De la ESMA al INDEC: la Justicia frente al poder

Marcelo Alegre

Introducción. Reflexionaré sobre distintos problemas vinculados a la persecución penal a
jueces por su actuación en la dictadura. Mi preocupación excede a las causas abiertas. Me
interesa el impacto más general de estas discusiones en la cultura democrática y el estado de
derecho. Comenzaré con algunos elementos del marco político y jurídico que rodea a este
problema. Luego me referiré al propósito que deberían servir estos juicios y a algunos de los
desafíos que enfrentan. Finalmente, conectaré esta cuestión con los retos del presente y
formularé algunas propuestas.
1. ¿Qué tipo de dictadura fue el Proceso?
Puede ser provechoso revisitar la caracterización de la dictadura como militar o cívico-militar.
El concepto de dictadura cívico-militar implica que el Proceso fue un gobierno compartido por
las fuerzas armadas y sectores civiles. Esta idea, hoy en boga, favorece una ampliación de la
responsabilidad sobre lo sucedido entre 1975 y 1983 hacia dirigentes políticos, empresarios,
jerarcas de la Iglesia, dueños de medios y periodistas, y los jueces que juraron por las actas del
Proceso. Si esa caracterización fuese correcta, sería más fácil imputar a civiles por la comisión
de delitos contra la humanidad, ya que sería en principio admisible aceptar que no solamente
los militares diseñaron y ejecutaron el plan represivo del Estado terrorista.
No encuentro fundamentos para seguir la corriente. No soy esencialista acerca de las palabras,
sin embargo creo que hay razones para seguir considerando al proceso como una dictadura
militar. Más aún, creo que si la de Videla no fue una dictadura militar, no existieron nunca
dictaduras militares.
La razón principal es que se trató de un asalto al poder por parte de las fuerzas armadas en su
conjunto (con muy escasas y heroicas excepciones). Ningún otro sector participó del poder
con ese grado de cohesión y organicidad. La junta militar concentró la suma del poder público
(incluyendo el diseño y la ejecución del criminal plan represivo, como quedó demostrado en el
Juicio a la Juntas). Por supuesto que hubo dirigentes políticos que ocuparon cargos de
importancia, como también empresarios, dueños de medios y dirigentes de la Iglesia que
tuvieron acceso a los círculos más internos del poder dictatorial, pero ninguna de las
instituciones a las que pertenecían (partidos, cámaras empresariales, medios) formó parte
orgánica y cohesivamente del poder. La mera participación de civiles en los ámbitos del poder
dictatorial no alcanza para caracterizar a la dictadura como cívico-militar. De lo contrario sería
difícil encontrar un caso de dictadura militar en la historia nacional o comparada.
Esta no es una inocente disputa verbal. Además de poner en debate el marco político para
evaluar la conducta de los jueces, problematiza el alcance del Juicio a las Juntas. Si los militares
fueron simplemente un grupo más entre los que gobernaron desde marzo de 1976, entonces el
Juicio a las Juntas solo involucró a un segmento de los responsables del horror. Hasta podría
alegarse que el Juicio, lejos de merecer la centralidad histórica que le adjudica el alfonsinismo,
contribuyó a disimular la responsabilidad de los verdaderos artífices y beneficiarios de la
dictadura (los grupos económicos, los grandes diarios, las multinacionales, etc.). Los nueve
altos mandos juzgados allí serían una parte infinitesimal de los actores de la dictadura, y tal vez
ni siquiera los más importantes. El Juicio a las Juntas habría sido apenas un susurro en los
"veinte años de silencio" por los que Néstor Kirchner pidió perdón en 2004 en nombre del
Estado. Pero si caracterizamos a la dictadura como "militar" en razón del rol incomparable de
las Fuerzas Armadas respecto de cualquier otro actor social, entonces el Juicio a las Juntas
probablemente constituya la base de la reconstrucción institucional del país, y nunca podrá ser
eclipsado en su importancia por juicios posteriores.
Todo esto no implica subestimar los intentos de reconstruir y castigar a los civiles involucrados
en hechos de criminalidad masiva.
1
Pero esta discusión tiene alguna relevancia en relación a la
responsabilidad de los jueces de la dictadura. Si se trataba de una dictadura cívico-militar,
entonces es en principio admisible que otros grupos y personas sean responsabilizados al mismo
nivel que los militares por el horror de ese período. Si el círculo más importante del poder (y en
particular en lo referente a la represión) estaba formado por militares y civiles, sería en
principio plausible adjudicar complicidad a un número amplio de civiles. Por el contrario, si ese
círculo estaba integrado casi exclusivamente por militares, hay una presunción en contra de
considerar como cómplices primarios a personas fuera de las estructuras militares. Esta
presunción es rebatible, pero se trataría más bien de casos aislados de personas con acceso a
los ámbitos de decisión, sin que dicha participación implicara un involucramiento orgánico de
sectores fuera de las fuerzas armadas. Este sería el caso de dirigentes eclesiásticos,
empresariales o de medios que supuestamente "marcaban" a personas que les molestaban para
que fueran desaparecidas. Pero nótese que ésta es una responsabilidad a ser demostrada caso
por caso, sin que le sirva de marco político-jurídico de un gobierno compartido entre militares
y otros sectores.
2. El gobierno de Raúl Alfonsín y los jueces de la dictadura.
El análisis de la conducta judicial en dictadura debe incluir la política de designaciones
judiciales del gobierno de Raúl Alfonsín.
2
Se suele repetir que en el despertar democrático se

1
La connivencia de lo civil y lo militar se dio tanto en el Estado como en la política. Piénsese en la
militarización experimentada en los setenta por la izquierda y la derecha peronista. No solo la dictadura
fue militar, también la política se militarizó en el pasado reciente.

2
Para esta sección me beneficié de los testimonios de Ricardo Laferriere, Presidente de la Comisión de
Acuerdos del Senado durante el gobierno de Alfonsín, así como los de Jaime Malamud Goti y Martín
Farrell, integrantes de la comisión informal del Poder Ejecutivo a cargo de sugerir las designaciones

desperdició una oportunidad de renovar el poder judicial y se menciona que una amplia
mayoría (superior al 70%) de los jueces de la dictadura siguieron en sus cargos.
3
Pero caben
algunas precisiones. En primer lugar, es justo aclarar que el porcentaje de jueces removidos se
concentró en los fueros penal y federal penal de la Capital: en los fueros más comprometidos
con la represión la depuración fue muy alta, alcanzando por ejemplo a la casi totalidad de los
jueces federales penales de la Capital.
En segundo lugar, existe una responsabilidad compartida entre el partido de gobierno y el
Justicialismo que, liderado por Vicente Saadi, era la mayoría en la Comisión de Acuerdos del
Senado.
4
Por último, los jueces federales de provincia resultaron de negociaciones con los
gobernadores, la mayoría justicialistas.
Estas precisiones son relevantes ya que es razonable pensar en una alta proporción de jueces
salpicados de sangre entre los desplazados. Sin embargo las causas actuales están centradas en
jueces en actividad. ¿No se debió incluir en las investigaciones –y tal vez prioritariamente- a los
jueces apartados en los primeros meses de democracia con el consenso de los dos partidos
mayoritarios?
3. El propósito del juzgamiento penal de los delitos vinculados al terrorismo estatal.
Una breve caracterización de los fundamentos de la decisión de Alfonsín de impedir la
impunidad de los grandes crímenes de la dictadura, que culminaría en el histórico Juicio a las
Juntas, puede iluminar algunos interrogantes sobre el propósito y los límites de los juicios
actuales contra jueces. No desconozco la importancia de los juicios posteriores, incluyendo los
casos aún abiertos, pero considero al Juicio a las Juntas como el paradigma de ejercicio de la
justicia transicional, por lo complejo de su contexto y por su impacto en la consolidación del
estado de derecho.
El fundamento de aquella política combinaba argumentos deontológicos y utilitaristas (Nino,
1997 y 2013). Se consideraba, entre las razones deontológicas, que fortalecería la igualdad ante
la ley, y entre las utilitaristas, que contribuiría a consolidar la democracia y una cultura de los
derechos humanos. Esta combinación de enfoques también excluía ciertas consideraciones
deontológicas y utilitaristas. Por un lado, se rechazaba la idea retribucionista extrema de que
una política principista exigía la condena de todos los implicados en todos los delitos. Por el otro
lado, se rechazó someter la cuestión a un cálculo amoral de costos y beneficios. La afirmación
de la base moral de la democracia, sin embargo, llevaba a no perder de vista el objetivo de no
arriesgar gobernabilidad y estabilidad.

judiciales. La comisión estaba integrada además por el Ministro de Educación y Justicia, Carlos
Alconada Aramburú y el secretario de Justicia Carlos Odriozola. La comisión consultó a otros juristas
para ciertos fueros (Belluscio para los cargos en la justicia Civil, por ejemplo).
3
Ver el capítulo de Filippini y Cavana.
4
Por caso, el juez Lona, sospechado por la UCR de lazos con el narcotráfico, fue designado por presión de Saadi
y con el voto en contra del Presidente de la Comisión, el radical Ricardo Laferriere.
Era una estrategia centrada en el futuro más que en el pasado. Antes que una quimérica
búsqueda de justicia total se trataba de centralizar el castigo en los máximos responsables y en
algunas figuras intolerablemente irritativas. Esta estrategia (que hoy puede sonar limitada) era la
más osada entre las defendidas por los principales partidos (el oficialismo dentro del
peronismo apoyó la continuidad de la llamada ley de autoamnistía) pero chocó con límites
jurídicos muy precisos, que impedían el tipo de recorte que el radicalismo pretendía en el
universo de personas a imputar (Sancinetti y Ferrante, 1999).
Pero más importante que la imposición de penas era la reconstrucción institucional que los
juicios implicaron. En los años noventa Bruce Ackerman (Ackerman, 1995) contrastaba dos
enfoques que las democracias nacientes podían adoptar frente a violaciones de derechos del
pasado inmediato. Por una parte cuestionaba la política de juicios penales (su ejemplo era
Alfonsín) y por la otra proponía una estrategia de reconstrucción institucional. Según
Ackerman la política de juzgamiento, por estar enfocada en el pasado, corría el riesgo de dividir
a la sociedad. En cambio, una propuesta de reconstrucción institucional tenía el potencial de
unir al país de cara al futuro.
A casi 30 años del Juicio a las Juntas resulta claro el error de Ackerman. El Juicio, además de
un acto supremo de justicia, fue una acción de reconstrucción institucional. Al sentar a los
otrora dueños de la vida y la muerte en el banquillo de los acusados se produjo un histórico
cambio institucional, poniendo fin a más de medio siglo de predominio militar en la vida
política. No se trataba, pues, de imponer castigos meramente como retribución por las
atrocidades pasadas, ya que siguiendo a Arendt ¿qué castigo podría servir como retribución a
tamaños horrores? sino de sentar el cimiento moral de la democracia, centrada en el respeto
por la dignidad y la voluntad popular.
5

4. Los retos de juzgar a los jueces.
El juzgamiento de los magistrados actuantes durante la dictadura, del mismo modo, debería
contribuir a lograr objetivos valiosos, como iluminar el rol de los jueces como garantes de
nuestros derechos y depurar al poder judicial de elementos comprometidos con graves
violaciones de derechos humanos. El objetivo es dar justicia a las víctimas y contribuir a la
verdad y al afianzamiento de valores colectivos. Bajo esta perspectiva encuentro tres desafíos
importantes en estos juicios: i) evitar distorsiones históricas, ii) respetar exigencias básicas de
legalidad penal y iii) formular una evaluación moral adecuada.
i. El castigo penal y la verdad histórica.
Los únicos delitos por los que podría juzgarse a los jueces de la dictadura son los de lesa
humanidad, por ser imprescriptibles. En consecuencia llegarán a juicio las conductas más

5
Sin embargo Salinas en su capítulo afirma que sin los actuales juicios a jueces "hoy se estaría
construyendo un país sobre el silencio y la impunidad".
extremas y aberrantes. El riesgo es que estos juicios penales distorsionen -más que de
costumbre- la comprensión del pasado. En otras palabras, dado que solamente puede haber
condenas por los hechos más atroces, esto podría resultar en un panorama poco fidedigno de
la actuación promedio de los jueces.
Esta es una diferencia con otros juicios penales sobre la responsabilidad por las atrocidades de
la dictaduray en particular con el Juicio a las Juntas, que no enfrentaba esas restricciones
vinculadas a la prescripción y consiguió echar luz y hacer justicia sobre los actos más
representativos de la represión. Los hechos por los que resultaron condenados miembros de
las Juntas no fueron extraordinarios sino rutinarios dentro el plan terrorista.
6
La prescripción,
pues, fuerza a un drástico recorte en el universo de conductas juzgables, con el riesgo de
producir un cuadro sesgado del comportamiento judicial durante la dictadura.
ii. Las exigencias de la legalidad.
Que las acusaciones deban restringirse a delitos de lesa humanidad implica un alto desafío para
querellantes y fiscales. Existen conductas claramente punibles, como el armado de juicios de
adopción para encubrir apropiaciones ilegales y la participación en interrogatorios bajo tortura.
Pero más desafiante aún será encuadrar como complicidad la conducta en la que quiero
detenerme, y que resultó la más frecuente: la omisión de investigar los delitos cometidos por la
dictadura. Se destacan dos extremos a comprobar: por una parte el dolo, y por otra la relación
causal.
A. La intención dolosa.
¿Cuál fue la intención de los jueces en los casos de omisión de investigar? En la visión más
exigente (Lepora y Goodin,1994), el cómplice debe hacer suyo el plan del agente principal, no
simplemente tolerarlo o consentirlo, lo que requiere un elemento subjetivo particular: la
intención de colaborar en el logro de los fines buscados por la represión dictatorial. Un
estándar menos exigente (Greenfield, 2008) requerirá al menos que el resultado dañoso hubiese
sido predecible por parte del cómplice, o que éste, sin llegar a compartir la misma intención del
agente principal, exhibiera malicia o culpa temeraria [reckless disregard]
B. El nexo causal entre las conductas atribuidas y los resultados.
Un segundo reto será probar que las conductas omisivas de los jueces causaron o
contribuyeron a producir los resultados dañosos (secuestros, desapariciones, torturas,
asesinatos, abusos sexuales, etc). Siguiendo a John Gardner

(2007) para probar la complicidad
es preciso mostrar un involucramiento causalmente relevante respecto de los daños que se

6
Por estas y otras razones, los juicios posteriores al Juicio a las Juntas padecen de un rendimiento
marginal decreciente, no en relación a los derechos de las víctimas, pero sí en cuanto a su impacto
general sobre la cultura democrática y de respeto a los DDHH.
imputan. Para ser reprochables las acciones u omisiones deben haber hecho una diferencia en
el curso de los acontecimientos.
El argumento que ofrecen querellantes y fiscales para calificar estas omisiones como delitos de
lesa humanidad -con variaciones- es que las omisiones de investigar, al ser sistemáticas,
contribuían a fortalecer una red de impunidad que facilitaba la comisión de las violaciones de
derechos humanos. Para respaldar este argumento es preciso acceder a toda la información, o
al menos a toda la información disponible, acerca de la conducta general de todos los jueces
penales durante la dictadura. En otras palabras, si el argumento acusatorio adopta ribetes
sistemáticos (las omisiones de investigar contribuyeron al contexto de impunidad) la
investigación también debería ser sistemática: primero, la investigación no debe limitarse a un
caso en particular, ya que en principio no resulta convincente que una sola omisión, aislada,
produzca ese contexto de impunidad. Segundo, todos los jueces con conductas similares deben
ser investigados. De otra forma, sería posible que un juez pagara por las acciones u omisiones
de otros.
iii. El desafío de la evaluación moral retroactiva.
La gravedad y trascendencia del castigo penal presupone una condena moral. Si en la
actualidad, frente a hipotéticos secuestros por fuerzas paraestatales un juez hiciera lo que
hicieron muchos en la dictadura (pedir informes, y ante las respuestas negativas, rechazar sin
más los hábeas corpus) la reacción más probable -y esperable- sería su destitución y
enjuiciamiento.
¿Es adecuado aplicar las expectativas morales actuales a la conducta de los jueces en un
contexto muy diferente? La contracara del terrorismo de Estado es la existencia de una
sociedad aterrorizada, lo que incluye –en principio- a los funcionarios judiciales. Quienes
juzguen a los jueces de entonces no podrán eludir preguntarse qué alternativas tenían aquellos
magistrados en el ejercicio de su función, que no implicaran su destitución o un alto riesgo
para su vida.
7

Por otra parte no sería irrazonable tener en cuenta la moralidad media de la época en la que se
desarrollaron estas conductas. Como ilustración, considérese parte de los considerandos de una
valiosa resolución del entonces juez Eugenio Zaffaroni, un jurista largamente reconocido por
su respeto a los derechos humanos. En un expediente de hábeas corpus, con fecha 9 de
setiembre de 1977 (Pablo Sirven, 2014) Zaffaroni resuelve reiterar un pedido de informes
sobre una persona desaparecida, fundándolo en "que el país vive una etapa de convulsión
motivada en la cobarde agresión de que es víctima, lo que lógicamente conlleva un estado de
sobrecarga en la labor de las fuerzas de seguridad que son el principal blanco de esta agresión,

7
Por supuesto, podían dejar de ejercer su función y renunciar, pero no resulta claro el efecto positivo de ese curso
de acción. Ese efecto positivo, presumiblemente, habría sido visible si hubiesen habido renuncias masivas (ver el
capítulo de Bohoslavsky y Gargarella).
lo que suele ocasionar errores en los informes proporcionados..." Es fácil cuestionar esta frase
desde la comodidad de la democracia de 2014. A mi juicio se trata de una táctica razonable que
busca endulzar con esas palabras una decisión valiente, para hacer más difícil su
incumplimiento. Esas expresiones procuran estar a tono con el (aberrante) clima de la época.
Juzgar conductas aislándolas del contexto sería otra forma de injusticia.
5. Los riesgos de acusaciones imprecisas.
Hay un riesgo vinculado al debilitamiento del estado de derecho y del principio de legalidad si
no se define con claridad la contribución causal específica de los jueces acusados, o si se los
condenara sin que quedara claramente demostrada su intención de formar parte activa del plan
represivo de la dictadura, o si no resultara claro el baremo de moralidad aplicable.
Pero hay un segundo riesgo, el de la discrecionalidad. Sin definiciones conceptuales claras en
cuanto a la intención, la causalidad y el trasfondo moral sobre el que se evaluará la conducta
judicial, será difícil aventar la sospecha de que la selección de los acusados es arbitraria (por
ejemplo, de acuerdo a sus inclinaciones políticas). Este no es un riesgo teórico o académico. El
actual gobierno utiliza una doble vara para juzgar las conductas del pasado: A los adversarios,
como el fiscal del Juicio a las Juntas Julio Strassera, se los intenta perseguir judicialmente,
8
al
tiempo que se protege a los partidarios del gobierno acusados de graves delitos contra la vida,
como al actual jefe de las Fuerzas Armadas.
En suma, la imprecisión en la definición de las conductas a juzgar, hace más difícil garantizar
que se impulsen las investigaciones sobre los jueces con independencia de consideraciones
externas a su actuación durante la dictadura..
6. Los jueces frente a los abusos del poder.
Estos juicios deberían ayudarnos a iluminar la cuestión de qué esperamos de las juezas y los
jueces frente a los abusos del poder, en su rol de barrera última contra los atropellos a los
derechos, garantías y reglas básicas de una democracia. No resulta claro que la Justicia hoy sea
suficientemente confiable respecto al control del poder y la limitación de los abusos. La
inculpación o el reproche moral (que está en la base del reproche penal) no sucede nunca en el
vacío (Gerald Cohen, 2006; Eduardo Rivera López, 2013). En teoría, reprochar es hacer visible
a alguien que ha violado una regla moral. A ese núcleo de la inculpación hay autores (Scanlon,
2008) que agregan una actitud de decepción o enojo, o una convicción de que se han violado
requisitos mínimos de la relación entre el ofensor y el ofendido. Pero hay quienes piensan
(como Cohen o Rivera López) que además se precisa cierta autoridad moral. No cualquiera
puede reprochar cualquier falta moral a cualquier agente. Esta idea de la autoridad moral haría

8
Véase en su capítulo el anuncio esperanzado de la alta funcionaria de la Procuración Andrea Pochak
de que al entonces fiscal Strassera ya le llegará “la hora”. La autora concluye que “un paso adelante”
para el logro de este y otros objetivos lo constituye la creación de la organización kirchnerista Justicia
Legítima..
extraño –si valoramos la consistencia- que reclamáramos hacia atrás un coraje mayor a los
jueces de la dictadura que a los jueces de nuestra actual democracia.
Mientras se persigue penalmente a los jueces por su actuación durante la dictadura, la justicia
actual, y dejando de lado valiosas excepciones, en un contexto infinitamente más favorable
para su integridad y seguridad personal, no parece haber desarrollado reflejos suficientes para
proteger a la sociedad frente a los desmanes del poder. Desde el año 2007 (por no mencionar
abusos cometidos anteriormente y por otros gobiernos) el estado falsea la información pública
sobre la inflación, la pobreza y el crecimiento económico, al tiempo que se ha montado un
conglomerado de medios sostenidos por el estado desde el que se hostiga a periodistas y
opositores. El gobierno utiliza de manera partidista la publicidad oficial, y la justicia no ha
actuado con la firmeza esperable frente al incumplimiento de los fallos que le ordenaban poner
fin a esa conducta. ¿No hay, pues, cierta inconsistencia en reclamarles a los jueces de la
dictadura por su inacción frente a los horrendos abusos a los derechos humanos en una época
de inacción judicial frente a los abusos del poder actual? En otras palabras ¿pueden los jueces
actuales levantar el dedo acusador contra los jueces que no se animaron a allanar la ESMA
mientras ellos no se animan hoy a allanar el INDEC?
Otras razones vuelven pertinente referirse a la actitud judicial actual. En primer lugar, hay un
posible argumento defensista basado en la suerte circunstancial (Nagel, 1979): los jueces del
Proceso, diría el argumento, no son ni mejores ni peores que los actuales, lo que implica que
bajo las circunstancias de la dictadura los de hoy, en su mayoría, habrían actuado igual que
aquellos. Si el argumento no fuera disuasivo para mitigar la severidad del reproche penal a los
jueces de la dictadura, al menos debería hacernos meditar sobre lo mucho que nos resta
avanzar en lograr una judicatura que nos proteja frente a los excesos del poder.
En segundo lugar, existe el riesgo de que parte del poder judicial actual lave su imagen
persiguiendo delitos abominables ocurridos hace cuatro décadas, ocultando su complacencia
con las ilegalidades manifiestas y graves del presente.
7. Propuestas. Transparencia y reconocimiento.
Como muestra del compromiso público con la búsqueda imparcial de la verdad, podría ser útil
garantizar el acceso público a toda la información sobre los hábeas corpus tramitados durante
el terrorismo de Estado. Propongo que se publiquen en internet todos los hábeas corpus
tramitados durante ese período (1975-1983). Esto permitiría establecer regularidades, la
existencia o no de patrones de comportamiento a nivel nacional o provincial y acceder a la
actuación general de todos los jueces de los fueros relevantes. Además de aportar información
útil en las causas abiertas o por abrirse, esta información permitiría que los ciudadanos se
ilustraran sin mediaciones.
La propuesta anterior aportaría información que ayudaría a tener un panorama más claro no
solamente para imputar conductas delictivas o fundar un reproche moral o político, sino
también para identificar a los jueces que resistieron. Estos jueces merecen ser homenajeados
para que su conducta sirva de ejemplo para los operadores jurídicos y la sociedad en general.
En un plano más general, es preciso insistir en el mejoramiento de la educación jurídica, que
haga hincapié en los deberes correlativos a los privilegios y beneficios del título de abogado, y
que fortalezca la percepción del rol del juez como servidor de la justicia y no mero aplicador
automático de la ley. La eliminación de las exenciones impositivas a los jueces puede favorecer
que se los perciba como iguales al resto de los ciudadanos antes que como una casta. Y el
afianzamiento de una academia jurídica independiente podría proveer un importante foro
crítico que contribuya a controlar el grado de integridad del poder judicial.
9

8. Conclusión.
En estas líneas me referí a algunos problemas e interrogantes que rodean los casos judiciales
contra jueces en la dictadura. En relación al marco político que rodea a estas investigaciones,
cuestioné el concepto de dictadura cívico-militar, y aporté algunas precisiones sobre la política
de designaciones seguidas durante la recuperación democrática, una política más reformadora
de lo que se considera habitualmente, y expuse la co-responsabilidad del justicialismo.
Reflexioné sobre el recorte de los hechos forzado por la restricción de la prescripción; el riesgo
de imprecisión en la formulación de las acusaciones en punto a la intención y el nexo causal; y
sobre los desafíos particulares del reproche moral retroactivo en estos casos. Relacioné las
defecciones judiciales del pasado autoritario con las del presente democrático, mencioné una
defensa posible basada en la suerte circunstancial y la posibilidad de que se utilicen las
inconductas judiciales pasadas para tapar las actuales. Los juicios a los jueces perderían su
atractivo si no sirvieran para fortalecer nuestra expectativa de que los jueces sean la defensa
última frente al poder.
Por último, propuse publicar en internet todos los expedientes de hábeas corpus tramitados
durante el terrorismo de Estado, y sugerí que se homenajease públicamente a los jueces que
enfrentaron a los militares con el propósito de que su ejemplo inspire al los funcionarios
judiciales y a la ciudadanía.
Bibliografía
Ackerman, Bruce (1995), El futuro de la revolución liberal, Barcelona, Ariel.
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Terrorists?” en Anthony O’Hear (ed.) Political Philosophy, Cambridge, Cambridge University
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Gardner, John (2007) “Complicity and causality” Criminal Law and Philosophy 1 (2):127-141.

9
Mark Osiel (1995) muestra como la adhesión al positivismo o al iusnaturalismo no es decisiva para producir
decisiones judiciales valientes o complacientes durante períodos autoritarios. En las decisiones de la Corte
durante la dictadura argentina, Osiel identifica rasgos propios del realismo americano. Pero así como se puede
fallar en contra o a favor del poder dictatorial usando los ropajes positivistas o iusnaturalistas, lo mismo se
aplica al realismo. Dudo que una versión progresista del realismo (como la que animó la jurisprudencia
favorable al New Deal) hubiera de favorecer decisiones judiciales conniventes con el autoritarismo.
Greenfield, Daniel M. (2008) “The Crime of Complicity in Genocide: How the
International Criminal Tribunals for Rwanda and Yugoslavia Got It Wrong, and Why It Matters“ en
Journal of Criminal Law and Criminology, Volume 98, Issue 3 Spring Article 5.Lepora, Chiara y
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Nagel, Thomas (1979), "Moral Luck" en Mortal Questions, Cambridge, Cambridge University
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Nino, Carlos S., (2013) 8 lecciones sobre ética y democracia (Editado por M. Alegre), Buenos Aires,
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Rivera López, Eduardo (2013), “The Fragility of Our Moral Standing to Blame”, inédito.
Sancinetti, Marcelo y Marcelo Ferrante (1999), El derecho penal en la protección de los derechos
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Scanlon, Thomas (2008) Moral Dimensions, Cambridge, Harvard University Press..
Sirven, Pablo (2014, Marzo 24) “Más Zaffaroni de los años de la dictadura” [Post de Tweeter],
https://twitter.com/psirven/status/448146177960468480 (última visita, 24 de junio de 2014).
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