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La filosofía renacentista

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UNIDAD 6: LA FILOSOFIA RENACENTISTA

DE LA EDAD MEDIA A LA EDAD MODERNA A partir de mediados del siglo XIV se vivió en Italia un momento de renovación y cambio, que pronto se contagió a gran parte de Europa. La nueva inspiración comportó un soplo de aire fresco que reavivó la literatura, el arte, la política, la religión... del momento. Tanto es así, que hasta sus protagonistas, conscientes de estar viviendo una época de transformaciones, calificaron de mundo nuevo a su tiempo. Más tarde, este mundo nuevo será conocido como el Renacimiento, período histórico y filosófico que acabó definitivamente con la Edad Media e inauguró la Modernidad. No hemos de interpretar esta renovación como una ruptura radical respecto a la Edad Media. Seguramente la actitud más justa es atribuir a esta época la función de puente entre la Edad Media y la Modernidad. muchos fenómenos y acontecimientos con que se suele caracterizar el período renacentista tienen su origen en la última etapa de la Edad Media. Durante el Renacimiento, se produjo, sin duda, una profunda transformación de la sociedad europea en todos los órdenes. De una parte, las mentes más despiertas de la época tenían conciencia de que algo había cambiado en la cultura occidental: estaban convencidos de que se había cerrado una época, la Edad Media (bárbara e ignorante, a su juicio), y había comenzado un tiempo nuevo de cultura y mentalidad más elevadas. Durante este período tuvieron lugar acontecimientos que conviene recordar: En el orden cultural, en 1437 se inició el concilio de Florencia-Ferrara, al que acudieron teólogos de Oriente conocedores de la lengua y filosofía griega. La caída de Constantinopla (1453) obligó a muchos intelectuales orientales a emigrar a Italia. Estos dos sucesos constituyen factores importantes en el desarrollo del humanismo: los intelectuales procedentes de Oriente impulsaron el estudio de la lengua griega y la transmisión de los textos de los filósofos griegos. En el orden de los descubrimientos, en el siglo XV tuvieron lugar importantes avances y perfeccionamientos técnicos. El desarrollo de la cartografía, de las técnicas de navegación y de la brújula permitieron la expansión marítima y comercial, el descubrimiento de América y el acceso a zonas del globo que hasta entonces habían permanecido desconocidas para los occidentales. La utilización de la pólvora con fines bélicos facilitó el fortalecimiento del poder real frente a la nobleza, cuyos castillos resultaban abatibles a golpe de cañón. La invención de la imprenta hizo posible la expansión cultural, las ediciones de los clásicos por parte de los humanistas y la circulación de textos bíblicos, lo que favoreció la reforma religiosa. En el terreno de la religión, los factores de desintegración, que existían en el seno de la Iglesia ya desde el siglo XIV, culminarán Reforma que dará lugar a las iglesias protestantes (luteranismo, calvinismo, anglicanismo) y poco en la Contrarreforma. En el orden político-social, en este período se consolidaron los estados nacionales y las monarquías absolutas. En estrecha relación con las nuevas formas políticas, se produjo un notable crecimiento de la burguesía y del capitalismo comercial.

HISTORIA DE LA FILOSOFIA 2º BACHILLERATO
EL HUMANISMO RENACENTISTA Algunos historiadores hacen coincidir el inicio de este mundo nuevo o Renacimiento con la caída de Constantinopla, en el año 1453, a manos de los turcos otomanos y la consiguiente migración hacia Occidente de intelectuales bizantinos. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos considera que a mediados del siglo XIV ya se daban algunas de las características fundamentales (como el interés y la recuperación de los clásicos) que nos permiten hablar de una nueva época. Así, históricamente podríamos decir que el Renacimiento comenzó en Italia en el siglo XIV y perduró hasta más allá del siglo XVI, extendido, ya, por toda Europa. Además de la dificultad que comporta la delimitación temporal y geográfica del Renacimiento, también su consideración como «corriente» o «movimiento» filosófico ha planteado dificultades a los historiadores. Y es que de una cosa podemos estar seguros: el Renacimiento se caracteriza, culturalmente hablando, por ser un movimiento muy heterogéneo y, en apariencia, falto de la unidad y la cohesión que parecen predominar en otras épocas. La multiplicidad de ideas, la variedad de creencias e intereses es, posiblemente, lo que todo el mundo está de acuerdo en destacar. Ahora bien, si filosóficamente fuera necesario remarcar una orientación propia de este período, estaríamos de acuerdo en que la tendencia más emblemática, y que a menudo se identifica con el Renacimiento, es el humanismo. El humanismo se inició en Italia en el siglo XIV como un programa educativo que tenía como objetivo la formación de intelectuales en poesía, retórica, historia y filosofía. Para que esta formación fuera íntegra se consideraba necesario recurrir a los clásicos, prescindiendo de la interpretación y traducción que de ellos se había hecho en la época medieval. Como estos estudios de nueva orientación se llamaron, recogiendo una expresión ciceroniana humanae litterae (por oposición a los divinae litterae medievales) el concepto de humanismo se asoció con el retorno y la recuperación de la literatura y el pensamiento grecolatinos.

CARÁCTERISTICAS DEL NUEVO PENSAMIENTO Si bien el humanismo comenzó siendo básicamente un programa educativo y filológico, se convirtió en un movimiento mucho más amplio y general. Dio a conocer y difundió las ideas clásicas sobre temas de gran alcance: ética, arte, política.... y acabó por constituir, también, un movimiento filosófico. Actualmente se entiende por humanismo una corriente filosófica que destaca y dignifica al ser humano y todo lo que con él se relaciona. El pensamiento del Renacimiento, en especial el humanismo, tiene unas características que, a pesar de que ya despuntaban en la Baja Edad Media, ahora se consolidan y se hacen generales: Retorno a la Antigüedad clásica. Como ya hemos dicho, fue el gran motor tanto del humanismo inicial como de todo el Renacimiento. Representa un reencuentro con la literatura y el arte clásico, y también una revitalización de su pensamiento y cosmovisión. Antropocentrismo. Consiste en la reivindicación del valor y la dignidad del hombre. En este sentido, conecta con el optimismo de la Antigüedad: la razón humana es suficiente para diseñar y organizar la propia existencia. Todo eso provocó, sobre todo, que el hombre se convirtiera en el centro del interés y la reflexión intelectuales. Individualismo. El hombre renacentista aspira a realizar, en sí mismo, el ideal de humanidad; es decir, pretende desplegar y materializar en resultados todas las capacidades creativas que atribuimos a la humanidad en general. Por otra parte, se potencia la expresión de la propia subjetividad, en todos sus aspectos (sentimientos, emociones, opiniones, experiencias). En definitiva, el Renacimiento es una época que permite el afloramiento de las grandes individualidades, pues se respeta y valora la originalidad y peculiaridad de cada artista y de cada hombre en particular. Curiosidad y deseo de saber. Éste es un período optimista que cree firmemente en las capacidades humanas y en el progreso del saber. Todo esto se manifiesta en una intensa actividad que abarca todos los ámbitos. Y es que la curiosidad y el anhelo de saber incitan al hombre renacentista, y esto hace que no se limite a un único terreno de estudio, sino que explore y busque respuestas en todos los frentes. El ejemplo paradigmático y excepcional es el de Leonardo da Vinci, artista renacentista por excelencia. Hemos hecho mención del retorno de los humanistas a la lengua y la literatura de la Antigüedad clásica. Ahora veremos cómo este retorno supuso la recuperación de inquietudes y de ideas que representaron la renovación de otros ámbitos. En primer lugar, hablaremos del renacimiento filosófico. A continuación, analizaremos los replanteamientos políticos. Por un lado, Maquiavelo, y por el otro, los sueños utópicos de algunos pensadores renacentistas. En tercer lugar, trataremos brevemente los problemas religiosos de estos siglos, en especial, el afán de reforma protagonizado por Lutero y su disputa con el humanista Erasmo de Rotterdam. Acabaremos el apartado con el tema de la renovación científica.

EL RENACIMIENTO FILOSOFICO Muchas veces se ha dicho que la filosofía del Renacimiento es aquella filosofía menor que se hizo entre Nicolás de Cusa (1401-1464) y Descartes (1 596-1650). Y es que, para muchos historiadores, la filosofía renacentista no tiene la originalidad ni la solidez de la filosofía medieval anterior ni de la moderna posterior. A menudo, sólo se le reconoce el mérito de haber recuperado planteamientos de la Antigüedad renovando el panorama filosófico general, pero sin aportar un sistema original. Ciertamente, resulta difícil hablar de una corriente filosófica renacentista que sea característica del período y común a los pensadores más destacados. Las diferencias entre unos y otros son, a veces, tan grandes que es preferible estudiar los principales pensadores de manera individual, sin intentar enmarcarlos en un sistema o movimiento general. Ésta es una de las pocas tendencias identificativas de la filosofía que se hace durante el Renacimiento. El interés y el estudio de los pensadores grecolatinos es una de las pocas constantes del momento. El platonismo. Después de siglos de olvido, Platón (como mínimo la interpretación que de él habían hecho los neoplatónicos) fue reconocido como el gran maestro. Tanto es así que hasta en Florencia se inauguró una Academia Platónica, de la cual Marsilio Ficino (1433-1499) y Pico della Mirandola (1463-1494) fueron los dos personajes más destacados. Ambos pensadores, además de su tarea de traducción y comentario de obras antiguas, destacaron por su propio pensamiento, en el cual tienen un papel fundamental las ideas platónicas. El interés prioritario se centra sobre todo en el estudio del hombre: ser que ocupa un lugar privilegiado en el universo al ser entendido como una síntesis o compendio de los dos mundos platónicos. El aristotelismo. Durante el Renacimiento se dio un rechazo de la autoridad aristotélica, indiscutible durante la Baja Edad Media, pues el humanismo de esta época tuvo una orientación básicamente neoplatónica. A pesar de todo, continuó vigente (bajo una interpretación bastante diferente a la que era tradicional) en las universidades de Padua y Bolonia, donde destacó Pietro Pomponazzi (1462-1525). Este pensador hizo una interpretación del Estagirita completamente alejada de la tomista, de manera que incluso llegó a negar cualquier tipo de inmortalidad del alma humana. Esta idea le habría podido ocasionar bastantes problemas si no se hubiera protegido con la teoría de la doble verdad, según la cual filósofos y teólogos no pueden enfrentarse porque se ocupan de ámbitos diferentes e independientes. Desde un punto de vista histórico, el Renacimiento es un momento clave, ya que se establecen las bases sociales y económicas del futuro desarrollo político europeo. Esto hace del Renacimiento una época de transformaciones políticas y, por tanto, un período de crisis e inestabilidad, ya que el sistema que se tambalea todavía no ha sido sustituido por uno nuevo capaz de garantizar el orden y la paz. En estas circunstancias la reflexión política vuelve a adquirir protagonismo. Y lo hace de dos maneras muy diferentes: por un lado, de forma realista, describiendo y captando la realidad del momento; por otro lado, de manera idealista, criticando lo que hay y precisando lo que debería haber.

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PLANTEAMIENTOS POLITICOS El Príncipe es la obra más emblemática de Nicolás Maquiavelo, pero es, además, la obra que inaugura la modernidad política. A diferencia de otros planteamientos políticos que se recrean imaginando cómo debería ser el Estado ideal, El Príncipe constituye una descripción mucho más realista de las tareas de gobierno. Partiendo de la observación de la situación política del momento y de cómo se organizan los pequeños Estados italianos del Norte, Maquiavelo establece cuál ha de ser la táctica política más adecuada para conservar y preservar la seguridad del Estado. El Príncipe constituye, pues, lo que podríamos llamar un manual de política, una guía práctica para el gobernante. Según Maquiavelo, si una cosa está clara es el objetivo o finalidad que debe perseguir todo planteamiento político mínimamente realista: conservar el bienestar del Estado, su supervivencia y seguridad. Para garantizarlo es necesario que el príncipe ostente un poder indiscutido e incuestionable en su territorio. Para conseguirlo y mantenerse firme en su lugar debe hacer suya la máxima ética siguiente: «El fin justifica los medios». A la hora de gobernar, debe poner en marcha todo lo que sea necesario para conservar el poder, sin que le importen ni le frenen otras consideraciones de tipo ético. Teniendo en cuenta que la naturaleza humana es egoísta y que los hombres sólo buscan su propio provecho y beneficio, el príncipe no puede fiarse de nadie. Por eso, debe ser enérgico, falto de escrúpulos y capaz de prescindir de toda moral. Estos consejos políticos que Maquiavelo dirigió al príncipe Lorenzo de Medici, pero que consideraba válidos para todo gobernante, le valieron las críticas y el rechazo tanto de sus contemporáneos como de la posteridad. La defensa de la razón de Estado como único y exclusivo criterio moral que debe seguir el gobernante ha convertido el maquiavelismo en sinónimo de crueldad y falta de escrúpulos, no sólo en el ámbito político, sino en cualquier actividad humana. En defensa de Maquiavelo hemos de tener en cuenta que vivió y escribió en un momento de especial inestabilidad y confusión política. Estas circunstancias, junto con su deseo de una Italia unida y fuerte, le llevaron a considerar que sólo una dirección firme, un poder indiscutido, pueden garantizar este objetivo. Nicolás Maquiavelo (1469-1527) fue secretario de la efímera República florentina, que se dio entre 1498 y 1512. Estos años representaron un intervalo entre las dos épocas más importantes de hegemonía de la familia Medici en la dirección de Florencia. Esto hizo de él un observador privilegiado de las tensiones y los avatares políticos de su ciudad natal, motivo que, seguramente, influyó en su toma de posición en favor de la unificación italiana. Sus obras más importantes: El Príncipe, Historia de Florencia, Discursos sobre la primera década de Tito Livio; poesías: Las decenales, El asno de oro; comedias: La mandrágora, Clizia…

UTOPIAS RENACENTISTAS Bastante alejada del realismo y pesimismo político que acabarnos de ver se encuentra la tendencia utópica, que floreció durante el Renacimiento. Pensadores contemporáneos de Maquiavelo, como Tomas Moro, Francis Bacon, recuperaron la iniciativa platónica de imaginar una sociedad mejor, más justa e igualitaria. Criticar la sociedad contemporánea imaginando un modelo que la supere y evite los males que ésta sufre es tan antiguo como Platón. Sin embargo, debemos a Tomas Moro la acuñación del término utopía. Así tituló este humanista inglés su novela, y así se refería a la isla imaginaria que constituía el escenario de una sociedad perfecta. Moro, profundamente descontento con las injustas consecuencias que habían tenido los cambios sociales y económicos del Renacimiento, nos habla de una lejana isla, perdida en medio del océano. En esta isla, bautizada como Utopía (y que significa literalmente 'en ningún sitio', de u=no y topos=sitio en griego), sus habitantes han construido un Estado perfecto, caracterizado por la convivencia pacífica, el bienestar físico y moral, y el disfrute común de los bienes. Esta felicidad es posible en Utopía porque, al contrario de lo que pasaba en la Inglaterra de los Tudor, la propiedad privada se ha suprimido, la economía es colectiva, el trabajo no supera las seis horas diarias y las tareas más duras se reparten por turnos de manera justa y equitativa. Y todo esto, además, en un ambiente donde políticamente dominan la tolerancia religiosa y el espíritu pacifista. La influencia de esta obra fue tan grande que, desde su publicación en 1516, sirvió para referirse a todas las obras que, basándose en el optimismo en la capacidad reformadora del ser humano, reivindican formas de organización social más racionales y justas. De la misma época destacan La ciudad del Sol, de Tommaso Campanella (1568-1639), y La Nueva Atlántida, de Francis Bacon (1561-1626). Este último, además de destacar las medidas políticas, económicas y sociales necesarias para conseguir una sociedad justa, pone de manifiesto la necesidad de aprovechar los avances científicos y técnicos para mejorar las condiciones de vida de los seres humanos. Tomás Moro nació y murió en Londres (1480-1535). Fue el humanista inglés más destacado del momento. Su carrera política culminó en 1529 cuando llegó a Canciller del Reino. Tres años después se vio forzado a dimitir por su rechazo del Acta de Supremacía, por la cual Enrique VIII se declaraba jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra. Considerado traidor por negarse a aceptar la nulidad del matrimonio del monarca con Catalina de Aragón y la boda con Ana Bolena. Moro, prefirió ser fiel a sus convicciones religiosas, afirmó: “No veo que ninguna autoridad tenga el derecho a forzar a nadie a cambiar de opinión y a hacer que su conciencia pase de un lado a otro”. Supuso su muerte

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REFORMAS RELIGIOSAS El Renacimiento constituye un período de turbulencia y confusión no sólo en el ámbito político, sino también en otros ámbitos como el religioso. Se dieron toda una serie de factores que explican esta situación; podemos destacar los siguientes: el alejamiento de la Iglesia del mensaje original cristiano, la corrupción y falta de autenticidad y de preparación de muchos clérigos, pero sobre todo la desvirtualización del papel otorgado a las altas jerarquías eclesiásticas dentro de la comunidad. Los Papas, lejos de ser los grandes líderes espirituales de los cristianos, se habían convertido en eficientes gobernantes, más preocupados por los asuntos políticos que por los religiosos. Todo esto creó un clima de descontento general, tanto entre los intelectuales como en el pueblo sencillo, que inevitablemente tenía que conducir a las profundas reformas religiosas que en esta época se dieron. En este panorama emergió, como una figura clave, el humanista Erasmo de Rotterdam, impulsor e inspirador de estas reformas. Erasmo de Rotterdam (1469-1536) constituye uno de los ejemplos paradigmáticos del erudito humanista, interesado también en temas teológicos o religiosos. Además de su interés filológico de traducción e interpretación de textos clásicos, destaca su actitud crítica respecto a la situación religiosa de su tiempo. Especialmente duro con las injusticias, la inmoralidad y el negocio de las indulgencias practicado por muchos religiosos, influyó en Martín Lutero y es considerado un inspirador de la Reforma protestante. A pesar de eso, desde el principio mortró su rechazo a algunas tesis luteranas, y se mantuvo fiel a la Iglesia romana y contrario a cualquier reforma rupturista. Martín Lutero (1483-1546), campesino alemán, que después de estudiar derecho sorprendió a todos sus conocidos ingresando en el convento de los agustinos de Erfurt, fue el principal protagonista de la Reforma. A pesar de que a los veintitrés años su mayor deseo era vivir como un auténtico cristiano, el viaje a Roma que realizó en 1510 le impactó de tal manera que tuvo que enfrentarse a la cruda realidad. Lutero vivió con indignación y sorpresa la campaña de indulgencias del arzobispo de Maguncia (endeudado con el banquero Fugger) y de la misma Roma, necesitada de recursos para pagar la construcción de la basílica de San Pedro. Escandalizado, advirtió a las autoridades eclesiásticas.

Éstas respondieron con el silencio. Entonces, decidió denunciar este escándalo que alejaba a la Iglesia del Evangelio. En el año 1517 redactó e hizo públicas las famosas 95 tesis, en las cuales proclamaba un retorno al auténtico espíritu evangélico y al mensaje bíblico. Después de la publicación de las 95 tesis, la Inquisición denunció a Lutero y éste fue llamado a Roma para defenderse. Su negativa a retractarse fue el motivo de su excomunión. Lutero quemó públicamente la bula de excomunión, en un acto que simbolizaba el poco reconocimiento que le merecían las autoridades eclesiásticas. Este hecho supuso un nuevo cisma dentro de la Iglesia. Los seguidores de Lutero y otros reformadores crearon la Iglesia protestante, que se separó de la Iglesia católica. Algunas de las ideas que acabamos de ver: el retorno a las Sagradas Escrituras, la recuperación de su mensaje auténtico, el rechazo de la corrupción eclesiástica, que tenía en el escándalo de las indulgencias su manifestación más evidente.... las adopta Lutero del humanista Erasmo de Rotterdam. Tanta fue la influencia de Erasmo, que Lutero, una vez empezados la Reforma y el cisma con Roma, le pidió su anexión. Erasmo se negó; creía en la necesidad de reformar la Iglesia, pero sin que esto supusiera una nueva división religiosa. Además, entre Lutero y Erasmo había ideas que los separaban de manera insalvable, sobre todo en lo concerniente a la concepción de la naturaleza y la libertad humanas. Veamos esta polémica. Pensador Concepción del hombre Problema de la libertad El hombre es un ser El ser humano no es libre, sino al contrario Martin marcado por el pecado Todo su comportamiento y sus obras está Lutero De servo y la maldad, y debe a determinados por el pecado. La salvación arbitrio Dios todo lo que hay de eterna sólo se explica por la gracia, con la (1525) bueno en él cual Dios decide dotar a algunas personas Defiende el valor y la El ser humano es libre para escoger y Erasmo de Rotterdam dignidad humanos, que decidir, es responsable de sus obras, con De libero se manifiestan en su las que se acerca o aleja de Dios. Así, la arbitrio libertad y su capacidad salvación se explican por dos factores: la (1526) para acercarse a Dios gracia concedida por Dios y la libertad. La renovación interna deseada por Erasmo, el retorno a los Evangelios y la renovación de la institución, como medio para acabar con la corrupción y la ignorancia imperantes entre los clérigos, llegó bastante más tarde con lo que se llamó Contrarreforma. Y es que los Papas no estaban demasiado interesados en una renovación religiosa, por lo que ésta iba posponiéndose. Ante el aumento de posiciones protestantes en Europa, la Iglesia de Roma no tuvo más remedio que poner en marcha un proceso que pusiera fin a un panorama cada vez más desolador. La Reforma de la Iglesia romana se inició dos meses antes de morir Lutero, en el Concilio de Trento (1545-1563). En este Concilio se trató tanto de reformar moralmente la Iglesia como de fijar el dogma católico ante las tesis protestantes.

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RENOVACION CIENTIFICA Además de todo lo que hemos visto hasta ahora, el Renacimiento también constituye un punto de inflexión por lo que se refiere a la ciencia. Como comprobaremos en el próximo apartado, los éxitos en este terreno modificaron la imagen que el hombre tenía del mundo y de sí mismo y, además, inauguraron definitivamente la ciencia tal y como la entendemos actualmente. Tanto es así, que se considera un fruto primordial de este período la revolución científica que llevaron a cabo hombres como Copérnico, Kepler o Galileo. Estos descubrimientos fueron posibles porque en el Renacimiento se dieron una serie de condiciones que eran idóneas. El nuevo valor otorgado al hombre y la confianza en sus posibilidades y capacidades alimentaron la curiosidad de los renacentistas, que se volvieron hacia la naturaleza confiando en descubrir sus misterios ocultos. Resulta, una época en la que abundan los experimentos, prácticas e investigaciones de todo tipo. En el Renacimiento predominó una visión animista de la naturaleza. Según ésta, el universo se encuentra constituido y unido por fuerzas o energías espirituales que, de manera parecida a como lo hace el alma humana, animan y explican su funcionamiento. Conocer estas fuerzas espirituales ocultas permite manipularlas y, por lo tanto, dominar y poner al servicio del ser humano todo el universo. Esta creencia tuvo un papel fundamental, pues, junto con otras, impulsó y promovió el interés por la magia, la alquimia y otras prácticas que tenían como objetivo descubrir los vínculos secretos entre el alma natural y el alma humana. Estas «pseudociencias» (depende de cómo se mire) constituyeron un precedente de la futura ciencia moderna (en especial, la medicina, la química, la farmacia...), ya que con sus procedimientos establecieron las bases del experimentalismo que más tarde haría progresar las ciencias naturales. En otros casos, estas artes no pasaron de ser prácticas esotéricas sin ningún tipo de valor científico. Francis Bacon (1561-1626), contemporáneo de Galileo y, por tanto, coetáneo de los grandes descubrimientos científicos, no es considerado un hombre de ciencia, sino un filósofo de la ciencia. Aunque dedicó su vida a la reflexión y el estudio de la ciencia, no fue propiamente un científico, ya que no participó en investigaciones ni descubrimientos. Bacon comparte con las prácticas mágicas y esotéricas la confianza en las capacidades dominadoras del ser humano. Según Bacon, la finalidad del conocimiento es el dominio de la naturaleza y la transformación de ésta en beneficio del hombre. Mediante la ciencia, el hombre debe poder instaurar sobre la tierra «su reino o dominio». Este dominio requiere un profundo conocimiento de la naturaleza y de sus mecanismos. «Se vence a la naturaleza obedeciéndola»; es necesario, pues, conocer la naturaleza y sus leyes para acceder a la técnica que nos permita dominarla. Bacon era, pues, consciente del papel fundamental que estaba reservado a la ciencia en el progreso futuro.

Para alcanzar un conocimiento auténtico de la naturaleza que haga posible su dominio, es necesario disponer de un buen método de investigación. El Novum Organon, titulado de esta manera para constatar el alejamiento respecto al método u organon aristotélico, es el libro en el que Bacon expone sus teorías epistemológicas. Aquí, el filósofo inglés deja claro que es necesario superar el método deductivo aristotélico (silogismo) sustituyéndolo por un método inductivo. Éste, partiendo de la experiencia y la observación de la naturaleza, permite a la razón establecer los verdaderos principios y leyes que explican el acontecer natural. Ahora bien, el conocimiento inductivo y el empírico de la naturaleza necesita de un intenso y esforzado trabajo. El procedimiento inductivo sólo será eficaz si primero identificamos y rechazamos los prejuicios y las ideas preconcebidas que obstaculizan y distorsionan nuestra visión de la realidad. A estos prejuicios, que son el verdadero enemigo del conocimiento, Bacon los llama ídolos del conocimiento.
Idolos del conocimiento
Tipo

Ídolos de la tribu

Ídolos de la caverna
Propios de cada hombre, que interpreta el mundo según su personalidad o cosmovisión. Así, las tendencias o predisposiciones de cada uno distorsionan su visión

Ídolos de la plaza
Propios de nuestra cultura o grupo social. Vamos asimilando y aceptando, sin darnos cuenta, las ideas preconcebidas de nuestra cultura.

Ídolos del teatro
Son aquellos que tendemos a aceptar porque los mantiene la autoridad, incluso cuando estas ideas contradicen el sentido común.

Propios de la especie humana que tiende a entender lo que le rodea según sus Explicación parámetros, llegando a personalizar la naturaleza

SEXTANTE

IMPRENTA

TELESCOPIO

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COPRENICO Y EL HELIOCENTRISMO La revolución científica puede considerarse el fruto más precioso de la actitud renacentista. Estudiaremos esta profunda transformación. Veremos cómo astrónomos, físicos y matemáticos, recupera ideas de la Antigüedad clásica y revolucionan la ciencia. Hasta el año 1530 lo expuso por escrito, en el De Revolutionibus Orbium Coelestium, la revolucionaria teoría del heliocentrismo, a pesar de que la había ideado mucho antes. La obra no se publicó hasta el 1543, año de su muerte. La revolución que Nicolás Copérnico (1473-1543) comenzó no fue consecuencia de sorprendentes descubrimientos, ni tan sólo respondía a la necesidad de adaptarse a nuevas observaciones astronómicas. Nació de una nueva orientación teórica, de la certeza de que los mismos hechos podían ser explicados según modelos teóricos diferentes. Contribuyó al de perspectiva la influencia de los pensadores griegos. Entre éstos cabe destacar la influencia del platonismo y, sobre todo la lectura del helenista Aristarco de Samos. La motivación de Copérnico era encontrar una explicación más sencilla y racional para el movimiento observado de los astros. La complejidad era lo que más preocupaba a Copérnico. En el sistema geocéntrico aristotélico-ptolemaico, para hacer cuadrar las observaciones del, en apariencia, caótico movimiento de los planetas, debía recurriese a un complicado sistema de esferas. Para armonizar este sistema con las observaciones astronómicas, cada vez más precisas, se llegó, en tiempo de Copérnico, a hablar de más de 70 esferas. Demasiada complejidad. Aunque el sistema heliocéntrico de Copérnico contenía una sencillez y racionalidad muy superior al sistema geocéntrico, la simplicidad y solidez matemática fue poco apreciada, ya que tampoco cuadraba perfectamente con las observaciones astronómicas. Las objeciones hechas desde diversos ámbitos, provocó que el sistema copernicano no fuera aceptado hasta mucho más tarde. Veamos algunas de estas objeciones: De orden mecánico. Si la Tierra se mueve, ¿cómo es que no percibimos su movimiento?, ¿cómo es que los cuerpos caen verticalmente y no son desviados por el movimiento de la Tierra? Fue necesario esperar a las investigaciones físicas de Galileo y Newton para poder dar una respuesta satisfactoria a esta objeción. De orden religioso. Si se interpreta literalmente la Biblia, ésta resulta incompatible con la teoría heliocéntrica. Diversos pasajes hablan de la inmovilidad de la Tierra y su ubicación privilegiada en el universo. Estos pasajes, interpretados metafóricamente, no constituían ningún problema y no alteraban en nada el mensaje cristiano, pero en aquella época todavía no se aceptaba la lectura metafórica de la Biblia. De orden cultural. Después de siglos de tradición aristotélico-ptolemaica, el sistema copernicano necesitaba tiempo para que la sociedad cambiara la manera de entender el universo, ya que la antigua cosmovisión estaba firmemente asimilada.

BRUNO O EL UNIVERSO INFINITO Giordano Bruno (1548-1600) no es propiamente un científico pero lo hemos incluido en este apartado porque su filosofía puede considerarse una continuación filosófica del sistema copernicano. Bruno, profundamente convencido del nuevo paradigma, desprendió de él consecuencias que ni el propio Copérnico llegó a imaginar. El problema central que trata de resolver la teoría de Bruno es la relación Dios-mundo. Si Dios es infinito, nada puede estar fuera de Él y, en consecuencia, el mundo forma parte de Dios. Esto no significa, simplemente, que el mundo esté comprendido en Dios o que sea su manifestación, sino que el Mundo es Dios, se identifica con Dios. Si Dios y Naturaleza quedan identificados, y Dios es infinito, la Naturaleza también lo será. De esto encuentra una convincente prueba en la teoría heliocéntrica de Copérnico. La distancia inconmensurable entre la Tierra y el resto de las estrellas, de la que, por primera vez, habló el astrónomo, se transforma en Bruno en una distancia infinita. La concepción del universo que subyace resultará sorprendentemente actual, ya que imaginó el Sistema Solar como una parte de otro sistema todavía más amplio, y éste, dentro de otro sistema, y así hasta el infinito. En este sistema ninguna estrella ocupa un lugar privilegiado, cada una constituye, a su manera, una especie de sol. Así, cualquier punto del cosmos puede ser visto como su centro y, por tanto, estrictamente ninguno lo es. Tanto el panteísmo como la concepción infinita del universo que sostenía Bruno resultaban ideas demasiado peligrosas para la Inquisición. Éste trató de protegerse escudándose en la teoría de la doble verdad (teólogos y filósofos tienen funciones y objetivos diferentes, por tanto no es extraño que sus ideas no coincidan); pero fue en vano. La negativa a retractarse le llevó a la hoguera en el año 1600.

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KEPLER Y LA RENUNCIA A LA CIRCULARIDAD La aceptación de la nueva imagen heliocéntrica del mundo arraigó despacio y en medio de muchas dificultades. Tuvieron un papel decisivo dos astrónomos: Brahe y Kepler. Ambos, a su manera, contribuyeron a confirmar el heliocentrismo copernicano. Uno de los grandes observadores astronómicos de la historia fue Tycho Brahe (1546-1601). Sus registros, las Tablas Rudolfinas (costeadas por Rodolfo II), constituyen las observaciones astronómicas más rigurosas hechas sin instrumentos ópticos. La carrera de Brahe comenzó a los catorce años, cuando un eclipse solar le impresionó profundamente y le despertó un gran interés por la astronomía. Pero Brahe, un excelente observador, no fue tan buen teórico. Para evitar los conflictos que implicaba el heliocentrismo, propuso un modelo astronómico geoheliocéntrico. En este modelo, la Tierra se mantenía como centro del universo y a su alrededor giraban el Sol y la Luna. El resto de los planetas, en cambio, giraba en torno al Sol. Ésta era una solución de compromiso para evitar las objeciones que rodeaban al heliocentrismo. Contrariamente a Brahe, Johannes Kepler no destacó como observador, pero fue un genial teórico. Gracias a un profesor de la Universidad de Tubinga, que pronto reconoció su talla intelectual, le fueron reveladas las ideas copernicanas. Este sistema le atrajo profundamente por motivos estéticos, matemáticos y teológicos: Dios ha creado el universo con armonía y belleza matemáticas. Maravillado por la belleza y armonía del universo, viendo en Dios un Gran Geómetra que era capaz de diseñar un cosmos matemáticamente perfecto Kepler se propuso descubrir el modelo geométrico en que se había basado. Pronto se sintió frustrado: no había manera de hacer coincidir los datos observacionales de Brahe (los mejores que ningún astrónomo había obtenido antes) con su modelo teórico. Decepcionado, tuvo que renunciar a su modelo, es decir, a la circularidad celeste. Desde siempre se había asegurado y certificado que todos los movimientos del mundo celeste eran perfectos, o sea, circulares y uniformes; ahora, se demostraba lo contrario. Kepler se lamentó de haber descubierto que no es así, que el Gran Geómetra había diseñado un Sistema Solar con órbitas planetarias no circulares, sino elípticas. Las tres leyes del movimiento planetario propuestas son: Ley de órbitas: los planetas se mueven en órbitas elípticas que tienen al sol en uno de sus focos. Ley de áreas: los radios vectores que unen el centro del planeta con el sol barren áreas iguales en tiempos iguales Ley de periodos: los cuadrados de los periodos orbitales de dos planetas cualesquiera son proporcionales a los cubos de las distancias de dichos planetas al sol.

GALILEO Y LA NUEVA FISICA Galileo Galilei (1564-1642) nació en Pisa, hijo de una familia próxima a la cultura humanística. En la universidad de esta misma ciudad comenzó sus estudios de medicina, aunque en seguida los abandonó por la investigación matemática. En el año 1592, dejó su ciudad natal y se trasladó a la Universidad de Padua, donde trabajó dieciocho años, de 1592 a 1610. Ésta fue la mejor época de su vida, ya que se movía en un ambiente de tolerancia y apertura intelectual, alejado de la intransigencia inquisitorial (que, no obstante, sufriría más adelante). La fama de Galileo aumentaba y en 1610, los Medici de Florencia le ofrecieron el cargo de primer matemático de la Corte y filósofo del Gran Duque. Galileo aceptó, aunque sabía que en la República de Florencia la Inquisición tenía mucho más poder que en Venecia. El apoyo al heliocentrismo, condenado expresamente en 1610, y la publicación de sus ideas sobre la relación entre teología y ciencia hicieron inevitable que fuera llamado a Roma. El recrudecimiento del conflicto entre Galileo y la Iglesia se produjo con la publicación del Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, obra en que se contraponían las dos grandes concepciones astronómicas: el geocentrismo y el heliocentrismo. Después de un largo y penoso proceso, Galileo, a la edad de setenta años, fue obligado a abjurar de las tesis copernicanas y a retirarse de la actividad docente, y también le fue prohibido hacer públicas sus teorías. A pesar de todo, Galileo aprovechó esta reclusión para continuar sus investigaciones, ahora orientadas a renovar el modelo físico-mecánico. El gran móvil de las investigaciones y los estudios científicos de Galileo fue encontrar una manera de demostrar la validez del heliocentrismo. Gracias a la fabricación de un telescopio de veinte aumentos (ridículo en comparación con los potentes telescopios actuales, pero revolucionario para la época) y a su utilización en la observación y el estudio del cielo, Galileo pudo hacer una serie de descubrimientos que se convirtieron en las pruebas que el heliocentrismo necesitaba para ser aceptado: Las imperfecciones de la Luna y el Sol refutaban la teoría aristotélica de los dos mundos (sublunar y supralunar). Nada esencial diferencia el mundo celeste del nuestro, ni es inmutable ni perfecto. Los cuatro satélites de Júpiter eran como una muestra en pequeño del Sistema Solar Las fases de Venus, parecidas a las de la Luna, no se explican con el geocentrismo. La Vía Láctea no era una nube continua, como se creía, sino una congregación de millones de estrellas. Este hecho hacía más inteligible la idea de un mundo infinito, idea rechazada por los aristotélicos.

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A pesar de estos descubrimientos, muchos científicos todavía se resistían a aceptar el heliocentrismo. Rechazar el modelo astronómico aristotélico-ptolemaico suponía refutar también el modelo físico aristotélico. Esto hundía la tradición científica vigente hasta el momento y dejaba un vacío teórico que Galileo se esforzó en llenar con un nuevo modelo físico. Una de las objeciones más insistentes era de orden mecánico: ¿cómo es que los cuerpos caen verticalmente y no son desviados por el movimiento de la Tierra? El principio de relatividad del movimiento será la respuesta. Reposo y movimiento son relativos: un cuerpo sólo puede considerarse en movimiento por referencia a otro que se considera en reposo. Cuando un mismo movimiento afecta a diversos objetos, entre ellos todo acontece como si no existiera tal movimiento. Si viajamos dentro de un tren que se mueve a velocidad constante y en línea recta, ningún tipo de experimento en el interior del tren nos permitirá demostrar que el tren está en movimiento. Según la física de Galileo, nuestra Tierra sería como este tren en movimiento. El modelo físico-matemático galileano contenía otras innovaciones, como el movimiento de caída libre o el principio de inercia. Para Galileo, en el movimiento de caída libre no interviene el peso del cuerpo que cae. Contrariamente a lo que afirmaban los aristotélicos contemporáneos a Galileo, todos los cuerpos (independientemente de su peso) caerían a la misma velocidad si no hubiera resistencia del aire. El principio de inercia fue sugerido por Galileo y definitivamente formulado por Newton. Según este principio, todo cuerpo tiende a mantenerse en su estado, de movimiento o de reposo, a menos que alguna fuerza actúe sobre él modificándolo. Sobre las bases de la física galileana, de su interpretación cartesiana, se construirá la ciencia tal como la conocemos, nuestra ciencia, y podrá construirse la gran y extensa síntesis del siglo XVII, la que fue realizada por Newton.

Galileo no hizo un tratado de epistemología, pero, en sus obras, son frecuentes las referencias al método que el científico debe seguir para obtener la verdadera explicación de la realidad. Galileo expuso e hizo público el método experimental (que reivindica la matematización y la experimentación) en el libro Il saggiatore, la más filosófica de sus obras. Este método se divide en los siguientes pasos: La matematización de la naturaleza. La naturaleza está regida por una auténtica armonía matemática ("el libro de la naturaleza está escrito en caracteres geométricos"). El lenguaje ordinario (de orden cualitativo: frío, tibio, caliente; muy rápido, rápido, lento) no es el adecuado para hablar de la naturaleza; es necesario un lenguaje matemático (de orden cuantitativo: grados de temperatura, kilómetros/hora). ¿De qué sirve hablar de aceleración, de velocidad, si no son expresables numéricamente? Todos los fenómenos naturales han de corresponder a números si queremos tener un conocimiento fiable. La matemática se convierte, así, en una poderosa e imprescindible herramienta de investigación. La formulación de hipótesis. La antigua ciencia tenía suficiente con simples observaciones. La nueva metodología reivindica no la observación gratuita y espontánea de la naturaleza, sino una observación cuidadosamente preparada y controlada. Así, antes de asomarnos a la realidad es necesario formular y expresar matemáticamente hipótesis que traten de explicar los acontecimientos naturales. A continuación, se deducen las consecuencias que tendría esta hipótesis en el caso de confirmarse. Es por eso que el método de Galileo se ha llamado muchas veces método hipotético-deductivo. Prueba o resolución experimental. Se trata de contrastar en la realidad las consecuencias que se han deducido de la hipótesis. Para hacerlo, se debe planear y llevar a la práctica un experimento que reproduzca, o trate de acercarse, dentro de lo posible, a las condiciones ideales desde un punto de vista matemático. En principio, si las pruebas tienen resultado positivo, nos indican que la hipótesis es verdadera; si los resultados son negativos, que la hipótesis es falsa. En 1616 la Iglesia convirtió el copernicanismo en un problema doctrinal, y es este el momento en que tienen lugar los peores excesos de la batalla contra el movimiento terrestre, tales como la condena de las opiniones copernicanas, la abjuración y encarcelamiento de Galileo y la excomunión y expulsión de sus cargos eclesiásticos de eminentes católicos y partidarios de la teoría de Copérnico. Una vez puesto en marcha el aparato represor de la Inquisición contra el copernicanismo, era muy difícil pararlo. Hasta 1822, la Iglesia no autorizará la impresión de libros en los que se haga referencia al movimiento de la Tierra, cuando ya todo el mundo, menos las sectas protestantes de la más rígida ortodoxia, estaba convencido de ello desde hacía largo tiempo. La adhesión oficial de la Iglesia a la inmovilidad de la Tierra fue un golpe irreparable para la ciencia católica, y más tarde para el prestigio de la propia Iglesia. Ningún episodio dentro de la historia católica ha sido tan justa y frecuentemente citado contra la Iglesia como la patética abjuración del viejo Galileo, obtenida por la fuerza en 1633.

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VOCABULA FILOSOFIA RENACENTISTA
CONTRARREFORMA: respuesta de la Iglesia católica a la reforma protestante llevada a cabo en el Concilo de Trento (1545-1563), que afirma que la interpretación de la Biblia es tarea exclusiva de la Iglesia y defiende los sacramentos (Cristo está en la eucaristía), el celibato de los sacerdotes y la virginidad de María y el culto a ésta y a los santos. DEFERENTE: círculo excéntrico, con la Tierra como centro común, para representar los movimientos generales hacia el Este a diferentes velocidades del Sol y los planetas. DOCTA IGNORANCIA: tesis defendida por Nicolas de Cusa que afirma que nuestro conocimiento es limitado, ya que no podemos deducir el mundo natural a partir de un principio absoluto y sólo podemos hacer conjeturas e hipótesis de validez relativa. EPICICLO: trayectoria circular descrita por cada planeta, cuyo centro se desplaza a su vez sobre un segundo círculo (deferente) cuyo centro es el centro de la Tierra. ESTADO: denominación que reciben las entidades políticas soberanas sobre un determinado territorio, su conjunto de organizaciones de gobierno y, por extensión, su propio territorio. La característica distintiva del Estado moderno, definido por Nicolás Maquiavelo, es la soberanía: el reconocimiento efectivo, tanto dentro del propio Estado como por parte de los demás, de que su autoridad gubernativa es suprema. GEOCENTRISMO: teoría física que sostiene que la tierra es el centro del universo y que permanece inmóvil con el resto de planetas y estrellas girando a su alrededor en esferas. HELIOCENTRISMO: teoría física que sostiene que el sol está en el centro del universo y la tierra gira a su alrededor con movimientos de rotación, traslación y libración. HUMANISMO: movimiento cultural emergente en el Renacimiento en la que el hombre se convierte en centro del cosmos. El ideal humano se alcanza con los studia humanitatis (versión renacentista de la paideia griega y de las artes liberales durante la Edad Media). MECÁNICA: ciencia que trata de las fuerzas y los movimientos, dividida en dinámica (relaciones entre fuerzas), estática (equilibrio) y cinética (movimiento de los cuerpos). METODO (del griego métodos, camino): estudio sistemático de la naturaleza que incluye técnicas de observación, reglas de razonamiento y predicción, experimentación planificada y modos de comunicar los resultados experimentales y teóricos. ORBITA: recorrido o trayectoria de un cuerpo a través del espacio bajo la influencia de fuerzas de atracción o repulsión de un segundo cuerpo (sustituye a las esferas materiales) PRINCIPIO DE CAIDA LIBRE: ley que afirma que todo cuerpo, independientemente de su peso, caería a la misma velocidad si no hubiera resistencia del aire. PRINCIPIO DE INERCIA: ley que afirma que todo cuerpo tiende a mantenerse en su estado de movimiento o reposo a menos que alguna fuerza actúe sobre él modificándolo. PRINCIPIO DE RELATIVIDAD: ley física que afirma que los cuerpos sólo pueden considerarse en movimiento por referencia a otro que se considere en reposo. REFORMA: movimiento de ruptura con la tradición papal que defiende la salvación por la fe (negando las indulgencias), la libre interpretación de la Biblia, la reducción del sacramento a dos (bautismo y eucaristía), considera innecesario el celibato en la práctica sacerdotal y rechaza la virginidad de María y el culto a las imágenes y a los santos.

SELECCIÓN DE TEXTOS RENACIMIENTO
I) «Hace pocos años, como bien sabe vuestra serena alteza, descubrí en los cielos muchas cosas no vistas antes de nuestra edad. La novedad de tales cosas, así como ciertas consecuencias que se seguían de ellas, en contradicción con las nociones físicas comúnmente sostenidas por filósofos académicos, lanzaron contra mi a no pocos profesores, como si yo hubiera puesto estas cosas en el cielo con mis propias manos, para turbar la naturaleza y trastornar las ciencias (...) Al mostrar mayor afición por sus propias opiniones que por la verdad pretendieron negar y desaprobar las nuevas cosas que, si se hubieran molestado en mirar por sí mismos, sus propios sentidos les habrían demostrado. A tal fin lanzaron varios cargos y publicaron numerosos escritos llenos de argumentos vanos, y cometieron el grave error de salpicarlos con pasajes tomados de la Biblia que no habían entendido correctamente Me parece que, al estudiar los problemas de la naturaleza, no debemos partir de la autoridad de los textos de las Escrituras, sino de la experiencia de los sentidos y de las demostraciones necesarias...» (Lettera a Cristina di Lorena, Gran Duquesa de Toscana, 1615) II) «Visto, que tú, Galileo, hijo de Vincenzo Galilei, florentino, de setenta años de edad, fuiste denunciado en el año 1615 a este Santo Oficio, por sostener como verdadera la falsa doctrina que algunos enseñan de que el Sol es el centro del mundo y está inmóvil y la Tierra se mueve, y también con un movimiento diario; por tener discípulos a quienes enseñaste la misma doctrina; por mantener correspondencia con ciertos matemáticos de Alemania respecto de los mismos; por publicar ciertas cartas tituladas Sobre las manchas solares en las que desarrollaste la misma doctrina considerándola verdadera; y por oponerte a las objeciones de las Santas Escrituras, que de cuanto en cuanto hablan contra tal doctrina, al glosar las dichas Escrituras de acuerdo con la significación que tú le das; y visto que luego se presentó la copia de un documento bajo la forma de una carta en que se dice que tú la escribiste a un ex discípulo tuyo y en la que hay diferentes proposiciones que siguen la doctrina de Copérnico y que contrarían al verdadero sentido y la autoridad de las Sagradas Escrituras: Este Santo Tribunal, teniendo, pues, la intención de proceder contra el desorden y daño resultantes, que fueron en creciente detrimento de la santa fe, por mandato de Su Santidad y de los eminentísimos señores cardenales de esta suprema y universal Inquisición, los calificadores teológicos calificaron del modo siguiente las dos proposiciones referentes a la estabilidad del Sol y al movimiento de la Tierra: La proposición de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de su lugar es absurda y falsa filosóficamente, y formalmente herética, porque contradice expresamente las Sagradas Escrituras. La proposición de que la Tierra no es el centro del mundo y no está inmóvil, sino que se mueve, y también con un movimiento diario, es igualmente absurda y falsa en cuanto filosofía, y desde el punto de vista de la verdad teológica, es, por lo menos, errónea en la fe. (...)

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...Decimos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que tú, el dicho Galileo, en razón de las cuestiones aducidas en el juicio y de lo que confesaste antes, te has hecho, ante el juicio de este Santo Oficio, vehementemente sospechoso de herejía. Te condenamos a la prisión formal de este Santo Oficio, durante el tiempo que nos parezca y, por vía de saludable penitencia, te mandamos que durante los tres años venideros repitas una vez a la semana los siete salmos de penitencia. Nos reservamos la libertad de moderar, conmutar o anular, en todo o en parte, los mencionados castigos y penas.» (De «Sentencia del Tribunal de la Inquisición». 22 de junio de 1633.) III) «Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galilei, de Florencia, de setenta años de edad, siendo citado personalmente a juicio y arrodillado ante vosotros, los eminentes y reverendos cardenales, inquisidores generales de la República universal cristiana contra la depravación herética, teniendo ante mí los Sagrados Evangelios, que toco con mis propias manos, juro que siempre he creído y, con la ayuda de Dios, creeré en lo futuro, todos los artículos que la Sagrada Iglesia católica y apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Por haber recibido orden de este Santo Oficio de abandonar para siempre la opinión falsa que sostiene que el Sol es el centro e inmóvil, siendo prohibido el mantener, defender o enseñar de ningún modo dicha falsa doctrina; y puesto que después de habérseme indicado que dicha doctrina es repugnante a la Sagrada Escritura, he escrito y publicado un libro en el que trato de la misma condenada doctrina y aduzco razones con gran fuerza en apoyo de la misma, sin dar ninguna solución; por eso he sido juzgado como sospechoso de herejía, esto es, que yo sostengo y creo que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro y es móvil, deseo apartar de las mentes de vuestras eminencias y de todo católico cristiano esta vehemente sospecha, justamente abrigada contra mí; por eso, con un corazón sincero y fe verdadera, yo abjuro, maldigo y detesto los errores y herejías mencionados, y en general, todo error y sectarismo contrario a la Sagrada Iglesia; y juro que nunca más en el porvenir diré o afirmaré nada, verbalmente o por escrito, que pueda dar lugar a una sospecha similar contra mí; asimismo, si supiese de algún hereje o de alguien sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio o al inquisidor y ordinario del lugar en que pueda encontrarme. Juro, además, y prometo que cumpliré y observaré fielmente todas las penitencias que me han sido o me sean impuestas por este Santo Oficio. Pero si sucediese que yo violase alguna de mis promesas dichas, juramentos y protestas (¡que Dios no quiera!), me someto a todas las penas y castigos que han sido decretados y promulgados por los sagrados cánones y otras constituciones generales y particulares contra delincuentes de este tipo. Así, con la ayuda de Dios y de sus Sagrados Evangelios, que toco con mis manos, yo, el antes nombrado Galileo Galilei, he abjurado, prometido y me he ligado a lo antes dicho; y en testimonio de ello, con mi propia mano he suscrito este presente escrito de mi abjuración, que he recitado palabra por palabra. En Roma, en el convento de la Minerva, 22 de junio de 1633; yo, Galileo Galilei, he abjurado conforme se ha dicho antes por mi propia mano.»

IV) «Descendiendo después a las demás cualidades alegadas anteriormente, digo que todo príncipe debe desear ser tenido por clemente y no por cruel; sin embargo debe cuidar de no usar mal esta clemencia (... ). Nace de ello una disputa: si vale más ser amado que temido o todo lo contrario. Se responde que se quiere ser las dos cosas; pero, como es difícil conseguir ambas a la vez, es mucho más seguro ser temido primero que amado, cuando se tiene que carecer de una de las dos cosas. Porque de los hombres en general se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores y disimulados, que huyen de los peligros y están ansiosos de ganancias; mientras les haces bien, como dije más arriba, te son enteramente adictos, te ofrecen su sangre, su caudal, su vida y sus hijos, cuando la necesidad está cerca; pero cuando la necesidad desaparece, se rebelan. Y el príncipe que se ha fundado por entero en la palabra de ellos, encontrándose desnudo de otros apoyos preparatorios, decae; porque las amistades que se adquieren con el dinero y no con la grandeza y nobleza de alma, no son de provecho alguno en los tiempos difíciles, por más bien merecidas que estén.» «Cuán loable es en un príncipe mantener la palabra dada, obrar con rectitud y sin astucia todos lo comprenden. La experiencia de nuestro tiempo muestra, no obstante, cómo príncipes que acometen empresas de envergadura prescindieron en muchas ocasiones de sus propias promesas atrayéndose con astucia las mentes de los hombres y burlándose de quienes habían confiado en su lealtad. Debéis, pues, saber que hay dos modos de combatir: uno con las leyes, el otro con la fuerza; el primero es propio de los hombres, el segundo de las bestias; pero, puesto que el primero muchas veces no basta, conviene recurrir al segundo. Por lo tanto, es necesario que un príncipe sepa actuar según convenga, como bestia y como hombre (...).» «No es, por tanto, necesario a un príncipe poseer todas las cualidades anteriormente mencionadas, pero es muy necesario que parezca tenerlas. E incluso me atreveré a decir que si las tiene y si las observa siempre son perjudiciales, pero si aparenta tenerlas son útiles; por ejemplo, parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto y serlo, pero tener el ánimo predispuesto de tal manera que si es necesario no serlo, pueda y sepa adoptar la cualidad contraria. Y se ha de tener en cuenta que un príncipe -y especialmente un príncipe nuevo- no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, pues a menudo se ve obligado, para conservar su Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Por eso necesita tener un ánimo dispuesto a moverse según le exigen los vientos y las variaciones de la fortuna y, como ya dije anteriormente, a no alejarse del bien, si puede, pero a saber entrar en el mal si se ve obligado (…).» «Y un príncipe debe ingeniárselas, por encima de todas las cosas, para que cada una de sus acciones le proporcione fama de hombre grande y de ingenio excelente. Un príncipe adquiere también prestigio cuando es un verdadero amigo y un verdadero enemigo, es decir, cuando se pone resueltamente a favor de alguien contra algún otro» Maquiavelo, El Príncipe (Capítulos XVII-XVIII)

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