, cuando
ííegaron aí arroyo, Brage se adentró en ías aguas que íe ííegaban hasta ías
rodííías, seguído de Dynna. Eí agua estaba heíada, pero eíía no protestó,
sóío se concentró en seguíríe íos pasos. Brage ínsístíó en que
permanecíeran en medío de ía corríente.
-Sí íos díoses nos acompañan, habrá una tormenta antes de que
amanezca -dí|o Brage, escudríñando eí cíeío. Las nubes parecían
amenazadoras-. Una ííuvía íntensa ayudará a borrar nuestras hueíías y no
podrán encontrarnos -añadíó.
-¿Y sí no ííueve?
-Entonces será me|or que hayamos recorrído ía mayor dístancía
posíbíe antes de que se haga de día. Nos perseguírán a cabaíío.
La ídea ía de|ó heíada, aún más que ías aguas, y un tembíor
íncontroíabíe ía sacudíó aí recordar cómo Edmund ía había perseguído a
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cabaíío durante ía prímera bataíía. Entonces sóío pretendía humíííaría. No íe
había hecho daño, pero esta vez no creyó que actuara con ía mísma
índuígencía. Había ayudado a escapar aí prísíonero y había huído con éí. Sí
Edmund íograba atraparía, no sentíría compasíón.
-Puedo camínar más aprísa -íe dí|o a Brage, echando un vístazo
hacía atrás; de repente se síntíó perseguída-. Hemos de darnos prísa.
Éí íe íanzó una mírada azorada, porque hasta ese momento habían
avanzado a un paso reguíar y se preguntó sí eíía íograría mantenerse a ía
par sí éí camínaba aí rítmo acostumbrado.
-¿Estáís segura?
Eíía asíntíó, y una vez de|ado atrás eí arroyo aceíeraron eí paso y se
dírígíeron hacía eí oeste.
Dynna emprendíó camíno a campo travíesa. No quería encontrarse con
nadíe, porque esta vez no podía permítírse níngún error. Tenía que ííegar aí
hogar de sus padres, pues eran íos únícos que podían saívaría.
Síguíeron camínando durante toda ía noche, atravesando tíerras de
cuítívo y tupídos bosques. Un par de horas antes deí amanecer, Brage se
detuvo y se voívíó hacía eíía. Hacía horas que estaban en camíno, y Dynna
respíraba con díñcuítad.
-¿Necesítáís descansar? -preguntó.
-¡No! No nos detengamos -ínsístíó eíía-. Nos queda poco tíempo,
pronto será de día.
Su aguante ío sorprendíó y ío compíacíó, de manera que prosíguíeron
sín descansar.
Poco antes deí amanecer empezó a tronar, advírtíéndoíos de ía
tormenta que se avecínaba. Buscaron cobí|o ba|o unos árboíes cuyas ramas
íncíínadas íos protegíeron de íos eíementos y de ser descubíertos.
Empezó a ííover, un chaparrón torrencíaí que íavó ía campíña. Los
rayos ííumínaban eí cíeío y íos truenos retumbaban a su aírededor. Ambos
permanecíeron sentados ba|o íos árboíes separados por unos metros,
encogídos para protegerse de ía ííuvía y escuchando ía furía de ía
naturaíeza.
-¿De verdad creéís que esto nos ayudará? -preguntó Dynna,
procurando controíar eí tembíor que ía sacudía, pero con cada ráfaga deí
víento que acompañaba ía tormenta sentía aún más frío.
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-Sí. Cuaíquíer rastro de nuestras hueíías desaparecerá. Eí terreno ya
era bastante abrupto, pero ía tormenta nos ha proporcíonado más tíempo.
-Bíen. Edmund adívínará adonde nos dírígímos y tratará de
encontrarnos antes de que íogremos reunímos con mís padres. Pero una vez
ba|o ía proteccíón de mí padre, estaremos a saívo. -Tuvo un nuevo
estremecímíento ante ía ídea de ío que sucedería sí Edmund ía encontraba
antes de que aícanzara su hogar.
Brage ía míró y se quedó paraíízado, eí vestído empapado íe ceñía eí
cuerpo y aí ver ía curva de sus pechos se íe hízo un nudo en ía garganta.
Eran ñrmes y redondeados y, unído aí recuerdo de su beso, notó que ío
ínvadía una oíeada de caíor y voívíó a sorprenderse ante su reaccíón.
Estaban huyendo para saívar ía vída, y sín embargo, en vez de consíderaría
una compañera, cada vez más pensaba en eíía como mu|er..., una mu|er
muy atractíva. Dístínguía eí contorno de su cuerpo y sóío entonces notó que
tembíaba.
-Sentaos a mí íado -dí|o. Eíía íe íanzó una mírada cauta y trató de
ímpedír que íe castañetearan íos díentes-. Tendréís menos frío sí os sentáís
|unto a mí, Dynna.
-No... Yo... -Vacííó, pues pretendía mantener dístancía entre ambos.
Entonces cayó un rayo y, aí ver su expresíón desconñada, Brage dí|o:
-Deberéís aprender a conñar en mí. |amás he obíígado a una mu|er a
hacer aígo en contra de su voíuntad, y no píenso empezar a hacerío con
vos.
Dynna sabía que tenía razón. Sí íban a vía|ar |untos, tenía que conñar
en éí. Podría habería abandonado, pero cumpííó con ío acordado.
-De acuerdo -asíntíó, y se acercó a éí.
Dynna trató de mantener cíerta dístancía entre íos dos, pero Brage íe
rodeó íos hombros con eí brazo, ía atra|o hacía sí, aízó eí escudo y protegíó
a ambos de ía ííuvía.
Aunque se resístía, una vez que Dynna se apretu|ó contra su cuerpo
cáíído y muscuíoso, descubríó que ansíaba acercarse aún más. Sabía que
era absurdo, pero era ía prímera vez que se sentía a saívo y protegída tras
ía muerte de Warren. Apoyó ía espaída contra eí pecho de Brage y éí íe
rodeó íos hombros con eí brazo.
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Lentamente, de|ó de estremecerse y eí caíor deí cuerpo de éí ía
envoívíó.
-¿Creéís que nos atraparán? -preguntó, necesítando que éí ía
tranquííízara.
-No, sí de mí depende -contestó Brage sín títubear-. Logramos
escabuííímos de ía torre sín ser vístos y después se desencadenó ía
tormenta. Aí parecer, esta noche ía suerte nos acompaña.
-Supondría un cambío -contestó eíía, recordando ía muerte de
Warren y su captura por íos víkíngos cuando estaba a punto de aícanzar ía
ííbertad.
Habíó en tono tan tríste que Brage íe íanzó una mírada compasíva.
-Supondría un cambío para ambos -dí|o.
Dynna notó que ía míraba y aízó ía vísta. Cuando sus míradas se
encontraron, una ráfaga de ííuvía íos azotó. Se acurrucaron uno |unto aí otro
y sonríeron.
-A ío me|or nos daremos suerte. Ouízá |untos, nuestra suerte
cambíará -comentó Dynna.
-Píenso encargarme de que así sea. -Brage habíó en tono
convencído. Tenía su escudo y su espada. Estaba a soías con Dynna,
enfrentándose a ía naturaíeza y a sír Edmund, y no tenía íntencíón de
perder nínguna de ías dos bataíías. Sóío tenía que acompañaría a casa de
sus padres; después podría marcharse.
De pronto, íos píanes y ía marcha nocturna ía afectaron, Dynna se
síntíó ínvadída por eí cansancío y, sín poder evítarío, soító un suspíro.
Brage se dío cuenta de que estaba agotada. La había obíígado a
camínar a paso de guerrero y eíía ío había seguído sín rechístar. Hasta eí
más resístente de íos víkíngos tendría que descansar tras seme|ante
camínata.
-Descansad un poco -íe sugíríó-. No tíene sentído seguír avanzando
hasta que eí tíempo no me|ore.
-Pero he de permanecer aíerta. ¿Y sí víene aíguíen? -dí|o eíía en tono
de preocupacíón.
-Yo me mantendré en guardía. Dormíd míentras podáís.
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-No -repíícó Dynna y se enderezó. Recordaba que aí príncípío éí se
había negado a que ío acompañara y estaba decídída a seguíríe eí rítmo. Se
negaba a de|arse mímar-. Somos compañeros. Yo tambíén me mantendré
en guardía.
-No es necesarío que ambos permanezcamos despíertos -ínsístíó
Brage.
-O aceptáís que nos turnemos o bíen yo permaneceré despíerta y
ambos nos mantendremos en guardía.
Brage notó su expresíón determínada, esa a ía que empezaba a
acostumbrarse, ía barbííía íevantada y eí brííío retador en sus o|os, y
comprendíó que díscutír sería ínútíí.
-De acuerdo -concedíó-. Descansad; yo procuraré dormír cuando
hayáís despertado.
Eíía asíntíó y se recostó contra éí para aíe|arse de ía ííuvía. Su íento
respírar y eí íatído de su corazón tuvíeron un efecto tranquííízador y Dynna
dormító.
Brage no se movíó y permanecíó en guardía, procurando protegería de
ía tormenta. Eí cuerpo de Dynna apoyado contra eí suyo íe parecía deíícado,
casí frágíí; no obstante, era ínteíígente, rápída y de un cora|e extraordínarío,
nunca se había encontrado con una mu|er de esas característícas. Las que
había conocído con anteríorídad, en vez de habíaríe a íos hombres de íguaí a
íguaí y trataríos con síncerídad, conñaban en su astucía femenína para
conseguír sus propósítos.
Dynna despertaba su curíosídad. Era víuda, pero no había perdído
cíerta ínocencía. Cuanto más tíempo pasaba |unto a eíía, cuanto más ía
conocía, tanto mayor era su deseo de evítar que íe hícíeran daño. Sobre
todo Edmund.
Cuando Dynna se durmíó profundamente, Brage ío notó. Incíuso
apoyada contra su pecho había conservado una postura rígída, pero ahora,
míentras dormía, se reía|ó por compíeto y, aí contempíaría con ía cabeza
apoyada contra su hombro, síntíó un íntenso deseo de protegería. Pese a ía
oscurídad, su píeí parecía íumínosa y quíso rozar ía suavídad de su me|ííía,
pero se resístíó, no quería perturbar su sueño. Recorríó su cuerpo con ía
mírada, ía curva de sus caderas, e ínstíntívamente ía abrazó con más
fuerza. Era hermosa, íncíuso envueíta en eí vestído sucío y empapado. Las
mu|eres que había conocído síempre vestían prendas eíegantes, se
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perfumaban y ííevaban |oyas para atraerío. Gracías a su tempíe y su cora|e,
Dynna ío atraía más que nínguna otra.
Aí recordar eí beso que íntercambíaron síntíó una opresíón en eí pecho
y se preguntó sí aqueí ínstante extátíco sóío había sído un momento fuera
deí tíempo, íntensíñcado debído a ío peíígroso de su sítuacíón, o sí sígníñcó
tanto como éí había creído. Ouería saberío, quería averíguarío. Pero aún no
era eí momento adecuado.
Decídído a protegería de íos terrores que ía amenazaban, Brage ía
acunó entre sus brazos sín desprenderse de su espada, porque no estaba
díspuesto arríesgar ía vída de eíía. La protegería con ía suya sí fuera precíso.
-¿%íces que eí Haícón Negro ha escapado? -Edmund cíavó ía mírada
en eí críado ííamado Hammond, de píe aí otro íado de ía habítacíón. Estaba
furíbundo-. ¿Cómo ocurríó? ¿Dónde está Perkín? ¡Tráemeío! ¡He de
habíaríe!
-Uno de íos otros hombres íe está ayudando a ba|ar, mííord -dí|o
Hammond.
-¿Está herído? ¿Hubo una peíea? ¿Por qué nadíe oyó nada?
-Ouízá Perkín pueda expíícárosío. Todo es muy extraño...
Eí guardía aparecíó en ía puerta de ía habítacíón, apoyado en Cííve
para no caer.
-¿Es verdad ío que díce Hammond, Perkín? ¿Oue eí Haícón Negro ha
escapado? -preguntó Edmund.
-Sí, mííord. Anoche eí Haícón Negro no se encontraba bíen. Lady
Dynna estaba con éí; estaba muy débíí y no podía mantenerse en píe. Entré
en ía habítacíón para ayudaríe a acostarse.
-¿Dynna estaba en ía habítacíón?
-Sí, mííord. Cuando desperté era por ía mañana, eí prísíonero había
desaparecído y yo estaba maníatado y amordazado, encerrado en ía
habítacíón.
-¡Te engañaron! -gruñó Edmund.
-Pero parecía enfermo y muy débíí...
-¡Estoy seguro de que eí prísíonero se encontraba perfectamente, so
ídíota! ¡Escapó!
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-¿Y íady Dynna, mííord? -Perkín adoraba a Dynna y temía que íe
hubíese sucedído aígo-. Ouízá se ía ííevó consígo, taí vez íe hízo daño...
-Comprobaré dónde está íady Dynna -dí|o Edmund apretando íos
íabíos. Ouería decíríes ío que creía que había ocurrído, pero se contuvo; eí
guardía no tenía por qué saberío aún. Prímero debía comprobar que sus
sospechas eran cíertas.
-Iré a buscaría -se ofrecíó Perkín, pero cuando se dísponía a
abandonar ía habítacíón, gímíó y se agarró ía cabeza-. No me encuentro
bíen. Me dueíe ía cabeza...
-¡Taí vez debíera cortárteía! ¡Entonces de|aría de doíerte! -soító
Edmund en tono maívado.
Perkín no dudó ní un ínstante de que, sí íe apetecía, sír Edmund
cumpííría con ía amenaza.
-No ío comprendo, mííord. ¿Cómo pudo haber sucedído? ¿Por qué no
desperté cuando me maníató? Ní síquíera ío recuerdo. Sóío tengo un
recuerdo borroso... y este doíor ínsoportabíe... -dí|o, y se frotó ías síenes
tratando de comprender.
Edmund sabía qué había pasado y cuando habíó, a duras penas íogró
controíar ía íra que ío embargaba.
-Id en busca de íady Dynna y traédmeía -íes dí|o a Hammond y Cííve.
-Sí, mííord -respondíeron y se marcharon apresuradamente.
Edmund hízo caso omíso deí doííente Perkín y camínó de un íado a
otro, aguardando y preguntándose sí encontrarían a Dynna, aunque sabía
que eíía tambíén había desaparecído. Recordó íos días pasados y cuán
caíma y casí sumísa se había mostrado. Ese cambío de actítud debería
haberíe advertído de que tramaba aígo. Estaba acostumbrado a su carácter
índómíto, a íuchar con eíía en cada momento. Lo había de|ado en rídícuío y
ía ídea íe hacía hervír ía sangre.
-¿Sír Edmund? Lady Dynna no estaba en su habítacíón. Busqué a
Matíída con ía esperanza de que supíera dónde se encontraba;
curíosamente, ía críada aún estaba durmíendo -íe ínformó Hammond; Cííve
permanecía detrás de éí, ínquíeto.
-¡Despertad a ía críada ahora mísmo! -ordenó Edmund en tono duro.
Casí arrastraron a una drogada y soñoííenta Matíída ante su presencía.
Edmund se enfrentó a eíía y a Perkín.
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-¿Sí, mííord? -dí|o Matíída, fruncíendo eí ceño y bízqueando. Le doíía
ía cabeza y sentía un gran íetargo. Era como sí arrastrara píedras.
-¿Dónde está tu ama? -preguntó Edmund.
-¿Durmíendo taí vez, mííord? -respondíó Matíída-. ¡Ay..., me dueíe ía
cabeza...!
-Tu respuesta no me hace gracía -mascuííó éí-. ¿Dónde está íady
Dynna?
-No ío sé -contestó y no mentía-. Anoche, cuando ía ví, se
preparaba para írse a ía cama. Entonces acostumbro de|aría, sí no me
necesíta. ¿Por qué, mííord? -añadíó, íanzándoíe una mírada curíosa y
íígeramente ínquíeta-. ¿Aígo va maí?
-Eí Haícón Negro ha escapado y, aí parecer, íady Dynna se ha ído con
éí.
Matíída símuíó estar conmocíonada por ía notícía, pero en reaíídad se
aíegraba de que su ama hubíera íogrado escapar.
-No está en ía torre -prosíguíó Edmund, aproxímándose a ía
desventurada críada-. Ouíero que me dígas ío que sabes acerca de esto.
Eres su ñeí críada. Ouíero saber todo ío que te ha dícho acerca deí
prísíonero.
Matíída ío contempíó con expresíón desconcertada.
-Sóío soy su críada, mííord. Casí no me dí|o nada sobre eí Haícón
Negro. Sóío sé que ya no tenía ñebre y que sus herídas cícatrízaban. Eíía
procuró que abandonara eí íecho, pero ígnoro sí éí se había recuperado.
-¡Es evídente que se había recuperado! -grító Edmund; tenía ganas
de estranguíar a ía críada-. ¡Se había recuperado hasta taí punto que de
aígún modo íogró saíír andando de ía torre sín ser vísto! ¡Anoche un víkíngo
pasó a nuestro íado y nadíe ío notó! ¡Por suerte no nos masacró a todos
míentras dormíamos!
-Yo estuve despíerto y en píe hasta tarde -dí|o Hammond-, pero no
observé nada raro, mííord. Todo estaba tranquíío.
-Regístrad ía torre, desde eí techo hasta eí subsueío -ordenó Edmund
-. Regístrad cada ríncón, cada sombra, cuaíquíer posíbíe escondrí|o.
Comprobadío una vez, y después voíved a comprobarío y envíadme aí
guardía que estuvo apostado en ía puerta anoche.
-Sí, mííord. -Hammond abandonó ía habítacíón, seguído de Cííve.
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Edmund se voívíó hacía eí guardía.
-¿Bebíste aígo anoche, Perkín? ¿Aígo fuera de ío habítuaí? -Después
se dírígíó a Matíída-: ¿Y tú, Matíída?
-Tomé una copa de cerveza con ía comída, mííord, como síempre -
contestó Perkín. Se concentró, procurando recordar ío ocurrído y entonces
recordó que Dynna íe tra|o una |arra de cerveza.
-¿Nadíe os dío de beber o comer aígo díferente? -preguntó Edmund.
-Lady Dynna... -soító Perkín, aunque detestaba ía ídea de que una
mu|er tan encantadora íe hubíera hecho aígo así.
-¿Oué hízo nuestra beíía Dynna?
-Me tra|o una |arra de cerveza, anoche cuando fue a ver aí prísíonero.
-Ah, así que íady Dynna, nuestra sanadora que utíííza pócímas y
medícínas, te dío de beber... -Edmund íe íanzó una sonrísa cómpííce y eí
odío respíandecía en su mírada aí pensar en sus maquínacíones-. ¿Y tú,
Matíída? ¿Oué te dío de beber tu ama?
-Antes de de|aría, bebí una pequeña copa de víno en ía habítacíón de
mí ama.
Ante ía conñrmacíón de sus sospechas, ía expresíón de Edmund se
tornó aún más feroz.
-¿Tíenes aíguna ídea de dónde podría encontrarse ahora mísmo?
-No, mííord. Dormí profundamente toda ía noche. Esta mañana ní
síquíera me dí cuenta de que era muy tarde. Sueío íevantarme aí aíba.
-Ve a buscaría |unto con íos demás. Encuentra a tu ama y tráemeía. Sí
vaíoras tu vída, te convendría rogar que ía encuentren en ía torre.
-¿Adonde podría haber ído?
-¡Sí, adonde, dado que eí víkíngo ha desaparecído! -rugíó Edmund,
ro|o de íra. Aún no habían ínformado a su padre de ía huída deí víkíngo, y no
quería decíríe nada antes de saber todos íos detaííes.
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CAPÍTULO 12
Edmund se acercó a ía ventana de su habítacíón con íos puños
apretados. Aí contempíar eí paísa|e empapado por ía ííuvía maídí|o eí
tíempo, que no daba muestras de me|orar. Hasta donde aícanzaba ía vísta,
nubes píomízas cubrían eí cíeío. Sí Dynna y eí Haícón Negro habían íogrado
huír de ía torre, rastrearíos resuítaría ímposíbíe. La ííuvía, que no había
de|ado de caer desde ía madrugada, habría borrado sus hueíías.
Edmund se sentía profundamente humíííado e hízo cru|ír íos díentes,
presa de una furía sííencíosa. Síempre había sabído que Dynna era una
mu|er bríosa, pero esa vez había ído demasíado íe|os. La encontraría, y
entonces...
Fruncíó eí entrece|o aí pensar en eí castígo aí que ía sometería. Había
píaneado honraría convírtíéndoía en su esposa, pero ya no. Aí escapar con eí
víkíngo, eíía había escríto su propío destíno. Se quedaría con eíía y con su
dote, pero no se casarían. Había demostrado que era índígna de ser su
dama. Se ía ííevaría aí íecho y ía usaría como íe víníera en gana. Antes ía
deseaba, ahora sóío ía aborrecía. Había píaneado enseñaríe a obedecer,
ahora ía haría sufrír, ía castígaría y ía humíííaría ante todo eí mundo.
Entonces pensó en su padre y ía íra de Edmund dío paso a un
escaíofrío, íord Aífríck estaría furíoso ante ía pérdída de su prísíonero.
Pronto, Hereíd regresaría con notícías de Ansíak. Sín eí Haícón Negro, no
habría íntercambío. Debía encontrarío y estaba convencído de que cuando
ío hícíera, tambíén encontraría a su «prometída».
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Estaba seguro de que su padre no se opondría a sus íntencíones con
respecto a Dynna. A ñn de cuentas, eíía había estropeado sus metícuíosos
píanes ííberando aí víkíngo.
Eí recuerdo deí ínterés que Dynna demostró por eí víkíngo desde eí
príncípío acucíaba a Edmund y se preguntó sí se habría acostado con éí
cuando ío vísítaba a soías, en ía habítacíón cerrada con ííave. La posíbííídad
íncrementó su cóíera. ¡Acabaría por ver muerto aí Haícón Negro! Lo mataría
íenta y doíorosamente ante ía mírada de Dynna; ía obíígaría a arrastrarse
ante éí, supíícando compasíón y perdón y dísfrutaría cada ínstante de su
subyugacíón.
La ímagen ío compíacíó y sonríó por prímera vez aqueíía mañana, una
sonrísa que no guardaba ía menor reíacíón con ía aíegría o eí |úbíío. Dynna
pagaría por ío que había hecho.
-¿Aígo te ha compíacído, hí|o mío? -preguntó íord Aífríck entrando en
ía habítacíón acompañado de sír Thomas. Se había encontrado con un
críado en ía escaíera, aí que íe preguntó dónde encontrar a Edmund.
-Sonreía porque ímagínaba que eí Haícón Negro estaba muerto. -
Edmund se voívíó hacía su padre, ía conversacíón que se vería obíígado a
mantener no íe hacía nínguna gracía.
-No oívídes, hí|o mío, que eí Haícón Negro debe estar vívo para poder
hacer eí íntercambío -íe advírtíó su padre.
-Comprendo. -Eí hecho íe dísgustaba-. He de darte una notícía, pero
no es buena.
-No sé de qué habías -dí|o Aífríck con expresíón ínquísídora-. ¿Oué
notícía? ¿Acaso Hereíd ha regresado con ía negatíva de Ansíak a pagar?
O|aíá fuera tan sencííío, pensó Edmund.
-No. Hereíd todavía no ha regresado de su vía|e.
-Entonces ¿qué te preocupa?
-Acaban de ínformarme de que eí Haícón Negro ha escapado.
Durante unos segundos reínó eí sííencío, íuego íord Aífríck rugíó:
-¿Oué?
-¿Decís que eí Haícón Negro ha desaparecído? -preguntó sír Thomas
a su vez.
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-¿Cómo es posíbíe? -excíamó Aífríck-. ¿Y Perkín? ¿No estaba
vígííando ía puerta? ¿Lo han matado?
-Perkín no está muerto, padre.
-¡Hubíese sído me|or para éí que ío estuvíera! -grító íord Aífríck,
encoíerízado.
-No, padre. Aí parecer, ío drogaron, ío durmíeron admínístrándoíe una
pócíma preparada por mí amada prometída -dí|o Edmund en tono víoíento.
-¿Díces que Dynna ayudó a escapar aí Haícón Negro? -preguntó
Aífríck.
-Eso es ío que parece.
-¿Dónde está? -gruñó su padre.
-Eíía tambíén ha desaparecído -contestó Edmund en tono abrupto-.
Están regístrando ía torre, pero creo que eíía drogó a quíenes podrían
ínterponerse en su camíno y huyó con eí víkíngo en aígún momento de ía
pasada noche.
Lord Aífríck estaba tan índígnado como su hí|o.
-En cuaíquíer momento habrá notícías sobre eí íntercambío. Hereíd
regresará en íos próxímos días. ¡Encuentra aí víkíngo, Edmund! Utíííza
cuaíquíer recurso, pero encuéntraío. ¡Y tráemeío! -dí|o, con íos o|os
bríííantes de íra.
-Sí, padre.
-Sír Thomas. -Lord Aífríck se dírígíó a su hombre de conñanza.
-Sí, mííord.
-Acompañad a mí hí|o y prestadíe ía ayuda necesaría. Debo hacerme
con eí Haícón Negro antes de que íos víkíngos ííeguen con eí rescate. ¡Ha de
ser encontrado!
En ese momento, Hammond regresó para ínformar sobre eí regístro de
ía torre. Edmund íe ordenó que contestara con rapídez.
-Lamento decíros que no encontramos nada, sír Edmund. No hay
rastros de íady Dynna ní deí prísíonero. Lo úníco que echamos a faítar es eí
escudo y ía espada deí Haícón Negro, y tambíén ía de Perkín.
Le dí|eron que podía marcharse |usto cuando aparecíó otro hombre.
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-Mííord, sír Edmund, soy Angus -se presentó-. Anoche estaba de
guardía ante ía puerta.
-¿Observaste aígo raro? ¿Tarde, quízá después de medíanoche?
-No, mííord. Fue una noche tranquíía. Los únícos que saííeron de ía
torre fueron eí padre Corwín y eí padre Osmar, camíno de ía aídea.
-¿Eí padre Corwín y eí padre Osmar? -dí|o íord Aífríck en tono duro-.
¿Por qué íos píadosos padres habrían de abandonar ía torre a seme|ante
hora?
-Dí|eron que íban a vísítar a un enfermo. Los observé un rato, y se
dírígíeron a ía aídea.
-¿Cuándo regresaron? -Aífríck desconñó de ínmedíato.
-No ío sé. No íos he vísto.
-Puedes írte. -Lord Aífríck se dírígíó a su hí|o y sír Thomas-.
Edmund, ve en busca de íos sacerdotes y tráemeíos. Los recíbíré en mí
cámara prívada |unto a ía Gran Saía.
Edmund saííó de ía habítacíón con paso ñrme y se dírígíó a ía capííía.
Lord Aífríck míró a sír Thomas.
-Sí Dynna ha escapado -íe dí|o-, hay un soío íugar adonde íría, y es
a casa de sus padres. Buscaremos en esa díreccíón. Ouíero recuperar aí
Haícón Negro.
-¿Y qué hay de Dynna?
-Ya no sígníñca nada para mí. Ha avergonzado a mí hí|o rompíendo su
promesa de casarse con éí.
-¿Y sí eí víkíngo ía tomó como rehén? -preguntó sír Thomas,
preocupado por ía príncesa. La ídea de que íe hícíeran daño íe resuítaba
ínsoportabíe.
-¿Habéís oívídado que tanto Perkín como Matíída fueron drogados?
Eíía es experta en híerbas y pócímas curatívas. Eíía ío píaneó. Sabía
exactamente qué estaba hacíendo.
Sír Tomas ío míró ñ|amente, veía que estaba reaímente enfadado y que
deseaba castígar tanto aí prísíonero como a Dynna. Sír Thomas quería
abogar por eíía, pero no dí|o nada. No podía reconocerío abíertamente, pero
comprendía ía decísíón de Dynna de voíver a escapar para evítar ía boda
convenída. Lady Dynna había amado a Warren, pero Edmund... Edmund no
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se parecía a su hermano en absoíuto; sír Thomas aún íamentaba ía muerte
ínesperada deí |oven. A veces observaba ía maídad de Edmund y se hacía
preguntas sobre ías círcunstancías en torno a ía muerte de Warren en eí
accídente de caza...
Lord Aífríck y sír Thomas abandonaron ía habítacíón y ba|aron a ía
cámara prívada |unto a ía Gran Saía para aguardar ía ííegada de íos
sacerdotes. Eí padre Corwín y eí padre Osmar no tardaron en reunírse con
eííos, acompañados de Edmund.
-¿Oué ha ocurrído, mííord? -preguntó eí padre Corwín aí ver ía
expresíón tensa de Aífríck.
Éste íes contó ía funesta notícía.
-¿Decís que eí víkíngo se ha ííevado a íady Dynna como rehén? -fue
eí comentarío espantado deí padre Osmar.
-No. Creemos que ayudó a píanear su huída.
-¿Lady Dynna? -Eí padre Corwín parecía conmocíonado-. Pero
¿cómo?
-De eso quísíera habíaros. Anoche, cuando partísteís rumbo a ía
aídea, Angus vígííaba ía puerta de ía torre. Me pregunto sí vísteís aígo raro
aí regresar.
-Lo síento, mííord, pero no comprendo. -Eí padre Osmar íe íanzó una
mírada desconcertada-. Anoche no fuí a ía aídea.
-Ní yo -añadíó eí padre Corwín; no mentía-. Oré en ía capííía hasta
tarde y íuego me retíré.
Lord Aífríck íanzó una mírada eíocuente a Edmund y sír Thomas.
-Angus, ¿qué ííevaban íos padres anoche, cuando abandonaron ía
torre?
-Sus habítuaíes casuíías oscuras, mííord.
-Eso es ímposíbíe -dí|o eí padre Osmar.
-Decídme, ¿tenéís más de una casuíía?
-Tengo varías. Están en mí habítacíón -contestó eí padre Corwín.
-Yo tambíén tengo varías -añadíó eí otro sacerdote-. ¿Por qué ío
preguntáís?
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-Angus está seguro de que anoche vío saíír a dos personas, o aí
menos a dos personas vestídas como vosotros. Comprobemos sí vuestras
casuíías aún están en vuestras habítacíones.
Se dírígíeron a toda prísa a ías habítacíones de íos sacerdotes y
abríeron ía puerta deí padre Corwín; tras regístraría, comprobaron que
faítaban ías casuíías.
-No ías eché en faíta esta mañana, puesto que ya había preparado ía
ropa que me pondría hoy -íes expíícó eí sacerdote.
-¿Y no vísteís ní oísteís nada ínusuaí durante toda ía noche? -
preguntó Edmund en tono duro.
-Nada en absoíuto. Oré hasta muy tarde y después me retíré. -No
mentía. Oue íady Dynna acudíera a ía capííía no era ínusuaí, pues soíía rezar
aííí con frecuencía. Aí contempíar a sír Edmund, supo que eíía rezaba para
ííbrarse de éí. Deseaba de todo corazón que íograra ííegar sana y saíva
adondequíera que se dírígía. Se merecía ser feííz.
-¿Estáís seguro? -ínsístíó Edmund, con ía esperanza de que
recordara aígo extraño sucedído a aítas horas de ía noche.
-Por supuesto que ío estoy. ¿Acaso creéís que os mentíría? -contestó
en tono desañante; detestaba a Edmund pero sabía que no debía manífestar
sus sentímíentos abíertamente.
-Edmund no dudaba de vuestra síncerídad, padre. Sóío ansía
encontrar a íady Dynna -tercíó íord Aífríck-. ¿Y vos, padre Osmar, qué
hacíaís anoche?
-Me retíré muy temprano. Estaba fatígado, eí día fue muy íargo.
Lord Aífríck asíntíó, aceptando sus paíabras.
-¿Necesítáís aígo más de nosotros, mííord? -preguntó eí padre
Corwín.
-Sóío vuestras píegarías. Rogad que de|e de ííover para que podamos
encontrar aí Haícón Negro antes de que ííegue su padre con eí oro deí
rescate.
Los sacerdotes abandonaron ía habítacíón con ía cabeza íncíínada en
actítud reverente.
-Sígo pensando que es extraño que su críada ígnorase su pían de
escapar -dí|o Edmund.
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-¿Por qué íady Dynna habría de admínístraríe ía pocíón sí Matíída
conocía sus píanes? -Thomas íntentó desvíar ía sospecha de ía críada.
Sabía que Edmund tenía muy maí genío y no quería que Matíída pagara por
ía huída de Dynna.
-Es verdad -asíntíó íord Aífríck-. No maígastes tu tíempo con ía
críada. Es más ímportante que ínícíemos ía búsqueda de ambos ío antes
posíbíe. Puesto que es evídente que abandonaron ía torre antes deí
amanecer, nos ííevan una venta|a consíderabíe. Eí Haícón Negro vueíve a
estar armado, así que no resuítará fácíí atraparío con vída, pero hemos de
hacerío.
-Dynna procurará regresar |unto a su famííía, no tíene otro íugar
adonde ír. En cuanto amaíne ía ííuvía cabaígaré en busca de eííos. No
regresaré hasta íograrío -dí|o Edmund en tono áspero y se dírígíó
rápídamente a íos estabíos para prepararse. Voívíó a maídecír a Dynna y a
ía ííuvía que íe díñcuítaba ía empresa.
-Cabaígaré |unto a sír Edmund en cuanto me|ore eí tíempo. ¿Requerís
aígo más de mí? -preguntó sír Thomas, dírígíéndose a su señor. Su
ofrecímíento parecía normaí, pero además de encontrar a Dynna y aí víkíngo
tenía otros motívos para querer acompañarío.
-No. Podéís marcharos.
-Sí me necesítáís, estaré en ía Gran Saía, esperando que amaíne ía
tormenta.
Una vez se hubo marchado, íord Aífríck permanecíó en su cámara
prívada, rumíando ío ocurrído y píaneando una estrategía para habérseías
con Ansíak, en caso de que ííegara para reaíízar eí íntercambío antes de que
encontrasen a su hí|o.
Sír Thomas entró en ía Gran Saía y vío que eí padre Corwín se dísponía
a subír ías escaíeras que conducían a ía capííía.
-Padre Corwín... -ío ííamó-. ¿Tenéís tíempo para beber una |arra de
cerveza antes de ínícíar vuestras oracíones?
-Me agradaría. -Intercambíaron una mírada de compíícídad y
tomaron asíento ante una de ías mesas-. Parecéís preocupado, sír Thomas
-prosíguíó eí sacerdote-. ¿Necesítáís habíar conmígo? ¿Hay aígo que añíge
vuestra aíma?
-No, padre -dí|o soítando una rísíta-. No estoy en pecado, sóío
dísfruto de ía paz ofrecída por vuestra compañía.
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-Y yo de ía vuestra.
-Síento predííeccíón por íady Dynna. La aprecío y me preocupa ío que
pueda ocurríríe.
Eí sacerdote echó un vístazo en torno para asegurarse de que podía
habíar sín ser oído. Luego se dírígíó a sír Thomas en voz ba|a:
-Yo tambíén estoy preocupado. Edmund sóío píensa en su humíííacíón,
pero yo sóío puedo pensar en eí doíor que Dynna sufríría sí se casara con éí.
Antes ya ía habría tratado con dureza, pero ahora...
-Lo sé. Es una mu|er demasíado buena como para que ía obííguen a
casarse con éí. Warren era un buen marído, pero éste... -Sír Thomas sabía
que referírse a Edmund de ese modo no estaba bíen, pero no podía evítarío.
-Warren amaba a Dynna. Fue un marído bondadoso y ñeí. La habría
hecho feííz... sí hubíese seguído con vída... -Eí padre Corwín se ínterrumpíó,
para que sír Thomas supíera que éí tambíén aíbergaba dudas acerca de ía
muerte prematura de Warren.
Sus míradas se encontraron y ambos comprendíeron que habían
haííado un aíma gemeía. Guardaron sííencío, aí tíempo que se preguntaban
qué podían hacer para ayudar a Dynna.
-Rogaremos a Díos que esté a saívo -dí|o eí padre Corwín por ñn.
-Es mí mayor deseo -repuso sír Thomas, asíntíendo con aíre
pensatívo-. Ouísíera voíver a vería feííz.
-Yo tambíén.
Eí constante rumor de ía ííuvía ío adormííaba y Brage se obíígó a
permanecer aíerta. Eí tíempo transcurría con íentítud y eí cíeío grís
comenzaba a cíarear. Le hubíese gustado descansar, pero ahora no podía
permítírseío. Dormíría cuando eí peíígro fuera menor. Ahora no era eí
momento.
Brage recordó que Dynna había ínsístído en compartír ía guardía y no
dudaba de su deseo de ayudaríe. Sabía que era tan íísta e íngeníosa como
cuaíquíer hombre, pero sí íos descubrían sería necesarío recurrír a ía fuerza
bruta para conservar ía vída y ía ííbertad, y eíía no era ío bastante fuerte
como para bíandír una espada y enfrentarse a Edmund y a sus hombres.
Dynna estaba acurrucada entre sus brazos. Brage sabía que debía de
estar exhausta para dormír tan profundamente. Se dedícó a contempíaría y
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su mírada acarícíó ía curva de su cueíío y eí deíícado contorno de su me|ííía.
Las manchas oscuras ba|o sus o|os atestíguaban su cansancío y no se síntíó
cuípabíe por de|aría dormír. Para mantenerse a ía par de éí necesítaba
descansar. Síguíó rodeándoía con eí brazo, protegíéndoía, dándoíe caíor y
consueío sín de|ar de permanecer aíerta.
Más tarde, cuando ía ííuvía se convírtíó en una ííovízna, Brage supo que
debían voíver a ponerse en marcha. Detestaba despertaría, pero no íe
quedaba otra opcíón. Sí querían conservar ía ííbertad, no podían quedarse
en eí mísmo íugar durante demasíado tíempo.
-Mííady -dí|o en voz ba|a y íe rozó ía me|ííía-. Ha amanecído y
debemos seguír.
Dynna despertó, sobresaítada. Había soñado que voívía a estar en casa
con su madre, sana y saíva, y amada. Despertar ba|o ía ííuvía en medío deí
fango y eí peíígro supuso una conmocíón. Lo úníco que ía tranquííízó fue ía
presencía de Brage y entonces recordó su promesa.
-No me despertasteís para mí turno de guardía -protestó.
-La noche fue tranquíía. Ba|o ía ííuvía reínaba eí sííencío.
-Eso no fue ío que acordamos.
-Aún no síento ía necesídad de descansar -contestó Brage-. Veníd,
hemos de ponernos en marcha míentras todavía haya tíempo.
Dynna se dío cuenta de que seguír díscutíendo era en vano y, aunque
no íe gustaba reconocerío, íncíuso ante sí mísma, su necesídad de dormír
había sído muy grande. Sus ropas empapadas eran un íncordío, pero todo
merecía ía pena con taí de haberse ííbrado de Edmund.
-Estoy preparada -dí|o-. Nos dírígíremos aí norte y después otra vez
aí oeste.
Entonces observó un desteíío parecído aí respeto en ía mírada de éí.
No sabía qué esperaba de eíía, pero Dynna había prometído que íe seguíría
eí rítmo.
Abandonaron eí refugío de íos árboíes y una vez más avanzaron a
campo travíesa, aíe|ándose de ía torre. La ííovízna era persístente y no cesó
hasta bíen entrada ía mañana, cuando eí cíeío empezó a despe|arse.
-Ouízás ahora se seque mí vestído -comentó Dynna; su prenda
empapada ía íncomodaba.
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Tambíén Brage íba empapado, pero estaba acostumbrado a ía
íncomodídad. Las paíabras de Dynna eran una añrmacíón, no una que|a,
pero comprendíó que debía encontrar ropa seca para eíía. Hasta ese
momento se habían mantenído aíe|ados de cuaíquíer vívíenda, pero
entonces Brage se encamínó hacía ío que, a ío íe|os, parecía una pequeña
gran|a.
-Esperadme aquí -dí|o cuando se detuvíeron en un aíto a cíerta
dístancía de ía choza. Dívísó a un hombre y una mu|er traba|ando en íos
campos, íe|os de ía casa, y consíderó que podía acercarse sín peíígro.
-¿Oué pretendéís hacer? -preguntó eíía, nervíosa ante ía ídea de que
íos descubríeran.
-Obtener comída, Dynna. Aquí tíene que habería.
Dynna había estado hambríenta desde que se despertó, pero se ío
había caííado. Se cuípaba a sí mísma por no haber pensado en ííevar
comída.
-¿Y sí os atrapan?
Brage íe íanzó una mírada íncréduía. Era un saqueador avezado.
¿Cómo podía dudar de su capacídad de obtener comída?
-Tranquííízaos. Nadíe me verá -contestó.
Se desprendíó deí escudo, íe índícó que no se íevantara y avanzó
cauteíosamente con ía espada en ía mano. De manera furtíva se desíízó
dentro de ía choza de una soía habítacíón, observado nervíosamente por
Dynna desde eí aíto.
Había sospechado que ía famííía sería pobre y no se equívocó. Se
apropíó de medía hogaza de pan duro y un trozo de queso y íuego regístró
sus escasos bíenes y encontró ío necesarío para encender un fuego.
Envoívíó todo en un paño y, cuando se dísponía a saíír de ía choza, vío un
pequeño cofre a íos píes de ía cama. Lo abríó y encontró un vestído rústíco
demasíado hoígado para Dynna y una túníca y pantaíones de hombre que
parecían más pequeños. Aí menos estaban secos, y sín pensárseío dos
veces tambíén se íos ííevó, saííó de ía choza sín ser vísto y regresó |unto a
Dynna.
-Hemos de írnos -íe dí|o-, sí regresan a ía choza antes de ía puesta
deí soí podrían descubrír eí robo.
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-¿Encontrasteís aíímentos? -preguntó eíía, con ía vísta cíavada en eí
hatííío.
-Lo bastante para un par de días. Voíveré a robar más sí fuera
necesarío -contestó éí.
Dynna pensó que eí padre Corwín se sentíría consternado por eí robo,
pero sín ía osadía de Brage hubíeran pasado hambre. Estaba ímpacíente por
aíe|arse, detenerse y comer.
Antes de buscar un sítío para descansar, Brage se aseguró de que
hubíesen recorrído una dístancía consíderabíe. Por ñn descubríó un íugar
tranquíío en ía arboíada orííía de un pequeño arroyo, ío bastante apartado
para proporcíonaríes eí refugío necesarío.
Brage íe tendíó ía ropa.
-No sé sí os sentará bíen, pero aí menos está seca -dí|o, observando
eí vestído húmedo y cubíerto de íodo de Dynna.
-Ponerme ropa seca será maravíííoso, os agradezco que hayáís
pensado en eíío -respondíó eíía, reprímíendo eí deseo de daríe un abrazo.
-No es boníta, pero os dará caíor míentras ía vuestra se seca.
La sonrísa que Dynna íe íanzó era tan atractíva que Brage se
conmovíó. Estaba seguro de que sí íe hubíese ofrecído eí más eíegante de
íos vestídos y ías |oyas más opuíentas, no habría parecído más encantada.
Era ía prímera vez que ía veía feííz y eso ío compíacíó, y tambíén saber que
éí era ía causa.
Dynna cogíó ías rústícas prendas de íana y trató de ocuítarse tras unos
arbustos. Le íanzó una tímída mírada por encíma deí hombro, porque sabía
que éí podía vería.
-No temáís, íady Dynna, me voíveré de espaídas para ofreceros ía
necesaría íntímídad -dí|o, antes de que eíía pudíera pedírseío, porque había
vísto su mírada de íncertídumbre, pero conscíente de que íe costaría
esfuerzo cumpíírío.
Dynna íe agradecíó en voz ba|a, se voívíó y se quító eí húmedo vestído,
pegado a su cuerpo como una segunda píeí; despo|arse de éí supuso un
gran aíívío. Sóío permanecíó desnuda un momento, hasta que se puso ía
rústíca prenda deí campesíno. La teía era áspera y íe arañaba ía píeí, pero
no protestó porque estaba seca y ía abrígaba. Como ía túníca era corta, se
dío cuenta de que era una prenda mascuíína, mucho más corta que una
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femenína y que de|aba sus píernas aí desnudo, así que se puso íos
pantaíones y se a|ustó ía cíntura. Era ía prímera vez que ííevaba pantaíones
y ía sensacíón resuítaba extraña. Recogíó su ropa húmeda y surgíó de
detrás de íos arbustos.
Brage aguardaba armado de pacíencía. Había oído cómo se quítaba eí
vestído empapado y sabía que en ese momento estaba desnuda en medío
deí bosque y se ía ímagínó como una nínfa, una críatura deí bosque deíícada
y hermosa.
La ímagen casí hízo que soítara un gemído; ía ídea de Dynna desnuda
y próxíma encendíó su ardor. Recordó eí beso, ía suavídad de su cuerpo
apoyado contra eí suyo míentras eíía dormía y ía sonrísa que íe ofrecíó
cuando íe tendíó ía ropa seca. Brage ía deseaba con un ansía feroz que
ponía a prueba su controí.
Intentó reprímír íos sentímíentos que eíía íe despertaba y se concentró
en vígííar eí terreno abíerto para comprobar sí aparecían Edmund y sus
hombres. Trató de dístraerse con otras ídeas y notó que su camísa tambíén
estaba mo|ada. Se ía quító y ía coígó encíma de un arbusto para que se
secara. Eí día era tempíado y no tendría frío con eí pecho desnudo.
|usto después de poner a secar ía camísa, Dynna saííó deí bosque.
-Me he cambíado -anuncíó.
Aí oír su voz, Brage ya no pudo seguír esperando y se voívíó para
contempíaría. Se míraron a íos o|os sígníñcatívamente.
Brage había creído que vería vestída con una túníca y unos pantaíones
mascuíínos no ío excítaría, pero se equívocaba.
Dynna no despegó ía vísta deí torso desnudo deí víkíngo y íos íatídos
de su corazón se aceíeraron. Se dí|o que esa sensacíón era rídícuía: Eíía ío
había íavado y cuídado durante días sín sentír nada símííar, pero su ancho
pecho resuítaba tan atractívo que descubríó que quería tocarío..., no para
curarío síno para amarío, como a Warren.
-¿Estáís conforme con ías prendas? -íogró preguntar Brage.
-Sí, gracías. Pero me pregunto sí aíguna vez habíaís vísto a una mu|er
ííevando ropa de hombre.
-No, pero vuestro aspecto no me desagrada -dí|o en tono muy
eíocuente.
Dynna se ruborízó.
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-¿Vuestra camísa tambíén estaba mo|ada? -tartamudeó.
-Sí. Dadme vuestras cosas y, míentras comemos, ías pondré a secar
|unto a ías mías.
Eíía íe tendíó sus prendas mo|adas. Tras coígarías de íos arbustos, se
sentaron y Brage sacó eí pan y eí queso deí hatííío. Arrancó un buen trozo
para éí y otro para Dynna; después cortó dos trozos de queso y envoívíó eí
resto para consumírío más adeíante.
Dynna aceptó eí pan y eí queso con entusíasmo. Aunque era eí más
modesto de íos aíímentos, íe parecíó absoíutamente deíícíoso.
Observó a Brage míentras comía y se dío cuenta de que no tenía
díñcuítad para mover eí hombro herído; actuaba como sí estuvíera
compíetamente curado y su fuerza y capacídad de recuperacíón ía
maravíííaron.
-¿Os encontráís bíen? -preguntó.
-Así es. Soís una buena sanadora. Dudo que otro me hubíera curado
tan bíen como vos.
-Es un taíento que aprendí de mí madre.
-Entonces agradezco que vuestra madre os ío haya enseñado.
Sus míradas se encontraron, y nínguno de íos dos ía desvíó. Era como
sí pasara una eternídad míentras se contempíaban mutuamente, presas de
ía fascínacíón. Ya no eran un guerrero víkíngo y una mu|er sa|ona: Enemígos
|urados. Ahora eran un hombre y una mu|er, y comprenderío íes abrasó eí
aíma.
Eí prímero en romper eí sííencío fue Brage. Era un guerrero, y no podía
oívídar que eí peíígro estaba muy próxímo. Aunque eíía ío atraía más que
nínguna otra mu|er, sabía que su segurídad era ío más ímportante. Debían
mantener ía dístancía entre eííos y sír Edmund. Por ahora no debía pensar
en otra cosa.
-Tenemos que ponernos en marcha -dí|o-. Seguro que Edmund ya
cabaíga campo travíesa en busca de nosotros.
Aí oír mencíonar eí nombre de Edmund Dynna regresó aí presente y se
puso de píe.
-Tenéís razón -contestó-. Ya hemos descansado bastante.
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Recogíó íos aíímentos y ías ropas húmedas míentras Brage cogía su
espada y su escudo. Emprendíeron ía marcha, a paso más rápído ahora que
habían comído.
Síguíeron camínando toda ía tarde sín descanso, síempre en díreccíón
aí hogar de Dynna. |usto antes deí anochecer eí soí voívíó a íucír.
Oue no se encontraran con nadíe supuso un aíívío para Dynna.
Entonces comprendíó que sí eíía y Matíída hubíeran seguído por esa ruta ía
prímera vez, habrían aícanzado hacía tíempo ía casa de sus padres.
Aí recordar a su críada, Dynna se preguntó cómo íe habría ído a ía
|oven aí enfrentarse a ía íra de sír Edmund. Estaba convencída de que tanto
íord Aífríck como Edmund se habrían encoíerízado aí descubrír que eíía
había huído con Brage, y esperó que no ía hubíeran pagado con Matíída.
Una vez aícanzada ía casa de sus padres, mandaría ííamar a su ñeí críada.
Míentras tanto, rogó que no íe ocurríera nada maío y que íograra
permanecer a saívo.
-¿Hay aígo que os preocupa? -preguntó Brage, observando su
expresíón sombría.
-Matíída, mí críada. Temo que sufra una desgracía porque ía abandoné
y ía de|é expuesta a ía íra de ambos.
-La moza ¿sabe adonde nos dírígímos?
-No. No íe conté mí pían, para no ponería en peíígro, pero Edmund es
capaz de una gran crueídad cuando ío frustran.
-Es a vos a quíen quíere. No perderá eí tíempo con eíía, una vez que
se convenza de que no puede ayudaríe.
-Eso espero.
-Y por eso seguíremos camínando hasta que se ponga eí soí. Los días
síguíentes serán íos más peíígrosos.
Eíía asíntíó.
-No temáís, no os faííaré. He dícho que os seguíré eí paso, y ío haré.
Una vez más, Brage admíró su vaíor y ía mírada que íe íanzó íe dí|o que
su respuesta ío compíacía. Síguíeron avanzando, aíe|ándose cada vez más
de íos demoníos que íos perseguían.
Acababa de ponerse eí soí cuando oyeron eí rugído de un arroyo
profundo y correntoso, y Dynna síntíó un gran desánímo. Sabía que debían
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cruzar otro arroyo, pero no creyó que eí níveí deí agua estaría tan aíto y que
sería tan turbuíento. Las ííuvías deí norte debían de haber sído más íntensas
ese año.
Dynna y Brage se acercaron a ía orííía y contempíaron ías aguas. Brage
examínó ambas orííías y procuró descubrír eí me|or íugar para vadear eí
arroyo, cuyas aguas íe ííegaban a ía cíntura. La corríente parecía peíígrosa y
sabía que sí perdían eí equíííbrío, resuítaría dífícíí recuperarío.
-A ío me|or deberíamos acampar en esta orííía y atravesar eí arroyo
mañana -comentó Dynna; aborrecía ía ídea de voíver a mo|arse. Eí arroyo
era tan profundo y ía corríente tan poderosa que no podrían ímpedírío. Por ía
mañana eí níveí deí agua habría ba|ado y cruzar sería más fácíí.
-Aún hay bastante íuz como para vadearío -contestó éí sín míraría,
así que no notó su angustía. Brage se había críado rodeado de arroyos como
aquéí. Sabía que atravesarío no sería sencííío, pero tambíén que ío íograrían
sí tenían cuídado.
De|ó a Dynna en ía orííía y buscó eí íugar menos peíígroso para vadear
eí arroyo. Tardó unos mínutos en medío de ía penumbra, pero por ñn ío
encontró. La orííía era abrupta, pero en ese íugar ía corríente parecía menos
amenazadora. Fue en busca de Dynna y ía condu|o hasta eí íugar.
-Seguídme -dí|o, se desíízó hacía aba|o por eí terrapíén y se díspuso
a vadear ías tumuítuosas aguas.
Dynna supo que no íe quedaba otro remedío. Mantenerse aíe|ada de
Edmund era más ímportante que cuaíquíer ínconveníente pasa|ero. Empezó
a ba|ar por eí terrapíén para unírse a Brage, pero no había contado con que
fuera tan resbaíadízo y se desíízó hasta ía orííía.
-No os mováís -ordenó Brage, se adentró en eí arroyo y comprobó
que no fuera demasíado peíígroso para eíía.
Avanzó íenta y cauteíosamente a través de ía corríente, sosteníendo ía
espada y eí escudo por encíma deí agua, y se aíegró de que eí níveí no
superara ía cíntura. La ríbera opuesta era menos abrupta; de|ó ía espada y
eí escudo aííí y regresó en busca de Dynna.
-Coged mí mano y os ayudaré -dí|o aí acercarse a ía orííía donde eíía
ío aguardaba.
Le tendíó ía mano, de píe y con eí agua hasta íos musíos. Aunque en
ese punto ía profundídad no suponía un peíígro, ía corríente era poderosa y
no quería ponería en peíígro. Cuando eíía estíró eí brazo para coger su
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mano, hacíendo maíabarísmos con eí hatííío de ía ropa y íos aíímentos,
resbaíó, perdíó eí equíííbrío y estuvo a punto de caer aí agua.
Brage reaccíonó ínstíntívamente, ía cogíó en brazos y ía abrazó,
evítando que se mo|ara.
-¿Estáís bíen? -preguntó.
Dynna ío míró a íos o|os; que ía hubíese rescatado ía había de|ado sín
aííento, pero tambíén se debía a aígo más. -Sí.
Brage se quedó ínmóvíí en medío de ías frías aguas, ínconscíente de
todo cuanto ío rodeaba excepto deí peso precíoso de Dynna entre sus
brazos. Aí míraría a íos o|os, vío que reñe|aban un anheío íguaí aí suyo y no
pudo detenerse..., no esta vez. Incíínó ía cabeza y sus íabíos buscaron
apasíonadamente íos de eíía.
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CAPÍTULO 13
Eí beso despertó eí fuego íargamente reprímído de su pasíón y ía ííama
de su deseo se encendíó. Dynna íe correspondíó sín reserva, íe rodeó eí
cueíío con íos brazos y íe devoívíó eí beso. La íntensídad deí abrazo
embríagador conmocíonó a ambos.
Intercambíaron apasíonadas míradas míentras Brage vadeaba eí arroyo
evítando que Dynna se mo|ara, aunque sóío tenía o|os para eíía. Cuando
aícanzaron ía ríbera opuesta no se detuvo, síno que se dírígíó en íínea recta
hacía unos árboíes, donde ía tendíó en un íecho de suave híerba.
Brage se tumbó a su íado y voívíó a besaría, en osada procíamacíón de
su anheío. Dynna soító un gemído. Warren había sído un amante tíerno y
gentíí, pero sus besos nunca ía habían excítado hasta ese punto. Cuando
Brage de pronto se apartó, eíía abríó íos o|os preguntándose eí motívo,
díspuesta a supíícar que no ía de|ara.
-¿Brage? -susurró con voz ronca y íe tendíó íos brazos.
Eí víkíngo tuvo que hacer un esfuerzo por no oívídar su mísíón, pero
sabía cuáí era su deber.
-Voíveré de ínmedíato -dí|o.
Dynna era todo ío que deseaba y necesítaba, pero por eso debía
protegería y permanecer síempre aíerta, de manera que voívíó a cruzar eí
río hasta ía otra orííía, recogíó su escudo y su espada y regresó |unto a eíía
con rapídez.
Dynna observó su regreso, ííumínado por ía íuz deí atardecer, y una
ardorosa ansíedad ía embargó. Aíto y de anchos hombros, cuando se acercó
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a eíía con ía espada en ía mano tenía un aspecto casí saíva|e. La barba íe
había crecído y íe daba un aspecto aún más peíígroso. Eí puíso se íe aceíeró,
Brage era muy mascuííno. Sus pantaíones, empapados tras atravesar eí
arroyo, estaban pegados a sus píernas íargas y poderosas como una
segunda píeí y Dynna, que conocía a íos hombres, comprobó cuánto ía
deseaba, pero en vez de avergonzarse, se síntíó compíacída. Sín embargo,
cuando éí de|ó eí arma en eí sueío, ía conscíencía deí peíígro que corrían
amenazó con apagar su pasíón.
Brage notó eí desteíío de temor en su mírada y se arrodíííó |unto a eíía.
-A mí íado estáís a saívo. Nadíe os hará daño míentras yo síga con
vída -|uró y su mírada expresaba ía íntensídad de sus sentímíentos.
-Lo sé -dí|o eíía en voz ba|a.
-No sé qué nos traerá eí mañana, pero tenemos esta noche... -
contínuó éí.
-Compartámosía hasta eí ñnaí -murmuró Dynna y íe acarícíó ía
me|ííía.
Eí suave roce de ía mano de eíía ío hízo resoííar. Se quító ías prendas
empapadas, pues no quería humedecer ías de eíía, y aí atraería hacía sí y
notar ía suavídad de su cuerpo soító un gemído. La contempíó en ía
penumbra y vío que eí rostro de Dynna expresaba eí mísmo deseo que eí
suyo.
-Esta noche soís mía -dí|o y ía besó apasíonadamente.
Dynna ío abrazó y sus manos recorríeron eí cuerpo deí víkíngo,
memorízando cada uno de sus poderosos múscuíos.
Dado que ía amenaza de ser descubíertos pendía sobre sus cabezas,
eíía comprendíó que quízá sería ía úníca noche que pasarían |untos, y
estaba decídída a compartír su pasíón con Brage. Lo había deseado desde eí
prímer momento, aunque hasta ahora no ío había admítído ante sí mísma.
Pertenecían a dos mundos díferentes y seguírían hacíéndoío, pero en esos
momentos estaban |untos y eso era ío úníco que ímportaba.
Su ardor mutuo aumentaba con cada mínuto que pasaba y no estaban
díspuestos a renuncíar a eíío. La íncertídumbre deí futuro aí que se
enfrentaban aumentaba ía urgencía de ía sítuacíón.
Brage ía acarícíó con mucha suavídad por encíma de ías rústícas
prendas de campesíno que íe cubrían eí cuerpo, pero anheíaba una
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proxímídad aún mayor. Ouería tocar su píeí desnuda y sedosa, quería
penetrar en su atercíopeíada íntímídad. Ouería hacería suya y, mascuííando
con ímpacíencía, se apartó y ía ayudó a desnudarse.
Dynna se aíegró de desprenderse de ía ropa. Ouería apretu|arse contra
éí, sentír cómo su ardor entíbíaba sus carnes y ía presíón de su torso duro
contra sus pechos sensíbíes.
Cuando Brage íe quító ía túníca, eíía arqueó eí cuerpo y su recompensa
fue eí gruñído de aprecíacíón que soító aí ver sus pechos desnudos por
prímera vez. Cuando Brage íos acarícíó y sus íabíos rozaron ía carne tíerna,
Dynna soító un gríto ahogado y íe presíonó ía cabeza contra sus pechos,
embríagada por eí toque íntímo.
Brage voívíó a acostaría sobre ía híerba y eíía ío atra|o hacía sí y íe
rodeó eí cuerpo con íos brazos. Cuando éí se apartó, se síntíó perdída
durante un ínstante, pero ía mírada de deseo ardíente que éí íe íanzó hízo
que comprendíera que ía separacíón sóío sería momentánea. Brage íe quító
íos pantaíones de hombre, de|ando aí desnudo sus píernas íargas y esbeítas.
Las acarícíó, dísfrutando de su eíástíca ñrmeza.
-Soís muy beíía, Dynna -dí|o; en su mírada ardían ías ííamas de ía
pasíón y otro sentímíento aí que aún era íncapaz de dar nombre. Nunca
había deseado tanto a una mu|er.
-Me aíegra que os ío parezca. Vos tambíén me parecéís beíío -
contestó eíía con voz enronquecída y íe tendíó íos brazos.
-Los hombres no son beííos.
-Vos ío soís.
Brage se aíegró de que ía frustrante barrera de ropa hubíera
desaparecído cuando sus cuerpos se uníeron. Dynna ío acarícíó y ío besó,
provocándoíe reaccíones cuya íntensídad sorprendíó a Brage. Ambos
ansíaban fundírse amorosamente eí uno con eí otro, esperando encontrar
consueío y paz.
Cuando por ñn se díspuso a poseería, Dynna estaba preparada. Se
abríó a su vírííídad, acogíéndoía en ío más profundo de su cuerpo, íe rodeó
ías caderas con ías píernas y corcoveó aí rítmo de ía pasíón deí víkíngo. La
generosídad con ía que Dynna ío amaba casí ío de|ó sín sentído míentras ía
penetraba profundamente, se retíraba y voívía a penetraría. Unírse a eíía
era un puro éxtasís.
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Cuando sus íabíos se encontraron, se sumíeron en eí frenesí. Sus
manos no permanecíeron ínactívas aí tíempo que se movían rítmícamente.
Eíía ío deseaba, deseaba ío que estaba ocurríendo. No sabía qué traería eí
mañana, y en ese precíso ínstante no tenía ímportancía. Lo úníco que íe
ímportaba era Brage.
Brage nunca había conocído una pasíón tan ííbre y saíva|e. Ignoraba sí
se debía a ío desesperado de su sítuacíón o a ío que ambos sentían eí uno
por eí otro, y íe era índíferente. Estaba fascínado, perdído en un océano de
sensuaíídad hechízada que íe provocaba una excítacíón mayor de ío que
hubíera creído posíbíe.
Ser poseída por Brage íe resuítaba tan excítante que Dynna se
abandonó a ía sensacíón. Sentír su caíor en eí ínteríor de su cuerpo ía
eníoquecía de gozo y ío abrazó agítando ías caderas, procurando daríe
píacer. Las carícías y íos besos de Brage generaban un anheío ardíente en
sus entrañas y Dynna se apretó aún más estrechamente. Cuando éí voívíó a
besaríe eí pecho, eí éxtasís que crecía en su ínteríor estaííó y se aferró a éí
aí tíempo que ías sensacíones de aqueí cíímax perfecto agítaban su cuerpo.
Brage notó su expresíón satísfecha y ía besó. Eíía íe devoívíó eí beso
míentras éí seguía movíéndose hasta estremecerse de píacer en cuanto
aícanzó ía cúspíde de su propía excítacíón. La abrazó, |adeando. Nunca
había experímentado un goce tan perfecto.
|untos, regresaron a ía reaíídad sín de|ar de rodearse con íos brazos,
con íos míembros entreíazados. Guardaron sííencío; nínguno de íos dos
sentía ía necesídad de habíar. Sus cuerpos habían expresado su necesídad
con una eíocuencía mucho mayor que ías paíabras.
-No sabía que podía ser tan duíce... -murmuró Dynna por ñn, una vez
recuperadas ías fuerzas.
-Yo tampoco -contestó éí, se apoyó sobre íos codos y ía contempíó.
Eí movímíento hízo que sus caderas presíonaran ías de eíía con más
fuerza y ambos íntercambíaron una mírada maravíííada. Brage hubíera
preferído permanecer perdído en ía bruma deí amor, pero a medída que su
pasíón se desvanecía, recuperó eí |uícío. Se apartó de Dynna y se sítuó más
cerca de su espada.
Pero Dynna no quería separarse de éí y se tendíó a su íado. Brage ía
rodeó con un brazo y eíía apoyó ía cabeza en su hombro, íe paípó eí pecho y
notó eí pesado íatído de su corazón.
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-Ahora quíen se aíegra de ser una sanadora de taíento soy yo -dí|o.
Éí soító una suave carca|ada.
-Podéís sanarme síempre que ío deseéís.
-Supondría un píacer -contestó Dynna en tono seductor.
-Pero sufro un doíor moíesto, mu|er.
Dynna creyó que su herída se había vueíto a abrír míentras hacían eí
amor; se íncorporó preocupada y íe examínó eí hombro, creyendo que voívía
a doíeríe.
-No, moza. Lo que me dueíe no es eí hombro síno esto -dí|o Brage, íe
cogíó ía mano y se ía ííevó a íos íabíos-. Creo que un beso me curaría.
Dynna comprendíó que bromeaba, y con o|os bríííantes se encargó de
curar su doíor, besándoío.
Brage no sospechó que un mero beso bastaría para voíver a excítarío
tan pronto, pero así fue. Durante un momento, pensó que eíía era una bru|a
que ío había hechízado, pero cuando Dynna se montó encíma de éí y ío
acogíó en ío más íntímo de su cuerpo, ya no pensó en nada.
Más tarde, cuando Dynna dormía a su íado, Brage se dío cuenta de ía
íntensídad de sus sentímíentos por eíía. Había cumpíído con su promesa, ío
había íguaíado en todo. Veíó su sueño, sabíendo que era ía úníca mu|er que
íe había demostrado tanta vaíentía y síncerídad. No se había mostrado
vírgínaí y tímída míentras hacían eí amor y saber que íe había
proporcíonado píacer ío compíacía.
Incíuso ahora, tras poseería en dos oportunídades, eí deseo voívíó a
renacer en sus entrañas aí pensar en voíver a dísfrutar de su pasíón. No
estaba díspuesto a maígastar ní un mínuto de ía noche oscura, así que ía
despertó con un beso y empezó a acarícíaría una vez más.
Cuando por ñn ambos quedaron exhaustos, Brage ía rodeó con íos
brazos y ía protegíó durante ío que quedaba de ía noche.
Dynna despertó cuando ía aurora teñía eí cíeío y ías aves ínícíaban sus
cantos. Mantuvo íos o|os cerrados y se acurrucó contra eí pecho de Brage.
La sensacíón de sentírse protegída y segura entre sus brazos era
maravíííosa.
No se sentía cuípabíe por ío que habían compartído. Había deseado
haceríe eí amor. Aunque eí futuro de ambos era íncíerto, aí menos íe
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quedaría eí recuerdo de esa noche. Se removíó y Brage despertó de
ínmedíato.
-¿Oué ocurre? -preguntó éí, poníéndose en guardía y cogíendo ía
espada.
-Es de madrugada -contestó eíía en voz ba|a; no quería
desprenderse de su abrazo.
-Entonces hemos de ponernos en marcha, y rápído.
Brage se díspuso a vestírse pero eí duíce cuerpo de Dynna apretado
contra eí suyo supuso una tentacíón írresístíbíe.
Dynna percíbíó su reaccíón y íe íanzó una sonrísa seductora. Warren
había sído un buen amante, pero nunca tan apasíonado como Brage.
-¿Hemos de marcharnos ahora mísmo...? -preguntó.
Por respuesta recíbíó un gruñído de frustracíón, aí tíempo que ía íógíca
íuchaba contra eí deseo. Eí sentído que síempre había mantenído aí
guerrero con vída íe decía que debía refrenarse para poder protegería, pero
fue ía segurídad de Dynna ío que íe proporcíonó ía fuerza para resístírse a
su mayor deseo.
Eí beso de Brage fue profundo y saíva|e y su abrazo íe ínformó de que
no ía rechazaba.
-No puedo arríesgar vuestra vída, amor mío -dí|o en un tono que
deíataba su conñícto ínteríor-. Hemos de seguír camínando míentras
podamos.
Las íágrímas ardían en íos o|os de Dynna cuando aízó ía mano para
acarícíaríe ía me|ííía. Era eí prímero que anteponía su segurídad y su
feíícídad a todo ío demás. Oue ese hombre, ese víkíngo que antes había sído
su prísíonero, ía protegíera con su vída ía conmovía.
-Sóío tardaré un momento en prepararme -anuncíó eíía.
Se puso de píe y ío besó con duízura y suavídad, después abandonó eí
refugío de sus brazos y fue a íavarse a orííías deí arroyo. Consíderó ííevar su
propío vestído, pero aún estaba húmedo, así que se conformó con ponerse
ías prendas robadas y se vístíó con rapídez.
Brage tambíén se vístíó, sín de|ar de vígííar a Dynna. Tuvo que reprímír
eí deseo de acercarse a ía orííía y ayudaría a íavarse. No podía oívídar su
píeí sedosa y eí duíce peso de sus pechos ba|o sus manos. En contra de su
voíuntad, su cuerpo voívíó a ínñamarse y procuró pensar en ía comída.
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Cortó un trozo de pan y queso para ambos y comíeron míentras
seguían camínando, de|ando atrás su paraíso compartído. |untos, se
aventuraron hacía ío desconocído.
Era por ía tarde cuando Edmund y sus hombres cabaígaron hasta ía
pequeña choza. Tras mírar en torno unos mínutos, por ñn descubríeron aí
gran|ero y a su mu|er traba|ando en íos campos. Edmund hízo caso omíso
deí hecho de písotear íos cuítívos que se afanaban en cuídar. Lo úníco que íe
ímportaba era encontrar a Dynna y aí víkíngo... y pronto.
-¿Habéís vísto a un hombre y una mu|er? -íes preguntó.
Eí campesíno ío míró ñ|amente y se preguntó por qué habría acudído a
eííos.
-No hemos vísto a nadíe, mííord.
-¿Y no ha ocurrído nada ínusuaí?
Entonces su mu|er ío ínterrumpíó:
-Díseío, Dorcas. Dííe ío de íos aíímentos y ías prendas que echamos
en faíta.
-¿Aíímentos? ¿Prendas? -repítíó sír Thomas.
-Ayer, míentras traba|ábamos en íos campos, aíguíen entró en ía casa
y se ííevó pan y queso de ía aíacena -expíícó eí hombre-, |unto con mí
otra túníca y mís pantaíones. Fue extraño, no vímos a nadíe y tampoco
oímos nada.
-¿No había hueíías? ¿Níngún índícío de ía díreccíón que emprendíeron
íos íadrones?
-Nínguno, mííord. Cuando regresamos a casa era casí de noche, y por
ía mañana, ías posíbíes hueíías se habían borrado.
Edmund echó un vístazo a sus hombres.
-Despíegaos en todas díreccíones -íes ordenó-. Regístradío todo.
Encontradíos.
Sír Thomas se puso en cabeza. Una vez cesada ía ííuvía, habían
cabaígado de ía mañana a ía noche y sus cabaííos empezaban a cansarse,
pero no abandonarían ía búsqueda hasta encontrar aí Haícón Negro.
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Sír Edmund tenía presente que Hereíd regresaría en cuaíquíer
momento, y sín duda, íos víkíngos no tardarían en seguíríe íos pasos para
pagar eí rescate. Eí tíempo se estaba acabando, no podían cometer más
errores. Tenían que encontrar aí Haícón Negro.
Era casí de noche cuando uno de íos hombres aícanzó eí íugar por
donde Brage y Dynna habían vadeado eí arroyo.
-¡Aquí, sír Edmund! -excíamó-. ¡Fue aquí por donde cruzaron!
Míentras Edmund examínaba eí terreno, eí ansía por encontraríos
aumentó y cabaígó hasta ía orííía opuesta. Desde que abandonaron ía torre,
por prímera vez sentía que estaban a punto de daríes aícance.
Su frustracíón había sído grande. Procuró utííízar íos perros pero, |usto
como había temído, ía ííuvía había borrado ías hueíías y resuítaron ínútííes.
A partír de entonces, no íes quedó más remedío que regístrar todas ías rutas
posíbíes que conducían aí hogar de íos padres de Dynna; sóío era cuestíón
de tíempo que eí víkíngo voívíera a estar ba|o su controí y Dynna, en su
íecho.
-¿Oueréís que sígamos buscando o que acampemos y prosígamos ía
búsqueda mañana por ía mañana? -preguntó sír Thomas, cabaígando
hasta Edmund que permanecía en eí cíaro montado en su cabaíío.
Edmund quería contínuar, pero temíó que sí oscurecía demasíado,
quízá no encontrarían ías hueíías.
-Acamparemos aquí y cabaígaremos aí aíba -anuncíó.
-Se ío díré a íos hombres -respondíó sír Thomas.
Cuando voívíó a estar soío, Edmund desmontó y echó un vístazo en
torno. Dynna había pasado por aííí hacía poco. Edmund esbozó una sonrísa
crueí. Pronto ía habría recuperado y sería suya. La ídea supuso un respíro,
pero saber que se encontraba tan próxíma ímpídíó que se sumíera en un
sueño profundo. Recordó que su padre íe había ordenado que regresara con
eí víkíngo ío antes posíbíe y |uró que no descansaría hasta encontrar aí
Haícón Negro.
%ynna y Brage avanzaron rápídamente a través de ía campíña,
dístancíándose de ía torre, pero ambos sabían que por más kííómetros que
recorríeran, eí peíígro podía acecharíos detrás de ía síguíente coíína.
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Brage tuvo que hacer un esfuerzo por concentrarse en ía huída.
Durante un saqueo, nunca había de|ado que una mu|er írrumpíera en sus
pensamíentos, sín embargo, no de|aba de pensar en Dynna. Eí recuerdo de
su amor estaba grabado a fuego en su aíma y ío perseguía. Nínguna otra
mu|er se había entregado a éí con tanta síncerídad ní ío había satísfecho tan
compíetamente. Descubríó que no quería apartarse de eíía, que deseaba
tocaría cada vez que se presentaba ía oportunídad. Eran emocíones
desconocídas y debía íuchar contra eíías; no podía permítír que ío
dístra|eran, debía permanecer aíerta.
Dynna había seguído camínando a ía par de ías íargas zancadas de
Brage. Estaba exhausta, pero sabía que, como a eíía, a éí ío ímpuísaba ía
necesídad de ponerse a saívo, así que no protestó ní trató de amínorar ía
marcha. De vez en cuando, Brage íe íanzaba un vístazo para comprobar que
se encontraba bíen, y sus míradas se encontraban. En ese momento, Dynna
notaba que éí recordaba todo ío ocurrído entre ambos y íe regaíaba una
sííencíosa sonrísa. Con eíío bastaba, ías paíabras resuítaban ínnecesarías.
Brage síguíó adeíante, optando por ía ruta más dífícíí para engañar a quíen
osara perseguíríos.
Cerca de medíodía se detuvíeron para beber ías íímpídas y frescas
aguas de un arroyo, descansar un momento y compartír eí pan y eí queso.
Brage había estado pensando en Warren; quería saber más acerca de éí.
-Habíadme de vuestro marído, Dynna -preguntó en tono índíferente,
pero ío úítímo que sentía era índíferencía.
-¿Oué queréís saber? -repuso eíía cauteíosamente.
-¿Oué cíase de hombre era? Seguro que no se parecía a Edmund,
¿verdad?
-Eran tan díferentes como ío es eí desíumbrante soí matínaí de ía
oscura y tenebrosa noche -contestó con rapídez, apresurándose a saíír en
defensa de Warren-. Mí marído era un hombre bondadoso, de buen corazón
y generoso con todos sus seres querídos.
-¿Hace mucho que ha muerto?
-Menos de un año. Perdíó ía vída ínesperadamente, en un accídente
de caza. Síempre íamenté no haber podído despedírme de éí.
Brage observó su mírada tríste y preguntó:
-¿Lo amabaís?
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-Fue bondadoso conmígo, tíerno y comprensívo.
-Pero ¿ío amabaís? ¿Oueríaís casaros con éí? -Aunque ígnoraba eí
motívo, para éí era muy ímportante conocer íos auténtícos sentímíentos de
Dynna con respecto a su marído muerto.
Antes de ía noche anteríor, Dynna hubíese respondído
añrmatívamente, pero tras ías horas de espíendor en brazos de Brage, ya no
estaba segura de nada. Luchando por encontrar ía respuesta a su pregunta,
contestó:
-La boda con Warren fue arregíada en beneñcío de ías tíerras de
ambos, pero no tuve ínconveníente en casarme con éí.
Su respuesta evasíva no despe|ó ías dudas de Brage acerca de íos
sentímíentos de eíía. Aí parecer, Dynna no podía o no quería decíríe ío que
éí ansíaba saber. Sí hubíese amado a sír Warren, ío habría confesado,
¿verdad? Amar a tu esposo no suponía una vergüenza, pero de aígún modo
ía ídea de que eíía fuera íncapaz de daríe una respuesta dírecta ío ííenó de
feíícídad.
Tras responder a ías preguntas de Brage, Dynna empezó a preguntarse
acerca de su pasado. De repente se ímagínó que taí vez tenía una esposa
que ío esperaba. La ídea ía consternó.
-Ahora soy yo quíen ha de haceros una pregunta -dí|o por ñn,
dísponíéndose a oír ías paíabras que esperaba: Oue una mu|er que ío amaba
cuídaba de su hogar míentras éí se dedícaba a saquear.
-¿Oué queréís saber? -preguntó éí, aízando ías ce|as. Antes de
haceríe ía temída pregunta, Dynna tomó aíre-. ¿Acaso os preocupa aígo?
-Sí estáís comprometído con otra, ío ocurrído entre vos y yo sería un
pecado, tanto ante Díos como ante íos demás.
Su síncerídad íe provocó una sonrísa.
-No temáís, Dynna mía. No tengo una esposa que cuenta íos días
hasta mí regreso o que ííoraría mí muerte.
Dynna no trató de dísímuíar su satísfaccíón y ía sonrísa que íe ííumínó
eí rostro hízo que una oíeada de deseo ínvadíera a Brage. No pudo evítar
acercarse a eíía y abrazaría. Antes de besaría, ía contempíó durante unos
momentos. Eíía íe correspondíó sín reserva aíguna y íe rodeó eí cueíío con
íos brazos. Cuando Brage ínterrumpíó eí beso, ía pasíón voívíó a consumíríos
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y ío úníco que íos mantuvo separados fue saber que, a píena íuz deí día,
podían descubríríos.
-Hemos de seguír -dí|o éí en tono apesadumbrado.
Recogíeron sus escasas pertenencías y síguíeron vía|e, en díreccíón aí
refugío que íos esperaba aí ñnaí.
Sóío se detuvíeron aí caer ía tarde. La oscurídad empezaba a cubrír íos
campos míentras acababan con íos restos de pan y queso. Ambos estaban
expectantes aí recordar eí abrazo que habían compartído durante eí
aímuerzo.
Eí deseo ardíente de hacer eí amor con Brage había consternado a
Dynna. Lo había seguído toda ía tarde sín despegar ía vísta de éí,
maravíííada por su fuerza y su resístencía, sus movímíentos ñuídos íncíuso
aí atravesar eí más abrupto de íos terrenos, por eí movímíento de íos
múscuíos de sus brazos y sus píernas. De vez en cuando, cuando su mírada
azuí y penetrante se cruzaba con ía suya, Dynna notaba eí ardor que había
de|ado su ímpronta en eíía ía noche pasada y supo que no había sído un
sueño.
Dynna se puso de píe y, en sííencío, extendíó su vestído en ía híerba.
Brage se síntíó confuso.
-¿Acaso eí vestído aún está mo|ado y por eso ío extendéís para que se
seque? Porque en ese caso, eí rocío ío humedecerá aún más antes de que
amanezca.
-Ya está seco, mí señor víkíngo.
-¿No queréís voíver a ííevarío? -Brage creyó que, una vez seco,
voívería a ponérseío. Eí te|ído era muy ñno y mucho más suave que ías
prendas deí campesíno.
-He descubíerto que me resuíta mucho más fácíí mantenerme a
vuestra vera ííevando pantaíones. Aunque me temo que Matíída no
aprobaría mí descaro -dí|o, sonríendo aí ver que éí mantenía ía vísta
cíavada en sus píernas.
Brage íe devoívíó ía sonrísa. Una vez más, demostraba ser muy dístínta
de ías mu|eres que conocía. No íe daba ímportancía a su aspecto, sóío a
cumpíír con ío que íe había prometído: Oue no sería un obstácuío para éí.
Brage se aproxímó y ía abrazó.
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-Yo apruebo vuestro descaro de todo corazón -dí|o y íe aízó ía
barbííía para besaría. Ahora que estaba entre sus brazos, se sentía compíeto
-. Así que ¿a qué |ugáís con ese vestído?
-Sóío he preparado un íecho para compíaceros -contestó con voz
enronquecída.
Aí oír sus paíabras, ía mírada de Brage se encendíó y ías ííamas de ía
pasíón ío consumíeron. Un escaíofrío de excítacíón recorríó ía espaída de
eíía. Éí voívíó a besaría y Dynna sucumbíó aí roce de sus íabíos.
Tras tenderse en eí sencííío íecho, se abrazaron arrastrados por ía
vorágíne de deseo que había ído en aumento durante todo eí día. Se
acarícíaron y se apresuraron a quítarse ía ropa que se ínterponía entre
ambos y, cuando por ñn ías barreras que íos separaban desaparecíeron, sus
cuerpos se uníeron.
Brage se sumergíó en ío más profundo deí cuerpo de Dynna. Sabía que
con eí tíempo ío separarían de eíía y eso aumentaba ía desesperacíón con ía
que hacían eí amor, como sí ambos quísíeran dísfrutar de esos breves
momentos de ííbertad. Se abrazaron, unídos en espírítu y en deseo, hasta
aícanzar ía cumbre deí éxtasís. Después se despíomaron |untos, agotados
pero satísfechos.
Dynna aízó ía vísta y contempíó eí cíeío cua|ado de estreíías. No sabía
cómo había ííegado a entregarse tan ííbremente a un hombre que hacía sóío
unos días era su enemígo. Pero guarecída entre sus brazos, no se sentía
amenazada, más bíen, que nada podría haceríe daño míentras estuvíera con
éí.
Su corazón se ííenó de congo|a aí comprender que sóío díspondrían de
un breve tíempo para estar |untos. Éí regresaría con íos suyos y eíía
tambíén.
-Ouíero más, Brage -susurró, síntíendo una osadía mayor que nunca,
porque era ía prímera vez que se atrevía a decíríe seme|antes paíabras a un
hombre.
Las paíabras fueron suñcíentes para éí. Se tendíó encíma de eíía y ía
poseyó con un úníco movímíento. Eíía ío aceptó compíetamente, dísfrutando
deí píacer de ía uníón. Las manos de Brage expíoraron sus carnes sedosas,
de|ando un rastro ardíente, voívíendo a excítaría hasta que ambos se
movíeron aí unísono en busca de ía máxíma satísfaccíón.
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Brage anheíaba decíríe que éí tambíén ía deseaba, pero no pudo.
Pronto tendrían que separarse. No podía ííevaría consígo en eí vía|e de
regreso a su hogar. Sería demasíado peíígroso. Era mucho me|or
acompañaría hasta eí hogar de sus padres y de|aría aííí, sabíendo que
estaría a saívo. No resuítaría fácíí abandonaría, pero no tenía otra opcíón.
Hícíeron eí amor con rapídez y víoíencía y, tras sumírse en una oíeada
de píacer, se quedaron sín aííento. Permanecíeron tendídos y abrazados en
sííencío, feííces por ía beííeza de su amor, con íos corazones íatíendo aí
unísono.
Después durmíeron.
Cuando despertaron aí amanecer, eí deseo de quedarse en medío deí
bosque compartíendo su íntímídad resuítaba casí abrumador, pero ambos
sabían que era ímposíbíe. No podían oívídar ía amenaza que suponía
Edmund.
Brage estrechó a Dynna entre sus brazos durante un íargo momento,
después recogíeron sus cosas y emprendíeron eí camíno.
Aí atravesar varíos espacíos abíertos, ambos se pusíeron nervíosos y
no ba|aron ía guardía. Se íes habían acabado íos aíímentos y pronto Brage
debería ír en busca de más.
Poco después de medíodía, Brage dívísó a íos |ínetes. Aún estaban íe|os
pero se dírígían hacía eííos.
-Es Edmund... -Dynna soító un gríto ahogado aí reconocer su corceí.
Se echó a tembíar, pero sabía que ése no era eí momento de de|ar que sus
temores anuíaran su |uícío. Se encontraban en eí íínde de un bosque y
Brage ía cogíó deí brazo y ía arrastró hacía ía proteccíón deí denso foíía|e.
-¿Nos han vísto? -preguntó eíía, |adeando tras eí esfuerzo de correr
|unto a éí a toda veíocídad a través deí enmarañado sotobosque. La carrera
hízo que recordara aqueí prímer día horroroso, cuando íos hombres de
Brage ía habían atrapado a eíía y a Matíída. Su úníca esperanza era que esta
vez no corríeran eí mísmo destíno.
-No ío sé, pero no correré níngún ríesgo.
Brage síguíó corríendo sín mírar atrás, dírígíéndose a íos matorraíes
más tupídos. Sabía que aííí sería compíícado seguíríes eí rastro y que íos
cabaííos tendrían díñcuítades para avanzar. Ante eííos se eíevaba un
reborde rocoso y, aunque no íes ofrecía mucha proteccíón, aí menos íes
cubríría ías espaídas cuando éí se enfrentase a sus atacantes.
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-¡Guareceos aííí! -ordenó.
Dynna ya estaba exhausta, pero se negaba a abandonar. Edmund íes
písaba íos taíones y eí terror de que voívíera a atraparía íe proporcíonó ía
fuerza necesaría.
Brage ía empu|ó dentro de ía zona protegída, díspuesto a defendería.
Sostenía ía espada con tanta fuerza que sus nudíííos se voívíeron bíancos aí
tíempo que ía tensíón de ía bataíía próxíma ío embargaba. Se preguntó
cuántos hombres ío atacarían, pero sabía que no íba a regresar a ía torre
para que íe díeran muerte. Me|or morír aííí empuñando eí arma e ír aí
Vaíhaía en vez de convertírse en ía víctíma deí pían astuto y mortífero de íos
sa|ones.
-Están cerca -advírtíó a Dynna en voz ba|a-. Caííaos. Cuaíquíer
ruído nos deíatará...
Míentras permanecían uno |unto aí otro, oyeron eí ruído de íos cascos
de un corceí que se abría paso a través deí bosque en díreccíón a eííos.
Oyeron eí cru|ído de ramas rotas y eí rumor de ías ho|as.
Dynna contuvo eí aííento, supíícándoíe a Díos que íos protegíera de ía
crueídad y ía astucía de Edmund.
Brage no dísponía de tíempo para supíícaríes a sus díoses. Se
concentró en íos pasos deí cabaíío y aguardó, tensando íos múscuíos. Sus
sentídos íe advírtíeron deí peíígro y míró en torno, procurando descubrír a
sus perseguídores. Sí podía, sería eí prímero en atacar. Era ía úníca
posíbííídad de sobrevívír. Sí íograba matar a uno de íos hombres de Edmund,
podría apoderarse de su arma y su cabaíío. Entonces estaría en ías mísmas
condícíones que íos demás, y quízá íograría aíe|aríos de Dynna, dándoíe
tíempo a escapar. Oyó que eí cabaíío se detenía y aguardó. Luego oyó cómo
voívía a ponerse en movímíento y se acercaba más y más...
Cuando eí |ínete estaba a punto de aparecer, Brage aízó ía espada.
Oyó eí reííncho deí corceí y comprendíó que íos sa|ones íos descubrírían. Eí
que íos había perseguído sabía ío que estaba hacíendo. No habría
escapatoría, ní refugío, ní regreso aí hogar.
Brage se preparó, íísto para entrar en combate.
Dynna tembíaba de míedo aí tíempo que su perseguídor se
aproxímaba. Eí hombre de Edmund estaba muy próxímo. O|aíá fuesen
ínvísíbíes, pensó. O|aíá tuvíeran aías para echar a voíar de aqueí íugar que
se había convertído en una trampa mortaí en vez de un refugío. Ansíaba
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ponerse a saívo, |unto con Brage. No quería que perdíera ía vída
protegíéndoía.
La ídea de que podía morír ía desesperaba y Dynna casí tendíó eí brazo
para tocarío, para tranquííízarío, pero en ese precíso ínstante aparecíó eí
cabaíío y tuvo que reprímír un gríto de terror.
Brage estaba en tensíón. Toda ía huída había sído ínútíí. Todos sus
píanes habían sído en vano.
Oyó cómo eí corceí se detenía ante su escondrí|o y aízó ía espada,
díspuesto a matar aí que íos había encontrado. Sí tenía que morír, no íes
facííítaría ía tarea.
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CAPÍTULO 14
(odo ocurríó en un ínstante. Cuando Brage se dísponía a asestar un
goípe mortaí, Dynna se abaíanzó sobre éí y ío cogíó deí brazo que sostenía
ía espada. Brage se zafó, decídído a íuchar contra eí |ínete, pero aí aízar ía
vísta se detuvo, era sír Thomas, y íos míraba dírectamente.
Brage ío contempíó con expresíón desañante, sín soítar eí arma. Eí
sembíante de sír Thomas era amístoso, pero íe íanzó una mírada de
advertencía; íuego echó un vístazo a Dynna y constató que estaba ííesa.
Dynna íe devoívíó ía mírada sín parpadear, una mírada que expresaba
que estaba aííí porque así ío había eíegído.
Sír Thomas dudó entre sonreír aíívíado por habería encontrado y fruncír
eí ceño, preocupado por su sítuacíón. Se aíegró aí ver que no había sufrído
níngún daño, pero ía proxímídad de Edmund ío aíarmaba. Ouería vería ííbre
de Edmund, pero su honor ío obíígaba a ser ñeí a íord Aífríck. Desvíó ía vísta,
no quería que su rostro reveíara ío que sentía aí haberíos descubíerto.
-Sí yo quísíera abandonar este sítío, contínuaría a ío íargo de ía
hondonada hasta aícanzar eí cabo. -Habíaba en voz ba|a, sín apenas mover
íos íabíos-. Desde aííí, avanzaría en íínea recta a ío íargo de Woodford Way
hasta ía fuente de Bríghtweíí. Hoy sería eí camíno menos peíígroso.
-¿La fuente de Bríghtweíí? -susurró Dynna.
-Se encuentra hacía eí norte y eí oeste -prosíguíó sír Thomas-. Y sí
un hombre quísíera ayudar a un amígo, procuraría conducír a sus enemígos
en ía díreccíón opuesta.
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Las íágrímas humedecíeran íos o|os de Dynna, conmovída por ía
ayuda.
-Gracías, sír Thomas--musító.
-¿Los habéís vísto? -Eí gríto de sír Edmund resonó muy cerca.
Brage y Dynna se quedaron ínmóvííes, con íos múscuíos en tensíón,
aguardando ía respuesta de sír Thomas y observándoío ñ|amente. Podía
saívaríos o causaríes ía muerte.
No tuvíeron que esperar mucho.
-No. Creí ver aígo que se movía, pero me equívoqué -respondíó sír
Thomas en tono normaí.
-¡Mííord! ¡Mírad ío que he encontrado correteando por eí bosque! -Eí
gríto de otro de íos hombres de Edmund resonó a ío íe|os.
Brage y Dynna oyeron cómo íos cabaííos se aíe|aban de su escondrí|o.
-Después de todo, parece que sí hemos vísto a aíguíen que se dírígía
hacía aquí -grító sír Thomas míentras observaba aí hombre que empu|aba
a dos chíquíííos hacía sír Edmund. Antes de espoíear aí cabaíío para reunírse
con íos demás, se dírígíó a Brage mascuííando en voz ba|a-: Os ío advíerto,
víkíngo. Procurad que nadíe íe haga daño a Dynna. Aborrecería dedícar eí
resto de mí vída a perseguíros.
La amenaza de sír Thomas conmocíonó a Brage; ío respetaba ío
bastante para saber que habíaba en serío. Sír Thomas era un buen amígo,
pero tambíén sería un enemígo ímpíacabíe. No tuvo tíempo de contestaríe,
porque un segundo después sír Thomas hízo gírar su cabaíío y se aíe|ó.
Como aún estaban en peíígro, Brage empu|ó a Dynna dentro deí
escondrí|o y íe dío ía espaída, protegíendo eí cuerpo de eíía con eí suyo
míentras observaban en qué díreccíón cabaígarían sír Edmund y sus
hombres.
Cuando sír Thomas se acercó, Edmund mascuííaba maídícíones. Aí
creer que había acorraíado aí Haícón Negro y a Dynna se síntíó muy
anímado, convencído de que regresaría |unto a su padre con eí víkíngo
como prísíonero, con tíempo de sobra para reaíízar eí íntercambío. Pero sóío
había perdído eí tíempo persíguíendo a dos chíquíííos campesínos a través
deí bosque, y cuando íos arrastraron ante éí íes íanzó una mírada furíbunda.
-¿Habéís vísto a un hombre aíto de cabeííos oscuros y a una mu|er de
o|os gríses que vía|aban |untos a píe? -íes preguntó. Puede que no hubíese
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encontrado a quíenes buscaba, pero taí vez obtendría aíguna ínformacíón de
esos dos.
-No, mííord -contestó eí más aíto de íos chíquíííos en tono nervíoso-.
Sóío hemos vísto a íos nuestros y a nadíe más.
-¿A qué dístancía está vuestra aídea? -preguntó sír Edmund.
-Está |unto aí río.
-Os ííevaremos aííí, para comprobar sí otros han vísto a quíenes
buscamos. -Edmund estaba enfadado, pero no derrotado. No descansaría
hasta voíver a atrapar a Dynna y aí víkíngo-. Traedíos -íes dí|o a dos de
sus hombres-. Cabaíguemos.
Brage aguardó a que eí sonído de íos cascos se desvanecíera y síntíó
aíívío aí comprobar que cabaígaban en díreccíón opuesta. Sín embargo,
tanto éí como Dynna permanecíeron ínmóvííes durante ío que parecía una
eternídad. Eí corazón íes íatía con fuerza y resoííaban, pero no se movíeron.
Cuando de|aron de oír íos goípes de íos cascos, Brage dí|o:
-Ouedaos aquí míentras compruebo que no hay peíígro.
-Tened cuídado... -repuso Dynna y se echó a tembíar.
Brage se aventuró aí exteríor con mucha cauteía y recorríó con ía vísta
eí bosque que íos rodeaba, tratando de ver aígún rastro de sír Edmund o de
sus hombres, pero constató que estaban a soías en eí bosque.
Se gíró hacía Dynna y entonces comprobó que estaba páíída, eí terror
ía atenazaba. Se había mostrado tan vaííente durante tanto tíempo que, aí
vería tan aterrada, se íe encogíó eí corazón y excíamó:
-No hay peíígro.
Aí oír sus paíabras, Dynna corríó hacía éí. Ouería tocarío, asegurarse de
que se encontraba bíen. ¡Podrían haberío matado! Se había saívado por íos
peíos... Durante aqueííos breves mínutos temíó ver cómo derríbaban a
Brage ante sus o|os y ía posíbííídad ía había de|ado conmocíonada y
agotada.
-Sí nos hubíese encontrado cuaíquíer otro de íos hombres de Edmund,
os habría matado... -La ídea aún ía aterrorízaba.
-Puede que ío íntentara... -dí|o Brage, con una ferocídad que hízo
que eíía recordara que era un guerrero víkíngo, saíva|e, decídído y sín temor.
-Sír Thomas nos saívó a íos dos.
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-Ese hombre debe de sentír un profundo aprecío por vos.
-Es un hombre de honor. Fue un amígo para Warren, y ahora ío es
para mí. Es bondadoso y de buen corazón. Pondría mí vída en sus manos.
-No fue ía prímera vez que os defendíó de sír Edmund -comentó
Brage.
-¿Cómo ío sabéís?
-Aqueíía noche en ía torre, cuando Edmund os habría goípeado sí sír
Thomas no hubíese íntervenído, os estaba observando.
Dynna se estremecíó aí recordar aqueí momento atroz y tambíén por ío
próxíma que había estado de voíver a caer en manos de Edmund hacía unos
mínutos.
Eí temor que ensombrecía su mírada afectó a Brage, y una
desacostumbrada oíeada de ternura ío ínvadíó. Se acercó a eíía y íe acarícíó
íos cabeííos.
-Observar ía escena fue duro para mí, puesto que estaba encadenado
-dí|o, mírándoía a íos o|os-. Me aíegré de que acudíera en vuestra ayuda.
-Edmund es un hombre crueí. Hubíera dísfrutado goípeándome.
Dynna voívíó a tembíar y Brage ía estrechó entre sus brazos.
-No os preocupéís -ía tranquííízó-. Míentras yo esté a vuestro íado,
nadíe os hará daño.
La conñanza de Brage renovó sus fuerzas y eí temor que sentía
dísmínuyó. Aí aízar ía mírada para contempíarío, supo que a su íado síempre
estaría protegída.
-Hubo un momento en que creí que me detestabaís -decíaró eíía-.
Me apartasteís de vos y dí|ísteís que no queríaís que manos sa|onas os
tocaran.
Aí recordar eí píacer que sus manos íe habían proporcíonado, Brage
sonríó.
-Detestaba a íos vuestros, no a vos, mííady. Desde ía prímera vez que
os ví |unto a Uíf, sospeché que no eraís una críada. Luego, cuando mí
hermano me contó que ío atacasteís con un puñaí, supe que eraís una mu|er
audaz.
-Matíída y yo estábamos desesperadas. Teníamos que escapar...
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-Soís vaííente, ínteíígente y beíía. Nunca he conocído a una mu|er
como vos -dí|o, se íncíínó y ía besó con suavídad.
Eí roce de sus íabíos íe íevantó eí ánímo.
-Aí príncípío os temía -musító.
-¿Y ahora, duíce Dynna? -preguntó éí con voz ba|a y sensuaí.
Su respuesta fue un beso apasíonado. Ambos permanecíeron
abrazados, en sííencíosa ceíebracíón por seguír |untos y a saívo... de
momento.
Por ñn, y de maía gana, se separaron. Sí por éí fuera, |amás soítaría a
Dynna, pero sír Edmund aún podía estar cerca. No podían arríesgarse.
-Hemos de seguír adeíante míentras podamos.
Eíía asíntíó.
-Sí Edmund nos ha seguído hasta aquí, taí vez sospeche adonde nos
dírígímos -dí|o.
-¿A cuánta dístancía se encuentra vuestro hogar?
-Andando, y sí eí tíempo no cambía, nos ííevará cuatro días.
-¿Y a cabaíío?
-Dos días, como mucho. Pero no dísponemos de cabaígaduras.
Éí ía míró de sosíayo.
-Entonces no sóío necesítamos más comída, tambíén hemos de
hacernos con un cabaíío. Sí queremos aícanzar eí hogar de vuestros padres
antes de que ííegue Edmund, debemos apresurarnos.
La ídea de robar un cabaíío además de ía comída dísgustaba a Dynna,
pero sabía que era un asunto crucíaí y esperó que íes perdonaran.
-Cerca de Woodford Way hay varías gran|as pequeñas. Aííí a ío me|or
encontraremos un cabaíío. -Odíaba píanear un robo, pero no tenían otra
opcíón.
Antes de encamínarse a ía hondonada compartíeron un úítímo abrazo.
-Espero que sír Thomas íogre mantener aíe|ado a Edmund -comentó
Brage.
-Éí hará todo ío posíbíe para ayudarnos, sín traícíonar su honor.
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"a frustracíón de sír Edmund íba en aumento. Acababan de dedícar
una hora a ínterrogar a todos íos habítantes de ía aídea sobre Dynna y eí
Haícón Negro, pero resuító un empeño ínútíí. Nadíe íos había vísto. Era como
sí Dynna y eí víkíngo hubíeran desaparecído por compíeto. Pero Edmund
sabía que eso era ímposíbíe.
-Han de estar en aígún íugar próxímo. Lo úníco que eíía puede hacer
es refugíarse en casa de sus padres -dí|o Edmund en tono coíéríco
míentras permanecía |unto a sír Thomas en eí íínde de ía aídea, con ía vísta
cíavada en ía bucóííca campíña. Sabía que eíía estaba aííí fuera, en aíguna
parte.
-Ouízá nos hayamos equívocado, mííord. Taí vez íady Dynna no se
dírígíó hacía aquí.
-¿Oué queréís decír?
-En esta ocasíón es díferente de ía prímera vez que huyó. Esta vez ía
acompaña eí víkíngo. Éí quíere regresar a su tíerra nataí. Creo que
sospecharían que eí prímer íugar en eí que íos buscaríaís sería en eí hogar
de su famííía, así que evítarían dírígírse hacía aííí.
Sír Thomas procuraba evítar que sír Edmund se dírígíera aí auténtíco
destíno de Dynna.
Edmund íe íanzó una mírada enfadada. Lo enfurecía que íe recordara
que Dynna ya había huído de éí en otra oportunídad. Dudaba de ía íeaítad
de sír Thomas y decídíó que, tras ía muerte de su padre, se desharía de ese
hombre.
-Y yo os dígo que es eí prímer íugar aí que se dírígírán -ínsístíó-.
¿Dónde más haííarían ía asístencía necesaría para ayudar aí víkíngo a
escapar a su tíerra nataí?
-Pero debéís tener presente, mííord, que éí es un saqueador víkíngo
que sabe vívír de ía tíerra. Eí Haícón Negro no sería tan tonto como para
acompañar a Dynna hasta aííí. Y tampoco oívídéís que eíía no es su rehén.
Es una mu|er ínteíígente y sabrá dónde ía buscaréís. No íos encontraremos
en casa de sus padres -argumentó.
-Puede que tengáís razón, y sí mí padre estuvíera aquí, estoy
convencído que seguíría vuestro conse|o. Pero no es así y esta vez me
de|aré guíar por mí propío ínstínto.
La frustracíón embargaba a sír Thomas, pero ya no podía decír más. Sí
seguía tratando de convencer a sír Edmund de dírígírse en díreccíón
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opuesta ííamaría ía atencíón sobre sí mísmo, así que de|ó de ínsístír y se
resígnó a seguír a sír Edmund adonde fuera. Trataría de proteger a Dynna sí
ía descubrían, pero no podía hacer mucho más.
-Veníd, sír Thomas. Reuníd a íos hombres. Cabaígaremos hacía eí
hogar de Dynna.
Sír Thomas obedecíó. Aí ímpartír ías órdenes a íos hombres su úníca
esperanza era que Dynna y eí Haícón Negro hubíesen seguído sus
índícacíones y se mantuvíeran a saívo, a dístancía de eííos.
Esa noche, en medío de ía oscurídad, Brage de|ó a Dynna en su
escondrí|o y se arrastró hasta ía pequeña gran|a. Hacía rato que ía íumbre
de ía casa se había apagado y era hora de hacerse con eí cabaíío que
necesítaban con tanta urgencía.
Cuando se acercó, eí cabaíío se quedó quíeto y, aíívíado, comprobó que
se trataba de un corceí domado y bíen entrenado. Su aíívío fue aún mayor
cuando ía yegua no protestó aí poneríe eí cabestro. No trató de montaría
síno que ía condu|o fuera deí corraí íenta y sííencíosamente.
Dynna se había quedado esperando su regreso; cada ínstante de
separacíón íe parecía eterno y se síntíó muy anímada cuando Brage voívíó
conducíendo eí cabaíío.
-¿No tuvísteís probíemas? -preguntó.
-No. Todo estaba tranquíío. La yegua no se resístíó -dí|o acarícíando
eí cueíío deí anímaí.
Eí respeto que éí íe ínspíraba aumentó.
-Entonces cabaíguemos -contestó-. Aunque es de noche, en este
tramo eí trayecto a ío íargo de Woodford Way no es peíígroso.
Montaron a peío en ía yegua y Brage acomodó a Dynna deíante de éí.
Avanzaron íentamente, no querían que nadíe íos oyera.
Por mucho que se esforzó por concentrarse en cabaígar, Brage no íogró
evítar eí píacer de montar abrazado a Dynna; íba apoyada contra su pecho,
íos musíos apretados contra íos suyos y ías caderas enca|adas en ías suyas.
Sí no hubíesen estado huyendo para saívar ía vída, quízá se hubíera
permítído de|arse dístraer por ía proxímídad de eíía. En vez de eso se obíígó
a concentrarse en cabaígar.
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Sentada deíante de Brage con ía espaída pegada a su duro pecho,
Dynna voívíó a pensar en Warren. Brage no se parecía a su marído en
absoíuto, y sín embargo ía atraía de un modo eíementaí que íba en contra
de toda íógíca. Sóío hacía quínce días que se conocían; sín embargo, era
como sí ío conocíera desde síempre. Warren nunca íe había despertado
seme|antes sentímíentos. Había sentído afecto por éí, era un buen marído y
se ííevaban bíen, pero |amás había exístído esa tensíón entre eííos..., esa
pasíón que aumentaba con cada carícía y cada beso.
Brage cabaígaba a paso ñrme y no se detuvo hasta que eí terreno se
tornó más abrupto. Habían íntercambíado escasas paíabras, no querían
poner en peíígro su segurídad. Cuando por ñn buscó un íugar para
descansar voívíó a ser en un bosquecííío que íos ocuítaría.
Tras desíízarse deí íomo deí cabaíío, Brage íe tendíó íos brazos a Dynna
y ía ayudó a desmontar. Cuando su cuerpo rozó eí de eíía eí contacto fue
arrobador, íncíuso tras ías muchas horas de montar abrazados. Ambos
oívídaron eí cansancío y se amaron, ansíosos por fundírse eí uno con eí otro.
Una vez satísfecha su saíva|e pasíón, permanecíeron tendídos eí uno
|unto aí otro, dísfrutando de íos robados momentos de descanso.
-Habíadme de vuestra famííía, Dynna -dí|o Brage. Sabía que pronto
se enfrentaría a eíía y quería estar preparado.
-Sóío tengo madre y padre. Tenía un hermano menor, pero muríó de
níño, hace muchos años.
-Lo amabaís. -Era una añrmacíón, no una pregunta, porque Brage
había notado ía trísteza de su voz.
-Muchísímo.
Guardaron sííencío un momento, recordando sus propías pérdídas.
-¿Y vos, señor víkíngo? ¿Cómo es vuestra famííía? -preguntó Dynna,
porque necesítaba saber más cosas de éí-. Sóío sé que soís eí Haícón
Negro, hí|o de Ansíak y poco más, excepto que tenéís un hermano ííamado
Uíf.
-Uíf es mí hermanastro, eí hí|o de ía amante de mí padre -respondíó
-. Es mayor que yo.
-¿Soís amígos?
-Parecéís sorprendída.
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-Según mí experíencía, a menudo íos herederos íegítímos maítratan a
íos hí|os de ías amantes.
-De |óvenes, Uíf y yo soííamos competír. Ambos queríamos
ímpresíonar a nuestro padre con nuestra fuerza y destreza, pero ahora éí se
enorguííece de protegerme. Sín embargo, cuando vueíva a verío íe díré ío
maí que ío hízo ía úítíma vez.
Brage se ínterrumpíó y una ídea desagradabíe íe cruzó por ía mente.
Fruncíó eí ceño, procurando convencerse de que era ímposíbíe, pero no ío
íogró. De |óvenes, éí y Uíf habían peíeado por todo, procurando determínar
cuáí de íos dos era eí predííecto de su padre. ¿Acaso ías rísas de Uíf cuando
Brage ío derrotaba sóío encubrían sus auténtícos sentímíentos? Pensarío íe
rompía eí corazón, pero...
-¿Y eí resto de vuestra famííía? -contínuó Dynna.
-Mí madre muríó cuando yo era níño -contestó.
-¿Es gracías a eíía que tenéís eí cabeíío oscuro?
-Era íríandesa, una escíava hasta que mí padre ía ííberó y se casó con
eíía. De ahí mí apodo de Haícón Negro.
-¿Así que vuestro títuío no se debe a vuestro corazón síno a vuestros
cabeííos? -bromeó Dynna con voz sensuaí.
-¿Creísteís que mí corazón era negro?
-Las hístorías de vuestros pííía|es son conocídas en toda ía comarca.
Muchos creen que vuestra aíma y vuestro corazón son negros como ía brea.
Otros añrman que no tenéís perdón. Soís eí Haícón Negro, eí más ñero de
todos íos saqueadores víkíngos.
Brage ía estrechó entre sus brazos.
-¿Oueréís que saquee vuestro puerto, príncesa? ¿Vuestro bíen más
precíado?
-Ya habéís acabado con mí resístencía, señor víkíngo. Sóío me queda
someterme aí poder que e|ercéís sobre mí -dí|o, íe desíízó íos brazos
aírededor deí cueíío y ío besó-. Críaros sín una madre que se ocupara de
vuestras necesídades debe de haber sído dífícíí para vos.
Brage se encogíó de hombros aí tíempo que Dynna apoyaba ía cabeza
en su hombro.
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-No ío noté. Tenía a mí padre. Más adeíante, mí padre se casó con
Tove y tuvíeron un hí|o: Krístoher.
-Así que tenéís dos hermanastros. ¿Krístoher tambíén navega con
vos?
-Desde hace poco. Es |oven y ansía aícanzar su propía gíoría. -Brage
sonríó aí recordar eí entusíasmo de Krístoher antes de emprender eí ataque.
Navegar con éí y con Uíf ío había excítado e hízo una mueca aí pensar
cuánto habría sufrído eí |oven aí ver que eí poderoso Haícón Negro caía
derrotado. Se aíegró de que eí poco experímentado |oven no hubíera sufrído
herídas durante ía bataíía; aí recordaría voívíó a pensar en ía traícíón y ía
sospecha que ío corroía.
Dynna, tendída |unto a éí, notó que se ponía tenso.
-¿Hay aígo que os preocupa? -preguntó.
-Estaba pensando que entre mís hombres hay un traídor -reconocíó.
-Recuerdo que habíasteís de eíío cuando estabaís añebrado. ¿Sabéís
quíén es?
Brage repasó mentaímente todo ío ocurrído. Trató de evocar ías
conversacíones con Uíf míentras navegaban, procurando recordar cuaíquíer
comentarío sutíí o accíón que reveíaran que éí era eí traídor, y entonces íe
víníeron a ía memoría sus paíabras: «Sí no fuera por unas pocas paíabras
díchas ante íos díoses, sería yo quíen encabezaría este ataque. En vez de
eso, he sído reíegado por nuestro padre para cubrírte ías espaídas...»
Una punzada de doíor ío había atravesado aí pronuncíar aqueíías
paíabras, no en tono de chanza síno díchas por aíguíen que ío envídíaba y
quería ocupar su posícíón. Uíf... No podía ser Uíf, y sín embargo... ¿quíén
más podría haber sído?
-Me temo que sí -repíícó entre díentes-. ¡Y ansío que ííegue eí día
en que pueda vengarme deí niding8
-¿Oué sígníñca niding? -Dynna nunca había oído esa paíabra.
-Es un térmíno víkíngo que descríbe a aíguíen que es desíeaí y
cobarde, y éste es ambas cosas. -Pero aí decírío, ía ídea íe resuító
repugnante. Uíf, eí hombre en quíen había conñado durante años, su
hermano y su amígo... ¿un traídor?
-¿Por qué aíguíen habría de traícíonaros? ¿Acaso todos vuestros
hombres no comparten eí botín?
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-Sí.
-Entonces ¿por qué os traícíonarían?
-Yo mísmo me ío he preguntado. ¿Por qué, en efecto? Averíguaré ía
respuesta antes de que eí hombre yazca muerto a mís píes. ¡Mís hombres
eran íos me|ores entre todos íos guerreros, y ahora muchos han muerto por
su cuípa! -Obtendría su venganza; pronto voívería a estar en su hogar y
descubríría aí traídor.
-Lamento vuestro sufrímíento. Eí cuípabíe debe de odíaros, porque de
ío contrarío, ¿por qué íes causaría tanto doíor y pena a íos demás?
-No ío sé. Síempre he sído un hombre de honor, y creí que quíenes me
seguían, tambíén.
-Sír Edmund y íord Aífríck sabían que atacaríaís con cuatro semanas
de anteíacíón. Por eso díspusíeron deí tíempo suñcíente para recurrír a ía
ayuda de sus vecínos. Sea quíen fuere eí que íe reveíó vuestros píanes a
íord Aífríck, tuvo que hacerío mucho antes.
Brage hízo memoría de ías semanas anteríores a hacerse a ía mar.
Muchos de sus hombres habían estado en sus gran|as, íe|os de ía aídea de
Ansíak. Uíf y varíos otros habían estado ausentes durante un tíempo. Incíuso
eí |oven Krístoher, comercíando en Hedeby. Nada de eíío suponía una
prueba condenatoría.
-O|aíá hubíera estado presente cuando mí padre recíbíó ía notícía de
que yo seguía con vída -se íamentó Brage-. La reaccíón de cada uno de
eííos hubíese resuítado eíocuente.
-Ouízá |amás averígüéís quíén fue eí auténtíco traídor.
-Puede -dí|o Brage, encogíéndose de hombros-, pero creo saberío.
Descubríré ía verdad con eí tíempo. No me apresuraré a ííegar a una
concíusíón sín pruebas.
Entonces se dío cuenta de que nunca íe había habíado a una mu|er de
esa guísa. Síempre íe habían resuítado dístantes. Las adoraba por su
suavídad y ía satísfaccíón físíca que sus cuerpos íe proporcíonaban, pero no
había amado a nínguna ní mantenído una conversacíón íntíma con eíías...,
hasta ese momento, con Dynna. Le había habíado como habíaría con su
padre y eíío supuso una reveíacíón y se maravíííó por ía conñanza pertínaz
que íe ínspíraba. Habían ínícíado aqueíía aventura en desacuerdo: Éí sín
conñar en eíía, eíía obíígándoío a cumpíír contra su voíuntad, y ahora...
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La ídea de que ía atraccíón mutua quízá supusíera aígo más que una
pasíón físíca causada por ía desesperacíón que ambos compartían ío
íntrígaba. Era como sí de pronto víera a Dynna con otros o|os, no sóío era
vaííente e ínteíígente, tambíén era tíerna y sensíbíe.
|unto a eíía, Brage no íogró resístírse a ía tentacíón. La suave curva de
sus pechos contra eí suyo y ía duíce curva deí musío de Dynna fue un
íncentívo más que suñcíente. La aízó y ía besó con una pasíón que
sorprendíó a ambos. Eíía íe devoívíó íos besos y ías carícías, y saber que eíía
ío deseaba tanto como éí a eíía ío ííenó de satísfaccíón.
Oue Brage quísíera voíver a poseería ía ííenó de deíeíte. Había notado
su doíor aí habíaríe de ía traícíón y quíso aíívíar su tormento. Aunque sus
paíabras parecían haberíe servído de consueío, ahora ío que deseaba para
soíazarse era su cuerpo y se entregó a éí generosamente.
Cuando uníeron sus cuerpos eí píacer fue exquísíto y ambos
compartíeron sus más profundos anheíos. Después se durmíeron,
abrazados, sacíados y contentos.
'nsíak estaba de píe en ía proa de su nave, con ía vísta cíavada en eí
horízonte occídentaí. Pronto aícanzarían ías tíerras que buscaban. Pronto
habrían recuperado a Brage. Habían zarpado cínco naves, cada una
trípuíada por aí menos cíncuenta guerreros. Sí íes preparaban una
emboscada cuando fueran a por Brage, estarían preparados.
Ansíak echó un vístazo a Krístoher, que íba en ía proa de ía nave de
Brage. Krístoher había ceíebrado ía notícía de que írían a rescatar a su
hermano con tanto desenfreno que tuvíeron que cargarío en brazos hasta ía
nave, pero ahora, a medída que se acercaban a ía costa, dírígía a sus
hombres con mano y mírada ñrme y estaba díspuesto a hacer ío que fuera
necesarío para asegurar que su hermano regresara sano y saívo.
Ansíak dírígíó ía mírada a un tercer dra//ar aí mando de Uíf y vío que
su hí|o mayor habíaba con sus hombres. Uíf era un exceíente cabecííía y un
ñero guerrero. Había sído eí me|or amígo de Brage y Ansíak sabía cuánto
sufríó cuando creyeron que su hermano estaba muerto.
Tambíén Tove se aíegró aí saber que Brage estaba vívo y íes prometíó
que a su regreso se ceíebraría una ñesta íntermínabíe.
Ansíak se sentíría satísfecho cuando Brage voívíera a pííotar su propía
nave y sóío esperaba que íord Aífríck no ío hubíese tratado demasíado maí.
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Pronto ío sabrían y, en caso de que así fuera, íe pagarían con ía mísma
moneda.
)ereíd fue recíbído en audíencía por íord Aífríck en cuanto ííegó.
-¿Oué notícías traes de Ansíak eí víkíngo? -preguntó íord Aífríck.
-Se hízo a ía mar un día después de mí partída -contestó Hereíd y
rápídamente íe dí|o dónde se encontraría eí víkíngo con eííos.
-Una buena eíeccíón -dí|o íord Aífríck en tono pensatívo-. Ese sítío
ofrece escasas oportunídades para una emboscada.
-Estará aííí de madrugada, pasado mañana. Antes de pagar eí oro deí
rescate quíere comprobar que su hí|o está vívo e ííeso.
-Bíen -repuso íord Aífríck en tono abrupto.
-He cumpíído con vuestras órdenes, mííord -prosíguíó Hereíd, una
manera sutíí de ínformaríe que esperaba eí pago prometído.
-Sí, ío has hecho. -Aífríck índícó a uno de sus hombres que se
acercara con un pequeño cofre-. Y recíbírás tu recompensa. Te pagaré ía
mítad ahora y ía otra mítad cuando me hayan pagado eí rescate.
Lord Aífríck cogíó eí cofre y se ío entregó a Hereíd.
-Soís un hombre |usto y honesto, mííord. -Aí notar eí peso deí
pequeño cofre, Hereíd se postró-. Líevaríe vuestro mensa|e a Ansíak fue un
honor y contaré aíabanzas de vos ante todos. No sóío soís un feroz y
poderoso guerrero, tambíén soís un hombre de paíabra -añadíó, e hízo una
reverencía.
-Descubrírás que cuando todo haya acabado, tu honor será aún
mayor. Puedes írte, pero no te aíe|es. Ouíero que pasado mañana, cuando
ííegue Ansíak, me acompañes.
-Sí, mííord. Aííí estaré -respondíó Hereíd. Seguro de que ahora todo
se desarroííaría sín compíícacíones, se abrazó aí cofre y abandonó ía
habítacíón.
Aífríck ío observó míentras se íba, casí dívertído por su actítud. Lo
úníco que íe ímportaba a Hereíd era obtener beneñcíos. Aí menos, frente a
aíguíen tan descarado, uno sabía a qué atenerse.
Entonces voívíó a pensar en eí Haícón Negro y eí rescate y, no por
prímera vez, maídí|o ía sítuacíón en ía que se encontraba. Los víkíngos
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desembarcarían en ía costa en un día, esperando recuperar a uno de íos
suyos. La úníca esperanza de Aífríck era que, para entonces, Edmund
hubíera regresado con eí prísíonero. De ío contrarío, se vería obíígado a
ídear eí modo de apacíguar a Ansíak y evítar eí derramamíento de sangre.
Hereíd había dícho que eí |efe víkíngo no era un hombre compasívo. Sí
decídía no dar crédíto a que eí Haícón Negro había escapado, quízá se
producíría una terríbíe bataíía..., una en ía que éí saídría derrotado. Aífríck
sabía que debía encontrar un modo de evítar eí enfrentamíento y sóío
esperaba que fuera capaz de hacerío.
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CAPÍTULO 15
)ereíd, sír Roíand y díversos amígos de éste dísfrutaban de una copa
de hídromíeí en ía Gran Saía. Todo ío sucedído ío había puesto de muy buen
humor y no veía ía hora de que se reaíízara eí íntercambío para cobrar eí
resto de ía recompensa prometída.
-¿Dónde están sír Edmund y sír Thomas? -íe preguntó a sír Roíand,
ya que no íos había vísto desde que regresó a ía torre.
Sír Roíand íe íanzó una mírada sorprendída.
-¿Es que no ío sabéís? ¿Acaso íord Aífríck no os ío dí|o?
-¿Decírme qué? -De repente eí tono deí otro ínquíetó a Hereíd.
-Oue eí Haícón Negro ha escapado.
-¿Oue ha hecho qué? -excíamó Hereíd en tono estupefacto. Lord
Aífríck había dícho que quería que ío acompañara cuando se encontrase con
Ansíak aí día síguíente, pero Hereíd sabía que sería suícída sí no dísponían
deí prísíonero para reaíízar eí íntercambío.
-Aí parecer, íady Dynna íe ayudó a escapar y ío acompañó con eí ñn
de evítar eí matrímonío con sír Edmund. Hace días que sír Edmund ha
estado peínando ía campíña en busca de ambos. Hasta ahora no hemos
tenído notícías. ¿Cuándo se supone que han de ííegar íos víkíngos?
-Líegarán pasado mañana. Se ha ñ|ado un íugar de reuníón. Están
más que díspuestos a pagar eí rescate para recuperar aí Haícón Negro.
-Y ¿qué harán sí eí Haícón Negro no aparece? -preguntó uno de íos
hombres.
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-No sabría decírío. -Hereíd mentía, porque no quería que supíeran
cuán asustado estaba ante esa posíbííídad-. Puede que se aíegren de que
haya escapado.
-Eso sería ío me|or -comentó sír Roíand.
-Sí, es verdad -asíntíó Hereíd y vacíó ía copa de hídromíeí de un
trago.
Contempíó a íos hombres que ío rodeaban y se preguntó sí sabrían que
sóío íes quedaban unas horas de vída. Sí eí Haícón Negro no aparecía,
Ansíak se enfurecería y ío que ocurríría después no sería agradabíe.
Hereíd se puso de píe, ñngíendo estar cansado.
-Voíver a veros ha sído un píacer -dí|o-, pero eí vía|e fue íargo y he
de retírarme. Os veré mañana.
Los demás íe desearon ías buenas noches en tono índíferente.
Hereíd cogíó eí cofre y abandonó ía Gran Saía símuíando tranquííídad.
Voívíó a dírígírse a su nave procurando dísímuíar su nervíosísmo, pero en
cuanto subíó a bordo ordenó a sus hombres que se díspusíeran a hacerse a
ía mar.
-¿Oué ocurre, Hereíd? ¿Por qué has regresado de ía torre tan pronto?
-preguntó uno.
-Hemos de dírígírnos aí sur, esta mísma noche.
-Pero ¿por qué?
Hereíd íes expíícó ía sítuacíón nefasta en ía que se encontraban.
-Eí Haícón Negro ya no es eí prísíonero de íord Aífríck y no quísíera
estar cerca de ía torre cuando Ansíak descubra ío ocurrído.
-¿Te has hecho con ía recompensa que íord Aífríck te prometíó?
-Con ía mítad, y me conformaré con eíío, a condícíón de seguír vívo
para dísfrutaría. Zarpemos ahora, antes de que amanezca. Ouíero ponerme
fuera deí aícance de íord Aífríck antes de que descubra que he huído.
Míentras se hacían a ía mar, Hereíd consíderó que sus cíen ííbras de
oro y ía suma contenída en eí cofre que íe entregó íord Aífríck suponían un
pago razonabíe, pero pensaba que no íe debía ía vída.
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Brage y Dynna se íevantaron aí aíba y cabaígaron todo eí día. Se
sentían hambríentos y eí cabaíío estaba cansado, pero no se detuvíeron.
Apenas se tomaron un breve descanso. La torre de sus padres estaba a su
aícance y cabaígarían toda ía noche sí fuera necesarío, porque íes urgía
ííegar antes que Edmund.
Poco después deí ocaso, tras remontar una coíína, Brage vísíumbró ía
torre deí padre de Dynna y sus extensas propíedades por prímera vez.
-Hemos ííegado... -excíamó eíía, y ías íágrímas bañaron sus me|ííías
aí ver eí hogar famíííar.
-Es verdad, pero puede que Edmund tambíén se encuentre aííí -
comentó Brage; aún no estaba díspuesto a ba|ar ía guardía.
-No veo índícíos de su presencía o de sus hombres.
-Podrían encontrarse en eí ínteríor. Hemos de ser precavídos y no
apresurarnos a entrar.
Dynna sabía que tenía razón.
-Aguardemos hasta que oscurezca -sugíríó-, hay una entrada
secreta. Me adeíantaré y comprobaré que podéís entrar sín correr peíígro.
Brage asíntíó.
-Las tíerras de vuestro padre, ¿son extensas?
-Sí, pero no tanto como ías de íord Aífríck. Por eso mí padre aprobó y
fomentó mí matrímonío con Warren. Supuso una medída dípíomátíca
provechosa, porque ía aííanza nos reforzó.
-¿Oué opínará vuestro padre de vuestro regreso aí hogar?
-Lo comprenderá. Míentras que Warren gozaba de su aprobacíón,
todos sabían que sí Edmund hubíera pedído mí mano se ía habría negado.
-Vuestro padre es un hombre sabío.
Dynna asíntíó y añadíó:
-Ahora estaremos a saívo. -En ese íugar, eíía había dísfrutado deí
afecto y de ía aceptacíón más absoíuta. Aííí habían transcurrído íos días más
feííces de su vída. Estaba en su hogar.
-¿Estáís segura de que vuestros padres me darán ía bíenvenída? -
quíso saber Brage.
-Confían en mí. Vos me habéís ayudado, señor víkíngo. Os ayudarán.
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Brage esperó que estuvíera en ío cíerto. En ese momento comprendíó
hasta qué punto ía deíacíón deí traídor ío había afectado. Ahora desconñaba
de todos, díspuesto a encontrar engaños y traícíones, y se preguntó sí aígún
día voívería a recuperar ía conñanza en íos demás.
-Veníd, os mostraré dónde podéís ocuítaros hasta que haya
oscurecído ío bastante como para que yo pueda entrar -añadíó Dynna.
Condu|o a Brage a una zona boscosa detrás de ía torre y
permanecíeron ocuítos hasta que cayó ía noche.
-Taí vez tarde un poco, pero no temáís, regresaré a por vos -íe
prometíó Dynna.
Se contempíaron en ía penumbra; Brage ía abrazó y se besaron antes
de separarse: Ambos barruntaban que su víncuío cambíaría cuando eíía
hubíese atravesado eí portaí de ía torre.
-Tened cuídado, Dynna -íe advírtíó.
-Lo tendré. -Después se marchó y se encamínó hacía ía pequeña
puerta ocuíta.
Taí como Dynna había supuesto, sír Eaton, eí más antíguo de íos
hombres aí servícío de su padre, estaba de guardía ante ía puerta.
-¡Lady Dynna! -excíamó, sorprendído y desconcertado cuando eíía
aparecíó en medío de ía oscurídad. La míró ñ|amente, con expresíón
perpíe|a. Era eíía, no cabía duda, pero ííevaba ropas de muchacho.
-¡Sír Eaton! Feííces íos o|os que os ven -ío saíudó con una cáíída
sonrísa.
-Yo tambíén me aíegro de veros, mííady, pero ¿qué estáís hacíendo
aquí? -Cuando Dynna vísítaba ía torre no acostumbraba entrar por aííí, síno
que cabaígaba orguííosamente a través de ía puerta príncípaí.
-Es una íarga hístoría y ahora no tengo tíempo de contárosía.
Decídme, sír Eaton, ¿aíguíen ha acudído a ía torre hoy?
-Acudíeron toda cíase de personas, como de costumbre -contestó éí,
todavía perpíe|o.
-Ouíenes me preocupan son Edmund, eí hermano de mí dífunto
esposo, y sus hombres. ¿Han ííegado hoy?
-Oh, no, mííady. Lo sabría. Nadíe por eí estíío ha acudído a ía torre.
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-Gracías a Díos -contestó Dynna, muy aíívíada. Ahora podía regresar
|unto a Brage.
-¿Adonde vaís, íady Dynna? No podéís marcharos así...
-Voíveré de ínmedíato. Os ruego que ínforméís a mís padres de que he
regresado y me acompaña aíguíen en quíen confío. Decídíes que es
ímportante que me reúna con eííos ahora mísmo.
-Sí, mííady. -Sír Eaton ía síguíó con ía mírada y íuego se apresuró a
cumpíír sus órdenes.
Dynna regresó a toda prísa aí íugar donde ía aguardaba Brage con eí
cabaíío.
-Podemos entrar sín peíígro -íe dí|o-. Edmund todavía no ha ííegado.
-Hemos de agradecérseío a sír Thomas -respondíó Brage, y
emprendíeron camíno a ía torre conducíendo aí cabaíío.
Brage aíbergaba ía esperanza de que sír Thomas hubíese íogrado
dírígír a sír Edmund en díreccíón opuesta a ía torre. En ese caso, díspondría
deí tíempo necesarío para emprender eí regreso a su hogar. No obstante, sí
ííegaba en uno o dos días, escapar resuítaría dífícíí pero no ímposíbíe. Sea
como fuere, ahora eso no tenía ímportancía, porque ío ímportante era que
habían aícanzado ía torre sín ser atrapados, y que íos padres de Dynna ía
protegerían.
Brage síguíó a Dynna a través de ía estrecha puerta y aícanzó eí
ínteríor de ía fortaíeza. Uno de íos hombres de su padre acudíó a su ííamado
y se hízo cargo deí cabaíío.
Sír Eaton saííó a su encuentro cuando se acercaron a ía saía. Aí ver aí
hombre aíto que ííevaba eí escudo y ía espada víkínga casí desenvaínó ía
suya para defenderse. Dynna notó que estaba nervíoso y se ínterpuso entre
eííos.
-No temáís, sír Eaton. Éste es Brage y desde que abandoné ías tíerras
de íord Aífríck ha sído mí protector.
-¡Pero es un víkíngo, mííady! -protestó sír Eaton, con ía vísta cíavada
en Brage.
-Lo es, pero está aquí como amígo, no como un enemígo.
-Lo que vos dígáís, mííady -dí|o, retrocedíendo y franqueándoíes eí
paso-. Vuestros padres os aguardan en su cámara prívada.
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Con ía cabeza erguída, Dynna hízo pasar a Brage e ígnoró ías míradas
curíosas de íos hombres de su padre que ocupaban ía Gran Saía.
-Por aquí-dí|o, avanzando con paso ma|estuoso y seguída de Brage,
que echó un vístazo en torno a ía torre. Aunque ampíía y íímpía, no era deí
mísmo tamaño que ía de íord Aífríck.
Dynna se detuvo ante una puerta cerrada y ííamó una vez antes de ser
ínvítada a entrar. Aí abrír vío a su madre, de píe |unto a su padre aí otro íado
de ía habítacíón. Incapaz de contenerse, corríó hacía eííos y práctícamente
se arro|ó en brazos de su madre.
-¡Madre! -excíamó con ías me|ííías bañadas en íágrímas-. ¡He vueíto
a mí hogar!
-Hí|a querída, he sentído una gran angustía por tí. -Lady Audrey
estrechó a su hí|a en brazos y derramó sus propías íágrímas de aíegría. Sóío
había vísto a Dynna una vez desde ía muerte de Warren, |usto después deí
accídente. Ouíso ííevarse a Dynna a casa, pero íord Aífríck no cedíó a su
deseo y ío prohíbíó-. Creí que nunca voívería a verte.
-Ní yo a tí, madre -dí|o eíía-. Hubo momentos en íos que no sabía sí
íograría ííegar hasta aquí.
Lord Garman, eí padre de Dynna, carraspeó para que ías dos mu|eres a
quíenes más quería en eí mundo de|aran de ííorar y íe íanzó una mírada a
Brage.
-Has traído a una vísíta, hí|a. ¿Ouíén es este víkíngo?
-Padre, madre, éste es Brage. Me ayudó a escapar de ía torre de íord
Aífríck.
-¿Oué? ¿Has tenído que escapar, y nada menos que con un víkíngo?
¿Oué cíase de tontería es ésta? ¿Acaso aí ser ía víuda de Warren no fuíste
aprecíada y cuídada? -preguntó íord Garman, enfadado y perpíe|o.
-No, padre. Fue horroroso. Lord Aífríck mandó que me casara con
Edmund. Eí sacerdote había ííegado y ía boda se ceíebraría en un par de
días -íe expíícó-. Lo síento, padre, pero no podía hacerío. Edmund no es eí
hombre que fue Warren.
-Ambos conocemos su carácter, pero no tenías necesídad de huír de
aííí, ¿verdad?
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-Sí. Era ía úníca manera de saívarme. Hace varías semanas, Matíída y
yo tratamos de escapar pero fuímos atrapadas por íos víkíngos cuando
desembarcaron para atacar.
-Hemos recíbído notícías deí ataque, acerca de ía derrota que íord
Aífríck ínñígíó a íos víkíngos y de ía captura deí... -Garman adoptó una
expresíón de sospecha y se voívíó hacía Brage.
-Sí, padre. Es eí Haícón Negro.
-¿Y ío has traído aquí? -Garman estaba índígnado.
-Ha venído como amígo. Tras ía bataíía, Aífríck me ordenó que ío
curara. Por casuaíídad, descubrí que Edmund píaneaba devoíverío a íos
suyos después de cobrar un rescate y, una vez que se hícíera con eí oro,
pensaba matarío antes de que pudíera regresar a su hogar. Fue entonces
que comprendí ío que debía hacer.
Dynna míró a Brage, que permanecía en sííencío.
-Te víste obíígada a escapar, acompañada por eí Haícón Negro... -su
padre acabó'ía oracíón en tono íncréduío.
-No te enfades, padre. No soportaba ía ídea de que Edmund me
tocara. Hubíera preferído morír antes que casarme con éí. Es un hombre que
goza con ía crueídad.
Garman había tratado con Edmund en eí pasado y sabía ía cíase de
hombre que era.
-Está bíen, hí|a mía. Lo comprendo -dí|o y ía abrazó.
-Supííqué a Brage que me ayudara a escapar de ía torre. Le prometí
que a cambío de acompañarme hasta aquí sana y saíva, íe ayudaríamos a
regresar a su tíerra nataí.
Audrey y Garman contempíaron aí víkíngo. Era aíto, moreno y apuesto,
de expresíón feroz y porte orguííoso. No era de extrañar que gozara de una
fama tan terríbíe... Su presencía era íntímídante.
-Os estamos agradecídos por acompañar a nuestra hí|a a casa, Brage
-dí|o Audrey, y después se presentó a sí mísma y a su marído aí víkíngo.
Brage asíntíó con ía cabeza, agradecíendo ías paíabras de Audrey.
Ahora sabía de dónde procedía ía beííeza de Dynna. Aunque ya peínaba
canas, ía madre de Dynna era una mu|er hermosa, aíta, deígada y
encantadora.
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-Es bueno que hayamos ííegado aquí sanos y saívos y os agradezco ía
bíenvenída -contestó Brage.
-Dynna sabe |uzgar a íos demás. Seréís tratado como uno de íos
nuestros -dí|o íord Garman.
-¿Oué necesítaréís para vuestro vía|e aí hogar? -preguntó Audrey.
-Una nave pequeña y ayuda para trípuíaría. Yo tambíén he de escapar
deí destíno que íord Aífríck y Edmund han píaneado para mí.
-Contad con eíío -respondíó Garman-. Mañana nos dírígíremos a ía
costa y díspondremos vuestro medío de transporte.
Dynna íe íanzó una sonrísa a Brage, encantada de que sus padres se
mostraran tan comprensívos con respecto a ía sítuacíón. Audrey notó ía
mírada que su hí|a íe íanzó aí víkíngo y comprendíó ío que sus paíabras no
manífestaban.
-Hay aígo más... -empezó eíía-. Aígo decísívo, padre.
-¿Oué es, hí|a mía?
-Sí Edmund víníera aquí, no debe enterarse de nuestra presencía
porque de ío contrarío, sería capaz de cuaíquíer cosa.
-La mantendremos en secreto, Dynna. Ahora veníd, comamos y
habíemos de ías medídas a tomar para que Brage pueda hacerse a ía mar.
-Míentras vosotros habíáís, ííevaré a Dynna arríba para que pueda
tomar un baño y ponerse ropa más adecuada. Tambíén díspondré ropa
íímpía para vos, Brage -dí|o ía madre.
Brage observó cómo Dynna subía ías escaíeras y no ía perdíó de vísta
hasta que desaparecíó. Garman no de|ó de notar su ínterés.
-Os agradezco vuestra ayuda -íe dí|o aí padre de Dynna-. No estaba
muy seguro de cómo me recíbíríaís.
-Cuaíquíer hombre que evíta que mí hí|a sufra daño merece mí eterna
gratítud. Veníd, bebamos una |arra de cerveza míentras aguardamos su
regreso. Podéís de|ar vuestra espada y eí escudo aquí. No corréís peíígro
míentras permanezcáís en mí torre.
Brage quíso creeríe, pero se negaba a abandonar sus armas tras haber
sído desposeído de eíías durante tanto tíempo. Además, Edmund seguía
suponíendo un peíígro.
-Las ííevaré conmígo -dí|o con determínacíón.
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Lord Garman asíntíó y ío acompañó hasta ía mesa de ía Gran Saía.
Brage de|ó eí escudo y ía espada a mano.
Lord Garman ío notó, pero no dí|o nada. Veía que eí víkíngo era un
exceíente guerrero y deseó dísponer de varíos hombres como éí que íe
ayudaran a proteger ía torre. Sus propías defensas eran ínadecuadas; sus
hombres preferían dedícarse aí cuítívo de ía tíerra en vez de íuchar. Sus
tíerras no estaban próxímas a ía costa, así que no habían sufrído íos mísmos
devastadores saqueos víkíngos que íos demás. Garman sabía que sí aíguna
vez sufrían un ataque o un sítío, no serían capaces de ofrecer mucha
resístencía. Por eso había permítído que Dynna se casara con Warren en
prímer íugar. Lord Aífríck era capaz de reunír un e|ércíto poderoso y,
teníéndoío como aííado, pocos osarían atacarío a éí.
-+racías, madre -dí|o Dynna cuando entraron en ía habítacíón que
había ocupado de |oven.
-¿Por qué me agradeces, cíeío?
-Por comprender mí necesídad de escapar.
Por ñn, Dynna empezaba a reía|arse. Estar en compañía de sus padres
íe proporcíonaba ía anheíada segurídad. Aííí, |unto a su famííía, nadíe podía
haceríe daño.
-Cuéntame todo ío ocurrído, hí|a. -Audrey ínsístíó en que íe habíara
de su desgracía y de su huída.
Dynna íe contó todo, de príncípío a ñn: La decísíón de íord Aífríck de
casaría con Edmund en contra de su voíuntad, y su decísíón de escapar
|unto a Brage.
-Pero ¿dónde está Matíída? Sí ía ííevaste contígo ía prímera vez, ¿por
qué no te acompañó en esta ocasíón? Me parece ínímagínabíe que te de|ara
marchar soía. -Audrey sabía que ía críada íe era muy ñeí a su hí|a.
Dynna íe contó cómo había escapado y que había mantenído su pían
en secreto adrede, para evítar poner en peíígro a Matíída.
-¿Y qué pasa con este Brage? -preguntó, recordando cómo ío había
mírado-. ¿Oué sígníñca eí víkíngo para tí?
-Pues nada, madre. -Notó que eí rubor íe cubría ías me|ííías. Nunca
había íogrado mentíríe a su madre.
Audrey contínuó como sí no ía hubíera oído:
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-Síentes aígo por éí. ¿Oué cíase de hombre es?
La perspícacía de su madre no sorprendíó a Dynna, síempre parecía
saber ío que pensaba y sentía.
-No sé qué síento por éí, madre. Es un hombre ñero y saíva|e, pero
tambíén tíerno y afectuoso -contestó con expresíón pensatíva, que íuego
se tornó casí tríste.
-¿Y qué más? -pregunto Audrey, porque sabía que Dynna no íe había
reveíado todo, ní a eíía y quízá tampoco a sí mísma.
-Temo que mañana, cuando se marche, nunca voíveré a verío -dí|o,
aízando ía vísta y contempíando a su madre-. No sé sí podré soportarío.
-Entonces sígníñca aígo para tí. -Audrey ío comprendía
perfectamente. Eí víkíngo era muy apuesto y habían estado |untos y a soías
durante muchos días.
-Sí, es verdad -dí|o Dynna, íanzándoíe una mírada desesperada-,
pero no ío comprendo. Lo que síento por éí es tan dístínto de ío que sentía
por Warren... La íntensídad de mís sentímíentos es casí aterradora; hay
momentos en íos que creo haberío ímagínado todo, pero después...
-Después, ¿qué?
-Después vueíve a tocarme, y sé que ío que síento por éí no es un
sueño.
-Mañana por ía mañana, una vez que se haya marchado, es casí
seguro que no voíveréís a encontraros. Pertenecéís a mundos díferentes.
-Lo sé. -La ídea íe provocaba una profunda angustía, pero sabía que
debía de|arío marchar-. No puedo ímpedírseío.
Su madre asíntíó con ía cabeza.
-¿Sabes qué síente éí por tí? -preguntó.
-No me ha dícho nada, excepto que me consídera vaííente y que
nunca ha conocído a una mu|er como yo -dí|o, suspírando-. Pero no me
síento vaííente cuando píenso que he de separarme de éí para síempre.
-Entonces hemos de ver qué ocurre esta noche. A ío me|or tambíén
comprenderá que tú eres ímportante para éí.
-Eso sería maravíííoso...
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Audrey se íímító a sonreír. Su hí|a se merecía ía feíícídad y sí unírse a
ese víkíngo se ía proporcíonaba, pues que así fuera. Una tregua entre eííos y
íos víkíngos tambíén sería muy posítíva: Tanto para eí comercío como para
poner ñn a ía amenaza de una guerra, por no habíar deí |úbíío que bríííaba
en ía mírada de su hí|a aí pensar en su guerrero.
Audrey decídíó que habíaría deí tema con Garman más adeíante,
cuando estuvíeran a soías.
Dynna tomó un rápído baño, se restregó eí cuerpo y eí cabeíío para
quítarse ía sucíedad acumuíada tras íos muchos días de vía|e. Ayudada por
su madre, peínó su íarga y enredada meíena y íuego se puso una de ías
túnícas de su madre y un sobrevestído bordado. Era de un suave coíor rosa
que aumentaba eí brííío de sus o|os gríses y eí rubor de sus me|ííías
expuestas aí soí.
-Estás precíosa. Ven, mírate en eí espe|o -ía anímó su madre y íe
índícó que se coíocara deíante deí espe|o de bronce puíído.
Su aspecto ía compíacíó y Dynna abrazó a su madre.
-¿Regresamos a ía saía?
-Los hombres nos esperan -contestó su madre. Ambas saííeron de ía
habítacíón y ba|aron ías escaíeras que conducían a ía Gran Saía.
Era como sí Brage notara ía presencía de Dynna; aízó ía cabeza, dírígíó
ía mírada hacía ías escaíeras y vío ba|ar a ambas mu|eres. Guardó sííencío y
contempíó a Dynna, que íe parecíó más hermosa que nunca y no desprendíó
ía vísta de eíía. Ese ínstante comprendíó que hacerse a ía mar sín eíía no
resuítaría fácíí.
Las mu|eres se sentaron ante ía mesa y Garman índícó a íos críados
que sírvíeran ía comída. Dynna y Brage comíeron con buen apetíto, porque
casí no habían probado bocado durante todo eí día.
-Vía|aremos hasta ía costa por ía mañana -anuncíó íord Garman-. Sí
eí tíempo es propícío, dentro de un día Brage díspondrá de una nave.
Dynna íogró sonreír, pero sín aíegría, y se voívíó hacía Brage.
-Es bueno que regreséís a vuestro hogar. Sé cuánto ío echáís de
menos, y tambíén a vuestra famííía.
-Será bueno voíver a veríos, pero no descansaré hasta descubrír
quíén me ha traícíonado.
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Lo que ío ímpuísaba era eí deseo de venganza, eí mísmo que ío
mantuvo con vída cuando otros hombres de menor vaíía hubíeran
sucumbído a sus herídas. Dynna no dí|o nada más, estaba apesadumbrada.
Durante eí resto de ía comída charíaron anímadamente y, cuando ííegó
ía hora de retírarse, Dynna quíso pasar unos mínutos a soías con Brage.
-Será me|or que Brage se aío|e en ía habítacíón de ía torre, está
apartada y pocos conocen su exístencía -dí|o Garman-. Sí hubíera
probíemas, podrá ocuítarse aííí.
Dynna casí deseó que su padre íe ad|udícara una habítacíón más
próxíma a ía suya, pero por su propío bíen era me|or que sus habítacíones
estuvíeran aíe|adas. Fuera ío que fuere que ambos debían decírse, habría de
ser dícho esa mísma noche. Porque aí día síguíente éí habría partído.
-Lo acompañaré hasta su habítacíón -dí|o Dynna a sus padres.
-Le díré a ías críadas que os preparen un baño y ropa íímpía -ofrecíó
Audrey.
Brage voívíó a daríes ías gracías, se puso de píe, recogíó ía espada y eí
escudo y síguíó a Dynna.
Ambos se dírígíeron a ías escaíeras y ías subíeron íentamente.
-Pronto todo habrá acabado y emprenderéís eí camíno a casa -dí|o
Dynna en voz ba|a.
-Creí que sería ímposíbíe abandonar este íugar sín ííbrar una bataíía.
-Ouízás haya momentos en que ías cosas se desarroíían como es
debído. Taí vez íos ñnaíes feííces exísten. -Dynna habíó sín mírarío, eí doíor
que íe provocaba ía separacíón era demasíado grande.
Ambos aícanzaron ía habítacíón sítuada en ío aíto de ía torre y
permanecíeron de píe, a soías.
-¿Vendréís por ía mañana a despedírme |unto con vuestro padre?
-No podría de|ar que os marchéís sín decíros adíós.
Brage se acercó a eíía, ía abrazó y se fundíeron en un beso ardíente.
Cuando ía críada ííamó a ía puerta, Dynna se apartó. Cíavó ía mírada en íos
rasgos amados como para memorízaríos y grabárseíos en eí corazón. La
críada voívíó a ííamar y íe abríó ía puerta.
-He de desearos buenas noches, señor víkíngo -dí|o, míentras ías
críadas entraban para prepararíe eí baño.
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-Buenas noches, Dynna -repuso Brage y se quedó mírando cómo se
marchaba de ía habítacíón. De su vída. Le parecíó ver una íágríma en su
me|ííía, pero no estaba seguro de eíío.
Cuando ías críadas cumpííeron con su tarea y se marcharon, Brage se
sumergíó en ía tína y se íavó. Estaba de maí humor. Voívíeron a ííamar a ía
puerta y una de ías críadas entró.
-Me preguntaba sí necesítáís aígo más -preguntó ía críada; íe ofrecía
aígo más que sus servícíos. Eí víkíngo era un hombre apuesto y sí éí ío
deseara, eíía no tendría ínconveníente en consoíarío.
-No. Vete. Ouíero estar a soías. -No deseaba un rápído revoícón con
una críada y se sorprendíó aí comprobar que ía ídea íe dísgustaba. Sóío
había una mu|er que deseaba tener en su íecho, sóío una que despertaba su
ardor, y ésa era Dynna.
Brage maídí|o en voz ba|a. Eí deseo de venganza ío ímpuísaba a
regresar |unto a íos suyos y descubrír aí traídor. Pero, aunque procuró
centrarse en ía necesídad de que eí cuípabíe pagara sus cuípas, no íogró
apartar a Dynna de sus pensamíentos.
Dynna... Se íe aparecíó su ímagen: Dynna ía vaííente... Dynna ía
sanadora... Dynna ía amante... Voívíó a maídecír. ¿Acaso era ímposíbíe
oívídar ía atraccíón que sentía por eíía, aí íguaí que había oívídado a ías
otras mu|eres de su vída?
Con ía mírada perdída, Brage recordó su cora|e y su beííeza, su
reaccíón ante sus carícías y sus besos, y descubríó que anheíaba voíver a
estrecharía entre sus brazos, acarícíaría y haceríe eí amor esa mísma noche,
en una cama auténtíca y confortabíe, no en medío de ía naturaíeza. Ouería
ír a su habítacíón pero sabía que no debía, no esa noche y en casa de sus
padres.
Termínó de bañarse y trató de dormír, pero no pudo. Se había
acostumbrado a hacerío a su íado. Cuanto más pensaba en Dynna, tanto
más aumentaba eí anheío de estar |unto a eíía. Pensó en eí regreso a su
hogar, en reunírse con su famííía, pero ía perspectíva no íe proporcíonaba
aíegría a menos que Dynna estuvíera con éí.
Incapaz de descansar, Brage se íevantó y empezó a camínar de un
íado a otro. ¿Oué cíase de mu|er era aqueíía hechícera que ío perseguía
íncíuso cuando se preparaba para hacerse a ía mar, regresar a su hogar y
recuperar ía ííbertad? Se detuvo ante una de ías estrechas ventanas de ía
torre y contempíó eí despe|ado cíeío nocturno. Las estreíías bríííaban y ía
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íuna era píateada. Era una noche para íos amantes y sín embargo éí estaba
soío, como Dynna.
De aígún modo, en ese momento Brage comprendíó que era una noche
para amantes. Eííos habían sído amantes. Estaban destínados a estar
|untos: Éí, eí íntrépído Haícón Negro, y eíía, ía vaííente sa|ona que ío había
domado. Por ñn ío reconocíó ante sí mísmo, amaba a Dynna. Nunca íe había
dícho esas paíabras a nínguna mu|er. Nunca se había decíarado, pero ahora
ío haría, porque ía amaba y sóío ía quería a eíía.
Brage síntíó eí ímpuíso de dírígírse a su habítacíón y confesaríe su
amor. Ouería decíríe que ío acompañara a su tíerra nataí y se convírtíera en
su esposa. Ouería tenería a su íado, todos íos días y todas ías noches.
Entonces se ía ímagínó con eí hí|o de ambos abuítándoíe eí víentre y, para
su gran asombro, descubríó que ía ídea íe agradaba. Estaban destínados a
estar |untos y ía ídea de separarse de eíía íe resuítaba íntoíerabíe.
Entonces síntíó un enorme aíívío y una gran expectacíón. Aí día
síguíente, antes de abandonar ía torre con su padre, íe decíararía su amor a
Dynna. Le pedíría que se convírtíera en su esposa.
Por ñn Brage se tranquííízó. Voívíó a tumbarse en ía cama y se durmíó,
ansíando que ííegara eí aíba para vería y expresaríe sus sentímíentos. La
ííevaría consígo a su hogar, porque no podía ímagínar ía vída sín eíía.
%ynna daba vueítas en ía cama. Tras de|ar a Brage, había comprendído
ía íntensídad de íos sentímíentos que éí íe despertaba. Lo amaba como
nunca había amado a níngún otro. La ídea de perderío íe rompía eí corazón.
La muerte íe quító a Warren, pero Brage.... ¡Brage estaba vívo! Su úníco
temor era que se marchara sín saber que eíía ío amaba.
Dynna no tardó en decídír ío que debía hacer. No íe resuítaría fácíí,
nunca había osado procíamaríe su amor a un hombre. Con Warren no fue
necesarío, pero era Warren. Ahora era Brage, eí hombre cuyas carícías íe
encendían eí aíma, eí hombre aí que quería amar durante toda su vída. No
soportaba ía ídea de que por ía mañana ía abandonara. Ignoraba ío que éí
díría cuando íe manífestara su amor y íe dí|era que no quería que se
marchara, pero no podía de|ar pasar eí momento sín expresaríe sus
sentímíentos.
Taí como había descubíerto tras ía muerte de Warren, ía vída era
demasíado breve y a menudo crueí. Dynna sabía que, míentras pudíera,
debía aferrarse a ía feíícídad. Se íevantaría antes de que amanecíera y íe
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díría a Brage que ío amaba. No podía de|arío marchar y, tras tomar esa
decísíón, se acostó y íogró concíííar eí sueño, porque aí ñn sabía ío que
quería y cómo conseguírío.
Eí desastre ocurríó sín avíso prevío. La paz reínaba en ía torre, pero un
ínstante después íos hombres de sír Edmund atravesaron ía puerta y cuando
sír Eaton y varíos de íos hombres de íord Garman trataron de cerraríes eí
paso, haííaron ía muerte.
-Resuító tan fácíí como había caícuíado -se vanagíoríó sír Edmund aí
entrar en ía Gran Saía. Había írrumpído con tanta rapídez que nadíe dío ía
aíarma.
Sír Thomas íogró controíarse, pero ansíaba derríbar aí hombre
sanguínarío que encabezaba eí ataque. Había tratado de convencer a
Edmund de que no recurríera a ía fuerza para entrar en ía torre, procuró
decíríe que sí Dynna y eí víkíngo no se encontraban aííí, ías consecuencías
serían graves, pero sír Edmund se había empecínado hasta taí punto en que
se haííarían aííí que no quíso atender a razones. Así que a sír Thomas no íe
quedaba otro remedío que tratar de encontrar a Dynna y mantenería fuera
de peíígro.
Síguíó a Edmund, que subía ía escaíera de dos en dos. Encontrar ía
habítacíón príncípaí no resuító dífícíí e írrumpíeron en eíía, sobresaítando a
íady Audrey y íord Garman, que dormían profundamente. Lord Garman trató
de íncorporarse, pero uno de íos hombres de sír Edmund se ío ímpídíó
presíonándoíe eí pecho con ía espada.
-¿Dónde están? -grító sír Edmund, acercándose a íos píes de ía
cama.
-¿Dónde están quíénes? -preguntó íord Garman-. Y ¿qué sígníñca
esto?
-No os hagáís eí ínocente. Ouíero saber dónde se ocuítan vuestra hí|a
y eí víkíngo aí que ayudó a escapar.
-No sé de qué estáís habíando.
-No míntáís, íord Garman. No os convíene...
-¡No me amenacéís!
-Haré aígo más que amenazaros -gruñó Edmund y apoyó ía mano en
ía empuñadura de su espada-. Ouíero aí víkíngo y a Dynna, y íos quíero
ahora.
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Como íord Garman no respondíó con ía suñcíente rapídez,
Edmund íe hízo un gesto a su hombre y éste presíonó ía espada con
más fuerza contra eí pecho de íord Garman y ío obíígó a tumbarse de
espaídas.
Lady Audrey íos contempíaba con mírada aterrada y se voívíó hacía sír
Edmund.
-¿Por qué hacéís esto? Somos íos aííados de vuestro padre. ¿Por qué
habéís atacado nuestro hogar? Sóío teníaís que pedír permíso y os
hubíéramos ínvítado a pasar.
-No me ínteresa vuestra ínvítacíón. Míentras me entreteníaís
sírvíéndome cerveza y víno, eí víkíngo y Dynna hubíeran escapado. No, sé
que están aquí.
-No sé de qué estáís habíando -ínsístíó íord Garman.
Sír Edmund íe íanzó una mírada íncréduía.
-Sí no queda más remedío, regístraré esta torre píedra por píedra
hasta encontraríos. Sería mucho más sencííío que me dí|eraís dónde están.
Audrey y Garman íntercambíaron una mírada, pero guardaron sííencío.
-Regístrad todas ías habítacíones -ordenó eí cabaííero.
Los hombres se apresuraron a cumpíír sus órdenes. Sír Thomas se
aseguró de encabezar ía búsqueda. Sí encontraban a Dynna sería éí quíen ía
ííevaría ante Edmund. No permítíría que otras manos ía tocaran.
Sóío tuvíeron que regístrar tres habítacíones antes de encontrar a
Dynna. Sír Thomas abríó ía puerta de par en par y se enfrentó a eíía.
-¡Sír Thomas! -Dynna se íncorporó, cubríéndose eí pecho con eí
cobertor.
-Debéís acompañarme -dí|o sír Thomas en tono severo, para evítar
que íos hombres dudaran de su íeaítad.
-¿Por qué? ¿Oué ha ocurrído?
-Edmund está en ía habítacíón de vuestros padres y quíere que os
traígan a vos y aí víkíngo ante éí. Debéís acompañarme, o me veré obíígado
a arrastraros. -Detestaba decír esas paíabras, pero no tenía opcíón. Sería
me|or que ía ííevara éí, y no íos otros.
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Dynna asíntíó y abandonó eí íecho procurando conservar ía caíma. Le
tembíaban ías rodííías pero se envoívíó en un chaí y avanzó
ma|estuosamente deíante de sír Thomas. Sabía que éí ía ayudaría cuanto
pudíera.
Sír Edmund aún vígííaba a Garman y Audrey cuando oyó íos grítos
tríunfaíes de sus hombres resonando en eí pasííío. Cíavó ía mírada en ía
puerta y, cuando Dynna entró en ía habítacíón seguída de sír Thomas y íos
demás, esbozó una ampíía sonrísa.
-¿Así que no sabíaís nada de vuestra hí|a, íord Garman? -dí|o con
sorna-. Mí padre sentírá un gran ínterés cuando sepa que me mentísteís.
-¿Cómo os atrevéís a írrumpír en eí hogar de mís padres y
maítratarnos? -excíamó Dynna cuando ía arrastraron ante Edmund.
-Ya os he dícho, duíce Dynna, que me atrevería a mucho con vos.
¿Dónde está eí víkíngo?
-No ío sé.
-Por aígún motívo, me síento íncapaz de dar crédíto a vuestras
paíabras. Ouíero saber dónde está. No tengo tíempo para íos acertí|os. Sí
vaíoráís ía vída de vuestros padres, responderéís con rapídez y me díréís ía
verdad. Una vez más, ¿dónde está eí víkíngo ?
-Se ha ído -contestó Dynna en tono tenso, con ía esperanza de que
Brage hubíera notado ía ííegada de íos ínvasores y íogrado escapar.
-¿Se ha ído? ¿Cuándo se marchó?
-Esta noche. Se marchó |usto después de medíanoche. Estoy segura
de que está camíno de su hogar.
-¡Mentís! -grító Edmund enfurecído, y ía abofeteó víoíentamente-.
¡Ha de estar aquí!
-Os dígo que se ha marchado -repítíó eíía, esperando convencerío.
Le ardía ía me|ííía, pero no se encogíó.
Eí rostro de Edmund expresaba eí odío más absoíuto.
-Pues no os creo. Traedme a su madre -íe dí|o a uno de sus hombres.
Uno de eííos arrastró a Audrey de ía cama; Edmund desenvaínó su
puñaí y, míentras eí hombre ía aferraba, presíonó ía ho|a añíada contra ía
garganta de Audrey.
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-¡Os estáís excedíendo! -Lord Garman trató de íncorporarse para
acudír en ayuda de su mu|er, pero eí otro hombre se ío ímpídíó con ía
espada.
-Bíen, mí encantadora prometída, que sepáís que acabar con ía vída
de vuestra madre no me causará níngún doíor. Sé que ía amáís más que a
nadíe. ¿La veréís morír para saívar aí víkíngo? ¿Provocaréís su muerte por
negaros a entregarme aí Haícón Negro?
-No seríaís capaz... -Dynna soító un gríto ahogado.
-Cíaro que sí -dí|o y un hííííío de sangre brotó de ía garganta de
Audrey-. Sí he de matar a todos íos ocupantes de ía torre... pues que así
sea. Luego díré que fueron íos víkíngos. No quedaría nadíe con vída para
contradecírme -añadíó y soító una carca|ada astuta aí ver ía desesperacíón
de Dynna.
Audrey soító un gemído aterrado. Síempre había sabído que Edmund
estaba íoco, pero no que era capaz de comportarse como un bárbaro. Lord
Garman observaba ía escena desde ía cama, sín poder hacer nada. Estaba
acostumbrado a proteger a íos suyos y ía íncapacídad de saívar a su mu|er y
a su hí|a de Edmund ío ííenaba de íra. Pensó que taí vez podría moverse
íentamente y atacar aí hombre que ío amenazaba con ía espada, pero
Edmund ío notó.
-Sí os movéís un soío mííímetro, íord Garman, haré que os atravíesen
con ía espada... ¡después de observar cómo íe corto eí cueíío a vuestra
mu|er!
Se voívíó hacía ésta y dí|o:
-Bíen, ¿dónde está eí víkíngo?
Dynna no sabía qué hacer. Dos de sus seres querídos estaban a punto
de morír porque se negaba a reveíar dónde se encontraba Brage, pero sí íe
decía dónde se ocuítaba, Edmund acabaría por matarío. Apretó ías manos
para evítar que tembíaran. ¿Cómo sacríñcar a Brage para saívar a sus
padres? ¿Oué otro remedío íe quedaba?
-¡Os díré ío que queréís saber! -excíamó íord Garman, sabíendo que
no íe quedaba más remedío. Una vez acostados, Audrey íe había reveíado
cuánto amaba su hí|a a Brage, de manera que podía ímagínar su doíor aí
tener que eíegír entre saívar sus vídas o ía de Brage.
-Ah, un hombre sensato. Me agrada -repuso Edmund-. Sí vuestra
hí|a me díce dónde está, taí vez os perdone ía vída. Ouíero que sea eíía
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quíen me díga dónde se encuentra eí Haícón Negro. ¿Y bíen, amada mía? -
se buríó-. ¿De|aréís morír a vuestros padres o me ío díréís?
La decísíón íe provocaba náuseas, pero no podía hacer otra cosa y íe
dí|o ío que quería saber.
Edmund apartó a Audrey de un empeííón.
-¡Vígííadíos hasta mí regreso! -ordenó a sus hombres y echó a correr,
empecínado en encontrar aí Haícón Negro.
Audrey se despíomó en brazos de su marído, soííozando. Dynna se
acercó a eííos apresuradamente. Dos hombres permanecíeron en ía
habítacíón, vígííándoíos.
Espada en mano, sír Edmund subíó ías escaíeras que daban a ía
habítacíón de ía torre. Sír Thomas y íos demás íe písaban íos taíones.
Encontraron ía habítacíón sín nínguna díñcuítad y, antes de vencer eí úítímo
obstácuío, íntercambíaron míradas tríunfaíes. Entonces sír Edmund echó
aba|o ía puerta con gran estruendo.
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CAPÍTULO 16
!uando ía puerta se abríó víoíentamente, Brage despertó de
ínmedíato, empuñó ía espada que yacía a su íado y se preparó para entrar
en bataíía. La íra ío embargó aí ver a Edmund avanzando hacía éí y en
cuanto comprendíó que íos habían descubíerto ío consumíó ía preocupacíón
por Dynna. ¿Estaba a saívo? ¿Había íogrado eíudír a Edmund?
Brage se íanzó aí ataque bíandíendo ía espada, pero Edmund se
defendíó de ía feroz embestída. Sí hubíeran estado aí aíre ííbre, Brage no
habría tenído díñcuítad para acabar con éí, pero como estaba atrapado en ía
pequeña habítacíón en ía que írrumpía un número cada vez mayor de íos
hombres de Edmund, ía muerte parecía su úníca saíída.
Síguíó íuchando sín de|ar de pensar en Dynna, cada vez más decídído a
matar a Edmund antes de que ío derríbaran. Aunque quízá fuera ío úníco
que podía hacer por eíía, ía saívaría de Edmund.
Los hombres que entraron en ía habítacíón estaban armados y
preparados. No habían de|ado de perseguír aí víkíngo y ansíaban atraparío.
Observaron a Edmund míentras éste ííbraba su bataíía más ímportante.
-¡Ouíero matarte, víkíngo! -gruñó Edmund, voívíendo a íanzarse
contra Brage, embístíendo y atacando aí tíempo que trataba de arrínconarío
contra ía pared.
-Inténtaío, sa|ón -ío desañó Brage, y sus espadas entrechocaron.
Sír Thomas íos observaba desde ía puerta. Vío eí ansía de sangre en
sus míradas y supo que ía íucha sería a muerte y, por más que deseaba ía
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víctoría de Brage, no podía permítír que ocurríera. Casí no quedaba tíempo,
debían regresar |unto a sír Aífríck de ínmedíato.
-¡Oívídáís vuestro propósíto, sír Edmund! ¡Cesad de íuchar! -ordenó
sír Thomas y entró en ía habítacíón desenvaínando su espada. Sabía que su
íntromísíón enfadaría a Edmund, pero íe era índíferente.
Aí oír sus paíabras, Edmund hízo rechínar íos díentes porque sabía que
sír Thomas ííevaba razón.
Brage quería seguír íuchando, estaba díspuesto a peíear hasta ía
muerte, pero sír Thomas se ínterpuso entre éí y sír Edmund con ía espada
en ía mano.
-Ba|ad eí arma, víkíngo.
Brage ía aferró aún con más fuerza.
-A ío me|or nuestro amígo desea morír -comentó sír Edmund-. En
ese caso, estaré encantado de compíacerío.
-Decís tonterías -ío corrígíó sír Thomas-. Hemos de abandonar ía
torre ahora mísmo y regresar |unto a vuestro padre.
Cuando eí hombre mayor ío reprendíó una vez más, sír Edmund voívíó
a enfadarse, pero sabía que tenía razón y ba|ó ía espada.
-Dadme vuestra arma -íe dí|o sír Thomas a Brage.
Ambos íntercambíaron una mírada y, íenta y cauteíosamente, Brage se
ía entregó.
Dos de íos hombres de Edmund ío cogíeron y empezaron a arrastrarío
fuera de ía habítacíón. Aí pasar |unto a Edmund, éste ordenó:
-No ío matéís, pero haced ío necesarío para que no nos cause
probíemas.
Cuando hubíeron asentído y se marcharon, Edmund se acercó a sír
Thomas con íos o|os bríííando de íra y ía respíracíón entrecortada.
-Sóío ío díré una vez. ¡|amás voíváís a reprenderme ante mís
hombres!
-Me he íímítado a advertíros, puesto que soy eí conse|ero de vuestro
padre -respondíó. Notó ía íra en ía mírada de Edmund y no envaínó ía
espada, por sí acaso-. Vuestro padre me dí|o que me asegurara de que eí
víkíngo regresara con vída, para poder reaíízar eí íntercambío. Me íímíto a
seguír ías órdenes de mííord.
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Edmund notó ía mírada ínñexíbíe de sír Thomas y su actítud agresíva.
Sóío dísponía de un modo de guardar ías aparíencías y ío aprovechó. Sonríó
reprímíendo su íra.
-Tenéís razón. Vívo, eí Haícón Negro tíene mucho más vaíor para
nosotros que muerto. Regresemos a ías tíerras de mí padre para hacernos
con eí oro -dí|o, y pasó |unto a sír Thomas sín mírarío. Se dírígíó a ía
habítacíón de íos padres de Dynna, donde aígunos hombres aguardaban su
regreso ante ía puerta-. Cuatro de vosotros me acompañaréís, íos demás
han de aguardar |unto a íos cabaííos, pronto nos marcharemos. -Los
hombres ío síguíeron y entraron en ía habítacíón, donde otros dos hombres
seguían vígííando a íady Audrey y íord Garman-. Eí víkíngo es nuestro -
anuncíó Edmund.
-¿Brage está vívo? -preguntó Dynna, íncapaz de ocuítar su tormento.
Aguardaba ías notícías, presa deí terror. Ouería saber ía verdad y cuando se
voívíó hacía Edmund, ías íágrímas íe empañaban íos o|os.
-¿Por qué os preocupa ía vída de un míserabíe víkíngo, duíce mía? -
gruñó Edmund, enfurecído aí comprender ío que sígníñcaba su angustía-.
No temáís, querída mía, eí Haícón Negro está vívo y me encargaré de que
síga con vída hasta que hayamos cobrado eí rescate exígído -añadíó en
tono sarcástíco. Luego se dírígíó a sus hombres-: Vosotros seís
permaneceréís aquí vígííándoíos hasta que yo regrese. Mantened a mííord y
mííady encerrados en su habítacíón hasta ía noche, íuego soítadíos. Dos de
vosotros permaneceréís con Dynna en su habítacíón para «protegería» de
día y de noche. No quíero que saíga de ía habítacíón y no quíero que se
quede a soías con uno de vosotros. ¿Lo habéís comprendído?
-Sí, sír Edmund -contestaron aí unísono.
-Bíen. Obedeced mís órdenes aí píe de ía íetra; sabré sí no ío hacéís.
Una vez reaíízado eí íntercambío deí víkíngo por eí oro, regresaré a por
Dynna.
Los hombres estaban temerosos; habían vísto ío que íes ocurría a
quíenes ío desobedecían y no querían correr ía mísma suerte.
-Veníd conmígo, Dynna. He de habíar con vos a soías. -Sín aguardar
su respuesta, ía cogíó doíorosamente deí brazo, casí ía arrastró fuera de ía
habítacíón y cerró ía puerta detrás de eííos.
Dynna refrenó su furía y obedecíó, puesto que no quería causaríes más
probíemas a sus padres. No habíó hasta que aícanzaron ía saía:
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-¿Oué queréís de mí? Huí de ía torre porque no deseo casarme con
vos. Nada ha cambíado.
-Ah, pero es que todo ha cambíado y hemos de habíar de muchas
cosas.
-No hay nada de que habíar.
-Habéís de saberío, Dynna... -dí|o en tono feroz y ía atra|o hacía sí-.
Soís mía. Soy vuestro dueño. -Su mírada era fría y amenazadora-. Cuando
haya acabado eí asunto deí víkíngo regresaré a por vos, pero no creáís que
compartíré mí nombre y mí títuío con vos. De|ad de preocuparos, no os
tomaré por esposa. Ahora seréís mí puta. Satísfaréís mís necesídades y
cumpííréís con mís deseos. Seréís menos que ía úítíma de ías escíavas. Os
usaré, porque vuestro cuerpo es exuberante, pero |amás dísfrutaréís deí
honor de ííevar mí nombre, y tampoco de mí posícíón.
-Antes preñero morír. Preñero ía muerte antes que ía deshonra -
repíícó eíía. Eí corazón íe íatía con fuerza y ías ídeas se agoípaban en su
cabeza.
Edmund ía abofeteó con todas sus fuerzas y Dynna cayó de rodííías.
-No dísfrutaréís de seme|ante píacer. Me aseguraré de que sufráís
míentras a mí me compíazca. Taí vez, cuando me haya cansado de vos, seré
yo quíen os conceda ese aíívío -gruñó, mírándoía ñ|amente míentras
Dynna, con actítud ímpenítente, permanecía arrodíííada a sus píes. Sus o|os
gríses bríííaban como ía píata y tenía íos íabíos ensangrentados e hínchados.
Edmund hubíera deseado derríbaría y apoderarse de eso que tanto ansíaba
poseer. Ouería azotaría hasta dobíegaría, ía deseaba con un ansía que no
podría sacíar ní en cíen años, pero no dísponía deí tíempo suñcíente.
-La muerte sería un píacer, comparado con compartír vuestro íecho -
se reañrmó eíía.
Edmund soító una fría carca|ada.
-Hay muchas mu|eres que estarían en desacuerdo con vos..., muchas
que estarían encantadas de ocupar vuestro íugar.
-He conocído ías carícías de un hombre. Soís un anímaí. ¡Brage es
díez veces más hombre que vos!
Éí ía cogíó de ías muñecas, ía obíígó a ponerse de píe y ía apíastó
contra su pecho. Ahora que eíía conñrmaba ío que síempre había
sospechado, su íra se desbordó.
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-¡Es una pena que no dísponga deí tíempo necesarío para demostraos
cuán equívocada estáís!
A Dynna ya no íe ímportaba ío que íe haría. Su mundo había sído
destruído.
-¡Los días de vuestra vída no os aícanzarán para demostrar que estoy
equívocada!
Edmund ía aferró con víoíencía aún mayor y se restregó contra eíía,
para que supíera ío que íe haría cuando regresara.
-Nadíe podría haberme dícho ías cosas que me dí|ísteís y seguír con
vída. No de|asteís de íuchar contra mí, pero eso se ha acabado. Os domaré y
os entrenaré. Os veré dócíí a mís píes.
Soís mía. Sóío ío apíazaré hasta que me haya encargado de entregar aí
víkíngo a mí padre. Sí ías círcunstancías fueran otras, me quedaría y os
demostraría que vuestro desafío se ha acabado.
Dynna notó ía dureza de su vírííídad y se síntíó asqueada. La potencía
de Brage ía había excítado, pero Edmund íe causaba repugnancía.
-¡Os detesto!
Edmund sonríó.
-Y me detestaréís todavía más antes de que haya acabado con vos.
Voíveré. Y pretendo encontraros díspuesta cuando regrese.
La apartó de un empeííón y abríó ía puerta para de|aría pasar. Líamó a
dos guardías y íes ordenó que saííeran aí pasííío. Tras índícaríes cómo debían
tratar a Dynna durante su ausencía, se marchó sín mírar hacía atrás.
Cuando Edmund saííó a íos |ardínes, eí víkíngo estaba su|eto a un
cabaíío, ínconscíente.
-Se resístíó a acompañarnos -dí|o uno de íos hombres.
Edmund se íímító a sonreír e hízo caso omíso de ía mírada de
desaprobacíón que íe íanzó sír Thomas. Eí víkíngo estaba como Edmund
quería que estuvíera.
Se díspusíeron a emprender ía cabaígada. Sír Edmund aízó ía vísta y
vío a Dynna, observándoío desde una de ías ventanas de ía torre. Le íanzó
un saíudo tríunfaí y montó en su corceí.
-Hemos de regresar a nuestra torre -dí|o a sus hombres-. Oueda
poco tíempo, tendremos que cabaígar como eí víento.
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Abandonaron ía torre; a sus espaídas de|aban ía muerte, ía destruccíón
y ía desesperanza.
-,eníd, íady Dynna, hemos de írnos -dí|o Baíder, uno de íos hombres
de Edmund y íe índícó que ío síguíera.
Eíía asíntíó con gesto cortante y se aíe|ó de ía ventana.
-¿Adonde te ííevan, Dynna? -preguntó su madre en tono preocupado.
-Hemos recíbído ínstruccíones de mantenería encerrada en su
habítacíón hasta que sír Edmund regrese -contestó Baíder.
-Iré con eíía -decíaró su madre con voz ñrme. Temía por ía vída de su
hí|a y no quería de|aría a soías con íos hombres de Edmund.
-No. Debéís permanecer en vuestras habítacíones hasta mañana. Sóío
entonces podréís saíír.
-¿Cómo te atreves? -rugíó sír Garman, furíoso y humíííado por eí
trato recíbído por parte de íos hombres de su supuesto aííado.
-Recíbímos órdenes de sír Edmund y no ías desobedeceremos.
Lord Garman comprendíó que íos ímpuísaba eí míedo y díscutír
resuítaría ínútíí. Un día parecería una eternídad, pero ííegaría a su ñn. Los
guardías saííeron de ía habítacíón y cerraron ía puerta con candados.
-¿Garman? -Audrey pronuncíó su nombre en tono dubítatívo.
-Aguardaremos eí momento oportuno, amor mío -dí|o éí, se acercó y
ía abrazó-. Mañana podrás vísítar a Dynna ííbremente.
-Pero ¿no íe sucederá nada maío? Y ¿qué pasará con Brage?
-Estoy seguro de que Edmund no quíere que íe hagan daño a Dynna,
pero en cuanto aí víkíngo... dudo que para eí ñn de semana síga con vída.
Se acomodaron en ía habítacíón en sííencío, esperando que se hícíera
de día. Estaban cautívos en su propío hogar, prísíoneros de ía venganza y eí
odío de Edmund.
Míentras tanto, Dynna entró en su habítacíón. Cuando se dísponía a
cerrar ía puerta, dos hombres ía síguíeron.
-¿Oué sígníñca esto? -preguntó aíarmada-. ¿Acaso no dísfrutaré de
nínguna íntímídad?
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-No, mííady. Lord Edmund ha ordenado que os acompañemos
constantemente, que no os perdamos de vísta.
-¡Pero eso es rídícuío!
-Son sus deseos, y debemos cumpííríos. -Se veía que íos hombres
tampoco comprendían eí motívo de su preocupacíón. ¿Oué podía haber
hecho eíía para despertar ía desconñanza de Edmund hasta taí punto? Sín
embargo, sabían que era me|or no cuestíonar sus motívos. Harían ío que íes
ordenaron, puesto que no deseaban sufrír ías consecuencías de ía cóíera de
Edmund.
-Pero... -empezó Dynna.
-Eí asunto está decídído -ía ínterrumpíó Baíder-. Permaneceremos
aquí con vos hasta que éí regrese. Será me|or que ío aceptéís.
Dynna notó ía determínacíón de íos dos hombres y comprendíó que
estaba atrapada. Ouízá más adeíante se íe ocurríría un modo de ayudar a
Brage.
Cerraron ía puerta con ííave. Baíder cogíó ía ííave y ambos hombres se
sentaron aí otro íado de ía habítacíón.
Dynna se tumbó en ía cama, se cubríó con ías mantas y trató de
controíar eí ííanto míentras recordaba todo ío ocurrído. Se habían ííevado a
Brage, maníatado e índefenso. Había vísto cómo ío su|etaban aí íomo deí
cabaíío. Sóío íe quedaba ía esperanza de que sír Thomas íograra ayudaríe y
eíevó sus píegarías supíícando que Brage se ííbrara deí destíno que Edmund
íe había preparado. Debía de haber aígo que eíía pudíera hacer...
Durante eí resto de ía noche Dynna permanecíó despíerta, tendída en
sííencío, procurando pasar por aíto que dos fornídos guardías ía vígííaban y
tratando de ídear eí modo de saívar a Brage.
!uando Brage despertó, descubríó que coígaba a través deí íomo deí
cabaíío y que estaba maníatado, agítándose con cada paso deí anímaí.
Permanecíó ínmóvíí durante un rato, procurando tranquííízarse. Sír Thomas,
que conducía eí cabaíío, vío que Brage se movía y no dí|o nada. Pero uno de
íos hombres ío notó y excíamó:
-¡Está despíerto, sír Edmund!
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Aí oír eí gríto, sír Edmund detuvo a íos |ínetes, desmontó y se acercó aí
cabaíío conducído por sír Thomas. Cogíó a Brage deí cabeíío, íe íevantó ía
cabeza y ío míró a íos o|os.
-Bíen, has despertado por ñn... Eí famoso y temído Haícón Negro está
despíerto. -Una sonrísa crueí y desdeñosa íe arrugó íos íabíos deígados-.
Intentaste escapar de mí, pero fracasaste. Te encontré, víkíngo, y vueíves a
ser mí prísíonero, gracías a ía encantadora Dynna.
-¿Dynna? -Brage no pudo evítar preguntar-. ¿Oué pasa con eíía?
¿Oué íe has hecho?
Aí ver ía mírada ínquísídora de Brage, Edmund sonríó, ba|ó ía voz y
dí|o:
-Ah, sí. Fue Dynna quíen me dí|o dónde te ocuítabas. Se mostró muy
díspuesta a cooperar. Eíía y yo hícímos un trato.
Hasta ese momento, Brage no había dado crédíto a ías paíabras de
Edmund, pero cuando éste mencíonó un trato, se maídí|o por ser un ímbécíí.
-¿Un trato?
-Sí, me ínformaría de tu paradero, a cambío de poder quedarse con
sus padres. La convencí míentras estábamos en ía cama. Supíícó que íe
permítíera quedarse en ía torre, así que hícímos un trato. Podrá permanecer
|unto a sus padres, a condícíón de compartír mí íecho cuando a mí me
píazca. Así que como ves, eíía obtuvo ío que quería, y tú vueíves a estar en
mí poder.
La íra se apoderó de Brage. Todo ío que decía Edmund enca|aba:
Dynna íe había dícho que haría ío necesarío para saívarse, y eso fue ío que
hízo. ¿Por qué creyó que entre ambos exístía aígo más que ía mera
conveníencía? Una vez aícanzado eí hogar de sus padres, ya no ío
necesítaba.
Edmund notó eí desteíío de cóíera en ía mírada de Brage y comprendíó
que había puesto eí dedo en ía ííaga. Eso ío compíacía.
-Dynna síempre ha comprendído cómo son ías cosas con mucha
rapídez -prosíguíó-. Síempre supo cómo utííízar a íos demás, como ha
hecho contígo.
Brage maídí|o a Dynna en sííencío. Lo había traícíonado para saívarse.
Comprendíó que debía habería de|ado ante ía puerta de ía torre de su padre
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y seguír vía|e a soías. Era ía segunda vez que aíguíen en quíen conñaba ío
traícíonaba, y su úníca esperanza era que un día pagarían sus cuípas...
-Sír Thomas -excíamó Edmund, y se apartó de Brage-, de|ad que eí
víkíngo monte, pero atadíe ías manos a ía espaída y seguíd conducíendo su
cabaíío. No quíero probíemas durante eí vía|e de regreso. Hemos de darnos
prísa, no podemos retrasarnos.
Sír Thomas se apresuró a desatar a Brage y ba|arío deí cabaíío. Luego
ío maníató y íe ayudó a montar. Dada ía proxímídad de Edmund, no tuvo
oportunídad de habíaríe.
Después síguíeron cabaígando. Edmund estaba decídído a aícanzar ía
torre de su padre ío antes posíbíe. Sabía que debían darse prísa.
'nsíak examínó eí íugar de desembarco con mírada crítíca. Suponía
que habría probíemas; no conñaba en que íos sa|ones cumpííeran con su
paíabra, pero no notó índícíos de una trampa. Les índícó a Uíf y Krístoher
que acercaran sus naves a ía suya.
-Ouíero que desembarques conmígo, Uíf. Krístoher, coge ía nave de
Brage y dos más, y permanece en aíta mar. Sí hubíera un probíema, te ío
índícaré ba|ando ía veía de mí nave.
Ansíak y Uíf navegaron hacía ía costa, míentras que Krístoher mantenía
aíe|adas ías naves ba|o su mando.
Krístoher permanecíó en ía proa deí dra//ar de Brage, observando íos
movímíentos de íos otros dos. Ouería estar preparado en caso de que su
padre necesítara de éí. Aunque íos hombres de su hermano habían
obedecído sus órdenes durante ía navegacíón, sabía que se aíegrarían de
recuperar a su |efe. Se preguntó cuánto maítrato habría sufrído su hermano
a manos de íos sa|ones y cuándo estaría ío bastante recuperado para voíver
a hacerse a ía mar. Sabía que ía respuesta no tardaría en ííegar.
Eí momento deí íntercambío estaba próxímo cuando ías naves de
Ansíak y Uíf atracaron en ía costa. Los hombres que íos seguían estaban
preparados para íuchar. Recordaban ía úítíma vez que desembarcaron en
ese íugar y estaban más que díspuestos a derramar sangre sa|ona para
compensar ías ba|as sufrídas en aqueíía oportunídad.
-No íucharéís a menos que os ío ordene -íes dí|o Ansíak-. Haremos
eí íntercambío y nos ííevaremos a Brage sano y saívo. Es nuestro úníco
propósíto y es ío úníco que haremos.
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Los hombres manífestaron su acuerdo con un gruñído. Comprendían su
deseo de actuar con cauteía, pero hubíesen preferído íuchar.
Ordenó a dos hombres que ííevaran eí oro a ía proa de ía nave, pero íes
dí|o que no ío descargaran hasta que víeran que Brage estaba con eííos.
-La mítad de vosotros permaneceréís en ía nave, íos demás nos
seguírán, pero a cíerta dístancía.
Los hombres conocían eí pían y estaban preparados.
-Ven, Uíf. Vayamos en busca de Brage para ííevarío a casa -dí|o
Ansíak y ambos remontaron ía costa en díreccíón aí prado sítuado más aííá,
míentras eí resto de íos hombres se quedaba un poco más atrás.
-¡)an desembarcado, íord Aífríck! ¡Los víkíngos han ííegado taí como
dí|eron! -grító uno de íos ancíanos que montaba guardía.
Aífríck se preparó para ío que vendría. Esperaba que Ansíak fuera un
hombre pacíente e ínteíígente, un hombre razonabíe. Eí e|ércíto que había
reunído para íuchar contra íos víkíngos durante ía íncursíón deí Haícón
Negro había sído desbandado y eí grueso de sus fuerzas había cabaígado
|unto a Edmund para buscar a Dynna y eí víkíngo. De hecho, ía torre
dísponía deí número habítuaí de hombres para defendería, pero sí se
producía una bataíía, no serían suñcíentes. Como no quería que Ansíak ío
descubríera, había apostado a todos íos ancíanos y |óvenes que íogró reunír
en posícíones estratégícas, para que parecíera que todos sus hombres
estaban reaímente aííí.
-¿Dónde está Hereíd? Traédmeío ante ía puerta príncípaí -ordenó
Aífríck aí tíempo que descendía ías escaíeras de ía Gran Saía.
Eí críado se apresuró a cumpíír con eí pedído deí íord, pero pronto
regresó con ía notícía que Aífríck no deseaba oír.
-Lo síento, mííord, pero Hereíd abandonó ía torre ayer y no ha vueíto.
Uno de íos hombres me dí|o que zarpó anoche, con ía marea.
-¿Oue ha hecho qué? -preguntó Aífríck atóníto. Le había dícho aí
mercader que quería verío a su íado cuando se enfrentara a íos víkíngos.
Tras ía reuníón, eí mercader debía recíbír ía otra parte deí pago prometído,
así que creyó que estaría presente. ¿Acaso Hereíd había huído debído aí
temor que íe ínfundían Ansíak y sus hombres?
-Hereíd se ha marchado, mííord -repítíó eí críado.
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-Líama a tres guardías; nos reuníremos con Ansíak y íos demás sín
Hereíd.
Aífríck se puso en cabeza de sus escasos hombres. Aí íguaí que íos
demás, ííevaba una espada aí cínto, pero en eí bosque no había arqueros
para matar a íos víkíngos desde una posícíón segura y tampoco hombres
montados armados con espadas díspuestos a atacar desde ía torre. Aífríck
se preguntó dónde estaba Edmund míentras se aventuraba a saíír aí
encuentro de Ansíak y transmítíríe eí temído mensa|e.
Ansíak avanzó hacía eí íugar acordado para eí encuentro con Aífríck; no
sentía temor, pero sí excítacíón y cauteía. Estaban a punto de ííberar a
Brage... Podía ímagínarse su furía tras haber permanecído prísíonero
durante tanto tíempo, pero ahora recuperaría ía ííbertad, y eso era ío úníco
que ímportaba. Pronto habría recuperado a su hí|o.
-No veo nada ínusuaí -comentó Ansíak a medída que éí y Uíf se
aproxímaban aí punto de reuníón.
-Ní yo. Todo está tranquíío..., quízá demasíado tranquíío.
-Ya veremos. Sí píanean atacarnos nos defenderemos, pero hoy ía
venganza no resuíta necesaría, sóío quíero recuperar a mí hí|o sano y saívo.
Eso fue ío prometído por Hereíd y eso es ío que espero.
-Los sa|ones se aproxíman -anuncíó Uíf, y se ííevó ía mano a ía
espada.
-Tranquíío, Uíf. No hagas gestos amenazadores. Oueremos recuperar a
tu hermano con vída -advírtíó Ansíak.
-No veo a Brage.
-Detengámonos en este íugar. Es abíerto y eí terreno es ííano. -
Ansíak se detuvo y aguardó a que Aífríck y sus hombres se acercaran.
-Saíud, Ansíak -excíamó Aífríck.
-He venído a por mí hí|o, taí como me índícó Hereíd eí mercader.
¡Exí|o verío ahora mísmo! -La voz de Ansíak era ñrme y sonora.
Aífríck se detuvo a pocos metros de íos víkíngos y íes dí|o a quíenes ío
acompañaban:
-Dado que Edmund no ha vueíto, no hay modo de evítar este
momento. Debo decíríe ía verdad.
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-¿Hay aíguna manera de daríes íargas? ¿Conseguír que aguarden un
par de días? -preguntó un hombre en voz ba|a.
-Y entonces, cuando Edmund no regrese, ¿qué haremos? -repíícó
Aífríck-. No, es hora de decír ía verdad. No hay nínguna garantía de que
Edmund encuentre aí Haícón Negro, por no habíar de traerío aquí a tíempo
para cobrar eí rescate.
Ansíak vío que Aífríck habíaba con sus hombres.
-¿Oué decís, sa|ón? Aguardo vuestra respuesta. ¿Dónde está mí hí|o?
-voívíó a preguntar.
-Soy íord Aífríck. Soy quíen envíó aí mercader para que os ínformara
de ías condícíones deí íntercambío.
-Sí, sabemos quíén soís. Tenemos eí oro. Cuando aparezca mí hí|o
haremos eí íntercambío -dí|o, pero notó que aígo no íba bíen.
Aífríck tomó aíre.
-He de expíícaros ío que ha sucedído.
-¿Oué decís? ¿Oué ha sucedído? -preguntó Uíf, enfadado por ías
evasívas de Aífríck y preocupado porque no había rastros de Brage-.
¿Dónde está mí hermano?
-No ío sé.
-¿Oué? -Ansíak y Uíf montaron en cóíera. Les habían asegurado que
Brage se encontraba aííí, recuperándose de sus herídas y ahora...
-Eí Haícón Negro escapó de ía torre hace varíos días -expíícó Aífríck
-. Desde entonces no ío hemos vísto ní tenído notícías suyas. Mís hombres
ío están buscando, pero sín éxíto. Ha huído.
Ansíak no daba crédíto a ías paíabras deí sa|ón.
-No os creo. ¿Lo habéís matado? ¿Dónde está su cuerpo? Ouíero verío
antes de acabar con vos.
-No es necesarío derramar sangre. No está muerto.
-¿Dónde está Hereíd? Traedme a Hereíd. No me fío de ía paíabra de
un sa|ón.
-Hereíd se ha marchado. Os aseguro que...
-No me aseguréís nada, no os creo -gruñó Ansíak y desenvaínó ía
espada-. Hereíd hízo añrmacíones y promesas en vuestro nombre: Dí|o que
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mí hí|o estaba aquí, vívo, aguardando mí ííegada, y que me ío entregarían a
cambío de seíscíentas ííbras de oro...
-¿De cuánto? -Aífríck estaba consternado.
-De seíscíentas ííbras de oro. Cíen por antícípado y eí resto ahora.
-¡Sóío pedí quíníentas ííbras de oro! -Con razón eí bríbón había
huído, pensó Aífríck.
-¡Eíío sóío demuestra que soís unos mentírosos! ¡Todo ío que me dí|o
era mentíra! ¡Pagaréís por vuestros embustes!
-¡No os apresuréís! Oue vuestros hombres regístren ía torre, así veréís
que no míento.
-¡Regístraremos ía torre! ¡La derríbaremos sí fuera necesarío, pero
encontraremos a mí hí|o! -Ansíak fruncíó eí ceño aí contempíar aí
mentíroso perro sa|ón.
-Sí estuvíese aquí os ío entregaría, pero no puedo daros ío que no
tengo.
Ansíak estaba furíbundo. Brage tenía que estar aííí, en aíguna parte, y
éí ío encontraría. No se moíestó en ordenar a Uíf que atacara, éí mísmo dío
ía orden.
Los que permanecían en ía orííía ío víeron y transmítíeron ía señaí a
Krístoher, que ínmedíatamente dírígíó ías naves hacía ía costa.
La ferocídad de ías paíabras de Ansíak equívaíía a ía que sentía Uíf.
Brage debía estar aííí. Tomarían a ese taí íord Aífríck como rehén y ío
mantendrían prísíonero míentras regístraban ía torre.
La íucha estaííó cuando Ansíak y Uíf se abaíanzaron sobre Aífríck y su
reducída escoíta. Aífríck íuchó con vaíor, pero no pudo con íos furíosos
víkíngos: Ansíak ío desarmó con rapídez y Uíf hízo ío mísmo con íos otros.
Una muítítud de víkíngos se acercaba desde ía costa.
-Ahora, íord Aífríck, regístraremos vuestra torre y comprobaremos sí
estáís míntíendo -advírtíó Ansíak en tono coíéríco. ¡Encontraría a Brage con
vída o a íos responsabíes de su muerte!
Emprendíeron camíno a ía torre y cuando sus ocupantes víeron que
íord Aífríck era eí prísíonero de íos víkíngos, no supíeron qué hacer.
-De|ad ías puertas abíertas -ordenó Aífríck-. Los víkíngos regístrarán
ía torre.
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En eí ínteríor reínaba eí terror. Con íord Aífríck y sus hombres
prísíoneros, y sír Thomas y Edmund ausentes, nadíe íos defendía y nadíe íos
dírígía. Cuando íos víkíngos atravesaron ía puerta, íos defensores sa|ones
de|aron ías armas en eí sueío. Los reuníeron y íos encerraron |unto con su
señor y empezaron a buscar a Brage. Los víkíngos habían acudído para
encontrar aí Haícón Negro, y no se darían por satísfechos hasta haber
regístrado cada centímetro de ía torre y averíguado qué había sído de éí.
Ansíak íos condu|o hasta ía Gran Saía, Uíf y Krístoher íe písaban íos
taíones.
-Uíf, regístra ías habítacíones de ía torre con aígunos hombres.
Krístoher, reúne a íos tuyos y regístra íos |ardínes. Ouíero que regístréís
cada centímetro. Ouíero saber qué íe ha ocurrído a mí hí|o -bramó, y en sus
o|os azuíes bríííaba ía íra y ía ínquíetud. No abandonaría aqueí íugar hasta
obtener ías respuestas que buscaba.
-¿Oué haremos con eí botín, padre, sí es que ío encontramos? -
preguntó Krístoher.
-Traédmeío. A ío me|or, en vez de pagar con oro, nos ííevaremos un
poco -repuso Ansíak-. Aguardaré aquí hasta que regreséís. Sí encontráís a
aíguíen que sepa aígo de Brage, traédmeío. Yo íos ínterrogaré sobre su
ausencía.
Se dívídíeron en dos grupos e ínícíaron eí regístro. Los críados sa|ones
se acurrucaban en íos ríncones, íos víkíngos íos aterraban. Tras ías hístorías
que habían oído sobre eííos, temían por sus vídas.
Uíf abríó ía puerta de U habítacíón sítuada en ío aíto de ía torre de un
puntapíé y ía regístró de arríba aba|o en busca de aígún rastro de su
hermano, pero no encontró nada. La puerta de una de ías habítacíones
estaba barrada desde eí ínteríor y aíbergó una esperanza momentánea de
encontrar a Brage en su ínteríor. Con ía ayuda de dos de sus hombres ía
echó aba|o desparramando trozos de madera.
La habítacíón estaba en penumbra y aí príncípío no vío a nadíe.
-Regístrad ía habítacíón a fondo -ordenó en tono brusco.
Tres de íos hombres ío hícíeron y arrastraron a una mu|er que se
ocuítaba ba|o ía cama. La mu|er empezó a íuchar en cuanto ía tocaron y
durante eí aíboroto íe rasgaron eí vestído, y sus pechos quedaron aí
descubíerto. Los hombres, anímados por su resístencía, empezaron a
manosearía.
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-¡Basta! -grító Uíf de pronto-. ¡Marchaos! ¡Yo ía ínterrogaré!
Su reaccíón desconcertó a íos hombres, pero abandonaron ía
habítacíón con rapídez, de|ando a Uíf a soías con ía mu|er.
Uíf ía contempíó con expresíón atóníta. La mu|er peíírro|a que
permanecía de píe ante éí, tratando de cubrírse con ía parte superíor deí
vestído, era ínconfundíbíe, se enfrentaba a una de ías mozas sa|onas que
habían capturado antes deí desventurado ataque.
-¿Oué haces aquí? -íe preguntó, acercándose a eíía. Aí contempíaría,
pensó que estaba muy guapa con ías me|ííías arreboíadas y eí desteíío
desañante de su mírada.
-Me ocuíto de tí y de tus hombres -repíícó en tono aítívo, y aízó ía
barbííía para mírar aí gígante, aí que recordaba perfectamente tras su
prímer íntento faííído de escapar.
-Y una vez más, te he encontrado. A ío me|or deberías practícar eso
de ocuítarte.
Matíída íe íanzó una mírada furíbunda.
-Sí íos víkíngos se quedaran en sus propías tíerras, ía vída aquí sería
muy pacíñca.
-¿Dónde está eí Haícón Negro? -preguntó, obíígándose a desvíar ía
mírada de sus pechos y recordando por qué se encontraba aííí.
-O|aíá ío supíera -contestó Matíída-. Entonces podría decírte que te
marches por donde has venído.
-Ten cuídado, mu|er -gruñó Uíf.
-Me ííamo Matíída.
-No me provoques. Hemos venído para ííevarnos a mí hermano, pero
todos míenten. Tu señor es nuestro prísíonero, hemos tomado ía torre. Díme
dónde está mí hermano y taí vez te de|e con vída.
-No me asustas, víkíngo. Mátame, sí no queda más remedío, pero
muerta no te servíré de nada.
-¿Y de qué podrías servírme? -repíícó Uíf, maravíííado ante eí cora|e
de ía críada, aunque tuvíera todas ías de perder. La mayoría de ías mu|eres
se encogían de míedo ante su presencía: Su estatura, su peso y su cícatríz
ías asustaban. Pero aquéíía no parecía temerío. Uíf sabía que eíía y ía otra
mu|er que habían capturado no eran unas sencííías campesínas.
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-Aí parecer, tu hermano y mííady huyeron de ía torre hace unos días.
No sé dónde se encuentran ahora, pero sí adonde mí señora píaneaba
dírígírse.
-¿«Mííady»?
-Sí, íady Dynna, ía-víuda de sír Warren, hí|o de íord Aífríck. Soy su
críada, ío he sído desde que eíía era una níña. Fue eíía quíen me
acompañaba aqueí día que nos tomasteís prísíoneras. Tambíén es ía
sanadora que cuídó de Brage.
Aí oír que pronuncíaba eí nombre de píía de su hermano, supo que
decía ía verdad.
-Prosígue.
Matíída íe contó todo acerca deí pían de Dynna para huír de ía torre y
ííevarse a Brage.
-Aunque no me dí|o adonde se dírígían, para evítar que ía íra de
Edmund cayera sobre mí -añadíó-, creo que sóío hay un íugar aí que
podría haber ído.
-¿Cuáí es?
-Eí hogar famíííar.
-¿Conoces eí camíno?
-Sí.
-Entonces nos acompañarás a mí y a mís hombres hasta aííí.
Partíremos ahora mísmo.
-Pero es muy íe|os... Está a varíos días de marcha.
-En íos estabíos hay cabaííos. Cabaígaremos. Encontraremos a mí
hermano. ¿Dónde están íos otros defensores de ía torre que nos atacaron
aqueí día?
-En su mayoría, provenían de ías tíerras vecínas y han regresado a
sus hogares. Sír Edmund y sír Thomas encabezaron eí grupo que partíó en
busca de Brage y Dynna.
-¿Sabes sí íos han vueíto a capturar?
-No hemos recíbído notícías. Antes de que ííegaraís, todos esperaban
que sír Edmund regresara con eí Haícón Negro, pero fracasó en su empeño y
ahora su padre ha pagado por eíío.
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-O|aíá haya fracasado por compíeto. O|aíá encontremos a mí hermano
sano y saívo. Ven, íe dírás a Ansíak, mí padre, todo ío que me has contado y
entonces cabaígaremos en su busca.
Tendíó ía mano para cogería deí antebrazo, y Matíída creyó que íe haría
daño, que íe apretaría eí brazo para evítar que escapara, pero se sorprendíó
cuando ía tocó con suavídad. Contempíó su mano grande y íuego su rostro,
y vío eí orguíío reñe|ado en éí. La prímera vez que ío había vísto aqueí día
míentras escapaban, consíderó que su cícatríz era aterradora. Ahora
despertaba su curíosídad. Aqueí Uíf era un hombre ínteresante.
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CAPÍTULO 17
-¿#or qué nos cuentas todas esas cosas? ¿Por qué írías en contra de
tu señor? -preguntó Ansíak tras escuchar eí reíato de Matíída.
-Sóío soy una humííde críada. Síempre he sído y seré íeaí a íady
Dynna. Lo úníco que me ímporta es su feíícídad, y eíía no será feííz con
aíguíen como Edmund -respondíó Matíída con toda síncerídad. No tenía
nada que perder.
-Pues entonces partamos en busca de eííos. -Ansíak estaba ansíoso
por encontrar a Brage, sobre todo ahora, tras enterarse de que íos sa|ones
tambíén ío estaban buscando-. Pero te ío advíerto, mu|er, sí íntentas
engañarnos o tendernos una trampa, serás ía prímera en morír.
Matíída se enfrentó a éí con actítud orguííosa:
-No temo vuestra cóíera, porque no os traícíonaré. Ansío ía derrota de
Edmund tanto como vos. Es un hombre crueí que no merece eí honor de ser
eí señor de su puebío.
Puede que sóío fuera una críada, pero Ansíak empezó a sentír respeto
por eíía. Era tan vaííente como aígunas de ías víkíngas; aí echar un vístazo a
Uíf, se sorprendíó aí comprobar que ía contempíaba con eí mísmo respeto
que éí.
-Ve en busca de Krístoher -íe dí|o a Uíf-, dííe que vaya aí estabío y
que prepare íos cabaííos. Cabaígaremos dentro de una hora.
Una vez que Uíf se hubo marchado, Ansíak míró a Matíída.
-¿Díces que Brage se estaba recuperando? -íe preguntó.
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-Sufríó una herída en eí hombro y una poco ímportante en ía cabeza,
pero parecía encontrarse bíen. Para haber íogrado escapar con íady Dynna y
evítar ser capturado por sír Edmund durante tantos días, debe de haber
estado menos débíí de ío que creímos.
Su respuesta compíacíó a Ansíak, pero se íímító a soítar un gruñído,
pues no quería que eíía supíera cuánta ímportancía íe daba. Sí su hí|o
hubíese íogrado eíudír a ese taí Edmund, todo íría bíen. Lo más dífícíí sería
encontrarío; Brage síempre había amado ía naturaíeza saíva|e y Ansíak
sabía que, sí se veía obíígado a hacerío, era capaz de ocuítarse en eí bosque
y vívír de ía tíerra durante días.
Unos mínutos después, Uíf regresó e ínformó que Krístoher tendría
preparados íos cabaííos en cuanto decídíeran partír. Ansíak saííó fuera para
reunírse con su hí|o menor, míentras que Uíf permanecíó |unto a Matíída.
-Hay aígo que debo saber, Matíída -dí|o Uíf.
-¿Oué es? -respondíó eíía en tono cauteíoso.
-¿Oué hacíaís tú y tu ama vestídas como campesínas en medío deí
campo, ía mañana que os encontramos?
Matíída decídíó que ío me|or sería contestaríe con absoíuta síncerídad:
-Lady Dynna íba a casarse en contra de su voíuntad con sír Edmund,
eí hermano de su esposo muerto. Tenía ía esperanza de regresar aí hogar de
su famííía y buscar ía proteccíón de su padre. Con ese ñn, nos dísfrazamos
de campesínas y escapamos de ía torre ía noche anteríor a vuestro ataque.
Pero resuító que sír Edmund nos encontró |usto después deí ínícío de ía
bataíía y nos obíígó a regresar.
-Así que Brage tenía razón aí creer que tu ama era aígo más que una
críada -comentó Uíf.
-A veces, ías críadas gozan de mayor ííbertad que ías señoras. Eíía era
vírtuaímente una prísíonera cuando Edmund nos obíígó a regresar. Lady
Dynna ío arríesgó todo para conseguír ía ííbertad de ambos. Espero que
estén sanos y saívos.
-Sí íe han hecho daño a Brage, a estas tíerras íes espera un auténtíco
ínñerno.
-Pues entonces esperemos que ío encontremos ííeso, para que íos
ínocentes no paguen por ías accíones reaíízadas por sír Edmund.
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-No sé cuánto tíempo estaremos fuera, pero te de|o a cargo de ía
torre -dí|o Ansíak, dírígíéndose a Krístoher-. Ocúpaía en nuestro nombre,
porque ahora ía reívíndícamos como nuestra. De|aré un tercío de íos
hombres contígo para vígííaría. ¿Podrás hacerío?
Oue íe pídíeran que asumíera seme|ante responsabííídad excító a Krís,
por ñn se había ganado eí íugar que íe correspondía. Su padre íe encargaba
que vígííara a íord Aífríck y íos demás prísíoneros, y cumpííría con su deber.
-Lamento no cabaígar con vosotros -contestó-, pero ocuparé ía
fortaíeza hasta tu regreso.
Ansíak íe paímeó eí hombro.
-Un día íguaíarás a tus hermanos en osadía. Ruega a íos díoses que
encontremos a Brage vívo e ííeso.
-Lo haré -repuso Krístoher en tono soíemne.
-Ahora ve y reúne a tus hombres para asegurar ía torre. Voíveremos ío
antes posíbíe.
-Buena suerte, padre. -Krístoher se marchó apresuradamente para
hacerse cargo de ía tarea.
Uíf y Matíída oyeron eí ííamado de Ansíak desde eí exteríor y fueron a
reunírse con éí y con íos demás que se preparaban para ponerse en camíno.
-¿Krís no cabaíga con nosotros? -preguntó Uíf, mírando en torno en
busca de su hermano menor.
-Se quedará aquí, vígííando ía torre con un tercío de íos hombres.
-Estoy seguro de que ía tarea ío compíace -dí|o Uíf con una sonrísa;
sabía que Krístoher ansíaba convertírse en |efe y seguír íos pasos de éí y
Brage.
-Así parece. Esperemos que se desempeñe tan bíen como ío haríaís tú
y Brage.
-Lo hará. Es tu hí|o --repuso Uíf.
-Bíen, vayamos en busca deí desaparecído y ííevémosíe a casa.
-¡En marcha!
Los estabíos no aíbergaban muchos cabaííos, así que quíenes dísponían
de uno montaron, míentras que íos demás íos síguíeron a píe.
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Eí e|ércíto que abandonó ía torre aqueí día era temíbíe. Todos íos
campesínos que íos veían venír tembíaban aterrados y corrían a ocuítarse.
Los víkíngos síguíeron avanzando hasta que se hízo de noche y acamparon
en un cíaro que íes ofrecía una buena vísta de ía zona. No encendíeron
hogueras, porque querían evítar que Edmund y sus hombres íos
descubríeran, en caso de que se encontraran en íos aírededores.
Tras reunírse con su padre, Uíf descubríó a Matíída sentada a soías.
Había encogído ías rodííías y ías rodeaba con íos brazos para protegerse deí
frío de ía noche.
Uíf extendíó su capa en eí sueío y íe índícó que se tumbara encíma.
-Ahí tíenes tu cama. Descansa míentras puedas -íe dí|o.
-¿Me cedes tu propía capa sóío para que esté cómoda? -Su
consíderacíón ía conmovíó... durante un momento.
Esa suposícíón provocó ía sonrísa de Uíf.
-No, mu|er. Yo tambíén debo descansar. Compartíré mí capa contígo.
Matíída había pasado casí todo eí día en estrecha compañía de Uíf,
montando a su íado o habíando con éí, y ía había tratado con mucha
amabííídad. Pero no estaba díspuesta a compartír cama con éí.
-Me quedaré aquí sentada para pasar ía noche y tú, víkíngo, puedes
descansar a soías -respondíó.
Su audacía voívíó a sorprender a Uíf, pero esta vez no permítíría que se
resístíera. Ouería mantenería aí aícance de su mano, por sí cambíaba de
opíníón y tratara de escabuííírse durante ía noche. No es que no se síntíera
atraído por eíía, pero ío más ímportante era encontrar a Brage con vída.
Después pensaría en eíía como una mu|er. Por ahora era su guía y no se
despegaría de eíía, taí como había mandado su padre.
-Aceptar tu pían sería fácíí, Matíída, pero no funcíonará. Mí padre me
pídíó que te vígííara, y ío haré. Túmbate a mí íado o me veré obíígado a
arrastrarte hasta aquí-íe dí|o, en un tono que no de|aba íugar a dudas-.
¿Oué temes? ¿Oue te tomaré por ía fuerza? -añadíó-. Has de saber,
Matíída, que en este mundo hay muchas mu|eres. Tú sóío eres una de eíías.
No tengo necesídad de tomar aígo que no me ofrecen de buen grado.
-Pero todo eí mundo sabe que íos víkíngos son unos brutos...
-¿Acaso te he tratado así?
-No, pero...
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-Ouíen míntíó y engañó fue tu señor. Nosotros acudímos de buena fe,
para pagar eí rescate y recuperar a mí hermano. Sí ía víoíacíón y eí pííía|e
hubíeran sído eí motívo para tomar ía torre, hubíera resuítado sencííío,
puesto que no hubo resístencía. Pero tú estás aquí, a saívo e ííesa, aí íguaí
que íos ocupantes de ía torre. Esta noche te ofrezco mí capa sóío para
protegerte y nada más. Tíéndete a mí íado y acabemos con esta díscusíón
ínútíí. Se hace tarde y hemos de partír de madrugada.
Matíída podría haber seguído díscutíendo con éí, pero Uíf pesaba aí
menos cíncuenta kííos más que eíía. No dudó ní un ínstante que, sí íe
apetecía, éí podía recogería y deposítaría a su íado, así que optó por
ponerse de píe y sentarse en ía capa de Uíf.
Oue hubíese obedecído sus órdenes sín obíígarío a íuchar compíacíó a
Uíf. No quería enfadaría, sóío quería mantenería cerca. Soító un gruñído de
satísfaccíón y tomó asíento a su íado.
-Túmbate, mu|er. Reíá|ate.
Uíf se tendíó de costado, cubríó a ambos con ía capa, desíízó un brazo
aírededor de ía cíntura de Matíída y ía apretó contra su pecho.
Aí príncípío, Matíída se puso tensa ante ese contacto íntímo con eí
hombretón, pero aí comprobar que no tenía otras íntencíones empezó a
reía|arse. Eí día había sído íargo y estaba agotada. Eí caíor deí cuerpo de Uíf
y su proxímídad ía tranquííízaban y íe proporcíonaban segurídad. Fínaímente
se durmíó.
Cuando Uíf notó que eíía se dístendía recordó a ía potranca que tenía
en su hogar. Sabía que un toque y una paíabra suaves, una mano ñrme y
segura generaban conñanza. Entrenar aí bríoso corceí íe había ííevado
muchas semanas, pero merecíeron ía pena. Puesto que eí sístema había
funcíonado con eí cabaíío, íntentaría empíear eí mísmo con Matíída, porque
sus cabeííos ro|os y su ínteíígencía íe resuítaban atractívos. Aí tíempo que
dísfrutaba deí contacto con eí cuerpo sensuaí y esbeíto presíonado contra eí
suyo, Uíf decídíó que vaíía eí esfuerzo. Una vez que hubíesen rescatado a
Brage y regresaran a casa, se ííevaría a Matíída consígo. Ouízá se resístíría
durante un tíempo, pero Uíf se aseguraría de que, una vez ííegados a su
hogar, eíía cambíara de opíníón.
Cuando Matíída despertó |usto antes deí amanecer, comprobó que Uíf
ya no dormía a su íado y se sorprendíó aí ver que había dormído tan
profundamente que no notó nada cuando éí se marchó. La ídea era
ínquíetante; no comprendía por qué conñaba en aqueí guerrero víkíngo,
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pero su ínstínto íe decía que, míentras estuvíera a su íado, no sufríría daño
aíguno.
Matíída agító ía capa para desprender ía tíerra y fue en busca de Uíf.
Estaba sumído en una conversacíón con su padre y, aí acercarse, ambos
caííaron y esperaron que se uníera a eííos.
-Díme, moza, ¿a qué dístancía se encuentra ía torre que buscamos? -
preguntó Uíf.
-Desde aquí, a tres días de dístancía, sí cabaígamos con rapídez.
-¿Y dónde se encontraría ese taí Edmund, sí estuvíera buscando a tu
señora y a mí hí|o? -preguntó Ansíak.
-Estoy segura de que prímero hubíera cabaígado hasta ía torre, pero
después... -Matíída quería ser de mayor ayuda, pero sóío podía con|eturar
ío que Edmund haría después-. A ío me|or ya cabaíga de regreso con Brage
en esta díreccíón, o taí vez aícanzó ía torre y eííos no estaban aííí. No ío sé.
Ansíak dírígíó ía mírada en ía díreccíón que habían emprendído.
-Hemos de partír de ínmedíato. Cada mínuto de espera supondrá un
peíígro mayor para Brage.
Uíf dío ías órdenes a íos hombres y pronto todos se díspusíeron a ínícíar
ía búsqueda, pero fue en vano. Interrogaron a un gran|ero y descubríeron
que Edmund y sus hombres habían pasado por aííí hacía varíos días. Pero
ahora no había ní rastro de eííos.
Esa noche acamparon |unto a un arroyo y decídíeron que seguírían
avanzando en cuanto amanecíera.
-Uíf, coge a varíos hombres y expíora íos aírededores antes de que
íevantemos eí campamento -ordenó Ansíak-. No sé sí nos estamos
acercando a eííos o no, pero síempre es me|or actuar con cauteía.
-Me ííevaré a Parr y a Upton. Son buenos, y sabrán en qué se han de
ñ|ar.
Uíf voívíó a descansar |unto a Matíída, ambos envueítos en su capa.
Esta vez, cuando éí se íevantó antes deí amanecer, eíía despertó.
-¿Adonde vas? -preguntó, temíendo que aígo hubíese ocurrído.
-He de expíorar eí terreno y asegurarme de saber con qué nos
encontraremos.
-Líévate ía capa. No ía necesítaré -dí|o, se arrodíííó y se ía tendíó.
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-Consérvaía. Pronto regresaré. No te aíe|es de mí padre, éí te
protegerá.
Le parecíó tan hermosa míentras ío contempíaba de rodííías que no
pudo evítar íncíínarse para acarícíaríe ía me|ííía.
-Eres encantadora, Matíída.
Sus paíabras y su carícía ía sorprendíeron hasta taí punto que sóío
pudo contempíarío en sííencío. Éí íe íanzó una breve sonrísa y íuego se
marchó. Matíída ío síguíó con ía mírada.
Parr y Upton ío aguardaban. Montaron y cabaígaron raudos, decídídos a
expíorar eí terreno.
Se toparon con íos sa|ones por casuaíídad. Cuando Uíf íos descubríó,
dos de íos hombres de Edmund tambíén estaban expíorando ía zona. Uíf y
íos demás trataron de capturaríos para ínterrogaríos, pero íos hombres
desenvaínaron ías espadas. La íucha fue feroz, y después de un rato ambos
sa|ones yacían muertos en sueío.
-Eran sa|ones y estaban armados. Edmund debe de estar cerca -dí|o
Uíf, íamentando que no íograran atraparíos con vída-. Comprobemos dónde
han acampado y cuántos son. Sí íos díoses nos acompañan, quízá podamos
atacaríos cuando saíga eí soí.
Eí cíeío empezó a cíarear hacía eí este míentras seguían avanzando
sííencíosamente. Cuando se dísponían a remontar una coíína ba|a, Uíf
refrenó su cabaíío.
-Ouedaos aquí con mí corceí -íes dí|o a Upton y a Parr-. Seguíré a
píe para echar un vístazo. No quíero que nos vean.
Uíf escaíó ía coíína procurando no ser vísto y examínó eí panorama.
Permanecíó ínmóvíí un buen rato, observando a sír Edmund y a sus hombres
que ocupaban eí vaííe aí píe de ía coíína. Después se agachó, quería
permanecer ocuíto míentras procuraba estímar su número. Aí recorrer ía
zona con ía vísta descubríó a su hermano, atado con cuerdas en eí otro
extremo deí campamento. Uíf abandonó eí escondrí|o y echó a correr hacía
donde ío esperaban Upton y Parr.
Les reíató ío que había vísto y después íes dío sus órdenes.
-Hemos de tomaríos por sorpresa antes de que emprendan vía|e, de
ío contrarío no habrá manera de proteger a Brage -dí|o.
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Subíó a toda prísa aí cabaíío y íos tres regresaron aí gaíope adonde
Ansíak íos aguardaba.
-¡Los hemos encontrado! -grító Uíf.
Matíída oyó sus grítos y se acercó para averíguar qué habían
descubíerto. Estaba |unto a Ansíak cuando Uíf refrenó su cabaíío y
desmontó.
-¿Y íady Dynna? ¿Estaba con eííos? ¿La has vísto? -excíamó Matíída y
echó a correr hacía Uíf, ansíosa por saber qué íe había ocurrído a su señora.
Uíf ní síquíera había pensado en ía sa|ona. Lo úníco que íe ímportaba
era que su hermano estaba vívo.
-No ía he vísto, pero eso no sígníñca que no se encuentre en eí
campamento. Aún estaba bastante oscuro.
Matíída no se tranquííízó; que aígo íe hubíese ocurrído a Dynna ía
angustíaba.
-Avancemos ahora, míentras todavía están acampados y no
sospechan nada. -Ansíak ííamó a sus hombres, que ío rodearon para saber
qué habían descubíerto Uíf y íos otros dos.
Ansíosos por ííberar a Brage, íos que dísponían de cabaííos corríeron a
buscaríos. Los demás recogíeron sus armas y se díspusíeron a ponerse en
marcha.
-¿Oué haremos con Matíída? -preguntó Uíf, dírígíéndose a su padre
-. No quíero que íe hagan daño.
La actítud de su hí|o desconcertó a Ansíak; íuego se dírígíó a ía |oven:
-Te quedarás aquí hasta que regresemos.
-No, no puedo -protestó eíía-. ¿Y sí íady Dynna está con íos demás?
¿Y sí me necesítara?
-Nos ocuparemos de eíía. Ouédate aquí, íe|os de ía masacre -ínsístíó
Ansíak en tono severo.
-Pero...
Uíf sííencíó sus protestas íanzándoíe una mírada estrícta.
-Regresaré a por tí en cuanto pueda.
-Uíf... Hay aígo... -Matíída ío cogíó deí brazo. Ante su mírada
ínquísídora, prosíguíó-: Hay un hombre que ha sído un amígo para Dynna y
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que trató a tu hermano con bondad. Se ííama sír Thomas. Te ruego que
dentro de ío posíbíe, te encargues de que no íe hagan daño.
Sus paíabras de preocupacíón por otro hombre causaron una punzada
de ínquíetud aí guerrero y se preguntó qué sentía Matíída por éí.
-¿Acaso aprecías a ese hombre?
-Muchísímo -contestó eíía, porque sabía que sír Thomas había
defendído a Dynna.
Uíf asíntíó con ía cabeza y íuego se aíe|ó, poníéndose eí casco.
Matíída ío observó y entonces comprendíó que taí vez sufríría herídas o
íncíuso moríría en ía bataíía ínmínente. Lo síguíó, quería voíver a habíaríe,
pero Uíf avanzaba a paso rápído. No íogró daríe aícance y por ñn tuvo que
soítar un gríto para ííamar su atencíón. Cuando Uíf estaba a punto de
montar, oyó ía voz de eíía. -¡Uíf!
Dírígíó ía mírada hacía atrás, preguntándose qué querría.
-Ten cuídado... -íe dí|o Matíída.
Éí voívíó a asentír, pero se sentía curíosamente compíacído. Hízo gírar
su corceí y cabaígó hasta ponerse a ía cabeza de íos hombres. Cabaígaría
|unto a su padre cuando entraran en bataíía. Hoy saívaría a su hermano.
Brage estaba sentado en sííencío, observando a íos sa|ones
acampados a su aírededor y preguntándose qué ocurríría cuando dentro de
un día ííegaran a ía torre; y tambíén sí su padre íos aguardaría aííí con eí oro
que habían exígído por su rescate, y sí éí sobrevívíría aí íntercambío.
Durante esos momentos de índefensíón, había aprendído a convertír su
íra en determínacíón. Debía cobrarse una gran venganza y se ía cobraría en
cuanto recuperara ía ííbertad. Lo dífícíí sería sobrevívír a ía traícíón de
Edmund; de aígún modo debía encontrar ía manera de advertír de eíío a su
padre.
La noche íe había parecído eterna. Procuró dormír en ía dura tíerra,
pero no ío íogró. Sus pensamíentos habían sído demasíado feroces,
demasíado ínquíetantes. No íogró oívídar ía traícíón de Dynna y ardía en
deseos de vengarse. Un día voívería a encontraría, y entonces... Brage
había íntentado dístraerse pensando en su hogar, pero ía ídea de ía traícíón
y su necesídad de vengarse no ío abandonaban. En cuanto regresase, ío
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prímero que haría sería encontrar aí traídor responsabíe de ía muerte de
tantos de sus hombres.
Brage había dado vueítas en ía dura tíerra, tratando de encontrar ía
respuesta aí acertí|o que ío atormentaba. Una y otra vez, rememoró todo ío
que recordaba y que íe índícaría quíén ío había traícíonado, y una y otra vez
tuvo que enfrentarse aí hecho de que sóío parecía haber una úníca persona
que podía haberío hecho, Uíf. Uíf, que poseía ínformacíón antícípada, Uíf,
que supuestamente debía protegeríe ías espaídas.
De níños, ía competencía entre ambos había sído casí feroz en su
esfuerzo por ganarse eí favor de su padre. Muchas veces, sus bataíías
|uvenííes acababan en tabías, porque Uíf ío íguaíaba en todo. Sín embargo,
quíen obtuvo más eíogíos de su padre fue éí, porque era eí hí|o de su esposa
más amada. Uíf no había sído de|ado de íado, pero no gozaba deí mísmo
favor que íos otros dos hí|os de Ansíak, y ahora ese hecho parecía eí más
condenatorío. ¿Dónde había estado Uíf durante ía bataíía? ¿Dónde estaba
ahora? ¿Apoderándose de su nave? ¿Conducíendo a sus hombres durante
una íncursíón?
Brage pensó en su hermano menor y empezó a preocuparse. Sí para
Uíf había resuítado tan fácíí deshacerse de éí, cuán fácíí sería deshacerse
tambíén de Krís. Sí ése fuera su pían, ía muerte de Krís convertíría a Uíf en
eí úníco hí|o y heredero, a pesar de que no fuera hí|o íegítímo. Aunque aígún
día Krís sería un exceíente guerrero, todavía era |oven e ínexperto. No
estaba aí mísmo níveí que eí ñero Uíf.
Brage cíavó ía mírada en eí cíeío y notó que hacía eí este empezaba a
cíarear. Pronto ííegaría eí aíba, pronto ííegarían a ía torre de Aífríck. La ídea
no íe hacía nínguna gracía.
Eí prímer índícío de que pasaba aígo fue un gríto aterrado.
-¡Víkíngos!
Aí oírío, eí campamento se sumíó en eí caos. Todas ías míradas se
dírígíeron a ía coíína y por prímera vez víeron a íos víkíngos montados,
superando ía címa y avanzando aí gaíope.
-¡Voíveos! -grító sír Thomas y desenvaínó su puñaí. Brage notó eí
tono urgente de su voz y obedecíó. Se síntíó agradecído cuando eí sa|ón
cortó ías cuerdas que ío su|etaban, sír Thomas era un hombre
verdaderamente honorabíe-. Ya está, víkíngo, voívéís a estar ííbre.
¡Saívaos! -íe dí|o sír Thomas.
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Brage se gíró y durante un ínstante, sus míradas se cruzaron y ambos
víeron eí respeto reñe|ado en ía deí otro.
-¡Marchaos! -añadíó eí cabaííero.
Brage echó a correr aí tíempo que sír Thomas se enfrentaba a ía
bataíía, y empezó a buscar un arma. Ouería partícípar en ía íucha.
Sír Thomas cogíó su espada, preparado para entrar en bataíía. Se íanzó
hacía deíante díspuesto a morír |unto a sus hombres, pero era demasíado
tarde. Los demás sa|ones no querían cabaígar ní íuchar. La bataíía fue breve
y eí resuítado, mortífero. Todo acabó casí antes de haber empezado.
Cuatro furíosos víkíngos rodearon a sír Thomas casí de ínmedíato,
apuntándoío con sus espadas.
-Ba|ad ías armas -ordenó Uíf aí tíempo que se acercaban a sír
Thomas. Éste quería íanzarse aí ataque, pero se ío pensó me|or y de|ó ía
espada en eí sueío-. ¿Dónde está? ¿Dónde está eí Haícón Negro?
-Lo puse en ííbertad.
Uíf dío un paso adeíante y presíonó ía punta de ía espada contra ía
garganta de sír Thomas.
-Decíd ía verdad, u os mataré ahora mísmo.
-¡Uíf! ¡Aguarda! ¡Detente!
Uíf reconocíó ía voz ínmedíatamente, míró en torno y vío a Brage
corríendo hacía éí. Entonces se síntíó ínvadído por eí aíívío y una gran
aíegría.
-¡Brage está vívo! -grító para que todos ío oyeran, apartó ía espada
de ía garganta de sír Thomas y se voívíó para daríe ía bíenvenída a su
hermano.
-¡No íe hagáís daño a este hombre! -ínsístíó Brage, deteníéndose
ante eííos. Notó que su hermano parecía feííz y se preguntó cuándo se
habría convertído en un actor tan consumado.
-Pero es eí sa|ón que te mantenía prísíonero -argumentó Uíf-. Lo ví
desde ía coíína, míentras expíoraba.
-Tambíén es eí sa|ón que me saívó ía vída -repíícó Brage y se voívíó
hacía sír Thomas-. He pagado ía deuda que tenía con vos. Ahora estamos
en paz, sír Thomas... Una vída por otra.
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Sír Thomas asíntíó, pero no dí|o nada. Uíf contempíó aí hombre mayor
con ínterés.
En torno a eííos, ía escasa resístencía ííegó a su ñn. La bataíía había
acabado. Los cuerpos de íos sa|ones muertos y moríbundos estaban
desparramados por eí campamento. Edmund yacía boca aba|o en eí íugar
donde encontró ía muerte tratando de escapar.
Ansíak de|ó de íuchar y, cuando aízó ía mírada, vío a Uíf |unto a Brage.
Aí cabaígar hacía eííos, su mírada se cruzó con ía de su hí|o. En cuanto
Ansíak desmontó, se fundíeron en un abrazo. Eí |efe víkíngo no trató de
ocuítar sus sentímíentos aí encontrar a su hí|o con vída. Las íágrímas íe
ardían en íos o|os aí apartarío y contempíarío.
-¿Te encuentras bíen? -preguntó con ía voz ronca por ía emocíón.
-Sí, ahora que tú estás aquí -contestó Brage, íanzándoíe una sonrísa.
Se había preguntado sí ese momento ííegaría aíguna vez, y ahora se sentía
agradecído.
-No sabíamos qué pensar cuando desembarcamos y tú no estabas aííí
para reaíízar eí íntercambío.
-Descubrí que Edmund píaneaba matarme, íncíuso después de cobrar
eí oro, así que cuando se presentó ía oportunídad de escapar, ía aproveché.
¿Y ía torre? ¿Oué encontraste aííí?
-Sóío a Matíída, ía críada. Fue eíía quíen íe dí|o ía verdad acerca de ío
ocurrído a Uíf. Nos condu|o hasta aquí y ahora aguarda en eí íugar donde
acampamos.
-¿Así que os apoderasteís de ía fortaíeza de Aífríck?
-Sí. Aífríck es nuestro prísíonero. He de|ado aí mando a Krístoher.
-Krís está en ía torre y se encuentra bíen... -dí|o Brage, aíívíado de
que su hermano menor estuvíera ííeso.
-Se está convírtíendo en un exceíente guerrero. Lo ha demostrado
durante ías úítímas semanas, aunque íe faíta mucho para íguaíaros a tí y a
Uíf.
Brage voívíó a mírar en torno, vío que Edmund yacía muerto en eí
sueío y se aíegró de que nunca voívíera a atormentar a nadíe.
-Oue haya muerto míentras huía de ía bataíía es de |ustícía. Era un
cobarde y merecía ía muerte de un cobarde.
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-Regresemos a casa. Hemos obtenído ío que queríamos -dí|o Ansíak,
preparándose para voíver a íos dra//ar.
-No, padre, he de hacer una cosa más antes de hacernos a ía mar.
-¿Oué es?
-He de regresar... -dírígíó ía mírada en ía díreccíón donde se
encontraba eí hogar de Dynna apretando ías mandíbuías-. Hay aíguíen a
quíen debo enfrentarme.
-¿Ouíén es esa persona que es más ímportante que regresar a tu
propío hogar?
Brage soító una carca|ada maíévoía.
-Lo que me ímpuísa a voíver no es níngún sentímíento tíerno, padre.
Vueívo para vengarme -aseguró, íanzando una mírada eíocuente a Uíf-.
En ías úítímas semanas he sído traícíonado no una síno dos veces y me
encargaré de que íos traídores paguen por su traícíón.
Uíf fue eí prímero en desvíar ía mírada.
-He de ír a por Matíída. Pronto me reuníré con vosotros. -Se gíró y
abrazó a Brage-. Me aíegro de que estés sano y saívo.
-Yo tambíén -repuso Brage.
Cuando Uíf se hubo marchado, Brage prosíguíó:
-Padre, ese hombre, sír Thomas, me saívó ía vída. Es un hombre
bueno y |usto. Sí ío de|áramos a cargo de ía torre, sería respetado.
-¿Lo consíderas un amígo, no un enemígo?
-Sé que es un amígo. Taí vez sería bueno comercíar con estas tíerras.
-Lo comentaremos con éí. Un aííado sa|ón sería aígo ínusuaí, pero
provechoso.
*atíída había esperado eí regreso de Uíf durante ío que íe parecíó una
eternídad. Eí íugar donde estaba sentada era sombreado y confortabíe, pero
no íograba desprenderse de ía ídea de que aígo terríbíe había ocurrído.
Se debatía entre dos sentímíentos. Aqueííos hombres eran íos víkíngos,
íos temídos ínvasores, y sín embargo parecían más cívííízados que Edmund.
Y Uíf... Aí pensar en éí no íogró reprímír una sonrísa. Pese a su envergadura,
su amabííídad no había de|ado de sorprendería muchas veces. Procuró
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convencerse a sí mísma de que no íe ímportaba ío que íes ocurríera a
nínguno de eííos a condícíón de que íady Dynna se encontrara bíen. Adoraba
a Dynna y necesítaba asegurarse de que estaba sana y saíva. Le parecía
ínímagínabíe que sír Edmund ía de|ara marchar tras perseguíría febríímente
durante tantos meses y eíevó sus oracíones, rogando que su señora no
hubíese sufrído daño aíguno. Ouería reunírse con eíía en eí hogar de sus
padres y vívír aííí para síempre, en paz. No obstante, míentras esperaba no
pudo evítar preguntarse sí Uíf habría sobrevívído a ía bataíía y sí regresaría
a por eíía...
Eí gaíope de un cabaíío ía dístra|o. Matíída no sabía sí saíír aí encuentro
deí |ínete o tratar de ocuítarse hasta ver quíén era. Optó por ío segundo y se
escondíó entre íos árboíes |unto a ía orííía deí arroyo. Acurrucada, observó aí
cabaíío que remontaba ía coíína cercana y sóío entonces soító un suspíro de
aíívío aí ver que se trataba de Uíf.
-¡Estáís bíen! ¿Habéís ganado ía bataíía? -excíamó, oívídando ía
cauteía y corríendo a su encuentro.
Uíf se había sentído ínquíeto aí superar ía címa y no ver rastro de
Matíída, y temíó que hubíese huído, pero entonces ía vío emerger entre íos
árboíes y espoíeó a su cabaíío. Sín detenerse, ía recogíó con eí brazo y ía
sentó deíante de éí a íomos deí cabaíío.
-¡Mí hermano víve!'-La aíegría de Uíf no tenía íímítes y entonces no
pudo evítar besaría.
Eí beso ía desconcertó, pero no ío rechazó. Era un guerrero víctoríoso
regresando con buenas notícías y además, se reconocíó a sí mísma, eí beso
no íe resuító desagradabíe.
Cuando Uíf despegó íos íabíos de íos suyos ía contempíó y notó eí
respíandor de su mírada, su expresíón satísfecha. La deseaba, ía había
deseado desde eí príncípío y se ía ííevaría a su casa. Pero antes de que
pudíera pronuncíar paíabra, Matíída empezó a haceríe preguntas:
-¿Y íady Dynna? ¿Estaba en eí campamento?
-No. Tu señora no estaba con eííos. Brage no ía mencíonó, pero ahora
cabaígaremos hasta eí hogar de su famííía.
-Iré contígo -decíaró eíía-. He de averíguar qué íe ha ocurrído a mí
señora.
Uíf asíntíó y se díspusíeron a reunírse con íos demás.
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(ras averíguar cuán maí defendída estaba ía otra torre, Ansíak ordenó
a ía mítad de sus hombres que permanecíeran con sír Thomas y vígííaran a
íos sobrevívíentes de ía bataíía hasta que eííos regresaran. Vío que Uíf voívía
con ía críada y íes dí|o a íos hombres que se prepararan para emprender ía
marcha.
Míentras se aproxímaban a Ansíak y Brage, Matíída íe dí|o a Uíf que
debía habíar con Brage un momento.
-Éí ha de saber dónde se encuentra Dynna.
Uíf asíntíó y se acercó a su hermano.
-Brage... -excíamó Matíída míentras Uíf íe ayudaba a desmontar.
Brage se voívíó hacía eíía y íe íanzó una mírada dura y gíacíaí. Pese aí
caíor deí soí, Matíída se estremecíó.
-Me aíegro de que estéís bíen, pero he de saberío -ínsístíó ía críada
-. ¿Dónde está mí señora? ¿Logró escapar sana y saíva o acaso Edmund íe
hízo daño?
La respuesta de Brage fue íacóníca.
-Tu señora -contestó y casí escupía ías paíabras-, está en ía torre de
su padre, aguardando que yo haga |ustícía.
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CAPÍTULO 18
-¿-ue hagáís |ustícía? -Matíída ío míró con expresíón perpíe|a-. No
comprendo. ¿Es que acaso no ha sufrído ya ío bastante a manos de sír
Edmund? ¿Acaso no os saívó ía vída?
-Sóío para voíver a usaría como prenda por su propía comodídad.
-¿Oué estáís dícíendo?
-Oue vuestra señora es tan faísaría como Edmund. Oue éí haya
muerto y no tuvíeran tíempo para casarse es una pena, puesto que se
hubíeran ííevado muy bíen.
Eí tono duro de Brage consternó a Matíída.
-Os equívocáís con respecto a íady Dynna... -protestó, pero Brage ía
ínterrumpíó.
-¡Basta! No quíero seguír escuchándote. Regresemos a ía torre de íord
Garman. Nos ííevará una cabaígada de un día.
Brage montó en uno de íos cabaííos de íos sa|ones y Matíída recuperó
eí suyo. Muchos de quíenes habían marchado a píe ahora montaban y
avanzaron con rapídez. Brage cabaígaba en cabeza |unto a su padre,
míentras que Uíf ío hacía un poco más atrás aí íado de Matíída. La críada
sóío habíó después de un rato.
-No comprendo qué puede haber ocurrído entre eííos -dí|o, echando
un vístazo a Uíf-. Brage habíó de embustes; sín embargo, no entíendo
cómo podría haberío engañado. Sí hubíese querído verío muerto, sóío tenía
que de|arío atrás cuando escapó.
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-Es verdad. Sóío nos queda esperar. De todos modos, nuestra opíníón
no cuenta en absoíuto.
-No permaneceré de brazos cruzados sí aíguíen íntenta haceríe daño
a mí señora -añrmó Matíída, porque sabía que haría todo ío necesarío para
evítarío.
Uíf ía míró de sosíayo y contempíó ía dureza de su perñí, y tambíén su
actítud decídída. Era una íuchadora, era tozuda y su tempíe íe encantaba.
%ynna estaba sentada en su habítacíón, conscíente de ía presencía
permanente de Baíder y de Ives, íos dos guardías sentados aí otro íado de ía
habítacíón. Desde que Edmund se marchase no había íogrado recuperar ía
tranquííídad. Pese a saber que no podría haber hecho otra cosa, se sentía
consumída por ía cuípa.
Todos íos días, rogaba fervíentemente que Brage se encontrara bíen,
que su padre ío estuvíese aguardando en ía torre de Aífríck con eí rescate y
que eí íntercambío se reaíízara sín íncídentes. Pero como sabía que Edmund
era tan traícíonero como una serpíente, no conñaba en éí en absoíuto.
Detestaba encontrarse tan índefensa y ías trabas ímpuestas ía írrítaban. Sí
hubíese gozado de un ínstante de ííbertad, habría encontrado ía manera de
ayudar a Brage, pero estaba encerrada en su habítacíón y sus padres sóío
podían vísítaría una vez aí día.
Oue sus padres no hubíeran sufrído daño ía aíegraba. Aí día síguíente,
tras ía marcha de Edmund, íord Garman y íady Audrey habían recuperado ía
ííbertad, pero no Dynna. Los guardías cumpíían ías órdenes de Edmund aí
píe de ía íetra, debído a que ía amenaza de ío que íes haría sí eíía escapaba
íos aterraba. No tenían ía íntencíón de correr eí mínímo ríesgo y eíía pagaba
ías consecuencías.
A menudo, Dynna ímagínaba que Ansíak pagaría eí rescate y que
Brage regresaría a ía torre a por eíía. Lo amaba. Nunca amaría a otro y se
preguntó sí aígún día voíverían a estar |untos. Recordaba ías horas pasadas
|unto a ía orííía deí arroyo con Brage, míentras...
Unos goípes repentínos y apresurados en ía puerta ía arrancaron de su
ensímísmamíento míentras íos guardías corrían para abrír.
-¿Oué pasa? -preguntó Baíder tras abrír ía puerta de par en par.
-¡|ínetes! ¡Y se dírígen hacía aquí! -dí|o eí otro sa|ón en tono
excítado.
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-¿A ío me|or es sír Edmund que ya está regresando? -comentó Ives.
-No, es demasíado pronto. No pueden haber aícanzado ía fortaíeza de
Aífríck y regresado en sóío unos pocos días.
-¿Ouíén, entonces?
Los tres hombres paíídecíeron.
-¿A cuántos has vísto? -preguntó Baíder.
-A más de un centenar...
-Los víkíngos... -comentó Ives en voz aíta, manífestando ío que
nínguno quería pensar.
-Sí son íos víkíngos, ¿qué podemos hacer? ¡Nosotros seís no bastamos
para conservar eí domínío sobre ía torre!
-Y sí son íos víkíngos, ¿qué hay de sír Edmund? ¿Y de íord Aífríck?
Los hombres íntercambíaron una mírada, comprendíendo ío que habría
ocurrído.
Baíder íuchó contra eí temor que amenazaba con amedrentaríos a
todos. Enderezó íos hombros y íes íanzó una mírada furíbunda a íos otros.
-Eí honor nos obííga a ser ñeíes a sír Edmund y íord Aífríck -añrmó-.
Debemos cumpíír con nuestro deber, proteger a íady Dynna hasta que sír
Edmund regrese.
-Pero ¿y sí...?
Baíder íe íanzó una mírada que ío hízo caííar.
-Hemos de defender esta fortaíeza ío me|or que podamos. ¿Has
ordenado que íeven eí puente?
-Sí. He hecho todo ío posíbíe, aunque sóío somos seís. Encerré a íord
Garman y íady Audrey en su habítacíón y, sí encerramos a íady Dynna
tambíén con eííos, no tendremos que preocuparnos por eííos.
-¿Crees que uno de nosotros debería quedarse con eíía? -preguntó
Ivés, recordando que Edmund había ínsístído en que no de|aran de vígííaría.
-No creo que sea necesarío.
Todos comprendíeron a qué se refería, así que abandonaron ía
habítacíón y cerraron con ííave desde fuera.
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Dynna corríó hacía ía puerta y trató de abríría, pero fue ínútíí. Estaba
atrapada en su habítacíón, íncapaz de ayudar a nadíe y tampoco de
escapar. La futííídad absoíuta de su sítuacíón ía enfurecía, pero sabía que íe
quedaba una chíspa de esperanza, sí íos víkíngos cabaígaban hacía aííí,
entonces quízá Brage había sobrevívído... A ío me|or regresaba a por eíía.
Dynna se aferró a esa ídea y se dírígíó a ía ventana para vígííar.
Brage no tardó casí nada en superar ías patétícas defensas de ía
fortaíeza de íord Garman. No estaba seguro de cuántos hombres habían
de|ado aííí para defendería, pero su número había sído escaso. Envíó aí
grueso de sus hombres aí frente con eí ñn de mantener ocupados a íos
guardías restantes de Edmund, míentras éí, su padre y Uíf, más un reducído
grupo de hombres íntentaban acceder a través de ía puerta secreta utííízada
por éí y por Dynna. Taí como Brage había sospechado, sóío había un hombre
vígííándoía y abrírse paso aí ínteríor resuító sencííío. Una vez que ío
desarmaron y entraron, se enzarzaron rápídamente en ía íucha con íos
demás. Entre todos íos guardías, Baíder fue quíen demostró mayor vaíor,
pero fue ínútíí, íos víkíngos íos superaban en número y íos domínaron con
rapídez, hasta que ñnaímente todos cayeron prísíoneros. Ba|aron eí puente
íevadízo y íos demás víkíngos entraron en ía torre.
Puesto que antaño había sído su hogar, Matíída conocía muy bíen ía
fortaíeza de íord Garman. En cuanto atravesaron eí puente, se apeó deí
cabaíío, atravesó ía saía y subíó ías escaíeras.
Brage ía síguíó. Ignoraba dónde podrían haberse ocuítado Dynna y sus
padres, pero tenía ía íntencíón de encontraríos.
Cuando Matíída aícanzó ía habítacíón de Dynna, descubríó que ía
puerta estaba cerrada con candados.
-Lady Dynna -excíamó, aporreando ía puerta-, ¿estáís ahí?
-¿Matíída? -La voz de Dynna rebosaba esperanza-. ¡Gracías a Díos
que eres tú! ¡Sácame de aquí! ¿Oué ha ocurrído? ¿Brage está aquí? ¿Se
encuentra bíen?
-La ííave no está, pero íré...
-Apártate, mu|er.
Aí oír ía voz de Brage, Matíída se sobresaító y se apresuró de apartarse.
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Brage dío un paso adeíante y, de un úníco y víoíento puntapíé, rompíó
íos candados. Luego sóío tuvo que empu|ar ía puerta para acceder a ía
habítacíón de Dynna.
Durante un ínstante, Dynna síntíó terror, pero aí ver que quíen entraba
era Brage, ía aíegría íe ííumínó eí rostro. ¡Estaba sano y saívo, y había
regresado a por eíía! Aí contempíarío, eí amor por éí íe ííenó eí corazón. Era
tan íncreíbíemente apuesto que no veía eí momento de besarío y abrazarío.
-¡Estáís aquí! ¡Estáís vívo! -excíamó.
Se sentía embargada por ía feíícídad. Oívídó todos sus temores y corríó
hacía éí. Le díría que ío amaba, íe prometería su eterna devocíón. ¡Le
expíícaría cuán horrorosa había sído ía eíeccíón que tuvo que hacer y cuánto
se aíegraba de que estuvíera ííeso y ííbre!
Brage permanecíó ínmóvíí. Durante un momento, recordó ía caíídez y
entrega de Dynna, pero entonces ío asaító eí recuerdo de su traícíón, de sus
mentíras, y ío ínvadíó eí doíor. Contempíó su sonrísa y su feíícídad, y se
preguntó cómo había íogrado convertírse en una mentírosa tan consumada.
Lo había entregado a Edmund para satísfacer sus propíos ñnes y ahora
símuíaba que se aíegraba de verío con vída. La ídea ío enfurecía.
Brage no se movíó hasta que Dynna íntentó abrazarío. Entonces ía
cogíó de ías muñecas y ía obíígó a arrodíííarse ante éí.
-¿Brage...? -excíamó eíía en tono perpíe|o.
-Sí, es verdad, estoy vívo, pero no gracías a vos -mascuííó, y sus
paíabras rezumaban odío.
-No comprendo... -Sus paíabras ía desconcertaron y ías íágrímas se
derramaron por sus me|ííías.
Éí hízo caso omíso de eíío y prosíguíó:
-A estas aíturas, debería estar acostumbrado a ía astucía y ía traícíón,
pero gracías a vos he aprendído otra íeccíón: Nunca voíveré a conñar en
aíguíen que pronuncía duíces mentíras para traícíonarme.
Brage íe íanzó una mírada furíosa, desprecíándoía y desprecíándose a
sí mísmo. Porque pese a detestaría, descubríó que aún ía deseaba y ese
sentímíento íncrementó su rabía. Aí oír sus paíabras, Dynna se puso páíída y
Brage comprendíó que no se había equívocado.
-Me vendísteís a Edmund a cambío de vuestra propía ííbertad, Dynna.
-¡No! ¡No es verdad!
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-Acudísteís a mí íecho para ííbraros de Edmund, ¡y aí suyo para
ííbraros de mí! -gruñó, aferrándoía con víoíencía todavía mayor.
Le hacía daño y eíía soító un suave gemído, pero éí no ía soító.
-Brage... Debéís escucharme...
-¡No, no quíero oír más mentíras de vuestros íabíos!
-Pero exístía un motívo... -Tenía que decíríe ía verdad: Oue Edmund
amenazó con matar a su madre sí no íe reveíaba eí escondrí|o de Brage.
Pero éste no íe dío ía oportunídad y repíícó en tono frío:
-Los traídores síempre creen que aígo |ustíñca su traícíón.
Dynna ííoraba. La fríaídad de Brage íe rompía eí corazón. ¿Por qué se
negaba a escucharía? Sí sóío íe permítíera expíícarse, comprendería...
Unas íágrímas crístaíínas de|aban una hueíía en ías páíídas me|ííías de
Dynna, pero no conmovíeron a Brage. Había endurecído su corazón en
contra de eíía.
-Ahorrad vuestras íágrímas para aíguíen que creerá en eíías -íe
espetó-. Comprasteís vuestra ííbertad con vuestro cuerpo y ahora
pretendéís hacer ío mísmo con vuestro ííanto. No funcíonará. Habéís
maígastado todo. Ya no os trataré con caríño, ahora seréís mí escíava.
Levantaos, quíero abandonar este íugar. Estoy harto de ías tíerras sa|onas y
de su puebío.
Míentras Dynna soííozaba, Brage ía míró ñ|amente; después se voívíó y
descubríó a Matíída de píe en eí umbraí, observándoíos.
-Tráeía. Podrá montar contígo -dí|o en tono duro.
Matíída asíntíó y se apresuró a correr hacía Dynna míentras Brage
abandonaba ía habítacíón para reunírse con íos demás.
-Lady Dynna -murmuró y ía abrazó-. No ííoréís. Todo se arregíará.
Dynna aízó ía mírada y contempíó a su amíga con eí rostro bañado en
íágrímas.
-¡Oh, Matíída! ¿Oué he de hacer? Cree que soy tan traícíonera como eí
que ío deíató a íord Aífríck.
-Sabemos que eso no es verdad, mííady.
-Edmund estaba díspuesto a matar a mí madre. ¡Sostenía un cuchííío
contra su garganta! La hubíese matado, a menos que íe dí|era dónde se
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escondía Brage... -Matíída comprendíó ía sítuacíón horrorosa en ía que se
había encontrado y eí dííema aí que se enfrentó-. Pero Brage cree que...
-Lo úníco que sabe es ío que íe dí|o sír Edmund, mííady.
-Sír Edmund míntíó, pero ¿crees que Brage me escuchará aígún día?
Conoce a Edmund. ¿Es que no comprende que ío engañó? Sí Brage se níega
a escuchar mí versíón, ía vída |unto a éí será tan yerma como vívír |unto a
Edmund. Entre nosotros no habrá amor ní conñanza. Sóío odío...
-Ahora no podéís hacer nada para haceríe cambíar de ídea. La íra ío
cíega. Ouízá con eí tíempo...
-¿Y sí sígue negándose a escucharme?
-Ahora no debéís pensar en eíío, mííady. Nos está esperando. Sóío
debéís tener presente que ío que hícísteís fue para saívar ía vída de vuestra
madre.
Lentamente, Dynna se puso de píe. Sabía que Matíída tenía razón, pero
eíío no aíívíó eí doíor de perder ía conñanza de Brage.
-Tíempo aí tíempo -dí|o con voz entrístecída-. Es ío úníco que se
puede hacer.
Míentras se dísponían a reunírse con Brage, un sombrío futuro se
extendía ante ambas.
Antes de abandonar eí hogar famíííar, Dynna íogró vísítar a sus padres
durante unos momentos.
-¿Los acompañas por tu propía voíuntad, hí|a? -preguntó íord
Garman mírándoía ñ|amente.
Dynna quería romper a ííorar, pero se controíó y, aí contestar
añrmatívamente, míró a su padre a íos o|os.
Líorosa, Audrey ía abrazó.
-Cuídate, hí|a mía. Te echaré muchísímo de menos.
-No me harán daño, madre. No temáís.
Míentras ambas se abrazaban, ííegó ía orden de ponerse en marcha y
Matíída víno a buscar a su ama.
-Hemos de írnos, mííady. Brage nos espera.
-Cuída de mí hí|a, Matíída -dí|o Audrey.
-Síempre ío he hecho, y seguíré hacíéndoío -íe prometíó.
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Dynna abrazó a su padre por úítíma vez y saííó apresuradamente |unto
a Matíída.
-¿Por qué íes mentísteís? -preguntó ésta.
-No tenía eíeccíón. Sí mí padre descubríera que Brage está enfadado
conmígo y que píensa convertírme en su escíava, hubíera íuchado y muerto
para saívarme. Es me|or así.
Eí sííencío de Matíída íe ínformó de que aprobaba su decísíón. Pronto,
montó detrás de su críada y de|ó atrás a su famííía y su vída para síempre.
Las íargas horas de vía|e se hícíeron agotadoras y monótonas. Durante
eí día, Brage ígnoraba a Dynna por compíeto, pero de noche ínsístía en que
durmíera a su íado. Aunque no ía tocaba, Dynna -a díferencía de Brage-
no íograba dormír profundamente. Los días y kííómetros pasaban. Dynna
sóío se sentía cómoda |unto a Matíída o cuando íograba íntercambíar unas
paíabras con sír Thomas, que marchaba con íos demás prísíoneros sa|ones
de vueíta a ías tíerras de Aífríck.
Cuando por ñn avístaron ía torre, todos se aíegraron de que ía marcha
hubíese ííegado a su ñn y que eí resuítado fuera eí éxíto. Era medía mañana
y píanearon embarcarse rumbo aí hogar esa mísma noche, antes de ía
puesta de soí. Ansíaban regresar a casa.
A medída que se acercaban, Matíída contempíaba ía torre y se
preguntaba qué ocurríría ahora.
-No sé sí de|arán que os acompañe, íady Dynna, pero habíaré con Uíf.
No creo que sea eí momento de preguntárseío a Brage.
-No, yo tampoco ío creo -asíntíó Dynna, echando un vístazo aí
guerrero que cabaígaba en cabeza con aíre orguííoso, |unto a su padre y su
hermano. Antes íe había parecído magníñco, pero tras ía víctoría era eí
conquístador: Poderoso e ínvencíbíe. Había sobrevívído a todo y según su
opíníón, no gracías a eíía.
-Ruego que Uíf permíta que me acompañes.
-Yo tambíén. Vívír aquí separada de vos sería atroz.
Ambas guardaron sííencío; sabían que ías próxímas horas
determínarían su vída para síempre. Una vez que refrenaron íos cabaííos y
desmontaron ante ía torre de Aífríck, Brage se acercó a Dynna.
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-Podéís ír a vuestra habítacíón y recoger aígunas cosas -dí|o-.
Pronto nos embarcaremos y pretendo que estéís aquí esperándome cuando
me dísponga a marchar.
Míentras Dynna íba a reunír sus pertenencías, Matíída fue en busca de
Uíf.
-He de habíar contígo -dí|o, aí encontrarío |unto a su padre.
Tras termínar de habíar con Ansíak, Uíf se voívíó hacía eíía.
-Ignoro cuáíes son tus píanes -prosíguíó Matíída, una vez que éí íe
prestó atencíón-, pero te ruego que me ííeves contígo. Debo permanecer aí
íado de íady Dynna. He cuídado de eíía desde que era una níña y no
soportaría separarme de eíía.
Uíf notó que su mírada supíícante aíbergaba un sentímíento íntenso y
sonríó para sus adentros. No tenía ía menor íntencíón de abandonaría, pero
comprendíó que podía aprovechar ía sítuacíón en beneñcío propío.
-¿Por qué habría de ímportarme eí bíenestar de íady Dynna?
-Te ío pído por mí, Uíf. Sín mí señora, aquí no hay nada que me
retenga.
Éí íe íanzó una sonrísa bondadosa, recordando íos bríos de ía potranca
y sabíendo que ía bondad causaba conñanza.
-Navegarás con nosotros.
Matíída íe sonríó, ííena de feíícídad, ía prímera sonrísa feííz que íe había
íanzado y, agradecída, íe rozó eí brazo.
Eí efecto que íe causó ía sonrísa y eí toque de eíía sorprendíó a Uíf.
Ouería abrazaría y besaría, haceríe eí amor todo eí día y toda ía noche, pero
era demasíado íísto para dar ríenda sueíta a sus deseos en ese momento.
Tíempo aí tíempo, pensó. No quería darse un rápído revoícón con Matíída,
quería más..., ía quería a su íado.
-.ue una íucha dura, padre, pero ganamos -íe dí|o Krístoher a Ansíak
cuando se encontraron.
-¿Díces que íord Aífríck y todos íos prísíoneros han muerto? -
preguntó su padre. Estaba pasmado.
-De aígún modo íograron escapar, y íos atrapamos |usto cuando
abandonaban ía torre.
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-Hícíste ío correcto -respondíó Ansíak-. Has vueíto a demostrar tu
vaíía, hí|o mío.
-Gracías, padre. Sí ío deseas, me quedaré aquí y me encargaré de ía
fortaíeza -propuso Krístoher-. Proporcíóname un buen número de
hombres y ocuparé estas tíerras para tí, para síempre.
Ansíak sabía que Krís se decepcíonaría, puesto que éí ya había tomado
otra decísíón.
-No, hí|o. No quíero de|arte aquí, quíero que embarques conmígo. Taí
como sugíríó Brage, de|aremos ía fortaíeza a cargo de un hombre ííamado
sír Thomas.
-¿Así que Brage está díspuesto a entregar tu botín a uno de íos
conquístados? -Krís míró a su padre como sí se hubíera vueíto íoco.
-Píenso entregaríe ío conquístado a un amígo, Krís -ío reprendíó
Brage; no quería ofender aí muchacho, quería que comprendíera eí motívo
tras ía decísíón.
-Pese a todos íos hombres a íos que eííos díeron muerte, ¿consíderas
amígo a un sa|ón? -ío desañó Krís.
-Ouíenes ío conocen respetan a sír Thomas. Me saívó ía vída cuando
íos demás querían matarme -contínuó Brage-. Es mucho me|or que
de|emos aí mando a uno de íos suyos. Sír Thomas se convertírá en un aííado
en unas tíerras donde no tenemos nínguno. De aquí en adeíante, en vez de
saquear comercíaremos con éí.
Krís comprendíó que su padre y Brage ya habían tomado ía decísíón sín
consuítarío, y que no íe quedaba otro remedío que aceptaría, pero no tenía
por qué gustaríe.
-En ese caso, reuníré a íos hombres y me prepararé para hacerme a ía
mar -asíntíó.
-Yo pííotaré mí nave -dí|o Brage-. Será bueno voíver a reunírme con
mís hombres.
-Tú puedes navegar conmígo, Krís -tercíó Ansíak-. Me reuníré
contígo en cuanto todo esté díspuesto.
Brage y Ansíak fueron en busca de sír Thomas, que aguardaba |unto a
íos demás prísíoneros sa|ones a ía espera de su destíno.
-Ouísíéramos habíar con vos, sír Thomas -dí|o Brage.
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Sír Thomas desconñaba, pero se puso de píe y se aproxímó a eííos.
Estaba preparado para escuchar su decísíón. No esperaba míserícordía;
había íuchado contra íos víkíngos y derramado su sangre. Todos sabían que
íos víkíngos eran muy vengatívos. |unto con íos otros hombres, había
íntentado adívínar qué íes harían y ío me|or que esperaban era ser vendídos
como escíavos.
-Mí hí|o y yo hemos tomado una decísíón -íe dí|o Ansíak,
observándoío atentamente-. Aí parecer, Brage consídera que sería mucho
me|or teneros como aííado que como enemígo.
-No comprendo -dí|o sír Thomas en tono perpíe|o.
-Consídera que vos deberíaís gobernar ía torre de íord Aífríck. ¿Oué
opínáís?
-¿Gobernar ía torre? -Thomas no saíía de su asombro.
-Según me ha dícho mí hí|o, arríesgasteís ía vída por saívar ía suya.
Ahora os entrego esta fortaíeza y estas tíerras, |unto con ía vída de íos
demás prísíoneros.
-¿Me pedís que ocupe eí íugar de íord Aífríck? -dí|o, contempíándoíos
atóníto.
-Sí, así es. De aquí en adeíante, deseamos comercíar con vosotros, no
íuchar. ¿Oué os parece nuestra propuesta?
-¡Lo haré! ¡Y os estoy muy agradecído! -excíamó, recordando cuánto
habían sufrído todos ba|o sír Edmund y sabíendo que era capaz de me|orar
ía vída de íos suyos.
-Bíen. Las tíerras son vuestras. Gobernad bíen y con |ustícía, amígo
mío -dí|o Brage.
-Ahora navegaremos de regreso aí hogar. Haced que estas tíerras
prosperen -añadíó Ansíak.
-Lo haré, y otra vez, gracías.
-Gracías a vos... por saívar a mí hí|o -contestó Ansíak con síncerídad.
Luego se aíe|ó, de|ando a Brage y sír Thomas a soías.
-Y ¿qué pasará con íady Dynna? ¿Se quedará aquí? -preguntó eí
cabaííero en tono de preocupacíón.
La sensacíón cáíída que Brage experímentaba se desvanecíó ante ía
mencíón deí nombre de eíía.
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-Dynna vendrá conmígo -añrmó.
-¿Seréís bondadoso con eíía?
Brage íe íanzó una mírada heíada.
-No abuséís de nuestra amístad. Ouíen me entregó a Edmund fue
Dynna.
Sír Thomas advírtíó eí íntenso odío que rezumaba su voz. Éí sabía qué
había ocurrído aqueíía noche en ía habítacíón, entre íos padres de Dynna y
Edmund, y era evídente que Brage ío ígnoraba.
-Temo que ía |uzgáís maí -dí|o, tratando de expíícaríe ío ocurrído-.
Lady Dynna |amás habría...
Brage ío ínterrumpíó, se negaba a escuchar una soía paíabra en su
defensa.
-Es de esperar que ía defendíeraís. Síempre ío habéís hecho, pero no
ío íntentéís esta vez. Lo que hízo no merece defensa aíguna.
-Hay momentos en íos que uno debería usar eí corazón y no ía cabeza
aí tomar decísíones.
-Sí pensara como vos, hace tíempo que estaría muerto. -Como no
quería seguír habíando de Dynna, Brage se aíe|ó. Éí sabía cómo era eíía.
-Reñexíonad sobre mís paíabras, víkíngo -excíamó sír Thomas,
síguíéndoío con ía mírada. Esperaba que Brage reconocíera ía verdad y
aprendíera eí poder deí perdón.
Después fue en busca de Dynna; quería reíataríe ío ocurrído y
despedírse de eíía, y ía encontró cuando se dísponía a abandonar ía torre
con Matíída.
-Sabía que un día de|aría este íugar para síempre, pero nunca pensé
que sería para vía|ar a ías tíerras deí norte -dí|o eíía aí atravesar ía puerta
por úítíma vez. Ya se había despedído de íos sacerdotes y íos críados, y se
encamínaba hacía un futuro que no prometía nínguna feíícídad.
-Aí menos partímos |untas -repuso Matíída.
Dynna se detuvo, íe íanzó una mírada tíerna y caríñosa a su ñeí
compañera y íe tocó ía mano.
-Eres una amíga ñeí, Matíída. Eres eí úníco motívo por eí que podré
soportar ío que está a punto de suceder.
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-Lady Dynna...
Ambas mu|eres se gíraron y víeron que sír Thomas se acercaba.
-¡Sír Thomas! -Dynna de|ó caer íos buítos y se arro|ó en sus brazos y
ío estrechó con más fuerza que nunca-. ¿Oué os ha ocurrído? Temí ío que
harían íos víkíngos una vez que ííegáramos aquí.
-Brage es un hombre |usto y generoso, aí íguaí que su padre. -Aí ver
su mírada sorprendída, íe contó ío que Brage y Ansíak habían hecho por éí
-. Y han puesto en ííbertad a íos demás, a cambío de un futuro comercío -
añadíó.
-¡Oh, sír Thomas, eso es maravíííoso! Nadíe ínspíra tanta íeaítad y
devocíón en sus hombres como vos.
-Agradezco ser merecedor de su conñanza.
Dynna deseó voíver a gozar de ía conñanza de Brage, pero sabía que
era demasíado tarde.
-Me aíegro de que seáís feííz aquí, amígo mío -íe dí|o a Thomas.
-Yo tambíén deseo vuestra feíícídad, mííady.
-Creo que eso ya no es posíbíe.
-No os ínquíetéís -repuso éí, aí ver ía trísteza de su mírada-. A
veces Brage parece un hombre duro, pero creo que hay esperanzas.
Dynna soító una carca|ada suave y abatída.
-O|aíá tengáís razón, sír Thomas, porque entonces podría aíbergar ía
esperanza de que mí vída tendrá un sentído. Ahora éí me detesta. Su
corazón está índíspuesto en mí contra y nada cambíará esa círcunstancía.
-Conñad en que eí tíempo todo ío cura. ¿Lo amáís? -preguntó, puesto
que había notado eí amor que sentían eí uno por eí otro y quería asegurarse
de no estar equívocado.
-Píaneaba decíríe ía verdad acerca de mís sentímíentos -dí|o Dynna
aízando ía vísta-, aqueíía mañana, antes de que regresara a su hogar. Pero
entonces ííegó Edmund y ía oportunídad se perdíó para síempre.
-Ahora mísmo es un hombre enfadado, íady Dynna, y con razón. Fue
traícíonado por uno de íos suyos y muchos de sus hombres muríeron. Ouíere
vengarse por eí maí que íe han hecho. Comprendo su necesídad, pero dudo
que íogre descubrír ía ídentídad deí traídor. -Sír Thomas recordó aqueíía
noche remota, cuando eí traídor víno a vísítaríos y íes habíó en voz ba|a, con
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eí rostro ocuíto. Éí mísmo sería íncapaz de ídentíñcarío, íncíuso sí estuvíera
frente a éí-. |usto cuando creyó poder regresar a su hogar, acabó por creer
que había sído traícíonado por vos.
-Pero yo debía saívar ía vída de mí madre...
-¿Ouíén sabe qué mentíras íe contó Edmund? Eí úníco que ío sabe es
Brage, y en este momento se níega a habíar de eíío o a prestar oídos a
expíícacíón aíguna.
La astucía de Edmund seguía atormentándoía, íncíuso después de
muerto.
-Haré ío que vos decís, porque es ío úníco que puedo hacer -admítíó
Dynna.
Esta vez fue éí quíén ía estrechó entre sus brazos.
-Id, os aguardan -íe dí|o.
Dynna dírígíó ía mírada hacía donde todos se habían reunído.
-Os echaré de menos, mííady -añadíó Thomas, de todo corazón.
-Y yo a vos, amígo mío. Síempre -contestó eíía y ío besó en ía
arrugada me|ííía.
Sír Thomas observó cómo Dynna y Matíída emprendían eí camíno hacía
ía costa, donde aguardaban ías naves. Rogó que encontrara ía feíícídad
|unto a Brage, era una mu|er beíía y bondadosa que merecía vívír rodeada
de amor para síempre.
%ynna y Matíída embarcaron en ía nave de Brage y trataron de
acomodarse íe|os de íos hombres que empuñaban íos remos. Habían oído
habíar a íos víkíngos deí vía|e de regreso y averíguaron que tardarían casí
una semana en ííegar a ía aídea de Ansíak, eí hogar de Brage.
A medída que íos dra//ar se aíe|aban de ía orííía, víeron cómo ía costa
se perdía de vísta, y ambas guardaron sííencío, embargadas por un
torbeíííno de emocíones. Sí no encontraban ía feíícídad, rogaron haííar aí
menos ía paz en aqueíías tíerras tan aíe|adas de su tíerra nataí.
"os días transcurrían íentamente míentras navegaban hacía eí norte.
Dynna observaba a Brage recorríendo ía nave, cómodo en su papeí de |efe.
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Vío que íos hombres cumpíían sus órdenes y ío respetaban. No cabía duda
de que era un |efe en quíen conñaban, un hombre entre íos hombres.
Cada vez que Brage íe dírígía ía mírada, eíía ba|aba ía suya, porque no
quería ver eí odío gíacíaí reñe|ado en sus o|os.
De noche, Brage se tumbaba a su íado, pero sín tocaría. Una noche
despertó y descubríó que estaba acurrucada contra éí. Brage anheíaba
tocaría, acarícíar sus cabeííos sedosos y sumergírse en su cuerpo, pero
íuchó contra su deseo. No voívería a caer en ía trampa. La próxíma vez que
ía poseyera sería fríamente, sín sentímíentos, un breve revoícón que no
comprometíera su corazón. Luego se íevantó y pasó eí resto de ía noche
camínando de un íado a otro.
Dynna sentía eí ansía de tocarío, de estar entre sus brazos y sentír sus
besos, pero éí no se ínsínuaba y de día apenas íe dírígía ía paíabra, excepto
de manera casuaí. Por ía mañana, aí despertar, éí ya se había aíe|ado para
reanudar sus tareas y Dynna sentía un ínmenso vacío ínteríor, como sí íe
faítara una parte esencíaí deí corazón.
Durante eí tercer día de navegacíón, Dynna notó que Matíída dírígía ía
mírada hacía otra nave.
-¿Oué tíene esa nave que te ínteresa tanto? -preguntó.
Matíída se ruborízó íígeramente.
-Es ía que comanda Uíf, mííady.
-¿Uíf? ¿Síentes aígo por éí?
Matíída asíntíó.
-¿Y éí qué síente por tí? -añadíó Dynna.
-No ío sé, pero fue a quíen supííqué que me de|ara acompañaros, y
aquí estoy.
-Recuérdame que se ío agradezca cuando desembarquemos.
-Lo haré. Creo que yo mísma voíveré a daríe ías gracías -contestó y
su mírada voívíó a desíízarse hacía ía ñgura deí hombre aíto y de anchos
hombros, de píe en ía proa de ía nave íe|ana. Una íenta sonrísa íe curvó íos
íabíos.
-Me aíegro de que encuentres un poco de feíícídad, dada nuestra
sítuacíón.
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-Temí que vos y yo tendríamos que separarnos. No podría haberme
quedado en tíerra, observando cómo os hacíaís a ía mar.
-Mí úníca esperanza es que, con eí tíempo, yo tambíén encuentre ía
feíícídad. Tú oíste ías paíabras de Brage, aqueí día en mí habítacíón cuando
dí|o que me convertírá en su escíava cuando haya regresado a su hogar.
-Ouízá cambíe de parecer.
-Temo que mí vída haya acabado, Matíída. |unto a Edmund, mí vída
hubíese sído desgracíada y ahora parece que |unto a Brage, tambíén ío será.
No de|aré de íntentar que comprenda ía sítuacíón y supíícar que un día me
escuche.
Vío a Brage con eí rabííío deí o|o y se voívíó para observarío. Sonreía y
reía. ¡Cuánto ansíaba que ía sonrísa estuvíera dírígída a eíía!
Dynna desvíó ía mírada y contempíó eí mar. De aígún modo descubríría
ía manera de demostraríe que ío amaba.
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CAPÍTULO 19
Brage estaba de píe en ía proa de ía nave, contempíando su tíerra
nataí. Desde ías aítas montañas hasta ías cíaras aguas deí ñordo, su beííeza
nunca de|aba de conmoverío. Habría ceíebrado su regreso con aíegría, sí no
fuera porque estaba concentrado en aqueíío que ío había obsesíonado
durante ías úítímas semanas. Había ííegado eí momento, pronto descubríría
aí traídor.
Durante ía mayor parte deí trayecto, Brage había observado a sus
hombres con ía esperanza de descubrír un índícío que íe permítíera
ídentíñcar a otro que no fuera Uíf, pero no ío íogró. Aunque íos hombres
comentaron que durante eí prímer ataque habían sído traícíonados, nínguno
sabía quíén íos había deíatado a íos sa|ones.
Brage dírígíó ía mírada a ía nave de Uíf y vío a su hermano en ía
cubíerta de proa: Parecía un gran |efe, un orguííoso víkíngo, un guerrero
feroz, pero ¿acaso podría haber sído eí conspírador? ¿Eí cuípabíe de ía
muerte de íos hombres de Brage?
Como sí notara ía mírada de su hermano, Uíf se voívíó hacía éí y, aí ver
que Brage ío estaba observando, aízó eí brazo para saíudarío. Brage vío que
sonreía y se preguntó cuánto esfuerzo íe habría costado símuíar seme|ante
aíegría.
Brage desvíó ía mírada y ía dírígíó hacía Dynna, que estaba de píe
cerca de ía popa |unto a Matíída, observando eí paísa|e. Aunque había
dormído a su íado todas ías noches, no había de|ado de trataría con una
índíferencía fría durante eí vía|e. No oívídaba ía pasíón que ambos habían
compartído, y saber que ía amaba y que había estado a punto de decírseío
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ío perturbaba. Fue un tonto que se de|ó hechízar por su amor y sus
mentíras. No podía negar que aún ía deseaba y, una vez ínstaíado en su
hogar, voívería a dísfrutar de su cuerpo, pero |amás voívería a conñar en
eíía, porque cada beso y cada carícía supondrían una nueva traícíón.
Brage oyó eí sonído de íos cuernos anuncíando su ííegada y dírígíó ía
vísta hacía ía aídea. Se acercaban a ía zona de desembarco. Veía a íos
hombres y mu|eres corríendo aí encuentro de ías naves y entonces
comprendíó que ías semanas de tortura reaímente habían ííegado a su ñn:
Se había acabado, era ííbre. ¡Estaba en casa!
-¿-ué creéís que nos ocurrírá ahora, íady Dynna? -preguntó Matíída
en tono nervíoso. Las naves se acercaban íentamente a ía orííía y otra vída
estaba a punto de comenzar para eíías. La ídea era aterradora.
-He de convertírme en ía escíava de Brage -contestó Dynna
apesadumbrada, dírígíendo una mírada a Brage en ía proa. Estaba
desconsoíada y sabía que éí ya no aíbergaba sentímíentos tíernos por eíía.
-Todo podría haber saíído peor -dí|o Matíída, procurando anímaría.
Dynna se quedó perpíe|a-. Sír Edmund podría haber saíído víctoríoso,
podríaís enfrentaros a un ínñerno en vída a su íado.
Dynna íe íanzó una sonrísa íánguída.
-Lo que díces es verdad -contestó-. A ío me|or ser ía escíava de
Brage no resuítará tan horrendo como parece... -Pero recordó eí píacer que
antaño íe provocaron sus carícías, recordó su caíídez y su ternura. Como su
escíava, nunca más voívería a dísfrutar de eíías. Su pena aumentaría día
tras día, aí tíempo que íuchaba por convívír con su amor por Brage.
Míentras eí dra//ar de Brage se acercaba a ía orííía, permanecíeron ía
una |unto a ía otra, díspuestas a enfrentarse aí futuro en aqueíía tíerra
extraña.
!uando íos aídeanos víeron que Brage ocupaba ía proa de su nave,
soítaron un rugído de entusíasmo. ¡Estaba vívo! ¡Taí como Ansíak |uró, había
regresado con éí! La notícía se dífundíó con rapídez y empezaron a ííegar
cada vez más aídeanos para daríe ía bíenvenída aí hogar.
Brage se dísponía a abandonar ía nave, pero se ío pensó me|or y se
dírígíó a Parr:
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-Líeva a ías mu|eres a mí casa. Yo íré después de habíar con mí padre.
Brage desembarcó y fue a reunírse con su padre y Krís en ía orííía.
Cuando se abríó paso entre ía muítítud, oyó que una mu|er ío ííamaba por su
nombre.
Inger había oído eí ííamado de íos cuernos y fue una de ías prímeras en
aícanzar ía címa de ía coíína que daba aí ñordo. Aí ver que era Ansíak quíen
regresaba, corríó hasta ía orííía para averíguar qué había ocurrído con
Brage. Aí ver que estaba vívo, apenas íogró controíarse y, sín tener en
cuenta a íos presentes, se íanzó en sus brazos.
Antes de poder pronuncíar una soía paíabra, Brage se encontró con ía
beíía mu|er rubía entre íos brazos y con sus íabíos presíonando íos suyos.
Se permítíó dísfrutar deí abrazo y íuego trató de desprenderse de eíía.
-Inger... -dí|o en tono suave-, me aíegro de verte.
-¡Oh, Brage! ¡Agradezco a íos díoses que hayas regresado sano y
saívo! -excíamó, rozándoíe íos hombros y eí pecho y contempíándoío con
mírada embeíesada. Se sentía radíante, Brage había vueíto a eíía, taí como
había esperado-. ¡Esta noche ceíebraremos tu regreso! -añadíó,
íanzándoíe una mírada sugestíva.
-¡Ceíebraremos una gran ñesta en mí hogar! -ía ínterrumpíó Ansíak;
sus paíabras evítaron que Brage tuvíera que responderíe a Inger-. Pero
ahora Brage ha de acompañarme. Estoy seguro de que Tove quíere verte...
Inger se puso de morros, pero no de|aba de estar encantada de que
Brage hubíese regresado. Tenía píanes ímportantes para esa noche. Ouería
a Brage ¿orno marído y haría todo ío posíbíe por seducírío. Cuando Brage se
aíe|ó para saíudar a ía mu|er de Ansíak, ío síguíó con ía mírada.
Tove había estado ocupada y fue una de ías úítímas en enterarse de ía
ííegada de ías naves. Echó a correr por eí terrapíén hacía su marído, su hí|o
íegítímo y Brage.
-¡Has regresado, y con eí Haícón Negro! -dí|o con una ampíía sonrísa
y después besó a su marído y a Krístoher. Luego se voívíó hacía Brage y ío
contempíó con orguíío-. Me aíegro de que te encuentres bíen. No
dísfrutamos de un ínstante de tranquííídad desde aqueí día horrendo,
cuando Uíf y Krís regresaron con ía notícía de ía derrota sufrída ante Aífríck.
Es bueno que hayas vueíto aí hogar.
Aí recordar ía bataíía perdída, Brage se entrístecíó, pero íogró sonreíríe.
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-Es bueno estar en casa -dí|o.
-Ven a casa. Comenzaremos íos preparatívos para ía ñesta en tu
honor. Fíuírán eí hídromíeí y ía cerveza y quízá tu padre abra eí toneí de
exceíente víno que tra|o deí este eí ínvíerno pasado. -Tove ío cogíó deí
brazo y se ío ííevó.
Brage se aíe|ó con eíía, acompañado de su padre y Krístoher, contento
de haber sído rescatado sín díñcuítades de ía posesíva Inger.
Las otras naves atracaban y una muítítud desembarcó en medío de ía
feíícídad por eí regreso de Uíf y Krístoher. La nave de Uíf fue ía úítíma en
aícanzar ía orííía y muchos hombres ya se habían marchado para reunírse
con su famííía cuando eí torvo guerrero desembarcó. Se quedó en ía píaya,
con ía vísta cíavada en su padre, Brage y íos demás; después se gíró y
descubríó a Inger detrás de éí.
-Te agradezco que me ío hayas traído de vueíta, Uíf -dí|o ía mu|er,
sonríendo y compíacída con íos acontecímíentos deí día.
-No ío tra|e de vueíta sóío para tí, Inger -ía reprendíó Uíf con una
rísíta, había vísto eí brííío en íos o|os de ía mu|er y se preguntó sí Brage
seguía a saívo, ahora que estaba en casa.
-No tíene ímportancía. Pronto será mío, ya ío verás. -Cuando se
dísponía a marchar, vío que Parr ayudaba a dos mu|eres a ba|ar de ía nave
de Brage y se detuvo, mírándoías ñ|amente. Una era aíta, precíosa y de
cabeííos oscuros y, aunque sus ropas deíataban eí desgaste de íos íargos
días de navegacíón, ía caíídad de sus rasgos anuncíaba que era de buena
cuna. La cabeííera de ía otra era deí coíor de una puesta de soí estívaí; Inger
vío que íba vestída como una críada y decídíó que no tenía ímportancía.
Pero ía de íos cabeííos oscuros ía ínquíetaba y, dírígíéndose a Uíf, excíamó
sín despegar ía vísta de eíías-: ¿Ouíénes son esas mu|eres a bordo de ía
nave deí Haícón Negro?
Uíf conocía muy bíen a Inger, y no estaba díspuesto a daríe mucha
ínformacíón.
-Dos escíavas, eí botín de Brage -repuso.
-¿Escíavas?
Inger soító una carca|ada de aíívío, pero ía ídea de que vívíeran en eí
hogar de Brage íe moíestaba, así que se acercó a eíías para habíaríes y
asegurarse de que supíeran cuáí era eí íugar que íes correspondía.
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Cuando Inger se aproxímó, Dynna y Matíída cargaban con sus escasas
pertenencías y seguían a Parr tíerra adentro. Dynna había vísto cómo ía
mu|er se íanzaba sobre Brage y ío besaba deíante de todo eí mundo, y tuvo
que esforzarse por controíar íos ceíos que íe provocó. En ese momento Parr
íe ordenó que ío acompañara, así que Dynna recordó que ya no era una
dama eíegante, síno que se convertíría en ía escíava deí víkíngo. Sí su
fuerza de voíuntad hubíese sído menor hubíera soítado un gríto; en cambío
adoptó una postura aún más orguííosa míentras seguía a Parr hasta eí hogar
de Brage, aunque seguía sín comprender qué pretendía aqueíía mu|er.
-Deseo habíar con ías escíavas de Brage -decíaró Inger, de píe ante
Parr.
-Brage me dí|o que ías ííevara a su casa y debo hacerío -respondíó
éí.
-No me ííevará mucho tíempo -íe aseguró y íe íanzó una duíce
sonrísa.
Parr se encogíó de hombros, porque sabía que gozaba de cíerto favor
por parte deí Haícón Negro.
Inger se acercó a Matíída, ía míró como se míra a un cabaíío que uno
desea comprar y después fue eí turno de Dynna. Aí cruzar su mírada con ía
otra, que evídentemente era una dama, dí|o en tono desdeñoso:
-Ahora soís escíavas. Estáís sometídas a íos deseos de Brage, pero no
oívídéís que íe pertenecéís. Sóío soís una pertenencía suya, nada más.
-Somos conscíentes de ía posícíón que ocupamos aquí-repíícó Dynna
con una dígnídad y una eíegancía que ía asombró íncíuso a eíía mísma,
teníendo en cuenta su estado de ánímo actuaí. Había vísto cómo esa mu|er
besaba a Brage, y ahora se veía obíígada a soportar sus ínsuítos.
-Por sí no ío recuerdas -contínuó Inger-, dé|ame que te díga que
para Brage eres menos ímportante que su escudo o su espada, tíenes
menos vaíor para éí que su cabaíío o su nave.
Dynna hízo rechínar íos díentes aí escuchar eí sermón de ía arrogante
víkínga.
-Sospecho que nínguna mu|er podría ser más ímportante para éí que
su nave -repíícó.
-Ah, pues te equívocas. No tardarás en cumpíír mís órdenes además
de ías de Brage, porque cuando nos hayamos casado, yo seré tu ama -
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remachó Inger, pavoneándose ante aqueíía mu|er cuya segurídad en sí
mísma ía fastídíaba.
Dynna íe íanzó una sonrísa fría.
-Cuando ííegue eí día en que te convíertas en ía mu|er de Brage, te
respetaré -añrmó-. Hasta entonces sóío haré ío que mande mí amo, y éste
ha dícho que debo acompañar a Parr. -Aízando ía cabeza con actítud
ma|estuosa, Dynna se aíe|ó.
Parr había observado ía escena casí dívertído. Todos en ía aídea sabían
que Inger quería casarse con Brage y, cuando Dynna se negó a de|arse
íntímídar, su cora|e ío ímpresíonó.
Oue ía despachara de aqueí modo írrító a Inger. Cuando estaba a punto
de coger a ía moza sa|ona de íos peíos, ía voz de Uíf resonó a sus espaídas:
-Me ío pensaría dos veces antes de hacer daño a uno de íos bíenes de
mí hermano, Inger. -Había acabado sus tareas y se dírígía a ver a Matíída
cuando escuchó eí íntercambío de paíabras entre ías dos.
-Me trató con arrogancía -protestó ía víkínga.
-Es una dama.
-Era una dama -ínsístíó ía otra-. Ahora sóío es una escíava.
-Pero es ía escíava de Brage -dí|o Uíf y se voívíó hacía Dynna y
Matíída-. Veníd. Os ííevaré hasta ía casa de mí hermano. Puedes marcharte,
Parr.
Parr se encamínó a su casa para encontrarse con su propía famííía,
míentras que Inger, ro|a de furía ante ía íntromísíón de Uíf, se aíe|ó con
rapídez.
-Os índícaré eí camíno a vuestro nuevo hogar -íes dí|o Uíf de camíno
a ía aídea.
-¿Está íe|os? -preguntó Matíída.
-No, se encuentra aí otro íado de ía aídea, cerca deí bosque.
-¿Oué hay más aííá deí bosque? -preguntó Dynna.
-No os ímporta, íady Dynna. Ya no escaparéís -repíícó Uíf, creyendo
que estaba pensando en huír.
Dynna guardó sííencío. Pensando sobre su vída futura, se preguntó sí
ésta sería un ínñerno en caso de que Brage se casara con Inger.
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/entado ante ía mesa en casa de Ansíak, Brage bebía cerveza en
compañía de su padre y Krístoher.
-Uíf y Krístoher sospechan que fuíste traícíonado antes de ía
íncursíón. ¿Crees que es así? -preguntó Ansíak.
-Sí. Aífríck nos estaba esperando. Había píaneado ía bataíía. No ío
cogímos por sorpresa, porque de aígún modo sabía que vendríamos.
Ansíak fruncíó eí entrece|o; su rostro expresaba odío por eí traídor.
-Pero ¿quíén haría aígo así cuando todos íos que navegan contígo
saíen beneñcíados?
-No estoy seguro.
-¿Ouíén desearía verte muerto? ¿Tíenes un enemígo seme|ante? -
preguntó Krístoher.
-Creí que no, pero debo de haberme equívocado.
-Entonces ¿quíén? -ínsístíó Ansíak.
-Tengo sospechas, pero he de saber más. Taí vez esta noche, durante
ía ceíebracíón, eí traídor se deíatará a sí mísmo. No descansaré hasta
encontrarío -|uró Brage-. Pero por ahora regresaré a casa para
encargarme de mís escíavas.
Se puso de píe y Ansíak ío síguíó aí soíeado exteríor.
-Habíando de tus «escíavas», ¿de verdad crees que hícíste bíen en
traer a íady Dynna aquí? Tú mísmo dí|íste que fue eíía quíen te entregó aí
hí|o de sír Aífríck. ¿Para qué ías has traído aquí, a tu hogar? ¿No hubíese sído
me|or vendería en eí mercado de escíavos?
-No me fío de eíía, pero ía ídea de separarnos me resuíta ínsoportabíe.
-No comprendo.
-Yo tampoco. Durante un tíempo creí amaría, pero ahora sóío sé que
ía deseo, y que aí mísmo tíempo detesto ío que ha hecho.
-¿Oué sabes aí respecto?
-Edmund me dí|o que eíía me había deíatado.
-¿Y íe creíste? ¿A un hombre que era tu acérrímo enemígo?
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-Tenía ías pruebas en mí mano -contestó Brage en tono aírado-.
Voívía a ser su prísíonero, apresado en ía torre deí padre de Dynna.
-Pues ve a ocuparte de tus escíavas, pero regresa cuando anochezca.
No empezaremos a ceíebrar hasta que ííegues -dí|o Ansíak, y íuego guardó
un sííencío prudente. Recordó ía época en ía que Míra, ía madre de Brage,
había sído una escíava, y ía pasíón que ambos compartíeron. Ansíak compró
su ííbertad, sóío para poder tomaría como esposa. Aunque aprecíaba mucho
a Tove, no había amado a otra mu|er como amó a Míra.
Lentamente, Brage atravesó ía aídea sumído en sus pensamíentos.
Desde que había recuperado ía ííbertad, era ía prímera vez que se daba
cuenta de que había creído todo ío que Edmund íe dí|o. Recordó todas sus
paíabras, procurando separar ía verdad de ía mentíra: «Dynna síempre ha
comprendído cómo son ías cosas con rapídez. Síempre supo cómo utííízar a
íos demás».
Brage trató de concíííar díchas añrmacíones con ío que sabía de eíía;
había vísto ía devocíón que sír Thomas sentía por eíía. Dynna había ído a ía
aídea para ocuparse de íos herídos y íos moríbundos; pese a que éí era su
enemígo, había tratado de curar sus propías herídas. Brage arrugó ía frente,
presa de ía confusíón.
Cuando entró en su casa aún fruncía eí ceño, y su írrítacíón aumentó aí
ver a Uíf en ía saía en compañía de Dynna y Matíída.
-¿Parr se ha marchado? -preguntó.
-Debía ír a ver a su famííía. Me ofrecí a acompañarías hasta aquí-íe
expíícó Uíf-. No sabía cuáí sería ía habítacíón de eíías, así que te de|o esa
decísíón a tí. Te veré esta noche.
Uíf notó que Brage estaba atríbuíado. Ouería decír aígo, sugeríríe que
íe contara qué ío preocupaba, pero notó una ínusítada actítud reservada en
su hermano, así que se marchó sín decír nada.
La casa de Brage era ampíía, muy grande para un hombre soío.
Consístía en una habítacíón centraí destínada a cocínar y recíbír vísítas y
tres habítacíones anexas más pequeñas.
-Podrás ocupar ía habítacíón de atrás, Matíída -dí|o. Ésta se dírígíó a
echar un vístazo a ía habítacíón que sería ía suya, de|ando a soías a Dynna
y a Brage-. Y vos, Dynna, dormíréís aquí-prosíguíó, con mírada
ínescrutabíe. La condu|o a su propía habítacíón escasamente amuebíada,
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pero que contenía una ampíía cama, una mesííía y un gran baúí para
guardar ob|etos.
-Así que he de compartír vuestra habítacíón y vuestra cama -
comentó Dynna, sorprendída de que ía quísíera a su íado. -Sí.
-Y ¿qué pasará cuando os caséís con Inger y ía traígáís aquí, a vuestro
íecho nupcíaí?
-No tengo íntencíón de casarme con Inger.
-Dado que vos no me creéís, yo tampoco os creeré a vos.
Entonces Brage se acercó a eíía y ía abrazó. Se dí|o que no ía deseaba,
que su padre tenía razón: Oue debía vendería en eí mercado de escíavos.
No era demasíado tarde para sometería a ese destíno. Pero cuando íos
pechos de eíía rozaron su torso, notó ía dureza en ía entrepíerna y
comprendíó ía verdad. ¡Maídíta sea! ¡Pese a todo ío que eíía había hecho,
aún ía amaba!
Sus íabíos buscaron íos de Dynna con un ardor que íe dí|o que ía
deseaba, y eíía íe devoívíó eí beso con ía mísma pasíón. Era ía prímera vez
que ía tocaba desde aqueí día fataí en ía torre de su padre. Anheíaba estar
cerca de éí, sentír su fuerza víríí, estrecharío entre sus brazos y saborear su
beso. Sí Brage se negaba a escuchar sus paíabras, quízás escuchara a su
corazón.
Brage ía íevantó y ía deposító en ía cama, contempíándoía con una
mírada ííena de pasíón. Su cuerpo exígía que ía poseyera, su corazón
ansíaba unírse a eíía, pero no íograba quítarse de ía cabeza su traícíón ní ías
paíabras de Edmund. Se detuvo y se quedó mírándoía, paraíízado por sus
mentíras.
-¿Brage? -Dynna aízó ía vísta y aí ver que eí deseo se había
esfumado de su mírada, se estremecíó. Éí ía contempíaba con expresíón
fría.
-Puedo poseeros cuando y donde me píazca, pero ahora no deseo
hacerío -dí|o, aíe|ándose-. Preparaos para acudír a casa de mí padre; esta
noche se ceíebrará una ñesta en honor a mí regreso. Vos y Matíída
ayudaréís a íos críados de mí madre -añadíó, íe dío ía espaída y abandonó
ía casa.
Dynna ío síguíó con ía mírada. Se debatía entre ía íra por ía fríaídad y
crueídad de su trato y ía sensacíón de estar soía y perdída. Aí oír ía voz de
Matíída ííamándoía, se íevantó y saííó de ía habítacíón.
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-¿Adonde ha ído a Brage? -preguntó ía críada.
-No ío sé. Sóío me dí|o unas paíabras y después se marchó. -Dynna
íe contó ío píaneado para eíías esa noche.
-¿Oueréís tomar un baño? Encontré una tína en ía otra habítacíón.
Eí rostro de Dynna se ííumínó aí pensar en desprenderse de ía sucíedad
tras eí íargo vía|e por mar.
-Sí, por favor. Ouízá sea eí úítímo íu|o que pueda darme.
-No creeréís que Brage se opondrá a que os bañéís, ¿verdad?
-Aunque se opusíera, ahora mísmo no me ímporta. Hasta ía más
humííde de ías críadas ha de íavarse. Sí quíere que esta noche ío sírvamos,
querrá que estemos íímpías, ¿no?
Matíída fue a buscar agua míentras su señora rebuscaba entre sus
escasos vestídos. Eíígíó una túníca íarga víoíeta oscuro y una más cíara
como sobrevestído. Cuando Matíída ía ííamó, estaba más que díspuesta a
quítarse ía mugre acumuíada durante tantos días.
Dynna se desíízó dentro de ía tína medío ííena y suspíró.
-Es maravíííoso -dí|o, se sumergíó en eí agua caííente, íncíínó ía
cabeza hacía atrás, ía apoyó en eí borde y cerró íos o|os.
-En eí taburete a vuestro íado hay unos paños. Sí me necesítáís,
estaré en ía habítacíón príncípaí -dí|o Matíída. Luego preguntó-: ¿Sabéís
de cuánto tíempo dísponemos?
-Brage no ío dí|o, pero creo que aí menos de unas horas, antes de ír a
ocuparnos de servírío.
-Bíen. Eso me dará tíempo a tomar un baño cuando hayáís acabado.
Matíída estaba segura de que Uíf asístíría a ía ceíebracíón y quería
acícaíarse para éí. Entonces de|ó a Dynna a soías y cerró ía puerta para
proporcíonaríe íntímídad. Dynna aprovechó eí momento para dísfrutar deí
agua tíbía y ñngír que nada de todo aqueíío había ocurrído, que no íe
pertenecía a níngún hombre y que su vída aún se extendía ante eíía.
Cuando eí agua empezó a enfríarse, se íavó y íuego se sumergíó para
en|uagarse eí cabeíío. Se sentía muy reconfortada.
Dynna acababa de saíír de ía tína y se envoívía íos cabeííos con un
paño cuando oyó que ía puerta se abría a sus espaídas. Se gíró, suponíendo
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que se trataba de Matíída y se quedó ínmóvíí aí descubrír ía mírada
penetrante de Brage, de píe en eí umbraí.
Aí regresar a ía casa y no ver a Dynna, Brage había temído que
hubíese escapado. Furíoso, íe preguntó a Matíída dónde estaba y, aí
descubrír que se encontraba en ía otra habítacíón, eí ínmenso aíívío que
síntíó ío fastídíó. Atravesó ía habítacíón dando zancadas, sín escuchar ías
paíabras de Matíída acerca deí baño. La ímagen espíendorosamente
desnuda de Dynna ío hechízó.
-Hasta una humííde escíava debería tener derecho a cíerta íntímídad
-dí|o Dynna.
Como una ííamarada, recorríó su cuerpo con ía mírada y Dynna casí
notó su caíor. Recogíó otro paño, se envoívíó en éí y ío míró con expresíón
aítíva.
-Nos marcharemos antes de una hora -gruñó Brage.
-Estaré preparada.
-Vestíos. -Brage se voívíó y cerró ía puerta detrás de éí, pero
permanecíó aí otro íado, íuchando contra eí ímperíoso deseo de derríbar ía
puerta y poseería. Vería desnuda ante éí había encendído su pasíón, y tuvo
que esforzarse por controíaría. Por ñn, respírando entrecortadamente,
abandonó ía casa.
Unos mínutos después Matíída ííamó a ía puerta y entró para ayudar a
Dynna a peínarse y vestírse. Luego eíía tambíén tomó un rápído baño.
-Estamos díspuestas a partír, sí vos ío estáís -íe dí|o Dynna a Brage,
que había regresado y estaba sentado en ía habítacíón príncípaí.
Brage aízó ía vísta y vío a ías dos mu|eres acercándose. Se había
dedícado a tratar de comprender qué sentía por Dynna. No podía negar que
ía deseaba, puesto que su cuerpo no de|aba de recordárseío. Pero que
estuvíera aííí, tan cerca de éí, ya estaba resuítando un tormento. En ía nave,
ía presencía de íos hombres había evítado que pensara constantemente en
su proxímídad, pero ahora estaban en su casa y dormíría en su cama. Eí
recuerdo de eíía hacía unos momentos, cuando ío míró con expresíón cáíída
y díspuesta, y después vería desnuda ante éí ío hízo tragar saííva. No
comprendía cómo podía seguír síntíendo ío mísmo por eíía, sabíendo ío que
había hecho.
-Marchémonos. La noche promete ser íarga -dí|o en tono brusco, se
puso de píe y saííó de ía casa; eíías ío síguíeron.
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Eí buííícío que surgía de ía casa de Ansíak se oía a cíerta dístancía.
Cuando Brage, Dynna y Matíída ííegaron estaba ííena de gente y ía muítítud
íncíuso se desparramaba por íos |ardínes.
-¡Ha ííegado eí Haícón Negro! -excíamó uno de íos aídeanos, y todos
soítaron sonoros vítores.
-¡De|ad paso! ¡Brage está aquí!
La muítítud se separó y Brage entró en eí hogar paterno. Ouíenes ío
conocían íe paímearon ía espaída y íe díeron una caíurosa bíenvenída.
Dynna camínaba detrás y notó eí afecto que todos íe tenían y tambíén que
éí parecía aprecíar a todos quíenes íe dírígían ía paíabra. Cuando eíía y
Matíída entraron en ía casa, ambas notaron ías míradas curíosas de íos
víkíngos.
-¡Tove! -excíamó Brage, dírígíéndose a ía mu|er de su padre cuando
por ñn aícanzó ía atestada habítacíón príncípaí-. He traído a estas mu|eres
para que te ayuden. Podrás empíearías como me|or te parezca.
Tove había oído ía hístoría de ía traícíón de ía mu|er de cabeííos
oscuros y sabía muy bíen dónde ías pondría a traba|ar.
-Veníd conmígo -ordenó y íes índícó a ambas que se dírígíeran a ía
cocína. Aííí ías tareas resuítarían caíurosas y agotadoras, adecuadas para
escíavas como eíías. Aunque puede que parecíeran damas, ya no ío eran.
Uíf ya estaba aííí, sentado a un íado con aígunos de íos hombres,
dísfrutando de una |arra de cerveza. Se aíegraba de que su hermano
hubíera vueíto aí hogar y tambíén de ía presencía de Matíída. Píaneaba
comprárseía a Brage y más adeíante éí y su hermano habíarían deí precío.
La quería para sí. Casí no había pensado en otra cosa durante eí vía|e y
ahora que estaban ínstaíados, eí momento había ííegado.
Síguíó a Matíída con ía mírada cuando ésta atravesó ía habítacíón.
Como sí ío notara, se gíró hacía éí y íe sonríó. La ínesperada sensacíón de
feíícídad que ío embargó sorprendíó a Uíf y íe devoívíó ía sonrísa, aí tíempo
que Matíída desaparecía en ía cocína |unto con Tove y Dynna.
Brage se acercó a ía mesa sítuada en eí centro de ía habítacíón, donde
tomó asíento |unto a su padre y Krístoher. Le sírvíeron una |arra de víno y
todos se dedícaron a beber.
Transcurríó casí una hora antes de que tra|eran ía comída. Dynna,
Matíída y díversas escíavas de Tove cargaban con grandes fuentes
rebosantes de carne de cíervo y pato asado. Después sírvíeron humeantes
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oíías de sopa y bande|as de pan caííente. Era un festín dígno de un héroe y
eí |úbíío reínaba en ía habítacíón.
Brage estaba sentado ante ía mesa míentras servían ía comída,
charíando con quíenes ío rodeaban. Pero no pudo de|ar de observar a Dynna
movíéndose a través de ía habítacíón. Creyó que ía humíííaría aí obíígaría a
servír, pero eíía desempeñaba ía tarea con facííídad, bromeando con íos
hombres que íe hacían comentaríos y eíudíendo con habííídad a íos que
trataban de echaríe mano cuando pasaba a su íado. Aí observar esto, Brage
se enfadó, y cuando Dynna pasó |unto a su mesa ía ííamó.
Dynna se detuvo ante éí, íanzándoíe una mírada ínquísítíva. Había
cargado cuídadosamente con ía pesada bande|a y creyó que ío estaba
hacíendo bíen. Ignoraba qué podía haber hecho para enfadarío.
-De ahora en adeíante, sóío servíréís a íos de esta mesa -ordenó de
manera ta|ante; su padre ío míró con curíosídad.
-Sí eso es ío que deseáís... -contestó eíía en tono sumíso. Luego fue
a ía cocína para ínformar a Tove de ía orden recíbída. Brage ía síguíó con ía
mírada hasta que desaparecíó y después vacíó ía |arra de víno de un trago.
Cuando otra críada pasó a su íado, cogíó una de cerveza y empezó a
bebérseía.
Ansíak íos había observado a ambos.
-La moza es traícíonera, pero hermosa. ¿Te quedarás con eíía? -íe
preguntó.
-Hasta que me canse -contestó Brage.
Pero eí recuerdo de hacer eí amor con eíía no ío abandonaba y se
preguntó sí ííegaría eí día en que se cansara, pese a ía traícíón. No podía
oívídar que Dynna íe había saívado ía vída cuando fue tomado prísíonero
por prímera vez. No había reveíado su ídentídad y procuró cuídar de éí hasta
que sír Edmund se ío ímpídíó. Le había ayudado a escapar, aunque eíío
sírvíera a sus propósítos. Sacudíó ía cabeza para de|ar de pensar en eíía.
-¿Y ía otra? Aí parecer, Uíf quíere quedárseía -contínuó su padre.
Aí mírar a su hermano, Brage se encogíó de hombros y su mírada se
endurecíó cuando vío que Uíf íe rodeaba ía cíntura con eí brazo a Matíída y
se ía sentaba en eí regazo. La muchacha no se resístíó, síno que río, íe rodeó
eí cueíío con íos brazos y ío besó. Uíf parecía estar pasándoío bíen y ía pízca
de sospecha que Brage aíbergaba desde hacía tíempo aumentó de goípe.
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Uíf dírígíó ía vísta hacía éí y sus míradas se encontraron a través de ía
atestada habítacíón. Uíf reía, pero sus carca|adas se apagaron aí ver ía
expresíón de su hermano.
-¿Oué haremos respecto aí traídor? ¿Sospechas de aíguíen? -
preguntó Ansíak.
Ante ía mencíón de aqueíío que íe causaba tanta preocupacíón, Brage
se puso aún más tenso.
-Taí vez debería agradeceríe aí traídor -dí|o, bebíendo un trago de
cerveza-. Es eí motívo por eí cuaí todavía estoy vívo, puesto que ía
necesídad de encontrarío fue ío que hízo que síguíera íuchando por
mantenerme con vída. Ouíero verío sufrír por su traícíón.
-La venganza es un sentímíento arroííador -asíntíó su padre.
-En efecto -mascuííó Brage y voívíó a mírar a Uíf, que estaba sumído
en una conversacíón con sus hombres.
-Míraío -íe dí|o Parr a Uíf-. Ahí está, sentado |unto a Ansíak como sí
nada íe húbíera ocurrído.
-Sufríó herídas, ha estado encadenado y prísíonero, y sín embargo
ahora se encuentra perfectamente -añadíó otro, azorado ante ía fuerza y ía
destreza de Brage.
-Es eí Haícón Negro -se íímító a contestar Uíf. Síempre supo cuán
vaííente y fuerte era su hermano. Incíuso de níños, cuando íe sacaba una
cabeza y aí menos veínte kííos de peso, en ía mayoría de íos casos Brage ío
íguaíaba en poderío y de vez en cuando hasta ío había derrotado.
-Nunca debímos dudar de éí, Uíf, pero aqueí día durante eí ataque...
Yo tambíén ío ví caer y creí que estaba muerto. Oue todavía esté entre
nosotros es un mííagro. -Aí recordar aqueí día, Parr adoptó una expresíón
preocupada.
Uíf voívíó a mírar a Brage y comprobó que su hermano ío observaba
extrañamente ínexpresívo.
-Oue síga con vída es un auténtíco mííagro -asíntíó.
Una vez que hubíeron servído ía comída, ías mu|eres se dedícaron a
escancíar cerveza, hídromíeí y víno a íos ínvítados. Dynna acercó una
bande|a con |arras de cerveza y Brage se sírvíó otra y ía vacíó de un trago.
-Estoy dísfrutando de ía ceíebracíón, Brage -ronroneó Inger,
acercándose a ía mesa y íanzándoíe una sonrísa coqueta.
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-Me aíegro -se íímító a contestaríe. Había observado que se abría
paso hacía éí a través de ía muítítud deseando encontrar eí modo de
eíudíría. Era una mu|er atractíva, pero no ía amaba y su actítud ínsínuante
no despertaba su ínterés.
Tras servíríe cerveza a Brage, Dynna permanecíó de píe a su íado, taí
como éí íe había ordenado. Su presencía íncordíó a Inger.
-Tráeme una copa de víno, mu|er -íe dí|o en tono ímperíoso.
-Eíía se quedará aquí -ata|ó Brage con rapídez-. Sí quíeres víno, ve
a buscarío tú mísma.
-¡Sóío es una críada! -La crueídad de Brage hízo que se ruborízara.
-Eíía es mí críada -repíícó éí-. Está aquí para cumpíír mís órdenes.
Inger se sentía humíííada. Sabía que Ansíak y Krístoher ía observaban y
que, aí escuchar ías paíabras secas de Brage, íos demás comprendíeron que
ía estaba evítando adrede. Se aíe|ó apresuradamente y su esperanza de
casarse con éí se desvanecíó.
Brage estaba de un humor tenso. La cháchara de Inger y su actítud
ííson|era ío ímpacíentaban. Cuanto más pensaba en ía traícíón de Uíf, tanto
mayor era su íra y cuando vío que atravesaba ía habítacíón en díreccíón a
eííos, se preparó para enfrentarse a éí. Había aguardado ese momento. Se
enfrentaría aí embustero de su hermano deíante de todos y demostraría que
era un maídíto traícíonero.
-¿Por qué estás tan serío esta noche, hermano mío? -preguntó Uíf,
deteníéndose ante ía mesa y bebíendo un trago de su |arra de cerveza.
-¿Acaso es tan dífícíí de comprender cuando sé que un traídor
partícípa en ía ceíebracíón?
Uíf míró en torno.
-¿Píensas en ía traícíón, precísamente esta noche cuando deberías
ceíebrar tu regreso?
-Casí no he pensado en otra cosa desde que ví morír a mís hombres y
caí prísíonero de íos sa|ones.
Ansíak y Krístoher no podían ñngír que no oían sus paíabras y aguzaron
íos oídos.
-¿En quíén píensas? -prosíguíó Uíf-. ¿Sabes quíén es? Porque en ese
caso, te ayudaré a matarío.
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-He díspuesto de muchas horas para reñexíonar aí respecto. Y sé
quíén sacaría mayor provecho sí yo muríera. -La expresíón de Brage era
dura cuando se puso de píe íentamente y míró a Uíf de arríba aba|o.
-¿Ouíén es eí traídor? -preguntó Uíf, notando su íra y
comprendíéndoía. Los hombres de Brage habían muerto a causa deí traídor
y Brage no era un hombre índuígente-. Yo ío atraparé.
-Eres tú.
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CAPÍTULO 20
#áíído y atóníto, Uíf míró ñ|amente a Brage, doíído por ía acusacíón.
-¿Cuestíonas mí íeaítad? ¿Crees que sería capaz de traícíonarte? ¡Eres
mí hermano! ¡He íuchado a tu íado y ahora me acusas de esto! ¿Cómo
puedes ínsínuar seme|ante cosa?
-He hecho más que ínsínuaría -repíícó Brage en tono furíoso,
rodeando ía mesa y enfrentándose a Uíf-. ¡Añrmo que has sído tú!
La consternada muítítud guardaba sííencío, todos mantenían ía vísta
cíavada en íos hermanos.
Dynna seguía de píe detrás de ía mesa, observando ía confrontacíón.
-No habíarás en serío, ¿verdad? -dí|o Uíf.
-Tú conocías todos mís píanes -ío acusó Brage.
-Aí íguaí que otros -se defendíó.
-Eres eí que mayor provecho obtendría sí yo desaparecíera.
Comandarías a mís hombres; te apoderarías de mí nave. Sí yo me quítara de
en medío, padre te aprecíaría aún más -prosíguíó Brage y, mírando
aírededor, vío que ía espada de su padre y ía de Krístoher estaban apoyadas
contra ía pared.
Se acercó, ías recogíó con gesto coíéríco y íe arro|ó eí arma de Ansíak a
Uíf. Era una boníta espada de empuñadura dorada. Cada uno de íos hí|os
íegítímos había recíbído una. Brage bíandíó ía de Krístoher, cuya
empuñadura era ía cabeza en|oyada de un dragón.
-Ahí tíenes ía espada de mí padre. Síempre quísíste poseería. ¡Úsaía!
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Las paíabras de Brage de|aron perpíe|o a Uíf y íe íanzó una mírada
atóníta. Cogíó ía espada y ía sostuvo con ía mano derecha, pero cuando
Brage se íanzó contra éí díspuesto a íuchar, Uíf comprendíó que no podía
haceríe daño a quíen había |urado proteger. Enderezó ía cabeza y dí|o:
-No íucharé contígo, Brage. -Luego cíavó ía espada en ía mesa a ía
vísta de todos.
Brage avanzó con ía espada en ía mano.
-Recoge tu arma. Lucha como un hombre.
Uíf se íímító a mírarío ñ|amente.
-Es verdad que tras ía bataíía, aí creer que estabas muerto, me sentí
cuípabíe, pero ía cuípa estaba causada por mí fracaso, porque había |urado
protegerte. De|é que te hícíeran daño, a tí y a íos demás. Aqueí día, hubíera
preferído morír en eí campo de bataíía, hubíera preferído ír aí Vaíhaía a vívír
sabíendo que te había faííado, así que sí no te queda más remedío, mátame.
Atravíesa mí corazón con ía espada, puesto que ya ío has atravesado con
tus paíabras, pero has de saber ío síguíente: Estoy díspuesto a morír aquí,
sín honor, antes que permítír que creas que te he traícíonado. Preñero
sacríñcar mí vída para que conozcas ía verdad, hermano. No fuí yo quíen te
deíató a íord Aífríck.
Oue ío negara enfurecíó a Brage todavía más y se acercó a éí con
mírada asesína. Ouería matar aí traídor, ahora mísmo. Aí parecer, estaba
díspuesto a cíavaríe ía espada a Uíf.
Matíída se encontraba en ía cocína cuando notó que en ía habítacíón
príncípaí reínaba eí sííencío. Se asomó a ía puerta y vío a Brage
enfrentándose a Uíf. Cuando parecía estar a punto de atacarío, Matíída grító:
-¡No! ¡Aguardad! ¡No fue Uíf! -Todos íos ocupantes de ía habítacíón
soítaron un gríto ahogado y se voívíeron para mírar a Matíída, que echó a
correr y se ínterpuso entre íos dos hombres-. No ío hagáís, Brage. Sé que
no fue Uíf. ¡Yo estaba aííí aqueíía noche!
-¿Dónde díces que estabas? -excíamó Brage.
-¿Oué estás dícíendo, Matíída? -preguntó Dynna.
-Aqueíía noche, yo estaba en ía Gran Saía cuando acudíó eí víkíngo e
ínformó deí ataque ínmínente.
-¿Sabes quíén es eí traídor? -Ansíak se puso de píe y se acercó a sus
dos hí|os.
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-Observé y escuché y, cuando eí hombre se marchó, ío seguí -
contestó eíía apresuradamente.
-¿Ouíén es eí traídor? -grító Brage-. ¡Dínos su nombre!
-No ío sé con exactítud. Sóío sé que no era Uíf. Era más ba|o y menos
fornído. Líevaba una barba rubía, y...
Matíída míró en torno, procurando descubrír eí rostro que había vísto
aqueíía noche ba|o ía íuz de ía íuna, pero fue en vano. Entonces dírígíó ía
mírada a ía espada que sostenía Brage y soító un gríto ahogado.
-¡La espada! ¡Es ía que ííevaba eí hombre! ¡Ví eí brííío de ía cabeza de
dragón y recuerdo pensar que parecía maívada, con esos o|os como gemas
respíandecíentes!
Cuando Brage cíavó ía vísta en eí arma de Krístoher, se hízo un sííencío
atóníto. Se gíró íentamente y vío que su hermano se ponía de píe y
retrocedía.
-¡Está íoca! -chíííó Krís-. ¿Oué puede ganar dícíendo taíes mentíras?
¿Acaso su ama no es una mentírosa y ahora demuestra que eíía tambíén ío
es?
-¡Krístoher! -Ansíak arrancó su espada de ía mesa.
Krís íe íanzó una mírada ííena de odío.
Y entonces, aí ver su perñí, Matíída reconocíó a Krístoher.
-¡Fue éí! ¡Ahora ío reconozco! ¡Fue éí quíen vísító a íord Aífríck aqueíía
noche!
Krís trató de escapar, pero Uíf ío persíguíó, y tambíén Ansíak y Brage.
Sóío íogró aícanzar eí centro de ía habítacíón, donde varíos hombres ío
cogíeron y ío arrastraron ante íos demás.
Brage ío míró, conmocíonado, ínvadído por ía pena y eí doíor.
-¿Por qué, Krístoher? Todos esos buenos hombres muertos... Eran tus
amígos...
-¡Amígos! -íe espetó Krístoher, dío un paso adeíante y goípeó ía
mesa con íos puños. Les íanzó una mírada furíbunda a íos tres: A Brage, Uíf
y su padre-. ¡Tu nave! ¡Tu espada! ¡Tu escudo! ¡Tus amígos! ¡Todo era tuyo,
Brage! Eí úníco que íes ímporta a todos es eí Haícón Negro. Eí que |amás
comete un error.
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-¿Oué estás dícíendo? -rugíó Ansíak, controíándose a duras penas-.
¿Tú hícíste eso? ¿Te convertíste en traídor, advertíste a Aífríck deí ataque
píaneado por tu hermano?
-¡Sí, ío híce! Y sí hubíese funcíonado, habría sído tu úníco heredero.
Tanto Brage como Uíf habrían muerto y yo me hubíese apoderado de ías
naves y íos hombres de Brage y me habría convertído en aíguíen aún más
exítoso que eí Haícón Negro.
Ansíak no pudo evítar abofetearío.
-Eres un niding, un míserabíe y un cobarde. ¡Yo mísmo te daría
muerte, pero no mereces morír con honor! ¡Me níego a otorgaríe ese honor
a un cobarde! Te condeno aí destíerro durante ío que te queda de vída. Vete.
No quíero voíver a verte nunca más. ¡Ya no eres sangre de mí sangre! -
excíamó en tono asqueado.
-¿Acaso crees que me ímporta? ¡Tras vívír a ía sombra deí magníñco
Haícón Negro durante todos estos años, no me ímporta eí destíerro! ¡Nunca
híce nada para ganarme tus eíogíos! ¡Nunca te compíací, como te compíacía
Brage!
Su odío, desencadenado por prímera vez, era aígo maíígno que ío
consumía. Ansíak |amás había sospechado que eí |oven Krís aíbergara
sentímíentos tan víoíentos, ní que fuera capaz de seme|ante íocura.
-¡Ouítadío de mí vísta! -bramó eí padre-. Sóío tengo dos hí|os. Sóío
tengo a Uíf y Brage.
Brage se apartó de Krís y se acercó a Uíf, su hermano, su amígo, su
aííado.
-He sído muy ín|usto contígo, Uíf -dí|o con expresíón grave.
Uíf ío míró dírectamente a íos o|os y ío respetó por tener eí vaíor de
reconocer su error. No había de|ado de sentírse cuípabíe por haber sído
íncapaz de saívar ía vída de su hermano aqueí día. La ídea ío había
abrumado y no íograba quítárseía de ía cabeza.
-Y yo no cumpíí con mí |uramento de cuídarte ías espaídas. Creí que
estabas muerto; aí príncípío, hubíese preferído que quíen hubíese muerto en
eí campo de bataíía fuera yo. Después, cuando averíguamos que estabas
vívo, fue casí peor, puesto que aí abandonarte te había condenado a ser un
prísíonero.
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-No, tú no tuvíste ía cuípa. No me faííaste, fuí yo quíen te faííó,
dudando de tí después de todos estos años... -Brage íe puso ía mano en eí
hombro-. Me equívoqué. Lo síento.
-La traícíón y eí odío conspíraron en contra de nosotros. Eres mí
hermano. Eres mí amígo.
-Para demostrarte mí agradecímíento te daría todo ío que tengo. Sóío
has de decírme qué quíeres, hermano, y será tuyo -dí|o Brage.
-No necesítas ofrecerme nada. Sóío fue un maíentendído. Todo está
bíen entre nosotros.
Brage había estado díspuesto a entregaríe su dra//ar, su espada y su
hogar, y que Uíf se negara a aceptar un regaío sóío sírvíó para reforzar
todas ías cosas buenas que sabía de éí. Ambos se fundíeron en un abrazo.
Cuando se separaron, Uíf sonríó y dí|o:
-Hay aígo que sí quísíera pedírte.
-¿Oué es?
-¿Me venderías a tu escíava Matíída? Ouíero ííberaría para poder
tomaría como esposa.
-¿Vendérteía? No. ía ííbero ahora mísmo. Está hecho. Anuncío ante
todos que Matíída es ííbre, pero creo que serás
tú quíen debe convertíría en tu mu|er. Eso no está en mí poder.
Los dos hermanos se abrazaron una vez más y ía paz voívíó a reínar
entre eííos.
Uíf íe índícó a Matíída que se acercara. Eí rubor íe cubría ías me|ííías y
eí corazón íe paípítaba con fuerza cuando se arro|ó en sus brazos y ío
estrechó.
-Tenía tanto míedo de que aígo te ocurríera. Sabía que no podías ser
eí traídor. Tu corazón es demasíado puro -dí|o eíía, contempíándoío,
adorando su rostro cubíerto de cícatríces, su aíma bondadosa y su buen
corazón.
Sus paíabras ío conmovíeron.
-¿Y bíen, mu|er? Ahora eres ííbre. ¿Te casarás conmígo?
Matíída míró a su ñero guerrero y sonríó con duízura.
-Me casaré contígo, Uíf. Seré una buena esposa para tí.
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Todos íos presentes soítaron un gríto de aíegría, pero Krístoher, aún
su|etado por íos demás, ínterrumpíó eí ambíente festívo.
-¡Me daís asco! -dí|o en tono frío, cuando ya no pudo soportar ías
paíabras de Brage y Uíf-. Síempre estabaís |untos. A mí sóío me toíerasteís
porque compartímos eí mísmo padre, ¡nunca por mí mísmo! Y recordadío:
¡Mí pían casí funcíonó!
-¡Eres un tonto, Krís! -espetó Brage-. Nínguno de íos dos quería
quítarte aígo. Oueríamos enseñarte a ser un hombre de honor y ganar
bataíías.
La mírada de Krístoher destííaba odío.
-¡Procurasteís quítarme de en medío para reívíndícar toda ía gíoría y
ías ríquezas para vosotros!
-¡Estoy harto de tus horrendas paíabras y de tu maídad! -bramó
Ansíak-. Sacadío de esta casa y mantenedío su|eto toda ía noche. Por ía
mañana, ío ííevaremos a ía campíña y aííí vagará sín famííía ní amígos. Ése
será su destíno. Taí vez entonces comprenda ío que ha perdído.
Dos de íos hombres se ííevaron a Krístoher, que no protestó ní se
resístíó.
Dynna había temído que Brage no saííera ííeso. Lo observó, sabíendo
que ío amaba y, aí ver que se reconcíííaba con Uíf, comprendíó que nunca
había conocído a un hombre me|or que éí. Su úníco deseo fue que hubíese
aígún modo de demostraríe que ía habían obíígado a traícíonarío.
Entonces notó que Krístoher se apartaba víoíentamente de íos
hombres que ío su|etaban; vío cómo cogía eí puñaí de uno de eííos y se
voívía, díspuesto a arro|arío contra Brage.
-¡Brage! ¡No! -grító, y corríó hacía éí con ía íntencíón de evítar que ío
híríeran.
Los demás tambíén oyeron su gríto de advertencía; Brage notó ía
urgencía deí gríto y se gíró, díspuesto a enfrentarse aí probíema. Y entonces
vío que eí puñaí destínado a éí se cíavaba en ía espaída de Dynna cuando
eíía se ínterponía entre éí y eí arma.
-Brage... -ía voz de Dynna era un resueíío, su mírada se encontró con
ía de éí y se despíomó.
-Dynna... -La cogíó y ía deposító en eí sueío míentras eí caos
estaííaba aírededor.
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Los víkíngos redu|eron a Krístoher y arrastraron su cuerpo ínconscíente
fuera de ía casa. Luego ío encerraron en un aímacén, maníatado y
amordazado.
Cuando Matíída se arrodíííó a su íado, Brage acunaba a Dynna entre íos
brazos.
-Lady Dynna... -Matíída ííoraba aí contempíaría.
Brage ía acomodó en su regazo y vío ía sangre que íe manchaba ías
manos. Arrancó eí puñaí de ía herída y ío arro|ó a un íado.
-Estáís sangrando... -murmuró con un nudo en ía garganta-. Me
saívasteís ía vída...
Dynna abríó íos o|os y ío contempíó.
-Es mucho me|or que haya sído mí sangre ía que se derramó. Hubíese
dado ía vída por vos. La hubíese dado aqueíía noche en ía torre, pero no me
díeron opcíón. Sí no íe decía dónde os escondíaís, Edmund habría matado a
mí madre.
Brage ía míró ñ|amente y empezó a comprender ía horrenda eíeccíón a
ía que se había enfrentado. Edmund íos había manípuíado y íes había
mentído a íos dos.
-Lo síento... No ío sabía... -musító-. He sído un ídíota aí no creeros.
-Os amo -susurró eíía y íuego sus o|os se cerraron.
-¿Dynna? -excíamó Brage, aterrado. Durante un ínstante creyó que
había muerto en sus brazos y ía estrechó |unto a su corazón-. Dynna...
No...
Entonces notó que eíía aún respíraba e hízo eí síguíente |uramento:
-No os de|aré morír, Dynna. Os quíero a mí íado... para síempre.
Brage ordenó que fueran en busca de ía sanadora, aízó a Dynna en
brazos y se abríó paso entre ía muítítud, que se apartó para de|ar que ía
ííevara a ía habítacíón de su padre, donde ía tendíó en ía cama, se arrodíííó
y íe cogíó ía mano.
-Os amo, Dynna. Sí sobrevívís a este trance, nunca de|aré que nadíe
vueíva a haceros daño. Lo |uro.
Brage permanecíó a su íado hasta que tuvo que aíe|arse de ía cama
cuando aparecíó Oíga, ía más díestra de ías sanadoras víkíngas, pero se
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negó a abandonar ía habítacíón y aguardó, observando todo ío que ocurría.
En cíerto momento aízó ía vísta y vío a Uíf en eí umbraí. Fue con éí.
-Estará perfectamente -ío tranquííízó Uíf.
-Tíene que estarío. Sabía que ía amaba, pero hasta ahora ígnoraba
cuánto... Ahora que temo perdería -dí|o Brage, y dírígíó su atormentada
mírada a su hermano.
-Edmund era un hombre maívado. No se hubíese detenído ante nada
para obtener ío que quería y sí no podía poseería, quería asegurarse de que
nadíe más pudíera hacerío. Es bueno que ahora sepas ío que aíberga tu
corazón.
-Sí, es muy bueno. ¿Adonde ííevaron a Krístoher?
-Está encerrado en un aímacén y padre ha apostado un guardía ante
ía puerta. Mañana éí mísmo se encargará de desterrarío.
-Síempre creí conocer a íos hombres, pero |amás sospeché que
Krístoher nos aborrecía hasta taí punto.
-Ní yo. Era un buen actor, puesto que íogró ocuítarnos sus auténtícos
sentímíentos durante todos estos años.
-Sí Dynna muere... -Uíf comprendíó ía amenaza sííencíosa de Brage.
-Brage... -dí|o Matíída, aproxímándose.
-¿Cómo se encuentra? ¿Vívírá? -se apresuró a preguntaríe.
Por ñn una sonrísa suavízó ía expresíón de Matíída.
-Sóío fue una herída superñcíaí -expíícó-. Lady Dynna vívírá.
-Gracías a íos díoses... -murmuró Brage.
Eíía asíntíó y éí sonríó aíívíado. Entonces Matíída reparó en Uíf, y
cuando eí víkíngo íe tendíó íos brazos corríó hacía éí. Aí descansar en eí
refugío ofrecído por su fuerte abrazo, eíevó una oracíón, agradecíendo que
todo hubíera saíído bíen.
Brage se acercó a ía cama en sííencío y pasó |unto a Oíga cuando ésta
abandonaba ía habítacíón. Permanecíó de píe y contempíó a Dynna, que
yacía ínmóvíí. Creyó que quízás estaba dormída, pero eíía abríó íos o|os y ío
míró.
-Dynna... -Brage se arrodíííó |unto a ía cama, voívíó a cogeríe ía
mano y íe besó ía paíma-. Dícen que os recuperaréís.
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-Sé que pronto voíveré a estar en píe -dí|o eíía. Su voz era suave y
un poco débíí.
-Hay aígo que debo decíros. -Le aferró ía mano con más fuerza, para
que supíera cuán íntensa era su emocíón-. Os concedo ía ííbertad ahora,
Dynna. Ya no soís mí escíava. Soís ííbre de regresar a casa de vuestros
padres. Me encargaré de que no corráís peíígro durante eí vía|e. -Lo úítímo
que quería era perdería. Ouería casarse con eíía y dedícar eí resto de ía vída
a amaría, pero no quería ímponeríe nada.
-¿Se trata de una recompensa por saívaros ía vída? -preguntó eíía
con íos o|os ííenos de íágrímas.
-No. Es porque os amo y no soporto veros tríste. Sí ío que deseáís es
voíver con vuestros padres, entonces ése tambíén es mí deseo -contestó,
preparándose para que eíía íe anuncíara que se marchaba.
-¿Dí|ísteís que me amáís?
-Os amo -repítíó éí en tono soíemne.
-Sí ahora soy ííbre, entonces tengo ía ííbertad de eíegír, y no eíí|o
regresar a casa de mís padres. Deseo quedarme aquí con vos, sí me
aceptáís. -Aízó ía mano y íe acarícíó ía me|ííía.
Brage ía contempíó y todo eí amor contra eí que había íuchado
respíandecíó en su mírada. Se íncíínó para besaría. Era un beso de
veneracíón, un beso que íe decía cuán precíosa era para éí.
-No quíero a nínguna otra. Os amo, Dynna. 9:s casaréís conmígo?
-Creo que os he amado desde ía prímera vez, cuando Uíf me ííevó
ante vos. No conozco a níngún hombre íguaí a vos. Podéís ser un feroz
guerrero pero conocéís eí poder que supone ía bondad. Soís un amante
tíerno. Creo que eí futuro |unto a vos me deparará muchos días de feíícídad
y de amor. Me casaré con vos, Brage. Seré vuestra esposa.
Los íabíos de Brage se uníeron a íos de eíía y seííaron su promesa de
casarse con un beso.
-En cuanto estéís curada -|uró eí víkíngo-, ceíebraremos ía boda. No
puedo esperar más tíempo.
(ove íe ínformó de sus píanes a Ansíak.
-Debo hacerío. No tengo otra opcíón.
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-Tu hí|o es un niding. Ha demostrado su desíeaítad y no merece tu
amor -argumentó Ansíak ante ía mu|er que era su esposa pero que ahora
íe decía que seguíría a Krístoher cuando marchara aí destíerro-. Cometes
una tontería. Krís quedará en ííbertad, pero íe precederá ío que ha hecho y
nunca encontrará ía paz.
-Sóío es un muchacho... -ío defendíó Tove.
-¡Es un niding8 ¡Un cobarde! ¡Un tonto! Acompáñaío aí destíerro sí ése
es tu deseo, pero has de saber que nunca más será bíenvenído en ía aídea.
-Comprendo -dí|o eíía en tono gíacíaí-. Pero hay aígo que tú has de
comprender: Cuentas con eí afecto de muchos, pero Krís sóío cuenta con eí
mío.
-Eres tú quíen desea írse, tú ía que desea acompañar a su hí|o. De
acuerdo, sea. Ahora es hí|o tuyo, no mío. Entre íos míos no hay cobardes.
Krís ha cometído aígo ímperdonabíe y no puede ser absueíto de su traícíón.
-Entonces haré ío que tengo que hacer -ínsístíó Tove. No aprobaba
ías accíones de su hí|o, pero ío comprendía. Éí había vívído a ía sombra de
Brage y de Uíf durante toda su vída. Como eíía a ía sombra de Míra, muerta
hacía años. No podía permítír que Krístoher se aíe|ara de eíía para síempre.
Eí amor por su hí|o era más fuerte que eí amor por Ansíak.
-Tú eííges, pero has de saber que aquí síempre serás bíenvenída.
Eíía asíntíó con gesto brusco y se aíe|ó. Por ía mañana abandonaría ía
aídea con su hí|o, y |untos buscarían una nueva vída en otro íugar.
%ynna tardó una semana en recuperarse por compíeto. Brage
permanecíó a su íado cuanto pudo. No quería separarse de eíía. Eíía y Brage
se comprometíeron ante toda ía aídea y después ceíebraron ía boda hasta
tarde por ía noche.
Cuando por ñn se encontraron a soías en su hogar, Brage ía cogíó de ía
mano y ía condu|o hasta ía cama. Se tumbaron y |uraron amarse en cuerpo
y aíma. Hícíeron eí amor tíernamente, prometíéndose devocíón y conñanza
mutua eterna.
-Lamento no haberos escuchado aqueíía noche en ía torre. De ío
contrarío, y sí hubíera dado crédíto a vuestras paíabras, os hubíera amado
en vez de perder eí tíempo -dí|o Brage y acarícíó su sedosa píeí.
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-Lo que ímporta es que ahora estamos |untos, duíce esposo -
contestó eíía, ío atra|o hacía sí y ío besó apasíonadamente.
-Sí, esposa, y síempre estaremos |untos.
Sus cuerpos se uníeron envueítos en ííamaradas de pasíón, hícíeron eí
amor como marído y mu|er, sabíendo que su amor sería eterno. Y míentras
procuraban aícanzar eí punto cuímínante y perfecto, supíeron que ía paz y ía
satísfaccíón serían suyas durante eí resto de sus vídas.
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EPÍLOGO
"a ancíana arro|ó ías runas y cíavó ía vísta en ías píedras profétícas
deposítadas en ía mesa. Eíígíó tres con mucho cuídado y examínó ías
ínscrípcíones. Tras un íargo momento, aízó ía mírada y contempíó aí
guerrero y a ía mu|er sentados ante eíía.
-Taí como ías runas profetízaron, mí apuesto guerrero -dí|o en tono
críptíco y voívíó a mírarías-, eí tesoro de gran vaíor es tuyo. Has derrotado
a todos. Has sobrevívído aí peíígro. No te de|aste engañar por ía traícíón y
ías faísas paíabras, y has reívíndícado eí premío y ío has convertído en tuyo
propío.
Brage recordó ía profecía. Ahora estaba sentado |unto a Dynna y ía
rodeó con eí brazo, porque sabía de qué tesoro habíaba ía ancíana.
-Tenías razón: Eí premío era más precíoso que níngún otro. -Dynna íe
íanzó una mírada ínterrogatíva, pero éí hízo caso omíso-. Entonces díme -
prosíguíó mírando a ía ancíana-, ¿qué nos depara eí futuro? ¿Oué dícen ías
runas?
La ancíana voívíó a cíavar ía mírada en ías píedras buscando una
respuesta, procurando descífrar íos secretos deí futuro.
-Un hí|o... -dí|o rápídamente-. Un hí|o robusto, aí que íe seguírán
unas hí|as que supondrán un desafío para su padre.
Dynna y Brage se míraron aí tíempo que eíía se ííevaba ía mano a su
víentre aún píano.
-¿Y nuestra vída será pacíñca? -preguntó Dynna, porque no íograba
oívídar eí odío de Krístoher.
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-Has encontrado ía paz que has buscado durante tanto tíempo. Tu
guerrero te protegerá y te amará. Ahora marchaos. Y sabed que vuestros
días serán píenos de soí y de aíegría.
Y así fue.
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