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LEANDRO EDUARDO CAMPA

LEANDRO EDUARDO CAMPA

LITTLE HAVANA MEMORIAL PARK

LITTLE HAVANA MEMORIAL PARK

A mi hermana

LEANDRO EDUARDO CAMPA

All, all are sleeping on the hill.

Edgar Lee Masters

LITTLE HAVANA MEMORIAL PARK

La luna donde Reina era Reina, las gaviotas, el Parque Martí, el almendro, la incierta mañana, el quicio de los atardeceres y la desesperante noche, son hoy voces que animan estas páginas.

LEANDRO EDUARDO CAMPA

I

Cuanto queda de Little Havana es un quicio: el atardecer lo cubre; todos los atardeceres se unen para cubrirlo.

En ese quicio dejamos sentada nuestra sentencia. Vidas que fueron un número menos inequívoco que el del Seguro Social edificaron este panteón:

Wichinchi; Quintana; Orlando, el

ecuatoriano;

Frank, el jugador; Ordoñez, el Puro;

Miranda, el escurridizo; Sherman, el

misterioso;

Rosario, la puta; Reina; Maritza, la loca; Mr. Douglas, el Capitán de navío;

Dantón,

el policía de los ojos claros; Oti, la mujer

de

Mr. Dinero; Papiro, el usurero; Mr.

Dinero;

Pedro Marihuana; Jorge Avila, el atómico;

Maldonado, el alcalde; Mirtha B.

Moraflores;

Eddy Campa el poeta y otros, otros.

Todos, todos estamos en Memorial Park.

£Cómo nos vemos obligados a revivir en este cementerio las alegrías y las tristezas de Little Havana!

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¿Quién puede olvidar a Papiro, el usurero

y su guerra a muerte con Mr. Dinero

por el amor de Rosario, la puta? (Aquí, en la eterna discordia reunidos).

Donde nace el resplandor de esta columna, refulgía el almendro al que Papiro se

recostaba

en su silla de tijera que abría como piernas de mujer

y se dormía;

se dormía bajo el clamor de los almendros en las mañanas de bajo income. Y la gente deseando que jamás despertara; pero esto nunca ocurría,

y cuando despertaba

hasta el indigente olvidaba su miseria.

“Al veinte por ciento, señores” – aclaraba él.

Y venían perseguidoras, ambulancias y

bomberos

y

Maritza, la loca, detrás de las gaviotas

y

Wichinchi Prenda Fu cantando guaguancó

y

Pedro Marihuana pregonando su mercancía

y

Eddy Campa, el poeta, recitando sus

poemas,

mientras el viejo halcón de la usura,

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pensaba en la negra que lo recogió de niño, cuando él mendigaba por La Habana.

“Todo lo que tengo, madrecita, es para ti cuando muera”.

Eso le dijo.

Pero, ¿qué se habrá hecho de la camioneta de Papiro, el usurero? La camioneta roja de doble cabina, marca Ford.

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¿Dónde están las palomas de la Iglesia Misionera de Dios?

£Ah, Maldonado qué tiempos aquellos de tus arengas en el billar de Ramoncito, el babalao!

“NECESITO TU VOTO, CIUDADANO”.

Y tus palabras se escuchaban con más

atención

que las del Presidente sobre el Estado de la

Unión;

y “King Kong”, el coin-man, te levantaba en sus brazos

y Maritza, la loca, te ofrecía su cerveza

y Tomás, el pordiosero, te regalaba sus centavos.

Pero tú no olvidabas tus

palomas;

tú no olvidabas que no hay amor que supere el odio

superado,

que no hay sapiencia que aventaje

la sonrisa de un hombre realmente feliz.

Tenme contigo en el aliento de los bosques

vírgenes

y en el simple saludo;

en las palomas que anidan sobre tu

tumba

y en las luces que jamás claudican.

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El billar de Ramoncito cierra sus puertas a las once de la

[noche, las sillas se colocan patas arriba sobre el verde tapete, y nos dormimos.

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¿Por qué se nos fue Rosario, la puta? En la foto de la prensa no parecía la misma.

Y dijeron que tus pechos sabían los secretos del Pentágono.

Tus pechos icinerados un día de Fiesta

Nacional,

¿tuvieron que ver con el declinar de las cenizas de los fuegos artificiales?

Dantón, el policía de los ojos claros, llora junto a Papiro, el usurero,

y a su rival, Mr. Dinero.

prominentes,

Otros, menos

también lloran por

Rosario,

y en las lágrimas he hallado

el candor de un sentimiento innegociable;

pero las tumbas son como países mal gobernados,

y Rosario no llega.

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Yo, Mirtha B. Moraflores, que enloquecí a Eddy Campa porque nunca le dije que lo amaba.

Aquí, yo, ahora, en este inmundo ataúd, ¿cómo sobreponerme al remordimiento?

Recuerdo cuando le hacía aquellos desaires de los cuales yo disfrutaba;

entonces él, Eddy Campa, escribía los poemas más bellos;

los escribía en cualquier sitio; el borde de una acera, el techo de un auto, el tronco de un árbol, el mostrador de una tienda.

Después, tarde en la noche, tronara o relampagueara los ponía en el parabrisas de mi auto envueltos en celofán para que la noche con su relente no los enfriara.

Luego, al bajar de mi apartamento a las ocho de la mañana, los rompía delante de sus ojos que no habían dormido;

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con esa arrogancia que siempre le mostré.

Orgullosa fui, y miserable

soy:

que le entregué mi cuerpo

a quienes no lo merecieron:

que me mofaba de él,

a quien sin embargo amaba.

£Que la tierra me anegue con tus versos!

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Yo, Eddy Campa, que amé a Mirtha B. Moraflores hasta el delirio.

Yo, que la esperaba en el quicio de los atardeceres desde las cinco de la mañana para, tres horas después, verla salir de su apartamento

– y ella siempre detrás del marido para hacerme pensar que él no le interesaba mucho –

heme aquí, ahora, revolviéndome en este sarcófago de despecho (si al menos estuviera acolchonado), recordando las noches en que ella, Mirtha, se paraba en la ventana de su dormitorio para verme escribir sobre mis rodillas, sumido en el más sublime de los sufrimientos; entonces, todo era motivo para la lírica y hasta la inmundicia se tornaba poesía.

Déjame decirte, oh Mirtha mía, que nunca te dije que te amaba para salvar este poema.

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haz que conserven el calor de los que te dejaba en el cristal delantero de tu Chevy Camaro.

Las tumbas en Memorial Park no tienen limpiaparabrisas.

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Mirtha,

estos versos escritos para ti, no pretenden la fama que mata la pasión.

Si han de quedar en los fríos laminados de las computadoras, es porque en ellos se habla de quien tu indiferencia sufrió y de quien tus atenciones

disfrutara.

Pero si acaso hay alguien a quien estos versos no

comuevan,

desde mi sepultura sabré que todo cuanto la Humanidad lograre en vano será.

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Yo fui (yo soy) Mr. Dinero:

la constancia, el esfuerzo, el trabajo.

Yo, que dejé en mi patria una casa con su terreno donde pastaban mis vaquitas,

y llegué a esta tierra sin un centavo, ¿por qué compartir mi dinero?

Todos los días partía de madrugada hacia mi finca donde cortaba la caña que transportaba a mi cafetería.

Luego atendía mis casa rentadas

y

mi lavandería, y a mi familia;

y

me dormía a las doce de la noche

pensando en aumentar mi dinero del que también vivían mis empleados.

Sé que decían

que hice mi dinero en la “bolita”, comprando “robo”, vendiendo droga; pero esos que hablaban de mí,

y que todavía hablan,

venían a pedirme favores, a llorarme.

Sólo los triunfadores no pensaron así de mí,

y esos son mis amigos.

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los que se autodestruyeron, no me importa.

Soy un creador de riquezas.

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Como cuenta de ahorro en sus finales resisto.

Que cada tumba sea ascensión de alba, y no la neblina de mi avaricia.

Me entrego a esos ideales, pero,

sepulcros?

¿quién garantiza el bienestar de los

Aguas nacidas en albercas sus muros defenderán.

Y ahora, ¿qué haré sin mi tarjeta de

crédito?

Un poco de salud,

mucha poesía.

ningún dinero,

y

(La tumba de un poeta es un lugar de cuidado).

Dinero.

Montañas a Mr.

porque los locos no saben que envejecen.

Los jardines de Gainesville, me han dicho, florecen al anochecer;

los jardines del hospital para dementes.

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ESCUCHA: no hay hora fija para el silencio.

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A Maritza, la loca, le gustaban las gaviotas que, precedidas de un viento familiar, solían posarse en el terreno de pelota del Parque Martí, cuando todavía ningún niño jugaba.

Ella vivía pendiente de ese viento que le proveía, en un instante de dicha, sosiego a su razón perdida donde abismos debieron unirse en la piedad.

Hija mía, niña que corrías tras los pájaros del parque sin cerca, dada en adopción a los ricos de Coral.

Madre de vuelo profundo, hazme sentir cuando mi hija me llame desde el jardín donde juega rodeada de rejas y sueños fabricados.

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Y

cuando nos acercábamos a Key West,

la

ex reclusa Maritza, alias “la Niña”,

miró con vehemencia a Mr. Douglas que masticaba tabaco con las manos firmes en el timón.

Después ni el Capitán de la embarcación

ni Maritza los volvimos a ver.

La tarde naufragaba. Y hervía

la piel de la costa, que se agrandaba

a medida que nuestro desasosiego disminuía.

Pero desde estos hechos, sin dudas

memorables,

ha transcurrido medio siglo, y sólo dos

testigos quedan

para narrarlos: la hija de Mr. Douglas con

Maritza

y esta historia de amor.

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No fue la brisa del mástil, fueron tus caricias.

La barca en el regazo de las aguas

y tu cuerpo entre mis brazos.

En el lenguaje de los peces nos amamos

y

salimos a la cubierta,

y

yo deseoso que la tierra se

alejase.

Siento celos del mar, me dijiste.

Es el atractivo de las ocultaciones, te dije.

Y las aguas meciéndose en tus ojos

y mis brazos alrededor de tu cintura:

el viejo timón de mi barcaza donde sueño con el otro Mr.

Douglas:

padre de familia con una casita en la

arboleda;

y mi hija saltando con la alegría que nutre mi

atarraya,

cuando me ve llegar con los caracoles que le

gustan;

 

y

mi mujer inclinada ante mí

para ayudarme con los gruesos

calzados

y el mar martillándome las sienes.

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£Que no despierte,

Maritza!

que no despierte, oh

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Las llamas del velaje pueden ya comenzar mi funeral.

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Feliz quien tiene en un poco de cielo el Universo. ¿Fue la visión de una vela

o el paso de un cangrejo sobre mis senos?

flotación!,

pasado.

£Lucecitas en la línea de

y la maleficencia en mi

¿Qué sextante podría medir el ángulo

en el que nuestras miradas se cruzaron?,

el vórtice donde convergen la libertad y el

amor.

Las naves se queman al

amanecer,

Mr.Douglas.

He oído gaviotas pronunciar tu nombre,

y quisiera retener el cielo

cuando incesantemente se me aleja.

Te ama, Maritza.

£Qué triste se ve la Ocho Avenida y la Tres

Calle!

Nadie habla,

¿A qué se debe

nadie se mueve.

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que las luces de las

perseguidoras,

 

las sirenas de las

ambulancias

 

y los lamentos de los

Evangelistas

no despierten el entusiasmo de otras veces?

¿Hacia dónde apuntará el crepúsculo hoy? ¿Acaso nadie va hoy a drogarse o a componer

odas?

La tristeza de esos hombres yo la conozco:

Reina no está entre nosotros.

Reina,

la dependiente de la cafetería de Mr. Dinero, que mantenía en vela a un mostrador repleto de ojos, por esa transparencia de tela que siempre usó,

y que a tanto follaje luz le diera.

£Ay, Reina!

y

nuevamente

Reina, la de los besos sin tax,

y por los que Cheo Muñanga se batió

a pedradas con el difunto Maldad.

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en la oquedad de una

premura que a mi resignación sentido da, y a la que ella, Reina, miraba con lasciva fijeza.

vocación

¿Cómo prescindir de esa

al estímulo?

¿O es que vamos a permitir que rapten a nuestras mujeres?

Un consejal de la ciudad se casó con Reina. Ahora sí, ahora sí entiendo por qué la tristeza de estos hombres se convertirá en violencia antes que el día acabe.

¿Pueden decirme en qué dirección queda el mar?

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£Qué norteamericana la luna sobre el mar!

Cascadas de luz en la orilla redonda comparten su intimidad con las aguas:

el más puro de mis sentimientos subastado.

Ha vuelto a elevarse el fulgor de la fuente del parque que pronto apagarán; la fuente con quien sentí las cosas primordiales.

Si el nombre Reina no remitiera a la belleza, desistiría de mi Fe en la Humanidad.

Pero, ¿dónde está el cochero que canta y le dice palabras dulces a los caballos?

Me gustaría ver a mi amigo Eddy Campa, el poeta:

no conozco otro más sabio en materia de nudos.

En la rivera de mi memoria, el mar que me consuela adormece las olas. También en los camposantos florecen los almendros.

Cuando el Sr. Pastor Emenegildo Sarmiento de la

[Concepción puso en venta la Iglesia Misionera de Dios

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por cuarenta mil dólares, tuvo tres ofertas:

Mr. Dinero:

treinta mil dólares para construir un supermercado.

Sr. Valdivia (dueño de La Cadena Supermarket):

treinta y cinco mil dólares para impedir la competencia.

La Ciudad:

cincuenta mil dólares para hacer una estación de policía.

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Yo,

Emenegildo Sarmiento de la

Concepción,

muerto a manos de un asaltante cuando me dirigía al Barnett Bank

para un depósito de cincuenta mil

dólares,

te pido, Señor, que me perdones por haber vendido tu Iglesia,

y perdona también a los que se alegraron que la demolieran,

porque ellos no saben que un día les

aplicarán

la Ley Marcial,

y pedirán (nunca es tarde) tu mano

protectora

cuando el palo de la policía ronde sus cabezas.

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La tarde que a Mr. Dinero y a mí nos tramitaban para el [otro mundo, todos acudieron a despedirnos:

postrada junto al cadáver de Mr. Dinero, se hallaba Oti, con los ojos asistidos por

lágrimas

y las rodillas regordetas;

Ordoñez, el Puro, nos miraba como si no

creyera

que estuviéramos muertos;

Frank, el jugador, maldiciéndose por pagarme el préstamo unas horas antes;

Miranda, en su estilo escurridizo, conversaba con Sherman, el misterioso, acerca del futuro de la [viuda;

Eddy Campa, el poeta, aprovechó para leerle a Mirtha su poema: LOCURA;

Ramoncito, el babalao, le tiraba los caracoles

a Dantón, el policía de los ojos claros,

quien parecía más interesado en controlar a

Oti;

Wichinchi Prenda Fu, moviéndose sigilosamente hasta mi cadenita de oro;

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“King Kong”, el con-man; Quintana; Orlando, el [ecuatoriano; Cheo Muñanga y Maldonado, el alcalde, llegaban a un acuerdo sobre quien de nosotros murió primero,

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tras sus gaviotas y Rosario, la puta (por la que nos matamos), leía una

[revista bajo el almendro repentinamente florido.

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Madre, tu corazón y el mío viajan juntos. No hay eco, en la lejanía del Universo, que no responda al agradecimiento.

Estaré contigo en esta nueva estrella. Ni la envidia de las tumbas podrá separarnos.

Papiro.

Tu

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Desde el ramal de tus pupilas

mi congoja acecha.

soportaría

¿Qué sepultura

este pesar?

¿Acaso leías bajo el almendro

el infortunio de nuestras vidas?

No hay amor verdadero sin la amenaza de una tragedia.

(La razón agoniza

donde la pasión pervive).

A ti te entrego este apaciguamiento:

no lo destapes.

Un cinerario respira por tu candidez.

¿Regresará Rosario?

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En el quicio de los atardeceres la vida termina cada domingo a las seis de la tarde; y no hay otro color en el cielo que el de tus ojos, cuando nos miras desde la cafetera brillante y nos dices:

“Buenas noches”, y nosotros te respondemos

hasta el lunes, Reinita.

Luego cada sombra es una memoria que estremece.

Todo se desvanece tan apresuradamente en el café con que partimos.

Parque Martí

Sólo las luces del

permanecen intactas.

Contra la humedad de la noche, nos protege la Primera Enmienda.

En el billar de Ramoncito, el babalao, (lugar de límpidas estocadas) leo y a veces escribo.

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Espíritus idóneos para complicadísimas cerraduras son mis amigos.

Ojos que no se ocultan

para llorar

vierten lágrimas sinceras.

¿Es la amistad de los sepulcros

un

entendimiento mayor de la existencia?

Mi

puesto es el que está

en

el podio de esta incertidumbre.

aferro a esos temores

busco.

Me

que

El extinguidor para el fuego pende de un clavo en la [pared.

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Necesité valor para hablarle:

creí que me iba a tomar por loco

pero, como dije, me llené de valor

y

fui hacia él, y le dije:

Sr. Presidente Reagan haga algo por mi hijo preso en Cuba

y

del fregadero, y a mi delantal con rastros de

comida

pensando, como dije antes, que me tomase por loco

yo miraba mis manos mojadas por el agua

pero él, el Sr. Presidente, se

volvió

hacia mí con una sonrisa

y

me preguntó el nombre de mi hijo

y

el motivo por el cual se hallaba preso

y

me dio su teléfono para que lo llamase a la

Casa

[Blanca

y estrechó mi mano sin importarle lo mojada

que estaba

y yo recogí su plato, y él me dijo thak you.

Por la mañana pasan los ómnibus escolares hacia la Doce Avenida Middle School

y pienso en lo que América fue sin ómnibus escolares,

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y en el joven Lincoln

con un libro en las manos

bosque

lado

sin Doce Avenida

y sin ómnibus escolares,

en medio de un

y un hacha a su

Where is yesterday´s snow?

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¿Recuerdan al Sr. Pastor Emenegildo Sarmiento de la [Concepción?, el buen gusto con que escogía

a los

muchachones

para que enderezaran el cuartico

del Santísimo.

Y esto sucedía una vez cada

quince días

y no se tocaba más el tema

hasta el Domingo de Misa que lo llamábamos Emi (cariñosamente),

y

él nos guiñaba un ojo

y

nosotros hacíamos la señal de la cruz.

LEANDRO EDUARDO CAMPA

Ahora todo es diferente en la Ocho Avenida

y la Tres Calle de la Pequeña Habana,

pero, bajo esta carretera debajo de estos rascacielos,

permanece la Tienda del Dólar de Paco,

el traficante que se quitó en el primer viaje

e ingresó en la Fundación Cubano

Americana,

alcanzando el grado de Tesorero, hasta que

lo

[expulsaron;

y la cafetería-lavandería de Oti, la mujer de

Mr. Dinero, quien no esperó a que enterraran a su marido para casarse con Dantón, el policía de los ojos claros, con el que vivió por el resto de sus días;

y La Fritanga de Samuel, oriundo de León,

donde se vendía la mejor carne asada del South West

y

también la mejor marihuana;

y

la farmacia del “Docto”, tan atento,

hasta la tarde que se esfumó reapareciendo al tercer día en el noticiero por lavado de dinero;

£Ah!, y el terreno de pelota del Parque Martí, que tan bien cuidara el ex pitcher del Almendares Vicente López,

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pasándole la malla con su old Buick. (Dejaba una polvareda de

sueños).

y cocaína, propiedad de Rubén, el sandinista, quien acabó en la cárcel;

y La Cadena Supermarket (Carnicería

Latina), del Sr. Valdivia y su socio Arturito, quienes se

[encerraban largas horas en la oficina para cuadrar la caja;

y el quicio,

el imperecedero quicio

de los atardeceres (pared de tedio que reproducía la huella de mi pié),

en el que Wichinchi; Ordoñez, el

Puro;

Quintana; Orlando, el

ecuatoriano;

Miranda, el escurridizo; Pedro

Soplete;

Jorge Avila, el Atómico y muchos

más,

nos sentábamos para mirar sencillamente como fluían las horas.

La policía pasa veloz por la carretera

donde una vez estuvo La Pequeña Habana, pasa veloz

y ningún sobresalto siento.

LEANDRO EDUARDO CAMPA

Permítanme ahora partir con mi amigo “Bisnecito”:

nos ha traído excelentes noticias de “La Nueva [República” y debemos celebrarlas.

LITTLE HAVANA MEMORIAL PARK

Esperaré con fuerza para ver la luz del amanecer,

de todos los amaneceres.

Que el olor a vida me exite

cuando roce mi osamenta, y que siempre responda a su llamado

mi gratitud de hombre proscrito.

Todos, todos estamos en Memorial Park.

Dic. 1996- Feb. 1998 Miami, Fl.

LEANDRO EDUARDO CAMPA

Campa por Campa

Nací en La Habana, un 27 de febrero de 1953. He pasado por la Universidad, las cárceles, los manicomios, (incluyendo la Brigada Hermanos Saíz) y por los hospitales. En 1980, asediado por la Seguridad del Estado, parto hacia los Estados Unidos, vía Mariel-Cayo Hueso, junto a lunáticos y ex presas de Nuevo Amanecer. El barco se llamaba “El Pimentoso”. Actualmente resido en Miami y me gano la vida vendiendo fantasía.

Parece que ha muerto Eddy Campa

http://www.elateje.com/0202/noticias%200202.htm

La última vez que sus amigos recuerdan haberlo visto caminando por la Pequeña Habana de Miami, por donde se movía el escritor Leandro Eduardo Campa, fue en diciembre de 2001. Desde entonces, a este excelente escritor cubano se le ha perdido el rastro.

A Campa, un hombre delgado, de baja estatura y de hablar pausado, se le diagnosticó un problema médico que lo obligaba a hacerse diálisis. Se le colocó el catéter que ese tipo de tratamiento requiere, pero después de unas pocas sesiones no lo continuó. Según algunos amigos cercanos, Campa tuvo un inconveniente con el catéter que intentó quitarse él mismo, y tras algunas complicaciones ingresó en el hospital donde falleció. Hasta el momento nadie ha visto su cadáver, nadie ha podido confirmar la información. Lo cierto es que desde finales del año pasado desapareció, y no se ha sabido más de él. Se presume que ha muerto.

Campa escribió en Cuba el libro Calle Estrella y otros poemas, pero el libro fue requisado por la policía represiva de la isla. En el exilio, adonde llegó durante el éxodo del Mariel en 1980, publicó el libro de poemas Little Havana Memorial Park, y tiene inédito el volumen de relatos Curso para estafar y otras historias,

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En las entrañas del monstruo

Nestor Díaz De Villegas. Apr. 12, 2002. El Nuevo Herald.

Boarding Home; Little Havana Memorial Park; Ciudad Mágica: poemas de Miami escritos en el manicomio. Se los considera ejemplos de literatura cubana del exilio. Podrían ser considerados, al mismo tiempo, ejemplos de literatura disidente norteamericana. No hablan en el idioma de la metrópolis; no pueden compartir la visión triunfalista del inmigrante. En Cuba, aquello del norte revuelto y brutal es apenas una frase hueca: sólo quienes lo vivieron en carne propia, como Guillermo Rosales, Esteban Luis Cárdenas y Leandro Eduardo Campa, pueden comunicarnos lo que tiene de cierto.

£Qué norteamericana la luna sobre el mar!, es un verso memorable del libro Little Havana Memorial Park, del poeta Leandro Eduardo Campa, quien, al parecer, ha muerto en las calles de Miami sin dejar huella.

Vivió de homeless en terminales de ómnibus y casetas de salvavidas de la Playa; acampó en el parque de la 8 avenida y la Tercera calle del South West, rodeado de esos personajes callejeros que luego veríamos desfilar por sus versos. En el célebre quicio de los atardeceres compartía una colada ritual con los habituales de una tertulia que no pasará a la historia de la literatura.

Escribió en el reverso de los especiales de La Mía Supermarket, con letra rápida y tortuosa, porque siempre le faltaba donde apoyarse. Lo recuerdo buscando asiento en el hueco de unas raíces, en el banco roto de una parada; enfundado en sus eternos sacos de segunda mano, hasta en los meses de calor, con una edición en rústica de Nietzsche, o de Locke, bajo el brazo; el Maribel apestoso injertado a una pipa de plástico; sosteniendo una completa de la fonda Rodolfo en una mano y sus preciosos papeles en la otra. Por las páginas de Memorial Park se pasean prostitutas y policías; clérigos y apuntadores de bolita; Ronald Reagan y un fregador de platos; el ingeniero enloquecido que construyó un Batmóvil con los despojos de un Camaro viejo; Prenda Fu, el vendedor de joyas falsas; Mr. Dinero, el capitalista que levantó un imperio de lavanderías automáticas; y otros que sería mejor no nombrar aquí.

LEANDRO EDUARDO CAMPA

Algunos de los personajes y de las situaciones son tan reales que, luego de la aparición del libro --gracias a la pequeña editorial que Pedro Damián creó, con mil esfuerzos, para publicarlo--, el poeta tuvo miedo de volver al barrio. Al final no pasó nada, y la turba orgullosa de filósofos populares, de conocedores de una vida a la que el exilio no accederá sino en sus libros, brindó con café, en vasitos de styrofoam, por el éxito ''mundial'' de uno de los suyos.

En los círculos de literati, aparte de una invitación a leer en la Feria del Libro, tampoco pasó nada. El poeta estaba convencido de que había escrito una obra maestra, pero los editores no se tragaron el anzuelo. Traía en la alforja un libro de cuentos, El Diario de un estafador sentimental o El vendedor de fantasía, en el que abundaba sobre la vida del ghetto. El estilo era una mezcla de Vargas Vila y Hemingway, imbuido de esa certeza única que poseyó el escritor Eduardo Campa para investir al lenguaje con las aspiraciones fallidas de sus sujetos, sin rebajarse jamás a la parodia.

Reescribió el Diario muchas veces. En la última versión que conocí, cuando lo pasó a máquina, aprovechando una breve estadía en un apartamento del Plan 8, Shakespeare se le aparecía al cuentista en un maleficio; una testigo de Jehová trataba de convertirlo, en una brumosa estación de trenes del downtown; mujer y marido lo persiguen por el parqueo de Kmart, reclamando la devolución de su dinero. El autor, nieto de chinos y mulatos de Centro Habana, escribió también, en los años 70, Calle Estrella y otros poemas, que conservo entre otros de sus manuscritos originales.

Los esfuerzos de amigos y conocidos por averiguar el paradero de Eddy Campa no han arrojado resultados hasta el momento. Desde hace seis meses nadie sabe qué ha sido de él. Padecía de indigestiones, fumaba mucho, y los últimos que lo vieron por el quicio de los atardeceres dicen que cargaba un catéter de diálisis y que sus riñones, cansados de la mala vida, se habían rendido. © El Nuevo Herald

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