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Para aquél que me regaló el amanecer más hermoso.

Para áquel que me hizo contar las horas, los minutos, los segundos.
Para quien me dibujó una sonrisa en el rostro.

Sólo iba a recoger leña para el fuego


en esa fría noche de invierno.
Cuando el compás de las aguas,
el titilar de las estrellas del firmamento,
acompañaron una triste melodía:
"Sola en el cielo, aunque rodeada de joyas,
en el cielo sola."
Del “Cantar de los dioses y los hombres”

UNA FRÍA NOCHE DE INVIERNO

"A la orilla del lago fue su primer encuentro. Ella miraba fijamente el agitado ir y venir de las
aguas estremecidas por el viento. Él iba a recoger leña para calentar su casa esa noche de
invierno. Miró al cielo. No había luna. Oyó un cantar a lo lejos. Un cantar tierno y a la vez
desgarrado. "Lejos estoy de todo, aunque la soledad siento muy cerca", decía. Oculto entre la
espesura del bosque. La contempló de espaldas. Su fino cabello blanco lo mecía el aire, con la
delicadeza de quien tañe el arpa. Su piel era de un blanco resplandeciente que iluminaba todo el
lago en esa noche sin luna. Culminó su canción en un hondo suspiro. Miró al cielo y con paso
decidido se adentró en las aguas. Éstas ya atenazaban la cintura de la criatura, cuando él se
atrevió a salir de su escondite. "¿Quien eres?¡¡Vuelve!!¡¡Vuelve!!". Sorprendida, quedó inmóvil y
volvió la cabeza rápidamente. Clavó su mirada en la del hombre. Una mirada negra y oscura
como lo había sido la noche. Y las aguas del lago la devoraron.
Sumido de nuevo en la oscuridad, permaneció en la orilla hasta que los rayos del Sol lo
alcanzaron. Volvió a su solitaria cabaña. En su mente sólo veía la imagen de la misteriosa
muchacha, y escuchaba sin fin la melodía que ésta cantaba. No desayunó esa mañana, ni
tampoco almorzó ni bebió agua en toda la jornada. Sin embargo, cogió una rama de cedro y con
su hábil navaja talló una flauta. Al acostarse el sol, logró reproducir la melodía que sonaba sin
cesar en su cabeza. Se encaminó de nuevo al lago con paso acelerado. Permaneció de nuevo
oculto entre la espesura que le había cobijado la noche anterior. Alzó la vista al cielo. Aunque el
Sol hacia tiempo que había desaparecido tras las montañas, todavía no había luna. La noche era
oscura. Pese a la ausencia de viento, las aguas se agitaron con violencia súbitamente. De entre
ellas, surgió la cabeza, el cuerpo después, de la joven de la noche previa. Caminó despacio
sobre su propio reflejo hasta que alcanzó la orilla. Con sus manos acarició la superficie del agua.
La orilla comenzó a avanzar y retroceder en una rítmica danza. Y ella comenzó su canto: "Más
allá de las nubes en un palacio de cristal..".Él, con las manos temblorosas, la acompañó con la
flauta. Al poco se detuvo, la muchacha se aproximaba. "Sal de entre las sombras". El muchacho
se acercó al cuerpo resplandeciente, no sin temor. Se inclinó ante ella respetuoso tras lanzar una
fugaz mirada a su rostro. La curiosidad superó a la furia por verse sorprendida. "¿Con eso que
tienes entre las manos es con lo que produces ese bello sonido?¿Qué es?""Si, mi señora. Es
una flauta".
Ella se quedó unos instantes mirando el extraño objeto. Él rompió el silencio. "Si la queréis,
mi señora, es vuestra. Puedo enseñaros cómo tocarla."Cuando de nuevo interpretó la melodía,
ella cerró los ojos y sus labios esbozaron una sonrisa harto olvidada. "La quiero. Dime tu
nombre"."Gorgios, el granjero. ¿Puedo atreverme a preguntar cuál es el vuestro?"."Me llamáis
por muchos nombres: La señora de lo Oculto, La pastora de Estrellas, la Hilandera...Pero puedes
llamarme por el nombre que me puso mi padre: Munna" El granjero quedó sobrecogido. "Si me
das la flauta, Gorgios, no te irás con las manos vacías". Sin previo aviso ella retrocedió y se
zambulló en el lago sumiéndolo de nuevo en la oscuridad y el silencio. Tras unos instantes, que a
Gorgios se le hicieron eternos, él la volvió a contemplar pero en lo más alto del firmamento. En
un momento de locura, él intentó agarrar su reflejo en las aguas del lago, pero se deslizaba
juguetón entre sus dedos. Las aguas iban y venían susurrando una promesa: "Mañana,
mañana". Antes de que el Sol abandonase el valle a la oscuridad de la noche, Gorgios
aguardaba en las orillas del lago. En cuanto el Fuego del Cielo se retiró a su Palacio de Hierro,
La Pastora de Estrellas emergió de las aguas. Tendió sus largos brazos hacia el granjero.
“Tomad esto Gorgios, en pago por vuestra flauta”. Gorgios recogió cuidadosamente aquello que
la diosa le tendía. Era una lámina brillante y dura. La miró detenidamente. En ella se veía un
hombre de barba incipiente, de pelo crespo, que le devolvía la mirada. Le recordó a alguien.
Pestañeó. Y el misterioso hombre pestañeó también. Ambos acariciaron la fría superficie del
objeto. “Mi señora, ¿qué es esto?”. “Se llama espejo. Ese hombre que te devuelve la mirada eres
tú, Gorgios. Por favor, ahora déjame oír tu flauta”. Gorgios interpretó la melodía otra vez. “Más
allá de las nubes, en un palacio de cristal, en un campo de estrellas, ahí esta mi hogar. Lejos
estoy de todo, aunque la soledad siento muy cerca.” Entonces Gorgios, olvidando su humanidad,
olvidando la vergüenza, guiado por una inaudita y frágil esperanza, acarició la faz de la
Hilandera. Blanca como la nieve, igual temió que se deshiciera entre sus dedos. Pero solo buscó
en los ojos del hombre. “Me siento extraña Gorgios, cuando me veo en tus ojos, no me
reconozco. Pero es una sensación agradable. Ahora debo irme. Mi hermano se aproxima. Se
avecina el día.””Quiero volver a verte”.”Mañana cuando anochezca, coloca bajo tú ventana el
espejo, llámame y acudiré”.
Durante el día siguiente Gorgios tampoco probó bocado. Colocó el espejo como la diosa le
indicó y gritó su nombre: “¡Munna! ¡Munna!”. Del espejo emergió majestuosa la Señora de lo
Oculto.”Aquí estoy, Gorgios.” No hubo más palabras. Tampoco fueron necesarias. En su lugar
estuvieron las caricias, tímidas y torpes en un comienzo, luego ansiosas y apasionadas. Besos
llenos de hambre y deseo. Cuando yacieron juntos, ella sintió que volaba más alto de su palacio
de cristal rodeado de estrellas. Quedaron ambos dormidos hasta que llegó el alba. Súbitamente,
ella despertó. “Mi hermano no debe tocarme, tengo que regresar antes de que uno de sus rayos
me alcance”. La luz del sol se reflejaba en el espejo a través de la ventana. “El lago todavía
estará protegido por las sombras del valle. Cubríos con mi capa”. Era una rústica capa verde de
cuero. Corrieron veloces mientras la aurora con sus dedos rosados iba sembrando la luz por los
bosques. En su carrera, por el rozar de ramas y arbustos, las prendas del granjero quedaron
rajadas . La gruesa capa mantuvo la blanca piel de la dama sana y salva. En la orilla del lago se
despidieron los amantes. “Oh, Gorgios, por mi culpa, se echó a perder tu ropa.””Es un precio
muy pequeño por poder teneros”.Tras un fugaz beso, la diosa desapareció bajo las aguas.
A la noche siguiente, Gorgios volvió a llamar a la diosa y ésta apareció a través del espejo.
Portaba en los manos unas bellas piezas de tela de un gris tornasolado. “Es para ti, Gorgios”.
Una camisa con el cuello bordado con motivos de hiedra y estrellas y una capa con un broche de
plata. “Soy indigno de semejante regalo, mi señora. ¿Los habeís hecho vos?”. Ella asintió y sus
labios se ensancharon en una amplia sonrisa. “Por supuesto, por algo me llaman “La Hilandera”.
Sé tejer otras cosas aparte de sueños. Por favor, acéptalo.””Gracias, nunca había visto una tela
como ésta.”. “Se llama seda.”. Ella le ofreció también dos saquitos: “Toma esto también. El hilo
se confecciona a partir de los capullos de estos gusanos. Los crío en el jardín de mi palacio. Los
debes alimentar con las hojas de esta planta”. “Mi señora, gracias de nuevo. No sé qué ofreceros
en pago por vuestras inmerecidas atenciones”.”Tan sólo toca para mí y mírame, Gorgios”. Esa
noche la música de la flauta dio paso a la danza de los cuerpos movidos de nuevo por la
necesidad y el deseo. Y siguieron otras muchas noches sin luna en las que se vieron reunidos
los dos amantes.
“Debo irme ya, en el verano mi hermano se come vorazmente mi tiempo”.Y así se despidió
ella y regresó a su palacio en el cielo. En aquella ocasión, recibió la visita de su padre: el Señor
de todo lo que es Justo y Bueno. ”Hija mía, debes parar”. Ella quedó helada. Sabía a lo que su
padre se refería. “Estas descuidando tus obligaciones. Así como tu hermano gobierna el día, tú
debes dominar la noche. Ya no tejes sueños. Ya no florecen los dondiegos. El ciclo no debe
romperse. Para antes de que sea demasiado tarde para todos”. “Teneís razón padre. Os pido
perdón. Sabía que estaba prohibido, pero…”. El Vigilante acarició con ternura a la Hija Mayor.”Lo
siento mi luz de noche”. “Es mi sino. El ciclo no debe romperse”. Aquella noche la luna volvió a
su telar entre las estrellas. Algunas cayeron desprendidas de su lugar surcando el cielo como las
lágrimas que surcaron su rostro. Gorgios la aguardó en vano. La esperó en vano esa noche, y la
siguiente, y la siguiente…
Gorgios la llamó sin descanso pero no recibió ninguna respuesta a través del espejo. Furioso
lo golpeó y lo estrelló contra la pared del cuarto, rompiéndolo en mil pedazos. Salió de la cabaña
y llegó hasta el lago. Tocó la flauta durante noches enteras, sin probar alimento durante el día.
Olvidó su granja, su familia, su anterior vida, hasta su propio nombre… todo salvo el nombre de
ella. “¡Munna, Munna!” .La llamó hasta que débil por el hambre y la angustia, su llamada se
transformó en un prolongado gemido irreconocible.
“Salvadle padre, salvadle. Os lo suplico”.”Contempla lo que has hecho, hija mía. Te llevaste
su alma. Él ya no es humano. No puedo salvar su cuerpo pero puedo salvar su vida.” El Señor
de lo que es Justo y Bueno descendió de las alturas y tocó gentilmente el demacrado cuerpo del
granjero. La delicada seda con la que ella le había obsequiado se transformó en un suave pelaje
plateado. La faz quedó convertida en un prolongado hocico del que sobresalían unos fuertes
dientes que , sus huesudas manos en robustas garras, junto a un agudo oído le capacitaron para
la caza. “Será un buen cazador. Necesita alimentarse bien para sobrevivir”. Así nació el primer
lobo.”
Todavía, no se sabe a ciencia cierta si conscientemente o por instinto, los lobos alzan sus voces
llamando a la luna llena. Y si os dais cuenta, en algunas noches estivales, las estrellas caen del
cielo y parece que éste llora, quizá en recuerdo de esta triste historia. Si viajáis al norte,
contemplareis en el cielo nocturno unas luces danzantes de color verde, quizás sea el
movimiento de la capa que tomó de Gorgios la Hilandera.
No olvidéis que debemos agradecer los dones celestiales que recibimos de la Señora de lo
Oculto nosotros los Hermanos Menores: el espejo y la preciada seda. Son objetos sagrados que
debemos respetar: si rompemos un espejo como el desafortunado Gorgios, quizá le
acompañemos en su desgracia.
Loado sea el Señor de todo lo que es Justo y Bueno.”
El fraile carraspeó rompiendo el hechizo de su narración.
“Y ahora, si mi relato os ha complacido, sería justo y bueno que calentara mis huesos con una
jarra de vuestro vino esta fría noche de invierno.”

LA HISTORIA DE LA BELLA GOLDEWEEN. Anónimo


Esta es la historia de la bella Goldeween,
la relatan los juglares del uno al otro confín.
De reyes nació una muchacha
de piel más blanca que la escarcha,
cabellos que al dorado trigo palidecían,
manos hábiles que preciosos tapices tejían.
Allá doquiera que pasaba
envidia y admiración por igual despertaba.
Llegó la hora de casarla,
pretendientes no le faltaban.
De los países de pieles oscuras,
de los países de pieles albas
de todas partes llegaban
hermosos presentes para honrarla.
La reina le preguntaba
"Mi niña Goldeween, mi dicha,
¿Cúal de ellos es el que más te agrada?"
"Todos me placen madre,
más ninguno es el que esperaba".
Pues todas las noches Goldeween soñaba
con un joven caballero de presencia gallarda,
brazos fuertes, diestro con la espada,
alto y bizarro, ancha la espalda.
Más al despertar cada mañana
ninguna señal de que lo encontrara.
Paseando por el bosque cierto día,
se cruzó con una mujer harapienta,
una anciana mendiga.
"Os suplico mi bella dama, dadme comida"
Goldeween, orgullosa, replicó:
"Alejaos de mí, mujer mugrienta
dejadme sola con mis penas"
"¿Cómo es posible- la anciana preguntó
-que con tamaña belleza,
mi señora tenga tanta tristeza?"
"Ay, pese a que me agasajan caballeros,
que se cuentan por cientos,
ninguno es aquel con el que sueño"
"Mi linda señora no peneís más,
con mi magia puedo hacer que él
y vos os encontreís
y esteís juntos por siempre jamás"
"Y ¿Cómo es que vuestra magia no os procura pan?"
"Prohidome está usarla en mi beneficio.
Procurar la felicidad de otros es mi oficio".
"¿De verdad podeís obrar tal prodigio?,
¿Mi caballero y yo juntos en la eternidad?"
"Si señora, por el más sagrado juramento
,que el Divino me fulmine si miento".
Unas hojas de salvia, pétalos de digital,
un poco de menta para aromatizar,
melisa con espinas de acacia puso a hervir.
"Tomaos esta pócima antes de iros a dormir".
Y al poco tiempo un cambio se obró en Goldeween,
dejaba a un lado la comida,
pasaba las horas muertas, ya no tejía.
Dormía, dormía, dormía,
hasta que despertarse no pudo ya.
Permanentemente en su lecho,
sus rubios cabellos se oscurecieron,
sus delicadas manos se tornaron hueso.
A su alrededor crecieron musgos y helechos.
y al pasar por su reposo eterno,
una anciana con una sonrisa predicaba:
"Sirva la historia de Goldeween de lección
Soñar es un bello pasatiempo,
pero la verdadera felicidad sólo
se alcanza estando bien despierto."

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