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Hay un camino que parte desde mi propia casa.

Es una camino que al final conduce


hasta una gasolinera, donde suelo comprar cigarrillos, ahora que estoy fumando, y
en donde puedo también pagar el saldo para mi móvil.

Esta calle es en realidad bien especial. Al comienzo está bordeada por muchas
viviendas y negocios, que a medida que uno avanza, se van perdiendo hasta quedar
convertidos en un punto; van quedando sólo semáforos y una que otra industria que
se ve a lo lejos. Es en este tramo donde más feliz me siento, porque es ahí donde
el camino me da una idea de ser interminable, un sentimiento de infinidad, como el
que deseo para muchas cosas de esta vida, pero no para mi propia vida, porque ser
inmortal no me gustaría y se los digo muy en serio (recuerdo lo que dice Aquiles a
la princesa troyana antes de hacer por primera vez el amor con ella, respecto de
la diferencia entre los dioses y los mortales).

Cuando voy cruzando ese tramo, enciendo un cigarrillo y miro el cielo. A veces me
ha tocado ir de noche y he podido embriagarme de luces y estrellas. Ayer cayó
sobre mí una lluvia leve como si ese cielo a quien tanto quiero estuviera llorando
conmigo la pena de amor que me embarga, como si deseara mostrarme su solidaridad.
Por momentos, esa solemne vivencia se ve interrumpida por uno que otro automóvil
que pasa sin mediar palabra.

Me siento libre.

Ayer fue muy especial. Iba llegando a la gasolinera y me detuve, inquieto,


creyendo que alguien me venía siguiendo. Miré para todos lados y no apareció
nadie. Seguí y llegué a mi destino. Cuando venía de vuelta, cruzando el tramo en
cuestión, tuve la misma sensación. Me detuve, nuevamente, miré en todas las
direcciones y no vi a ningún mortal. Unos pasos más adelante, sentí que la pena me
robaba muchas lágrimas y ahí me percaté de lo que estaba sucediendo y entonces me
di cuenta del porqué había sentido esa presencia invisible; eran mis recuerdos de
amor, los que me estaban acompañando, eran aquellas luces del atardecer en Málaga,
el paseo hacia el “balcón de Europa” en Nerja, eran los besos en la playa de
Torremolinos, eran las noches y los amaneceres llenos de pasión y ternura, era ese
rostro de mujer que me contemplaba enamorada, eran la ilusión y la esperanza de
una vida conjunta y para siempre...

Entonces les di las buenas noches y apagué mi cigarrillo.

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