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LAS

DE

LA

CIEN

MAESTRAS
MAESTRAS

OBRAS

LITERATURA

y

DEL

UNIVERSAL

PENSAMIENTO

PUBLICADAS

BAJO

LA

DIRECCIÓN

PEDRO

DE

HENRfQUEZ

URE~A

21

JEAN

RACINE

FEDRA

ANDRÓMACA

-

BRITÁNICO

ESTER

JEAN

JEAN RACINE FEDRA ANDRÓMACA E S - BRITANICO TER EDITORIAL LOSADA , BU EN OS A

RACINE

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EDITORIAL

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A.

Tr.ducción

de

Lamarque
Lamarque

Nydia

PRINTED IN

ARGENTINE

Queda hecho el depósito q uo previene la ley núm. 1172}

~,rarc;\ y

características

g dfic a :;

rcgi :,tr.hbs

Co py ri ght

by

Editorial

Losada,

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.

Buenos

Aires,

1939

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Racine es una de lal:; altas personificaciones del ge· nio francés; para sus compatriotas, S11- obra es la más acendrada y pura. Q1l.Íen no ama a Racine no entiende íntimamente a Francia. Sorprende, a p1' imera vista, que ni en España ni en la América española se haya estudiado ni tTaducido a Racine d1trante dos si.qlos de i n fluencia fTancesa cons- tante *. Los autores de q1tienes hemos tomado ejemplo son siempre los del día o los de la víspera; raTaS veces los de siglos anteriores, como en el caso de Moratín adap-

tando a Moliere. Racine sólo influye en nuestro teatro cla-

sicista a

través de sus descendientes fTances es e italianos

del siglo XVIII. En la época romántica aprendimos de la

pasajera reacción fmncesa - con Víctor Hugo y Saint e- Beuve en S11-S comienzos - a sacrificarlo como víctima

fácil en los altares de las divinidades poéticas que el ro-

manticismo

ensalzaba. D espués, rutinarios , nos hemos que·

dado en la pueril actitud de 1830. Inglaterra, que como nosotros había sido indiferente a la .qloria de Racine, ha modificado su actitud en este siglo, después del luminoso estudio críti co de Lytton Stra·

* La primera traducción sistemática de Racine en castellano es la presente, que debemos al cuidadoso esfuerzo de 1(]J distinguida escritora (]JTgentina Nydia Lamarque. Como traduccion.es sueltas sólo conocemos la de Berenice, en verso, del estimado poeta español Juan Chabás, y una anónima, en prosa, de Fedra. En el siglo XVIII se hizo una que otra adaptación, y hasta una imitación bur fesca de Ifigenia (José de Cañizares).

INTRODUCCION

INTRODUCCION chey, el gran disector de la era victoriana. T. S. Eliot, el pqeta innovador y

chey, el gran disector de la era victoriana. T. S. Eliot, el pqeta innovador y crítico agudo, jefe de esc'uela numero- sa, habla de la aptitud para gozar de Corneille y de Ra- cine: "No quiero decir meramente conocer sus tragedias, ni siqniera saber declamar sus versos; quiero decir el in- mediato deleite en su poesía. Es ésta una experiencia que puede llegamos tarde en la vida, o tal vez nunca; pero si nos llega -hablo sólo desde el punto de vista anglosa- jón -, es una iluminación. Y está muy lejos de corrom-

disminuir n 'uestra ad-

miración. La poesía no hace tales daños a otra poesía,' la belleza de una especie no hace sino abrillantar el lust-re de otra especie". Racine es la culm,inación de una forma artístir.a, la "tragedia clásica" : la fórmula se inventó en el Renari- miento italiano, sobre supuestas bases griegas, y se aco- gió y rer.ibió toques finales en Francia, mientras la 1'e- chazaban España e Inglaterra. Res1Gltaba difícil acomo- darse a la irracional timnía de las tres unidades - ac- ción, lugar y tiempo - ; sólo Racine logró insertarse en ellas sin dificultad - sin las dificultades de Corneille , por ejemplo -. porque ideó sus .tragedias como simples momentos de crisis y desenlace: cuando se descorre el te- lón, ya son antiguas Zas pasiones en conflicto, ya .está pre- par.ada la crisis; sólo falta provoca1'la y resolverla. Con el contenido de una tragedia de Racine, Shakespeare o Lo· pe habrían hecho apenas el acto final de una de sus obras. Dos siglos desptGés, Ibsen repetirá el procedimiento, no bajo prescripción retórica de ningún Boileau, sino por espontánea necesidad de concentración. Con una ventaja para Racine: Ibsen, para provocar la crisis, echa mano a veces de algún secreto que ha de descubrirse y desenca- denar el dmm.a; en Racine no hay necesidad de seC1-etos:

per

nuestro goce de Shakespeare o

las pasiones mismas, con su violencia, sorprendidas en punto de crisis, le bastan. De esta tensión inicial da ejem- plo, expresándola en honda y tem.pestuosa poesía, el pTi-

INTRODUCCION
INTRODUCCION

'mer acto de Fedra, con el delirio de la heroína, en diálo-

go con la confidente:

delirio que Wagner repetirá en el

primer acto de Tristán e Iseo,

La obra de Jean Racine (1639 -1699) se compone ele once tragedias, una comedia, Los litigantes (1668), poe- sías sueltas, y escritos en magnífica p1'osa, entre ellos el

Compendio de

Historia de Port - Royal , "ob1"a maestra de

la litemtura histórica del siglo XVII" , según Gustave Lanson, y la versi6n de parte del Banquete de Plat6n y de la Poética de A1-ist6teles, Las tmgedias son La Tebaida

(ambas

o Los hermanos enemigos, 1664; Alejandro, 1665

fueron representadas por Moliere) ; Andrómaca, 1667, éxi- to comparable al de El Cid de Corneille en 1636; Británico,

1669;

Ifigenia, 1674; Fedra , 1677; después de doce años de silen- cio: Ester, 1689; Atalía, 1691 .

1673;

Berenice,

1670;

Bayaceto,

1672;

Mitridates,

Sainte - Beuve, en artículo de 1829, cuenta así la vida del poeta:

Nació RaC'ine en el añ.o 1639, en La Ferié - Milon. En edad tempmna quedó httérfano. Murieron, con breve in-

tervalo', su madre, que era hija de un p1"Ocurador del 1'ey

bosques , en Ville1-s-Cotterets, y su

padre, inspector de las salinas en La Fe1-té - Milon. A la edad de cnatro míos, qued6 bajo el cuidado de su abuelo materno, quien lo puso a la escuela, muy pequeño aún, en Beauvais. Después de la muerte del anciano, pas6 a Port- Royal-des-Champs, donde vivían retraídas su abuela 11 una de sus tías. De esta época datan los primeros detalles

en el ramo

de aguas y

interesantes sobre S'u infancia. El ilustre solitario Antoi·

se ve ,

en una cQ1·ta que se conserva, cuánto le recomendaba la docilidad y el c'uidar l>ien, dumnte su a.usencia, sus volú- menes de San Juan Cris6stomo. El a.dolescente Racine

ne Le MaUre se lig6 a él con amistad singulm', y

INTRODUCCION

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llegó rápidamente a leer de corrido los autores griegos:

los extractaba, les hacía anotaciones de su puño y letm, y

se

quete de Platón, San Basilio, Píndaro o en las horas per- didas Teágenes y Cariclea *. Ya manifestaba su naturale-

za discreta, inocente y soñadora, dando ' largos paseos, con

algún libro (que no siempre leía), en aquellas hermosas soledades cuyas dulzuras lo conmovían hasta hacerlo llo- rar. Su talento naciente se ejercitaba desde entonces tra- duciendo en verso francés los tiernos himnos del Brevia- 1'io, que perfeccionó más tarde; pero se complacía sobre todo en cantar a Port-Royal, su paisaje, sus estanques, sus

memoria . Alternaban Plutano, El Ban-

' los aprendía de

jardines y sus praderas **. Dejó Port - Royal después de tres años, y vino a Pm'ís

a cursar lógica en el colegio de Harcourt . Las impresio-

nes de piedad y severidad que había recibido de sus pri-

meros maestros 3e debilitaron poco a poco en el mun-

do nuevo a donde se vió arrastrado. Tuvo amistad con jo- venes amables y disipados, con el abate Le Vasseur y con Lafontaine, Hacía sonetos y madrigales galantes a hurta-

envia·

dillas de Port - Royal y de los jansenistas, que le

ban cartas y más cm·tas con am,enazas de anatema. Des- de 1660 se le ve en relaciones con los actores del Marais,

a propósito de una obra que no conocem,os ***. Su oda a

La Ninfa del Sena, para el casamiento del rey, la remiti6

a Chapelain, quien la recibió con la mayor bondad del

mundo y la retuvo tres días, haciéndole notas por escrito,

aun cuando estaba muy enfermo. Esta poesía valió a Ra- cine la protección de Chapelain y una gratificación de Colbert.

la

adolescencia hasta la jU1J,enlud. Son especialmente interesantes las

que hizo a la Odisea y a Píndaro. ••

Amasia , que no de Ovidio.

,.

u

Se conservan

El

//lu chas nolas

de

Racine en sns libros,

desde

paisaje de Port-Royal, siete odas.

flté

aceptada ;

proyectó además

Los amor es

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INTRODUCCION
INTRODUCCION

Su primo Vitart , intendente del castillo de Chevreuse,

lo envió allí en una ocasión para que vigilara en su lugar a

los obre1'os, albañiles, vidrieros y carpinteros. Estaba el

poeta acostumbrado de tal manera al bullicio de París , que se consideró como desterrado en Chevreuse; allí fechó sus cartas de Babilonia. En seguida añade: "Leo versos y trato de hacerlos ; leo las aventuras del Ariosto, y yo mismo

tengo mis aventuras" . Todos sus amigos de Port-Royal,

tía, y sus maestros , mirándole así, en vías de perdici6n , se con:certaron para sacarle del mal camino . Se le presentó

vivamente la necesidad de una p1'ofesión y se le decidió a partir para Uzes en Languedoc , a casa d e uno de sus tíos maternos, canóni go regula?- de Santa Genoveva, con es- peranza de una canonjía. Pasa el inviern o de 1661, la pri- mavera y el estío de 1662, en Uzes ; vestido todo de negro, leyendo a Santo Tomás por complacer al buen canónigo,

y consolándose con la lectura del Ariosto o de Eurípid es;

mimado por todos los maestros de escuela y por todos lo s curas de los alrededores, a causa de su tío , y consultado por todos los poetas y enamorados de pro v incia sobre Stl S

versos, por su fama parisiense y su oda célebre sobre la paz. Por otra parte, saliendo poco, fastidiándose mucho en una ciudad donde todos los habitantes le parecían d'u- ros e interesados como alcaldes, se comparaba a Ovidio en la orilla del Mar Negro y nada temía tanto como co- rromper con la jerigonza del sur el excelente y verdade- ro francés, la pura harina flor de que se nutría pensando en La Ferté-Milon, Chateau-Thierry y Reims. La natura· l eza no le causa más que una mediana seducción: Si le

su

de

chers y fussent un peu moins fréquents , on le prendroit pour un vrai pays de Cythere; pero estos peñascos le mo -

pays

de

soi avoit un peu

délicatesse, et

que

les ro-

lestan; el calor le sofoca, y las cigarras acallan las melo-

dí as de los ruiseñores . Encuentra muy violentas y exce -

siv as las pasiones de los meridionale s; por su parte , sen-

INTRODUCCION

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sible y moderado, vive de reflexión y de silencio; apenas sale de su cuarto, y lee mucho, sin experimentar siquiera la' necesidad de escribiro Sus cartas al abate Le Vasseur son frías, finas, cmorectas, floridas, mitológicas y ligera- mente burlescas; el ingenio sentimental y tierno que se mostraría en Berenice asoma en ellas por todas partes; abundan allí las citas italianas y las alusiones galantes; no hay ninguna crudeza como las que. suelen tener los jóvenes, ni detalles feos, y reina la más exquisita elegan- cia hasta en la más estrecha familiaridado Racine tenfa entonces veintitrés a.ñoso No completó s u noviciado; se fastidió de esperar un beneficio que siem- p1°e se quedaba en promesa; y reg1 o es6 a París, dejando a los can6nigos y su pmvincia, y en la capital gan6 una nueva gratificaci6n con La Renommée aux Muses, y logr6 en- trar en la corte y ser conocido por Despréaux y por Mo- liih'eo La Tebaida siguió poco tiempo después (1664) o Hasta entonces Racine no había encontrado en su ca- mino sino protectores y amigos; su primer éxito dramáti- co despert6 la envidia y desde ese momento su carrera estu- ve sembrada de obstáculos y disgustos, bajo cuya acción su irritable sensibilidad se vió a punto de agriarse o des- alentarse o La tmgeclia de Alejandro (1665) lo indispuso con Moliere y con Cmoneille; con Molihe, pmoque le reti- la obra pam darla al Hotel de Bourgogne: con Cornei- lle , porque el ilustre anciano le declaró, después de ha- ber oído la obra, que anttnciaba gran talento para la poe- sía en general , pero no para el teatro o Los partidarios de Cmoneille tmta'ron de estorba¡o el buen éxito en las repre- sentacioneso Cuando apareció Andrómaca (1667) , se le 1 0 epmchó a Pirro un resto de femcidad; se le hubiera querida más cortés, más galante y más completoo Esto era consecuen- cia del sistema de Corneille , que hacía sus hé1"Oes de una sola pieza, buenos o malos de la cabeza a los pies , a lo

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INTRODUCCION
INTRODUCCION

cual Racine respondía muy juiciosamente: "Aristóteles, muy lejos de pedirme héroes perfectos, quiere, al contra- rio, que los personajes trágicos, es decir, aquellos cuya desgracia constit'uye la catástrofe de la tragedia , no sean ni absolutamente buenos ni absolutamente malos. No quiere que sean extraordinariamente buenos, porque el castigo de un hombre honrado no excitaría la piedad del espectador, sino su indignación; ni quiere que sean pero versos en demasía, porque no se tiene piedad de un ,faci- ne1·OSO. Es necesario, pues que tengan una bondad media- na, es decir, una virtud capaz de debil'idad, y que caigan en la desgracia por alguna falta que los haga dignos de compasi6n sin que se l~s deteste". Insisto sob1'e este particular, porque la gran innova- ci6n de Racine y su más incontestable originalidad dra- mática consisten precisamente en esta reducci6n de los personajes heroicos a proporciones más humanas, más naturales, y en el análisis delicado de los más secretos matices del sentimiento y de la pasi6n. Lo q'ue ante todo

Racine, en la composici6n del esti lo como en

distingue a

la del drama, es la sucesi6n l6gica, la perfecta liga de las ideas y de los sentimientos; y esto se realiza porque en su espíritu no hay vacíos y todo lo tiene motivado sin réplica. En este género jamás se verá uno sorprendido p01' cambios b1'uscos, pO?" los vuelcos sin transici6n n i por las súbitas transf01'maciones de que tan a menudo

abus6 Corneille en la acción de sus caracteres y en la marcha de sus dramas, Bereníce le fué sugerida a Racine por la Duquesa de Orleans, quien sostenía en la corte a los nuevos poetas y en esta ocasi6n jugaba una mala partida a Corneille, po- niéndole en campo cercado f1"ente a frente con su joven

1'ival,

Por otm parte BOileau, amigo fiel y sincero, defendía a Racine contra el corrillo de autores, lo reanimaba de sus

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desalientos pasajeros y lo excitaba a fuerza de severidad

a progresar sin descanso. Esta diaria intervenci6n de

Bóileau httbiera sido funesta con toda seguridad a ttn au-

tor de genio libre, de verba impetuosa o de gracia negli- gente, a Moliere o a Lafontaine, por ejemplo. A Racine

le

fué muy provechosa, pues antes de conocer a Boileau,

y

salvo algunas imitaciones a la italiana, seguía ya este

camino de correcci6n y de eleganCia continuas en que la acci6n de su amigo lo mantuvo y afirm6. Creo, pues, que Boileau tenía raz6n cuando se gloriaba de haber enseña-

do a Racine a hacer difícilmente versos fáciles; pero iba

si, como se asegura, le daba por pre-

un poco más allá

cepto hacer generalmente el segundo verso antes que el primero.

Transcurrieron diez años desde Andrómaca, que apa- reci6 en 1667, hasta Fedra, cuyo triunfo es de 1677. Ani- mado por la juventUd y el amor de la gloria, aguijonea- do a la vez por sus admiradores y sus envidiosos, se di6 por entero al desarrollo de su genio . Rompi6 directa- mente con Port-Royal; y , a prop6sito de un ataque de Nicole contra los autores de teatro, lanz6 una carta dura que caus6 escándalo y le atrajo represalias. A fuerza de

espemr y de solicitar, había obtenido al fin un beneficio ,

y el privilegio de la prÍ1nera edición de Andrómaca fué

concedido "al Sr. Racine, prior de Épinai" . Un regular le disput6 este priorazgo, y se inici6 un litigio en que nadie entendía una palabra; Racine desistió fastidiado, vengándose de los jueces con la comedia de Los litigantes, que se diría escrita por Moliere, admirable farsa cuya factura descubre un rincón escondido del poeta y hace recordar q1te leía a Rabelais, Marot y aun a Scarron 1/ que ocupaba 1tn lugar en la taberna entre Chapelle y Lafontaine. Esta vida tan llen.a, en la cual sobre un fondo de estudio se sumaban las baraúndas literarias, las vzs~­ tas a la corte, la A.cademia a partir de 1673, y tal vez,

INTRODUCCION
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como se ha sospechado , algunas tiernas debilidades en el t eatro; esta confusión de disgustos, de placeres y de glo· ria, retuvo a Racine hasta la edad de treinta y ocho años ,

es decir, hasta 1677, época en que se desembarazó de estas

tmbas para casm'se cristianamente y para convertirse.

Sin duda, habían redoblado la tempestad sus dos úl· timas obras, Ifigenia y Fedra; los autores silbados, los jansenistas folicularios, los gmndes señores anticuados

y lo que había quedado de las preciosas, Boyer, Leclerc,

Coras, Perrin, Pradon, iba a decir Fontenel/e, Barbier·

d'Aucourt, sobre todo en el presente caso el Duque de

Nevers, Mme. Deshoulieres y el Hotel de Bouillon, se amotinaron sin pudor, y las indignas maniobras de esta cábala llega1'on a inquietar al poeta; pero al fin sus obras triunfaron, el público se entregó a ellas y las aplaudió con lágrimas; Boileau, que jamás adulaba, ni a sus amigos, discernió al vencedor una magnífica epístola, bendiciendo

y proclamando afortunado el siglo que veía nacer estas

pomposas maravillas. Em por consiguiente el momento menos oportuno para que Racine abandonara la escena, donde resonaba su nombre; había razón para una em' briaguez de literatura más que para el desaliento; así es que su resolución fué absolutamente independiente de estas habladurías rnezquinas , a las cuales se ha tmtado de atribuirla . Algún tiempo después, y ya pasados el p1'imer fuego de la edad y los primeros fervores del espíritu y de los sentidos, el recuerdo de su infancia. de sus maestros y de su tía, religiosa en Port·Royal, conquistó de nuevo el corazón de Racine; la involuntaria comparación qu e estableció entre su pacífica satisfacción de antaño y su gloria presente, tan amarga y desazonada, no podía lle· varle sino al arrepentimiento de haber dejado una vida regular. 'Este pensamiento secreto, que vivía con él, brota ya en el prefacio de Fedra, y debió de sostenerlo, más de

INTRODUCCION

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lo q1te se r.ree, en el. análisis pTOfundo q1¿e hizo de este dolor virtuoso de un alma que maldiciendo el pecado se entrega a él. Su propio corazón le explicaba el de Fedra y si se supone - como es muy verosímil - que lo que le retenía en el teatro contm su convicción era alguna afición amorosa de la que le costaba t?'abajo despojarse, se hace más íntima la semejanza y ayuda a hacer comprender cuánto puso allí de desgarrador, de realmente sentido Cualq1dem que sea el objeto moral de Fedra, está fuem de duda: el gran A rnauld no pudo dejar de reco- nocerlo, y así casi se comprobó la sentencia del auto?", " quien esperaba, por medio de esta obm, reconcilia?' con la tragedia cierto número de personas célebres por S1.¿ piedad y por su doctrina" . Sin embargo, ahondando más, Racine, en sus refle- xiones de reforma, juzgó que era más prudente y más consecuente renunciar al teatro, y sali6 de él con valor, pero sin grandes esfuerzos. Se casó, se reconcili6 con Port-Royal y se preparó a sus deberes de padre en la vida doméstica. Como el rey le nombrara histori6grafo en esta época, y también a Boileau, no descuidó sus obli- gaciones de historiador. Al efecto comenz6 por hace?" una especie de extracto del tmtado de Luciano sobre la ma-

se aplicó a la lectura de

Mézerai, de Vittorio Siri y de otros

nera de escribir la historia, y

*.

.Conwille trat6 PO?' algún tiempo de ?'enunciar al teatro; aun cuando ya iba declinando, no pudo sos-

tener su prop6sito y volvi6 p?-onto a la arena. Nada de esta impaciencia ni de esta dificultad para contenerse parece que turbara el largo silencio de Racine. Escribía la hist01'ia de Port-Royal y la de las campañas del rey; pronunciaba dos o tres discursos de academia y se ejer-

citaba traduciendo

algunos himnos de iglesia . Mme. de

Los

trabajos

históricos

que

perdieron en el siglo XV/l/.

escribieron

Boileuu.

)'

Racine

se

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INTRODUCCION
INTRODUCCION

Maintenon le sacó de su inacción hacia 1688, pidiéndole una obra para Saint-Cyr; de ahí el despertar sobresaltado de Racine , a la edad de cuarenta y ocho años; una nueva

e inmensa caTrera recorrida en dos pasos: Ester para ensayarse, y Atalía para la pe7'fección

Nutrido en los libros sagrados, compartiendo las creen-

1'elato

de la Escritura, no se creyó obligado a mezclar a la ac- ción la autoridad de Aristóteles, ni a introducir en. el d,'ama una int?"iga amorosa: de todas las cosas humanas , el amor, apoyándose sobre una base eterna, es la q1¿e más varía en sus formas según los tiempos, y por conse- cuencia, la que más induce en error al poeta

Ester, con sus dulces encantos y sus

cias del pueblo de Dio s, se atuvo estrictamente al

¿Lo confesaré?

amables cuadros; Ester, menos dramática que Atalía, y

con menos pretensión, me parece más completa en sí, y nada deja que desea?" .

de conjunto tan perfecto,

tan lleno de pudo?", de suspiros y de unción piadosa, me

el genio

de Racine, Es el desahogo más pUTO, la queja más en- cantado1'a de esta alma tierna que no podía asistir a la

toma de hábito de u.na novicia sin ahoga?"se en lágrima s,

y de quien Mme, de Maintenon esc?'il>ía: "Racine, que

quiere llo rm', irá a la profesión de la

En esta época compuso cuatro cánticos espirituales para Saint-Cyr, q1W p1¿eden colocarse entre sus más bellas

obras,

Hay que lamentaT que no haya llevado más lejOS esta especie de composición religiosa, y que no haya acabado PO?' manifestar con originalidad, en los ocho años

Atalía , algunos de los sentimientos persona-

les, tieTnos, apasionados y fervientes que g1wrdaba S1¿ corazón, Ciertos pasajes de las cartas a su hijo mayor, en aq1tcllos días agregado a la embajada de Holanda , ha-

siguientes a

parece el f ruto rná.s natural que haya producido

Este

1Joema

delicioso

hennana Lalie",

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INTRODUCCIUN

cen soñar en una poesía interior y penetmnte que no desahogó y cuyas delicias r'eser'vó para sí durante años entcr-os, continuamente listas para desbordars e, o q1le

só lo vertió en la s oraciones, a los 7Jies de Dios, con las lá·

grimas de que estaua lleno . Entonces la poesía, que for'maba parte de la litera- tura, em tan distinta de la vida, que nada llevaba de la una a la otra, y nadie tenía la idea de juntarlas; una vez consagrado a los cuidados domésticos~ a los sentimientos fmter'nal es y a los deberes de feligrés, el hombre levan- taba una l1Hlmlla infranqueable, que lo sepamba de las Musas. Por otra parte, como ningún sentimiento profun- do queda estéril en nosotros, resultó que esta poesía. con· centrada y sin salida era en la vida como un perfume sec1'et o que se mezclaba a los actos más insignificantes ,

a las palabras más sencillas, tmnspirando por una vía insensi ble y comunicándoles un suave aroma de virtud

y mérit o. Tal fué el caso de Racine. Este efecto nos causa

la l ectura de las cartas que

escribió a su hijo, ya homb1'e

mundan o, cartas sencillas y paternales, escritas al amor del fuego, junto a la mad1'e y en medio de los ot1'OS seis hijos, cartas que ll e¡;an en cada línea la huella de una ternura grave y de una dulzura austera, y donde se mezo clan in genuamente los consejos de evitar las repeticiones de palabras con los p1'eceptos de buena conducta y con las advertencias c1'istianas *.

El acontecimiento doméstico más impo1'tante de lo s últimos años de Racine fué la profesión de su hija meno?', de diez y ocho años, en Melun. Habló a su hijo de la ceremonia y describió los pormenoreS' de ella a su anciana tía, q1¿e vivía aún en Port·Royal, donde era abadesa;

• Sus cartas, dice Lanson, son exquisil'as. De joven, dice Lemaítre,

fué suspicaz, irritable, vengativo, hasta ingrato, ávido de renombre r

de placer

de virtud encantadora: su excesiva sensibilidad se había depurado en

los dolores y el arr epentimiento.

En sus últimos quince o veinte años es bueno r virtuoso,

INTRODUCCION
INTRODUCCION

no dejó de sollozar durante todo el oficio. De este modo

se escapan de aquel corazón deshecho

efusiones inexpresables; em como el aceite derramado del vaso de María. Fénelon le escribió expresamente con objeto de consolarle.

y

tesoros

de

amor

Murió en 1699, a la edad de sesenta años, venerado

y llorado por todos, lleno de gloria

En

el

tomo

VI

de

su

obm

sobre

POl't-Royal

dice

Sainte-Beuve:

 

"Lo

que nunca hay

que

perde1- de

vista

cuando se

ar-

monía del conjunto, que son la principal belleza .

':La unidad, la belleza del conjunto, en Racine, lo subordina todo_ En los momentos mismos de la máxima pasión, la volttntad del poeta, sin mostrarse, dirige, dom.i- na, gobierna, modera. Hay la serenidad del alma superior

y divina, aun a tTavés de todas las lágrimas y de todas

las tentt¿ras. Éste es un género de belleza invisible y es- piritual, ignorado de los talentos que todo lo ponen por fuem "Racine es un gran dmmaturgo, y lo ha sido espon- táneamente, por vocación. Tomó la tragedia en las con- diciones en que la encont1'ó, y se movió de n tro de ella con soltura y grandeza, adaptándola singularmente a Sg propio genio_ Pero hay tal equilibrio en las facultades de Racine y tiene focultades tan completas, disciplinadas sin tumulto bajo su voluntad luminosa, que fácilmente imaginamos que cualq1¿Íer otra actividad le hubiera dado igualmente ventaja y gloria, sin que el ('q1lilibrio se romo piera.

"Racine es tierno, se dice, es un dramaturgo elegíaco. ¡Guidado! El que ha escrito la escena del tercer acto de Mitridates, y el Británico, el pintor de Burnls, ¿tiene

juzga a Racine, hoy, es la perfecCión, la unidad y

la

INTRODUCCION

20
20

acaso dificultad para maneja?' la tmgedia poLUica y para sacar el drama severo del coraz6n de la historia?

" Así todo en Racine, Sería temerario negarle lo que

n o hizo: ¡tan

hizo! Me

Siempre y en todo tendríamos el mismo Racine, con sus

rasgos nobles, elegantes y escogidos, que cubren' su fuerza

y su pasi6n; siempre algo natural y pulido a la vez.

"Pero la forma dramática em la' que su tiempo le ofrecía más amplia y dign a de él; entr6 en ella de lleno,

y al t ercer paso ya era maestro. Derram6 en ella todos sus

dones . Sin salir nunca de la originalidad distintiva que llevaba en sí y escondía en sus obras armoniosas, sin dejar nunca de hace?' lo que s6lo él pOdía hacer, march6 siempre hacia adelante, variando sus avances, diversifi' cando S1/.S tonos, llevando en todo punto sus cualidades,

aun las más tiernas y encantadoras, hacia la grandeza, hasta que lleg6, después de la adorable serie de las Bere,

nices, las M6nimas

y las Ifigenias, al carácter de Fedra ,

tierno como el que más, y el más apasionado, el más an, tiguo, pero ya cristiano, el más seducto?' a la vez y el más terrible bajo su fulgor sagrado".

perfecto, sin esfuerzo, fué en todo lo que

a mamvilla

fuera

de

la

tragedia

lo figuro

Jules L emaitre, en su libro de conferencias sobre

Racine

(1908) , dic e:

teat r o es el diamante de la literatum clásica de

Francia . N o hay teat'ro que contenga a la vez más orden

y más movimiento interior, más verdad psicol6gica y

más poesía "Racine, al dedicarse al teatro , se encontr6 ya im, puesta y aceptada la 1'egla de las tres unidades. " Impe, raba un tono oratorio y aun enfático, resto persistente de las primems trag edias francesas, en que se imitaba a Séneca . Hasta se encontr6 con ciertas condiciones ma, t eria les . Imag ináo s una repTesentaci6n de entonces: Au,

" Su

INTRODUCCION
INTRODUCCION

21

gusto en sitial elevado, Cinna y Máximo en taburetes, como en Versalles, los tres con peluca; a ambos lados del escenario, jovenes espectadores sentados en bancos; lu- ces que había que despabilar en los entreactos; la sala, oblonga; una sola fila de palcos; la concurrencia del patio, en pie." "Racine suavizó la entonación antigua, demasiado oratoria, Se contenta con el mediocre escenario que le conceden, Se acomoda a las unidades y no las discute, No le esto1'ban, Siente, al contrm'io, que le ayudan, obli- gándole a concent?-a?'se,

acción se anuda sencillamente g1-acias a los ca-

racte1-es, las pasiones y los intereses de los personajes . En ningún teatro es más continua que en éste la acción, El drama está siemp1-e en marcha , "Una consecuencia del método racin i ano es que los sentimientos y las pasiones, que el autor nos presenta a m 'uy cm'ta distancia de la catástrofe, son viol en tos desde el principio, y la violencia no puede menos que seguÍ?' creciendo, Es una necesidad del sistema, confm'me al mismo tiempo con el gusto de Racine, alma ex traordina , 1"iamente sens'i ble y violenta " , " Como las muje?"es, se cree , son en general más si er- vas del instinto y de la pasión que los hombres, el teatro

de Racine es femenino como el de Corneille era viril. De Racine data el imperio de la mujer en la literatura (Lan-

son), Cuando pensamos en este t eatro , lo qlLe se nos apa - rece en seguida son sus mujeres: las disciplinadas, las púdicas, que no por eso sienten menos hondamente (A n - drómaca, Junia, Berenice, Atálida, Mónima, Ifigenia); y las desenfrenadas, sobre todo, las desenfrenadas en la ambición (Agripina, Atalía), y más aún las desenfrenadas

en el amor (Hermíone, Roxana, Erifile, Fedra)

expresado en un lenguaje que es como creador de clari- dad, con el cual, dementes lúcidas, se analizan en medio

"La

, Todo ello

INTRODUCCION 2 2 de su agitación, y que Teviste de aTmoniosa belleza sus desórdenes más

INTRODUCCION

22

de su agitación, y que Teviste de aTmoniosa belleza sus desórdenes más furiosos

. "La tragedia de Racine es humanidad intensa. Y hu-

manidad verdadera. "Esta Q1-mad'ura, sólida, preciosa, hasta dura, está too

da envuelta en poesía

tos despierta en él una visión . con su atmósfera pro- pia Cada tragedia es un poema. Y es poético este tea- t1'O por el leng7wj e, el estilo, los versos. Es el lengua:ic

más pUTO que se ha

Cada uno de S1.¿S asun-

hablado n u nca; nada ha enveJecido ,

sólo 7ma doce'na de palabras del vocabulario amoroso

(feux,

flammes,

chaines,

bontés

).

Sintaxis fácil,

lIW!l

libre todavía Versificación flexible, de ritmo muy va- ?'iado

P.

H .

U .

F E D R A

F

E

D

R

A

PERSONAJES TESEO, hijo de Eg eo , rey de Atenas. FEDRA , esposa de T

PERSONAJES

TESEO, hijo de Eg eo , rey de Atenas. FEDRA , esposa de T eseo, hija de Minos y de Pasifae. HIPÓUTO, hijo de Teseo y de An!íope, reina de las Amazonas. ARlclA, princesa de la sangre r eal de Atenas. ENoNA, nodriza y confidente de Fedro. TERÁMENEs, ayo de H ipólito. IsMENA, confidente de Aricia. P.~NOI'E, mujer del séqu.ito de Fedro. Gu.ardias.

La

escena

en

Trecene,

ciudad

del

Peloponeso

A

e

T

o

P

It

M E R o
M
E
R
o

ESCENA

PRIMERA

H i p ólito , Te rám ene.~

HIPÓLITO

Terámenes,

y abandono mi morada en la amable Trecene. Comienzo a sonrojarme de mi ociosidad en medio de la mortal duda que me agita. Separado de mi padre desde hace más de seis meses, ignoro el destino de un ser tan caro; ignoro hasta los parajes que puedan esconderlo.

Mi decisión está tomada:

parto , querido

TERÁMENES

¿Yen qué parajes vais, pues, señor, a buscarlo? Ya,

para satisfacer vuestros justos temores, he recorrido los dos mares que Corinto separa; he preguntado por Teseo a los pueblos de esas costas desde donde se ve al Aque· ronte internarse en el reino de los muertos; he visitado

he llegado hasta el mar

que vió caer a tcaro. ¿Por qué nueva esperanza, en qué comarcas dichosas, creéis descubrir la huella de sus pa· sos? ¿Hasta quién sabe, quién sabe si el Rey vuestro pa- dre quiere que se descubra el misterio de su ausencia? ¿Y quién sabe si, mientras temblamos con vos por sus días, aquel héroe, tranquilo, y ocultándonos nuevos amores,

la Élida, y , pasando el Ténaro,

no espera que una amante engañada

HIPÓLITO

Caro Terámenes, deténte y respeta a Teseo. Arre- pentido para siempre de los errores de su juventud, no lo retiene ningún indigno obstáculo; mucho tiempo hace que Fedra fijó la fatal inconstancia de sus deseos y no teme ya rival ninguna. En fin, al buscarlo cumpliré con

?

RACINE

28
28

mi

deber, y huiré de estos lugares, adonde no me atrevo

ya

a volver los ojos.

TERÁMENES

¡Eh! ¿Desde cuándo, señor, teméis la presencia <:!n estos apacibles lugares, tan caros a vuestra infancia, y cuyo retiro os he visto preferir al pomposo tumulto de Atenas y de la cort2? ¿Qué peligro, o mejor, qué pesar os arroja de ellos?

IUPÓLITO

Aquel tiempo feliz ya no existe. Todo cambió de faz

d E: sde que los Dioses enviaron a esta s playas a la hija

de Minos y de Pasifae.

TERÁMENES

Comprendo : conozco la causa de vuestros dolores. Aquí Fedra os atormenta y mortifica vuestros ojos. Ape- nas os vió tan peligrosa madrastra, vuestro destierro se- ñaló el comienzo de su predominio. Pero su odio, antes dedicado a vos, o se ha desvanecido o bien se ha debili- tado. Y además, ¿qué peligros puede haceros correr una mujer agonizante y que desea morir? Fedra, herida por

un mal que ella se obstina en callar, cansada de sí misma

y hasta de la luz que la alumbra, ¿puede acaso maquinar

designios contra vos?

HIPÓLITO

Hipólito, al

partir. huye de otra enemiga: lo confieso, huyo de esa joven Aricia, resto de una sangre fatal contra nosotros conjurada.

TERÁMENES

¡Cómo, señor! ¿Vos también la perseguís? ¿Alguna vez la dulce hermana de los crueles Palántidas participó en

las conjuras de sus pérfidos hermanos? ¿Y debéis odiar

vos sus encantos inocentes?

No

es su vana enemistad lo que temo.

HIPÓLlTO

Si la odiara no huiría de ella.

TERÁMENES

¿Señor, osaré explicarme vuestra fuga? ¿Acaso no seríais ya aquel soberbio Hipólito, implacable enemigo de

las amorosas leyes y del yugo que tantas veces sufrió

29

FEDRA
FEDRA

Teseo? ¿Venus, tan largo tiempo despreciada por vuestro orgullo, querrá por fin justificar a Teseo, y colocándoos

a la altura del resto de los mortales os obliga a incensar

sus aras?

¿Acaso amáis, señor?

HIPÓLITO

¿Qué osas decir, amigo? ¿Tú, que conoces mi cora- zón desde su primer latido, puedes pedirme la retracta- ción vergonzosa de los sentimientos de corazón tan fie· ro y desdeñoso? Era poco que una madre amazona me hiciera mamar con su leche este orgullo que te maravilla; llegado a más madura edad, yo mismo me aplaudí al cono- cerme. Tú, ligado a mí con fervor sincero, me ·contabas en- tonces la historia de mi padre. Sabes cómo mi alma, pen- diente de tu voz, se encendía con el relato de sus nobles proezas, cuando me pintabas al intrépido héroe conso- lando a los mortales de la ausencia de Alcides, ahogados los monstruos y castigados los bandidos, Procusto, Cer- ción, y Escirrón y Sinnis, y los esparcidos huesos del gi- gante de Epidauro, y Creta humeante de la sangre del Mi- nota uro. Pero cuando tú relatabas hechos menos gloriosos, su amor ofrecido y recibido en cien sitios; Helena arre- batada a sus parientes de Esparta; Salamina, testigo de los llantos de Peribea; y tantas otras cuyos nombres mis- mos han sido olvidados, almas por demás crédulas que su ardor engañara: Ariadna contando sus agravios a las ro- cas, Fedra por fin, raptada bajo mejores auspicios; tú sabes que, escuchándote a mi pesar te rogaba a menudo que abreviaras tu relato. Feliz hubiera sido si consiguiera borrar de mi mente esa indigna mitad de tan bella his- toria. ¿Y a mi vez me veré ligado yo mismo? ¿Y hasta aquí me habrían humillado los Dioses? Tanto más despre- ciable yo con mis cobardes suspiros, cuanto que una lar- ga serie de hazañas excusa a Teseo, mientras que hasta hoy ningún monstruo fué por mí domado que me otorga- ra el derecho de caer como éL Y aun cuando mi fiereza alcanzara a endulzarse, ¿hubiera debido yo escoger a Ari- cia como su vencedora? ¿No recordarán ya mis extravia- dos sentidos el obstáculo eterno que nos separa? Mi pa- dre la repudia, y por leyes severas prohibe dar sobrinos a sus hermanos: teme un retoño de su culpable tallo; quiere sepultar sus nombres con la hermana, quiere que, sumisa a su tutela hasta la tumba, jamás se enciendan

sus

para

ella

los

fuegos

de

himeneo.

¿Debo

yo

apoyar

HACINE

:30
:30

derechos contra un padre irritado? ¿Daré tal ejemplo de temeridad? Y mi juventud, embarcada en un loco amor

TERÁMENES

Ah, señor, si ha llegado vuestra hora, al cielo no le interesan nuestras razones. Teseo os abrió los ojos al que- rer cerrároslos; y su odio, irritando un ardor rebelde, otorga a su enemiga un encanto nuevo. En fin ¿por qué espantaros de un amor casto? ¿No osáis ensayarlo, si existe alguna dulzura en él? Seréis siempre fiel a vuestro

huraño escrúpulo ?

de Hércules? ¿Qué coraje no ha tomado Venus? Vos mis- mo, vos que la combatís, ¿donde estaríais si Antíope, opuesta siempre a sus leyes, no hubiera ardido en púdico ardor por Teseo? ¿Pero de qué vale afectar un desdeñoso lenguaje? Confesadlo, todo cambia; y desde hace algún tiempo se os ve con menos frecuencia, salvaje y orgulloso, tan pronto hacer volar un carro en la ribera, o bien, há- bil en el arte inventado por Neptuno, volver dócil al freno un indomado corcel. Menos a menudo resuenan las selvas con nuestro~ gritos. Cargados de secreto fuego se agra- van vuestros párpados. No es posible dudarlo: amáis, ar- déis; perecéis de disimulado mal. ¿Consiguió agradaros la encantadora Aricia?

¡.Tememos extraviarnos en las huellas

HIPÓLITO

Terámenes, parto para buscar a mi padre.

TERÁMENES

Señor, ¿no veréis a Fedra antes de partir?

HIPÓLITO

puedes anunciárselo. Veámosla,

puesto que mi deber me lo ordena. ¿Mas qué nueva des- gracia perturba a su querida Enona?

Tal es mi propósito:

ESCENA

SEGUNDA

H i pólito, Enona , TeTámenes

ENONA

¡Ay, señor! ¿que pesar puede igualar al mío? La Rei- na llega casi a su fatídico término. En vano me aplico a observarla día y noche: se muere en mis brazos, de un

FEDRA
FEDRA

31

mal que me oculta. Un eterno desorden reina en su espí-

ritu, y su inquieto pesar la arranca del lecho. Quiere ver la luz, y su profundo dolor me ordena sin embargo que

haga apartar a todos

Ya viene.

HIPÓLITO

Basta: la dejo en e<;te· lugar y le ahorro un semblante odioso.

ESCENA

TERCERA

FedTa, Enona

FEDRA

No vayamos más lejos. Quedémonos aquí, cara Enona. No puedo más: me abandonan las fuerzas. La luz que vuelvo a ver deslumbra mis ojos, y mis temblorosas rodillas ceden bajo mi peso. ¡Ay!

ENONA

aplaquen

nuestras lágrimas!

FEDRA

¡Cómo me pesan estos velos, estos vanos adornos! ¿Qué mano importuna, entrelazando todos estos nudos, se t.omó el trabajo de reunir los cabellos sobre mi frente? Todo me aflige y me molesta, todo conspira a dañarme.

ENaNA

¡Cómo se destruyen unos a otros todos sus deseos! Hace un instante, vos misma¡ condenando vuestros injus- tos designios, excitabais nuestras manos a que os adorna- ran; vos misma, recordando vuestra antigua salud, que- ríais mostraros y volver a mirar el día. Ya lo veis, señora; ¿y ahora, pronta a esconderos, odiáis la luz que ve níais a buscar?

FEDRA

Noble y brillante tronco de una familia desventurada, tú de quien mi madre salia jactarse de ser hija, y que te sonrojas acaso de mi turbación presente, ·Sol, vengo a contemplarte por la vez postrera.

(Se

sienta)

¡Dioses

omnipotentes, que

os

RACINE

32
32

ENONA

¿Cómo? ¿No abandonaréis tan cruel deseo? ¿Os veré !liempre, renunciando a la vida, entregaros a los funestos preparativos de vuestra muerte?

FEDRA

¡Dioses! ¡Así estuviera yo sentada a la sombra de los bosques! ¿Cuándo podré, a través de un noble torbellino, seguir con los ojos un carro huyendo en la carrera?

ENONA

¿Cómo, señora?

FEDRA

¡Insensata! ¿dónde estoy? ¿Y qué he dicho? ¿Dónde

Perdí la razón :

los Dioses me la arrebataron. Enona, el rubor me abrasa

el rostro: demasiado te dejo ver mis vergonzosos dolores;

a mi pesa\', lo s ojos se me llt;nan de lágrimas.

ENONA

¡Ah, si habéis de sonrojaros, enrojeced por un silencio Que encona más todavía la violencia de vuestros males! Rebelde a todos nuestros cuidados, sorda a todos nuestras razones, ¿queréis implacablemente dejar acabar vuestros días? ¿Qué furor los detiene en mitad de su carrera'? ¿Qué encantamiento o qué veneno ciega su fuente? Por tres veces las sombras han oscurecido el cielo desde que el sueño no penetra en vuestros ojos, y por tres veces el día ha arrojado a la oscura noche desde que vuestro cuer- po languidecE:' sin alimento. ¿Por qué espantoso designio os dejáis tentar? ¿Con qué derecho osáis atentar contra vos misma? Ofendéis a los Dioses, autores de vuestra vida; traicionáis al esposo a quien la fe os enlaza; traicio- náis hasta a vuestros hijos desventurados, que precipi- táis bajo riguroso yugo. Pensad que un mismo día les arrebatará a su madre y devolverá la esperanza al hijo de la extranjera, a ese fiero enemigo vuestro y de vuestra sangre, ese hijo que una Amazona llevó en su vientre, ese Hipólito

FEDRA

dejo extraviar mi espíritu y mis deseos?

¡Ah, Dioses!

ENONA

Este reproche os conmueve.

¡Desgraciada!

FEDHA
FEDHA

FEDRA

¿qué nombre ha salido de tu, boca?

ENONA

cólera estalla con razón: me gus ta

veros estremecer ante ese funesto nombre. Vivid, pues. Que el amor y el deber os animen a ello. Vivid, no permitáis q1:le el hijo de una escita, agobiando a vuestros hijos bajo

su odioso imperio, gobierne a la más ilustre sangre de Grecia y de los Dioses. Pero no tardéis, cada minuto os mata. Reparad rápidamente vuestras abatidas fuerzas mientras la llama de vuestros días prontos a consumirse dura aún y puede reanimarse.

FEDRA

¡Y bien! Vuestra

Demasiado

prolongué

su

duración culpable.

ENONA

¿Cómo? ¿Por qué remordimientos estáis desgarrada? ¿Qué crimen ha podido producir tan premiosa pena? ¿No se habrán manchado vuestras manos con sangre ino- cente?

FEDRA

¡Plu-

Gracias al cielo, mis manos no son criminales.

guiera a

los

Dioses

que

mi

corazón fuera

tan inocente

como ellas!

 
 

ENONA

¿Y

que

terrible

proy ec to

habéis

concebido,

de

que

aún sigue espantado vuestro corazón?

FEDRA

Te he dicho bastante. Ahórrame el resto. Muero para evitarme confesión tan funesta.

ENONA

Morid, pues, manteniendo ese inhumano silencio; pe- ro buscad otra mano para que os cierre los ojos. Aunque apenas os quede una débil lumbre, mi alma será la prime- ra en bajar entre los muertos. Mil abiertos caminos con- ducen siempre hacia allí, y mi justo dolor escogerá los más cortos. Cruel, ¿cuando os decepcionó mi fidelidad? ¿Pensáis en que mis brazos os recibieron al nacer? Mi país, mis hijos, todo lo he dejado por vos. ¿Ya mi adhe- sión habríais reservado este premio?

R A C'l N B

¿Qué frutos

34
34

FEDRA

esperas de tanta violencia?

Te estreme-

,cerás de horror si rompo mi silencio.

ENONA

al horror

de veros expirar bajo mis propios ojos?

YEDRA

Cuando conozcas mi cnmen y la suerte que me ago- bia, no dejaré de morir por eso, pero moriré más culpable,

que exceda

¿Y qué

me

diréis

¡oh Dioses!

ENaNA

Señora, en

nombre de las lágrimas que por vos he

abrazo, librad

vertido, por vuestras débiles rodillas que

mi espíritu de esta funesta incertidumbre.

FEDRA

Tú lo quieres. Levántate.

ENaNA

Hablad, os escucho.

¡Cielos!

FEDRA

¿Qué vaya decirle y por dónde empezar?

ENaNA

¡Cesad de ofenderme con vuestros vanos temores!

FEDRA

de

travíos arrojó el amor a mi madre!

¡Oh

cólera

Venus!

¡Oh fatal

ENaNA

odio!

¡En qué

ex-

Olvidadlos, señora, y que hasta el futuro más lejano

un

eterno

silencio

oculte

este

recuerdo.

 

FEDRA

 

¡Ariadna, hermana mía, herida de qué amor moriste

en

las playas donde fuiste

abandonada!

 

ENaNA

 
 

¿Que hacéis, seí'íora? ¿Qué mortal sufrimiento os ani-

ma

hoy contra toda vuestra sangre?

35

Pues que

FEDRA
FEDRA

FEDRA

Venus lo quiere, perezca yo la última y la

más mísera de esa deplorable estirpe.

¿Amáis?

ENaNA

FEDRA

Siento todos los furores del amor.

¿Por quién?

ENaNA

FEDRA

Vas a oír el colmo del horror. Amo fatal tiemblo, me estremezco. Amo

¿A quién?

ENaNA

A ese nombre

FEDRA

¿Conoces al hijo de la Amazona, ese príncipe al que tanto tiempo oprimí yo misma?

¿Hipólito?

ENaNA

¡Dioses eternos!

FEDRA

Tú eres quien lo ha nombrado .

ENaNA

¡Justo cielo! ¡Toda la sangre se me hiela en las ve- nas! ¡Oh desesperación! ¡Oh crimen! ¡Oh raza deplorable! ¡Viaje infortunado! Desdichada costa, ¿había que apro- ximarse a tus playas temibles?

FEDRA

De más lejos viene mi mal. Apenas me hube entre- gado al hijo de Egeo bajo la ley del matrimonio, y cuan- do mi reposo y mi dicha parecían haberse afianzado, Ate- nas me mostró mi soberbio enemigo; lo conocí, me sonro- jé, palidecí al mirarlo; la turbación se apoderó de mi alma extraviada; mis ojos no veían ya, no podía hablar; sentí arder y helarse todo mi cuerpo; y reconocí a Venus y sus temibles llamas, inevitables tormentos de una san- gre por ella perseguida. Creí apartarlos con mis votos asi- duos: le edifiqué un templo y cuidé de ornarlo; yo mis-

RACINE

36
36

ma, rodeada de víctimas a toda hora, buscaba en sus

entrañas

up amor incurable! En vano quemaban mis manos el in·

cienso sobre las aras: cuando mi boca imploraba el nomo bre de la Diosa, yo adoraba a Hipólito; y viéndolo sin cesar aun al pie de los altares que alimentaba, todo lo ofrecía a ese dios a quien ni nombrar hubiera osado. Lo evitaba en todas partes. ¡Oh colmo de desgracia! Mis ojos volvían

a encontrarlo en los rasgos de su padre. Por fin osé rebe·

larme contra mí misma; animé mi corazón a perseguirlo. Para desterrar a mi idolatrado enemigó, afecté los enojos de una madrastra injusta; apresuré su destierro, y mis eternos clamores lo arrancaron del seno y de los brazos paternales. Respiré, Enona; y desde el día de su ausencia, mis horas, menos agitadas, transcurrieron inocentes. Sumisa a mi esposo, y ocultando mis tristezas, cuidé los frutos de su fatal enlace. ¡Vanas precauciones! ¡Cruel destino! Conducida a Trecene por mi propio esposo, vol- ví a ver al enemigo a quien alejé: mi herida demasiado

viva sangró inmediatamente. Y ya no es un ardor escon- dido en mis venas: es Venus toda, íntegramente adherida

a su presa. He concebido un justo terror por mi crimen;

odié la vida y me horrorizó mi pasión. Muriendo quería resguardar mi honor y ocultar a la luz del día pasión tan negra; no he podido resistir tus lágrimas, tu asedio; lo

he confesado todo; y no me arrepiento de ello, siempre que respetando la proximidad de mi muerte no me aflijas más con injustos reproches, y que tu vano socorro deje de invocar un resto de calor pronto ya a extinguirse.

mi extraviada razón. j Remedios impotentes para

ESCENA

CUARTA

Fedra, Enana,

Pánape

PÁNOPE

pero de-

bo revelárosla.

vencible esposo, y sois ya la única que ignora esta des- gracia.

in-

Señora, quisiera ocultaros una triste nueva;

La

muerte os ha arrebatado vuestro

¡Pánope!

FEDRA

¿qué dices ·?

37

FEDRA
FEDRA

PÁNOPE

engañada, en vano pide al cielo el

retorno de Teseo, y que, por naves arribadas al puerto,

Hipólito su hijo acaba de saber su muerte.

Que

la

Reina,

¡Cielos!

FEDRA

PÁNOPE

Atenas se divide por la elección de un rey. Al Prín- cipe vuestro hijo, señora, otorga una parte su voto; y la otra, olvidando las leyes del Estado, osa dar su sufragio al hijo de la extranjera. Hasta se dice que una insolente facci6n quiere colocar en el trono a Aricia y la sangre de Palante. He creído deber advertiros este peligro. Hi- pólito mismo está ya pronto a partir, y se teme, si aparece en esta nueva tormenta , que arrastre consigo a todo pI inconstante pueblo.

FEDRA

Es suficiente, Pánope. La reina, que te comprende, no

descuidará tu

importante

aviso.

ESCENA

QUINTA

Fedra, Enona

ENONA

Señora, cesaba yo de apremiaros a VIVIr; hasta pen- saba ya seguiros a la tumba; no ten fa ya voz para apar- taros de ella, pero esta nueva desgracia os prescribe otras leyes. Vuestra fortuna cambia y toma otro rostro:

el Rey no existe, señora; hay que ocupar su sitio. Su muerte os deja un hijo a quien os debéis, esclavo si os pierde, rey si vos vivís. ¿En quién queréis que se apoye en su desgracia? Su llanto no tendrá ya mano que lo en- jugue; llegando hasta los Dioses sus inocentes quejas, irán a irritar contra su madre a sus abuelos. Vivid, ya no tenéis que haceros reproche alguno: vuestro amor se convierte en una pasi6n común. Al expirar, Teseo acaba de romper los lazos que constituían todo el crimen y el horror de vuestros ardores. Hip6lito es para vos menos temible; podéis verlo sin convertiros en culpable. Acaso. convencido de vuestro odio , va a suministrar un jefe a la

RACINE 3 8 sedición. Arrancadlo de su error, doblegad su corazón. Rey de estas felices

RACINE

38

sedición. Arrancadlo de su error, doblegad su corazón. Rey de estas felices playas, Trecene es su patrimonio, pero él sabe que las leyes otorgan a vuestro hijo las soberbias murallas que construyó Minerva. Tenéis uno y otra una enemiga común: uníos ambos para combatir a Aricia.

FEDRA

Me dejo llevar por tus consejos. Vivamos,

si se me puede traer de nuevo hacia la vida, y si el amor

de un hijo, en esta hora aciaga, puede reanimar el resto de

¡Y bien!

mis débiles fuerzas.

.

A

e

T

o

A e T o SEGUNDO ESCENA PRIMERA Aricia, Ismena ARICIA me busca y quiere decirme adiós?

SEGUNDO

ESCENA

PRIMERA

Aricia, Ismena

ARICIA

me

busca y quiere decirme adiós? ¿Dices verdad, Ismena? ¿No has sido engañada?

ISMENA

Es la primer consecuencia de la muerte de Teseo. Señora, preparáos a ver volar hacia vos desde todas par- tes los corazones que alejó Teseo. Por fin Aricia es dueña de su suerte y bien pronto verá a sus pies a toda la Grecia.

ARICIA

¿Así que no es un rumor incierto, Ismena? ser esclava y mi enemigo ya no existe?

¿Dejo de

en

¿Hipólito

pide

verme

este

lugar?

¡,Hipólito

ISMENA

No, señora, los Dioses ya no os son adversos ; Teseo

se ha reunido a los man es

de vuestros herm anos.

¿Se sabe

ARICIA

qué aventura

acabó

con sus días?

ISMENA

Se tejen acerca de su muerte increíbles versiones. Se dice que, raptor de una nueva amante, las 018S tra- garon al esposo infiel. Se dice también, y este rumor corre por todas partes, que . desce ndido con Píritoo a los in- fiernos, ha contemplado el Cocito y sus sombrías már- ~enes y se ha mostrado vivo a las infernales somhras:

pero que no ha pOdido salir de aquella triste mansión ni trasponer las playas adonde se arriba para no regresar.

RACINE

ARICIA

40
40

hora

p,ueda penetrar en la profunda morada de los muertos?

¿Qué hechizo lo atraía hacia sus playas temibles?

ISMENA

Teseo ha muerto, señora, y vos sois la única que duda de ello. Atenas lo llora, lo sabe Trecene, y ya reconoce a Hipólito como a su rey. En su palacio, Fedra, temblando por su hijo, pide consejo a sus amigos alarmados.

¿Creeré

que

un

mortal

antes

de

su

postrera

ARICIA

¿y

tú crees que, más humano para mí que su padre,

¿Que se compadecerá de

Hipólito

aligerará

mi

cadena?

mis desgracias?

ISMENA

Lo creo, señora.

ARICIA

¿Conoces tú al insensible Hipólito? ¿Sobre qué frívola esperanza te apoyas para pensar que de mí se apiade y que en mí sola respete un sexo que desdeña? Sabes cuán- to tiempo hace que evita nuestros pasos y busca todos los sitios donde no nos encuentra.

rSMENA

Conozco cuanto se dice acerca de su frialdad; pero he visto junto a vos a ese soberbio Hipólito: y hasta el mismo rumor de su fiereza ha redoblado mi curiosidad. No me pareció que su aspecto respondiera a su fama; lo he visto confuso desde vuestra primer mirada. Sus ojos, que en vano querían huiros, llenos ya de languidez, no podían abandonaros. Quizás ofenda su orgullo el nom- bre de amante, pero de ello tiene 105 ojos, si no la lengua.

ARIcrA

iQué ávidamente escucha mi corazón, cara Ismena, una plática que acaso tiene muy poco fundamento! ¿Te parece probable a ti, que me conoces, que el triste juguete de implacable destino, corazón alimentado siempre de amargura y de lágrimas, deba conocer el amor y sus locos dolores? Resto de la sangre de un rey, noble hijo de la Tierra. fuí la única en escapar a los furores guerreros. En la florida estación perdí a seis hermanos: ¡qué esperanz~ de una ilustre estirpe! El hierro lo cosechó todo; y la

FEDRA
FEDRA

41

tierra, humedecida, bebió a su pesar la sangre de los des- cendientes de Erecteo. Tú sabes qué severa ley, después de su muerte, prohibió a todos los griegos amarme: se teme que la llama audaz de la hermana llegue a reanimar un día las cenizas fraternas. Pero tú sabes también con qué ojos desdeñosos miré ese afán de un vencedor desconfia- do. Sabes que, opuesta siempre al amor, agradecí muchas veces al injusto Teseo, este feliz rigor que secundaba mis desdenes. En aquel tiempo mis ojos, mis ojos no habían contemplado a su hijo. No es que sólo, cobardemente en-

cantada por los ojos, amé en él su belleza, su gracia tanto alabada, presentes con que la naturaleza ha querido hon- rarlo y que él mismo desprecia y parece ignorar. Amo y admiro en él más nobles riquezas, las virtudes de su padre sin sus debilidades. Amo en él, lo confesaré , ese orgullo generoso que jamás cedió al amoroso yugo. Fedra podía

Teseo : en cuanto a mí, soy

más orgullosa, y huyo la gloria fácil de conquistar un homenaje a otras mil ofrecido y entrar en un corazón abierto por todos sus costados. Pero hacer doblegar un inflexible coraje, llevar el dolor a un alma insensible, en· cadenar a un cautivo atónito de sus hierros, vanamente rebelado contra un yugo que le place: eso es lo que quiero , lo que me excita. Costaba menos desarmar a Hér- cules que a Hipólito; vencido más a menudo, y con más frecuencia abatido. otorgaba menos a los ojos que lo do- maron. Pero ¡ay, cara Ismena! ¡Qué imprudencia es l~ mía! Se me opondrá demasiada resistencia. Acaso me es-

honrarse con los suspiros de

cuches, humilde en mi aflicción, lamentarme de ese mis-

¿Por

mo orgullo

qué extrema dicha hubiera yo podido doblegar ?

que

hoy admiro. ¿Amaría a

Hipólito?

ISMENA

Lo escucharéis de él mismo. Viene a vos.

ESCENA

SEGUNDA

Hip6lito , Arici a, I sm ena

HIPÓLITO

Señora, antes de partir, he creído de mi deber pre- veniros acerca de vuestra suerte. Mi padre ya no existe . Mi desconfianza presagiaba justamente las razones de su

RACINE

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ausencia por demás prolongada: sólo la muerte, poniendo fin a sus brillantes esfuerzos podía ocultarle tan lar-

g-o tiempo al universo. Los Dioses entregan por fin a la

homicida Parca al amigo, al compañero, al sucesor de. Alcides. Creo que vuestro odio, perdonando sus virtudes, escuchará sin disgusto estos nombres que le son debidos. Una esperanza endulzó mi mortal congoja: podía liberta- ros de una pesada tutela. Revoco las leyes cuyo rigor lamentaba. Podéis disponer de vos, de vuestro corazón; y

en

esta Trecene, hoy mi patrimonio, ~;mtaño herencia de

mi

abuelo Pite o, que sin vacilar me ha reconocido como

su

rey, oS' dejo tan libre y aun más libre que yo.

ARICIA

Moderad esas bondades cuyo exceso me desconcierta. Honrar mi desgracia con tan generosas atenciones es co- l-ocarme, señor, más de lo que os imagináis, bajo esas aus- teras leyes de que me hahéis dispensado.

HIPÓLITO

Atenas, incierta en la elección del sucesor, habla de vos, me nombra, y nombra al hijo de la Reina.

¿De mí,

señor?

ARTe !.\

HIPÓLITO

Sé, y no me jacto de ello, que una soberbia ley parece rechazarme. Repróchanme los griegos una madre extran- jera. Pero si no tuviera más rival que mi hermano,

poseo sobre él, señora, derechos muy reales que sahría imponer al capricho de las leyes. Un freno más legítimo es el que detiene mi audacia: os cedo, o más bien os de- vuelvo, un sitial, un cetro que antaño recibieron vuestros abuelos de aquel famoso mortal a quien concibió la tie- rra. La adopción lo puso entre las manos de Egeo. Prote- gida y acrecida por mi padre. Atenas reconoció con jú- bilo a rey tan generoso, y olvidó a vuestros desgraciados hermanos. Ahora, Atenas os llama dentro de sus muros. Bastante ha sufrido por tan larga querella. Vuestra san- gre, sorbida por los surcos, ha hecho humear demasiado

los campos de donde surgió. Trecene me obedece. Las

campiñas de Creta ofrecen al hiio cie Fedr;:¡ un opulentn

retiro. Vuestro patrimonio es el Atica. Parto a reunir para vos todos los votos entre nosotros dispersos.

43

FEDRA
FEDRA

ARICIA

Atónita y confusa de cuanto oigo, temo casi, temo que un sueño me engañe. ¿Estoy despierta? ¿Puedo creer en semejante designio? ¿Qué dios, señor, qué dios lo puso en vuestro pecho? ¡Que en todas partes germine vuestra bien ganada gloria! ¡Cómo supera la verdad al renombre! ¿Queréis traicionaros vos mismo en favor mío? No es suficiente que no me hayáis odiado, que hayáis podido du- rante tan largo tiempo defender vuestra alma de esta enemistad .

HIPÓLITO

Por más sombríos colores con

¿Odiaros yo,

señora?

que hayan pintado mi orgullo ¿se cree que un monstruo me ha llevado' en su seno? ¿Qué costumbres salvajes, qué odio endurecido, podrían veros sin endulzarse? ¿Pude yo resistir al engañoso encanto ?

ARIerA

¿Cómo?

Señor .

HIPÓLlTO

Me he comprometido d emasiado . Veo que la razón

de a la violencia_Señora, puesto que he comenzado a rom- per el silencio, preciso es que continúe: preciso es que os informe de un secreto que mi corazón no puede ya guar- dar. Tenéis delante a un príncipe digno de compasión , ejemplo famoso de temerario orgullo . Yo , altivamente reb e- Jado contra el amor, que tanto tiempo insulté los hierros de sus cautivos, que lamentando los naufragios de los dé-

hiles mortales pensé siempre contemplar desd~ la costa sus tormentas, ¡con qué turbación me veo ahora sometido

a la ley común, arrastrado fuera de mí mismo' Un instan- te ha vencido mi imprudente audacia: esta alma tan llena de soberbia cesó de ser libre. Desde hace más de seis me- ses, avergonzado, desesperado, llevando a todas partes el dardo que me desgarra, contra vos y contra mí en va~10 me agito: presente, os huyo; ausente, os encuentro ;

vuestra imagen me persigue hasta en el fondo de los bos- (mes; la luz del día, las sombras de la noche, todo repro- duce a mis ojos los encantos que evito ; todo os entrega

a discreción al rebelde Hipólito. Como único fruto de mis superfluas precauciones, yo mismo me busco ahora sin

ce-

encontrarme. Mi arco, mi s jabalinas , mi carro , todo importuna; no recuerdo ya las lecciones de Neptuno;

m e

RAGINE

44
44

sólo mis gemidos hacen resonar las selvas, mientras olvi· dan mi voz mis ociosos corceles. Acaso la confesión de un amor tan salvaje os haga sonrojaros de vuestra obra al escucharme. ¡Qué plática feroz para un corazón que se ofrece! ¡Qué extraño cautivo para tan dulce lazo! Pe· ro por eso mismo debe ser más preciosa a vuestros ojos

la ofrenda. Pensad que os hablo en un lenguaje que me es

extraño, y no rechacéis deseos mal expresados que sin vos Hipólito no hubiera concebido nunca.

ESCENA TERCERA

Hip6lito, Aricia, Terámenes, Ismena

TERÁMENES

Señor,

busca.

¿A mí?

viene

la

Reina,

yo

me

HIPÓLlTO

TERÁMENES

le

he

adelantado.

Os

Ignoro sus propósitos. Pero han venido a preguntar

antes de

por vos de parte suya. vuestra partida.

Fedra quiere

HIPÓLlTO

hablaros

¿Fedra? ¿Qué le diré?

i.Y qué puede esperar .

.?

ARICIA

Señor, no podéiR rehusaros a oírla. Aunque bien con·

vencido de su enemistad, debéis alguna sombra de piedad

a sus

HIPÓ LITO

lágrimas.

he

ofendido los encantos que adoro! No sé si ese corazón

que

Mientras tanto os alejáis. Y yo parto.

dejo

en

vuestras

manos

¡Y no

si

ARICIA

Partíd, príncIpe, y ejecutad vuestros generosos desig· nios. Convertid a Atenas en tributaria de mi poder. Yo acepto todos los dones que queráis hacerme. Pero sabed que ese imperio tan grande, tan glorioso, no es a mis ojos el más caro de vuestros presentes.

45

45 ESCENA CUARTA Hipólito, Terámenes HIPÓLITO ¿Todo está pronto, amigo? Pero la reina se adelanta. Vé,

ESCENA

CUARTA

Hipólito, Terámenes

HIPÓLITO

¿Todo está pronto, amigo? Pero la reina se adelanta. Vé, que todo se prepare con diligencia para la partida. Haz que den la señal, corre, ordena, y vuelve rápido a librarme de una conversación molesta.

(.4 Enona)

ESCENA

QUINTA

Fedra,

Hip6lito, Enona

FEDRA

Aquí está.

Toda la sangre me afluye al

corazón. Olvido, viéndole, lo que vine a decirle.

ENONA

Acordáos de un hijo que sólo en vos espera.

FEDRA

Señor, se dice os aleja de nosotros una inmediata

partida. Vengo a unir mis lágrimas a vuestros dolores. Vengo a explicaros mis alarmas con respecto a mi hijo.

Mi hijo ya no tiene padre, y no está lejano el día que lo

haga también testigo de mi muerte. Ya .asedian su infan-

cia

mil enemigos, y vos sólo podéis abrazar contra ellos

su

defensa. Pero un secreto remordimiento agita mi es·

píritu. Temo haber cerrado vuestro oído a mis clamores. Tiemblo de que vuestra justa cólera persiga pronto a

través de él a una odiosa madre.

HIPÓLITO

Señora, no tengo sentimientos tan bajos.

FEDRA

Aunque me odiarais, señor, no me quejaría. Me ha· béis visto encarnizada en vuestro daño; y no podíais leer

en el fondo de mi corazón. Me he esforzado en merecer

vuestra enemistad. No podía sufriros en los parajes que habitaba. Declarada contra vos en público y en secreto,

RACINE

46
46

he querido que nos separaran los mares; hasta prohibí

por ley expresa que osaran pronunciar ante mí vuestro nombre. Y sin embargo, si se mide la pena por la ofensa, si sólo el odio puede atraer vuestro odio, nunca mujer alguna fué más digna de compasión y menos merecedora,

seríor, de vuestra enemistad.

HIPÓLITO

Una madre, preocupada por los derechos de sus hijos,

rara vez perdona al hijo de otra esp05a. Lo sé, señora. Las importunas sospechas son los frutos más comunes

de un segundo matrimonio. Cualquier otra hubiera ali-

mentado contra mí la misma desconfianza, y acaso hu-

biera debido yo soportar más ultrajes.

FEDRA

in-

vocar aquí, exceptuarme de esta ley común! ¡Bien dife- rente es el cuidado que me devora y me perturba!

HIPÓLITO

Señora, no es el momento de que así os emocionéis. Quizás vuestro esposo ve aún la luz del día; el cielo pue-

de acordar su retorno a nuestras lágrimas. Neptuno lo

protege: el dios tutelar no será invocado en vano por

mi padre.

Señor, nadie contempla dos veces la playa de los muertos. Puesto que Teseo ha alcanzado sus sombrías márgenes, en vano esperáis que un dios nos lo reintegre:

el avaro Aqueronte no abandona su presa. ¿Qué digo? Él

FEDRA

¡Ah, señor, cómo ha

quenuo

el cielo,

al que oso

no está muerto, pues que respira en vos. Paréceme tener

siempre a mi esposo ante mis ojos. Lo veo, lo hablo; y mi

corazón Me extravío , señor, mi loco ardor a mi pesar

se revela.

HIPÓLlTO

Aun

¿Continúa

Observo

Teseo

el prodigioso

efecto de

vuestro

ojos.

amor.

muerto,

vuestra alma encendida en amor por él?

está presente a

vuestros

FEDRA

Sí, príncipe, languidezco, ardo por Teseo. Yo lo amo,

no

tal como lo han visto los infiernos, versátil adorador

de

mil mujeres que va a deshonrar el tálamo del dios de

FEDRA
FEDRA

lOS muertos, sino fiel, orgulloso y hasta un poco feroz, joven, encantador, llevándose tras de sí los corazones, tal como describen a nuestros Dioses o como a vos os veo. Tenía vuestro porte, vuestro lenguaje, vuestros ojos, ese noble pudor coloreaba su frente, cuando atravesó las olas de nuestra Creta, digno objeto del amor de las hijas de Minos. ¿Qué hacíais vos entonces? ¿Por qué reunió él, sin Hipólito, a la flor de los héroes de Grecia? ¿Por qué no pudisteis vos, demasiado joven aún, entrar en el navío que lo condujo a nuestras costas? A vuestras manos hu- biera perecido el monstruo de Creta a pesar de todos los rodeos de su vasta guarida. Para aclarar su inextricable confusión, mi hermana hubiera armado vuestra diestra con el hilo fatídico. Pero no, yo me hubiera adelantado a su proyecto: el amor me hubiera inspirado antes esa idea. Yo, príncipe, yo hubiera sido la que con su eficaz concur- so os hubiera enseñado las vueltas del Laberinto. ¡Cuán- tas preocupaciones me hubiera costado esa cabeza encan- tadora! Un hilo no hubiera tranquilizado lo suficiente a vuestra amante. Compañera del peligro que debíais bus- car, hubiera querido marchar delante de vos yo misma; y, descendiendo con vos al Laberinto, Fedra se hubiera perdido con vos o con vos triunfado.

HIPÓ LITO

vos

que Teseo es mi padre y vuestro esposo?

FEDRA

¿y por qué suponéis, príncipe, que pierdo la memoria de ello? ¿Habría perdido todo cuidado de mi fama?

HIPÓLITO

Perdonad, señora. Confieso, sonrojándome, que erró- neamente acusé vuestras inocentes razones. Mi vergüen- za no puede ya sostener vuestra mirada y voy a

¡Dioses!

¿Qué es

lo

que

oigo?

Señora,

¿olvidáis

FEDRA

Ah, cruel, demasiado m e entendiste. Te he dlcho lo suficiente para que no te equivocaras. ¡Y bien! Conoce,

pues, a Fedra y sus

mientras te amo me apruebo a mí misma como inocente a mis propios ojos, ni que mi cobarde complacencia haya

furores . Amo. Pero no pienses que

48
48

RAUINE

nutrido el veneno de este loco amor que perturba mi áni- .manco infortunado de las venganzas celestes, me

mo.

aborrezco más aún de lo que tú me detestas. Los Dioses , me son testigos, esos Dioses que han encendido la sangre en mi seno con fatídica llama; esos Dioses que se han cubierto de cruel gloria extraviando el corazón de una--- débil mortal. Revive tú mismo el pasado en tu alma. Po·

ca me fué el huir t e, cruel,

recerte odiosa, inhumana; para mejor resistirte procuré tu odio. ¿De qué me sirvieron tan inútiles agiLaciones? Si tú me odiabas más, no te amaba yo menos. Nuevos en- cantos te prestaban aún tus desgracias. Languidecí, me desequé en mis ardores y en mis llantos. Te bastarían los ojos para persuadirte, si tus ojos pudieran contemplar- me un momento. ¿Qué digo? ¿Esta confesión que acabo de hacerte, esta confesión vergonzosa, la crees volunta- ria? Temblando por un hijo a quien no osaba traicionar, venía a suplicarte que no le odiaras. ¡Débiles propósitos para un corazón demasiado lleno de lo que ama! ¡Ay! no he podido hablarte más que de ti mismo. Véngate, castí- game por tan odioso amor. Digno hijo del héroe que te dió la vida, libra al universo de un monstruo que te exaspera. ¡La viuda de Teseo osa amar a Hipólito! Créeme, este ho- rrible monstruo no debe escaparte; he aquí mi corazón, Aquí debe herir tu mano. Impaciente ya por expiar su culpa, siento que se adelanta al encuentro de su brazo. Hiere. O si lo crees indigno de tus golpes, si tu odio me envidia tan dulce suplicio, si tu mano se mancharía con sangre demasiado vil, a falta de tu brazo préstame tu es- pada. Dáme.

ENaNA

llegué a desterrarte; quise pa-

¿Qué hacéis, señora? ¡Justos Dioses! Pero se acercan. Evitad odiosos testigos; venid, entrad, huid una vergüen- za segura.

ESCENA

SEXTA

Hip6lito, Terámenes

TERÁMENES

o, mejor, la que se llevan?

¿Por qué, señor, por qué esas muestras de angustia? Os veo sin espada, desconcertado, pálido.

¿Es Fedra la que huye,

49

4 9 FEDRA HIPÓLITO Huyamos, Terámenes. Mi sorpresa es enorme. No Pero no. ¡Dioses, que en

FEDRA

HIPÓLITO

Huyamos, Terámenes. Mi sorpresa es enorme. No

Pero no.

¡Dioses, que en profundo olvido permanezca amortajado tan horrible secreto!

puedo mirarme sin horror a mí mismo. Fedra

TERÁMENES

Si queréis partir, lista está la vela. Pero Atenas se ha declarado ya, señor. Sus jefes han recogido los votos de todas las tribus. Vuestro hermano gana y Fedra le sigue.

HIPÓ LITO

¿Fedra?

TERÁMENES

Un heraldo encargado de manifestar la voluntad de Atenas acaba de entregarle las riendas del Estado. Su hi- jo es rey, señor.

HIPÓLITO

¿es su virtud, acaso, lo que

Dioses, que la conocéis, recompensáis?

TERÁMENES

Sin embargo, un sordo rumor afirma que el Rey vive. Se pretende que ha aparecido Teseo en el Epiro. Pero yo,

señor, que lo he buscado allí, sé demasiado bien .

HIPÓLITO

No importa, oigámoslo todo y n ada descuidemos .

Examinemos ese rumor

no

quier precio pongamos el cetro en manos dignas de lle-

varlo.

a cual-

remontándonos a su fuente. Si

merece interrumpir

mi

marcha, partamos, y

A

e

T

A e T o TER e ESCENA PRIMERA Fedra, Enona E R o FEDRA ¡Ah! ¡Llévense

o

TER

e

ESCENA PRIMERA

Fedra, Enona

E

R

o

FEDRA

¡Ah! ¡Llévense lejos los honores que me envían! ¿Puedes desear que me vean, importuna? ¿Con qué vie- nes a halagar mi desolado espíritu? Ocúltame, más bien:

por demás he hablado. Osaron esparcirse fuera mis furo- res. y he pronunciado lo que jamás debió ser oído. ¡Cielos! ¡Cómo me escuchaba! ¡Con cuántos rodeos eludió largo tiempo mis palabras, el insensible! ¡Cómo anhelaba una pronta retirada! ¡Y cómo redobló mi vergüenza su rubor! ¿Por qué estorbaste mi funesto designio? ¡Ay! ¿Palideció por mí cuando su espada iba a buscar mi seno? ¿Me la arrancó? Bastó que mi mano la tocara una sola vez para que se volviera horrible a sus ojos inhumanos; profana- ría ya sus manos ese desdichado acero.

ENONA

Así, pensando sólo en lamentar vuestras desgracias, nutrís un fuego que debería extinguirse. ¿No sería me- jor, como digna descendiente de Minos, buscar vuestro re- poso en más nobles afanes, contra aquel ingrato recurrir a la fuga, reinar y asumir la dirección del Estado?

FEDRA

¡Yo reinar! ¡Yo regir un Estado con mi ley, cuando mi débil razón no reina ya sobre mí! ¡Cuando he abandona- do el imperio de mis sentidos! ¡Cuando respiro apenas hajo un vergonzoso yugo! ¡Cuando me muero!

Huid.

ENONA

RAClNE

FEDRA

No puedo dejarlo.

ENONA

52
52

Osasteis desterrarlo y no osáis huirlo.

FEDRA

Ya no es tiempo. Él conoce mis insensatos ardores. Traspuestos han sido los límites del pudo!' austero. A los ojos de mi vencedor confesé mi vergüenza, y la esperanza se deslizó en mi corazón, a despecho ' mío. Tú misma, re- animando mis desfallecidas fuerzas y mi alma, errante ya sobre mis labios, has sabido revivirme con tus aduladores consejos. Tú me has hecho entrever que podía amarlo .

ENONA

Ay, inocente o culpable de vuestras desdichas, ¿de qué no hubiera sido capaz por salvaros? Pero si alguna vez la ofensa irritó vuestro espíritu ¿podéis olvidar los desprecios de ese furioso? ¡Con qué ojos crueles os dejÓ su obstinado rigor poco menos que prosternada a sus pies! ¡Qué odioso lo volvía su feroz orgullo! ¡Ah! ¿por qué no tenía mis ojos Fedra en ese instante?

FEDRA

Enona, él puede abandonar ese orgullo que te hiere. Tiene la rudeza de los bosques en que fué criado. Endu- recido por costumbres salvajes, Hipólito oye hablar de amor por primera vez. Acaso la sorpresa ha provocado su silencio, y acaso nuestras quejas son violentas por demás.

ENONA

Pensad que una bárbara lo ha llevado en su seno.

FEDRA

Ella amó, sin embargo, aunque fuera escita y bárbara.

ENONA

Él tiene un odio fatal contra todo nuestro sexo.

FEDRA

Así no habré de temer rivales. Pasó la época de tus consejos, Enona. Sirve a mi furor y no a.mi razón. Él opo- ne al amor un corazón inaccesible: busquemos el punto

53

FEDRA
FEDRA

débil para atacarlo. Parece que lo emocionan las delicias del poder; Atenas lo atraía sin que pudiera ocultarlo; ha· cia ella dirigían la proa sus navíos, y ya la vela flotaba abandonada al viento. Enona, vé a hablar .en mi nombre a ese ambicioso joven; haz brillar a sus ojos la diadema. Que descanse sobre su frente la sacra corona; yo no quiero otro honor que el de ligarlo a mí. Cedámosle ese poder que soy inútil para conservar. Él instruirá a mi hijo en el arte del gobierno; quizás consienta en servirle de pa-

en-

dre. Yo dejo en su poder al hijo y a la madre. En fin,

saya cualquier medio para que ceda: tus palabras serán mejor acogidas que las mías. Urge, llora, gime; pínta- le a Fedra moribunda; no te ruborices de tomar una voz suplicante. Te aprobaré en todo; s610 en ti espero. Vé, aguardo tu vuelta para disponer de mí.

ESCENA

SEGUNDA

Fedra, sola

FEDRA

Oh tú, implacable Venus, que ves la vergüenza en la que he caído, ¿estoy bastante humillada? Ya no podrías

llevar más lejos tu crueldad. Tu triunfo es perfecto; to- dos tus dardos han dado en el blanco. Cruel, si quieres nuevas glorias, ataca a un enemigo que te sea más rebel- de que yo-. Hipólito te huye; desafiando tu enojo, jamás ha doblado la rodilla en tus altares. Tu nombre parece ofender sus soberbios oídos. Véngate, diosa: iguales son

Pero ¿vuelves ya so-

nuestras querellas. Que él ame

bre tus pasos , Enona? Me detestan, no te escuchan.

ESCENA TERCERA

Fedro., Enana

ENONA

Señora, hay que ahogar todo pensamiento de ese vano amor. Recordad vuestra pasada virtud : el Rey a quien se creyó muerto va a presentarse a vuestra vista; Teseo ha llegado, Teseo está aquí. El pueblo corre y se preci-

54
54

RACINE

pita a verlo. Salí a cumplir vuestra orden y buscaba a Hi- pólito, cuando mil gritos subiendo hasta el cielo.

FEDRA

Mi esposo vive; es suficiente, Enana. He hecho la in- digna confesión de un amor que lo ultraja; y vive: no ne- cesito saber más.

ENaNA

¿Cómo?

FEDRA

no lo has querido. Sobre mis

justos

mañana moría yo digna; seguí tus consejos, y muero des- honrada.

ENaNA

lágrimas. Esta

Te lo predije; mas tú

remordimientos

prevalecieron

tus

¿Morís, vos?

FEDRA

¡Justo cielo! ¿Qué he hecho hoy? Mi esposo va a lle- gar y con él su hijo. Veré al testigo de mi adúltero amor observar con qué cara oso abordar a su padre, pesado el corazón de los suspiros que no escuchó, los ojos húmedos de las lágrimas que rechazó el ingrato. ¿Piensas tú que, velando por el honor de Teseo, ha de ocultarle el ardor que me abrasa? ¿Dejará traicionar a su padre y rey? ¿Po- drá contener el horror que por mí siente? Callaría en va- no. Conozco mis culpas, Enana, y no soy de esas atrevidas mujeres que gozando de una tranquila paz en el crimen han sabido forjarse una frente que no enrojece nunca. Conózco mis furores y todos los recuerdo. Paréceme ya que estos muros, que estas bóvedas, van a adquirir la pa- labra, y, prontos a acusarme, esperan a mi esposo para desengañarlo de mí. Muramos. Que la muerte me libere de tantos horrores. ¿Es acaso una gran desdicha dejar de vivir? La muerte no aterra al desdichado. Temo sólo la fama que dejo tras de mí: ¡espantosa herencia para mis tristes hijos! La sangre de Júpiter debe henchirlos de orgullo; pero, por legítimo que sea el orgullo inspira- do por tan bella estirpe, grave fardo es el crimen de una madre. Tiemblo de que algún día se les eche en cara la culpa de su madre con alguna frase ¡ay! demasiado cier- ta. Tiemblo de que, oprimidos bajo ese odioso peso, no osen nunca alzar sus ojos el uno ni la otra.

!j.)

FEDRA.
FEDRA.

ENONA

No lo dudo, y los compadezco a ambos; jamás hubo

temor más justificado que el vuestro. Pero ¿por qué ex- ponerlos a tales afrentas? ¿Por qué vals a declarar con- tra vos misma? Esto es hecho: se dirá que Fedra, dema- siado culpable, huye el aspecto temible de su traicionado esposo. Feliz será Hipólito de que, a expensas de vuestra vida, vos misma apoyéis sus palabras, muriendo. ¿Qué pOdré contestar yo a vuestro acusador? Fácilmente seré por él confundida. Lo veré gozar de su horrible triunfo y contar vuestra vergüenza a quien quiera oírla. i Ah ,. pre-

fiero que las celestes llamas me devoren! Pero no me en-

gañéis:

vido príncipe?

¿lo amáis aún?

¿Con qué ojos miráis a ese atre-

FEDRA

Aparece a mis ojos como un espantable monstruo.

ENONA

i.Por qué entonces cederle íntegra la victoria? Vos le teméis. Osad acusarle, la primera, del crimen con que hoy puede agobiaros. ¿Quién os desmentirá? Todo habla en contra suya: su espada, que felizmente quedó en vuestras manos, vuestra turbación actual, vuestro pasado dolor, su padre prevenido por vuestras voces desde hace largo tiempo, y hasta su destierro obtenido por vos misma.

FEDRA

¿Que ose yo oprimir y calumniar la inocencia?

ENONA

Mi celo no necesita más que de vuestro silencio . Tan

temblorosa como vos, sufro algunos remordimientos, y preferiría afrontar mil muertes, pero ya que os pierdo sin ese triste recurso, vuestra vida tiene para mí un pre- cio ante el cual todo se doblega. Hablaré. Teseo, irritado por mis noticias, limitará su venganza al destierro de su hijo. Aun castigando, señora, un padre siempre es pa- dre: un ligero suplicio es suficiente para su cólera. Pero aun cuando debiera ser derramada sangre inocente, ¿qué no exige vuestro amenazado honor? Es un tesoro dema- siado precioso para comprometerlo. Debéis someteros, se- ñora, a la ley que os dicte: y para salvar nuestro honor

56
56

RAC'INE

en peligro, hay que inmolarlo todo, hasta la virtud. vienen; veo a Teseo.

FEDRA

¡Ah! yo veo a Hipólito; en sus ojos insolentes veo es- crita mi pérdida. Haz lo que quieras, me abandono a ti. Nada puedo por mí misma en la turbación en que me debato.

Ya

ESCENA

CUARTA

Teseo, Hip6lito, Fedra, Enona, Terámenes

TESEO

Señora, la fortuna cesa de oponerse a mis ansias; pone en vuestros brazos

FEDRA

Detenéos, Teseo, y no profanéis tan amables transpor- tes . Yo no merezco ya esa dulce diligencia . Estáis ofendi- do. La celosa fortuna no quiso perdonar a vuestra esposa durante vuestra ausencia. Indigna de agradaros y de apro- ximarme a vos, no debo pensar en adel!J.nte más que en esconderme.

y

ESCENA

QUINTA

Teseo, Hip6lito, Terámenes

TESEO

¿Qué extraña acogida es la que se hace a vuestro pa-

dre,

hijo

mío?

HIPÓLITO

Sólo Fedra puede explicar este misterio. Pero si mis ardientes súplicas pueden conmoverme, permitidme, Reñor, no volver a verla; aceptad que el tembloroso Hipólito des- aparezca para siempre de los lugares que vuestra esposa habite.

TESEO

¿Vos abandonarme, hijo mío?

HIPÓLlTO

Yo no la he buscado: fuisteis vos quien dirigisteis sus pasos hacia estas playas. Al partir, sefíor, os dignasteis

51

FEDRA
FEDRA

dejar a la Reina y a Ariria en las costas de Trecene. Que-

dé encargado de cuidarlas yo mismo. ¿Pero qué deberes

pueden retenerme desde ahora? Bastante ya mi ociosa ju-

ventud ha mostrado en los bosques su destreza contra ene- migos viles. ¿No podría yo, huyendo este indigno reposo, teñir mis jabalinas con más gloriosa sangre? Vos no ha- bíais alcanzado aún mi edad, y ya más de un ti,ano, más

de

un monstruo feroz, sentían el peso de vuestro brazo.

Ya,

feliz perseguidor de la insolencia, h abíais limpiado las

costas de dos mares. Dejó de temer asechanzas el libre via-

jero; Hércules, confiado en el eco de vuestras hazañas, ya

descansaba de su trabajo en vos. Y yo, hijo desconocido de

tan glorioso padre, estoy lejos todavía hasta de las huellas

maternas. Permitid que ose por fin utilizar mi valor Permitid que, si algún monstruo pudo escaparos, traiga

yo a vuestros pies sus honrosos despojos, o que la impere-

cedera memoria de una hermosa muerte, eternizando días tan noblemente acabados, pruebe que era yo vuestro hijo

ante el mundo entero.

TESEO

¿Qué veo? ¿Qué horror, esparcido en estos lugares, hace huir desatinada a mi familia ante mi presencia? Si retorno tan temido y tan poco deseado, ¿para qué me sa-

caste de mi prisión, oh cielo? Yo no tenía más que un ami- go. Su imprudente déseo iba a raptar la esposa del tirano

del Epiro ; serví a mi pesar sus amorosos planes; pero lél'

suerte, irritada, nos cegó a ambos. Sorprendióme el tirano indefenso y sin armas. He visto a Píritoo, triste objeto de

mi llanto, entregado por ese bárbaro a monstruos crueles

que nutría con sangre de los desgraciados hombres. A mí mismo me encerró en cavernas oscuras, profundos lugares cercanos al imperio dI:' las sombras. Por fin , después de seis meses, me miraron los Dioses: pude engañar los ojos de mis guardianes, libré a la naturaleza de un pérfido enemi-

go,

y él mismo a sus monstruos sirvió de pasto. Pero cuan-

do

pienso aproximarme con transporte a todo cuant.o los

Dioses me dejaron de más querido ¿qué digo? cuando mi

alma, devuelta a 3í misma, viene a saciarse en tan cara contemplación, no hallo por toda acogida más que estre- mecimientos, todo huye, todo se rehusa a mi abrazo. Y

yo mismo, experimentando el terror que provoco, quisiera

estar aún en las prisiones del Epiro. Hablad, Fedra se queja de que he sido ultrajado. ¿Quién me traicionó? ¿Por

RACINE

RACINE 5 8 qué no he sido vengado? La Grecia, a quien mi brazo sirvió tantas

58

qué no he sido vengado? La Grecia, a quien mi brazo sirvió tantas veces, ¿élcordó algún asilo al criminal? No me respondéis. ¿Está mi hijo, mi propio hijo, de acuerdo con mis contrarios? Entremos. Esto es prolongar demasiado una duda que me agobia. Conozcamos a la vez al crimen y al culpable. Que Fedra explique, en fin, la turbación en que la ven.

ESCENA

SEXTA

Hip6lito, Terámenes

HIPÓLITO

¿A qué tendía ese discurso que me heló de espanto? Fedra, presa siempre de su extremo furor, ¿quiere acu- sarse y perderse a sí misma? ¡Dioses! ¿Que dirá el Rey? ¡Que funesto veneno ha esparcido el amor en toda su casa! <\. mí mismo, ardiendo en un fuego que su odio reprueba, ¡cómo me vió antes y cómo me recobra! Negros presen· timientos vienen a espantarme. Pero, en fin, nada tiene que temer la inocencia. Vamos, busquemos por medio de qué feliz arbitrio podré conmover la ternura de mi padre, pa- ra confesarle un amor que él puede querer perturbar, pe· ro que su poder entero no alcanzaría a destruir.

A

e

T

o

e

u

A e T o e u A R T o ESCENA PRIMERA T ese o, Enona

A

R

T

o

ESCENA

PRIMERA

T ese o, Enona

TESEO

¡Ah! ¿Qué es lo que oigo? Ese traidor, ese temerario, ¿había de preparar tal insulto al honor de su padre? ¡Destino, con qué rigor me persigues! No sé adónde voy ni dónde estoy. ¡Oh ternura, oh bondad mal recompensa· da! ¡Audaz proyecto! ¡Idea detestable! Para alcanzar el objetivo de sus negros amores, el insolente recurrió al auxilio de la fuerza. He reconocido el acero, instrumento de su rabia, ese acero con que lo armé para más noble uso. ¡.Todos los lazos de la sangre no han podido retenerlo? ¿Y Fedra difería su castigo? ¿Protegía su silencio al culpable?

ENaNA

Fedra protegía más bien a un padre desdichado. Ayergonzada de los designios del furioso amante, y del fuego criminal que ardía en sus o,;os, Fedra moría, señor, y su mano matadora extinguía la inocente luz de su mira- da, La vi alzar el brazo , corrí a socorrerla. Yo sola he sa- bido conservarla a vuestro amor; y lamentando a la vez su emoción y vuestros temores, he servido, a mi pesar, de intérprete a sus lágrimas.

TESEO

¡Pérfido! No h a podido evitar el palidecer. Lo he vis- to estremecerse de temor al abordarme, y quedé atónito de su escasa alegría, Sus fríos abrazos helaron mi ternura. Pero ese culpable amor que lo de vora ¿se había manifes- tado ya en Atenas?

RACINE

60
60

nal

ENONA

Señor, acordáos de las quejas de la Reina. Un crimi· amor era la causa de su odio.

TESEO

¿Y ese amor ha recomenzado en Trecene?

ENONA

Señor, os he dicho cuanto ha ocurrido. Descuidamos demasiado a la Reina, entregada a su' dolor mortal. Pero

mitid .que os deje y acuda junto

a ella.

ESCENA

SEGUNDA

Teseo, Hip6lito

TESEO

¡Ah! ¡Aquí está, oh Dioses! ¿Qué ojos no se hubieran engañado como los míos ante esa noble presencia? ¿Debe brillar el sacro carácter de la virtud sobre la frente de un profanador adúltero? ¿No debería reconocerse, por segu- ros signos, el pérfido corazón de los hombres?

HIPÓLITO

nube ha po-

dido perturbar vue :;tro au g usto semblante? ¿No osái s

confiar ese secreto a mi fidelidad?

TESEO

Pérfido, ¿y osas comparecer ante mí? Monstruo a quien por demasiado tiempo perdonó el rayo, resto im- puro de los bandidos de que purgué la tierra, ¿después de haber llegado hasta el lecho de tu padre con el furor de los transportes de un amor horrendo osas mostrar tu enemiga cabeza, te presentas en los lugares impregnados de tu infamia, en vez de ir a buscar, bajo desconocidas m ira da s, pa íses adonde no h aya ll egado a ún mi nombre? Huye, traidor. No vengas a desafiar mi odio. y a tentar un enojo que retengo apenas. Me basta con el eterno opro- bio de h aber podido engendrar tal hijo, sin que además tu muerte, vergonzosa para mi recuerdo, venga a m ::l.n- char la gloria de mis nobles actos. Huye; y si no quieres

Señor, ¿puedo preguntaros qué funesta

61

FEDRA
FEDRA

que un inmediato castigo te agregue a los miserables que castigó esta mano, cuídate de que jamás el astro que nos ilumina te vea asentar en este SltiO un pie temerano. du- ye, te digo; y apresurando tus pasos sin retorno, libra a todos mis Estados de tu horrible presencia. Y tú, Nep- tuno, tú, si mi valor limpió antaño tus riberas de infa- mes asesinos, acuérdate de que como premio a mis feli- ces trabajos prometiste realizar el primero de mis de- seos. Durante los largos rigores de una cruel prisión yo no imploré tu inmortal poderío. Avaro del socorro que de ti espero, mis ansias te han reservado para menester más grave. Hoy te imploro. Venga a un padre desgracia- do. Abandono este traidor a tu íntegra cólera; ahoga en su sangre sus descarados deseos: Teseo reconocerá tu bondad en tus furores.

HIPÓLITO

¡Fedra acusa a Hipólito de un criminal amor! Tal exceso de horror me sobrecoge el ánimo; tantos golpes imprevistos me aplastan a la vez, que me quitan el habla y ahogan mi voz.

TESEO

Traidor, pretendías que l<'edra amortajara tu insolen- cia brutal en un cobarde silencio. Al huir, era preciso no abandonar en sus ruanos el acero que ayuda a condenarte; o mejor, era preciso, colmando tu infamia, arrebatarle de un mismo gOlpe el habla y la vida.

HIPÓLITO

Justamente irritado por mentira tan negra, debería hacer hablar aquí la verdad, señor; pero suprimo un se- creto que os hiere. Aprobad el respeto que me cierra la boca: y sin querer aumentar vos mismo vuestros pesares, pensad en qUién soy y examinad mi vida. Algunos crí- menes preceden siempre a los grandes crímenes. Quien pudo franquear las fronteras legítimas puede, en fin, vio- lar los derechos más sagrados. El crimen tiene su escala, como la virtud, y jamás se ha visto a la tímida inocencia pasar de súbito al ú]timo desenfreno. UIi solo día no con- vierte a un virtuoso mortal en un cobarde incestuoso, en un pérfido asesino. Criado en el seno de una casta he- roína, no he desmentido el origen de mi sangre. Piteo, reputado como sabio entre todos los hombres, se dignó también instruirme al salir de sus manos. No quiero pin-

RACIN.E

G:~
G:~

tarme con favor excesivo; pero si alguna virtud me ha tocado en suerte, señor, creo sobre todo haber hecho re- saltar el odio de las maldades que osan imputarme. Por ello es Hipólito conocido en Grecia. He llevado la virtud hasta la rudeza. Sabido es el inflexible rigor de mis en- fados. No es más puro el día que el fondo de mi corazón. y se pretende que Hipólito, presa de un impío fuego .

TESEO

¡Sí, cobarde! es ese mismo orgullo el que te condena. Comprendo el odioso origen de tus frialdades: Fedra era

la única que encantaba tus impúdicos ojos; y tu alma,

indiferente a todo otro objeto, se negaba a arder con ino-

cente llama.

HIPÓLITO

No, padre mío, este cOl' azó : l, no puedo ya ocultároslo ,

ha consentido en arder en un casto amor. Confieso a vues-

tros pies mi verdadera ofensa: yo amo, y amo, cierto es, a pesar de vuestras órdenes. Aricia tiene esclavizados a su

ley mis anhelos. Vencido fué vuestro hijo por la hija de Palante. La adoro, y mi alma, rebelde a vuestras prohibi- ciones, no puede suspirar ni arder más que por ella.

¿Tú la amas?

TESEO

¡Cielo! Pero no, el artificio es grosero.

Te finges criminal para justificarte.

HIPÓLITO

Señor, hace seis meses que

la huyo

y

la amo.

Tem-

blando venía a confesároslo a vos mismo.

¿Y qué?

¿Na-

da puede sacaros de vuestro error? ¿Con qué terrible ju- ramento hay que asegurároslo? Que la tierra, y el cielo,

y toda

la

naturaleza

TESEO

Siempre han recurrido al perjurio los malvados. Cesa, cesa, y ahórrame una importuna plática, si no tiene otros recursos tu falsa virtud.

HIPÓLITO

Os parece falsa y llena de artificios. Fedra, en el fon-

do de su corazón,

me

hace mayor justicia.

TESEO

¡Ah, cómo excita mi enojo tu imprudencia!

(i'F:DRA
(i'F:DRA

HIPÓLITO

¿Qué plazo y qué lugar prescribis a mi destierro?

TESEO

Aunque estuvieras más allá de las columnas de Hér- cules, me creeria aún demasiado próximo a un miserable.

HIPÓLITO

Cargado con el espantoso crimen de que me Rospe- cháis reo, ¿qué amigos me compadecerán si vos me aban- donáis?

TESEO

estimación honre

el adulterio y aplauda el incesto, traidores, ingratos sin honor ni ley, dignos de proteger a un malvado como tú.

HIPÓLITO

¿Me tratáis siempre de incestuoso y de adúltero? Me callo. Sin embargo, señor, Fedra nació de una madre, Fedra pertenece a una estirpe, vos lo sabéis demasiado bien, más colmada que la mía de tales horrores.

Vé a buscar amigos cuya funesta

TESEO

Por

última vez: apártate de mi vista; sal, traidor. No esperes

que un padre enfurecido te haga arrancar oprobiosamen- te de estos paraje::;.

¿Qué?

¿Tu rabia pIerde tuuo recato a mis ojos?

ESCENA

TERCERA

Teseo

(solo)

TRSEO

Miserable, corres a tu infalible pérdida. Jurando por el río terrible para los mismos Dioses, Neptuno me dió su palabra y va a cumplirla. Te sigue un dios vengador a quien no pu edes huir . Yo te amaba ; y siento que, pese a tu ofensa, mis entrañas se conmueven de antemano por ti. Pero con exceso me has obligado a condenarte. ¿Hubo nunca padre más ultrajado? Justos Dioses, que véis el dolor que me agobia, ¿pude yo engendrar hijo tan cul- pable?

RACINE

RACINE 6 4 ESCENA CUARTA Fedra, Teseo FEDRA Señor, vengo a vos, llena de justo espanto.

64

ESCENA

CUARTA

Fedra, Teseo

FEDRA

Señor, vengo a vos, llena de justo espanto. Llegó hasta mí vuestra voz temible. Perdonad a vuestra raza, si aún es tiempo. Temo que a la amenaza haya seguido un

pronto

roslo. Salvadme del horror de oírla gemir; no me prepa- réis el imperecedero dolor de haberla hecho derramar por las manos paternas.

TESEO

No, señora, mi mano no se ha mojado en mi sangre ; pero no por ello me escapará el ingrato. Una mano inmor- tal se encarga de perderlo. Neptuno me lo debe y que- daréis vengada.

FEDRA

oso suplicá-

desenlace. Respetad

vuestra sangre,

¡Neptuno os lo

debe! ¡Qué! Vuestros irritados votos

TESEO

¡Qué! ¿Teméis ya que sean escuchados? Uníos más bien a mis legítimos ruegos. Recordadme sus crímenes en toda su negrura. Exaltad mis transportes demasiado lentos, demasiado retenidos. Todavía no conocéis todos sus crímenes: su furor se expande en injurias contra vos:

vuestra boca, según él, está llena de imposturas; sostiene que Aricia es dueña de su corazón y de su fe, que la ama.

¿Cómo, señor?

FEDRA

TESEO

Lo ha afirmado ante mí. Pero sé rechazar un frívolo artificio . Esperemos en la rápida justicia de Neptuno. Yo mismo voy ahora al pie de sus aras, para apremiarlo a que cumpla sus juramentos inmortales.

65

FEDRA
FEDRA

ESCENA

QUINTA

Fedra (sola)

FEDRA

Se va. ¿Qué nueva hirió mi oído? ¿Qué fuego mal ahogado en mi corazón despierta? ¡Qué rayo, oh cielos,

y qué infausto anuncio! Yo volaba íntegramente en so· corro de su hijo, y, arrancándome a los brazos de la es· pantada Enona, cedía al remordimiento que me tortura. ¿Quién sabe hasta dónde me hubiera llevado ese arre- pentimiento? Quizás hubiera consentido en acusarme; quizás, a no faltarme la voz, la espantosa verdad se me hubiera escapado. ¡Hipólito es sensible, y nada siente por mí! ¡Aricia es duelÍ.a de su corazón! ¡Aricia tiene su fe! ¡Ah, Dioses! Cuando el ingrato se armaba inexorable- mente contra mis anhelos de tan fieras miradas, de as- pecto tan temible, pensé que su corazón, siempre cerrado al amor, estuviera igualmente armado contra todo mi sexo. Otra, sin embargo, ha doblegado su audacia; otra ha encontrado gracia a sus crueles ojos. Quizás tiene un corazón fácil de enternecer y yo soy la única a quien no soporta . ¿Y me echaré encima el cuidado de defen- derlo?

ESCENA

SEXTA

FedTa , Enana

FEDRA

Querida Enona , ¿sabes de lo que acabo de enterarme?

ENONA

No; pero, la v·~rdad, vengo temblando. Palidezco ante

el designio que os h.izo alejaros: temo un furor fatal para

vos misma.

FEDRA

¿Quien lo creyera , Enona ? Tenía una rival.

¿Cómo?

ENONA

FEDRA

Hipólito ama , y no lo sospeché siquiera. Ese feroz e indomable enemigo a quien el respeto ofendía y a quien

RACINE

66
66

importun aba la queja, ese tigre a quien nunca pude abor-

dar sin miedo, acepta un vencedor, sumiso y

domestica-

do

: Aricia encontr6 el camino de su corazón.

 

ENONA

¿A rici a?

F EDRA

¡Ah , dolor aún no probado! ¡Para qué nuevo tormen-

to

fuí re ser vada ! Todo lo que he sufrido,

mi temor, mis

transportes, el furor de mi pasión, el .horror de mis re-

mordimientos, y

chazo, no eran más que débiles ensayos del tormento que me destroza. ¡Se aman! ¿Con qué hechizo han engañado

mi s oj os?

po-

días noticiarme de su ardor furtivo? ¿Se les ha visto ha- blar se, buscarse a menudo? ¿Iban a esconderse en el fo ndo de los bosques ? ¡Ay ! se v eían con todo derecho. El

cie lo apro ba ba la inoce n cia de sus suspiro s; sin remordi-

mientos se entregaban a su inclinación amorosa; todos los

d ías se a lzaban cl aros y serenos para ellos. Y yo, tris te desec h o d e la n a tur a leza tod a, me ocultaba d el día, huí a

la luz, la muer te era el único dios que osaba implorar.

Aguardaba el momer.to en que expirara; nutriéndome de hiel, abrevada en llanto, vigilada demasiado de cerca hasta en mi desdicha, no me atrevía a ahogarme a gusto en mis lágrimas: saboreaba temblando ese placer funes- to; disfrazando mis angustias bajo mi serena frente, me era preciso a menudo pr ivar me hasta de mi llanto.

tios? Tú lo s abías . ¿Por qué me dejaste engañarme? ¿No

la insoportable injuria de un

cruel re-

¿Cómo

se vi eron? ¿Desde cuándo? ¿En qué si-

ENONA

¿Qu é pro vec ho ob t endrá n no se verán más.

de

FEDRA

s us

v anos amore s ? Ya

Pero se amarán siempre. En el mismo momento en

qu e h a blo ¡ah! ¡mortal i de a! desafían el fu r or de una

amante insensata. Pese al destierro que va a separarlos,

se hacen mil juramentos de no abandonarse. No, no pue-

me insulta, Enona. Ten pie-

a Aricia. Hay que

r e av ivar el enojo de mi esposo contra su odiada sangr e.

Que no se limite a ligeras penas: sobrepasa al de los her- manos el crimen de la hermana. Quiero suplicarle en mis

do soportar un a dicha que

d ad d e mi ce lo sa r abi a. Hay que p erder

67

FEDRA
FEDRA

celosos transportes. Pero ¿qué hago? ¿Dónde se extravía

mi razón? ¡Yo celosa! ¡Y es a Teseo a quien suplico! ¡Mi

esposo está vivo y aún ardo! ¿Por quién? ¿Cuál es el co- razón que mis deseos pretenden? Cada palabra me hace erizar los cabellos. Desde hoy mis crímenes colman toda medida. Exhalo a la vez incesto e impostura. Mis homicidas manos, prestas a vengarme, arden por hundir- se en la sangre inocente. ¡Desgraciada! ¡y vivo! ¿Y soporto

la luz de ese sagrado Sol de quien desciendo? Mi abuelo

es el padre y señor de los Dioses: el cielo, todo el univer-

so, llenos están de mis ascendientes. ¿Dónde ocultarme?

Huyamos a la noche infernal. ¿Pero qué digo? Mi padre

rige allí la fatídica urna; dicen que la suerte la ha pues-

to

en sus severas manos: Minos juzga en los infiernos a

los

pálidos hombr.=s. ¡Ah, cómo se estremecerá su espan-

tada sombra cuando vea a su hija presentarse a sus' ojos, constreñida a confesar tantas ruindades diversas, y crí- menes desconocidos acaso en los infiernos! ¿Qué dirás tú, padre mío, ante ese horrible espectáculo? Creo ver cómo cae de tu mano la terrible urna; creo verte, buscando un nuevo suplicio, convertirte en el verdugo de tu propia sangre. Perdona. Un dios cruel ha perdido a los tuyos; reconoce su venganza en el furor de tu hija. ¡Ay! del cri-

men atroz cuya vergüenza me acosa, jamás mi triste co- razón recogió el fruto. Perseguida por la desgracia hasta el postrer suspiro, rindo mi penosa vida entre tormentos.

ENONA

Oh, desechad, señora, terror tan injustificado. Mirad vuestro excusable error con otros ojos. Vos amáis; y no

es posible vencer al propio destino. Fuisteis arrastrada

por un fatal sortilegio. ¿Acaso es esto prodigio inaudito entre nosotros? ¿El amor no ha triunfado aún más que sobre vos? Mortal, sufristeis la suerte de los mortales. De- masiado natural es la debilidad de los hombres . Os que- jáis de un yugo impuesto desde hace largo tiempo: los Dioses, los mismos Dioses, habitantes del Olimpo, que espantan los crímenes con ostentación tan tremenda , han ardido alguna vez con ilegítimos fuegos.

FEDRA

¿Qué oigo? ¿Qué consejos se atreven a darme? ¿Así, quieres, pues, envenenarme hasta lo último, desdichada?

RACINE

RACINE 6 8 Mira cómo me has perdido. Cuando yo huía, fuiste tú quien me entregaste.

68

Mira cómo me has perdido. Cuando yo huía, fuiste tú quien me entregaste. Tus súplicas me hicieron olvidar

mi deber. Evitaba a Hipólito, y tú lo pusiste ante mi vis-

ta. ¿De qué te encargabas? ¿Por qué tu impía boca osó, acusándolo, ennegrecer su vida? Quizás morirá por ello, y quizás fué concedido ya el sacrílego ruego ele un padre insensato. No te escucho más. Véte, monstruo execrable:

vé, déjame el cuidado de mi deplorable suerte. ¡Pueda pagarte dignamente el cielo, y pueda tu suplicio aterrar por siempre a cuantos como tú, con mañas cobardes, fo- mentan las flaqUezas de los desdichados príncipes, los empujan por la pendiente donde resbala su corazón, y osan allanarles el camino del crimen, aduladores detesta- bles: que son el más funesto presente que la cólera de los

cielos haya podido hacer a los reyes!

ENaNA (sola)

 

¡Ah, Dioses!

Por servirla lo he hecho todo, lodo

lo

he

abandonado;

¿y

éste

es el premio

que

recibo?

Bien

me lo merezco.

A

e

T

o

Q

u

A e T o Q u N T o ESCENA PRIMERA Hip6lito, Aricia ARICIA ¿Cómo? ¿Podéis

N

T

o

ESCENA

PRIMERA

Hip6lito, Aricia

ARICIA

¿Cómo? ¿Podéis ca.1laros en tan extremo peligro?

¿Dejáis en el error a un padre que os ama? Cruel, si des- preciando el poder dE' mis lágrimas aceptáis sin pena no volver a verme, partid, separáos de la triste Aricia; pero,

al partir, asegurad Vl,;estra vida, al menos. Defended vues-

tro honor de un vergonzoso reproche y forzad a vuestro padre a revocar sus votos. Aún es tiempo. ¿Por qué, por qué capricho dejáis el campo libre a vuestra acusadora? Hablad claro a Teseo.

HIPÓLlTO

¡Ah! ¡qué no le habré dicho! ¿Hubiera debido poner

en claro el oprobio de su lecho? Haciéndole un relato demasiado sincero ¿debía cubrir con indigno rubor la frente de un padre? Vos sola habéis penetrado este mis- terio odioso. Para confiarse, mi corazón sólo os tiene a vos y a los Dioses. Ved si os amo, que no he podido ocul- taros cuanto quería yo ocultarme a mí mismo. Pero pen- sad bajo qué secreto os lo he revelado . Si es posible, ol- vidad que os hablé, señora , y jamás tan pura boca se abra para referir esta horrible aventura. Osemos confiar en la equidad de los Dioses ; ellos están demasiado interesados en justificarme; y Fedra, castigada por su crimen tarde o temprano, no pod~-á evitar tan justa ignominia. Es el único respeto que dE; vos exijo. Permito todo lo demás

a mi libre enojo. Salid de la esclavitud a que estáis redu-

cida; atrevéos a seguirme, atrevéos a acompañar mi fu- ga; arrancáos a un lugar funesto y profanado, donde la virtud respira aires ponzoñosos; para ocultar vuestra in-

70
70

RACINE

mediata huída, aprovecháos de la confusión que aquí

produce mi desgracia. Yo puedo aseguraros la manera de huir. No tenéis aquí otros guardias que los míos; abraza- rán nuestro partido poderosos defensores; Argos nos tien-

de los brazos y Esparta nos llama: llevemos a nuestros

amigos comunes nuestras justificadas protestas; no so- portemos que Fedra, reuniendo nuestros despojos, nos arroje al uno y a la otra del trono paterno y prometa a

su hijo la usurpación hecha a ambos. Buena es la oca-

sión y hay que aprovecharla. ¿Qué .temor os retiene? ¿Parecéis vacilar? Sólo vuestro interés me inspira esta audacia. ¿Por qué ese aire helado cuando yo soy todo

fuego? ¿Teméis unir vuestros pasos a los de un deste- rrado?

ARICIA

¡Ay,' señor! ¡Qué dulce me sería tal destierro! Olvida-

da del resto de los mortales ¡en qué arrobamiento viviría

ligada a vuestra suerte! Pero no estando unidos por aquel

dulce lazo ¿puedo con honor huir en vuestra compañía?

Sé que puedo libertarme de las manos de vuestro padre

sin faltar al honor más severo: esto no es escapar del seno de los míos; permitida es la fuga a quien huye de sus tiranos. Pero vos me amáis, señor; y mi modestia alar-

mada

No, no, tengo demasiado interés en vuestra reputación.

Me trae ante vos un designio más noble: huid de mis ene-

migos siguiendo a vuestro esposo. Libertados por nues-

tras desdichas, ya que lo ordena el cielo, la entrega de nuestra fe no depende de nadie. No siempre el himeneo está cercado de antorchas. A las puertas de Trecene yen-

HIPÓLITO

tre

aquellas tumbas, antiguos sepulcros de los príncipes de

mi

raza, existe un sagrado templo, terrible a los perjuros.

Allí los mortales no osan jurar en vano; el pérfido recibe

en él un inmediato castigo; y con el temor de encontrar

una muerte inevitable, la mentira no conoce más temible freno. Allí, si me creéis, iremos a confirmar el juramento solemne de un imperecedero amor; tomaremos por testi-

go al dios que allí se adora, rogándole ambos que nos

sirva de padre . Yo invocaré a los más sacros Dioses, la casta Diana y la augusta Juno, y todos los Dioses, en fin,

testigos de nuestra ternura, garantizarán la fe de mis santas promesas.

71

FEDRA
FEDRA

ARICIA

Yo

permaneceré aquí un momento para ocultar mi marcha. Id, y dejadme algún guía fiel que conduzca hasta vos mis tímidos pasos.

Viene el Rey.

Príncipe, huid,

partid en seguida.

ESCENA

SEGUNDA

Teseo, ATicia, Ismena

TESEO

mos-

trar a mis ojos la verdad que busco en este sitio!

ARICIA

Piensa en todo, querida Ismena, y apróntate para la fuga.

¡Dioses!

¡Esclareced

mi

turbación,

y

dignáos

ESCENA

Teseo,

TERCERA

Aricia

TESEO

¡Señora, cambiáis de color y parecéis desconcertaaa! ¿Qué hacía Hipólito en este sitio?

ARICIA

Señor, me daba un adiós eterno.

TESEO

Vuestros ojos han sabido domar ese corazón rebelde y sus primeros suspiros son vuestra feliz hazaña.

ARICIA

ha here·

dado

criminal.

TESEO

Comprendo: os juraba un eterno amor. Pero no con· fiéis en ese corazón inconstante, porque lo mismo que a vos les juraba a otras.

una

Señor, no

vuestro

puedo negaros la verdad:

injusto

odio, ni

me

él

no

trataba

como

a

¿Él, señor?

ARICIA

HACINE

72
72

TESEO

Debierais volverlo menos versátil:

ese horrible reparto?

ARICIA

¿cómo soportabais

¿y cómo soportáis vos que con horribles palabras osen enturbiar el curso de tan hermosa vida? ¿Conocéis tan poco su corazón'? ¿Tan mal discernís el crimen y la inocencia? ¿Es posible que sólo para vuestros ojos oculte una odiosa nube su virtud, que para todos los ojos brilla? Ah, basta ya de entregarlo a pérfidas lenguas. Detenéos:

arrepentíos de vuestros votos homicidas; temed, señor, temed que el cielo riguroso os odie tanto, que escuche vuestras súplicas. A menudo acepta encolerizado nuestras víctimas; sus presentes son a menudo la pena de nuestros crímenes.

TESEO

No, en vano queréis disculpar su crimen: vuestro amor os ciega en favor del ingrato. Pero yo creo en testi- monios ciertos, irrecusables: yo he visto, he visto correr lágrimas verdaderas.

ARICIA

Tened cuidado, señor. Vuestras invencibles manos han libertado a los hombres de monstruos sin cuento; pe- ro no todos han sido exterminados, y vos dejáis vivir uno Señor, vUestro hijo me prohibe continuar. Cono- cedora del respeto que quiere guardaros, lo afligiría de- masiado si osara seguir. Imito su pudor y huyo de vues- tra presencia para r.o verme forzada a violar mi secreto.

ESCENA

TESEO

CUARTA

(solo)

¿Cuál es, pues, su pensamiento? ¿Y qué ocultan razo- nes comenzadas tantas veces y siempre interrumpidas? ¿Quieren desconcertarme con ficciones vanas? ¿Están de acuerdo ambos para hundirme en cavilaciones? Pero yo mismo, pese a mi rigor severo, ¿qué plañidera voz escu- cho en el fondo de mi corazón? Una secreta piedad me ensombrece y me aflige. Interroguemos por segunda vez a Enona. Quiero estar mejor informado de todo el crimen. Guardias, que salga Enona y que venga sola a mi pre- sencia.

73

FEDRA
FEDRA

ESCENA

QUINTA

Teseo, Pánope

PÁNOPE

Señor, ignoro el proyecto que medita la Reina, pero todo lo temo del transporte que la sacude. Una mortal desesperación se pinta en su semblante; su tez muestra ya el color de la ml:erte. Arrojada ignominiosamente de su presencia, Enona se ha lanzado al profundo mar: Na- die sabe de qué provino esa determinación furiosa, y las olas la arrebataron a nuestros ojos para siempre.

TESEO

¿Qué oigo?

Su muerte no ha calmado a la Reina; parece crecer

PÁNOPE

la turbación en su vacilante espíritu. Por momentos, para

entretener sus secre-tos dolores, toma a sus hijos y los baña en lágrimas, pero de pronto, renunciando al amor materno, su mano los rechaza con horror lejos de sí. Di- rige al azar sus pasos indecisos; no nos reconocen ya sus ojos extraviados. Tres veces ha escrito, pero, cambiando de idea, ha roto tres veces la carta empezada. DignáoR verla, señor; dignáos acudir en su socorro.

TESEO

¡Cielos! ¿Enona ha muerto y Fedra quiere morir? Que se llame a mi hijo, ¡que venga a defenderse! Que venga a hablarme, e5toy pronto a oírlo. Neptuno, no apre- sures tus funestos favores; prefiero no ser escuchado nun- ca. Quizás he creído demasiado a testigos poco veraces,

y demasiado pron t o levanté hacia ti mis manos crueles. ¡Ah, qué desesperación seguirá a mis ruegos!

ESCENA SEXTA

Teseo, Terámenes

TESEO

¿Eres tú, Terámenes? ¿Qué has hecho de mi hijo? Te lo he confiado desde la edad más tierna. Pero ¿de qué

¿Qué hace RACINE provienen las lágrimas que te veo derramar? mi hijo? TERÁMENES ¡Oh cuidados

¿Qué hace

RACINE

provienen las lágrimas que te veo derramar?

mi hijo?

TERÁMENES

¡Oh

cuidados

tardíos y

superfluos!

¡Hipólito no existe ya!

TESEO

¡Inútil ternura!

¡Dioses!

TERÁMENES

al más amable de los mortales, y

también señor, me atrevo a decíroslo, ' al menos culpable.

He

visto perecer

los

te ?

TESEO

¿Mi hijo ya no existe? ¿Cómo? ¿Cuándo yo le tiendo brazos, los Dioses impacientes han apresurado su muer- ¿Qué golpe me lo arrebató? ¿Qué súbito rayo ?

TERÁMENES

Acabábamos de salir de las puertas de Trecene; él

iba en su carro: afligida, su guardia imitaba su silencio

agrupada en torno; seguía él el camino de Micenas, ab- sorto en sus pensamientos; y su mano dejaba sueltas las riendas. Sus soberbios corceles, que otras veces vimos

obedecer su voz con ardor tan noble, baja la testa aho- ra y opaca la mirada, parecían conformarse a su decaído ánimo. En ese momento, un espantoso grito, salido del fondo de las olas, turbó la calma del ambiente ; y del fon-

do de la tierra una voz estentórea respondió gimiendo al

temible grito. La sangre se nos heló en el corazón, mien-

tras se erizaba la crin de los atentos corceles. Entre tanto, sobre el dorso de la líquida llanura, se eleva a grandes borbotones una húmeda montaña; aproxímase la onda, se quiebra y vomita a nuestros ojos, entre torrentes de espuma, un mon struo enfurecido. Armada está su ancha frente de amenazantes cuernos; revestido su cuerpo de escamas amarillentas; toro indomable, dragón impetuoso, encórvase su grupa en tortuosos repliegues. A sus largos mugidos tiembla la ribera. Mira el cielo con horror tan salvaje monstruo; conmuévese la tierra, el aire se infec- ta , la ola que lo trajo retrocede espantada. Todo huye;

sin

cano templo. Sólo Hipólito , digno hijo de Un héroe , detiene sus caballos, coge la jabalina, afronta al monstruo, y, lanzando el dardo con mano segura, le abre en el cos-

armarnos

de

inútil valor, buscamos

asilo en

el

cer-

75

FEOHA
FEOHA

tado una ancha herida. Entre saltos de rabia y de dolor,

el monstruo viene a caer mugiendo al pie de los caballos,

se enrosca, y les presenta las inflamadas fauces, cubrién- dolos de fuego, de humo y de sangre. El terror los enlo- quece; sordos ahora, no reconocen ya ni la voz ni la brida. En esfuerzos impotentes consúmese su amo; ellos enro-

jecen el freno con ensangrentada espuma. Cuentan que hasta se vió, en ese espantoso desorden, un dios r¡ue agui- joneaba sus flancos polvorientos. El terror los precipita

contra las rocas; chillan

do Hipólito ve volar en pedazos su carro deshecho; y él

mismo cae enredado en las riendas. Perdonad mi dolor.

Esa cruel imagen será para mí fuente eterna de llanto. Yo he visto, señor, he visto a vu es tro desgraciado hijo arrastrado por los caballos que su mano había nutrido. Quiere llamarlos y su voz los espanta; corren. Bien pron-

to no es más que 'lna llag a todo su cuerpo . L a llanura r e-

suena con nuestros dolorosos clamores. Modérase por fin su impetuoso arrebato: se detienen no le.íos de esas a n- tiguas tumbas donde du ermen las reliquias frías de SUR

reales abuelos. Corro alH suspirando; su gu ardia me si-

gue. Nos guía el rastro de su generosa sangre : tintas en

las húmed as za rz aR mu e Rtran lo s

rocas; ensangrentados despojos de sus cabellos. Llego, lo lla mo ,

y, tendiéndome la m ano, ahre sus oios. moriIJundos , flue

me arranca, dijo,

inocente. Protege, después que yo mu era. a la

tl'Í ste Aricia. Caro amigo, si a lgún dí a mi p <ldr e . des en-

gañado, lamenta la desgracia de un hi .ío acusarlo fal sa-

mente, para apaciguar mi sangre y mi plañidera somhra

díle que trate con dulzura a su cautiva; que le devuel-

va"

mis brazos más que un desfigurado cuerpo, triste deRpojo

de la cól era de los Dioses, qu e desconocerían h asta los

Expirando el héroe a esta pal ahra , no dejó entre

y se rompen los ej es. El intrépi-

en ella están las

vuelve a cerrar al

una vida

instante. "El cielo

mi smos ojos de su padre.

TESEO

¡Oh hiio mío'

¡Cara espera nza qu e yo mi s mo me h e

arrebatado! ¡Inexorables Dioses, demasiado me servisteis! ¡Qué remordimientos mortales esperan a mi vida!

TERÁMENES

hu-

yendo de vuestra cólera, a aceptarle por esposo a la faz

Llegó

entonces

la

tímida

Aricia.

Venía, señor,

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HA C INE

de los Dioses. Se aproxima: ve la hierba humeante y roja ;

ve (¡ qué espectáculo para

a ,Hipólito yacente, informe y blanco. Durante algún tiem- po quiere dudar de su desgracia; no reconocIendo ya al héroe que adora, ve a Hipólito y pregunta aún por él. Pero demasiado segura al fin de que está ante sus ojos, acusa a los Dioses con una triste mirada; y fría, gimiendo, sin sentido, cae desmayada a los pies de su amante. Junto a ella está Ismena; Ismena, que, bañada en llanto, la hace volver a la vida o mejor a su d esventur a. Y yo he venido, detestando la luz del día, a trasmitiros la postrera volun- tad de un héroe, y a cumplir, señor, el desdichado encar- go que su corazón expirante depositó en mí. Pero veo que se acerca su mortal enemiga.

los ojos de una enamorada!)

ESCENA SÉPTIMA

Teseo , F edra , Terám enes , Pánop e, Guardias.

TESEO

¡Y bi en! Vos tr i unfáis, mi hijo ya no existe . ¡Ah ,

cuánto debo temer! ¡Y qué cruel sospecha, absolviéndolo en mi corazón, con justicia me alarma! Pero, señora, ha muerto, recibid vuestra víctima: gozad de su pérdida, le- gítima o injusta, Consiento en que mis ojos se hayan en- gañado siempre. Lo creo criminal, puesto que sois vos quien lo acusa. Su muerte ofrece motivo s uficiente a mis lágrimas, sin que vaya a buscar revelaciones odiosas, que, no pudiendo devolverlo a mi justificado dolor, qUizás no harían más que acrecentar mi dE'sdicha. Dejadme, lejos de vos y lejos de estas riberas, huir la ensangrentada visión de mi hijo destrozado, Confuso, perseguido por un remordimiento mortal, querría desterrarme del universo. Todo parece levantarse contra mi injusticia. Hasta la

nombre aumenta mi suplicio . Me ocultaría

gloria de mi

mejor siendo men0S conocido de los hombres. Odio hasta los privilegios con que me honran los Dioses, y me reti- raré a llorar sus mortíferos favores, sin fatigarlos más con plegarias inútiles. Cualquier cosa que por mí hicie- ran, su funesta bondad no podría pagarme lo que me han quitado.

77

FEDRA
FEDRA

FEDRA

No, Teseo, hay que romper un injusto silencio:

hay

que devolver la inocencia a vuestro hijo. Él no era cul- pable.

TESEO

¡Ah! ¡Padre, infortunado! ¡Y lo condené fiado en vos!

Cruel, pensáis que

eso basta a excusaros

FEDRA

Los momentos me son preciosos; escuchadme, Teseo.

FuÍ yo quien sobre ese hijo, casto y respetuoso, osé arro-

jar incestuosas e impías miradas. El ciélo puso en mi co-

razón una pasión fun esta, y la detestable Enona hizo lo de- más. Temió ella que Hipólito, conociendo mis furores,

descubriera un fu ~go que lo horrorizaba , y,

mi debilidad extrema, se apresuró la pérfida a acusarlo

a él mismo ante vo s . Se ha cas tigado ya, y, huyendo de

mi enojo, ha buscado en las olas un suplicio demasiado

suave. El hierro hubiera cortado ya mi suerte, pero yo dejaba gemir a la sospechada virtud, y he querido, expo-

niendo ante vos mis remordimientos, descender a la muer- te por más largo camino. He tomado y he hecho correr

en mis venas ardientes un veneno que de Atenas trajo

Medea. Llegando :la a mi corazón, en mi corazón mori-

abusando de

bundo pone ese

veneno

un

frío

desconocido;

ya sólo

a

través de una nube

veo

el cielo

y

el esposo a quien

mi

presencia ultraja; y la muerte, sustrayendo la claridad a mis ojos, devuelve su pureza a la luz del día C1ue man- chaban.

PÁNOPE

¡Se muer e, señor!

TESEO

¡Así pudiera morir con ella el recuerdo de acción tan infame! Demasiado convencido ¡ay! de mi error, vamos a

mezclar nuestras lágrimas con la sangre de mi desdichado hijo. Vamos a abrazar lo que queda de ese hijo amado, a expiar el furor de un voto que detesto. Rindámosle los honores que tanto mereció; y, para apaciguar mejor sus irritados manes, que su amante, a pesar de las tramas de una familia injusta, ocupe desde hoy junto a mi lugar

de hija.

ANDRÓMACA

ANDRÓMACA

PERSONAJES ANDRÓMACA, viuda de Héctor, cautiva de Pirro. PIRRO, hijo de Aquiles, Tey del Epiro.

PERSONAJES

ANDRÓMACA, viuda de Héctor, cautiva de Pirro. PIRRO, hijo de Aquiles, Tey del Epiro. ORESTES, hijo de Agamenón. HERMÍONE, hija d.e Helena, pTometida de Pirro. PiLADES, amigo de OTestes. CLEONA, confidente de HeTniíone. CEFISA, confidente de Andrómaca. FÉNIX, ayo de Aquües y luego de Pirro. Séquito de Orestes

La acción es en Butroto, ciudad del Epiro, en una sala del palacio de Pirro

A

e

T

A e T o PRIMERO ESCENA PRIMERA Ores tes, Pílades ORESTES Sí, pues que recupero tan

o

PRIMERO

ESCENA

PRIMERA

Orestes, Pílades

ORESTES

Sí, pues que recupero tan fiel amigo, va a tener nue- va faz mi fortuna; y ya parece haberse endulzado su enojo, cuando se cuida de reunirnos aquí. ¿Quién hubiera dicho que una ribera tan funesta para mis ansias haría aparecer súbitamente a Pílades ante los ojos de Orestes? ¿Que, después de más de seis meses de haberte perdido, en la corte de Pirro me serías devuelto?

PÍLADES

Doy gracias al cielo, que deteniéndome sin cesar pa- recía haberme cerrado el camino de Grecia, desde el día fatal en que el furor de las olas, casi a la vista del Epiro, apartó nuestros bajeles. ¡Cuántos temores he sufrido en este destierro! ¡Cuántas lágrimas he derramado sobre vuestras desventuras, temiendo siempre para vos algún nuevo peligro que mi triste amistad no pOdía compartir! Temblaba sobre todo ante esa melancolía en que durante tanto tiempo he visto amortajada a vuestra alma. Temía que el cielo, como cruel socorro, os ofreciera la muerte que siempre buscáis. Pero os veo, señor; y, me atreveré

a

decirlo, os conduce

al

Epiro destino

más

dichoso:

el

pomposo

cortejo

que

sigue

aquí

vuestros

pasos

no

es

el de un desdichado que busca la muerte.

ORESTES

¡Ay! ¿Quién puede conocer el destino que me guía? El amor me ha hecho buscar aquí a una ingrata. Pero ¿quién sabe lo que ha de disponer sobre mi fortuna, ni si he venido aquí a buscar la vida o la muerte?

RACINE

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PÍLADES

¡Cómo! ¿Vuestra alma, sujeta como esclava al amor, abdica en él el cuidado de vuestra vida? ¿Por qué sortile- gios, olvidando tantos tormentos sufridos, podéis con- sentir en volver a sus prisiones? ¿Pensáis que Hermíone, inexorable en Esparta, os prepara en el Epiro más fa- vorable suerte? Avergonzado de haber nutrido tantos es- tériles anhelos, la aborrecisteis; en fin, no me hablabais más de ello. Y me engañabais, señor.

ORESTES

Me engañaba a mí mismo. Amigo, no abrumes a un

desgraciado que te quiere. ¿Te he ocultado alguna vez

mi corazón y mis deseos? Tú viste nacer mi pasión y mis

primeros suspiros. En fin, cuando Menelao dispuso de su hija en favor de Pirro, vengador de su raza, viste mi deses-

peración; y me has visto, desde entonces, arrastrar de

un

mar a otro mi esclavitud y mis tristezas. En ese esta-

do

funesto, te vi, a pesar mío, pronto a seguir dondequie-

ra

al lamentable Orestes, interrumpiendo siempre el cur-

so

de mi furor y salvándome todos los días de mí mismo.

Pero cuando recordaba que entre tantas agitaciones Her-

míone prodigaba a Pirro todos sus encantos, tú sabes que

mi corazón, lleno de ira, quería olvidándola castigar to-

dos sus desprecios. Hice creer y creí segura mi victoria; tomé todos mis transportes por transportes de odio; mal- diciendo sus rigores, rebajando sus atractivos, desafié

sus ojos a que volvieran a turbarme jamás. Así es cómo

creí ahogar mi ternura. En esa engañadora calma llegué a Grecia, y encontré reunidos a sus príncipes, a quienes

un gran peligro parecía haber perturbado. Corrí a ellos.

Pensé que la guerra y la gloria llenarían mi mente de

más importantes cuidados; que mis sentidos recobrarían

su vigor primero, y el amor acabaría por salir de mi co-

razón. Pero admira tú conmigo la suerte, cuya persecu- ción me hace correr entonces a la trampa que quería evi- tar. Oigo en todas partes que se amenaza a Pirro; toda la

Grecia estalla en confusos murmullos; se quejan de que, olvidando sus promesas y su sangre, cría en su corte al enemigo de Grecia, Astiánax, joven y desgraciado hijo

de Héctor, resto de tantos reyes sepultados bajo las rui-

nas de Troya. Me entero de que, para salvar su infancia

del suplicio, Andrómaca engañó al ingenioso Ulises, mien-

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ANDROMACA
ANDROMACA

tras otro niño, arrancado de sus brazos, bajo el nom-

bre de su hijo, era conducido a la muerte. Se dice que, poco sensible a los encantos de Hermíone, a otra ofrece

mi rival su corazón y su corona; Menelao, sin creerlo, pa-

rece afligido, y se queja de un himeneo tan largo tiempo postergado. Entre los sinsabores en que se ahoga su al-

ma, se eleva en la mía un júbilo secreto: yo triunfo; y

sin embargo me jacto de que sólo la venganza excita este

transporte. Pero la ingrata recobró bien pronto su puesto

en mi corazón: reconocí la huella de mis mal extinguidos

fuegos; sentí que mi odio iba a terminar su curso, o más

bien sentí que siempre la amaba. Entonces solicito con diligencia el sufragio de todos los griegos. Me envían

hacia Pirro: emprendo este viaje. vengo a ver si se puede arrancar de sus brazos a ese niño cuya vida alarma a tantas naciones: ¡feliz de mí si pudiera, en medio del ardor aue me oprime, arrebatarle mi princesa en lugar

de

Astiánax! Porque en fin , no esperes que mis redobla-

dos