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El profeta de piedra

Y hablo el ángel a Zaratustra que bailando decía: "Yo soy un ángel viejo, el
más viejo de todos, y en todos estos años sólo los hombres me han ensañado a
bailar. Ritmos que con el tiempo vienen y van. Meneando su cintura, con aire de
saber qué es lo que quiere saber, le dijo:
-Profeta de piedra… el cáliz que contenía el agua sagrada ya comenzó a
derretirse como arena porque sólo la tierra podía contener esta agua. Y nadie
esperaba que en el fondo habitara el ángel que rechazo la misericordia de Dios, y
que precisamente fuera el más viejo, pues al probar el elixir que detiene el tiempo
ahora puede contar lo que allí verdaderamente aconteció, en el comienzo de los
tiempos.
Cuando se puso en pie, su altura se confundía con las nubes de los cielos.
Y una música de tambores transformó su cuerpo en luciérnagas, cada una de
diferente color, que se posó sobre el agua que protegía aquel ser celestial. Mil
colores tenía aquella cura para la muerte.
Ese entonces es el origen de la fuente de la juventud, que custodia un ángel
viejo y bailarín en la cuna del mundo".
Bruscamente irrumpiendo aquel relato del profeta de piedra, Nietzsche
replicó:
-¿y dónde está la cuna del mundo?
-El ya anciano Zaratustra con una picardía insólita masculle: pues en el
Amazonas, Nietzsche hijo de los hombres y “súper macho”. O es que acaso no lo
sabias.
Así continúa su relato, con la certeza que al tiempo nada se le enfrenta, y
TODO, desaparece ante él. Y por eso los hombres deberían llamar demonio al
olvido, pues este también es un hijo del tiempo.
Así narró Zaratustra su experiencia con él que había sobrevivido a todo,
incluso a la voluntad de Dios, con la esperanza de que en alguna espiral del
tiempo pudiera aparecer un hombre mata dioses, para liberarlo de su singular
condena. Y a cambio obtendría vida eterna para disfrutar también de una inmensa
riqueza.
En ese instante supo el gran Zaratustra que enviaría así a su mejor caza-
recompensa, el joven Nietzsche.
Un ser pálido, flaco, sobreviviente de la locura que la sífilis le causaba. Más
pelo y bigote que cualquier otra cosa. Sólo superado por el gusto de las carnes
magras y gordas del lupanar donde conoció a su némesis, el ilustre Wagner. Sus
ojos se encendían en fuego solo de pensar en aquel nombre: Wagner.
Según cuenta la leyenda Nietzsche vive porque fue alimentado por leche de
una loba rabiosa, al ser arrojado por una de las valquirias de su carro recién
nacido. De él nada más se sabe. Ese es el origen de su apodo el súper-hombre,
tan poderoso y resistente que podría incluso matar a un dios, como cuenta otra
leyenda que lo ha hecho. Este origen divino es lo que le permite tolerar las fiebres
altas de su enfermedad, y guardar algo de cordura cuando el tiempo se detiene y
está a las portas de la muerte.
Nietzsche al escuchar tan sutil propuesta del profeta de piedra no le queda
más que reír a carcajadas. Ríe como un loco, hasta terminar en llanto.
En segundos, se voltea y pregunta al profeta qué ganaría él con ese
hallazgo, y respondiendo con encanto.
- Querido Nietzsche, pues pagarte una deuda que tengo contigo por no
haberte prevenido en tu infortunio. Y con tu libertad me veré recompensado.
Sin entender y entendiendo la deuda que aquel ser tiene que pagarle, y
seguro de que le han robado lo último que poseía, se entrega a la desesperanza.
Aceptando algo confundido. Mirando de cara a la nada.
Zaratustra con una copa en la mano entona:
-Vamos a celebrar mi buen amigo, libemos a Baco el dios de los
aventureros y de los desesperados. Alcemos las copas aquí y ahora, porque allá
no abra más tiempo.
Le pasaron una copa de tierra no con vino sino con agua, y con una sonrisa
Mefistofélica, mojo su bigote prominente en aquella agua. Un trago engulló y como
fuego sintió partirse su esófago. En su mente una voz clama: ¡no te resistas muere
ya!, para que puedas alcanzar lo prometido.
Todo se revela a la verdad, a la forma que realmente es. Los ojos se
aclaran, los oídos se limpian, la piel se aviva, la lengua de desentume y el olfato
ve lo que antes no podía percibir. Ha sobrepasado las paredes. El piso se agrieta
rápidamente. Calaveras de cristal custodian un abismo inmenso. Las llamas lo
consumen, no se alcanzan a ver nada. Sólo sale humo y vapor. Cayendo en esa
infinitud, sonríe pensando que el infierno era como las ollas de los caníbales.
Y exclama:
¡Oh vida nos muestra cuan frágiles somos!,
con tus pínceles nos dices que sólo somos
un trazo en gran lienzo de Maya.

Al final Nietzsche cae al fondo del caldero en medio de la tierra, y en medio de su
eterno retorno libera al cautivo. Se convierte en un ser eterno remplazando al
protector de aquel lago. Sólo que una figura particular tiene para los hombres que
toman del agua de la eterna juventud, a él no le advirtieron que los hombres que lo
intentan se convierten en gatos grandes y bigotones. Con lo último no tenía
problema pues el bigote estaba de moda. El problema lo tenía con su nuevo y
felino encanto, aquel que en el lago se reflejaba, donde las mujeres y ángeles le
servían.
Rechoncho y bonachón, como Sísifo no lo sabía, pero así se veía, y si lo
sabía la sífilis no lo hacia consiente de aquella rueda eterna que ahora recorría.
Una gran taza de leche, una longaniza y requesón fue lo que siguió comiendo,
hasta que sus antiguas ropas reventaron.
Así fue que Zaratustra pago a su mejor caza recompensas. Así fue que el
ángel bailarín se liberó y fue reemplazado. Esto fue lo último que se supo del mata
dioses, que permanece en medio del río Amazonas, refugiado de la humanidad
por un velo de su amada Maya, que no permite ver la realidad de los que por allí
se acercan.