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Dana Marie Bell – Un Gato de Diferente Color - Serie Halle Pumas III

El Club de las Excomulgadas

AAggrraaddeecciimmiieennttooss

AAll SSttaaffff EExxccoommuullggaaddoo:: NNeellllyy VVaanneessssaa ppoorr llaa TTrraadduucccciióónn,, PPaauu BBeelliikkoovv ppoorr llaa CCoorrrreecccciióónn ddee llaa TTrraadduucccciióónn,, MMaarrii ppoorr llaa CCoorrrreecccciióónn yy LLaaaavviicc ppoorr llaa DDiiaaggrraammaacciióónn yy LLeeccttuurraa FFiinnaall ddee eessttee LLiibbrroo ppaarraa EEll CClluubb DDee LLaass EExxccoommuullggaaddaass

AA llaass CChhiiccaass ddeell CClluubb ddee LLaass EExxccoommuullggaaddaass,, qquuee nnooss aaccoommppaaññaarroonn eenn ccaaddaa ccaappííttuulloo,, yy aa NNuueessttrraass LLeeccttoorraass qquuee nnooss aaccoommppaaññaarroonn yy nnooss aaccoommppaaññaann ssiieemmpprree AA TTooddaass

¡¡¡¡¡¡GGrraacciiaass!!!!!!

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El Club de las Excomulgadas

Argumento

Haría lo que fuera necesario para proteger a su compañera.

El Dr. Adrian Giordano es muy feliz con la manera en que está su vida. Sus dos mejores amigos están viviendo felizmente en pareja, y él todavía es un soltero con cordura. Tiene amigos, un negocio próspero, y la ocasional cita del sábado por la noche. Luego Sheridan Montgomery llega a la ciudad. Su Puma interior responde a la voz ronca de la princesa de nieve de una manera que le dice que su vida está a punto de ser puesta de cabeza.

Sheri no puede creer que su suerte pueda ser tan mala. El instinto le dice que Adrian es su compañero, pero la última cosa que quiere hacer es arrastrarlo a su desordenada vida. Ella está huyendo de un ex, lobo grande y malo, que no toma un no por respuesta. Peor aún, si la sorprende, le hundirá los dientes a ella y a la Manada, para tomar lo que quiere. Ella no tiene ninguna posibilidad sola, pero con su amigo Adrian con persistencia de su lado, podría sobrevivir sola. Si su ex no se come al delicioso Dr. Giordano para el almuerzo.

Aviso: Este título contiene escenas de sexo explícito, lenguaje gráfico, un were- guapo, de ojos oscuros y un par de bocados para recordar.

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Capítulo Uno

— Dios, odio el invierno. Si no fuera por los huracanes me mudaría a Florida.

Adrian llamó a la puerta de la habitación del hotel y suspiró, poniendo los ojos

¿Cheryl?

¿Shelly?

estremeció y deseó desesperadamente estar de vuelta en su propio hogar cálido, con una fogata y un buen libro.

en blanco ante la vista de su aliento en el aire. Esperaba que la chica

No, ¡Sheri!, no lo mantuviera esperando demasiado tiempo. Adrian se

Se había ofrecido a Max para recoger al miembro más reciente de la Manada. Esta noche se suponía que era su presentación formal, aunque ya había sido aprobada por ambos, el Alfa y el Beta. Sólo Max podía conseguir que Adrian estuviera fuera en un frío como éste, pero eso estaba bien. Planeaba exigir su propia especie de venganza.

Sonrió, pensando en todas las formas en que podría alentar las locuras pre- matrimoniales de Emma.

La compañera del Alfa se había vuelto completamente loca, bombardeando la oficina con pequeñas notas y listas de cosas por hacer. O se le olvidaba que él compartía el espacio del escritorio con Max o disfrutaba de atormentarlo con las fotos del pastel de bodas. Eso era suficiente como para enviar a un solterón empedernido a un estado de shock por azúcar.

Adrian no quería una compañera. Sonrió para sí mismo. Sus dos mejores amigos se habían convertido en lamedores de vaginas, todo en cuestión de semanas. Emma decía, “¡Salta!” y el gran Alfa le preguntaba no sólo a qué altura, sino en qué dirección. En cuanto a Simon, si Becky simplemente suspiraba, él entraba en pánico. Ver a los dos miembros más fuertes de la Manada doblarse bajo la Brigada Femenina lo hacía aún más decidido a quedarse cuerdamente soltero.

— Solo un momento— una suave voz gritó desde el interior. Sonaba tímida y

dulce, y el Puma en Adrian levantó la cabeza con curiosidad. Podía sentir su pene

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endurecerse ligeramente ante el sonido de su aterciopelada voz.

 

¿Qué demonios?— murmuró él, frunciendo el ceño hacia la puerta cerrada.

Encogiéndose de hombros trató de despedir la reacción de su cuerpo.

 

¿Quién es?

Esa suave voz envió un rayo de pura lujuria a través de sus venas. Movió los hombros y trató de deshacerse del bajo sonido del gruñido de su Puma.

 

Adrian Giordano. Soy el amigo que Max dijo te recogería esta noche— Por

qué la mujer no podía ir sola era un misterio, pero había estado tan ocupado que

 

había olvidado preguntar.

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Pudo oír los seguros retirarse y se tensó. Su Puma soltó un bajo gruñido que nunca había oído antes, y tuvo que sujetar sus labios cerrados para evitar dejarlo salir de sus labios humanos. Sus ojos brillaban, los colores de la puesta del sol pasando del rojo al dorado mientras él perdía el espectro del rojo y el verde. Los obligó a cambiar de nuevo, cerrando sus ojos justo cuando la puerta de la habitación se abría.

Hola, Dr. Giordano. Soy Sheri Montgomery.

Él abrió los ojos para encontrar una princesa de la nieve devolviéndole la mirada. Tenía el más pálido y más suave pelo rubio que hubiera visto nunca. Los rizos casi blancos caían en delicadas ondas justo después de sus hombros. Pálidos y cristalinos ojos azules rodeados por iguales pálidas pestañas brillaban en un rostro que podría hacer que los ángeles lloraran. Era pequeña y delicada, la parte superior de su cabeza apenas llegándole a su hombro. Sus pechos eran perfectos para su ligera estructura. Él tuvo el impulso inexplicable de levantarla, lanzarla por encima de su hombro y llevársela a su guarida, donde nadie más jamás desearía verla. Jamás la desearían.

Mía.

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Los ojos de Adrian se abrieron mientras su Puma rugía en su mente.

—Mierda.

Ella inclinó su cabeza hacia un lado y en una especie fuera del centro. Ella bajó la mano y él ni siquiera se dio cuenta de que la había levantado en señal de saludo.

— ¿Perdón? ¿Está bien todo?

— Uh, no, todo está bien— esperaba por Dios que ella no pudiera ver la erección esforzándose en contra de sus pantalones.

— ¿Te gustaría entrar un momento mientras me pongo el abrigo?

Adrian tragó mientras ella sonreía, dulcemente incierta.

¿Puedo entrar por un año? ¿O dos? ¿Qué tal si sólo me corro? Hizo todo lo posible para aplastar la voz de lujuria a muerte, pero esta se negó a morir. Quería lanzarla sobre la fea alfombra verde y follarla hasta que ninguno pudiera caminar por una semana. Tal vez por un mes. Intenta por años, su Puma ronroneó.

—Seguro, gracias.

Ni siquiera se le ocurrió que ya estaba pensando en ella como suya.

Ella abrió la puerta de par en par, se movió a un lado y le hizo señas con otra tímida sonrisa. Él dio un paso dentro rápidamente, agradecido cuando ella osciló la puerta cerrándola detrás de él.

Él echó un vistazo alrededor de su habitación de hotel, a las maletas, cualquier cosa para evitar mirarla, porque en el momento en que lo hiciera querría desnudarla y hundirse dentro de ella. Cuando ella se dio la vuelta para tomar su abrigo él casi gimió con la vista de su perfecto trasero, en forma de corazón.

Ella rápidamente metió los brazos en las mangas. La capa se arremolinó a su alrededor, el apagado color blanco haciendo hincapié en su pálida belleza.

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Entonces se movió al lado de la cama. Pensamientos carnales se agolparon en su cabeza mientras ella se inclinaba para recoger algo del suelo, realmente mostrándole su trasero. No pudo ver lo que estaba recogiendo porque a) estaba en el otro lado de la cama, b) el objeto de su repentina y total lujuria justo se había inclinado cerca de una cama, y c) ese trasero. Incluso oculto por la capa tenía el poder de ponerlo duro. Trató de no imaginarla desnuda, pero no estaba tratando de hacerlo realmente muy duro. Otro gemido intentó escapársele, y la fea alfombra verde se volvió de color marrón amarillento, haciéndole saber que sus ojos habían cambiado de nuevo.

— Ahí estás— su voz suave canturreó. Su pene se contrajo en respuesta; había

pensado que ella le estaba hablando a él. Se sorprendió al ver con lo que estaba hablando, aunque con todas las pistas visuales no debería haberlo estado. Ella salió de alrededor del borde de la cama sosteniendo el arnés de un perro para ciegos. Ella se mordió el labio nerviosamente.

—Está bien si llevo a Jerry, ¿verdad? Sé cómo alguna gente es acerca de los perros en sus coches.

— Síp, está bien— dijo él, mirando a la mujer delante de él. OCA 1 ,

probablemente del tipo uno. Su cabello blanco-rubio, sus ojos azules, su piel casi

blanca

con el tipo uno de albinismo eran legalmente ciegas y necesitaban ayuda óptica, como optometrista él debió haber captado las pistas, pero había estado tan ocupado tratando de ignorar a su pene, y al trasero de ella, que había perdido el objetivo. — ¿Tienes tus gafas de sol?— otro rasgo común en el albinismo era la sensibilidad a la luz, pero algunos elegían sombreros de ala ancha en lugar de gafas de sol porque las gafas de sol podrían afectar la poca visión que tenían.

¿por qué no había puesto las pistas juntas antes? La mayoría de las personas

Ella sonrió de nuevo, esta vez soleada y cálida con un matiz de alivio.

— Sí, están sobre la cómoda— ella se acercó a la cómoda, tomó un par de gafas

de sol negras con lentes oscuros de color gris y se las puso. —Ahí. Todo listo.

1 El albinismo está asociado con un número de defectos de visión, tales como fotofobia, nistagmo y astigmatismo.

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Mientras caminaba junto a ella, él inhaló lo más silenciosamente que pudo. Dios, olía bien; toda fresca y limpia, igual que la nieve fresca, con una superposición de ¿coco? Protector solar, correcto. Con el sol en el cielo ella necesitaba protección adicional para su pálida piel. Él se aclaró la garganta y se ajustó los pantalones, y si su pene se ponía más duro podría clavar clavos con la maldita cosa.

 

Él la siguió fuera de la habitación del hotel y esperó a que cerrara con llave la puerta.

Tomando un firme control sobre la correa de Jerry ella extendió su mano libre. Sin pensarlo él la acomodó en su codo, llevándola a su coche.

¿Así que compartes una consulta con Max?

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Él ignoró el aumento repentino de los celos en el afecto de su voz.

—Sí, Max llegó a casa y se asoció conmigo hace un poco más de tres meses.

Ella sonrió, con la cabeza inclinada hacia el costado de nuevo.

—Simon y Becky me llevaron a cenar hace unos días. Me gustó ella. Ella le conviene.

Adrian se estremeció.

—Sí, lo sé.

Sheri sonrió hacia él.

— ¿Por qué el temblor?

— Becky es

bien, Simon me dijo una vez que pensaba en ella como “ruidosa,

ácida y con opiniones”.

Ella parece tenerlo bajo control.

Adrian ignoró el hilo de humor corriendo por su voz y optó por centrarse en sus

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palabras.

—Sí, lo tiene.

 

Las cejas de ella se levantaron con sorpresa cuando él llegó a su Mustang negro.

¿Tienes algún problema con eso?

Él abrió la puerta trasera y Jerry saltó directo adentro.

 

—Es más una cosa de soltero que una cosa de Becky— la ayudó a entrar y cerró la puerta, luego se movió hacia el lado del chofer. Subió y arrancó el coche. — Becky y Emma son mujeres geniales, y Simon y Max las aman, pero todo eso de “salta porque yo lo digo” simplemente no me gusta.

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¿Así que deduzco que no estás buscando compañera?

Nop. Ya la encontré. Una vez más esa pequeña voz molesta se negó a quedarse en silencio.

—No realmente— se cubrió.

Bien— respondió ella con firmeza. —Yo tampoco.

Su Puma gritó su protesta. Adrian hizo todo lo posible por ignorarlo, pero no fue fácil.

El mundo cambió de color en él de esa manera sutil que le decía que sus ojos habían cambiado. Maldita sea. Los obligó a regresar al marrón mientras se ponía en camino y se dirigía hacia lo de Max y Emma.

¿Se rumora que Becky y Emma te ofrecieron un trabajo?

Ella asintió.

—A tiempo parcial, pero ahora tomaré lo que pueda hasta conseguir un piso y poner mi otro negocio en marcha.

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¿Qué haces tú?— le preguntó él mientras daba la vuelta a la casa de Max.

— Soy escritora técnica. Escribo la documentación que se especializa en el software de reconocimiento de voz para ciegos.

Poco a poco, él sonrió.

 

¿En serio?

No suenes tan sorprendido. La tecnología ha hecho las cosas mucho más fáciles para esos de nosotros que tenemos desventajas.

 

Nunca dije que no lo hiciera. Creo que es impresionante— él hizo una pausa,

preguntándose si ella se ofendería si le preguntaba. — ¿Cómo de mala es tu visión?

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Ella inclinó la cabeza hacia abajo y afuera hacia un costado una vez más; él sabía lo suficiente sobre su condición para saber que estaba tratando de hacer lo mejor con su limitada visión.

—Estoy veinte / doscientos.

 

Para ver lo que una persona podía ver desde doscientos pies 2 de distancia, ella tenía que acercarse a veinte pies 3 . Esa era la definición de los legalmente ciegos. Explicaba por qué no conducía. La mayoría de los estados otorgaban una licencia limitada sólo si la vista de la persona estaba en un rango de veinte / setenta 4 con corrección.

Él hizo lo mejor que pudo para ignorar la mirada de ella mientras aparcaba en la calle. El camino de entrada de Max estaba lleno; ellos eran casi los últimos en llegar. Él se bajó del coche y caminó alrededor hacia su lado, dejándola salir primero antes de abrir la puerta para Jerry. Miró al perro, quien le devolvió la mirada.

2 61 metros

 

3 6’1 metros

4 Para ver lo que una persona normal ve desde 21 metros, esta persona necesita acercarse 6’1 metros, aproximadamente.

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—Por cierto, he tenido la intención de preguntarte algo— tomó su brazo de nuevo y comenzó a caminar.

— ¿Qué?

— ¿Sheri y Jerry?

— Cállate— ella sonrió, totalmente relajada con él. Esa pequeña muestra de confianza le calentó hasta los dedos de los pies a pesar del aire frío de noviembre. —Tonto.

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Capítulo Dos

Gracias a Dios por sus gafas oscuras. Le habían dicho que como a la mayoría de los

o excitaba, su gatita interna

Pumas sus ojos brillaban dorados cuando se alteraba ronroneó. Los suyos brillaban rojos.

Esa pobre gente pensaría que era una especie de demonio si vieran eso.

Habían brillado rojos cuando capturó el aroma de Adrian fuera de la puerta de su habitación del motel.

Cuando oyó su voz por primera vez sus garras casi se extendieron.

Había conseguido luchar y poner en sumisión a su Puma, pero cada vez que el delicioso Dr. Giordano hablaba, ella podía sentir a su gatita interior ronroneando, como si él la hubiera acariciado.

¡Oh, acaríciame, Dr. Adrian!

El hecho de que su Puma había rugido no había ayudado. Su declaración de que no estaba en busca de un compañero le sonaba falsa incluso a ella misma.

Aunque técnicamente lo que había dicho, había sido cierto. Parecía que había encontrado a su compañero, tanto si quería o como si no.

Iba a tener que encontrar una manera de mantenerlo a salvo de Rudy; de alguna manera dudaba de que fuera tan fácil como sonaba.

La puerta de entrada a la casa de Max se abrió.

— ¡Hola, Sheri!

Ella se preparó a si misma cuando la entusiasta compañera de Simon la abrazó como a una antigua amiga perdida.

—Hola, Becky— podía ver el ultra-rizado cabello de la hembra Beta y la palidez

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de su rostro. Las facciones de Becky estaban claras porque estaba tan cerca, el verde jade brillante de los ojos de Becky centellando alegremente. — ¿Dónde está Emma?— Sheri se moría por conocer a la Curana 5 .

Había hablado con ella por teléfono y Becky se había deshecho en elogios sobre la mujer, pero eso no cambiaba el hecho de que tenía que encontrarse cara a cara con la Curana y conseguir su aprobación antes de que los otros miembros de la Manada la aceptaran.

Aquí mismo— una voz femenina ronca respondió. Becky se apartó y Sheri se

preparó de nuevo. Una mujer pequeña se movió a su campo de visión, y ella inclinó la cabeza para verla mejor. Vio el pelo largo y los ojos oscuros en una cara de tez dorada, pero a menos que se acercara su rostro seguiría siendo un borrón. —Max— esa voz ronca arrastró las palabras.

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— ¿Sí?— la familiar voz de Max arrastró las palabras de regreso.

— ¿Estás seguro de que nunca te acostaste con ella?

Emma…—Max se echó a reír mientras se movía detrás de la pequeña mujer. Su familiar aroma flotó sobre ella.

Rubia, hermosa

explícame por qué no dormiste con ella. Caray, soy

heterosexual y me acostaría con ella.

¡Emma!

Nosotros no lo deseábamos— dijo Sheri, un poco sorprendida por la bienvenida.

Podía sentir la atención de Emma arremolinarse de nuevo hacia ella. Maldita sea, la Curana era fuerte.

¿Ah, sí?

5 Es como llaman en la Manada a la compañera del puma Alfa.

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Ser perseguida por un rabioso novio para forzarme a un apareamiento

significa que los hombres no estaban en lo alto de mi lista de prioridades. O las mujeres— ella sonrió, aliviada cuando la Curana se rió entre dientes. Sintió el

brazo de Adrian ponerse rígido bajo su mano. —Además, Max estaba saliendo con alguien.

Emma, ¿por qué no les deja pasar por la puerta? Hace frío ahí afuera— Max interrumpió.

Ella casi podía sentir la diversión de Emma mientras la Curana daba un paso atrás.

Seguro, Sheri, vamos entra— la Curana se inclinó y le susurró al oído, — Recuérdame que tenemos que hablar más tarde, ¿vale?

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Emma, vamos— se rió de nuevo Max. — ¿De verdad quieres saber con quién dormí en la universidad?

En realidad no— Sheri podía oír la sonrisa en la voz de Emma. —Sólo me gusta hacer que te retuerzas.

Se oyó el ruido de un beso suave.

—Haré que te retuerzas más tarde— ronroneó Max en voz baja al oído de Emma. Era evidente que pensaba que nadie lo escucharía, pero su oído era aún más agudo que el de un Puma normal.

Ella podía sentir sus mejillas enrojecer ante el calor apostado en la voz de él.

El suave “Oh, muchacho” de Emma había sonado demasiado parecido a cómo ella se sentía cuando Adrian deslizaba un brazo alrededor de su cintura y la atraía hacia él. Su mano cayó posesivamente en su cadera mientras entraba en la habitación.

¿Qué fue eso de un rabioso novio?— le preguntó Adrian. Su voz sonaba

tensa.

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Tensa o no, le encantaba escucharla. Era cálida y rica como el chocolate derretido, corriendo sobre su piel en un sexy deslizamiento que levantaba piel de gallina en sus brazos. Sus ojos destellaron color rojo detrás de sus gafas. Maldita sea.

Chocolate derretido describía perfectamente al buen doctor. Con ricos ojos marrón chocolate, oscuro pelo marrón y piel bronceada sobre músculo liso hacían del hombre un rico placer que ella se estaba muriendo por comer, sobre todo porque era una adicta devota al chocolate.

Lástima que no fuera a funcionar. Rudy podría darle una mirada al buen médico

y comérselo para el almuerzo. Literalmente.

Max suspiró.

—Es una larga historia, amigo, y una que le contaremos a toda la manada. Entremos, dejad los abrigos y tomad asiento. Hey, Jerry.

Ella le dio a Jerry la orden que le hizo saber que estaba fuera de servicio, así que cuando Max se inclinó y lo acarició, le movió la cola lo suficientemente fuerte para tirar fuera de su mano el arnés. Ella se rió, contenta de que su perro y su Alfa se gustaran el uno al otro.

—Le gustas.

— Bien, porque estará viendo mucho de mí— él tomó su abrigo y se lo entregó a Emma. Adrian casualmente la condujo a un gran sofá de cuero color vino. Ella podía ver a gente moviéndose alrededor, pero no podía realmente ver sus caras. Los aromas, por otro lado

Había varios hombres y mujeres en el grupo, por suerte ninguno llevaba perfume

o colonia, algo que los Weres tendían a no hacer de todos modos. Su sensible nariz

no lo permitía. Ninguno de sus olores era familiar a excepción de Max, del Beta y de Adrian. Los niños gritaban y se reían arriba. Ella podía distinguir los sonidos de un videojuego sonando en algún lugar y pensó que la mayoría de los niños estaban allí.

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El seductor aroma del Dr. Delicioso viajó hacia ella.

 

¿Novio rabioso?— Adrian le susurró al oído mientras se acomodaba junto a

ella.

Ella suspiró.

 

—Sólo quiero contarlo una vez, ¿de acuerdo?

 

Silencio.

¿Por favor?— no sabía por qué le estaba rogando, pero el peso de su mirada

estaba empezando a hacerla sentir incómoda. E incómodamente caliente, algo que

 

no necesitaba en un cuarto lleno de depredadores.

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Justo pudo distinguir su asentimiento antes de escucharle decir su:

—De acuerdo— Él se inclinó para susurrarle al oído. —Pero hablaremos de esto más tarde.

La sensación de su aliento en su oreja y cuello hicieron que un escalofrío le recorriera la espalda, aun cuando su tono de mando le puso los pelos de punta.

Ella frunció el ceño y empezó a decir algo, sólo para ser interrumpida por Max.

Está bien, gente escuchad. Tenemos un miembro nuevo en la Manada para

conocer esta noche. Ella es alguien que Simon y yo conocimos en la universidad, alguien que cambié cuando necesitó ayuda. Su nombre es Sheridan Montgomery. Es una buena persona que ha tenido un momento difícil. Ha venido a nosotros por ayuda, así que por favor escuchadla.

Sheri podía oír la voz del Alfa en Max, y sintió que su poder llenaba la habitación. Todas las conversaciones se calmaron de inmediato mientras ella se ponía de pie y daba un paso hacia adelante.

Podía oler a Max y a su compañera de pie junto a la chimenea, con Simon y

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Becky a la derecha de Max. Ella se volvió de mala gana para hacerle frente a la habitación. Era el momento de la verdad. La ayudarían, ¿o no?

— Hola— comenzó, con sus dedos apretando sobre la cabeza de Jerry. Él

reaccionó poniéndose de nuevo en servicio, acomodándose a su lado en una postura de alerta. —Soy Sheri.

Adrian se echó hacia atrás con tanta naturalidad como pudo y trató de que sus músculos tensos se relajaran.

Su compañera había sido amenazada, y por la forma en que Max y Simon se estaban comportando todavía estaba bajo amenaza. Su Puma estaba prácticamente vibrando. Si hubiera tenido una cola habría estado moviéndose rápidamente hacia atrás y hacia adelante. Diablos, incluso como humano tenía el impulso de ponerse de pie y caminar, pero se obligó a quedarse quieto y a escuchar lo que Sheri tenía que decir.

— En la universidad, salí con un hombre llamado Rudy Parker. Estaba en mi

tercer año de Ciencias de Computadores, él estaba en el programa de postgrado de Ingeniería Mecánica. Quería trabajar con robots— ella sonrió con tristeza mientras lo decía. —Parecía como la respuesta a todos los sueños que había tenido.

Adrian casi gruñó. La idea de ella cuidando de otra persona le hacía apretar mucho los dientes en el borde, y sólo había conocido a la mujer durante una hora aproximadamente. Cada instinto de posesión que tenía había comenzado a estirarse, como un gato que despierta a la luz de la mañana, toda su atención centrada en la esbelta rubia delante de él.

— En mi último año pequeñas cosas empezaron a suceder que me hicieron

preocuparme. Me decía que me pusiera falda, porque le encantaba con falda, después se molestaba si llevaba jeans. Me compraba chocolate caliente para beber y se cabreaba si no estaba debidamente agradecida. Las cosas comenzaron a aumentar justo antes de graduarme.

Su voz era fuerte, pero sus manos empezaron a temblar. Él tuvo el impulso de

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levantarse y poner sus brazos alrededor de ella, de hacerle saber que estaría a salvo con él. ¿Ese Parker la habría lastimado? Si había puesto una mano sobre ella, era hombre muerto. Adrian lo cazaría y lo atraparía personalmente.

Sintió los ojos de alguien sobre él y se volvió. Era Simon. El hombre lo miraba como si supiera exactamente lo que estaba pensando. Y si alguien en esa sala lo sabía, sería el gran artista. Su compañera había sido atacada y herida gravemente por un miembro de la manada antes de que hubiera sido convertida, y Adrian sabía que Simon todavía deseaba haber matado a la perra. Becky se inclinó hacia Simon y le acarició el brazo con dulzura, pero sus ojos estaban pegados a Sheri.

Adrian volvió su atención a su princesa de la nieve.

— Rudy sabía que no podía ver muy bien. Soy legalmente ciega. Utilizaba mi

bastón cuando iba a lugares en la universidad y en casa. Conocía mi camino bastante bien, así que no era difícil, y el bastón es muy útil cuando se hacen cosas como cruzar la calle. Él cogió mi bastón, me dijo que había sido robado por unos niños que me estaban gastando una broma, y luego se ofreció a ayudarme alrededor del campus. Empezó a faltar a sus propias clases para ir a las mías, lo que me pareció muy dulce en ese momento. Pero si no entraba en el edificio, o si me comprobaba y no estaba allí, se volvía loco. Ese año conocí a Max— su sonrisa ya no fue triste, sino traviesa. —Él estaba saliendo con una chica que era demasiado pegajosa y estaba tratando de salir de la relación sin herir sus sentimientos. Y, no, no había otra mujer involucrada; él simplemente se sentía presionado y quería salirse. Así que terminamos comparando notas y algunas de las cosas que le dije provocaron alarma en él. Me dijo que quería conocer a Rudy y yo dije que sí.

Adrian podía sentir la tensión de ella. Todos, con excepción de los niños en el piso de arriba, estaban completamente inmóviles.

— No hace falta decir que Rudy no estaba feliz de conocer a Max. Esa noche

fuimos a una cita y me llevó al bosque. No creí que fuera peligroso en ese momento porque habíamos ido allí antes. Era su lugar favorito, un lugar donde podíamos hablar de nuestros sueños, de la forma en que queríamos nuestras vidas, de ese tipo

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de cosas.

Ella suspiró, sumergiendo la cabeza hacia abajo y hacia un lado. Adrian tuvo la impresión de que lo estaba mirando. Él captó un destello rojo de sus ojos antes de que inclinara la cabeza hacia atrás, escondiendo sus ojos detrás de sus gafas.

—Me atacó esa noche. No creía en hombres-lobo ni en hombres-pumas antes de esa noche.

— ¿Hombres-lobo?— preguntó Belinda. Ella había tomado una posición cerca

de Becky, como era su hábito desde el ataque a la beta mujer. Los ojos de Becky se estrecharon; Emma se veía pensativa. Ambos dirigentes de la Manada parecían fríos y sin emociones, poniendo a Adrian en guardia. Él volvió de nuevo su atención a Sheri.

— Sí. Hombres-lobo. Rudy se transformó justo en frente de mí y me atacó. Me

sostuvo en el suelo y trató de montarme. Mis lesiones fueron

una respiración profunda, obviamente, sacudida por los recuerdos, y Adrian no pudo contenerse a sí mismo por más tiempo. Se levantó y se acercó a ella, quedándose de pie junto a ella, sosteniendo la mano que no sostenía el arnés de Jerry. Ella pareció estabilizarse ante su toque, su voz calmándose y volviéndose más fuerte, y su Puma ronroneó con satisfacción. —Logré escapar de él, pero estaba sangrando bastante. A veces pienso que él quería que escapara, que quería la emoción de la caza, pero no creo que esperara que yo llegara a la carretera— sonrió un poco. —Mi ángel de la guarda finalmente despertó cuando llegué a la carretera, porque casi fui golpeada por Simon, que regresaba de una fiesta— Simon asintió sombríamente, confirmando su historia. —Le rogué que me llevara al hospital. Me llevó a la casa de Max en su lugar. No recuerdo mucho de lo que pasó después de eso, pero cuando desperté estaba sanada por completo, con excepción de una marca de mordida— tiró a un lado el borde de su suéter blanco para mostrar una cicatriz. Por el rabillo del ojo Adrian vio a Becky frotarse una marca similar. La mano de Simon cubrió la de su compañera y él la miró con un feroz sentido protector que, por una vez, Adrian entendió completamente, porque él estaba luchando contra la tentación de mirar hacia abajo a Sheri de la misma manera.

malas— ella tomó

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Sheri soltó el borde de su camisa y le tomó la mano de nuevo. No estaba seguro de que ella hubiera notado que lo había hecho.

 

—Max me mordió y me cambió. Si no lo hubiera hecho habría muerto. Cuando

Rudy trató de herirme de nuevo tuve la oportunidad de defenderme. Me vi obligada

a

correr cuando trató de hacerme daño con su Manada respaldándolo.

 

Max se hizo cargo antes de que Adrian pudiera hacer algunas preguntas, como, ¿por qué no eres una Loba?

 

—En ese momento estaba bastante seguro de que Parker era un paria. Me puse en contacto con la Manada local, y no sabían nada de él o de su pequeño grupo de amigos. Me prometieron que se ocuparían de él. Cuando Parker trató de vengarse de mí por haber cambiado a Sheri, Simon y yo nos las arreglamos para luchar contra él y sacar a su “Manada”. Él ha estado persiguiendo a Sheri desde entonces. Ella se ha visto obligada a mudarse un montón de veces y de no acercarse a nadie, como a una Manada, por temor a que Parker los usara en su contra. Ha solicitado formar parte de nuestra Manada, lo que significa que ya no estará sola. —La dura mirada de Max recorrió la habitación. —Nosotros trataremos con esta amenaza ahora.

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El

Alfa

sonrió

cuando

los

miembros

de

la

Manada

murmuraron

su

consentimiento.

 

Adrian sintió temblar la mano de Sheri en la suya.

 

— Ahora, para los que tenéis hijos, tenéis que tener en cuenta que Parker es un hombre enfermo que no se detendrá ante nada para recuperar a Sheri. Mejor que estén a salvo, sabiendo dónde están en todo momento. Os enviaré por e-mail a

todos una foto de Parker, para que si lo veis sepáis lo que hacer. Contactar conmigo

o

Simon…

 

—O conmigo —Adrian elevó la voz, apretando la mano de Sheri

tranquilizadoramente. Él aflojó inmediatamente cuando vio su mueca, pero se negó

a

soltarla.

 
 

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El Club de las Excomulgadas

—O con Adrian— asintió Max. —Bajo ninguna circunstancia, que no sea una amenaza a vuestros cachorros, debéis acercaos a Parker en modo alguno. Él corre con cerca de otros tres lobos. Que pueden o no pueden haber cambiado. Me pondré en contacto con la Manada de Pocono y veré si ellos nos ayudarán. Lo último que supe fue que el líder de la manada era alguien aislado, por lo que puede ser que estemos por nuestra cuenta en esto.

— Yo ayudaré— dijo Belinda. —Hay lugares a los que ella puede necesitar ir que un hombre no puede. Yo iré con ella.

— Bien, ella no es la Curana por lo que debería estar segura— murmuró una de las mujeres.

— ¿Disculpa?

Adrian se estremeció ante el hielo en la voz de Emma mientras la Curana de la Manada se escandalizaba por el tono de la mujer. Una fina niebla rodeándola, un serio indicio de hasta qué punto estaba de enojada.

— ¿Dudas de mi palabra de que Belinda Campbell no tuvo nada que ver con el ataque a Rebecca Yaeger?

Uh-oh, ahí había más que palabras. Si la mujer sabía lo que era bueno para ella daría marcha atrás y pediría disculpas inmediatamente. Adrian vio cómo varias de las mujeres hacían una mueca y se apartaban del miembro infractor de la Manada.

— No, Curana— la mujer inclinó la cabeza en sumisión.

— Bien— Emma miró alrededor a los otros miembros de la Manada. —Espero

que este sinsentido se detenga. Belinda nos ha demostrado tanto a Rebeca como a mí que no tuvo absolutamente nada que ver con el ataque de Olivia sobre Rebecca. Castigarla por las acciones de Olivia está mal, y espero algo mejor de mis compañeros de Manada. ¿Entendido?

Adrian vio cómo Max se colocaba de lleno al lado de su compañera, con una

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El Club de las Excomulgadas

 

fría advertencia en sus ojos para cualquiera que la desafiara. Desafiar a Emma era desafiar a Max, y ni un solo hombre en la sala se creía capaz de derrotar al Alfa. Cuando los Betas se colocaron justo al lado de los Alfas y añadieron sus miradas a la disputa, era más o menos demasiado.

 

Murmullos de aprobación flotaron en la habitación y los Alfas se relajaron.

 

— Sheri estará trabajando a tiempo parcial en el Wallflowers, a partir de mañana— añadió Emma en un tono de voz más cálido.

 

— Se puede mudar al apartamento de Becky, que está justo encima de la tienda— dijo Simon, con su brazo yendo una vez más en torno a su compañera.

Becky lo miró.

 

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— ¿Puede? ¿Qué pasa con la persona que está viviendo actualmente ahí?

 

— Pensé que podría vivir conmigo. No te importa, ¿verdad?— Simon le sonrió a

su compañera, y Adrian tuvo que ocultar una sonrisa. El resto de la gente en la habitación ni siquiera se molestó. Algunos fueron tan lejos como para reírse mientras Becky gruñía en respuesta.

Me gusta mi apartamento.

 

Sería más fácil para Sheri y tú estarías haciendo una cosa muy agradable por una nueva amiga.

Becky suspiró.

 

—Ese fue un golpe bajo, Simon.

 

— Además, mis pies se enfrían por la noche.

 

— Oh, bien, no podemos dejar que tus pies se enfríen, ¿no Garfield?

 

—Tomaré

eso

como

un

sí—

Simon

sonrió

mientras

la

sala

estallaba

en

carcajadas.

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Ese poquito de risa ayudó a aliviar las tensiones en la habitación. La gente se instaló cómodamente para discutir la mejor manera de ayudar a Sheri, mientras llegaban a conocer al miembro más reciente de la Manada. Adrian no estuvo nunca muy lejos de su lado, y sorpresivamente tampoco lo estuvo Belinda. Las dos mujeres parecían buenas amigas. Él se echó hacia atrás y observó mientras ellas se reían juntas por algo, y luego hacían planes para ir a comer al día siguiente después de que Sheri saliera del trabajo. Él sintió que un poco de su propia tensión se calmaba, y su compañera estaría a salvo con Belinda. Le preguntaría a Max por la historia completa mañana.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Tres

Adelante. Pregunta— Sheri trató de no sonreír mientras Belinda bajaba su

sándwich y se inclinaba en ambos codos, viéndose a la vez curiosa y culpable.

 

¿Qué se siente al ser albina?— preguntó Belinda en voz baja.

Ella suspiró y bajó su sándwich. No se sentía ofendida. Se había acostumbrado a corregir a la gente, pero todavía le molestaba que la gente se lo preguntara.

 

—Realmente odio esa palabra.

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¿Por qué?

Había estado esperando a que alguien le hiciera esa pregunta desde ayer en la reunión de la Manada, pero Belinda era la primera en tener el coraje. Las dos mujeres estaban sentadas en El Comedor de Kelly comiendo hamburguesas y patatas fritas y arruinando totalmente sus dietas. Era una de las mejores tardes que había tenido en mucho tiempo. Era agradable tener una nueva amiga. Esperaba que no estuvieran a punto de arruinar eso.

Soy una persona con albinismo. Decir que soy albina es como decir que tengo

una enfermedad transmisible, como llamar a alguien leproso. Es una condición con la que vivo, no algo que soy.

— Pero no es peor que me digan rubia, o pelo-maíz.

— Dudo eso— ella se echó a reír. —Piensa en el estereotipo del “albino”.

Siempre somos los malos que hacen algunas cosas desagradables a algunos pobres inocentes que no saben que el albino es malvado. Y nadie se te queda mirando solo porque eres rubia.

Hubo un momento de silencio.

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El Club de las Excomulgadas

 

—Está bien— Belinda, finalmente arrastró las palabras. —Dime un chiste de rubias.

Sheri se detuvo con la hamburguesa a mitad de camino hacia su boca, con su cabeza inclinada mientras trataba de descifrar la expresión de la otra mujer.

¿Qué tal este? Una rubia entra en el consultorio del médico y le dice, “Doctor,

me duele siempre que me toco”. El doctor la toca por todas partes en su cuerpo, y por supuesto, ella grita cada vez que lo hace. El doctor le pregunta si es rubia natural; detenme si te sabes el chiste.

Ella se sonrojó, lo había escuchado antes, y se había reído tan fuerte como sus amigas.

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El doctor dice, “Me lo imaginaba, su dedo está roto”.

Sheri pudo oír a Belinda tomar un sorbo de su refresco.

—Una rubia estaba jugando Trivial Pursuit una noche con unos amigos. Cuando llegó su turno, tiró los dados y estos aterrizaron en Ciencia y Naturaleza. Su pregunta fue, “Si estás en un vacío 6 y alguien te llama por tu nombre, ¿lo oyes?”. La rubia lo pensó por un momento y preguntó, “¿Está encendida o apagada?”.

Sheri se mordió el labio para no reírse, pero tuvo la sensación de que la otra mujer la había visto.

O mi favorito, ¿cómo se llama a tres rubias en un Volkswagen? Lejos-de-casa.

Sheri perdió la batalla contra la risa, y se sintió aliviada cuando Belinda se rió entre dientes también.

Tengo una licenciatura en Administración de empresas con especialidad en

6 N.C. en inglés vacío se dice vacuum, también utilizado para decir aspiradora, por eso pregunta si está encendida o apagada.

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Finanzas, pero sólo porque me veo como una muñeca Kewpie 7 gente que conoce toda mi vida me trata como si fuera una idiota— Sheri apenas pudo distinguir el encogimiento de hombros de la otra mujer. —A veces eso es lo que la vida te hace, y a veces es lo que te haces a ti misma. Así que me sé algunos chistes de rubias, y me río de los chistes de rubias, y trato de hacer las cosas lo mejor posible para no dejar que las opiniones de otras personas me importen. No siempre funciona, pero lo intento.

— Wow. Lo siento.

— Está bien. Supongo que lo que estoy tratando de decir es que, no dejes que la

etiqueta te moleste. Si lo haces, acabas por terminar gastando energía en algo que realmente no importa a largo plazo. Si me enojara por cada chiste sobre rubias que

he oído, estaría enojada un montón de tiempo— Belinda se acercó más para que

Sheri pudiera ver su sonrisa y le susurró, —O sería pelirroja, adorando el santuario

de la Sra. Clairol. 8

Se quedaron en silencio, mientras cada una comía un poco.

— ¿Eres dueña de tu propio negocio?

— No— respondió Belinda con un suspiro. —Trabajaba en Noah’s como la

anfitriona, y planeaba optar para la posición de gerente

bastante segura de que puedo darme el lujo de abrir mi propio lugar, pero desearía ser capaz de poner experiencia en un puesto de dirección en los documentos para

mi préstamo. No creo que pueda calificar sin esta.

pero no resultaría. Estoy

Sheri pudo oír el dolor en la voz de la otra mujer.

7

Estoy Sheri pudo oír el dolor en la voz de la otra mujer. 7 Esto es

Esto es una muñeca Kewpie 8 Marca de tintes para el pelo.

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El Club de las Excomulgadas

—Lo siento.

Está bien. El mercado justo ahora apesta para el tipo de negocio que quiero dirigir de todos modos.

— ¿Qué tipo de negocio es?

— Livia y yo

solíamos decir en broma que abriríamos nuestro propio negocio.

Yo quería abrir un bar y parrilla, y lo llamaríamos Blondie o algo así; ella quería un

spa— Belinda se encogió de hombros. —Era una de las razones por la que me gustaba trabajar en Noah’s. Me encanta el negocio de los restaurantes.

— ¿Qué pasó con tu trabajo allí?

— Me despidieron.

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— ¿Por qué?

—Porque la gente pensaba que estaba ligada a Livia. Ella atacó a Becky, hiriéndola muy mal, durante el baile de disfraces de este año. Livia usó la amenaza hacia Becky para tratar de conseguir que Emma le entregara el anillo de Curana.

¿Qué?— Sheri no podía creer lo que oía. — ¿Alguien trató de utilizar a Becky para llegar a Emma?

Sip. No supe nada al respecto hasta que Simon se llevó a Becky para curarla y convertirla.

— Y reclamarla.

— Y reclamarla— ella pudo oír un tipo diferente de dolor en la voz de Belinda y

se preguntó si la otra mujer tendría sentimientos por Simon. Si los tenía, era una lástima; Simon estaba absolutamente dedicado a su compañera.

— Pero el anillo…

— No te hace la Curana, ¿verdad? Pero si Emma se lo entregaba…

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— Habría sido vista como débil— finalizó Sheri, pensativamente.

— Exactamente. Sería comida para gatos.

Sheri se echó a reír. Le gustaría estar allí.

****

Adrian esperaba afuera del restaurante y observó mientras las dos mujeres hablaban y reían. Algo en su corazón se alivió al verla verdaderamente relajada por primera vez desde que la había conocido.

— Tal vez si te fijas lo suficiente su ropa se caerá sola— Simon apareció a la vista y miró hacia las dos mujeres.

Adrian puso los ojos en blanco.

—Ella es mi compañera.

Simon sonrió.

— ¿Y si alguien va a utilizar sus increíbles poderes para que la tela se caiga de ella serías tú?

— Idiota.

Simon se calló, y Adrian sonrió.

— Parece estar bien establecida dentro— dijo Simon, apoyado en la pared de ladrillo del restaurante.

— Síp.

— Becky confía en Belinda.

— ¿Y tú no?— Adrian mantuvo sus ojos en las dos mujeres, pero su atención estaba en Simon.

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El Club de las Excomulgadas

— Hasta cierto punto, sí.

 

— ¿Confías en Becky y Emma?

Simon suspiró.

—Sí, maldita sea— sonó como si hubiera tenido, y perdido, esta discusión ya. Probablemente Becky hubiera llegado a él y le habría regañado. Decidió ayudar a tranquilizar a Simon. Había cosas que sabía acerca de Belinda que conmoverían a Simon hasta la médula.

Adrian asintió.

¿Alguna vez has estado en el Kelly’s cuando Belle está ahí?

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Simon miró a Adrian con una ceja levantada.

¿Belle?

Adrian asintió.

—Así es como llaman a Belinda ahí. Belle.

— No, no he estado allí cuando Belle está ahí. ¿Por qué?

— Ella puede sorprenderte.

Simon soltó un bufido.

—Salí con la mujer de vez en cuando durante años, y nada de lo que haga me sorprendería, a menos que fuera a crecerle un segundo cerebro.

¿En serio? Entremos.

Adrian abrió la puerta y empujó a Simon dentro. Simon, sorprendentemente, se lo permitió.

¡Hey, Belle!

 

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El Club de las Excomulgadas

Las cejas de Simon se levantaron cuando Frank Kelly gritó el nombre de Belinda. Adrian sonrió y esperó. Ya sabía lo que vendría.

 

— ¿Sí, Frank?

 

— ¿Qué haces cuando una rubia te lanza un alfiler?

 

— Corro como el infierno, ella tiene una granada en la boca.

El restaurante entero se echó a reír.

—Hey, Belle— uno de los clientes gritó. — ¿Alguna vez te he dicho un chiste que no te supieras?

— Nop— respondió con orgullo Belle.

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— ¡Te agarraré un día, Belle!— se rió Frank.

— ¿Y a mi perrita, también?

Más risas. Adrian pudo ver el shock de Simon mientras empujaba al hombre de vuelta por la puerta.

¿Ves?

La única vez que la vi estaba con sus amigos de clase alta— dijo Simon. — Ella no actuó de esa manera a su alrededor.

— Por supuesto que no, la habrían expulsado del club de campo— Adrian respondió. Se puso contra la pared de nuevo y se quedó mirando hacia el comedor, observando a Sheri y a Belle comer. —Además, todo el mundo sabía por qué salías con Belinda, y no era por su conversación.

Simon hizo una mueca.

—Ella no actuaba de esa manera a mi alrededor, tampoco.

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El Club de las Excomulgadas

Adrian asintió.

—Te dio lo que pensaba que querías.

Una rubia tonta— dijo Simon, pensativo.

No me gusta hacerte sentir aún peor, pero en lo que puedo decir, nunca salió con nadie más que contigo.

Simon se estremeció de nuevo.

—Caramba, gracias.

Adrian se encogió de hombros.

—No sé si creía que eras su compañero o qué, pero cuando lo encuentre, lo sabrá. Hasta entonces, creo que Sheri está segura con Belle.

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— Está bien— convino Simon con un suspiro. —Confiaré en ella.

* * *

— Habla— Adrian miró fijamente a su amigo y socio, cruzando los brazos

mientras le bloqueaba el camino para salir de la oficina. Acababan de cerrar por el día y eran los únicos que quedaban en la práctica.

¿Disculpa?— los ojos azules de Max brillaron dorados por un momento, sintiendo el reto de Adrian.

Adrian suspiró.

—Es mi compañera, Max. ¿Cómo te sentirías si Emma estuviera amenazada?— Max respondió gruñendo a esa pregunta. —Así que dime. ¿Con qué me estoy enfrentando aquí?

Max suspiró y se pasó la mano por el pelo.

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El Club de las Excomulgadas

—Rudy Parker es un enfermo de mierda. Trató de montarla como lobo. Cuando eso no funcionó, la mordió. Si no se hubiera liberado estaría en una Manada de lobos ahora en lugar de aquí.

 

Pensaba que ese tipo de cosas suceden muy rápido. ¿Cómo pudo escapar antes de que él lo lograra?

Max se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Todo lo que recuerdo es que su hombro estaba rasgado hasta el infierno y de vuelta, y una parte se había perdido.

El gruñido de Adrian salió.

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¿Él tomó un pedazo de su hombro?

Max asintió.

—Es por eso que la cicatriz es muy mala allí. Incluso la Poción Mágica Puma no pudo sanarla.

Adrian soltó una risa, sus ojos volviendo a su habitual color marrón oscuro.

— ¿Poción Mágica Puma?

— Son las palabras de Becky, no las mías.

— Ella debe saberlo— Adrian comenzó a pasearse. —Está bien, él trató de

violarla, ella logró escapar antes de que él la cambiara, y ha sido perseguida desde entonces. ¿Eso lo resume?

Max asintió lentamente.

— ¿Qué estás dejando de lado?

— Ella escapó intacta, porque se fue antes de que el maltrato se volviera más

malo. Sabe lo peligroso que él es ahora, sin embargo, y si se entera de que los dos

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El Club de las Excomulgadas

sois compañeros él hará todo lo posible por derribarte.

 

Puedo manejarlo.

Max sacudió la cabeza.

 

—Él no irá a ti solo. Usará a su Manada, y un Puma contra una manada de lobos

El Puma pierde— Adrian se detuvo y se quedó mirando en blanco la pared,

su mente corriendo. —Tenemos que mantener a la Manada rodeándonos, entonces.

 

Sheri no estará sola; Simon ha sido nombrado para velar por ella cuando esté

fuera y cerca. Belinda, Becky y Emma se quedarán con ella siempre que sea posible.

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— Y yo estaré con ella por la noche.

— Si puedes convencerla de eso.

¿Dudas de mí?— Adrian le sonrió a Max, confiado en su capacidad de seducir a su compañera.

Ella tratará de alejarte a fin de protegerte. Para ser honesto, me sorprendió

cuando por fin se puso en contacto con nosotros de nuevo y pidió formar parte de nuestra Manada. La invitación ha estado abierta desde que la mordí.

Lo que significa que las cosas son probablemente peor de lo que ella está

diciendo— murmuró Adrian, con todos sus instintos de protección quemándolo vivo. La necesidad de ir a ella, de tomar su bonito trasero y llevarla a su guarida donde estaría a salvo era casi abrumadora.

 

— Síp.

— ¿Estás bien con que Emma haga la guardia?

La sonrisa de Max fue salvaje, y sus ojos brillaron dorados.

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El Club de las Excomulgadas

—Ese hijo de puta toca a mi compañera, infiernos, respira mal sobre ella, y lo forzaré a comerse sus propias bolas.

 

Adrian asintió, con sus músculos tensos mientras el poder de Max rodaba a través de la habitación. La necesidad de proteger era aún más fuerte ante la llamada inconsciente de su Alfa.

¿Si Emma no lo hace primero?

La sonrisa de Max se relajó, y Adrian se relajó con él.

 

—Ella rompió la nariz de un hombre una vez.

 

— Lo sé.

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— ¿Lo sabes?

 

— Síp, todo el pueblo lo sabe.

Max parpadeó.

—Entonces, ¿por qué yo no?

Adrian se encogió de hombros.

¿Por qué lo harías? No estabas en la ciudad cuando ocurrió, y nadie sabía que iba a llegar a ser tu compañera.

Max dejó escapar un suspiro.

 

—La discusión que tuve con esa mujer para conseguir la historia de ella

Muy

bien. No importa— gruñó mientras Adrian sonreía. —Ve si puedes conseguir que Sheri te diga el resto de la historia.

No hay problema— Adrian volvió para salir de la oficina y vio una de las

fotos del vestido de boda que Emma había clavado en el tablón de anuncios. Se detuvo con una sonrisa. —Por cierto, ¿puedes transmitirle un mensaje a Emma?

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— Claro, ¿cuál es?

La curiosidad en la voz de Max casi lo hizo reír.

— ¿Puedes decirle que no hay suficientes fotos de trajes de baño allí? Si vais al Caribe de luna de miel, ella tendrá que elegir un bikini.

— ¿Estás tratando de mutilarme?

— ¿Puedes conseguir fotografías de ella probándoselos? Eso sería genial.

— ¡Fuera! Idiota.

Adrian salió de la oficina con una sonrisa. Ya era hora de ir a reclamar a su compañera.

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Capítulo Cuatro

Sheri con mucho cuidado levantó el jarrón, sacándolo de la caja en la que Simon lo había metido.

El gran artista se acercó a ella, observando todos sus movimientos como un halcón. Ella se aseguró de ser muy cuidadosa con la delicada pieza.

Había estado trabajando en Wallflowers durante dos días, y no se había quedado sola ni por un momento. Si Becky y Emma estaban ausentes, algún otro miembro de la Manada, justo se detenía para hacer algunas compras. Como si incluso una mujer como Mary Howard pudiera comprar en una tienda durante tres horas. Gracias a Dios por Belinda. Por lo menos no tenía pretensiones de por qué estaba allí, y las dos mujeres se habían convertido en amigas rápidamente. Y tal vez si Rudy estuviera fuera de su vida, ella podría ayudar a Belinda a realizar su sueño.

— Por favor, no lo rompas.

— Estoy siendo cuidadosa— respondió ella, empezando a enojarse.

— No te ofendas, pero te está tomando demasiado tiempo hacer eso.

— ¿Te gustaría hacer esto?

— Nop, parece que lo tienes cubierto— él comenzó a caminar, moviéndose sin

bien, león de

descanso alrededor de los delicados muebles como en una jaula montaña. —Becky oficialmente se mudará conmigo esta semana.

— Lo sé. Estoy ayudándole a hacer la maleta— ella gentilmente puso el jarrón

en la caja blanca de regalo con el nombre de la tienda y el logotipo impreso en letras doradas. —Me dijo que debería poder mudarme para el fin de semana, ya que no se llevará ninguno de los muebles —lo cual era un trabajo bastante rápido teniendo en cuenta que sólo era martes.

— ¿Así que ya te ha sacado y te ha enseñado los alrededores?

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El Club de las Excomulgadas

Síp, conozco la disposición y todo.

Bien. No es que vayas a vivir allí por mucho tiempo si Adrian tiene algo que decir al respecto.

— ¿Simon?

— ¿Síp?

Háblame de Adrian— ella podría haberse mordido la lengua por dejar las palabras salir, pero la curiosidad la devoraba como loca.

Es de la misma edad que yo, así que es un año más joven que Max. Fue a la

escuela local, sus padres aún viven aquí y han estado felizmente apareados durante casi treinta años. Él es nacido, no convertido. Tiene una hermana y un hermano, ambos más jóvenes, ambos todavía en la universidad, ambos fuera de la ciudad. Es dueño de su propia casa y coche, comparte práctica con Max, y nunca ha tenido problemas con la ley.

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— ¿Mujeres?

— Nada serio.

— ¿Tan malo como tú?

Simon gruñó.

—Yo no estaba tan mal.

No, por supuesto que no. Las puertas giratorias pertenecen a la habitación de cada uno.

Un dolor en el trasero— se quejó él.

Sheri sonrió.

¿Así que es un jugador?

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El Club de las Excomulgadas

 

No tanto. No ha salido muy seriamente, pero ¿Sheri? Me dijo que tú eras su compañera, lo que significa que ahora no saldrá con nadie en absoluto.

Él está equivocado— mintió ella.

Así que cuando él se acerque a ti al respecto, lo tratarás bien, ¿de acuerdo? Es uno de mis mejores amigos.

 

Le golpearé la cabeza con un bate de béisbol si lo intenta— respondió ella con calma.

— Es un buen hombre, y cuidará bien de ti.

— Yo puedo cuidar de mí misma, muchas gracias.

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— Su madre te amará.

— Ella nunca me conocerá.

— Ella es de la Manada, ya lo ha hecho, y la golpeó como el infierno.

No sé de lo que estás hablando— ella olfateó mientras terminaba de atar un bonito lazo dorado en la caja.

Sus manos se levantaron lejos del lazo. Ella miró los ojos oscuros de Simon.

Sois compañeros. Confía en mí, no hay forma de negarlo. He luchado con mi

atracción hacia Becky durante seis meses probablemente más que eso, y fue pura agonía.

infiernos, si soy sincero, fue

¿Y?

— Así que si luchas contra eso, los sueños se iniciarán. Sueños calientes y sudorosos. Del tipo que te dejan dolorido. Y se pone peor. No sentirás ningún deseo por nadie más, porque si tu cuerpo no puede tener la cosa real la tomará de tus sueños. No te puedes negar a tu compañero.

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El Club de las Excomulgadas

Ella se quitó las gafas oscuras y trató de no entrecerrar los ojos por la luz. Permitió que sus ojos parpadearan en rojo.

 

—Rudy lo matará. Si el que lo niegue lo protege…

Mierda.

Sheri hizo una mueca; no había notado la campana de la puerta sonando. Se empujó las gafas de nuevo sobre la nariz y hacia atrás sobre sí misma.

 

—Hola, doctor Giordano.

— Llama a Becky— le dijo Adrian a Simon.

— ¿Por qué?— preguntó Simon.

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Por respuesta, Adrian saltó por encima de la encimera de cristal y lanzó a Sheri sobre su hombro con el agarre de un bombero. Hizo caso omiso de su chillido de protesta, recogiendo el arnés de Jerry. Jerry, el traidor, obedeció de inmediato mientras Adrian los sacaba con calma del edificio.

¡Adiós, Simon!

La risa de Simon resonó detrás de ella.

—Adiós, muchachos.

— Suéltame— gruñó Sheri.

 

— Nop.

— ¡Bájame ahora, estúpido!

Él sopló una carcajada.

—No eres la primera persona que me llama así.

Ella se aquietó, unos irrazonables celos haciéndola ver en rojo.

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El Club de las Excomulgadas

— ¿Quién?

— Simon y Max.

 

Ella se relajó.

 

—Oh.

Muérdeme y te azotaré. Para que lo sepas.

Su tono alegre de voz realmente estaba empezando a irritar sus nervios. Eso y su posición al revés comenzaban a darle un dolor de cabeza.

 

— ¿Tú y cuál ejército, amigo?

— ¿Crees que necesito ayuda para manejarte, princesa?

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Ella gruñó mientras él la ponía en su coche con un sonoro y fuerte beso en la parte superior de su cabeza. Se sintió una niña de tres años.

—Sabes, hay algunos medicamentos muy buenos para las personas con tu condición. ¿Has pensado en tomar algo?

— Ni siquiera pienses en salir del coche.

— No soñaría con ello. Tienes a mi perro— murmuró ella, y se cruzó de brazos

sobre su pecho mientras él cerraba la puerta del coche con una sonrisa. Por lo menos sus gafas de sol no se habían caído. Por supuesto, el Dr. Estúpido no se había molestado en tomar su chaqueta, por lo que estaba sentada congelándose el trasero en su fina blusa negra y pantalón. El idiota.

Él sonrió, abrió la puerta del lado del conductor y puso a Jerry en la parte de atrás. El traidor se acomodó con alegría, agitando su cola mientras Adrian lo acariciaba. Después, Adrian se puso detrás del volante y arrancó el coche.

¿A dónde vamos?

 

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El Club de las Excomulgadas

Ella podía oír la sonrisa en su voz.

—A mi casa.

— No.

— ¿No qué?

— No, no iré a tu casa.

— Oh. Lo siento.

— Bien. Llévame de regreso.

— Nop.

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— ¿Entonces por qué lo sientes?

— Por decepcionarte. Irás a mi casa.

— Dr. Giordano— empezó a decir ella.

Él puso su mano sobre su boca.

—Mi nombre es Adrian.

— Mph rr hmph.

— ¿Qué?— Adrian le quitó la mano de la boca.

— Gracias.

— Uh, ¿de nada?

— Ahora llévame de vuelta a la tienda— ella cruzó los brazos sobre su pecho de

nuevo y lo fulminó con la mirada, tratando desesperadamente de no tiritar de frío. Él se dio cuenta de todos modos y puso la calefacción.

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El Club de las Excomulgadas

No.

Ahora.

No.

¡Lo digo en serio!

No.

Ella gruñó. Ella le había gruñido.

 
 

—Adrian.

Lo siento, compañera, no sucederá, deja de pedirlo— entraron en un camino

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de entrada. Justo cuando abrió la puerta del garaje ella abrió la puerta del coche y salió, decidida a caminar de regreso al Wallflowers. Sólo había conseguido dar unos diez pasos antes de que él la tomara y la tirara sobre su hombro.

Él le palmeó el trasero con dulzura mientras ella le gruñía.

Oh, no, no lo harás. Tengo a tu perro, ¿recuerdas?— la risa en su voz la hizo

gruñir más. Ella podía sentir sus ojos volviéndose de color rojo con irritación.

Buenos días, doctor Giordano.

— Buenos días, señora Anderson— ella lo sintió despegar una mano de su trasero para saludar a alguien.

¿No es ella el miembro más reciente de la Manada?— preguntó la anciana en un escandalizado susurro.

Sí, y es mi compañera— le susurró de regreso Adrian con malvado humor.

Sheri gruñó de nuevo.

Oh, ¡Bien por ti! ¡Bienvenida al barrio, señorita!

 

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El Club de las Excomulgadas

 

— calmadamente. Uno de ellos necesitaba mantenerse cuerdo.

secuestrada

Estoy

siendo

en

contra

de

mi

voluntad—

ella

gritó

Está bien, querida. Que tengáis un buen día.

 

Ella podía sentirlo riéndose bajo su estómago y le dio un puñetazo en el trasero tan duro como pudo. Doble tonto.

 

Ay— la cachetada de él aterrizó en su trasero ardiendo como el infierno. — Deja de hacer eso.

— ¡Bájame!

— Sólo déjame ir por el perro

ahí tienes— dijo él mientras Jerry salía de su

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auto y caía al paso a su lado. Él cerró la puerta del coche con el pie y se la llevó al garaje.

Ella miró a su perro y consideró hacerlo comida para gatos.

 

—Quiero regresar.

 

Lo siento, cariño. No se puede. Bienvenida a casa— ronroneó él, mientras la puerta del garaje se cerraba.

Tu coche todavía está afuera— señaló ella, con los dientes castañeándole un poco en el aire frío.

Pero mi compañera está dentro— él pasó la mano por su trasero. —Hmm, ¿una tanga? Me encantan las tangas— suspiró felizmente.

— Cerdo— murmuró ella, divertida a pesar de sí misma.

 

— ¿En lo que a ti concierne? Oink oink.

 

Ella reprimió una risa indignada mientras la llevaba a la casa. Él no la bajó hasta que llegaron a la sala de estar. Podía ver los oscuros pisos de dura madera marrón, las paredes color siena tostada y los muebles de color beige con chocolate y cojines

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estampados con toques de siena en ellos. La mesa de café era una pieza tallada en madera oscura, pero no pudo poner sus tallas en enfoque. Se veía tan bonita que tenía ganas de pasar sus dedos sobre esta y examinarla más de cerca. Podría verla si estuviera lo suficientemente cerca, pero no quería que él supiera que ella estaba interesada en ninguna cosa de su casa. Su mobiliario era moderno y cómodo. Ella averiguó cómo de cómodo cuando sin ninguna ceremonia él la soltó en el sofá. La tela tenía el tacto suave del terciopelo bajo sus dedos, lo que significaba que probablemente era de microfibra.

Ella casi malditamente ronronea mientras su mano acariciaba una vez, luego dos veces antes de recordar que estaba enojada. Decidió seguir con su ataque.

— Tú no eres mi compañero.

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— Sí, lo soy. ¿Refresco o zumo?

Ella abrió la boca para responder, luego movió la cabeza con disgusto.

—Me iré ahora.

Da un paso hacia esa puerta y no te sentarás por una semana— él utilizó de

nuevo el mismo tono de voz alegre que había usado para preguntarle por la bebida de su preferencia.

¡Llamaré a la policía y diré que me secuestraste!

Adelante. El comisario es uno de nosotros y nieto de la señora Anderson para empezar.

¡Ugh!

Sí, querida— él le entregó el zumo con una sonrisa, y ella ahogó el impulso de lanzarlo hacia su presumida cara.

Ella intentó una táctica diferente.

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—No deseas a una compañera. Me lo dijiste.

 

— Cierto, te dije eso.

— Yo no quiero uno tampoco— gruñó ella.

— Muy mal, muy triste. Estás atrapada conmigo.

Ella le enseñó los dientes mientras se sentaba junto a ella, con la lata de refresco en una mano.

—No, si te mato primero.

Él se estiró y le quitó su zumo de la mano.

—Sabes— dijo, poniendo su lata al lado de su jugo, —No te he reclamado todavía.

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Ella se levantó de un salto al mismo tiempo que él se inclinó.

¡Ni siquiera lo pienses!

Él suspiró, descansando contra los cojines.

—Eres mi compañera. Yo soy tu compañero. Te morderé, probablemente me morderás.

Pero no donde te gustaría que lo hiciera.

Él la miró fijamente, finalmente, perdiendo algo de esa alegría.

¿Esto es porque te dije que no quería una compañera?

Ella puso los ojos en blanco.

—Estúpido.

Porque si lo dices para protegerme de Parker realmente te daré azotes en el

 

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culo.

Ella sacudió su dedo hacia él.

 

—Tú ya tuviste tanto toqueteo de mi trasero como conseguirás. ¡Eep!— él saltó del sofá y la agarró, con ambas manos aterrizando en su trasero y tirándola con fuerza contra su cuerpo. Él apretó las caderas contra las de ella, dejando que sintiera la erección bajo sus pantalones. —Oh, Dios— jadeó ella.

Él quitó sus gafas de sol, sus ojos oscuros destellando dorados mientras captaban el brillante rojo en los de ella.

—Eres tan jodidamente hermosa, ¿lo sabías?

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No lo soy— murmuró ella.

Su sonrisa fue lenta y sensual. La miró como si fuera un plato de crema y él quisiera lamerla.

—Oh, sí, lo eres— una mano siguió sosteniéndola contra él; la otra dejó caer sus gafas sobre el sofá y la levantó para acariciar su cabello.

— ¿Sabes lo que pensé cuando te vi por primera vez?

— ¿Estupideces?

Él sopló una risa.

—No. Pensé que parecías una princesa de la nieve.

Princesa de la nieve. Qué original— se burló ella, tratando de no dejar que su

cercanía, y su erección, la distrajeran. Habría funcionado si su voz no hubiera estado

 

temblando.

Quería tirarte al suelo y follarte hasta que ambos nos desmayáramos.

Sus rodillas temblaron.

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— Después quise marcarte y ocultarte lejos para que nadie te viera de nuevo, ni te deseara otra vez. ¿Sabes por qué?

— ¿Por las feromonas?— respondió ella con voz débil. Sus pezones se notaban

por debajo de su sujetador, su respiración era entrecortada, poco profunda.

Su mano comenzó a acariciar su trasero de nuevo.

—Porque eres mía.

Ella frunció el ceño. Si no fuera por su maldito olor ella le habría dado patadas en las bolas por eso.

—Yo no le pertenezco a nadie.

— Está bien. Porque yo soy tuyo— le susurró antes de que él tomara su boca en

un beso que casi la dejó caer al suelo. Esa no era una gentil persuasión, ni un beso de primera cita. Este era un guerrero reclamando a su mujer, invadiendo su boca ásperamente, sin cuartel, obligando a sus labios y dientes a abrirse para él con toda la finura de un toro furioso y hormonal. Y a ella le encantó. Su mano sobre su trasero se apretó hasta el punto del dolor, y la de su pelo se cerró y tiró hasta que su boca estuvo exactamente donde él la quería.

Él la saqueó, reclamándola incluso sin morderla, y ella se reveló a esto. Sus amantes anteriores la habían tratado como a un cristal, con un delicado cuidado, casi como si tuvieran miedo de romperla. Habían ignorado su fuerza. Adrian no sólo reconocía eso, sino que lo saboreaba. Ella prácticamente se subió a su cuerpo, enterrando ambas manos en su oscuro y corto cabello, y poniendo su boca donde ella la quería. Él la ayudó tomándole el trasero con las dos manos, tirando de ella más duro en su contra. Ella envolvió ambas piernas alrededor de su cintura y gimió a medida que continuaban el asalto.

Cuando él se echó hacia atrás y la mordió, marcándola, ella se corrió tan fuerte que vio estrellas. Él ni siquiera se había molestado en empujar la tela de su camisa a un lado. La había mordido directamente a través de esta, con el salvaje acto

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aumentando su excitación a un pico que incluso no sabía que fuera posible.

— Cama. Ahora— murmuró él.

— Mm—hmm.

Él se echó a reír con voz ronca por su débil y entrecortada respuesta, cargándola por las escaleras.

Todo era una confusión de siena tostada y madera oscura a medida que él avanzaba a toda velocidad, prácticamente dándoles golpes a los dos en la pared mientras giraba para entrar en su dormitorio.

—Desnudo. Desnudo es bueno.

— Um— contestó ella, mordiendo su cuello.

Él se paró en seco en el centro de la habitación y se estremeció completamente. Arqueó su cuello hacia arriba para darle un mejor acceso, que ella aprovechó con avidez mientras marcaba a su compañero de la forma en que él la había marcado.

El sonido de tela rasgada fue su primer indicio de que tal vez ella lo había empujado sólo un poco demasiado lejos con la mordida. Sus garras arrancaron sus pantalones fuera de su cuerpo, sus toques fríos enviaron escalofríos por su columna mientras ella las sentía enganchar sus bragas y rasgarlas también.

el buen y

respetable doctor iba desnudo bajo sus pantalones. Apenas lo sintió patearlos mientras la penetraba aún de pie. Era la cosa más maravillosa que jamás había sentido en su vida. La llenaba casi hasta el punto de dolor.

Cuando sus garras destrozaron sus propios pantalones, ella gimió

— Joder— murmuró él.

— Por favor— jadeó ella.

Dorados ojos brillaron hacia ella.

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—No me hagas reír, princesa.

Ella giró sus caderas lentamente, la sensación haciendo que los ojos de él se cerraran en un placentero gemido.

—Aguafiestas.

Él los dirigió hacia la cama, con cada paso metiéndose más en ella. Con suave fuerza la tumbó en el borde de la cama, su pene nunca dejando su cuerpo.

— ¿Estás lista para mí?

Ella lo miró fijamente.

—Nop. Pensé que estaría aquí y contemplaría los colores del techo. Estúpido.

Él retrocedió y se estrelló en ella duro, haciéndola jadear.

— ¿Qué decías?

— ¿Si lo repito volverás a hacer eso?— preguntó ella con los ojos muy abiertos.

Él utilizó sus garras para destrozar su camisa y sujetador, tirándolo abierto de los bordes rotos y revelando sus pechos a su hambrienta mirada.

—Quiero verlos moverse— él susurró. Sus colmillos se habían extendido, sus ojos brillaban dorados y sus manos inclinaron sus garras para amasar suavemente su carne. El leve dolor sólo aumentó su conocimiento de él. Él agarró sus caderas y comenzó a follarla, duro, rápido y furioso, bombeando dentro y fuera de su cuerpo, con sus ojos pegados a sus pechos.

— Ven aquí— exclamó ella, tirando de sus brazos. Tenía que ver su cara claramente, quería ver como el orgasmo los tomaba a los dos.

Le permitió tirar de él hacia abajo. Ahora sabía que su Puma era más fuerte que el de ella. Los dos estaban muy cerca de la superficie mientras sus humanos hacían el amor, su fuerza evidente para ella mientras se inclinaba sobre su cuerpo pálido.

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El conocimiento de que ella podía poner a tal hombre fuerte de rodillas, elevaba su excitación. Sólo cuando su frente estuvo al ras con la de ella él se detuvo, mirándola directamente a sus brillantes ojos rojos mientras aporreaba en ella con todas sus fuerzas. Sabía que iba a estar magullada, que estaría dolorida por su rudo manejo, pero maldita sea, esto no se había sentido nunca tan bien.

Sus manos se deslizaron a lo largo de sus brazos hasta que llegaron a sus muñecas, tirando con suave fuerza hasta que se extendieron por encima de su cabeza. Ella estaba literalmente cubierta por él de pies a cabeza. Sus ojos permanecían abiertos, pegados a los suyos, llenos de posesiva pasión, y ella gimió, corriéndose otra vez.

— Mía— gruñó él, derramándose en su interior, con sus dientes sujetándola por su marca una vez más. La vista y el olor del placer de él mezclado con su mordida activaron su propio clímax una vez más. Sus manos se doblaron en su pelo mientras su orgasmo le robaba la respiración, su espalda inclinándose fuera de la cama, abriendo la boca en un grito silencioso.

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Capítulo Cinco

Santa mierda, pensó Adrian, con su mirada fija en la mujer durmiendo sobre su estómago junto a él. Si hubiera sabido que el sexo con una compañera sería así habría ido en busca de ella mucho antes. Nunca se había corrido tan duro en su vida.

Jodida. Vida. Y había tantas cosas más que quería hacer con su exuberante y cremoso cuerpo. Por ejemplo, todavía no había chupado sus pezones de color melocotón, o rozado su vientre con sus dientes. No había lamido su crema, algo que haría tan pronto como ella estuviera consciente de nuevo. Quería dejar la marca de sus dientes en una de esas perfectas nalgas, o tal vez en el interior de su muslo justo antes de comerla hasta que ella gritara su nombre. No había ninguna manera en que ella pudiera negar el apareamiento.

Si ella lo dejaba en un intento equivocado por protegerlo, o bien se moriría o se volvería loco.

No. Él la cazaría y la traería de vuelta a su guarida, donde pertenecía. Entonces la ataría y follaría hasta que no pudiera moverse.

Un pensamiento que tenía cierto atractivo, incluso si ella no trataba de dejarlo.

Él le había dejado moretones en sus bonitas nalgas y arañazos en sus caderas con sus garras. Resistió la tentación de besar las marcas, sabiendo por la forma en que ella respiraba que estaba agotada. Ese hijo de puta que había estado persiguiéndola pagaría por haberle dado tanto miedo que ella no podía ni dormir. Pagaría el doble por haberle hecho daño, dejando una marca en su piel perfecta.

Él resistió a la tentación de levantar la cabeza y gruñir su desafío al mundo mientras los pensamientos de Parker se entrometían en su encantador resplandor. Se preguntó si el hijo de puta estaría en la ciudad, sin embargo, y lo que trataría de hacer si se enteraba de que Sheri se había emparejado.

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Pensó en su Mustang en el camino de entrada y decidió que no podía ser una mala idea meterlo en el garaje. Se levantó con cuidado, sin querer molestar a Sheri.

Su princesa necesitaba dormir. Tenía planes para ella una vez que estuviera despierta otra vez.

Fue a su armario, sacó unos jeans usados y se los puso, después, se puso sus viejas tenis y su cálida camisa de franela. Tomó sus destrozados pantalones y los llevó a la sala de estar, sacando sus llaves lo más silenciosamente que pudo, y luego se dirigió al armario y sacó el viejo revólver de su padre. Había revisado el arma cuidadosamente el día anterior, llevándolo al campo de tiro para asegurarse de que todo funcionaba correctamente. Así era. Se lo metió en la parte trasera de sus jeans, cubriéndolo con su camisa. Entró en el garaje y abrió la puerta.

Mierda. Parece que Parker ha estado aquí, pensó mientras miraba hacia los cuatro neumáticos chatos, obviamente, pinchados. Sacó su pistola y cerró la puerta del garaje, con los ojos abiertos para ver si el hijo de puta todavía estaba allí.

Cuando no pasó nada, guardó el arma y volvió a entrar para llamar a Gabriel Anderson, Max y Simon.

****

Levantó la vista mientras colgaba con Simon para ver a Sheri envuelta en una de sus camisas, de pie en la parte superior de las escaleras, con sus bonitos ojos azules llenos de pesar.

Y eso lo cabreó.

— Ni siquiera malditamente lo pienses— gruñó él saltando por las escaleras de dos en dos.

— Adrian

— No— la tomó en sus brazos, su cabeza se apoyó en la cuna de su hombro.

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En comparación con él, ella era tan pequeña y delicada que se sentía como un hombre de las cavernas. El impulso de proteger a su compañera era tan fuerte que tembló con este.

—No irás a ningún sitio.

— No tengo ropa— dijo ella, sonriendo suavemente. —Tengo que ir por lo menos para traer alguna.

Él se echó hacia atrás y la miró.

—Creo que te ves hermosa.

Ella puso los ojos en blanco.

— ¿Qué le pasó a tu coche?

— Alguien decidió afilar sus garras en mis neumáticos.

Su mandíbula se apretó, sus ojos brillaron de color rojo y su espalda se puso rígida con ira. Él podía sentir sus uñas clavándose en su espalda.

— Eso es tan jodidamente caliente.

Ella frunció el ceño.

— ¿Qué?

— Verte poniéndote toda Xena 9 sobre mí. Me dan ganas de vestirte de cuero y doblarte sobre el tronco de un árbol.

Ella levantó una ceja, con el pesar desapareciendo de sus ojos mientras miraba hacia él.

—Cerdo.

9 Xena, la princesa guerrera, protagonista de un popular programa de TV sobre una amazona.

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¿No tuvimos ya esta discusión? Oink oink, nena.

Sus labios temblaron.

Ve al piso de arriba. Tengo una larga bata que puedes usar. Está colgada en el

interior de la puerta del baño. Tendrás que bajar y hablar con Gabe y los demás, pero después podremos dormir un poco.

¿Qué pasa con tu coche?

Max y Simon me pueden ayudar a cambiar los neumáticos a primera hora de la mañana. Belle puede acompañarte al trabajo.

Repito: ¿Con qué ropa?

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Él frunció el ceño, pensativo.

—Buen punto. Llamaré a Max de nuevo. Emma puede conseguir algunas de tus prendas de tu habitación del hotel.

— Si Rudy sabe que estoy aquí, eso podría no ser seguro para Emma.

— Otro buen punto— él sacó su móvil y marcó el número de Max.

Hey, ¿Max? Necesito que traigas a Emma contigo. Sheri necesita un poco de ropa de su habitación del hotel.

No estoy seguro de que sea una buena idea— respondió Max. —Si él ya ha

estado en tu casa lo más probable es que sepa dónde se quedará ella. Podría tener el lugar vigilado.

Síp, ella mencionó eso. Iba a pedirte que fueras con ella. Si Parker puede con

vosotros estamos en más problemas de los que pensaba— trató de ignorar el persistente pensamiento de que debía estar allí, también. Su lugar estaba junto a su compañera, protegiéndola, no con su Alfa. Ese era el trabajo de Gabe.

— Puedo recoger algunas cosas para ella. Creo que sé lo que debo tomar.

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Camisetas, pantalones, ropa interior, ¿no?

 

— Y maquillaje— dijo Sheri, sabiendo que Max la oiría.

— ¿Maquillaje?

— Y la comida de perro de Jerry, y sus platos— agregó ella.

— ¿Alguna otra cosa que necesite?

Probablemente, es por eso que te dije que llevaras a Emma— él puso su mano sobre el receptor, sabiendo que Max lo oiría de todos modos. —Emma es la inteligente en esa relación.

Idiota— se quejó Max.

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Adrian pudo escuchar a Emma en el fondo.

—Dame el teléfono, León-O. Hola, Adrian. ¿Todo el mundo está bien por ahí?

— Aparte de mi pobre Mustang, todo el mundo está bien.

— Ay. ¿Rayó la pintura?

— Si lo hizo, sólo subió el nivel de dolor que sentirá.

 

Emma rió.

—Estamos en camino. Averiguaré lo que necesita Sheri una vez que llegue allí, ¿de acuerdo?

— Está bien. Adiós.

 

— Adiós.

Él colgó el teléfono y la jaló en sus brazos, luego frotó sus manos dulcemente por su espalda.

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— ¿Ves? Todo arreglado— le dio un beso rápido en los labios antes de dar un

paso atrás. —Ve a ponerte la bata, cariño. Gabe debería estar aquí en cualquier momento, y no tiene por qué verte tan sexy.

Pudo ver que la preocupación estuvo de vuelta en sus ojos justo antes de que ella se diera la media vuelta y se dirigiera al dormitorio.

Oh, síp. Parker estaría dentro de un mundo de dolor.

****

— Así que, ¿tú y Adrian os habéis emparejado?— le preguntó Belinda cuando se dirigían al Wallflowers a la mañana siguiente.

Sheri trató de no sonreír con aire de suficiencia. Dejarlo, negar el apareamiento, ya no parecía ser una opción. Él lo había dejado en claro, después de que todos se habían ido anoche, que si ella lo dejaba la seguiría, murmurando algo sobre esposas y postes en la cama mientras la había llevado de regreso a esta.

—Me mordió a través de mi camisa.

Belinda lanzó un silbido.

—Dicen por ahí que te sacó directo de la tienda, te lanzó en su coche y se fue hacia el atardecer.

— Más o menos. El estúpido.

Belinda se echó a reír.

— ¿Qué?

— Hacía mucho frío, y él dejó mi abrigo y mi bolso detrás.

— ¿Dejó tu bolso?— ella sacudió la cabeza con incredulidad. —Los hombres son idiotas.

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— Tú lo has dicho.

— Entonces, ¿de quién es la chaqueta que llevas?— la risa y la conocedora expresión en el rostro de Belinda decía que ya sabía la respuesta.

Sheri acarició la oscura chaqueta de cuero que Adrian había colocado sobre ella antes de besarla diciéndole adiós, la sonrisa de suficiencia con la que había estado luchando firmemente se fijó en su cara.

—Suya.

— Es su favorita.

— Lo sé. Me amenazó con lesiones corporales graves si dejaba que cualquier cosa le suceda a su chaqueta.

Belinda le puso la mano debajo de su codo mientras se acercaban a la intersección. Mientras las dos mujeres comenzaban a cruzar la calle un coche negro dio vuelta a la esquina y apuntó hacia ellas a toda velocidad. Belinda jadeó, empujando de nuevo a Sheri a la acera, mientras Jerry empezaba a retroceder, la señal para un coche aproximándose. Ella perdió el equilibrio y cayó, golpeándose la cabeza contra el pavimento mientras el coche le daba a Belinda, lanzándola unos buenos diez pies.

Las gafas de Sheri volaron de su cara, cegándola con la intensa luz solar. Jerry estuvo gimiendo y lamiendo su mano mientras el coche, un sedán oscuro, se precipitaba por la calle, pasando muy cerca a otro coche antes de dar vuelta en otra esquina y perderse de vista.

— ¿Belle?— ella arrastró las palabras. Sorprendida de lo difícil que era hablar.

Ninguna respuesta. O si la hubo, no la oyó. El dolor en su cabeza floreció mientras trataba de levantar la cabeza para encontrar a la otra mujer, y el mundo se volvió negro.

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Adrian se quedó mirando a su compañera y sintió una profunda ira que nunca había experimentado antes. Literalmente temblaba por ella. No tenía ninguna duda de quién había sido el responsable de la condición de su compañera.

Rudy Parker era hombre muerto.

— Belinda estará bien. Han tenido que operar su cadera rota, y tiene un brazo

roto y una conmoción cerebral. Los doctores dicen que tuvo suerte, podría haber sido mucho peor. Pero estará bien— dijo Simon calmadamente mientras entraba en la habitación del hospital. Sonaba tanto agitado como furioso. —Gabe entrevistó a los testigos, y hablará con Sheri tan pronto como se despierte.

— Voy a matarlo— la letal suavidad de su voz hizo eco extrañamente en el oscuro cuarto.

Simon lo miró con extrañeza, pero asintió.

—Max y yo estaremos allí.

Lo que significaba que, si por una u otra razón Adrian no podía acabar con Parker, uno de ellos lo haría por él. Ya sabía que no sería necesario eso.

Adrian podía sentir su Puma rugiendo y paseándose debajo de su piel. No podía apartar sus ojos de su compañera.

—Quiero protección aquí veinticuatro/siete 10 hasta que la lleve a su casa— la orden en su voz era inconfundible.

Simon frunció el ceño.

—Ya me encargué de eso, pero es posible que desees vigilar por ti mismo.

Adrian miró a su Beta y sabía que sus ojos estaban dorados por la rabia. Podía sentir el mismo esfuerzo en contra de una barrera invisible mientras él y Simon se miraban uno al otro.

10 Veinticuatro horas al día los siete días de la semana.

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Él nunca había sobrepasado los límites, ni una sola vez había intentado ver cuál de ellos era el Puma más fuerte. Había sido muy feliz con su status quo. Nunca había sentido el deseo de liderar, sólo proteger. Pero si la única manera de garantizar la protección de su compañera era enfrentarse a Simon, con la posibilidad de perder a sus mejores amigos en el proceso

Ningún concurso.

— Calmaos— la voz de Max estaba llena de serena autoridad. Adrian y Simon

se volvieron para encontrar al Alfa en la puerta, la luz del pasillo filtrándose a través de esa extraña niebla que lo envolvía cada vez que necesitaba hacer cumplir su voluntad.

Adrian se sintió extrañamente desligado mientras la niebla lo tocaba. Simon se estremeció levemente y retrocedió.

— Lo siento, hombre. Sé que estás preocupado por ella. Cristo, todos lo estamos.

Adrian asintió, con sus ojos pegados a los de Max. La extraña sonrisa el hombre rubio estaba empezando a irritar sus nervios.

— ¿La protección?

— Eso es para que tú decidas. ¿Qué sugieres?

El tono de Max era soso, la niebla todavía lo rodeaba. Se trataba claramente de una orden.

Adrian frunció el ceño, sorprendido, pero contestó de todos modos.

—Veinticuatro/siete de protección mientras ella esté en el hospital. Dos Pumas en la puerta, dos por el pasillo. Que la cambien a un cuarto del final, que al menos uno de los Pumas mantenga un ojo en el hueco de la escalera en todo momento. Varones solamente, no arriesgaré a las hembras. Nadie entra en esta habitación sin que tú, Simon o yo lo aprobemos. Una de las mujeres se quedará aquí con ella

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mientras está inconsciente, en caso de emergencia. Una en la que confiemos.

 

Sugeriría poner las mismas precauciones alrededor de la Srita. Campbell—

dijo Gabe Anderson desde detrás del Alfa. —Si Parker decide que su accidente le costó su oportunidad con la Srita. Montgomery podría decidir tomar represalias.

 

El gesto de Adrian se apretó.

—No hay nadie en la Manada en quien confíe la seguridad de Belle en estos momentos.

Yo lo haré.

La voz decidida de Gabe sostenía una nota similar a la suya; él se preguntó brevemente si el otro hombre se habría dado cuenta.

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Max asintió.

—Bien. Te encargarás de eso. Trabajad juntos en esto. Antes de que ellas dejen

el

hospital, quiero sugerencias para la protección de ambas mujeres una vez que

estén de vuelta en casa. Simon, te necesito a ti y a Becky para que vayáis a Poconos

y

habléis con el nuevo Alfa de la manada allí. Su nombre es Richard Lowell.

Accedió a echarnos una mano con Parker. Tardaréis alrededor de dos horas en llegar allí, salvo cambios en el clima. Emma cubrirá la tienda; Marie estuvo de acuerdo en reemplazarla unos pocos días, mientras Sheri y Belinda se recuperan.

Estoy en ello— Simon palmeó a Adrian en el hombro, luego hizo lo mismo con Max al pasar. Se fue sin mirar atrás.

Tal vez podamos reunir un grupo de cazadores, encontrar a ese hijo de puta y ponerle fin a esto.

El gruñido de Gabe se hizo eco con el que Adrian podía sentir dentro de él.

¿Tienes su olor?

 

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El Club de las Excomulgadas

Tengo un soplo, síp, pero no lo suficiente como para hacer un seguimiento

bueno. Tengo las placas parciales y una descripción del vehículo que estoy moviendo por mis canales.

 

Entonces esperaremos.

Gabe asintió, aceptando el pronunciamiento de Adrian sin pelear.

 

La extraña sonrisa de Max seguía en su sitio a medida que escuchaba la conversación entre Gabe y Adrian.

—Tu compañera está empezando a despertar.

Adrian se volvió, con toda su atención centrada una vez más en Sheri. Se inclinó sobre ella para que consiguiera una mirada clara de él.

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—Hola, princesa.

Ella abrió sus legañosos ojos azules y lo miró.

—Lo siento.

¿Por qué? ¿Por casi haber sido atropellada?— él obligó a su tono de voz a ser suave cuando se sentía como todo lo contrario.

Por haber rayado tu chaqueta.

Una lenta sonrisa cruzó su rostro.

—Está bien. Te azotaré por eso más tarde.

¿Belle?

Su dolorido susurro estaba volviéndolo loco. Era intolerable para él que ella sintiera cualquier molestia.

—Estará bien. No te preocupes por ella.

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— ¿Viva?

— Síp, nena, está viva. Tiene fracturada la cadera y el brazo, y una conmoción cerebral, pero está viva.

— Me salvó.

— Lo sé, nena. Lo sé —y ella se había ganado su inquebrantable lealtad con ese acto de auto-sacrificio.

No pudo resistirse a tocarla por un segundo más, acariciando su platino pelo rubio fuera de su cara con el mayor cuidado, con tanto amor como pudo.

—Duerme, cariño. Estoy aquí. Te mantendré a salvo.

Cuando ella acarició su mejilla tan confiadamente en su mano y se quedó dormida al instante, ocurrieron dos cosas. Su corazón se partió en dos, reformándose con ella como su núcleo.

Y su determinación de matar a Parker antes de que pudiera ponerle otro dedo encima floreció en algo más. El hombre no solo había herido a su compañera, había herido a su Manada.

Mirando a los ojos de color azul oscuro del comisario, Adrian finalmente entendió lo que había impulsado a su padre a ser policía. Porque la misma feroz necesidad de proteger que lo había embrujado, quemaba en los ojos de Gabe, también.

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Capítulo Seis

Max había puesto en práctica cada una de sus sugerencias de seguridad.

Sorprendentemente, Adrian había encontrado que él y Gabe hacían un buen equipo, cada uno lanzando ideas al otro hasta que estuvieron funcionando planes que ambos aprobaban. Gabe había logrado conseguir el acuerdo del hospital sobre los guardias, los cambios de habitación, todo lo que habían querido.

Y a pesar de que todo lo había visto Max, en silencio, seguía estando esa extraña sonrisa en su cara.

— ¿Quieres decirme por qué estás malditamente sonriendo otra vez?— Adrian

finalmente le preguntó a la mañana siguiente. Era justo antes de que abrieran. Max había llegado a la consulta con esa sonrisa en su maldita cara y no se había ido. Adrian se estaba volviendo loco.

Por primera vez, Adrian sintió el pleno poder de Max. El hombre de pelo dorado se irguió en toda su estatura, su poder moviéndose a su alrededor, llenando los sentidos de Adrian hasta que debería haberse caído al suelo, arrastrándose. Por qué no había ocurrido, estaba sorprendido. Debería haber estado en el suelo besando la barata alfombra. En su lugar, estaba de pie en posición vertical, ojos clavados en Max, todos sus sentidos en alerta ante una amenaza desconocida. No se dio cuenta de que había tomado una postura de batalla hasta que Max cedió, el poder retirándose con una rapidez que hizo tropezar a Adrian, como si hubiera estado apoyado contra una pared y la pared de repente hubiera desaparecido.

— ¿Entiendes lo que te está pasando?— la voz de Max fue suave.

— No— dijo Adrian, horrorizado. ¿Casi reté al Alfa?

Max sonrió.

—Ya basta como el infierno.

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El Club de las Excomulgadas

Casi desafié al Alfa, y ¿él está sonriendo al respecto? Él desnudó la garganta en un gesto de sumisión que, a pesar de su postura anterior, se sintió perfectamente natural.

 

No me enseñes tu garganta.

La orden en la voz de Max, la cercana ira allí, lo sorprendió. Su cabeza se levantó rápidamente.

 

¿Por qué no? Casi te desafié, joder.

Max se echó a reír.

 
 

—Idiota.

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De alguna manera, el oír a su amigo llamarlo así hizo que todo estuviera bien.

—Está bien, León-O, ¿por qué no me dices lo que está pasando conmigo?

— Sólo Emma me llama así— se quejó Max, dejándose caer en la silla de la oficina. Estiró sus largas piernas delante de él, con los pies cruzados a la altura de los tobillos, y cruzó sus manos sobre el estómago. Era la imagen de la facilidad, y no engañó a Adrian ni por un momento. Esos ojos azul cielo eran demasiado fuertes para estar realmente relajados.

Está bien. Oh Grandioso y Exaltado Líder, impárteme tu sabiduría. Y date prisa, tengo un paciente en una hora.

Max puso los ojos en blanco.

¿Te acuerdas de la posición que tu padre tenía en la Manada?

Adrian asintió, no era ningún secreto.

—Síp. Era el Alguacil.

¿Y qué hace un Alguacil?

 

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Adrian frunció el ceño. Max estaba siendo un dolor en el trasero.

—El Alguacil protege al Alfa y a la Manada de las amenazas— repitió él. — ¿Me darás una galleta ahora?

¿Y cuándo fue la última vez que la Manada fue amenazada?— Max levantó una ceja y lo miró más exigente.

Adrian dejó escapar un suspiro.

—Mi padre mató a un paria que estaba cazando miembros de la Manada. A las hembras, para ser específico— añadió con un pequeño gruñido.

— Uh-ajá. Y eso fue, ¿qué? ¿Veinticinco años atrás?

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— Síp. ¿Entonces?

— Entonces tu papá ya no es el Alguacil.

Adrian se encogió de hombros.

—Lo sé. Pensé que era Gabe. Es por eso que regresó a la zona— Adrian tragó mientras sus ojos se agrandaban. — ¿Me estás diciendo que soy el segundo después de Gabe?

Max puso los ojos en blanco.

—No. Idiota. Gabe es el segundo. Tú eres el Alguacil.

Adrian parpadeó.

—De ninguna jodida manera.

— Sí, maldita sea.

— Soy un oculista. No un policía.

Max sonrió.

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— ¿Y? ¿Estás diciendo que yo no puedo patearles el trasero con lo mejor de

ellos?

Los ojos de Adrian se abrieron como platos.

— ¡No! Diablos, no. ¿Me veo estúpido?

— No contestaré a eso.

— Idiota.

Max sonrió.

— ¿Qué pasa con Simon? ¿Te consideras un cobarde?

— No— estuvo de acuerdo Adrian, pensativo.

— Está bien, entonces. ¿No te das cuenta de cómo Gabe te escucha, sigue tus instrucciones, añadiendo las suyas sólo después de haber conseguido tu aprobación?

Adrian volvió a parpadear, sorprendido. El otro hombre había hecho eso, ¿no?

— Eso es porque él sabe instintivamente lo que eres, y quién es él. Y está bien con eso.

En fin, quizás Max estaba en lo cierto. Él dejó escapar un suspiro, mientras todas las sensaciones extrañas que había estado sintiendo recientemente de repente tenían sentido. Todos los hombres sentían la necesidad de proteger a su compañera, habían sido criados con eso. Un hombre que no estaba dispuesto a dar su vida en defensa de su compañera y de sus hijos no se merecía nada. Pero su reacción ante el dolor de Belle había sido casi tan fuerte como su reacción hacia el de Sheri. Su necesidad de garantizar la seguridad del Alfa y la seguridad de su manada había estado comiéndoselo por los últimos dos días, desde que sus neumáticos habían sido pinchados. Adrian se había horrorizado tanto como se había fascinado.

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¿Alguacil?

Max suspiró.

 

—Ya sabes cómo va la jerarquía, Adrian. ¿Por qué te sorprende estar justo en la parte superior? Eres tan cercano y tan poderoso como yo, y eres tan poderoso como Simon. E infiernos, los tres hemos sido mejores amigos desde hace años. Sólo tenía que asegurarme de que lo aceptaras antes de confirmarlo.

Alfa, Beta, Alguacil, Omega; esa es la forma en la que iba. El Alfa era el gobernante de la Manada, el Alguacil era su garra, y el Omega su corazón. Todas

eran posiciones con las que se nacía, no se adquirían. El Alfa podía decirte cómo es

la

Manada como un todo, pero tendría problemas para ver los detalles, por lo que el

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Alguacil llenaría los aspectos físicos para el Alfa mientras que el Omega llenaría los emocionales.

 

Sin los tres la Manada vacilaría y finalmente moriría.

Él miró a los ojos de Max y vio comprensión allí. Max tenía una carga similar, pero la suya, como Alfa, era aún mayor. No había compasión en su mirada. Igual que él, Adrian era lo que era.

 

Él asintió con aceptación.

Sintió el manto de Alguacil asentarse sobre sus hombros con una facilidad sorprendente, mientras el poder de Max sutilmente lo rodeaba. Se sentía cómodo, como si una parte de él hubiera desaparecido y luego se la hubieran dado de nuevo

a

él. Su Puma ronroneó su aprobación. Ahora tenía la autoridad necesaria para

garantizar no sólo la seguridad de su compañera, sino la de su Alfa y de su Manada. A pesar de que sabía que estaba aún incompleta; no tenían Omega, pero a menos que se perdiera la conjetura, Max ya sabía quién era y estaba esperando el momento adecuado para presentar a esa persona.

 

¿Te puedo preguntar algo?

 

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El Club de las Excomulgadas Max se encogió de hombros. —Claro. — ¿Por qué no
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Max se encogió de hombros.
—Claro.
¿Por qué no me sentí así cuando Becky fue atacada?
Max levantó una ceja y esperó.
Y él se dio cuenta.
—Ella no era de la Manada todavía— Y debido a que Livia no había puesto en
peligro a un miembro de la Manada, su “sentido arácnido” no había hormigueado.
Y desde que desafió a Emma en vez de sólo atacarla, no debió haberte
importado, tampoco.
Sin embargo, Emma estuvo en peligro, ¿no?
Max se encogió de hombros.
—En realidad no. Fue un desafío de dominación. Confía en mí, si Livia hubiera
ido tras Emma sin haberla retado, tú te habrías activado.
Bien,
ahora
me
haces
sonar
como
un
Twin
Wonder 11 —
Adrian
se
estremeció.
Max sopló una carcajada y se inclinó.
—Síp, sólo puedo imaginarte en mallas color púrpura. ¿Quieres saber cómo
funciona esto o no?
Supongo que sería lo mejor. No quisiera ser tan pobre que podría ser
golpeado por un trapeador.
Max sonrió.
11 Gemelos Fantásticos, dibujo animado de superhéroes.
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—Está bien, relájate. Piensa en la Manada en su conjunto. ¿Quién tiene dolor justo ahora, y es natural o algo infligido?

Frunció el ceño. ¿Cómo diablos se suponía que iba a saber eso?

Sólo, que lo sabía. Becky tenía un dolor de muelas; tenía que avisárselo a Simon. Sarah Parker se había cortado el dedo, probablemente tratando de cocinar. Era un poco torpe con los cuchillos de cocina, y con casi cualquier cosa sobre la que pusiera en sus manos. Marie Howard tenía una rodilla raspada por una caída.

Emma también tenía un dedo cortado

y ella estaba

Se volvió hacia Max, horrorizado.

¡Emma!

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Max se levantó y salió por la puerta antes de que él hubiera terminado. Adrian estaba justo detrás de él.

Eran sólo unas pocas manzanas hasta Wallflowers, pero ambos corrieron todo el camino, dejando sus chaquetas en su prisa por llegar a Emma.

Max se detuvo delante de la puerta.

—Hijo de puta.

 

Adrian gruñó bajo en su garganta ante lo que había sido el frente de cristal de la tienda.

Emma levantó un trozo del vidrió que había sido su aparador, con algunas de las antiguas letras doradas aun visibles, la sangre chorreaba por su mano donde ella misma se había cortado. Sus ojos brillaban con lágrimas mientras lo miraba.

¿Max?

Max pasó por la puerta y sostuvo a su compañera antes de que la primera lágrima cayera.

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Los dorados ojos que miraron a los de Adrian eran feroces.

—Encuéntralo.

Sus palabras sin hablar habían sido, mátalo.

****

Sheri se despertó con el peor dolor de cabeza que jamás había sentido en su vida. Su cabeza latía junto con su corazón, y las náuseas bailaban un tango en su estómago. Se sentía como si algo tratara de quitarle de la parte superior de la cabeza utilizando un martillo neumático.

—Mátame— susurró ella, gimiendo.

Incluso ese ligero sonido hacía que su piel se pusiera de gallina.

— Hola, princesa. ¿Te duele la cabeza?

Ella abrió los ojos. Adrian estaba inclinado hacia abajo, nariz con nariz para que pudiera verlo claridad. Sus profundos ojos marrones estaban llenos de preocupación.

— Pupa 12 — gimió ella.

Él la besó en la frente, llegando por encima de ella para presionar el botón de llamada.

—Te conseguiré una medicina para el dolor. ¿Ok?

Ella debería haber asentido, pero eso habría hecho que la parte superior de su cabeza se cayera. Así que optó por no hacerlo. Cerró los ojos contra el resplandor viniendo a través de las ventanas. Adrian había cerrado las cortinas. Bendito fuera el hombre.

12 La palabra en el original es “Owie”. Suelen utilizarla los niños pequeños para decir que se han hecho daño, por eso he dejado “pupa” aunque suene un poco infantil.

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Está bien, cariño, la enfermera está por venir.

Ella podía oír los zapatos chirriantes de la enfermera en los pasillos excesivamente encerados antes que él, pero no dijo nada. Las declaraciones le dolían demasiado. Incluso gruñir estaba más allá de ella en ese momento.

Si solo la hubiera matado, el dolor se habría detenido. Y ella habría estado eternamente agradecida con él.

Cerró los ojos mientras él comenzaba a acariciarle el cabello, cuidando del gran bulto sobre el costado de su cabeza. Ella oyó a la enfermera entrar en silencio, y a Adrian explicarle lo que estaba mal. Unos minutos más tarde la enfermera le inyectó algo en su IV.

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Te sentirás mejor en unos momentos, cariño.

Ni siquiera podía asentir. Suspiró, y él pareció entender.

Él la dejó por un momento. Ella podía oír el agua corriendo en el cuarto de baño, y un poco después un paño frío le cayó sobre su frente y sobre ojos.

Ella gimió cuando el frío apartó algo del dolor.

No quiero que te preocupes por nada, princesa. Lo tengo todo bajo control. Relájate y vuelve a dormir.