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Dalmacio Negro: "La religión y el êthos

"
“La función social de la religi ón es hoy un problema no sólo sociológico o intelectual
sino político, si bien, desde el punto de vista estrictamente político, el problema remite
al del êthos, un concepto prepolítico, social transformado en político”.
A partir de esta premisa, el profesor Dalmacio Negro Pavón, catedrático emérito de
Ciencia Política de la Universi dad San Pabl o CEU de Madrid y miembro de la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas, traza una magistral y sugerente reflexión
sobre el origen y el papel de la religión, el êthos y la moral en la sociedad y en la
cultura.
Reproducimos a continuación el texto íntegro de las reflexiones del ilustre catedrático,
corrrespondientes a una conferencia pronunciada en la referida Universidad el pasado
12/03/2010. Facilitamos, asimismo, el texto en pdf para su descarga, para lo cual
puede pincharse aquí.
LA RELIGIÓN Y EL ÊTHOS
Dalmacio Negro Pavón
Catedrático emérito de Ciencia Política
Universidad San Pablo CEU
Madrid, 12/03/2010

La función social de la religión es hoy un problema no sólo sociológico o intelectual
sino político, si bien, desde el punto de vista estrictamente político, el problema remite
al del êthos, un concepto prepolítico, social transformado en político. Esto es debido a
varias causas, que cabe resumir en el paso al primer plano de la “cuestión
antropológica”, que ha sucedido a la llamada “cuestión social”.
1.- La cuestión social apareció tras la revolución francesa, inserta en la gran
revolución democrática descrita por Tocqueville. La revolución francesa quebrantó el
consenso social y escindió las sociedades europeas al ser el consenso social –que
remite en último análisis a la amistad civil y a la confianza- el fundamento del orden
social, cuyo espíritu es, por así decirlo, el êthos, la moral colectiva. Esa ruptura
política se agravó por la concurrencia o acumulación en ella, de otras concausas
revolucionarias de origen no político: a la revolución política se unieron los efectos de
la revolución industrial, cuyo presupuesto era a su vez la revolución científico-técnica.
Es de notar que a esta la precedió una revolución agraria debida a la introducción de
nuevas especies cultivables (por ejemplo la patata) y productos agrícolas procedentes
de otras partes del mundo (como el algodón). La mejora de la alimentación y la
higiene hicieron posible la revolución demográfica sin precedentes sin la que
seguramente no habría tenido lugar la industrial. La revolución demográfica multiplicó
los efectos del disenso, al aparecer además mucha gente joven, en la que hicieron
mella las ideas políticas revolucionarias concentradas en las promesas de libertad,
igualdad y fraternidad, nuevas estas dos últimas.
Todo ello por una parte intensificó en Europa el disenso introducido por la Reforma, de
la que la francesa fue una continuación después de la puritana inglesa, y, por otra,
determinó la transformación de las tradicionales sociedades campesinas europeas en
sociedades industriales, comenzando el imparable predominio de la ciudad sobre el
campo, la revolución urbana que no suele tenerse en cuenta y que, como todas las
revoluciones, implica de suyo la ruptura más o menos grave del consenso social.
2.- La cuestión antropológica relega la cuestión social, de la que en cierto modo es
una secuencia, dividiendo todavía más hondamente a las sociedades al poner en
cuestión la misma naturaleza humana: es una ruptura del consenso social existente
todavía en torno a la vida humana. Esta ruptura se venía gestando desde hacía
tiempo a medida que adquiría auge el artificialismo racionalista, cuyas dos figuras
principales fueron Descartes y, sobre todo, por lo menos en este sentido, Hobbes.
Hobbes redujo ya la naturaleza humana al cuerpo y a su capacidad de moverse,
aunque sin sacar todas las consecuencias. Se limitó a esfera política, inventando el
Estado como el Gran Artificio capaz de impedir los conflictos políticos. Esto significaba
de suyo otra revolución la artificialista, pues la política estatal es por definición
innovadora: es un cuerpo artificial dotado de movimiento. Con todo, no se empezó a
notar este revolucionarismo hasta la revolución francesa, en la que alcanzó el Estado
su plenitud como Estado-Nación (Política), con su propio êthos; de momento el
nacionalista. A partir de ahí se hizo imparable el auge del artificialismo, la causa
última de la cuestión antropológica.
El artificialismo ha convertido esta cuestión en el problema político principal al crear la
presuposición de su superioridad sobre lo natural y facilitar las dudas sobre la
existencia de una naturaleza humana universal y constante. Las ideologías que
nacieron de la revolución francesa propugnaron la manipulación de las sociedades a
fin de conseguir el tipo humano perfecto adecuado a la sociedad perfecta; una
sociedad pacificada, sin conflictos: el mito ancestral de la Ciudad Perfecta. Se abrió
Escrito el 09/04/2010con 0 COMENTARIOS
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El artificialismo ha convertido esta cuestión en el problema político principal al crear la
presuposición de su superioridad sobre lo natural y facilitar las dudas sobre la
existencia de una naturaleza humana universal y constante. Las ideologías que
nacieron de la revolución francesa propugnaron la manipulación de las sociedades a
fin de conseguir el tipo humano perfecto adecuado a la sociedad perfecta; una
sociedad pacificada, sin conflictos: el mito ancestral de la Ciudad Perfecta. Se abrió
camino así el mito del hombre nuevo que, al no crear conflictos hará innecesarias la
religión y la política, cuya tensión dialéctica habría sido la causa de todos los males y
sufrimientos de la especie humana. Hombre igualitario y fraterno cuya libertad
consiste en ser solidario al renunciar a las pasiones conflictivas, quedando empero
libres los instintos y los deseos.
3.- La cuestión social expresa el gravísimo quebranto de las tradiciones de la
conducta que producían el êthos europeo configurado hasta entonces según la
tradición de la razón y la naturaleza en la que lo natural era la norma. La cuestión
social apuntaba ya a la creación de un nuevo êthos, mediante la innovadora tradición
moderna de la voluntad y el artificio, que crearía artificialmente un nuevo consenso
social confiando en que el cambio en las estructuras sociales mediante la justicia
social, modificaría la naturaleza humana.
Las ideologías para las que lo normal según la ley sustituye a lo natural, disputan
acerca del método adecuado para conseguirlo. Sus instrumentos preferidos son el
cambio estructural, la educación y la propaganda.
La cuestión antropológica suscita en cambio las bioideologías cuya finalidad consiste
también en crear un nuevo consenso social del que saldrá el nuevo êthos. Ante el
fracaso de las ideologías, invierten el método: si aquellas confiaban en el cambio del
consenso social mediante la manipulación de las estructuras, las bioideologías
esperan conseguirlo más eficaz y más rápidamente manipulando la conciencia a
través de la cultura. Se configuraría un nuevo tipo humano cuyo êthos
institucionalizaría el consenso social.
En ambos casos, el êthos, un concepto social, no político, el presupuesto de lo
Político, se convierte en un concepto polémico directamente político.
4.- La realidad tiene una doble cara: para decirlo con Coleridge, la que se ve y la que
no se ve; la natural y la sobrenatural, la del mundo en el que el guía es la razón y la
del mundo en que el guía es la fe.
Ahora bien tanto la razón como la fe son propiedades antropológicas. El hombre es un
ser que razona y cree; en lenguaje naturalista, un animal racional y un animal de
creencias. De hecho, los juicios racionales se apoyan en último análisis en creencias.
En virtud de ambas propiedades es un animal político, un animal social y un animal
moral. Esto último entraña una diferencia sustancial respecto a los demás seres del
mundo orgánico, concretamente los del mundo animal, entre la vida como zoé y la
vida como biós. Por lo pronto, el mundo propio del hombre, en el que no sólo habita,
sino que mora, la casa donde mora, es un mundo moral, ético. El êthos es la morada
de ese animal que domesticado por él se transforma en hombre, se socializa.
Pues, al mismo tiempo, pero también desde el punto de vista natural, es un ser
singular, completamente distinto de los demás seres naturales, ya que, en tanto
moral, tiene sentido de sus actos por lo que es responsable y en este sentido libre
dentro de sus condicionamientos naturales, al ser capaz de prever las consecuencias
de sus actos y de decidir sobre las posibilidades que se le presentan de actuar en un
sentido o en otro o de no actuar.
Así, hasta la aparición de la cuestión antropológica el hombre se creía y se pensaba
superior a todos los demás seres como animal que no sólo habita que en un lugar
sino que mora en él. No co-existe sino que con-vive. En cambio, ahora, debido a la
cuestión antropológica, tiende a considerarse un animal más, sin capacidad moral
propia, y de hecho empieza a tratársele así. Si Federico el Grande se refería a sus
súbditos como staatliche Tiere, animales estatales, ahora se les considera, y no sólo
por el Estado, meros recursos humanos.
Más lo moral implica la percepción de un mundo no meramente natural, es decir,
sometido a la necesidad de la Naturaleza, a sus leyes, sino distinto: el mundo
espiritual en el que por muy condicionado que esté, puede regirse por la ley de la
libertad. Es así como no puede evitar tener sentido de lo sobrenatural al ser también
el único animal que tiene consciencia de su caducidad, del hecho irrevocable de la
muerte, unido al hecho de ser, en tanto racional, un animal de creencias. Entre estas,
es la fe aquella forma específica de creencia que se refiere a la posibilidad de
conservar la vida tras la muerte natural. De ahí la posibilidad del conflicto entre la
razón natural y la fe en lo sobrenatural.
5.- Ese conflicto lo resuelve, o intenta resolverlo, la religión. La religión, aunque
depende la fe, pertenece a este mundo y es para este mundo. Su función consiste en
relacionar el mundo de la vida natural según la razón con el mundo de la vida
sobrenatural según la fe. O sea, la religión liga lo temporal con lo eterno, lo humano
con lo divino. Y tanto la razón como la fe son cualidades naturales que se dan en
cada individuo humano.
El objeto de la razón como una propiedad antropológica es, pues, el mundo natural y
el de la fe el sobrenatural. Ambas se yuxtaponen –sería más exacto decir que se
combinan- y operan en el mismo individuo, quien dará mayor o menor importancia
según los casos a su vida natural, temporal o a su vida sobrenatural, eterna. El
resultado de la interacción entre ambas es la cultura, el cultivo de lo humano de la
naturaleza humana, como un recurso del hombre en tanto hombre frente a la
Naturaleza. Y por cierto, es curioso que el culturalismo artificialista llegado a sus
últimas posibilidades contraponga ahora la Naturaleza a la Cultura utilizando
instrumentos culturales, justamente para sustituir la Cultura en el sentido tradicional
de cultivo, perfeccionamiento, por una antinatural cultura artificiosa.ltivo de lo humano
de la natga natguraleza humana.ura, un recurso del hombre como hombre frente a la
Naturaleza, pues la cult
La religión que informa a la razón es en realidad la causa de la cultura, pues esta es,
por una parte, un recurso del hombre como humano –no sólo, pues como cuerpo-,
sugerido por la fe, para relacionarse con lo sobrenatural, lo divino y, por otra, frente a
lo natural. No para destruirlo como a un enemigo existencial, sino para protegerse en
tanto humano, moral, de lo negativo en la Naturaleza.
Ahora bien, la fe es individual, personal, siendo su manifestación externa o visible el
culto religioso, la forma primaria de la Cultura, mediante que se relaciona el animal
humano con lo sobrenatural, eterno o divino. Pues en tanto recurso, y en este sentido
una técnica, se difunde como el culto colectivo de una pluralidad de individuos
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Ahora bien, la fe es individual, personal, siendo su manifestación externa o visible el
culto religioso, la forma primaria de la Cultura, mediante que se relaciona el animal
humano con lo sobrenatural, eterno o divino. Pues en tanto recurso, y en este sentido
una técnica, se difunde como el culto colectivo de una pluralidad de individuos
humanos.
Esta coincidencia de los miembros de un grupo en la vivencia de la fe es el culto
público del objeto de la fe: lo no-natural o divino. El culto es, pues, la causa originaria
de las sacralizaciones. Las sacralizaciones son localizaciones de lo divino.
En suma, con el culto a lo divino sacralizado, el cultivo, por decirlo así, de lo divino,
comienza la Cultura. Culto que tiene que ser público, común. natural omano la
Naturaleza.e un enemigo existencial, sinouna técnica, el cultola Natguralezala
Naturaleza y a sus leyes, si
6.- La cultura es el conjunto de las pautas que regulan la conducta. Y las pautas de la
conducta son las reglas de la moralidad colectiva, que son primariamente las que se
desprenden del culto a lo eterno.
Esa moralidad colectiva da lugar al êthos. El êthos es primariamente el espíritu del
grupo, cuyo individuos coinciden en la conducta debida según la fe: de ahí que la
moralidad colectiva, el êthos, permita esperar por parte de cada uno de ellos una
respuesta adecuada por parte de los demás, lo que da seguridad vital.
El êthos es por ende la fuente de las virtudes de un grupo, pueblo, nación, cultura o
civilización, equiparando aquí estos vocablos para abreviar.
Cada grupo, pueblo, nación, etc., tiene, pues, su propio êthos, su manera de entender
la moral universal. Pues no hay más que una moral, aquella por la que son
inexorablemente morales todos y cada uno de los seres humanos.
7.- Ahora bien, a diferencia de la Ética, la Moral en sentido estricto es la conducta
individual según los criterios del bien y el mal de la ley moral universal, es decir, en
relación con lo divino, pues aquella ley sólo puede tener su origen en lo eterno o
sobrenatural: la Moral mira, pues, a la eternidad, a diferencia del êthos, eticidad o
moralidad colectiva, la Ética, cuyo objeto es temporal, el bien y el mal colectivos.
Por consiguiente, la Moral, a diferencia del êthos, que mira a la vida temporal, es la
manera de manifestarse la fe en la conducta individual o personal, puesto que la vida
individual en este mundo está destinada a continuar en el sobrenatural: esto es lo que
da sentido a la Moral.
Fenomenológicamente cabe decir que el individuo humano es persona justamente
porque es moral, no por su coincidencia en el êthos. El ser humano antes que social
es moral y como es moral, responsable, es social. Esta es esta la razón de ser de la
política, que se funda en la existencia pluralidad de individuos cuya conducta
colectiva, no la particular, cuida.
Según eso, la Moral es única, a diferencia de la Ética, que se refiere al êthos: sólo
existe una ley moral natural, que es idéntica a la ley divina. Se llama natural porque el
individuo humano la reconoce y ajusta –o no, puesto que al ser moral es libre- a ella
su conducta.
8.- Volvamos a la religión. La religión se funda en la fe, que es siempre personal. La
fe “colectiva”no es más que la coincidencia de una pluralidad de personas en la forma
de dar culto o cultivar lo divino.
En rigor, la religión no es otra cosa que la forma en que se aplica la moral universal
para disciplinar o determinar la conducta individual transformándola en colectiva.
Por eso, lo que une o liga a los seres humanos a pesar de su individualidad es la
religión a través de la participación en el culto fundado en las mismas creencias
acerca de lo divino y en la conducta coherente con ellas.
Y de esa participación que disciplina y une nace el êthos como la moralidad colectiva,
que es a su vez la fuente del sentido común.
9.- Ahora bien, si la ley moral es única, la ética es en cambio plural. La causa es que,
debido a las condiciones y circunstancias físicas e históricas, existen grupos humanos
diferenciados, cada uno con su êthos peculiar según interprete la ley moral natural la
religión respectiva.
Esto parece una suerte de inversión: la ley moral natural es universal y, por tanto,
parece que todo debiera ajustarse a ella, como por ejemplo, según la conocida
máxima fiat iustitia pereat mundus. Sin embargo, en el mundo real, las leyes éticas
-los usos y las costumbres, las tradiciones- son plurales, es decir, distintas en un
grado mayor o menor.
Se podría decir, pues, que la moral se refiere a como se debe actuar, ya que la
persona es libre; en contraste, el êthos se refiere a como hay que actuar, pues la
convivencia en un grupo exige ajustarse a sus pautas.
10.- Esto crea un problema: por una parte, la conducta individual, a la que se refiere
la Moral, ha de ser la apropiada al êthos del grupo al que pertenece una persona,
pues inspira como debe ser la conducta colectiva; por otra, es posible que esa
persona contradiga con su conducta al êthos.
Entonces entran en juego la Cortesía, el Derecho y la Política.
La Cortesía suele pasarse por alto, pero es lo que fundamenta el modo natural de
convivir. Se refiere principalmente a las formas de trato que brotan espontáneamente
del êthos, que son las que reflejan mejor su espíritu. De hecho, el êthos cambia o
incluso llega desintegrarse cuando se alteran las normas de Cortesía. Quizá choque
esta alusión a la Cortesía. Pero lo que se llama desde Durkheim la presión social es
su aspecto sociológico. Por ejemplo, en China o J apón, la vida colectiva se regía por
las normas de Cortesía que todavía siguen haciendo allí en muchos casos el papel
del Derecho.
El Derecho brota del êthos. Se refiere a aquellas reglas fundamentales cuya
transgresión no sólo vulneraría el êthos sino que lo dañaría gravemente. El papel del
árbitro o juez consiste en ponderar la gravedad del daño o mal causado a la moralidad
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las normas de Cortesía que todavía siguen haciendo allí en muchos casos el papel
del Derecho.
El Derecho brota del êthos. Se refiere a aquellas reglas fundamentales cuya
transgresión no sólo vulneraría el êthos sino que lo dañaría gravemente. El papel del
árbitro o juez consiste en ponderar la gravedad del daño o mal causado a la moralidad
colectiva, a la convivencia. El Derecho defiende a los grupos humanos de la
desintegración.
Lo Pol ítico custodia la forma de vivir según el êthos. Por una parte, respalda,
únicamente respalda, la realización del Derecho; por otra, defiende al grupo, integrado
por el êthos, frente a otros grupos.
La misma Moral concreta a la que ajustan su conducta los individuos de un grupo se
ajusta normalmente al êthos del mismo. No obstante, debido a la libertad, es posible
que la conducta moral individual sea chocante, discordante o extravagante. En este
caso, lo importante es que no ponga en peligro el êthos, la moralidad colectiva
11.- Así pues, mientras la Moral inspira la conducta personal como ejercicio de la
libertad, el êthos inspira la colectiva, el ejercicio de la libertad colectiva, que es a lo
que se llama libertad política.
Cuando la contradicción entre la Moral y la Ética, el êthos, es flagrante, o bien la fe
religiosa vivida personalmente, o bien la presión social o bien el juez, o en último
extremo el poder político, cuya finalidad consiste en custodiar la vida colectiva, se
encargan de resolver o encauzar esa contradicción.
Esto puede dar lugar a conflictos entre la autoridad espiritual o religiosa en
representación de la moral natural universal y el poder político en representación del
êthos o a la inversa. Normalmente, esto último es poco frecuente, aunque hoy en día
empieza a ser corriente debido a la citada cuestión antropológica. Puede ocurrir lo
mismo entre el juez, como el defensor por antonomasia del êthos, del que surge el
Derecho, o al que éste debe ajustarse, y el poder político si quiere imponer una
interpretación contraria de la ley moral. Etc. La consideración de estas situaciones
conflictivas no es pertinente en este momento.
12.- De todo lo anterior se desprende que la religión es la clave de las culturas y las
civilizaciones. El hombre es por naturaleza un ser moral y en este sentido libre. Pero
la última palabra sobre la Moral y la Ética o el êthos le corresponde la religión o, más
bien, a la fe religiosa.
Cada cultura o civilización tiene su propio êthos, que no es exactamente idéntico a la
Moral: el êthos es la moralidad colectiva; la Moral es la moralidad o si se quiere el
êthos particular de cada individuo o persona. Mas como la conducta es individual y
cada uno tiene su carácter, aún participando del êthos o moralidad común introduce
ciertas desviaciones debido a la libertad, que, como la fe, es prácticamente otra
propiedad ontológica, aunque en realidad remite al hombre como ser moral.
También cabe hablar de la conducta colectiva, es decir, conforme al êthos más bien
que conforme a la Moral.
13.- Puesto que el individuo adapta su conducta moral en el sentido indicado antes al
êthos, el êthos es la fuente de las virtudes. Éstas son aquellas formas habituales de
conducta que mejor acepta y más estima el grupo. Son vicios las conductas
habituales que desaprueba por no ajustarse al êthos.
Conviene hacer una advertencia: hoy, debido a la influencia de la economía y la
sociología, tienden a equipararse las virtudes a los valores. Sin embargo las virtudes
no son valores. Primero, por que son cualidades y por ende no son mensurables o
cuantificables; segundo, porque no son caprichosas, sino que, en último análisis,
según lo dicho anteriormente, dependen de la ley moral, de la que se podría decir
también que es la ley de la libertad, interpretada normalmente por la fe religiosa.
14.- Las virtudes y los vicios son, pues, hábitos de la conducta. Y si cada grupo
humano, pueblo, cultura, nación o civilización tiene su êthos, resulta que, dentro de
cada uno, las virtudes –y los vicios- son siempre las mismas, aunque puedan variar
las formas y niveles de aceptación y estimación de las mismas. Es decir, no hay
virtudes públicas ni privadas. La distinción, que no es lo mismo que la diferencia,
depende del objeto de la acción humana. Si se refieren a la conducta en relación con
asuntos políticos –tal como entienda lo Político el êthos de cada grupo- se llaman
comunes o públicas, en otro caso, privadas. Pero la virtud es la misma en ambos
casos. Como decían los romanos del derecho, sólo difieren por razón del objeto: la
distinción es únicamente formal, no real, puesto que participan del mismo êthos.
15.- No hay, pues, un êthos público y un êthos privado ni virtudes públicas y virtudes
privadas, como tampoco hay -o no debería haber-, un derecho público y otro privado.
Las distinciones son puramente formales. Si las distinciones se convierten en
diferencias, es por la intervención de elementos o factores ajenos a la significación
natural, como ocurre en el caso de la diferencia existente como si fuese ontológica,
entre el derecho público y el derecho privado.
Esto no significa que no sea natural, lógico y lícito hablar del êthos particular y de las
virtudes particulares de la familia y aún de cada familia, de la región, las clases, las
profesiones etc. dentro del mismo grupo, pueblo o cultura.
También es posible hablar de distintas clases de virtudes como en la distinción clásica
entre virtudes éticas y dianoéticas, o las virtudes de distintas personas o profesiones,
etc. o que alguna persona sobresale por determinada virtud y otra por otra virtud, etc.
Y también es posible que un grupo, según su cultura, o más bien su êthos, prefiera
unas virtudes a otras. A fin de cuentas, las virtudes y los vicios son hábitos, que
pueden deberse a un sin fin de circunstancias, entre las desempeñan un papel
principal las tradiciones.
16.- Finalmente, como se deduce de lo anterior, la política no sólo no puede ser
contraria al êthos sino que ha de inferirse de él: el êthos es el “alma”de los grupos
humanos, sean familias, asociaciones de cualquier tipo, pueblos, culturas, naciones,
etc. El êthos es lo público o común de un grupo humano, al que rige. Por eso la
política es en el fondo superficial y epidérmica: su función consiste justamente en
mantener dentro del grupo, sea pueblo o nación –incluso “cultura”o civilización-, el
equilibrio conforme al êthos en el ejercicio colectivo de las virtudes. Pues, debido a la
libertad –o si se quiere a la moral-, las circunstancias están siempre cambiando,
aunque la infinita mayoría de las alteraciones sean imperceptibles a corto y medio
plazo. De ahí que el núcleo de la tradición sea el êthos originario de los pueblos. Éste
despliega sus potencialidades ajustándose al cambio en las circunstancias.
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mantener dentro del grupo, sea pueblo o nación –incluso “cultura”o civilización-, el
equilibrio conforme al êthos en el ejercicio colectivo de las virtudes. Pues, debido a la
libertad –o si se quiere a la moral-, las circunstancias están siempre cambiando,
aunque la infinita mayoría de las alteraciones sean imperceptibles a corto y medio
plazo. De ahí que el núcleo de la tradición sea el êthos originario de los pueblos. Éste
despliega sus potencialidades ajustándose al cambio en las circunstancias.
Lo que varía no es, pues, la ley moral universal, que se llama también natural porque
el hombre, un ser natural, es un ser moral, sino las condiciones de su aplicación en
los distintas circunstancias y niveles de la conducta.
17.- En resumen:
- Lo importante en la vida corriente es el êthos configurado según la religión entienda
la ley moral universal. Sin religión no puede haber êthos, aunque el êthos, algo así
como la “costumbre viviente”, se ajuste a las circunstancias sin depender empero de
ellas. Cambia su figura pero no su forma.
- Si se quiere cambiar el êthos de un grupo, cultura o civilización, sólo es posible
introduciendo una nueva religión, aunque esta sea la puramente negativa del
nihilismo, como es hoy el caso, disfrazada de culturalismo artificialista. En este
sentido, el nihilismo no es otra cosa que la neutralización del êthos.
- Si se neutraliza la Ética, el êthos, la vida colectiva y la particular serán tan inestables
que el grado de coacción necesario para mantener el equilibrio acabará haciéndose
insoportable.
- La función rectora del êthos se puede sintetizar citando la famosa ley del péndulo de
Donoso Cortés: “no hay más que dos represiones posibles: una interior y otra exterior,
la religiosa y la política. Éstas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro
religioso está subido, el termómetro de la representación está bajo, y cuando el
termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía,
está alta”.
- En una cultura cualitativa, regida por la lógica del Derecho, cuya clave es el êthos,
Religión y Política forman un dualismo inseparable. Pero han sido neutralizadas por
la Economía. Y en la medida en que la Economía adopta, para neutralizarse ella
misma, la lógica de las Matemáticas, indiferente al êthos y a la Moral, la cultura ha
devenido cuantitativa. De ahí el protagonismo del hiperneutralizador artificialismo
político en el que ha llegado a prevalecer la cuestión antropológica.libriole que el
grado de coacción paratas que no aprueba el mismo grupo segú
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