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• CULTURA QUEER DE LOS 70

CINEFILIAS

Los años setenta son fechas extrañas en lo que a producción cinematográfica se refiere.
Mientras que el sueño de mayo del 68 y de Junio del 69 se van desvaneciendo quedan rastros
de la contestación- tanto o más extrema- que comenzó en la década anterior a la vez que se
anuncia el puritanismo, el sentido ramplón del espectáculo y el conservadurismo de la era
Reagan.

Es el año de “The Rocky Horror Picture Show” que bajo la apariencia de una comedia musical
independiente oculta un ataque nada velado a la pareja heterosexual convencional y a
instituciones como la psiquiatría. Números musicales inspirados en Esther Williams y Busby
Berkeley, travestismo, camp y sobre todo una invitación al hedonismo y a la revisitación del
horror que sigue causando “lo marica” en la sociedad estadounidense post-stonewall. La pareja
convencional que se refugia en el castillo poblado de “freaks” es esa pareja que nos van a traer
películas que ya anuncian el rearme moral de los 80 como “Love Story” o “Kramer contra
Kramer”. La celebración de la promiscuidad y la celebración de la ruptura de los moldes de
género hacen de “The Rocky Horror Picture Show” un frívolo antecedente de la reivindicativa
“Hedwig and the angry inch” al tiempo que- mirando hacia el cine de Whale o Browning- da la
espalda al nuevo cine de miedo que va a surgir con películas como “La noche de Halloween” y
“La matanza de Texas”, protagonizadas por personajes descerebrados y asesinos en serie
altamente sexófobos.

Son también los años de “Tarde de perros” protagonizada por Al Pacino (A la caza) como un
atracador de bancos amable y bisexual que se ve acorralado por un increíble despliegue
policial. Aunque el enfoque no es del todo convincente (Lumet quiere crear, ante todo, una
película de acción) la idea del atraco de un banco para pagar una operación de reasignación de
sexo es cuando menos perturbadora para el año en que fue realizada. Frente a los corteses
atracadores encontramos unos empleados y empleadas de banco desagradable, traicionero,
pusilánime e insolidarios y a una policía dispuesta a todo para conseguir sus fines, incluyendo
la mentira y la traición. Fred Zinemman rodó una biografía de Lillian Hellman y de su amistad
íntima con Julia, una luchadora socialista.

Los 70 son también los años de “Family Life” de Ken Loach, una plasmación de las ideas de
Cooper y Laing sobre la antipsiquiatría y la familia nuclear como foco del desequilibrio mental.
Aunque el filme es algo insípido y no profundiza del todo en las ideas de la antipsiquiatría,
supone ya un avance al igual que “Una mujer bajo la influencia” de John Cassavettes que en
esa década realiza sus películas más personales ayudado del talento de Gena Rowlands.

En los 70 surge el cerebral Woody Allen que incluye por primera vez una pareja de lesbianas
en su mítica “Manhattan” y aunque casi todos- por no decir todos- sus filmes son de un
marcado heterosexismo su visión de las angustias vitales, laborales y amorosas del hombre
urbano común lo convierten en una voz nueva que pasa de la comedia gruesa e irreverente al
cine más intelectual. De “Todo lo que querías saber sobre el sexo pero no te atrevías a
preguntar” a la bergmaniana Interiores.

Y es en los 70 cuando Bergman realiza “El huevo de la serpiente” y “De la vida de las
marionetas” donde se habla por primera vez de la homofobia interiorizada y se cuestionan
algunas verdades sobre el amor y el sexo entre mujeres, incluyendo matices incestuosos en
películas como “Gritos y susurros”.

Bob Fosse realiza la mítica “Cabaret” que aún hoy se conserva como un musical camp y
legendario que desde el feísmo reivindica a la actriz vulnerable y a la vez algo vampiresa y al
escritor sensible y gay. El personaje de Sally Bowles es una de las mariliendres más adorables
de la historia del arte. La pluma de Isherwood y la Cámara de Fosse lanzan un mensaje de
sinceridad a la vez que una mirada algo nostálgica al quebrado Berlín de entreguerras.

En los 70 realiza el canadiense Cronenberg las que siguen siendo sus películas más atrevidas
en lo que a la unión de la sexualidad, la nueva carne y el terror “gore” se refiere. Con filmes
como “Vinieron de dentro…”, “Rabia” o “Cromosoma 3” vincula el mal y la destrucción a la
represión creciente del impulso sexual así como invita a pensar nuevas corporalidades
cercanas a lo monstruoso pero de una extraña e inquietante belleza.

Los 70 son los años en que cae la dictadura Española y empieza el destape. Eloy de la Iglesia
realiza “Los placeres ocultos” desafiando a la todavía vigente Ley de Peligrosidad Social o “El
diputado” denunciando la homofobia de derechas e izquierdas así como el surgimiento de
grupúsculos neonazis.

Los 70 años en los que muchos de los que hoy han caído en la superproducción y la
autocomplacencia realizaron algunas de sus propuestas más radicales. Es el caso de Terence
Mallick con su maravillosa “Malas tierras” donde, desde la desmitificación, nos acerca a un
“Bonny and Clyde” pueblerino y sangriento, cuyos protagonista desafean todos los tabúes
posibles, adelantándose al François Ozon de “Los amantes criminales”.

En los 70 los primeros filmes pro-gays son increíblemente tímidos pero también hay apuestas
poco conocidas como las de John Waters, Kenneth Anger o Paul Morrisey, cantos a la belleza
masculina pero también desafíos a una sociedad basada en las apariencias y donde los
jóvenes y las minorías raciales y sexuales no encuentran acomodo.

Los años 70 son los años en que el veterano Elia Kazan realiza “Los visitantes” un precedente
intelectual del mundo de “Funny Games” de Haneke, un alegato contra la violencia y el
militarismo y una disección implacable de la pareja moderna y la fragilidad sobre la que
sustenta su universo social.

En los 70 la nouvelle vague ha dejado de ser una novedad, pero algunos autores nuevos y no
tan nuevos realizan sus filmes más extremos en lo que a cuestionanimiento del establishement
y desafío a los roles de género se refiere. Es el caso de Chabrol con “Las ciervas”, de Truffaut
con “La habitación verde”, Louis Malle con “Un soplo en el corazón” o Resnais con
“Providence”.

El cine italiano vive un particular esplendor aunque sus maestros empiezan a refugiarse en sus
mundos privados y a acentuar sus obsesiones llevándolas al extremo como Visconti con
“Muerte en Venecia” o “Confidencias”, Pasolini con “Salo” o Fellini con el “Satyricon” hoy
considerado un clásico del cine no heterosexual.

En Inglaterra Losey desafía nuevos tabués en películas como “Una inglesa romántica”, y los
jóvenes airados que parecen ir despareciendo siguen obsequiándonos con filmes
contestatarios y en ocasiones pioneros en su enfoque de la homosexualidad o la bisexualidad
como “Domingo, maldito, domingo” de John Schlesinger o las primeras películas de Ken Rusell,
que será mentor de Derek Jarman además de realizar una biografía extremadamente marica
de Tchaikovski y una revisitación homoerótica del mundo de D.H.Lawrence o de los antiguos
mitos demoniacos.

En Alemania son los años en que Fassbinder alcanza su esplendor con películas pioneras
sobre el travestismo y la transexualidad como “Un año con trece lunas” o visiones desde un
punto de vista de clase del mundo homosexual como “La ley del más fuerte” o “Las amargas
lagrimas de Petra Von Kant” o virulentas requisitorias contra la islamofobia en “Todos nos
llamamos Alí”.

La coda a este recorrido la ponen Derek Jarman con su sexualmente explícita (entonces
considerada pornográfica) “Sebastiane” (donde reivindica la homosexualidad del mártir
cristiano al tiempo que se recrea en la belleza de los cuerpos masculinos) y, sobre todo,
Barbara Hammer que con “Nitrate Kiss” nos invita a un mundo hecho desde y para las
lesbianas, con indudables referencias a Monique Wittig y el cine independiente del momento.
Son los años de la cursi y machista “Grease”, la pretenciosa “La naranja mecánica” o la
políticamente ambigua “Taxi Driver”. Pero también son los años de los primeros y más
personales trabajos de grandes autores como André Techiné (con una Emily Brontë
extremadamente butch) o Chantal Akerman enfrentando a mujeres desnudas en su ejercicio de
contracine “Je, tu, lui, elle” o Alain Tanner con “Mesidor” un precedente melancólico de “Thelma
y Louise”.

En Latinoamérica Ripstein adapta la novela de Donoso “El lugar sin límites” consiguiendo una
de las mejores películas sobre el machismo, la homofobia, el travestismo y la prostitución en
ambientes rurales dominados por la hipocresía y el caciquismo.